PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de marzo de 2017

 Blog de Patricio Pron

A Hard Rain’s A-Gonna Fall / Donald Trump, 1935

imagen descriptiva

I
 
Anticipándose a los acaloramientos que tendrían lugar en los meses siguientes, el 16 de junio de 2016 la temperatura en Nueva York alcanzó unos infrecuentes 26 grados: ese día Donald Trump anunció allí su precandidatura a la presidencia de los Estados Unidos con un discurso tan extemporáneo en relación a las formas y los modos de la política norteamericana de las últimas décadas que, a partir de ese momento, y a pesar de que su precandidatura parecía por entonces una broma irresponsable más que una realidad tangible, la prensa estadounidense (y no sólo ella) se lanzó de lleno a analizar la figura de Trump, su trayectoria y sus motivaciones, visibles y ocultas.
 
Muchos de esos análisis se centraron en la ‘otredad' de Trump (en consonancia con unas encuestas que anticipaban su derrota a manos de Hillary Clinton), pero a más tardar el 8 de noviembre resultó evidente que el empresario no era ni es un ‘outsider' y que sus ideas son las de una parte importante del electorado norteamericano. Desde ese momento, los esfuerzos por ‘comprender a Trump' cambiaron de sentido, orientándose hacia la búsqueda de antecedentes históricos que explicasen lo inexplicable: la divergencia abrumadora entre la visión esencialmente moral que los estadounidenses tienen de sí mismos como una sociedad igualitaria, democrática y cosmopolita, y su voto.
 
 
II
 
¿Puede la literatura anticiparse a la Historia? Esto es lo que parecen pensar quienes poco después del día de las elecciones agotaron los ejemplares de 1984, la novela distópica de George Orwell. Pero también quienes han creído encontrar una anticipación de Trump en la novela de Sinclair Lewis Eso no puede pasar aquí (1935), cuyo tema es la creación de un Estado fascista en los Estados Unidos.
 
Eso no puede pasar aquí presenta ciertamente unos paralelos desconcertantes con la situación actual: en unos Estados Unidos profundamente afectados por la Crisis de 1929, surge la figura del senador Berzelius Buzz Windrip. Windrip llega a la Convención de su partido (en su caso, el Demócrata) como un 'outsider', pero se impone a los otros precandidatos gracias a sus habilidades sociales ("era un viajero incansable, un orador bullicioso y divertido, un buen adivino sobre las doctrinas políticas que gustarían a la gente, un amante de los apretones de manos", lo describe Lewis) y a una retórica incendiaria cuyos temas principales son la reparación de las supuestas humillaciones históricas a las que se habría sometido a las clases bajas del país, la lucha contra el desempleo y la expulsión de los inmigrantes ("tanto a los judíos como a los espaguetis, a los desgraciados del este de Europa y los chinitos", afirma uno de sus asociados); su programa es el de la restitución de una moralidad estadounidense supuestamente puesta en peligro por la obtención de derechos por parte de las mujeres, la organización sindical de los trabajadores ("esos mafiosos del mercado laboral se están juntando ahora con los líderes comunistas y están decididos a dirigir el país; ¡a decirnos a la gente como yo cómo tenemos que dirigir nuestros negocios", se queja un empresario afín), la reducción de los presupuestos militares y el fin de la esclavitud: es decir, el de hacer a "América grande de nuevo". Al igual que Trump, incluso, Windrip tiene un "satánico secretario", Lee Sarason (un 'proto' Steve Bannon), "cerebro detrás de un éxito" cuya explicación hay que buscar también en el apoyo explícito de los fundamentalistas religiosos a su candidatura y su uso de los nuevos medios de comunicación de masas, con la radio ocupando aquí el lugar que Trump otorga a Twitter en su estrategia de comunicación.
 
Lewis escribió Eso no puede pasar aquí con una visión enormemente lúcida de los regímenes fascistas europeos de su época, pero también como una advertencia acerca de lo que podía suceder en Estados Unidos si en el país se exacerbaban tendencias ya existentes: como pone de manifiesto el apéndice de Amaya Bozal a la edición española del libro, todos los personajes de la novela tienen su correlato en personas reales; en la novela, Windrip gana las elecciones y, a pesar de que (como sostiene un personaje) "eso no podría pasar aquí, en Estados Unidos: somos un país de hombres libres", el antiguo senador se precipita a crear un régimen fascista caracterizado por un recorte drástico de las libertades civiles. (Un nuevo correlato entre la novela y la realidad, si se tiene en cuenta el anuncio esta semana de que Trump eliminará la Agencia de Protección Ambiental, suprimirá el sistema universal de asistencia sanitaria conocido como 'Obamacare', limitará el derecho al aborto y reforzará el poder de ultraconservadores y religiosos.)
 
La creación de milicias irregulares y la persecución de sindicatos y prensa independiente por parte del gobierno son producto en la novela de una visión que también parece ser la de la Administración Trump, la de que "profesores universitarios, periodistas y escritores famosos" (que un personaje define como "los sucios y traicioneros espías judíos que se disfrazan de liberales estadounidenses") han envenenado a una población que "es floja, cobarde, codiciosa y carente del fiero orgullo del guerrero": ante ello, por supuesto, sólo sirve una guerra, y Windrip inicia una contra México, al que acusa de agresiones inexistentes, en un ejercicio prematuro de 'posverdad'.
 
 
III
 
"El poder no necesita excusas", afirma Windrip, pero la frase podría ser un resumen convincente de los primeros meses de Donald Trump como presidente de la nación más poderosa del mundo. Al final, el personaje de Lewis (a quien éste define como un hombre "bastante corriente" cuya única convicción es "la superioridad de cualquier persona que tuviera un millón de dólares") pierde el poder, pero para entonces ya es demasiado tarde para unos Estados Unidos disgregados y en plena guerra civil. No sólo por ello, Eso no puede pasar aquí no es una versión a escala 1:1 de la Administración Trump. Y sin embargo, su advertencia de que "no existe un país en el mundo que se pueda poner más histérico que Estados Unidos" (y que, por consiguiente, y contra la afirmación del título, el fascismo sí podía hacerse con el poder en ese país) resuena poderosamente estos días, poniendo en evidencia las continuidades históricas que explican el ascenso de Trump, las expresiones de intolerancia, racismo, ignorancia y desesperación que recorren la historia estadounidense como su sombra: al fin y al cabo, uno de los textos más descargados recientemente en ese país es Take Your Choice del senador Theodore Gilmore Bilbo, quien propuso la deportación de 12 millones de afroamericanos a cargo del Estado con la finalidad de evitar el "mestizaje" y bloqueó durante décadas cualquier intento de criminalizar los linchamientos a personas de color. Sus escritos forman parte de la historia cultural norteamericana en la misma medida en que lo hace la novela de Sinclair Lewis y en que los ataques verbales contra mujeres, homosexuales, afroamericanos, inmigrantes, actrices y periodistas por parte de Donald Trump reflejan al menos parcialmente las opiniones de muchos estadounidenses. Para ellos, la llegada de Trump a la Casa Blanca es como "la lluvia revitalizadora y bendecida por el Cielo que cae sobre una tierra reseca y sedienta" con la que uno de los líderes religiosos de Eso no puede pasar aquí compara la presidencia de Windrip. Claro que, como observa su autor, el líder religioso "no dijo nada sobre lo que ocurría cuando la lluvia bendecida caía sin parar durante cuatro años", quizás lo que Bob Dylan anunció en una de sus mejores canciones: el 16 de junio de 2016 (por cierto) el pronóstico meteorológico para la ciudad de Nueva York anunciaba tormentas.
 
 
Publicado originalmente en Cultura de El País. Madrid, 18 de marzo de 2017. 

[Publicado el 20/3/2017 a las 11:45]

[Etiquetas: Donald Trump, Sinclair Lewis, Novela, Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

«Qui était Borges?» / Jorge Luis Borges, Copi: preguntas sin responder (y 2)

imagen descriptiva

Nuevamente, se trata de una cuestión política, parcialmente vinculada con las adhesiones y el sesgo profundamente conservador de Borges en esa materia -un sesgo que, sin embargo no ha sido obstáculo para la recuperación de otros autores de inclinaciones políticas similares como las hermanas Silvina y Victoria Ocampo y Eduardo Mallea, quienes, al igual que Borges, eran publicados regularmente, en una muestra de conformidad y apoyo mutuo, en Pájaro de Fuego, la publicación cultural ligada al Ministerio de Cultura de la última dictadura argentina-, pero que tiene en sí el germen de una imposibilidad y de un malentendido: la imposibilidad es la de eludir efectivamente una figura que, como la de Borges, parece de a ratos más grande y más relevante que la literatura nacional en la que se inscribe; el malentendido -que ratifica mi convicción de que el «problema Borges» no ha terminado- es el que consiste en la convicción errónea de que lo nuevo en la literatura argentina sería un realismo mayormente rural que permea muchos, realmente muchos libros recientes: como si el famoso apotegma de Piglia según el cual Borges es «el último escritor del siglo XIX» hubiese sido tomado en serio por los autores argentinos contemporáneos, el supuesto autor decimonónico parece ser visto como una antigualla, parte constitutiva de un canon literario que, tras las incorporaciones en la década de 1990 de las figuras de Copi, Néstor Perlongher y Osvaldo Lamborghini, ya no fuese necesario revisar.
 
 
3
 
Volvamos a L'Internationale argentine. En ella, el «robo» de la candidatura de Copi es acompañada por el plagio de uno de sus poemas, que el novio de Raúla Borges lee como propio en su primera comparecencia ante la prensa; termina de esa forma una aventura política entre cuyas promesas se cuentan la entrega a cada familia argentina de un maniquí de Copi para que «vayan acostumbrándose a verlo siempre en un rincón de sus casas [...] como a alguien de la familia», la nacionalización de las panaderías y la consigna de «pan gratuito para todo el mundo», la creación de «un paraíso ateo» sin «cámaras, ni ministerios, ni organismos del Estado», un ejército que será alquilado «a los países vecinos para que hagan las guerras que siempre han soñado», guardando el país «una porción del territorio conquistado», la explotación del petróleo patagónico, que «se reservará sólo a los indígenas», etcétera. L'Internationale argentine participa de la serie compuesta por el proyecto presidencial de Macedonio Fernández y el plan para tomar el poder en Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt, el primero de los cuales consiste en la exposición del proyecto de El Astrólogo de «construir una ficción que actúe y produzca efectos en la realidad», como sostiene Piglia. En esa serie, la novela de Copi parece ocupar el sitio que dejó vacante el abandono de «El hombre que será presidente», la novela acerca de la campaña presidencial de Macedonio Fernández que -y aquí regresamos a Borges, si es que en algún momento nos hemos alejado- éste y otros amigos de Macedonio comenzaron a escribir en 1927, y su argumento parece glosar el de aquella novela tal como lo recordaba Borges en 1960: «En la obra se entretejían dos argumentos: uno visible, las curiosas gestiones de Macedonio para ser presidente de la República; otro, secreto, la conspiración urdida por una secta de millonarios neurasténicos y tal vez locos, por lograr el mismo fin. Estos resuelven socavar y minar la resistencia de la gente mediante una serie gradual de invenciones incómodas» que, en la campaña presidencial efectivamente emprendida con gran ironía por Macedonio en 1920, tenían por finalidad, según César Fernandez Moreno, «crear un verdadero malestar general, para suscitar la necesaria venida de un gran caudillo que lo conjurara, o sea el propio Macedonio. Medidas concretas propuestas por él en ese sentido eran: repartir peines de doble filo, que lastimaran el cuero cabelludo de quienes los usaran; instalar salivaderas oscilantes, que imposibilitaran acertarles; solapas desmontables, que se quedaran en las manos del contendor cuando, en el calor de la discusión, se tomara de ellas para convencer al contrario; escaleras desparejas, donde las dificultades para calcular el ascenso o descenso de cada escalón agotaran a quienes pretendieran subirlas o bajarlas».
 
 
4
 
A treinta años de su muerte, la omisión de la obra de Borges en el repertorio de la literatura argentina contemporánea parece constituir una de esas incomodidades voluntarias e inútiles creadas por Macedonio Fernández. Si la certeza de Alan Pauls de que la obra de Borges sigue siendo «de una exigencia que sobrepasa las que pueden proporcionar el mercado o los medios», la imposibilidad de resolver el «problema Borges» por parte de los escritores argentinos más recientes tal vez ponga de manifiesto su dependencia absoluta a estos dos extremos a la hora de conformar su juicio crítico; si la omisión deliberada de Borges «normaliza» la literatura argentina, equiparándola a las otras literaturas de la región -todas las cuales, y esta es su principal carencia, no tuvieron un Jorge Luis Borges-, esa misma omisión la desacredita; digámoslo así: sin Borges, la literatura argentina no vale mucho, casi nada. Es, además, una literatura cuya negación del pasado supone una reducción considerable de las posibilidades futuras, ya que, como sostiene Pauls, «cualquier idea sobre la literatura que conciba o practique un escritor argentino se mueve en un campo de problemas, disyuntivas y enigmas que la literatura de Borges delimitó, organizó y a su manera "solucionó" [...] Somos borgeanos porque cualquier decisión que tomemos, por anómala o salvaje que sea, ya está inscripta de algún modo -como problema, como excentricidad demente, incluso como pesadilla- en el horizonte que Borges trazó».
 
En su ensayo «¿Qué es un clásico?», el premio Nobel sudafricano J.M. Coetzee da cuenta de los casos de T.S. Eliot, quien fue considerado uno prácticamente desde sus comienzos, y de J.S. Bach, cuya obra fue ridiculizada tras su muerte y sólo recuperada décadas más tarde. ¿Es Borges nuestro nuevo Bach?, podría uno preguntarse. No exactamente. Si, según Coetzee, «el clásico es el resultado de una construcción histórica constituida [...] por fuerzas históricas definidas y dentro de un contexto histórico determinado», su carácter es también ahistórico; en palabras del autor, «el clásico es aquel que supera los límites del tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras, que "vive"». Rodolfo Fogwill afirmó en 1983, de forma contundente, que «no hay política cultural posible en la Argentina que no comience por desmitificar la figura venerable de[l] Maestro [Borges], aunque sólo sea para poner a funcionar en la producción de cultura lo que se pudo haber aprendido de él». Para Coetzee el clásico es «aquello que sobrevive a la peor barbarie, aquello que sobrevive porque hay generaciones de personas que no pueden permitirse ignorarlo»; su paradoja, la de que su interrogación, «por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesite ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico». La recusación de Borges, su obliteración en la literatura argentina contemporánea, el intento de escribir «contra» o «como si Borges no hubiera existido nunca» no pertenecen tanto, en ese sentido, a la historia de la literatura argentina como a la de Borges, a su singular vida póstuma, en la que el autor de El informe de Brodie no sólo sigue vivo, sino también dando batalla.
 
 
5
 
Pero yo no pensaba en ello en Angoulême, donde mis motivaciones eran otras, y mi objeto de estudio, muy distinto; de hecho, uno de los escritores utilizados para echar por tierra la hegemonía inevitablemente asfixiante del autor de Ficciones. Al tropezar con la tira, con la frase «Qui était Borges?» -más todavía, al comprender que había una genealogía posible, una forma de atravesar la literatura argentina del siglo XX para producir un recorte que fuese contra las convenciones y estuviese al margen de las luchas por el poder literario, en una línea que vinculase a Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Borges, Copi y Piglia-, creí vislumbrar la inevitabilidad de hacer frente al problema; por mi parte, yo nunca había querido prescindir de los derechos y las obligaciones que devienen de escribir después de Borges, pero sólo en ese momento pensé que hacerlo era, también, contravenir un estado nacional de la literatura, en el que la obra de Borges no está siendo utilizada, ni para producir una literatura que, como afirmó Fogwill, ponga en juego lo que se «pudo haber aprendido de él», ni para responder a la pregunta de quién fue Borges y qué hacemos con él. Se trata, creo, de una pregunta importante y que merece ser respondida: también, y por consiguiente, de la única pregunta que es mejor que no sea respondida nunca, entre otras cosas, al menos de forma completa, para que esa literatura siga viva y la obra de Borges continúe produciendo efectos. En Angoulême descubrí que Copi no había podido terminar su tira, y ahora creo que, en su inconclusión, la tira es mejor y más poderosa, porque adquiere el carácter de una pregunta abierta y formulada al futuro; es decir, al presente: ¿Qué hacer con Borges? Es decir, ¿qué hacer con Borges que no sea ignorarlo, fingir que nunca existió, que su obra es un borrón o que las páginas de sus libros están en blanco? Quizás los fastos del trigésimo aniversario de su muerte sirvan para responder a esta pregunta, pero, al margen de ello, me parece evidente que de la respuesta que se le dé depende la exigencia y la necesidad de una literatura argentina de relevancia o su estancamiento en la irrelevancia, la modestia, los tonos menores, intimistas, a menudo recurrentes en el costumbrismo, que caracteriza a la literatura argentina en nuestros días.
 
 
[Publicado originalmente en Turia (120), noviembre de 2016.] 

[Publicado el 16/3/2017 a las 13:00]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Copi, Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

«Qui était Borges?» / Jorge Luis Borges, Copi: preguntas sin responder (1)

imagen descriptiva

1
 
«Qui était Borges?» Volví a tropezar con esa pregunta, posiblemente la más importante de la literatura en español de los últimos cien años y la única que merece la pena ser respondida, unas semanas atrás en el lugar más inesperado, el sótano de la Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l'Image de Angoulême, en Francia. El sótano estaba refrigerado, yo tiritaba, estaba harto de estar de pie; pero sentía el vértigo de cada vez que tiene lugar un descubrimiento, y eso compensaba todas las incomodidades. (La pregunta era formulada por un pollo, naturalmente.)
 
Estaba en Angoulême para estudiar los manuscritos depositados allí del escritor argentino Copi. Nacido Raúl Damonte Botana en 1939, apodado «Copi» por una de sus abuelas -la dramaturga anarquista Salvadora Medina Onrubia- por parecer de niño «un copito de nieve», escritor de teatro, autor en francés de varias novelas y libros de cuentos, extraordinario actor travestí, creador de «la femme assise», la mujer sentada que apareció semanalmente en Le Nouvel Observateur durante sus primeros diez años de existencia, víctima del sida en 1987, a los cuarenta y ocho años de edad, Copi escribió, en palabras de Daniel Link, «como si Borges no hubiera existido nunca», de allí lo desconcertante de la pregunta que hallé en Angoulême, en una de sus tiras. «Qui était Borges?», pregunta a la mujer sentada un pollo, su interlocutor más habitual y uno de los muchos animales que pueblan la obra de Copi, en la que la dicotomía entre estos y los hombres -al igual que otros pares antitéticos, como hombre/mujer, animado/inanimado, vida/muerte, sueño/vigilia- es habitual y sistemáticamente abolida. La mujer sentada le responde: «Jorge Luis? Un vieux monsieur qui savait parler de la vie et de la mort». La tira continúa, pero el diálogo se detiene allí.
 
