PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 19 de enero de 2017

 Blog de Patricio Pron

Textos pequeños sobre temas gigantes / "Panóptico" de Hans Magnus Enzensberger

imagen descriptiva

Acerca de la irracionalidad de la toma de decisiones en el ámbito de la economía y la consiguiente imprevisibilidad de los mercados, la idea de nación, el colapso del sistema de pensiones o la demanda de transparencia en los asuntos públicos se ha escrito y se publican decenas de artículos en la prensa todos los días, ¿por qué leer entonces los de Hans Magnus Enzensberger?
 
Una respuesta potencialmente susceptible de convencer a aquellos a los que la frecuentación de esa prensa diaria todavía no haya embrutecido por completo es que se deben leer los artículos de Enzensberger (uno de los intelectuales europeos más brillantes del momento, así como el heredero de una tradición de disenso cuyo origen se remonta a la así llamada Escuela de Frankfurt y tiene en él, en Alexander Kluge y, en menor medida, en Uwe Timm a sus principales continuadores) porque estos son, además de una magnífica literatura, una aproximación inteligente y razonada a los temas que abordan, sean estos la singular naturaleza de la economía del arte, las diferencias entre simulación y engaño (y simulacro), el derroche, la aspiración insostenible a la igualdad ante la ley, las semejanzas entre la ciencia y la religión, la aeronáutica y el sexo, los servicios secretos y el chicle, el sentido común, la defensa de los "valores" o la obsesión contemporánea por la asepsia. A diferencia de los principales intelectuales europeos contemporáneos (Bernard Henri-Lévy, Michel Onfray o el trío involuntariamente cómico que conforman Fernando Savater, Javier Gomá y José Antonio Marina), Enzensberger no es un moralista, no practica el pontificado, no aspira a poner de manifiesto la (por completo imaginaria) superioridad del intelectual sobre sus lectores, no tiene interés en una filosofía "consensual", no pretende imponer ninguna idea; por el contrario, sus enemigos declarados son en este libro los de todo aquello que está intelectualmente vivo, "los bien remunerados y socialmente reputados asesores de gobiernos y empresas, los gurúes bursátiles, futurólogos y tendenciólogos, que desempeñan un papel destacado en simposios y congresos, reuniones de presidencia, juntas y comisiones, cuando no actúan en uno o varios de los perpetuos programas de debate y entrevistas" (34-35). Puesto que son estos últimos los responsables de un estado actual del mundo que sólo puede calificarse de desastroso, la apuesta de Enzensberger por un pensamiento a la contra debería ser recibida con los brazos abiertos por todos aquellos disconformes con el mundo y sus principales actores.
 
(Un segundo argumento a favor de la lectura de este libro, por el caso de que no bastara con el primero, es que seguramente no será leído por "pupilos, trileros, secretarios de Estado en excedencia, asesores inversionistas, frikis publicistas, gurúes del lifestyle, presentadores de espectáculos, artistas de la subvención, agentes de seguridad y cabezas rapadas"; es decir, por todos aquellos "que se cuidan de fabricar algo útil" [68]; la lectura de estos "textos pequeños sobre temas gigantes" [5] muy posiblemente no contribuya a un desarrollo armónico de la reunión familiar en Reyes, pero sí es posible que nos libere al menos circunstancialmente de la cárcel de estupidez consensuada en la que vivimos y desde cuyo panóptico nos observa Enzensberger.)
 
 
Hans Magnus Enzensberger
Panóptico
Trad. Richard Gross
Barcelona: Malpaso, 2016

[Publicado el 03/1/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: Hans Magnus Enzensberger, Ensayo, Malpaso]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Juan José Saer, a contrapelo / Dos libros

imagen descriptiva

El escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) / Crédito de la imagen, de su autor /

Algo más de diez años después de su muerte, la obra del argentino Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005) empieza por fin a ser, si no más leída, sí al menos algo más accesible para los lectores, gracias, entre otros, a los esfuerzos de los responsables de Rayo Verde, quienes han publicado en España cinco de sus libros más importantes: La pesquisa (2012), El entenado (2013), Nadie nada nunca (2014), Glosa (2015) y El concepto de ficción (2016). A pesar de ello, la obra de Saer sigue resistiéndose, en no menor medida como resultado de unas características intrínsecas (prosa fluvial y mayoritariamente descriptiva, restricción del argumento a un puñado de personajes y un paisaje, el de la ciudad argentina de Santa Fe y sus alrededores, unicidad e interdependencia de los libros, etcétera) que convierten esa obra en objeto de admiración, pero también limitan su público. "Hay algo de terriblemente a contrapelo en [Juan José] Saer", escribe Beatriz Sarlo. Esa "insistencia heroica en armar una Obra en un momento en que la idea misma de 'obra' y, por tanto, de autor, era demolida por los héroes culturales de la filosofía francesa".
 
Que Saer nunca temió a ir a la contra (más todavía, que cuestiones como la circulación de su trabajo y su relativa inaccesibilidad le resultaban indiferentes) se pone de manifiesto, por ejemplo, en la respuesta que le dio a Graciela Speranza en torno a 1995, cuando la excepcional ensayista argentina le preguntó si era consciente del lugar que ocupaba por entonces en la literatura argentina, y que era el del centro de una red densa de lecturas e interpretaciones que lo consideraban unánimemente uno de los tres o cuatro mejores escritores argentinos del momento; Saer le respondió: "Creo que ha habido mucha gente que ha leído mis libros con interés, me llegan ecos, pero eso no alcanza a definir el lugar de un escritor en una literatura. Quizás sólo se trate de una moda".
 
La multiplicación en los últimos años de los ensayos acerca de su obra, su presencia cada vez más visible en las librerías hispanoamericanas y el surgimiento de un puñado de escritores argentinos que parecen escribir "a partir de" su realismo y con su sintaxis particular, dan cuenta del hecho de que el autor se equivocaba y de que lo suyo no era una moda, algo que también pone de manifiesto la publicación de Zona Saer, el nuevo ensayo de Beatriz Sarlo. En él, la ensayista argentina regresa a sus temas habituales (Jorge Luis Borges, la constitución de la literatura argentina como proyecto político, la experiencia política revolucionaria de las décadas de 1960 y 1970), pero lo hace procurando presentar a los lectores, al mismo tiempo, una obra. Lo hace, afirma, "tratando de transmitir la felicidad y el asombro que siempre sentí ante la literatura de Saer"; el resultado es una sucesión de impresiones acerca de los personajes del autor, sus desplazamientos, sus influencias, la importancia de la poesía en la conformación de su estilo (a menudo, el autor traducía poesía para "soltar la mano" antes de ponerse a escribir, y la "impronta poética" de sus observaciones, así como la naturaleza poética de su sintaxis son evidentes), la de la comida y la conversación en sus libros, etcétera; de todo ello emerge (y este es tal vez el aspecto más interesante del libro), una visión de Saer como escritor "a la contra": un autor extemporáneo, que escribía sobre su región sin permitirse ser regionalista (una afirmación que tal vez hubiese requerido por parte de Sarlo una digresión acerca de las diferencias entre una cosa y la otra que la autora, sin embargo, no lleva a cabo); que, pese a vivir durante los últimos treinta y cinco años de su vida en Francia, rechazó escribir acerca de otro asunto que su región, que se negó a permitir que su obra fuera inscripta entre unas novelas "del Boom" que ya en 1973 consideraba el resultado de una visión "hueca", "abstracta y chauvinista", que produjo novelas que transcurren en el pasado pero abjuró de "la novela histórica", que escribió deliberadamente desde y sobre la lentitud en tiempos veloces, que procuró discurrir al margen pero se volvió central.
 
No fue "un gran ensayista", afirma Sarlo; sin embargo, los textos reunidos en El concepto de ficción (que coincide en librerías con Zona Saer) parecen contradecirla. Publicados originalmente en 1997 y organizados en un orden cronológico algo perezoso, que ratifica la opinión no muy favorable que Saer tenía de ellos, son extraordinarios. Aquí aparecen reunidos los escritores más admirados por el autor, sus disidencias (en particular con Jorge Luis Borges, como observa Sarlo) y sus entusiasmos (Witold Gombrowicz, Roberto Arlt, James Joyce, el Nouveau Roman): todo ello recorta un espacio que es el de su obra, el espacio en el que ésta puede ser leída, por fin, por una nueva generación de lectores y revisitada por aquellos para los que es una referencia desde hace décadas.
 
 
Beatriz Sarlo
Zona Saer
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016
 
Juan José Saer
El concepto de ficción
Barcelona: Rayo Verde, 2016

[Publicado el 22/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Juan José Saer, Beatriz Sarlo, Rayo Verde, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El mapa y el territorio / "Houellebecq. Una experiencia sensible" de Nicolás Mavrakis

imagen descriptiva

¿Quién o qué es Michel Houellebecq? La pregunta no es tan simple como parece. O lo es: lo que resulta complejo es darle una respuesta. Nicolás Mavrakis (Buenos Aires, 1982) lo intenta ofreciendo el que (de momento, y si no estoy equivocado) es el primer libro en español dedicado al autor de Ampliación del campo de batalla.
 
Quién es, qué hace, cuál es el "efecto Houellebecq" en la literatura contemporánea; el autor responde estas preguntas articulándolas en torno a algunos ejes temáticos: la idea de masculinidad en la obra del autor de Sumisión; su visión de las ciencias físicas y, particularmente, de la biología; su relación con el mercado no sólo literario; sus visiones de la sexualidad, lo Sublime, la poesía. Visto como un poeta (romántico, agregaría él), Houellebecq se convierte aquí en una suma de contradicciones significativas: un poeta que escribe muy buena narrativa y (a su vez) pertenece al reducido y no muy interesante círculo de los best sellers; un autor deliberadamente marginal que, sin embargo, acapara portadas; un inteligentísimo analista del fetichismo de la mercancía que no duda en ofrecerse a sí mismo y a su obra como una mercadería más y se entrega al mercado en distintos formatos como si se tratase de un producto franquiciado; alguien, por fin, que considera seriamente la posibilidad de que el sexo vaya a ser eliminado en un futuro próximo pero hace que las motivaciones de sus personajes sean casi únicamente de índole sexual.
 
Aquí "contradicción" no es error ni invalidez, sino principio articulador de una narrativa que no se limita a la provocación o al escándalo. Acusado habitualmente de "misógino", "racista" o "reaccionario", Houellebecq es, sostiene Mavrakis, todo aquello que esas etiquetas silencian, y es necesario dejar de lado los prejuicios para que la verdad esencial que subyace a su obra se desplace firme pero persistentemente más allá de las preconcepciones y los rótulos. No siempre Mavrakis consigue mostrar esto con claridad: al tiempo que su idea de lo que llama la "feminización del amor" es considerablemente estrecha ("un mundo postpatriarcal donde las mujeres se sintieran satisfechas con la casta compañía de hombres con los que pudieran compartir meriendas nice y películas como Mean Girls", 88), su visión de un vínculo ineludible entre masculinidad y poder ("Cuando se trata de masculinidad, lo que está verdaderamente en juego es el poder", 100) excluye por definición la posibilidad de ejercer el poder de forma "femenina" (en la estrechez de la interpretación, el autor parece coincidir con el feminismo más radical, no necesariamente el más interesante) y su adhesión y/o rechazo a términos como "explotación femenina" (103), feminismo, masculinidad y turismo sexual carece (una objeción que también puede hacerse a la obra de Houellebecq) de un componente de clase sin el cual esos términos no resultan productivos.
 
En sus mejores momentos, sin embargo, Houellebecq. Una experiencia sensible es una introducción seminal a la obra del autor de El mapa y el territorio, una guía de viajes por un territorio que (precisamente) carecía de mapa en español hasta el momento. "En el gesto irónico de Houellebecq ante su propio proyecto [...] puede auscultarse una larga tradición francesa que incluiría nombres y tiempos como los de François Rabelais y Charles Baudelaire", afirma Mavrakis (141); también, se puede agregar, en su obra se encuentran los modos de una negatividad que, no casualmente, ha encontrado un eco especialmente afín en la cultura argentina. "La obra de Michel Houellebecq es útil simplemente porque establece un punto simple: pensar y escribir bien no significa pensar y escribir cosas buenas" (34); es pertinente tomar en cuenta que estas últimas palabras han sido escritas en Buenos Aires, donde la negatividad constituye algo parecido al aire que se respira, no necesariamente para beneficio del sistema respiratorio pero sí de los lectores.
 
 
Nicolás Mavrakis
Houellebecq. Una experiencia sensible
Buenos Aires: Galerna, 2016

[Publicado el 15/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Nicolás Mavrakis, Ensayo, Galerna]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Hemos nacido en tiempos difíciles / "La mente participativa" de Henryk Skolimowski

imagen descriptiva

"La filosofía académica de nuestro tiempo, escrita por puros cerebros, se ha vuelto ilegible para la gente corriente e incluso para quienes están mejor formados", constata Henryk Skolimowski: se erige "como un curioso monumento en ruinas". Ante las ruinas (se sabe) sólo cabe la contemplación respetuosa y el alivio de no tener que vivir en ellas, pero el autor explora otra vía, la del desplazamiento. Nacido en Polonia en 1930 pero doctorado en Oxford y con una larga experiencia docente en los Estados Unidos, Skolimowski propone desplazar el centro de la discusión filosófica del ámbito del sujeto al de su interacción con el mundo.
 
No se trata de negar la larga y muy rica tradición del pensamiento occidental, cuyo tema ha sido de forma predominante el individuo, sino, afirma el autor, de proponer un nuevo comienzo para el cual éste se inspira en los presocráticos: en su recurso a la imaginación, en la fuerza poética de sus ideas, en su uso de los símbolos, en su condición (por fin) de pioneros, los presocráticos le permiten desembarazarse de un pensamiento filosófico absorto en su propia contemplación para avanzar hacia un modelo presidido por la mente y por la forma en que ésta adquiere un conocimiento del mundo que es, esencialmente, cocreador: al contemplarlo, la mente participa de él y contribuye a su existencia, al tiempo que, como es evidente, se crea a sí misma y al sujeto. Un "nuevo concepto de persona" surge así en reemplazo de modelos "antiguos [que] se han vuelto completamente inservibles"; de acuerdo con él, el hombre es, sencillamente, una cierta sensibilidad en interacción permanente con lo que la rodea. "Nuestros esfuerzos participativos deben favorecer la vida a largo plazo", sostiene Skolimowski, quien es considerado el padre de la ecofilosofía: la supervivencia del mundo y la nuestra dependen de que nuestra sensibilidad "evolucione" (la expresión es del autor) hacia formas de interacción que contemplen la responsabilidad y la compasión hacia todas las criaturas vivientes.
 
"Necesitamos crear formas participativas de vida que vayan más allá de las maneras de participación que ejemplifican el bingo o el carrusel del consumo", afirma Skolimowski. En La mente participativa revisita las concepciones de empiristas y racionalistas, destaca las figuras del filósofo austríaco Karl Popper y de Pierre Teilhard de Chardin, da cuenta de las formas de comprender el mundo que han caracterizado el pensamiento occidental desde su origen, rechaza (por considerar que ya no funcionan, en el sentido de que no permiten vivir "mejor" y/o "evolucionar") tanto la religión como el conocimiento científico y el pensamiento racional (que el autor considera una respuesta a las demandas del medio no más sofisticada ni útil que la que ha garantizado la supervivencia de formas de vida supuestamente "inferiores", como las amebas); también discute la teoría de la verdad como correspondencia, revisa la función de los símbolos en "la evolución del hombre" (en una elección por completo injustificada escoge sólo tres: el Buda sobre la flor de loto, la cruz cristiana y la Śiva danzante), diseña la relación entre la mente y el mundo como una espiral de conocimiento, propone (finalmente) un modelo en el marco del cual el "yo individual" se inserta en el "yo social/cultural", el cual, a su vez, participa del "yo cósmico/universal": de esta serie de participaciones y pertenencias se extrae la naturaleza del hombre pero también la propuesta de una ética participativa que supere el agotamiento de las formas tradicionales de pensamiento filosófico y las categorías monolíticas que contraponen al hombre con la naturaleza y a su esencia de lo que éste hace consigo y con los demás. Al fin y al cabo, "hemos nacido en tiempos difíciles y, de forma justificada, podríamos sentir lástima de nosotros mismos. [...] Los períodos críticos como el nuestro destruyen muchas almas menores, pues suponen un reto para nuestra esencia última, [pero] aquellos que la asuman prevalecerán y darán testimonio de la fibra indestructible de la condición humana".
 
 
Henryk Skolimowski
La mente participativa
Trad. Juan Arnau y Su Lleó
Pról. Jordi Pigem
Girona: Atalanta, 2016
 
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País, 16 de noviembre de 2016.] 

[Publicado el 08/12/2016 a las 17:00]

[Etiquetas: Henryk Skolimowski, Ensayo, Atalanta]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La justificación del dolor / "Los tres Cristos de Ypsilanti" de Milton Rokeach

imagen descriptiva

Algo más de dos meses después de que el psicólogo estadounidense Milton Rokeach hubiese iniciado el tratamiento grupal de tres esquizofrénicos paranoides, los resultados eran (por decirlo suavemente) decepcionantes: el único cambio que se había producido en su sistema de creencias consistía en que uno de ellos ya no pensaba que Adán fuera negro.
 
Muy poco después, el mismo paciente iba a pasar a exigir que se lo llamase "Estiércol"; al igual que sus compañeros de terapia (todos ellos pacientes del Hospital Estatal de Ypsilanti, en Michigan), "Estiércol" se creía Jesucristo; la idea original de Rokeach al reunirlo con los otros dos "Cristos de Ypsilanti" había sido estudiar el modo en que se articula la identidad y, especialmente, qué sucede con ella cuando es cuestionada por otras personas; se trataba de "azuzar" a unos pacientes contra otros (la expresión es del autor) de manera de inducir un cambio en su sistema de creencias y una retracción del delirio: en términos de sus objetivos, el experimento fue desastroso.
 
"Ante todo, no hagas daño" es el lema médico por excelencia (así como el título de las muy interesantes memorias del neurocirujano británico Henry Marsh, publicadas recientemente por Salamandra); a lo largo de todo su libro, aquí y allá, Rokeach admite haberlo causado a sus pacientes de forma deliberada, por ejemplo manipulándolos mediante "mensajes supuestamente enviados por autoridades relevantes que sólo existían en la imaginación de los Cristos ilusorios" (15). En ese sentido, y aunque Los tres Cristos de Ypsilanti parece, de a ratos, una novela cómica, el lector no puede dudar del dolor real que sintieron sus protagonistas en buena medida debido a las manipulaciones de las que fueron objeto. Cuando uno de ellos, Leon/Estiércol, es llevado a creer que su esposa imaginaria, la "Señora Mujer Yeti", lo visitará en el hospital, y ésta no lo hace, podemos ver el dolor del paciente, que se pasa horas en la sala de su pabellón, rezando y observando en la palma de su mano un pase de salida que no le sirve para nada porque no puede pasear con su mujer, por ejemplo. Rokeach descubrió que, confrontados con una amenaza exterior a la unidad de su delirio, los pacientes psiquiátricos son notablemente hábiles para incorporar esa amenaza a su relato delirante, y que éste resiste cualquier intento de racionalización: para un esquizofrénico que se cree Dios, que haya otros que también lo creen sólo demuestra que los otros están locos, ya que Dios sólo hay uno y es él. Este descubrimiento parece poco relevante en relación al volumen de dolor provocado, pero el relato se lee con facilidad y tiene trazas de novela cómica, en buena medida debido a las conversaciones entre los tres protagonistas, que parecen insufladas de furor y temor beckettianos, por el latín chapucero de uno de los pacientes y la escatología de sus delirios (que lo hacen asimilar a Jesús con penes y testículos), el convencimiento de otro de ellos de que el hospital es un fuerte inglés y de que debe ser extraditado a Reino Unido y/o nombrado asesor del presidente John F. Kennedy, el arreglo al que llegan un día dos de ellos, por el cual uno pasa a ser el Dios del Antiguo Testamento y el otro el del Nuevo, como en una escena de los Monty Python, etcétera. Son estas trazas las que justifican, si no el dolor provocado por Rokeach a sus pacientes (que éste reconoce en un epílogo conmovedor), al menos sí la narración del experimento que le sirvió de marco y su lectura.
 
 
Milton Rokeach
Los tres Cristos de Ypsilanti
Trad. Eduardo Moga
Madrid: Impedimenta, 2016

[Publicado el 03/11/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Milton Rokeach, Ensayo, Impedimenta]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Involuntariamente pertinente / "Vivir entre lenguas" de Sylvia Molloy

imagen descriptiva

Sylvia Molloy recuerda haber visitado a su abuela paterna poco antes de su muerte, a los cuatro años de edad, pero no recuerda en qué lengua le habló. Nacida como hija de hijos de ingleses y franceses en Argentina, la autora habla tres idiomas desde su infancia, todos ellos con resonancias y afectividades distintas: el inglés es la lengua del padre, la de la escolarización y la de una vida adulta vivida casi por completo en Nueva York; el francés es la del desamparo lingüístico de la madre (que no lo hablaba), las canciones de Charles Trenet, los estudios en Francia; el español es la de las conversaciones familiares, el pudor infantil, la ficción. Decidir en qué idioma se dirigió a su abuela paterna no sólo es importante para determinar la naturaleza de su recuerdo (quienquiera que hable más de una lengua habrá comprobado que los suyos se adecúan a su realidad lingüística más inmediata, lo que los tiñe de sospecha) sino también para trazar un ámbito, el de las incertidumbres del bilingüismo.
 
"¿En qué lengua soy?", es la pregunta del bilingüe. No es una pregunta retórica y no es pertinente sólo en relación a la biografía de la autora de Vivir entre lenguas: desde las afectaciones de una sociedad argentina históricamente permeable a la adopción de extranjerismos hasta la impotencia del fontanero polaco que visita su casa y quiere (pero no puede) hablarle en inglés de una experiencia estética, pasando por las conversaciones con sus gallinas (sólo un argentino puede entender por qué la autora llama a una "Curuzú Cuatiá" ni con cuánta justicia les canta el tema musical de un antiguo programa televisivo poblado de vedetes y plumas), los pecios del idioma de la infancia, la lengua privada de los latinoamericanos en los Estados Unidos, los esfuerzos (generalmente vanos) de ciertos padres por ponerle a sus hijos nombres que funcionen en más de una comunidad lingüística, los casos de Jules Supervielle, Joseph Conrad, William Henry Hudson, Ellie Wiesel y otros autores que cambiaron de lengua de escritura, la autora (una de las más notables de las últimas décadas en Argentina, ensayista y académica de excepción y maestra de decenas de escritores latinoamericanos) ofrece, posiblemente sin pensarlo, un libro de lectura particularmente pertinente en España, donde las lenguas son vinculadas a menudo (y forzosamente) a identidades que se desean monolíticas y son encarnadas por fuerzas políticas que las imaginan como fronteras; es decir, como herramientas de exclusión y no como puentes tendidos. "Para el monolingüe no hay sino una lengua desde donde se piensa un solo mundo", afirma Molloy: en la posibilidad de imaginar que las cosas no son necesariamente como se nos dice que son (y que no hay "una" verdad sino una cierta cantidad de puntos de vista no necesariamente en conflicto) radica la importancia política, también en España, del bilingüismo y de su elogio en Vivir entre lenguas.
 
 
Sylvia Molloy
Vivir entre lenguas
Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2016
 
 
(Publicado originalmente en Babelia/El País, 5 de octubre de 2016.)

[Publicado el 01/11/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Sylvia Molloy, Ensayo, Eterna Cadencia]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Visiones periféricas / "Las manos de los maestros" de J.M. Coetzee

imagen descriptiva

Una de las paradojas más habituales de la relación que una modernidad periférica como la hispanohablante tiene con las instituciones culturales anglosajonas es que su naturaleza marginal se pone de manifiesto allí donde más se esfuerza por imitar esas instituciones pero no las condiciones materiales que las hacen posibles. Acerca de la New York Review of Books se ha dicho mucho, pero es más lo que se ha tratado de imitarla, en particular en los territorios en los que se habla español. Quienes hayan leído en una ocasión la publicación habrán percibido que su estilo claro, conciso y aparentemente objetivo parece fácilmente imitable; no lo es, sin embargo, como tampoco lo son las instituciones económicas y políticas que la sostienen pese a su naturaleza clara y abiertamente deficitaria, el respeto a la institución del libro que preside la cultura anglosajona, la naturaleza de los premios y de los apoyos que dinamizan su escena literaria y hacen posible la subsistencia de sus escritores, la condición verdaderamente cosmopolita de la edición en inglés, su diversidad, su atractivo. Una cultura deliberadamente barroca como la hispanohablante tiene, por fuerza, que imitar las formas en vez de los contenidos; pero, por supuesto, el carácter connatural de su imitación no la hace menos lamentable: lamentable o no, no es la peor de las tendencias propias de esa cultura (la cual, vale la pena recordarlo, también se caracteriza por un porcentaje importante de misoginia, racismo y homofobia), y es posible que, pese a todo, ésta tenga en la imitación una salida.
 
La producción ensayística del extraordinario escritor sudafricano J.M. Coetzee es, en cualquier caso, por completo deudora del imperativo de calidad de la publicación antes mencionada, pero es evidente que, en procura de una claridad y una concisión no necesariamente presentes en sus mejores libros, los ensayos de Coetzee tienen algo escolar, como si fuesen los de un alumno que intenta impresionar a sus profesores. Quizás en ello también haya resabios de una subjetividad deudora de la experiencia de la modernidad periférica. Una primera lectura de sus ensayos pone de manifiesto la contradicción propia del intelectual proveniente de los márgenes al menos geográficos de su cultura: por una parte, un deseo de enfrentarse a la metrópoli en relación a la autoridad con la que se habla acerca de los "grandes" autores, los autores universales (en el primer volumen de estos "ensayos selectos", Coetzee escribe acerca de la condición de clásicos de T.S. Eliot y de Johann Sebastian Bach, aborda las obras de Walt Whitman y William Faulkner y da cuenta de lo que Némesis de Philip Roth tiene de tragedia griega; en el segundo volumen, el mejor de los dos, sus temas son incluso más universales: Friedrich Hölderlin, los cuentos de Joseph Roth, Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, las obras de Samuel Beckett, Italo Svevo y Zbigniew Herbert, entre otros); por otra parte, el autor despliega un saber específico, una especie de competencia cultural vinculada con su origen, en este caso, con el territorio sudafricano y la modernidad periférica del inglés: sistemática, deliberadamente, Coetzee escribe sobre la supuesta ociosidad de los hotentotes en los primeros textos escritos sobre su territorio, sobre la dificultad del observador europeo para encontrar belleza y orden en el paisaje africano, sobre la sangrienta fantasía colonialista alemana y el genocidio que propició, sobre las contradicciones políticas de Nadine Gordimer y las obras de Doris Lessing, Patrick White y Les Murray, poeta bovino australiano.
 
Aunque no son sus mejores textos, los que proponen tácitamente una modernidad periférica cuya clave de acceso tendría el autor de Elizabeth Costello podrían tener interés si en ellos se pusiese de manifiesto la tensión entre centro y periferia que parece haber motivado su escritura. Sin embargo, no hay ninguna tensión en los ensayos de Coetzee (con la excepción de los que dedica a Gordimer, no en vano una autora que, como afirma, "ha escrito sobre la lucha de África contra Europa desde una conciencia occidental", y las reflexiones acerca de la adopción de la ciudadanía inglesa por parte de T.S. Eliot como forma de "defenderse de un cierto pudor ante la brutalidad americana" en su texto sobre los clásicos), no hay voluntad de trascendencia (de hecho, buena parte de los textos incluidos aquí han sido reseñas, y por lo general no superan su naturaleza coyuntural y provisoria) ni hay mucho que un lector medianamente informado no conozca de antemano sobre los autores que aborda. Algunos de los juicios del autor son de interés (su argumentación del erotismo que permea el uso que hace Whitman del término "democracia" es al menos sugerente, así como su observación de que las novelas de Philip Roth tienen por tema las motivaciones de sus narradores; su afirmación de que "el siglo XIX fue el apogeo del Gran Escritor" al tiempo que "en nuestra época el concepto mismo de grandeza es objeto de sospecha" es, por otra parte, profundamente acertada), y es particularmente meritorio que Coetzee (quizás como parte de un programa más amplio de recuperación de la periferia) busque algo de interés allí donde parece evidente que no lo hay: el kitsch de Irène Némirovsky y Sándor Márai y la Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez.
 
Los mejores momentos de Las manos de los maestros se encuentran allí donde su autor parece perder el control de lo que se encuentra escribiendo, como en el texto en el que comienza hablando de Marilyn Monroe y su papel en Vidas rebeldes y acaba hablando de lo único que no es actuado en ese, el terror de los caballos exterminados, en la ficción y en el filme. Los ensayos de Coetzee son claros, precisos, eficaces en el cumplimiento de sus objetivos: no hay mucho de interés en ellos (al menos no en proporción a las expectativas que genera en el lector, inevitablemente, su obra de ficción); sin embargo, son superlativos en relación al ensayismo de la mayor parte de los autores hispanohablantes contemporáneos de ficción. Que estos imitasen a Coetzee en sus ensayos sería, incluso con los méritos reducidos que estos ensayos tienen, un paso adelante, para ellos y para su cultura. Quizás no haya mucho más para hacer en la periferia.
 
 
J.M. Coetzee
Las manos de los maestros. Volumen I
Trad. Pedro Tena, Eduardo Hojman y Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2016
 
J.M. Coetzee
Las manos de los maestros. Volumen II
Trad. Ricard Martínez i Muntada, Eduardo Hojman y Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 08/9/2016 a las 17:45]

[Etiquetas: J.M. Coetzee, Ensayo, Literatura Random House]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Una 'maxima moralia' / "Breviario de saberes inútiles" de Simon Leys

imagen descriptiva

Simon Leys es el pseudónimo de Pierre Ryckmans, quien nació en Bruselas en 1935 y murió en Canberra en 2014, se instaló a los treinta y cinco años de edad en Australia, fue profesor de literatura china y produjo numerosos artículos y libros, de los que Acantilado ha publicado tres: La felicidad de los pececillos (2011), Los náufragos del "Batavia" (2011) y Con Stendhal (2012).
 
Breviario de saberes inútiles lleva como subtítulo la frase "Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental"; como La felicidad de los pececillos, es una obra miscelánea y los artículos que lo componen apuntan en diferentes direcciones: hay una polémica del autor con Christopher Hitchens acerca del cristianismo, un "abecé gideano", varios artículos sobre aspectos de la cultura y la política chinas y un ensayo memorable dedicado a George Orwell, así como textos menos logrados sobre Victor Hugo, G.K. Chesterton, André Malraux, Evelyn Waugh, Joseph Conrad, la traducción literaria, Albert Camus, los comienzos en literatura, Henry Dana y el estado actual de la enseñanza universitaria.
 
Leys es especialmente convincente en sus textos acerca de lo que, de forma general es denominado "China" (así, en singular): una introducción a Confucio, lecciones de ética y estética, la Revolución Cultural, el viaje de Roland Barthes a ese país, las contribuciones no sólo políticas de Mao Zedong, el "arte de interpretar inscripciones inexistentes escritas con tinta invisible en una página en blanco" que el lector debe dominar para leer una prensa china que, en ese sentido, no se distingue de la de cualquier otro país totalitario, excepto en sus formas. Leys escribió estos artículos para lectores no especializados en el Gigante Asiático: es una suerte porque, por esa razón, en ellos, el autor se dedica a describir su objeto antes que a juzgarlo; afirmar esto significa, naturalmente, que el problema de su libro son los juicios.
 
En su "abecé gideano", Leys acusa al autor de Los monederos falsos de haber sobreestimado a Georges Simenon y afirma que André Malraux no era "un buen escritor" (en el ensayo que le dedica a continuación ya lo llama directamente "farsante"); no fundamenta sus afirmaciones ni (por supuesto) define a esa rarísima especie, el escritor "bueno", de cuya existencia (ahistórica, trascendental, moral en el peor sentido del término) sólo parecen tener pruebas ciertos críticos. Acerca de Gide dice sentir "compasión" por lo que considera "el contraste (extremo y trágico) entre, por una parte, el esplendor de su inteligencia y su cultura, la nobleza de una mente abierta a todos los anhelos humanos, y, por otra, la tiranía grotesca y atroz de sus obsesiones". (Una afirmación al menos singular, ya que parece evidente que son precisamente esas obsesiones las que convirtieron a Gide, y a casi cualquier otro, en escritor.) Llama "sabio" a Evelyn Waugh por frases suyas que en el mejor de los casos son cínicas y, en el peor, triviales; sugiere la coincidencia deliberada "de un movimiento que apoya la eutanasia y de un movimiento a favor del matrimonio homosexual" y a continuación las define mediante una cita como "fuerzas destructivas". Sostiene, por último, que "poesía es captar la realidad, hacer un inventario del mundo visible, dar nombres a todas las criaturas", todo lo cual constituye una definición muy pobre de una forma literaria.
 
Leys es un moralista católico: su opinión sobre Barthes, por ejemplo, es por completo moral y presupone su superioridad en ese sentido sobre el autor de S/Z; el problema de ese juicio es que, por una parte, Leys nunca debió tomar las decisiones que tomó Barthes; por otra, no escribió sus libros.
 
Pero hay una objeción mayor que se puede hacer a juicios como los que vierte sobre Barthes (o, por el caso, sobre Edward Said, de quien hace en este libro una crítica profundamente deshonesta desde el punto de vista intelectual), y es que sus juicios morales no explican (ni analizan ni facilitan el análisis de) las obras de Barthes. Aun en sus mejores momentos, Leys es "selectivo" y "arbitrario" (aunque él prefirió ver estos defectos en la obra de Said antes que en la propia); nunca es fascinante y ni siquiera es divertido: le irá magníficamente bien entre cierta parte de los lectores.
 
 
Simon Leys
Breviario de saberes inútiles
Trad. José Manuel Álvarez-Flórez y José Ramón Monreal
Barcelona: Acantilado, 2016

[Publicado el 09/8/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Simon Leys, Ensayo, Acantilado]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Sin nostalgia y sin ira / "Patria para nadie" de Pablo Brum

imagen descriptiva

Ninguna de las organizaciones político-revolucionarias que pretendieron hacerse con el poder en América Latina durante las décadas de 1960 y 1970 tuvo la creatividad y el talento del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros; muy pocas de esas organizaciones hicieron un uso tan eficaz de la propaganda armada; ninguna se enfrentó a unas fuerzas del orden menos capacitadas, contó con tanto apoyo popular o (con la excepción de Montoneros durante la breve presidencia de Héctor J. Cámpora) estuvo tan cerca de conquistar sus objetivos; sin embargo, ninguna de ellas fue tan rápida y contundentemente derrotada.
 
La experiencia política de Tupamaros es, en ese sentido, singular, pero también equiparable a la de otras organizaciones de su tipo, de tal manera que su interés radica tanto en su excepcionalidad en el marco de la insurgencia político-militar en América Latina como (simultáneamente) en su carácter de advertencia desoída. Fundada en 1966, cuatro años antes que Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo en Argentina (por mencionar sólo dos organizaciones que se inspiraron en los uruguayos), Tupamaros inauguró la mayor parte de las técnicas que emplearían las otras organizaciones: el reparto de alimentos con fines propagandísticos, la compartimentación, los robos a bancos y aseguradoras como forma de obtener recursos, la utilización de casas operativas, la encriptación, el secuestro extorsivo, el hostigamiento a los intereses extranjeros en el país, etcétera. Sus acciones se caracterizaron por ser mayoritariamente incruentas y tener una fuerte impronta teatral, involuntariamente vinculada con el situacionismo francés y ciertas expresiones del arte contemporáneo; su naturaleza, respetuosa de la vida y de cierta idea del honor, daba cuenta de aspectos centrales de la cultura uruguaya y se benefició de ellos; su eficacia (puesta de manifiesto, por ejemplo, en las liberaciones de presos más espectaculares de las que se tenga noticia, como la de Punta Carretas y la de Cabildo, en las que los Tupamaros consiguieron liberar a 106 y a 38 de sus prisioneros, respectivamente) otorgaron a la organización un aura de imbatibilidad y eficacia que ninguna otra del período disfrutó. ¿Por qué su derrota, entonces?
 
La respuesta a esta pregunta constituye el reverso de la moneda y apunta a aquellos aspectos en los que Tupamaros se pareció a todas las otras organizaciones político-revolucionarias del período en América Latina: un voluntarismo que hizo creer a sus integrantes que era posible hacer la revolución cuando, en palabras del historiador Hebert Gatto, "no es que en el Uruguay faltaran algunas de las condiciones para la revolución: es que faltaban todas" (30); un aislamiento ineludible cuando se está en el marco de una organización (y que se ahonda cuando ésta pasa a la clandestinidad) que los llevó a considerar erróneamente que la sociedad uruguaya simpatizaría con un hostigamiento al gobierno que, inevitablemente, iba a cobrarse víctimas civiles; un exceso de confianza en los recursos de la organización que los hizo subestimar la capacidad de reacción del Estado; un cierto empecinamiento para la creación de un "foco" de guerrilla rural sobre cuya inviabilidad habían sido advertidos ya por Fidel Castro y Ernesto "Che" Guevara; una deriva militarista de la organización cuando sus primeros líderes fueron encarcelados; la incapacidad (consustancial a toda organización clandestina) de sostener la acción política de masas sin exponer a sus miembros; una lectura errónea de la injerencia extranjera (especialmente estadounidense) en la política interna de Uruguay; una incapacidad manifiesta de obtener apoyos entre los elementos del Estado potencialmente afines con su proyecto político, como ciertos sectores del ejército; el rechazo de la sociedad uruguaya a las reformas propuestas por la organización, que incluían el desplazamiento de la población, la industrialización forzosa y la abolición de la propiedad privada en el ámbito rural; una relajación de las normas de seguridad inevitable frente a las bajas y el reclutamiento de nuevos miembros que hizo que la organización cayera rápidamente cuando sus prisioneros comenzaron a ser objeto de torturas; la traición de algunos miembros descontentos con la conducción y, en general, del Partido Comunista de Uruguay, que preservó sus estructuras y sus cuadros a la espera de una oportunidad para la acción que (y esto caracteriza históricamente al Partido Comunista en todo el Cono Sur) nunca se produjo; una radicalización de las acciones que no impidió el Golpe de Estado sino que lo propició involuntariamente, dando origen sin quererlo a un período dictatorial que se extendió de 1973 a 1985.
 
Narrada con solvencia para un público mayoritariamente no uruguayo, Patria para nadie de Pablo Brum es una buena introducción (si acaso lastrada por sus conclusiones, que sostienen una infundada "teoría de los demonios" y un uso excesivo del término "terrorista" aplicado a los Tupamaros que soslaya el hecho de que, en la mayoría de los casos, el accionar de la organización no tuvo como objetivo a personas que no participasen directa o indirectamente del conflicto con el Estado) a la singular "historia no contada" de una organización política que compartió un clima de época y unos vicios generacionales con las otras organizaciones de su tipo a las que sirvió de antecedente, pero que también representa como pocas los aspectos más positivos de la experiencia revolucionaria en América Latina: la voluntad de transformación, el carácter abierto y dialoguista en oposición al verticalismo de otras organizaciones similares, la subordinación de la acción armada a un propósito político más que a la destrucción del enemigo o a su debilitamiento, la inclusión de la mujer en casi todos los estamentos, el regreso de esa voluntad de cambio por la vía democrática y en la figura de José "Pepe" Mujica, posiblemente el político más singular de la historia reciente, quien superó la tortura y la cárcel para regresar sin nostalgia y sin ira, convencido de que la revisión de los desaciertos del pasado era esencial para reescribir la historia del presente, y la de las generaciones futuras. Pese a todo, la historia de los Tupamaros es una historia hermosa, y es fantástico que ahora pueda ser conocida por los lectores españoles.
 
 
Pablo Brum
Patria para nadie. La historia no contada de los Tupamaros de Uruguay
Barcelona: Península, 2016

[Publicado el 28/6/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Pablo Brum, Ensayo, Historia, Península]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Fuera de lugar / "Varados en Río" de Javier Montes

imagen descriptiva

Sólo aquellos que han vivido durante algún tiempo en una ciudad vacacional saben del indeseable infierno de quien vive y trabaja allí donde otros descansan y celebran; nuestra búsqueda del Paraíso tras la inmerecida expulsión tiene (uno más) un inconveniente: el Paraíso ya está habitado, y no somos bienvenidos en él.
 
Rosa Chacel, Manuel Puig, Elizabeth Bishop y Stefan Zweig se sintieron fuera de lugar en Río de Janeiro, una de las ciudades más furiosamente bellas y turísticas del mundo: muy posiblemente se hubieran sentido fuera de lugar en cualquier otro sitio, pero el hecho es que lo hicieron en esa ciudad y que Río de Janeiro unió las trayectorias de estos cuatro escritores como no hubiesen podido hacerlo la estilística, el análisis de las influencias o la historia literaria. No todos ellos vivieron en la ciudad brasileña al mismo tiempo y sólo uno de ellos terminó sus días en ella (Zweig, aunque técnicamente murió a sesenta y ocho kilómetros de Río, en Petrópolis), pero todos vivieron en Río circunstancias no necesariamente adversas, pero sí complejas.
 
Rosa Chacel no consiguió hacer un solo amigo en sus treinta y cuatro años de exilio en la ciudad, en los que además padeció la escasez, el abandono de su marido y de su hijo y el fracaso de sus ambiciones como escritora: sin nadie con quien hablar, se volcó por completo en su diario. Manuel Puig fue en Río de Janeiro el anfitrión cordial de los jóvenes César Aira y Graciela Speranza y el no tan cordial de Alan Pauls: atrapado entre el deseo de no "decepcionar" a su madre, una literatura firmemente anclada en la oralidad de su infancia y la liberación de los cuerpos que Río encarna como ninguna otra ciudad del mundo, Puig procuró mantener sus amoríos al margen de la atención de sus amistades, para las que recreó el cine de su infancia en un proyecto delirante pero eficaz de cineclub individual, para un solo socio y beneficiario. Stefan Zweig completó su denuncia del final de una época con la escenificación de un suicidio melodramático (aunque, por supuesto, todo suicidio es melodramático). Elizabeth Bishop debió a la intoxicación con un fruto tropical la que sería una de sus grandes historias de amor y la razón por la que permaneció quince años en Brasil, en una relación amorosa con la extraordinaria arquitecta Lota de Macedo Soares que terminó con peleas, depresiones, excesos alcohólicos y (sí, una vez más) un suicidio, pero también con algunos de los mejores poemas de la literatura estadounidense del siglo XX.
 
De todo ello habla en su nuevo libro Javier Montes (Madrid, 1976), quien también vivió en Río de Janeiro durante algunos años; su aproximación no soslaya esa experiencia individual, pero tampoco la exagera: hábilmente, Montes se mueve entre la crónica de viajes, la crítica literaria y la del arte contemporáneo, la historia y el azar. De a ratos, Varados en Río parece un libro frágil, y lo es por la intensidad y la delicadeza de la mirada que su autor echa sobre unas vidas también frágiles. Para ellas, la entrada en el Paraíso fue también, mayoritariamente, una forma de condena.
 
 
Javier Montes
Varados en Río
Barcelona: Anagrama, 2016

[Publicado el 21/6/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Javier Montes, Ensayo, Anagrama]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres