PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar
Redes industriales creativas

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 8 de febrero de 2016

 Blog de Patricio Pron

Los destructores de libros / Nosotros caminamos en sueños 24

imagen descriptiva

A lo largo de los últimos años, setenta y dos bibliotecas públicas han sido incendiadas en los barrios periféricos franceses, los "banlieus". La noticia difundida por el periódico alemán Süddeutsche Zeitung hace algunas semanas resulta inquietante. ¿Por qué ese ensañamiento? La respuesta la da un joven magrebí entrevistado por la publicación: "Las bibliotecas están allí para adormecernos, para que nos quedemos tranquilos en nuestro sitio leyendo cuentos de hadas. Nosotros no necesitamos libros: necesitamos trabajo".
 
No es necesario decir que la lógica de esa respuesta está viciada: la inexistencia de los libros (o, por el caso, su existencia) no resuelve el problema del desempleo que afecta a la juventud francesa y, por supuesto, también a la española. A pesar de ello, merece ser tomada en consideración, ya que pone de manifiesto una idea muy extendida, también fuera de los barrios periféricos franceses, la de que la lectura se opondría a la vida y constituiría una forma de evasión.
 
Que la lectura es (por el contrario) un modo de profundizar en los asuntos humanos y ayuda a comprenderlos no es un argumento nuevo, pero es soslayado habitualmente en la discusión (nunca cerrada) acerca de para qué sirve la literatura. La relevancia de ésta en una vida emocional y políticamente activa puede ser difícil de comprender para quien no ha tenido la oportunidad, por diferentes razones, de acceder a ella, pero, en cualquier caso, es difícil de defender cuando se considera cierto tipo de literatura. Que los escritores contemporáneos no seamos capaces en muchos casos de producir una relevante, una que aborde la vida y ayude a su transformación, es una tragedia de la que somos responsables: es la literatura producida de espaldas a la vida, como entretenimiento, la que enfurece a los lectores por inútil, un lujo inapropiado en estos tiempos; son sus autores los biblioclastas.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección permanente en El País Semanal. Madrid, 10 de marzo de 2015.]

[Publicado el 27/4/2015 a las 18:30]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [12 comentarios]

Compartir:

La tragedia del genio / Nosotros caminamos en sueños 23

imagen descriptiva

Uno de los mejores relatos de Stanisław Lem narra las dificultades a las que se enfrenta un equipo de científicos dispuestos a encontrar (y reivindicar) a los grandes genios del pasado, en especial a aquellos escritores cuya genialidad hizo incomprensibles para el público y cuyos libros pasaron desapercibidos.
 
Naturalmente, y contra lo que se podría pensar, la búsqueda no es sencilla, y, cuando Lem glosa la obra del genio, el resultado es decepcionante: irrita y agota al lector. La tragedia del genio (si algo así existe) está toda en el relato de Lem. Buscamos la genialidad en las obras no sólo literarias del pasado, pero somos incapaces de reconocerla debido a que el gusto se conforma mediante analogías: nos gusta algo porque nos ha gustado anteriormente algo que se le parece. La industria (no solamente la editorial, con sus añagazas del tipo "si le gustó A, le gustará B") lo sabe desde hace décadas.
 
Pensaba en esto recientemente mientras recorría la exposición que el Espacio Fundación Telefónica dedica a Nikola Tesla en Madrid estos días. Tesla fue un genio, posiblemente; su época no lo comprendió por esa razón, y nosotros todavía tenemos dificultades para entender su importancia, en buena medida debido a que nuestro mundo no se parece demasiado al que Tesla imaginó, por lo menos de momento: sus inventos son los testimonios materiales de un instante en el que la Historia pudo tomar una dirección y escogió otra. Y por ello, sus inventos y su legado parecen incomprensibles, deseosos de comunicar su misterio pero incapaces de hacerlo, ya que sólo es posible reconocer el genio de forma retrospectiva, cuando las novedades que introdujo son parte de la normalidad. Esa es la tragedia de Tesla, pero también la de todos nosotros, también como lectores.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección permanente en El País Semanal. Madrid, 24 de febrero de 2015.]

[Publicado el 23/4/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Nikola Tesla, Disidencias]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Cambios de piel / "1986. Cuentos completos" de Rodrigo Rey Rosa

imagen descriptiva

¿A qué denominamos "autor"? La pregunta es inevitable ante una "obra completa", puesto que la completud que se le atribuye y la noción de "obra" sólo se sostienen si se define al autor como una especie de invariante que otorga sentido (o un sentido supletorio) a un conjunto de textos: que esa invariante no existe, y que, por consiguiente, no es posible hablar de "obra" (y menos aún de "obra completa") es puesto de manifiesto una vez más por estos cuentos del escritor Rodrigo Rey Rosa (Ciudad de Guatemala, 1958).
 
Además de algunos no publicados previamente en libro, 1986 reúne relatos procedentes de todos los libros de Rey Rosa: El cuchillo del mendigo (1985), El agua quieta (1989), Cárcel de árboles (1991), Lo que soñó Sebastián (1994), Ningún lugar sagrado (1998) y Otro zoo (2005). Los primeros tres presentan a un autor cuya admiración por Jorge Luis Borges lo convierte en un epígono. En la mayor parte de los cuentos de El cuchillo del mendigo, El agua quieta y Cárcel de árboles aparecen las que podríamos denominar las obsesiones borgeanas: la ceguera, los tigres, el sueño, los espejos, los nombres de Dios, su revelación, el doble, el infinito, la venganza, etcétera. El "primer" Rey Rosa se vale en ellos de una economía de recursos y un uso de la elipsis que benefician a sus cuentos; los perjudican, en cambio, cierto deseo de exotismo, cierta atmósfera deliberadamente onírica, cierto afán de trascendencia y (lo que es más importante) el recuerdo de los que los inspiraron, como "Las ruinas circulares", "El Aleph", "La forma de la espada", "El sur" y otros.
 
Lo que soñó Sebastián y Ningún lugar sagrado no abandonan por completo las inquietudes metafísicas de los cuentos del "primer" Rey Rosa, pero las someten a una actualización que el lector agradece. El "segundo" Rey Rosa es, de lejos, el mejor: un autor maduro y en posesión de una serie de recursos que utiliza con precaución, de forma minimalista. A este Rey Rosa es a quien se refieren buena parte de los textos de apoyo de esta edición, en los que se destacan su "máxima economía de estilo" (Edgardo Dobry), su carácter "contenido, parco, intrigante" (Raphaëlle Rérolle), "despojado hasta el máximo" (Pere Gimferrer), "parco, delicado y rotundo" (Javier Rodríguez Marcos). No es accesorio que algunos de los mejores cuentos del libro se encuentren en esta etapa: "La peor parte", "Cabaña" y "Hasta cierto punto".
 
El "tercer" Rey Rosa (en Otro zoo y en los relatos inéditos en libro) es el más actual y se caracteriza por el exceso descriptivo y por cierto amaneramiento, por ejemplo en los diálogos implausibles entre padre e hija de "Otro zoo", "Gracia" y "El hijo de Ash". Los cuentos de este período refuerzan tres constantes de la producción de Rodrigo Rey Rosa: un cierto carácter experimental (en los cuentos "Entrevista en Ronda" y "Desventajas de la santidad", que participan del subgénero de la entrevista imaginaria), su interés por las relaciones de poder y una aproximación al presente, en particular al presente centroamericano, especialmente productiva allí donde se trabaja con materiales reales; en ese sentido, es posible que "1986" y "Gorevent" (basados respectivamente en una historia contada por su protagonista al escritor y en una noticia de prensa, como algunos de los que aparecen en Ningún lugar sagrado) sean los mejores cuentos del volumen.
 
1986 (que su autor dice entregar a la imprenta con "resignación" y "hartas reservas") no está a la altura de las novelas de Rodrigo Rey Rosa, en especial El material humano y Los sordos (2009 y 2012 respectivamente), pero tiene el mérito de echar por tierra la ficción confortable de la invariante que denominamos "autor". Que Rodrigo Rey Rosa haya mudado de piel varias veces y siga haciéndolo es la buena noticia que traen estos cuentos, a cuyo lector el escritor guatemalteco pide (con enorme acierto) "indulgencia". Los seguirá un volumen recopilatorio de sus novelas.
 
 
Rodrigo Rey Rosa
1986. Cuentos completos
Madrid: Alfaguara, 2014
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid, marzo de 2015.] 

[Publicado el 21/4/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Rodrigo Rey Rosa, Cuentos, Alfaguara]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

"El Cristo de la rue Jacob" de Severo Sarduy / "Prólogo" de Alan Pauls (Cita)

imagen descriptiva

Difícil saber si en 1987, cuando publicó El Cristo de la rue Jacob, Severo Sarduy ya estaba enfermo. El sida -que terminó de matarlo seis años después- será el tema excluyente de Pájaros de la playa, su novela póstuma (1993), ambientada en un viejo caserón de playa, mezcla de hotel de lujo y hospital, adonde van a morir jóvenes "prematuramente marchitados", golpeados por un mal que opera sin aviso y arrastra el cuerpo a un proceso de degradación irreversible. Lo curioso es que el mal, en el texto, es un mal sin nombre. Como sucede en una novela hermana, Salón de belleza (1994), de Mario Bellatin, la sigla maldita aparece omitida con el mismo afán, la misma devoción con que se describen las mutaciones orgánicas, visibles e invisibles, que ocasiona en sus víctimas. El Cristo, en cambio, menciona el sida un par de veces, con todas las letras, pero en un caso -dramático- el afectado es otro (un amigo pintor, que a su vez tiene un amigo "en perfusión"), y en el otro -un paso de comedia promiscua- el mal es una amenaza que dos hombres en celo, trenzados en una fugaz escaramuza de carretera, mantienen a raya reduciendo el contacto sexual al mínimo.
 
Y sin embargo, si hay un texto sintomático en la obra de Sarduy, ése es El Cristo de la rue Jacob. Antología de viñetas personales, souvenirs, escenas de viaje, estampas de costumbrismo parisino y narraciones vagamente documentales, el libro es quizás el primero en el que Sarduy acepta escribir sobre sí de manera, digamos, desnuda. El salto no es menor, teniendo en cuenta hasta qué punto el talento que había hecho célebre a Sarduy, en París, donde vivió casi un cuarto de siglo, y en América Latina, era el de enmascarar, maquillar, disfrazar, travestir. Por primera vez, Sarduy el Barroco pone en suspenso esa fiesta del artificio y el equívoco que la identidad era en sus ficciones y se mide con una instancia crítica, a la vez anacrónica y desafiante: el tosco, crudo, pálido yo que sufre.
 
"Enfermo es el que repasa su pasado", dice el narrador de Pájaros de la playa. En ese sentido, sí: Sarduy estaba enfermo cuando se publica El Cristo de la rue Jacob, un libro mucho más dado al recuerdo que lo que el goce barroco, fascinado por la fascinación, parecía autorizar. Pero lo que hacía sufrir a Sarduy, aun suponiendo que el sida ya se le hubiera declarado, iba mucho más allá de la clínica. El escritor estaba ya "en la cincuentena" -un umbral que él mismo evoca a menudo, con bastante poco entusiasmo, en las entrevistas que concede en la época-, y el paisaje cultural con el que su práctica barroca tan bien había sintonizado tenía ahora otra cara, otras reglas y valores: el estructuralismo, desangrado, se atrincheraba en el museo universitario; el cadáver de la revista Tel Quel (que había adoptado a Sarduy como a una mascota latinoamericana, deslumbrante y exótica) estaba ya definitivamente frío, y el frenesí militante que había animado las dos últimas décadas de vida intelectual francesa, consagrado a la causa de la Transgresión -guerra contra el sujeto, el relato clásico, la representación, la legibilidad-, perdía fuerza y bajaba la voz, desconcertado por el avance masivo de un régimen que recuperaba -sin inocencia, pero también sin culpa- banderas en desuso como la naturalidad, la transparencia, el género, el entretenimiento o la intriga. Además, como lo recuerda uno de los textos más desolados de El Cristo -"El libro tibetano de los muertos"-, Sarduy atravesaba aún un largo duelo. En 1980 había quedado huérfano de su maestro francés, Roland Barthes, cuya sombra tutelar y depresiva planea sobre todo el libro (y merece un ensayito casi paródico, en el que Sarduy desmenuza la relación de amistad con las armas del análisis estructural) y en 1985 había perdido a su maestro latinoamericano, Emir Rodríguez Monegal, a quien homenajea en "Ultima postal para Emir".
 
Sarduy descubre que no tiene lugar. Un día, en la abadía de Royaumont, donde los había reunido un coloquio, le dice a Gombrowicz: "Estoy perdido y solo, escribo en español, y más bien en cubano, en un país que no se interesa en nada que no sea su propia cultura, sus tradiciones, y en el que lo que no es ya notorio, o puede ser asimilado totalmente, sin dejar residuo de la pasada identidad del autor, es como si no existiera". O descubre que el lugar que ha ocupado en París empieza a hacer agua, y se enfrenta al mismo tiempo con otras dos evidencias perturbadoras: la primera, que el exilio -una palabra bastante ajena a su horizonte, más propenso a la euforia que a la nostalgia o la queja- no es exactamente esa condición virtuosa pero abstracta, conceptual, tan exaltada por la tradición de la extranjería literaria del siglo XX; la segunda, que Cuba -la Cuba que abandonó a fines de 1959 y a la que nunca volvió, y que además de una lengua, como la Argentina para Manuel Puig, fue para él, básicamente, un destinatario: una madre a quien escribirle cartas- ha dejado de ser ese mito carnavalesco, polifónico, un poco maníaco, que fermentaba en sus ficciones, para convertirse en un problema, extraña mezcla de enigma y de herida, de tormento y de necesidad. Francois Wahl, mentor de Sarduy, su Pigmalión, su compañero de toda la vida, daba cuenta muy bien del problema Cuba cuando recordaba que Sarduy, que conocía bien y admiraba a Lacan, nunca podía retener el nombre de la calle donde Lacan vivía y tenía su consultorio, la rue de Lille. Era un olvido patológico, y un día Sarduy descubrió por qué: cuando mencionaban la rué de Lille (que es el nombre de una ciudad francesa de provincia), él escuchaba lo intolerable: rué de l'íle (calle de la isla).
 
En la huella de Barthes, que diez años antes volvía a la noción de autor cuyo certificado de defunción él mismo había expedido, Sarduy reúne los textos de El Cristo de la rue Jacob y vuelve al yo que nunca tuvo, al yo que gozó toda su vida impostando, camuflando, desfigurando, y lo encuentra donde nadie antes lo había buscado: en sus propias cicatrices. En "Arqueología de la piel", el extraordinario capítulo inaugural del libro, Sarduy, paladín de las metamorfosis, se abisma ahora en lo único que no cambia, lo que no envejece, lo que queda -archivo dérmico- escrito en el cuerpo. No escribe una autobiografía: la lee, la va aislando en escenas furtivas, sucedidos, jirones de vida que deduce de esas muescas con las que la experiencia ha ido tatuándose en la piel, la única memoria que no los olvidará. Con Valéry, Sarduy cree que lo más profundo es la piel. Una espina en el cráneo, cuatro puntos de sutura en una ceja, la cicatriz de una operación de apéndice, la huella del ombligo o el vestigio de una verruga cauterizada condensan los hitos de una vida singular, que no se deja regir por la cronología ni por la causalidad: una vida-mosaico, discontinua, hecha de fulguraciones intermitentes (Sarduy las llama epifanías), que ese yo a la vez nuevo y viejo repasa con más curiosidad que desesperación, buscando no una verdad, no un secreto, sino la forma, el trazo, la luz de una singularidad.
 
 
En:
Severo Sarduy
El Cristo de la rue Jacob y otros textos
Pról. Alan Pauls
Ed. Milagros Abalo
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
Pp. 9-11

[Publicado el 16/4/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Severo Sarduy, Alan Pauls, Prólogo, Cita, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Günter Grass (1927-2015) / En el ojo del huracán

imagen descriptiva

Fotografía, Henning Heide /

A lo largo de algo más de medio siglo, y hasta su muerte ayer, Günter Grass encarnó como ningún otro escritor europeo de los últimos cincuenta años la figura del intelectual crítico que concibe la literatura como una de las muchas formas de la política e imagina la política como un ámbito presidido por la libertad estilística de la literatura: su participación en el seminal Grupo 47, su crítica a la represión en la así llamada República Democrática de Alemania y su apoyo a los escritores disidentes de ese país, su participación en la campaña presidencial de Willy Brandt en 1965, su polémica con los sectores más radicales de la juventud alemana de las décadas de 1960 y 1970 a raíz de su rechazo a cualquier tipo de intervención política que excediese el marco constitucional (más específicamente, la violencia de la izquierda extraparlamentaria), sus críticas a la que consideraba la memoria "insuficiente" de la sociedad alemana y a la prisa con la que se llevó a cabo la Reunificación, lo situaron siempre en el ojo del huracán, un sitio en el que el autor de El tambor de hojalata supo moverse con elegancia y algo parecido a una inocencia juguetona.
 
Günter Grass siempre consideró que la tarea de la literatura era formular las verdades incómodas. En sus últimos años, cuando parecía que por fin el viejo león descansaría, se situó con más fuerza en el centro de la polémica con su denuncia de los crímenes cometidos contra la población civil alemana durante la Segunda Guerra Mundial en su novela A paso de cangrejo y la admisión de que en su juventud integró brevemente las SS; fue lo tardío de ese reconocimiento y su contraste con la pretensión de su autor de erigirse en conciencia moral de Alemania los que provocaron un debate encendido y posiblemente innecesario (revocar la autoridad moral que Grass se ganó a lo largo de su trayectoria por hechos que tuvieron lugar a sus 17 años supondría la condena de casi toda la intelectualidad alemana de posguerra, buena parte de la cual, por cierto, no se ganó esa autoridad), como fue innecesaria (o al menos estéticamente fallida) su denuncia de la violencia ejercida por el Estado de Israel contra la población palestina en su poema "Lo que debe ser dicho" (2012), que propició acusaciones de antisemitismo y una agria polémica con el crítico literario Marcel Reich-Ranicki que soslayó el hecho de que Israel no es el hogar de ni representa a la totalidad de los judíos del mundo. Ni siquiera la concesión en 1999 del premio Nobel (con su habitual efecto estupefaciente en los autores) pudo acallar su voz insobornable, y deberíamos estar agradecidos por ello.
 
 
[Publicado originalmente en ABC. Madrid, 13 de abril de 2015.]

[Publicado el 14/4/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Günter Grass]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Una literatura "verdadera" / "¿Hay vida en la Tierra?" de Juan Villoro

imagen descriptiva

Acerca de Juan Villoro hemos hablado en un par de ocasiones ya (el plural, por supuesto, es mayestático), pero es posible que no lo hayamos hecho acerca de su trabajo como columnista en la prensa periódica, una actividad y un género que a menudo son denostados por producir supuestamente prosa de circunstancias, mercenaria y constreñida (en oposición a la literatura "seria", que sería patrimonio de las novelas y, dentro de ellas, de las escritas por un alemán muerto), innecesaria, puramente ingeniosa. Quienes lo sostienen, se equivocan: buena parte del columnismo periodístico es (naturalmente) prosa de circunstancias, mercenaria y constreñida, innecesaria, puramente ingeniosa; pero una mínima parte de ella no lo es. Roberto Merino y Leonardo Sanhueza, Rafael Gumucio, Ignacio Vidal-Folch, Guillermo Sheridan y Roger Bartra, por mencionar sólo algunos, escriben lo que, más allá de los prejuicios, es literatura con mayúsculas, y lo mismo se puede decir de ¿Hay vida en la Tierra?, la reunión de cien columnas de Juan Villoro que la editorial Anagrama publica (por fin: la edición mexicana del libro es de 2012) en España.
 
Los temas de ¿Hay vida en la Tierra? son variados (las dificultades de cambiar de colchón, los inconvenientes de persignarse en un avión a hélice, las de llegar temprano a una fiesta, de apostar, etcétera) y sus personajes (Kenzaburo Oé, una tortuga llamada, muy apropiadamente "Elvira", un "negro" de Twitter, un alcohólico arrepentido, una madre que vende lupas, un escritor a menudo atribulado) también lo son. No lo es, sin embargo, el estilo de Villoro: elegante, preciso, tendiente al aforismo, de una complejidad deliberadamente disimulada bajo la apariencia de una conversación. A diferencia de buena parte de sus colegas en el periodismo literario, Villoro no desciende a los abismos de estupidez en los que se suele caer cuando se intenta ser ingenioso: es inteligente; la diferencia entre una cosa y otra es evidente para cualquier lector.
 
En su diario de viaje por Túnez de abril de 1914, Paul Klee menciona el cumplido que le habría hecho el también pintor (y también suizo) Louis Moilliet: "Hasta que te conocí, pintaba como quien mira por una ventana". No sabemos cómo se pinta "como quien mira por una ventana", pero sí sabemos (y nos resulta evidente, aunque no siempre sepamos cómo explicarlo) que a lo que se refirió Moilliet fue a la diferencia sustancial entre aquello que en pintura (y en literatura, por supuesto) nos parece que está vivo y aquello que no lo está, lo que nos parece verdadero y lo que sólo podemos tomar por falso. Acerca de Villoro y de este nuevo/viejo libro se puede decir lo mismo: está escrito del otro lado de la ventana, donde suceden las cosas y no hay sitio para lo falso. ¿Hay vida en la Tierra? es, en ese sentido, un libro "verdadero". Es otras cosas también, por supuesto: gracioso, adictivo, inquietante en la capacidad de observación de su autor (como es inquietante, e incomprensible, su interés en los Flying Burrito Brothers), siempre alerta, iluminador, pertinente.
 
 
Juan Villoro
¿Hay vida en la Tierra?
Barcelona: Anagrama, 2014

[Publicado el 10/4/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Juan Villoro, Miscelánea, Anagrama]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

¿Qué es el pasado, en cualquier caso? / Nosotros caminamos en sueños 22

imagen descriptiva

El escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910)

El Palast der Republik o Palacio de la República fue inaugurado en 1976, abandonado en 1990, cerrado en 2006 y demolido en 2008; en el solar que ocupaba, en el centro de Berlín, se "reconstruye" desde 2013 el Palacio Real (fecha de finalización prevista, 2019), que ocupó su lugar hasta 1950, cuando fue echado abajo debido a los daños ocasionados en la estructura durante la Segunda Guerra Mundial.
 
No es fácil decir qué hacer con el pasado: la decisión de las autoridades de echar abajo el Palacio de la República y reconstruir el Palacio Real en su lugar generó apoyos, pero también fue rechazada por un sector importante de la sociedad alemana, no sólo por la inversión que esto supone (entre 500 y 800 millones de euros) y por su carácter de falsificación histórica (sólo la fachada del edificio será fiel al original, que incluirá una estación de metro, restaurantes de comida rápida, museos y tiendas), sino también por lo que tiene de simbólico, en tanto significa borrar del centro de Berlín la manifestación física de la existencia de la división del país entre 1948 y 1989.
 
La reconstrucción del Palacio Real es un fingimiento de que ni el nacionalsocialismo ni la Segunda Guerra Mundial tuvieron lugar, y es negar la existencia de la así llamada República Democrática de Alemania; pero la historia nos ha enseñado (y esto debería ser recordado con frecuencia, no sólo en Alemania sino también en España) que es la memoria del pasado, y no su eliminación, lo que impide que la historia se repita. Quizás en la reconstrucción del Palacio Real haya una reacción instintiva de defensa por parte de una sociedad que sigue siendo incapaz de cerrar una herida, porque ¿qué es el pasado, en cualquier caso? Responde Mark Twain: "Lo llaman pasado cuando ya no duele".
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección permanente en El País Semanal. Madrid, 10 de febrero de 2015.]

[Publicado el 08/4/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

(Una vez más) ¿Qué es un autor? / "El copista como autor" de Luciano Canfora

imagen descriptiva

La Biblioteca de Alejandría no fue destruida por Julio César en el 48 a. C. ni por los árabes cuando conquistaron la ciudad en 642; se produjo en el marco del conflicto entre Aureliano y Zenobia que tuvo lugar entre 270 y 275 d. C. No es la única novedad que introduce El copista como autor ni la más importante. Luciano Canfora, catedrático de filología griega y latina en la universidad de Bari y una de las eminencias mundiales en la materia, evalúa en su libro las prácticas de transmisión textual en la Antigüedad y la Alta Edad Media para poner de manifiesto mediante el estudio de las fuentes y el recurso a algo parecido al sentido común que esa transmisión fue mucho menos lineal (y por consiguiente, menos susceptible de ser desentrañada mediante el análisis textual) de lo que se cree habitualmente.
 
Canfora narra en El copista como autor de qué forma se perdieron muchos textos clásicos, cómo su pérdida estuvo supeditada a sus modos de circulación y a la disposición en volúmenes (allí donde los libros no se perdieron, fue debido a que fueron copiados en códices, a menudo de cinco libros: por consiguiente, cuando los códices se perdieron, lo hicieron cinco libros completos, lo que explica las ausencias que existen en obras del tipo "biblioteca"), por qué esa pérdida es más antigua de lo que creemos (ya en el siglo IX se presentan testimonios al respecto) y de qué forma su conservación se debió más a agentes privados que a instituciones de uso público como las bibliotecas, que fueron muy vejadas.
 
Para Canfora, autores como Plinio el Viejo, Galeno y Aristóteles serían, al margen de que esas personas hayan existido y hayan efectivamente escrito los libros que se les atribuyen, catalizadores de conjuntos de obras ya desaparecidas, que ellos habrían leído y compendiado, de allí que fuesen tan relevantes para sus lectores y, por consiguiente, tan celosamente preservados en la medida de las posibilidades: su postura al respecto incide en la noción misma de autor y en la distinción entre autor y copista. En su opinión, las diferencias entre ambos fueron exiguas, y esto, que podría parecer sólo relevante para la Época Clásica, es de una relevancia enorme en nuestros tiempos, en los que las prácticas de transmisión de los textos, su modificación en línea y el desdibujamiento de la autoría que tiene lugar en la Red nos obligan a hacernos las preguntas que subyacen en El copista como autor. Es como si Luciano Canfora hubiese echado la mirada atrás en un futuro próximo (que todavía no podemos comprender y ni siquiera imaginar) para explicar retrospectivamente los tiempos que vienen y que ya están aquí, parcialmente al menos.
 
 
Luciano Canfora
El copista como autor
Trad. Rafael Bonilla Cerezo
Salamanca: Delirio, 2015

[Publicado el 07/4/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Luciano Canfora, Ensayo, Delirio]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El arrepentimiento, el amor, la memoria y la muerte / "El espectro de Alexander Wolf" de Gaito Gazdánov

imagen descriptiva

"De todos mis recuerdos, del sinfín de sensaciones de mi vida, ninguno me resultaba más amargo que el recuerdo del único asesinato que había cometido", afirma el narrador de este libro; cuando lo cometió tenía dieciséis años y se encontraba participando en la confusa guerra civil que tuvo lugar en Rusia entre 1918 y 1921: estaba solo, su yegua había sido abatida, un jinete armado cabalgaba a su encuentro, se trataba (por decirlo así) de él o del otro.
 
El espectro de Alexander Wolf narra las circunstancias en las que su narrador, un periodista ruso exiliado en París, descubre, primero a través de un libro (el misterioso "I'll Come Tomorrow"), después a través de testimonios de conocidos y finalmente de forma directa, que, en realidad, nunca cometió aquel crimen; el libro también narra las circunstancias en las que, inevitablemente, lo cometerá. Este libro de Gaito Gazdánov (nacido en San Petersburgo en 1903, criado en Siberia y en Ucrania, voluntario del Ejército Blanco, refugiado en París, donde fue estibador en el Sena, operario en Citroën y taxista nocturno mientras escribía sus novelas, prohibido en la Unión Soviética, fallecido en 1971) es, bajo la apariencia superficial de una novela policiaca, una elaboración acerca de la culpa y de las formas en las que el pasado nos alcanza dondequiera que pretendamos escondernos de él. A pesar de que alguna vez se le consideró un escritor francés, los temas de Gazdánov y su concepción de la literatura siguieron siendo rusos en el exilio y, a diferencia de su compatriota Vladimir Nabokov, el autor nunca escribió en otra lengua que esa, a pesar de que es evidente que su obra se vio influida por la literatura francesa: Marcel Proust, André Gide y más tarde Albert Camus fueron sus modelos, y la presencia de este último es especialmente visible en esta novela, con sus digresiones acerca del arrepentimiento, el amor, la memoria y la muerte.
 
El espectro de Alexander Wolf ha sido publicada de forma casi simultánea por dos de las mejores editoriales hispanohablantes del momento, Acantilado y La Bestia Equilátera (en el último caso, en traducción de Miguel A. Calzada); la coincidencia es significativa y puede ser atribuida al azar, pero también señala algo, que al lector le resultará evidente a las pocas páginas: la calidad y la fuerza de la obra de Gazdánov y la necesidad de recuperar toda su obra.
 
 
Gaito Gazdánov
El espectro de Alexander Wolf
Trad. María García Barris
Barcelona: Acantilado, 2015

[Publicado el 03/4/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Gaito Gazdánov, Novela, Acantilado]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Un triunfo de la ficción / "Hotel Atlántico" de João Gilberto Noll

imagen descriptiva

"Él me contó que en el hospital era así, los libros iban llegando a manos de los pacientes, muchas veces incluso a manos del personal del hospital, sin que nadie supiera de dónde habían venido y por qué habían caído en unas manos o en otras", dice el narrador de este libro (94). En mi caso, y en el de Hotel Atlántico, sin embargo, es fácil saberlo: el libro de João Gilberto Noll llegó a mis manos gracias al entusiasmo de César Solís, el responsable en España de la prensa de la exquisita editorial Adriana Hidalgo; lo hizo como lo hacen los libros, que nunca llegan desnudos, por decirlo así: venía acompañado y apoyado por el nombre de Juan Cárdenas, su traductor y uno de los escritores latinoamericanos más importantes del momento, y por el prestigio de la editorial argentina, que viene apoyando a Noll desde hace tiempo. Ese apoyo, por una vez, no es infundado: Hotel Atlántico es un libro excepcional, una deriva sin principio y con un final que no por previsible es menos deslumbrante, en el que la progresiva disolución de la identidad de su narrador y protagonista, incluso su mutilación y gradual desaparición física, no nos parecen una derrota, sino un magnífico triunfo de la ficción.
 
 
João Gilberto Noll
Hotel Atlántico
Trad. Juan Sebastián Cárdenas
Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2014

[Publicado el 31/3/2015 a las 13:45]

[Etiquetas: João Gilberto Noll, Adriana Hidalgo Editora, Juan Sebastián Cárdenas, Novela]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Giorgia Fanelli

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2016 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres

Converses formentor