El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de mayo de 2013

 Blog de Patricio Pron

Fuera de foco

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Anthony Cronin cita en su biografía de Samuel Beckett (Samuel Beckett, el último modernista. Segovia: La Uña Rota, 2012) una, para sus estándares, inusualmente larga reflexión del escritor irlandés acerca de la ruptura entre el sujeto y el mundo:
 
"[...] la crisis empezó a finales del siglo XVIII. Los enciclopedistas estaban todos locos [...] Dieron a la razón una responsabilidad que lisa y llanamente no puede sostenerse, es demasiado débil. Los enciclopedistas aspiraban a saberlo todo... pero esa relación directa entre el yo y... como dicen los italianos, lo cognoscible, ya se había roto. [...] Leonardo da Vinci aún lo tenía todo en la cabeza, aún podía saberlo todo, pero ahora [...] Ahora ya no es posible saberlo todo. El vínculo de unión entre el Ser y el Objeto ya no existe" (568-569).
 
Beckett apunta aquí a la crisis de sentido que opera en su obra (articulada en torno al mandato contradictorio de expresarlo todo y la imposibilidad de hacerlo), pero también en buena parte de la sensibilidad modernista. Alberto Santamaría (véase también aquí y aquí) profundiza en esa crisis en su último poemario, Interior metafísico con galletas (bellamente editado por El Gaviero y prologado brillantemente por Rosa Benéitez): su tema no es tanto el viaje que hace una pareja (y que la reduce a "restos"), sino más bien la imposibilidad de establecer leyes de alcance universal sobre lo que observa la conciencia que narra. Esa conciencia lo experimenta todo de forma simultánea y fragmentaria, "desenfocando" la mirada para desnaturalizar sus vínculos con lo real en un procedimiento del que emerge una nueva forma de visión, un remedo de un nuevo pacto entre el sujeto y los objetos. Un nuevo procedimiento para no sucumbir ante unas cosas que nos son familiares al tiempo que profundamente ajenas, un pequeño esfuerzo para poner fin a la crisis de la modernidad.
 
 
Un poema: Himno a Ángels Barceló
 
ella dice atentado
y la piel se le enreda alrededor del ombligo como una cereza
es su deseo. atenta la cámara
y su palabra es el eco de las ochoymedia.
de su escote nace la mirada
de otro mundo. madre o lujuria
su piel es látigo y mi látigo sus labios
qué savia da forma a sus sílabas,
qué rojo débil su perfilador asesino.
da paso a los deportes, su sonrisa
abre la noche como un pan, y quietos
la esperamos. ella dice maltrato
y al fondo mis células son aves calladas, motores
que elevan la sangre a deseo. ella dice
y sus dientes inundan la cantina, y el aliento
del invierno repentino nos envuelve en el liso manto de su piel
bronceada en lo más profundo de diciembre. cenamos,
repican las últimas gotas en la ventana. sabemos
que en palestina han muerto cuatro y que en dakota
alguien inventa "el método definitivo para extender su pene".
ella lo dice y yo quisiera saber qué pájaros habitan entonces su vientre.
ella dice y nosotros creemos sorbo a sorbo en...
...quietos, silencio, alguien habla suavemente en su oído,
ángeles o cuerpos eléctricos. dicen, susurran
alguien habla. al otro lado, sí, al otro lado
pide paso rosa lerchundi.
 
 
Alberto Santamaría
Interior metafísico con galletas
Pról. Rosa Benéitez
Almería: El Gaviero, 2012

[Publicado el 21/8/2012 a las 11:30]

[Etiquetas: Alberto Santamaría, Poesía, El Gaviero]

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Retrato del artista como joven imbécil

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Anthony Cronin menciona que, cuando Samuel Beckett leyó la biografía de Oscar Wilde escrita por Richard Ellmann, "el libro le pareció demasiado largo y demasiado detallado", de modo que no es improbable que pensase lo mismo del que le dedica Cronin. Samuel Beckett, el último modernista es, efectivamente, demasiado largo y abunda en detalles (en mayor o menor medida innecesarios), pero estos no son sus únicos defectos: su autor lee los primeros libros de ficción de Beckett como si fuesen principalmente autobiográficos y extrapola de ellos una información para la que no parece haber ningún tipo de ratificación fuera de esos textos (que, repito, son ficciones), se detiene demasiado en personajes secundarios, cuya trayectoria sigue incluso después de que se haya apartado de la de Beckett, y ejerce una interpretación principalmente moral de la vida del escritor irlandés a resultas de la cual (paradójicamente) el lector acaba sabiendo más sobre lo que Cronin piensa acerca de una serie de temas (el suicidio, la literatura modernista, la frecuentación de prostitutas, la enseñanza de la literatura) que sobre lo que Beckett (por otra parte, siempre tan poco dado a discutir sus ideas) pudo haber pensado acerca de estos asuntos.
 
No son pegas menores, y bastarían para no recomendar su lectura (si es que estos apuntes tuvieran la voluntad de recomendar algo, lo que no es el caso); sin embargo (y a pesar de una primera mitad del libro en la que, sencillamente, Beckett se comporta como un imbécil sin que ni siquiera la enorme indulgencia del biógrafo consiga disculparlo del todo), esta biografía de Cronin acaba venciendo las resistencias del lector por el mero hecho de que la trayectoria vital de su biografiado es absolutamente única: la voluntad de vivir con rectitud una vida que no tiende a beneficiar a los rectos, la vocación espartana de prescindir de todo lo superfluo hasta llegar al desnudamiento y al silencio, la necesidad de expresar sumada a la certeza de que es imposible hacerlo, todo ello consigue despertar en el lector una admiración y un respeto por Beckett incluso mayor que los que el lector sentía antes de leer esta obra (y lo dice alguien para quien Beckett y James Joyce siempre han sido como su padre y su madre). Por ello (y por los pasajes en los que aparece Joyce, el más extraordinario de los villanos de la literatura), pero no sólo por ello, vale la pena leer este libro "demasiado largo y demasiado detallado" de Anthony Cronin, traducido por Miguel Martínez-Lage, uno de los traductores más excepcionales de los últimos tiempos.
 
 
Anthony Cronin
Trad. Miguel Martínez-Lage
Segovia: La Uña Rota, 2012

[Publicado el 16/8/2012 a las 12:47]

[Etiquetas: Anthony Cronin, Samuel Beckett, Biografía, La Uña Rota]

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Aviso

Algunos lectores han preguntado en privado por el hecho de que este blog no se haya actualizado en los últimos días. A ellos (provenientes en su mayoría del hemisferio sur) tan sólo puedo decirles que, como es bien sabido por los lectores europeos de este blog (y en particular por los españoles), nada o muy poco sucede por aquí en agosto y que, en ese sentido, esta bitácora se pliega a esta interrupción un poco forzosa dictada por la costumbre (y las temperaturas). Volvemos, sin embargo, en la segunda mitad del mes. Hasta entonces, felices vacaciones a todos. (Más información en http://patriciopron.blogspot.com.)

[Publicado el 05/8/2012 a las 14:50]

[Etiquetas: Noticia]

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La hipótesis alegórica

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Uno de los problemas más evidentes de la alegoría consiste en el hecho de que el comentario que propone al texto que le sirve de vehículo no es denotado particularmente, lo que lleva a que la interpretación de ese comentario sea siempre motivo de controversia. Así, en su magnífico epílogo a este texto de Friedrich Dürrenmatt, Juan de Sola prefiere leer el texto como «una parábola de la muerte» (85), una lectura perfectamente plausible aunque no la única que puede hacerse de El túnel, cuya fuerza posiblemente radique (como la de todos los buenos textos) en la discrepancia que puede producir entre los lectores a la hora de fijar su sentido.
 
El túnel narra la historia de un joven de veinticuatro años que, al realizar un trayecto en tren que para él es habitual, se sorprende descubriendo que el tren se sumerge en un largo túnel del que ya no vuelve a salir en lo que resta de su recorrido: el tren ha sido abandonado por el maquinista, su jefe no sabe qué hacer y el tren se hunde más y más en la tierra con todo su indiferente pasaje. El relato (uno de los mejores del escritor suizo junto con «La avería» y «El perro», como observa bien de Sola) fue publicado en 1952, poco después de que el autor adquiriese cierta notoriedad con su novela El juez y el verdugo (1951) y antes de que obtuviese el reconocimiento internacional con sus piezas teatrales La muerte de la vieja dama (1956) y Los físicos (1962).
 
El hecho de que, a diferencia de sus contemporáneos, nosotros conozcamos ambas piezas (lo que constituye una ventaja, digamos, retrospectiva a la hora de leer El túnel) hace posible pensar en el texto ya no sólo como en la «parábola de la muerte» de la que habla su traductor sino también como en una alegoría de la historia europea de la primera mitad del siglo XX y, particularmente, del rumbo que tomó la cultura germanoparlante con el ascenso al poder del nacionalsocialismo, la persecución y el asesinato de los judíos, la expulsión de los intelectuales y la Segunda Guerra Mundial. Allí están, para reforzar la hipótesis alegórica, el túnel y la oscuridad que no se acaban, la referencia a la tribu bíblica de Coré (tragada por el abismo), la indiferencia de los ocupantes del tren ante lo que es su insospechado final y la impotencia del protagonista. Éste ha vivido hasta entonces «a la espera del momento que acababa de llegar, el instante del hundimiento, de esa relajación repentina de la corteza terrestre, de ese fabuloso descenso a las entrañas de la tierra» (31); cuanto éste llega, ya no parece posible hacer nada.
 
«"Nosotros estábamos tan tranquilos en nuestros compartimientos e ignorábamos que todo estaba perdido [...]. No sospechábamos que nada hubiera cambiado, cuando en realidad el pozo ya nos acogía en sus entrañas"», piensa el joven de veinticuatro años (por cierto, la edad que tenía Dürrenmatt en 1945) que protagoniza el relato. El túnel es el testimonio de que, como escribió Walter Benjamin y recuerda de Sola, «no hay un solo documento de cultura que no sea al mismo tiempo de barbarie». «¿Qué podemos hacer?» pregunta el jefe del tren, y el protagonista responde: «Nada». Una parte considerable de la obra del extraordinario Friedrich Dürrenmatt (1921-1990) ofrece al lector el consuelo de que ciertos escritores fueron capaces de ir más allá de esa nada para dejar un testimonio, una línea en el agua que debe ser hecha una y otra vez y de forma incesante para que no se borre por completo, de que lo que nos salva puede también condenarnos.
 
 
Friedrich Dürrenmatt
El túnel
Trad. y epíl. Juan de Sola
Barcelona: Alpha Decay, 2012

[Publicado el 26/7/2012 a las 11:07]

[Etiquetas: Friedrich Dürrenmatt, Cuento, Alpha Decay]

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Ventajas de la reescritura

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Una observación personal, que quizás sorprenda a los más jóvenes: los que somos hijos de activistas o militantes políticos argentinos de la década de 1970 nunca fuimos al estadio con nuestros padres, que consideraban (no sin cierta razón) que el fútbol es algo así como el opio de los pueblos. Claro que esta no es la única manera de concebir los vínculos entre la política y el deporte de masas en Argentina -véase el excelente artículo de Gustavo Veiga aquí y esa magnífica novela de Martín Kohan que es Dos veces junio, entre otros-, pero lo que importa es que ésa es la manera en que era concebido durante nuestra infancia por nuestros padres, y que por ello muchos nos aficionamos tardíamente al fútbol, cuando éste ya no podía representar para nosotros lo que representa para tantos de nuestros amigos y colegas: una especie de país de la infancia.
 
Yo no echo de menos ese país y tampoco las circunstancias en las que comencé a interesarme por el fútbol gracias a mi amigo C.G. de Isla, que me llevó por primera vez a un estadio a ver al Rosario Central -que, a todos los efectos, es "mi" equipo-, lo que equivale a decir que me dio una pistola cargada con la que dispararme una y otra vez en el pie, pero antes me mostró el vídeo del que consideraba el mejor partido de fútbol de la historia. Ese partido era el FC Barcelona-Sampdoria del 20 de mayo de 1992 en el que el Barça obtuvo su primera Copa de Europa: tendrían que pasar varias décadas -y una sucesión ininterrumpida de fichajes absolutamente disparatados y de resultado pésimo (1)- para que volviera a ver esas catedrales sobre el césped; curiosamente, de la mano de uno de los hombres que estuvo en el campo aquella noche y otra noche en una habitación en *osario ante mi asombro.
 
 
2
 
Todo esto viene a cuento, si acaso, para decir que no soy el lector ideal de un libro dedicado al RCD Espanyol, en particular si éste echa por tierra con argumentos sólidos uno de los mitos más queridos por quienes somos culés: el del supuesto antifranquismo y el catalanismo acendrado del club, que hace de la identificación con sus colores una especie de identificación con la lucha antifranquista y con algunas de las mejores cosas de este país, llámese España o Catalunya. Enric González -bien conocido por los lectores como el autor de las magníficas Historias de Londres (1999), Historias de Nueva York (2006), Historias del Calcio (2007) e Historias de Roma (2010), reunidas recientemente por RBA en Todas las historias (2011)- demuestra en Una cuestión de fe cómo la leyenda del Barça resistente fue una construcción de Manuel Vázquez Montalbán y de otros intelectuales y periodistas catalanes ansiosos por reescribir la Historia, pero no lo hace atribuyendo ese carácter antifranquista al Espanyol, como sería prescriptivo en un país que sólo puede pensar en términos dicotómicos como España. En realidad, viene a decir González, ambos clubes fueron franquistas cuando debieron serlo y antifranquistas cuando el sentido común dictaba que lo debían ser, de manera que las visiones contemporáneas de su historia no son más que el resultado de un enfrentamiento tácito entre ambos clubes en el marco del cual el Barcelona supo reinventarse y el Espanyol no pudo hacerlo, con el consiguiente fracaso no sólo deportivo de la institución.
 
Una cuestión de fe tiene el raro mérito de hacer atractivo ese fracaso en un contexto en el que las identidades futbolísticas y los textos que las glosan se articulan en torno a victorias y no a decepciones. Si es cierto que "la identidad del Espanyol se ha construido desde la minoría, con derrotas muy dolorosas, una época de exilio y una constante necesidad de resistir" y es, por lo tanto, "la fe" (66) en los triunfos futuros y permanentemente postergados, es difícil imaginar por qué razón uno es del Barcelona, que hace de la épica del fracasado uno de sus argumentos principales. A mí se me ocurren dos: la plasticidad de su fútbol -que González se resiste aquí a llamar "belleza" (véase 48-50)- y el hecho de que su causa ha sabido inspirar textos magníficos (como el Rosario Central, por cierto). Éste de Enric González -que aparece en la colección de libros sobre fútbol de la pequeña editorial madrileña Libros del K.O. en la que ya han aparecido textos breves de Manuel Jabois, Marcos Abal, Julio Ruiz, Antonio Luque y Ramón Lobo- es tan bueno que merecería haber contribuido a la causa del Barcelona.
 
 
Enric González
Una cuestión de fe
Madrid: Libros del K.O., 2012
 
(1) Lopetegui, Escaich, Korneyev, Amunike, Dehu, Dugarry, Reiziger, Romerito, Okunowo, Rustu, Keirrison, Henrique, Pellegrino, Bogarde, Ciric, Sonny Anderson, Zenden, Dani García, Rochemback, Geovanni, Christanval, Dutruel, Mario, Gudjohnsen, Hleb, Maxi López, Chygrynsky y otros. (Algunos de ellos, por cierto, los jugadores más feos de la historia reciente del fútbol.) 

[Publicado el 23/7/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Enric González, Ensayo, Libros del K.O., Disidencias]

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El territorio y el mapa

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Aunque no estoy seguro de ello, creo haber dicho ya en alguna oportunidad que no tengo la impresión de que el ensayismo de los autores de mi (llamémosla) "generación" esté a la altura del de las generaciones precedentes. Admito excepciones, desde luego (la más notable, La fábrica del lenguaje S.A. del mexicano Pablo Raphael), pero, si acaso, esas excepciones confirman una regla (todas lo hacen) que podría formularse de la siguiente forma: a una ficción de bajísima intensidad le corresponde un ensayismo igualmente huero, a menudo el refugio de aquellos escritores que, habiendo fracasado en la creación de libros de ficción, se han refugiado en la escritura acerca de las teleseries, la creación en la Red o un cierto estadio posterior a la poesía que (sorprendentemente) sólo parecen conocer aquellos autores que menos saben sobre poesía. Nada de esto es novedoso, desde luego, así que el ensayismo de mi "generación" ni siquiera puede jactarse de fracasar de forma original, pero supongo que así son las cosas.
 
 
*
 
Naturalmente, hay excepciones. No leer del chileno Alejandro Zambra (publicado originalmente por las Ediciones de la Universidad Diego Portales en 2010) es una de ellas. A la calidad de Zambra como lector (bien conocida por los lectores de los medios chilenos en los que ha colaborado, aunque un poco menos fuera de su país de origen), se le suma algo que posiblemente parezca innecesario mencionar pero que no lo es en el marco de esta "generación": Zambra ha leído, y no sólo a los autores centrales de la tradición latinoamericana (Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Alfredo Bryce Echenique, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Julio Ramón Ribeyro), también ha leído a los "raros" de esa misma tradición (César Aira, Macedonio Fernández, Mario Levrero, Clarice Lispector, Alejandro Rossi) y su lista de escritores extranjeros de referencia es amplia y a menudo desconcertante: J.M. Coetzee, Gustave Flaubert, Natalia Ginzburg, Yasunari Kawabata, Franz Kafka, Paul Léautaud, Edgar Lee Masters, Yukio Mishima, Cesare Pavese, Ezra Pound, Junichiro Tanizaki. También son desconcertantes algunos de sus entusiasmos (Julio Cortázar), pero sobre todo el tipo de mirada que propone en este libro, cuyo asunto central no consiste tanto en las obras y los autores de los que Zambra habla aquí sino más bien en su forma de leerlos.
 
No leer se detiene, en ese sentido, en la materialidad de la experiencia de lectura (la existencia de los borradores, las fotocopias, la elección del título, las listas de lecturas obligatorias, el desplazamiento con libros, el escuchar leer) y constituye una especie de manual implícito de adquisición de los medios para la lectura. Aquí Zambra no analiza precisamente los libros de los que habla sino más bien (podría decirse) su forma de analizar los libros, lo que genera durante la lectura una rara intimidad, a la que también contribuye el humorismo que impregna la obra, que es un humorismo sutil y enormemente serio; es decir, muy chileno. Zambra ve las potencias de la literatura incluso en aquello que otros consideran deficiencias (su defensa de la falta de reflexión literaria en la correspondencia de Manuel Puig y sus implicaciones para la interpretación de su obra es modélica) y sobre su visión de la literatura planea un estilo necesariamente más expansivo que el de sus libros de ficción, a los que sirve de antesala, pero no por ello menos exquisito.
 
Aunque hace unos años aún era un territorio por descubrir y de posibilidades insospechadas, lo cierto es que ya podemos intuir llegados a este punto qué extensión tiene el territorio de la literatura en español producida por la que (repito) podemos llamar mi "generación"; Julián Herbert, Alejandro Zambra, Juan Terranova, Pablo Raphael, Gonzalo Torné, Juan Sebastián Cárdenas, Alejandra Costamagna, Javier Montes y Rodrigo Hasbún señalan, en ese sentido (y de formas muy diferentes), cuáles son los límites de ese territorio, que otros habitan sin expandir sus fronteras, y, en ese sentido, No leer invita al descubrimiento de ese mismo territorio y de uno de sus principales creadores.
 
 
Alejandro Zambra
No leer
Barcelona: Alpha Decay, 2012

[Publicado el 19/7/2012 a las 11:00]

[Etiquetas: Alejandro Zambra, Ensayo, Alpha Decay]

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Un país llamado "Zurita"

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No me parece innecesaria la salvedad: algunos supimos por primera vez de la existencia de Raúl Zurita como la nota a pie de página de Estrella distante (1996), la novela de Roberto Bolaño en la que Carlos Wieder escribía poemas en el cielo como hiciera Zurita, quien en junio de 1982 hizo escribir en el firmamento de Nueva York los primeros versos de su libro Anteparaíso. La referencia a Zurita no era inocente, desde luego: como sostuvo Jeremías Gamboa en su ensayo "¿Siameses o dobles? Vanguardia y postmodernismo en Estrella distante de Roberto Bolaño", "la configuración y la poética de la neovanguardia antipinochetista aglutinada alrededor del colectivo CADA", el grupo conformado por Zurita y Diamela Eltit entre otros, era el antecedente más inmediato de la exploración acerca de los vínculos entre política y acción artística al que Bolaño podía recurrir al escribir sobre esos vínculos en Chile: Bolaño admitiría su deuda en un texto incluido en Entre paréntesis (2004), en el que sostenía que "Zurita crea una obra magnífica, que descuella entre los de su generación y que marca un punto de no retorno con la poética de la generación precedente" (89).
 
Raúl Zurita comenzó siendo para algunos de nosotros una nota a pie de página de la obra de Bolaño, otro poeta más (si acaso, el último de su diccionario biográfico) del país de los poetas latinoamericanos por antonomasia, pero todos estos detalles y la lectura de algunos de sus libros acabaron provocando en algunos de nosotros la impresión de que era más bien el país de los poetas el que servía de nota a pie de página de la obra de Zurita, que lo sobrepasaba. Entre los poetas chilenos más o menos contemporáneos se me ocurre que sólo Enrique Lihn y Nicanor Parra podrían enorgullecerse de lo mismo: de no ser parte de la literatura de un país (cosa que, por lo demás, son de todas formas) sino de ser, para sus lectores, ese país, con sus costas y sus precipicios.
 
¿Y cómo es el país llamado Zurita? Desde la identidad entre autor y título, Zurita es un país donde el arte y la vida se funden, con lo que quiero decir que no existe una exterioridad del hecho artístico; tampoco la imposición de ninguna teoría: Zurita es la experiencia poética manifestándose en toda su belleza y sonoridad, y también en su potencia liberadora. Se trata de "un proyecto de construcción de un nuevo sentido y de una nueva forma social de experiencia" (14) que permita poner punto final a la larga noche del 10 al 11 de setiembre de 1973 en la cual transcurre el libro y que es la de la inminencia del golpe de Estado que pondrá fin a una de las experiencias políticas más bellas (y caóticas y contradictorias) del período revolucionario en América del Sur, esa noche en la que "el desamor congeló [...] el Pacífico / uno frente al otro sus paredones eran dos / enloquecidos témpanos estrechándonos" (319). La recurrencia de algunos temas y de ciertos títulos ("cielo abajo", "in memoriam", "verás", que, con variaciones, titulan decenas de poemas diferentes a lo largo del libro) permite pensar, sin embargo, que la repetición es inevitable y que la noche en la que comienza el horror sigue teniendo lugar una y otra vez, produciendo "pequeños tipos rotos en un / pequeño país roto" (37), como las evoluciones de la marea en las costas sobre las que el escritor chileno imprime sus poemas en una de las secciones del libro.
 
Zurita culmina precisamente con esas vistas y con un poema que dice: "Verás un mar de piedras/ Verás margaritas en el mar/ Verás un Dios de hambre/ Verás el hambre /Verás un país de sed/ Verás cumbres/ Verás el mar en las cumbres/ Verás esfumados ríos/ Verás amores en fuga/ Verás montañas en fuga/ Verás imborrables erratas/ Verás el alba/ Verás soldados en el alba/ Verás auroras como sangre/ Verás borradas flores/ Verás flotas alejándose/ Verás las nieves del fin/ Verás ciudades de agua/ Verás cielos en fuga/ Verás que se va/ Verás no ver/ Y llorarás".
 
No es una visión consoladora, desde luego, pero es también la de la posibilidad de delimitar un país y de hablar de una noche de la que pareciera que nada puede ser dicho. Quienes aún consideren que la poesía puede ser algo más que los balbuceos de una subjetividad deben leer este libro.
 
 
Raúl Zurita
Zurita
Salamanca: Delirio, 2012

[Publicado el 17/7/2012 a las 10:30]

[Etiquetas: Raúl Zurita, Poesía, Delirio]

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Vigilar y castigar

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Quentin Crisp, escritor y actor británico, atribuía su longevidad a la mala suerte, de modo que no es improbable que hubiese leído Entre los archivos del distrito de Kenneth Bernard (Brooklyn, 1930), en el que un anciano afirma que "vivir solo no me sienta bien, y hacerme viejo, tampoco", y concluye: "En una etapa de mi vida en que debería estar ganando en serenidad, me siento cada vez más inquieto. No estoy a gusto con mi edad" (13).
 
 
2
 
A nadie le agradada envejecer, por supuesto, pero ése no parece ser el problema principal del anciano, que se llama John y es conocido como "el topo", sino (más bien) la existencia de una sociedad innominada en la que el Estado finge haberse retirado sólo para penetrar más aun en la vida de sus ciudadanos. Así, al tiempo que se disfraza de una escritura realizada por su autor para "distraerse" y con la inocente finalidad de "dejar constancia de algunas impresiones generales" de su vida (13), Entre los archivos del distrito narra la existencia de esa sociedad en la que el Estado obliga a sus ciudadanos que ya no producen a integrarse a organizaciones denominadas "clubes funerarios" en las que deben vigilarse unos a otros y narrar sus vidas y las de los demás en informes periódicos y en diarios que pasan a formar parte de sus archivos.
 
Aunque no ha renunciado a sus obligaciones excepto las muy foucaultianas de vigilar y castigar, el Estado (cuyo puño es "de hierro, pero el rostro, invisible", 161) parece haberse retraído de la vida cotidiana, dejando a los ciudadanos indefensos ante la pequeña delincuencia, la degradación urbana o las contrariedades de esa vida cotidiana (apostarse siempre en la cola más lenta en el banco, ser maltratado por la empleada de correos, tener que lidiar con el recibo y con el cambio ante la irritación de los otros compradores cuando uno va al supermercado, etcétera), que el narrador de esta historia registra minuciosamente al comienzo del libro sólo para interesarse posteriormente por la existencia de los clubes funerarios y la articulación de la sociedad en la que vive. En ese sentido, su relato avanza de los síntomas a la enfermedad, sin atisbar nunca la curación pero enumerando los remedios.
 
 
3
 
Así, cuando John descubre que las personas a su alrededor comienzan a desaparecer sin razón aparente, inicia una pesquisa minúscula y temerosa que le permite descubrir la existencia de pequeñas bolsas de resistencia en los márgenes de la sociedad en la que vive, pero también la de formas íntimas (pero no por ello carentes de riesgo) de disidencia; pronto, John adopta una de ellas, la de tergiversar y alterar los informes que escribe, y de esa forma precipita su final. "Por desgracia", afirma el narrador, "mi capacidad para asumir riesgos disminuye, mientras que mi conciencia sobre los nuevos peligros que me acechan aumenta. Es una mala ecuación, cuya solución sólo puedo contemplar con desesperanza", concluye. Aun así, John da refugio a una joven disidente y se malquista con unas autoridades invisibles pero que controlan cada pequeño aspecto de su vida, incluyendo la sexualidad (ejercida con prostitutas reclutadas en cárceles; lo que, de alguna manera, invierte el tránsito habitual de estas en nuestra sociedad, que es de la prostitución a las cárceles) y debe dejar atrás la vida que conocía para encontrar un refugio precario pero esperanzador. Allí afirma: "Mi espacio privado, como el cuerpo de un leproso, ha ido reduciéndose con el paso de los años. De un modo u otro, he sido descubierto, la podredumbre me ha invadido y colonizado. Lo que ansío ahora es regenerarme, rescatar un pequeño territorio para mí y devolverlo a su estado original, salvaje y rebosante de vida, anexionarlo a los menguantes dominios que poseo. Tal vez si logro hacer esto, aunque sea de forma dispersa, sin correr riesgos innecesarios, esté aún a tiempo de crear una verdadera nación de mí mismo" (14-15).
 
Aunque sus editores vinculan Entre los archivos del distrito con la obra de Franz Kafka y de Georges Perec (a la lista podría agregarse a Roland Topor y su novela El quimérico inquilino), lo cierto es que los últimos acontecimientos en Europa parecen establecer una relación más estrecha entre este libro de Kenneth Bernard y un puñado de Estados nacionales dispuestos, en nombre de una supuesta tiranía de los mercados, a despojar a sus ciudadanos de todos sus derechos, incluyendo (específicamente) el de la disidencia, que en el lenguaje estatal es equiparada a violencia y alteración del orden público.
 
Entre los archivos del distrito admite ser leída como una obra distópica e inquietante en la estela de los autores mencionados más arriba, pero también como un texto premonitorio acerca de un orden social que (al menos parcialmente) ya no pertenece a un futuro hipotético sino más bien a un presente terrible. Quien lea el libro de esta última manera tal vez pueda crear la "verdadera nación de mí mismo" en la que aspira refugiarse su personaje; de lo contrario, "¿A qué tierra emigrar para planear un asalto, por muy fútil que sea?" (200).
 
 
Kenneth Bernard
Entre los archivos del distrito
Trad. Carmen Torres García
Madrid: Errata Naturae, 2012
Págs. 210

[Publicado el 12/7/2012 a las 13:00]

[Etiquetas: Kenneth Bernard, Novela, Errata Naturae]

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"¿Por qué se publican algunos libros y no otros?": Una cita de Damián Ríos

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"Writer's Job" de Emiliano Ponzi

Mi vínculo principal con la literatura proviene de que soy editor profesional, es decir que más o menos vivo de eso y con eso. De ahí que tenga una relación de primera mano con originales que los escritores me envían para que evalúe su publicación, aunque la verdad es que bien poco puedo hacer por ellos, más allá de leerlos. A tal punto se convirtió esto en una actividad central para mí, que en 2010 nos juntamos con tres jóvenes escritoras especializadas en periodismo cultural (Gabriela Cabezón Cámara, Luciana Rabinovich y Fernanda Nicolini) para leer clásicos argentinos contemporáneos (escritores canónicos de la industria editorial) y terminamos leyendo inéditos que me llegaban o que conservaba de mi pasada experiencia en la editorial Interzona. A veces incluso pedíamos material a gente que sabíamos que estaba trabajando en algún libro o que acababa de terminarlo. La idea que de la literatura argentina tienen unas periodistas muy informadas y profesionales es bastante diferente a la que tiene un editor, me enteré, y eso formó parte del intercambio. Yo ofrecía un material de difícil acceso para quien se concentra laboralmente en lo público o publicado, y obtenía de ellas una mirada actualizada sobre ese corpus, una mirada con rumbo de nota de tapa, de reseña o reportaje, de acuerdo con sus respectivas formaciones e intereses. La cuestión es que nos pasamos nuestros buenos seis meses entre anillados y documentos de Word (a veces leíamos directamente en pantalla). Llegamos a algunas conclusiones. La más evidente fue que no había diferencias de calidad sustanciales entre lo que la industria editorial considera literatura publicable, y publica, y lo que no se publica o lo que espera ser publicado algún día.
 
¿Por qué se publican algunos libros y no otros? En un país en el que aparece un promedio de treinta libros por día, según datos de la Cámara Argentina del Libro, esta pregunta debe tener alguna importancia. Claro, en los originales que leíamos había matices, pequeños errores, aspectos que merecían cierta discusión, incluso cuestiones de fondo de las que dependía que un buen libro pudiera ser excelente; por otra parte, nuestra industria editorial casi no se permite esos lujos: o un original viene bien editado, sin demasiado para cambiar, a lo sumo alguna coma o un uso verbal vagado se edita tal como está, o no se edita.
 
[...]
 
Hay acá una discusión pendiente sobre lo que se puede considerar mainstream; en realidad, la palabra no alcanza para dar cuenta de los matices de cierto tipo de literatura que, creo, se empieza a imponer o ya se impuso. Entre lo que un escritor considera un libro terminado y un libro terminado hay una serie de procesos, en el mejor de los casos, y está bien que sea así. Un buen editor puede corregir el rumbo de un texto y abrirle un mercado, pero la pregunta sigue siendo válida. ¿Hay un mercado?
 
¿Qué leemos? ¿Qué editamos? ¿Qué publicamos? ¿Qué significa la etiqueta "literatura argentina" [o española o hispanoamericana o iberoamericana, para el caso. Nota de P] para cada lector? Cosas muy distintas, asumo.
 
[...]
 
 
Damián Ríos
"Literatura argentina contemporánea por correo"
Revista Otra Parte 25 (verano de 2011-2012)
Pp. 66-68

[Publicado el 11/7/2012 a las 12:51]

[Etiquetas: Damián Ríos, Disidencias]

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En busca del tiempo perdido

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A la idea de que los objetos disponen de una cierta memoria y hacen posible el recuerdo le debemos algunos magníficos pasajes de En busca del tiempo perdido y algo así como un enfrentamiento entre proustianos y antiproustianos, en el que sin pertenecer a estos últimos, yo tiendo a simpatizar con sus posiciones, lo que no tendría ninguna importancia aquí si no fuera por La liebre con ojos de ámbar del ceramista y ahora escritor inglés Edmund de Waal (Nottingham, 1964); subtitulada «Una herencia oculta», La liebre con ojos de ámbar comienza cuando el autor recibe a manera de legado unas doscientas sesenta y cuatro figurillas japonesas denominadas «netsuke».
 
Apasionado por la belleza plástica de los netsuke y convencido muy proustianamente de que los objetos incluirían la memoria de sus usos y de sus propietarios, de Waal lleva a cabo una pesquisa que lo conduce a París, Viena, Odesa y Tokio para determinar cómo las figurillas se convirtieron en propiedad de su familia (los banqueros judíos Ephrusi) y en qué circunstancias la acompañaron. Así, evoca a Charles, hermano de su bisabuelo, coleccionista de arte en París en las postrimerías del siglo XIX, amigo personal de Jules Laforgue, Proust (para cuyo Charles Swann pudo haberle servido de modelo), Manet, Edgar Degas, Monet y Renoir y rival de Edmond de Goncourt, más tarde se desplaza a la Viena de comienzos del siglo XX, que es la ciudad de Joseph Roth, Richard Strauss, Karl Kraus y Rainer Maria Rilke pero también de la inflación y del ascenso del antisemitismo, donde residió y de donde huyó tras el Anschluss su abuelo Viktor, y finalmente a Tokio después de la Segunda Guerra Mundial, donde vivió primero como soldado y después como gerente de un banco extranjero su tío Ignace (Iggie), de quien hereda los objetos.
 
De Waal no se limita a especular sobre las motivaciones que pudieron inducir a sus familiares a adquirir y conservar los netsuke y a documentar sus usos: también reconstruye en cada una de las etapas de su viaje unas sociedades complejas en las que, aun disfrutando de un bienestar económico excepcional y de un cierto «lugar» entre sus contemporáneos más destacados, los Ephrusi son siempre los extranjeros, obligados permanentemente a jugar un «juego entre discreción y opulencia, una suerte de ritmo respiratorio entre la invisibilidad y la visibilidad» (41). No es necesario que nos lo recuerde: el juego terminó trágicamente con la llegada del nacionalsocialismo al poder en Alemania y su pervivencia hasta 1945; al igual que los netsuke japoneses, obligados a competir con sedas renacentistas y con bibelots dorados en los palacios de la familia en París y en Viena, los Ephrusi están fuera de lugar en todos los sitios, y uno de los aspectos más extraordinarios de La liebre con ojos de ámbar es que su autor consigue hacer palpable para el lector la incomodidad de sus antepasados judíos y sus vanos intentos por integrarse a la vida social de las ciudades que habitaron sin conseguirlo jamás. No es el único mérito de este libro, narrado con una prosa elegante y plástica (traducida aquí por el magnífico escritor argentino Marcelo Cohen) que vuelve dificultoso creer que su autor no sea un escritor profesional y una capacidad para el detalle y para la reflexión sencillamente deslumbrante.
 
Al igual que en la obra principal de Marcel Proust, en la de de Waal una de las preguntas que el narrador se hace una y otra vez es «qué significa pertenecer a un lugar. Charles, nacido ruso, murió en París. Viktor, siempre errado, fue durante cincuenta años un ruso en Viena, luego austríaco, luego ciudadano del Reich y por fin apátrida. E Iggie fue austríaco, luego americano y al cabo un austríaco que vivía en Japón» (339). De identidades fragmentadas como esas está compuesta la historia de Europa, pero también La liebre con ojos de ámbar, que, como las figurillas japonesas que le sirvieron de inspiración, es la miniatura bellamente elaborada de esa historia, un «río con lecho de piedras» (17) en cuyas aguas deberían reunirse todos, los proustianos y los antiproustianos, porque la búsqueda del tiempo perdido en este libro es también la búsqueda de la identidad europea y su hallazgo.
 
 
Edmund de Waal
La liebre con ojos de ámbar: Una herencia oculta
Trad. Marcelo Cohen
Barcelona: Acantilado, 2012 

[Publicado el 05/7/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Edmund de Waal, Marcel Proust, Narrativa, Acantilado]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía


 
 

 

Ficción

 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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