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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de noviembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

Viajes Imaginarios 3 / Una sucesión de acontecimientos aislados / "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" de Jorge Luis Borges / Fake News

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"Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres", cita Adolfo Bioy Casares; cuando alguien (llamémoslo Jorge Luis Borges, por ponerle un nombre cualquiera) le pregunta de dónde ha sacado la frase, éste le responde que del artículo sobre Uqbar de The Anglo-American Cyclopedia: van a la enciclopedia, buscan el artículo, no lo encuentran. Pero no se olvidan del asunto. Al día siguiente Bioy Casares revisa su ejemplar de The Anglo-American Cyclopedia y da con él fácilmente: allí está Uqbar (y su país imaginario, Tlön), con sus ríos y montañas. Cuando visitan una biblioteca para obtener más información, esa misma noche, no encuentran nada, sin embargo: ni una sola referencia.

"Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" fue publicado en la revista Sur en mayo de 1940 e incluido en uno de los libros seminales de Borges, Ficciones (1944); su tema es, para Jaime Alazraki, el "creciente escepticismo" de la ciencia del siglo XX, y, para Frances Weber, "la naturaleza conjetural de todo conocimiento y representación": sus protagonistas intentan obtener información sobre Uqbar, pero cada nuevo descubrimiento que realizan (el undécimo tomo de "A First Encyclopaedia of Tlön", la inscripción "Orbis Tertius" estampada en él, un objeto cónico de extraordinario peso) vuelve más compleja, más difícil de responder, la pregunta inicial. Una sociedad secreta "de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas" bautizada como "Orbis Tertius" ha estado creando durante siglos a Tlön para demostrar la superioridad del idealismo filosófico sobre el materialismo; también ha inventado un país al que atribuir esa creación, y ese país es Uqbar.

Uqbar y Tlön pertenecen a ese tipo de regiones que sólo existen en libros y a las que se llega leyendo. (Cosa que no las vuelve imaginarias, por supuesto, sino reales de una forma ligeramente distinta a, digamos, Bután.) Muy rápidamente, la segunda excede esa condición, sin embargo: un día Borges encuentra una brújula con una inscripción en la lengua de Tlön; más tarde, tropieza con una de sus imágenes religiosas; un tiempo después, un periodista estadounidense descubre los cuarenta volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tlön: no pasa demasiado tiempo antes de que su "idioma primitivo" sea introducido en las escuelas, su historia ("armoniosa y llena de episodios conmovedores") reemplaza a la enseñada hasta el momento, las disciplinas científicas son reformadas al hilo del nuevo saber. El mundo deviene Tlön, y la fabulación de "una dispersa dinastía de solitarios" reemplaza a la verdad y a la historia.

Vivimos tiempos confusos pero (quizás) también incorregibles. "¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado?", se pregunta Borges. "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" es un cuento acerca de la imposibilidad de saber y la necesidad imperiosa de hacerlo en momentos históricos que (como el nuestro) están presididos por la incertidumbre. Fue la estratega republicana Kellyanne Conway la que a comienzos de este año acuñó el término "hechos alternativos" para defender la afirmación (falsa) de que el acto de asunción de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos había sido el más popular de la historia; antes y después de ello (y al tiempo que se ponía de manifiesto la compleja relación de Trump y sus seguidores con la realidad), los "hechos alternativos" y las "Fake-News" comenzaron a multiplicarse: Conway afirmó que Barack Obama había paralizado el otorgamiento de visas a refugiados iraquíes (falso) y que dos inmigrantes habían perpetrado una inexistente "masacre de Bowling Green", la noticia (falsa) de que Hillary Clinton sería parte de una red de pederastia dirigida desde una pizzería de Washington DC (¡!) llevó a que un joven abriese fuego en ella en diciembre de 2016, etcétera.

Ni la falsificación histórica ni el uso deliberado de la mentira política son nuevos, por supuesto (el término "Fake-News" fue empleado por primera vez en 1994 en relación a la noticia de que Microsoft habría comprado la Iglesia Católica, por ejemplo); pero sí la escala que estos han alcanzado con la emergencia de los agregadores de noticias y el recurso a las redes sociales para informarse por parte de numerosos usuarios, así como con la crisis de resultados y propósito de la prensa tradicional. Y tampoco son fenómenos estadounidenses: casi cualquier país con tendencias totalitarias o trazas dictatoriales (China, Rusia, Filipinas, Polonia, Israel, Irán, Siria, Hungría) se vale de ellos, y tampoco escasean en países como Italia, Reino Unido (donde fueron decisivos en la votación por el Brexit), Francia y España: desde hace algún tiempo, el periódico francés Libération dedica una sección diaria al desmentido de noticias falsas, y El País cuenta con un blog que hace lo mismo, Hechos.

No es fácil exagerar la necesidad de herramientas como estas, pero tampoco es sencillo calcular su impacto: el "creador de noticias falsas" Paul Horner declaró al Washington Post que únicamente se puede informar de aquello en lo que las personas quieren creer; según varios estudios científicos, sólo otorgamos credibilidad a las noticias que refuerzan nuestras ideas preconcebidas en lugar de cuestionarlas. En Tlön, escribe Borges, el tiempo es pensado como una sucesión de acontecimientos aislados, lo que inhibe toda posibilidad de acción; esa inhibición es la que vivimos en nuestros días y sus consecuencias son el final de todo aquello en lo que creíamos, todas las posibilidades esbozadas en una Declaración Universal de los Derechos Humanos que todavía espera ser puesta en práctica. Desde algún lugar en la imaginación de unos hombres, Tlön se aproxima bajo el disfraz bien conocido de la mentira, la manipulación y el engaño.
 

Jorge Luis Borges
"Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"
Ficciones
Barcelona: Debolsillo, 2016
 
Babelia/El País, agosto de 2017. 

[Publicado el 26/9/2017 a las 17:30]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Cuento, Debolsillo, Fake News]

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«Qui était Borges?» / Jorge Luis Borges, Copi: preguntas sin responder (y 2)

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Nuevamente, se trata de una cuestión política, parcialmente vinculada con las adhesiones y el sesgo profundamente conservador de Borges en esa materia -un sesgo que, sin embargo no ha sido obstáculo para la recuperación de otros autores de inclinaciones políticas similares como las hermanas Silvina y Victoria Ocampo y Eduardo Mallea, quienes, al igual que Borges, eran publicados regularmente, en una muestra de conformidad y apoyo mutuo, en Pájaro de Fuego, la publicación cultural ligada al Ministerio de Cultura de la última dictadura argentina-, pero que tiene en sí el germen de una imposibilidad y de un malentendido: la imposibilidad es la de eludir efectivamente una figura que, como la de Borges, parece de a ratos más grande y más relevante que la literatura nacional en la que se inscribe; el malentendido -que ratifica mi convicción de que el «problema Borges» no ha terminado- es el que consiste en la convicción errónea de que lo nuevo en la literatura argentina sería un realismo mayormente rural que permea muchos, realmente muchos libros recientes: como si el famoso apotegma de Piglia según el cual Borges es «el último escritor del siglo XIX» hubiese sido tomado en serio por los autores argentinos contemporáneos, el supuesto autor decimonónico parece ser visto como una antigualla, parte constitutiva de un canon literario que, tras las incorporaciones en la década de 1990 de las figuras de Copi, Néstor Perlongher y Osvaldo Lamborghini, ya no fuese necesario revisar.
 
