4. El Eternauta
En esa tradición se inscribe también la narrativa gráfica de ciencia ficción de Héctor Germán Oesterheld. Oesterheld nació en Buenos Aires en 1919 y fue geólogo hasta que en 1950 comenzó a escribir guiones de cómics y relatos de aventuras para Rayo Rojo y Misterix, algunas de las publicaciones de cómics más importantes de su tiempo. Su producción siempre se movió entre la literatura fantástica y la ciencia ficción, y de la forma en que concebía a las dos dejan evidencia dos de sus series, ambas con dibujos de Alberto Breccia: Sherlock Time, un detective que se desplaza a través del tiempo merced a una nave espacial que aparece disimulada en la torre de una mansión de un barrio residencial de Buenos Aires, y Mort Cinder, quien se desplaza por el tiempo muriendo y resucitando. La primera es una obra de ciencia ficción, pero la segunda es fantástica.
Durante dos años, entre setiembre de 1957 y setiembre de 1959, Oesterheld publicó la que sería su obra más recordada, El Eternauta, ilustrada por Francisco Solano López. En ella, la familia de Juan Salvo, un fabricante de la provincia de Buenos Aires, y algunos de sus amigos sobreviven en 1963 a la caída de una nevada mortal que es el preámbulo a una invasión extraterrestre. Salvo y sus amigos se fabrican trajes aislantes y consiguen aprovisionarse de lo necesario para escapar pero son retenidos por los sobrevivientes del Ejército argentino, que los obligan a sumarse a sus filas. Los resistentes obtienen algunas victorias parciales en una Buenos Aires devastada pero acaban siendo aniquilados por la superioridad tecnológica y numérica de los invasores, los Ellos, que nunca se revelan por completo: en lugar de una exhibición simultánea de todas las fuerzas del invasor, el narrador dosifica la tensión narrativa mediante su revelación progresiva, que sigue el principio de la internalización de la amenaza hasta convertirse en subcutánea y dominar la propia voluntad. Cascarudos, Manos y Gurbos son los nombres que los sobrevivientes les dan a los invasores (a los que hay que sumar a los "hombres-robot", prisioneros humanos a los que un teletransmisor convierte en marionetas sin voluntad) pero todos estos se encuentran sometidos a los Ellos, cuya superioridad tecnológica y científica es tan grande que toda resistencia acaba en el fracaso. Sólo un twist ending (Juan Salvo narra esto a Oesterheld en 1959 y la invasión tendrá lugar en 1963, por lo que puede regresar a su casa y reencontrarse con los suyos) permite el remedo, aunque sólo el remedo, de un final feliz.
El Eternauta guarda relaciones con Starship Troopers de Robert A. Heinlein (1959); ambas narran una invasión extraterrestre a Buenos Aires, pero el tratamiento del tópico no puede ser más diferente en ambos autores. Mientras que en la obra de Heinlein los elementos preponderantes son el militarismo y el positivismo, además de la celebración de la ciencia, en la de Oesterheld lo que se experimenta es una tragedia colectiva, que afecta a personas comunes, las que deben hacer frente a una situación de superioridad tecnológica con sus saberes de aficionados a la radiotelefonía o a la electrónica; cuando las potencias intentan detener la invasión, su tecnología resulta completamente inútil y, así, la invasión no es repelida: el personaje principal queda detenido en una especie de rizo temporal que está condenado a recorrer a la búsqueda de su mujer y de su hija, las otras dos sobrevivientes de la tragedia.
A diferencia de lo que sucede en la obra de Heinlein, en El Eternauta se percibe una desconfianza hacia la tecnología, aunque no hacia la ciencia (al menos en su versión popular), y esta desconfianza conecta con una actitud nihilista de la literatura argentina hacia el adelanto tecnológico y la enajenación de cierto ejercicio de la ciencia que se pretende superior a cualquier solución ética o moral y que está presente, como hemos dicho, en la obra de Arlt, Borges, Sábato y otros. Por contra, su obra es afirmativa de determinados valores que el autor cree en peligro ante la aparición del novum tecnológico: la solidaridad, los vínculos humanos y la vida cotidiana. Los valores de los personajes son insuficientes para hacer frente al peligro en el que se encuentran, pero (y esto es lo que parece querer venir a decir Oesterheld) su desaparición es incluso peor que su mantenimiento. Sus personajes consiguen sobrevivir mediante el uso picaresco de una ciencia popularizada pero fracasan cuando establecen una alianza con los detentadores de la tecnología o el conocimiento científico; así, los sobrevivientes del aparato militar del ejército argentino obtienen algunas victorias parciales pero se dejan conducir a una trampa y las fuerzas de la resistencia son eliminadas.
5. Conclusiones
Es en el marco de la tradición "anticientífica" de la literatura argentina que debe juzgarse la ausencia de novum tecnológico o científico en la ciencia ficción de ese país y su desconfianza hacia la ciencia y la tecnología tal como ésta aparece en la obra de Oesterheld y en la de otros autores, ya que, por una parte, la falta de una tradición científica en el país y su condición de país no productor de tecnología no lo explican todo, y, por la otra, efectuar esta operación equivale a admitir que, si la ciencia ficción argentina renuncia al novum tecnológico o científico, lo hace para adquirir una dimensión más importante como una literatura social, una literatura en la que se puede estudiar cuál es la configuración de los discursos sociales que permite y limita la producción de una narrativa de ciencia ficción en un país que no produce ciencia.
Responder a la pregunta que preside este texto no debería pues limitarse a la adopción de definiciones procedentes del ámbito anglosajón para leer la ciencia ficción producida en América Latina (como se hace habitualmente), sino que debería más bien atender a la especificidad de las tradiciones nacionales en las que esa ciencia ficción latinoamericana se inscribe, la que escribieron Oesterheld y todos los otros.
Nuevamente, y para zanjar el problema, ¿es ciencia ficción o no lo que bajo ese rótulo se produce en América Latina? En última instancia, la pregunta no es relevante. La utilización del rótulo "ciencia ficción" para la literatura de género que se escribe en América Latina no tiene importancia en un marco social específico en el que la industria cultural se encuentra en retroceso y, por ende, se debilita el contrato entre escritores y público lector cuya función es especificar el uso correcto de los artefactos literarios. En ese contexto, la creación de un contrato nuevo y especifico que posibilite el uso correcto de la literatura de ciencia ficción resulta heroico y tal vez insensato debido a la falta de apoyo por parte de la industria editorial, y debería ser reemplazado por la incorporación de la ciencia ficción a lo fantástico, una solución que no debería aplicarse, sin embargo, a la ciencia ficción anglosajona, que ha tenido más éxito en establecer ese contrato debido al desarrollo de su industria cultural y a la presencia de la ciencia en la vida cotidiana. Que este proceso de adopción e incorporación de la ciencia ficción a la literatura fantástica ya está en marcha en el ámbito hispanohablante lo ejemplifica la circulación de textos como Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza (1990) o ciertas novelas del argentino César Aira, que son comercializadas como "literatura culta" debido a la percepción de contingencia y marginalidad que se tiene cuando se escuchan las palabras "ciencia ficción".
Finalmente, la respuesta a la pregunta que preside este texto es pues que la ciencia ficción argentina es todo lo ciencia ficción que puede ser en un subcontinente como América Latina y, más específicamente, en un país como Argentina. El concepto de "innovación científica" es relativo: para algunas sociedades lo es la posibilidad de enviar científicos a Marte, para otras lo es el acceso a vacunas. Oesterheld, el hombre que hizo decir a uno de sus personajes que siempre "se salva el gesto mínimo y solidario; la superación del miedo por el heroísmo, ademanes sin banderas ni medallas", fue visto por última vez en el centro de detención clandestino de Campo de Mayo en 1977 y es uno de los tantos desaparecidos de la última dictadura militar argentina. El escritor pagó con su vida el haber luchado para obtener la segunda de las innovaciones a las que he hecho referencia. El Eternauta es uno de sus principales aportes literarios, pero la segunda lucha es su legado humano y, para algunos, éste es el más importante.
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Publicado originalmente en Revista de Occidente 365 (octubre de 2011) 61-75.
[Publicado el 22/3/2012 a las 12:30]
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