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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 20 de julio de 2017

 Blog de Patricio Pron

Siete direcciones para seguir este verano / (Y una más) / Babelia

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La literatura

Danilo Kiš, Homo poeticus. Ensayos y entrevistas. Trad. Luisa Fernanda Garrido y Thomir Pištelek. Barcelona: Acantilado, 2017.

Acerca de los puntos cardinales suele decirse que son tres (norte y sur), pero una afirmación similar y no menos acertada sería que son nueve: la literatura, los sueños, el humor, los espíritus, la amistad, el pasado, el presente y el futuro. Del primero de ellos se ocupa magistralmente Danilo Kiš en esta selección por la que desfilan Jorge Luis Borges, Roland Barthes, Charles Baudelaire y Lautréamont, pero también las ideas y las prácticas de uno de los narradores europeos más importantes del siglo XX.

Los sueños
 
Michel Leiris, Noches sin noche y algunos días sin día (Trad. David M. Copé. Pról. Philippe Ollé-Laprune. Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2017.

Michel Leiris adquirió el hábito de tomar nota de sus vivencias oníricas en 1923; sin embargo, pronto descubrió que éstas no servían para la "novela de aventuras" que tenía pensado escribir con ellas: a cambio, lo que publicó bajo el título de Noches sin noche y algunos días sin día es algo bastante más interesante, una invitación a vivir con los ojos cerrados.

El humor
 
Terry Eagleton, Santos y eruditos. Trad. Teresa Arijón. Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2017.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento", el revolucionario irlandés James Connolly recuerda la época en que frecuentó a Ludwig Wittgenstein y a Nikolai, el hermano de Mijaíl Bajtín; si el sentido de la ficción es detener el tiempo (como sucede aquí), también lo es contribuir a la discusión de ideas, y hay muchas en este libro; también mucho humor, algo nada sorprendente si se considera detenidamente la obra del gran (y muy serio) ensayista que Eagleton es.

Los espíritus

Victor Hugo, Lo que dicen las mesas parlantes. Conversaciones con los espíritus en la isla de Jersey. Trad. Cloe Masotta. Terrades, Girona: Wunderkammer, 2016.

El autor de Los miserables fue introducido al espiritismo por Delphine de Girardin en septiembre de 1853. Lo que dicen las mesas parlantes lo muestra "comunicándose" con William Shakespeare, "El Océano", Jesucristo, "La Muerte" y Platón, casi siempre con resultados calamitosos para todas las partes, incluida la de ultratumba.

La amistad

Stephen Spender, Christopher Isherwood y W.H. Auden. Diario de Sintra. Trad. David Paradela. Madrid: Gallo Nero, 2017.

Stephen Spender, Christopher Isherwood y W.H. Auden fueron tres de los escritores ingleses más importantes del siglo XX y fueron amigos. En 1935 se instalaron en una casa en Sintra, donde escribieron este diario colectivo; en él hay un anhelo de libertad compartido, pero también varios dramas y la constatación de que ni siquiera las mejores amistades sobreviven a las pruebas de la política y del tiempo, mucho menos las amistades entre escritores.

El pasado

James Boswell, Una visita a Voltaire y Rousseau. Trad. José Manuel de Prada-Samper. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2017.

A falta de otros talentos (que tuvo), el más importante del que dispuso Boswell fue el de saber rodearse: conoció a muchas personas y, casualmente, casi todas ellas eran famosas. A su amistad con el Dr. Johnson le debemos una de las obras más importantes de la literatura, su Vida de Samuel Johnson; pero sus visitas a Voltaire y a Rousseau son igualmente extraordinarias.

El presente

Adam Johnson, George Orwell fue amigo mío. Trad. Carles Andreu. Barcelona: Seix Barral, 2017.

Los personajes de George Orwell fue amigo mío son nuestros contemporáneos (también) en su incapacidad de comprender qué sucede a su alrededor; se trata de los relatos de ficción más lúcidos acerca del presente que se hayan podido leer en unos meses en los que se han publicado otros muy buenos libros de cuentos, como los de Edith Pearlman, Nicolás Cabral y (un rescate) En el corazón del corazón del país de William H. Gass.

El futuro

Chimamanda Ngozi Adichie, Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo. Trad. Cruz Rodríguez Juiz. Barcelona: Literatura Random House, 2017.

Chimamanda Ngozi Adichie ofrece aquí argumentos inapelables para pensar en la forma en que educamos a nuestros hijos, y lo hace con discreción y nobleza. Más que los otros libros mencionados, éste de Adichie apunta en una dirección, sea ésta un punto cardinal o no: su lectura permite orientarse en un mapa de cuya interpretación depende el futuro de todos nosotros, hombres y mujeres.
 
 
Publicado originalmente en Babelia/El País, junio de 2017. 

[Publicado el 29/6/2017 a las 18:00]

[Etiquetas: Danilo Kiš, Michel Leiris, Terry Eagleton, Victor Hugo, Stephen Spender, Christopher Isherwood, W.H. Auden, James Boswell, Chimamanda Ngozi Adichie, Acantilado, Sexto Piso, El Cuenco de Plata, Wunderkammer, Gallo Nero, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Juan José Saer, a contrapelo / Dos libros

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El escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) / Crédito de la imagen, de su autor /

Algo más de diez años después de su muerte, la obra del argentino Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005) empieza por fin a ser, si no más leída, sí al menos algo más accesible para los lectores, gracias, entre otros, a los esfuerzos de los responsables de Rayo Verde, quienes han publicado en España cinco de sus libros más importantes: La pesquisa (2012), El entenado (2013), Nadie nada nunca (2014), Glosa (2015) y El concepto de ficción (2016). A pesar de ello, la obra de Saer sigue resistiéndose, en no menor medida como resultado de unas características intrínsecas (prosa fluvial y mayoritariamente descriptiva, restricción del argumento a un puñado de personajes y un paisaje, el de la ciudad argentina de Santa Fe y sus alrededores, unicidad e interdependencia de los libros, etcétera) que convierten esa obra en objeto de admiración, pero también limitan su público. "Hay algo de terriblemente a contrapelo en [Juan José] Saer", escribe Beatriz Sarlo. Esa "insistencia heroica en armar una Obra en un momento en que la idea misma de 'obra' y, por tanto, de autor, era demolida por los héroes culturales de la filosofía francesa".
 
Que Saer nunca temió a ir a la contra (más todavía, que cuestiones como la circulación de su trabajo y su relativa inaccesibilidad le resultaban indiferentes) se pone de manifiesto, por ejemplo, en la respuesta que le dio a Graciela Speranza en torno a 1995, cuando la excepcional ensayista argentina le preguntó si era consciente del lugar que ocupaba por entonces en la literatura argentina, y que era el del centro de una red densa de lecturas e interpretaciones que lo consideraban unánimemente uno de los tres o cuatro mejores escritores argentinos del momento; Saer le respondió: "Creo que ha habido mucha gente que ha leído mis libros con interés, me llegan ecos, pero eso no alcanza a definir el lugar de un escritor en una literatura. Quizás sólo se trate de una moda".
 
La multiplicación en los últimos años de los ensayos acerca de su obra, su presencia cada vez más visible en las librerías hispanoamericanas y el surgimiento de un puñado de escritores argentinos que parecen escribir "a partir de" su realismo y con su sintaxis particular, dan cuenta del hecho de que el autor se equivocaba y de que lo suyo no era una moda, algo que también pone de manifiesto la publicación de Zona Saer, el nuevo ensayo de Beatriz Sarlo. En él, la ensayista argentina regresa a sus temas habituales (Jorge Luis Borges, la constitución de la literatura argentina como proyecto político, la experiencia política revolucionaria de las décadas de 1960 y 1970), pero lo hace procurando presentar a los lectores, al mismo tiempo, una obra. Lo hace, afirma, "tratando de transmitir la felicidad y el asombro que siempre sentí ante la literatura de Saer"; el resultado es una sucesión de impresiones acerca de los personajes del autor, sus desplazamientos, sus influencias, la importancia de la poesía en la conformación de su estilo (a menudo, el autor traducía poesía para "soltar la mano" antes de ponerse a escribir, y la "impronta poética" de sus observaciones, así como la naturaleza poética de su sintaxis son evidentes), la de la comida y la conversación en sus libros, etcétera; de todo ello emerge (y este es tal vez el aspecto más interesante del libro), una visión de Saer como escritor "a la contra": un autor extemporáneo, que escribía sobre su región sin permitirse ser regionalista (una afirmación que tal vez hubiese requerido por parte de Sarlo una digresión acerca de las diferencias entre una cosa y la otra que la autora, sin embargo, no lleva a cabo); que, pese a vivir durante los últimos treinta y cinco años de su vida en Francia, rechazó escribir acerca de otro asunto que su región, que se negó a permitir que su obra fuera inscripta entre unas novelas "del Boom" que ya en 1973 consideraba el resultado de una visión "hueca", "abstracta y chauvinista", que produjo novelas que transcurren en el pasado pero abjuró de "la novela histórica", que escribió deliberadamente desde y sobre la lentitud en tiempos veloces, que procuró discurrir al margen pero se volvió central.
 
No fue "un gran ensayista", afirma Sarlo; sin embargo, los textos reunidos en El concepto de ficción (que coincide en librerías con Zona Saer) parecen contradecirla. Publicados originalmente en 1997 y organizados en un orden cronológico algo perezoso, que ratifica la opinión no muy favorable que Saer tenía de ellos, son extraordinarios. Aquí aparecen reunidos los escritores más admirados por el autor, sus disidencias (en particular con Jorge Luis Borges, como observa Sarlo) y sus entusiasmos (Witold Gombrowicz, Roberto Arlt, James Joyce, el Nouveau Roman): todo ello recorta un espacio que es el de su obra, el espacio en el que ésta puede ser leída, por fin, por una nueva generación de lectores y revisitada por aquellos para los que es una referencia desde hace décadas.
 
 
Beatriz Sarlo
Zona Saer
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016
 
Juan José Saer
El concepto de ficción
Barcelona: Rayo Verde, 2016

[Publicado el 22/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Juan José Saer, Beatriz Sarlo, Rayo Verde, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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Una amistad catastrófica / "Conversaciones con James Joyce" de Arthur Power

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Nos lleva sistemáticamente la contraria, es descortés, deliberadamente impertinente, nos ofende sin desearlo cada vez que lo vemos, intenta imponernos sus ideas, sostiene ante nosotros un espejo en el que se refleja el que fuimos, hace años y en una época que preferiríamos no recordar: todos tenemos un amigo así, al que no acabamos, por alguna razón, de mostrarle la puerta.

Quizás ofrezca algún consuelo al lector saber que también James Joyce tuvo uno: su nombre era Arthur Power y conoció a Joyce el dos de febrero de 1922 en París, la noche en que éste celebraba con su esposa y su editora la publicación de Ulises. Power había leído Dublineses y Retrato del artista adolescente y, como recuerda, "no lo habían impresionado demasiado" (55); muy pronto se lo diría a su autor, quien hasta el momento se había mostrado amable con él por el hecho de que Power (quien por entonces trabajaba como crítico de arte para un periódico norteamericano) era irlandés como él y conocía bien Dublín: algo similar sucedería con un joven Samuel Beckett. (Pero Power no es Beckett, desafortunadamente para el lector e incluso para el propio Joyce.)

A lo largo de los encuentros incluidos en estas Conversaciones con James Joyce, el escritor irlandés se ve asaltado por su "amigo", quien quiere llevarlo a una fiesta contra la voluntad de su familia, en varias ocasiones irrumpe en su casa sin haber sido invitado, le lleva la contra respecto a Synge, a Ibsen, a Tolstoi y a decenas de otros escritores, censura sus opiniones artísticas, le dice que escribía mejor de joven, lo cuestiona por la regularidad de sus hábitos y, en realidad, por casi cualquier otra cosa, se muestra indiferente a la radical novedad de Ulises y pide a su autor que le explique algunos pasajes de los más comprensibles de la obra, lamenta su influencia en otros escritores y lo tilda de "ególatra".

"Joyce no era un buen conversador", según Power, y el lector no puede sino sospechar que tiene razón, ya que hay demasiado Power y muy poco Joyce en estas "conversaciones"; en ellas, el padre de Leopold Bloom "suspira" reiteradamente, se encoge de hombros, parece "estar cansado de la conversación", mira a su interlocutor "fijamente", sonríe "con sarcasmo". Un día, finalmente, Joyce comparte con Power la noticia de que acaba de tener un nieto y su "amigo" le responde que eso no tiene importancia alguna. "En los años siguientes", recuerda Arthur Power, "cada vez que iba a París lo llamaba, pero nuestra relación ya nunca fue la misma" (185). No es difícil imaginar por qué.

Según Clive Hart, "siempre ha resultado complejo determinar cuánto absorbió [Joyce] de la corriente principal de la literatura europea o en qué consistían sus gustos y opiniones literarias" (25). A la catástrofe de amistad que protagonizaron éste y Arthur Power se le pueden atribuir varios nombres, pero lo que importa es que estas Conversaciones con James Joyce son el testimonio más detallado, más íntimo y más importante del que disponemos acerca de estas cuestiones y, como tal, deberían ocupar un lugar en las estanterías de cualquier joyceano: la admisión de su autor de que Ulises es fundamentalmente "una obra cómica" supone una invitación ineludible a la relectura, por ejemplo, y hay varias relevaciones de esta índole a lo largo del libro.

 


Arthur Power
Conversaciones con James Joyce
Pról. David Norris y Clive Hart
Trad. Juan Antonio Montiel
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016

 

[Publicado el 20/5/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Arthur Power, James Joyce, Testimonio, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Vida de W.B. antes y después de Portbou / Un pasaje de "Walter Benjamin: la vida posible" de Esther Leslie (Cita)

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Un detalle de "Aura Transfer" de Volker Marz / Crédito, de su autor /

A fines de septiembre Benjamin partió con un pequeño grupo a cruzar las montañas hacia España, en la ruta para llegar a América. Llevaba setenta dólares y quinientos francos; un maletín de cuero negro con seis fotos de pasaporte, una radiografía y una nota médica; un reloj de oro de bolsillo con una cadena de níquel gastada; una tarjeta de identidad emitida en París; un pasaporte con visa para España, y cartas, revistas y papeles, algunos de los cuales pueden haber sido un manuscrito, de contenido desconocido. El camino, de veinticinco kilómetros, los llevó refugiados por las alturas a través de una ruta de contrabandistas que el general comunista Líster había usado durante la guerra civil española. Fue un viaje duro, más aun considerando el debilitado estado de salud de Benjamin. En la caminata de prueba a través del sendero para explorar el terreno, Benjamin se rehusó a volver atrás e insistió en pasar la noche sin protección contra el frío o los animales de la montaña. Al día siguiente el resto del grupo se reunió de nuevo. El hombre que tanto había disfrutado al entregarse a las creaciones azarosas de la ciudad probó ser notablemente versado en leer el mapa básico de una región remota. Encontraron su camino a la frontera.
 
El grupo fue detenido en el pueblo fronterizo de Portbou. Nuevas regulaciones de visa significaron para Benjamin la negación de entrar a España, pues no tenía visa de salida de Francia. Temía ser entregado a la Gestapo. Benjamin podría haber pasado a través de Portbou en varias ocasiones a lo largo de los años antes de ser detenido ahí para siempre. No estaba solo en su destino. Incluso el más poderoso había sucumbido: en ese tiempo, agentes alemanes arrestaron al presidente de Cataluña, que luego fue fusilado por el gobierno español en octubre, cuando Hitler y Franco se encontraron.
 
El 25 de septiembre, una de los viajeras del grupo, Henny Gurland, recibió y destruyó una postal con las últimas palabras de Benjamin, pero memorizó su contenido:
 
Sin forma de salir, no tengo otra alternativa que terminar. Mi vida alcanza su conclusión en un pequeño pueblo en los Pirineos donde nadie me conoce. Te pido que transmitas mis pensamientos a mi amigo Adorno y le expliques la situación en que me encuentro. No hay tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me gustaría haber escrito.
 
Se asume que en algún momento entre ese día o el siguiente, bajo vigilancia policial en el Hotel de Francia antes de que lo obligaran a devolverse, Benjamin ingirió pastillas de morfina. Tras cuatro visitas de un médico que administró inyecciones y sangrías y midió su presión arterial, murió a las diez de la noche del 26 de septiembre de 1940.
 
 
Epílogo
 
Como alternativa, en el otoño de 1940 el corpulento intelectual Walter Benjamin llega a Estados Unidos después de un largo viaje desde los Pirineos. Trabaja en el proyecto de investigación de Theodor Adorno, "La personalidad autoritaria". Unos años más tarde conoce a Timothy Leary y en 1960 participa en sus experimentos con drogas como parte del Harvard Psilocybin Project. Luego su interés en la reproducción tecnológica lo lleva a trabajar con el cibernético Heinz von Foerster sobre prototipos de computadores. Los laureles de la fama nunca le llegan en Estados Unidos. Muere como un hombre olvidado en una casa de reposo en Ann Arbor.
 
Éstos no son los últimos años de Benjamin, sino la fantasía del artista y cineasta Lutz Dammbeck sobre lo que hubiese ocurrido de haber llegado al exilio en América. Hay algo en Walter Benjamin que lleva a especular sobre lo que hubiese sido, lo que pudo haber sido y lo que debió ser. El terrible resultado de su vida se intenta subvertir al transformar la historia, que ya está completa, en algo incompleto, al menos en la imaginación. Si hubiese partido un día antes habría entrado a España sin problemas y habría podido viajar a Estados Unidos. De seguro habría obtenido una cátedra de profesor. O si se hubiese ido a Palestina en la década de 1920, habría seguido una carrera universitaria, como su amigo Scholem. De haberse convertido en miembro del Partido Comunista o en su compañero de ruta, ¿podría el compromiso haberle asegurado un futuro en Rusia? Debería haber sido más decidido. Debería haber sido sionista. Más marxista. O un rabino. Debió haber desarrollado inmunidad frente al "pensamiento crudo" de Brecht.
 
Es como si la pregunta por la propia identidad de Benjamin fuera malinterpretada. Cometió errores, movimientos falsos, meteduras de pata. Estaba maldecido por la figura sobre la cual escribió en las memorias de su infancia en Berlín, el "Hombrecillo jorobado", que aparecía cada vez que quebraba algo o se caía. Este "consejero gris" puso obstáculos en su camino; sólo tenía que mirarlo para hacerlo tropezar y, según escribió, cobrarle "ese medio olvido en cada una de las cosas que tocaba". Cuando Benjamin escribió sobre él en la década de 1930 pensaba que su figura se había desvanecido hacía largo tiempo. Pero tal vez retornó cuando estaba destrozado.
 
Su muerte, en todo caso, fue un caso de identidad malinterpretada. Un funeral según los ritos católicos tuvo lugar el 28 de septiembre de 1940 para un tal doctor Benjamin Walter, nombre invertido para un hombre que se asumió de fe católica, muerto en viaje como resultado de una hemorragia cerebral, según concluyó el doctor. Si su identidad se perdió, lo mismo sucedió con las posesiones que había cargado por las montañas, las que incluían el maletín que, se ha rumoreado, contenía un manuscrito. Al entregarse a las autoridades en Figueras, cualquier cosa que hubiese dejado allí con los años tuvo que sufrir el daño del agua y las ratas. El único resto conocido del maletín es la carta certificada de Horkheimer que avalaba a Benjamin como empleado activo del Instituto. Los restos fueron puestos en un nicho al lado sur de la capilla del cementerio católico. Sus dólares y francos pagaron el arriendo durante cinco años. Pero la corta estadía en Portbou consumió casi todo su dinero una vez que el hotelero cobró el alojamiento de cuatro noches, cinco limonadas, cuatro llamadas telefónicas y medicinas, además del doctor, el fabricante de ataúdes, el cura y el juez, quienes también tomaron su parte. De las 971,55 pesetas, sólo quedaron 273,60. Después de cinco años en el nicho, el cuerpo de Benjamin se trasladó a una fosa común.
 
Las conjeturas sobre su muerte abundan. Nada quedó establecido. Su identidad malinterpretada y la pérdida de sus posesiones son sólo el comienzo. Algunos sugieren que tal vez Henny Gurland, temerosa de ser capturada con material subversivo, tomó los papeles de Benjamin y los destruyó, tal como destruyó la última postal de Benjamin, su nota de suicidio. Tal vez ella tomó el resto de las pastillas de morfina, ya que ni una sola píldora fue encontrada con Benjamin, y aparentemente llevaba tantas como para matar a un caballo. Los relatos de las personas que estaban en Portbou el día de su muerte -Gisèle Freund, Henny Gurland, el propietario del hotel, Juan Suñer- difieren notablemente en los detalles. Tantas historias, una por cada persona. Excepto la de Benjamin.
 
Las contradicciones conducen a más especulación. Ingrid Scheurmann, por ejemplo, toma en serio la afirmación del doctor de una muerte por hemorragia cerebral, no por envenenamiento, del cual el médico parece no estar al tanto. Pero la evaluación del doctor pudo haber sido un encubrimiento, ya que el suicidio es una grave falta ante el Dios católico. De ser cierta, al menos sería un antídoto contra la historia del suicidio, ampliamente difundida, trágicamente acentuada y seductoramente dolorosa, una historia hecha de presunciones y deseos de plenitud que es parte de la mitología de Benjamin como un melancólico desafortunado. Frente a la ausencia de esa historia, el acento recae menos en Benjamin como un individuo particularmente desventurado, y más en el representante de un destino típico, el del refugiado, de la persona desplazada, sólo uno de muchos forzados a huir, que pueden o no haber llegado al destino que se les obligó elegir. Benjamin viene a ser el símbolo de la emigración de todos los tiempos, pese a que él es uno de los pocos e inusuales emigrantes que puede ser nombrado, un refugiado del cual conocemos el nombre.
 
Hay muchos argumentos estrafalarios que refutan la historia del suicidio. En 2001 Stephen Schwartz, alguna vez trotskista y ahora convertido en neoconservador, llamó la atención al afirmar en el Weekly Standard que Benjamin podría haber sido asesinado. Stalin sería el responsable, ya que es incuestionable que la policía secreta soviética operaba en el sur de Francia en busca de exiliados en fuga para liquidarlos. El hecho de que Benjamin tuviese una exigua relación con el Partido Comunista no lo descarta totalmente.
 
La película de 2005 Who Killed Walter Benjamin? (‘¿Quién mató a Walter Benjamin?') de David Mauas propone otro perpetrador. Mauas vuelve a la "escena del crimen" para averiguar que después de la guerra civil Portbou era un pueblo plagado de falangistas y fascistas. El propietario del hotel, Juan Suñer, tenía tratos amistosos con la policía española y con los representantes locales de la Gestapo, que comían en su restaurante. ¿Tuvo él alguna responsabilidad en su muerte? Y al doctor, aparentemente también simpatizante de Franco, ¿qué rol le cupo? ¿Es conspiración y no suicidio lo que se esconde tras la muerte de Benjamin?
 
Este traslado desde los hechos a la ficción, de la certeza a la especulación, va más allá. Hay algo en Walter Benjamin -su vida, su teoría- que lo favorece como personaje de novela. Ha sido el protagonista de dos, Benjamin's Crossing de Jay Parini (1997) y, una década antes, The Angel of History de Bruno Arpaia; ha tenido un rol secundario en un par más. Es una presencia íntima en la Staatsbibliothek (Biblioteca del Estado) de Berlín en la película Las alas del deseo de Wim Wenders. Dos grandes piezas de teatro musical se refieren a él: Angelus Novus (2000) de Claus-Steffen Mahnkopf, y Shadowtime, compuesto por Brian Ferneyhough con libreto del poeta Charles Bernstein. Jewlia Eisenberg grabó Trilectic en 2002, un arreglo musical de textos sobre la relación entre los dos "nerds de izquierda", Benjamin y Lacis -ella cristiana y judía por error (por supuesto debía ser judía para dar con el tono)-: lo sacó al mercado el sello Tzadik de John Zorn, en la serie Cultura Judía Radical. Como sujeto de ficción, Benjamin esboza una figura incompetente, arrastrado por las olas de la historia y demasiado cerebral como para manejar el oficio de vivir.
 
Hay una historia más larga de las huellas de Benjamin en la cultura. La litografía de Valerio Adami Ritratto di Walter Benjamin, de 1973, lo muestra tambaleándose en un borde. En el mismo período apareció The Autumn of Central Paris (after Walter Benjamin) de R. B. Kitaj, que rememora tiempos más felices de intercambio intelectual. De esta forma empezó un fetichismo por el rostro de Benjamin con sus gafas de luna. Pinturas y collages que usan fotografías de su rostro recortado aparecen de tanto en tanto, ecos de las portadas de los libros que inevitablemente usan alguna fotografía. De hecho, tal vez haya más obras de arte "inspiradas" por Benjamin que por ningún otro pensador. Su trabajo sobre la reproducción masiva se filtró en la práctica artística; ¿qué escuela de arte en los últimos treinta años no tiene sus textos sobre la reproductibilidad técnica en la lista de lecturas obligatorias? Generaciones de estudiantes están confundidas sobre la idea del aura: el aura se les enseña simplificadamente, separada del eje de la posibilidad revolucionaria y de la actualidad capitalista, y creen que Benjamin es un alma ingenua que pensó que esta extraña cualidad realmente había sido abolida y que la fotografía y el cine efectivamente habían instituido la democracia, aunque está claro que el aura persiste todavía, que el arte no ha desaparecido y que la fotografía y el cine pueden ser usados por los fascistas. En una negación irónica de la tesis sobre la obra de arte, Timm Ulrichs, en 1967, propone que el arte vuelve a la pelea en contra de Benjamin, incluso con las herramientas de su enemigo mortal. Ulrichs fotocopia múltiples veces la portada de la edición de Suhrkamp del ensayo sobre "La obra de arte" para demostrar que eventualmente la degradación de cada copia resulta en ilegibilidad, o tal vez en algo más allá de lo legible, las hermosas variaciones de tono de un aura reacia a abolirse a sí misma. Aquí el arte cree que ha triunfado sobre la teoría política. Entonces espera poder mantenerse vivo.
 
Más recientemente, Volker Marz produjo innumerables figuritas pequeñas de Benjamin, como una reflexión sobre los procesos de "biograficación". En Aura Transfer cada estatua de greda se presenta con un título o frase conocida. Vemos a Benjamin con prostitutas, a Benjamin soñando, a Benjamin con los judíos, a Benjamin con agua que corre a través de agujeros en su cuerpo mientras le pide ayuda a Adorno (y Adorno dice no). Los precios parten en cien euros. En la obra de Marz, y en otras, hay muchos ángeles, como en The Angel of History: Poppy and Memory (1989), de Anselm Kiefer, y en las fotografías manipuladas digitalmente de Aura Rosenberg, respuestas directas a los temas de Benjamin, con ángeles que pasan volando y basura que se acumula hacia el cielo. La penumbra y la melancolía impregnan mucho de este trabajo benjaminiano. La serie de fotografías de Gisèle Freund montadas para una revista ilustrada de 1937, en las que Benjamin posa como lo que ya era, un lector en la Biblioteca Nacional de París, se actualiza en la fotografía de Candida Hofer de 1998 en la misma biblioteca, que ahora se ha reemplazado por un nuevo proyecto al este de la ciudad: es una historia amoldada en el melancólico paño mortuorio de la pérdida. Las lóbregas fotografías de Portbou en 1989 del artista de la República Democrática Alemana Werner Mahler, donde Benjamin murió, son parte de un proyecto sobre líneas de vuelo, con especial resonancia en un mundo entonces todavía dividido por el muro de Berlín.
 
La naturaleza fragmentaria y poética del pensamiento de Benjamin deja muchas grietas y puntos de apoyo para los profesionales. Y pareciera que mientras Benjamin más sirve como un documento de cultura, menos existe la necesidad de un análisis específico de la barbarie que delimita el mundo que necesita y tolera esa cultura. Más aun, la forma alusiva en la cual Benjamin enuncia partes de su trabajo estimula a artistas que no entienden por completo su pensamiento crítico a una búsqueda temática; esta búsqueda ocurre incluso en el caso de una práctica tan concreta como la reestructuración del entorno construido.
 
En el extremo de los conceptos elevados está el Museo Judío de Daniel Libeskind en Berlín (1998-2001), el cual afirma rendir un homenaje a Calle de dirección única de Benjamin. En otro lugar de Berlín se ensayó un proyecto más pedestre. Como signo del creciente valor de mercado de Benjamin y del reconocimiento de su nombre como marca, se construyó la Walter-Benjamin-Platz en un terreno que se expropió a un estacionamiento donde Benjamin deambulaba en los días de su infancia en Charlottenburg. Una piazza italiana se trasladó hacia los fríos climas del norte, rodeada de fachadas de granito y columnatas con lámparas art decó al frente de oficinas, departamentos, restaurantes y cafés. Las fuentes computarizadas en su centro y, durante los fines de semana, el mercado de productos agrícolas están diseñados para hacer del lugar un estiloso espacio moderno.
 
Ahora que la cultura de Berlín vibra en la vieja zona alrededor del Mitte, en el nuevo corazón restaurado de la ciudad reunificada, una salida artística al mojigato y exclusivo Zehlendorf, en el límite sureste de la capital, se siente como una aventura hacia un barrio exótico e impenetrable, incluso si su rareza reside en la banalidad de una opulencia que no es propia de Berlín. La sensación de seguir un largo recorrido se intensifica cuando la dirección de destino es Argentinische Alle, y la estación de metro Krumme Lanke es la parada que sigue después de Onkel Toms Hütte. Este mismo sentido de las cosas geográficamente confusas le asombró a Susanne Ahner mientras caminaba entre la estación de metro en Argentinische Alle y el s-Bahn en Mexicoplatz, en los meses previos a su participación en una exhibición dedicada a los rastros de Benjamin en el arte del Haus Am Waldsee, no lejos de su casa familiar en Delbrückstrasse. Los ecos de lugares distantes en el suburbio de Berlín le recordaban los comentarios de Benjamin acerca del barrio Europa en París, donde los nombres de las calles conjuran ciudades de todas partes del mundo y le permiten al viajero hacer una travesía imaginaria más allá de la geografía física. Ahner buscó más signos del mundo amplio secretados en las calles cercanas y logró encontrar -y fotografiar- lugares y escena que se relacionan con los muchos pueblos y calles en los que Benjamin pasó sus cuarenta y ocho años, de San Remo a Svendborg, de Riga a Nápoles. El proyecto de Ahner fue más allá: sus fotografías homenajean pequeñas barras de chocolate amargo de alta calidad, disponibles en el café del museo por cincuenta centavos de euro, que se han convertido en coleccionables y evocan el deseo de Benjamin de coleccionar y su fascinación por las postales y la fotografía. También evocan nuestro propio fetichismo por un hombre que fue desplazado una y otra vez: su pasión de coleccionista se transforma en un síntoma psicológico.
 
El mundo ampliado de Walter Benjamin alcanza un límite en la frontera entre Francia y España. En un video que Michael Bielicky realizó ahí, una figura encuentra su camino en los senderos de la montaña. Resopla y jadea. La imagen que uno ve está mediada por tecnologías de vigilancia. Éste es Benjamin en la frontera actual entre México y Estados Unidos, o algo parecido, visible al poder a través de las tecnologías infrarrojas y de localización global. Ser un refugiado hoy es un asunto de alta tecnología. La caminata de Benjamin fue una prefiguración de aquella de los refugiados anónimos que arriesgan todo para cruzar el límite, en un mundo globalizado económicamente pero cuyas fronteras están alineadas con fortalezas en contra de la gente. Hoy en día innumerables académicos e intelectuales vuelven sobre los pasos de esta caminata para entender así algo de la terrible experiencia a la que Benjamin fue obligado. Es importante que esos buscadores tengan algo que ver cuando terminan su penosa caminata: Portbou obliga. El arte prosigue con el memorial Pasajes de Dani Karavan, un trabajo conceptual situado afuera del cementerio de Portbou en 1994. El monumento es un estrecho pasaje de hierro. El angosto corredor encarcela al visitante detrás del grueso cristal de una ventana, lo cual refuerza la metáfora y la actualidad de lo imposible del pasaje. El visitante está atrapado y se le dirige a sentirse como Benjamin se sintió en septiembre de 1940, una diminuta y frágil figura suspendida sobre la vista del peligroso remolino del mar abajo. Algunas palabras de notas de Sobre el concepto de historia en varios idiomas están grabadas sobre el vidrio.
 
Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.
 
Benjamin es, al menos, uno de los que se recuerdan. De hecho, se multiplica en este pequeño pueblo fronterizo. Se lee "A Walter Benjamin - Filòsof alemany - Berlin 1892, Portbou 1940", y en el contexto de la España posfranquista parece insinuar la posibilidad y necesidad de recobrar la tradición no fascista de España y Alemania. En 1990 se instaló otro memorial de piedra, adentro del cementerio, con una frase ampliamente citada en alemán, catalán e inglés:
 
"No existe ningún documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie".
 
 
En
Esther Leslie
Trad. Lucía Vodanovic
Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2015

[Publicado el 19/8/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Walter Benjamin, Esther Leslie, Ediciones Universidad Diego Portales, Biografía]

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La insistencia del misterio / "La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo" de Mariana Enriquez

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[...]
 
Muy posiblemente, estas contradicciones hayan sido las de la propia Silvina Ocampo; posiblemente, no le hayan importado mucho (su obra manifiesta un notable desdén por la resolución del misterio y de las contradicciones, cualesquiera que estos sean), pero lo interesante aquí es que tampoco son resueltas en La hermana menor, la biografía que le dedica la escritora y periodista Mariana Enriquez.
 
La autora del reciente (y muy bueno) Cuando hablábamos con los muertos (Santiago de Chile: Montacerdos, 2013) ha entrevistado a decenas de personas que conocieron y trataron a Ocampo, y lo ha hecho en el momento preciso (al menos un par de sus entrevistados murieron poco después de dar su testimonio para el libro). La hermana menor se articula sobre la base de esas entrevistas y de la lectura de la obra de Ocampo, así como de los diarios de Bioy, y de una visita a la antigua Villa Silvina, en Mar del Plata. En términos de investigación, posiblemente sea suficiente (aunque algunos extrañarán una lectura de los inéditos; por ejemplo de los quince cuadernos que supuestamente habrían escrito sus enfermeras a modo de diario de su enfermedad), pero no basta para esclarecer el misterio que es Silvina Ocampo, ya sea por las abundantes elipsis en el diario de Bioy, por el pacto de silencio que todos quienes conocieron a la autora parecen haber suscripto, por las preguntas que se hacen (las de este libro se dirigen principalmente a intentar esclarecer su sexualidad: ¿Compartió a su sobrina con Bioy? ¿Bioy se casó con ella para disipar el escándalo de la relación de Ocampo con su madre? ¿Fue amante de Silvina Pizarnik? Todas preguntas poco importantes en relación a su obra literaria), o por la opacidad de una vida vivida deliberadamente para no dejar otras huellas que las literarias.
 
[...]
 
 
Mariana Enriquez
La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
 
[En Lo que está y no se usa nos fulminará, sección mensual en el blog de la librería porteña Eterna Cadencia. Buenos Aires, 8 de julio de 2014]

[Publicado el 09/7/2015 a las 13:15]

[Etiquetas: Silvina Ocampo, Mariana Enriquez, Biografía, Ediciones Universidad Diego Portales]

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"El Cristo de la rue Jacob" de Severo Sarduy / "Prólogo" de Alan Pauls / Cita

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Difícil saber si en 1987, cuando publicó El Cristo de la rue Jacob, Severo Sarduy ya estaba enfermo. El sida -que terminó de matarlo seis años después- será el tema excluyente de Pájaros de la playa, su novela póstuma (1993), ambientada en un viejo caserón de playa, mezcla de hotel de lujo y hospital, adonde van a morir jóvenes "prematuramente marchitados", golpeados por un mal que opera sin aviso y arrastra el cuerpo a un proceso de degradación irreversible. Lo curioso es que el mal, en el texto, es un mal sin nombre. Como sucede en una novela hermana, Salón de belleza (1994), de Mario Bellatin, la sigla maldita aparece omitida con el mismo afán, la misma devoción con que se describen las mutaciones orgánicas, visibles e invisibles, que ocasiona en sus víctimas. El Cristo, en cambio, menciona el sida un par de veces, con todas las letras, pero en un caso -dramático- el afectado es otro (un amigo pintor, que a su vez tiene un amigo "en perfusión"), y en el otro -un paso de comedia promiscua- el mal es una amenaza que dos hombres en celo, trenzados en una fugaz escaramuza de carretera, mantienen a raya reduciendo el contacto sexual al mínimo.
 
Y sin embargo, si hay un texto sintomático en la obra de Sarduy, ése es El Cristo de la rue Jacob. Antología de viñetas personales, souvenirs, escenas de viaje, estampas de costumbrismo parisino y narraciones vagamente documentales, el libro es quizás el primero en el que Sarduy acepta escribir sobre sí de manera, digamos, desnuda. El salto no es menor, teniendo en cuenta hasta qué punto el talento que había hecho célebre a Sarduy, en París, donde vivió casi un cuarto de siglo, y en América Latina, era el de enmascarar, maquillar, disfrazar, travestir. Por primera vez, Sarduy el Barroco pone en suspenso esa fiesta del artificio y el equívoco que la identidad era en sus ficciones y se mide con una instancia crítica, a la vez anacrónica y desafiante: el tosco, crudo, pálido yo que sufre.
 
"Enfermo es el que repasa su pasado", dice el narrador de Pájaros de la playa. En ese sentido, sí: Sarduy estaba enfermo cuando se publica El Cristo de la rue Jacob, un libro mucho más dado al recuerdo que lo que el goce barroco, fascinado por la fascinación, parecía autorizar. Pero lo que hacía sufrir a Sarduy, aun suponiendo que el sida ya se le hubiera declarado, iba mucho más allá de la clínica. El escritor estaba ya "en la cincuentena" -un umbral que él mismo evoca a menudo, con bastante poco entusiasmo, en las entrevistas que concede en la época-, y el paisaje cultural con el que su práctica barroca tan bien había sintonizado tenía ahora otra cara, otras reglas y valores: el estructuralismo, desangrado, se atrincheraba en el museo universitario; el cadáver de la revista Tel Quel (que había adoptado a Sarduy como a una mascota latinoamericana, deslumbrante y exótica) estaba ya definitivamente frío, y el frenesí militante que había animado las dos últimas décadas de vida intelectual francesa, consagrado a la causa de la Transgresión -guerra contra el sujeto, el relato clásico, la representación, la legibilidad-, perdía fuerza y bajaba la voz, desconcertado por el avance masivo de un régimen que recuperaba -sin inocencia, pero también sin culpa- banderas en desuso como la naturalidad, la transparencia, el género, el entretenimiento o la intriga. Además, como lo recuerda uno de los textos más desolados de El Cristo -"El libro tibetano de los muertos"-, Sarduy atravesaba aún un largo duelo. En 1980 había quedado huérfano de su maestro francés, Roland Barthes, cuya sombra tutelar y depresiva planea sobre todo el libro (y merece un ensayito casi paródico, en el que Sarduy desmenuza la relación de amistad con las armas del análisis estructural) y en 1985 había perdido a su maestro latinoamericano, Emir Rodríguez Monegal, a quien homenajea en "Ultima postal para Emir".
 
Sarduy descubre que no tiene lugar. Un día, en la abadía de Royaumont, donde los había reunido un coloquio, le dice a Gombrowicz: "Estoy perdido y solo, escribo en español, y más bien en cubano, en un país que no se interesa en nada que no sea su propia cultura, sus tradiciones, y en el que lo que no es ya notorio, o puede ser asimilado totalmente, sin dejar residuo de la pasada identidad del autor, es como si no existiera". O descubre que el lugar que ha ocupado en París empieza a hacer agua, y se enfrenta al mismo tiempo con otras dos evidencias perturbadoras: la primera, que el exilio -una palabra bastante ajena a su horizonte, más propenso a la euforia que a la nostalgia o la queja- no es exactamente esa condición virtuosa pero abstracta, conceptual, tan exaltada por la tradición de la extranjería literaria del siglo XX; la segunda, que Cuba -la Cuba que abandonó a fines de 1959 y a la que nunca volvió, y que además de una lengua, como la Argentina para Manuel Puig, fue para él, básicamente, un destinatario: una madre a quien escribirle cartas- ha dejado de ser ese mito carnavalesco, polifónico, un poco maníaco, que fermentaba en sus ficciones, para convertirse en un problema, extraña mezcla de enigma y de herida, de tormento y de necesidad. Francois Wahl, mentor de Sarduy, su Pigmalión, su compañero de toda la vida, daba cuenta muy bien del problema Cuba cuando recordaba que Sarduy, que conocía bien y admiraba a Lacan, nunca podía retener el nombre de la calle donde Lacan vivía y tenía su consultorio, la rue de Lille. Era un olvido patológico, y un día Sarduy descubrió por qué: cuando mencionaban la rué de Lille (que es el nombre de una ciudad francesa de provincia), él escuchaba lo intolerable: rué de l'íle (calle de la isla).
 
En la huella de Barthes, que diez años antes volvía a la noción de autor cuyo certificado de defunción él mismo había expedido, Sarduy reúne los textos de El Cristo de la rue Jacob y vuelve al yo que nunca tuvo, al yo que gozó toda su vida impostando, camuflando, desfigurando, y lo encuentra donde nadie antes lo había buscado: en sus propias cicatrices. En "Arqueología de la piel", el extraordinario capítulo inaugural del libro, Sarduy, paladín de las metamorfosis, se abisma ahora en lo único que no cambia, lo que no envejece, lo que queda -archivo dérmico- escrito en el cuerpo. No escribe una autobiografía: la lee, la va aislando en escenas furtivas, sucedidos, jirones de vida que deduce de esas muescas con las que la experiencia ha ido tatuándose en la piel, la única memoria que no los olvidará. Con Valéry, Sarduy cree que lo más profundo es la piel. Una espina en el cráneo, cuatro puntos de sutura en una ceja, la cicatriz de una operación de apéndice, la huella del ombligo o el vestigio de una verruga cauterizada condensan los hitos de una vida singular, que no se deja regir por la cronología ni por la causalidad: una vida-mosaico, discontinua, hecha de fulguraciones intermitentes (Sarduy las llama epifanías), que ese yo a la vez nuevo y viejo repasa con más curiosidad que desesperación, buscando no una verdad, no un secreto, sino la forma, el trazo, la luz de una singularidad.
 
 
En:
Severo Sarduy
El Cristo de la rue Jacob y otros textos
Pról. Alan Pauls
Ed. Milagros Abalo
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
Pp. 9-11

[Publicado el 16/4/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Severo Sarduy, Alan Pauls, Prólogo, Cita, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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Actualizaciones XI / "Estrictamente bipolar" de Darian Leader y "Pista resbaladiza" de Roberto Merino

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Estrictamente bipolar no reúne las magníficas historias clínicas que constituían uno de los principales alicientes para la lectura del libro anterior del psicoanalista británico Darian Leader, ¿Qué es la locura?. A cambio, profundiza en su proyecto de volver la vista a la psicología clásica para evitar la confusión que rodea a unos términos (aquí la "manía" y la "depresión") a los que la historia del psicoanálisis y la psiquiatría han acabado dotando de un significado ambiguo. Al aumento del diagnóstico de bipolaridad en las últimas décadas, Leader opone la denuncia del carácter económicamente construido de una enfermedad que, en realidad, debería ser llamada "trastorno maníaco-depresivo", y propone (una vez más) no pensar en el trastorno como el problema del paciente, sino como en su solución: una solución precaria y en último término dañina, pero que requiere ser entendida si se quiere conseguir aquello tan difícil que algunos llaman "curar".
 
 
2
 
A lo largo de la última década, Roberto Merino se ha convertido en un imprescindible de lo que muchos denominan la "crónica latinoamericana": al margen de lo que se piense acerca de la existencia (o no) de dicho término, y con independencia de lo que se pueda decir de su repetición maniática (que en ocasiones no es sino la demarcación de un nicho de mercado, un "kiosco" propio, y otras veces, el resultado de una cierta ingenuidad esperanzada), el caso es que Merino es uno de los autores que mejor ha narrado la ciudad en la última década, y lo ha hecho en textos generalmente breves en el periódico chileno Las Últimas Noticias empleando a menudo un tono intimista, alejado de la gritería del "aquí estoy yo" tan habitual entre los "cronistas latinoamericanos" (perdón).
 
Pista resbaladiza reúne una selección de esos textos realizada por el siempre brillante Andrés Braithwaite: en ellos, la escritura periódica y sin programa no es sinónimo de dispersión; por el contrario, en los textos de Pista resbaladiza hay una unidad indisoluble, que es la de la mirada del sujeto que camina por la ciudad y lo narra (y la narra) con una de las prosas más extraordinarias del español contemporáneo.
 
 
Darian Leader
Estrictamente bipolar
Trad. María Tabuyo y Agustín López Tobajas
Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2015
 
Roberto Merino
Pista resbaladiza
Ed. Andrés Braithwaite
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014

[Publicado el 13/3/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Darian Leader, Roberto Merino, Andrés Braithwaite, Ensayo, Crónica, Sexto Piso, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Una especie de rabia mezclada con un cariño infinito / "Mi abuela, Marta Rivas González" de Rafael Gumucio

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Fue Marta Rivas González quien decidió que su nieto iba a ser escritor, y fue ella la que determinó cuáles no iba a ser: "Kafka no, Joyce ni cagando, Tolstoi no seas loco, Sartre ni a palos. ¿Tú conoces esa parte en La gaviota, la del reflejo de la luna en el vidrio roto? Así hay que escribir, como la luna cuando se refleja", le exigió, y el niño que Rafael Gumucio era escribió como el reflejo de la luna en el vidrio roto hasta que su abuela decidió que carecía de talento para la literatura. "¿Para qué escribir si no vas a ser Proust?", le dijo.
 
Marta Rivas González nació en Santiago de Chile en 1914 y murió allí en 2009, pero pasó buena parte de su vida en el exilio, la primera vez acompañando a su padre, el político Manuel Rivas Vicuña, y en la segunda ocasión junto a su marido, el senador Rafael Gumucio, tras el sangriento golpe de Estado de septiembre de 1973. Quizás sus excentricidades y contradicciones se debieran a una existencia repartida entre Santiago de Chile, París, Constantinopla y Roma, pero también es probable que estuviesen arraigadas en su clase de pertenencia (la "aristocracia chilena"), que siempre consideró cursi y falsa pero a la que nunca quiso abandonar a pesar de sus ideas marxistas. A Marta Rivas González le irritaba la pacatería, pero ella misma podía ser pacata a veces; era partidaria del aborto, del divorcio y la eutanasia pero no llevó a cabo ninguna de las tres cosas. A pesar de haber escrito un libro acerca de la importancia del caso Dreyfus en la obra de Marcel Proust, y de haber convertido a su nieto a la causa de la literatura, consideraba a la escritura una "huevada" (tontería), y algo "latero" (aburrido). "La gente que escribe se vuelve agria. Te caga el carácter escribir tanto" (190), le dijo, promoviendo su vocación literaria sólo para cancelarla con un gesto: "No seas tonto", déjalo ya de una vez.
 
[...] 

Mi abuela, Marta Rivas González continúa este proyecto de demolición de la historia chilena, pero lo hace de tal manera que las implicaciones de esa demolición conciernan también a su autor y a la profesión que ha escogido. De a ratos testimonio, por momentos carta, a veces diario: Mi abuela, Marta Rivas González narra la historia de una mujer adelantada a su tiempo, una mujer contradictoria, prepotente y manipuladora pero capaz de ser generosa, subyugante y conmovedoramente sincera, una mujer que una vez se acercó a Albert Camus confundiéndolo con un chileno, que fue esposa e hija de dos de los políticos más importantes de la historia chilena del siglo XX pero nunca hizo ningún esfuerzo por permanecer a su sombra, que fue amiga de José Donoso (con quien rompió cuando el autor de El lugar sin límites le pidió que conformaran un "matrimonio de conveniencia"), que perseguía a sus invitados con una aspiradora portátil, que pintó, estudió teatro y acuñó una docena de frases extraordinarias: "La vida del ser humano limita al norte con su cabeza y al sur con sus pies. Lo demás son países vecinos", "Por puro miedo a los rotos [pobres], los caballeros se volvieron rotos", "Pequé mucho, pero ahora no voy a pecar más porque no tengo con quién".
 
[...]

4

Una familia, una literatura para entenderla: ésa fue la herencia al tiempo que el mandato que Marta Rivas González depositó en Rafael Gumucio; de su último libro, Lorena Amaro escribió en la revista electrónica 60 Watts que es "uno de los mejores libros autobiográficos escritos en los últimos cincuenta años en Chile", y el influyente crítico chileno Camilo Marks sostuvo en El Mercurio que, "si no es el mejor libro de Rafael Gumucio, está muy cerca de serlo". Ambos tienen razón.
 
 
Rafael Gumucio
Mi abuela, Marta Rivas González
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2013
 
[En Turia, diciembre de 2014.]

[Publicado el 13/1/2015 a las 17:15]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Autobiografía, Ediciones Universidad Diego Portales]

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César Aira, claves de lectura

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La chilena Ediciones Universidad Diego Portales, por fin, ofrece ese libro hipotético o lo más parecido que tendremos nunca a él. Continuación de ideas diversas reúne, en palabras de su autor, "ocurrencias, recuerdos, anécdotas, chistes y otros mil azares del discurso, materia inagotable de la Asociación" que no habían aparecido en sus obras anteriores. La descripción (por lo demás) es parcial o al menos pudorosa, ya que este nuevo libro reúne algunas de las mejores reflexiones que su autor haya propuesto nunca a sus lectores, dispuestas en un orden que puede parecer casual pero que, como indica Aira, es también "un tablero de juego".
 
Los textos reunidos en Continuación de ideas diversas (ninguno de los cuales supera los tres párrafos de extensión) pueden agruparse temáticamente en tres apartados. El primero (que resultará familiar a los lectores de la ficción de Aira), compuesto por piezas en las que se especula acerca de la posibilidad de que un fantasma olvide su nombre, que una persona aterrorice a sus perros fingiendo ser uno de ellos, que exista un microscopio para ampliar objetos grandes, etcétera. El segundo, una serie de reflexiones acerca de asuntos de interés personal como el olvido, el insomnio, la edad ("muy lejos de ser sabios[,] los viejos son unos seres perfectamente desinformados, inútiles, sin capacidades intelectuales dignas de notar y su única actividad visible es causar problemas"), el recuerdo de las novelas baratas que leía su padre, el rechazo a la religión por negar la muerte, la experiencia de releer libros, sus influencias (afirma que la principal han sido "las historietas de Superman, de los años cincuenta y sesenta"). Un tercer apartado está vinculado con la reflexión sobre la literatura y el arte en general: la vanguardia (que considera irrepetible por naturaleza), la existencia histórica de las obras artísticas, el diario íntimo, la crónica (que describe como "un avatar de la descolonización, tan destructivo como el colonizador clásico. El mismo vampirismo. La misma ignorancia, aunque presuma profesionalmente de lo contrario"), el arte contemporáneo (lo considera "pura mediación", de allí su interés por el arte no mediado, outsider o brut), el problema del valor en literatura, el del realismo, las telenovelas (a las que dedicó un libro excepcional, Los misterios de Rosario), el azar y la indeterminación en la obra artística, la narrativa argentina contemporánea ("pedestres narraciones de lo sórdido cotidiano"), lo sobrenatural en el arte ("un atentado contra la poesía del mundo") y la creación artística.
 
[...]
 
 
César Aira
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
 
[En Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, junio de 2014.]

[Publicado el 29/7/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: César Aira, Ensayo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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"La ordinariez" / Prólogo

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«Antes de continuar debo aclarar que lo más democrático que tenemos los chilenos es la práctica del desprecio» afirma Marcelo Mellado en uno de los textos de este libro, y agrega: «Por eso aquí -en el ejercicio textual- no hay ni víctimas ni victimarios, solo operadores del odio y del resentimiento escritural». Al igual que en su novela La hediondez (2011), cuyo tema es la rehabilitación de una biblioteca municipal en una ciudad innominada de provincias del litoral chileno que divide a la reducida escena literaria local en dos bandos enfrentados de forma violenta y ridícula, en la frase precedente el escritor chileno concibe la literatura como la zona de conflicto que efectivamente es, y participa de ella mediante una doble estrategia: por una parte, a través del desmantelamiento de esa escena, que Mellado también imagina como el escenario de un crimen; por la otra, mediante la adopción del «discurso quejumbroso, descalificador, discriminador y culposo que caracteriza los tonos peyorativos del habla nacional» y que convierte al autor de Informe Tapia (2004) en un discípulo de ese artista del insulto y del desprecio a los connacionales que fue Thomas Bernhard.
 
 
2
 
Al igual que el austríaco Bernhard, Mellado se beneficia del hecho de vivir en la periferia literaria de su lengua para construir una poética y una estrategia textual que define como «una modernidad que parta y se fundamente en los espacios abandonados, la insularidad». Allí donde Mellado esté -es decir, principalmente en la Quinta Región chilena, en sitios como San Antonio, Llolleo y Valparaíso- está la periferia, aunque una periferia hiperbólica, desmesurada, que sitúa a su autor al margen de una escena marginal como la literaria en un país que es geográfica y culturalmente marginal en relación a una modernidad hipotética que es proyecto político y expresión de deseos. El resultado de la imposibilidad chilena de acceder a esa modernidad -es decir, de acceder a ella en algo más que en cuatro o cinco barrios capitalinos- es lo que Mellado denomina «un país despreciado y despreciable» y también un «país culiao», que el autor define como una «instancia institucional que posibilita y legitima el abuso de poder y lo consagra con el desprecio y la burla». Ante ello, el paroxismo en su obra de lo que Mellado llama, atribuyéndosela a los desposeídos, «la estrategia del resentimiento» revela ser no tanto un ejercicio telúrico de desprecio o el resultado de una cierta insatisfacción personal por el sitio que el autor ocuparía en su país y (o) en su escena literaria, sino una propuesta consistente en «generar actos narrativos en donde los códigos de la representación ciudadana y/o cívica se descomponen en simulacros e imposturas retoricas».
 
[...] 
 
En
Marcelo Mellado
La ordinariez: Artículos escogidos
Selección y edición de Vicente Undurraga
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales
Pp. 11-15

[Publicado el 08/8/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Marcelo Mellado, Prólogo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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