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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 25 de mayo de 2017

 Blog de Patricio Pron

La excepción y la regla / "Nuevas lecturas compulsivas" de Félix de Azúa

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No suele ser habitual que la literatura de calidad surja allí donde la producción crítica es mediocre o escasa: que esta sea precisamente la situación de España en este momento tal vez nos permita inferir más acerca de su literatura contemporánea que un análisis exhaustivo, pero lo que importa es que la afirmación admite matizaciones y que un panorama crítico como el español también incluye excepciones a la regla. Entre las más notables está, por supuesto, Félix de Azúa (Barcelona, 1944), doctor en Filosofía, catedrático de Teoría del Arte, miembro de la Real Academia Española, uno de los escritores y ensayistas europeos más importantes de los últimos cincuenta años.
 
Azúa es el último o penúltimo integrante de una promoción de escritores que rompió decisivamente con el aislamiento que el régimen dictatorial de Francisco Franco y el nacionalismo cultural español habían impuesto a su literatura, así como uno de los pocos intelectuales de ese país auténticamente cosmopolitas, como ponen de manifiesto los autores que aborda en su último libro. En su recopilación de artículos, conferencias y prólogos Nuevas lecturas compulsivas, Azúa escribe sobre Friedrich Hölderlin, Giacomo Casanova, Choderlos de Laclos, T.S. Eliot ("como [Henry] James, fundador de la cultura inglesa contemporánea en mucha mayor medida que los propios ingleses", lo define), Marcel Proust, Benito Pérez Galdós, Thomas Mann, Walter Benjamin, Ernst Jünger, Theodor W. Adorno (su estética, sostiene, "sólo admite la producción de obras que nieguen por completo cualquier modo de consolación, afirmación, admiración o acuerdo. Es el significado de su muy citada frase ‘no puede haber poesía después de Auschwitz', en referencia, por supuesto, a cualquier poesía u obra de arte positiva, afirmativa o armoniosa"), Gabriel García Márquez, Roland Barthes ("no es sólo la banalidad del pensamiento lo que espanta, es también su afectación"), George Orwell: autores de cinco literaturas nacionales, que escribieron en alemán, en francés, en italiano y en español en el transcurso de tres siglos.
 
No son los únicos autores de los que escribe, sin embargo; de hecho, su lista de intereses contemporáneos es intachable: Colm Tóibín, Ian McEwan, Rafael Sánchez Ferlosio, George Steiner, etcétera. Para Azúa, el proyecto de la modernidad ha terminado, pero es evidente que, al menos en lo que hace a su propia producción intelectual (que incluye dos libros fundamentales de la literatura española reciente, Autobiografía sin vida, de 2010, y Autobiografía de papel, 2013), ese proyecto no ha concluido y puede tener lugar incluso en un país como España, tan improbable como esto parece.
 
 
Félix de Azúa
Nuevas lecturas compulsivas
Ed. Andreu Jaume
Madrid: Círculo de Tiza, 2017

[Publicado el 05/5/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Félix de Azúa, Círculo de Tiza, Ensayo]

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Algunos los llaman "completistas" / "Ilustres raperos" de David Foster Wallace y Mark Costello

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Antes de ser David Foster Wallace (es decir, antes de convertirse en objeto de una especie de religión laica que, de haber vivido lo suficiente, el autor de La broma infinita hubiese posiblemente diseccionado con su precisión de entomólogo), DFW fue un joven perplejo por lo inapetentes que eran las opciones vitales que se le presentaban, alguien que a principios de 1989 había intentado suicidarse y a continuación pensó que sería buena idea volver a vivir con su compañero de piso de la universidad y ponerse a estudiar algo que lo condujese de forma más o menos rápida a lo más parecido que pudiera encontrar a una paga mensual. Naturalmente, las cosas no salieron como esperaba (nunca suelen hacerlo) y DFW acabó escribiendo con su compañero de piso, Mark Costello, un ensayo cuyo tema era relativamente poco habitual en la época: la emergencia del hip hop y del rap como producción simbólica hegemónica entre los miembros de la clase baja negra de su país.

Ilustres raperos (una traducción forzosamente parcial del original inglés, más polisémico: Signifying Rappers) pone de manifiesto algunas de las limitaciones más evidentes del estilo de DFW, en particular la vacuidad de sus reflexiones: si el hecho de que los personajes de sus libros se demoren decenas y decenas de páginas en decir poco (o nada, deliberadamente) puede excusarse alegando que son ellos quienes “hablan”, no su autor (o recurriendo al argumento de que el tema central de la obra de DFW es el aburrimiento de la clase media urbana norteamericana, que el autor habría explorado hasta la emulación), que sea DFW, y no sus personajes, quien habla aquí sirve de recordatorio de que, en la mayor parte de los casos, continente y contenido de una obra literaria suelen estar estrechamente relacionados; de hecho, por lo general son intercambiables.

Que Ilustres raperos resulte fácil de olvidar incluso durante su lectura no es absoluta responsabilidad de sus autores, sin embargo: en realidad no había mucho que decir sobre el rap de 1989, que en retrospectiva parece el esbozo incontinente y torpe del hip hop de 2016, con sus espléndidos Kendrick Lamar, Kate Tempest, Frank Ocean y Chance The Rapper, así como con lo que estos han logrado, la creación de una literatura sofisticada y carente de prejuicios para la generación de los nacidos en torno a 1980. (A modo de reconocimiento tácito de este hecho, los editores incluyen aquí un ensayo sobre Kendrick Lamar que añade algo de actualidad al volumen pero no le otorga necesariamente coherencia.)

A pesar de la influencia explícita de “Lester” Bangs (ese tipo de críticos que admiras a los veinte y desprecias diez años después, cuando finalmente has comprendido que su osadía no era más que inseguridad y su agresividad, el reconocimiento tácito de una profunda inferioridad intelectual), y aunque su tema invitaba de alguna forma a ello, DFW y Costello nunca se inclinan por la bravuconería ni pretenden saber más sobre su tema de lo que realmente saben (un problema evidente de los blancos en su relación con la subcultura negra, como pone de manifiesto su imitación hasta el ridículo por parte de Beastie Boys; por cierto, no precisamente la banda favorita de los autores). Ambos no ocultan el hecho de que no saben mucho sobre rap, y es precisamente esto lo que hace posible, paradójicamente, los escasos hallazgos del libro, a menudo bajo la forma de iluminaciones marginales: la constatación de que (pese a todo su racismo) la cultura de masas norteamericana es inaprensible sin su apropiación de la cultura negra; las disquisiciones circulares en torno a la petulancia con la que los raperos exhiben su riqueza al tiempo que aspiran a una legitimidad que procedería de su pertenencia a unas clases bajas carentes de ella por definición, el desconcierto ante el reclamo por parte de los miembros de esa subcultura de que se les reconozca una “originalidad” y una “entidad” que se articulan sobre la apropiación y el sampleo (es decir, mediante la negación explícita de cualquier aspiración a ser original, excepto posiblemente en la mirada que orienta la superposición de elementos antitéticos y apropiados), el descubrimiento de que “en el rap, la existencia es erección” (103), la vinculación entre rap y porno y su inevitable deslizamiento hacia el snuff y su uso de la metonimia (siendo el rap, a su vez, una metonimia perfecta del posmodernismo en su desprecio por la originalidad y la coherencia, su afán combinatorio y su cínico reclamo de autenticidad).

En su muy buen prólogo al texto, Costello define la producción de DFW del período como “una escritura entendida como compulsión, no como placer” (19); posiblemente sea la mejor clave de lectura de Ilustres raperos, un libro (en realidad) muy poco placentero: como la sexta o séptima masturbación de la tarde de un joven priápico que sencillamente no puede dejarlo, ni siquiera cuando ya siente dolor. Algunos llamarán a ese joven “completista” y puede que estén en lo cierto; pero quizás DFW lo hubiese llamado de otra manera.

 

David Foster Wallace y Mark Costello

Ilustres raperos. El rap explicado a los blancos

Trad. Javier Calvo

Pról. Nando Cruz

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Sobre "Psicofármacos que matan y denegación organizada" de Peter Gøtzsche

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Peter Gøtzsche (Næstved, 1949) es un médico y catedrático danés especializado en el diseño metodológico de ensayos clínicos quien, pese a haber publicado más de setenta ensayos en revistas especializadas, es conocido principalmente por dos libros en los que arremetió contra la mamografía como método preferente de diagnóstico del cáncer de mama y las complicidades de médicos y autoridades sanitarias con la industria farmacéutica. (Libros del Lince publicó este último en 2014; véase Medicamentos que matan y crimen organizado). No es improbable que su nuevo libro provoque una polémica similar a la que acompañó a los anteriores; su tesis principal es que vivimos un período en el que el aumento de la prescripción de neurolépticos no está necesariamente motivado por un incremento de las enfermedades mentales, sino por la connivencia de los profesionales psiquiátricos con una industria farmacéutica que produce y comercializa medicamentos avalados por ensayos clínicos parciales, mal concebidos y/o tendenciosos.
 
Gøtzsche es (véase arriba) experto en el diseño de esos ensayos, y su demostración caso tras caso tras caso de que los de la industria farmacéutica son fallidos es elocuente y ratifica por completo su tesis; sin embargo, sus conclusiones en torno a la eficacia y a la utilidad de los neurolépticos no pueden ser consideradas sin tener en cuenta las numerosas contradicciones que ponen de manifiesto, y que pueden resumirse de la siguiente forma:
 
1. Aunque el autor denuncia (acertadamente) el diseño y la realización de los ensayos clínicos con psicofármacos, se apoya en las conclusiones de dichos ensayos cuando estos ratifican sus ideas;
 
2. Su rechazo total y absoluto a los diagnósticos de los psiquiatras se fundamenta en casos grotescos y lamentables que constituyen la excepción y no la regla de la práctica médica, y, aunque tiene una base real (efectivamente no hay herramientas razonables de diagnóstico; efectivamente, ese diagnóstico es estigmatizante; efectivamente, a menudo el consumo de un neuroléptico conduce al consumo de otros que palian los efectos secundarios que el primero ha provocado), el hecho es que a menudo es el propio paciente el que exige un diagnóstico a su médico, y lo hace con la convicción de que éste, y el tratamiento consiguiente, facilitarán su recuperación;
 
3. Atribuir a la medicación el suicidio de los pacientes tratados con antidepresivos (como hace Gøtzsche) soslaya el hecho de que, en las condiciones en que el sujeto se encuentra, es imposible determinar si sus acciones son resultado de su enfermedad o del tratamiento contra esa enfermedad (cosa que el autor admite cuando acusa a la psiquiatría de "malinterpretar los daños producidos por los fármacos al confundirlos con síntomas de la enfermedad", 328);
 
4. Su convicción de que los neurolépticos provocan daño cerebral parece tan infundada como la afirmación contraria, según la cual la depresión, el así llamado "déficit de atención" y la esquizofrenia lo provocarían;
 
5. Su convicción de que "no está claro que los antidepresivos sean efectivos para la depresión" (21) contradice la experiencia de miles de personas que se han sometido a un tratamiento con ellos (dicho lo cual, esto no significa que los medicamentos sean eficaces en virtud de las sustancias que contienen; la experiencia de muchos pacientes psiquiátricos pone de manifiesto que lo que realmente cura es la prescripción de un medicamento específico por parte de una figura de autoridad);
 
6. Sostener que "todos" los consumidores de antidepresivos suben de peso, tienen problemas de movilidad, desarrollan apatía, se marean y pierden deseo sexual es asumir que "todos" ellos reciben dosis altas de los medicamentos prescriptos, lo cual no es cierto;
 
7. Su afirmación de que "muy pocas personas están seriamente deprimidas" (23) en nuestra sociedad y que "hoy somos más privilegiados que nunca, nuestras vidas son menos estresantes, la seguridad social ha mejorado mucho y hay menos personas pobres" (58) puede ser válida en el entorno de los profesionales liberales europeos de clase media alta de un país como Dinamarca, pero soslaya la alta incidencia de la depresión en sociedades quebradas económica y moralmente como la española y la importancia práctica de la enfermedad para millones de personas en situaciones de precariedad material y simbólica (de allí la enorme cantidad de "bajas por depresión" en nuestros días, que no ponen de manifiesto una recurrencia epidemiológica sino el hecho de que la forma en que el trabajo es realizado en la sociedad occidental en este momento es frenopático, enferma y condena a la enfermedad, y, a largo plazo, mata);
 
8. Afirmar que "la psiquiatría no es más que una pseudociencia" y que la teoría del desequilibrio químico es un "falso mito" que "debería acabar en los tribunales pues no es más que un fraude al consumidor" (285) es negarse a considerar las cosas desde otro punto de vista, que es precisamente lo que el autor más critica a los psiquiatras.
 
A pesar de todo lo cual, Gøtzsche tiene razón: es cierto que lo que denomina "el sobrediagnóstico y la sobremedicación" son un fenómeno evidente y requieren un correctivo (debido en buena medida a que no hay herramientas razonables de diagnóstico, a que ese diagnóstico resulta estigmatizante y a que a menudo es formulado por médicos que no se han tomado el tiempo de escuchar a sus pacientes); también es cierto que muchos médicos (no todos, por supuesto; pero esta es una salvedad que el autor no se molesta en hacer) están "comprados" por la industria farmacéutica o tienen una actitud ingenua frente a ella; es cierto, también, que los antidepresivos tienen unos efectos secundarios realmente terribles y son adictivos en mayor grado (agrego) que las drogas ilegales que el Estado persigue en nombre del bienestar general; es cierto que el trastorno por déficit de atención con hiperactividad que está siendo diagnosticado a tantos niños en la actualidad es más el producto de nuestro desinterés y/o de nuestro fracaso a la hora de lidiar con niños y adolescentes con capacidades intelectuales por encima de la media que un auténtico problema de salud mental; es cierto que los médicos psiquiatras deberían explicarle mejor a sus pacientes los riesgos en que incurren cuando inician un tratamiento con psicofármacos (también es cierto, en mi opinión, que, si esos pacientes no son impostores, y se encuentran realmente enfermos, estos aceptarán lo que sea con tal de poner fin a su dolor), y es cierto que la psicoterapia es eficaz en el tratamiento de la depresión y debería ser prescripta más a menudo que los psicofármacos; también es cierto, por último, que nuestro sistema de salud está mal diseñado y provoca daños en ocasiones irreversibles.
 
Sin embargo, y pese a todo esto, la lectura de Psicofármacos que matan y denegación organizada deja una sensación ambigua, la de que su autor incurre muchas veces en las interpretaciones sesgadas y las medias verdades que conforman una parte considerable del bagaje psiquiátrico, y que lo hace con una alarmante inclinación por el amarillismo y la teoría conspirativa; también que el libro adolece de lo mismo que critica: un exceso de dogmatismo y una notable falta de empatía hacia las personas que padecen una enfermedad mental. (Recomendarles a éstas que si padecen "algún tipo de trastorno mental" eviten "a toda costa" ir al psiquiatra es de una irresponsabilidad notable, por ejemplo; también lo es recomendarles que, antes de comprar un psicofármaco, busquen información sobre él en internet, donde los bulos están a la orden del día, 402.)
 
Al final, también Gøtzsche ignora "las opiniones y las preferencias de los pacientes" (329), a los que les niega un "saber de sí" que a menudo es lo único que estos tienen: soslaya o prefiere soslayar que, aunque su diagnóstico sea falso y los psicofármacos con que se lo trata no sean los adecuados, el dolor mental es real y no es el producto de los medicamentos, como sabe cualquiera que haya padecido ese dolor en algún momento de su vida. Por ello, Psicofármacos que matan y denegación organizada es una contribución necesaria a una discusión mayormente pendiente, pero de ninguna forma la última palabra acerca del tema.
 
 
Peter C. Gøtszche
Psicofármacos que matan y denegación organizada
Trad. Pau Gros Calsina
Barcelona: Libros del Lince, 2016

[Publicado el 18/4/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Peter C. Gøtszche, Ensayo, Libros del Lince]

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De aquellos polvos / "La carrera por el segundo lugar" de William Gaddis

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Unánimemente considerado uno de los novelistas estadounidenses más importantes del siglo XX, autor de una obra en la que el lector se adentra (si lo hace, y debería hacerlo) con iguales cantidades de fascinación y hartazgo, William Gaddis recordó, al recibir el National Book Award de 1994, que cierto juez estadounidense ordenó que quemaran sus papeles tras su muerte porque "dijo que no era asunto de nadie cómo había llegado hasta ahí, y yo siento lo mismo", aunque también admitió, agoreramente, que "ahora las universidades tienen interés en comprar eso que llaman los archivos, así que [los escritores] empezamos a guardar cualquier basura que salga de la máquina de escribir. ¡Alguna de esas basuras incluso puede acabar aquí!".
Autor de Los reconocimientos (1955) y Jota Erre (1975), entre otros, Gaddis no podía escribir "basura", por supuesto; pero parece poco probable que hubiese aprobado la publicación de La carrera por el segundo lugar, la selección de materiales provenientes de su archivo realizada en 2002 por el profesor estadounidense Joseph Tabbi porque, como éste recuerda en su muy buena introducción, "siempre se negó a dar explicaciones sobre sus libros". Gaddis puede estar tranquilo, sin embargo: ninguno de los materiales seleccionados (artículos para la prensa, guiones de cortometrajes educativos y promocionales concebidos para ser leídos por ejecutivos de empresas como Eastman Kodak e IBM, la única pieza deliberadamente autobiográfica que escribió el autor, resúmenes de proyectos, discursos, etcétera) ofrece explicación alguna sobre sus libros. A cambio, su selección pone de manifiesto algunas de las características más relevantes del estilo de la ficción del autor de Gótico carpintero (1985), como el barroquismo de la forma y una cierta inclinación por la sátira y el tratamiento grotesco de personajes y diálogo, aunque tampoco es particularmente útil como primer acercamiento a su obra, una impresión que se vuelve más pronunciada allí donde el escritor regresa sobre sus libros, recupera personajes como Jota Erre, en una extraordinaria pieza de sátira gubernamental, o vuelve sobre su interés por la pianola que juega un papel destacado en su novela Los reconocimientos. Gaddis no es apropiado para los lectores con prisas, ciertamente: pero quizás la publicación de estos materiales se haya demorado en demasía, en particular si se piensa en el hecho de que es improbable que el lector recuerde a personas tan escasamente dignas de que se lo haga como Dan Quayle, Billy Graham o Newt Gingrich, mencionadas aquí.
 
No muy útil como introducción a la obra de Gaddis, el interés de La carrera por el segundo lugar se deriva de dos aspectos de la selección: la naturaleza de las reflexiones reunidas en ella (sobre la extraordinaria Erewhon de Samuel Butler, la idea de autor, las condiciones materiales de vida de los escritores en el capitalismo norteamericano de la segunda mitad del siglo XX, la demanda de sinceridad en la literatura de ese país o la deshumanización y la automatización de la producción artística) y la atención puesta en ella a la política estadounidense: al recordarnos que los lodos de la Administración Trump y su uso de la mentira política (así como la adhesión que estas prácticas generan en una parte importante de la población estadounidense) vienen de unos "polvos" que ya estaban en el aire en la década de 1980 bajo la forma del regreso del fundamentalismo religioso a la vida política, el fracaso del sistema y el incremento consiguiente del nacionalismo, la concesión de las herramientas legislativas al beneficio privado y la depreciación del sistema público de educación, Gaddis no sólo se revela como un extraordinario observador de su tiempo, sino que también pone de manifiesto la capacidad crítica de la literatura concebida como contrapoder, como conciencia crítica de las democracias que, como la suya y la nuestra, flirtean en ocasiones con el suicidio sin detenerse siquiera a pensar en ello.
 
 
William Gaddis
La carrera por el segundo lugar
Intr. y Not. Joseph Tabbi
Trad. Mariano Peyrou
Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2017
 
 
Publicado originalmente en Babelia/El País, 7 de noviembre de 2016. 

[Publicado el 28/3/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: William Gaddis, Ensayo, Sexto Piso]

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Un presente embriagado de presente / "Cronografías" de Graciela Speranza

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No hay ninguna ambigüedad en el título que el artista estadounidense Christian Marclay (California, 1955) escogió para su videoinstalación más conocida: por una parte, porque en los más de diez mil fragmentos audiovisuales que conforman "The Clock" (2010) aparece un reloj; por otra, porque la pieza funciona a todos los efectos como uno, ya que el montaje hace posible que la hora exhibida en ellos sea la hora "real" del espectador: si éste ingresa a la sala de proyección a las 19.29 se encontrará con el fragmento de algún filme en el que un reloj indica que son las 19.29; veinte minutos después se encontrará con una imagen procedente de otro filme en el que se anuncia que son las 19.49, etcétera.
 
"The Clock" demandó a su autor tres años de trabajo, el concurso de varios asistentes, una investigación compulsiva y horas de montaje, pero su resultado es absorbente. La ensayista y narradora argentina Graciela Speranza (Buenos Aires, 1957) tuvo la oportunidad de comprobarlo en dos ocasiones, y el resultado de su inmersión en este ejercicio radical de apropiación cuya duración (24 horas) hace inviable el visionado en un sentido convencional, es el centro de su nuevo libro, al que también (en algún sentido) la videoinstalación de Marclay le presta su forma. Cronografías constituye, al igual que "The Clock", un archivo, una intervención en las formas contemporáneas de representación artística del tiempo y una discusión acerca del modo en que tendemos a pensar en él en un momento histórico en el que la imposibilidad de concebir un futuro viable en un planeta devastado por la acción del capital sin freno y la aceleración de unos flujos de información que requieren toda nuestra atención parecen condenarnos a habitar "un presente embriagado de presente".
 
"La intensificación de la integración de la actividad humana a los parámetros del intercambio electrónico", escribe Speranza, "no sólo vino a exigirnos la disponibilidad, la participación activa, la multiplicación de áreas del tiempo y de la experiencia anexadas a demandas y tareas maquínicas sin pausa [...], sino que ha neutralizado la visión mediante procesos de homogeneización, redundancia y aceleración. El diagnóstico del filósofo francés Bernard Stiegler es aún más desalentador: durante las últimas décadas el uso generalizado de la web ha producido una sincronización en masa de la conciencia y la memoria a través de ‘objetos temporales' que llevan al consumo gregario estandarizado y la miseria simbólica, y llaman a la creación de ‘contraproductos' que reintroduzcan la singularidad de la experiencia cultural y desconecten el deseo de los imperativos del consumo".
 
"Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo", los "contraproductos" reunidos por Speranza en Cronografías ofrecen respuestas parciales a los problemas derivados del exceso de presente: la fantasía del reinicio o reboot del tiempo histórico (Adrián Villar Rojas), la incorporación del tiempo natural a la acción artística (Robert Smithson), la reformulación del orden temporal (Fabio Kacero, Richard McGuire, William Kentridge), el uso de restos y ruinas (Amie Siegel, Anne Carson, Gabriel Orozco, Xu Bing, Tom McCarthy), la ralentización del registro audiovisual (W. G. Sebald, Douglas Gordon), la detención del tiempo (Jorge Macchi), su espacialización (Liliana Porter), la repetición (Pierre Huyghe, Ragnar Kjartansson, Pablo Katchadjian), la fantasía apocalíptica (Dominique Gonzalez-Foerster), los ejercicios mutuamente excluyentes de la expansión y la concisión del relato vital (Jean Echenoz, Karl Ove Knausgaard), etcétera. Al igual que en "The Clock" (donde la concatenación de fragmentos audiovisuales ofrece confluencias inesperadas y momentos de rara belleza en los que el espectador parece dar (por fin) con una historia, las series que pueblan Cronografías contribuyen paradójicamente a un relato unitario, en el que (como en las obras/jardín de Pierre Huyghe Rito de pasaje y Upside Down Tree de Robert Smithson) el presente es visto como un inmenso parque en ruinas, un jardín de senderos que se bifurcan y confluyen conformando un terreno que Speranza cartografía con talento. La ensayista amplía y completa su Atlas portátil de América Latina (2014) en un ambicioso ejercicio de "montaje" cuya finalidad es "abrir el presente a otros tiempos, convertir la mezcla de fascinación y rechazo frente a la instantaneidad del mundo virtual en fuente de tensión creativa".
 
En esa "tensión creativa" proyectada en obras artísticas que "renuevan sus medios, sus formas y sus lenguajes, invierten o enloquecen la flecha del tiempo, se liberan de la tiranía de los relojes, hacen el tiempo" hay, sostiene Speranza siguiendo a Giorgio Agamben, el proyecto políticamente urgente de "cambiar el tiempo"; en el tipo de ensayo que, como Cronografías, piensa "con el arte" en procura de recuperar, entre tanta experiencia estética intercambiable, lo que "no habíamos visto o leído nunca antes", hay (por otra parte) una forma de resistencia y una invitación insoslayable a la obra de una de las mejores ensayistas contemporáneas en español, la más atenta intérprete de un presente que parece incapacitado de "decir" algo relevante sobre sí mismo y, sin embargo, en su obra (por fin) dice.
 
 
Graciela Speranza
Cronografías: Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo
Barcelona: Anagrama, 2017
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 27 de febrero de 2017.] 

[Publicado el 24/3/2017 a las 13:45]

[Etiquetas: Graciela Speranza, Ensayo, Anagrama]

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Lenta biografía / "Teoría del ascensor" de Sergio Chejfec

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A la fantasía cultural de una lectura "veloz" para la que existirían técnicas específicas, la literatura parece haber respondido, por una parte, con la aceleración de la velocidad de desplazamiento del libro en tanto mercancía, devenida prácticamente instantánea con su pérdida de materialidad; y por otra parte, mediante la adopción de procedimientos que tienden a la constitución de una literatura asertiva, formalmente simple y temáticamente redundante, de la que se excluye todo aquello que pudiese entorpecer (y por consiguiente ralentizar) la lectura, convertida en una práctica presumiblemente engorrosa y algo indeseada, situada como está entre el deseo de haber leído y su realización.
 
Sergio Chejfec viene produciendo desde hace décadas una obra de un rigor desusado que desde el título del primer libro que la compone, Lenta biografía (1990), tiene en el tiempo uno de sus intereses más habituales. No se trata tan sólo de que los personajes de Chejfec parezcan vivir "fuera" de él, en una zona de contornos difusos en la que la percepción temporal es condicionada por prácticas deliberadamente ajenas a la duración como el vagabundeo y la elaboración de conjeturas: los libros en los que esos personajes aparecen (lo que podríamos denominar "la obra en sí") exigen del lector una velocidad de lectura baja, condicionada por su falta de linealidad, la falta de acciones otras que la percepción y las muchas incertidumbres que tienen lugar y son resueltas o no en ellos: quién habla, respecto de quién lo hace, dónde se encuentra, hacia dónde va, (sobre todo) cómo ve y de qué forma salva el abismo que existe entre la experiencia y su relato de ella.
 
Si la obra de Chejfec es considerada habitualmente "difícil", no lo es sino debido a que (a modo de resistencia al imperio de la velocidad en literatura, le interese esto a su autor o no) su obra no pretende ser el relato de una experiencia sino una experiencia en sí misma: en su resistencia a la lectura adquisitiva, veloz, en el marco de la cual (podría decirse) hubo una experiencia y el lector debe leer el relato que se hizo de ella para conocerla, la opacidad de la obra de Chejfec, su apuesta decidida por la provisionalidad y la irresolución, devuelve a la lectura su condición de experiencia (y podría decirse que toda experiencia tiene su grado de dificultad, incluso la más agradable). Ya sea que narre una deriva por un parque en el sur de Brasil, aborde la obra de Rafaela Baroni o (como en esta Teoría del ascensor) se ocupe de contemporáneos como Mercedes Roffé, Martín Caparrós, Mario Bellatin, Carlos Ríos, Victoria de Stéfano o Igor Barreto, dé cuenta del descubrimiento azaroso de unas postales antiguas de Caracas o de su vida en Nueva York, visite el taller de Eduardo Stupía o escriba sobre sus muertos familiares (Lorenzo García Vega, Juan José Saer, Julio Cortázar), leer a Sergio Chejfec es asistir a una sofisticada forma de recordarnos que toda literatura constituye una doble experiencia: la de aquello que se narra (poco importa si situado en el pasado o en el presente; aquí, poco importa si protagonizada por los sucedáneos de una "primera persona" que Chejfec elude para que la narración autobiográfica no devenga irrelevante o banal: "él", "el escritor", etcétera) y la de la narración misma, devenida experiencia mediante su reenactment en la lectura. Quizás esa recreación constituya una lenta y algo dificultosa experiencia para los lectores habituados a la velocidad de otras literaturas, pero en ella radica la oportunidad de encontrarse con uno de los acontecimientos más importantes de la literatura en español de las últimas décadas, así como algo parecido a una promesa: la de una literatura que al rechazar radicalmente la lectura rápida no pasa, también rápidamente, sin dejar huellas.
 
 
Sergio Chejfec
Teoría del ascensor
Zaragoza: Jekyll & Jill, 2016

[Publicado el 22/2/2017 a las 11:23]

[Etiquetas: Sergio Chejfec, Ensayo, Miscelánea, Jekyll & Jill]

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Algunos no tienen tiempo / "Disparen al humorista" de Darío Adanti

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"Tragedia más tiempo es igual a comedia, pero ¿quién tiene tiempo en esta época?", se preguntó alguien: al menos desde el ataque a la redacción de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, tenemos que admitir que algunos tienen una visión algo distorsionada del tiempo, pero también, por supuesto, de la supuesta influencia del comediante, de sus intenciones y de la naturaleza de su trabajo. Al fin y al cabo, y esto se repite a lo largo del nuevo libro de Darío Adanti, casi como una advertencia, nadie ha muerto nunca por un chiste, excepto su autor.
 
Darío Adanti (Buenos Aires, 1971) es uno de los humoristas y autores de cómic más importantes de España, donde está radicado desde hace varias décadas; autor de una obra inclasificable que incluye ilustración, la serie Caspa Radioactiva, el libro Mis problemas con Amenábar (junto con Jordi Costa), cortometrajes de animación, espectáculos de stand up (con Eduardo Galán, uno de sus socios en el semanario satírico español Mongolia), tiras y contribuciones en publicaciones como Sátira 12, El Jueves y Viernes Peronistas, Adanti (como era de esperar) es conocido por ser "gracioso", cualquier cosa que esto signifique; menos conocido es el hecho, sin embargo, de que, como pone de manifiesto Disparen al humorista, en los últimos años se ha detenido a pensar en extenso sobre qué es el humor, cuáles son supuestamente sus "límites" y de qué manera se relaciona (es tolerado, o no) por el poder político.
 
Sólo alguien con la formación heterogénea (y postnacional) de Adanti puede reunir en un volumen las voces de Enrique Jardiel Poncela y Mark Twain, Macedonio Fernández y Richard Feynman, Woody Allen y Hannah Arendt, Lenny Bruce, Frida Kahlo y Henri Bergson, Alenka Zupančič y Jordi Costa, Italo Calvino, G.W.F. Hegel, Charles Darwin y Ursula K. LeGuin, Emil Cioran, Inmanuel Kant y André Breton, y únicamente alguien de su ambición puede poner esas voces al servicio de la ilustración de ideas complejas (y escasamente representables en términos visuales, lo que convierte a Disparen al humorista en un singular y muy logrado tour de force) acerca de la presión política sobre los satiristas, la naturaleza de la risa, el humor involuntario, el humor y la inteligencia, los vínculos entre humor y tiempo y entre humor y política, humor, posthumor y fracaso, la naturaleza del chiste vista desde la teoría del caos, etcétera. Sólo Darío Adanti podía (por último) hacer que el que posiblemente sea uno de los mejores libros en español acerca del humor y la risa en las últimas décadas (a la memoria viene, sin embargo, y como única excepción a esto, el muy buen libro de Andrés Barba La risa caníbal, publicado el año pasado) sea protagonizado por un hombre con cabeza de tronco y otro con cabeza de tostadora, un perro zombie, neandertales y un humorista que, pese a pasarse la mayor parte del tiempo nadando en aguas fecales, no se cambia la camisa ni una vez en todo el libro.
 
 
Dario Adanti
Disparen al humorista
Bilbao: Astiberri, 2017

[Publicado el 31/1/2017 a las 12:15]

[Etiquetas: Dario Adanti, Cómic, Ensayo, Astiberri]

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Textos pequeños sobre temas gigantes / "Panóptico" de Hans Magnus Enzensberger

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Acerca de la irracionalidad de la toma de decisiones en el ámbito de la economía y la consiguiente imprevisibilidad de los mercados, la idea de nación, el colapso del sistema de pensiones o la demanda de transparencia en los asuntos públicos se ha escrito y se publican decenas de artículos en la prensa todos los días, ¿por qué leer entonces los de Hans Magnus Enzensberger?
 
Una respuesta potencialmente susceptible de convencer a aquellos a los que la frecuentación de esa prensa diaria todavía no haya embrutecido por completo es que se deben leer los artículos de Enzensberger (uno de los intelectuales europeos más brillantes del momento, así como el heredero de una tradición de disenso cuyo origen se remonta a la así llamada Escuela de Frankfurt y tiene en él, en Alexander Kluge y, en menor medida, en Uwe Timm a sus principales continuadores) porque estos son, además de una magnífica literatura, una aproximación inteligente y razonada a los temas que abordan, sean estos la singular naturaleza de la economía del arte, las diferencias entre simulación y engaño (y simulacro), el derroche, la aspiración insostenible a la igualdad ante la ley, las semejanzas entre la ciencia y la religión, la aeronáutica y el sexo, los servicios secretos y el chicle, el sentido común, la defensa de los "valores" o la obsesión contemporánea por la asepsia. A diferencia de los principales intelectuales europeos contemporáneos (Bernard Henri-Lévy, Michel Onfray o el trío involuntariamente cómico que conforman Fernando Savater, Javier Gomá y José Antonio Marina), Enzensberger no es un moralista, no practica el pontificado, no aspira a poner de manifiesto la (por completo imaginaria) superioridad del intelectual sobre sus lectores, no tiene interés en una filosofía "consensual", no pretende imponer ninguna idea; por el contrario, sus enemigos declarados son en este libro los de todo aquello que está intelectualmente vivo, "los bien remunerados y socialmente reputados asesores de gobiernos y empresas, los gurúes bursátiles, futurólogos y tendenciólogos, que desempeñan un papel destacado en simposios y congresos, reuniones de presidencia, juntas y comisiones, cuando no actúan en uno o varios de los perpetuos programas de debate y entrevistas" (34-35). Puesto que son estos últimos los responsables de un estado actual del mundo que sólo puede calificarse de desastroso, la apuesta de Enzensberger por un pensamiento a la contra debería ser recibida con los brazos abiertos por todos aquellos disconformes con el mundo y sus principales actores.
 
(Un segundo argumento a favor de la lectura de este libro, por el caso de que no bastara con el primero, es que seguramente no será leído por "pupilos, trileros, secretarios de Estado en excedencia, asesores inversionistas, frikis publicistas, gurúes del lifestyle, presentadores de espectáculos, artistas de la subvención, agentes de seguridad y cabezas rapadas"; es decir, por todos aquellos "que se cuidan de fabricar algo útil" [68]; la lectura de estos "textos pequeños sobre temas gigantes" [5] muy posiblemente no contribuya a un desarrollo armónico de la reunión familiar en Reyes, pero sí es posible que nos libere al menos circunstancialmente de la cárcel de estupidez consensuada en la que vivimos y desde cuyo panóptico nos observa Enzensberger.)
 
 
Hans Magnus Enzensberger
Panóptico
Trad. Richard Gross
Barcelona: Malpaso, 2016

[Publicado el 03/1/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: Hans Magnus Enzensberger, Ensayo, Malpaso]

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Juan José Saer, a contrapelo / Dos libros

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El escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) / Crédito de la imagen, de su autor /

Algo más de diez años después de su muerte, la obra del argentino Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005) empieza por fin a ser, si no más leída, sí al menos algo más accesible para los lectores, gracias, entre otros, a los esfuerzos de los responsables de Rayo Verde, quienes han publicado en España cinco de sus libros más importantes: La pesquisa (2012), El entenado (2013), Nadie nada nunca (2014), Glosa (2015) y El concepto de ficción (2016). A pesar de ello, la obra de Saer sigue resistiéndose, en no menor medida como resultado de unas características intrínsecas (prosa fluvial y mayoritariamente descriptiva, restricción del argumento a un puñado de personajes y un paisaje, el de la ciudad argentina de Santa Fe y sus alrededores, unicidad e interdependencia de los libros, etcétera) que convierten esa obra en objeto de admiración, pero también limitan su público. "Hay algo de terriblemente a contrapelo en [Juan José] Saer", escribe Beatriz Sarlo. Esa "insistencia heroica en armar una Obra en un momento en que la idea misma de 'obra' y, por tanto, de autor, era demolida por los héroes culturales de la filosofía francesa".
 
Que Saer nunca temió a ir a la contra (más todavía, que cuestiones como la circulación de su trabajo y su relativa inaccesibilidad le resultaban indiferentes) se pone de manifiesto, por ejemplo, en la respuesta que le dio a Graciela Speranza en torno a 1995, cuando la excepcional ensayista argentina le preguntó si era consciente del lugar que ocupaba por entonces en la literatura argentina, y que era el del centro de una red densa de lecturas e interpretaciones que lo consideraban unánimemente uno de los tres o cuatro mejores escritores argentinos del momento; Saer le respondió: "Creo que ha habido mucha gente que ha leído mis libros con interés, me llegan ecos, pero eso no alcanza a definir el lugar de un escritor en una literatura. Quizás sólo se trate de una moda".
 
La multiplicación en los últimos años de los ensayos acerca de su obra, su presencia cada vez más visible en las librerías hispanoamericanas y el surgimiento de un puñado de escritores argentinos que parecen escribir "a partir de" su realismo y con su sintaxis particular, dan cuenta del hecho de que el autor se equivocaba y de que lo suyo no era una moda, algo que también pone de manifiesto la publicación de Zona Saer, el nuevo ensayo de Beatriz Sarlo. En él, la ensayista argentina regresa a sus temas habituales (Jorge Luis Borges, la constitución de la literatura argentina como proyecto político, la experiencia política revolucionaria de las décadas de 1960 y 1970), pero lo hace procurando presentar a los lectores, al mismo tiempo, una obra. Lo hace, afirma, "tratando de transmitir la felicidad y el asombro que siempre sentí ante la literatura de Saer"; el resultado es una sucesión de impresiones acerca de los personajes del autor, sus desplazamientos, sus influencias, la importancia de la poesía en la conformación de su estilo (a menudo, el autor traducía poesía para "soltar la mano" antes de ponerse a escribir, y la "impronta poética" de sus observaciones, así como la naturaleza poética de su sintaxis son evidentes), la de la comida y la conversación en sus libros, etcétera; de todo ello emerge (y este es tal vez el aspecto más interesante del libro), una visión de Saer como escritor "a la contra": un autor extemporáneo, que escribía sobre su región sin permitirse ser regionalista (una afirmación que tal vez hubiese requerido por parte de Sarlo una digresión acerca de las diferencias entre una cosa y la otra que la autora, sin embargo, no lleva a cabo); que, pese a vivir durante los últimos treinta y cinco años de su vida en Francia, rechazó escribir acerca de otro asunto que su región, que se negó a permitir que su obra fuera inscripta entre unas novelas "del Boom" que ya en 1973 consideraba el resultado de una visión "hueca", "abstracta y chauvinista", que produjo novelas que transcurren en el pasado pero abjuró de "la novela histórica", que escribió deliberadamente desde y sobre la lentitud en tiempos veloces, que procuró discurrir al margen pero se volvió central.
 
No fue "un gran ensayista", afirma Sarlo; sin embargo, los textos reunidos en El concepto de ficción (que coincide en librerías con Zona Saer) parecen contradecirla. Publicados originalmente en 1997 y organizados en un orden cronológico algo perezoso, que ratifica la opinión no muy favorable que Saer tenía de ellos, son extraordinarios. Aquí aparecen reunidos los escritores más admirados por el autor, sus disidencias (en particular con Jorge Luis Borges, como observa Sarlo) y sus entusiasmos (Witold Gombrowicz, Roberto Arlt, James Joyce, el Nouveau Roman): todo ello recorta un espacio que es el de su obra, el espacio en el que ésta puede ser leída, por fin, por una nueva generación de lectores y revisitada por aquellos para los que es una referencia desde hace décadas.
 
 
Beatriz Sarlo
Zona Saer
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016
 
Juan José Saer
El concepto de ficción
Barcelona: Rayo Verde, 2016

[Publicado el 22/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Juan José Saer, Beatriz Sarlo, Rayo Verde, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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El mapa y el territorio / "Houellebecq. Una experiencia sensible" de Nicolás Mavrakis

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¿Quién o qué es Michel Houellebecq? La pregunta no es tan simple como parece. O lo es: lo que resulta complejo es darle una respuesta. Nicolás Mavrakis (Buenos Aires, 1982) lo intenta ofreciendo el que (de momento, y si no estoy equivocado) es el primer libro en español dedicado al autor de Ampliación del campo de batalla.
 
Quién es, qué hace, cuál es el "efecto Houellebecq" en la literatura contemporánea; el autor responde estas preguntas articulándolas en torno a algunos ejes temáticos: la idea de masculinidad en la obra del autor de Sumisión; su visión de las ciencias físicas y, particularmente, de la biología; su relación con el mercado no sólo literario; sus visiones de la sexualidad, lo Sublime, la poesía. Visto como un poeta (romántico, agregaría él), Houellebecq se convierte aquí en una suma de contradicciones significativas: un poeta que escribe muy buena narrativa y (a su vez) pertenece al reducido y no muy interesante círculo de los best sellers; un autor deliberadamente marginal que, sin embargo, acapara portadas; un inteligentísimo analista del fetichismo de la mercancía que no duda en ofrecerse a sí mismo y a su obra como una mercadería más y se entrega al mercado en distintos formatos como si se tratase de un producto franquiciado; alguien, por fin, que considera seriamente la posibilidad de que el sexo vaya a ser eliminado en un futuro próximo pero hace que las motivaciones de sus personajes sean casi únicamente de índole sexual.
 
Aquí "contradicción" no es error ni invalidez, sino principio articulador de una narrativa que no se limita a la provocación o al escándalo. Acusado habitualmente de "misógino", "racista" o "reaccionario", Houellebecq es, sostiene Mavrakis, todo aquello que esas etiquetas silencian, y es necesario dejar de lado los prejuicios para que la verdad esencial que subyace a su obra se desplace firme pero persistentemente más allá de las preconcepciones y los rótulos. No siempre Mavrakis consigue mostrar esto con claridad: al tiempo que su idea de lo que llama la "feminización del amor" es considerablemente estrecha ("un mundo postpatriarcal donde las mujeres se sintieran satisfechas con la casta compañía de hombres con los que pudieran compartir meriendas nice y películas como Mean Girls", 88), su visión de un vínculo ineludible entre masculinidad y poder ("Cuando se trata de masculinidad, lo que está verdaderamente en juego es el poder", 100) excluye por definición la posibilidad de ejercer el poder de forma "femenina" (en la estrechez de la interpretación, el autor parece coincidir con el feminismo más radical, no necesariamente el más interesante) y su adhesión y/o rechazo a términos como "explotación femenina" (103), feminismo, masculinidad y turismo sexual carece (una objeción que también puede hacerse a la obra de Houellebecq) de un componente de clase sin el cual esos términos no resultan productivos.
 
En sus mejores momentos, sin embargo, Houellebecq. Una experiencia sensible es una introducción seminal a la obra del autor de El mapa y el territorio, una guía de viajes por un territorio que (precisamente) carecía de mapa en español hasta el momento. "En el gesto irónico de Houellebecq ante su propio proyecto [...] puede auscultarse una larga tradición francesa que incluiría nombres y tiempos como los de François Rabelais y Charles Baudelaire", afirma Mavrakis (141); también, se puede agregar, en su obra se encuentran los modos de una negatividad que, no casualmente, ha encontrado un eco especialmente afín en la cultura argentina. "La obra de Michel Houellebecq es útil simplemente porque establece un punto simple: pensar y escribir bien no significa pensar y escribir cosas buenas" (34); es pertinente tomar en cuenta que estas últimas palabras han sido escritas en Buenos Aires, donde la negatividad constituye algo parecido al aire que se respira, no necesariamente para beneficio del sistema respiratorio pero sí de los lectores.
 
 
Nicolás Mavrakis
Houellebecq. Una experiencia sensible
Buenos Aires: Galerna, 2016

[Publicado el 15/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Nicolás Mavrakis, Ensayo, Galerna]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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