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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de noviembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

Tantas veces Pedro / Alejandra Costamagna* sobre "Poco hombre" de Pedro Lemebel / Cita

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Pedro Lemebel (1952-2015) / Crédito de la fotografía, de su autor/a /

1. Lengua suelta

Me gustaba la cara que ponían los alumnos cuando leían por primera vez a Pedro Lemebel. Cuando lo escuchaban, en realidad, porque yo llevaba sus perlas, sus cicatrices y sus locos afanes, y de repente me lanzaba a leerlos en voz alta. Hablaba por su diferencia, yo. Por la diferencia de Pedro, que había cambiado su apellido paterno, Mardones, por el materno, Lemebel. Hablaba también yo por la diferencia de estos colegiales que llegaban a los talleres gratuitos de una corporación cultural en Santiago de Chile, buscando un lugar donde afilar sus plumas prematuras y dar un norte a sus vagabundeos comunes. Era todavía el siglo veinte y Pedro Lemebel, el agitador, el artista visual, el performer, el autor de libros de crónicas como La esquina es mi corazón, Loco afán o De perlas y cicatrices movía montañas con una fe propia: con el puro tesón del que defiende lo que es. Me acuerdo de la cara de estos colegiales cuando escuchaban que ser pobre y maricón era peor, que había que ser ácido para soportarlo. O que en la jarana ochentera, en la particular bohemia de los tiempos de la dictadura en Chile, había quienes bailaban "movilizadamente iracundos". Luego se largaban a escribir, los colegiales, y les brotaban unos textos atrevidos, llenos de rabia y de vida. Me gustaba también la cara que ponían otros alumnos de un taller más bien pijo, en el barrio alto. Pero esas caras me gustaban por otras razones. Ellos no sabían cómo reaccionar cuando escuchaban la crónica "Noche payasa", donde Lemebel cuenta la historia de una travesti que en, plena dictadura y a cinco minutos del toque de queda, se encuentra con el cuidador de un circo (un "macho man", dice Lemebel que piensa la travesti. Aunque en realidad Lemebel no dice travesti, sino "una loca patinadora incansable en su búsqueda de cumbia cachera"). El asunto es que pasan unas horas de fogoso amor entre las carpas del circo y el cuidador cae rendido de sueño. Y cuando la loca quiere irse, se da cuenta de que sus zapatillas han desaparecido. Y la única solución es calzarse unos enormes zapatos de payaso e irse corriendo y zapateando, de árbol en árbol, sorteando el toque de queda. Los alumnos pijos sacaban unas risas que no eran risas exactamente, sino una especie de pudor carcajeado. Y se ruborizaban también con el beso plantado por Lemebel a Joan Manuel Serrat en un encuentro con universitarios en Santiago, esa "sed carmesí de una boca chupona", que queda estampada en la crónica "El beso de Joan Manuel (tu boca me sabe a hierba)". Y se movían muy incómodos en sus asientos, los mismos alumnos pijos, con el relato de las veladas literarias en la casa de Mariana Callejas, "una inocente casita de doble filo", dice Lemebel, "donde literatura y tortura se coagularon en la misma gota de tinta y yodo, en una amarga memoria festiva que asfixiaba las vocales del dolor". Se refiere al taller literario que funcionó a mediados de los años setenta en la casa de una chilena de derechas, casada con un químico norteamericano. Y mientras los integrantes del taller, varios escritores de lo que en los años noventa se conocería como la Nueva Narrativa Chilena, hablaban animadamente de literatura, en otro piso de la casa el norteamericano, de nombre Michael Townley, programaba atentados, torturaba a detenidos políticos y experimentaba con armas químicas en ratas y humanos. Pero vuelvo a los alumnos de mi taller, que no funcionaba en ninguna casa de tortura, menos mal. Y digo que me gustaba ver esas caras contrariadas y ver que luego apuntaban, como que no quiere la cosa, los datos de este escritor hijo de panadero y ama de casa, nacido en 1952 en un barrio periférico de Santiago, un "piojal de la pobreza chilena", como lo describe él mismo, cercano a un río de flujo pestilente; este escritor tan sedicioso, tan lengua suelta que terminaba hechizándolos. Recuerdo la mujer que un día llegó a clases con un libro forrado en un papel con florcitas. Le pregunté qué estaba leyendo, qué había bajo esa envoltura. Eran las crónicas de sidario de Lemebel, que la mujer no se atrevía a llevar a cuero pelado en la cartera. En realidad, me lo confesó después, era para que su marido no la pillara leyendo a este escritor marica. Digo "marica" y no "gay", porque Lemebel tenía cierta reticencia con el término "gay". Más bien con lo que él llamaba "el modelo importado del estatus gay" que, lejos de confrontar al poder, se sumaría a sus mecanismos de dominio. Como sea, la palabra de Pedro Lemebel era una herramienta subversiva. Es posible leer sus libros, pienso hoy, como el retrato fragmentado de un país lleno de grietas. Lemebel sacaba su voz aleonada -como el mago que saca un conejo de adentro de un sombrero- para dibujar los contornos de un Chile homofóbico, clasista, segregado. Hacía aparecer lo que no veíamos. Y alumbraba esas orillas que conocía en cuero y carne muy propios. "Ojo de loca no se equivoca": así firmaba la columna dominical que mantuvo por años en el diario La Nación. Y nos prestaba esos ojos de loca para que nosotros, sus lectores dispersos, pudiéramos mirar lo que las luces y los brillos de un país enceguecido se empeñaban en ocultar. El conejo adentro del sombrero. Él vagabundeaba por sus orillas, que eran geográficas, pero también literarias. A través de sus crónicas urbanas, Lemebel no sólo borraba las esquemáticas fronteras entre los géneros, sino que revitalizaba la literatura local y daba sentido ciudadano a las palabras que nos propinaba en la cara.

 
2. Darle rodeos a los machitos de la esquina

Así parte presentándose el escritor en su "Manifiesto", subtitulado "Hablo por mi diferencia". Escúchenlo:

"No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?".

El texto completo, este manifiesto que estampa de una vez la bravura de Lemebel, fue leído por el autor como intervención en un acto político de la izquierda chilena en septiembre de 1986. Llevaba puestos unos zapatos de taco alto y su rostro había sido maquillado con una inmensa hoz negra, que iba del labio a la ceja izquierda. Diez años más tarde el texto sería parte de su libro Loco afán, crónicas de sidario. Y hoy es una de las setenta y tres crónicas reunidas en Poco hombre, el volumen curado por el crítico Ignacio Echevarría, que recoge textos de los libros La esquina es mi corazón, de 1995; el mencionado Loco afán, de 1996; De perlas y cicatrices, de 1998; Zanjón de la Aguada, de 2003; Adiós mariquita linda, de 2004; Serenata cafiola, de 2008 y Háblame de amores, de 2012. El libro fue publicado por ediciones Universidad Diego Portales en octubre de 2013, en Chile, un año y tres meses antes de la muerte del escritor, cuando ya había perdido la voz por un invasivo cáncer de faringe. La voz. Perder la voz para alguien como Pedro Lemebel es perderlo casi todo, porque sus textos abrevan del registro oral. Él era su voz; él leía sus textos en voz alta, a sala llena, con sus tacones y sus plumas -si la ocasión ameritaba-, en performances que han quedado en la memoria de su fanaticada. Él mismo decía que había llegado a la escritura sin quererlo, que iba para otro lado: "quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso", ha dicho. "Pero la lengua se me enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produje una jungla de ruidos". Varias de las crónicas de este volumen fueron escritas para ser leídas en radio Tierra, la emisora de un centro de estudios feministas, a mediados de los años noventa. Antes de eso, Lemebel había publicado una colección de relatos aún bajo el apellido Mardones. Y desde comienzos de los años noventa publicaba textos híbridos, entre el periodismo y la literatura, en la revista Página Abierta. Y antes, antes de todo eso, en 1987, el autor había formado el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis con su amigo Francisco Casas. Eran los últimos destellos de la dictadura y luego vendría el tímido amanecer de la democracia. Y las Yeguas irrumpían en actos, lanzamientos de libros o exposiciones con sus performances y acciones de arte. Cabalgar desnudos sobre un caballo blanco; besar en la boca y en público a un candidato a senador que luego ocuparía la presidencia del país; bailar cueca, el baile nacional chileno, sobre un mapa de Sudamérica lleno de vidrios; representar a Frida Kahlo en dos cuerpos de torso desnudo, con sondas de transfusiones de sangre y pintura al óleo sobre el pecho. Hasta que en 1997 ya no hubo más intervenciones colectivas y cada yegua siguió por su lado.


3. Vagabundaje lemebeliano

Ya lo han visto: yo debía hablar de un libro y estoy hablando de un escritor. Pero en este caso ambos van de la mano. Los libros, este libro de Pedro Lemebel, es el propio Lemebel. Son los tantos Pedros que hablan por su voz. Podemos leer Poco hombre, entonces, como una autobiografía involuntaria. Y también podemos leerlo como un libro de historia del Chile reciente. El lado B de esa historia, el lado disidente. Un libro en clave nocturna, bohemia, periférica, iconoclasta. El hablante de estas crónicas es un vagabundo de las letras locales, uno que está siempre "en la vereda del frente", que habita los callejones insomnes de las "marilobas", que no le teme a coquetear con la cursilería, que se apropia de la palabra escrita para generar una voz directamente hermanada con los códigos orales. "Yo recojo esos excedentes y los animo con el mariconaje embriagado de mis letras", nos advierte por ahí. Pedro Lemebel barre, todo el tiempo, la agresión de ciertas palabras signadas por la homofobia. El poco hombre, el mariquita, el coliza. El que saca esos vocablos de su contexto ordinario para adueñárselos y hacer con ellos un ramito de flores vivarachas. El que convierte la escritura en un lugar de disputa. El mago que ilumina los escombros y visibiliza lo que estaba oculto: ése es Pedro Lemebel. El que lo dice clarito en la prensa, con estas palabras: "El tema", dice, "es cómo seguir siendo alterador de un sistema tan cooptador. Bueno, tengo tretas, artimañas y mañas para entrar a palacio por la puerta de servicio, dejar los alacranes venenosos y salir como si nada". Pedro Lemebel, a fin de cuentas, como el que vaga y escribe para llevar a cabo su diferencia y sacar al sol esos cachitos de "india pájara, trinándole al ocaso".

 
* Alejandra Costamagna (Chile, 1970) es periodista y doctora en Literatura. Ha publicado las novelas En voz baja (1996), Ciudadano en retiro (1998), Cansado ya del sol (P2002) y Dile que no estoy (2007); los libros de cuentos Malas noches (2000), Últimos fuegos (2005), Naturalezas muertas (2010), Animales domésticos (2011), Había una vez un pájaro (2013) e Imposible salir de la Tierra (2016), y el compilado de crónicas Cruce de peatones (2012). En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Su obra ha sido traducida al italiano, francés y coreano. En Alemania le fue otorgado el Premio Literario Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año. Este texto fue leído en el marco de las Converses Litèraries a Formentor celebradas entre el 22 y el 24 de septiembre de 2017.

[Publicado el 02/10/2017 a las 12:00]

[Etiquetas: Alejandra Costamagna, Pedro Lemebel, Cita]

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Antologías futuras / "Imposible salir de la Tierra" de Alejandra Costamagna

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A la promesa de un puesto de trabajo (escasamente habitual en América Latina, y no siempre fiable; en la mayor parte de las ocasiones, no precisamente legal) se le agrega, en el caso de dos jóvenes, una exigencia: la de que se presenten "culeaditas y comiditas por favor": a las hermanas del relato "Cachipún" (en el nuevo libro de Alejandra Costamagna) el primer requisito les resulta más fácil de satisfacer que el segundo, pero incluso así, se requieren ciertos preparativos para su cumplimiento, que consisten en determinar (mediante el método de "piedra, papel y tijera") cuál de ellas se acostará con el hermano y cuál con el tío, menos agraciado que el primero y, por supuesto, mayor.
 
A pesar de que su tema es el incesto, "Cachipún" es el relato más "ligero" de Imposible salir de la Tierra, cuyos protagonistas intentan suicidarse o se suicidan, tienen que asistir a entierros familiares, son víctimas de los celos, se enamoran y son brutalmente rechazados, padecen los peligros inherentes a la descendencia y a la unidad familiar, son señalados, enferman gravemente, pierden (literalmente) la cabeza. A excepción de la joven excitable y despechada de "La epidemia de Traiguén", que persigue a su antiguo empleador (y amante) hasta Japón, donde provoca una o dos muertes, los personajes del libro tienen destinos banales y generalmente tristes: sin embargo, y como sucedía en el muy buen libro anterior de Costamagna (Animales domésticos, 2011), no hay nada triste en la lectura de Imposible salir de la Tierra, que es posiblemente el mejor libro de su autora hasta la fecha y uno de los más extraordinarios volúmenes de cuentos que haya escrito un/a autor/a de su generación.
 
Alejandra Costamagna (Chile, 1970) ha publicado cuatro novelas (la más reciente es Dile que no estoy, 2007), un libro de crónicas (Cruce de peatones, 2012) y cinco libros de relatos entre los que se encuentran Animales domésticos (del que se reproducen dos en esta edición, "Agujas de reloj" y "Nadie nunca se acostumbra") y Había una vez un pájaro (2013). Imposible salir de la Tierra pareciese ratificar una percepción generalizada entre sus lectores, la de que la autora ha encontrado en el cuento "su" territorio; de hecho, tres de los recogidos aquí estarán con total seguridad en las antologías futuras de lo mejor que han producido los autores latinoamericanos de inicios de este siglo, a despecho de otros nombres más populares (a menudo, sólo en virtud de su adhesión a unas convenciones literarias que vuelven su producción inane, tranquilizadora, adecuada para su deglución en suplementos literarios y premios), "Imposible salir de la Tierra", "Cuadrar las cosas", "Naturalezas muertas".
 
 
Alejandra Costamagna
Imposible salir de la Tierra
Ciudad de México: Almadía, 2016

[Publicado el 13/2/2017 a las 15:00]

[Etiquetas: Alejandra Costamagna, Almadía, Cuentos]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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