El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Blog de Patricio Pron

Sus problemas con la ficción

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Paul Viejo nació en 1978 y es traductor (entre otros, de Fiódor Dostoievski y de Antón Chejov) además de autor de los poemas de Extraña forma de memoria (2002), la novela La madera y la ceniza (2003) y la pieza teatral Quinta Avenida esquina con qué (2006). Los ensimismados es su primer libro de relatos breves y su centro es el cuento "No temas, Jack", en el que dos personajes se enfrentan en un granero deseosos de hacer algo para poner fin a su enfrentamiento pero conscientes de que habitan un relato de ficción y que éste debe terminar como está previsto:
 
"Está a punto de moverse porque intuye que, si se mueve, algo puede cambiar en este cuento. El hombre que antes de que diera comienzo esta narración entró en el granero [,] vio a un muchacho contrariado y distraído, y después a un muchacho ya menos distraído y ya menos muchacho que se lanza a por una escopeta esquinada, ese hombre, quiere tomar las riendas de este cuento. Pero el cuento, este y no otro, debe continuar siendo como se planeaba. Es decir, para que este cuento sea el mismo y no sea otro en el que se escuche

'No temas, Jack'

es Jack quien debe tenerlo todo bajo control, o ni siquiera hace falta tanto. Es suficiente con que sostenga el arma como la está sosteniendo desde que todo esto empezó. [...] Unas gotas de sudor. En la frente de Jack. Eso es lo máximo que puede permitirse este cuento: un cuerpo empapado en sudor..." (20-21)

Al igual que en "No temas, Jack", los otros cuentos de Los ensimismados están habitados por personajes que se saben producto de la ficción (simétricamente, también los trasuntos de personas reales que aparecen en ellos están siempre a punto de desbarrancarse en la ficción, como en el relato "Robert & Geena"). Aquí, la elección del verbo no es casual: los personajes de estos relatos los "habitan" como si fuesen casas, la disposición de cuyos muebles (y su uso de ellos) no pudieran ser determinados por ellos mismos, lo que les permite contemplarlos con familiaridad al tiempo que con extrañamiento. Al hacerlo, los personajes echan sobre ellos una mirada que reproduce la que (al menos en ocasiones) el propio narrador parece echar sobre sus personajes: una mirada desapasionada pero no necesariamente indiferente, ya que estos (los personajes) se saben responsables de que los cuentos que protagonizan concluyan de forma conveniente; es decir, de acuerdo a reglas que no conocen pero cuya existencia intuyen, como hace el ladrón desafortunado de "Robert & Geena", que (de hecho) insulta al narrador por haberle dado ese destino y no otro:

"Piensa eso, mientras corre, y piensa también, cuando se agacha, en lo imposible de haber cambiado nada, y en la culpa, la responsabilidad, la condena -piensa, pero es apenas una fracción de segundo- de saber lo que va a ocurrir, y saber también que alguien más lo sabe, que siempre hay alguien más ahí que sabía lo que iba a pasar, lo que le iba a suceder a él. Y deja de pensar cuando se cumple lo que tenía que ocurrir y su cuerpo tiembla entreverándose de plomo, y el hilo de sangre sale por su boca y sus ojos se quedan abiertos, mirando hacia ti, preguntándote si lo sabías todo por qué has dejado que ocurriera de igual forma, cabrón. Se quedan abiertos y azules y eléctricos tal como sabías que iba a ocurrir. Por qué has llegado hasta el final, si era la historia de siempre. Pero eso ya no es Robert quien lo piensa." (35)

Al igual que sus personajes (una adolescente dispuesta a seducir al dueño del garito donde toca, dos amigas que discuten sobre la decadencia física de una de ellas, dos personas que viven una historia de amor que comienza con unas clases de conducción y culmina en un accidente, etcétera), Paul Viejo parece tener "problemas con la ficción" (el título de uno de sus relatos) que lo llevan a merodear sus cuentos sin penetrar necesariamente en ellos; de hecho, el modo verbal dominante a lo largo del libro es el condicional: los personajes harían una cosa u otra o pensarían o dirían esto o aquello si el cuento que habitan debiera ceñirse a las convenciones. Afortunadamente (y estos son los supuestos "problemas con la ficción" de Paul Viejo), ninguno de sus cuentos lo hace, y gracias a ello el lector experimenta el placer que resulta de la doble perspectiva que ofrecen estos relatos, que cuentan una historia al tiempo que proponen instrucciones sobre cómo contarla. A esta doble perspectiva el lector le debe (particularmente en la segunda sección del libro) las incertidumbres y las trampas en las que cae una y otra vez, por ejemplo, en el cuento "Derrapar", donde lo que el lector cree al comienzo que es una charla entre el trasunto del autor y uno de sus personajes resulta en realidad un diálogo de dos personajes sobre el autor.

Refiriéndose a su pareja, el narrador del cuento "Cada noche" afirma que "las chicas de su edad siempre quieren acción, las mujeres más mayores quieren acción, y hasta las viejas la quieren" (88). Naturalmente, esto es cierto y no sólo válido para las lectoras: todos queremos acción, y los cuentos de Paul Viejo tienen muy poca, de allí que su narrador en ese relato se atormenta al saberse incapaz de contar a su pareja el cuento convencional que esta le pide para conciliar el sueño, ya que los suyos (admite) son "ventanas rotas, fotos rotas, juegos incompletos, rompecabezas a los que a veces les faltan fichas y donde tan importante es lo que se cuenta en el cuento como lo que no se quiere o no se sabe o no se debe contar" (90).

Quizás el lector no necesitase esta manifestación explícita de una poética que recurre habitualmente a la omisión y a la elipsis. No importa. Más importante que esto es que, a diferencia de algunos de sus colegas, y como el narrador de "Cada noche", Paul Viejo no sabe contar cuentos convencionales, ese tipo de cuentos que agradan a los lectores que prefieren hacerse los muertos y aprecian los fenómenos de feria o los ajuares funerarios; también, que los cuentos convencionales son siempre cuentos prescindibles ("literatura sin vida" los llama el comentarista anónimo de "Sin salir de Marta"), y que es una gran noticia para sus lectores que Paul Viejo no sepa escribirlos. A estos sólo les queda esperar (con alegría, con agradecimiento y con perplejidad) que no aprenda nunca.

 

Paul Viejo
Los ensimismados
Madrid: Páginas de Espuma, 2011

 

[El próximo miércoles: Yo soy una vez Yo y una vez Tú de Paul Zech]

[Publicado el 14/5/2012 a las 13:00]

[Etiquetas: Paul Viejo, Cuento, Páginas de Espuma]

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Un puñado de imágenes destinadas a la desaparición

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Cees Nooteboom nació en La Haya en 1933; a partir de la publicación de su primera novela (Philip y los otros, 1957), produjo una obra extensa y variada que comprende novelas y nouvelles, volúmenes de poesía, libros de viaje, piezas teatrales y colecciones de artículos y ensayos, y cuyo último capítulo es este Los zorros vienen de noche, un volumen de cuentos que la exquisita editorial madrileña Siruela publica ahora como parte de su apuesta (sostenida desde 1992) por la obra del escritor holandés.
 
Los zorros vienen de noche reúne ocho relatos cuyos temas son el amor y la pérdida, pero también la amistad y el pasado: un hombre mayor regresa a Venecia a evocar una historia de amor que protagonizó allí años antes; una pareja es testigo de un accidente terrible en una playa española que la une momentáneamente y le recuerda lo frágil que es la existencia; un cónsul honorario holandés en Liguria se suicida lenta y minuciosamente mientras se aferra a la felicidad y a un secreto; una anciana inglesa en una localidad turística española conoce el amor y la humillación; una pareja rompe a raíz de unas tortugas; un narrador evoca a un grupo de amigos con los que compartía largas sesiones de póker y viajes y el amor de una mujer. Nooteboom narra estas historias con gran contención y respeto por el sufrimiento y la dignidad de sus personajes; también, con una prosa llena de hallazgos poéticos: el mar penetra en una cueva en la costa "como un gran soplo seguido de una aspiración, un gigante invisible mascando y escupiendo, la naturaleza tocando simultáneamente cien órganos" (74) y una mujer es como
 
"[...] una Madonna. La misma sombra en la parte izquierda del rostro que no presagiaba nada bueno, unos ojos mirando hacia dentro que habían visto ya cien veces la futura tragedia del niño que sostenía en su regazo, y luego el propio niño, un viejo filósofo consciente de que la mano amorosa de su madre no lograría salvarle de la muerte" (23).
 
En uno de los relatos, y refiriéndose a la vida ridícula y trágica del cónsul honorario, Nooteboom habla de "episodios hilarantes de una tristeza estructurada" (59), una definición apropiada para estos relatos que parecen preguntarse (como en otro de los cuentos)
 
"¿De qué medios disponemos en realidad para penetrar en la vida de otra persona, para descifrar sus secretos, descubrir sus pensamientos, mirar detrás de sus máscaras? Nada más que de la miseria heredada de las malas películas y de las novelas mediocres, de los tópicos psicológicos de las revistas, sofás imaginarios en los que jamás quisiéramos tumbarnos, espejos en los que no se refleja ninguna verdad porque la mentira es siempre más fuerte" (64).
 
A través del poder evocador de las fotografías (que recorre buena parte de los cuentos de Los zorros vienen de noche y especialmente los magníficos "Paula" y "Paula II"), Nooteboom nos recuerda que una de las principales tareas de la literatura es salvar de la pérdida un puñado de imágenes destinadas de otro modo a la desaparición, los "episodios hilarantes de una tristeza estructurada" que es nuestra propia vida. A diferencia de muchos escritores (que, al narrar el amor y la pérdida, incurren en esa "miseria heredad de las malas películas y de las novelas mediocres" y en "los tópicos psicológicos de las revistas"), Cees Nooteboom viene a demostrar que las pérdidas personales de un escritor y de sus personajes pueden constituir también la ganancia de sus lectores y que este no es el menos importante de los milagros de la literatura.
 
 
Cees Nooteboom
Los zorros vienen de noche
Trad. Isabel-Clara Lorda Vidal
Madrid: Siruela, 2011
 
 
[El próximo viernes: Ossip Mandelstam, cita]

[Publicado el 09/11/2011 a las 12:00]

[Etiquetas: Cees Nooteboom, Cuentos, Siruela]

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El interior inexpugnable

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Quizás los comienzos del amor sean todos similares, pero los finales tienden a ser siempre distintos y esto tal vez explique por qué los primeros son tan poco interesantes desde el punto de vista literario y los segundos propician textos excelentes; los cuatro que recoge El final del amor del español Marcos Giralt Torrente están entre ellos.
 
Narrados con la sutileza que es uno de los rasgos de estilo más salientes de su autor y con una prosa que recuerda la de sus textos más recientes como la magnífica novela autobiográfica Tiempo de vida (2010), los cuentos de El final del amor aparecen vinculados por su tema, que es el de la fragilidad de las relaciones amorosas y la inevitabilidad de su fracaso; también, por estar narrados en lo que habitualmente llamamos "primera persona" (es decir, por un narrador autodiegético) que es testigo de los hechos que narra pero nunca su principal actor: un español que viaja con su pareja a una isla africana del Océano Índico y ve descomponerse su relación y la de unos alemanes que los acompañan azarosamente; un joven que presencia el matrimonio de una prima con un diletante adinerado y su vagabundeo por varios países y finalmente es testigo de su divorcio tácito y aparentemente inmotivado y su final; un niño que vive un amor infantil y años después conoce el reverso terrible de ese amorío; un hijo adolescente que presencia la separación de sus padres y las relaciones turbulentas y desgraciadas en las que ambos se involucran a continuación.
 
Al escoger narradores testigos, Giralt Torrente consigue dosificar la información narrativa ofreciendo respuestas conjeturales a los enigmas de los relatos y afirmaciones (sobre las que el propio narrador duda habitualmente) acerca de los finales que presencia; de ese modo, evita las explicaciones unívocas del fracaso amoroso (habitualmente incorrectas) y se permite una distancia afectiva con los hechos narrados (a lo que también contribuye el tiempo transcurrido entre el período en que tuvieron lugar y el presente de la narración en el que son recordados) que le impide caer en el dramatismo y por la que se cuelan la ironía y la introspección; por lo demás, ambas permiten afirmar que el verdadero tema de los relatos de El final del amor no es tanto el fracaso de algunas parejas sino la constitución de una voz narrativa cuyo propósito y principio aparece en la frase de uno de los mejores relatos del volumen, "Cautivos" (el otro posiblemente sea "Última gota fría"): "creemos que tenemos un interior inexpugnable, en el que nos acorazamos, y resulta que también es inexpugnable para nosotros" (87). A la exploración de ese interior inaccesible está destinada buena parte de la obra de Giralt Torrente, una de las ineludibles de la literatura española contemporánea.
 
El final del amor obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.
 
 
Marcos Giralt Torrente
El final del amor
Madrid: Páginas de Espuma, 2011
 
 
[El próximo viernes: Cárcel de amor de Sergi Puyol, Cuentos de Pete el Leñador de Lilli Carré y Pobre marinero de Sammy Harkham]

[Publicado el 07/9/2011 a las 11:00]

[Etiquetas: Marcos Giralt Torrente, Páginas de Espuma, Cuentos]

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Historias mínimas

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A pesar de ser utilizado desde hace aproximadamente medio siglo, el término "minimalista" todavía parece útil para caracterizar a un cierto tipo de literatura, inusualmente frecuente entre los escritores latinoamericanos más jóvenes, que se propone acceder a lo esencial a través de una economía radical de forma y expresión; en ese sentido, si consideramos que el minimalismo literario se caracteriza por la economía de medios y por la preponderancia de un cierto behaviourismo depositado del lado de la descripción de situaciones y de personajes cuyas motivaciones profundas parecen desconocidas para el narrador, podemos calificar de minimalistas las obras de autores como el boliviano Rodrigo Hasbún y los chilenos Alejandro Zambra y Carlos Labbé (ya conocidos por los lectores españoles), pero también las de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, 1979), de quien la editorial Periférica publica ahora dos libros, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (originalmente Los daños, 2006) y Hoteles (2007), a los que se suma Diario (2009), que recibió el Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz y aún está inédito en España.
 
Uno
Aunque autónomos, los relatos del primero pueden ser leídos como parte de una novela intermitente a cuyos personajes apela el autor para narrar la suma de fracasos personales que contribuye a la gran decepción personal de no tener la vida que uno desea, la soledad de las parejas y la imposibilidad de establecer vínculos duraderos a pesar de que lo que le sucede a los protagonistas (frustraciones amorosas, malos trabajos, borracheras, decepciones artísticas, soledad) no sea particularmente dramático ni especialmente conmovedor y esté narrado con una gran distancia psicológica. Algo similar sucede con Hoteles, cuya historia transcurre principalmente en moteles de carretera, cafeterías y lavanderías, todos sitios donde se está de paso y donde la posibilidad de exploración del paisaje y de las personas que lo habitan es mínima, y que Barrientos (que también es crítico cinematográfico) narra a menudo fingiendo estar describiendo una escena de vídeo o una sucesión de fotografías. Un ejemplo de este procedimiento (que exige del lector que éste dote de sentido el relato restituyéndole una cronología e infiriendo las motivaciones de los personajes) es precisamente Hoteles, la historia del registro que un documentalista realiza de los testimonios de una pareja y una niña que un día escaparon en un Chrysler Imperial a través de un país innombrado para regresar tras cuatro meses de viaje y separarse; "esa clase de video [que] sirve para demostrar que las vidas se hacen pedazos a diferentes velocidades", como sostiene el narrador del relato "Primeras canciones".
 
Dos
"¿Serías capaz de identificar el momento en el que cambiamos, en el que nos convertimos en esto?", pregunta en ese sentido uno de los personajes de Fotos tuyas [...], allí donde "esto" debe ser entendido como una pareja más en una ciudad cualquiera, "gente conservada, congelada. Detenida" cuya vida es narrada por Barrientos evitando minuciosamente cualquier embellecimiento y rehuyendo de toda épica mediante un lenguaje caracterizado por el uso de frases breves, la ausencia de construcciones sintácticas complejas y un vocabulario poco sofisticado, rasgos de estilo a los que debe sumarse en Hoteles un manejo muy inteligente de la perspectiva que permite al autor dosificar la información narrativa de forma de mantener al lector en la incertidumbre de por qué sucede lo que sucede y cómo acabará.
 
No sólo por esta razón, Hoteles (y algunos de los relatos de Diario) resultan superiores a Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, pero los tres libros son el resultado de la voluntad común de "registrar para no perderse del todo. Registrar para saber por dónde hay que volver, para dejar marcas en la nieve". Fotos tuyas [...] y Hoteles son esas marcas de un escritor cuyo estilo parece ya completamente formado y cuya publicación en España viene a completar nuestro conocimiento de la escena latinoamericana contemporánea sin obligarnos necesariamente a redibujarla.
 
 
Maximiliano Barrientos
Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer
Cáceres: Periférica, 2011
 
Maximiliano Barrientos
Hoteles
Cáceres: Periférica, 2011
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural. Julio de 2011]
 

[El próximo miércoles: Que empiece la fiesta de Niccolô Ammaniti]

[Publicado el 15/8/2011 a las 12:00]

[Etiquetas: Maximiliano Barrientos, Novela, Cuento, Periférica]

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"Esto no puede ser verdad"

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Mircea Cǎrtǎrescu nació en Bucarest en 1956 y publicó su primer libro en 1980, un volumen de poesía titulado Faruri, vitrine, fotografii [Faros, escaparates, fotografías] al que siguieron otros seis poemarios y una obra en prosa que comprende doce libros de ficción y dos tomos de diarios, los más importantes de los cuales son Nostalgia (1993), Travesti (1994), La enciclopedia de los dragones (2002), Por qué nos gustan las mujeres (2006) y los tres volúmenes de la trilogía Cegador (1996-2007). Que el autor rumano fue inicialmente poeta queda de manifiesto a lo largo de buena parte de su obra (o, al menos, de aquellos de sus libros que han sido traducidos ya al español: Por qué nos gustan las mujeres, Cegador y El Ruletista), pero especialmente en Travesti, del que la editorial madrileña Impedimenta publica un adelanto editorial con traducción y (excelente) prólogo de Marian Ochoa de Eribe a la espera de dar a la luz en setiembre la obra completa.
 
Travesti es la historia de un escritor de treinta y cuatro años que se esfuerza por superar el dolor y las dudas que lo embargan desde que en un campamento de verano diecisiete años atrás sufriera lo que Ochoa de Eribe denomina en su prólogo "un trauma erótico" (8): su violación a manos de un compañero del liceo disfrazado de mujer. Más que esta anécdota terrible, sin embargo, el verdadero centro de la novela está en los arrebatos alucinatorios que provoca en el protagonista ese hecho (y otro vinculado con una cierta particularidad de sus órganos sexuales de la que no diremos nada aquí), que lo llevan continuamente a desplegar un relato que oscila sin distinguirlos necesariamente entre los estados de la vigilia, la fabulación y el sueño. El narrador y protagonista de Travesti sabe que "tanto el infierno como el paraíso eran aliados y que luchaban juntos en la destrucción del ser" (49); del mismo modo, vigilia y sueño no constituyen compartimentos estancos en la obra de Cǎrtǎrescu, sino que son aspectos (no necesariamente inextricables) de una idéntica búsqueda de la identidad.
 
Es en ese sentido que debe leerse la advertencia que realiza su traductora al español de que el escritor rumano (aun siendo posmoderno en el sentido usual de la palabra) pertenece al ámbito del "onirismo", una tendencia "propia y original del la literatura rumana" (12) que permitió a los autores de ese país escapar (al menos provisional y parcialmente) de la censura comunista. A esa censura se vio sometido también "El Ruletista", el relato de Nostalgia (publicado originalmente con el título de "El sueño") en el que un escritor de éxito necesitado de estímulos asiste en sótanos y teatros a la exploración de los límites de la realidad y del azar de un hombre que sobrevive a ocho partidas de ruleta rusa sólo para doblar la apuesta colocando dos balas en el revólver y no una y luego tres y después cuatro y así hasta completar las seis de la carga del arma y aun así sobrevivir. Naturalmente, ante situaciones de este tipo lo habitual es pensar "esto no puede ser verdad", y es un hecho que no lo es, pero Cǎrtǎrescu se vale de esa reacción natural para dar una vuelta de tuerca al relato que incide absolutamente en su valoración: convencido de que la extraordinaria suerte del Ruletista lo convierte en un "personaje" sólo verosímil en el marco de un relato de ficción (y no en la vida "real"), el narrador de esta historia decide que la vida que ha tomado por "real" es ficticia y que él también es un personaje y, por lo tanto, no morirá jamás. Al tomar su decisión, el narrador de "El Ruletista" se garantiza la inmortalidad a costa de poner en entredicho la ontología del mundo en el que vive y revelar su condición ficcional, pero, al hacerlo, también sugiere que el mundo que los lectores tomamos por real puede ser igualmente ficticio. Algunos dirán que todas las obras literarias de calidad arrojan ese diagnóstico sobre nuestras vidas, pero sólo algunas lo hacen de forma tan conmovedora como este "El Ruletista", que fue censurado en su momento por el Estado más eficaz en la construcción de ficciones que haya conocido el siglo XX.
 
 
Mircea Cǎrtǎrescu
El Ruletista
Trad. e Intr. Marian Ochoa de Eribe
Madrid: Impedimenta, 2010
 
Mircea Cǎrtǎrescu
Travesti
Trad. e Intr. Marian Ochoa de Eribe
Madrid: Impedimenta, 2011
 
 
[El próximo lunes: Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y Hoteles de Maximiliano Barrientos]

[Publicado el 12/8/2011 a las 12:00]

[Etiquetas: Mircea Cǎrtǎrescu, Cuento, Novela, Impedimenta]

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La desnudez

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Antonio Di Benedetto nació en Mendoza en 1922 y murió en Buenos Aires en 1986, al final de una peripecia que incluyó el ejercicio del periodismo, un año de cárcel durante la última dictadura argentina, cuatro simulacros de fusilamiento, un exilio de varios años en Francia y en España y un regreso a Argentina en 1984; también (y esto es lo más significativo) una obra radicalmente personal que ha hecho que se lo considere el principal cultor de la novela experimental y existencialista en Argentina. Di Benedetto publicó principalmente relatos breves, pero también tres novelas fundamentales: Zama (1956), El silenciero (1964) y Los suicidas (1969), publicadas recientemente en España por la editorial El Aleph con el título de Trilogía de la espera y como resultado del esfuerzo que la editorial argentina Adriana Hidalgo viene haciendo desde hace diez años por devolver al autor al sitio que le corresponde en la literatura argentina.
Vinculable con la austeridad verbal y cierta (falsa) pobreza de medios de obras como Pedro Páramo de Juan Rulfo, la narrativa de Di Benedetto es una narrativa existencialista que, como sostiene el crítico argentino Martín Prieto, se articula "a partir de los recursos restrictivos del objetivismo, de una especie de desnudez retórica y estilística que es, a su vez, el correlato del asunto de las novelas de Di Benedetto: la desnudez del hombre".
En ese sentido, y como sostiene Prieto, la suya parece el reverso estilísticamente logrado y brillante en sus efectos de la novelística de Ernesto Sabato, quien contó "con un respaldo popular que a aquél [Di Benedetto] se le negó", ya que ambos procuraron escribir una novela existencialista y acorde con sus tiempos pero lo hicieron de formas opuestas y con resultados divergentes, al punto de que puede pensarse que el único aporte de Sabato a la literatura argentina sea precisamente ése, el de servir de contracara fallida a Di Benedetto, de quien la editorial Adriana Hidalgo ha publicado recientemente el relato breve "Aballay" conjuntamente con el guión cinematográfico con el que Fernando Spiner (presumiblemente, el cineasta argentino más literario, dicho esto en un sentido positivo) adaptó esta historia de un gaucho estilita que decide no volver a bajarse de su caballo hasta purgar unos crímenes en los que se ve ineludiblemente condenado a reincidir.
Autor de la magnífica La sonámbula, con guión del propio director junto a Ricardo Piglia y Fabián Bielinsky (y con cameos de Alan Pauls, Rodrigo Fresán y otros), Fernando Spiner convirtió "Aballay" en "un western metafísico" con la ayuda de sus coguionistas Javier Diment y Santiago Hadida y el storyboard (más bien una adaptación gráfica) de Cristian Mallea. Esta edición devuelve a la historia de Di Benedetto al ámbito de la literatura tras un desvío por el cine que aún no ha podido ser visto por los espectadores españoles, y al hacerlo, incorpora a ese ámbito la obra de Fernando Spiner y de sus colaboradores. Aun cuando se trate de una literatura del silencio, es maravilloso que la de Di Benedetto rompa el que alguna vez se cernió sobre ella para generar estos ecos en la cultura contemporánea.
Antonio Di Benedetto
Aballay
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2010
[El próximo lunes: Dibujos de Franz Kafka]

[Publicado el 05/8/2011 a las 10:30]

[Etiquetas: Antonio Di Benedetto, Fernando Spiner, Cuento, Adriana Hidalgo]

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Algunas instrucciones para tiempos inciertos

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Freiherr Adolph Franz Friedrich Ludwig Knigge (1752-1796) publicó en 1788 Über den Umgang mit Menschen, un libro de consejos sobre cómo comportarse en sociedad cuyas actualizaciones periódicas desde entonces y sus numerosos epígonos han dado forma a la tradición germanoparlante de los libros de modales o "Benimmbücher". A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, las tres partes en las que Knigge dividía Über den Umgang mit Menschen (literalmente, "Acerca del trato con las personas", aunque la editorial Gestión lo publicó en 2007 con el título de Los nuevos símbolos del estatus: muéstramelos y te diré quién eres) ilustran el alcance y los propósitos de los libros de modales en general ("sobre el trato con las personas", "sobre el trato con uno mismo", "sobre el trato con personas con diferentes maneras de ser, temperamentos y humores del espíritu y del corazón"), pero también (y particularmente) los de El arte de no decir la verdad de Adam Soboczynski.
 
El escritor germanoparlante de origen polaco (Toruń, 1975) narra aquí treinta y tres historias sobre personajes a los que, como afirma, el azar pone una y otra vez piedras en el camino: alguien que está enamorado de alguien que no está enamorado de él o de ella, el empleado de una compañía inmobiliaria que responde demasiado vehementemente el correo electrónico de un colaborador y pierde la simpatía de su jefe, una diseñadora gráfica que convive durante seis años con un escritor fracasado y lo abandona poco antes de que éste obtenga un éxito imprevisto y absoluto, un profesor que es descubierto en un intercambio no sólo académico con una colega, etcétera. El interés de estas historias (narradas con una elegancia fuera de lo habitual que afortunadamente no se ha perdido con la excelente traducción de Francesc Rovira) no se agota en lo anecdótico, sin embargo: su autor las concibe como parábolas destinadas a ilustrar al lector en el uso correcto del engaño, al que considera el arte imprescindible de nuestros tiempos. Así, el libro de Soboczynski se incorpora irónicamente a la tradición inaugurada por Knigge, pero también a la de obras de grandes moralistas como el Oráculo manual y arte de prudencia (1647) de Baltasar Gracián (uno de los autores más citados aquí) o El príncipe (1531) de Niccolò Machiavelli, a los que actualiza; al hacerlo, suma su nombre a una serie (Knigge, Gracián, Maquiavelo) cuyos autores, al igual que el de El arte de no decir la verdad, procuran ofrecer a sus lectores unas instrucciones para comprender y actuar eficazmente en los períodos de incertidumbre que les ha tocado vivir.
 
Así, las enseñanzas del autor, que aparecen como epígrafes a los capítulos del libro, son simples: cómo no parecer arrogante, cómo y cuándo disculparse, cuándo fingir fragilidad y cuándo ser simpático, cómo abandonar con dignidad un puesto de trabajo, cuándo ser gracioso y cuándo mantener la distancia, cómo ser cortés o paciente, por qué mantenerse delgado, etcétera. El arte de no decir la verdad no es exactamente un libro humorístico (aunque las situaciones que narra son de a ratos absurdas e inducen a la risa) pero sí un libro profundamente irónico y un estado de la Nación para la sociedad europea actual, con su descontento y su falta de certezas, que este libro ofrece a quienes decidan ser sus (afortunados) lectores.
 
 
Adam Soboczynski
El arte de no decir la verdad
Trad. Francesc Rovira
Barcelona: Anagrama, 2011
 
 
[El miércoles: Hiperhíbridos de Pablo Gallo]

[Publicado el 18/7/2011 a las 12:18]

[Etiquetas: Adam Soboczynski, Cuentos, Anagrama]

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La invención de la ciudad

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O. Henry no se llamó O. Henry sino William Sidney Porter; del mismo modo, Mark Twain no se llamaba Mark Twain sino Samuel Langhorne Clemens. Aparte de la elección de un pseudónimo, a ambos escritores los une el ser los mejores de la segunda mitad del siglo XIX estadounidense y aquellos cuya obra mejor ha resistido el paso del tiempo.
 
Allí donde Mark Twain fue principalmente un novelista, sin embargo, O. Henry escogió el cuento, del que se convirtió en un maestro, al punto que el premio más importante para cuentos en inglés lleva su nombre. O. Henry tuvo una vida particularmente difícil que incluyó una estancia en Centroamérica de la que sabemos muy poco, tres años en la cárcel y el alcoholismo, pero la ciudad de Nueva York ofreció al escritor la oportunidad de comenzar de nuevo y este se lo agradeció con relatos que se benefician tanto de su extraordinaria capacidad de observación como del espectáculo que ofrecía la ciudad que estaba inventando el siglo XX.
 
"Todas las ciudades tienen su voz. Tengo una misión y debo llevarla a cabo. Debo averiguar cuál es la Voz de la Ciudad" afirma el narrador del relato que abre, precisamente, La voz de Nueva York, la colección de cuentos que acaba de publicar Traspiés; de hecho, podría pensarse que esa pesquisa es la única que llevó a cabo O. Henry como escritor: por las páginas de los relatos reunidos aquí circulan enamorados sin consuelo, pequeños delincuentes, mujeres solas, camareros, parejas pobres, borrachos, policías, artistas sin fortuna y curiosos; sus voces, que a menudo resuenan lastimeramente y que O. Henry reproduce con una cierta ironía ligera y de manera magistral (por ejemplo en el tratamiento de los tipos sociales de la ciudad como si se tratara de los de una sociedad remota e incomprensible), se suman a una voz que es la de la ciudad y a la que O. Henry dedica su obra:
 
"Es en la Gran Ciudad donde pasan cosas extraordinarias de manera inesperada. Doblas una esquina e inyectas la varilla del paraguas en el ojo de tu viejo amigo de Kootenai. Te dispones a pisar la hierba para arrancar una clavelina en el parque... y... ¡zas! Te atacan unos bandidos, te llevan en ambulancia al hospital, te casas con la enfermera, te divorcias; te metes en jaleos por si echabas de menos los altibajos, te arruinas, te casas con una heredera, recoges tu colada y pagas tus deudas en el club, todo en un abrir y cerrar de ojos. Vas por la calle y unos dedos te hacen señas para que acudas, un pañuelo se pierde para ti, un ladrillo te cae encima, el cable del ascensor o tu banco quiebran, tienes discrepancias con el menú del día o con tu mujer, y el destino te zarandea como si fueses los trocitos de corcho en el vino que un camarero inexperto acaba de abrir. La ciudad es un niño con mucha energía, tú eres una mancha roja en su juguete, y al final te chupan" (104-105).
 
No son escasos los ejemplos de la literatura que pretende reproducir la vida en la ciudad; la de O. Henry, por contra, la crea. Al igual que los grandes escritores del modernismo, su obra es menos mimética que fundacional, menos dependiente de una cierta sensibilidad que pionera en la formulación de una lengua con la que narrarla. Esa es una de las razones por las que resulta indispensable leerlo. La otra, naturalmente, radica en la excelencia de sus relatos breves; al menos tres de ellos reunidos aquí ("El asesino de tontos", "Mil dólares" y "Mientras el auto espera") son sencillamente perfectos.
 