 
3
 
Volvamos a L'Internationale argentine. En ella, el «robo» de la candidatura de Copi es acompañada por el plagio de uno de sus poemas, que el novio de Raúla Borges lee como propio en su primera comparecencia ante la prensa; termina de esa forma una aventura política entre cuyas promesas se cuentan la entrega a cada familia argentina de un maniquí de Copi para que «vayan acostumbrándose a verlo siempre en un rincón de sus casas [...] como a alguien de la familia», la nacionalización de las panaderías y la consigna de «pan gratuito para todo el mundo», la creación de «un paraíso ateo» sin «cámaras, ni ministerios, ni organismos del Estado», un ejército que será alquilado «a los países vecinos para que hagan las guerras que siempre han soñado», guardando el país «una porción del territorio conquistado», la explotación del petróleo patagónico, que «se reservará sólo a los indígenas», etcétera. L'Internationale argentine participa de la serie compuesta por el proyecto presidencial de Macedonio Fernández y el plan para tomar el poder en Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt, el primero de los cuales consiste en la exposición del proyecto de El Astrólogo de «construir una ficción que actúe y produzca efectos en la realidad», como sostiene Piglia. En esa serie, la novela de Copi parece ocupar el sitio que dejó vacante el abandono de «El hombre que será presidente», la novela acerca de la campaña presidencial de Macedonio Fernández que -y aquí regresamos a Borges, si es que en algún momento nos hemos alejado- éste y otros amigos de Macedonio comenzaron a escribir en 1927, y su argumento parece glosar el de aquella novela tal como lo recordaba Borges en 1960: «En la obra se entretejían dos argumentos: uno visible, las curiosas gestiones de Macedonio para ser presidente de la República; otro, secreto, la conspiración urdida por una secta de millonarios neurasténicos y tal vez locos, por lograr el mismo fin. Estos resuelven socavar y minar la resistencia de la gente mediante una serie gradual de invenciones incómodas» que, en la campaña presidencial efectivamente emprendida con gran ironía por Macedonio en 1920, tenían por finalidad, según César Fernandez Moreno, «crear un verdadero malestar general, para suscitar la necesaria venida de un gran caudillo que lo conjurara, o sea el propio Macedonio. Medidas concretas propuestas por él en ese sentido eran: repartir peines de doble filo, que lastimaran el cuero cabelludo de quienes los usaran; instalar salivaderas oscilantes, que imposibilitaran acertarles; solapas desmontables, que se quedaran en las manos del contendor cuando, en el calor de la discusión, se tomara de ellas para convencer al contrario; escaleras desparejas, donde las dificultades para calcular el ascenso o descenso de cada escalón agotaran a quienes pretendieran subirlas o bajarlas».
 
 
4
 
A treinta años de su muerte, la omisión de la obra de Borges en el repertorio de la literatura argentina contemporánea parece constituir una de esas incomodidades voluntarias e inútiles creadas por Macedonio Fernández. Si la certeza de Alan Pauls de que la obra de Borges sigue siendo «de una exigencia que sobrepasa las que pueden proporcionar el mercado o los medios», la imposibilidad de resolver el «problema Borges» por parte de los escritores argentinos más recientes tal vez ponga de manifiesto su dependencia absoluta a estos dos extremos a la hora de conformar su juicio crítico; si la omisión deliberada de Borges «normaliza» la literatura argentina, equiparándola a las otras literaturas de la región -todas las cuales, y esta es su principal carencia, no tuvieron un Jorge Luis Borges-, esa misma omisión la desacredita; digámoslo así: sin Borges, la literatura argentina no vale mucho, casi nada. Es, además, una literatura cuya negación del pasado supone una reducción considerable de las posibilidades futuras, ya que, como sostiene Pauls, «cualquier idea sobre la literatura que conciba o practique un escritor argentino se mueve en un campo de problemas, disyuntivas y enigmas que la literatura de Borges delimitó, organizó y a su manera "solucionó" [...] Somos borgeanos porque cualquier decisión que tomemos, por anómala o salvaje que sea, ya está inscripta de algún modo -como problema, como excentricidad demente, incluso como pesadilla- en el horizonte que Borges trazó».
 
En su ensayo «¿Qué es un clásico?», el premio Nobel sudafricano J.M. Coetzee da cuenta de los casos de T.S. Eliot, quien fue considerado uno prácticamente desde sus comienzos, y de J.S. Bach, cuya obra fue ridiculizada tras su muerte y sólo recuperada décadas más tarde. ¿Es Borges nuestro nuevo Bach?, podría uno preguntarse. No exactamente. Si, según Coetzee, «el clásico es el resultado de una construcción histórica constituida [...] por fuerzas históricas definidas y dentro de un contexto histórico determinado», su carácter es también ahistórico; en palabras del autor, «el clásico es aquel que supera los límites del tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras, que "vive"». Rodolfo Fogwill afirmó en 1983, de forma contundente, que «no hay política cultural posible en la Argentina que no comience por desmitificar la figura venerable de[l] Maestro [Borges], aunque sólo sea para poner a funcionar en la producción de cultura lo que se pudo haber aprendido de él». Para Coetzee el clásico es «aquello que sobrevive a la peor barbarie, aquello que sobrevive porque hay generaciones de personas que no pueden permitirse ignorarlo»; su paradoja, la de que su interrogación, «por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesite ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico». La recusación de Borges, su obliteración en la literatura argentina contemporánea, el intento de escribir «contra» o «como si Borges no hubiera existido nunca» no pertenecen tanto, en ese sentido, a la historia de la literatura argentina como a la de Borges, a su singular vida póstuma, en la que el autor de El informe de Brodie no sólo sigue vivo, sino también dando batalla.
 
 
5
 
Pero yo no pensaba en ello en Angoulême, donde mis motivaciones eran otras, y mi objeto de estudio, muy distinto; de hecho, uno de los escritores utilizados para echar por tierra la hegemonía inevitablemente asfixiante del autor de Ficciones. Al tropezar con la tira, con la frase «Qui était Borges?» -más todavía, al comprender que había una genealogía posible, una forma de atravesar la literatura argentina del siglo XX para producir un recorte que fuese contra las convenciones y estuviese al margen de las luchas por el poder literario, en una línea que vinculase a Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Borges, Copi y Piglia-, creí vislumbrar la inevitabilidad de hacer frente al problema; por mi parte, yo nunca había querido prescindir de los derechos y las obligaciones que devienen de escribir después de Borges, pero sólo en ese momento pensé que hacerlo era, también, contravenir un estado nacional de la literatura, en el que la obra de Borges no está siendo utilizada, ni para producir una literatura que, como afirmó Fogwill, ponga en juego lo que se «pudo haber aprendido de él», ni para responder a la pregunta de quién fue Borges y qué hacemos con él. Se trata, creo, de una pregunta importante y que merece ser respondida: también, y por consiguiente, de la única pregunta que es mejor que no sea respondida nunca, entre otras cosas, al menos de forma completa, para que esa literatura siga viva y la obra de Borges continúe produciendo efectos. En Angoulême descubrí que Copi no había podido terminar su tira, y ahora creo que, en su inconclusión, la tira es mejor y más poderosa, porque adquiere el carácter de una pregunta abierta y formulada al futuro; es decir, al presente: ¿Qué hacer con Borges? Es decir, ¿qué hacer con Borges que no sea ignorarlo, fingir que nunca existió, que su obra es un borrón o que las páginas de sus libros están en blanco? Quizás los fastos del trigésimo aniversario de su muerte sirvan para responder a esta pregunta, pero, al margen de ello, me parece evidente que de la respuesta que se le dé depende la exigencia y la necesidad de una literatura argentina de relevancia o su estancamiento en la irrelevancia, la modestia, los tonos menores, intimistas, a menudo recurrentes en el costumbrismo, que caracteriza a la literatura argentina en nuestros días.
 
 
[Publicado originalmente en Turia (120), noviembre de 2016.] 

[Publicado el 16/3/2017 a las 13:00]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Copi, Disidencias]

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«Qui était Borges?» / Jorge Luis Borges, Copi: preguntas sin responder (1)

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1
 
«Qui était Borges?» Volví a tropezar con esa pregunta, posiblemente la más importante de la literatura en español de los últimos cien años y la única que merece la pena ser respondida, unas semanas atrás en el lugar más inesperado, el sótano de la Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l'Image de Angoulême, en Francia. El sótano estaba refrigerado, yo tiritaba, estaba harto de estar de pie; pero sentía el vértigo de cada vez que tiene lugar un descubrimiento, y eso compensaba todas las incomodidades. (La pregunta era formulada por un pollo, naturalmente.)
 
Estaba en Angoulême para estudiar los manuscritos depositados allí del escritor argentino Copi. Nacido Raúl Damonte Botana en 1939, apodado «Copi» por una de sus abuelas -la dramaturga anarquista Salvadora Medina Onrubia- por parecer de niño «un copito de nieve», escritor de teatro, autor en francés de varias novelas y libros de cuentos, extraordinario actor travestí, creador de «la femme assise», la mujer sentada que apareció semanalmente en Le Nouvel Observateur durante sus primeros diez años de existencia, víctima del sida en 1987, a los cuarenta y ocho años de edad, Copi escribió, en palabras de Daniel Link, «como si Borges no hubiera existido nunca», de allí lo desconcertante de la pregunta que hallé en Angoulême, en una de sus tiras. «Qui était Borges?», pregunta a la mujer sentada un pollo, su interlocutor más habitual y uno de los muchos animales que pueblan la obra de Copi, en la que la dicotomía entre estos y los hombres -al igual que otros pares antitéticos, como hombre/mujer, animado/inanimado, vida/muerte, sueño/vigilia- es habitual y sistemáticamente abolida. La mujer sentada le responde: «Jorge Luis? Un vieux monsieur qui savait parler de la vie et de la mort». La tira continúa, pero el diálogo se detiene allí.
 
La aparición de Borges en la tira no es la única mención suya en la obra de Copi, sin embargo: en L'Internationale argentine, su última novela, uno de los personajes es una hija hipotética del autor argentino. Raúla (sic) Borges es la prometida del agregado cultural de la embajada argentina en París, y su papel consiste en alentar las ambiciones políticas de su novio en detrimento de los esfuerzos que una organización denominada La Internacional Argentina hace por la candidatura a la presidencia de Darío Copi, un poeta argentino muy poco talentoso radicado en Francia. Darío Copi va a perder la oportunidad de convertirse en presidente de Argentina cuando se hagan públicos sus orígenes judíos, pero, de entre todos los personajes y hechos disparatados y contradictorios que conforman la novela, y al margen de la previsibilidad de su final, de entre todos ellos, destacará la supuesta hija de Borges, que encarna en más de un sentido la anomalía, lo monstruoso.
 
 
2
 
L'Internationale argentine pertenece a la serie de textos argentinos que fabulan la toma del poder, y es singular que uno de sus personajes de mayor relevancia sea la hija apócrifa de Jorge Luis Borges, ya que la novela -toda la obra de Copi, de hecho- ha sido utilizada por parte de algunos escritores argentinos para tomar el poder, al menos el literario. En algún sentido, esos autores son los hijos de Borges, las anomalías que Copi predijo y contribuyó a concebir, de allí que sus palabras sobre el autor de «El Aleph» en la tira de Angoulême resonaron con particular fuerza en mí. Vistos como escritores antitéticos, en la tira había un singular reconocimiento a Borges, posiblemente póstumo. (Si se tiene en cuenta el tiempo verbal de la pregunta: la tira no está fechada.)
 
En uno de sus mejores ensayos, la excepcional ensayista argentina Graciela Montaldo definió L'Internationale argentine, Una novela china de César Aira y La hija de Kheops de Alberto Laiseca como textos «que encuentran en su capacidad de fabular el incentivo de la única literatura posible». Según Montaldo, «El amor, las aventuras, las intrigas políticas resultan proyectos fuera de toda medida y sin embargo estas novelas los cultivan con una "naturalidad" asombrosa, dándole una nueva dimensión a la ficción. Y casi en las tres novelas se podría percibir ese extraño efecto de encantamiento que produce la corroboración de la narración microscópica, detallada, con la dimensión ciertamente asombrosa e inconmensurable de la historia. Las tres encuentran un punto de coincidencia entre los dos extremos de la escala de medidas: lo grande y lo pequeño, porque involucran la cotidianeidad y las manías de los personajes en lo descomunal que tiene como símbolos nacionales la muralla china, las pirámides de Egipto y la deuda externa argentina».
 
«La narrativa de la que hemos venido hablando -continúa Montaldo- trata de generar una nueva tradición partiendo de un género muy viejo de la literatura europea y muy nuevo para la literatura argentina pero no parece alcanzar ni ser en sí misma suficiente para lo que gran parte de los narradores de este país se han propuesto como proyecto no explícito: quebrar la hegemonía borgiana en nuestra cultura». Una cuestión de poder, nuevamente. Desde hace algunas décadas, antes incluso de su muerte, el «problema Borges» ha sido el principal y el más importante problema a resolver por los escritores argentinos. «Qui était Borges?» -así, en francés; es decir, en el idioma de un esnobismo al que los argentinos no somos casi nunca insensibles-, o mejor, «¿qué hacer con Borges?» son las formas en las que el problema es presentado más habitualmente. A lo largo de la década de 1990, el «problema Borges» parece haber enfrentado a los escritores argentinos a la disyuntiva de dejar de escribir o continuar haciéndolo sobre bases nuevas y de una forma distinta; alejada del mandato de hipercorrección y brillantez conceptual que Borges desarrolló en su obra: su solución fue la creación de lo que Montaldo denomina la «tradición contraborgiana» -«contraborgesana» sería tal vez mejor, pero esto importa poco-, un conjunto amplio de textos presididos por una heterodoxia festiva y una desacralización cuyo origen está en la totalidad de la obra de Copi, no sólo en L'Internationale argentine.
 
Algunos de los autores de la contrahegemonía son nombres esenciales de la literatura argentina contemporánea: César Aira, Alan Pauls, Rodolfo Enrique Fogwill, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Marcelo Cohen; cada uno de ellos resolvió el «problema Borges» de forma distinta: César Aira, mediante la serialización, la creación de un dispositivo y la supremacía del proceso por sobre el resultado de la producción literaria; Alan Pauls, a través de una literatura estrechamente vinculada al arte contemporáneo -aunque al menos una de sus novelas, Wasabi, es tanto deudora de Aira como de Copi-; Fogwill, mediante una contemporaneidad rabiosa y decidida, así como a través de dos textos en los que exorcizó la influencia del autor de «Las ruinas circulares», el cuento «Help a él» -un acrónimo de «El Aleph», por supuesto- y la novela Un guión para Artkino, donde, en una Argentina ya por completo integrada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, las obras de Borges son consideradas apócrifos publicados en connivencia con la policía política para hundir a un autor, esencialmente, proletario, responsable de las novelas «rescatadas» Horas proletarias y Mañanitas metalúrgicas; Daniel Guebel y Sergio Bizzio con la adhesión a los postulados de Aira; Sergio Chejfec, mediante una escritura abigarrada, lejos de la claridad y la impronta clásica de la prosa de Borges; Marcelo Cohen, con la creación de un mundo ficcional llamado «El Delta Panorámico» y la concepción de una lengua personal. Pero otros escritores, igualmente importantes aunque no pertenecientes explícitamente a la corriente antiborgiana han producido textos que en los veinte años posteriores a la muerte de Borges han supuesto, por omisión o de forma directa, un cuestionamiento de su legado: Hebe Uhart se ha refugiado en la narración de la intimidad y en una cierta ligereza deliberada; Elvio E. Gandolfo ha adherido a géneros «menores» que Borges desdeñó pese a su contribución a ellos -la novela policiaca, la ciencia ficción, el terror, etcétera-; Rodrigo Fresán ha recortado un conjunto de referencias exclusivamente anglosajonas -pese a lo cual dedicó a la figura de Borges uno de los mejores pasajes de Historia argentina¸ así como un ensayo extraordinario, «El día en que casi mato a Borges»-; Martín Caparrós avanzó sobre el terreno, nunca ollado por Borges, del periodismo narrativo, y en una explícita y muy reciente declaración de intenciones, desplazó el centro gravitacional de la literatura argentina de Borges a Esteban Echeverría.
 
(En Ricardo Piglia la solución del «problema Borges» es más compleja: la construcción de una obra literaria en la que se articulan el interés por la delincuencia y la circulación del dinero presente en la obra de Roberto Arlt con el interés por la lectura como actividad creadora, el engaño, la duplicidad y la tradición de la obra de Borges, todo ello encarnado en el que quizás sea su mejor cuento, «Luba», pero también en mucho otros pasajes de su obra.)
 
No se trata de que la figura de Borges esté ausente de la producción literaria argentina: de hecho, está presente, por ejemplo, en el ya mencionado Un guión para Artkino de Fogwill (2009), en el personaje despreciable del mismo nombre de La lengua del malón de Guillermo Saccomanno (2003), en la historia del artista Rafael Zarlanga en el cuento de Daniel Guebel «La infección vanguardista» (2012), en Cortázar de la A a la Z (2014) de Aurora Bernárdez, Carles Álvarez Garriga y Sergio Kern, donde numerosas entradas coinciden con las del Borges verbal de Pilar Bravo y Mario Paoletti (1999) -más específicamente, «españoles», «escribir», «traducir», «muerte», «psicoanálisis», «tango» y «vejez», en una diferencia de opiniones y de concepciones que serviría para fundar una teoría si se lo deseara-, en el gesto de Pablo Katchadjian, no completamente comprendido por algunos, de El Aleph engordado (2009) y en la extraordinaria instalación de Fabio Kacero «Fabio Kacero autor del Jorge Luis Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote» (2014). A excepción de estos dos últimos, se podría decir, la apropiación de la figura de Borges por parte de los escritores argentinos contemporáneos se centra en los aspectos más icónicos de esa figura: resuelve qué hacer con el sujeto Jorge Luis Borges, es cierto; pero no resuelve qué hacer con su obra y con su mandato.
 
María Teresa Gramuglio sostenía en 1991 en su «Genealogía de lo nuevo» que «narrar hoy en la Argentina no es sólo narrar desde Borges (aunque su figura siga presidiendo la novela familiar de más de un novelista), sino que se ha ido configurando una trama densa de textos en el interior de la cual se diseña un árbol genealógico (no muy frondoso) cuyas ramas principales y aún ciertos retoños e injertos se leen en los libros de hoy (y no sólo en los libros). En lo más inmediato: algunos nombres, por la frecuencia con que son convocados, se tornan insoslayables: Marechal y Cortázar; Walsh, Puig y Lamborghini; Viñas, Piglia y Saer; algún Bioy Casares, algún Aira... Cada uno de estos nombres introduce a su vez otras genealogías y define otros espacios; cada uno de ellos es un cruce de literaturas donde lo nacional y lo extranjero, la lengua y los géneros, la ficción, la historia y la política, traman las diversas soluciones narrativas que sostienen cada poética particular». A veinticinco años de esta afirmación, la literatura argentina parece empeñada en perseverar en ciertos entusiasmos -Rodolfo Walsh, Osvaldo Lamborghini, David Viñas, Ricardo Piglia, Juan José Saer, César Aira-, lo que podría llevar a pensar que el «problema Borges» ha sido resuelto de forma tácita; sin embargo, la exclusión del autor de El libro de arena como influencia reconocida, la inexistencia de elementos que adhieran a su sistema en la obra de otros autores, el desdén por los aspectos más reflexivos de la obra de Borges ponen de manifiesto que el «problema» no está resuelto. Por el contrario, ha ido agrandándose en la medida en que, en un singular ejercicio de funambulismo, los escritores argentinos más recientes -los que pertenecen a mi generación, o a cuya generación yo pertenezco: como se prefiera- están haciendo un esfuerzo improbable por escribir como si Borges no hubiera existido nunca.
 
[...]
 
 
[Publicado originalmente en Turia (120), noviembre de 2016. Finaliza el próximo jueves.]

[Publicado el 14/3/2017 a las 13:00]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Copi, Disidencias]

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"No robarás", pero ¿qué significa "robar" exactamente? / A vueltas con el 'caso Katchadjian'

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El Aleph engordado fue publicado por su autor en una tirada de 200 ejemplares en 2009; el libro era una apropiación del famoso cuento de Jorge Luis Borges, que Pablo Katchadjian "engordaba" con la inclusión de frases de su autoría para producir un nuevo texto. Dos años después, en 2011, el escritor argentino fue llevado a los tribunales por los usufructuarios de la propiedad intelectual de la obra de Borges y sobreseído gracias al testimonio de expertos en la materia; cuatro años más tarde, sin embargo, un nuevo juez ha trabado embargo sobre los bienes del escritor por ochenta mil pesos argentinos, equivalentes a 7.734,84 euros: si no los pagase, podría ir preso. A comienzos de 2017, la causa sigue su curso.
 
La experta francesa Hélène Maurel-Indart mantiene desde hace años una página web que reúne elaboraciones teóricas acerca de conceptos como la autoría y la "propiedad" de los textos, información legal, un foro de discusión y una lista permanentemente actualizada de autores acusados (con razón o sin ella) de plagio: Jacques Attali, Tahar Ben Jelloun, Françoise Sagan, Alain Minc, Henri Troyat y Bernard-Henri Levy son los casos más flagrantes recogidos en Le Plagiat, pero hay muchos más (algunos de ellos discutidos en extenso en El libro tachado, 2014), como el de Jason Epstein, autor de una primera novela muy alabada por la crítica cuya carrera literaria terminó cuando se hizo público que había plagiado El libro de Rachel de Martin Amis (lo reveló el mismo Amis, aunque discretamente y sin intenciones de arruinar la carrera de la joven promesa), David Leavitt, quien fue acusado del plagio de un libro de Stephen Spender en su obra Mientras Inglaterra duerme, y el de Fabio Filippuzzi, un ingeniero de Udine que publicó entre 2006 y 2010 seis libros que llevaban su firma pero de los que no había escrito una sola palabra: eran transcripciones prácticamente literales de La tarde de un escritor de Peter Handke y El animal moribundo de Philip Roth, entre otros.
 
"El octavo mandamiento (‘No robarás') no ha sido hecho para los poetas", afirmó Samuel Taylor Coleridge cuando se lo acusó de plagio, pero las cosas son más complejas, ya que es difícil determinar qué es eso que se roba cuando se habla de literatura. ¿El argumento? ¿El concepto de una obra? ¿Las palabras que la conforman? Aunque se lo acusa de un delito de defraudación a la propiedad intelectual (es decir, de plagio), es evidente que Katchadjian no ha "robado" a Borges, ya que en El Aleph engordado la referencia al texto de partida es explícita desde el título; es decir, no hay ningún interés por hacer pasar la obra como de la autoría de otro. Katchadjian es un escritor experimental que se propone desacralizar los textos de la tradición literaria, pero las implicaciones legales de su apropiación (más bien se debería hablar, como propone Cristina Rivera Garza, de una "desapropiación": desautomatización de los vínculos entre un autor y su supuesta propiedad con la finalidad de cuestionar la existencia de esos vínculos) lo sitúan en la compañía de escritores que quisieron hacer pasar como propia la obra de otro.
 
Por ejemplo Alfredo Bryce Echenique, quien debió pagar en 2009 una multa de cuarenta y dos mil euros por haber plagiado a una quincena de autores en un total de dieciséis artículos periodísticos, Sealtiel Alatriste (el escritor mexicano debió renunciar al cargo que ocupaba en la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM y al Premio Xavier Villaurrutia de 2012 por haberse apropiado de la obra de varios autores) y los argentinos Sergio di Nucci y Federico Andahazi, quienes fueron acusados de haber plagiado a Carmen Laforet en la novela Bolivia Construcciones y al dramaturgo Agustín Cuzzani en la novela El conquistador, respectivamente: en la novela de di Nucci se reproducían pasajes de la obra plagiada, y en la de Andahazi, el concepto general.
 
En cada uno de estos casos se pusieron en juego (además de una visible voluntad de engaño por parte de los autores) diferentes formas de la apropiación y del préstamo cuya interpretación pone de manifiesto las divergencias a la hora de comprender en qué consiste la propiedad intelectual, un concepto que viene siendo cuestionado desde hace casi medio siglo por la crítica literaria. Katchadjian parece orientarse por el juicio de esta última, al igual que el también argentino Esteban Peicovich, quien en sus Poemas plagiados escande textos periodísticos para poner de manifiesto su carácter involuntariamente poético, la española Mercedes Abad en Media docena de robos y un par de mentiras y Ricardo Piglia, quien en "Luba" reescribió un cuento de Leonid Andréiev atribuyéndoselo a Roberto Arlt y firmándolo con su nombre. El problema, si acaso, es que la razón crítica y la razón legal y comercial entran en conflicto en situaciones como las mencionadas, de tal forma que lo que para una es legítima para la otra no lo es.
 
La crítica literaria tiene, merecidamente, a Jorge Luis Borges como uno de los autores más importantes de la literatura mundial del siglo XX, pero la obra de Borges (con sus apropiaciones, citas implícitas y explícitas y préstamos) hubiese sido inviable si la razón comercial se hubiese impuesto a la literaria impidiéndole producir su obra. Es interesante observar que, en ese sentido, El Aleph engordado es más "borgeano" que la persecución legal llevada a cabo en defensa de su obra: Borges amplió el campo de lo que un escritor podía hacer si lo hacía abiertamente y sin voluntad de engaño, pero es llamativo que su obra sea puesta ahora del lado de los límites, de la contención, de lo establecido, de las reglas del mercado. Es, sobre todo, una pérdida para todos nosotros en tanto lectores, pero también es una oportunidad de volver a pensar a quién le pertenecen los textos: ojalá Pablo Katchadjian no tenga que pagar un precio excesivo por esta oportunidad.

[Publicado el 05/1/2017 a las 15:00]

[Etiquetas: Pablo Katchadjian, Jorge Luis Borges, Disidencias]

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Naturalezas del héroe / "Invasión" de Hugo Santiago

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[...]
 
A esa ambigüedad se debe el hecho de que no quede claro si la celebración de una tecnología moderna no es también el vehículo de una denuncia, la de que la modernidad estaría asediando los viejos valores que el autor de "El Aleph" asociaba con el carácter criollo (el coraje, la discreción, la falta de dramatismo, la resignación, el honor, la amistad); también la función de un sonido que constituye uno de los personajes principales del filme, la dificultad de valorar el retrato de la nueva generación de activistas políticos con cuya aparición, promesa y amenaza a la vez, concluye el filme de Santiago (cuya obra Las veredas de Saturno continúa la acción, ya en el exilio), y el "aluvión zoológico" de una invasión a la ciudad que puede ser vista tanto como una acusación a la movilidad de clases impuesta en Argentina por el peronismo a partir de 1945 como su celebración si se desea ver en todo esto una fábula política.
 
En palabras de Borges, los personajes del filme "luchan hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita", y en algún sentido, las posibles lecturas del filme también son interminables; pero es su rara perfección técnica y su aliento épico (que el autor de Ficciones creía amparado en el cine tras su expulsión de la literatura a raíz de un exceso de conciencia en ella a lo largo del siglo XX) los que más permanecen en la memoria del espectador cuando el filme concluye, así como la heroicidad sin premio de sus personajes. "Invasión es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes", afirmó Borges. A las naturalezas del héroe, el autor de "El Aleph" le dedicó sus mejores obras; Invasión es un estudio atemporal acerca de esas naturalezas, de las circunstancias en los que éstas son puestas a prueba, sobre el sentido práctico de la lucha y los sacrificios que ésta impone.
 
 
[Versión corregida y ampliada de la conversación con la especialista Sonia García López a raíz de la proyección de Invasión en el marco del ciclo "Cartografía de la memoria". Madrid, Casa de América, 8 de marzo de 2016.]

[Publicado el 26/4/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Hugo Santiago, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Héctor Germán Oesterheld, Francisco Solano López, Sonia García López, Film]

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Unas palabras sobre el "affaire" Katchadjian / "La Biblioteca Infinita" de Kurd Lasswitz / Cita

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'Flying books' de Christian Boltanski / Fotografía, Lucas Arraut /

A pesar de haber sido sobreseído en primera instancia, el escritor argentino Pablo Katchadjian fue procesado la semana pasada por el delito de defraudación a la propiedad intelectual.
 
El caso se remonta a 2009, cuando una pequeña editorial argentina de poesía publicó el primer libro de Katchadjian, El Aleph engordado, una apropiación del famoso cuento de Jorge Luis Borges que Katchadjian "engordó" con la inclusión de frases de su autoría en el original, que de ese modo era convertido en un nuevo texto. En 2011, Katchadjian fue llevado a los tribunales por los usufructuarios de la propiedad intelectual de la obra de Borges y fue sobreseído gracias al testimonio de expertos en la materia. En el marco de la reactivación de la causa en su contra, sin embargo, el juez traba ahora un embargo sobre los bienes del escritor por ochenta mil pesos argentinos, equivalentes a 7.734,84 Euros. Si se considera que la tirada de El Aleph engordado fue de doscientos ejemplares, se deriva que el perjuicio hecho a la propiedad intelectual de Borges alcanzó los 38,67 euros por ejemplar; si (como suele ser habitual) las regalías del autor por cada ejemplar vendido hubieran sido del diez por ciento, cada uno de los ejemplares de El Aleph engordado tendría que haber tenido un precio de portada de 386,70 euros. Naturalmente, ninguno de esos libros fue vendido (si lo fue, considerando que se trataba de un libro de poesía) por esa cifra.
 
Acerca del "affaire" Katchadjian escribí en El libro tachado y no creo que pueda agregar más a lo dicho allí. Sin embargo, sí creo poder contribuir a una discusión acerca de los límites entre la obra propia y la de los demás reproduciendo aquí el cuento "La Biblioteca Infinita" del escritor alemán de ciencia ficción Kurd Lasswitz (1848-1910). Su lectura debería ser hecha conjuntamente con la del cuento de Jorge Luis Borges "La biblioteca de Babel", y las conclusiones que se extraigan de ella, empleadas en una discusión acerca de la literatura como apropiación, palimpsesto, reescritura, bien común.
 
 
-VENGA A SENTARSE A MI LADO, Max -dijo el profesor Wallhausen-, y deje de rebuscar en mi escritorio. Le aseguro que en él no hay nada que pueda utilizar para su revista.
 
Max Burkel se acercó a la mesa de la sala de estar, se sentó lentamente y tendió la mano hacia la jarra de cerveza.
 
-Bueno, entonces prosit. Me alegra volver a estar aquí. Pero, diga usted lo que diga, sigue teniendo que escribir algo para mí.
 
-Por desgracia, no tengo ninguna buena idea en este momento. Además, ya se están escribiendo y, desgraciadamente, imprimiendo demasiadas cosas superfluas...
 
-Eso es algo que no necesita decírselo a un director de revista tan atareado como su seguro servidor. Sin embargo, mi pregunta es: ¿Qué es lo realmente superfluo? Los autores y su público no logran ponerse de acuerdo en absoluto al respecto. Y lo mismo ocurre con los directivos de revista y los críticos. Bueno, mis tres semanas de vacaciones acaban de empezar. Mientras tanto, que se preocupe mi ayudante.
 
-Aveces me he preguntado -dijo la señora Wallhausen- cómo puede seguir encontrando usted algo nuevo que publicar. Me parece que, en la actualidad, ya debe de haberse escrito todo lo que puede ser expresado con palabras.
 
-Cabría pensar eso, pero la mente humana parece ser inagotable.
 
-Querrá decir en sus repeticiones.
 
-Bueno, sí -admitió Burkel-. Pero también en lo referente a nuevas ideas y expresiones.
 
-De todos modos -meditó el profesor Wallhausen-, uno podría expresar en letras de molde todo lo que pueda ser dado
 
-Me hubiera gustado haber podido disponer de ese volumen cuando estudiaba -dijo la señora Wallhausen-. ¿O serían volúmenes?
 
-Probablemente volúmenes. No olvides que el espacio entre palabras es también un carácter tipográfico. Un libro quizá contuviese una sola línea, y todo el resto estuviera vacío. Por otra parte, incluso las obras más largas tendrían cabida, puesto que, caso de no caber en un volumen, podrían ser continuadas a lo largo de varios.
 
-No gracias. Encontrar algo ahí sería un verdadero problema.
 
-Sí, ésa sería una de las dificultades -dijo el profesor Wallhausen con una sonrisa complacida, contemplando el humo de su cigarro-. Claro que, a primera vista, uno podría pensar que esto quedaría simplificado por el hecho mismo de que la biblioteca tiene que contener por definición su propio catálogo e índice.
 
-¡Excelente!
 
-El problema sería hallarlo. Además, aunque uno encontrase un volumen índice, no le serviría de nada, dado que el contenido de la Biblioteca Universal se halla reflejado en un índice no sólo correctamente, sino de todas las maneras incorrectas y equívocas posibles.
 
-¡Diablos! Por desgracia, eso es cierto.
 
-Sí, habría un cierto número de dificultades. Digamos que tomamos un primer volumen en la Biblioteca Universal. Su primera página está vacía, y también lo están la segunda, la tercera y las demás quinientas páginas. Este es el volumen en el que el "espaciado" ha sido repetido un millón de veces.
 
-Al menos ese volumen no contendrá ninguna tontería - observó la señora Wallhausen.
 
-Menudo consuelo. Pero tomemos el segundo volumen. También está vacío, hasta que en la página quinientos, línea cuarenta, al final, hay una solitaria "a" minúscula. Lo mismo ocurre en el tercer volumen, pero la "a" ha adelantado un lugar. Y a partir de ahí la "a" va avanzando lentamente, lugar a lugar, a través del primer millón de volúmenes, hasta que alcanza el primer espacio de la página uno, línea uno, del primer volumen del segundo millón. Las cosas continúan de esta manera durante el primer centenar de millones de volúmenes, hasta que cada uno de los cien caracteres ha efectuado su solitario viaje desde el último al primer lugar de la línea de libros. Luego lo mismo ocurre con la "aa", o con cualquier combinación de otros dos caracteres. Y un volumen puede contener un millón de puntos, y otro un millón de interrogantes.
 
-Bueno -dijo Burkel-, debería ser fácil reconocer y eliminar tales volúmenes.
 
-Quizá. Pero aún falta lo peor. Eso sucede cuando uno ha encontrado un volumen que parece tener sentido. Digamos que uno desea refrescar su memoria acerca de un pasaje del Fausto de Goethe, y logra alcanzar un volumen que parece tener sentido. Pero cuando ha leído una o dos páginas, todo pasa a ser "aaaaa", y esto es lo único que hay en el resto de las páginas del libro. O quizás uno halle una tabla de logaritmos. Pero no puedo saber si es correcta. Recordad que la Biblioteca Universal contiene todo lo correcto, pero también todas las variaciones incorrectas posibles. De la misma forma, uno tampoco puede fiarse de los títulos de los capítulos. Un volumen puede comenzar con las palabras "Historia de la Guerra de los Treinta Años", y luego decir: "Tras las nupcias del príncipe Blücher con la reina de Dahomey, que fueron celebradas en las Termopilas...", ya saben lo que quiero decir. Naturalmente, nadie quedará en ridículo por esto. Si un autor ha escrito las tonterías más increíbles, estarán naturalmente en la Biblioteca Universal. Aparecerán bajo su nombre. Pero también estarán firmadas por William Shakespeare, y por cualquier otro autor posible. Encontrará uno de sus libros en el que tras cada frase se asegure que todo aquello son tonterías, y otro en el que se diga, tras las mismas frases, que constituyen la más prístina de las verdades.
 
-Ya basta -exclamó Burkel-. En cuanto comenzó usted a hablar, supe que esto iba a ser una broma. No me suscribiré a su Biblioteca Universal. Sería imposible separar lo cierto de lo falso, lo que tuviera sentido de lo que no lo tuviera. Si voy a encontrar varios millones de volúmenes que afirman ser todos la verdadera historia de Alemania durante el siglo XX, y todos ellos se contradicen, me valdrá más seguir leyendo los originales de los historiadores.
 
-¡Muy astuto por su parte! Porque, de otro modo, se enfrentaría con una tarea imposible. Pero no estaba tratando de gastarle una broma, como usted pretende. Nunca afirmé que se pudiera utilizar la Biblioteca Universal; simplemente dije que era posible calcular, exactamente, cuántos volúmenes se necesitarían para que una tal Biblioteca Universal contuviera toda la literatura posible.
 
-Adelante, calcúlalo -dijo la señora Wallhausen-. Podemos ver que esta hoja de papel en blanco te está molestando.
 
-No la necesito -dijo el profesor-. Puedo hacer el cálculo mentalmente. Lo único que necesito es comprender exactamente cómo se va a producir esa biblioteca. Primero, tenemos cada uno de esos cien caracteres. Luego, añadimos a cada uno de ellos cada uno de los otros cien caracteres, de modo que tenemos un centenar de veces un centenar de grupos formado cada uno por dos caracteres. Añadiendo el tercer grupo de nuestros caracteres, tendremos 100 x 100 x 100 grupos de tres caracteres cada uno, etc. Dado que tenemos un millón de posiciones posibles por volumen, el número total de volúmenes es cien elevado a la millonésima potencia. Y, como cien es el cuadrado de diez, obtenemos el mismo número con un diez con dos millones como exponente. Esto significa, simplemente, un uno seguido por dos millones de ceros. Aquí lo tenéis.
 
-Gracias por facilitarnos tanto la vida -indicó la señora Wallhausen-. Pero, ¿por qué no lo escribes de la forma habitual?
 
-No seré yo quien lo haga. Me ocuparía al menos dos semanas, sin perder tiempo en comer o dormir. Si imprimiese ese número, tendría algo más de tres kilómetros de largo.
 
-¿Qué nombre tiene ese número? -quiso saber su hija.
 
-No tiene nombre. Ni siquiera hay forma alguna en que podamos esperar comprender alguna vez un número así, dado lo colosal que es, aunque sea finito.
 
-¿Y si lo expresáramos en trillones? -preguntó Burkel.
 
-El trillón de los matemáticos es un número bastante grande: en uno seguido por dieciocho ceros. Pero si expresas el número de volúmenes en trillones, obtendrás una cifra con 1.999.982 ceros en lugar de los dos millones de antes. No sirve de nada; resulta tan incomprensible como el otro. Pero esperad un momento.
 
El profesor escribió algunos números en la hoja de papel.
 
-¡Sabía que acabaría haciendo eso! -exclamó satisfecha la señora Wallhausen.
 
-Ya está -anunció su esposo-. Suponiendo que cada volumen tuviera dos centímetros de grueso, y que toda la biblioteca estuviera dispuesta en una sola y larga hilera, ¿qué longitud creéis que tendría?
 
-Yo lo sé -dijo su hija-. ¿Quieres que te lo diga?
 
-Adelante.
 
-El doble de centímetros que el número de volúmenes.
 
-Bravo, cariño. Absolutamente exacto. Ahora, estudiemos esto más detenidamente. Sabéis que la velocidad de la luz es de 300.000 kilómetros por segundo, lo cual equivales aproximadamente 10 billones de kilómetros en un año, lo que es igual a 1.000.000.000.000.000.000 de centímetros, su trillón matemático, Burkel. Si nuestro bibliotecario pudiera moverse a la velocidad de la luz, necesitaría dos años para pasar un trillón de volúmenes. Ir desde un extremo a otro de la biblioteca, a la velocidad de la luz, le representaría el doble de años que trillones de volúmenes hay en ella. Teníamos ya esta cifra antes, y creo que nada puede mostrar con mayor claridad lo imposible que es captar el significado de ese 10 x 2.000.000 a pesar de que, como he dicho repetidas veces, se trate de un número finito.
 
-Si las damas me lo permiten, desearía hacerle una última pregunta -intervino Burkel-. Sospecho que ha calculado usted una biblioteca para la que no existe lugar en el universo.
 
-Lo veremos en un instante -respondió el profesor, tomando el lápiz-. Bien, supongamos que se empaquetase la biblioteca en cajas de mil volúmenes, y que cada caja tuviese la capacidad exacta de un metro cúbico. Todo el espacio hasta las más lejanas galaxias en espiral conocidas no podría contener la Biblioteca Universal. De hecho, se necesitaría tantas veces este espacio, que el número de universos empaquetados vendría representado por una cantidad con únicamente unos 60 ceros menos que la cantidad que indica el número de volúmenes. Sea cual sea la forma en que tratemos de visualizarla, no lo conseguiremos.
 
-Yo siempre pensé que sería infinito -dijo Burkel.
 
-No, ése es exactamente el quid de la cuestión. El número no es infinito, es una cantidad finita, las matemáticas que hemos empleado no tienen fallo alguno. Lo que resulta sorprendente es que podamos escribir en un trocito de papel el número de volúmenes que comprenderían toda la literatura posible, algo que, a primera vista, parece ser infinito. Pero si después tratamos de visualizarlo..., por ejemplo, tratamos de hallar un volumen específico, nos damos cuenta de que no podemos abarcar lo que, por otra parte, es un pensamiento muy claro y lógico que nosotros mismos hemos desarrollado.
 
-Bueno -concluyó Burkel-, la coincidencia actúa, pero la razón crea. Y por esto, mañana me escribirá usted todo esto con lo que hoy nos ha divertido. De esta forma conseguiré un artículo para mi revista que me podré llevar conmigo.
 
-De acuerdo. Se lo escribiré. Pero le advierto que los lectores van a llegar a la conclusión de que se trata de un extracto de uno de los volúmenes superfluos de la Biblioteca Universal.
 
 
En
Elvio E. Gandolfo (ed.)
Los mejores cuentos de ciencia ficción
Cuando la imaginación se adelanta al tiempo
Trad. Elvio E. Gandolfo
Rosario: Ameghino, 1998
Pp. 231-240

[Publicado el 23/6/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Pablo Katchadjian, Kurd Lasswitz, Cita]

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"Me dicen que fue un sueño" / Una conversación con Rodrigo Fresán acerca de Adolfo Bioy Casares

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Ilustración de León Braojos.

RODRIGO FRESÁN: Para empezar por el principio, yo "descubro" a Bioy a eso de los once años, agotadas todas esas antologías mamotréticas y sobrenaturales que sacaba Bruguera. A mí me encantaban los cuentos de terror y de pronto me encuentro, en edición de Alianza Libro de Bolsillo, con algo que se titula Historias fantásticas de un tal Adolfo Bioy Casares. Aquí lo tengo. Uno de esos contados libros que han resistido mudanzas y décadas. Es decir, leo a Bioy antes que a Borges y a Cortázar. Y lo leo -como casi enseguida leería a Borges y a Cortázar, también en Alianza, siempre seducido por esas portadas de Daniel Gil- como a un autor "de género". (Entre paréntesis: cabe consignar que la argentina probablemente sea la única literatura cuyos autores canónicos se han apoyado todos en el género fantástico.) Y me deslumbra, primero, la originalidad clásica o el clasicismo original de sus tramas. Relatos como "En memoria de Paulina" (el único cuento de fantasmas que se molesta y preocupa en explicar la posibilidad terrena y viva de un espectro), "El gran Serafín" (con una entonces inédita y bucólica aproximación a la idea del fin del mundo que luego se hizo tantas veces, como en Melancholia de Lars Von Trier), "Los afanes" (donde Bioy descolla en eso tan suyo que es llevar lo tecnológico a los terrenos no del laboratorio sino del zaguán) y "Los milagros no se recuperan" (mi favorito, con ese fantasma discreto). Los cuentos de Bioy eran como versiones cercanas de los mejores capítulos jamás filmados de The Twilight Zone, pensé entonces. Después, enseguida, leo La invención de Morel y comprendo que Bioy va a ser un escritor que me va a acompañar toda la vida. Y la leo con un fascinante añadido: la leo por primera vez en Caracas, a donde yo y mi familia escapamos luego de recibir una cordial sugerencia de esa gente que solía conducir automóviles Ford modelo Falcon y de color verde. Y a lo que iba: en La invención de Morel, en sus últimas páginas, en un final que para mí está en el top-five en lo que hace a potencia epifánica de un adiós, el protagonista -del que no sabemos casi nada de su pasado-recuerda con emoción el himno nacional venezolano. Algo que, supongo, a un lector argentino en Argentina le produciría una extrañeza exótica ante lo desconocido. Para mí, que cantaba ese himno casi a diario en el colegio, fue como un guiño cómplice de alguien a quien aún no conocía personalmente pero al que ya sentía próximo y cómplice.
 
PATRICIO PRON: Una feliz coincidencia, ¿verdad? Yo no recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero es posible que antes de hacerlo haya sabido de su existencia como nota a pie de página de la obra de Borges, como escritor vivo a punto de dejar de estarlo y, por consiguiente, como sujeto de homenajes y de celebraciones. Ambas actividades me parecen las menos literarias que hay, así que es posible que mi primera impresión acerca de Bioy no haya sido positiva. Más tarde, por supuesto, lo leí, y la impresión cambió por completo, aunque, al igual que muchos, yo pensé o creí que Bioy escribía las novelas que Borges no podía o no deseaba escribir; es decir, novelas en las que el planteamiento primaba por sobre la emoción y la narración de una trama medianamente perfecta estaba por encima de la descripción. Esa impresión, pienso, todavía persiste en algunos y es una de las razones por las que Bioy recibe una atención inferior a la que merece, ya que sus libros sólo pueden decepcionar si uno quiere encontrar en ellos las novelas borgeanas que alguien nos ha prometido. Las novelas de Bioy me parecen, en ese sentido, mucho más afines a las de Roberto Arlt (con sus conspiraciones, sociedades secretas, saberes "bajos" y periféricos, a menudo en la periferia física, real, de la ciudad de Buenos Aires) que a los cuentos de Borges, donde el misterio se ve reforzado (o anulado, en los relatos menos conseguidos) por un gesto "orientalista" que vuelve a todo exótico, incluyendo a Argentina. Bioy, por el contrario, parece haber hecho siempre un esfuerzo por reprimir todo deseo de exotismo, como si su amabilidad con el lector lo obligase a no procurarle experiencias que no le resultaran naturales y propias. Pienso que en Bioy "amabilidad" es la palabra clave, con todo lo que tiene de generosidad pero también de condescendencia, y me pregunto si no crees que esa amabilidad es un obstáculo para leerlo hoy en día, en particular tras el triunfo de estéticas más confrontativas que ponen en entredicho lo que el lector sabe y el modo en que vive en lugar de reforzarlo.
 
RODRIGO FRESÁN Amable, sí. Es una buena manera de identificar y de clasificar a Bioy. Amable en el sentido más pleno y poderoso del término. A propósito de lo que comentas del Eje Borges/Bioy voy a decir algo que ya me trajo algún que otro problema. Es decir, voy a repetirlo y lo repito cada vez más seguro de mí mismo: a mí Bioy no solo me gusta más que Borges. Me parece mejor que Borges. Y, anticipando las pedradas y espumarajos en diversas bocas, me apresuraré a ampliar: Bioy se me hace un autor más completo que Borges porque me parece más feliz. Hay una felicidad en Bioy ("Cuando soy muy feliz escribo novelas", declaró Bioy) que también está en Cortázar y que no existe en Borges. Borges, en su perfección borgeana, siempre fue para mí como un circuito cerrado que no admite a nada ni a nadie y que acaba cayendo en la autoparodia. Bioy, en cambio, me parece más amplio, mucho más gracioso (lleno de gracia hasta en los formidables nombres y apellidos que escoge para sus personajes: ¡Nicolasito Almanza! ¡Tuquito!) y hasta experimental. Bioy no sólo escribe la que para mí es la novela argentina más formalmente perfecta dentro de un paisaje donde el cuento es el género rey y las grandes novelas nacionales tienden a lo atómico: El sueño de los héroes (que, entre otras cosas, desde un punto de vista genérico, cuenta la historia de una novela que no puede recordar el cuento de una sola noche en su núcleo). Bioy, también, es responsable de otras cosas que lo convierten en una especie de vanguardista camuflado de dandy: yo tiendo a creer que sin Bioy no hubiese existido Bustos Domecq. Ni Tlön. Borges jamás hubiese escrito un Bioy como el Borges de Bioy (journal totémico que, contrario a lo que piensan muchos, no es una puñalada traicionera sino un acto de amor; y ahí está, para el que lo dude, ese tramo final y conmovedor en el que Bioy se entera de la muerte de su camarada de camino a comprar el diario y recién comprende la certeza de "un mundo sin Borges" enfrentado a la primera plana). Hay una felicidad en Bioy que en Borges no existe (y que posiblemente sea consecuencia no solo de una posición acomodada sino de las muchas posiciones ensayadas por el escritor a lo largo y ancho de ese eufemismo à deux repetido por él y en el que sólo se precisa, imprecisamente, un "dormí una siesta"). Y finalmente está el Bioy más allá de Borges que es el Bioy de obras maestras como Diario de la Guerra del Cerdo o de Dormir al sol, o de divertimentos gloriosos como La aventura de un fotógrafo en La Plata, Un campeón desparejo y ese delirio final que es De un mundo a otro y en el que el astronauta protagonista llega a un planeta distante habitado por unos extraños pajarracos gigantes, se sienta en un bar y pide un sándwich de miga. Ahí, Bioy ya es más aireano que Aira. Lo que, supongo, para muchos cartógrafos letrados de nuestros país supone una complicación irresoluble o una complicación intratable del sistema. Y, por lo tanto, como sucede de un tiempo a esta parte, se opte por (des)ubicar a Bioy como nota a los pies de Borges, se lo acuse de burgués dilapilador de la fortuna familiar, y de bon vivant perezoso y de sátiro de etiqueta, y todos los infelices se quedan de lo más tranquilos y aliviados, ¿no?
 
PATRICIO PRON: Voy a dejar de lado tu propuesta de una reevaluación de la obra de Borges (que a mí también me parece necesaria, aunque por razones distintas) para pensar en Bioy como un predecesor de Aira. La afirmación es valiente, y probarla parece una tarea a la altura de la ambición de cualquier estudiante de doctorado, así que aquí queda registrada para su beneficio. Por mi parte pienso que, si hay algo de Bioy en Aira, esto es en virtud de los excesos de Bioy, que a menudo se comporta como un anfitrión que vaciase la nevera (o la heladera, por el caso) sobre nosotros: nos explica cómo se llaman sus personajes, de qué trabajan, qué ideas tienen sobre el mundo, cómo se justifican ante sí mismos. Este exceso perjudica a Bioy, pienso, al tiempo que no perjudica a Aira porque Aira es un autor paródico; Bioy, en cambio, siempre parece estar hablando "en serio" (aunque Dormir al sol también es una parodia en algún sentido). No quiero decir con esto que carezca de humor (de hecho, hay pasajes de humorismo absolutamente extraordinarios en su obra), pero su humorismo nunca propone la "repetición con distancia crítica" que es la parodia. Una vez más, en nombre de la amabilidad con el lector y de la felicidad (que es magnífico que la obra literaria provoque, y que la obra de Bioy provoca, aunque tal vez no sea el mejor estado para escribir), Bioy no pone en cuestión los valores de sus personajes: la misoginia, el culto a una heroicidad inconsistente y ciertas ideas en relación a la "hombría" que hacen que su obra parezca envejecida. Al mismo tiempo, hay algo muy moderno en la forma en que Bioy concibe la alteración de la realidad, a la que siempre justifica racionalmente en sus textos (en esto, pienso, se anticipó varias décadas a autores que después se aproximarían al fantástico de la misma forma que Bioy, por ejemplo en el cine estadounidense); pero mi impresión es que Bioy está, de algún modo, entre dos épocas, un poco a la manera de sus personajes. Pienso en los de El sueño de los héroes: viven en la periferia de Buenos Aires, acaban de llegar a la ciudad y comprenden que la moralidad campesina no les sirve para la experiencia urbana, pero tampoco han adquirido todavía la moralidad urbana, por lo que están a medio camino entre un mundo que se retrasa en nacer y otro que no acaba de morir. Me parece que Bioy, cuya existencia como escritor fue, además, particularmente larga (de 1929 a 1999), siempre estuvo fuera de lugar, quizás de forma deliberada: sus relaciones amorosas parecen haber sido difíciles (o, por lo menos, decepcionantes), la proximidad con Borges no le hizo posible abandonar un territorio perfectamente delimitado por los intereses y las lecturas de su amigo (nuevamente, la amabilidad de Bioy) y la adhesión a su clase social de origen le impidió tener ciertas experiencias vitales que podrían haber contribuido a la producción de su obra. Algunos de sus mejores textos tienen como trasfondo, por ejemplo, el carnaval, una práctica que parece haber caído en desuso en Argentina a finales de la década de 1960. ¿Cómo continuar siendo relevante como escritor sin caer del lado de lo remanente o de la nostalgia cuando las prácticas que se narran pertenecen al pasado? Bioy parece un buen ejemplo de lo que sucede cuando escribes para adherir a una serie de valores en vez de para transformarlos: cuando murió los valores de sus personajes se remontaban a un siglo atrás y sólo podían provocar en los lectores una curiosidad, digamos, antropológica. Quizás eso suceda todavía con muchos de sus libros. ¿El futuro de Bioy no es algo del pasado?
 
[...]
 
 
[Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, septiembre de 2014.]

[Publicado el 10/10/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Adolfo Bioy Casares, Rodrigo Fresán, Jorge Luis Borges]

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El hacedor (de Borges) / Cita

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Un pasaje de los "Sketchbooks" de Santi Sallés.

"¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? [...] La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal [...]".

Fragmento de "El simulacro", incluido en El hacedor de Jorge Luis Borges (1960)

 

[Mañana: Viaje de Yuichi Yokoyama]

[Publicado el 06/10/2011 a las 11:46]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, cita]

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En un improbable mundo sin Borges

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Al igual que el personaje principal del cuento «Histeria argentina II» de Rodrigo Fresán, que tropieza y derriba por error a Jorge Luis Borges en una calle porteña, todos los escritores argentinos tropezamos en algún momento con el autor de Ficciones y lo atropellamos o procuramos esquivarlo; de hecho, la literatura argentina a partir de la década de 1940 podría historiarse tomando como referencia ese encuentro, al que no han escapado autores como Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar (cuyo relato «Casa tomada» fue publicado en la revista Sur gracias a la intervención de Borges), Ernesto Sabato (que fue su doble desgraciado y carente de talento), Juan Rodolfo Wilcock, David Viñas, Adolfo Bioy Casares, Rodolfo Walsh (que escribió sus primeros relatos bajo su influencia), Ricardo Piglia (que unió las poéticas supuestamente divergentes de Borges y Roberto Arlt), Osvaldo Lamborghini, Roberto Fontanarrosa (que supo parodiarlo extraordinariamente), Alan Pauls (que le dedicó uno de sus mejores libros, El factor Borges), César Aira, Fogwill (autor de Help a él, una versión de «El Aleph» que anticipaba reescrituras borgeanas menos logradas) y el ya mencionado Fresán: todos ellos definen su sitio en la literatura argentina a partir de la pregunta de qué hacer con Borges. A veinticinco años de la muerte del autor de Historia universal de la infamia, esta sigue siendo la única pregunta realmente significativa para un escritor argentino.

[...]

 

Publicado originalmente en ABC Cultural. Mayo 21 de 2011.

[El próximo lunes: X de Percival Everett]

[Publicado el 03/6/2011 a las 12:00]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges]

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Una reescritura de Borges, cita

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El sospechoso habitual, según Hermenegildo Sábat (2000).

"[...] en la Argentina -un país quizá demasiado pequeño para un escritor quizá demasiado grande- los escritores continúan intentando matar a Borges. El penúltimo que parece intentarlo es Pablo Kachadjian en El Aleph engordado (IAP, 2009). La operación que propone Kachadjian es ingeniosa; se trata de tomar el texto de 'El Aleph' -ese cuento en que Borges cuenta la historia prodigiosa de un punto que contiene el universo- y de injertarle, mediante una delicadísima cirugía, frases del propio Kachadjian, de tal manera que, si el texto de Borges tiene aproximadamente 4.000 palabras, el texto de Kachadjian tiene más de 9.600. El resultado del experimento es a la vez brillante e inevitable: brillante porque el cuento de Kachadjian es y no es el de Borges, y porque hay momentos en que Kachadjian consigue el milagro de que, incluso quienes conocemos de memoria el cuento de Borges, lleguemos a dudar de qué es de quién; inevitable porque en definitiva el juego que propone Kachadjian es un juego borgeano, en el que Kachadjian se disfraza de un avatar de Pierre Menard, ese escritor francés inventado por Borges que en la primera mitad del siglo XX, copiando palabra por palabra un fragmento del Quijote, escribió un Quijote que es y no es el Quijote. En suma: lo que en principio parecía un intento de matar a Borges es en realidad un homenaje a Borges."

  

Javier Cercas
"Borges en salsa picante"
El País Semanal, noviembre 28 de 2010.

[Mañana: El imperio de los sentimientos]

[Publicado el 19/4/2011 a las 12:31]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Pablo Kachadjian, Javier Cercas, Cita]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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