PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar
Converses formentor

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 31 de agosto de 2016

 Blog de Patricio Pron

De primera mano / "Tumulto" de Hans Magnus Enzensberger

imagen descriptiva

"Mi interés por la autobiografía deja mucho que desear: no hace falta ser criminólogo ni epistemólogo para saber que los testimonios sobre uno mismo carecen de base fidedigna", escribe Hans Magnus Enzensberger (91). Sin embargo, el hallazgo de "un conjunto olvidado de cartas, libretas con notas, fotografías, recortes de periódico y manuscritos abandonados" y la convicción de que las experiencias políticas de la década de 1960 han sido "sepultadas bajo el estercolero de los medios de comunicación, el material de archivo, los coloquios públicos, la idealización" (206) fueron suficientes para que el escritor alemán (uno de los intelectuales europeos más relevantes del siglo XX y lo que llevamos del XXI) dejara atrás sus aprensiones. "En aquel montón regía el azar", afirma, "pero al menos [...] no hallé nada que a posteriori, con gran distancia temporal, hubiese sido inventado" (92).
 
El resultado de la prospección en ese archivo acumulativo y azaroso debe mucho al hallazgo fortuito y a la inconsecuencia deliberada de su autor: por una parte, Tumulto carece aparentemente de orden y da cuenta de los hechos que narra sin aportar fechas precisas mediante lo que parece una acumulación de anécdotas; por otra parte, presenta al lector la dificultad de no ser capaz de reconocer en buena parte del texto cuál es la distancia temporal entre éste y los hechos narrados, lo que no tendría implicaciones serias si se tratase de un relato sentimental, pero importa y mucho cuando aquello de lo que se habla es de algunos de los hechos políticos más controvertidos del siglo XX.
 
A pesar de ello, Tumulto es un libro extraordinario, y lo es no sólo gracias a la solución que Enzensberger ofrece al problema de cómo narrar las décadas de 1960 y 1970, siempre torrenciales (una especie de diálogo no precisamente platónico con el que se antoja a su autor como "un hermano menor del que no me hubiera acordado en mucho tiempo", 93), sino también en virtud de las situaciones y personajes que comparecen en la obra. Tumulto recorre un arco que va desde el orden instalado en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial ("en un lado, la tibia República Federal; en el otro, la ‘zona', sobre la cual abrigaba yo pocas ilusiones, vacunado como estaba por mi propia inspección del terreno y por lecturas tempranas tales como Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, Homenaje a Cataluña de Orwell y El pensamiento cautivo de Czesław Miłosz", 10) hasta la instauración de una cierta normalidad europea durante la década de 1970; las estaciones de este tránsito son una invitación a un encuentro de escritores en San Petersburgo (por entonces Leningrado), una visita protocolar a Moscú que tuvo como resultado un enamoramiento súbito y doloroso que se extendió por años (y constituye el hilo sentimental de la obra), la visita a la "dacha" de Nikita Jruschov, un recorrido en tren y en avión por la Unión Soviética a cuenta de la Unión de Escritores (Bujará, Samarcanda, Almá-Atá, Nobosibirsk, Irkutsk, Peredélkino, Tiflis, etcétera), la experiencia de la oposición extraparlamentaria en Alemania (de la que Enzensberger fue una figura central, pese a sus intentos en este libro de minimizar su papel), una visita incomprensible a Camboya, una larga estancia en Cuba durante la cual (y a su pesar) el autor no pudo hacer nada excepto plantar caña de azúcar y esperar, la Praga inmediatamente posterior a la intervención soviética y los prolegómenos del sangriento "Otoño alemán" de 1977.
 
En las páginas desordenadas de este libro comparecen Iliá Ehrenburg, Giuseppe Ungaretti y Jean Paul Sartre en Leningrado (este último "manso como un cordero" ante Jruschov, 20), Yevgueni Yevtushenko ("capaz de una confianza desmedida, lo mismo que de una desmedida lisonja y de desmedidas exigencias", 41-42) y Abe Kōbō en Bakú, los poetas beats en San Francisco, Salvador Allende en Tahití, Herbert Marcuse en San Diego, Henry Kissinger en Berlín, Heberto Padilla, Roque Dalton, José Lezama Lima y Pablo Neruda en La Habana, Ingeborg Bachmann en Roma y Nelly Sachs en Estocolmo.
 
Vale la pena leer Tumulto por el retrato que el autor hace de ellos, pero también por la inteligencia con la que éste ofrece un recorrido de primera mano por la historia del siglo XX: sin concesiones, sin pedantería, sin nostalgia, con el convencimiento de que estas experiencias pueden ser útiles en el futuro; es decir, en el presente.
 
 
Hans Magnus Enzensberger
Tumulto
Trad. Richard Gross
Barcelona: Malpaso, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia-El País, 28 de septiembre de 2015.] 

[Publicado el 15/10/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Hans Magnus Enzensberger, Autobiografía, Malpaso]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Las reglas del juego / "El cuaderno perdido" de Evan Dara

imagen descriptiva

"Radios de bicicletas, lamas retorcidas de persianas venecianas, un sonriente buda sentado recubierto de caucho con un buen tajo en el costado, páginas de periódicos, pilas usadas, botellas de cerveza, trozos de valla, fotografías, viales de crack, paquetes de tabaco hechos una bola, cables eléctricos, patas de mesa amputadas, fundas de plástico de cuerdas de guitarra, botas sin cordones, bosques de envoltorios de comida rápida, cachos de neumático, casetes con las tripas fuera [...]": la lista es más extensa aun y está compuesta por los objetos con los que alguien confecciona obras de arte; hornea la basura y luego vende, o pretende vender, el resultado.
 
El cuaderno perdido (1995), primera novela del escritor estadounidense Evan Dara traducida al español, se parece a la lista anterior, lo que significa que puede inducir en el lector la misma sensación de hartazgo angustioso que la lista provoca. El lector no debería dejarse desanimar por lo que parece una simple acumulación de residuos, sin embargo, ya que hay una historia aquí, que orbita en torno a la descomposición de los vínculos entre los habitantes de una pequeña localidad en Iowa cuando se hace público que la principal empresa local ha estado contaminando el suelo de forma deliberada durante décadas (con las reacciones subsiguientes de impotencia, negación, rechazo y miedo de sus habitantes): el lector sólo tiene que tener el deseo y la capacidad para encontrarla.
 
No se sabe mucho acerca de Evan Dara, excepto que detrás del heterónimo se oculta "un escritor norteamericano que (por lo general) reside en Europa" y que quizás sea Richard Powers. Menos importante que la identidad real de su autor es el hecho de que El cuaderno perdido es un florecimiento tardío pero relevante de una especie botánica específica, la novela posmoderna estadounidense; a ella pertenecen su uso poco convencional de los signos de puntuación, sus pasajes ensayísticos (sobre la vida sexual de las luciérnagas, las obsesiones compositivas del último Ludwig van Beethoven, los dibujos animados, la reproducción celular, los seriales radiofónicos, la democracia estadounidense, el montaje cinematográfico, la falta de silencio en el mundo contemporáneo, el tabaco, las publicaciones periódicas, los hábitos de quienes se suicidan arrojándose del Golden Gate en San Francisco, el activismo político de Noam Chomsky, la obra de Harry Partch, el sufrimiento como indicador del valor de una vida, el Correcaminos, el coleccionismo de huchas, la antropología de campo, el trombón, etcétera; casi todo ello, brillante), su carácter explícitamente polifónico ("criaturas arbóreas perdidas en una enredadera de voces") y la puesta en página irritante y pretendidamente innovadora (y cuya innovación se remonta, de hecho, a cierto poema de Stéphane Mallarmé de 1897).
 
El cuaderno perdido destaca entre los numerosos ejemplos de narrativa posmoderna reciente, sin embargo; lo hace gracias a la extraordinaria capacidad de su autor para contar historias: un niño es tomado brevemente como rehén en el asalto frustrado a una gasolinera, un padre pierde a su hijo para siempre cuando le compra la batería equivocada, una joven es entregada a la policía por un hombre con el que sólo pretendía conversar acerca del abstencionismo electoral, un hombre se obsesiona con el compañero de trabajo que hornea basura, una mujer que debe llamar a urgencias es impedida de hacerlo por una intrusiva publicidad telefónica, un hombre solícito arruina la vida a su vecino, un autoestopista descubre la relatividad del juicio moral cuando muere su jerbo, etcétera.
 
El cuaderno perdido está lleno de grandes historias como éstas, verdaderas obras maestras de la narrativa breve que se encuentran esparcidas a lo largo del libro poniendo de manifiesto una vinculación tan estrecha entre las personas en esta fase del capitalismo que hace dificultoso, si no imposible, pensar en ellas (es decir, en nosotros) como individuos; claro que esas historias están sometidas a reglas específicas que el autor nunca explicita. Como todo gran libro, este de Evan Dara incluye las instrucciones para ser leído, sus reglas (un adelanto de las cuales puede encontrarse en el magnífico prólogo de Stephen J. Burn a esta edición), y el lector se perderá algo importante si decide que esas reglas son incomprensibles o poco claras.
 
 
Evan Dara
El cuaderno perdido
Trad. José Luis Amores
Pról. Stephen J. Burn
Málaga: Pálido Fuego, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia-El País, 22 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 13/10/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Evan Dara, Novela, Pálido Fuego]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Un 'cuerpo extraño' / "No aceptes caramelos de extraños" de Andrea Jeftanovic

imagen descriptiva

Una niña que ahoga en la bañera, por celos, a su hermana; unos padres a los que se les informa que su hijo ha tenido un accidente; un matrimonio que accede por vías remotas al sexo; dos vecinos que se masturban uno frente al otro en la ventana hasta que un día algo cae entre ellos; una mujer que busca a su hijo o hija perdido en las calles de Santiago; una mujer que saca a su padre del hospital para que vaya a morir al valle del Elqui. Los personajes de No aceptes caramelos de extraños viven allí donde confluyen lo público y lo privado, la realidad y la sordidez, el deseo y su anulación, la promesa romántica de una disolución en el otro y el aprendizaje de que en esa disolución hay siempre un asesinato.
 
Andrea Jeftanovic, su autora, nació en Santiago de Chile en 1970, estudió sociología en la Universidad Católica de esa ciudad e hizo un doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad de California en Berkeley; también asistió durante tres años al taller de escritura de Diamela Eltit. Antes de eso, y a los tres años de edad, presenció el bombardeo a la residencia del entonces presidente Salvador Allende, que es (según afirmó en una entrevista) el primer recuerdo que posee; de ese recuerdo, y de sus implicaciones en una reflexión acerca de la confluencia entre los hechos trágicos y una subjetividad infantil que no puede comprenderlos pero los registra, se deriva toda su producción literaria, también Escenario de guerra, su primera novela.
 
Escenario de guerra es el relato de las dificultades económicas de una familia, sus continuas mudanzas, las peleas entre y la posterior separación de una madre enferma y un padre traumatizado por los eventos de la Segunda Guerra Mundial (de los que huyó a Chile); también es la narración de una huída, el descubrimiento del sexo, la muerte del amado, la Guerra de los Balcanes y un viaje al origen; la novela inaugura el archivo de voces femeninas que constituye la obra de Jeftanovic y una concepción de la vida familiar como teatro y de sus protagonistas como simuladores que también aparece en los cuentos de Monólogos en fuga (2006) y en la novela Geografía de la lengua, la historia de la relación entre Sara y Álex cuyo trasfondo son los atentados de Nueva York, Madrid, Osetia del Norte y Londres.
 
En Geografía de la lengua (pero también en todos los otros libros de Andrea Jeftanovic) la pareja es un lugar de conflicto, un espacio de repliegue y de expansión cuyas consecuencias siempre son inesperadas para sus protagonistas. Qué se pierde y qué se gana en la pareja es la pregunta que preside la novela pero también "Árbol genealógico", un cuento de No aceptes caramelos de extraños cuyo argumento (un padre y una hija se marchan a un bosque para fundar mediante el incesto una Humanidad nueva) llevó a que fuese censurado en Alemania y Estados Unidos.
 
"Árbol genealógico" no es una apología del incesto, sin embargo: es una reescritura del relato bíblico acerca del origen y una reflexión sobre la identidad, el amor y el cuerpo. Esa reflexión está en el centro de la obra de Jeftanovic cuyo término clave es el de "cuerpo extraño", que es la definición del cáncer de Álex en Geografía de la lengua pero también de la posición de la autora en una literatura chilena que, por una razón u otra, vive un momento particularmente interesante. (En no menor medida gracias a la contribución de una nueva y muy talentosa generación de autoras: Nona Fernández, Lina Meruane, Cynthia Rimsky, Alia Trabucco Zerán, Paula Ilabaca, Andrea Jeftanovic.)
 
 
Andrea Jeftanovic
No aceptes caramelos de extraños
Barcelona: Comba, 2015
 
Escenario de guerra
Alcalá de Henares: Baladí, 2010
 
Geografía de la lengua
Santiago de Chile: Uqbar, 2007

[Publicado el 06/10/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Andrea Jeftanovic, Cuento, Novela, Comba]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Como un pálido mártir en su camisa de llamas / Mao Tsé-Tung

imagen descriptiva

Mao Tsé-Tung, de espaldas al mundo / Crédito de la imagen, G.E.W. /

1
 
La habitación olía a desinfectante y a comida para animales y había unas doce o catorce jaulas en ella, no todas ocupadas; en una, un gato que parecía envuelto en una camisa en llamas y se encogía sobre sí mismo procurando no ser visto, con la expectativa de que no abrieran su jaula, no lo sacaran de ella con esfuerzo, no lo pusieran en brazos de los visitantes. Al cogerlo, su cabeza colgaba de su cuello como si lo hubiese abandonado la vida o lo que sucediese con él le pareciera irrelevante. Nos dijeron que estaba enfermo, que no sabían cuánto más viviría, pero que, desde luego, no sería mucho; nos dijeron que tenerlo sería una lucha constante contra una naturaleza incomprensible y contra una enfermedad para la que no existe cura; nos aseguraron que no tenía chance alguna, y nosotros dijimos "Es éste", y lo llevamos a casa.
 
 
2
 
No parece mucho lo que se puede decir acerca de un gato, y posiblemente todo lo que había para decir haya sido dicho ya por autores como Charles Baudelaire, Colette, Émile Zola, Robert Walser, Ernest Hemingway, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Rudyard Kipling. En una historia de este último titulada "The Cat that Walked by Himself", el gato se cuela en la primera vivienda a raíz de un error de su propietaria sin hacer los votos de lealtad y sumisión que hacen los otros animales domésticos; la suya es una situación intermedia, entre el bosque del que proviene y la casa, entre la sumisión y la independencia, pero el gato no carece de resolución: es la resolución misma, disfrazada de arrogante displicencia. En otra historia, de Kurt Tucholsky, el narrador conoce en los Campos Elíseos a una gata que resulta ser su compatriota y narra su vida en París con gracia y acento berlineses. Sin embargo, la mayor parte de las historias de gatos tiene como tema la ruptura amorosa: el extraordinario cuento de la (por lo demás) relativamente mediocre escritora francesa Colette titulado "Saha" cuenta la de una pareja, que se produce cuando él descubre al regresar a su apartamento que la gata ha caído del balcón, o más bien, que ha sido arrojada por ella (por celos, por aburrimiento, porque la gata encarna algo que es importante para él pero no para la joven), lo que la lleva a abandonarla. (Colette volvió a contar la historia en su novela La gata, pero lo esencial de ella está en "Saha".) En el cuento de Eugen Roth "Die Katze" [El gato], la imposibilidad de ayudar a un gato enfermo hallado en un camino rural y la rapidez con la que el narrador de la historia y su novia olvidan el asunto (que el narrador imagina como una "prueba de Dios" que no han superado) introduce en su relación un elemento de desconfianza mutua que conduce a la ruptura de la relación. En el cuento de Hemingway "Cat in the Rain", el deseo de una joven turista estadounidense de rescatar a un gato bajo la lluvia no es resultado realmente de la piedad sino del aburrimiento y de la falta de perspectivas de su relación.
 
 
3
 
Quizás la razón por la que los gatos son presentados en estos cuentos como un elemento disruptivo en relaciones aparentemente armónicas es porque, más que ningún otro animal doméstico, representan la irrupción de la naturaleza en un ámbito creado explícitamente para tener a esa naturaleza alejada. En los gatos, más que en los perros (y más incluso que en aquellos que en los últimos años se han convertido en animales de compañía, como las iguanas, las chinchillas y los cerdos), la naturaleza salvaje parece estar a flor de piel, dispuesta a desbocarse ante la primera oportunidad y por causas nunca del todo muy claras para quienes vivimos con ellos: un pájaro en el alféizar de la ventana, una bola de papel, una visita inmotivada, una sombra, despiertan en el gato un frenesí que carece de explicación, que es salvaje; y ya se sabe que las relaciones amorosas han sido concebidas de espaldas a la naturaleza y tienen en ésta a su rival más importante. El perro es sentimental ("un alma simple" lo llama T.S. Eliot en uno de sus poemas); el gato es pragmático; el perro es un ser humano en un mundo ideal (es decir, en un mundo en el que el humanismo no fuese lo que es en realidad: la legitimación filosófica de una naturaleza humana que tiende al engaño y al crimen); el gato, en contrapartida, es el ser humano de la naturaleza: patea a un perro y volverá siempre; patea a un gato y se vengará apenas pueda hacerlo, como todos nosotros.
 
 
4
 
Mao Tsé-Tung, por el contrario, llegó a nuestra casa como una especie de pegamento entre mi esposa y yo, como una forma de estrechar nuestra relación, y también como un experimento. Acerca de lo segundo, es poco lo que se puede decir, excepto que parece evidente que el experimento ha arrojado resultados negativos y que mi capacidad para cuidar de otros es limitada o nula (lo que, supongo, es una pésima noticia de cara a la paternidad, que es el fondo sobre el que se recorta la experiencia con el gato). En cuanto a lo primero, y siendo la razón de una preocupación común, el gato nos ha unido de maneras nuevas y con la misma intensidad con la que vive Mao y con la que vivimos mi esposa y yo desde hace años. Una manifestación, si acaso banal, del modo en que el gato nos ha unido: mi esposa y yo solemos encontrarnos bajo las sábanas cada noche, procurando ocultarnos cada vez que Mao decide que ha llegado la hora de despertarnos, de darle de comer, de entretenerlo; o cuando decide correr por toda la casa, tirándolo todo, y nosotros nos acurrucamos uno junto al otro unidos por el temor y el deslumbramiento ante esa fuerza carente de control moral que es Mao.
 
 
5
 
Una nota al pie de la historia de la miseria política de nuestros días en España: cuando alguien nos pregunta cómo se llama nuestro gato y le respondemos "Mao", nos pregunta si es "por la cerveza".
 
 
6
 
Mao Tsé-Tung no debe su nombre al de cierta cerveza, sino al hecho de que es amarillo y rojo, como El Gran Timonel (si has visto "Inside Llewyn Davis" y recuerdas al gato o a los dos gatos que aparecen en ella, ya sabes a qué me refiero); esto, posiblemente, sea considerado por muchos una trivialización de la figura del líder chino o, dependiendo de las tendencias de quien se sienta interpelado por ello, del régimen de terror que instauró. En el primer poema de su muy bello El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, T.S. Eliot afirma que "ponerle nombre a un gato es harto complicado" y que estos deben tener tres nombres: "el que le damos a diario", "uno más especial, / que sea peculiar, algo más digno. / ¿Cómo, si no, va a alzar su rabo vertical / o atusar sus bigotes y mantenerse altivo?" y otro "que sólo el gato sabe y no confesará" (la traducción es de Regla Ortiz Mogollón). Además del primero (del que prefiero no decir nada aquí, ya que es relativamente indigno) y de Mao Tsé-Tung, que es su segundo nombre, Mao parece tener un tercero, del que no sabemos nada y que sólo utiliza cuando alguno de los gatos del barrio lo observa desde los tejados, al otro lado de la ventana, en una muestra de interés y de desafío. De hecho, no sabemos nada acerca de Mao Tsé-Tung, a excepción de que fue recogido en un descampado al sur de la ciudad (en Valdemingómez, Usera o Villaverde, no lo recuerdo), lo que lo convierte en un caso social, uno más de los muchos desatendidos por las autoridades.
 
 
7
 
De Mao Tsé-Tung sabemos también que, cuando llegó a nuestra casa, tenía las almohadillas de las patas quemadas y que sólo se le regeneraron después de un largo tiempo; también, que tiene que haber tenido una existencia previa (posiblemente) como gato de piso, ya que se ha desenvuelto perfectamente en el nuestro desde que llegó a él; también, que posiblemente sea más viejo de lo que parece o de lo que creemos. Sabemos una cosa más: tiene un virus de inmunodeficiencia felino, una especie de sida de gatos que carece de cura y que en su caso (y al menos de momento) hace que tenga la garganta permanentemente infectada; cuando bosteza, y lo hace a menudo debido a la escasa espectacularidad de mis actividades (leer y escribir, principalmente, que para él constituyen un enigma poco atractivo), su garganta es un agujero rojo de dolor. Al parecer, sus defensas son insuficientes para combatir la placa bacteriana que producen sus dientes, con lo que la única solución que se presenta a los veterinarios consiste en quitarle las piezas dentales para que no haya placa bacteriana. A esta altura, Mao ha perdido ya todas sus muelas, así como todos los dientes a excepción de los colmillos y los pequeños dientes delanteros, en operaciones costosas desde el punto de vista económico y emocional que nos dejaron devastados, al gato y a nosotros. Ante el hecho de que la infección no ha remitido, mi esposa y yo hemos decidido no someterlo a ninguna extracción más, cosa que parece ser del agrado de Mao. Una amiga, sin embargo, lo llama "el desdentadito".
 
 
8
 
Veamos un ejemplo reciente de la actividad literaria de Mao: "´ç.ljdtrsazeeeeeeeeeeeeeeee". Acaba de escribirlo al echarse sobre el teclado, de modo que quizás requiera que vuelva sobre el texto en algún momento antes de su publicación. Cuando tienes un gato, la escritura se convierte en aquello que haces allí donde éste no está echado: en la zona del teclado que no ha ocupado aún, en el margen del papel que no ha convertido todavía en su asiento. "Sombra de una sombra azulada sobre el papel azul" llamó Colette a alguno de sus gatos, ya que tuvo decenas de ellos a lo largo de su vida; y la historia literaria recuerda los nombres de Spider, el gato de Patricia Highsmith, Bébert, el de Louis-Ferdinand Céline, Beppo, el de Jorge Luis Borges ("El gato blanco y célibe se mira / en la lúcida luna del espejo / y no puede saber que esa blancura / y esos ojos de oro, que no ha visto / nunca en la casa, son su propia imagen. / ¿Quién le dirá que el otro que lo observa / es apenas un sueño del espejo?"), Taki, la gata de Raymond Chandler, Catarina, la gata de Edgar Allan Poe a la que éste solía escribirle largas caras cuando se encontraba de viaje, y Williemina, la de Charles Dickens, que había aprendido a apagar las velas con una pata para que su amo se fuese a la cama. ¿Mi historia favorita de gatos? Aquí va: ya viejo, Richard Matheson puso en peligro su vida al internarse en su casa en llamas para salvar a su gato (y sólo un escritor puede comprender la importancia de ese gesto: no entró a salvar sus manuscritos, sus libros o sus fetiches; entró a salvar a su gato.
 
 
9
 
Naturalmente, mi esposa y yo sabíamos de su enfermedad al adoptar a Mao; no éramos conscientes, sin embargo, del tipo de implicación emocional que íbamos a desarrollar en torno a ella. La vida de Mao está supeditada a unos cambios abruptos de humor que se vinculan, estrechamente, con el volumen de dolor que siente: a veces se encuentra bien, pero en ocasiones está mal y casi no puede comer. En esas épocas, suele pasar decenas de horas en la cama o en alguno de los sitios de la casa que le parecen relativamente seguros, como los bajos del sofá; su vida quizás no sea muy feliz, pero tampoco lo es la nuestra, y a pesar de ello es una vida, a la que él y nosotros nos aferramos. Mao es indiferente a sus dueños durante buena parte del día (a menudo esta indiferencia es preferible al interés, porque ese interés se expresa en rasguños en los brazos, en las piernas, incluso en la frente de sus dueños) y tiene terror a los extraños, a los que supongo que culpa por el período que pasó en la calle: durante años, el crepitar de una bolsa plástica lo hacía huir, y tardó mucho tiempo en comprender que no teníamos intenciones de meterlo en una. Al igual que del resto de su historia, no sabemos nada del tipo de experiencias que tuvo durante el período que estuvo en la calle, ni cuánto duró ese período; tampoco quiénes fueron sus dueños anteriores. Quizás fuese conveniente saberlo, pero, ante la imposibilidad de hacerlo, Mao se refuerza ante nuestros ojos como lo que todo gato es: un misterio, a caballo entre la sumisión y la independencia, entre la naturaleza salvaje y una vida civilizada precaria y contingente, entre un pasado terrible y un presente francamente mejorable, y en ese sentido es como el resto de nosotros.
 
 
10
 
Mao Tsé-Tung debe más en su carácter a La gatomaquia de Lope de Vega ("Así los gatos iban alterados / por corredores, puertas y terrados, / con trágicos maúllos, / no dando, como tórtolas, arrullos"), al gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll y al gato Fellini del argentino Liniers que a Tom, a Silvestre o a Garfield; al Krazy Kat de George Herriman y al Félix de Pat Sullivan que al Fritz de Robert Crumb o a Los aristogatos de Walt Disney. No hay nada dulce en relación a Mao Tsé-Tung, ya que su vida es enfermedad y dolor y un refugio para la tormenta que quizás haya llegado demasiado tarde, como sucede siempre. No sabemos cuánto tiempo más vivirá, pero sabemos que lo hará sin plan, sin utilidad, sin obligaciones; libre para ser cómicamente serio y también para vivir su enfermedad. En su existencia, prolongada o breve, hay una enseñanza, y creo que fue Robert Gernhardt quien afirmó que "Aprender del gato es aprender a vencer"; claro que el nuestro tiene la batalla perdida de antemano, pero en eso tampoco se diferencia del resto de nosotros. A Mao Tsé-Tung le gusta afilarse las uñas en el sofá, ver cómo le arrojas una pelota de goma (nunca va a buscarla, por supuesto), dormir en nuestra cama (a diferencia de la mayor parte de los gatos, no lo hace hecho un ovillo sino extendido, con ambos brazos estirados haciendo lo que llamamos "un Superman"; si sólo estira un brazo, hace "el medio Superman"), amasar una manta marrón que ya consideramos de su propiedad, vomitar, meterse dentro de la maleta cuando estamos a punto de salir de viaje, echarse sobre la ropa negra, comer pavo braseado, babear sobre nosotros cuando estamos durmiendo, meterse en los armarios, escuchar ciertos discos (parece evidente que sus dificultades para alimentarse se reducen si se lo expone a la escucha ininterrumpida de la versión de Frank Zappa de "Stairway to heaven"). A mí me gusta verlo hacer todas esas cosas, asomarme al misterio de una existencia sin concesiones, saludar en él, con Kurt Tucholsky, "a todo lo que es bello y misterioso, innecesario y móvil, insondable y solitario y siempre apartado de nosotros: al gato y al juego y al agua y a las mujeres".
 
 
[Publicado originalmente en El Estado Mental. Madrid, 14 de junio de 2015.]

[Publicado el 02/10/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

"Mi familia, mi tribu, mi estirpe" / "Milagro en Haití" de Rafael Gumucio

imagen descriptiva

No muchos países a excepción de Haití concluyen sus carnavales con golpes de Estado; tampoco son muchos los países en los que los muertos caminan por sus calles de un modo u otro, y en casi ningún otro país del orbe está una operación de belleza más fuera de lugar que en el castigado país caribeño. A pesar de ello, es allí donde Carmen Prado, la protagonista de Milagro en Haití, decide operarse: todo lo que sucede después es producto de esa decisión, pero también del río caudaloso de la memoria y el arrepentimiento en el que una y otra vez, durante su delirio, se ahoga.
 
Carmen Prado es una mujer que ha vivido mucho; también es una mujer que no sabe o no puede callar, por lo que no es realmente correcto hablar de ella como la protagonista del nuevo libro de Rafael Gumucio: más que protagonista, Carmen Prado es una voz, que insulta, enjuicia, delira y ordena mientras su propietaria agoniza en una clínica de la ciudad de Puerto Príncipe en compañía de un niño con una ametralladora, una cocinera negra y enorme, un puñado de adolescentes perdidos en las pesadillas de la política haitiana.
 
Aparentemente, Rafael Gumucio ha recorrido una larga distancia desde su último libro, Mi abuela, Marta Rivas González (2013), en el que el escenario era mayoritariamente Chile y la historia, familiar. A pesar de ello, y aunque Carmen Prado afirma "soy de todos los países, de ninguna parte también" (37), Milagro en Haití continúa el proyecto literario de su autor, consistente en narrar la crónica delirante y negra de su clase social; es decir, de quienes han detentado el poder en Chile desde la creación del estrecho país sudamericano, y que el narrador denomina "Mi familia, mi tribu, mi estirpe [...] esa gente que miente tan bien que llega a decir la verdad" (106).
 
Carmen Prado se enfrenta a su cocinera haitiana y la veja desde la pretendida superioridad de su clase y de su origen; el enfrentamiento no es sólo retórico y no es únicamente entre dos clases sociales antagónicas sino entre dos modos de comprender la existencia: hasta el milagro que protagoniza (uno de los mejores finales de la literatura en español de los últimos años), Carmen Prado es la mujer que no da nada, a excepción de la vida, una "abeja reina atrapada en el centro del panal, condenada a parir y seguir pariendo larvas" (201). Esas larvas son (por supuesto) las que escriben la historia y gobiernan los países, y escuchar la voz delirante, contradictoria e incorrecta pero siempre sincera de Carmen Prado es presenciar ese sueño que según Stephen Dedalus es la historia y del que ni él ni nadie puede despertarse; también, es ser partícipes del mejor libro hasta el momento de su autor, posiblemente el escritor sudamericano más en forma del momento.
 
 
Rafael Gumucio *
Milagro en Haití
Santiago de Chile: Literatura Random House, 2015
 
 
* Rafael Gumucio conversará con Andrea Jeftanovic y el autor el jueves 1 de octubre en la madrileña Casa de América (Ronda de Cibeles, 1) como parte del 'Encuentro de Narrativa Chilena Contemporánea'. Más información, aquí.

[Publicado el 30/9/2015 a las 12:03]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Novela, Literatura Random House]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

¿Por qué Harper Lee nos inquieta? / Nosotros caminamos en sueños 32

imagen descriptiva

Harper Lee y George W. Bush, Jr. / Crédito de la imagen, de su autor.

Nos gusta pensar en los escritores como individuos geniales y solitarios que poseen un control absoluto sobre su obra, pero la realidad es que todo libro es el resultado de la interacción entre decenas de personas con intereses distintos y a menudo contradictorios. Piénsese, en ese sentido, en el caso de Ve y pon un centinela, la novela de Harper Lee recientemente "descubierta" entre los papeles de la anciana autora: su publicación parece tan acertada desde el punto de vista comercial como calamitosa desde el literario, ya que pone de manifiesto que la obra a la que dio origen, Matar a un ruiseñor, le debe tanto a su autora como a su editor y a la tarea que éste hizo.
 
Nuestra inquietud por la de Lee y otras historias similares de una intervención editorial decisiva en la obra de un autor no sólo proviene de la pregunta de si un libro u otro nos hubiese gustado más si su editor hubiese intervenido en él o, en el caso contrario (el de la intervención), si lo hubiese hecho. Además de por su naturaleza a menudo escandalosa, lo que nos incomoda de estas historias es que nos recuerdan que todo libro es un producto social y que (contra lo que nos gusta pensar) el autor carece de control sobre su obra.
 
¿Por qué un escritor publica? Porque en la interacción que tiene lugar en el proceso de edición de un libro éste multiplica sus significados, adquiere nuevos sentidos y pasa de ser una fantasía individual a ser un sueño colectivo, soñado por personas desconocidas en sitios completamente ignorados por el autor. A esa multiplicación es a lo que llamamos literatura, no al producto de una soledad que es, al mismo tiempo, la bendición y la condena de la actividad literaria.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 1 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 28/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Carta de amor a una ciudad / "Cuando Kafka hacía furor (Memorias del Greenwich Village)" de Anatole Broyard

imagen descriptiva

Anatole Broyard murió a los setenta años de edad en 1990. Lo hizo dejando dos libros inéditos, Ebrio de enfermedad (publicado por La Uña Rota en 2013) y estas "memorias del Greenwich Village" que abandonó cuando se le diagnosticó el cáncer de próstata que acabó con su vida. Según su viuda, "tenía intención de hablar de la muerte de su padre en la última parte". Autor casi secreto y crítico muy influyente, si acaso algo eclipsado por los grandísimos nombres de la literatura estadounidense de su tiempo, Broyard nunca llegó a escribir ese capítulo.
 
Lo que narró en Cuando Kafka hacía furor es, en cambio, su introducción en los círculos intelectuales del Greenwich Village neoyorquino después de su regreso de la Segunda Guerra Mundial, su relación amorosa con la pintora Sheri Martinelli ("Donatti" en el libro), sus esfuerzos por convertirse en librero, su aprendizaje del sexo, la literatura, la soledad y la traición y sus encuentros con sus contemporáneos. Que Broyard sólo podía ser eclipsado por estos resulta evidente cuando se enumera los que conoció personalmente en 1946: W.H. Auden ("parecía un hombre que huyese de un edificio en llamas"), Erich Fromm ("era bajito y rechoncho; tenía la cara ancha, y a mí me recordaba a una gallina empollando sus huevos"), Anaïs Nin ("se pintaba los labios con suma precisión y llevaba las cejas depiladas y dibujadas, con lo que daba la impresión de haber escrito su propio rostro"), el historiador del arte Meyer Schapiro, Delmore Schwartz, Dylan Thomas ("ya no era el querubín guapo, [...] sino un hombre hinchado por el alcohol y quizá por la pena, o por la poesía. Parecía como un juguete inflable al que hubiesen inflado más de la cuenta").
 
Broyard tenía un talento extraordinario para las descripciones. En Cuando Kafka hacía furor estas brillan, como resultado de la gran capacidad de introspección del autor. Al final de la lectura, sin embargo, tan sólo queda en el lector la emoción con la que habla de los libros ("nuestro clima, nuestro entorno, nuestra ropa"), su evocación del sexo en 1947 como incomodidad y misterio y la sensación de que ha leído una carta de amor a una ciudad y a un tiempo ("era como París en los años veinte, con la diferencia de que estábamos en nuestra ciudad [...] y compartíamos la aventura de intentar ser escritores o pintores, de empezar a serlo") que no son los nuestros. Quizás el problema (además de lo sorprendentemente descuidada de esta edición) sea que no hay nada menos interesante que una carta de amor que no hemos escrito y de la que no somos los destinatarios.
 
 
Anatole Broyard
Cuando Kafka hacía furor (Memorias del Greenwich Village)
Trad. Catalina Martínez Muñoz
Segovia: La Uña Rota, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 24 de agosto de 2015.] 

[Publicado el 25/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Anatole Broyard, Testimonio, La Uña Rota]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

¿Por qué no contar el final? / Nosotros caminamos en sueños 31

imagen descriptiva

Algún tiempo atrás los responsables de varias decenas de blogs literarios anunciaron que, a pedido de sus lectores, ya no hablarían en profundidad de los libros para evitar spoilers. Una decisión singular, sobre todo si se considera que, a excepción de la novela policiaca (por ejemplo), en la mayor parte de los libros el final no es lo más importante ni el principal aliciente para su lectura, de modo que ¿por qué no contarlo?
 
La respuesta parece encontrarse en un desplazamiento en el uso de los textos y, por consiguiente, en la noción de lector, el cual (como la crítica francesa viene señalando desde hace varias décadas) pasaría a ser un lecteur/spectateur: del lector conservaría el interés por la lectura; del espectador extraería una actitud pasiva ante lo que lee. El lecteur/spectateur no demandaría nada (lo que explica la pérdida de calidad de buena parte de la literatura contemporánea) ni sería capaz de reaccionar a más de un estímulo, en muchos casos el "cómo termina".
 
Quizás esto explique también la idea, errónea pero extendida, de que las teleseries serían la "nueva literatura". Pese a quienes sostienen que afirmar algo así es como decir que los espaguetis a la carbonara son el nuevo filete empanado, la afirmación tiene sentido. Aunque sólo si se piensa que las teleseries y la "nueva literatura" son productos seriales y masivos (y, por lo tanto, conservadores en sus gustos y en sus narrativas) que sólo necesitan satisfacer la necesidad de ese "cómo termina". Mientras escribo esto, Google anuncia que ha patentado una forma de ocultar los spoilers en páginas webs y blogs, y quizás esto diga más que cualquier otra cosa acerca del futuro de una literatura en la que lo que más importa es lo menos importante. (Que al final se casan.)
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 11 de agosto de 2015.]

[Publicado el 23/9/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Una subversión del orden: Medio año de cómics / Un panorama

imagen descriptiva

"Un intento diabólico de debilitar la moral y de esa manera destruir la religión y subvertir el orden" no parece una definición muy ecuánime de lo que llamamos cómic o historieta; la recoge David Hajdu en The Ten-Cent Plague. The Great Comic-Book Scare and How It Changed America (2008) y fue formulada por una cierta organización a favor de la "literatura decente" en 1938. Algo menos de ochenta años después, es difícil imaginar que pudiese ser suscripta por alguien, a pesar de lo cual no es completamente errónea, ya que en ese período el cómic sí ha hecho mucho por "subvertir el orden", al menos el literario. Un repaso por las novedades de la primera mitad de este año en España permite comprobar que, si bien una parte considerable del mismo adhiere a géneros y formas provenientes del repertorio convencional de la literatura, existe un puñado de obras que se internan en el terreno de lo inclasificable y de lo que sólo puede suceder en la narrativa gráfica, reivindicando una especificidad que vuelve al cómic, en los hechos, irremplazable.
 
 
1.
 
El primero de los casos es el de las novelas gráficas Bahía de San Búho de Simon Hanselmann (Fulgencio Pimentel) y La Enciclopedia de la Tierra Temprana de la joven Isabel Greenberg (Impedimenta), que participan de la literatura fantástica al igual que Cráneo de azúcar de Charles Burns (Reservoir Books) (conclusión de una trilogía extraordinaria que reúne con facilidad las influencias contradictorias de David Lynch, Hergé y The Ramones), la retrofuturista Grandville bête noire de Bryan Talbot, Cromáticas de Jorge Zentner y Rubén Pellejero y Las migajas de Ibn Al Rabin y Frederik Peeters (todos en Astiberri). También es el caso de Chapuzas de amor de Jaime Hernandez (La Cúpula), Cuando no sabes qué decir de Cristina Durán y Miguel Á. Giner Bou (Salamandra Graphic), La balada del norte de Alfonso Zapico (Astiberri) y Lo que me está pasando de Miguel Brieva (Reservoir Books), que por su parte adhieren a las convenciones realistas.
 
En la medida en que se basan en hechos históricos, también son realistas André el gigante. Vida y leyenda de Box Brown (Astiberri), la biografía gráfica del luchador y actor André Roussimoff, La mujer rebelde de Peter Bagge (La Cúpula), que narra la vida de la activista por los derechos de la mujer Margaret Sanger y pone de manifiesto un interés general por este tema que alcanza al libro de Mary M. Talbot, Kate Charlesworth y Bryan Talbot Sally Heathcote. Sufragista (La Cúpula), y Esterhazy de Hans Magnus Enzensberger, Irene Dische y Michael Sowa (Fulgencio Pimentel): bajo la apariencia de una fábula infantil acerca de un conejo soltero en Berlín, este libro es la crítica al proceso de reunificación alemana de uno de los intelectuales europeos más importantes del último siglo.
 
 
2.
 
El árabe del futuro del colaborador de Charlie Hebdo Riad Sattouf (Salamandra Graphic), sobre su vida bajo las dictaduras de Gadafi y el Asad, Patria de Nina Bunjevac (Turner), que pone de manifiesto que la tragedia de los Balcanes es anterior a la guerra en esa región, y Mi amigo Dahmer de Derf Backderf (Astiberri) son, por otra parte, el resultado de la hibridación del género histórico con la vocación memorialística de sus autores, lo que constituye una variante de un género, el autobiográfico, que vive un importante auge en nuestros tiempos: son autobiográficos también los Cómics (1986-1993) de la influyente artista canadiense Julie Doucet (Fulgencio Pimentel), Advaita de Iván Sende (Diábolo), la reedición de Píldoras azules de Frederik Peeters (Astiberri), acerca de la forma en que el VIH entró en la vida del autor cuando éste se enamoró de una joven seropositiva, María cumple 20 años de Miguel Gallardo y su hija (Astiberri) y el humorístico La volátil. Mamma mia de la argentina Agustina Guerrero (Lumen), así como La vida es un tango y te piso bailando de Ramón Boldú, que continúa el proyecto autobiográfico de su autor explorando esta vez la historia de su familia durante la Guerra Civil, Mi puta vida de Tom Roca y Gazpacho agridulce de Quan Zhou Wu (todos en Astiberri), la historia de las dificultades y los placeres de los Zhou, una familia china que se instala en un pueblo andaluz a principios de la década de 1990.
 
(En la línea de las narrativas realistas en cómic se deben mencionar también Bumf de Joe Sacco [Reservoir Books], una crítica tan corrosiva como acertada del estado actual de la nación estadounidense, la recuperación de El fotógrafo de Didier Lefèvre y Emmanuel Guibert [Astiberri], que narra la guerra entre soviéticos y afganos de 1986, y Sin la sombra de las torres del autor de Maus Art Spiegelman [Reservoir Books], que ponen de manifiesto un auge inesperado pero necesario del cómic periodístico).
 
 
3.
 
No debí enrollarme con una moderna de Sebas Martín (La Cúpula) sigue por su parte la estela del más grotesco (y pionero) Ralf König, del que La Cúpula publica también Barry Kojonen: como En segundo plano de Josep Busquet y Pedro Colombo (Diábolo), ambos libros dan a la observación cotidiana un desarrollo narrativo del que carecen otros libros similares como los episódicos La pelusa de los días de Sole Otero (La Cúpula), Lola de la argentina Alejandra Lunik (Lumen), el inteligente No entiendo nada de Andreu Buenafuente (Reservoir Books), La vida es corta y luego te mueres de Enric Pardo y Lyona (Reservoir Books), la tercera entrega de la Guía del mal padre de Guy Delisle (Astiberri) y los libros de Mauro Entrialgo Cómo caer mal a un artesano (Diábolo) y Ángel Sefija más chulo que un ocho (Astiberri) o la nueva entrega de la serie de Paco Alcázar Silvio José, posiblemente uno de los retratos más desgraciadamente realistas de la España contemporánea (Astiberri).
 
En un semestre de adaptaciones como las de la novela de Irène Némirovsky Suite francesa a cargo de Emmanuel Moynot (Salamandra Graphic), El paraíso perdido de John Milton por Pablo Auladell (Sexto Piso), El hombre que fue Jueves de G.K. Chesterton a cargo de Marta Gómez-Pintado (Nórdica) y Sukkwan Island de David Vann por Ugo Bienvenu (Norma), fueron publicadas también obras inclasificables que ponen de cabeza la relación subsidiaria de la adaptación entre el cómic y la literatura "decente". Es el caso de Mundo loco del alemán Atak (Fulgencio Pimentel), que podría ser un libro para niños pero posiblemente sea, en su demostración de que un mundo "al revés" no sería peor que aquel en el que vivimos, una invitación a la acción política, Soufflé de Cristian Robles (La Cúpula), ¡Oh diabólica ficción! de Max (La Cúpula), el surrealismo de 5 excelentes razones para sacudirle a un delfín en los morros de The Oatmeal (Astiberri) y Los traviesos de Marion Fayolle (Nórdica), así como la paremiología literal de Cagando leches de Héloïse Guerrier y David Sánchez (Astiberri) y Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora de Tom Gauld (Salamandra Graphic), unas tiras publicadas originalmente en The Guardian que constituyen una de las formas más efectivas de ejercicio de la crítica literaria que pueda encontrarse en las librerías en este momento. La "subversión del orden" propuesta por estos últimos títulos es, también, una invitación a la lectura.
 
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 5 de agosto de 2015.]

[Publicado el 21/9/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Cómic]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

"Al andar" y otras dos piezas para la Revista de Verano de El País (y 2)

imagen descriptiva

En 'Materia dispersa', proyecto del ilustrador Daniel Montero Galán y el escritor Dino Lanti / Crédito, de los autores.

Los trenes y la Iglesia tienen sus detractores, pero ambos constituyen la mejor forma de que una persona llegue a su destino", afirmó el reverendo Wilbert Awdry; si esto es verdad en relación a la Iglesia, no lo parece respecto a los trenes y a otros medios de transporte cuya popularidad alberga, por su parte, una disidencia.

A esa disidencia, la de quienes prescinden de los vehículos a su disposición, dedicó el imprescindible filósofo alemán Walter Benjamin su obra Baudelaire (Abada, 2014), Robert Walser su libro El paseo (Siruela, 2012) y Franz Hessel el bello Paseos por Berlín (Errata Naturae, 2015). Ninguno de ellos es un texto reciente, pero su vigencia es puesta de manifiesto por obras posteriores que los toman como referencia, por ejemplo El dilema de Proust o El paseo de los sabios de Javier Mina (Berenice, 2014), Andar: Una filosofía de Frédéric Gros (Taurus, 2014) y Wanderlust de Rebecca Solnit (Capitán Swing, 2015), todos los cuales profundizan en la tesis central de Benjamin, según la cual el acto de caminar hace posibles una ensoñación y un pensar que una vida moderna histéricamente veloz y preocupada sólo por los desplazamientos de sujetos y mercancías tiende a hacer desaparecer. Pensar y caminar (más aun: vagabundear sin rumbo, abiertos a lo que vemos y al efecto que todo ello provoca en nosotros) serían, pues, actividades antieconómicas ("anticapitalistas", se puede decir) y, por consiguiente, no debería sorprendernos que, como recordó recientemente el escritor español Isaac Rosa en este mismo periódico, las manifestaciones políticas más recientes en España (y no sólo en ella) hayan tenido el carácter de una marcha "que prolonga el caminar como un acto político, una forma de desobediencia civil".

Henry David Thoreau (a quien debemos la creación de ese término, "desobediencia civil") también escribió sobre el caminar en Un paseo invernal (Errata Naturae, 2014); inspirándose en su ejemplo, Martin Luther King concibió la icónica "Marcha sobre Washington" del 28 de agosto de 1963 en la que pronunció su famoso discurso "Tengo un sueño". Una manifestación más de que caminar, pensar y actuar son, a menudo (y en tanto disidencia) la misma cosa.

 

Primero la moral

"Primero viene la comida y después la moral", escribió Bertolt Brecht en alguna ocasión, pero es posible que el autor de La ópera de cuatro cuartos (Alianza) estuviese equivocado: un hilo delgado pero inevitablemente visible se extiende entre aquello que comemos y nuestras concepciones de lo correcto y lo inapropiado.

Unas semanas atrás, por ejemplo, casi cinco millones de personas firmaron una petición en la plataforma Change.org para detener un festival de ingesta de carne de perro en la ciudad china de Yulin; el festival no fue suspendido, pero el poder de convocatoria de la petición puso de manifiesto que la confrontación entre diferentes concepciones morales de lo que es legítimo comer es cada vez más frecuente en un mundo globalizado, así como que el interés por las implicaciones de lo que comemos no deja de crecer.

A ese interés están dedicados varios libros recientes como ¿Quién decide lo que comemos? Cómo el negocio de la alimentación perjudica la salud, la economía y el medio ambiente de Felicity Lawrence (Urano) y Comer animales de Jonathan Safran Foer (Seix Barral). Durante dos años, Safran Foer visitó granjas y mataderos para evaluar de qué forma es producida la carne que consumimos. "Para mí la cuestión no es tanto que se deje de comer carne radicalmente, sino que haya una conciencia pública de cómo opera la industria cárnica. Lo que hacemos es atroz", afirmó a este periódico.

Al parecer, Juan Pablo Meneses no piensa lo mismo. El excepcional periodista chileno radicado durante tiempo en Argentina decidió investigar en la relación de los habitantes de ese país con la carne; como su tesis era que nos alimentamos de animales porque no tenemos que matarlos nosotros mismos, se compró una vaca, "La Negra", a la que crió, con la que se encariñó y a la que acompañó al matadero. La vida de una vaca (Seix Barral) ofrece un final distinto que el de Comer animales, pero ambos libros recuerdan que lo que comemos es principalmente el resultado de una elección moral. Ambos libros invitan a que esa elección sea consciente, y (en lo posible) responsable.

 

Voces del fin del trabajo

En algunas semanas concluirá el proyecto Work With Sounds (www.workwithsounds.eu), que tiene desde hace dos años a seis museos europeos registrando sonidos en extinción: una sierra cortando una rama, el ordeñe manual, un zapatero en su taller, la impresión de billetes de tren. Se trata de sonidos que desaparecen en una Europa en la que la producción industrial remite y es automatizada; es decir, sonidos de un mundo del trabajo que cede su sitio a la producción en países periféricos y a la precariedad.

Ésta es el tema de algunos libros recientes, por ejemplo Yo, precario de Javier López Menacho (Libros del Lince, 2013), la crónica en primera persona de una vida laboral inverosímil y, sin embargo, perfectamente conocida por miles de personas en este país: encuestador, hombre-anuncio, controlador de máquinas de tabaco en bares, promotor. Algunos años atrás, la prestigiosa ensayista estadounidense Barbara Ehrenreich también realizó trabajos precarios, en su caso de forma voluntaria: fue camarera de hotel, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería y empleada de Wal-Mart para averiguar cómo sobreviven millones de norteamericanos. Por cuatro duros. Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos sería una hilarante sátira del mundo laboral si no fuese porque, desafortunadamente, todo lo que narra es cierto, como son ciertas las experiencias de Ben Hamper en General Motors relatadas en Historias desde la cadena de montaje (ambos publicados por Capitán Swing en 2014). El libro de Hamper ilustra el concepto de alienación con el desenfado del que carecen otros libros sobre el tema; su conclusión parece ser que ciertos trabajos matan.

Por otra parte, al menos desde 2008 sabemos, también, que la falta absoluta de él, o su ejercicio bajo condiciones precarias, no es mejor. Guy Standing sostiene en Precariado (también Capitán Swing, 2014) que éste constituye una clase social emergente que debe luchar por los derechos políticos y civiles que se le han negado hasta el momento. La suya es una propuesta inteligente, una llamada a la acción para que los sonidos del trabajo (y quienes los realizamos) no se conviertan, ya definitivamente, en piezas de museo.

 

Publicados originalmente en la Revista de Verano de El País el 17 y el 22 de agosto de 2015.

[Publicado el 17/9/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2016 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres