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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 23 de septiembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

"El hombre que bebía demasiado" / Thomas Harris / Cita

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EL HOMBRE QUE BEBÍA DEMASIADO

 

Et tu bois cet alcool brûlant comme ta vie
Ta vie que tu bois comme une eau-de-vie.
Apollinaire

 

Hubo una madrugada sentada sobre mi pecho oprimiendo
con sus nalgas oxidadas mi duermevela y un cielo que se sacudía
de todas sus constelaciones como un perro sus pulgas friolentas
en esa misma madrugada sin techo que cobijara sus fantasmas
       desfallecidos,
una madrugada como diosa oquedal sobreviviente a la matanza
       del paganismo,
una madrugada así donde creí que inventaba la sed.
Recuerdo mis manos temblorosas
en el acuario lívido de esa madrugada
donde nadaban como peces jabonosos
buscando una botella en cuyo fondo vacío
se resumían las formas del Universo.
Recuerdo mis manos en la tembladera,
incapaces de pacer como dos mansas bestias
sobre cuerpo de mujer ninguno, dos flores marinas
agitadas por el alcanfor de la sed,
dos nenúfares, dos corales, mis temblorosas manos,
en esa madrugada donde yo inventaba la sed, la primera sed.
Yo soy el hombre de la primera sed
porque inventé en mí la sed.

Yo soy el hombre de la primera sed,
antes de mí ninguna sed se expandió
hasta el tamaño de la bola del mundo,
hasta el tamaño de las inaccesibles constelaciones,
del tamaño de Orión, de Omega, de Alfa Centauro,
mi sed galopó aguijándole los ijares sudorosos a Alfa Centauro,
acezante, relinchando,
media hombre, media caballo, centauro
jadeante, espumosa,
ola que no halla costa donde morir su hervor,
mi sed se desató con la primera explosión,
con cualquiera de los inicios del Universo,
de Génesis en Génesis errabundos por libros sagrados de
       mustias civilizaciones.

Al principio, era apenas una humedad
insinuada en las raíces primordiales de los helechos,
pero se desató como esas tormentas de agosto al sur del mundo,
esos aguaceros sin más aviso
que el viento norte y el aroma a plesiosaurio
sobrenadando las nubes grises,
esas tormentas que desatan a la multitud
despavorida en las ciudades
entre las luces de los autos
y los reflejos que confunden lo real y lo aparente,
lo dual y el reflejo, el cristal, el espejo y lo reflejado.
Y se expandió mi sed por los núcleos informes,
que hervían amalgamados en los pantanos
del Primer Día de la Creación y ardí de garganta en garganta
de los primeros organismos insinuados en lo informe,
antes del mismo ADN ya estaba posada mi sed
en su taburete de cristal glauco, acuoso,
en el tiempo bárbaro de las licuefacciones,
y se vino espirituosa por los hipotéticos
torrentes sanguíneos de la humanidad recién apareándose,
se metió entre esas cópulas niñas, torpes, hermafroditas,
de sexos entreverados con el barro,
hasta desembocar en los torrentes sanguíneos
en istmos temblorosos,
de glóbulo en glóbulo,
una viuda vinagre montada en un esparadrapo,
un ponche orgánico,
mi sed se detuvo en la garganta de los primeros desesperados,
en praderas fetales,
mi sed navegó sobre los dones de todos los diluvios
       menguantes.
Mi sed con alma propia
muda desolada agreste
oscilante con la perplejidad del bruto
exasperada
entre las ferias y los malecones.
Yo soy el hombre que tuvo sed una mañana mustia
de un mes derruido
en una hora detenida
en un segundo coagulado
en un instante reseco de un día varado en el Mar Muerto.
Había madrugadas, había noches, había tardes, había
       mediodías,
en los que despertaba en una playa
una playa de zarzas incendiándose,
y abría mi boca y mi garganta
era una especie de vulva reseca,
el sexo del cadáver de una muchacha muerta en esa playa,
el sexo de una muchacha
muerta hacía algunos días semienterrada en la arena,
(una muchacha asesinada por un padre celoso)
cubierta de huiros,
aristas de botellas rotas y percebes en sus muslos,
del que emergían corales, esporas, pedúnculos,
sargazos de alcohol puro
que comenzaban a trepar como hiedra
por unos acantilados de cartón piedra, falsos,
hacia un cielo de nubes pedregosas,
hacia un sol blanco,
un ojo nublado cuyo iris era mi propia garganta desflecada
que cubría el panorama numinoso inverso de la playa
donde el día anterior se había librado una batalla sangrienta,
un desembarco atroz,
y eran cadáveres o sandías reventadas, podridas,
papel higiénico, astillas,
algas mustias, un pequeño monstruo marino
adobando sus vísceras al sol, hojas de afeitar ensangrentadas,
y los pájaros costeros correteando sobre mi cuerpo,
persiguiendo los flujos y reflujos de la resaca,
la madre resaca, la resaca madre.

Porque hay borracheras, como hay mujeres,
que pueden cambiar nuestra vida.

Porque hay borracheras, como viajes,
que pueden quedar tatuadas en nuestro destino.

Porque hay borracheras, como viejos sabios,
que pueden susurrarnos koanes
en nuestros oídos.

Para desvanecerse a la mañana siguiente,
donde sólo es real la sed.

 

En:
Thomas Harris
En el mismo río (antología personal)
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2017

[Publicado el 08/8/2017 a las 15:00]

[Etiquetas: Thomas Harris, Poesía, Ediciones Universidad Diego Portales, Cita]

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Siete direcciones para seguir este verano / (Y una más) / Babelia

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La literatura

Danilo Kiš, Homo poeticus. Ensayos y entrevistas. Trad. Luisa Fernanda Garrido y Thomir Pištelek. Barcelona: Acantilado, 2017.

Acerca de los puntos cardinales suele decirse que son tres (norte y sur), pero una afirmación similar y no menos acertada sería que son nueve: la literatura, los sueños, el humor, los espíritus, la amistad, el pasado, el presente y el futuro. Del primero de ellos se ocupa magistralmente Danilo Kiš en esta selección por la que desfilan Jorge Luis Borges, Roland Barthes, Charles Baudelaire y Lautréamont, pero también las ideas y las prácticas de uno de los narradores europeos más importantes del siglo XX.

Los sueños
 
Michel Leiris, Noches sin noche y algunos días sin día (Trad. David M. Copé. Pról. Philippe Ollé-Laprune. Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2017.

Michel Leiris adquirió el hábito de tomar nota de sus vivencias oníricas en 1923; sin embargo, pronto descubrió que éstas no servían para la "novela de aventuras" que tenía pensado escribir con ellas: a cambio, lo que publicó bajo el título de Noches sin noche y algunos días sin día es algo bastante más interesante, una invitación a vivir con los ojos cerrados.

El humor
 
Terry Eagleton, Santos y eruditos. Trad. Teresa Arijón. Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2017.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento", el revolucionario irlandés James Connolly recuerda la época en que frecuentó a Ludwig Wittgenstein y a Nikolai, el hermano de Mijaíl Bajtín; si el sentido de la ficción es detener el tiempo (como sucede aquí), también lo es contribuir a la discusión de ideas, y hay muchas en este libro; también mucho humor, algo nada sorprendente si se considera detenidamente la obra del gran (y muy serio) ensayista que Eagleton es.

Los espíritus

Victor Hugo, Lo que dicen las mesas parlantes. Conversaciones con los espíritus en la isla de Jersey. Trad. Cloe Masotta. Terrades, Girona: Wunderkammer, 2016.

El autor de Los miserables fue introducido al espiritismo por Delphine de Girardin en septiembre de 1853. Lo que dicen las mesas parlantes lo muestra "comunicándose" con William Shakespeare, "El Océano", Jesucristo, "La Muerte" y Platón, casi siempre con resultados calamitosos para todas las partes, incluida la de ultratumba.

La amistad

Stephen Spender, Christopher Isherwood y W.H. Auden. Diario de Sintra. Trad. David Paradela. Madrid: Gallo Nero, 2017.

Stephen Spender, Christopher Isherwood y W.H. Auden fueron tres de los escritores ingleses más importantes del siglo XX y fueron amigos. En 1935 se instalaron en una casa en Sintra, donde escribieron este diario colectivo; en él hay un anhelo de libertad compartido, pero también varios dramas y la constatación de que ni siquiera las mejores amistades sobreviven a las pruebas de la política y del tiempo, mucho menos las amistades entre escritores.

El pasado

James Boswell, Una visita a Voltaire y Rousseau. Trad. José Manuel de Prada-Samper. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2017.

A falta de otros talentos (que tuvo), el más importante del que dispuso Boswell fue el de saber rodearse: conoció a muchas personas y, casualmente, casi todas ellas eran famosas. A su amistad con el Dr. Johnson le debemos una de las obras más importantes de la literatura, su Vida de Samuel Johnson; pero sus visitas a Voltaire y a Rousseau son igualmente extraordinarias.

El presente

Adam Johnson, George Orwell fue amigo mío. Trad. Carles Andreu. Barcelona: Seix Barral, 2017.

Los personajes de George Orwell fue amigo mío son nuestros contemporáneos (también) en su incapacidad de comprender qué sucede a su alrededor; se trata de los relatos de ficción más lúcidos acerca del presente que se hayan podido leer en unos meses en los que se han publicado otros muy buenos libros de cuentos, como los de Edith Pearlman, Nicolás Cabral y (un rescate) En el corazón del corazón del país de William H. Gass.

El futuro

Chimamanda Ngozi Adichie, Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo. Trad. Cruz Rodríguez Juiz. Barcelona: Literatura Random House, 2017.

Chimamanda Ngozi Adichie ofrece aquí argumentos inapelables para pensar en la forma en que educamos a nuestros hijos, y lo hace con discreción y nobleza. Más que los otros libros mencionados, éste de Adichie apunta en una dirección, sea ésta un punto cardinal o no: su lectura permite orientarse en un mapa de cuya interpretación depende el futuro de todos nosotros, hombres y mujeres.
 
 
Publicado originalmente en Babelia/El País, junio de 2017. 

[Publicado el 29/6/2017 a las 18:00]

[Etiquetas: Danilo Kiš, Michel Leiris, Terry Eagleton, Victor Hugo, Stephen Spender, Christopher Isherwood, W.H. Auden, James Boswell, Chimamanda Ngozi Adichie, Acantilado, Sexto Piso, El Cuenco de Plata, Wunderkammer, Gallo Nero, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Juan José Saer, a contrapelo / Dos libros

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El escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) / Crédito de la imagen, de su autor /

[...]

No fue "un gran ensayista", afirma Sarlo; sin embargo, los textos reunidos en El concepto de ficción (que coincide en librerías con Zona Saer) parecen contradecirla. Publicados originalmente en 1997 y organizados en un orden cronológico algo perezoso, que ratifica la opinión no muy favorable que Saer tenía de ellos, son extraordinarios. Aquí aparecen reunidos los escritores más admirados por el autor, sus disidencias (en particular con Jorge Luis Borges, como observa Sarlo) y sus entusiasmos (Witold Gombrowicz, Roberto Arlt, James Joyce, el Nouveau Roman): todo ello recorta un espacio que es el de su obra, el espacio en el que ésta puede ser leída, por fin, por una nueva generación de lectores y revisitada por aquellos para los que es una referencia desde hace décadas.
 
 
Beatriz Sarlo
Zona Saer
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016
 
Juan José Saer
El concepto de ficción
Barcelona: Rayo Verde, 2016

[Publicado el 22/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Juan José Saer, Beatriz Sarlo, Rayo Verde, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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Una amistad catastrófica / "Conversaciones con James Joyce" de Arthur Power

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[...]

Según Clive Hart, "siempre ha resultado complejo determinar cuánto absorbió [Joyce] de la corriente principal de la literatura europea o en qué consistían sus gustos y opiniones literarias" (25). A la catástrofe de amistad que protagonizaron éste y Arthur Power se le pueden atribuir varios nombres, pero lo que importa es que estas Conversaciones con James Joyce son el testimonio más detallado, más íntimo y más importante del que disponemos acerca de estas cuestiones y, como tal, deberían ocupar un lugar en las estanterías de cualquier joyceano: la admisión de su autor de que Ulises es fundamentalmente "una obra cómica" supone una invitación ineludible a la relectura, por ejemplo, y hay varias relevaciones de esta índole a lo largo del libro.

 
 
Arthur Power
Conversaciones con James Joyce
Pról. David Norris y Clive Hart
Trad. Juan Antonio Montiel
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016

[Publicado el 20/5/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Arthur Power, James Joyce, Testimonio, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Vida de W.B. antes y después de Portbou / Un pasaje de "Walter Benjamin: la vida posible" de Esther Leslie / Cita

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Un detalle de "Aura Transfer" de Volker Marz / Crédito, de su autor /

[...]
 
En el extremo de los conceptos elevados está el Museo Judío de Daniel Libeskind en Berlín (1998-2001), el cual afirma rendir un homenaje a Calle de dirección única de Benjamin. En otro lugar de Berlín se ensayó un proyecto más pedestre. Como signo del creciente valor de mercado de Benjamin y del reconocimiento de su nombre como marca, se construyó la Walter-Benjamin-Platz en un terreno que se expropió a un estacionamiento donde Benjamin deambulaba en los días de su infancia en Charlottenburg. Una piazza italiana se trasladó hacia los fríos climas del norte, rodeada de fachadas de granito y columnatas con lámparas art decó al frente de oficinas, departamentos, restaurantes y cafés. Las fuentes computarizadas en su centro y, durante los fines de semana, el mercado de productos agrícolas están diseñados para hacer del lugar un estiloso espacio moderno.
 
Ahora que la cultura de Berlín vibra en la vieja zona alrededor del Mitte, en el nuevo corazón restaurado de la ciudad reunificada, una salida artística al mojigato y exclusivo Zehlendorf, en el límite sureste de la capital, se siente como una aventura hacia un barrio exótico e impenetrable, incluso si su rareza reside en la banalidad de una opulencia que no es propia de Berlín. La sensación de seguir un largo recorrido se intensifica cuando la dirección de destino es Argentinische Alle, y la estación de metro Krumme Lanke es la parada que sigue después de Onkel Toms Hütte. Este mismo sentido de las cosas geográficamente confusas le asombró a Susanne Ahner mientras caminaba entre la estación de metro en Argentinische Alle y el s-Bahn en Mexicoplatz, en los meses previos a su participación en una exhibición dedicada a los rastros de Benjamin en el arte del Haus Am Waldsee, no lejos de su casa familiar en Delbrückstrasse. Los ecos de lugares distantes en el suburbio de Berlín le recordaban los comentarios de Benjamin acerca del barrio Europa en París, donde los nombres de las calles conjuran ciudades de todas partes del mundo y le permiten al viajero hacer una travesía imaginaria más allá de la geografía física. Ahner buscó más signos del mundo amplio secretados en las calles cercanas y logró encontrar -y fotografiar- lugares y escena que se relacionan con los muchos pueblos y calles en los que Benjamin pasó sus cuarenta y ocho años, de San Remo a Svendborg, de Riga a Nápoles. El proyecto de Ahner fue más allá: sus fotografías homenajean pequeñas barras de chocolate amargo de alta calidad, disponibles en el café del museo por cincuenta centavos de euro, que se han convertido en coleccionables y evocan el deseo de Benjamin de coleccionar y su fascinación por las postales y la fotografía. También evocan nuestro propio fetichismo por un hombre que fue desplazado una y otra vez: su pasión de coleccionista se transforma en un síntoma psicológico.
 
El mundo ampliado de Walter Benjamin alcanza un límite en la frontera entre Francia y España. En un video que Michael Bielicky realizó ahí, una figura encuentra su camino en los senderos de la montaña. Resopla y jadea. La imagen que uno ve está mediada por tecnologías de vigilancia. Éste es Benjamin en la frontera actual entre México y Estados Unidos, o algo parecido, visible al poder a través de las tecnologías infrarrojas y de localización global. Ser un refugiado hoy es un asunto de alta tecnología. La caminata de Benjamin fue una prefiguración de aquella de los refugiados anónimos que arriesgan todo para cruzar el límite, en un mundo globalizado económicamente pero cuyas fronteras están alineadas con fortalezas en contra de la gente. Hoy en día innumerables académicos e intelectuales vuelven sobre los pasos de esta caminata para entender así algo de la terrible experiencia a la que Benjamin fue obligado. Es importante que esos buscadores tengan algo que ver cuando terminan su penosa caminata: Portbou obliga. El arte prosigue con el memorial Pasajes de Dani Karavan, un trabajo conceptual situado afuera del cementerio de Portbou en 1994. El monumento es un estrecho pasaje de hierro. El angosto corredor encarcela al visitante detrás del grueso cristal de una ventana, lo cual refuerza la metáfora y la actualidad de lo imposible del pasaje. El visitante está atrapado y se le dirige a sentirse como Benjamin se sintió en septiembre de 1940, una diminuta y frágil figura suspendida sobre la vista del peligroso remolino del mar abajo. Algunas palabras de notas de Sobre el concepto de historia en varios idiomas están grabadas sobre el vidrio.
 
Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.
 
Benjamin es, al menos, uno de los que se recuerdan. De hecho, se multiplica en este pequeño pueblo fronterizo. Se lee "A Walter Benjamin - Filòsof alemany - Berlin 1892, Portbou 1940", y en el contexto de la España posfranquista parece insinuar la posibilidad y necesidad de recobrar la tradición no fascista de España y Alemania. En 1990 se instaló otro memorial de piedra, adentro del cementerio, con una frase ampliamente citada en alemán, catalán e inglés:
 
"No existe ningún documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie".
 
 
En:
Esther Leslie
Trad. Lucía Vodanovic
Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2015

[Publicado el 19/8/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Walter Benjamin, Esther Leslie, Ediciones Universidad Diego Portales, Biografía]

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La insistencia del misterio / "La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo" de Mariana Enriquez

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[...]
 
Muy posiblemente, estas contradicciones hayan sido las de la propia Silvina Ocampo; posiblemente, no le hayan importado mucho (su obra manifiesta un notable desdén por la resolución del misterio y de las contradicciones, cualesquiera que estos sean), pero lo interesante aquí es que tampoco son resueltas en La hermana menor, la biografía que le dedica la escritora y periodista Mariana Enriquez.
 
La autora del reciente (y muy bueno) Cuando hablábamos con los muertos (Santiago de Chile: Montacerdos, 2013) ha entrevistado a decenas de personas que conocieron y trataron a Ocampo, y lo ha hecho en el momento preciso (al menos un par de sus entrevistados murieron poco después de dar su testimonio para el libro). La hermana menor se articula sobre la base de esas entrevistas y de la lectura de la obra de Ocampo, así como de los diarios de Bioy, y de una visita a la antigua Villa Silvina, en Mar del Plata. En términos de investigación, posiblemente sea suficiente (aunque algunos extrañarán una lectura de los inéditos; por ejemplo de los quince cuadernos que supuestamente habrían escrito sus enfermeras a modo de diario de su enfermedad), pero no basta para esclarecer el misterio que es Silvina Ocampo, ya sea por las abundantes elipsis en el diario de Bioy, por el pacto de silencio que todos quienes conocieron a la autora parecen haber suscripto, por las preguntas que se hacen (las de este libro se dirigen principalmente a intentar esclarecer su sexualidad: ¿Compartió a su sobrina con Bioy? ¿Bioy se casó con ella para disipar el escándalo de la relación de Ocampo con su madre? ¿Fue amante de Silvina Pizarnik? Todas preguntas poco importantes en relación a su obra literaria), o por la opacidad de una vida vivida deliberadamente para no dejar otras huellas que las literarias.
 
[...]
 
 
Mariana Enriquez
La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
 
[En Lo que está y no se usa nos fulminará, sección mensual en el blog de la librería porteña Eterna Cadencia. Buenos Aires, 8 de julio de 2014]

[Publicado el 09/7/2015 a las 13:15]

[Etiquetas: Silvina Ocampo, Mariana Enriquez, Biografía, Ediciones Universidad Diego Portales]

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"El Cristo de la rue Jacob" de Severo Sarduy / "Prólogo" de Alan Pauls / Cita

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Difícil saber si en 1987, cuando publicó El Cristo de la rue Jacob, Severo Sarduy ya estaba enfermo. El sida -que terminó de matarlo seis años después- será el tema excluyente de Pájaros de la playa, su novela póstuma (1993), ambientada en un viejo caserón de playa, mezcla de hotel de lujo y hospital, adonde van a morir jóvenes "prematuramente marchitados", golpeados por un mal que opera sin aviso y arrastra el cuerpo a un proceso de degradación irreversible. Lo curioso es que el mal, en el texto, es un mal sin nombre. Como sucede en una novela hermana, Salón de belleza (1994), de Mario Bellatin, la sigla maldita aparece omitida con el mismo afán, la misma devoción con que se describen las mutaciones orgánicas, visibles e invisibles, que ocasiona en sus víctimas. El Cristo, en cambio, menciona el sida un par de veces, con todas las letras, pero en un caso -dramático- el afectado es otro (un amigo pintor, que a su vez tiene un amigo "en perfusión"), y en el otro -un paso de comedia promiscua- el mal es una amenaza que dos hombres en celo, trenzados en una fugaz escaramuza de carretera, mantienen a raya reduciendo el contacto sexual al mínimo.
 
Y sin embargo, si hay un texto sintomático en la obra de Sarduy, ése es El Cristo de la rue Jacob. Antología de viñetas personales, souvenirs, escenas de viaje, estampas de costumbrismo parisino y narraciones vagamente documentales, el libro es quizás el primero en el que Sarduy acepta escribir sobre sí de manera, digamos, desnuda. El salto no es menor, teniendo en cuenta hasta qué punto el talento que había hecho célebre a Sarduy, en París, donde vivió casi un cuarto de siglo, y en América Latina, era el de enmascarar, maquillar, disfrazar, travestir. Por primera vez, Sarduy el Barroco pone en suspenso esa fiesta del artificio y el equívoco que la identidad era en sus ficciones y se mide con una instancia crítica, a la vez anacrónica y desafiante: el tosco, crudo, pálido yo que sufre.
 
"Enfermo es el que repasa su pasado", dice el narrador de Pájaros de la playa. En ese sentido, sí: Sarduy estaba enfermo cuando se publica El Cristo de la rue Jacob, un libro mucho más dado al recuerdo que lo que el goce barroco, fascinado por la fascinación, parecía autorizar. Pero lo que hacía sufrir a Sarduy, aun suponiendo que el sida ya se le hubiera declarado, iba mucho más allá de la clínica. El escritor estaba ya "en la cincuentena" -un umbral que él mismo evoca a menudo, con bastante poco entusiasmo, en las entrevistas que concede en la época-, y el paisaje cultural con el que su práctica barroca tan bien había sintonizado tenía ahora otra cara, otras reglas y valores: el estructuralismo, desangrado, se atrincheraba en el museo universitario; el cadáver de la revista Tel Quel (que había adoptado a Sarduy como a una mascota latinoamericana, deslumbrante y exótica) estaba ya definitivamente frío, y el frenesí militante que había animado las dos últimas décadas de vida intelectual francesa, consagrado a la causa de la Transgresión -guerra contra el sujeto, el relato clásico, la representación, la legibilidad-, perdía fuerza y bajaba la voz, desconcertado por el avance masivo de un régimen que recuperaba -sin inocencia, pero también sin culpa- banderas en desuso como la naturalidad, la transparencia, el género, el entretenimiento o la intriga. Además, como lo recuerda uno de los textos más desolados de El Cristo -"El libro tibetano de los muertos"-, Sarduy atravesaba aún un largo duelo. En 1980 había quedado huérfano de su maestro francés, Roland Barthes, cuya sombra tutelar y depresiva planea sobre todo el libro (y merece un ensayito casi paródico, en el que Sarduy desmenuza la relación de amistad con las armas del análisis estructural) y en 1985 había perdido a su maestro latinoamericano, Emir Rodríguez Monegal, a quien homenajea en "Ultima postal para Emir".
 
Sarduy descubre que no tiene lugar. Un día, en la abadía de Royaumont, donde los había reunido un coloquio, le dice a Gombrowicz: "Estoy perdido y solo, escribo en español, y más bien en cubano, en un país que no se interesa en nada que no sea su propia cultura, sus tradiciones, y en el que lo que no es ya notorio, o puede ser asimilado totalmente, sin dejar residuo de la pasada identidad del autor, es como si no existiera". O descubre que el lugar que ha ocupado en París empieza a hacer agua, y se enfrenta al mismo tiempo con otras dos evidencias perturbadoras: la primera, que el exilio -una palabra bastante ajena a su horizonte, más propenso a la euforia que a la nostalgia o la queja- no es exactamente esa condición virtuosa pero abstracta, conceptual, tan exaltada por la tradición de la extranjería literaria del siglo XX; la segunda, que Cuba -la Cuba que abandonó a fines de 1959 y a la que nunca volvió, y que además de una lengua, como la Argentina para Manuel Puig, fue para él, básicamente, un destinatario: una madre a quien escribirle cartas- ha dejado de ser ese mito carnavalesco, polifónico, un poco maníaco, que fermentaba en sus ficciones, para convertirse en un problema, extraña mezcla de enigma y de herida, de tormento y de necesidad. Francois Wahl, mentor de Sarduy, su Pigmalión, su compañero de toda la vida, daba cuenta muy bien del problema Cuba cuando recordaba que Sarduy, que conocía bien y admiraba a Lacan, nunca podía retener el nombre de la calle donde Lacan vivía y tenía su consultorio, la rue de Lille. Era un olvido patológico, y un día Sarduy descubrió por qué: cuando mencionaban la rué de Lille (que es el nombre de una ciudad francesa de provincia), él escuchaba lo intolerable: rué de l'íle (calle de la isla).
 
En la huella de Barthes, que diez años antes volvía a la noción de autor cuyo certificado de defunción él mismo había expedido, Sarduy reúne los textos de El Cristo de la rue Jacob y vuelve al yo que nunca tuvo, al yo que gozó toda su vida impostando, camuflando, desfigurando, y lo encuentra donde nadie antes lo había buscado: en sus propias cicatrices. En "Arqueología de la piel", el extraordinario capítulo inaugural del libro, Sarduy, paladín de las metamorfosis, se abisma ahora en lo único que no cambia, lo que no envejece, lo que queda -archivo dérmico- escrito en el cuerpo. No escribe una autobiografía: la lee, la va aislando en escenas furtivas, sucedidos, jirones de vida que deduce de esas muescas con las que la experiencia ha ido tatuándose en la piel, la única memoria que no los olvidará. Con Valéry, Sarduy cree que lo más profundo es la piel. Una espina en el cráneo, cuatro puntos de sutura en una ceja, la cicatriz de una operación de apéndice, la huella del ombligo o el vestigio de una verruga cauterizada condensan los hitos de una vida singular, que no se deja regir por la cronología ni por la causalidad: una vida-mosaico, discontinua, hecha de fulguraciones intermitentes (Sarduy las llama epifanías), que ese yo a la vez nuevo y viejo repasa con más curiosidad que desesperación, buscando no una verdad, no un secreto, sino la forma, el trazo, la luz de una singularidad.
 
 
En:
Severo Sarduy
El Cristo de la rue Jacob y otros textos
Pról. Alan Pauls
Ed. Milagros Abalo
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
Pp. 9-11

[Publicado el 16/4/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Severo Sarduy, Alan Pauls, Prólogo, Cita, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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Actualizaciones XI / "Estrictamente bipolar" de Darian Leader y "Pista resbaladiza" de Roberto Merino

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1
 
Estrictamente bipolar no reúne las magníficas historias clínicas que constituían uno de los principales alicientes para la lectura del libro anterior del psicoanalista británico Darian Leader, ¿Qué es la locura?. A cambio, profundiza en su proyecto de volver la vista a la psicología clásica para evitar la confusión que rodea a unos términos (aquí la "manía" y la "depresión") a los que la historia del psicoanálisis y la psiquiatría han acabado dotando de un significado ambiguo. Al aumento del diagnóstico de bipolaridad en las últimas décadas, Leader opone la denuncia del carácter económicamente construido de una enfermedad que, en realidad, debería ser llamada "trastorno maníaco-depresivo", y propone (una vez más) no pensar en el trastorno como el problema del paciente, sino como en su solución: una solución precaria y en último término dañina, pero que requiere ser entendida si se quiere conseguir aquello tan difícil que algunos llaman "curar".
 
 
2
 
A lo largo de la última década, Roberto Merino se ha convertido en un imprescindible de lo que muchos denominan la "crónica latinoamericana": al margen de lo que se piense acerca de la existencia (o no) de dicho término, y con independencia de lo que se pueda decir de su repetición maniática (que en ocasiones no es sino la demarcación de un nicho de mercado, un "kiosco" propio, y otras veces, el resultado de una cierta ingenuidad esperanzada), el caso es que Merino es uno de los autores que mejor ha narrado la ciudad en la última década, y lo ha hecho en textos generalmente breves en el periódico chileno Las Últimas Noticias empleando a menudo un tono intimista, alejado de la gritería del "aquí estoy yo" tan habitual entre los "cronistas latinoamericanos" (perdón).
 
Pista resbaladiza reúne una selección de esos textos realizada por Andrés Braithwaite: en ellos, la escritura periódica y sin programa no es sinónimo de dispersión; por el contrario, en los textos de Pista resbaladiza hay una unidad indisoluble, que es la de la mirada del sujeto que camina por la ciudad y lo narra (y la narra) con una de las prosas más extraordinarias del español contemporáneo.
 
 
Darian Leader
Estrictamente bipolar
Trad. María Tabuyo y Agustín López Tobajas
Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2015
 
Roberto Merino
Pista resbaladiza
Ed. Andrés Braithwaite
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014

[Publicado el 13/3/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Darian Leader, Roberto Merino, Andrés Braithwaite, Ensayo, Crónica, Sexto Piso, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Una especie de rabia mezclada con un cariño infinito / "Mi abuela, Marta Rivas González" de Rafael Gumucio

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Fue Marta Rivas González quien decidió que su nieto iba a ser escritor, y fue ella la que determinó cuáles no iba a ser: "Kafka no, Joyce ni cagando, Tolstoi no seas loco, Sartre ni a palos. ¿Tú conoces esa parte en La gaviota, la del reflejo de la luna en el vidrio roto? Así hay que escribir, como la luna cuando se refleja", le exigió, y el niño que Rafael Gumucio era escribió como el reflejo de la luna en el vidrio roto hasta que su abuela decidió que carecía de talento para la literatura. "¿Para qué escribir si no vas a ser Proust?", le dijo.
 
Marta Rivas González nació en Santiago de Chile en 1914 y murió allí en 2009, pero pasó buena parte de su vida en el exilio, la primera vez acompañando a su padre, el político Manuel Rivas Vicuña, y en la segunda ocasión junto a su marido, el senador Rafael Gumucio, tras el sangriento golpe de Estado de septiembre de 1973. Quizás sus excentricidades y contradicciones se debieran a una existencia repartida entre Santiago de Chile, París, Constantinopla y Roma, pero también es probable que estuviesen arraigadas en su clase de pertenencia (la "aristocracia chilena"), que siempre consideró cursi y falsa pero a la que nunca quiso abandonar a pesar de sus ideas marxistas. A Marta Rivas González le irritaba la pacatería, pero ella misma podía ser pacata a veces; era partidaria del aborto, del divorcio y la eutanasia pero no llevó a cabo ninguna de las tres cosas. A pesar de haber escrito un libro acerca de la importancia del caso Dreyfus en la obra de Marcel Proust, y de haber convertido a su nieto a la causa de la literatura, consideraba a la escritura una "huevada" (tontería), y algo "latero" (aburrido). "La gente que escribe se vuelve agria. Te caga el carácter escribir tanto" (190), le dijo, promoviendo su vocación literaria sólo para cancelarla con un gesto: "No seas tonto", déjalo ya de una vez.
 
[...] 

Mi abuela, Marta Rivas González continúa este proyecto de demolición de la historia chilena, pero lo hace de tal manera que las implicaciones de esa demolición conciernan también a su autor y a la profesión que ha escogido. De a ratos testimonio, por momentos carta, a veces diario: Mi abuela, Marta Rivas González narra la historia de una mujer adelantada a su tiempo, una mujer contradictoria, prepotente y manipuladora pero capaz de ser generosa, subyugante y conmovedoramente sincera, una mujer que una vez se acercó a Albert Camus confundiéndolo con un chileno, que fue esposa e hija de dos de los políticos más importantes de la historia chilena del siglo XX pero nunca hizo ningún esfuerzo por permanecer a su sombra, que fue amiga de José Donoso (con quien rompió cuando el autor de El lugar sin límites le pidió que conformaran un "matrimonio de conveniencia"), que perseguía a sus invitados con una aspiradora portátil, que pintó, estudió teatro y acuñó una docena de frases extraordinarias: "La vida del ser humano limita al norte con su cabeza y al sur con sus pies. Lo demás son países vecinos", "Por puro miedo a los rotos [pobres], los caballeros se volvieron rotos", "Pequé mucho, pero ahora no voy a pecar más porque no tengo con quién".
 
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Una familia, una literatura para entenderla: ésa fue la herencia al tiempo que el mandato que Marta Rivas González depositó en Rafael Gumucio; de su último libro, Lorena Amaro escribió en la revista electrónica 60 Watts que es "uno de los mejores libros autobiográficos escritos en los últimos cincuenta años en Chile", y el influyente crítico chileno Camilo Marks sostuvo en El Mercurio que, "si no es el mejor libro de Rafael Gumucio, está muy cerca de serlo". Ambos tienen razón.
 
 
Rafael Gumucio
Mi abuela, Marta Rivas González
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2013
 
[En Turia, diciembre de 2014.]

[Publicado el 13/1/2015 a las 17:15]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Autobiografía, Ediciones Universidad Diego Portales]

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César Aira, claves de lectura

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La chilena Ediciones Universidad Diego Portales, por fin, ofrece ese libro hipotético o lo más parecido que tendremos nunca a él. Continuación de ideas diversas reúne, en palabras de su autor, "ocurrencias, recuerdos, anécdotas, chistes y otros mil azares del discurso, materia inagotable de la Asociación" que no habían aparecido en sus obras anteriores. La descripción (por lo demás) es parcial o al menos pudorosa, ya que este nuevo libro reúne algunas de las mejores reflexiones que su autor haya propuesto nunca a sus lectores, dispuestas en un orden que puede parecer casual pero que, como indica Aira, es también "un tablero de juego".
 
Los textos reunidos en Continuación de ideas diversas (ninguno de los cuales supera los tres párrafos de extensión) pueden agruparse temáticamente en tres apartados. El primero (que resultará familiar a los lectores de la ficción de Aira), compuesto por piezas en las que se especula acerca de la posibilidad de que un fantasma olvide su nombre, que una persona aterrorice a sus perros fingiendo ser uno de ellos, que exista un microscopio para ampliar objetos grandes, etcétera. El segundo, una serie de reflexiones acerca de asuntos de interés personal como el olvido, el insomnio, la edad ("muy lejos de ser sabios[,] los viejos son unos seres perfectamente desinformados, inútiles, sin capacidades intelectuales dignas de notar y su única actividad visible es causar problemas"), el recuerdo de las novelas baratas que leía su padre, el rechazo a la religión por negar la muerte, la experiencia de releer libros, sus influencias (afirma que la principal han sido "las historietas de Superman, de los años cincuenta y sesenta"). Un tercer apartado está vinculado con la reflexión sobre la literatura y el arte en general: la vanguardia (que considera irrepetible por naturaleza), la existencia histórica de las obras artísticas, el diario íntimo, la crónica (que describe como "un avatar de la descolonización, tan destructivo como el colonizador clásico. El mismo vampirismo. La misma ignorancia, aunque presuma profesionalmente de lo contrario"), el arte contemporáneo (lo considera "pura mediación", de allí su interés por el arte no mediado, outsider o brut), el problema del valor en literatura, el del realismo, las telenovelas (a las que dedicó un libro excepcional, Los misterios de Rosario), el azar y la indeterminación en la obra artística, la narrativa argentina contemporánea ("pedestres narraciones de lo sórdido cotidiano"), lo sobrenatural en el arte ("un atentado contra la poesía del mundo") y la creación artística.
 
[...]
 
 
César Aira
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
 
[En Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, junio de 2014.]

[Publicado el 29/7/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: César Aira, Ensayo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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