El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 18 de junio de 2013

 Blog de Patricio Pron

La enfermedad como texto literario

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"Cuando salí del hospital, el primer impulso que tuve consistió en escribir sobre mi enfermedad" (33) afirmó Anatole Broyard. Al extraordinario crítico literario norteamericano se le había detectado en agosto de 1989 un cáncer de próstata y él (que consideraba que sólo hay "un puñado de libros de veras grandes sobre este asunto: La muerte de Ivan Ilich, de [Lev] Tolstoi; La montaña mágica, de Thomas Mann; casi todo [Franz] Kafka; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry", 33) decidió que debía dejar testimonio a pesar de la imposibilidad de alcanzar esas cumbres: "Morir es dejar de ser humanos, deshumanizarse" escribió, "y a mi entender el lenguaje, el habla, los relatos o narraciones son las formas más eficaces de mantener viva nuestra condición humana. Guardar silencio es, de forma literal, cerrar la tienda de la propia humanidad" (43).
 
Broyard parece haber creído que el escribir sobre su enfermedad la mantendría a raya, en particular si ésta era "leída" como un texto literario; siendo él un crítico habituado a hablar de literatura, quizás esta convicción le resultara tranquilizadora (toda su vida había hablado de libros, se había "ganado la vida" de esa forma y sabía cómo hacerlo), pero tal vez tampoco fuera un gran consuelo. No importa: el autor se "embriagó" de ella hasta el último momento (murió en octubre de 1990) y produjo estas páginas asombrosas, que su viuda ordenó póstumamente y que aparecen ahora por primera vez en español en traducción de Miguel Martínez-Lage.
 
 
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A diferencia de muchos relatos sobre la enfermedad (piénsese en el extraordinario y reciente Leben [Vida] de David Wagner), el de Broyard no pone el énfasis en los aspectos degradantes de la misma (aunque tampoco los oculta): la suya es una reflexión acerca de la enfermedad y la muerte como experiencias significativas ("¿No podía obedecer ese dolor a un programa? ¿Es posible que un hombre experimente tal emaciación sin que tenga sentido?", 148) y ejercicios de estilo (ante el hecho de que los pacientes al borde de la muerte reportan experiencias similares vinculadas con música, parientes fallecidos, figuras demoníacas o túneles, por ejemplo, el autor se lamenta de que muramos "de acuerdo con los tópicos", 109), así como la afirmación de que es necesario experimentar la enfermedad hasta en sus más mínimos detalles para estar realmente vivo cuando uno muera.
 
Broyard lo estuvo, pero su mejor aporte acerca del tema se remonta a algunos años antes de su diagnóstico, cuando escribió el puñado de ensayos breves que aparecen aquí bajo el título de "La literatura de la muerte": esos ensayos demuestran lo extraordinario crítico que fue, su elegancia y su inteligencia, así como el tamaño de la pérdida ocasionada por su muerte y sólo parcialmente reparada con estos textos.
 
 
Anatole Broyard
Ebrio de enfermedad
Trad. Miguel Martínez-Lage
Ed. Alexandra Broyard
Pról. Oliver Sacks
Segovia: La Uña Rota, 2013

[Publicado el 24/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Anatole Broyard, Ensayo, La Uña Rota]

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Las dudas de una duda

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Gilbert K. Chesterton fue "pagano a los doce años, y un completo agnóstico a los dieciséis" a pesar de conservar "una vaga reverencia por una deidad cósmica y un gran interés histórico por el fundador del cristianismo. Pero lo consideraba un hombre, aunque tal vez pensara, incluso entonces, que tenía ciertas ventajas sobre sus críticos modernos" (111). Ortodoxia (1908) y las opiniones de su autor se lo deben todo, paradójicamente, a esos críticos, que sembraron en el segundo "las primeras y descabelladas dudas de una duda" y a los que, a pesar de que Chesterton les había dedicado un ensayo anterior (Herejes, también publicado por Acantilado algunos años atrás), vuelve a criticar aquí: los científicos (en los que se da la combinación de "raciocinio expansivo y exhaustivo con un sentido común reducido", 27), los materialistas y los idealistas ("la misma locura aqueja por igual a quien se niega a dar crédito a nada que no sean sus sentidos y a quien se niega a dar crédito a nada que no sean sus sentidos, aunque la prueba de ello no sea un error en sus argumentaciones sino lo manifiestamente equivocado de sus vidas", 33), los escépticos ("del mismo modo que una generación podría impedir la existencia de la siguiente, ingresando en un convento o saltando al mar, un grupo de pensadores podría, hasta cierto punto, impedir el pensamiento enseñándole a la siguiente generación que el pensamiento humano carece de validez", 41), los místicos, los evolucionistas ("el darwinismo puede utilizarse para apoyar dos moralidades absurdas, pero ninguna sensata", 147), los relativistas, los anarquistas, los optimistas y los pesimistas, los socialistas ("les he escuchado con horrible atención, con espantosa fascinación. Pues era como ver a un hombre serrando con energía la rama en la que está sentado", 154), los relativistas y los interesados en el pragmatismo, el colectivismo y el concepto nietzscheano de voluntad ("puedo ver el choque inevitable de las filosofías de Schopenhauer y Tolstói, de Nietzsche y de Shaw con tanta claridad como vería desde un globo aerostático el choque inevitable de dos trenes. Todos van camino de la nada y del manicomio, pues la locura puede definirse como el uso de la actividad mental para alcanzar la impotencia mental, y ellos casi la han alcanzado", 54-55).
 
Volver a criticar aquí estos sistemas de pensamiento a y sus defensores parece un capricho del autor, pero no es un capricho inmotivado, ya que (por una parte) Chesterton necesita desacreditar las ideas de su época para instalar la suya bajo una luz más favorable, y (por otra) porque Ortodoxia es la historia de cómo, partiendo de esas ideas (y a través de "especulaciones sinceras y solitarias", 7), su autor comenzó a creer en su presunto opuesto; es decir, en la fe cristiana. Lo hizo, según afirma, al descubrir que "la vida era tan preciosa como desconcertante" (70): "siempre había vivido la vida como un relato; y donde hay un relato hay un narrador" (79). Chesterton comprendió, afirma, que "en cierto sentido, todo bien era un resto de un desastre primordial que debíamos atesorar y guardar como si fuese sagrado. El hombre ha salvado el bien igual que Crusoe salvó sus bienes del naufragio. Todo eso pensaba a pesar de que las ideas de mi época no me animaban a pensarlo. Y en todo ese tiempo ni me acordé siquiera de la teología cristiana" (84-85).
 
A pesar de su título (una más de las paradojas y las ironías que constituyen lo más notorio del estilo literario de su autor), Ortodoxia tiene muy pocos puntos en común con las visiones consuetudinarias del cristianismo, de allí que sorprenda que todavía hoy se lo considere una apología de esa religión: de hecho, tan sólo podría ser considerada una obra proselitista si sus lectores fuesen todos como su autor y creyesen en la necesidad de la religión como inspiradora de "una actividad ética y una reforma social" (175); no siéndolo, es improbable que este libro vaya a convertir a nadie al cristianismo, pero es muy posible que convierta a muchos a la religión chestertoniana, que no exige más a su acólito que el culto a la inteligencia, a la ironía y a la sofisticación. Quizás realmente haya que agradecer a algún dios por ello.
 
 
G. K. Chesterton
Ortodoxia
Trad. Miguel Temprano García
Barcelona: Acantilado, 2013
 
[Publicado parcialmente en ABC Cultural, 4 de mayo de 2013.] 

[Publicado el 22/5/2013 a las 12:45]

[Etiquetas: Gilbert K. Chesterton, Ensayo, Acantilado]

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Una tristísima comedia de enredos

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En su ensayo "What Henry James knew" [Lo que sabía Henry James], Cynthia Ozick comienza reconociendo el hecho de que los escritores del modernismo angloamericano (James Joyce, Virginia Woolf, Marcel Proust, Ezra Pound y otros) nos parecen actualmente
 
[...] menos "modernos" de lo que fueron algún día. Sus técnicas han sido asimiladas durante generaciones. Sus idiosincrasias pueden no haber perdido su interés, pero tampoco sobresaltan ya. Sus placeres y el ardor que provocaban, aunque en absoluto aburridos, se despliegan no obstante en referencias psicológicas que son ampliamente reconocibles. Lo que solía ser una revelación [...] es reducido a reflejo. Actualmente uno lee a esos maestros con satisfacción -ya han sido digeridos- pero sin la furia de la temprana avaricia (99-100, mi traducción).
 
Aunque parece inevitable darle la razón al menos parcialmente (en relación a Woolf, al cubismo literario, a ciertas ideas de T.S. Eliot, etcétera), también parece necesario observar la contradicción entre lo que Ozick afirmaba a más tardar en 1993, fecha de la publicación del libro de ensayos del mismo título, y la determinación de reescribir una obra modernista como Los embajadores (1903) de Henry James que está en el origen de su reciente novela Cuerpos extraños. No hay contradicción alguna, sin embargo, ya que la autora excluye de su diagnóstico acerca de la supuesta falta de modernidad del modernismo angloamericano a James, cuyas obras, afirma, "vibran con percepciones que en último término no son atribuibles a su autor" (100).
 
Escrita a la manera de una reelaboración cubista de Los embajadores, las diferencias entre ambos libros son evidentes, pero la más evidente de ellas es que su protagonista ya no es un hombre sino una mujer, que recibe el encargo de su hermano de "traer de regreso a casa" (o bien no traerlo en absoluto) a su sobrino, un joven que, al igual que su hermana, se refugia en París de un padre intolerante y de una madre supuestamente loca, pero (sobre todo) de la vida sin emociones y sin riesgos que sus padres han previsto para él y que pretenden imponerle.
 
Reemplazar a Lambert Strether (el protagonista de Los embajadores) por una mujer, la triste y apática Beatrice Nachtigal o Nightingale, no es una mera concesión a las políticas de igualdad, sino una acción deliberada cuyo resultado es (idealmente) una mayor empatía con la protagonista por parte del lector y un mayor interés por lo que sucede en Cuerpos extraños; sin embargo, el problema aquí es que la identificación emocional del lector con los personajes es sencillamente imposible: el padre es un ser intolerante y mezquino, el antiguo marido de la protagonista es fatuo, Iris (la sobrina) es torpemente ingenua, Julian está absurdamente enfadado todo el tiempo, su mujer (una sobreviviente de los campos de concentración) recuerda intensa, interminablemente, su condición a todas horas.
 
El peligro de escribir sobre personajes fatuos y pomposos es que el texto resultante sea también fatuo y pomposo. Algo así le sucede a esta novela de Ozick, que pretende salvar a sus personajes de la sordidez y de la tristeza con un último gesto de sublimación creadora que de a ratos parece innecesario y un poco ridículo (la gran sinfonía, el Doktor Faustus de Thomas Mann, el gran misterio de la creación artística, etcétera). Ozick, que es una maestra del ensayo breve y de esa forma narrativa que los ingleses denominan "long story" (y en la que destaca su notable Virilidad), no parece ser tan buena en las formas más extensas: es cierto que tiene una música propia y arrebatadora, que el lector podrá disfrutar si consigue sus libros anteriores en español como Levitación y El mesías de Estocolmo (Barcelona: Montesinos, 1987 y 1989), ambos traducidos por Miguel Martínez-Lage, o El chal (Trad. Daniela Stein. Barcelona: Montesinos, 1992), y que también puede encontrarse aquí en traducción mejorable, pero parece haberse enredado irremediablemente en algún sitio de esta comedia tristísima de enredos con la que pone a prueba los nervios de su esforzado lector.
 
"Misteriosamente", escribió Ozick en otro ensayo ("Henry James' unborn child" [El niño que Henry James no tuvo]), "con el paso de las décadas, James se convierte más y más en nuestro contemporáneo, como si fuese nuestra propia sensibilidad la que estuviese alcanzando la suya" (135). Ni siquiera la más reflexiva de las opiniones de un autor está exceptuada, en el fondo, de un componente emocional e irreflexivo, en particular cuando ese autor defiende a su escritor favorito. Cuerpos extraños demuestra que, contra lo dicho por la autora, es nuestra sensibilidad la que tiene que retroceder en el tiempo para alcanzar la de James, y que el esfuerzo tal vez no valga la pena. Al menos no en este caso.
 
 
Cynthia Ozick
Cuerpos extraños
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Barcelona: Lumen, 2013
 
Cynthia Ozick
What Henry James knew
Londres: Jonathan Cape, 1993
 
 
[Publicada original y parcialmente en Otra Parte Semanal. 2 de mayo de 2013.] 

[Publicado el 10/5/2013 a las 12:15]

[Etiquetas: Cynthia Ozick, Novela, Ensayo, Lumen, Jonathan Cape]

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Iván de la Nuez sobre otro anuncio más de la muerte de la literatura (Cita)

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Fotograma de "Farenheit 451" de François Truffaut (1961). En la imagen, una señora que prefiere el incendio a los bomberos.

El novelista Luis Goytisolo acaba de ganar el Premio Anagrama de Ensayo con Naturaleza de la Novela. Según sus declaraciones, el libro interroga un tema de largo recorrido, incluso entre las preocupaciones del autor: el de la muerte de la novela y, asimismo, el de la forma literaria que hipotéticamente podría sustituirla.
 
"La novela está en declive", asegura. Y "en fase de extinción", añade aún más incisivo. Si la televisión generó un punto de inflexión en el consumo literario -a partir de ella "la gente tiene menos tiempo para lectura"-, con las nuevas tecnologías el hábito de leer pasa, en el presente y no digamos ya en el futuro, a convertirse en "algo prescindible, accesorio".
 
Convencido de que no tendremos otro Proust, Luis Goytisolo no sólo señala a los enemigos "externos" de la novela, sino también a los encargados de cultivarla, quienes a base de "repetir fórmulas", sin duda gastadas, no consiguen su renovación.
Casi nunca es conveniente valorar las obras por lo que dicen de ellas sus autores, así que esperaremos a leer el libro. En cualquier caso, Luis Goytisolo no se ha apuntado a última hora a un debate sobre el que ya ha se ha explayado notablemente en distintos artículos. Tampoco es cuestión de establecer, como contrapunto a sus declaraciones, un listado de excelentes y renovadoras novelas aparecidas en los últimos años. (Las grandes novelas han sido excepcionales en cualquier época y, a fin de cuentas, como decía Blanchot, todo gran arte surge de alguna forma de precariedad). Ni siquiera intentaremos franquear el "formato libro" para descubrir la renovación compleja de la narrativa que, desde sus ficciones visuales, vienen haciendo artistas como Stan Douglas, Steve McQueen, Doug Atkins, Joan Fontcuberta, Valerie Mrjen...
 
Nada de eso es suficiente ante lo que retumba en las palabras de Goytisolo; su certificación de ese prolongado velatorio en el que hemos subsistido durante dos generaciones, avezados en el arte de amortajar cadáveres a los que ha sido más fácil asesinar que enterrar. Inmersos en las defunciones del comunismo y el arte, la historia y el Hombre, la verdad y las ideologías. Muertos todos, sí, pero no enterrados, de ahí nuestra existencia prefijada -en el post-comunismo, el post-humanismo, el post-modernismo, el post-estructuralismo, la post-historia- y toda esa posterioridad sin porvenir que Peter Sloterdijk tuvo a bien bautizar como la "era del epílogo".
 
Luis Goytisolo habla del fin de la novela como Roger Caillois habló de Picasso como el "gran liquidador del arte" o Milan Kundera de Bacon como "el último pintor". En su voz late el Adorno que negó posibilidad a la poesía después de Auschwitz. Nuestra disyuntiva ha sido, entonces, la de una vida con arte después de Picasso, con pintura después de Bacon, con historia -pese a Fukuyama- más allá del Comunismo.
 
Acaso el reto para las actuales generaciones, habitantes del "post", ya no consista en notificar, muerte a muerte, todo eso que se acaba: en la persistencia de esa práctica forense que empieza a aburrir soberanamente. Tal vez sea el momento de nombrar en positivo nuestra experiencia; y esto pasa por enterrar de una vez los cadáveres que le sirven de lastre.
 
 
[Publicado originalmente en El País. 12 de abril de 2013.]

[Publicado el 19/4/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Luis Goytisolo, Iván de la Nuez, Ensayo, Novela]

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El prólogo a las "Nuevas Obras Completas" de Charles Dickens

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Quizás algunos recuerden aún a Vicky Pollard, la irritante joven inglesa de clase baja más o menos permanentemente embarazada (para seguir beneficiándose de las ayudas del Estado) que aparecía en la teleserie de la BBC Little Britain. Vicky Pollard caricaturizaba la emergencia de una cierta subcultura juvenil denominada "chav" en Reino Unido (y "cani", "choni" o "poligonera" en España) cuyos integrantes son jóvenes ociosos de clase baja con una acusada tendencia al comportamiento antisocial y un interés notable por la ropa deportiva, de marca o de imitación; por supuesto, la caricatura resultaba graciosa, pero su trasfondo no lo era: "la demonización de la clase obrera" de la que escribe Owen Jones en un libro reciente.
 
Jones nació en Sheffield en 1984 y es periodista. A esta última profesión le debe una excepcional habilidad para el manejo y el análisis de estadísticas y de indicadores demográficos y económicos; a su lugar de nacimiento, una experiencia directa de lo que suele suceder cuando el Estado se retira para dejar su lugar al mercado y a lo que denomina "la responsabilidad individual". La ciudad de Sheffield (que algunos conocerán gracias al filme de 1997 The Full Monty) ha visto cerrar primero las minas que daban trabajo a una buena parte de su población y a continuación las fábricas que se lo daban al resto como consecuencia de la aplicación de las medidas económicas de Margaret Thatcher que imitarían el gobierno de Ronald Reagan en los Estados Unidos y decenas de países subdesarrollados, entre ellos Argentina (durante la década de 1990) y España. No importa que ninguna de esas medidas contribuyese a paliar ninguno de los males a los que pretendía poner freno (ni que, por el contrario, los agrandase, multiplicando el desempleo al tiempo que reducía la ayuda a desempleados y, en general, a casi cualquier persona en una situación precaria). Más importante resulta que esas medidas contribuyeron a crear la impresión errónea de que (en el marco de una sociedad darwinista en la que la fortuna o la desgracia personales sólo serían el resultado de la habilidad o la carencia de ella por parte del individuo para administrar las posibilidades que se le habrían ofrecido y que supuestamente serían iguales para todos) quienes no tenían trabajo en realidad no deseaban tenerlo. Más aun: que esos desempleados (que supuestamente no deseaban integrarse a la clase media de la que, también supuestamente, el resto de la sociedad pertenecería) conformaban una especie de clase (o subclase) irresponsable y parasitaria que constituiría una carga para el resto de la sociedad.
 
Aunque existen decenas de indicadores económicos que muestran que el desempleo es real y responde a políticas específicas, la instalación de la idea de que los pobres serían pobres por una especie de elección personal ha prosperado, entre otras cosas porque las explicaciones simples siempre resultan más populares que los argumentos complejos. Si Chavs no suscita en España una discusión acerca de qué papel reservamos a la clase trabajadora y de qué modo puede ésta resistirse a la precarización de su fuente de ingresos, a la destrucción de su sentido de comunidad y a su ridiculización por parte de los medios de comunicación ("clase infrahumana", "ociosos gorrones sin moral, compasión ni sentido de la responsabilidad e incapaces de sentir amor o culpa", "subclase salvaje", "nueva chusma" son algunos de los epítetos que estos le han dedicado y que el autor recoge en su libro) será debido a una preferencia explícita y deliberada por la simplificación y la superficialidad. No es difícil imaginar qué sucederá a continuación: un regreso a una época dickensiana y oscura en la que el ascenso social será imposible (parcialmente ya lo es, como prueba el hecho de que en Reino Unido "veintitrés de los veintinueve ministros del primer gabinete de [David] Cameron eran millonarios", 99) y los pobres son "inherente y moralmente indigentes y fraudulentos", por lo que no tiene "sentido darles ninguna ayuda" (39). Una identificación entre víctimas y victimarios del actual estado de cosas que nos reconfortará y nos aliviará tan sólo lo que tardemos en caer del lado de las víctimas (y preveo que eso no tardará mucho).
 
Chavs propone pensar en problemas como el desempleo, el alcoholismo, la adicción a las drogas, el racismo, la violencia doméstica, el embarazo adolescente, el auge del populismo de derechas y la dependencia de los servicios sociales por parte de un sector cada vez más relevante de la sociedad (y su consolidación en una especie de nueva clase social que ya no se articula en torno a los medios de producción sino a la imposibilidad de trabajar o a la práctica de trabajos mecánicos, mal remunerados y potencialmente nocivos para la salud: peluqueros, cajeros de supermercado, guardias de seguridad, recepcionistas, auxiliares de enfermería, empleados de limpieza, teleoperadores) no como enfermedades sino como los síntomas de una enfermedad subterránea e incluso más peligrosa que las anteriores: la destrucción sistemática y deliberada de las antiguas formas de producción, su deslocalización y su reemplazo por empleos inherentemente precarios que destruyen toda conciencia de clase y de comunidad de los obreros. No sólo por esa propuesta este es un libro realmente imprescindible.
 
 
Owen Jones
Chavs: La demonización de la clase obrera
Trad. Íñigo Jáuregui
Madrid: Capitán Swing, 2012

[Publicado el 06/2/2013 a las 13:09]

[Etiquetas: Owen Jones, Ensayo, Capitán Swing]

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Narrar "la historia del mundo en cien objetos"

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Uno de los cien objetos del libro: Serpiente bicéfala azteca (1400-1600 d.C.)

A menudo olvidamos que todos los museos conforman relatos, y que los buenos museos no se diferencian demasiado de los buenos libros excepto por el hecho de que no narran con palabras sino con objetos. Neil MacGregor no podía olvidarlo (por supuesto) y a lo largo de 2010 contribuyó a una serie de programas de la BBC Radio 4 cuya finalidad era narrar "la historia del mundo en cien objetos". MacGregor es el director del que (en mi opinión) es el mejor de los buenos museos, el Museo Británico, y la serie (publicada ahora en español por Debate) fue magnífica; por lo demás, sus reglas de juego no eran demasiado complicadas:
 
Mis colegas del museo y la BBC escogerían de entre la colección del Museo Británico cien objetos cuyas fechas debían abarcar desde los comienzos de la historia humana, hace unos dos millones de años, hasta nuestra época actual. Los objetos tenían que abarcar el mundo entero, en la medida de lo posible de manera equitativa. Tratarían de abordar tantos aspectos de la experiencia humana como resultara viable y hablarnos del conjunto de las sociedades, y no solo de los ricos y poderosos dentro de ellas. Los objetos incluirían necesariamente, pues, tanto las cosas sencillas de la vida cotidiana como las grandes obras de arte (17).
 
La historia del mundo en 100 objetos cumple rigurosamente con estos objetivos y, al hacerlo, ofrece una historia de la humanidad que es alternativa (y, por consiguiente, complementaria) de aquella que nos han enseñado: es alternativa por el hecho de que presta tanta atención a la producción simbólica de los aborígenes australianos como a la del Renacimiento europeo (que conocemos mejor y por ello nos parece más relevante artística e históricamente); es alternativa, también, porque no se detiene en los grandes acontecimientos históricos (las batallas de Salamina, las Termópilas y los Campos Catalaúnicos; la entronización de Carlomagno; las Cruzadas; la toma de la Bastilla; Waterloo; Verdún; la destrucción de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki; el 11 de setiembre de 2011; ese tipo de cosas), sino que aborda a través de los objetos las circunstancias sociales, políticas y económicas, que hicieron posibles todos estos acontecimientos; es alternativa, finalmente, porque recurre tanto a los hechos históricos como a algo que, a falta de una expresión mejor, quizás podamos llamar "imaginación poética", con la que MacGregor y sus colaboradores completan la información de la que disponen acerca de los objetos en cuestión para ofrecer conjeturas acerca de sus usos, aventurar la suerte de sus propietarios o imaginar las trayectorias que esos objetos han seguido.
 
No es un procedimiento que los puristas vayan a aprobar, pero cumple con creces su objetivo de concitar la atención del lector sobre objetos en los que éste posiblemente no haya reparado mucho si ha tenido la oportunidad de visitar el Museo. Aquí, el "bifaz olduvayense" o "hacha de mano" (uno de los primeros utensilios creados por los seres humanos) ocupa la misma cantidad de espacio (y, por consiguiente, exige del lector la misma atención) que la famosa "piedra Rosetta", lo que podría parecer una licencia por parte del autor si no fuera porque esa equiparación (o, por el caso, la misma que existe entre una bella estatua maya del dios del maíz [715 d.C.] y una tarjeta de crédito emitida en 2009) resulta convincente al tiempo que enriquecedora de nuestra visión de ambos objetos. Así, esta Historia del mundo en 100 objetos equipara a las grandes civilizaciones mediterráneas (que tienden a monopolizar por una panoplia de razones la versión canónica del pasado común) con las culturas locales de las antiguas periferias del mundo, como el África subsahariana, América, el Extremo Oriente y Oceanía: una historia del mundo articulada sobre objetos puede hacer eso, ya que su finalidad es reconstruir en torno a ellos la historia de las culturas que los produjeron sin que sea necesario que esas culturas hayan dejado testimonios escritos (en ese sentido, es ejemplar el capítulo dedicado al "escudo de corteza australiano" "a través del cual" se narran los primeros contactos entre James Cook y los nativos de Australia en 1770).
 
El resultado de esta elección es sorprendente y va mucho más allá de la intención original de proponer una historia del mundo, ya que el lector tiene aquí la oportunidad de averiguar cosas como por qué las primeras comunidades de agricultores escogieron para el cultivo plantas que "en su estado natural no son en absoluto comestibles, o cuando menos resultan bastante desagradables de comer" como el trigo, el arroz y el sorgo (69), por qué el maíz fue endiosado en Centroamérica (a diferencia de otros cultivos locales como la calabaza y la judía) o cuál es el vínculo entre la producción agrícola y el surgimiento de las religiones. También la razón (climática) por la que los aborígenes norteamericanos inventaron las pipas para fumar tabaco, por qué no hubo representaciones de Jesús en los dos o tres primeros siglos del cristianismo, o por qué a los europeos del siglo XVI le resultaba más fácil creer en la leyenda de las siete tribus perdidas de Israel que en la posibilidad de que en África hubiera un arte autóctono de excelencia.
 
Al tiempo que a menudo olvidamos que los museos son un cierto tipo de textos, a veces tampoco recordamos que esos textos hablan tanto del pasado como, particularmente, del presente, ya que (en palabras de MacGregor) "como los individuos, también las naciones y los estados se definen y redefinen a sí mismos reexaminando su propia historia" (467). Así, esta Historia del mundo en 100 objetos presta especial atención a los intercambios económicos y al tráfico de bienes desde el mundo antiguo hasta un presente en el que "aparentemente resulta más difícil dejar que quiebre un banco que permitir que caiga un gobierno" (722); de hecho, su penúltimo objeto es una tarjeta de crédito emitida en los Emiratos Árabes Unidos que habla tanto de nuestra confianza en el sistema económico global como de quiénes son los que lo gobiernan. A esa confianza le debemos buena parte de los males del presente, pero lo que importa aquí es que Neil MacGregor ha escrito un libro inteligente, ambicioso y apasionante que (resumiendo la historia del mundo en cien objetos) ofrece algunas pistas acerca del presente y permite preguntarnos acerca de quién contará la historia de lo que hicimos con ese presente, para quién lo hará y de qué modo.
 
 
Neil Mac Gregor
La historia del mundo en 100 objetos
Trad. Francisco J. Ramos Mena
Barcelona: Debate, 2012
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural, 22 de diciembre de 2012.] 

[Publicado el 27/12/2012 a las 12:15]

[Etiquetas: Neil Mac Gregor, Ensayo, Debate]

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Una mirada contemporánea al pasado

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Christopher Domínguez Michael es autor de la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1995) y de un Diccionario crítico de la literatura mexicana, 1955-2010 (2007), pero sus intereses son mucho menos específicos, como lo demuestran otros libros suyos como Servidumbre y grandeza de la vida literaria (1998), Para entender a Borges (2010) y El XIX en el XXI (2010). Titulada Los decimonónicos y considerablemente ampliada en esta edición, El XIX en el XXI no es una obra enciclopédica sino una cala (caprichosa, personal y, por consiguiente, libérrima) de lo mejor de la literatura decimonónica según su autor.
 
Al igual que muchas otras obras de su tipo, ésta se permite pocas desviaciones en la elección de los autores que la componen: aquí están François-René de Chautebriand, Samuel Taylor Coleridge, Thomas de Quincey, Gérard de Nerval, León Tolstoi, Benito Pérez Galdós, Antón Chejov, Joseph Conrad, Joris-Karl Huysmans, Eça de Queiroz, Alphonse Daudet, Jules Verne, pero también autores menos conocidos como Paul de Saint-Victor, Manuel Acuña, Nicolai Leskov, Marguerite Eymery, Pierre Loti y Félix Fénéon. La inclusión de estos últimos diferencia a Los decimonónicos de otras obras de su tipo, pero también lo hace la elegancia y la accesibilidad del estilo de Domínguez Michael, que vuelve fascinantes a sus retratados incluso a los ojos de aquellos que (me apena incluirme entre ellos) tienen un escaso o un nulo interés en el siglo XIX.
 
Sin embargo, lo que destaca a esta obra de Domínguez Michael en el contexto en que debe ser leída, que es el de los cientos de libros con perfiles de autores decimonónicos que podemos encontrar en las librerías estos días, es la forma en que su autor lee y que, a diferencia de sus retratados, es rigurosamente contemporánea (de allí que el título original de esta obra, El XIX en el XIX, parezca más pertinente).
 
Así, el ensayista mexicano retrata a Henry James al hilo de las novelas biográficas que le dedicaron David Lodge y Colm Tóibín y a Charles Baudelaire tras la lectura de La Folie Baudelaire de Roberto Calasso (2011), se esfuerza por entender como un hombre del siglo XIX a Karl Marx ("es imposible no ver en los defectos personales del patriarca la malformación congénita de su heredad", 99), piensa en Charles Dickens a raíz de una pérdida personal ("abogo por Dickens por hacer dickensiana la vida", 107) o se pregunta (en el magnífico ensayo que cierra Los decimonónicos) cuánto hay de "norteamericano" en las visiones literarias de Edgar Alan Poe y las fotografías de torturas de prisioneros en la prisión iraquí de Abu Ghraib: al igual que los ensayos dedicados a Honoré de Balzac, Nicolai Gógol e Iván Goncharov, los textos antes mencionados muestran cuánto pueden decir aún los autores decimonónicos si quien los escucha es un lector excepcional, y Christopher Domínguez Michael lo es.
 
 
Christopher Domínguez Michael
Los decimonónicos
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012

[Publicado el 20/12/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Christopher Domínguez Michael, Ensayo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Actualizaciones (II)

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Virginia Woolf (primera por la izquierda) en el "engaño del Dreadnought". Crédito de la imagen, desconocido.

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A ningún lector de este blog se le escapará el hecho de que la finalidad principal de éste es leer el presente a través de los textos de nuestra contemporaneidad, con todo lo que una tarea así tiene de tentativa y de balbuceo. Algo similar llevan a cabo Fernando y Ernesto Castro en El arte de la indignación, una selección de ensayos en torno al 15M español de la que participan Gonzalo Velasco Arias, Miguel Espigado, Iván López Munuera, Miguel Á. Hernández-Navarro y los editores. De entre los textos que conforman el volumen destacan (en mi opinión) el de Miguel Á. Hernández-Navarro "Low-fi revolution: Cartonajes, performances precarias y estéticas relacionales", que vincula la ingente producción simbólica del 15M con los modos de producir y leer el arte contemporáneo de las últimas dos décadas, y el texto de Anónimo "Cuerpo y (des)aparición en el 15M" que propone la participación del intelectual de forma anónima en las experiencias revolucionarias, siendo precisamente esa participación anónima parte de la experiencia revolucionaria en sí misma, así como una forma de redefinir los vínculos entre intelectuales y actores políticos (y una excelente manera, agrego yo, de poner fin a la presencia en los medios de comunicación de tantos intelectuales que han hecho de su compromiso personal un argumento de venta de sus siempre bienintencionadas obras).
 
 
2
 
Algo después de haber hablado en otra parte acerca de la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, encuentro la reciente (y magnífica) edición bilingüe del libro a cargo del poeta y traductor español Jaime Priede. En su prólogo a la obra, Priede cita a Manuel Rico, quien observó acertadamente que Masters
 
[...] asumió una concepción de la poesía acorde con dos grandes obsesiones: enfrentarse al belicismo imperial de Norteamérica [...] y dar testimonio de una sociedad despiadadamente clasista. La primera obsesión, compartida por algunos de sus coetáneos, derivó en una visión de su propio país muy parecida, en la voluntad de regenerarlo, a la de los noventayochistas españoles menos conservadores. La segunda enlazaba con buena parte de las obsesiones de algunos de los novelistas que como Upton Sinclair o Theodor Dreiser (al que dedica uno de los poemas/epitafio de su Antología), afrontaron, con realismo, un Chicago sórdido, construido sobre la miseria y la explotación, y anticiparía la acerada crónica de una pequeña ciudad que ofreció, en Calle Mayor, Sinclair Lewis, y algunos de los vectores que guiaron las narraciones más duras de la generación perdida, singularmente del Steinbeck de Las uvas de la ira, pero también con el núcleo de insatisfacción frente a la realidad de un William Faulkner o, más allá, del Dos Passos de Manhattan Transfer (8-9).
 
 
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La editorial española Impedimenta, finalmente, publica una biografía sucinta de Virginia Woolf; la obra se caracteriza por un dibujo funcional en el que destaca el uso de la acuarela y un guión que, inteligentemente, cede la palabra a su protagonista, ya que basta que hable la autora de Una habitación propia para amarla. Nunca había hablado de mi interés en la obra de Virginia Woolf, por cierto (lo que hace que esta no sea propiamente una actualización), así que espero que la noticia de este libro sirva de promesa, y poder cumplir esa promesa algún día.
 
 
Fernando Castro y Ernesto Castro, eds.
El arte de la indignación
Salamanca: Delirio, 2012
 
Edgar Lee Masters
Antología de Spoon River (Edición completa)
Trad, pról. y notas de Jaime Priede
Madrid: Bartleby, 2012
 
Michèle Gazier (guión) y Bernard Ciccolini (dibujos)
Virginia Woolf
Trad. Olalla García
Madrid: Impedimenta, 2012

[Publicado el 13/12/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Fernando Castro, Ernesto Castro, Edgar Lee Masters, Michèle Gazier, Bernard Ciccolini, Ensayo, Poesía, Cómic, Delirio, Bartleby, Impedimenta]

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Un puñado de intuiciones

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A excepción de un libro publicado sólo dos años antes de su muerte, en 1905, Marcel Schwob produjo toda su obra en el período comprendido entre 1891 y 1896, un período en el que permaneció (como en casi todos los otros) al margen de las tendencias. A pesar de ello, el autor de La cruzada de los niños inauguró una, la de las Vidas imaginarias (1896), que atraviesa obras tan singulares como los Retratos reales e imaginarios de Alfonso Reyes (1920), Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges (1935), La sinagoga de los iconoclastas de Juan Rodolfo Wilcock (1972), Vacío perfecto y Magnitud imaginaria de Stanisław Lem (1971 y 1973), Señores y sirvientes y Rimbaud el hijo de Pierre Michon (1990 y 1991), La literatura nazi en América de Roberto Bolaño (1996), Los escritores inútiles de Ermanno Cavazzoni (2004), Cuentos rusos de Francesc Serés (2009) y Vides improbables de Ferran Sáez Mateu (2010), entre muchas otras. Schwob inauguró esta tendencia apropiándose de la tradición de los exempla y las hagiografías medievales y poniéndola al servicio, ya no de una visión moral de la historia, sino de una concepción irónica de la misma como un texto cuyas unidades (sus palabras, por decirlo de alguna forma) serían las biografías de los hombres célebres.
 
No fue una invención realmente involuntaria, por supuesto (precisamente, Schwob dijo en alguna ocasión que "todo en este mundo no son más que signos, y signos de signos"), pero lo que importa es que una innovación de este tipo requiere por fuerza de una enorme intuición por parte del escritor o de una visión integral de la literatura como campo de posibilidades. El deseo de la ficción, la selección de artículos y prólogos de Marcel Schwob preparada por el escritor Cristian Crusat y publicada por Páginas de Espuma, pone de relieve que el francés poseía la primera en mayor medida que la segunda. De hecho, los textos reunidos aquí desmienten el subtítulo de la obra, de acuerdo al cual el escritor francés habría tenido algo así como una "teoría de la literatura", ya que las suyas son principalmente intuiciones: fugaces, breves, desarticuladas (sobre el terror y las relaciones sociales, sobre el personaje en el drama griego, sobre la importancia del detalle en la biografía, sobre el reemplazo de unos versos en Hamlet, sobre la risa), destinadas en su mayoría, como pone de manifiesto la entrevista que le realizara en 1891 W.G.C. Byvanck (incluida aquí), a dar cuenta de una disidencia cuya verdadera naturaleza se nos pierde porque hemos olvidado los nombres de aquellos a los que Schwob refutaba y porque la literatura de sus contemporáneos, a la que reaccionaba y de la que se apartaba enfáticamente, es desconocida por nuestra época.
 
Crusat acierta al describir la segunda de las invenciones más importantes de Marcel Schwob como una reacción a "la falsa continuidad del tiempo y a la sucesión unidimensional de los acontecimientos" que lo llevó a sugerir "un conjunto de episodios aislados donde la cronología deje paso a una cierta unidad de tema y de color". Desafortunadamente, el propio Schwob no pudo formular su proyecto con la misma claridad, pero ya se sabe que los escritores solemos ser pésimos críticos de nuestro trabajo. No deja de ser significativo, en ese sentido, que el mejor texto de este libro sea el perfil que su autor dedica a François Villon y que sus mejores ensayos tengan como tema una pieza de William Shakespeare, un texto de Thomas de Quincey y el arte de la biografía. Aunque las vidas de estos autores no son imaginarias, sus perfiles no hubieran estado fuera de lugar en el libro con el que Schwob creó escuela. No es poca cosa, por supuesto, pero sería un error ver este libro como algo más que la plasmación de unas intuiciones literarias menores, narradas (eso sí) con el estilo plástico y elevado de otras obras del autor.
 
 
Marcel Schwob
El deseo de lo único: Teoría de la ficción
Ed. Cristian Crusat
Trad. Cristian Crusat y Rocío Rosa
Madrid: Páginas de Espuma, 2012
 
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural, 8 de diciembre de 2012.]

[Publicado el 11/12/2012 a las 11:50]

[Etiquetas: Marcel Schwob, Cristian Crusat, Páginas de Espuma, Ensayo]

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El corrector

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Quizás nos hayamos especializado en exceso, pero no lo sabemos debido a que no podemos siquiera imaginar de qué modo actuaríamos si no nos hubiéramos especializados en exceso (y esto debido a que tal vez nos hayamos especializados en exceso), pero podemos imaginarlo en ciertas situaciones, por ejemplo cuando un ensayo amplía el repertorio de lo que puede ser dicho en algún ámbito en virtud del talento de su autor pero, también, del hecho de que ese autor no proviene del ámbito especializado sobre el que escribe. Y esto es lo que sucede con los ensayos literarios del poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid, cuya hipótesis central es que la literatura puede ser leída como si se tratara de una serie de procesos económicos analizable en términos objetivos.
 
Zaid (que es ingeniero mecánico de profesión) no propone, sin embargo, una interpretación exclusivamente cuantitativa de los fenómenos literarios: la suya es más bien una indagación en las condiciones materiales de existencia de la literatura (es decir, de su creación pero también de su distribución y su lectura) que se articula en torno a una práctica recurrente por parte del autor que consiste en abordar un tema sobre el que ya parece haber sido dicho todo y realizar preguntas de una aparente ingenuidad (aunque el sentido común con el que Zaid aborda esos temas dista mucho de ser ingenuo y, lamentablemente, de ser común) que, si son respondidas haciendo uso del repertorio de respuestas estandarizadas que ofrece la especialización, revelan las contradicciones de ese repertorio, proponen nuevas preguntas, obligan a pensarlo todo de nuevo. Zaid se pregunta qué es un autor, cómo circulan los libros, qué diferencia un poema bueno de uno malo, cuáles son los vínculos entre poesía y compromiso político, qué es "el Genio", cómo funciona (o no) el negocio editorial, cuál es la influencia real de los libros en los procesos políticos y sociales, qué es la "identidad cultural", cuál tiene que ser el papel del Estado en el fomento a la cultura, etcétera: no son preguntas nuevas (de hecho, están en el repertorio instituido de las preguntas a las que pretende haber dado respuesta ya la crítica especializada), pero sí son nuevas las respuestas que da Zaid a estas preguntas, que permiten pensar en él como el corrector de unas erratas culturales mantenidas demasiado tiempo por la fuerza absolutamente brutal del lugar común.
 
Así, y en un contexto caracterizado por el desaliento que inspira en algunos la transformación del modelo de negocio editorial y la decadencia de las prácticas culturales asociadas a él, Zaid propone una visión completamente novedosa y (de alguna manera) a contracorriente, la de que ese negocio y sus instituciones funcionan de tal manera que impiden la práctica de la lectura en vez de promoverla; en sus palabras, se trata de un dispositivo cultural organizado "en función de que leer es muy recomendable, pero no necesario" (129), con las consecuencias predecibles para el nivel de lo publicado, de lo escrito y de lo leído que determinan que parezca más apropiado celebrar el final de todo esto que lamentar su desaparición y su aparente declive. Muy pocos habían dicho esto antes, y ninguno lo había hecho con la contundencia, la elegancia y la inteligencia de Zaid.
 
También parece novedosa la vinculación que el autor propone entre arte y vida cotidiana, que rechaza su fusión del modo en que la concibieron las vanguardias históricas y lo lleva a pensar tanto en un poema de Carlos Pellicer como en soluciones prácticas al problema de la pobreza, que Zaid no aborda como un asunto metafísico sino como una especie de problema práctico para el que propone soluciones también prácticas (y fácilmente aplicables, si existiese la voluntad política para llevarlas a cabo): el abaratamiento de los medios de producción, la búsqueda de tecnologías alternativas de explotación agrícola, la concesión de pequeños créditos, la preservación de las formas de vida vinculadas a los múltiples trabajos rurales no mediante su musealización sino haciendo posible su pervivencia material, una nueva definición de los vínculos entre riqueza material y tiempo disponible; más radicalmente, la entrega de dinero a los ciudadanos. 
 
No hay contradicción ninguna entre ambos intereses (de allí el acierto de presentar todas estas facetas del pensamiento de Zaid en un solo volumen dividido en cuatro capítulos dedicados a su visión de la lectura, a su crítica de poesía, a su concepción de la cultura como un cierto tipo de conversación, llevada a cabo, idealmente, de forma horizontal y entre iguales, y a sus textos sobre temas económicos y sociales), ya que, como afirma correctamente Fernando García Ramírez, antólogo y prologuista de esta obra, para Zaid "la lectura, la buena lectura deriva siempre en hacer cosas, en realizar actos: en modificar el mundo" (12). 
 
Zaid dice esto con otras palabras, al afirmar que "El mundo es más habitable después de Bach" (29), o sosteniendo que "El Quijote hace habitables las situaciones quijotescas: las configura, las ilumina, las crea como una posibilidad permanente, como una tentación definida. Extiende las fronteras del mundo de la acción, visto irónicamente" (45). Obras como Los demasiados libros, Cómo leer en bicicleta o El secreto de la fama han supuesto para algunos lectores (entre los que me incluyo) una expansión equivalente "de las fronteras del mundo" (que las voces que defienden la especialización se esfuerzan por mantener empequeñecido, limitado, feliz), pero también (como sostiene tácitamente su autor) del repertorio de posibilidades de intervenir en él, ya que hay una profunda lección ética en la obra de Gabriel Zaid (antologada aquí en una edición que le sirve de puerta de entrada), que viene a decir que leer es siempre leerse. Un leerse a uno mismo en el mundo que para algunos es una ratificación y para otros una promesa. Un imprescindible.
 
 
Gabriel Zaid
Leer
Selección y prólogo de Fernando García Ramírez
Barcelona y Ciudad de México: Océano, 2012.
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Noviembre de 2012.] 

 

[Publicado el 03/12/2012 a las 12:15]

[Etiquetas: Gabriel Zaid, Ensayo, Océano]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía


 
 

 

Ficción

 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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