La aparición de Borges en la tira no es la única mención suya en la obra de Copi, sin embargo: en L'Internationale argentine, su última novela, uno de los personajes es una hija hipotética del autor argentino. Raúla (sic) Borges es la prometida del agregado cultural de la embajada argentina en París, y su papel consiste en alentar las ambiciones políticas de su novio en detrimento de los esfuerzos que una organización denominada La Internacional Argentina hace por la candidatura a la presidencia de Darío Copi, un poeta argentino muy poco talentoso radicado en Francia. Darío Copi va a perder la oportunidad de convertirse en presidente de Argentina cuando se hagan públicos sus orígenes judíos, pero, de entre todos los personajes y hechos disparatados y contradictorios que conforman la novela, y al margen de la previsibilidad de su final, de entre todos ellos, destacará la supuesta hija de Borges, que encarna en más de un sentido la anomalía, lo monstruoso.
 
 
2
 
L'Internationale argentine pertenece a la serie de textos argentinos que fabulan la toma del poder, y es singular que uno de sus personajes de mayor relevancia sea la hija apócrifa de Jorge Luis Borges, ya que la novela -toda la obra de Copi, de hecho- ha sido utilizada por parte de algunos escritores argentinos para tomar el poder, al menos el literario. En algún sentido, esos autores son los hijos de Borges, las anomalías que Copi predijo y contribuyó a concebir, de allí que sus palabras sobre el autor de «El Aleph» en la tira de Angoulême resonaron con particular fuerza en mí. Vistos como escritores antitéticos, en la tira había un singular reconocimiento a Borges, posiblemente póstumo. (Si se tiene en cuenta el tiempo verbal de la pregunta: la tira no está fechada.)
 
En uno de sus mejores ensayos, la excepcional ensayista argentina Graciela Montaldo definió L'Internationale argentine, Una novela china de César Aira y La hija de Kheops de Alberto Laiseca como textos «que encuentran en su capacidad de fabular el incentivo de la única literatura posible». Según Montaldo, «El amor, las aventuras, las intrigas políticas resultan proyectos fuera de toda medida y sin embargo estas novelas los cultivan con una "naturalidad" asombrosa, dándole una nueva dimensión a la ficción. Y casi en las tres novelas se podría percibir ese extraño efecto de encantamiento que produce la corroboración de la narración microscópica, detallada, con la dimensión ciertamente asombrosa e inconmensurable de la historia. Las tres encuentran un punto de coincidencia entre los dos extremos de la escala de medidas: lo grande y lo pequeño, porque involucran la cotidianeidad y las manías de los personajes en lo descomunal que tiene como símbolos nacionales la muralla china, las pirámides de Egipto y la deuda externa argentina».
 
«La narrativa de la que hemos venido hablando -continúa Montaldo- trata de generar una nueva tradición partiendo de un género muy viejo de la literatura europea y muy nuevo para la literatura argentina pero no parece alcanzar ni ser en sí misma suficiente para lo que gran parte de los narradores de este país se han propuesto como proyecto no explícito: quebrar la hegemonía borgiana en nuestra cultura». Una cuestión de poder, nuevamente. Desde hace algunas décadas, antes incluso de su muerte, el «problema Borges» ha sido el principal y el más importante problema a resolver por los escritores argentinos. «Qui était Borges?» -así, en francés; es decir, en el idioma de un esnobismo al que los argentinos no somos casi nunca insensibles-, o mejor, «¿qué hacer con Borges?» son las formas en las que el problema es presentado más habitualmente. A lo largo de la década de 1990, el «problema Borges» parece haber enfrentado a los escritores argentinos a la disyuntiva de dejar de escribir o continuar haciéndolo sobre bases nuevas y de una forma distinta; alejada del mandato de hipercorrección y brillantez conceptual que Borges desarrolló en su obra: su solución fue la creación de lo que Montaldo denomina la «tradición contraborgiana» -«contraborgesana» sería tal vez mejor, pero esto importa poco-, un conjunto amplio de textos presididos por una heterodoxia festiva y una desacralización cuyo origen está en la totalidad de la obra de Copi, no sólo en L'Internationale argentine.
 
Algunos de los autores de la contrahegemonía son nombres esenciales de la literatura argentina contemporánea: César Aira, Alan Pauls, Rodolfo Enrique Fogwill, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Marcelo Cohen; cada uno de ellos resolvió el «problema Borges» de forma distinta: César Aira, mediante la serialización, la creación de un dispositivo y la supremacía del proceso por sobre el resultado de la producción literaria; Alan Pauls, a través de una literatura estrechamente vinculada al arte contemporáneo -aunque al menos una de sus novelas, Wasabi, es tanto deudora de Aira como de Copi-; Fogwill, mediante una contemporaneidad rabiosa y decidida, así como a través de dos textos en los que exorcizó la influencia del autor de «Las ruinas circulares», el cuento «Help a él» -un acrónimo de «El Aleph», por supuesto- y la novela Un guión para Artkino, donde, en una Argentina ya por completo integrada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, las obras de Borges son consideradas apócrifos publicados en connivencia con la policía política para hundir a un autor, esencialmente, proletario, responsable de las novelas «rescatadas» Horas proletarias y Mañanitas metalúrgicas; Daniel Guebel y Sergio Bizzio con la adhesión a los postulados de Aira; Sergio Chejfec, mediante una escritura abigarrada, lejos de la claridad y la impronta clásica de la prosa de Borges; Marcelo Cohen, con la creación de un mundo ficcional llamado «El Delta Panorámico» y la concepción de una lengua personal. Pero otros escritores, igualmente importantes aunque no pertenecientes explícitamente a la corriente antiborgiana han producido textos que en los veinte años posteriores a la muerte de Borges han supuesto, por omisión o de forma directa, un cuestionamiento de su legado: Hebe Uhart se ha refugiado en la narración de la intimidad y en una cierta ligereza deliberada; Elvio E. Gandolfo ha adherido a géneros «menores» que Borges desdeñó pese a su contribución a ellos -la novela policiaca, la ciencia ficción, el terror, etcétera-; Rodrigo Fresán ha recortado un conjunto de referencias exclusivamente anglosajonas -pese a lo cual dedicó a la figura de Borges uno de los mejores pasajes de Historia argentina¸ así como un ensayo extraordinario, «El día en que casi mato a Borges»-; Martín Caparrós avanzó sobre el terreno, nunca ollado por Borges, del periodismo narrativo, y en una explícita y muy reciente declaración de intenciones, desplazó el centro gravitacional de la literatura argentina de Borges a Esteban Echeverría.
 
(En Ricardo Piglia la solución del «problema Borges» es más compleja: la construcción de una obra literaria en la que se articulan el interés por la delincuencia y la circulación del dinero presente en la obra de Roberto Arlt con el interés por la lectura como actividad creadora, el engaño, la duplicidad y la tradición de la obra de Borges, todo ello encarnado en el que quizás sea su mejor cuento, «Luba», pero también en mucho otros pasajes de su obra.)
 
No se trata de que la figura de Borges esté ausente de la producción literaria argentina: de hecho, está presente, por ejemplo, en el ya mencionado Un guión para Artkino de Fogwill (2009), en el personaje despreciable del mismo nombre de La lengua del malón de Guillermo Saccomanno (2003), en la historia del artista Rafael Zarlanga en el cuento de Daniel Guebel «La infección vanguardista» (2012), en Cortázar de la A a la Z (2014) de Aurora Bernárdez, Carles Álvarez Garriga y Sergio Kern, donde numerosas entradas coinciden con las del Borges verbal de Pilar Bravo y Mario Paoletti (1999) -más específicamente, «españoles», «escribir», «traducir», «muerte», «psicoanálisis», «tango» y «vejez», en una diferencia de opiniones y de concepciones que serviría para fundar una teoría si se lo deseara-, en el gesto de Pablo Katchadjian, no completamente comprendido por algunos, de El Aleph engordado (2009) y en la extraordinaria instalación de Fabio Kacero «Fabio Kacero autor del Jorge Luis Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote» (2014). A excepción de estos dos últimos, se podría decir, la apropiación de la figura de Borges por parte de los escritores argentinos contemporáneos se centra en los aspectos más icónicos de esa figura: resuelve qué hacer con el sujeto Jorge Luis Borges, es cierto; pero no resuelve qué hacer con su obra y con su mandato.
 
María Teresa Gramuglio sostenía en 1991 en su «Genealogía de lo nuevo» que «narrar hoy en la Argentina no es sólo narrar desde Borges (aunque su figura siga presidiendo la novela familiar de más de un novelista), sino que se ha ido configurando una trama densa de textos en el interior de la cual se diseña un árbol genealógico (no muy frondoso) cuyas ramas principales y aún ciertos retoños e injertos se leen en los libros de hoy (y no sólo en los libros). En lo más inmediato: algunos nombres, por la frecuencia con que son convocados, se tornan insoslayables: Marechal y Cortázar; Walsh, Puig y Lamborghini; Viñas, Piglia y Saer; algún Bioy Casares, algún Aira... Cada uno de estos nombres introduce a su vez otras genealogías y define otros espacios; cada uno de ellos es un cruce de literaturas donde lo nacional y lo extranjero, la lengua y los géneros, la ficción, la historia y la política, traman las diversas soluciones narrativas que sostienen cada poética particular». A veinticinco años de esta afirmación, la literatura argentina parece empeñada en perseverar en ciertos entusiasmos -Rodolfo Walsh, Osvaldo Lamborghini, David Viñas, Ricardo Piglia, Juan José Saer, César Aira-, lo que podría llevar a pensar que el «problema Borges» ha sido resuelto de forma tácita; sin embargo, la exclusión del autor de El libro de arena como influencia reconocida, la inexistencia de elementos que adhieran a su sistema en la obra de otros autores, el desdén por los aspectos más reflexivos de la obra de Borges ponen de manifiesto que el «problema» no está resuelto. Por el contrario, ha ido agrandándose en la medida en que, en un singular ejercicio de funambulismo, los escritores argentinos más recientes -los que pertenecen a mi generación, o a cuya generación yo pertenezco: como se prefiera- están haciendo un esfuerzo improbable por escribir como si Borges no hubiera existido nunca.
 
[...]
 
 
[Publicado originalmente en Turia (120), noviembre de 2016. Finaliza el próximo jueves.]

[Publicado el 14/3/2017 a las 13:00]

[Etiquetas: Jorge Luis Borges, Copi, Disidencias]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Ante el dolor de los animales / Mao Tsé Tung (¿?-2017)

imagen descriptiva

Ante el dolor de los demás sabemos decir las palabras correctas; pero ante el dolor de los animales sólo podemos callar. Mao Tsé Tung, que conoció el dolor físico durante buena parte de su vida, también callaba: nos acompañó y nosotros lo acompañamos a él hasta donde pudo y quiso. La querella entre quienes consideran a los animales personas y los que piensan en ellos como objetos se dirime tácitamente ante la experiencia de la pérdida, porque el vacío que dejan en nuestra vida los animales es equivalente al que deja una persona. Queda tras la muerte de nuestro gato (y pese a todo) un enorme agradecimiento: por su compañía, por la generosidad con la que nos permitió ser sus testigos, por el ejemplo de dignidad que nos ofreció cuando la enfermedad ya lo había debilitado, por habernos dado la oportunidad de despedirnos de él; quedan, también, un puñado de gestos que ya no tienen sentido: buscarlo con la mirada por los rincones, esperar verlo cada vez que pasamos frente a la cama o delante del sofá, llenar un cuenco de agua del que ya no va a beber nadie. ¿Necesitamos escuchar una vez más que los animales no son humanos y que, por lo tanto, nuestro duelo es exageración? No necesariamente: sin ser humano, Mao Tsé Tung nos hizo más humanos a nosotros, que vivimos con él en estos seis años las muy humanas experiencias de la sorpresa y el asombro.
 
Quedan también, finalmente, algunas palabras por decir; pero siempre son mejores las que han dicho otros, por ejemplo las del epitafio que se dice que escribió un marqués italiano en el siglo XIX:
 
Aquí yace una gata
Era como la conciencia de un usurero.
Amasaba ratones más que un médico amasa enfermos.
Maullaba como un tenor de la Scala.
Se henchía como un diputado en el Parlamento.
Dormía como un senador en el Senado.
Robaba como un farmacéutico.
Era prudente como cierto almirante.
Era astuta como un empresario.
Era sospechosa como un policía.
Absoluta como un gobernador.
Era cortés, como no lo es un empleado.
Esquivaba la fatiga como un magistrado.
Era alegre como una muchacha al principio de enamorarse.
Era loca como un poeta, falsa como un periodista.
Era inteligente, como no lo es un jurado.
Fiel como no lo es una mujer.
Devoraba peces como el ministerio devora millones.
Tú que pasas por aquí,
dime si este animalito una pobre piedra no merecía,
mucho más que algunos a quienes se han alzado espléndidos mármoles.

[Publicado el 09/3/2017 a las 12:29]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Ricardo Piglia (1941-2017) / La figura en el tapiz

imagen descriptiva

Detalle de "2 x 4 Landscape" de Maya Lin (2006) / Crédito de la imagen, de su autor/a

Una habitación de hotel en La Plata, una mujer desesperada, una carta; otra habitación de hotel, ésta en Buenos Aires, una respuesta; entre ambas misivas, alguien que da con ellas. A lo largo de su vida, Ricardo Piglia tuvo un gran interés por las series de acontecimientos, al punto de utilizar una de ellas como autobiografía en un libro de conversaciones con escritores argentinos: en Primera persona (Graciela Speranza, 1995), la historia de cómo dio azarosamente con las cartas de dos antiguos ocupantes de las habitaciones de pensión que alquilaba en La Plata y Buenos Aires resumía una trayectoria vital y justificaba una poética, pero también adquiría el carácter de esas escenas iniciáticas (el libro sostenido al revés durante la infancia, el comienzo del diario en la adolescencia) que constituían su segundo gran interés y el tema de muchas de sus obras.
 
Al menos desde la publicación de "Los años felices", el segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi, sabemos que Piglia especuló con la posibilidad de orientar la reescritura de su diario a la conformación de series de acontecimientos aislados: la idea era que, si la experiencia era lo suficientemente significativa, su significado prevalecería a la descontextualización. En ese sentido, ¿qué pensaría Piglia de la siguiente serie: Respiración artificial, Plata quemada, Prisión perpetua, Formas breves, Nombre falso, El último lector, La invasión, La ciudad ausente, La sonámbula, Blanco nocturno, El camino de Ida, Crítica y ficción? ¿Qué clase de efectos derivaría de una edición en España que "desordenó" y descontextualizó su obra publicando los libros que la conforman en el siguiente orden (de acuerdo con su fecha de publicación original según el ISBN): 1980, 1997, 1988, 1999, 1975, 2005, 1967, 1992, 1998, 2010, 2013, 1986?
 
La obra de Ricardo Piglia se impone a su descontextualización, por supuesto; pero el efecto más evidente de ella es que (fuera de los círculos académicos) Piglia ha sido singularmente "mal leído" en España, un país donde, por otra parte, posiblemente hubiese sido "malinterpretado" incluso si su obra hubiera sido publicada en el orden "correcto" (es decir, consecutivamente y con el mayor respeto posible a las pausas y períodos de retracción entre libro y libro que en la obra de Piglia aportan una clave de lectura tan importante como las de sus textos): por una parte, porque su intuición genial de que las obras de Jorge Luis Borges y Roberto Arlt eran compatibles y debían confluir para que la literatura argentina recuperase su productividad tras años de dicotomía no puede ser apreciada en toda su dimensión en España, donde Roberto Arlt es prácticamente un desconocido; por otra parte, porque la sociabilidad literaria y el ambiente cultural del que surgió la obra del autor de Nombre falso (y que incluyó ciertas editoriales, algunos bares, las lecturas del psicoanálisis y el estructuralismo, la acción política y su deriva militarizada, Cuba, el Instituto Di Tella, etcétera) no se corresponden con las experiencias culturales de las décadas de 1960 y 1970 de un país gobernado por el franquismo y con una tímida apertura puramente consensual.
 
"La verdadera legibilidad siempre es póstuma" afirmó Piglia en el primer tomo de Los diarios de Emilio Renzi, probablemente queriendo decir posterior o subsiguiente: tal vez sea necesario esperar la publicación del tercer volumen de esos diarios para que, clausurada ya la obra, resulte posible (por fin) ver la figura en el tapiz que ésta dibuja. Si es evidente que Piglia fue leído "mal" en España, también es evidente que leer "mal" es imposible y que el malentendido y la traducción "mala" son el modo de comunicación más habitual entre literaturas nacionales. Algo de lo sustancial de una obra permanece siempre al margen de los equívocos y las malinterpretaciones, naturalmente: en fecha tan tardía como 2008, la Semana de Autor que la Casa de América de Madrid dedicó a Piglia sólo contó con un puñado de críticos españoles que conocían su obra (aunque se trataba, por supuesto, de tres de excepción: Eduardo Becerra, Juan Antonio Masoliver Ródenas e Ignacio Echevarría); en la actualidad, y tras haber obtenido Piglia premios como el Formentor, una hipotética celebración de ese tipo presentaría un número mayor de lectores españoles. "No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades distintas", comenta Piglia en su texto sobre las cartas halladas por azar y el descubrimiento de la serie como escena iniciática. Los problemas de traducción de su obra fuera de Argentina y el desorden de su historia editorial dibujan un Piglia desconocido, que sólo existe como objeto de contemplación reverencial y algo perpleja en España; de países en la periferia de la literatura en español como éste proviene, pues, quizás, la posibilidad de volver a leerlo como si no lo hubiésemos hecho nunca, con el mismo asombro y la misma fascinación de las primeras y algo azarosas lecturas.
 
 
Publicado originalmente en Revista Ñ. Buenos Aires, 16 de enero de 2017.

[Publicado el 01/3/2017 a las 13:29]

[Etiquetas: Ricardo Piglia; Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La gran novela americana, mientras la escriben / Literatura y políticos

imagen descriptiva

No existe nada parecido a un "juicio histórico", y el presente sólo induce a confusión; pero parece evidente, ya, que uno de los rasgos más notables de la Presidencia Obama fue la rehabilitación de una forma de entender los vínculos entre ejercicio de la ciudadanía y conocimiento del mundo que, a pesar de haber presidido las más importantes utopías de la Historia, se encontraba en retroceso antes de su llegada. A lo largo de sus ocho años de mandato, el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América se reveló como un consumidor de cine y teleseries muy bien informado (Blade Runner, El padrino, Homeland, Breaking Bad), un buen oyente de música y, sobre todo, un lector extraordinario, la lista de cuyos autores favoritos es inobjetable e incluye algunos de los nombres más importantes de la literatura contemporánea en inglés: Junot Díaz, Jhumpa Lahiri, Dave Eggers, Zadie Smith, Barbara Kingsolver, Marilynne Robinson, James Salter, Helen Macdonald, V. S. Naipaul, etcétera.
 
Al hacer pública su vida como lector, en los habituales y por lo general excelentes conciertos en la Casa Blanca, al compartir escenario con cantantes y cineastas dispuestos a poner en escena una cierta forma de concebir la cuestión racial y/o la defensa del "otro" (mujer, negro, inmigrante, homosexual), Barack Obama puso fin a unos años de antiintelectualismo en el poder cuyo mejor ejemplo (no el más trágico, desafortunadamente) fueron los exabruptos de George W. Bush, Jr, quien alguna vez afirmó que "una de las mejores cosas de los libros es que a veces tienen bonitas ilustraciones", se quejó de estar siendo "malsubinterpretado" (sic) y en una conferencia de prensa se negó a dar respuestas en "inglés, en francés o en mexicano". (En lo que posiblemente siguiese a Miriam "Ma" Ferguson, gobernadora de Texas en 1925 y 1933, quien se negó a introducir la enseñanza bilingüe en su Estado afirmando que "si el inglés le bastó a Jesucristo, también le bastará a los niños texanos".)
 
Quizás Bush pensase que el primer mandatario de un país debe parecerse a sus ciudadanos más ineptos; Obama, por el contrario, devolvió a ese papel la ejemplaridad que lo caracteriza desde la época clásica. En la búsqueda del equilibrio entre la prosecución de un proyecto político personal y la empatía con sus congéneres, Obama recuperó las artes, y en particular la literatura, como un vehículo para el conocimiento del mundo; en una época presidida por la idea errónea de que la prensa habría perdido su función principal, la de narrar el presente, y parecería prescriptivo perseguir una actualidad siempre huidiza en las redes sociales, Obama encontró en los libros lo que a menudo es posible encontrar en ellos: inspiración, consuelo, descanso, un conocimiento de primera mano de las ambigüedades de la condición humana. Como afirmó recientemente al New York Times, los libros hicieron posible para él, en estos ocho años, "ganar perspectiva" y "tener la habilidad de ponerme en los zapatos del otro"; dos cosas, dijo, "invaluables" en el ejercicio de la política.
 
Sin embargo, no es habitual que esto sea así, y sólo el tiempo nos permitirá valorar en toda su dimensión lo excepcional de su figura en un contexto en el cual los líderes políticos constituyen el sujeto de libros, pero, excepto en los Estados Unidos, donde esto parece prescriptivo, en escasas ocasiones los escriben (Obama escribió dos, excelentes); para apreciar en su totalidad su singularidad como político basta con contemplar la peligrosísima falta de conocimiento del mundo que ostenta su sucesor, Donald Trump, quien, en una de sus primeras decisiones de gobierno (y presumiblemente siguiendo a "Ma" Ferguson), retiró el español de la página web del gobierno federal estadounidense y antes, en mayo pasado, afirmó que sus libros favoritos eran La Biblia y Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque pero se vio incapaz de glosar siquiera su argumento porque, como admitió, "leo pasajes... leería capítulos, pero no tengo tiempo".
 
Aunque no son pocos los presidentes que fueron escritores de una índole u otra (el checo Václav Havel, por ejemplo; pero también los argentinos Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Juan Domingo Perón, el peruano José Luis Bustamante y Rivero, el chileno Ricardo Lagos, Manuel Azaña), y pese a que no hay prácticamente ningún político de los últimos dos siglos que no se haya visto compelido a escribir (Adolf Hitler, por ejemplo, Muamar el Gadafi o Benito Mussolini, quien a su llegada al poder retiró de circulación una novela anticlerical que había publicado años antes, e incluso Saddam Hussein, quien publicó cuatro novelas y una cierta cantidad de poemas bajo pseudónimo), parece evidente que, con excepciones, la palabra escrita ya no es el medio privilegiado de relación entre gobernantes y gobernados; en tiempos esencialmente audiovisuales, por el contrario, la exhibición de cierta ineptitud puede incluso resultar redituable desde el punto de vista político: piénsese en los popularísimos lapsus linguae del ex presidente chileno Sebastián Piñera, en el primer mandatario de cierto país europeo hispanohablante quien (se dice) sólo lee el diario Marca, en Silvio Berlusconi (quien hizo un uso político de esa forma de la literatura oral que es el chiste, burlándose en ellos de negros, mujeres, desempleados y enfermos de sida; de hecho, llegó a contarle a Bill Clinton un chiste sobre penes), en la británica Theresa May (afirma tener cien libros, pero todos son de cocina) o en el expresidente argentino Carlos S. Menem, quien inauguró un ciclo escolar recordando, a los presentes: "como dice el maestro Atahualpa Yupanqui: 'Caminante no hay camino, se hace camino al andar'". (A continuación, al ver cuestionados sus conocimientos sobre literatura, Menem afirmó que él, por el contrario, era un gran lector, y que disponía en su casa de las "obras completas de Sócrates".)
 
A diferencia de todos ellos, Obama no sólo ha sido un lector entusiasta de William Shakespeare, san Agustín, Ralph Waldo Emerson o Herman Melville (también ha estado atento a la literatura estadounidense contemporánea: Colson Whitehead, Elizabeth Colbert, Ta-Nehisi Coates, Jonathan Franzen), sino también el continuador de una cierta tradición política que, habiéndose articulado en torno a una respuesta norteamericana a los ideales de la Ilustración, recorre a través de un puñado de nombres la historia de ese país: Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Walt Whitman, Martin Luther King, James Baldwin, Ralph Ellison, W. E. B. DuBois. Se trata de la idea de unos Estados Unidos inconclusos, una "gran novela americana" escrita por todos los estadounidenses cuyo previsible final es el cumplimiento de las promesas realizadas en la Declaración de Independencia. Obama nunca dejó de lado lo que aprendió al inicio de su actividad pública en las calles de Chicago: que, como afirmó en alguna ocasión, "lo que permite a las personas reunir el coraje que se requiere para unirse y actuar en su beneficio no es sólo que compartan los mismos problemas, sino el hecho de que tengan una historia en común". Esa historia en común parece reactivarse en momentos de zozobra, y, en ese sentido, el único hecho esperanzador de la llegada de Trump al poder es la celebración de eventos literarios, lecturas de poesía y manifestaciones artísticas en noventa ciudades norteamericanas el día de su asunción. "Nuestro país ha sido fundado sobre la base de una brillante literatura", afirma Erin Belieu, quien ideó el movimiento Writers Resist "para recuperar lo mejor de nuestros ideales democráticos". Esos ideales democráticos están fundados en textos, por supuesto; pero su contenido no debería ser sólo palabras, ni siquiera en tiempos de alguien como Donald Trump, quien admitió que "su" libro The Art of the Deal fue escrito en realidad por el periodista Tony Schwartz, el cual, a su vez, reveló hace poco tiempo que la tarea le resultó enormemente difícil por la incapacidad de Trump para concentrarse, y que el único comentario que éste le hizo a la obra (que posiblemente ni siquiera haya leído) es que quería que su nombre apareciera más grande en la portada.
 
 
Publicado parcialmente en Ideas/El País, 29 de enero de 2017. 

[Publicado el 06/2/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias, Barack Obama, Donald Trump, Sebastián Piñera, Mariano Rajoy, Silvio Berlusconi, Theresa May, Carlos S. Menem]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El sinsentido de un final / Sobre el arte que no termina

imagen descriptiva

1
 
No hay nada incompleto en el rostro, pero, a continuación, si se desliza la vista por la imagen, se ven una chaqueta apenas esbozada, una falda inexistente, unas manos que son una mancha sin forma. Edouard Manet pintó seis retratos de su esposa, pero a tres los dejó incompletos: "Madame Edouard Manet (Suzanne Leenhoff, 1830-1906)", por ejemplo, fue comenzado y abandonado en torno a 1873 y hasta hace unas semanas formaba parte de "Unfinished" [Inacabadas], la exhibición de obras de arte deliberada o involuntariamente incompletas con la que el Metropolitan Museum de Nueva York inauguró el Met Breuer, su sección de arte moderno y contemporáneo en el antiguo edificio del Whitney. Quienes piensen que existe una relación de coherencia entre las intenciones de un museo y la naturaleza de las obras de arte que aloja tienen en "Unfinished" un magnífico ejemplo de que no es así: la exhibición, acerca del arte que no ha sido finalizado, ha terminado el cuatro de septiembre.
 
 
2
 
Pero, ¿qué significa en arte que algo está concluido? ¿Cómo sabe un artista que ha terminado su obra y qué razones contribuyen a que la abandone?  [1] ¿Qué otorga unidad y sentido a la obra artística si ésta ha sido abandonada? Ninguna de estas preguntas es fácil de responder, y los responsables de "Unfinished" (quizás deliberadamente) no lo intentaban, pero uno de los atractivos de la exhibición se derivaba de la comprobación de que, al menos hasta finales del siglo XIX, las pinturas incompletas eran visiblemente incompletas, algo a lo que el arte posterior vendría a poner fin: el grabado de Rembrandt titulado "La gran novia judía" está evidentemente sin terminar, por ejemplo (la mitad inferior de la imagen está en blanco), y también lo está el "Retrato de hombre joven" de sir Joshua Reynolds, en el que la atención prestada al rostro contrasta con la indiferencia de su autor por la vestimenta del retratado y el fondo, así como el "Retrato póstumo de Ria Munk III", que exhibe los trazos caóticos de un Gustav Klimt que murió antes de completar la obra; pero la "Calle en Auvers-sur-Oise" de Vincent van Gogh presenta la misma fuerza y la misma carencia de detalles (de hecho, la omisión deliberada de los detalles y su reemplazo por el trazo enérgico del pincel, que deposita el énfasis en el proceso de creación de la obra antes que en su resultado) que caracterizan la producción "terminada" del pintor neerlandés. A partir de ese punto en su historia, el arte occidental iba a avanzar en dirección a la incompletud de la representación y a su vaciamiento, lo que en "Unfinished" era puesto de manifiesto por cinco pinturas de J.M.W. Turner: en ellas, no parece haber otro tema que el color y la atmósfera, es decir, la naturaleza inestable de la experiencia visual.
 
 
3
 
Franz Schubert nunca terminó su Sinfonía en si menor, conocida, por lo tanto, como "la inconclusa"; nueve de los diez movimientos del Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart estaban incompletos en el momento de su muerte; Gustav Mahler murió antes de terminar su Décima sinfonía; Giacomo Puccini dejó inconclusa su ópera Turandot y Alban Berg su Lulú. Naturalmente, la pintura no es el único ámbito de producción artística en el que la incompletud no sólo es un accidente, sino un accidente significativo: contra la tendencia habitual de encargar a un alumno del músico muerto la finalización de sus obras inconclusas (Franz Xaver Süßmayr terminó la de Mozart ya mencionada, por ejemplo), la incompletud y la ausencia pueden escucharse en obras posteriores, como la novena sinfonía de Anton Bruckner, que es interpretada sin un final, y en la Gesangsszene o "escena de canto" de Karl Amadeus Hartmann, en la que las últimas líneas del texto de Jean Giraudoux en el que se basa la obra son recitados por el solista sin el acompañamiento musical que Hartmann no llegó a escribir.
 
 
4
 
Uno de los aspectos más interesantes de la exhibición del Met Breuer es la forma en que sus responsables se las arreglaron para iluminar visiones tan arraigadas del arte que a menudo resultan invisibles: una concepción romántica de la obra artística en el marco de la cual ésta sería el producto de una acción individual y consistente, con un principio y, más importante aún, un final; de acuerdo con esta concepción, no hay nada antes del instante creador y lo que hay después sólo puede ser comprendido retrospectivamente, algo que Vicente Verdú resumió quizás irónicamente al definir el arte, también en relación con "Unfinished", como aquello que "discurre entre la idea original (prevista o sobrevenida), su esbozo y su gloriosa realización". (Las cursivas son del autor).
 
¿Qué sucede, sin embargo, cuando la realización es interrumpida; es decir, cuando la obra artística no ha sido terminada? ¿Qué inquietud se apodera del espectador de la obra que supuestamente no se ha finalizado? No importa que estas visiones del propósito y del sentido del arte hayan sido escoltadas hasta la que debería ser su última morada por sepultureros tan reputados como Marcel Duchamp, Lygia Clark, Jackson Pollock y Robert Rauschenberg (cuya obra "Erased de Kooning Drawing" sigue siendo posiblemente la pieza clave para comprender qué es el arte en nuestros días): la visión consuetudinaria de que finalizar algo acarrearía una enseñanza de alguna índole, una forma de sabiduría, se sigue poniendo de manifiesto en nuestra percepción de la obra artística, así como en la fijación contemporánea por la figura del zombi, cuya condición de regresado de entre los muertos no sólo representa la forma en que se siente el trabajador del capitalismo tardío (como un cuerpo sin voluntad ni consciencia), y en un interés continuado por las últimas palabras de los artistas de cierto renombre. Michel de Montaigne tenía el proyecto de confeccionar un diccionario de ellas; "No crean que van a escuchar de mí unas, por así decirlo, últimas palabras", se defendió Georg Christoph Lichtenberg (de hecho, estas fueron sus últimas palabras) [2]; un personaje del muy buen libro de Luigi Amara Los disidentes del universo se dedicó a censurarlas; cuando Friedrich Engels preguntó a Karl Marx en su lecho de muerte si tenía "algo para decirle a la posteridad", el autor de la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel se puso furioso: "¡Vete! ¡Desaparece de mi vista! Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho lo suficiente en vida", le respondió. Por supuesto, él sí lo había hecho.
 
 
5
 
Vladimir Nabokov también dijo lo suficiente en vida, pero la publicación en 2009 de unas notas para una novela, en la que trabajaba cuando murió, reemplazó inevitablemente a las últimas palabras que el autor de Lolita no pronunció o no permitió que fuesen registradas; la difusión del inconcluso y desprolijo El original de Laura fue una especie de anticlímax para los lectores de un autor del virtuosismo de Nabokov que puso de manifiesto (una vez más) que el infierno de los escritores existe y está en este mundo, poblado por herederos con problemas económicos, agentes deseosos de beber hasta la última gota de la botella y académicos en busca de oportunidades. Algo menos de un siglo antes, Herman Melville había dejado inconclusa su novela Billy Budd, marinero, Oscar Wilde sus piezas teatrales "Una tragedia florentina" y "La santa cortesana" y Fiódor Dostoievski su ensayo sobre el crítico literario Vissarión Belinski, así como una novela que llamó sucesivamente "Ateísmo", "La vida de un gran pecador", "Los cuarenta", "Un Cándido ruso", "Un libro de Cristo" y "Desorden". (Émile Zola, por su parte, planeó un poema monumental en tres cantos sobre la historia de la humanidad desde sus orígenes cuyo título iba a ser "La Chaîne des êtres" [La cadena de los seres] y del que, en consonancia con la magnitud del proyecto, solo escribió ocho líneas.) A Franz Kafka le debemos las que posiblemente sean las mejores últimas palabras del siglo XX (dirigiéndose a su médico, le exigió: "Máteme, o usted será un asesino"), así como varias novelas inconclusas (aunque tal vez este mérito haya que atribuírselo a Max Brod, su albacea): parece evidente que esas novelas no están terminadas, pero resulta difícil imaginar cuál debería ser su final, ya que, en algún sentido, su lectura hace ese final innecesario.
 
¿Por qué Kafka no terminó sus novelas? Quizás por la incapacidad patológica de desprenderse de sus obras que aflige a ciertos autores; tal vez, porque, de haberlas terminado, tendría que haberlas dado a la imprenta, y la publicación nunca estuvo entre sus prioridades; posiblemente por un desdén de la completud similar al de Paul Cezanne (que no solía firmar sus obras por no considerarlas terminadas y una vez le dijo a su madre que terminar cosas le parecía "un propósito de imbéciles"); quizás por perfeccionismo: más posiblemente aún, porque, como parece evidente, las trayectorias demoradas de sus personajes no pueden tener final. Al igual que en el caso de El monte análogo de René Daumal (cuyo tema es el ascenso a una elevación del terreno que une la tierra y el cielo), las obras de Georges Perec "Las camas en las que he dormido" y Cincuenta y tres días (una novela inconclusa acerca del manuscrito de una novela inconclusa del ficticio Robert Serval) o Bouvard y Pécuchet de Gustave Flaubert (el propósito de cuyos personajes es acumular todo el saber disponible en la que es, por su naturaleza, una tarea inacabable), la inconclusión de las novelas de Kafka, su elusión de un final considerado normativamente el principio organizador de la narrativa, "habla" con la elocuencia con la que la ausencia puede manifestarse en ciertas obras, por ejemplo en la instalación de arena de Robert Smithson en una de las salas de "Unfinished", que perdió forma con los días hasta volverse irreconocible, en la descomposición de las "Dos naranjas" de la obra de Zoe Leonard acerca del sida o en las esculturas incompletas, de miembros desmembrados, de Auguste Rodin, Louise Bourgeois y Bruce Nauman, también en la exhibición del Met Breuer, que hablan acerca de la fragilidad del arte y, en última instancia, de sus productores.
 
A todas estas obras les correspondería el dudoso honor de formar parte de la singular y desafortunadamente ya disuelta "Oficina de Proyectos no Realizados" de la Société Perpendiculaire francesa (la cual a su vez se vinculaba estrechamente con el "Manual de la bibliografía de los libros nunca publicados ni siquiera escritos" de Blaise Cendrars a la que el autor aportó unos trescientos títulos) de no ser por la deriva del arte occidental de los últimos siglos, cuyo socavamiento de las distinciones entre hacer arte y no hacerlo, entre obra y creador, entre creador y público [3], no solamente apunta a la idea de que una obra de arte no está "terminada" hasta que es aprehendida por su espectador, lector o usuario, sino también a que toda obra que se desee duradera debe permanecer en un estado de incompletud que ponga de manifiesto la que parece ser la verdadera naturaleza del hecho artístico: la falta de certezas, la frustración, la fragilidad, la pérdida. Al menos desde 1759 sabemos que Tristram Shandy nunca podrá terminar de contar los primeros acontecimientos de su biografía; lo que "Unfinished" pone de manifiesto es que poner punto final a una obra es innecesario, o no tan necesario como permitir que en ella habiten una resistencia y una ausencia. Como la de James Hunter, el joven negro al que Alice Neel comenzó a retratar en uno de sus cuadros más famosos. Hunter escapó de los Estados Unidos para no ser enviado a la guerra de Vietnam y nunca se presentó a la segunda sesión de posado; Neel no terminó de pintar el retrato, pero lo firmó y lo exhibió, y ahora es su ausencia la que nos interpela, la de un joven que escapa para no verse obligado a morir en otra guerra injusta: su "James Hunter, recluta negro" nos "habla" ahora de la interrupción de la obra artística, pero también de la de una vida y sus proyectos.
 
 
[1] ¿Un cierto hartazgo, la intuición, una resistencia al tema, la procrastinación? En su excepcional Auguste Bolte (eine Doktorarbeit) *mit Fussnoten [Auguste Bolte (Una tesis de doctorado)* *Con notas a pie de página)], Kurt Schwitters admite que no sucede nada más a su personaje y que él mismo se ve imposibilitado de ofrecer otra cosa a los lectores, por lo que concluye; y Andy Warhol fue igual de honesto; cuando le preguntaron cuándo terminaba una obra, respondió: "cuando cobro el cheque".
 
[2] Enrique Vila-Matas cuenta por su parte que la familia de Buster Keaton quiso determinar junto a su lecho de muerte si el humorista había fallecido ya. No se mueve, ya ha muerto, dijo alguien. ¿Tú crees?, intervino otro. No puede ser, tiene los pies calientes y cuando la gente se muere tiene los pies fríos. Juana de Arco no, le respondió Keaton: fueron sus últimas palabras. También en su lecho de muerte le preguntaron a Bob Hope qué prefería, ser enterrado o incinerado. Sorprendedme, pidió el actor, y murió. 
 
[3] Por ejemplo en la serie "Do It Yourself" de Andy Warhol, que imitan los cuadernillos para colorear redivivos en nuestros días, o en Grapefruit, el bello libro de instrucciones de Yoko Ono en el que la acción artística se encuentra en un estado de latencia: "para entretener a tus invitados, saca tu / ropa usada del día / y háblales de / cada prenda. Cómo y dónde se ensució y / por qué", etcétera; pero también, por supuesto, en la devaluación del concepto de autoría emprendida por Michel Foucault y Roland Barthes en sus ensayos acerca de la muerte del autor y el nacimiento del lector. 
 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Ciudad de México y Madrid, noviembre de 2016.]

[Publicado el 17/1/2017 a las 15:30]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

"No robarás", pero ¿qué significa "robar" exactamente? / A vueltas con el 'caso Katchadjian'

imagen descriptiva

El Aleph engordado fue publicado por su autor en una tirada de 200 ejemplares en 2009; el libro era una apropiación del famoso cuento de Jorge Luis Borges, que Pablo Katchadjian "engordaba" con la inclusión de frases de su autoría para producir un nuevo texto. Dos años después, en 2011, el escritor argentino fue llevado a los tribunales por los usufructuarios de la propiedad intelectual de la obra de Borges y sobreseído gracias al testimonio de expertos en la materia; cuatro años más tarde, sin embargo, un nuevo juez ha trabado embargo sobre los bienes del escritor por ochenta mil pesos argentinos, equivalentes a 7.734,84 euros: si no los pagase, podría ir preso. A comienzos de 2017, la causa sigue su curso.
 
La experta francesa Hélène Maurel-Indart mantiene desde hace años una página web que reúne elaboraciones teóricas acerca de conceptos como la autoría y la "propiedad" de los textos, información legal, un foro de discusión y una lista permanentemente actualizada de autores acusados (con razón o sin ella) de plagio: Jacques Attali, Tahar Ben Jelloun, Françoise Sagan, Alain Minc, Henri Troyat y Bernard-Henri Levy son los casos más flagrantes recogidos en Le Plagiat, pero hay muchos más (algunos de ellos discutidos en extenso en El libro tachado, 2014), como el de Jason Epstein, autor de una primera novela muy alabada por la crítica cuya carrera literaria terminó cuando se hizo público que había plagiado El libro de Rachel de Martin Amis (lo reveló el mismo Amis, aunque discretamente y sin intenciones de arruinar la carrera de la joven promesa), David Leavitt, quien fue acusado del plagio de un libro de Stephen Spender en su obra Mientras Inglaterra duerme, y el de Fabio Filippuzzi, un ingeniero de Udine que publicó entre 2006 y 2010 seis libros que llevaban su firma pero de los que no había escrito una sola palabra: eran transcripciones prácticamente literales de La tarde de un escritor de Peter Handke y El animal moribundo de Philip Roth, entre otros.
 
"El octavo mandamiento (‘No robarás') no ha sido hecho para los poetas", afirmó Samuel Taylor Coleridge cuando se lo acusó de plagio, pero las cosas son más complejas, ya que es difícil determinar qué es eso que se roba cuando se habla de literatura. ¿El argumento? ¿El concepto de una obra? ¿Las palabras que la conforman? Aunque se lo acusa de un delito de defraudación a la propiedad intelectual (es decir, de plagio), es evidente que Katchadjian no ha "robado" a Borges, ya que en El Aleph engordado la referencia al texto de partida es explícita desde el título; es decir, no hay ningún interés por hacer pasar la obra como de la autoría de otro. Katchadjian es un escritor experimental que se propone desacralizar los textos de la tradición literaria, pero las implicaciones legales de su apropiación (más bien se debería hablar, como propone Cristina Rivera Garza, de una "desapropiación": desautomatización de los vínculos entre un autor y su supuesta propiedad con la finalidad de cuestionar la existencia de esos vínculos) lo sitúan en la compañía de escritores que quisieron hacer pasar como propia la obra de otro.
 
Por ejemplo Alfredo Bryce Echenique, quien debió pagar en 2009 una multa de cuarenta y dos mil euros por haber plagiado a una quincena de autores en un total de dieciséis artículos periodísticos, Sealtiel Alatriste (el escritor mexicano debió renunciar al cargo que ocupaba en la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM y al Premio Xavier Villaurrutia de 2012 por haberse apropiado de la obra de varios autores) y los argentinos Sergio di Nucci y Federico Andahazi, quienes fueron acusados de haber plagiado a Carmen Laforet en la novela Bolivia Construcciones y al dramaturgo Agustín Cuzzani en la novela El conquistador, respectivamente: en la novela de di Nucci se reproducían pasajes de la obra plagiada, y en la de Andahazi, el concepto general.
 
En cada uno de estos casos se pusieron en juego (además de una visible voluntad de engaño por parte de los autores) diferentes formas de la apropiación y del préstamo cuya interpretación pone de manifiesto las divergencias a la hora de comprender en qué consiste la propiedad intelectual, un concepto que viene siendo cuestionado desde hace casi medio siglo por la crítica literaria. Katchadjian parece orientarse por el juicio de esta última, al igual que el también argentino Esteban Peicovich, quien en sus Poemas plagiados escande textos periodísticos para poner de manifiesto su carácter involuntariamente poético, la española Mercedes Abad en Media docena de robos y un par de mentiras y Ricardo Piglia, quien en "Luba" reescribió un cuento de Leonid Andréiev atribuyéndoselo a Roberto Arlt y firmándolo con su nombre. El problema, si acaso, es que la razón crítica y la razón legal y comercial entran en conflicto en situaciones como las mencionadas, de tal forma que lo que para una es legítima para la otra no lo es.
 
La crítica literaria tiene, merecidamente, a Jorge Luis Borges como uno de los autores más importantes de la literatura mundial del siglo XX, pero la obra de Borges (con sus apropiaciones, citas implícitas y explícitas y préstamos) hubiese sido inviable si la razón comercial se hubiese impuesto a la literaria impidiéndole producir su obra. Es interesante observar que, en ese sentido, El Aleph engordado es más "borgeano" que la persecución legal llevada a cabo en defensa de su obra: Borges amplió el campo de lo que un escritor podía hacer si lo hacía abiertamente y sin voluntad de engaño, pero es llamativo que su obra sea puesta ahora del lado de los límites, de la contención, de lo establecido, de las reglas del mercado. Es, sobre todo, una pérdida para todos nosotros en tanto lectores, pero también es una oportunidad de volver a pensar a quién le pertenecen los textos: ojalá Pablo Katchadjian no tenga que pagar un precio excesivo por esta oportunidad.

[Publicado el 05/1/2017 a las 15:00]

[Etiquetas: Pablo Katchadjian, Jorge Luis Borges, Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Una breve contribución al "noble arte del toreo" / Propuesta

imagen descriptiva

Imagen, Andrés Rábago, "El Roto" / (Que se repita)

Ante el aumento de las protestas concitadas por el "noble arte del toreo", y con la finalidad de adecuarlo a los tiempos actuales (con el convencimiento, que subyace a ello, de que la tradición y la historia sólo son lo que el presente dice que son; es decir, lo menos tradicional e histórico que se pueda encontrar), he pensado que sería deseable e incluso conveniente proponer algunas sugerencias para que, con ellas, éste vuelva a tener el favor del público, siempre tan voluble y deseoso de nuevas experiencias. Esas propuestas son las que siguen:
 
1. La corrida pasará a ser celebrada por la noche, previa adecuación de los cosos a los requerimientos técnicos del ocio nocturno.
 
2. A su entrada en la arena, el torero será iluminado con un potente haz de luz blanca que destaque su figura en la oscuridad. Su entrada deberá ser acompañada por música a alto volumen, en lo posible black metal, trash o speed metal: el torero podrá escoger la música de su preferencia e incluso contar con una canción que lo singularice, ya sea porque le gusta y la utiliza en sus espectáculos, o porque ha sido compuesta especialmente para él por un grupo o solista actual. La entrada del torero podrá ser subrayada con la parafernalia habitual a los conciertos de rock: luces estroboscópicas, figuras trazadas con láser e incluso, si la ocasión lo requiere, humo artificial. Es conveniente que, al ingresar, el matador saque la lengua al público y/o agite la mano derecha con los dedos índice y meñique alzados dibujando una cornamenta.
 
3. Con la finalidad de que la renovación sea incluso más evidente, se recomienda que el matador reemplace el traje de luces por pantalones y chaqueta de cuero o camisetas de grupos conocidos. (No de The Smiths ni de Morrisey, por otra parte.) Se recomienda también que esté profusamente tatuado y, en lo posible, tenga barba abundante pero bien cuidada; también puede teñírsela.
 
4. La entrada podrá ser realizada a bordo de una motocicleta de alta gama, y el torero, entrar solo o con un entourage de pinchadiscos, lanzallamas, gogós y enanos. (Si el torero es latino, por el contrario, puede hacerse acompañar de cantantes de reggaetón, mujeres con silicona inyectada en las nalgas y enanos; si es valenciano, sólo con los enanos, que en este caso deben traer consigo una gran paellera rebosante.) Un personal de seguridad especialmente entrenado para la ocasión deberá impedir las avalanchas del público y que éste se lance de cabeza en el mosh pit correspondiente.
 
5. A la espera de que entre el toro, y a falta de picadores y otros asistentes (inexistentes en una economía como la actual, presidida por la autonomía del trabajador y el emprendimiento económico unipersonal), el torero puede a) ensayar con sus acompañantes coreografías creadas al efecto; o, b) manifestar con voz en lo posible gutural sus opiniones acerca de los asuntos más candentes de la coyuntura política. Se recomienda que esas opiniones no estén bien articuladas, se extiendan a lo largo de minutos sin fin y se precipiten en las siguientes afirmaciones, bien conocidas por el público que gusta de los espectáculos taurinos: "Los animalistas son como los nazis", "Las mujeres para qué coño se meten, si tendrían que quedarse en la cocina, donde están mejor calladitas", "Los 'catalanufos' que se independicen de su puta madre", "A mí que me den un chuletón poco hecho y que se metan su tofu por el culo", "Basta de persecución a las tradiciones", "Los taurinos somos los judíos de España; ya sólo nos falta que nos manden a los hornos", etcétera. El torero puede concebir sus propias frases o emplear las que encontrará en los comentarios a cualquier artículo bien pensado acerca de los derechos de los animales.
 
6. Toreros poco dados a las diatribas, independientes o que arrastren algún problema de dicción, pueden ceder el micrófono a su esposa para que ésta se exprese en consonancia con su vocación natural insultando a periodistas y personas que actúen en programas del corazón, a las que ésta les atribuirá ofensas reales o imaginarias.
 
7. Cuando ingrese el toro en la arena, y teniendo en cuenta cómo el torero y/o su esposa y/o su entourage lo hayan hecho hasta ese momento, el público deberá escoger si procede el indulto: si el venerable considera que así es, toro y torero serán dejados libres; si, en opinión del público. el indulto no corresponde, rápidamente se acercará al torero un lancero a caballo que lo ensartará provocándole una muerte lenta y dolorosa.
 
Cada gemido del torero será acompañado de una ovación por parte del público; cuando muera por completo, será atado a un caballo y arrastrado fuera de la arena entre los aplausos y los pañuelos. En ningún momento se tocará al toro, que constituirá el símbolo del espectáculo y el elemento que lo conectará con sus raíces. Esto podrá ser repetido todas las veces que se considere necesario en el transcurso de la velada, siempre recurriendo a un torero distinto, por supuesto. Los indultados podrán recorrer la geografía española, de forma individual o participando de compañías itinerantes. Esto garantizará la pervivencia de unas tradiciones españolas que, con un poco de fortuna, mantendrán a raya un tiempo más las demandas del público y la llegada de la civilización a estas apacibles costas africanas.

[Publicado el 08/11/2016 a las 14:30]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Eunucos en un harén / Un 'estado de la cuestión' para la crítica literaria hispanohablante (y 2)

imagen descriptiva

Ilustr. Larissa Bertonasco / Crédito, de su autora

Por alguna razón, los nuevos críticos se adhieren a las convicciones y a los impedimentos que les proponen sus jefes en los ámbitos generalistas, y se ven incapacitados, al menos de momento, para insuflar siquiera un poco de aliento fresco a estancias cerradas desde hace años. Si se toma un ejemplar de cualquier suplemento literario de (digamos) 1985 y se lo compara con uno actual, no se encontrarán prácticamente diferencias, excepto a las que hacen a la puesta en página y a los nombres de quienes escriben en ella (lo que devuelve actualidad a la duda de Friedrich Nicolai citada por Marcel Reich-Ranicki en su Sobre la crítica literaria: "uno se ve obligado a dudar si el exceso de indulgencia es fruto de la parcialidad o producto de la ignorancia"): con excepciones, tan escasas como valiosas, la forma de pensar en los libros es la misma en todos los casos, la visión de lo literario como esfera "superior" y escindida de otras prácticas artísticas, la ilusión de la superioridad moral de los autores, la adhesión incondicional a las políticas de las corporaciones editoriales, la inflación de lo nuevo y su integración forzosa en lo viejo, siguen allí, gozando de magnífica salud.
 
 
4
 
A pesar de lo cual, y ya completamente desmigajada del ámbito de la comercialidad de los libros (a los que, según la opinión mayoritaria de editores y distribuidores, apenas contribuye ya), la crítica literaria sigue siendo leída en América Latina; más todavía, el número de los críticos literarios aumenta paulatinamente en la región, en no menor medida debido al elemento dinamizador que constituyen la popularización de las herramientas de autopublicación en línea y el surgimiento de editoriales pequeñas y muy pequeñas en todo el territorio. Una nueva edición potencialmente susceptible de proponer un nuevo tipo de literatura requiere inevitablemente un nuevo tipo de lector, y una crítica literaria contraria a la forma tradicional de concebir el valor de los textos es su aliado indispensable en esa tarea.
 
El problema, sin embargo, es que la crítica literaria en español ratifica una y otra vez, y desafortunadamente, la afirmación de Terry Eagleton según la cual ésta sólo contribuye a la "autoafirmación identitaria" de la comunidad en la que el crítico se inscribe. En ese sentido, se puede pensar que una de las razones principales del descrédito de la crítica literaria, y la de su pérdida de peso no sólo en el ámbito hispanohablante, radica en su incapacidad de interpelar a lectores que se encuentran fuera de la comunidad de origen del crítico literario, como si la crítica fuese una actividad masturbatoria y alejada de lo que Eagleton denomina "uno de los ejes del hacer crítico: la tensión permanente", entregada por completo a las luchas por el poder literario pero incapacitada para interpelar a nadie que carezca de interés en esas luchas, a alguien que sólo quiera leer.
 
 
5
 
En la zanja del desinterés social en la que yace actualmente, la crítica literaria tiene, tal vez, razones para sonreír, sin embargo: en primer lugar, debido a que la multiplicación de la oferta editorial (deudora de la idea completamente errónea de que el aumento de la oferta supondría un aumento de la demanda y prisionera de sus distribuidores) convierte su trabajo en necesario, toda vez que el lector requiere algún tipo de filtro (que la crítica ofrece, acertada o desacertadamente y de forma inevitable); en segundo lugar, debido a que la crítica literaria tal como es practicada mayoritariamente en el ámbito hispanohablante propone un magnífico ejemplo del tipo de dirección que ésta haría bien en no seguir, lo cual ya es un avance: la crítica literaria en español ya sabe, al menos, qué no hacer.
 
Si hay razones para creer en la necesidad de más y mejor crítica literaria en español esto se debe, en tercer lugar, al hecho evidente de que buena parte de la literatura comercializada en estos momentos (en todos, posiblemente) es el resultado de unas manipulaciones en el ámbito del lenguaje que sólo pueden parecer inocuas a quien soslaye el hecho de que no son muy distintas a las que se producen en el ámbito también esencialmente lingüístico de la política. En el carácter manipulativo de la política práctica en el ámbito hispanohablante, la crítica literaria tiene la oportunidad de constituirse en un caballo de Troya que, refiriéndose explícitamente al ámbito poco relevante de la literatura, apunte a ésta como una disciplina potencialmente susceptible de conformar una resistencia al monopolio de la lengua por parte del Estado, una fabulosa caja de herramientas para aprender a usar los textos, pero también para oponerse a la manipulación que deviene de las instituciones, no sólo las estatales.
 
Una crítica literaria presidida por un compromiso no sólo estético (no poca cosa, por cierto, ya que la relación estrecha entre una buena crítica literaria, entendida como erudita y comprometida, y una buena literatura ha sido observada en más de una ocasión), por una visión individual de su función y de su necesidad, es la única que parece capaz de devolver la crítica literaria a los lectores (en la medida en que no limite su función a apuntar la incongruencia interna de ciertas obras sino también, y sobre todo, su congruencia con el sistema de valores que preside una sociedad esencialmente injusta) al tiempo que la saca del estadio de adormecimiento en el que se encuentra. Como sostuvo recientemente Michael Hasin, "la crítica literaria requiere fe, no en Dios pero sí en la literatura. Los críticos tienen que ser fundamentalistas, y desear misionar". Jean Sibelius, por su parte, recomendó: "Nunca prestes atención a lo que dicen los críticos: ninguna estatua ha sido erigida jamás en honor de ninguno de ellos", pero imaginar una nueva crítica literaria en español es también una oportunidad de pensar en la posibilidad, siquiera remota, de que los críticos literarios de ese ámbito hagan algo para merecerse (por fin) el mármol, o al menos el final de la emasculación simbólica.
 
 
(Publicado originalmente en Review 8. Buenos Aires, julio-agosto de 2016.)

[Publicado el 13/10/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres