PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar
Converses formentor

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 29 de julio de 2016

 Blog de Patricio Pron

Una subversión del orden: Medio año de cómics / Un panorama

imagen descriptiva

"Un intento diabólico de debilitar la moral y de esa manera destruir la religión y subvertir el orden" no parece una definición muy ecuánime de lo que llamamos cómic o historieta; la recoge David Hajdu en The Ten-Cent Plague. The Great Comic-Book Scare and How It Changed America (2008) y fue formulada por una cierta organización a favor de la "literatura decente" en 1938. Algo menos de ochenta años después, es difícil imaginar que pudiese ser suscripta por alguien, a pesar de lo cual no es completamente errónea, ya que en ese período el cómic sí ha hecho mucho por "subvertir el orden", al menos el literario. Un repaso por las novedades de la primera mitad de este año en España permite comprobar que, si bien una parte considerable del mismo adhiere a géneros y formas provenientes del repertorio convencional de la literatura, existe un puñado de obras que se internan en el terreno de lo inclasificable y de lo que sólo puede suceder en la narrativa gráfica, reivindicando una especificidad que vuelve al cómic, en los hechos, irremplazable.
 
 
1.
 
El primero de los casos es el de las novelas gráficas Bahía de San Búho de Simon Hanselmann (Fulgencio Pimentel) y La Enciclopedia de la Tierra Temprana de la joven Isabel Greenberg (Impedimenta), que participan de la literatura fantástica al igual que Cráneo de azúcar de Charles Burns (Reservoir Books) (conclusión de una trilogía extraordinaria que reúne con facilidad las influencias contradictorias de David Lynch, Hergé y The Ramones), la retrofuturista Grandville bête noire de Bryan Talbot, Cromáticas de Jorge Zentner y Rubén Pellejero y Las migajas de Ibn Al Rabin y Frederik Peeters (todos en Astiberri). También es el caso de Chapuzas de amor de Jaime Hernandez (La Cúpula), Cuando no sabes qué decir de Cristina Durán y Miguel Á. Giner Bou (Salamandra Graphic), La balada del norte de Alfonso Zapico (Astiberri) y Lo que me está pasando de Miguel Brieva (Reservoir Books), que por su parte adhieren a las convenciones realistas.
 
En la medida en que se basan en hechos históricos, también son realistas André el gigante. Vida y leyenda de Box Brown (Astiberri), la biografía gráfica del luchador y actor André Roussimoff, La mujer rebelde de Peter Bagge (La Cúpula), que narra la vida de la activista por los derechos de la mujer Margaret Sanger y pone de manifiesto un interés general por este tema que alcanza al libro de Mary M. Talbot, Kate Charlesworth y Bryan Talbot Sally Heathcote. Sufragista (La Cúpula), y Esterhazy de Hans Magnus Enzensberger, Irene Dische y Michael Sowa (Fulgencio Pimentel): bajo la apariencia de una fábula infantil acerca de un conejo soltero en Berlín, este libro es la crítica al proceso de reunificación alemana de uno de los intelectuales europeos más importantes del último siglo.
 
 
2.
 
El árabe del futuro del colaborador de Charlie Hebdo Riad Sattouf (Salamandra Graphic), sobre su vida bajo las dictaduras de Gadafi y el Asad, Patria de Nina Bunjevac (Turner), que pone de manifiesto que la tragedia de los Balcanes es anterior a la guerra en esa región, y Mi amigo Dahmer de Derf Backderf (Astiberri) son, por otra parte, el resultado de la hibridación del género histórico con la vocación memorialística de sus autores, lo que constituye una variante de un género, el autobiográfico, que vive un importante auge en nuestros tiempos: son autobiográficos también los Cómics (1986-1993) de la influyente artista canadiense Julie Doucet (Fulgencio Pimentel), Advaita de Iván Sende (Diábolo), la reedición de Píldoras azules de Frederik Peeters (Astiberri), acerca de la forma en que el VIH entró en la vida del autor cuando éste se enamoró de una joven seropositiva, María cumple 20 años de Miguel Gallardo y su hija (Astiberri) y el humorístico La volátil. Mamma mia de la argentina Agustina Guerrero (Lumen), así como La vida es un tango y te piso bailando de Ramón Boldú, que continúa el proyecto autobiográfico de su autor explorando esta vez la historia de su familia durante la Guerra Civil, Mi puta vida de Tom Roca y Gazpacho agridulce de Quan Zhou Wu (todos en Astiberri), la historia de las dificultades y los placeres de los Zhou, una familia china que se instala en un pueblo andaluz a principios de la década de 1990.
 
(En la línea de las narrativas realistas en cómic se deben mencionar también Bumf de Joe Sacco [Reservoir Books], una crítica tan corrosiva como acertada del estado actual de la nación estadounidense, la recuperación de El fotógrafo de Didier Lefèvre y Emmanuel Guibert [Astiberri], que narra la guerra entre soviéticos y afganos de 1986, y Sin la sombra de las torres del autor de Maus Art Spiegelman [Reservoir Books], que ponen de manifiesto un auge inesperado pero necesario del cómic periodístico).
 
 
3.
 
No debí enrollarme con una moderna de Sebas Martín (La Cúpula) sigue por su parte la estela del más grotesco (y pionero) Ralf König, del que La Cúpula publica también Barry Kojonen: como En segundo plano de Josep Busquet y Pedro Colombo (Diábolo), ambos libros dan a la observación cotidiana un desarrollo narrativo del que carecen otros libros similares como los episódicos La pelusa de los días de Sole Otero (La Cúpula), Lola de la argentina Alejandra Lunik (Lumen), el inteligente No entiendo nada de Andreu Buenafuente (Reservoir Books), La vida es corta y luego te mueres de Enric Pardo y Lyona (Reservoir Books), la tercera entrega de la Guía del mal padre de Guy Delisle (Astiberri) y los libros de Mauro Entrialgo Cómo caer mal a un artesano (Diábolo) y Ángel Sefija más chulo que un ocho (Astiberri) o la nueva entrega de la serie de Paco Alcázar Silvio José, posiblemente uno de los retratos más desgraciadamente realistas de la España contemporánea (Astiberri).
 
En un semestre de adaptaciones como las de la novela de Irène Némirovsky Suite francesa a cargo de Emmanuel Moynot (Salamandra Graphic), El paraíso perdido de John Milton por Pablo Auladell (Sexto Piso), El hombre que fue Jueves de G.K. Chesterton a cargo de Marta Gómez-Pintado (Nórdica) y Sukkwan Island de David Vann por Ugo Bienvenu (Norma), fueron publicadas también obras inclasificables que ponen de cabeza la relación subsidiaria de la adaptación entre el cómic y la literatura "decente". Es el caso de Mundo loco del alemán Atak (Fulgencio Pimentel), que podría ser un libro para niños pero posiblemente sea, en su demostración de que un mundo "al revés" no sería peor que aquel en el que vivimos, una invitación a la acción política, Soufflé de Cristian Robles (La Cúpula), ¡Oh diabólica ficción! de Max (La Cúpula), el surrealismo de 5 excelentes razones para sacudirle a un delfín en los morros de The Oatmeal (Astiberri) y Los traviesos de Marion Fayolle (Nórdica), así como la paremiología literal de Cagando leches de Héloïse Guerrier y David Sánchez (Astiberri) y Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora de Tom Gauld (Salamandra Graphic), unas tiras publicadas originalmente en The Guardian que constituyen una de las formas más efectivas de ejercicio de la crítica literaria que pueda encontrarse en las librerías en este momento. La "subversión del orden" propuesta por estos últimos títulos es, también, una invitación a la lectura.
 
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 5 de agosto de 2015.]

[Publicado el 21/9/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Cómic]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

"Al andar" y otras dos piezas para la Revista de Verano de El País (y 2)

imagen descriptiva

En 'Materia dispersa', proyecto del ilustrador Daniel Montero Galán y el escritor Dino Lanti / Crédito, de los autores.

Los trenes y la Iglesia tienen sus detractores, pero ambos constituyen la mejor forma de que una persona llegue a su destino", afirmó el reverendo Wilbert Awdry; si esto es verdad en relación a la Iglesia, no lo parece respecto a los trenes y a otros medios de transporte cuya popularidad alberga, por su parte, una disidencia.

A esa disidencia, la de quienes prescinden de los vehículos a su disposición, dedicó el imprescindible filósofo alemán Walter Benjamin su obra Baudelaire (Abada, 2014), Robert Walser su libro El paseo (Siruela, 2012) y Franz Hessel el bello Paseos por Berlín (Errata Naturae, 2015). Ninguno de ellos es un texto reciente, pero su vigencia es puesta de manifiesto por obras posteriores que los toman como referencia, por ejemplo El dilema de Proust o El paseo de los sabios de Javier Mina (Berenice, 2014), Andar: Una filosofía de Frédéric Gros (Taurus, 2014) y Wanderlust de Rebecca Solnit (Capitán Swing, 2015), todos los cuales profundizan en la tesis central de Benjamin, según la cual el acto de caminar hace posibles una ensoñación y un pensar que una vida moderna histéricamente veloz y preocupada sólo por los desplazamientos de sujetos y mercancías tiende a hacer desaparecer. Pensar y caminar (más aun: vagabundear sin rumbo, abiertos a lo que vemos y al efecto que todo ello provoca en nosotros) serían, pues, actividades antieconómicas ("anticapitalistas", se puede decir) y, por consiguiente, no debería sorprendernos que, como recordó recientemente el escritor español Isaac Rosa en este mismo periódico, las manifestaciones políticas más recientes en España (y no sólo en ella) hayan tenido el carácter de una marcha "que prolonga el caminar como un acto político, una forma de desobediencia civil".

Henry David Thoreau (a quien debemos la creación de ese término, "desobediencia civil") también escribió sobre el caminar en Un paseo invernal (Errata Naturae, 2014); inspirándose en su ejemplo, Martin Luther King concibió la icónica "Marcha sobre Washington" del 28 de agosto de 1963 en la que pronunció su famoso discurso "Tengo un sueño". Una manifestación más de que caminar, pensar y actuar son, a menudo (y en tanto disidencia) la misma cosa.

 

Primero la moral

"Primero viene la comida y después la moral", escribió Bertolt Brecht en alguna ocasión, pero es posible que el autor de La ópera de cuatro cuartos (Alianza) estuviese equivocado: un hilo delgado pero inevitablemente visible se extiende entre aquello que comemos y nuestras concepciones de lo correcto y lo inapropiado.

Unas semanas atrás, por ejemplo, casi cinco millones de personas firmaron una petición en la plataforma Change.org para detener un festival de ingesta de carne de perro en la ciudad china de Yulin; el festival no fue suspendido, pero el poder de convocatoria de la petición puso de manifiesto que la confrontación entre diferentes concepciones morales de lo que es legítimo comer es cada vez más frecuente en un mundo globalizado, así como que el interés por las implicaciones de lo que comemos no deja de crecer.

A ese interés están dedicados varios libros recientes como ¿Quién decide lo que comemos? Cómo el negocio de la alimentación perjudica la salud, la economía y el medio ambiente de Felicity Lawrence (Urano) y Comer animales de Jonathan Safran Foer (Seix Barral). Durante dos años, Safran Foer visitó granjas y mataderos para evaluar de qué forma es producida la carne que consumimos. "Para mí la cuestión no es tanto que se deje de comer carne radicalmente, sino que haya una conciencia pública de cómo opera la industria cárnica. Lo que hacemos es atroz", afirmó a este periódico.

Al parecer, Juan Pablo Meneses no piensa lo mismo. El excepcional periodista chileno radicado durante tiempo en Argentina decidió investigar en la relación de los habitantes de ese país con la carne; como su tesis era que nos alimentamos de animales porque no tenemos que matarlos nosotros mismos, se compró una vaca, "La Negra", a la que crió, con la que se encariñó y a la que acompañó al matadero. La vida de una vaca (Seix Barral) ofrece un final distinto que el de Comer animales, pero ambos libros recuerdan que lo que comemos es principalmente el resultado de una elección moral. Ambos libros invitan a que esa elección sea consciente, y (en lo posible) responsable.

 

Voces del fin del trabajo

En algunas semanas concluirá el proyecto Work With Sounds (www.workwithsounds.eu), que tiene desde hace dos años a seis museos europeos registrando sonidos en extinción: una sierra cortando una rama, el ordeñe manual, un zapatero en su taller, la impresión de billetes de tren. Se trata de sonidos que desaparecen en una Europa en la que la producción industrial remite y es automatizada; es decir, sonidos de un mundo del trabajo que cede su sitio a la producción en países periféricos y a la precariedad.

Ésta es el tema de algunos libros recientes, por ejemplo Yo, precario de Javier López Menacho (Libros del Lince, 2013), la crónica en primera persona de una vida laboral inverosímil y, sin embargo, perfectamente conocida por miles de personas en este país: encuestador, hombre-anuncio, controlador de máquinas de tabaco en bares, promotor. Algunos años atrás, la prestigiosa ensayista estadounidense Barbara Ehrenreich también realizó trabajos precarios, en su caso de forma voluntaria: fue camarera de hotel, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería y empleada de Wal-Mart para averiguar cómo sobreviven millones de norteamericanos. Por cuatro duros. Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos sería una hilarante sátira del mundo laboral si no fuese porque, desafortunadamente, todo lo que narra es cierto, como son ciertas las experiencias de Ben Hamper en General Motors relatadas en Historias desde la cadena de montaje (ambos publicados por Capitán Swing en 2014). El libro de Hamper ilustra el concepto de alienación con el desenfado del que carecen otros libros sobre el tema; su conclusión parece ser que ciertos trabajos matan.

Por otra parte, al menos desde 2008 sabemos, también, que la falta absoluta de él, o su ejercicio bajo condiciones precarias, no es mejor. Guy Standing sostiene en Precariado (también Capitán Swing, 2014) que éste constituye una clase social emergente que debe luchar por los derechos políticos y civiles que se le han negado hasta el momento. La suya es una propuesta inteligente, una llamada a la acción para que los sonidos del trabajo (y quienes los realizamos) no se conviertan, ya definitivamente, en piezas de museo.

 

Publicados originalmente en la Revista de Verano de El País el 17 y el 22 de agosto de 2015.

[Publicado el 17/9/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

"Esperando a Ariadna" y otras dos piezas para la Revista de Verano de El País (1)

imagen descriptiva

Una imagen de Emiliano Ponzi / Crédito, de su autor.

Minos pidió a Dédalo que crease una prisión para su hijo monstruoso y éste creó el laberinto; siglos después, en la edificación de Dédalo no sólo espera el Minotauro, sino también toda la población de Grecia, que es el país que inventó el laberinto. Este verano, las noticias que nos llegan de él sugieren que la salida de su crisis económica y política es, como la del laberinto, improbable, y que todavía no han llegado Teseo ni su enamorada Ariadna, que le entregó la madeja de hilo que éste fue desenrollando a su paso para regresar después de matar al monstruo.
 
Grecia atrapada en su laberinto no sólo es un recurso periodístico para intentar explicar la crisis del país heleno; también es la metáfora de la que se vale el icónico ex ministro de economía griego Yanis Varoufakis para titular su libro El Minotauro global. Estados Unidos, Europa y el futuro de la economía mundial (Capitán Swing, 2012). En él Varoufakis incurre en el maniqueísmo de imaginar a la élite económica como un monstruo y a Grecia como su víctima sacrificial, e imagina que el "monstruo" se ha debilitado desde 2008. El endeudamiento griego para pagar su deuda, que el primer ministro de ese país ordenó hace unos días contra la opinión mayoritaria de su población, hace pensar que, debilitado como supuestamente está, y contra la tesis de Varoufakis, el "Minotauro global" sigue siendo más fuerte que las economías nacionales.
 
Acerca de ellas ha escrito también Thomas Piketty en su bestseller (un millón y medio de copias vendidas en todo el mundo) El capital en el siglo XXI (FCE, 2014), en el que incide en el tema del aumento de la desigualdad con un lenguaje accesible. "Creo que debemos repensar completamente qué tipo de instituciones fiscales y de política económica necesitamos para regular el capitalismo moderno", le dijo el economista a este periódico. La tarea parece tan heroica como las acometidas por Teseo y por los demás personajes del seminal Los mitos griegos (Alianza, 2011) de Robert Graves, y las esperanzas de los griegos están depositadas en lo que escribió uno de sus mejores poetas, Konstantinos Kavafis: "Aunque rompimos sus estatuas, / aunque los expulsamos de sus templos, / no por eso murieron del todo los dioses" (Poesía completa, Visor, 2003). Quizás ellos recuerden aún cómo salir del laberinto.
 
 
Viajar contra el prejuicio
 
"En los Estados Unidos hay dos formas de viajar: cómodamente y con niños", afirmó Robert Benchley. "El único modo que conozco de tomar un tren a tiempo es perder el inmediatamente anterior", sostuvo G.K. Chesterton. "Los mejores días son aquellos en los que uno no tiene que ir a ningún lado", escribió Charles Tomlinson. A los tres viajar no debía parecerles muy inspirador.
 
¿Por qué viajamos? La pregunta puede parecer simple, pero su respuesta no lo es. Según Jack Kerouac, porque "la carretera es la vida"; para Bill Bryson, "para experimentar las cosas por primera vez"; porque es un antídoto contra "el prejuicio y la intolerancia", según Mark Twain; para Agustín de Hipona, porque "el mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página".
 
Si el mundo es, efectivamente, un libro, ninguna profesión parece más adecuada para dar cuenta de él que la de los escritores. Literatura y viaje tienen una relación antigua, como antigua (del siglo V a.C.) es la fascinante, monumental obra de Heródoto Historia (Gredos, 2000), que da origen a esa disciplina a la etnografía y a la literatura fantástica.
 
El mundo de Heródoto y sus contemporáneos se extendía desde Sudán a Centroeuropa y desde la India hasta la península Ibérica; es decir, era el área en el que se libran las guerras más violentas (y más cercanas) del presente. El periodista y gran escritor polaco Ryszard Kapuściński intuyó que esos conflictos tenían su origen en el pasado y volvió sobre él en su Viajes con Heródoto (Círculo de Lectores, 2007); también siguió sus pasos el periodista estadounidense Robert Kaplan en sus excepcionales Rumbo a Tartaria: un viaje por los Balcanes, Oriente Próximo y el Cáucaso (2001), El retorno de la antigüedad (2002) e Invierno mediterráneo: un recorrido por Túnez, Sicilia, Dalmacia y Grecia (2004, todos en Ediciones B).
 
Los tres fueron o son viajeros excepcionales, dotados de una perspicacia y una inteligencia de excepción; los tres constituyen, por esa razón, un modelo de viajero que deberíamos imitar: sagaz, curioso, informado, dispuesto a poner sus opiniones a prueba antes que (como sucede a menudo con el turista) viajar para ratificarlas.
 
 
Tenga piedad, sea humano
 
No solemos pensar mucho en ellos, pero nos rodean. ¿Qué sucede con los animales, que introdujimos en nuestros hogares antes incluso de que creásemos las ciudades, cuando la línea divisoria entre la civilización y lo que ellos representan (la naturaleza, lo salvaje provisoriamente domesticado) no había sido siquiera trazada?
 
Acerca de los animales se ha escrito mucho. En los últimos tiempos lo han hecho (sobre los felinos) Paloma Díaz-Mas en Lo que aprendemos de los gatos (Anagrama, 2014), Stéphanie Hochet en Elogio del gato (Periférica, 2015) y Giuseppe Scaraffia en Los grandes placeres (también Periférica, 2015) y (sobre los canes) Graham Chaffee en la inquietante Buen perro (La Cúpula, 2013), Fernando Delgado en Me llamo Lucas y no soy perro (Planeta, 2013), Arturo Pérez-Reverte en Perros e hijos de perra (Alfaguara, 2014) y Juan Pablo Villalobos en el singular Te vendo un perro (Anagrama, 2015). Loros, hámsteres, conejos y otros animales de compañía también han sido objeto del interés literario, posiblemente.
 
A pesar de lo cual, España es uno de los países europeos donde más se ha internalizado y se celebra como parte sustancial de la cultura el maltrato a los animales. ¿De dónde proviene esta contradicción entre el interés literario por ellos y el desprecio por su vida? En A Mezquita (Ourense) se decapitan gallos, en Vitoria se fuerza a los burros a correr, en Canarias las peleas de gallos no son ilegales, en Gijón se prende fuego a los toros, en Córdoba diez personas mataron el mes pasado a veintidós caballos para cobrar un seguro, la ciencia española no prescinde de la experimentación con animales, la caza es considerada un "deporte", los galgos son brutalmente maltratados y torturar públicamente a un toro es considerado un arte en casi todo el país.
 
Los animales son "cosas" según el Derecho español, como apuntaba recientemente el relevante, muy necesario ensayo colectivo El Derecho de los animales (Marcial Pons, 2015); pero la impunidad legal no debería ser una excusa para la práctica. Según estadísticas, la mayor parte de los abandonos de animales se produce inmediatamente después del verano. Usted que está leyendo, por favor, no lo haga. Tenga piedad, sea humano.
 
 
Publicados originalmente en la Revista de Verano de El País el 25 de julio, el 1 y el 8 de agosto de 2015. 

[Publicado el 15/9/2015 a las 10:30]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Amigos con derecho a injuria / Philip Larkin y Kingsley Amis

imagen descriptiva

Amis y Larkin, en el centro /

"Follador P. A. Larkin, calle Sodomita 49, Chico Excremento (Adjunto Primer O.J.E.T.E.); Remite Metededo, Línea del Monte, Campo Cagarro, La Raja". La dirección no existe, por supuesto: es uno de esos inventos maliciosos que Kingsley Amis incluía en su correspondencia con Philip Larkin y provocaban en ambos una alegría infantil.
 
Larkin y Amis se habían conocido en el prestigioso St. John's College de Oxford en abril de 1941. "Cuando se conocieron", afirmó en una ocasión Martin Amis, el brillante hijo novelista de Kingsley, "los dos tuvieron la impresión de que por fin habían encontrado alguien más brillante que ellos mismos". Kingsley había nacido en el sur de Londres en 1922; Larkin, en Coventry ese mismo año. Ambos deseaban convertirse (y lo conseguirían, por supuesto) en escritores importantes, pero, al margen de este propósito, había pocas cosas que tuvieran en común: la educación en Oxford, el interés por la poesía y el jazz, el desprecio a la fatuidad no sólo en literatura y el amor por el alcohol, que a Larkin le inspiraría algunos poemas como "Estudio de los hábitos de lectura" y "Compasión en blanco mayor" y a Amis todo un libro, Sobrebeber (sic), también publicado recientemente en español.
 
Las diferencias entre ambos, por otra parte, eran evidentes, y se harían más visibles con el tiempo. Amis se casó dos veces y tuvo tres hijos; Larkin nunca se casó, y buena parte de su obra está destinada a denunciar ambas cosas: sus poemas "Egoísta es el hombre" ("Nadie puede negar, no, / que Arnold es menos egoísta que yo. / Se casó con una mujer para que no se le fuera / y ahora la tiene allí hasta que se muera"), "Llévese uno para los niños" ("Un juguete vivo es siempre una novedad, / pero al final uno también se cansa") y su célebre "Sea este el verso", que comienza con la frase "Bien que te joden tus padres" y culmina aconsejando "Escapa lo antes que puedas / y no tengas hijos".
 
Las carreras literarias de los dos también presentan diferencias sustanciales. Amis disfrutó del éxito desde la publicación de su primera novela, la hilarante Lucky Jim (1954), que llevó a la crítica especializada a asociarlo al movimiento literario de moda, el de los radicales Angry Young Men o "Jóvenes Enfurecidos". Larkin, a pesar de la aceptación inicial de sus (magníficas) novelas Jill (1946) y Una chica en invierno (1947), se convirtió en un poeta enormemente respetado pero no especialmente exitoso comercialmente, a lo que contribuyó el hecho de que nunca vivió en Londres: mientras, allí, Amis iba de cóctel en cóctel, haciendo y destruyendo reputaciones, Larkin ordenaba libros en alguna biblioteca universitaria en Belfast o Hull. Mientras Amis viajaba por el mundo (un poco a la manera del espía James Bond, que tanto le gustaba y para el que escribió una novela con pseudónimo, Colonel Sun), Larkin seguía en Hull y escribía una poesía de tono menor, deliberadamente provinciana. Al tiempo que Amis ganaba una considerable cantidad de dinero, y presumía de ello, Larkin vivía en una habitación sin lujos. Mientras Amis parecía incansable (siete libros de poemas, veintiséis novelas, tres libros de relatos, once libros de no ficción), Larkin se agotó o creyó agotarse después de haber publicado tan sólo las dos novelas antes mencionadas, una selección de ensayos y cinco libros de poemas, incluyendo los fundamentales Engaños (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974). De hecho, cuando se le quiso hacer el mayor honor que puede recibir un poeta inglés, el de ocupar el puesto de poeta laureado, lo rechazó afirmando que "el impulso de escribir poemas me abandonó hace siete años, periodo en el cual no he escrito prácticamente nada. Naturalmente es una decepción, pero prefiero no escribir poemas a escribir poemas malos". Amis, por su parte, no rechazó la Orden del Imperio Británico cuando ésta se le ofreció en 1981.
 
Las amistades entre escritores nunca son fáciles de explicar, no están exentas de rispideces y, por lo general, acaban en desastre. En sus cartas a Mónica Jones (lo más parecido que tuvo a una relación estable), Larkin se queja permanentemente de Amis: de que sus visitas son extenuantes, de que su casa está sucia, de que no reconoce públicamente su aporte a los libros con los que lo ha ayudado, de que es un tacaño, de que bebe mucho ("el sábado fuimos a Dublín, bebimos todo el camino hasta allí, allí, y todo el camino de regreso: todavía me estoy recuperando", le cuenta en 1951), de que es fatuo. "No es su éxito lo que me molesta más, sino su inmunidad a las preocupaciones y al trabajo duro, aunque su éxito también me molesta", escribe en 1956, y agrega: "No me sorprende que pueda escribir".
 
A pesar de todo ello, muy pocas amistades entre escritores han tenido la importancia para sus protagonistas como la que tuvieron la de Larkin y Amis: el primero sometía sus poemas a la opinión del segundo antes de darlos a la imprenta, y Amis solía hacer lo mismo con sus libros. En 1953 Larkin le cuenta a Mónica: "Kingsley me ha enviado un montón de mecanografía diciendo que, ya que Reading quiere publicarle un libro de poemas, por qué no se los selecciono, los mejoro, los arreglo y pienso un título". No es necesario decir que Larkin lo hizo, y que Amis hizo cosas similares por los libros de su amigo bibliotecario.
 
La publicación simultánea de los Cuentos completos de Amis y Una chica en invierno de Larkin parece una buena oportunidad para recordar esa amistad y el hecho de que no siempre las relaciones entre escritores son peligrosas. Amis murió en 1995; en los últimos años de su vida había regresado con su primera esposa, con cuyo marido se vio también obligado a convivir. Larkin podría haber escrito un magnífico poema acerca de este matrimonio de tres ancianos, y Amis le hubiese respondido con un exabrupto de los suyos, pero Larkin había muerto en 1985 y Amis, esta vez, no tenía su dirección ni podía inventársela.
 
 
Publicado originalmente en El País. Madrid, 2 de agosto de 2015. 

[Publicado el 10/9/2015 a las 17:45]

[Etiquetas: Philip Larkin, Kingsley Amis]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Un realismo español (por fin) realista / La serie "Silvio José" de Paco Alcázar

imagen descriptiva

No es fácil escribir sobre la obra de Paco Alcázar (Cádiz, 1970); es decir, no es fácil hablar de ella si se tienen conocimientos limitados de psiquiatría. ¿Bajo qué otra óptica se podría evaluar la cabeza de una persona capaz de imaginar a Silvio José Pereda, un español de cuarenta y cinco años de edad, despótico, sucio y cruel, que tiraniza a su padre jubilado? (Quien, por cierto, describe a Silvio José como "una de las personas más despreciables del planeta" y "un pobre niño malcriado que disfruta martirizando a la gente".) ¿Desde qué otra disciplina sería posible ofrecer una respuesta a la pregunta acerca del estado mental de un sujeto que puede gozar concibiendo a un profesor de autoescuela con bigote hitleriano que pasea por las alcantarillas y escribe poemas infantiles acerca de la esquizofrenia? ¿A quién se le puede ocurrir imaginar a un hombre temeroso y aniñado que habla con su "Geyperman de la suerte" y tiene un padre casado con una empleada de discoteca de diecinueve años, a un psicólogo inescrupuloso que habla solo, a una madre que cambia en cuestión de segundos de intereses vitales (que incluyen, por cierto, a ancianos, monitoras de piscina, albañiles cincuentones y perros), a un puñado de urólogos vengativos, a antiguos profesores universitarios que adoran atracciones de feria, al director de un zoológico donde los animales se compran, se venden, se descuartizan, se inventan?
 
Quizás, si no desde la psiquiatría, todo ello se pueda abordar desde el análisis político: si, como sostienen algunos, Mortadelo y Filemón es (pese a las caídas estrepitosas, los disfraces, los agujeros de bala y las quemaduras de sus personajes) la mejor expresión del realismo en la literatura española (es decir, la mejor expresión de un realismo que no muestra a España como a sus habitantes les gustaría que fuera sino como realmente es), la serie Silvio José es la continuación de ese proyecto, que pone de manifiesto el acceso de la sociedad española toda a un nuevo estadio en el que la comedia de la ineptitud y la pereza intelectual es vista, por fin, como tragedia. Cuando su padre le pide que se busque un trabajo, Silvio responde: "¿No has oído hablar de la ‘generación perdida'? ¡La gente de dieciocho a treinta y cinco años no encuentra trabajo!" "¡Pero si tú tienes cuarenta y cinco!", insiste su padre. "¡Sí, pero todo el mundo me dice que aparento diez años menos!", responde Silvio. En su opinión "la culpa de todo" es de la generación de su padre. "¡Primero implantáis un sistema capitalista lleno de imperfecciones y después pretendéis que trabajemos como esclavos para seguir cobrando vuestras enloquecidas pensiones!", le dice; para él, el único aporte español de relevancia es el gazpacho, "un plato que resume nuestra principal aportación a la gastronomía internacional: el mal aliento". En Silvio José, Enamorado alguien dice: "La vida no es una línea recta sin obstáculos... La vida es un laberinto con subidas, bajadas y vueltas muy raras... Los cimientos sobre los que se sostiene no son sólidos, nada está asegurado... Una mañana se despierta usted vivo y por la noche está muerto, una maña se despierta usted en un país representado por una monarquía corrupta y se acuesta en el mismo país con una monarquía corrupta y además sin trabajo". No es fácil rebatir estos argumentos.
 
Silvio José ofrece imágenes de desempleo y miseria económica e intelectual (y moral) que son las imágenes que quienes vivimos en España más hemos visto en los últimos siete u ocho años, al tiempo que pone de manifiesto que la corrupción y el descrédito de las instituciones políticas y sus representantes son consustanciales a la vida cotidiana española hasta el punto de que su superación requeriría un cambio de hábitos y de prácticas tan grande que, por ello mismo, resulta inconcebible.
 
Una posible interpretación de la serie y de sus personajes es que todos ellos son (en su egoísmo, crueldad, afán de lucro, desprecio por el otro, hedonismo, soledad, trastorno) excepciones algo ridículas; otra (menos consuetudinaria, pero la que me interesa aquí) es que todos ellos dan cuenta una normalidad que muy pocos (quizás tan sólo la revista Mongolia y sus colaboradores) se atreven a llamar con ese nombre. Silvio José presenta un país en el que la precariedad laboral, las humillaciones en el puesto de trabajo y las posibilidades de caer en la escala social no tienen fin; de esos infiernos cotidianos no se regresa, excepto cuando la acción debe comenzar nuevamente y sólo por razones narrativas: el psicólogo es arrestado por asesinar a su secretaria, la casa de los Pereda se incendia o es declarada inhabitable cuando Silvio José decide comenzar a acumular su ropa interior usada, sus amigos desaparecen en las obras el metro mientras intentan atracar un banco, Silvio José acaba durmiendo en la calle, el dinero se esfuma, a su hermano unos cocodrilos le arrancan un brazo cuando intenta emborracharlos para participar de una pelea clandestina: todo está en su sitio en la página siguiente, preparado para volver a empezar, pero no hay nada tranquilizador en ello porque lo que reinicia es una vida (digámoslo así) inhabitable en la que la sexualidad es insatisfactoria, la frustración profesional es permanente, el deseo de escapar se ve frustrado por la constatación de que no hay lugar donde huir en un país en el que, como afirma Silvio José, "la gente del norte odia a los del sur, los del sur a los del norte, los del interior a los de la costa, los de la costa a los del interior, los de las ciudades a los de los pueblos, los de los pueblos a los de las ciudades y todo el mundo odia a los madrileños".
 
Si esta última interpretación es acertada, tenemos que agradecerle a Paco Alcázar la inteligencia y la fuerza de su denuncia, así como el hecho de que esa denuncia, en contraposición con las incursiones habituales de los narradores españoles en una sociedad que (en realidad) parece serles por completo ajena, sea hecha con las herramientas del humor (en libros, por cierto, mucho más divertidos y dignos de lectura que esta reseña), al margen de lo que opinen los psiquiatras.
 
 
Paco Alcázar
Silvio José, Faraón
Bilbao: Astiberri, 2012
 
Paco Alcázar
Silvio José, Destronado
Bilbao: Astiberri, 2013
 
Paco Alcázar
Silvio José, Enamorado
Bilbao: Astiberri, 2014
 
Paco Alcázar
Silvio José, Emperador
Bilbao: Astiberri, 2015
 
Paco Alcázar
Silvio José, Rescatado
Bilbao: Astiberri, 2015

[Publicado el 08/9/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Paco Alcázar, Cómic, Astiberri]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Escuchando voces / "Gracias por la compañía" de Lorrie Moore

imagen descriptiva

"Si una persona me viese trabajar", afirmó Lorrie Moore en la entrevista que le hizo Elizabeth Gaffney en The Paris Review en 2001, "vería que se trata de llegar todo lo lejos que puedo con una voz, el fragmento melodioso de una larga y persistente idea".
 
Los relatos de Gracias por la compañía (los primeros suyos desde Pájaros de América, de 1998) recuerdan el talento especial de Lorrie Moore para "escuchar" las voces que conforman la columna vertebral de sus relatos. No importa demasiado que quienes hablen en ellos sean un divorciado que sencillamente no está muy enamorado de la chica con la que sale, una mujer que muere de cáncer, un escritor erróneamente invitado a una cena para recaudar fondos, una antigua cantante de rock poco exitosa que se debate entre dos lealtades, un hombre que empieza a salir con una mujer cuyo hijo está loco, o un oficial de inteligencia; tampoco importa mucho que esas voces se parezcan un poco demasiado entre sí: allí donde muchos quizás vean un defecto (posiblemente la autora misma, en sus clases de escritura creativa), Moore encuentra la potencialidad de una voz propia. Una voz caracterizada por la inteligencia, un talento descollante para el diálogo y la capacidad (improbable en otros) para dar con situaciones humorísticas en el ojo de la desgracia. En Gracias por la compañía una persona tiene "la impresión de ver la vida desde un contenedor de plástico, como una comida sobrante asomada a la grasienta niebla del mundo" (42); otra se ve "en parte una Shelley Winters morena, en parte una patata" (74); otro intentó reproducir de niño el experimento de Konrad Lorenz con patos, pero "se había hecho un lío con las luces de incubación y había cocido los patos dentro del huevo: el sótano apestaba tanto que su madre le gritó durante días. Era una lección científica de algún tipo (los límites emocionales de la madre trabajadora Homo sapiens judía), pero era ciencia blanda, menos impresionante" (22).
 
(Los diálogos también son magníficos, por cierto: cuando una mujer descubre la infidelidad de su marido y se lo cuenta a una vecina, ésta responde, por ejemplo, "Como feminista no debes culpar a la otra otra mujer". "Como feminista te pido que no me hables", contesta la otra.)
 
Sólo en los relatos de Lorrie Moore la carta de un restaurante puede estar "llena de cosas delicadas y horripilantes: mejillas, lenguas, timos" (52), el corazón de una persona se puede "hundir por su lado izquierdo hasta su zapato" (68) o alguien puede recibir "un nuevo propósito de Dios, cuyo persistente humor disparatado era tan arbitrario como un mosquito" (155); sólo en ellos (en una revelación nada menor de la importancia de Antón Chejov en la formación de Moore) alguien puede decir que su trabajo es "identificar al débil, de modo que el mundo pudiera asegurar su futuro fuerte golpeando a los débiles hasta la muerte" (108).
 
El mundo de Lorrie Moore sería insoportable sin la falsa levedad y la piedad distante con la que la autora trata a sus personajes. "Cada día había algo nuevo que llorar y algo viejo que celebrar", piensa uno de ellos. A eso se dedica precisamente Moore, quien, en la entrevista para The Paris Review ya mencionada, afirmó que observarla trabajando "podría ser como ver un montón de cortar y pegar notas, parar y comenzar, miradas penetrantes, ráfagas intermitentes (como dicen los meteorólogos), visitas repentinas (de fuerzas invisibles), la contemplación de los lomos de varios diccionarios y libros de referencia apilados detrás del ordenador y mucho recalentamiento de café frío (lo cual es y no es una metáfora)". En ese caso, Dios bendiga el café recalentado.
 
 
Lorrie Moore
Gracias por la compañía
Trad. Daniel Gascón
Barcelona: Sex Barral, 2015 

[Publicado el 04/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Lorrie Moore, Cuento, Seix Barral]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La juventud de un asesino / "Mi amigo Dahmer" de Derf Backderf

imagen descriptiva

Las localidades aisladas en la periferia de las ciudades de provincia, las sociedades afectadas por la crisis económica y el desempleo, los padres ausentes, las madres depresivas, los colegios secundarios sobrepoblados, los divorcios beligerantes, los profesores displicentes, el alcoholismo entre los adolescentes, su despertar sexual violento y por lo general frustrante y la soledad forzosa no constituyen la excepción a ningún tipo de regla, sino, por el contrario, son la regla misma en muchos casos; sin embargo, no todos ellos producen un asesino en serie. ¿Qué llevó pues a Jeffrey Dahmer a convertirse en uno?
 
Mi amigo Dahmer intenta responder esta pregunta, que su autor se hizo desde el 23 de julio de 1991, cuando el testimonio de un joven homosexual que consiguió escapar de Dahmer y su propia confesión llevaron a la policía (y de inmediato a la prensa) a descubrir sus crímenes, diecisiete desde 1978. Aunque Derf Backderf trabajaba entonces en Cleveland en la redacción de un periódico, su interés en el caso Dahmer no fue profesional: Backderf y Dahmer habían sido amigos durante todo el instituto y la noticia de los asesinatos del segundo despertó en el primero recuerdos, perplejidad, la convicción de haber escapado de un peligro incomprensible, evocaciones de una sociedad norteamericana (la de la década de 1970) tan estúpida como para creer que los principales peligros que se cernían sobre ella eran el consumo de drogas y las sectas satánicas e ignorar el hecho de que ese peligro estaba ante sus ojos, en los deseos de un adolescente solitario, la sensación de que pudo haber hecho algo para evitar los asesinatos, pero no supo qué, o no lo supo a tiempo.
 
A través de una narración cuidadosamente documentada y de un dibujo hierático, poco atractivo y meramente funcional a la historia, Backderf aborda los antecedentes de un asesino sin exagerar su cercanía con él pero también sin omitir la responsabilidad que ésta supone en perspectiva, aunque esa responsabilidad deba ser atribuida principalmente a los adultos. Cuando Backderf entrevistó a sus profesores de instituto, "todos ellos dijeron básicamente lo mismo: 'Nunca noté nada raro en él'" (200). Esa normalidad, la mediocridad atribuida al futuro asesino, pueden haber sido un error de percepción y una omisión inexplicable de los adultos y de las instituciones que estos representaban y cuya función era, en sustancia, que personas como Dahmer no asesinasen jamás; pero también pueden ser interpretadas como una advertencia acerca de su naturaleza y de la forma en que vivimos, y quizás esto sea lo más perturbador de la lectura de este libro.
 
 
Derf Backderf
Mi amigo Dahmer
Trad. Santiago García
Bilbao: Astiberri, 2014

[Publicado el 02/9/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Derf Backderf, Cómic, Astiberri]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La santidad y la recuperación del tiempo perdido / "El santo" de César Aira

imagen descriptiva

San Pacomio, tan desesperado por las tentaciones del diablo que se desnudó ante una hiena para que ésta lo devorase; como el animal no lo hizo, intentó que una víbora le mordiese los genitales, también sin resultado. Santo Estéfano, quien "sufrió una grave enfermedad en los testículos y tuvo un cáncer en la punta del pene". San Elías, que (lo cuenta Gustave Flaubert en los Apuntes editados y traducidos por Eduardo Berti y publicados recientemente por Páginas de Espuma) fundó un monasterio con trescientas vírgenes y, angustiado por la previsible concupiscencia que lo invadía, se hizo castrar por los ángeles. Ninguno de ellos aparece en la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, la bella reunión de hagiografías que está en el origen del nuevo libro de César Aira y que, sin embargo, no incluye santos menos singulares ni trayectorias más disparatadas.
 
En la obra de Santiago de la Vorágine tampoco se encuentra el santo innominado de este libro, quien, tras anunciar que desea retirarse a su aldea natal en Italia, es mandado matar por unos comerciantes de la ciudad de Barcelona (¡!) que pretenden mantener el flujo de peregrinos del que depende al menos parcialmente la economía local creando un santuario que aloje sus restos. Al igual que en varias de las historias de la Leyenda áurea, el santo escapa de ese peligro, se embarca, naufraga, es vendido como esclavo a un potentado; a diferencia de los santos que son su modelo, sin embargo, su periplo vital no lo aparta del mundo ni le otorga ninguna sabiduría.
 
La santidad del personaje de Aira es la de quien se lanza al mundo y descubre en él el amor, la decepción, la renuncia y la aventura. No importa que no se diga nada acerca de los milagros del santo y que éste ya no los realice más: su santidad está al margen de toda discusión porque consiste en la recuperación del tiempo perdido que está en el fondo de la experiencia de la literatura.
 
De la misma forma en que la santidad del personaje de este libro no puede ser puesta en duda, tampoco lo puede ser la inteligencia de su autor: la idea del comercio en el período previo al capitalismo como "una gran escalera por la que se subía y se bajaba al mismo tiempo" (31), la de la realidad como la "mano invisible" que pone orden en la sucesión de hechos inconexos (33), la discusión sobre las relaciones entre esclavitud y lenguaje (37-38) y las del amor y la verdad, la idea de que el asesinato, la coacción y el robo son "intrínsecamente inútiles" porque "los bienes cambian de mano de todos modos" (133) y la historia de la creación de catástrofes artificiales como forma de evitar esas catástrofes bajo el imperio de la "falacia del jugador" ponen de manifiesto la lucidez que los lectores de Aira conocen bien; una lucidez y una inteligencia que parecen oponerse a la ilusión novelesca, pero que en las novelas de Aira, y sólo en ellas, la hacen posible.
 
El santo inaugura la "Biblioteca César Aira" en Literatura Random House; los lectores harán bien en proseguir la indagación en sociedades complejas y a menudo absurdas que aparece en esta novela en las tolderías de Ema, la cautiva, los milagros en la hilarante Las curas milagrosas del doctor Aira, las superposiciones de ficción y realidad en La mendiga: la fascinación por la singular, ineludible inteligencia y gracia de César Aira en Un episodio en la vida del pintor viajero y en todos sus otros libros.
 
 
César Aira
El santo
Barcelona: Literatura Random House, 2015

[Publicado el 31/8/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: César Aira, Literatura Random House, Novela]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

"Mi gato Tyke" / Jack Kerouac (Cita)

imagen descriptiva

El escritor estadounidense Jack Kerouac (1922-1969) / Y gato

Ahí lo veo a mi gato Tyke, sentado en el césped de otoño, los ojos dorados entreabiertos, sereno, nada puede perturbarlo, ni siquiera los ladridos lejanos de los perros o la estridencia de los aviones que, arriba, dejan su estela en el vacío azulado -aviones a París y Bombay, Port Swettenham y Cádiz, pero ¿qué le importa esto a un gato? A menos, claro, que un gato español apareciera de pronto delante de él. En ese caso, lo perseguiría hasta expulsarlo del patio. Debo decir que desde que le compré a mi madre esta casita de cuatro habitaciones, el gato ha custodiado con mucho celo la entrada de intrusos, ya fueran gatos o perros, aunque permite que los pájaros (incluso las tórtolas) coman tranquilas las migas de pan que mi madre, tan buena, les deja todas las mañanas (junto con semillas para pájaros)- Tyke tiene una valla que impide la entrada de perros, pero persigue a cualquier gato que se cuele, aunque una vez un macho gris logró seguirlo no sé cómo y llegó a olfatear su entrada secreta a través de la ventanita del sótano donde mi madre improvisó una desvencijada casucha parecida a una choza de los tarahumaras en los suburbios de Ciudad Juárez -Por esa casita, Tyke se desliza silenciosamente al sótano, usa de escalera una mesa con dos cajas encima, sube y empuja con suavidad la puerta de la cocina (nunca trabada ni cerrada con llave) para maullarle a la leche y a la deliciosa comida balanceada- Este gato gris había aprendido el ardid y una noche se produjo una ruidosa pelea en la cocina -Pero aun así el gato gris entra sigilosamente, espía con los ojos verdes si todos duermen y si Tyke, el dueño, salió de putas, y en ese caso devora todo lo que puede y se va como llegó.
 
Suspiro al pensar que los problemas de Tyke son mucho más puros que los míos -Yo hago el equipaje y me visto para tomar un avión a Hollywood, donde tendré que aparecer en el programa de televisión de Steve Allen, que será transmitido de una costa a la otra. Voy a leer seis minutos de mi poesía y mi prosa lamentables- ¿Traga saliva Tyke porque millones de espectadores verán esa cara el lunes a la noche y pensarán todo tipo de cosas, pensamientos de cólera que no pueden ser mejores que no tener pensamiento alguno? Tyke es como ese sabio taoísta chino que se mantiene en un nivel tan bajo como el del valle porque jamás será visto alzándose encima de nada para derribar aquello sobre lo que se alza: el Rey Secreto del Valle.
 
Así que ahí está, el dulce Tyke, mi hermano, cruza de persa y callejero de Florida; medita en silencio, las garras plegadas, el cuerpo encorvado como un gato Buda, los ojos casi siempre cerrados, poco dispuesto a que lo perturbe mi saludo o el rugido de un avión, se queda sin más sentado en el paso bajo el sol de noviembre, habitado en cada músculo por la Sabiduría del Sagrado Egipto. -"¿Y viaja en avión a la Costa Oeste?", me pregunto. "¿Firma contratos, paga impuestos, abre los sobres de la correspondencia o lo apena el horror universal?" No. Contempla la línea del horizonte, allí donde el espacio se disuelve en el vacío que existe en el interior de él mismo y en el interior de todas las cosas - es miércoles y su novia gata en la otra punta del barrio sabe que él va a visitarla esta noche -y él, Tyke, sabe que se comerá un ratón y que el ratón lo comerá- la eternidad lo abate; la soberbia lo corroe, pero en el fondo nada le importa mucho, ja, ja. Y mañana al amanecer, cuando yo esté ya a casi 5000 kilómetros para ocuparme de mis naderías, él entrará a casa con la cola baja, y:
 
Roto el ayuno
el gato se ensortija
en la cuna del alba
 
y esto es tan evidente como el reflejo de mi nariz en el espejo del mediodía.
 
El gran poeta inglés Christopher Smart dijo de su gato: "Pensaré siempre en mi gato Jeoffry... es ajeno a toda destrucción si está bien alimentado, y no escupe jamás si no lo provocan... todo hogar está incompleto sin él y falta una bendición en el alma... Él sabe que Dios es su Salvador... No hay nada más dulce que su paz cuando duerme".
 
 
El autor
 
La publicación, en 1957, de En el camino le confirió a Jack Kerouac una fama súbita cuya administración (la administración de su brillo y la de su decadencia) lo ocuparía casi hasta su muerte. Un efecto colateral de esa fama fueron los encargos que recibió de distintas revistas. Si bien había tenido una iniciación en la crónica periodística ya antes de los veinte años, Kerouac aprovechó ahora esa demanda para justificarse a sí mismo. Los artículos, ensayos y ficciones breves incluidos en este libro, originalmente publicados en su mayoría en revistas como Esquire, Playboy, Evergreen Review o Escapade, y traducidos aquí por primera vez al español, tienen una sostenida entonación programática: la tienen ya sea porque adoptan la forma nítida del manifiesto (como los famosos escritos sobre poética y sobre la "prosa espontánea"), o porque ponen en acto ese mismo programa tanto a la hora de relatar el encuentro de Kerouac con un fantasmal cantante de blues que podría ser él mismo como en sus crónicas deportivas, en la descripción del nacimiento del bop o de las afinidades de su escritura con las fotos de Robert Frank o la prosa de Céline. Además de la justificación, Kerouac tiene en mente el ajuste de cuentas con la propia Beat Generation, y lo resuelve oscilando entre el recuerdo de sus orígenes y la crítica de su evolución. Si existía algo que pudiera llamarse "filosofía" de la Generación Beat, Kerouac era el único en condiciones de formularla. La Generación Beat fue acaso la generación de un hombre solo, el propio Kerouac, ángel profano, que no quería pertenecer a ninguna generación. (Pablo Gianera)
 
 
En:
Jack Kerouac
La filosofía de la Generación Beat y otros escritos
Trad. Pablo Gianera
Pról. Robert Creeley
Buenos Aires: Caja Negra, 2015

[Publicado el 28/8/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Jack Kerouac, Pablo Gianera, Cita]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Intensidad emocional / "Los desafortunados" de B. S. Johnson

imagen descriptiva

Crédito de la imagen, de la editorial.

Una caja, veintisiete cuadernillos sin numerar ni coser, un testimonio de la desintegración y del dolor de la pérdida. Los desafortunados de B. S. Johnson no es la primera manifestación de la aleatoriedad en literatura ni la más radical: de hecho, la decisión por parte del autor de titular "Primera" y "Última" a dos de las veintisiete partes del libro, imponiendo así al lector un punto de acceso al texto y otro de salida, no sólo le resta aleatoriedad sino que también pone de manifiesto una contradicción evidente del propio autor, que concibió un texto aleatorio sobre el que (paradójicamente) pretendía mantener el control.
 
A pesar de ello, Los desafortunados es un texto notable, cuyo tema es (como recuerda Jonathan Coe en una introducción magnífica que, sin embargo, quizás sea mejor leer después de la novela) la amistad entre Johnson y Tony Tillinghast, un académico de Nottingham muerto de cáncer en su juventud: una visita a la ciudad de las East Midlands de camino a Manchester (donde Johnson, que fue periodista deportivo durante algún tiempo, debía reseñar el derbi local) y el recuerdo de que él había estado muchas veces allí en el pasado, visitando a Tillinghast y a su mujer, llevaron a su autor (y también al narrador de esta historia: aquí no parecen existir diferencias entre uno y otro) a recordar atropellada, desordenadamente, la amistad con éste.
 
No es una amistad notable, ni particularmente íntima ni especialmente satisfactoria: el narrador de Los desafortunados recuerda un viaje a Nottingham con una joven llamada Wendy, el primer encuentro con Tony, su ayuda en la creación de una revista nacional de estudiantes universitarios, más visitas, una fiebre, sus dificultades durante los exámenes finales, varios encuentros en pubs, su colaboración en los anteriores proyectos literarios del autor, la convalecencia de Tony en casa de sus padres, su "desintegración" a manos del cáncer, su funeral. "Los encuentros se funden, lo trivial con lo importante, nuestra vida con su muerte", escribe Johnson.
 
La aleatoriedad en literatura pretende contribuir por lo general a una desjerarquización de las relaciones entre autor y lector; si esta no se produce en Los desafortunados, debido a que su aleatoriedad está controlada y los fragmentos son intercambiables (no hay progresión narrativa, aquí, por lo que el lector del libro no asume ningún riesgo al leerlo de cualquier manera; tampoco su autor, por cierto), sí tiene lugar una cierta desjerarquización de lo trivial y lo relevante, que se suceden sin orden aparente en la mente del narrador (y en el texto) mientras éste pasea, compra jamón, se lo come, entra en un pub, toma dos copas de Marsala, observa a los reclutadores del ejército y a los primeros aficionados que se dirigen al estadio, ingresa en él, narra (mediocremente) el partido, cena rápidamente antes de tomar el tren de regreso a Londres, etcétera.
 
Algo de esto recuerda al Ulises, naturalmente: el arte de Johnson es el mismo que el de James Joyce y Samuel Beckett y se basa en el talento para la focalización interna en el personaje en la modalidad llamada "monólogo interior". En un pasaje del libro, se dice "cualquier cosa significa algo si uno le impone un sentido, lo que en sí mismo es un sinsentido, la imposición". Fiel a ello (y en virtud de que, como afirma, "lo difícil es entender sin generalizar"), en Los desafortunados Johnson presenta cada acontecimiento como si fuese autónomo y sólo pudiese suceder una vez. Esta traición a la naturaleza del recuerdo y a su carácter de repetición de hechos del pasado (a su naturaleza iterativa, podría decirse), es lo más destacable de este libro y una justificación implícita de su forma, (casi) sometida al libre albedrío del lector. Pero lo mejor, el mérito principal de Johnson, radica en su sinceridad y en la intensidad con la que narra sus pérdidas.
 
 
B. S. Johnson
Los desafortunados
Trad. Marcelo Cohen
Pról. Jonathan Coe
Barcelona: Rayo Verde, 2015

[Publicado el 26/8/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: B. S. Johnson, Novela, Rayo Verde]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2016 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres