El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Blog de Patricio Pron

Un libro sin héroes

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Algún tiempo atrás la editorial salmantina El Desvelo publicó el libro de Sigfried Sassoon Contraataque en traducción de Eva Gallud Jurado; más recientemente, Acantilado ha publicado los Poemas de guerra de Wilfred Owen traducidos y anotados por Gabriel Insausti.

Quizás fuese interesante conjeturar las razones de este repentino interés (al menos editorial) por los así denominados "war poets"; como este no parece el sitio más adecuado para hacerlo, tan sólo podemos constatar el hecho de que estos poemas de Owen, reunidos en 1920 por el propio Sassoon (que fue su amigo y colaborador) y por Edith Sitwell, se ocupan de los mismos temas que los de Sassoon: el entusiasmo inicial de la marcha hacia el frente; la sórdida vida cotidiana en las trincheras; el aturdimiento durante los combates; el sinsentido de la propaganda bélica; las heridas infligidas deliberadamente para obtener la baja; la descomposición de los cadáveres de soldados y animales en la tierra de nadie entre las trincheras; el terror producido por los ataques con gas; el estruendo y el barro; el enloquecimiento de los soldados; la hipocresía de los civiles que, cómodamente instalados en la retaguardia, promueven el ardor bélico y el sacrificio de los jóvenes; la amistad entre los combatientes; el remordimiento; "el triste camino despiadado / que conduce del día hacia la noche" (45); es decir, "la verdad nunca dicha, / la pena de la guerra" (17).

Allí acaban las semejanzas entre ambas obras, sin embargo: los poemas de Owen se caracterizan por un lirismo y un tono elegíacos mayores que los que se encuentran en los poemas de Sassoon. A raíz de ello, su poesía parece más sofisticada y menos sincera que la de este último (allí están por ejemplo sus referencias a Percy Bysshe Shelley y Dante Alighieri, sin equivalentes en la obra del otro), aunque no menos lograda; de a ratos, también, más optimista: "He hallado a la belleza / en esos juramentos que el coraje confirma, / He oído música entre el estruendo del combate / y he hallado paz donde las bombas escupían / fuego." (25).

Al igual que los otros "war poets", Owen dejó atrás el tipo de poesía sensual y decadente que imperaba en los años de su formación para escribir una poesía subordinada a la finalidad de ofrecer una visión alternativa a la propaganda bélica de su época (es decir, una poesía ética); como señala Insausti en sus notas al poema "La parábola del joven y el anciano", Owen señaló "a la generación de sus padres como responsable de la carnicería de la guerra, al alentar frívolamente el entusiasmo de los jóvenes mediante el lenguaje heroico, la propaganda y los alistamientos irregulares" (95). Al hacerlo, señalaba también a autores como Thomas Hardy y Rudyard Kipling (a los que parodia en el poema "La despedida") como los valedores literarios de una visión heroica de la guerra que carecía de asidero en la realidad; a ellos, y a los civiles insuflados de ardor bélico en la retaguardia, les dice, hablando de los soldados con los que combatió: "[...] no oiréis su risa nunca. / No dejarán mis chanzas que creáis / que han sido bien felices. Merecen vuestras lágrimas. / No merecéis vosotros su alegría." (25)

Wilfred Owen nació en Oswestry en 1893 y estudió en la Universidad de Londres; a partir de 1913 vivió en Francia, pero en 1915 se alistó en el ejército y sirvió entre junio de 1916 y el mismo mes de 1917; escribió sus poemas de guerra entre el verano de ese año y el otoño de 1918. A pesar de haber sido enviado a casa por "invalidez transitoria", Owen estuvo de regreso en el frente catorce meses después de su baja y murió allí en noviembre de 1918 en el canal de Sambre. Entre sus admiradores se encuentran W.H. Auden, Stephen Spender y Cecil Day Lewis. Su vocación literaria había sido promovida por el poeta francés Laurent Tailhade poco antes de que estallara la guerra que los convertiría inevitable y desgraciadamente en enemigos.

 

TRES POEMAS

 

PREFACIO

Este libro no trata de héroes. La poesía inglesa aún no
está preparada para hablar de ellos.
     Tampoco trata de hazañas, territorios ni nada que tenga
que ver con la gloria, el honor, el poder, la majestad,
el dominio o la fuerza, sino con la guerra.
     Sobre todo, lo que no me interesa es la poesía.
     Mi tema es la guerra y la pena de la guerra.
     La poesía está en la pena.
     Pero estas elegías de ninguna manera pueden ser un
consuelo para la presente generación. Tal vez lo sean
para la siguiente. Todo lo que un poeta puede hacer
hoy es alertarles. Por eso los verdaderos poetas deben
decir la verdad.
     (Si hubiese creído que las palabras de este libro fuesen
a perdurar, habría empleado nombres propios, pero
si su espíritu sobrevive-esto es, si sobrevive a Prusia-,
mi propósito y esos nombres habrán alcanzado
campos más verdes que los de Flandes...).


LAS POSIBILIDADES

La noche antes del jaleo-m'acuerdo bien-
le dimos al palique y así nos enteramos.
«Amigo-dijo Jimmy, que sabía lo suyo-,
sólo pueden pasarte cinco cosas:
te desmayas, te hieren-grave o leve-
6 te tumban o te salvas con tu miedo».

A uno de nosotros lo partió un cañonazo.
A otro lo acertaron y perdió las dos piernas.
Un tercero-en palabras que usan los hipócritas-
quiso el azar que lo pillara Fritz.
Yo no tuve un rasguño, a Dios sean dadas,
pero más le daré si otra vez cae una herida.
En cambio, el pobre Jim no está vivo ni muerto.
«Una de cinco», nos decía; él tuvo todas:
herido, muerto, prisionero, todo el lote
le tocó de una vez. Jim está loco.


LA PARÁBOLA DEL JOVEN Y EL ANCIANO

Se alzó pues Abraham, cruzó los bosques.
Llevó consigo fuego y un cuchillo.
Y mientras caminaban ambos juntos,
preguntó así Isaac, el primogénito:
«Padre, veo que llevas hierro y fuego,
pero ¿el cordero para el sacrificio?».
Abraham ató al joven con cordajes
y construyó trincheras, parapetos...
Al sacar su cuchillo, de repente,
un ángel lo llamó del Cielo y dijo:
«Retira ya tu mano del muchacho,
no le hagas ningún daño. Hay un carnero
que es presa de ese arbusto por los cuernos;
ofrécelo mejor en sacrificio».

Pero el viejo rehusó, mató a su hijo
y, uno a uno, a los jóvenes de Europa.

 

Wilfred Owen
Poemas de guerra
Ed., trad. y notas Gabriel Insausti
Barcelona: Acantilado, 2011
Pp. 15, 67 y 35

[Publicado el 06/2/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Wilfred Owen, Acantilado, Poesía]

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Un puente sobre el vacío

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Louison Veik es hallada muerta el 25 de julio de 1921 en su compartimento de segunda del tren nocturno procedente de Stuttgart y con destino a Berlín; en sus manos aún sostiene un arcón de joyas cuyo contenido ha desaparecido: la ventana del compartimento está abierta. A pesar de los esfuerzos de la policía, ésta nunca da con el culpable. Unos ocho años después, el marido de la hermana de la muerta (el joven y prometedor industrial Conrad Castiletz) se enamora de la figura de la asesinada y, decidido a resolver el crimen por su cuenta, se asoma a un puente cortado que mira "a un vacío tan misterioso como carente de esperanza" y que, más que el crimen singular de la joven Veik, es el asunto principal de Un asesinato que todos cometemos, ya que la novela del austríaco Heimito von Doderer narra un crimen que es el de la determinación impuesta por otros de vivir la vida de acuerdo a sus deseos y a sus principios y no a los que emergen de la propia experiencia individual. Von Doderer sabía de lo que hablaba: su vida transcurrió en el período más intenso de la historia europea reciente y el escritor fue testigo del final de sucesivos regímenes e ideologías que fueron otros tantos rostros de ese asesinato que todos cometemos.
 
2
Von Doderer nació el 5 de setiembre de 1896 en Hadersdorf, en las afueras de Viena, como el menor de los cinco hijos de una familia adinerada, y le debió su nombre estrambótico e inolvidable a un capricho de su madre, que se enamoró del nombre "Jaime" en una visita a España y decidió bautizar con él a su hijo, germanizando la grafía. Al igual que Conrad "Kokosch" Castiletz, el protagonista de Un asesinato que todos cometemos, von Doderer tuvo una relación estrecha con un tutor contratado por su familia y se inició sexualmente en prostíbulos; a diferencia de Conrad, sin embargo, su relación con el tutor no fue solamente pedagógica (o quizás sí), ya que éste lo inició en la homosexualidad. El futuro escritor no tuvo una carrera militar extensa ni muy honorable: en abril de 1915 se incorporó como voluntario a un regimiento de caballería en el que solían revistar jóvenes aristócratas, pero a continuación se lo destinó a una sección de la infantería y apenas medio año después fue hecho prisionero por el ejército bolchevique e internado en un campo de prisioneros en Siberia.
 
En abril de 1918, y en el marco del acuerdo de paz de Brest-Litowsk, el futuro escritor y el resto de los prisioneros fueron liberados e iniciaron el viaje de regreso a Austria en tren; a raíz de la guerra civil rusa, sin embargo, sólo pudieron llegar hasta Samara y debieron volver a Siberia, donde fueron alojados en un campo en las afueras de la actual Nowosibirsk y más tarde, ante el avance del Ejército Rojo, en Krasnojarsk. Von Doderer sólo pudo volver a Austria dos años después de finalizada formalmente la guerra, en 1920, cuando la situación económica de su familia ya se había resentido gravemente. En Viena comenzó a publicar artículos y novelas por entregas en la prensa local al tiempo que estudiaba psicología e historia: tres años después de su llegada publicó un primer libro de poemas y en 1924 una novela; ninguna de las dos obras interesó mucho al público, pero, en 1929, el escritor comenzó la redacción de una novela que tituló provisoriamente "Dicke Damen" (Señoras gordas) y que, tras veinticinco años de trabajo, acabó convirtiéndose en uno de sus libros más importantes, Los demonios. En 1930 se casó con Gusti Hasterlik, de origen judío, pero el matrimonio se rompió al cabo de dos años y esa ruptura (que aparece en buena parte de la obra narrativa del autor y también en Un asesinato que todos cometemos) lo marcó profundamente. En 1933 cedió ante los argumentos de una hermana y de varios de sus amigos y se afilió al Partido Nacionalsocialista y en agosto de 1936 se radicó en Dachau. Allí, von Doderer renovó su carnet partidario y solicitó el ingreso a la Cámara de Escritores del Reich, pero, a la vez, comenzó un proceso de distanciamiento del nacionalsocialismo que culminó con su conversión al catolicismo en 1940; ese proceso (consistente en el intento de abandonar las convicciones con las que hemos sido criados para evitar que éstas nos impidan vivir, es decir, nos asesinen prematuramente) es, como decíamos, el tema de Un asesinato que todos cometemos, que el escritor publicó en 1938.
 
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El protagonista de esa novela tiene a lo largo de su vida la percepción de que ésta consiste en la realización de un plan específico ya delineado previamente por su irascible padre; sus primeras experiencias infantiles (la captura de salamandras en una charca, los experimentos de química, las clases de esgrima) apenas constituyen desvíos de la vocación impuesta por el progenitor y su mandato de seriedad y aplicación metódica al trabajo, pero esos desvíos permiten a su protagonista intuir que existe otra vida. Un día, Conrad ve desde la ventana de su habitación cómo un hombre se suicida y comienza a llorar "por el padre, por el hombre muerto tumbado allí abajo, por las salamandras, por todo cuanto fue y cuanto era, por el ayer, por el hoy y por el mañana, y quizá también adelantándose a toda una vida"; su llanto traza un arco que concluye en otro llanto similar que se produce la última noche de su vida, cuando ha completado su "Menschenwerdung" (es decir, su transformación en un ser humano, el único asunto de toda la obra de Heimito von Doderer) y se ha liberado de los impedimentos impuestos por otros, pero también por sí mismo, mediante un largo proceso (una formación podríamos llamarlo, para dar cuenta de la pertenencia de la novela a ese subgénero) cuyas estaciones son el interés por la hermana muerta de su mujer, la investigación entre los que la conocieron, una excursión en la que encuentra una de las joyas perdidas, el fracaso de su matrimonio, el reencuentro con un amigo de la infancia, la decepción con el tutor que alguna vez encarnó a sus ojos la autoridad de los adultos, la persecución de un sospechoso por las calles de Berlín y, finalmente, el descubrimiento de que todos somos los autores de nuestros propios crímenes, algo que posiblemente el propio von Doderer (que nunca abandonó oficialmente el Partido Nacionalsocialista y sólo hacia 1945 admitió públicamente su "error") conociera bien.
 
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A pesar de que Un asesinato que todos cometemos puede ser leída al menos parcialmente como una novela policiaca, el interés aquí se desplaza rápidamente a la forma en que puede hallarse en la vida de todos nosotros "ese punto concreto a partir de cual uno podría atrapar, como quien dice, la vida" y cómo "ese punto suele ser en la mayoría de los casos el punto en que la vida lo atrapa a uno". Una intención similar persiguen las obras de Lev Tolstoi, James Joyce, Marcel Proust, Andrei Bely, John Dos Passos, Louis-Ferdinand Céline, Alfred Döblin y los también austríacos Hermann Broch, Joseph Roth y Robert Musil; como ya lo sabe el lector de la extraordinaria Los demonios, y como lo sabrá el de este Un asesinato que todos cometemos, Heimito von Doderer está a la altura de todos ellos. Aunque exige a su lector una atención intensa, aquello con lo que recompensa su esfuerzo es sencillamente extraordinario: una prosa elegante cuyas características principales son la continuidad entre objetos y personas (aquí los pechos peludos de los obreros hacen "más profunda la hendidura en las camisas abiertas", los coches sienten indiferencia, el rostro de un empresario es como "un caldo claro", la luz del día se deposita sobre el pavimento "como una baba húmeda", etcétera), las intrusiones autoriales, la extraordinaria caracterización de los personajes y la presentación de su interioridad y de acontecimientos que apenas sobresalen en la superficie de las cosas pero se manifiestan como parte de destinos inexorables. A pesar de unos comienzos difíciles (el autor acabó su primera gran obra en 1948, Las escaleras de Strudlhof o Melzer y las profundidades de los años, a los cincuenta y dos años de edad y siendo un desconocido, una situación que cambió lentamente con la publicación de esa novela en 1951 y, especialmente, con la de Los demonios en 1956, Los merovingios o la familia total en 1962 y Las cascadas de Slunj al año siguiente), Von Doderer obtuvo los principales reconocimientos literarios en lengua alemana y murió, tras tres matrimonios heterodoxos (en los que no compartió el hogar conyugal), una larga relación clandestina con una mujer trece años menor que él y dos guerras mundiales, en Viena el 23 de diciembre de 1966.
 
 
Heimito von Doderer
Un asesinato que todos cometemos
Trad. Adan Kovacsis
Barcelona: Acantilado, 2011
 
[Mañana: Un sueño de Rui Tenreiro, cita]

[Publicado el 21/9/2011 a las 10:45]

[Etiquetas: Heimito von Doderer, Novela, Acantilado]

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"La inmensa y narcótica inercia del país"

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A menudo nos resulta difícil recordar una literatura aun más crítica con su país de origen que la austríaca, que cuenta entre sus filas con los manifiestos "enemigos" de Austria Elfriede Jelinek, Thomas Bernhard y Peter Handke; sin embargo, allí están la literatura estadounidense, sorprendentemente crítica con su país de origen en muchos casos, y la irlandesa. A las diatribas de James Joyce contra sus connacionales y a esa extraordinaria pieza cómica que es La boca pobre de Flann O'Brien, el lector puede sumarle ahora este Disturbios de J.G. Farrell, cuyo protagonista, el comandante Brendan Archer, viaja a Irlanda tras el final de la Primera Guerra Mundial para averiguar si todavía sigue prometido con la joven Angela Spencer; al llegar a la imaginaria localidad costera de Kilnalough es recibido con indiferencia por su prometida y por los demás huéspedes del Majestic, el hotel de la familia Spencer, que se derrumba lentamente ante sus ojos. A pesar de ello, Archer comienza a quedarse, y entre 1919 y 1921 es testigo de la muerte de su prometida, de las peleas entre el viudo padre de Angela y su hijo Ripon (que embaraza a una católica, para gran escándalo familiar), de la multiplicación irrefrenable de los gatos del hotel, del derrumbe y del abandono de varios pisos, de torneos lánguidos de whist, de la crianza de lechones en la antigua pista de squash, del incontenible interés sexual de las mellizas de la familia Spencer y de la locura irreversible y senil de la matrona y de buena parte de los empleados del hotel; también es protagonista de un amor turbulento y (naturalmente) imposible por la joven Sarah, pero Archer es principalmente testigo: del final de una época a la que la Primera Guerra Mundial (y su promesa no cumplida de que sería la última) pusieron fin de manera cruenta, pero también del derrumbe del Imperio Británico y de la independencia de Irlanda tras la guerra mantenida entre Reino Unido y el Ejército Republicano Irlandés (IRA).
 
Disturbios da cuenta de manera no necesariamente sesgada de esa guerra, que tiene lugar en los alrededores del Majestic pero se acerca lenta e irremediablemente a él con el paso de los días. Archer y la familia Spencer se cuentan entre los últimos ingleses en abandonar la isla; su marcha es el final del sueño unionista, y de eso trata esta novela. Pero Disturbios no es sólo eso; también es una sátira brutal de Irlanda y de los irlandeses, vilipendiados aquí por Archer ("¡Qué increíblemente irlandés es todo! [...] La familia [Spencer] parece estar completamente loca", opina el comandante en una ocasión), pero, sobre todo, por Edward Spencer, el padre de Angela, que cree que los irlandeses son "incultos" y perezosos, que aman crear problemas mientras se aferran a la superstición católica y son incapaces de gobernarse por sí mismos.
 
No es una sátira feliz, sin embargo, o (mejor dicho) no es una sátira destinada a producir exclusivamente efectos humorísticos: también es el testimonio de un tiempo "de cambio, inseguridad y deterioro" que se llevó por delante la época en que tuvo lugar y en la que un pueblo hambriento y exhausto se levantó en armas. "Rostros pálidos, graníticos, pómulos esculpidos como mangos de hacha, mejillas cárdenas y cabello sucio y enmarañado, bovinos, las mujeres inmensas y pechugonas, de brazos con hoyuelos y grandes como barras de pan", los describe Archer, quien, sin embargo, cede más tarde a "la inmensa y narcótica inercia del país" y acaba entendiéndolo.
 
A esa comprensión dolorosa de las condiciones objetivas que hicieron posible los disturbios irlandeses de los años 1919 a 1921, le dedica las últimas páginas su autor, las mejores de todo este libro bello y extraordinario. James Gordon Farrell nació en 1935 y murió ahogado en 1979. Escribió la "trilogía del Imperio", compuesta por Disturbios (1970), El sitio de Krishnapur (1973) y La defensa de Singapur (1978); la primera y la segunda obtuvieron el Lost Man Booker Prize y el Booker Prize respectivamente. Las tres novelas tratan de las consecuencias materiales y humanas de la caída del Imperio Británico, que en una entrevista en la revista The Observer el autor describió como "lo más interesante que pasó a lo largo de mi vida". A pesar de ello, publicó también otros libros, de temática variada: A Man From Elsewhere (1963), The Lung (1965), A Girl in the Head (1967), además de un relato, "The Pussycat Who Fell in Love with a Suitcase" (Winter 1973) y unos diarios: The Hill Station; and An Indian Diary (1981).
 
 
J.G. Farrell
Disturbios
Trad. J. M. Álvarez Flórez
Pról. John Banville
Barcelona: Acantilado, 2011
 
 
[El próximo lunes: Última isla de Lafcadio Hearn]

[Publicado el 29/7/2011 a las 10:30]

[Etiquetas: J.G. Farrell, Novela, Acantilado]

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En principio sí: siete notas sobre Slawomir Mrozek

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Cartel de Heinz Edelmann para la puesta en escena de "Los policías" en Düsseldorf, sin fecha.

UNO. Un oyente llama a una radio de la antigua Unión Soviética y pregunta "¿Es verdad que Grigori Grigoriewitsch Grigoriew ha ganado un automóvil en el campeonato de obreros de Moscú?" La respuesta oficial es "En principio sí; pero, primero, no fue Grigori Grigoriewitsch Grigoriew sino Wassili Wassiljewitsch Wassiljew; segundo, no fue en el campeonato de obreros de Moscú sino en el festival del deporte de la granja colectiva de Gamsatschiman; tercero, no fue un auto sino una bicicleta; y, cuarto, no es que la ganó sino que se la robaron". A pesar de su brevedad, la historia caracteriza muy bien el divorcio entre las palabras y su significado que es característico de los regímenes totalitarios y lo fue especialmente del paraíso de los trabajadores; también es particularmente representativa de un cierto tipo de humorismo soviético cuyos materiales eran la desesperación y el cinismo y que gozó de una gran popularidad durante décadas. A ese humorismo soviético le debemos algunos grandes chistes ("¿Por qué se ha encarecido tanto la vida en la URSS? Porque ha dejado de ser un artículo de primera necesidad"), pero también una muestra del tipo de descontento que inspiró a alguno de los grandes escritores satíricos del período. "Aquí tenemos sentido del humor, pero es que lo necesitamos mucho", sostuvo un ciudadano soviético en cierta ocasión; de ese humor y de esa necesidad surge la obra de Sławomir Mrożek.
 
DOS. Mrożek nació en la localidad polaca de Borzecin en 1930 en el seno de una familia católica y su adolescencia transcurrió durante la Segunda Guerra Mundial; de acuerdo a su testimonio, estudió arquitectura durante seis meses, arte durante dos semanas y lenguas orientales durante un año, aunque sólo para demorar su ingreso al ejército. A pesar de obtener cierto éxito como periodista y dibujante satírico, Mrożek decidió convertirse en escritor hacia finales de la década de 1950. En sus palabras, "mi sensación más importante en los años inmediatamente posteriores a la guerra era una de claustrofobia. Yo no estaba interesado en escribir historias así llamadas realistas y con una relación estrecha con la realidad y los hábitos locales. Yo anhelaba algo que estaba más allá". En 1956 escribió su primera obra de teatro, El profesor, pero su prestigio internacional como dramaturgo se debe a obras posteriores como En alta mar, Strip-Tease (ambas de 1961) y, especialmente, Tango (1965); excepto por estas tres, publicadas en 1968 en un solo volumen por Centro Editor de América Latina en Buenos Aires, la totalidad de sus cuarenta y dos obras de teatro permanece inédita en español. Mejor suerte ha corrido su narrativa, que Acantilado viene publicando desde 2001 en volúmenes como Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008) y El elefante (2010, publicado originalmente por Seix Barral en 1969). Mrożek debió abandonar Polonia en 1963 y vivió en el extranjero hasta 1997. En 2003 le fue otorgada la Legión de Honor del gobierno francés. A fines de 2010 la editorial polaca Wydawnictwo Literackie publicó su diario, más de dos mil páginas escritas entre 1962 y 1999 que se anuncian como una oportunidad única de acceder a una intimidad ya revelada parcialmente el año anterior con la publicación de su correspondencia del período comprendido entre 1963 y 1975. Mrożek vive actualmente en el sur de Francia.
 
TRES. "Existe algo humillante y restrictivo en un autor que hipoteca su creación sólo porque hay alguien que le golpea y que le oprime", afirmó el autor polaco en una ocasión; sin embargo, buena parte de su obra parece funcionar como una reacción a esa opresión y tiene como tema el comportamiento humano bajo las condiciones de alienación y abuso de poder de los sistemas totalitarios. A pesar de que su obra es vinculada recurrentemente con el teatro del absurdo, cuyas principales características fueron enunciadas por el crítico teatral Martin Esslin en 1961, Mrożek nunca parece haberse sentido cómodo en la compañía de autores como Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Harold Pinter y Jean Genet; para el polaco, "el término se correspondía con cierta parte de la realidad del teatro de hace cuarenta años pero eso es todo. Por una parte, le estoy muy agradecido [a Esslin] por haberme incluido en su libro porque me hizo más conocido, o menos desconocido, en Europa Occidental; pero, al mismo tiempo, no me siento muy cómodo con él porque la suya es una etiqueta que se queda pegada para siempre. No importa donde haya estado en los últimos cuarenta años, cada entrevista ha comenzado con Martin Esslin, su libro ha sido leído en todas las universidades en todas partes del mundo y para todos los críticos, el término se ha convertido en un mantra [...]. Así que supongo que para mí es bueno porque soy conocido de alguna manera gracias a él, pero malo porque no tiene ningún sentido: no hay ninguna obra que encaje exactamente en esa categoría".
 
CUATRO. A pesar de sus objeciones al término, sin embargo, las piezas que Mrożek escribió durante la década de 1960 parecen adherir fácilmente al teatro del absurdo, en el sentido de que los incidentes que narran carecen principalmente de lógica y no se integran a ninguna narrativa articulada, sus personajes no poseen motivaciones racionales y el mundo narrado tiene el carácter de una pesadilla. Un ejemplo de ello puede encontrarse en su pieza En alta mar, en la que tres hombres (Mały, Średni y Gruby; literalmente, El Pequeño, El Mediano y El Gordo), que han encontrado refugio en un bote tras un naufragio pero carecen de provisiones, discuten acerca de cuál de ellos debe ser comido por los otros dos; la absurda conversación que sostienen en torno a cuál es la solución más "justa" al problema no sólo sirve para demorar la misma sino también para revestirla de un supuesto carácter racional a pesar de no ser más que el resultado de la ley del más fuerte, que en este caso está del lado de Gruby, El Gordo. Aunque En alta mar recuerda a piezas clásicas del teatro del absurdo como Esperando a Godot (1952) y, por tanto, su adscripción al género parece indiscutible, el descontento de Mrożek con esa atribución parece provenir del hecho de que (como observa el crítico polaco Tadeusz Nyczek) el humorismo absurdo de la obra de Mrożek no surge de una adhesión explícita al existencialismo sino de una reflexión personal en torno a las condiciones específicas de vida en Polonia durante el comunismo. "Polonia pertenece a los países en los que el balance entre el destino individual y el de la nación no se presenta equilibrado", afirmó Mrożek en otra entrevista, justificando involuntariamente la hipótesis de Nyczek, "Hay demasiada historia y muy poca felicidad".
 
CINCO. En ese sentido, quizás el origen del humorismo absurdo de la obra no sólo dramática del autor de En alta mar deba encontrarse en el hecho de que Mrożek comenzó su carrera como escritor en la redacción del periódico Dziennik Polski, para el que escribió entre 1950 y 1954 artículos que solían conformar las demandas de un periodismo ideológicamente correcto y edificante a tono con esos tiempos de construcción del socialismo. No está claro que Mrożek se haya sentido realmente cómodo con esa tarea, pero lo que sí está claro es que la obligación de disimular las carencias no sólo materiales de la sociedad polaca de posguerra mediante un lenguaje monopolizado por el Estado parece haber sido fundamental en la constitución de su estilo. La obra narrativa del escritor polaco tiene como tema subterráneo la existencia de contradicciones y opuestos que el Estado totalitario disimula mediante un hábil uso del lenguaje; este uso subvierte los términos antitéticos de razón y sinrazón, cultura y naturaleza, tradición y progreso, orden y desorden, abundancia y carestía, progreso y atraso, ficción y realidad, adecuándolos a los fines de perpetuar el régimen que les da origen, y Mrożek tiende a hacer lo mismo con fines satíricos. Así, en su historia "La evolución del ciudadano", el director de una estación meteorológica es reprendido por las autoridades, que lo acusan de "parcialidad", "un tono pesimista" y "derrotismo" por informar de lluvias persistentes poco antes de la cosecha; al regresar a su casa decide adecuar sus informes a lo que se espera de él. "‘La lluvia ha cesado por completo, aunque, de hecho, lo que se dice llover nunca ha llovido" escribe; a partir de ese momento, vende los aparatos de medición y se da a la bebida. En "De viaje", las autoridades reemplazan el telégrafo por empleados que se gritan unos a otros los despachos a lo largo de kilómetros y kilómetros de carretera; de acuerdo a uno de los personajes, el sistema funciona: "No se avería con las tormentas y nos ahorramos la madera". En "El elefante", las autoridades del zoológico reemplazan al paquidermo (que no pueden adquirir) por tres mil conejos, pero después ponen "remedio a las deficiencias de forma planificada", aunque recurriendo a la chapuza de un elefante hinchable.
 
SEIS. Un chiste muy popular en la Unión Soviética enumeraba los cinco preceptos a los que los escritores nativos debían atenerse: "No piense. Si piensa, no hable. Si piensa y habla, no escriba. Si piensa, habla y escribe, no firme. Si piensa, habla, escribe y firma, después no se queje". Mrożek encontró en ese marco la posibilidad de escribir una literatura realmente política y a su vez eludir a la censura mediante el recurso de arrebatar al Estado totalitario su uso monopólico de la palabra; operando como un Estado productor de ficciones, Mrożek reveló que sólo mediante una violencia brutal sobre el lenguaje podían disimularse los contrastes que presidían la vida cotidiana bajo el comunismo y las contradicciones evidentes entre las motivaciones internas y externas de los actos de los ciudadanos soviéticos (al respecto existe un gran chiste de la época: "El secretario del Politburó pregunta a su subalterno en una reunión: 'Camarada Rabinovich, ¿tiene usted alguna opinión en relación a este tema?' 'Tengo, pero no estoy de acuerdo con ella', responde Rabinovich"). Mrożek demostró que los valores que presidían las acciones en el comunismo no tenían vinculación lógica con los fines que supuestamente legitimaban, y que su adopción por parte del Estado totalitario sólo tenía como finalidad dificultar la creación de otros que supusiesen un alejamiento del camino ya trazado. Para Tadeusz Nyczek, "La estabilización de las zonas rurales, la guerra devastadora, la inspiración revolucionaria del comunismo y, finalmente, el escape del infierno de la ingenuidad: todo esto tuvo una influencia decisiva sobre la naturaleza de la creatividad de Mrożek. Al sentirse despedazado él mismo, Mrożek decidió convertirse en un espejo roto de la realidad fracturada del socialismo en Polonia. Este espejo roto empezó a reflejar la vida polaca en sus docenas de formas fragmentadas, en su lenguaje ridículo, en su comportamiento del revés y en el absurdo de vivir en un cubo de basura que la propaganda definía como la alegría de construir una patria socialista".
 
SIETE. Uno de los mejores relatos de Mrożek es "La petición". En él, un anciano indigente escribe una solicitud a las autoridades para que le otorguen poder sobre el mundo; lo absurdo de su pedido se ve aumentado por el puñado de argumentos ridículos con los que lo justifica y revela su impotencia física y mental, pero también expresa uno de los temas centrales en la obra de su autor: la disociación entre la realidad y lo que se dice y se piensa de ella que aparece en el "en principio sí" con el que comienzan muchos chistes soviéticos. En realidad, el anciano del relato no desea obtener un poder universal sino simplemente recuperar el control sobre su vida y sobre el lenguaje con el que narrar su propia experiencia, que le ha sido arrebatado por el Estado al que ahora recurre. Al igual que en otros relatos del escritor polaco, el tema aquí es la inutilidad (al tiempo que la absoluta necesidad) de hacer algo para recuperar el control de nuestras vidas y nuestro derecho a narrar el mundo con unas palabras que nos pertenezcan. Aunque el Estado totalitario al que Sławomir Mrożek se opuso a lo largo de su vida ha caído hace algo más de veinte años, sus esfuerzos por restituir la palabra a quienes ni siquiera eso tienen posee una actualidad desusada, en los países del antiguo bloque socialista y en todos los otros. Al leer a Mrożek sentimos la tentación de reír, pero nuestra risa es una de ansiedad y amargura ante lo que un Estado totalitario puede hacer con sus ciudadanos, y en esa constatación hay un recuerdo pero también una advertencia para los tiempos por venir.
 
 
Publicada originalmente en Letras Libres 113. Madrid, febrero de 2011. 

[Publicado el 09/2/2011 a las 11:01]

[Etiquetas: Slawomir Mrozek, Cuento, Acantilado]

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“Si estos hechos pasmosos son reales”

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La perplejidad del individuo que enfrenta un fenómeno que contradice las leyes naturales es una de las características más salientes del género fantástico de acuerdo a Tzvetan Todorov, que abordó este género en su seminal Introducción a la literatura fantástica (1982). Algo de esa perplejidad se encuentra presente en muchos de los relatos de Bernard Quiriny, el joven autor belga (1978) del que Acantilado publica una colección de relatos breves traducida por el escritor argentino Marcelo Cohen.

Cuentos carnívoros reúne veintiséis cuentos, quince de los cuales forman parte de tres ciclos breves; uno de ellos, "Recuerdos de un asesino a sueldo", tiene al menos un cuento extraordinario, "Dylan"; otro, "Una borrachera perpetua", recurre al recurso del manuscrito encontrado para narrar la historia de una bebida cuyos efectos no se disipan jamás y que acaba provocando la muerte; el primero de ellos, "Crónicas musicales de Europa y otros lugares", reúne relatos acerca de músicos imaginarios que se proponen llegar donde nadie ha llegado antes. Al igual que el cuento "Unos cuantos escritores, todos muertos", las "Crónicas musicales [...]" evoca el subgénero de las vidas imaginarias cuyos autores más relevantes son Marcel Schwob, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges y Roberto Bolaño. No es el único aspecto en el que la obra de Quiriny dialoga con la tradición: uno de los mejores cuentos de la colección, "Quidproquopolis (De cómo hablan los yapus)", recurre al falso informe antropológico, del que se han beneficiado autores del fantástico como Guy de Maupassant, Roal Dahl y otros; "El episcopado de Argentina", al tema del doble; "El cuaderno", a la vida desgraciada de los escritores que carecen de fortuna y de talento; "Sanguina" propone por su parte una vuelta de tuerca al tópico del canibalismo.

En su Introducción a la literatura fantástica Todorov distingue además entre el género fantástico y el de "lo maravilloso", en el que la existencia de lo sobrenatural y su vinculación con el mundo mágico y pagano son considerados hechos ciertos; de aceptar esta distinción (cuya discusión en los ámbitos académicos ha generado una bibliografía que supera largamente en extensión a la obra más bien breve del ensayista búlgaro), debe sostenerse, contra lo que ha opinado la crítica española hasta este momento, que buena parte de los relatos de Cuentos carnívoros pertenecen al ámbito de lo maravilloso y no al del fantástico. No es una discusión muy relevante, sin embargo: más importante es el hecho de que todos los relatos sean autodiegéticos (es decir, estén narrados en lo que vulgarmente llamamos "primera persona"), lo que otorga a toda la colección una cierta monotonía; también la frialdad de Quiriny como narrador, que a veces atenta contra la perplejidad que el autor belga desea provocar en el lector.

A estas objeciones se le opone, sin embargo, una certeza: la de que algunos de esos cuentos, en particular los mencionados y el perturbador "El pájaro raro", están entre los mejores relatos maravillosos de autor nuevo que pueden leerse en la actualidad. El epígrafe de este libro pertenece a Ambrose Bierce y reza: "Si estos hechos pasmosos son reales, voy a volverme loco; si son imaginarios, ya lo estoy". Bernard Quiriny es una de las mejores noticias literarias de este año.

 

Bernard Quiriny

Cuentos carnívoros

Trad. Marcelo Cohen

Pról. Enrique Vila-Matas

Barcelona: Acantilado, 2010

[Publicado el 27/9/2010 a las 12:40]

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El memorable final de una era (y II)

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Heimito von Doderer (último a la derecha) junto a Dorothea Zeemann y Wolfgang Fleischer en el Café Hawelka (Viena, Austria). Fotografía: Franz Hubmann

 El extraordinario virtuosismo técnico de Von Doderer y su gran poder de observación (muchas de sus obras están basadas en sus diarios, los deslumbrantes Tangenten, 1964) lo sitúan en la línea del también austríaco Robert Musil, con el que ha sido comparado en ocasiones. Los demonios se ocupa de toda una época y construye un mundo narrativo complejo centrado en las conversaciones, las borracheras, las fiestas, las peleas y las excursiones de un grupo de jóvenes que coinciden en el barrio vienés de Döbling (donde el escritor vivió tras independizarse de su familia) entre los meses de marzo y julio de 1927; de esa época proviene el diario que escribe el jefe de sección Geyrenhoff, quien años después completa sus notas con los apuntes de sus amigos, todos miembros de aquel círculo: el "maestre de caballería" Eulenfeld, el historiador René von Stangeler y su novia, Grete Siebenschein; el vitalista Imre von Gyurkicz, el escritor Kajetan von Schlaggenberg y su media hermana, a la que todos llaman "Renacuajo". A ellos se agregan, a lo largo de las más de 1600 páginas del libro, personajes provenientes de todos los estratos sociales: entre otros, la prostituta Anny Gräven, la librera Malva Fiedler, el príncipe Alfons Croix, el policía Karl Zilcher y Leonhard Kakabsa, un obrero que descubre la belleza de la inteligencia ("y no [la de] la posición económica, que entonces ya no estaba vinculada con ésta, más bien al contrario") en una gramática del latín que compra un día por casualidad. Una buena parte de los personajes está vinculada entre sí: Leonhard es hermano de Ludmilla, la doncella de Friederike Ruthmayr, viuda del padre biológico de "Renacuajo" y futura esposa del jefe de sección Geyrenhoff, relacionada a su vez con el consejero de la Cámara Levielle, quien, por su parte, es el patrono en la prensa de Kajetan y el responsable de las penurias económicas de su hermana.
 
Von Doderer recurre a la ausencia aparente de ilación como elemento articulador de su narrativa, puesto que, como afirma su narrador, "no habría más que tirar de un hilo cualquiera del tejido de la vida para que éste la recorriera por completo". Las vidas de sus personajes se cruzan, se reúnen brevemente y se apartan en una muestra de maestría narrativa que se proyecta sobre la convicción de que "es imposible precisar exactamente y con carácter general el punto donde acaba el entorno inmediato de una persona [...] y comienza el de su época". Así, la verdadera protagonista de Los demonios es la sociedad vienesa y la época que la hizo posible, en cuyo seno latía "aquello que carecía aún de forma, y que permaneció vuelto sobre sí mismo mientras los hechos seguían su curso" hasta que "se hizo digno de un nombre, de uno verdaderamente terrible: salió a la luz, chorreando sangre".
 
Aunque el escritor y germanista Claudio Magris ha reprochado a Von Doderer la ausencia de lo verdaderamente demoníaco en su obra, el mal se encuentra presente en ella al menos en dos ocasiones: en el proceso de brujas sobre el que escribe Stangeler y en las circunstancias que suponen el final de una época feliz. Lo demoníaco aquí es "aquello que carecía aún de forma" pero ya estaba presente en la sociedad sobre la que von Doderer escribe. En la página 1266 de la novela, lo llama "una segunda realidad, que se levanta al lado de la primera" y cuya sustancia son los "programas políticos" y la "sexualidad degenerada". En esa "segunda realidad", dominada por lo ideológico, Von Doderer intuye el abismo en el que toda Europa iba a precipitarse en pocos años: "Los pobres muertos del año 1927 [...] fueron los primeros en entrar en un bosque enorme que hoy ya no podemos ver por la altura de sus árboles", escribió.
 
Los demonios es uno de los grandes libros de la modernidad europea y es de festejar la tarea de Roberto Bravo de la Varga, autor de una excelente traducción apenas afeada por algunas erratas. Su autor está en la órbita de escritores como James Joyce, Marcel Proust, John Dos Passos, Louis-Ferdinand Céline o Alfred Döblin. Al igual que en Berlin Alexanderplatz, aquí la trayectoria de algunos personajes es la excusa narrativa para abordar el final de una época. Las diferencias de planteamiento y de ejecución de la obra respecto de aquella novela pueden achacarse, principalmente, al hecho de que la aparición de nuevas tecnologías como el cinematógrafo, el teléfono y el automóvil, que aceleraban y fragmentaban la experiencia y determinaron el tono violento y veloz de la narrativa de Döblin, apenas interesó a Von Doderer. Aunque prácticamente contemporáneas en su concepción (las dos novelas comenzaron a ser escritas por sus autores en 1929), y pese a que Los demonios sólo fue publicada en 1956, ambas obras se asoman al mismo abismo: la de Döblin lo hace ya, y de manera plena, en el siglo XX y la de Von Doderer se aferra a un siglo XIX violentamente interrumpido.
 
Así como el período de las recepciones sociales, la conversación erudita y la inocencia indiferente terminó en Austria con el incendio del Palacio de Justicia en 1927, quien lea Los demonios comprobará que una época de su vida como lector, esa vida secreta y casi clandestina, habrá terminado. La obra de Von Doderer requiere que ese lector no sólo esté dispuesto a leer un libro, sino a penetrar en un mundo. Quien lo haga saldrá con la sensación de haber ascendido a una montaña desde la que se contempla un paisaje absolutamente extraordinario.
 
 
Heimito von Doderer
Los demonios. Según la crónica del jefe de sección Geyrenhoff
Trad. Roberto Bravo de la Varga
Pres. Martin Mosenbach
Barcelona: Acantilado, 2009
 
 
[Publicado originalmente en ADN Cultura de La Nación de Buenos Aires. Agosto 7 de 2010.]

[Publicado el 01/9/2010 a las 12:15]

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El memorable final de una era (I)

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El 15 de julio de 1927 una multitud enardecida prendió fuego al Palacio de Justicia de Viena tras conocer que tres miembros de una organización de extrema derecha, que el día anterior habían asesinado a un niño en un enfrentamiento con socialdemócratas, habían sido liberados. En la revuelta murieron ochenta y nueve manifestantes y cinco policías y más de mil personas resultaron heridas, pero el saldo más notable de los disturbios de ese día fue la confirmación de que acababa una época y comenzaba otra cuya característica más saliente iba a ser la radicalización de las opiniones políticas, en una espiral de violencia que desembocaría en la anexión de Austria al Reich alemán de Adolf Hitler en 1938. La literatura carece de importancia frente a la muerte de un niño, pero la muerte de un niño no necesariamente carece de importancia para la literatura. Alrededor de esa muerte absurda, y de los hechos trágicos que desencadenó, el escritor austríaco Heimito von Doderer edificó una obra que es la mejor descripción y, al mismo tiempo, el broche definitivo para toda una época. A la altura de los más grandes libros de la modernidad, Los demonios. Según la crónica del jefe de sección Geyrenhoff (1956) narra las peripecias de casi cien personajes cuyas vidas confluyen en aquel incendio. Esta crónica extraordinaria, traducida por primera vez al español, permite descubrir a uno de los autores más relevantes y más injustamente desconocidos de la literatura centroeuropea.
 
Franz Carl Heimito Ritter von Doderer nació en Hadersdorf-Weidlingau, en las afueras de Viena, en 1896. Fue el menor de los cinco hijos de una de las familias más ricas del Imperio Austrohúngaro; su estrambótico nombre fue producto de un viaje a España durante el cual la madre se enamoró del nombre "Jaime", cuya grafía germanizó. Von Doderer tuvo sus primeras experiencias homosexuales con un tutor contratado por su familia con la finalidad de mejorar sus resultados escolares, más bien mediocres, al mismo tiempo que se inició con mujeres en prostíbulos y comenzara a cultivar unas tendencias sadomasoquistas que aparecerían una y otra vez en su obra con diferentes disfraces. Su carrera militar fue breve y no muy honorable: en abril de 1915 se incorporó como voluntario a un regimiento de caballería en el que solían revistar jóvenes aristócratas, pero, tras recibir la instrucción militar, fue destinado a la Galicia Oriental y después a la Bucovina como oficial de infantería; apenas medio año después fue capturado por el ejército bolchevique e internado en un campo de prisioneros en Siberia. Von Doderer sólo pudo regresar a Austria dos años después de terminada la guerra, en 1920, cuando la situación económica de su familia se había resentido gravemente.
 
Volvió de Siberia con la decisión de convertirse en escritor y con algunos primeros textos bajo el brazo, que serían recopilados póstumamente en Die sibirische Klarheit ("La claridad siberiana"). Von Doderer comenzó a publicar sus primeros artículos y novelas por entregas en la prensa local a la vez que estudiaba psicología e historia. Se especializó en la Baja Edad Media y en la historia de la ciudad de Viena, dos temas centrales en Los demonios. En 1923 publicó un volumen de poemas y, al año siguiente, una novela; ninguno de los dos interesó mucho al público, pero, en 1929, el escritor comenzó la redacción de una obra que tituló provisoriamente "Señoras gordas" y que, tras veinticinco años de trabajo, acabaría convirtiéndose en Los demonios.
 
En 1933, mientras trabajaba en el libro (aquí, un adelanto), von Doderer se afilió al Partido Nacionalsocialista, una decisión influida principalmente por el hecho de que una hermana y varios amigos suyos lo habían hecho previamente, y en agosto de 1936 se radicó en Dachau, cuyo campo de concentración parece haberle pasado desapercibido. Allí, renovó su carnet partidario y solicitó el ingreso en la Cámara de Escritores del Reich, pero, a la vez, comenzó a distanciarse del nacionalsocialismo, en un proceso de gradual desencanto que culminó con su conversión al catolicismo en 1940; pese a ello, el escritor nunca abandonó oficialmente el partido, y sólo hacia 1945, después de la derrota alemana en la guerra, admitió públicamente su "error". En 1938 había publicado su novela Un asesinato que todos cometemos (que hace más de una década dio a conocer en español Muchnik) y en 1940 había sido llamado a filas como oficial de reserva y destinado a la fuerza aérea. Tras el final de la guerra y su retorno a Viena, en mayo de 1946, Von Doderer se esforzó por no ser implicado en los crímenes del nazismo, lo que consiguió definitivamente en 1947: su adhesión al nacionalsocialismo parece ahora más el gesto desesperado de un oportunista que el producto de un apoyo real a ideas políticas o estéticas. En 1948 tenía acabada su primera gran obra, Las escaleras de Strudlhof o Melzer y las profundidades de los años (también traducida), pero ningún editor interesado: a sus cincuenta y dos años de edad, Von Doderer seguía siendo un desconocido, situación que cambió lentamente con la publicación, en 1951, de esa ficción y las que siguieron: además de Los demonios, Die Merowinger oder die totale Familie ("Los merovingios o la familia total", 1962) y Die Wasserfälle von Slunj ("Las cataratas de Slunj") al año siguiente. Tras tres matrimonios heterodoxos, una larga relación clandestina con Dorothea Zeemann, trece años menor que él, y dos guerras mundiales a sus espaldas, murió el 23 de diciembre de 1966 en Viena.
 
 
[Concluye el próximo miércoles]

[Publicado el 30/8/2010 a las 12:11]

[Etiquetas: Heimito von Doderer, Acantilado, Novela]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Bibliografía

 
 
 
 

 

Ficción

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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