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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de diciembre de 2018

 Blog de Patricio Pron

Toda historia de amor es una criptografía / "El libro de Tamar" de Tamara Kamenszain

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"Yo esperaba de mi exmarido algún mensaje contundente del tipo ‘te extraño', ‘volvamos', ‘estoy dispuesto a cambiar'", admite Tamara Kamenszain; sin embargo, lo que obtuvo en su lugar fue un pequeño lipograma, un anagrama basado en su nombre en hebreo cuyo autor (Héctor Libertella, el escritor argentino muerto en 2006 que fue su pareja durante largos años), habla de atar ramas, armar tramas y matar ratas.

Kamenszain nació en Buenos Aires en 1947 y es una de las voces más reconocidas (y reconocibles) de la poesía argentina de las últimas décadas, así como una ensayista premiada y traducida. En El libro de Tamar conjura otras parejas de escritores (algunas próximas, como la de Ricardo Piglia y Josefina Ludmer, y otras más distantes, como los matrimonios entre Ted Hughes y Sylvia Plath y Julia Kristeva y Philipe Sollers) para dar cuenta de la especificidad de un tipo de vínculo en el que el amor (entre escritores) es también un ejercicio de crítica literaria, pero también para comprender un mensaje que en su momento pasó por alto y que tal vez fuera el que ella había esperado. Por estas páginas desfilan María Moreno y Sharon Olds, Osvaldo Lamborghini, Mark Strand, Philip Roth y César Aira. Kamenszain recorta una experiencia en la que confluyen el interés por el tango y la reescritura, la "pasarela del alcohol" y toda una sociabilidad literaria que es, vista desde la perspectiva de quienes pertenecemos a una promoción de escritores argentinos posterior a la suya, también, y sobre todo, un retrato generacional. Al hacerlo da cuenta de una deriva que ha llevado a los autores de su generación del hermetismo textualista en el que el "yo" era concebido como una ficción hasta una literatura confesional de la que El libro de Tamar es un magnífico ejemplo. Y pone de manifiesto algo bien conocido por algunos: que toda historia de amor es principalmente, y para los demás (aunque también para sus protagonistas, en ocasiones), una criptografía.

 

Tamara Kamenszain

El libro de Tamar

Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2018

[Publicado el 17/10/2018 a las 18:55]

[Etiquetas: Tamara Kamenszain, Ensayo, Eterna Cadencia]

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Un fascinante exabrupto / "Maupassant y 'el otro'" de Alberto Savinio

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No es la más razonable de las premisas para un ensayo, pero funciona: a raíz de las impresiones que le suscita un viaje a París, el protagonista de Maupassant y “el otro” se convierte en la “reencarnación” de Guy de Maupassant, lo que permite a su autor recorrer algo apresuradamente la vida del creador de “El Horla”, en particular su relación con Gustave Flaubert y la enfermedad mental de sus últimos años.

 

“Alberto Savinio” fue el pseudónimo de Andrea de Chirico (Atenas, 1891-Roma, 1952), pintor como su hermano Giorgio y autor de novelas como Hermafrodito (sic, 1918), La casa inspirada (1925) y La infancia de Nicasio Dolcemare (1941), aunque (sostienen sus editores) “es probablemente en el ensayo donde su fuerza se despliega con total rotundidad”. Que Maupassant y “el otro” es uno atípico se pone de manifiesto en su estilo, una prosa automática liberada de las constricciones formales muy de gusto del futurismo italiano (del que Savinio y su hermano fueron parte, como se sabe), en cierto tono socarrón que preside todo el libro, en la burla a los personajes y en la gran cantidad de excursos que presiden la narrativa. Pero Sabinio tiene una “teoría Maupassant” y es todo lo seria que podría ser la de un ensayo: la de que el creador de “Bola de sebo” fue un escritor mediocre en su primera etapa y un autor genial en la segunda, cuando la enfermedad mental le otorgó la conciencia de “un otro” que subyace a sus mejores relatos. Al margen de esta hipótesis de lectura, el mayor interés de este (de a ratos) fascinante exabrupto radica en sus notas al texto, todas extraordinarias. Por ejemplo: “Maupassant no usaba más que sombreros hechos a medida. El obstetra que le ayudó a venir al mundo le había modelado la cabeza dejándosela de una perfecta redondez y distinta respecto a los formatos habituales” (99).

 

 

Alberto Savinio

Maupassant y “el otro”

Trad. José Ramón Monreal

Barcelona: Acantilado, 2018

[Publicado el 01/9/2018 a las 20:50]

[Etiquetas: Alberto Savinio, Ensayo, Acantilado]

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Las palabras y el mundo / "Paisajes en movimiento" de Gustavo Guerrero

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Gustavo Guerrero (Caracas, 1957) obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 2008 con Historia de un encargo, una obra sobre las circunstancias que rodearon la escritura de la novela de Camilo José Cela La catira (1955) y, de forma más general, acerca de las condiciones de posibilidad de la circulación de literatura en el ámbito hispanohablante; Guerrero, quien es profesor en la Universidad de Paris Seine y editor de los hispanohablantes de Gallimard, había escrito ya acerca de esas condiciones en libros como La estrategia neobarroca (1987), Itinerarios (1997) y La religión del vacío (2002), pero es en su nuevo libro donde los temas de la literatura hispanoamericana y el cambio cultural adquieren protagonismo en su obra.

Paisajes en movimiento aborda ambos a partir de los ejes complementarios del tiempo, el mercado y la nación (o su abandono) en la literatura en español producida entre 1990 y 2010 aproximadamente; lo hace recurriendo a la producción crítica de Reinhart Koselleck y Andreas Huyssen, Paul Virilio, Hartmut Rosa y Francine Masiello, pero también a la de críticos latinoamericanos como Reinaldo Laddaga, Gabriel Zaid, Ángel Rama, Beatriz Sarlo, Néstor García Canclini y Octavio Paz. Autores todos ellos de producciones intelectuales de signo muy diverso, Guerrero los pone a dialogar entre sí para abordar una producción literaria no menos variada, y en la que destacan los libros de los argentinos Rodrigo Fresán, Laura Wittner, Fabián Casas, Sergio Raimondi y César Aira, el cubano Antonio José Ponte, el uruguayo Eduardo Milán, los chilenos Roberto Bolaño y Germán Carrasco, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, los venezolanos Eugenio Montejo y Rafael Cadenas, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya y los mexicanos Julián Herbert, Luis Felipe Fabre, Mario Bellatin y Álvaro Enrigue.

Se trata (en palabras de su autor) de un "esfuerzo por plasmar unas narrativas críticas y abiertas, que no se reconozcan en los numerosos discursos alarmistas sobre el apocalipsis de la cultura, pero que tampoco incurran en el conformismo de aquellos que piensan que no hay nada nuevo bajo el sol" (11-12); como tal, uno de sus méritos se deriva del talento de su autor para hacernos creer que su objeto de estudio existe; es decir, que hay "una" literatura latinoamericana y que ésta es susceptible de ser abordada desde el "presente embriagado de presente" del que habla la ensayista argentina Graciela Speranza en su más reciente libro. No es un mérito menor, en especial si se considera que (como demuestra Guerrero) es una literatura con una relación problemática con la adscripción nacional y/o la idea de pertenencia.

A pesar de las susceptibilidades que suscita (y en consideración a ellas), es singular apreciar cómo es el mercado el ámbito que, en Paisajes en movimiento, más y mejores perspectivas ofrece para abordar la cuestión del tiempo y la de la nación en la literatura latinoamericana: como sostiene Guerrero, "en una época en que el aumento de la producción de libros y la rápida cadencia en los tiempos de su comercialización van haciendo desaparecer los fondos de catálogos y librerías, con las consecuencias que pueden adivinarse por lo que toca a la presencia o visibilidad de una obra y a la transmisión y la constitución de una memoria literaria común entre las generaciones" (49), el mercado es el ámbito en el que se dirimen las divergencias entre una literatura latinoamericana escasamente interesada en ensayar los gestos de una nacionalidad fuerte y unas expectativas internacionales que condicionan la circulación de esa literatura a su legibilidad y a su capacidad de adscripción a un territorio, lo que, por cierto, puede verse (también) en el catálogo de latinoamericanos de Gallimard, por ejemplo.

Guerrero se enfrenta al problema de cómo abordar la producción literaria latinoamericana que resulta del nuevo régimen de historicidad en el que vivimos, un "extraño ahora cada vez menos estable y definido, cada vez más laberíntico e imprevisible" (37); lo hace con precisión y con elegancia, señalando las principales tendencias y también las formas de resistencia (las estéticas de la apropiación, la cita y la reescritura, el surgimiento de las editoriales independientes, los intentos de redefinir la noción de valor literario, la escritura de la inmediatez, la escritura "antipatriótica" de Fresán y Castellanos Moya, la literatura "performativa" de Bellatin, la del nomadismo de Bolaño y Rey Rosa) que en los últimos tiempos se han articulado para reconciliar la experiencia y la escritura, las palabras y el mundo. "Con la redefinición del papel del mercado y con esa trivialización de lo escrito que trae consigo la multiplicación de soportes tecnológicos", escribe, "el escenario de los noventa y los dos mil es el de una gran crisis del valor literario que vuelve más perentoria que nunca una discusión sobre sus modos de fabricación, de acumulación y de transmisión, pero que, al mismo tiempo, convierte dicha discusión, para muchos, en un objeto anacrónico, y aun reaccionario, de cara a la reivindicación de un relativismo generalizado que marcha al unísono con la masificación de los productos de las industrias culturales" (89). Paisajes en movimiento pone de manifiesto la posibilidad de que esa discusión se produzca con inteligencia y gracia y sin los gestos banales (tan comunes, por cierto) de quien apuesta a un futuro que nunca llega y/o los de quien añora un pasado indefectiblemente ido.

 
Gustavo Guerrero
Paisajes en movimiento: Literatura y cambio cultural entre dos siglos
Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2018

[Publicado el 14/8/2018 a las 17:45]

[Etiquetas: Gustavo Guerrero, Ensayo, Eterna Cadencia]

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Muy disciplinado (y extremadamente sencillo) / "Ensayos" de E.B. White

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Elwyn Brooks White (Mount Vernon, Nueva York, 1899-North Brooklin, Maine, 1985) estudió en Cornell, trabajó para el Seattle Times y el New York Evening Post, visitó Alaska, fue propietario de una granja con quince ovejas, casi ciento cincuenta gallinas, tres ocas, un gato, un cerdo, un perro salchicha y un ratón, escribió libros para niños (entre ellos Stuart Little) y, lo que es más importante, firmó como "E. B. White" algunos de los artículos y ensayos más importantes de la historia del New Yorker, la revista fundada en 1925 por Harold Ross a cuyo carácter (instruido sin ser pretensioso, urbanita, frívolo sin exageraciones, irónico, cosmopolita, muy literario) White contribuyó en gran medida.

Ese carácter es también el de su obra de no ficción, a cuya prosa se ajusta la definición que hace en sus Ensayos de la de Henry David Thoreau, uno de sus maestros más ostensibles: "una prosa al mismo tiempo muy disciplinada y extremadamente sencilla". Ya sea escribiendo sobre las elecciones demócratas, los hábitos de su perro o el modo en que los mapaches bajan de un árbol, White narró con ligereza y simplicidad engañosas unas impresiones que eran las del norteamericano medio; éste (a diferencia del autor) había participado recientemente de la Segunda Guerra Mundial y encontraba una especie de consuelo en el hecho de que ya no hubiese acontecimientos extraordinarios que reportar: una mudanza, la irrupción de la primavera, la muerte de un cerdo doméstico, la reparación de un bote. White (que comprendió instintivamente esto) produjo sus mejores textos durante la guerra y algo después; con el tiempo, asuntos como la contaminación ambiental, la proliferación nuclear y la venta de armas iban a presidir el repertorio de sus intereses, pero su literatura siempre fue esencialmente optimista, como lo era la Norteamérica de posguerra para la que la escribió. Pese a lo cual, es improbable que el lector vaya a tener la impresión de que la suya es una literatura perimida: naturalmente, decenas de cosas han cambiado desde entonces, pero también estaban cambiando mientras White las observaba y extraía de ellas el profundo lirismo de sus textos. Cuando escribe sobre la desaparición de la revista infantil St. Nicholas, White no lo hace meramente para glorificar el pasado, sino para preguntarse dónde publicarán sus primeros textos los futuros escritores norteamericanos (en St. Nicholas Magazine lo hicieron Edna St. Vincent Millay, Francis Scott Fitzgerald y el propio White); cuando revisita un viejo libro de ornitología no lo hace sólo por nostalgia, sino porque lo que se narra en él es realmente extraordinario; cuando constata el desmantelamiento de la red de trenes de los Estados Unidos no importa tanto que él sea un usuario asiduo, sino más bien que su desaparición alterará la relación que el ciudadano de ese país tiene con la inmensidad de su territorio.

"Lo único que espero decir en mis libros es que amo el mundo", afirmó White en 1961. Si su literatura se sostiene a pesar de que el mundo sobre el que escribió ya no existe es porque, además de su enorme calidad, es toda una lección de empatía: sólo E. B. White podía hacer que asuntos y personajes disímiles como el Ford T, un ganso "viudo" y los integrantes de la Cámara de Comercio de San Francisco resulten atractivos y (sí) sorprendentemente conmovedores. Un libro más grande que la vida.

 
E. B. White
Ensayos
Trad. Martín Schifino
Epíl. Hal Hager
Madrid: Capitán Swing, 2018

[Publicado el 05/4/2018 a las 12:58]

[Etiquetas: E. B. White, Ensayo, Capitán Swing]

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Juan Villoro / "La utilidad del deseo" en el Times Literary Supplement

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El escritor mexicano Juan Villoro / Crédito de la imagen: El Caimán Barbudo.

Al hilo de sus bien recibidas colecciones anteriores, el último libro del escritor mexicano Juan Villoro reúne ensayos y conferencias escritos entre 2010 y 2016. La utilidad del deseo incluye ensayos sobre el gran poeta Ramón López Velarde, sobre el "precursor del drama moderno mexicano" Rodolfo Usigli, sobre Crónica de una muerte anunciada (el "gran homenaje" de Gabriel García Márquez a Sófocles), sobre los autores mexicanos Jorge Ibargüengoitia y Carlos Monsiváis y sobre los paralelismos entre las cartas de Juan Carlos Onetti, Manuel Puig y Julio Cortázar.

Los intereses de Villoro se reparten entre América Latina y Europa. La dimensión europea implica un largo prólogo a Robinson Crusoe, algunas "notas sobre la literatura rusa", y ensayos sobre Gogol, Dostoievski ("haber 'muerto' durante unos minutos lo llevó a un pacto peculiar: el sufrimiento como problema, la escritura como solución"), Karl Kraus y Peter Handke.

La amplitud de intereses de Villoro es un reflejo de sus circunstancias. Nació en la Ciudad de México en 1956, pero fue parcialmente educado en alemán, vivió varios años en Alemania Oriental, pero ahora divide su tiempo entre la Ciudad de México y Barcelona y es hijo de un importante filósofo mexicano, Luis Villoro, nacido en España. Villoro no privilegia ninguna de "sus" dos tradiciones por sobre la otra, ni nos dice a cuál se siente más próximo, y su libro se beneficia enormemente de esta actitud. Ejemplos de ello son el reconocimiento de las sorprendentes similitudes entre López Velarde y James Joyce: ambos escritores "se criaron en un ambiente obsesivamente católico y despreciaron a una potencia extranjera que amenazaba la cultura local [...]. Ambos conocieron la pobreza, abandonaron su ciudad natal, asumieron el erotismo con un escatológico fervor carnal y religioso, admiraron la tradición y procuraron transgredirla". Joyce y López Velarde no tienen más en común, pero la comparación de Villoro es convincente.

 
Juan Villoro
La utilidad del deseo
Barcelona: Anagrama, 2017
 
[Times Literary Supplement, diciembre de 2017] 

[Publicado el 07/3/2018 a las 12:30]

[Etiquetas: Juan Villoro, Ensayo, Anagrama]

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The Weatherman / "Un año sin primavera" de Marcelo Cohen

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Cutberto de Lindisfarne, Memnon "el Taumaturgo", Nicolás de Myra y Erasmo de Formio son invocados por los pescadores cuando hay tormenta. Medardo era todavía un niño el día que los campesinos vieron que "un águila extendió sus alas sobre él para mantenerlo seco y a salvo" de la lluvia: es, según el Santoral, el protector de los fabricantes de paraguas. Donato de Münstereifel, Alejo de Roma, Gerardo de Toul, Perpetuo de Maastricht (quien resucitó a tres hombres abatidos por el rayo pero se abstuvo de curarles las quemaduras), Helena y Procopio de Vyatka protegen de los relámpagos. Isidro Labrador, que fue campesino, es invocado durante la sequía.
 
A las veleidades del tiempo les dedicamos cientos de horas y una ilusión de competencia, en particular las madres; pero también una literatura ingente, compuesta de versos de circunstancia y de grandes obras. Hablar acerca del tiempo supone aspirar a unos conocimientos mínimos y nunca completamente acreditados acerca de la temperatura y la humedad, a veces también sobre la presión: se habla del tiempo "para pasar el tiempo", pero esa actividad no es totalmente improductiva, ya que una cierta percepción de "el tiempo que hace" resulta (se "hace" en) de esos intercambios. Una estancia de algunos meses en Nueva York llevó a Marcelo Cohen a enfrentarse algún tiempo atrás a "un año sin primavera"; del secuestro de una estación del año y de la contemplación de una naturaleza infrecuente para el escritor argentino surgió el deseo de revisitar las "muchas ficciones que empiezan mencionando la meteorología" (50), pero también el de "interrogar" el tiempo como tema: "no en busca de una respuesta sino para detectar alguna verdad en la esencia de las preguntas" (12).
 
Cohen no apunta a la predicción de ninguna borrasca y su interés por la meteorología es (afortunadamente) mínimo. Un año sin primavera traza, en cambio, un puñado de recorridos: los que van de una instalación de David Hockney a un artículo de Naomi Klein, de un poema de Henri Meschonnic a uno de Eduardo Wilde, de las voces de Anne Carson, John Berrymann y John Ashbery a las de Arturo Carrera, Tom Maver, Chris Andrews y Damián Ríos, de los diarios meteorológicos del singular Henry Darger a una obra canónica de Claude Lévi-Strauss, del extraordinario libro de J. A. Baker El peregrino (que Cohen tradujo en 2016) a las presentadoras del tiempo en América Latina, de la discusión acerca de la necesidad de la poesía a la constatación de que la destrucción del medioambiente y el cambio climático nos dejan, literalmente, sin tiempo para una reacción (a su vez) improbable.
 
Si la publicación de Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas (Barcelona: Malpaso, 2017) permitió a los lectores constatar recientemente la poderosísima inteligencia y el rigor intelectual de la obra de Marcelo Cohen, este "año sin primavera" franquea el acceso a un Cohen más personal, cuyas preocupaciones son el producto de una observación agudísima, y su estilo, el de una larga y algo azarosa conversación íntima. Marcelo Cohen es tan bueno que consigue resultar deslumbrante incluso allí donde se permite la (supuesta) frivolidad de hablar del tiempo: en realidad, el suyo es un libro sobre poesía, y, al mismo tiempo, un libro "de" poesía a cargo de un narrador extraordinario. Necesitamos más libros como éste.

 
Marcelo Cohen
Un año sin primavera
Apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace
Buenos Aires: Entropía, 2017

[Publicado el 26/12/2017 a las 17:30]

[Etiquetas: Marcelo Cohen, Ensayo, Entropía]

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Una gran y hermosa sobreinterpretación / "No bombardeen Barrio Norte" de Martín Zariello

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Una contribución no menor de la exageración crítica consiste en que, al ir más allá de “lo verdadero, natural, ordinario, justo y conveniente” (DRAE), la inflación del juicio propia de la exageración crítica delimita conceptos, recorta un ámbito de posibilidades, determina qué hay que no es exagerado, verdadero, natural, ordinario justo y conveniente; pero también aquello que, siendo exagerado, es (al menos) verdadero, dolorosa o gozosamente real.

 

Y nadie ha tenido una vida más exagerada que Charly García, uno de los músicos argentinos más importantes del siglo XX y el motivo más recurrente de preocupación de una cultura (la argentina) para la que el talento es condenación y la caída, un triunfo; su vida, afirma Martín Zariello, “podría ser representada como una tragedia griega, con sus respectivos asesinatos y sus correspondientes mitos. Claro que en su caso el único protagonista es él, quien, al tiempo que cumple el rol de víctima también es el asesino” (16).

 

La tesis central de No bombardeen Barrio Norte, el libro de Zariello, es otra, sin embargo, más específica: que “Yendo de la cama al living es ese pasaje ambiguo en el que el presente es la suma exacta del pasado y del futuro. Por eso el disco al mismo tiempo que remite, adelanta lo que vendrá” (16). A lo largo de su análisis del “triunfal ingreso de Charly García en los años 80” con ese disco, el autor va y viene en el tiempo; pese a lo cual, el libro sigue rigurosamente el orden de los temas de Yendo de la cama al living, con un “intermedio” para Pubis angelical, la extraordinaria banda de sonido del filme de Raúl de la Torre del mismo título. Aunque el autor reconoce que se interesó en Charly García durante el período “Say No More” y fue “aliado” (es decir, contribuyó como parte del público a una adhesión acrítica, al “aguante” a todo lo que el músico hiciera y/o dijera, que estaba en las antípodas del espíritu crítico que había caracterizado a la “cultura” del rock argentino hasta ese momento y a la contribución de García a ella), su libro está excepcionalmente bien documentado y es “erudito” en el sentido en que concibió la erudición la generación precedente de rockeros (en el marco de la vertiginosa sucesión de “generaciones” que preside la cultura del rock, la mía por ejemplo), a lo que (por otra parte) contribuye mucho la curatoría archivística en YouTube de la que no dispusimos hasta tiempos recientes.

 

Zariello le atribuye a García el carácter de pionero de cosas cuya anticipación no importa mucho (el sampleado, por ejemplo), describe su obra como algo investido de capas y capas de sentido predeterminado (por García) y niega tácitamente la posibilidad de que éste se equivoque o se falle: este defecto de juicio (un poco inevitable, dado el carácter hagiográfico del volumen y la falta de un periodismo musical crítico en Argentina) se ve compensado por la muy buena información que aporta y algunas iluminaciones nada menores que contiene: “Bienvenidos al tren” y “No voy en tren” como demostración de los cambios de humor y de orientación de García entre la década de 1970 y la de 1980; la reaparición de temas y motivos musicales a lo largo de sus discos como manifestación de la unidad de su obra (cuyo centro sería, y es una hipótesis plausible, “Transatlántico art decó”, el “centro oculto o pasadizo secreto que conecta y sostiene todos los cimientos del gran palacio que es su obra”); el minimalismo de las canciones de Yendo de la cama al living (por ejemplo las líneas de batería y bajo de esa canción) como un mensaje muy claro de ruptura con su pasado.

 

“Tal vez la cultura rock sea una gran y hermosa sobreinterpretación”, admite Zarriello. Quizás la exageración crítica sea inherente a toda lectura, se podría agregar. No bombardeen Barrio Norte hace lo que todo libro de crítica musical debería hacer: dar ganas de volver a escuchar un disco y/o un autor y ofrecer las claves para que, la próxima vez, la escucha sea más afinada. “Las cosas ya no son como las ves”, pero posiblemente sean como las ve Martín Zariello, y ése es un gran, gran mérito de su libro.

 

 

Martín Zariello

No bombardeen Barrio Norte. Yendo de la cama al living y el triunfal ingreso de Charly García en los años 80

Buenos Aires: Vademécum, 2016

[Publicado el 18/12/2017 a las 15:30]

[Etiquetas: Martín Zariello, Charly García, Ensayo, Vademécum]

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Todas las comas están en su sitio / "La utilidad del deseo" de Juan Villoro

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A las afirmaciones (tan habituales) de que se escribiría para explicar, contar y/o intervenir en "la realidad" John Barth opuso el argumento de que ésta no existe (agregando que el objetivo de la literatura es demostrarlo), y ciertos filósofos del lenguaje, que no hay nada fuera de él. Quizás para el extraordinario escritor, y soberbio estilista, austríaco Karl Kraus "la realidad" fuera sólo una errata: lamentando la Batalla de Shanghái de 1932, declaró que "si las comas hubieran estado en su sitio, nunca se habría llegado a esa destrucción".
 
A esto último lo recuerda Juan Villoro en un libro en el que (como es frecuente en los suyos) todas lo están. La utilidad del deseo reúne ensayos y conferencias escritos entre 2010 y 2016 y, en ese sentido, constituye una continuación de una trayectoria ensayística que (además de prólogos y artículos dispersos, así como una ingente cantidad de intervenciones públicas y crónicas) está constituida por tres libros, Efectos personales (2001), De eso se trata (2008) y La máquina desnuda (2009). Para el autor, Kraus fue el "excepcional testigo de una sociedad hipócrita, un infierno cubierto de azúcar glas donde las enfermedades morales eran acalladas por los valses de Johann Strauss", alguien cuyas ideas "tan contundentes como intrépidas [...] no hubieran trascendido de no haber significado una airada renovación del idioma". Es decir, de la realidad.

La utilidad del deseo recoge ensayos dedicados a Ramón López Velarde, el "precursor del teatro mexicano moderno" Rodolfo Usigli, Crónica de una muerte anunciada (que Villoro define como el "gran tributo" a Sófocles de Gabriel García Márquez), Jorge Ibargüengoitia ("sus textos periodísticos avanzan como una tertulia donde las revelaciones sobre los ausentes conducen al liberador efecto de la risa"), Carlos Monsiváis ("Su copiosa bibliografía es la prédica de un juez, irreverente y autocrítico, pero seguro de su autoridad, que condena o absuelve") y los paralelos entre la correspondencia de Juan Carlos Onetti, Manuel Puig y Julio Cortázar. Los intereses de Villoro se distribuyen entre una "orilla europea" y "la orilla latinoamericana"; a la segunda le corresponden los textos mencionados: a la primera, un largo prólogo a Robinson Crusoe de Daniel Defoe, unos "apuntes sobre literatura rusa", ensayos sobre Nicolai Gógol, Fiódor Dostoievski ("haber ‘muerto' durante unos minutos lo llevó a un pacto peculiar: el sufrimiento como problema, la escritura como solución"), Karl Kraus y Peter Handke.

La doble vertiente geográfica de los ensayos que conforman el libro es afín a la biografía de su autor, que nació en Ciudad de México pero fue escolarizado en alemán, residió durante años en la así llamada República Democrática de Alemania pero ahora reparte su tiempo entre Ciudad de México y Barcelona y es hijo de un importante filósofo mexicano, Luis Villoro, quien, sin embargo, nació en la Ciudad Condal. Al referirse a "la orilla latinoamericana" y "la orilla europea", el autor no establece jerarquías entre las dos ni nos dice cuál de ellas es la que le resulta más próxima, y su libro se beneficia de esta indiferencia a los compartimentos estancos por ejemplo en el descubrimiento de las inesperadas coincidencias entre López Velarde y James Joyce. Villoro es uno de los escritores hispanoamericanos que mejor piensa la literatura en este momento, así como alguien cuyos intereses persisten en el tiempo, permitiendo al lector asistir (de libro en libro) a cambios sutiles pero significativos en su valoración de ciertos autores y obras; nunca vacila, pero tampoco renuncia a extraviarse, convencido de que "es posible viajar entre líneas, hallar valores entendidos, establecer correspondencias, extraviarse voluntariamente en una foresta mental en pos de ideas, imágenes, adjetivos". Los mejores pasajes del libro (el prólogo a Robinson Crusoe, el perfil de Gógol, la conferencia sobre López Velarde, la recuperación de Ibargüengoitia y la conmovedora evocación de Monsiváis) son producto de una visión predeterminada de la literatura como realidad, pero también de esos extravíos.

Villoro se mira en los espejos (deformantes) de la elegancia epigramática de Karl Kraus, el humorismo extraordinariamente serio de Jorge Ibargüengoitia y el rigor intelectual de Ricardo Piglia, a quien le dedicó dos ensayos de La máquina desnuda. Aunque tiende a los juicios apodícticos ("La literatura no es un lenguaje privado: es la ilusión de un lenguaje privado", por ejemplo), por lo general es extraordinariamente sagaz, penetrante y muy persuasivo, un autor que concibe la literatura como "la apuesta inconmensurable de que alguien llegue a esta línea", la última de un texto y la primera del mundo. Villoro narra aquí cómo ciertos autores llegaron a esa línea y a la vez se ocupa de tres actividades que ejerció (la escritura de libros para niños, la traducción, el periodismo), ofreciendo de paso claves para la lectura de su propia obra, en particular de Conferencia sobre la lluvia (2013) y de El testigo, Premio Herralde de Novela de 2004.

 


Juan Villoro
La utilidad del deseo
Barcelona: Anagrama, 2017

 

Babelia/El País, noviembre de 2017.

[Publicado el 23/11/2017 a las 17:00]

[Etiquetas: Juan Villoro, Ensayo, Anagrama]

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"Sobre lo azul" de William H. Gass / Prólogo de Belén Piqueras / Cita

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No es una tarea sencilla hablar de la obra de William Gass, autor erudito y sofisticado como pocos lo han sido en el panorama literario estadounidense del último medio siglo. Bajo la apariencia coloquial y desenfadada de sus ensayos, más allá del aire costumbrista de muchos de sus relatos, y tras el juego metaficcional al que Gass se entrega apasionadamente, rezuma sin contención su sólida formación filosófica, su amor por el lenguaje literario y su búsqueda de la plenitud formal en cada una de sus obras.

Su tesis doctoral A Philosophical Investigation of Metaphor (1954), realizada bajo la supervisión del destacado filósofo y matemático Max Black, reflejó su inclinación por la filosofía del lenguaje y su pasión por la metáfora como fundamento creativo. No en vano, Gass ha sido profesor de filosofía en distintas universidades americanas, siendo esta su labor docente preferida, y no la de los cursos de escritura creativa que le fueron asignados en los últimos años de su vida profesional, como el autor ha confesado en alguna de sus entrevistas.

Podría decirse que la retórica filosófica que fundamenta la literatura de Gass tiene esencia cartesiana, pues su ideal creativo busca aunar la dualidad mente-materia que Descartes vislumbró irreconciliable; para Gass el mundo del escritor debe estar condicionado por la búsqueda incansable de la simbiosis perfecta entre pensamiento y palabra. Como afirma en su ensayo «The Book as a Container of Consciousness», recopilado en el volumen Finding a Form, un libro ha de concebirse como un edificio, un cuerpo verbal para una mente creadora. Una obra no es una creación completa si no contiene, como un traje hecho a medida, el pensamiento del artista.

Quizá esta sea una de las razones de su admiración por Ludwig Wittgenstein, quien según él logró una perfecta amalgama de mente y texto, idea y estilo; como Gass afirma en «At Death's Door: Wittgenstein» -también dentro de Finding a Form-, el arte de Wittgenstein consistía precisamente en moldear cada una de sus obras conforme a la naturaleza y al movimiento de su propia mente. Aunque Gass no adopta planteamientos filosóficos en su obra -como él mismo afirma en «Finding a Form», sus ensayos son maliciosamente anti-expositivos-, su discurso se tiñe de inquietud ontológica y de búsqueda estética transcendente.

Este es el hilo conductor de Sobre lo azul. Concebido como un estudio filosófico-lírico del color, el discurso de Gass se despliega en múltiples direcciones; es una oda, una elegía, es polifónico como una fuga, ha dicho algún estudioso de su obra. Gass relaciona los colores con la filosofía, con la pintura, con la gastronomía, con la música y sobre todo con la literatura. Todo un rosario de significados que conforman una verdadera apología del arte poético.

La voz vigorosa y ágil que teje la rica trama dialéctica de esta obra canta al amor, a la belleza y a la sensualidad, al acto de entrega total que debe vivir el artista con su obra, convirtiéndose en verdadero escultor de un lenguaje que es él mismo y que a su vez le trasciende. Sobre lo azul termina con el apremio de un carpe diem de retórica joyceana en el que Gass invita al escritor a que se deleite en sus palabras, a que cincele con amor su lenguaje, a que no hable de belleza sino a que la cree, a que funda su alma con el cuerpo de su propia obra. Tan solo así esta albergará una emoción genuina e imperecedera.

Pero Sobre lo azul trata del color azul, pensarán algunos; y así es, Gass habla del color azul, de palabras azules, de actos azules, de personas azules y de la condición azul, y lo hace desde un enfoque wittgensteiniano, que es puramente conceptual y relacional.

Porque ¿qué es el color? El color es una experiencia sensorial, percibimos los colores gracias a la luz que se refleja sobre los objetos. Como demostró Newton, el color es una propiedad intrínseca de la luz -no de la materia, como pensaba Leonardo da Vinci-. En la psicología, en la filosofía y en el arte, los colores constituyen un lenguaje propio, y tienen un carácter esencialmente simbólico. Goethe fue el primero en asociar los colores y la psicología, estudiando las relaciones que estos establecen con las emociones.

En esta línea fenomenológica, aunque con un enfoque esencialmente lingüístico, Ludwig Wittgenstein también abordó el estudio del color; ya en la madurez de su filosofía analítica escribió sus Observaciones sobre los colores, y lo hizo durante sus últimos dieciocho meses de vida, hasta pocos días antes de su muerte en 1951. Aquí el color se eleva a una perspectiva conceptual que va más allá de los planteamientos físicos, psicológicos o artísticos. Para Wittgenstein el color está íntimamente ligado a un sistema de representación al que pertenece y del que depende en última instancia; se trata de un sistema estructurado y lógico basado en lo que él definió como «juegos de lenguaje» -es curioso que fuera en el Cuaderno azul de Wittgenstein donde apareciera ya en 1933 una noción embrionaria de este concepto-.

Los «juegos de lenguaje» establecen unos marcos conceptuales dentro de los cuales el color adquiere un significado concreto que completa a las impresiones cromáticas proporcionadas por la mera observación. Hay infinidad de «juegos de lenguaje», pues estos aparecen vinculados a las prácticas verbales o a los usos propios de una comunidad. El color es, pues, relativo y contextual, y está íntimamente ligado a la práctica cultural. Los «juegos de lenguaje» no son juegos, dice Max Black en Dialectica (vol 33, num 3-4, 1979), sino imágenes, «pictures made out of words».

Gass conoció a Ludwig Wittgenstein durante la estancia de este en Cornell en 1949, cuando Gass era aún un estudiante universitario. Invitado por algunos catedráticos de dicha universidad -entre ellos Max Black- el filósofo austriaco participó en varias tertulias con profesores y estudiantes; pero Wittgenstein, ya muy enfermo y abatido, y con escaso ímpetu dialéctico, dejó una pobre impresión en el joven Gass, que había idealizado al personaje.

No es arriesgado decir que el sentido que Gass da al color se asemeja al de Wittgenstein; las connotaciones que el color azul adquiere en Sobre lo azul tienen a menudo escasa o nula relación con el cromatismo -las interminables listas de objetos azules resultan pintorescas y abstractas, rara vez verosímiles- y tienen una fuerte dependencia contextual y cultural. El estudio que Gass hace del color es marcadamente subjetivo, el azul puede ser todo y nada -«Ser sin Ser es azul» dice Gass en la página 16-, puede aparecer con un significado y con el contrario, pues ha dejado de ser una cualidad objetiva observable en la materia para pasar a depender del sistema de representación al que pertenece, de los «juegos de lenguaje» que lo definen. Él mismo explica su obra así: «un conjunto aleatorio de significados se ha reunido calladamente en torno a la palabra igual que se juntan las pelusas. Es lo que la mente hace» (Sobre lo azul, 9). Ni son tan aleatorios, ni tan callados; estos significados son los que afloran a la mente de Gass cuando él evoca «lo azul», pues están originados en su propia práctica verbal, fruto de su vivencia personal. Lo atractivo del método es el sugerente entramado de alusiones, el rico tapiz retórico y conceptual con el que Gass se envuelve a sí mismo y del que emerge una idea que es casi tan potente como una imagen: la imagen del azul Gass -¿no patentó Yves Klein su propio color azul?-.

En su ensayo «Finding a Form» Gass confiesa su admiración por los filósofos que atribuyen una relevancia metafísica a la forma proposicional, a los enunciados con los que articulan sus ideas. La estructura es la base de cualquier mundo posible, dice Gass, y esta es la clave de su fascinación por Wittgenstein y por su defensa de los «juegos de lenguaje» como vehículo del conocimiento. Estos constituyen el «edificio» del pensamiento; en Wittgenstein se aúnan mente y materia.

William Gass no puede evitar trasladar este ideal compositivo a su propia tarea literaria, y por ello habla constantemente -tanto en su faceta teórica como en la metaficcional, ambas a menudo intercambiables- de la forma. La forma no es otra cosa que la construcción verbal de la consciencia creadora, el fruto de una cuidada composición en la que el artista y su lenguaje se funden en perfecta armonía.

Sin duda puede vislumbrarse a Roland Barthes y al postestructuralismo detrás de estas afirmaciones de Gass, y ello le vincula con el postmodernismo, como puede apreciarse en parte de la crítica literaria generada en torno a su obra -aunque Gass rechaza enérgicamente esa etiqueta-. Según Barthes, el escritor no precede a su obra, sino que está en el texto, inscrito en su propio lenguaje. El autor-persona ha muerto porque sus vivencias son tan solo relevantes en la medida en que se configuran como experiencias verbales. También para Gass el escritor es lenguaje: «Comparad la escena de la masturbación en Ulises con cualquiera de las que hay en Portnoy, decidme luego dónde están los autores: si en la escena como cualquier soñador, de noche o de día, podría estar, o en el lenguaje, donde está y ha de estar siempre el artista» (Sobre lo azul, 62).

Gass admite -sin demasiado fervor- que en esta perfecta fusión de mente y lenguaje que es toda obra de arte, la figura del lector es necesaria, pues es el lector quien según Gass ha de llevar a cabo la metamorfosis del cuerpo en mente. El acto de amor que sustenta a todo libro solo se realizará si hay un destinatario capaz de apreciar «the unity of book/body and book/mind that the best books bring about», declara Gass en «The Book as a Container of Consciousness».

Este discurso de la retórica amatoria propicia en toda la obra de William Gass el uso de un lenguaje sexual explícito y a veces incluso soez que puede resultar malsonante al lector desprevenido. Se trata sin embargo de un fuego de artificio que cumple una función clara: la de revelar al lector su ineptitud y su incorregible voyeurismo -la máxima expresión de ello se encuentra en la obra metaficcional de Gass Willie Masters' Lonesome Wife, donde la voz de Babs, una temperamental mujer/texto se lamenta y arremete contra un inepto amante/lector que es incapaz de realizar un acto sexual/verbal satisfactorio-.

Gass es muy escéptico respecto a la competencia del lector, en particular cuando se trata de obras de contenido erótico: «la principal dificultad en el uso de material sexual en literatura reside en que los motivos de todos los interesados están por lo general corrompidos» (Sobre lo azul, 84). Afirma Gass que los lectores son víctimas de la «enfermedad azul», como consecuencia de su curiosidad y su libidinosidad -no en vano los chistes verdes son blue jokes en inglés-. Estos buscan tan solo la satisfacción pasajera y superficial de un lenguaje sin forma, esperan «un tour textual por los barrios bajos» (119). Lo sexual «desbarata la forma» dice Gass (21). No es tarea fácil, pues, para el artista convertir el sexo en una percepción conceptual, despertar una emoción en el lector a partir de delicados entramados semánticos en la página; son capaces de ello Shakespeare, Virginia Woolf, Colette, John Barth, John Hawkes o Ezra Pound entre otros, afirma Gass, y lo ilustra en la segunda parte de Sobre lo azul con pequeños fragmentos de sus obras. Lo que admira Gass en ellos es lo que distancia a estos espléndidos autores de otros mediocres, pues consiguen eludir el lenguaje manido y sórdido de la sexualidad -lenguaje «azul»- y logran concebir y transmitir la sexualidad de un modo sugerente y evocador, desplazando el erotismo hacia el lenguaje -también este lenguaje conceptual y sensualmente sublime es paradójicamente etiquetado por Gass como «azul» más adelante-. Esta ambiciosa empresa no es materia para aficionados, afirma Gass.

Gass cree firmemente en el artista como fundamento verbal del texto, como responsable último de estas «pinturas hechas de palabras» en que se fundamenta la literatura, lo que le aleja en gran medida de los planteamientos teóricos postmodernos. Gass se lamenta a menudo en sus entrevistas de que la crítica postestructuralista, y en especial la derrideana han desterrado la figura del autor y han desequilibrado la balanza de la autoridad a favor del lector. El autor es una víctima de la cultura moderna, y las obras de Gass están llenas de escritores camuflados tras infinidad de metáforas. Son siempre figuras atribuladas por el peso de la convención verbal que lastra sus composiciones, trovadores incomprendidos y desdeñados.

Pero Gass no se rinde, y rechaza los discursos desestructurados y caóticos que conciben otros autores de su generación para desvirtuar la voz poética, que es siempre una proyección del autor. Él apuesta en su lugar por un orador omnipresente e infatigable -la voz conductora en Sobre lo azul- cuya firme -aunque no siempre inequívoca- plática reverbera por toda su obra. A través de ella Gass reflexiona sobre las vicisitudes del arte poético, e instruye sobre los modos y procesos que son requisito de la forma. Gass se niega en última instancia a soltar las riendas del mando.

Aunque Gass nunca lo ha reconocido, el artista es para él -como lo era para sus antecesores modernistas- un profeta y un visionario, un demiurgo de sensibilidad privilegiada y con una misión trascendente, la de hacer ver que el arte es y debe ser capaz de iluminar a la realidad; mantener esta postura le ha convertido en una rareza dentro de su tiempo. No importa cuál sea la naturaleza de sus textos -ficcional o ensayística- el mensaje de Gass aparece en todos ellos, bien de un modo explícito o bien como un palimpsesto, camuflado bajo las distintas texturas de su discurso. Gass habla insistentemente del leguaje poético, y lo hace también en sus piezas de ficción, que son en realidad pura metaficción, pues todas ellas se han concebido como alegorías de la escritura. Porque el túnel de The Tunnel o es otra cosa que una gran metáfora del trabajo del artista en pos de la ficción sublime, la nieve en «El chico de Pedersen» no es sino la expresión metafórica de la rigidez del lenguaje convencional que obstaculiza esa creación sublime, y el cuerpo femenino en Willie Masters' Lonesome Wife es el texto literario, sensual y desafiante ante la ineptitud habitual del lector. Y es que, como confesó Gass en una entrevista con Tom LeClair en 1976, él piensa, siente y mira metafóricamente.

Todo un mundo de contradicciones y recovecos conceptuales define la obra de William Gass, que se hace huidiza y esquiva a la interpretación y pone a prueba los mecanismos hermenéuticos de cualquier avezado lector. Sobre lo azul es densa y trascendente a la vez que frívola y juguetona, y despliega un complejo entramado de alusiones tras el cual reverbera su autor. Conocer «lo azul» es vivir una experiencia verbal sensual, es descubrir el mundo de conexión, sensación y equilibrio que sustenta toda obra de Gass. «Lo azul» es pura forma.

Tarea heroica, pues, traducir esta obra. Un reto que Ce Santiago ha acometido y resuelto con maestría. El resultado es un texto que ha mantenido intacto el colorismo del original y el vigor de su orquestación semántica. La prosa fluye sutil como lo hace en la obra de Gass, pues Ce modula el tamaño de las frases, supervisa su ritmo, estudia la puntuación al igual que lo haría Gass; la primorosa selección de los vocablos se traduce en una sensualidad que sin duda evoca la de On Being Blue.

Ce Santiago evita los eufemismos, y ajusta con precisión los términos de contenido soez o sexual al texto fuente. Muy bien medidos resultan también el número y tamaño de las citas explicativas; ayudan al lector no nativo sin desdibujar el texto principal con lecturas paralelas. Se trata de una traducción respetuosa en grado sumo con la configuración semántica de la retórica gassiana, porque Ce Santiago sabe que Gass está en su lenguaje, mucho más de lo que lo está en sus teorías o en sus relatos. Una obra sublime se sustenta en la forma, y el rico y sugerente edificio conceptual de la obra de Gass se mantiene intacto en la versión española de Ce Santiago. Sobre lo azul se adapta como un guante a la naturaleza y al movimiento de la mente de su autor, y el traductor logra con su destreza que el «azul Gass» se aprecie en todos sus matices.

 

En:
William H. Gass
Sobre lo azul
Una pregunta filosófica
Trad. y Epíl. Ce Santiago
Pról. Belén Piqueras
Madrid: La Navaja Suiza, 2017
Pp. IX-XX

[Publicado el 14/11/2017 a las 12:30]

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La pérdida es el sentido / "El Museo Imaginario" de André Malraux

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Walter Benjamin (se sabe) observó en su ensayo "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica" (1936) la pérdida del "aura" de la obra artística debido a su reproducción mecánica, que convertía su visionado ya no en una experiencia única y desmigajaba a la obra reproducida de su tradición. Algo más de diez años después, en una Europa distinta a la de Benjamin (aunque producto, a su vez, de las fuerzas destructivas que el ensayista alemán señaló antes que nadie y de las que acabaría siendo víctima), André Malraux se propuso restituir algo de ese aura perdida, no mediante la implementación de un veto a la reproducción fotográfica ni la caracterización de la obra de arte reproducida como una experiencia "de segunda mano", sino de una forma esencialmente distinta: a través de la creación de un "Museo Imaginario" de reproducciones que no negara el sitio de las obras de arte en su tradición, pero a su vez (tampoco) las posibilidades que la reproducción técnica ofrecía de "leer" las obras parcial o totalmente por fuera de ella.

El "Museo Imaginario" no apunta a la descontextualización de la obra de arte y/o a la negación de sus condiciones de posibilidad (de hecho, el libro puede ser leído como una muy personal "historia del arte" europeo), pero propone considerar la lectura historicista de la obra de arte en relación con otras formas de indagación propiciadas por técnicas de reproducción e impresión que en su época (la versión definitiva del libro es de 1965) todavía eran novedosas, como la reproducción a color, la ampliación del detalle significativo o la impresión de calidad de bocetos y borradores. Allí (y en una lista de artistas favoritos del autor en la que confluyen Francisco de Goya, Paul Cézanne, Franz Hals, Honoré Daumier, Delacroix, Manet y Monet) Malraux cree percibir la emergencia de un lenguaje que él denomina explícitamente "moderno": el de una pintura sin narración, no representativa, desentendida de la ilusión mimética, tendiente a la expresión de la individualidad del artista y/o su modelo en vez de al simbolismo religioso o de cualquier otra índole; no sólo sujeta a influencias occidentales, deliberadamente inconclusa, autónoma de su objeto, no jerárquica, no gesticulante, etcétera.

Malraux no es un pesimista cultural ni un ludita: por una parte, concibe la fotografía como un importante vehículo para una pedagogía (y por consiguiente una política) del arte; por otra, reconoce la incidencia de la reproducción técnica de las obras de arte en la producción artística de su época ("la historia del arte desde hace cien años [...] es la historia de lo que es fotografiable", afirma; 108), por ejemplo en el cambio de "actitud" de los artistas en relación con "la noción misma de obra maestra" (91); por último, lo que Malraux se propone es reformular la historia del arte para dar cabida en ella al arte contemporáneo de su época, que es el arte abstracto: todo en El Museo Imaginario contribuye a sostener la hipótesis implícita de que el arte abstracto culmina (en el sentido de que constituye la cima de) la historia del arte occidental.

La flecha del tiempo sólo apunta en una dirección, por supuesto, y ahora sabemos que la historia del arte no culminó con la pintura abstracta; pero esto no disminuye el mérito de Malraux ni la novedad radical de su aproximación, consistente en la aceptación de que el arte debe perder su función original para continuar produciendo sentido, que su sentido es esa misma pérdida:

Cuando el cristianismo elige sus medios de expresión entre las manifestaciones surgidas al servicio de otros dioses, aparece un valor que rivaliza con los valores supremos a cuyo servicio había estado. Ni el Oriente antiguo ni la Edad Media habían concebido la idea que nosotros expresamos cuando utilizamos la palabra arte. La Grecia de Pericles no conocía palabra para expresarla. Para que esta idea pudiese nacer, para que la Roma pontifical se decantase por la Roma antigua contra Bizancio, el pasado de su arte contra el arte del pasado de la cristiandad, para que un cristiano contemplase una Afrodita como una estatua y no como un ídolo fue necesario que las obras se desprendieran del propósito que las había suscitado, de la función que desempeñaban e incluso, al menos en parte, de la mirada que su creador había posado en ellas. El Renacimiento suprimía la divinidad de los dioses que resucitaba para transformarlos en obras de arte, y eso es lo que nosotros hacemos" (177-178).

 

 
 
André Malraux
El Museo Imaginario
Trad. María Condor
Pról. Diana Wechsler
Madrid: Cátedra, 2017

 

[Publicado el 17/10/2017 a las 13:30]

[Etiquetas: André Malraux, Ensayo, Cátedra]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990- 2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán, portugués y chino, Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016), Premio "Alcides Greca" de Novela de 2017, y del ensayo El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (2014), al igual que del libro para niños Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo (2017). Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Más recientemente ha recibido el Premio Cálamo Extraordinario 2016 por el conjunto de su obra. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania) y vive en Madrid. Su libro más reciente es Lo que está y no se usa nos fulminará (2018).

 

 

Bibliografía

 
 
 
 
 
 

 
 

 

Ficción

Lo que está y no se usa nos fulminará. Barcelona: Literatura Random House, 2017. 

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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