 
O. Henry
La voz de Nueva York
Trad. María Teresa Sánchez Montesinos
Sin referencia: Traspiés, 2011
 
 [El próximo miércoles: Mantra y Esperanto de Rodrigo Fresán]

[Publicado el 27/6/2011 a las 12:00]

[Etiquetas: O. Henry, Mark Twain, Cuento, Traspiés]

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Una depresión del terreno

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Una hondonada es una depresión del terreno, de allí que no sorprenda que precisamente en una se encuentre Knockemstiff, la pequeña localidad en el Estado de Ohio donde nació y creció Donald Ray Pollock (1954) y donde tienen lugar los relatos de su primer libro. Quizás a raíz de esa fatalidad topográfica, los habitantes de Knockemstiff son seres indolentes y fracasados cuyo pasado es duro y sórdido y su presente es atroz: padres que se avergüenzan de sus hijos, hijos que se avergüenzan de sus padres, camioneros aficionados a las anfetaminas, alcohólicos dispuestos a beber cualquier cosa, niños incestuosos, violadores de discapacitados, empleados de gasolineras por las que nadie pasa, jóvenes que se masturban con las muñecas de sus hermanas, ancianas que mueren de cáncer, adictos a las anfetaminas y al pegamento, padres violentos que golpean a sus mujeres y a sus hijos, habitantes de caravanas desvencijadas, madres que obligan a sus hijos a participar de representaciones íntimas de terror lúbrico, jóvenes que quieren escapar del Estado y sin embargo no dejan de orbitar en torno a él como una polilla que se precipita hacia la luz, fisicoculturistas atiborrados de esteroides, retardados, una joven que come barras de pescado descompuestas, asesinos, empleados aburridos de la fábrica de papel que contamina la zona, mujeres mayores que drogan a hombres solteros y los violan, ancianos paralizados e indefensos incluso ante a sus propias deyecciones, parados, hijos que no hablan con sus padres, mujeres gordas cuya única actividad consiste en ver televisión, fumadores compulsivos, madres solteras, ladrones y tipos con placas de metal en la cabeza que temen a la lluvia.
 
Knockemstiff es un libro duro y desgarrador, el efecto de cuyas historias de personajes fracasados y violentos se ve aumentado por el hecho de que los relatos que lo componen están vinculados unos con otros y sus personajes aparecen en ellos una y otra vez en un arco temporal que va desde la década de 1940 hasta el presente; esa repetición de nombres y motivos contribuye al efecto desolador del conjunto, ya que permite vislumbrar (como sucede en relatos como "La vida real" y "Los combates") que cada uno de los episodios de violencia de un padre hacia un hijo apenas es uno más en una serie a la que el propio hijo contribuirá en su momento y que la vida cotidiana en Knockemstiff consiste en la repetición. A pesar de que, como afirma Kiko Amat, "Al lado de esto, Lars von Trier y Michael Haneke parecen Frank Capra y Walt Disney bailando una polca" (18), lo cierto, sin embargo, es que Knockemstiff es también (a su manera) un libro extraordinariamente divertido. Donald Ray Pollock tiene un gran talento para hallar una especie de comicidad sutil en el desamparo de sus personajes y la forma en que estos intentan vivir una vida que no comprenden ni desean pero a la que se aferran de todos modos; también, una notable capacidad para crear voces narrativas ricas en matices que (de manera casi milagrosa) consiguen que una treintena de relatos narrados en lo que vulgarmente llamamos "primera persona" no resulte monótona; finalmente, también un talento inusual para las primeras frases: "Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años" ("La vida real", 35), "Cuando los del pueblo lo llamaban ‘tarado', lo que en realidad querían decir era ‘solitario'" ("El destino del pelo", 85), "Me desperté creyendo que había vuelto a mearme en la cama, pero no era más que una mancha pegajosa de cuando Sandy y yo habíamos follado la noche antes" (225) y otros.
 
Pollock es un insospechado maestro de la caracterización de personajes y situaciones a través de las metáforas y símiles que los primeros utilizan para referirse a las segundas: un hijo recuerda que "hasta cuando tenía un buen día, hablar con mi padre era como verse atrapado en un ascensor en compañía de un caníbal a quien hubieran dejado en ayunas" (145), alguien tiembla como un perro "que cagara cuchillas de afeitar" (186), en la noche, un cigarrillo encendido brilla "como una luz de freno en medio de la cara arrugada" de un personaje (236) y otro percibe que "el mundo se ilumina, como si alguien acabara de arrancarme los párpados" (253). A este mérito debe sumársele un conocimiento de primera mano del ámbito en el que se desenvuelven sus personajes, que le impide tener con ellos cualquier tipo de compasión; a diferencia de Chuck Palahniuk (con quien podría comparárselo, al igual que con Raymond Carver, John Fante, Flannery O'Connor, Charles Bukowski y otros), Pollock no es condescendiente con sus personajes ni procura redimirlos porque sabe que la redención es una experiencia ajena a la clase social de sus personajes y a la que estos ni siquiera podrían ponerle un nombre. "Como éramos quienes éramos, ya sabía lo que íbamos a hacer", admite unos personajes, y el lector sólo necesita saber que lo que harán será terrible. Tan terrible (pero tan fascinante y narrado de forma tan extraordinaria) que Knockemstiff es desde este momento uno de los mejores libros que vayan a publicarse en español en 2011. Una revelación.
 
 
Donald Ray Pollock
Knockemstiff
Trad. Javier Calvo
Pról. Kiko Amat
Barcelona: Libros del Silencio, 2011
 
 
[El próximo viernes: Roger Chartier y la "revolución electrónica", cita]

[Publicado el 18/5/2011 a las 13:15]

[Etiquetas: Donald Ray Pollock, Cuentos, Libros del Silencio]

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Honesto, profundo, ligero, irónico, tierno

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No es improbable que la idea tan extendida de que la tristeza es necesaria para escribir sea errónea; es un hecho, sin embargo, que los personajes que la padecen suelen resultar más interesantes que aquellos que son insensata e injustificadamente felices, y algunos de los de La bicicleta estática, el nuevo libro de relatos del catalán Sergi Pàmies (París, 1960), son buena prueba de ello: un periodista que busca en los escenarios abandonados de Cinecittà un rastro intangible de sus padres, que lo concibieron tras haber visto Le notti di Cabiria, que Federico Fellini filmó en ese estudio; otro que planea y demora indefinidamente su suicidio; un tercero que conoce a la mujer de su vida a raíz de llevar los cordones desatados y decide desde entonces solo calzar mocasines; un padre que puede historiar la relación con sus hijos siguiendo los trazos que estos han dejado en las paredes de un piso que tiene que abandonar; dos personas con sobrepeso que entablan una relación amorosa triste y sórdida que pierde peso al tiempo que lo hacen ellos mismos; un niño que crece en el exilio antifascista en Francia; un hombre que solo puede comprender el valor de El principito de Antoine de Saint-Exupéry el día que cumple cincuenta años; otro al que le extirpan la nostalgia y la esperanza, es decir, el pasado y el futuro; uno que desmantela la casa de sus padres preguntándose qué conservar y de qué desprenderse; un padre que observa a sus hijos adolescentes en el aeropuerto antes de iniciar unas vacaciones que probablemente terminen mal; la reconciliación muda entre un fotógrafo homosexual y su padre; un personaje de cuento de hadas que muere abandonada en un hospital; un hombre que evoca la capacidad de su padre para anudar corbatas y sabe que con su muerte ya no habrá quién lo haga por él; dos antiguos novios que se reencuentran y deciden tácitamente no volver a verse.
 
Los cuentos de La bicicleta estática funcionan como variaciones de un número reducido de temas entre los que, como puede verse, destacan las relaciones disfuncionales, los fracasos amorosos y la muerte de quienes amamos, temas que los editores de Pàmies han llamado en la contraportada del libro "los naufragios y desconciertos de la madurez", en una atribución ratificada por el propio autor al sostener en una entrevista reciente que son los temas más recurrentes en ese período de la vida que tiene lugar "una vez que has comprobado que la felicidad es efímera y, en general, muy poco fiable". En esa misma entrevista, Pàmies hacía explícito el carácter autobiográfico de algunos de sus relatos, que aparece ratificado por la elección en la mayor parte de ellos de lo que vulgarmente denominamos la "primera persona", y lo vinculaba a la llegada de la madurez.
 
A este solipsismo vinculado con la creación de personajes que (sin la pretensión de esclarecer cuánto hay de autobiográfico en sus peripecias) tienen la misma edad, una profesión similar e incluso la misma apariencia física que su autor, Pàmies le suma dos relatos fantásticos que abundan explícita y cómicamente en la necesidad de profundizar en el conocimiento de uno mismo: en el primero de ellos, "Benzodiazepina", un hombre decide encontrarse consigo mismo tras haber estado chateando con él durante varias semanas; el encuentro acaba con los dos personajes (que son él mismo) prometiéndose un encuentro que harán todo lo posible por evitar. En "Supervivencia", un hombre inicia una expedición en busca de las respuestas que supuestamente se encontrarían en su interior, pero descubre que este es un armario vacío y agobiante y huye de sí mismo por un agujero. Ambos relatos ofrecen una imagen devastadora de los abismos de la personalidad, pero La bicicleta estática no es un libro oscuro. Pàmies es honesto y profundo, pero nunca abandona la ligereza y la ironía, a las que suma una gran capacidad de observación y un talento particular para la ternura. La austeridad formal de sus relatos parece aquí puesta al servicio de la exuberancia imaginativa y vincula los relatos del autor catalán con los de Raymond Carver, Tobias Wolff y Lorrie Moore, por mencionar solo tres ejemplos. Al igual que los personajes de estos tres autores, los de Pàmies se aferran a unas certezas de las que en realidad desconfían pero que retienen por ser las únicas que poseen realmente; en ese sentido, tal vez el único personaje feliz del libro sea aquel al que "como le han extirpado la nostalgia, no le pesa la inercia hacia unos recuerdos alterados por el poder transformador de la memoria. Como no tiene esperanza, no invierte ninguna energía en proyectarse hacia un futuro improbable. Liberado de la dulzura física y anímica que tanto le torturaba [...], saborea su saliva, felizmente insípida" (77). No hay ninguna heroicidad en ello, pero tal vez sí la haya en la forma en que Pàmies practica en este y en otros relatos excepcionales proezas narrativas; es lo que sucede en "Un año de perro equivale a siete años de persona", en el que un perro y un cerdo destruyen involuntariamente sus relaciones de pareja por consolarse mutuamente y de forma alternativa, y en "Tres maneras de no decir te quiero", que narra la supuesta incapacidad de un autor para escribir una historia de amor entre el amor correspondido y el amor no correspondido e incluye dos textos que prueban que la supuesta incapacidad no lo era realmente.
 
A pesar de su título, los personajes de La bicicleta estática sí se desplazan (o al menos adquieren el tono físico adecuado para hacerlo) y no hay nada permanente en ellos; si acaso, la convicción de que las grandes esperanzas del pasado solo han traído decepción. No hay nada decepcionante en los relatos de La bicicleta estática, sin embargo, que es una ratificación del extraordinario talento de su autor y una celebración de los poderes de la literatura para llenar de sentido una vida en ese período en que "la felicidad es efímera y, en general, muy poco fiable" y en el que el talento de Sergi Pàmies está produciendo sus mejores frutos.
 
 
Sergi Pàmies
La bicicleta estática
Barcelona: Anagrama, 2011 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Abril de 2011]
 
[El próximo viernes: David Foster Wallace sobre la no ficción, cita]

[Publicado el 11/5/2011 a las 12:30]

[Etiquetas: Sergi Pàmies, Cuento, Anagrama]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Bibliografía

 
 
 
 

 

Ficción

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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