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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de julio de 2015

 Blog de Patricio Pron

Perros / El País 4

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Robert Walser murió solo porque Carl Seelig, quien había prometido dar un paseo con él ese día, tenía a su perro enfermo y prefirió quedarse en casa cuidándolo. Max Aub narra el "crimen ejemplar" de una mujer que mató a su marido porque éste prefería a su animal de compañía. Los perros entran y salen de la literatura desde sus orígenes; también de nuestras vidas. Utilizados a menudo como símbolo y manifestación de la fidelidad sin condicionantes, los perros parecen ser, sin embargo, menos atractivos como tema literario que los gatos, posiblemente debido a que su complacencia sólo los hace verosímiles como objeto de torturas o como figuras dadoras de afecto. Anton Chejov hizo decir a uno: "Los humanos no comen los huesos que la cocinera hizo hervir para la sopa ni beben el agua en que los hirvió. ¡Qué idiotas!", pero el hecho de que los perros no parezcan juzgarnos (a diferencia de los gatos, que lo hacen todo el tiempo) vuelve la frase inverosímil.
 
Naturalmente, hay decenas de perros con opiniones bien fundadas sobre sus amos: piénsese en el "Coloquio de los perros" cervantino o en aquel relato del argentino Copi en el que unos perros pastores alemanes exigen ser devueltos a Alemania para crear allí un régimen en el que los humanos sean alimentados por ellos y no al revés. Sin embargo, su bonhomía, la facilidad con la que aceptan ser entrenados, su fidelidad, hace que sus opiniones sean más bien discutibles. ¿Se puede extraer alguna enseñanza de la observación de un perro? Lo dudo; pero, si es así, tal vez lo que podamos aprender se resuma en otra frase de Chejov: "El perro hambriento sólo cree en los huesos". Buena parte de nuestras convicciones tiene su explicación en ella.
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 07/10/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Robert Walser]

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Fanáticos / El País 3

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El pintor Ávida Dollars (según Luis Buñuel). Fotografía de Willy Rizzo.

Salvador Dalí intentó colarse tres veces en la residencia vienesa de Sigmund Freud y tres veces fue rechazado. Había leído La interpretación de los sueños en 1922 y se había convertido en un admirador incondicional de la obra de Freud, a quien consideraba un genio: según observaba, su cráneo semejaba la concha de un caracol, de modo que la fijación por el padre del psicoanálisis y los moluscos gasterópodos fue un tema recurrente en sus conversaciones hasta que, quizás para cambiar de tema, el mecenas Edward James y el escritor Stefan Zweig organizaron un encuentro entre los dos en julio de 1938 en Londres. Freud acababa de escapar de la Austria anexionada por el nacionalsocialismo y estaba muriendo del cáncer de mandíbula que iba a acabar con su vida al año siguiente. Dalí no hablaba ni alemán ni inglés y el diálogo fue imposible, así que Dalí se sentó a dibujar a Freud mientras éste conversaba con James y con Zweig. Años después afirmaría que aquel encuentro fue una de las experiencias más importantes de su vida, pero posiblemente Freud no fuese de la misma opinión.
 
Nos gusta pensar que los encuentros entre las personas que admiramos depararán momentos también admirables, pero esto casi nunca sucede, posiblemente debido a que en ellos se impone la adulación o la indiferencia. ¿Es mejor no conocer a nuestros ídolos? No lo sé. Dalí dibujó a Freud como un híbrido monstruoso entre caracol y humano; Zweig consiguió interceptar la obra antes de que éste la viera, convencido de que se enfadaría, y el padre del psicoanálisis nunca pudo contemplar su retrato. Sólo dijo, mientras Dalí lo dibujaba: "Este joven parece un fanático. No me sorprende que tengan una guerra civil en España si todos son como él".
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 02/10/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Salvador Dalí, Sigmund Freud, Stefan Zweig]

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Automóviles / El País 2

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Time Magazine, 21 de diciembre de 1931.

Una tarde de 1931, a los dieciocho años de edad, John Scott-Ellis arrolló a un hombre en las calles de Múnich. Entre las circunstancias atenuantes se encuentran las que siguen: acababa de comprar el automóvil, las calles del centro de Múnich suelen ser intrincadas y el peatón había cruzado la calle sin prestar atención al tráfico. Scott-Ellis iba a baja velocidad, pero el golpe arrojó al peatón al suelo; cuando se levantó, con dificultad, aceptó las disculpas y continuó su camino. "Acabas de atropellar a Adolf Hitler", le dijo alguien a Scott-Ellis; a éste, que acababa de llegar a Alemania, el nombre no le resultaba familiar, pero cuando escribiese sus memorias, afirmaría: "Quizás, por algunos segundos, tuve la historia de Europa en mis, más bien torpes, manos. Sólo le di un revolcón, pero, si lo hubiera matado, habría cambiado la historia del mundo".
 
La fantasía de que un sujeto puede alterar la Historia no es patrimonio de los aristócratas británicos, sin embargo: se pone de manifiesto cada vez que hablamos de "la España de Franco", "las purgas estalinistas" o "el gobierno de Pétain". Nuestro interés en que la Historia sea patrimonio de "los grandes hombres" no sólo aspira a ofrecer una explicación sencilla a procesos políticos complejos; también es una forma de eximirnos de las responsabilidades que derivan de aceptar que la Historia es lo que hacemos. ¿Hubiese dado un vuelco si Scott-Ellis hubiera conducido a mayor velocidad? Muy posiblemente no, ya que Hitler era el producto de fuerzas latentes en la vida política alemana, no necesariamente su impulsor. Vale la pena recordarlo la próxima vez que caigamos en la tentación de buscar un salvador o dejemos nuestro futuro en manos de cualquiera, incluso aunque no se trate de un aristócrata británico de dieciocho años de edad.
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 30/9/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: John Scott-Ellis, Adolf Hitler]

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Gatos / El País 1

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Céline y su gato Bébert en Copenague, en 1945. Crédito de la fotografía, desconocido.

Algo antes de morir, Richard Matheson se internó en su casa durante un incendio para salvar a su gato. Quizás sólo un escritor pueda entender la importancia de ese gesto: el autor de Soy leyenda y otros libros no arriesgó su vida para rescatar un manuscrito, una obra en curso o unos papeles, sino para salvar a su gato. No sabemos el nombre del afortunado, pero sí los de otros gatos de escritores, como Spider, el de Patricia Highsmith; Beppo, el de Jorge Luis Borges; Catarina, la gata a la que Edgar Allan Poe escribía cartas cuando estaba de viaje; Williemina, que había aprendido a apagar las velas con una pata para que Charles Dickens abandonara lo que estaba haciendo y se fuera a la cama. En su libro Céline secreto, la viuda del autor de Viaje al fin de la noche recuerda a Bébert, el gato que acompañó a la pareja en su huída de Francia en tren: "Bébert nos salvó la vida. Me sentía tan sola que me hubiera dejado morir si no fuera para que mi gato viviese. Era él quien nos creaba un pequeño hogar, un corazón que latía". Céline había firmado panfletos antisemitas durante la Ocupación y huyó a Dinamarca, donde alternó la cárcel con viviendas precarias hasta que pudo regresar a su país. En algún momento adoptó un perro y solía escribir con él atado a su cintura para que no devorase a Bébert, que siempre estaba vigilante. El gato "vivió con nosotros este trozo de historia, totalmente inmóvil en su mochila, sin pedir comida ni bebida, como abstraído dentro de sí mismo y en contacto directo con la atrocidad del mundo", cuenta la viuda de Céline. En estos momentos, otros gatos (en Gaza, en Siria, en África, en Ucrania) contemplan con sus ojos esa atrocidad y ofrecen a sus dueños algo parecido a un hogar en la intemperie.
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 25/9/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Louis-Ferdinand Céline]

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¿Qué significa ser un escritor? / Una conversación con Iván Farías / Preguntas XIV

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En esta conversación tampoco se habla de Monsieur Dubois.

Iván Farías nació en Ciudad de México en 1976 y es narrador y crítico de cine. Ha publicado dos volúmenes de cuentos y dos de ensayo, además de una novela corta. Con el libro "Entropía" se hizo acreedor al Premio Beatriz Espejo de cuento en el 2003 y fue considerado por el Reforma como uno de los mejores de ese año. Cuentos suyos han aparecido en "El cuerpo remendado", "Lados B", "Bella y Brutal Urbe" y "Si está muerto, sonría" entre otras antologías, así como en diferentes revistas y periódicos de circulación nacional en México, Argentina y Chile. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Las preguntas son de su autoría.
 
Hay una cosa que siempre he criticado: el escritor que habla sobre escritores, sin embargo en tu obra lo llevas más allá del romanticismo facilón. Lo conviertes en una búsqueda para saber qué significa ser autor. Mi impresión es que "El comienzo de la primavera" es como la base en donde descansa tu más reciente libro, "El libro tachado".
 
Posiblemente sea así. Entre "El comienzo de la primavera" y "El libro tachado" hay un período de seis años y cinco libros, y supongo que la pregunta acerca de qué significa ser un autor (y por qué razón lo soy yo, qué vínculos hay entre la literatura y la vida, cuál es el ámbito de intervención, el territorio, de la literatura) es una pregunta que me he hecho muchas veces en ese tiempo. Quizás haya escrito esos cinco libros, y especialmente "El libro tachado", para intentar respondérmela, sólo para descubrir que la pregunta no admita una respuesta simple.
 
En tu libro de relatos "La vida interior de las plantas de interior" hay cuando menos dos cuentos donde ahondas en el mundillo literario con críticas severas, una a los concursos literarios y otro a la envidia que produce el éxito. ¿Cómo han sido recibidas estas historias? ¿Has escuchado críticas a ellos?
 
No, no realmente. Las personas que dieron origen a esos cuentos (porque están basados en historias reales) prefirieron fingir que no los habían leído y quienes dijeron leerlos no se identificaron con sus personajes porque nadie quiere identificarse con personajes mezquinos o fracasados, lo cual me parece muy razonable y es la causa por la que escribí esos cuentos en primer lugar.
 
En este mismo libro hay un relato donde un joven escritor comparte edificio con un autor a quien él admira. Esta convivencia sin convivencia modifica para siempre la vida del novel narrador. ¿Es el escritor una especie de mago? ¿El uso de la palabra puede cambiar tanto la existencia de quienes rodean a un autor?
 
En relación a la primera pregunta, yo invertiría la afirmación para decir que todo acto de magia es un acto narrativo, cosa que, por lo demás, es bastante evidente. En cuanto a lo segundo, la respuesta es sí, nuestra relación con las personas que nos rodean cambia bastante cuando en ella participa la literatura, que es una de las causas de numerosos divorcios y accidentes. Pero también se puede aprender de un escritor, y yo he tenido la suerte de que algunos a los que yo consideraba mis maestros me permitieron vivir cerca de ellos y aprender a su lado durante un tiempo: todo lo que he hecho desde entonces es tratar de demostrarles que su generosidad y su ejemplo no han sido para nada.
 
¿Cómo es el proceso de creación "El libro tachado"?
 
Un proceso muy placentero, surgido de dos incomodidades (con el ensayo reciente en español, que ha perdido buena parte de su capacidad para establecer un diálogo provechoso con el lector, y con las voces que auguran la "muerte" de la literatura) pero nada incómodo en sí mismo porque, al revisar mis notas y mi diario de lecturas en busca de noticias acerca de esa supuesta "muerte", lo que encontré fue que en los últimos diez años, y sin saberlo, no había hecho más que leer sobre el tema. A partir de ese punto, todo consistió, no en saber qué argumentos utilizar para apoyar mis hipótesis, sino cuáles dejar de lado, y cómo escribir un libro que pudiera o pueda ser leído de cuatro o cinco formas distintas, como sucede con "El libro tachado".
 
El libro parece inabarcable. Es un libro que lleva a otros libros en una especie de laberinto, aunado a todas esas notas a pie de página. ¿Esa era tu intención?
 
Sí, mi intención era que el libro supusiese un descubrimiento para algunos lectores y que esos lectores pudiesen hacer los suyos propios tirando de alguno de los muchos hilos que se le ofrecen. Siempre me han gustado los libros que no se agotan en sí mismos, sino que permiten a sus lectores continuar "viviendo en ellos" mediante la investigación posterior; me parece que esos son libros cuyos autores han sido generosos, y quise que también el mío libro fuera así, una casa o al menos un refugio para algunos lectores en tiempos que no son buenos pero tampoco parecen mejorables, al menos para la literatura.
 
En el primer capítulo tocas el tema de las máquinas de hacer poemas. Los generadores de memes son como los parientes digitales de estas máquinas. Una frase inocua puesta en una foto de Cortázar la vuelve póstuma. ¿La gente de ahora es más crédula que la de antes?
 
No lo creo. Más bien pienso que hemos llegado a un punto en el que, por una parte, es imposible reconocer ya si los textos que leemos han sido escritos por un autor real o por una máquina, y, en segundo lugar, nos vemos incapacitados para reconocer qué es real y qué no lo es. Los "memes", las "autofotos" o "selfies" son intentos más o menos exitosos de tratar de estar al corriente de "lo que pasa" e inscribirnos en una sucesión de acontecimientos, pero esa sucesión sólo es real en el historial de un navegador, en el muro de Facebook o en el "timeline" de cualquier otra red social, al tiempo que la vida sucede en otro sitio, de tal forma que toda esa producción textual (toda esa "literatura" en sentido amplio) es producida y consumida de espaldas a la vida y con una relación precaria con ella. "El libro tachado" es, también, un intento de alertar acerca de este estado de cosas.
 
Al terminar el capítulo de las falsificaciones y plagios me quedó la sensación de que cierta manera son también artistas. El caso Nahuel Maciel es paradigmático. No cualquiera puede ser un plagiador y mentiroso con éxito. ¿Tiene algún tipo de mérito estos sujetos?
 
Por supuesto. En mi opinión, el plagio funciona como línea demarcatoria del ámbito de lo posible en la literatura en un momento histórico específico u otro, así que los autores que plagian, con mayor o menor talento, nos obligan a recordar que nuestras convenciones literarias son el producto de un consenso que puede y debe ser puesto en cuestión en todo momento. Los plagiarios, por decirlo así (ya que no estoy muy seguro de que lo que hagan sea "plagio" o de que se pueda hablar de plagio en ciertos casos), son invitados a cenar que ponen los codos sobre la mesa, lo cual es una descortesía pero también una forma de comer como cualquier otra.
 
Para terminar. ¿Qué escribes ahora?
 
Una novela que forma dúo o díptico con "El libro tachado", pero esa novela es todavía una posibilidad y yo siempre prefiero hablar de hechos.
 
 
[Publicado originalmente en Letras Inquietas. México, 8 de septiembre de 2014.]

[Publicado el 23/9/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Iván Farías, Preguntas]

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La vulgaridad de su época / "Gustav, el férreo" de Hans Fallada y el problema de los rescates

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El escritor alemán Hans Fallada (1893-1947).

Gustav Hackendahl es un oficial retirado de la caballería prusiana que es propietario de una caballeriza y de una importante cantidad de carruajes en Berlín. A pesar de haberse retirado del ejército veinte años atrás, Gustav conserva la férrea disciplina militar, que emplea en la educación de sus cinco hijos y en el trato con su mujer y sus empleados. Sin embargo, la educación que les ha impartido tiene un efecto contrario al deseado: uno de los hijos no ha podido rebelarse aún contra el padre y trabaja en las caballerizas al tiempo que tiene mujer e hijo en la clandestinidad; otro le roba dinero para correrse juergas; otra, Eva, le roba para emanciparse. Las cosas se complican cuando el hijo ladrón es descubierto y castigado por el padre y huye de la casa llevándose el dinero robado por una de las hijas, al tiempo que ésta es chantajeada por un ladrón que la convierte en su cómplice y en su querida. Comienza lo que después sería conocido como la Primera Guerra Mundial: Erich, el hijo ladrón, se apunta como voluntario en la contienda, otro hijo es reclutado, una hija se marcha como enfermera al frente y los caballos de Hackendahl son expropiados en dos ocasiones, lo que le obliga a volver a trabajar de cochero. Eva es expulsada de la casa por Gustav y poco después éste descubre que su hija se prostituye. Tras dos años en el frente, Otto, el hijo reclutado (el otro, Erich, ha sido ascendido a teniente) regresa a Berlín y se reencuentra con su mujer y su hijo, y con su padre, que le rechaza. Otto busca a Eva pero también recorre las granjas de las afueras de Berlín mendigando comida; antes de regresar al frente se entera de que su mujer está embarazada una vez más. Poco después muere. Erich regresa a Berlín y se convierte en un agitador socialdemócrata. Heinz, el más pequeño de los Hackendahl, descubre el amor con una vecina y recorre Berlín siendo testigo de los acontecimientos revolucionarios que sucedieron a la abdicación del káiser. En la noche siguiente, Heinz y su novia acompañan a Erich a su villa y le informan que su padre está quebrado; al mismo tiempo, Eva balea a su chulo y huye. Gustav, que se ha dado a la bebida tras perderlo todo, se desentiende de sus hijos y vuelve a trabajar de cochero tras renunciar a la hipoteca que había asumido para regentear el alquiler de unas habitaciones. La amante de Erich seduce a Heinz, pero, tras un período, le abandona. Heinz procura ayudar a Eva, que acaba marchándose con su chulo, que ahora está ciego. Heinz finalmente acepta un trabajo en un banco y se marcha a vivir con la viuda de su hermano Otto y sus hijos. Mientras tanto, Gustav malvive estafando a sus escasos pasajeros con la connivencia de un tabernero; en la taberna tiene un encuentro con Erich, que ahora es especulador, y cuando éste lo reconoce le dice que ya no quiere nada con él. Erich se ve involucrado en el asunto de Eva y su chulo cuando éste consigue mediante amenazas que se convierta en su abogado defensor. Heinz visita a Eva en la cárcel pero ésta le exige que no vuelva a visitarla. Una herencia sorpresiva desahoga un poco a la viuda de Otto y a sus hijos. Erich se marcha a Ámsterdam, donde obtiene una pequeña fortuna apostando contra el marco alemán en la Bolsa, pero se ve obligado a regresar a Berlín. Allí, Heinz reconquista a su antigua novia y se casa con ella pero más tarde pierde su puesto en el Banco y tiene que marcharse a la propiedad rural de la viuda de su hermano. Gustav, que sigue siendo cochero pese al auge de los automóviles, se encuentra casualmente con su hija Sofia, que es superiora de un hospital de religiosas, y ésta le ofrece un puesto de porteador que Gustav rechaza para acabar aceptando más tarde. Heinz consigue trabajo en una banca informal en cuyos oscuros negocios está involucrado su hermano; cuando éste último lo descubre, lo despide. Heinz le denuncia y el Banco es cerrado: Heinz se queda sin empleo, y pese a haber tenido un hijo (que ha supuesto la reconciliación con su padre), su carácter comienza a agriarse. Gustav sigue trabajando como porteador y chico de los mandados de Sofía hasta que ésta lo despide y debe volver a su trabajo de cochero. Una noche encuentra a Erich en su casa y lo echa; esa misma noche Erich es detenido en la calle y acusado de traición a la patria por sus maniobras especulativas. Gustav decide viajar a París con la finalidad de demostrar la vigencia del coche de caballo y consigue la colaboración de un aspirante a periodista que obtiene para él un contrato a cambio de que le otorgue la exclusiva. Gustav lleva a cabo el viaje y regresa a su casa.
 
Der eiserne Gustav [Gustav, el férreo] es considerada una de las obras más importantes de Hans Fallada, autor de la Neue Sachlichkeit conocido principalmente por su obra Pequeño hombre, ¿y ahora qué?, de 1932, y convertido recientemente en uno de los autores alemanes del siglo XX más leídos mundialmente gracias al éxito de la edición inglesa de su novela Solo en Berlín. Quien haya leído el resumen anterior posiblemente no comprenda por qué. En las novelas de Fallada las pasiones son prescriptivamente exageradas y otorgan un carácter casi caricaturesco a los personajes: al igual que los del folletín decimonónico, sus personajes experimentan cambios inverosímiles desde el punto de vista del lector contemporáneo, el principal de los cuales es (en este caso) la transformación del protagonista, que pasa de ser un férreo padre prusiano a un cochero berlinés bonachón y desenfadado. Este cambio no se ve fundamentado en el argumento, cuya sucesión de catástrofes grandes y pequeñas parece más bien susceptible de agriar un carácter antes que de mejorarlo.
 
De Gustav, el férreo hay una traducción al español de 1961, en las Novelas Escogidas que tradujo Rafael de la Vega para la editorial Aguilar; otras obras suyas habían sido publicadas antes y serían publicadas después, pero Fallada tendría que esperar más de treinta años desde la publicación de Un hidalgo de Pomerania en Círculo de Lectores (1975) hasta su redescubrimiento por parte de la editorial Maeva, que publicó Pequeño hombre, ¿y ahora qué? en 2009 y Solo en Berlín en 2011 para luego ceder su lugar a Seix Barral, que ha editado El bebedor y En mi país desconocido: Diario de la cárcel, 1944 en 2012.
 
El mérito principal de Gustav, el férreo a los ojos del lector contemporáneo es su precisa reconstrucción de los tiempos turbulentos de entreguerras y de la República de Weimar: Fallada consigue dar cuenta de tragedias sociales y políticas de gran complejidad con unos cuantos trazos y haciendo de sus personajes los protagonistas de esas tragedias en vez de sus meros espectadores, pero, en general, su obra no puede compararse con la excelente Los demonios, del austríaco Heimito von Doderer, ni con Berlin Alexanderplatz, de Alexander Döblin, que se ocupan de los mismos temas. No hace falta decir que ni Döblin ni von Doderer tienen en nuestros días la popularidad de la que disfruta Fallada, al menos en el ámbito anglosajón.
 
La historia de la literatura se escribe de forma caprichosa y a menudo desconcertante: Fallada tiene un estilo sentencioso y de a ratos pesado, y toda su obra está viciada por el exceso de diálogos. Esos vicios adquieren, en el contexto de su aceptación reciente, una cualidad distinta, sin embargo, y vale la pena preguntarse (y esta es la razón de esta disidencia) si no es un retroceso general de la discusión sobre literatura y un empobrecimiento mayoritario del gusto (además de una visión muy extendida pese a ser errónea según la cual los autores alemanes producen exactamente el tipo de literatura que escribió Fallada: melodramática, trágica, sentenciosa, seria) los que operan en su recuperación. Es decir, si no es una condescendencia excesiva por nuestra parte en tanto lectores y la lectura de tantos malos libros contemporáneos las que legitiman ante nuestros ojos, y los promueven, a los malos autores del pasado y a sus libros. ¿Qué se "rescata" del pasado literario y cómo? es la pregunta que deberíamos hacernos, a pesar de que es probable que la respuesta a esa pregunta nos resulte incómoda. Piénsese, por ejemplo, en todas esas señoras de clase alta que escribieron sus novelas en la primera mitad del siglo XX en algún sitio de la campiña inglesa: eran todo aquello contra lo que autores como Virginia Woolf y George Orwell escribían, la vulgaridad de su época. ¿Qué ha sucedido de allí a entonces para que se nos vendan ahora como gran literatura, y quiénes pierden con el cambio?

[Publicado el 18/9/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Hans Fallada, Disidencias]

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Preguntas XIII / Georges Perec / Jorge Luis Borges / El lenguaje / El tono / Las formas de corregir

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Gerges Perec, que estás en los cielos. Crédito de la imagen, desconocido.

Esto es una entrevista temática acerca del nivel retórico, del uso de la palabra, que es en definitiva de lo que se hace una obra literaria. Y empecemos por esto: ¿Crees que efectivamente la literatura se ‘hace de palabras'? Es decir, más allá de argumentos y temas, ¿existe una esencia independiente que radica en la elaboración del lenguaje? O no...
 
Sí, pienso que esencialmente es una cuestión de lenguaje, y de los efectos que pueden crearse con él en la mente de un lector. Argumentos y temas son, por supuesto, abstracciones que realizamos a partir del material del que disponemos como lectores, y ese material siempre es lingüístico.
 
Has vivido en varios sitios y ‘gestionado' distintos castellanos, ¿en qué castellano escribes? ¿Es distinto del ‘habla' que usas en el día a día? ¿Cómo llevas esta posible disyuntiva?
 
No establezco distinciones entre lengua de escritura y cotidiana; sin embargo, me interesa mucho la "transparencia" de las buenas traducciones, que dan la impresión de "colgar en el aire" y de no pertenecer a ningún sitio, que es, por otra parte, mi situación personal. Entiendo que se diga que se debe escribir "como se habla", pero no tengo la impresión de que haya que ser muy consecuente en este sentido, ya que la literatura no tiene por qué representar nada, tampoco ninguna hipotética identidad lingüístico-nacional.
 
¿Qué autores consideras que basan toda su obra esencialmente en el leguaje y te son afines en su re-creación de la palabra?
 
Flann O'Brien, James Joyce, Bob Dylan, David Foster Wallace, Georges Perec, Raymond Queneau, Arno Schmidt, W.G. Sebald, Thomas Bernhard, Javier Marías, Sergio Pitol, Roberto Merino, Marcelo Mellado, Fogwill, Sergio Chejfec, Mario Bellatin y otros.
 
Has mencionado a George Perec, uno de los fundadores del grupo ‘Oulipo', que proponía una serie de ejercicios y juegos con el lenguaje: háblame del componente lúdico de la creación literaria y de aquella época en que para el escritor era fundamental reinventar las formas.
 
¿Qué decir de Perec? A mí me parece un autor fundamental, no sólo por su obra sino por las puertas que esa obra ha abierto a los escritores posteriores. Perec comprendió que no existe libertad sin restricción, y fue a la primera desde la segunda, que es una magnífica forma de concebir la literatura. En cuanto a la época en que, como dice, "era fundamental reinventar las formas", pienso que el uso del pretérito es inapropiado: esa época es ahora, en este mismo momento.
 
Hablemos de Borges más detenidamente: en el momento en que el autor argentino escribió su obra, el castellano literario de América Latina estaba lleno de hojarasca, y me atrevo a decir que de provincianismo (sin generalizar): ¿Cuáles son los aportes borgianos en el uso de la palabra?
 
Borges nos liberó (y hablo aquí de los escritores latinoamericanos) de la obligación de escoger entre la fantasía de un español "peninsular" (como si existiera tal cosa) y un español "autóctono" hipotético, concebido a partir de la idea errónea de que la literatura debería o podría tener una relación servil con la realidad, también con la lingüística.
 
Háblame de tu método de corrección, algún truco en el momento de releer tus borradores, de quedarte con unas palabras y cambiar otras, algún recurso o manía en torno a esto.
 
No suelo corregir, debido a que estoy convencido de que corregir no es posible (por lo menos no es posible para mí) sin escribir un nuevo texto, ya que la forma de los textos está condicionada por las circunstancias, y éstas nunca se repiten. Por otro lado, si tuviese que corregir, si me viese forzado a corregir, tal vez procuraría emborronar el texto para que su significado no fuese explícito ni evidente, y este es mi truco de hoy.
 
Ahora quiero que intentes definir un concepto muy trajinado, pero poco esclarecido: qué es ‘el tono', qué importancia le otorgas.
 
Una fundamental; de hecho, y también en relación a mi trabajo, me interesa más que un texto sea fluido y esté "entonado" que su significado. A este último lo doy por sobreentendido: todos queremos contar algo y todos sabemos más o menos cómo hacerlo, pero la singularidad y la fuerza del tono en que se lo hace sirve para determinar si nos encontramos ante un escritor o no. Una vez más, aquí sirven las metáforas que vinculan a la literatura con otras disciplinas, y supongo que se puede decir que todos sabemos cómo dibujar una casa pero es la fuerza del trazo la que hace la diferencia entre nuestros intentos y los de los profesionales. Ese trazo es el tono, pienso.
 
Magnífico, es la primera vez que veo una asociación entre el tono y una acción plástica, en este caso el trazo, el dibujo, porque generalmente se le relaciona con la música, con el sonido. Volviendo a una de nuestras preguntas anteriores, la corrección del texto: ¿Crees que se pueda conseguir el tono definitivo de un texto en la corrección, o es algo que si no se da ‘a la primera', sencillamente se vuelve improbable?
 
Algunos autores (algunos muy admirados por mí) proceden de esa forma, "emborronando" o "limpiando" las primeras versiones de sus textos. A mí esta forma de trabajar, admirable como lo son todas las que arrojan buenos resultados, no me sirve, ya que tengo la impresión de que toda revisión de un texto supone una reescritura y que esa reescritura no siempre mejora el texto sino en relación a los intereses y a las inquietudes que uno tiene en el momento presente, y ese momento es reemplazado por otro de inmediato, lo que obliga a uno, o bien a corregir incesantemente para que el texto se adapte a una idea provisoria y siempre circunstancial de lo que ese texto debe ser, o a no corregir en absoluto. Yo he adoptado este segundo método, lo que no significa, por supuesto, que crea que este método tiene validez universal. En algún sentido, es una forma de equiparar la escritura con la interpretación de una pieza musical, de cualquier género. ¿Qué versión de "These Foolish Things" es la "definitiva"? Quienes nos hemos formado con cosas como el jazz sabemos que todas lo son, en su lugar y en su momento, así que ¿para qué esforzarse?
 
Por último, considero que el talento de todo escritor está ligado a su sensibilidad con respecto al lenguaje, y en España veo poca tendencia a experimentar y buscar nuevas formas para ‘nombrar las cosas': ¿Qué consejo le darías a un escritor principiante con respecto a la experimentación formal?
 
No suelo dar consejos, pero coincido con tu diagnóstico y pienso que la literatura española tiene un grave problema si no consigue renovar las formas, no sólo literarias sino también políticas, de "contar" y "nombrar las cosas". En ese sentido, quizás pudiese recomendar a los escritores "principiantes" (¿alguno de nosotros no lo es? No estoy seguro) que no procuren escribir lo que ya ha sido escrito: que escriban lo que desearán leer cuando sean otros.
 
 
[Todas las preguntas son del escritor cubano Ronaldo Menéndez. Publicado originalmente en Billar de Letras, 3 de septiembre de 2014.]

[Publicado el 16/9/2014 a las 12:30]

[Etiquetas: Preguntas, Ronaldo Menéndez]

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Por la recuperación de la soberanía individual / "Ego. Las trampas del juego capitalista" de Frank Schirrmacher

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La muerte del periodista y ensayista alemán Frank Schirrmacher en junio de este año produjo dos reacciones sucesivas en su país de origen: la primera fue de sorpresa (Schirrmacher sólo tenía cincuenta y cinco años) y la segunda fue de dolor ante la que fue vista como una de las pérdidas intelectuales más importantes de los últimos años en ese país. Nacido en Wiesbaden en 1959 y coeditor del prestigioso Frankfurter Allgemeine Zeitung al momento de su muerte, Schirrmacher resumía buena parte de las contradicciones que son connaturales a los intelectuales alemanes de derecha, incluyendo un anti capitalismo sorprendente viniendo de quien venía, así como un descontento ante el estado de cosas que a menudo lo llevaba a adoptar posiciones situadas a la izquierda de la izquierda parlamentaria alemana.
 
Las contradicciones otorgaban a su pensamiento una vivacidad y una fuerza llamativas de las que el lector hispanohablante sólo pudo saber a través de la publicación en 2004 de una brillante apología de la vejez titulada El complot de Matusalén y de la del que acabaría siendo su último ensayo, el contundente Ego, de 2014.
 
En Ego, Schirrmacher daba cuenta de las circunstancias históricas que han llevado al triunfo de la razón práctica y a la consiguiente aceptación del beneficio como único argumento legitimador de la acción individual; su tesis central descansaba sobre la convicción de que la lógica económica que preside la sociedad de la información (y cuyos orígenes el autor rastreaba en la geopolítica de la Guerra Fría, la posibilidad de la devastación nuclear, el perfeccionamiento de las máquinas de calcular y la teoría de los juegos) se ha extendido recientemente también al ámbito privado, en el que el sujeto es cada vez menos libre, condicionado como está por fuerzas que no controla y por la demanda de que actúe de forma "eficiente": es decir, egoísta.
 
Para Schirrmacher (y esto era lo más interesante de su libro), la crisis que atraviesa Europa no era sólo económica sino principalmente social, resultado de la convicción de que el comportamiento humano puede evaluarse en términos cuantitativos y ser adecuado a modelos informáticos que, procurando analizar y predecir la "realidad" (podría decirse también, procurando buscarla o documentarla: Google y Facebook), han acabado reemplazándola: la imposición del argumento de que el hombre actuaría de acuerdo a su propio beneficio lo ha forzado a actuar de esa forma. Lo mismo ha sucedido con sus decisiones políticas y económicas, afirmaba Schirrmacher, ya que el modelo no es descriptivo sino normativo y tiene como consecuencia la instauración de una nueva "guerra fría" entre los Estados nacionales y los actores del mercado.
 
Naturalmente, buena parte de todo esto había sido dicha ya antes por Martin Heidegger, pero Schirrmacher fue más lejos que el autor de Ser y tiempo al preguntarse, beneficiándose de una perspectiva histórica que el primero no tenía, cómo es posible que una sociedad basada en la premisa de que todos sus miembros actúan de forma racional pueda producir situaciones como la absurda quiebra de Lehman Brothers, así como si "se puede vivir sin sufrir daños emocionales a largo plazo en una sociedad que afirma que una persona es razonable si actúa de acuerdo a su propio interés" (41). Al menos en este último caso la respuesta es negativa, y Schirrmacher proponía abandonar la idea de que las personas actuarían tan sólo de acuerdo a su propio beneficio como parte de una estrategia más amplia de recuperación de la soberanía individual. Muerto el ensayista alemán, esa estrategia ha perdido a uno de sus principales ideólogos, pero sigue siendo terriblemente urgente, de allí la necesidad de leer este libro, una especie de testamento intelectual de una especie de intelectual que comprendió que las contradicciones son el precio a pagar por estar emocional e intelectualmente vivos.
 
 
Frank Schirrmacher
Ego. Las trampas del juego capitalista
Trad. Sergio Pawloswsky
Barcelona: Ariel, 2014

[Publicado el 11/9/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Frank Schirrmacher, Ensayo, Ariel]

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Preguntas XII / Acerca de Nicanor Parra / Dos respuestas

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Nicanor Parra, ya centenario. Crédito de la imagen, de Adolfo Vásquez Rocca.

Muchos afirman que la personalidad de Parra trasciende a su obra, en Chile muchos lo ven como un rockstar ¿Tienes esa impresión? ¿Por qué crees que su figura se sale de los márgenes de la poesía?
 
No creo, en realidad, que la figura de Parra se salga de los límites de la poesía. Desde luego, es muy posible que fuese así cuando comenzó a escribir, pero desde entonces Parra ha conseguido ampliar esos límites de tal forma que, por contraste, los poetas que permanecen entre esos límites, los que se toman invariablemente en serio a sí mismos, los poetas del envaramiento y de la "seriedad" trascendente, que eran mayoría cuando Parra comenzó a escribir y quizás todavía lo sean, resultan un poco ridículos hoy en día.
 
¿Por qué crees que un poeta de 100 años se mantiene tan vigente y actual? Parra se lee hoy, en mi opinión, de manera tan actual como hace 60 años.
 
Muy posiblemente Parra se lea mejor en la actualidad que hace sesenta años. Por entonces, él ya estaba donde se encuentra hoy, pero los lectores todavía tuvimos que recorrer un largo camino para comprender qué era lo que Parra decía y ponernos a su altura. Si su vigencia es absoluta, creo, se debe a que hace sesenta años Parra estaba escribiendo para el futuro, para los que seríamos sus afortunados lectores muchas décadas después. Parra inventó su futuro, y nosotros tenemos la suerte de que en ese futuro, que ahora es presente, nos inventó a nosotros leyendo sus libros.
 
 
Las preguntas son de Carolina Collins, para los diarios regionales de El Mercurio (Chile). Septiembre de 2014.

[Publicado el 08/9/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Nicanor Parra, Preguntas]

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Almas muertas / "Los Jardines de la Disidencia" de Jonathan Lethem

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Una de las transformaciones más relevantes que produjeron las vanguardias históricas a lo largo del siglo XX fue la supresión de la idea del personaje como unidad de medida de la obra literaria y como ámbito en el que se ponía de manifiesto el "genio" del autor; entrado ya el siglo XXI, éste parece regresar lenta pero persistentemente, sin embargo, y los textos con personajes fuertes ya no sólo interesan a los autores de narrativa comercial. De hecho, un autor muy poco susceptible de ser considerado un escritor de obras esencialmente comerciales, Jonathan Lethem, definitivamente uno de los autores norteamericanos más importantes de las últimas décadas, ha escrito uno de esos textos.
 
Los Jardines de la Disidencia narra alternativamente las historias de Rose Zimmer, inmigrante judía en Estados Unidos que se integra al Partido Comunista de ese país y es expulsada al inicio del libro por tener un amante negro (sus camaradas se inquietan por "las asociaciones de Rose. Se referían, por supuesto, a la asociación de su vagina judía comunista cada vez más vieja con el pene robusto y cariñoso del teniente negro", 18), la de Miriam Zimmer, estudiante en la época del esplendor de Greenwich Village e hija beligerante de Rose, quien a su vez es madre de Sergius Gogan, músico y entusiasta de los movimientos alternativos, que recurre a un viejo profesor amigo de sus padres (que murieron en Nicaragua) para saber más acerca de ellos y las ideas por las que lucharon; pero el viejo profesor sólo quiere hablar de Rose, la inolvidable Rose, que le parece la expresión de "el poder del resentimiento, de la culpa, de mandamientos no escritos en contra de todo, en contra de la vida misma" (67).
 
En Los Jardines de la Disidencia hay cierta cursilería (así se describe una eyaculación, por ejemplo: "había acariciado el palpitar secreto de Porter, recogido su suspiro privado", 49; los senos son "lunas rosas en el dormitorio en penumbra", 52; un club de ajedrez es una "biblioteca de almas" y una "tumba del tiempo", 80; etcétera) y es posible que algunos de sus elementos dejen indiferente al lector no estadounidense (a éste, el intento fracasado de crear una liga obrera de béisbol posiblemente no le interese mucho, por ejemplo), pero los personajes de la novela lo atraparán de inmediato; también sus peripecias, que son las de un siglo en el que la disidencia fue engañada una y otra vez, frustrada por la aparición de más y nuevas formas de la sumisión y del consenso que han dejado vidas rotas. El lector también quedará atrapado por la ambición, por el talento de Jonathan Lethem que no se propuso otra cosa que narrar unas vidas que son, inevitablemente, las nuestras: la arquitectura comunitaria que sólo produce aislamiento, la música folk, "riñas desesperadas con la historia, con el destino, con uno mismo" (117).
 
 
Jonathan Lethem
Los Jardines de la Disidencia
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Barcelona: Literatura Random House, 2014
 
[Publicado originalmente en "Lo que está y no se usa nos fulminará", sección mensual en la página web de la librería porteña Eterna Cadencia. Buenos Aires, 1 de septiembre de 2014.] 

[Publicado el 04/9/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Jonathan Lethem, Novela, Literatura Random House]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Giorgia Fanelli

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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