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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 24 de abril de 2017

 Blog de Patricio Pron

No sólo un género / "Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934)" de F. Uzcanga Meinecke (ed.)

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La "lista negra" había sido confeccionada por un bibliotecario berlinés de 29 años; comprendía un total de 12.400 títulos escritos por 149 autores, entre ellos Kurt Tucholsky, Stefan Zweig, Erich Maria Remarque, Emil Ludwig, Ernst Toller, Else Lasker-Schüler, Franz Hessel, Erich Mühsam y Lion Feuchtwanger; la quema tuvo lugar en las principales ciudades alemanas el 10 de mayo de 1933. Dos días después (y esto es menos conocido), el escritor Oskar Maria Graf publicó un texto titulado "¡Quemadme!" en el que, tras descubrir que sus libros no formaban parte de la "lista negra", solicitaba que fueran destruidos para que no acabasen "en las manos sangrientas ni en los cerebros podridos de la banda criminal de las camisas pardas": Joseph Goebbels se apresuró a concederle el favor, por supuesto.
 
Al tiempo que un gesto de rebeldía de inusual dignidad y fuerza en su momento, "¡Quemadme!" es de una importancia capital para una historia cultural del siglo XX europeo y ahora, por fin, puede ser leído por los lectores hispanohablantes: forma parte de este La eternidad de un día, subtitulado "Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934)", que es, como su nombre lo indica, la historia de un género literario que (bajo el término, a esta altura ya completamente desprestigiado, de "crónica") es inusualmente popular estos días.
 
En La eternidad de un día están algunos de los favoritos de la literatura germanohablante de los últimos dos siglos: Heinrich Heine, Theodor Fontane, Karl Kraus, Alfred Polgar, Robert Walser, Alfred Döblin, Tucholsky, Carl von Ossietzky, Joseph Roth, Erich Kästner, Walter Benjamin, Heinrich y Klaus Mann, Robert Musil, Ernst Bloch y Max Frisch (por mencionar sólo a "mis" favoritos). La traducción, las notas y el prólogo de Francisco Uzcanga Meinecke son excepcionales; la propuesta, inusual en un ámbito como el español en el que (y piénsese por ejemplo en las de "crónica" publicadas en tiempos recientes) las antologías son por lo general chapuceras. La eternidad de un día no lo es, pero la suya no es sólo la historia de un género; es también la de todo lo que que va desde el surgimiento de la cultura de masas a su paroxismo en los espectáculos multitudinarios del nacionalsocialismo, desde una concepción de la escritura en prensa como contribución a una historia crítica del presente a la de los medios que la conforman como instrumentos de manipulación masiva, no sólo en Alemania y no sólo en el período nacionalsocialista.
 
 
Francisco Uzcanga Meinecke (ed.)
La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934)
Trad. y notas Francisco Uzcanga Meinecke
Barcelona: Acantilado, 2016

[Publicado el 14/6/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Francisco Uzcanga Meinecke, Periodismo, Acantilado]

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Los niños de la selva siempre cruzan la frontera / Sobre los "niños salvajes"

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Aunque Rudyard Kipling creó a Mowgli en 1893 y lo hizo protagonizar la mayoría de los cuentos que conformaron El libro de la selva y su continuación, El segundo libro de la selva (1894 y 1895 respectivamente), una parte considerable del público sólo sabe de él lo que Wolfgang Reitherman decidió contar en el extraordinario y convenientemente suavizado filme de 1967. En el relato original, Mowgli es rescatado por la loba Raksha cuando sus padres lo pierden en la selva, bautizado por ella "rana" a raíz de su falta de pelaje, criado por los lobos y educado por la pantera Bagheera y por el oso Baloo; a diferencia de lo que sucede en el filme, sin embargo, en la historia de Kipling Mowgli crece para matar al tigre Shere Khan, destruir un poblado humano con ayuda de sus aliados animales y, a pesar de ello, escoger definitivamente la vida civilizada incorporándose ni más ni menos que al servicio colonial británico.
 
George Orwell llamó a Kipling "el profeta del imperialismo", y la historia de Mowgli sirve de testimonio de lo acertado de ese juicio. Pero también de la fascinación que la sociedad británica sintió por los "niños de la selva" al menos a partir de 1852, cuando el mayor general sir William Henry Sleeman publicó anónimamente su "informe acerca de lobos criando niños en sus cuevas" en la India Británica, donde Sleeman había servido entre 1820 y 1835. En su libro Kaspar Hausers Geschwister. Auf der Suche nach dem wilden Menschen [Los hermanos de Kaspar Hauser: A la búsqueda del hombre salvaje] (2003), P. J. Blumenthal refiere unos diecinueve avistamientos de niños criados por lobos u otros animales entre 1847 y 1893 en la región. Kipling, quien se había desempeñado como periodista en Lahore y Allahabad entre 1883 y 1889, debía saber de ellos.
 
El fenómeno de los "niños salvajes" no es exclusivo de la India, sin embargo, ni se remonta al siglo XIX: su primera referencia al margen de los mitos, recuerda Blumenthal, se encuentra en la historia del niño criado por una cabra que el historiador bizantino Procopio de Cesarea situó en torno al 539 después de Cristo. Antes incluso que ello, Heródoto contó la historia del experimento llevado a cabo por el faraón Psamético I, quien, deseoso de saber cuáles eran la lengua "original" y la cultura más antigua, ordenó a un pastor que tomase bajo su protección dos niños pero no les hablase; criados entre las cabras, el primer sonido que estos articularon fue "bekos", equivalente, según los expertos del faraón, a la palabra frigia "pan", lo que demostraba que los frigios eran el pueblo más antiguo del mundo y la suya, la lengua "original".
 
A partir de esa fecha, y siempre según Blumenthal, los testimonios de avistamientos y captura de niños criados por lobos, osos, cerdos, perros, monos, chacales, gacelas, tigres y leopardos han sido frecuentes en sitios tan distintos como el estado alemán de Hesse, los bosques de Lituania, los Pirineos, el departamento francés de Aveyron, Long Island, la periferia de la ciudad húngara de Budapest, El Salvador, Uganda y la India. Es muy posible que no todos los niños avistados hayan sido criados realmente por animales; en muchos casos, pudo haberse tratado de discapacitados intelectuales abandonados por sus familias: el perfil que Blumenthal traza de los criados por lobos en la India (de apariencia animal, sin habilidades intelectuales, con preferencia por andar desnudo y alimentarse de carne cruda y carroña, incapaz de hablar ninguna lengua y de aprenderla) no puede ser más distinto del joven con el corte de cabello a lo paje popularizado por el filme de Reitherman.
 
Mowgli es humano, pero también es animal; está cómodo en la selva aunque sabe, y acabará aceptando, que su sitio se encuentra entre los humanos. Aun en su versión más amable, su historia, como la de los otros "niños salvajes", es inquietante porque hace al cuestionamiento de las diferencias que nuestra cultura establece entre hombres y animales, como pone de manifiesto la multiplicación de los casos reportados en los momentos en que esas diferencias eran establecidas. Charles Darwin publicó su obra El origen de las especies en 1859 consolidando un modelo evolutivo al que los casos producidos en el primer medio siglo posterior (catorce, según Blumenthal) parecían poner en entredicho: dadas ciertas condiciones, era posible "descender" en la escala evolutiva hasta un estado animal que se creía superado.
 
La ansiedad y el enorme interés suscitado por estos casos fueron producto de ese cuestionamiento, como también los intentos de educación y de estudio de los "niños salvajes". En 1903, por ejemplo, el lingüista danés Otto Jespersen estudió el caso de dos mellizos criados en condiciones de miseria en las afueras de Copenhague por una anciana sordomuda: los niños habían desarrollado un lenguaje propio basado en unos conocimientos limitados del danés, pero no tuvieron dificultades en aprender el idioma. En contrapartida, el "niño perro" de Long Island y Lucas, criado por los babuinos en Sudáfrica (dos casos también registrados en 1903), nunca pudieron recuperar el tiempo perdido y conservaron trazas animales durante el resto de su vida.
 
Aunque autores recientes como Carl Safina, G.A. Bradshaw, Franz-Olivier Giesbert, Anne Innis Dagg o Frans de Waal están contribuyendo a cambiar nuestra percepción del mundo animal (y, por lo tanto, de lo que somos), sus aportes a una disolución de los límites entre humanos y animales se abren paso lentamente en una sociedad que necesita que esos límites existan para reafirmar su supremacía sobre otras formas de organización y la supuesta existencia de una esfera humana al margen de la animalidad en su sentido de brutalidad, bestialismo y violencia. Sus obras contrastan con la versión edulcorada de la historia de Mowgli (que Jon Favreau acaba de rehacer con unas cantidades tan importantes de animación por ordenador que señalan la superación del siguiente límite: el de lo real y lo virtual en nuestra cultura) y nos recuerdan que nuestro sitio de privilegio en relación a los animales es frágil, una ilusión motivada por el rechazo a admitir que, como la ciencia está demostrando, los animales piensan, sienten, cooperan, aman y hacen duelos de forma muy parecida a nosotros.
 
Una ansiedad similar y un interés común parecen unir la época victoriana y la actual en ese sentido. Y acerca de todo ello reflexiona, como siempre, el arte: la fotógrafa alemana Julia Fullerton-Batten ha recreado recientemente los hogares de niños que, habiendo sido abandonados por sus padres, fueron criados por animales, como el niño indio capturado entre lobos en 1972 o la ucraniana que encontró refugio entre perros salvajes y fue rescatada en la década de 1990. Para ellos, la naturaleza no fue menos inhóspita que la vida civilizada, y los animales, mucho más humanos que los miembros de su misma especie, algo que, a pesar de todo, ya estaba presente en la historia original de Rudyard Kipling. Allí, la simpatía de Bagheera por Mowgli tiene su origen en el hecho de que él también ha cruzado los límites: habiendo sido criado en cautiverio, ha conseguido escapar de los humanos, esos animales incapaces de comprender su sitio en una naturaleza a la que se empeñan en encarcelar y en destruir.
 
 
[Publicado originalmente en Ideas/El País. 15 de mayo de 2016.]

[Publicado el 11/6/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Disidencias]

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No hay lugar al que regresar / "Los apuntes de Malte Laurids Brigge" de Rainer Maria Rilke

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"Desperdicios, mondaduras de hombres que el destino ha escupido", define Rilke a los mendigos que su personaje ve en las calles de París. En ellas, dice, todo sucede rápidamente, en un vértigo carente de sentido en el que no sólo se fragmentan los rostros y los discursos, sino también la conciencia del sujeto que las observa: "es como si la imagen de esta casa me hubiera caído encima desde una altura interminable, me hubiera atravesado y se hubiera roto en pedazos en lo más hondo de mi ser"; pero no es sólo la casa la que yace rota.
 
Los apuntes de Malte Laurids Brigge fue escrito entre 1904 y 1910 y constituye uno de los textos seminales del tipo de experiencia moderna asociada al crecimiento urbano, la innovación técnica y la proliferación de estímulos no sólo visuales que Walter Benjamin conjuró en su Libro de los pasajes. Estos apuntes narran la fragmentación del paisaje urbano en la percepción de quien lo recorre, la adhesión a una lógica industrial de las experiencias vitales ("Este magnífico hotel es muy antiguo, ya en la época del rey Clodoveo se moría en algunos lechos. Hoy día se muere en un total de 559 camas. En serie, por supuesto. [...] Lo que cuenta es la cantidad"), la disolución del vínculo entre medios y fines, la aceleración ("¿Es posible que haya dispuesto de siglos para observar, reflexionar y escribir, y que haya dejado pasar esos siglos como si fueran la pausa del recreo?", se pregunta el narrador), la deshumanización de personajes que a veces son sólo una voz, un rostro, una sombra; la fragmentación, en fin, de una conciencia que, incapacitada de absorber los estímulos contradictorios que constituyen su percepción de la ciudad, se refugia en el recuerdo de la infancia y de un amor.
 
Una parte considerable de la literatura moderna en su primer momento consiste en los intentos de restitución de un sentido a una experiencia que carece de él (el segundo momento de esa restitución es, se sabe, el que tiene lugar tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto): Rilke participa de él, pero lo hace poniendo de manifiesto de manera temprana que no hay lugar al que regresar, ni siquiera un pasado fantasmal (en el sentido de que es una figuración, pero también en el de que está repleto de fantasmas, casi siempre familiares) que ya se ha fragmentado también. En un pasaje de estos apuntes (traducidos con su solvencia habitual y magníficamente prologados por Juan de Sola) se dice: "Más tarde he comprendido que en el rostro de la señorita Brahe existían en verdad todos los detalles que definían los rasgos de mi madre; sólo que estaban desmembrados, como si un rostro extraño se hubiera entrometido, torcidos, sin ningún vínculo que los uniera" (54).
 
La vigencia, la novedad radical de la obra de Rilke a algo más de cien años de su publicación, está precisamente en el hecho de que todavía seguimos tratando de restituir un sentido a la experiencia, en medio de las otras muchas batallas de todos los días; sólo que el espejo se ha roto más todavía si cabe y resulta imposible reunir los pedazos: tan sólo se puede contarlo, pero en ese consuelo hay también una resolución.
 
 
Rainer Maria Rilke
Los apuntes de Malte Laurids Brigge
Intr. y Trad. Juan de Sola
Barcelona: Alba, 2016

[Publicado el 09/6/2016 a las 11:30]

[Etiquetas: Rainer Maria Rilke, Novela, Alba]

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¿Qué pasaría si…? / "La muerte del piyayo" de Miguel Noguera

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No sabemos realmente que es el "piyayo" a cuya muerte se alude en el título de este libro, aunque un poema del malagueño José Carlos de Luna lo describe como "un viejecillo renegro, / reseco y chicuelo; / la mirada de gallo / pendenciero / y hocico de raposo / tiñoso... / que pide limosna por ‘tangos' / y maldice cantando ‘fandangos' / gangosos": el poema alude al cantaor y guitarrista Rafael Flores Nieto, pero es imposible saber si era a éste a quien el suegro de Miguel Noguera hacía referencia cuando afirmaba reiteradamente que en la televisión pasarían "La muerte del piyayo".
 
Al mismo tiempo, tampoco sabemos si Miguel Noriega es un dibujante, un escritor o ambas cosas: por más elaborados que sean, sus dibujos no son precisamente deslumbrantes, y sus ideas son esbozos sin desarrollo narrativo. Acerca de la comicidad de su obra, es incluso más difícil decir algo, ya que en los textos de este libro (al igual que en los que conformaron Hervir un oso, Ultraviolencia, Ser madre hoy, Mejor que vivir y La vieja tigresa o el erotismo en la senectud, los libros anteriores del autor) hay una inteligencia difícilmente apreciable en la suspensión del juicio que se produce en la risa, así como una renuncia deliberada a los mecanismos más habituales del chiste como el diálogo, la caracterización y el remate.
 
Esto no significa que los textos de Noguera no sean graciosos (lo son en gran medida), sino que su comicidad parece más afín a la de autores que, como César Aira y Mario Bellatin (o Miguel Brieva), no son humoristas ni aspiran a serlo. En los textos de La muerte del piyayo hay avistamientos (como el del expendedor de velas "ya encendidas" en una iglesia), reflexiones mayor o menormente absurdas ("El abuelo le muestra a su nieto la clásica ilusión óptica del dedo índice que se parte por la mitad mientras le dice 'Mira cómo te engaña el yayo'. ¿Quién dice eso? Si el yayo engaña, ¿conserva autoridad para denunciar el engaño?"), iluminaciones breves e intensas ("Si pillamos a un abogado lamiendo el gozne de una puerta, ¿cuánto le costaría recuperar nuestra confianza?"), inventos lanzados al rostro del lector para que éste resuelva las dificultades técnicas que su autor no se ha tomado la molestia de considerar (un libro voluminoso que produzca al ser recogido el impacto que tendrá en nuestro conocimiento su lectura, un puntero "menos preciso que el dedo y más corto que la mano", una aplicación de móvil que informe en tiempo real de "accidentes con estilográficas que revientan y cafés que se derraman", un libro electrónico sobre cuyo texto se proyecte un juego, interrumpiendo uno al otro de forma permanente, una piedra a modo de marcapáginas), cuentos breves (como el del hombre que sueña la tabla de contenidos del sueño que tendrá a continuación, brillante), una extraña obsesión por la violencia ciberpunk y los chorros (de agua y de orina), una serie de ideas, en fin, presididas por la única pregunta importante en la literatura: "¿Qué pasaría si...?".
 
¿Qué pasaría, por ejemplo, si un fantasma "se le apareciera a un tipo en el bosque y justo en ese momento llega un ovni que no tiene nada que ver con el asunto y los abduce a los dos, al tipo y al fantasma"? A este último, "se le acumulan los pasmos en la bandeja de entrada", y algo similar nos sucede ante las ideas bizarras (en el sentido de valientes) y extraordinariamente fascinantes de Miguel Noguera.
 
 
Miguel Noguera
La muerte del piyayo
Barcelona: Blackie Books, 2016

[Publicado el 07/6/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Miguel Noguera, Miscelánea, Blackie Books]

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No es intercambiable / "Estrómboli" de Jon Bilbao

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La frase podría parecer una coquetería, pero no lo es: al comienzo de "El castigo más deseado", uno de los cuentos que conforman Estrómboli, el nuevo libro de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), su narrador afirma: "si pusiera por escrito aquel episodio [...], no daría como resultado más que una ristra de tópicos" (193).
 
"El castigo más deseado" relata una competición de pesca en la que el narrador es testigo del final de una amistad y algo más doloroso, la pérdida de un hijo y la decepción; si se exceptúan sus últimos párrafos, es uno de los mejores cuentos del libro: no se detiene en pasajes innecesarios y apenas incurre (a pesar de la advertencia de su narrador) en los tópicos y frases hechas que lastran otros relatos de Estrómboli, en los que las personas se enjugan "el sudor del labio superior" cuando beben (85) y se secan los labios pasándose "el dorso de la mano por la boca" (92) o admiten haberse quedado "mudos" cuando alguien les dice algo (96), los obreros que se quitan sus cascos de protección les sacan brillo "frotándolos con la manga" (145), las personas que quieren parecer amistosas dan "palmaditas en el hombro" (145), los ríos son "angostos" y discurren "sobre un lecho rocoso" (168), las personas que se enfadan cruzan los brazos (184), etcétera.
 
Jon Bilbao es considerado por muchos el mejor cuentista español del momento; si el consenso no fuese suficiente, bastaría mencionar la larga lista de premios obtenidos por el autor en los últimos años (el Ojo Crítico de Narrativa, el Tigre Juan, el Euskadi de Literatura, el Otras Voces, Otros Ámbitos) para constatar su posición de preeminencia en una escena en la cual, en virtud de la percepción errónea de que el cuento sería un género minoritario en España, éste concita entusiasmos acríticos y no siempre fundados. No es lo que sucede con los que genera el autor, cuyos relatos seducen con los argumentos (menos habituales de lo que podría pensarse) de una ambientación eficaz y unos personajes descolocados y por consiguiente susceptibles de generar identificación en su lector: un joven español en Reno que se obsesiona fatalmente con un vecino motociclista, un hombre que pierde a su hijo en un accidente en un río y tiempo después regresa a él para recuperar una o dos cosas, un desempleado que participa de un concurso televisivo y debe decidir (por lo menos retrospectivamente) si deja atrás un miedo infantil y si dejarlo atrás vale la pena.
 
Los cuentos de Estrómboli cumplen con solvencia lo que se proponen, aunque es evidente que sus diálogos son algo afectados (su intensidad paroxística recuerda de a ratos la de las discusiones de telenovela, con la prescriptiva alternancia de planos y el recurso de dar la espalda al interlocutor para que los actores compartan plano) y que "la atención al detalle" de la que se nos habla en los paratextos de la obra resulta irritante en ocasiones, en especial si se considera la gratuidad de estos, como en el cuento que da título a la colección: "Él vestía pantalones chinos, polo, cazadora de aviador y mocasines. Ella había pasado una hora y media acicalándose en el hotel. Llevaba un liviano vestido de primavera y unas sandalias de tacón poco apropiadas para los senderos de grava volcánica del archipiélago de las Eolias. Para que la brisa marina no le estropeara el peinado, se había envuelto la cabeza en un fular. Completaban el conjunto unas gafas de sol con la montura adornada con brillantes falsos" (221-222), todo lo cual no parece muy relevante para la caracterización de los personajes excepto de una forma superficial.
 
(Algo similar sucede en el relato "Como en un idioma desconocido", donde la descripción de la planta nuclear en construcción no ayuda al lector a "verla", sino que, paradójicamente, lo impide, convirtiéndola en una sucesión de términos técnicos tan irritantes como la repetición caprichosa del nombre de la empresa constructora; pero casi todos los cuentos del libro presentan este rasgo, por ejemplo "Estrómboli", donde se nos informa que el entrante que el personaje ordena consiste en "una ensalada de rúcula, gorgonzola y pollo con avellanas cuyos ingredientes se hallaban meticulosamente dispuestos en una armoniosa montañita de comida", 228.)
 
En algún sentido, estas desviaciones constituyen los rasgos de personalidad literaria más salientes de unos relatos en los que es dificultoso distinguir (y en ese caso valorar) una voz propia. Uno tiene la impresión, leyendo Estrómboli, de que ha leído todo esto antes en relatos de Raymond Carver, Tobias Wolff, John Cheever y otros estadounidenses imprescindibles (aquí hacen acto de presencia todos los rasgos salientes del cuento realista moderno norteamericano, incluyendo los personajes disfuncionales, el objetivismo y la adopción de construcciones gramaticales sencillas), lo cual no es un problema necesariamente, excepto por el hecho de que, en la ausencia de personalidad de estos relatos y su acumulación de términos a menudo técnicos, estos cuentos generan la impresión de que se está ante una traducción no siempre lograda. (Algo notablemente singular, ya que Bilbao es un traductor excelente.)
 
Quizás uno de los problemas más visibles de la narrativa contemporánea en español sea el carácter "intercambiable" de los textos que la componen: el libro A podría haber sido escrito por B, por C o por D; la novela policiaca E es reemplazable por la F, la G y la H, etcétera. Lo habitual es, sencillamente, correr el proverbialmente tupido velo sobre obras y autores y dedicarse a cosas más interesantes; sin embargo, hay algo en la obra de Bilbao que no es "intercambiable" y es precisamente por ello y en nombre de ello que escribir sobre ella, incluso apuntando sus defectos más evidentes, es una forma de contribuir a la preservación de lo que hay en ella de singular e importante, que se pone de manifiesto en pasajes como el de las manzanas que caen corriente abajo en "El peso de tu hijo en oro" o el hombre que salva pollos y les teje suéteres de "Una boda en invierno". (Este último caso, por cierto, apunta a las muchas coincidencias e inverosimilitudes de estos cuentos: el personaje siniestro al que el narrador de "Siempre hay algo peor" le entrega una bolsa de dinero lo atropella un camión esa misma noche, resolviendo el problema no sólo narrativo de qué hacer a continuación con él; a pesar de que ha pasado un tiempo considerable desde el accidente, el padre de "El peso de tu hijo en oro" encuentra entre la maleza y las rocas un dedo de su hijo, al parecer reconocible, no descompuesto ni roído por los animales; los pollos de "Una boda en invierno" sobreviven porque sus órganos están contenidos por un suéter, sin cicatrización ni infección de las que se informe al lector.
 
 
Jon Bilbao
Estrómboli
Madrid: Impedimenta, 2016

[Publicado el 03/6/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Jon Bilbao, Cuento, Impedimenta]

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No sólo una comedia / "Sin palabras" de Edward St. Aubyn

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Aunque el resultado casi siempre catastrófico de los premios literarios no sólo hispanohablantes es atribuido por lo general a las intenciones aviesas de ciertos editores, a los aspectos económicos y políticos que condicionarían su concesión y/o a un estado penoso o lamentable de la literatura contemporánea, lo cierto es que la mayor parte de las veces la catástrofe es inevitable antes incluso de que se lea una sola página y está toda en potencia en la conformación de los jurados de esos premios. El del Elysian, por ejemplo, está constituido por un parlamentario británico cuya carrera se ha ido a pique y no está dispuesto a "dejarse mangonear por escritores, académicos, editores, lectores, periodistas, libreros y críticos literarios" (60), es decir, por cualquiera que sepa algo de literatura; una académica de "Oxbridge" empeñada en dejar claro que sólo le interesa la literatura "buena" (que, naturalmente, no puede definir); una empleada del ministerio de Asuntos Exteriores que desea complacer a su empleador, y recuperar el amor de su hija (y de paso cenar en el Ritz parisino al menos una vez); un actor que no se toma el trabajo de leer las novelas y una "personalidad de los medios de comunicación": todo esto está tan mal de tantas formas distintas que es imposible siquiera empezar a hablar de ello.
 
El premio Elysian no existe, por supuesto (sí el Man Booker, que es su modelo); tampoco existen la empresa china escasamente transparente que lo financia, los jurados (que se ponen zancadillas unos a otros, mantienen agendas secretas mientras van cayendo en el agujero de la desesperación y el fastidio, tratan de ocultar el hecho de que no han leído ni leerán las obras) y los escritores patéticos que entran y salen del lecho de la brillante y no particularmente estable Katherine Burns y de la lista del premio: un ensayista francés aficionado a las paradojas y a la deconstrucción, un millonario indio obsesionado con matar al presidente del jurado (Salman Rushdie, la caricatura más evidente de la novela), un autor primerizo y enamorado, una mujer que ve con sorpresa cómo su libro de recetas se convierte por error en serio candidato al premio. Ninguno de ellos existe, pero su función en la escena literaria es tan intercambiable con la de otras tantas figuras en otros sitios que resulta difícil no leer esta novela como una obra que habla de aquí y de ahora, de personas y de situaciones que todos hemos conocido (en su versión provinciana, sin embargo) pero que sólo esta vez, convertidas en ficción, nos arrancan una sonrisa.
 
Al menos desde su publicación en español, Sin palabras ha sido leída como un simple entretenimiento. No lo es, como tampoco lo son, en el fondo, los epigramas de Oscar Wilde, las novelas de P.G. Wodehouse y Evelyn Waugh o los poemas satíricos de Philip Larkin. Es una comedia, y una muy divertida, por supuesto, pero en su fondo se percibe la mueca de amargo cansancio de Edward St. Aubyn ante un negocio que todos sabemos que debe mejorar, aunque no sabemos cómo y si esto es posible. Sin palabras es una sátira despiadada de la escena literaria no sólo británica, así como una parodia magnífica de sus peores y más frecuentes tendencias, una advertencia y un recordatorio.
 
 
Edward St. Aubyn
Sin palabras
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Barcelona: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 02/6/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Edward St. Aubyn, Novela, Literatura Random House]

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"El libro tachado, Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura" / Notas (y 6)

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"Librero" de Javier Toro Blum / Crédito, de su autor.

Aunque publicado hace ya dos años, en mayo de 2014, El libro tachado: Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (Turner) no ha dejado de estar inusualmente presente en mi vida desde entonces: por las lecturas del libro que se han hecho y que continúan produciéndose mientras éste se abre paso en América Latina (con la lentitud y la falta de fiabilidad que son propias del negocio del libro en esa región); por el hecho de que, pese a su extensión, había mucho material sobrante y éste fue publicado en línea en los meses siguientes a la edición del libro a manera de suplemento; debido a que mi nueva novela, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House, 2016), explora temas similares a los del ensayo, con el que conforma un díptico o una trilogía inconclusa; a raíz (finalmente) de que la persistencia de mi interés en el tema, y la lectura de nuevos libros, ha aportado nuevo material a una historia de lo negado, lo excluido y lo silenciado en literatura.
 
Van aquí los últimos elementos para la escritura de esa historia; no siguiendo la disposición en la que éstos se encuentran en la edición física del ensayo, sino con el desorden y el capricho aparentes con los que el extraordinario David Markson (el verdadero inspirador de El libro tachado) los dispuso en su obra, una obra absolutamente única sobre la que nunca se ha dicho lo suficiente ni la última palabra.
 
 
Marianne Fritz permaneció recluida en su apartamento entre 1982 y 2007, fecha de su muerte, tratando de completar "Die Festung" [La fortaleza], un ciclo narrativo de más de diez mil páginas en el que, pese a la profusión y a su tamaño, habita también la negatividad; como señala el español Juan de Sola en el prólogo a la edición española de su primera parte, "Die Festung" narra "la historia de la familia Null, que vive en el número 0 de Nullweg, en la ciudad de Nirgendwo" (familia cero, que vive en el número 0 de la calle Cero, en la ciudad de Ningún Lugar).
 
Christian Schubart acusó a las autoridades de Würtemberg de alquilar a los ingleses sus tropas para que estas luchasen contra los independentistas americanos y las autoridades lo metieron en la cárcel. Estuvo trescientos setenta y siete días en aislamiento; durante ese período se le prohibió escribir, leer e interpretar música, a los dos años se le permitió asistir al servicio religioso con los otros presos, después de cuatro pudo escribirle por primera vez a su esposa, a los nueve años del comienzo de la detención se le autorizó a recibir su primera visita; cumplidos diez años de condena pudo salir, pero su salud ya estaba muy deteriorada y murió cuatro años después de haber recuperado la libertad.
 
Waikiki o wk nació en Fuerte Apache en septiembre de 1981 y escribió los poemas que conforman su libro 79 en la cárcel.
 
Sigismund Krzyzanowski, escribió alrededor de tres mil quinientas páginas de gran calidad literaria pero no publicó ni una sola de ellas a lo largo de su vida.
 
Herberto Helder, poeta brasileño "secreto", se negaba a dar entrevistas y rechazaba los premios que se le otorgaban por su obra.
 
Marilynne Robinson estuvo veinticinco años sin publicar tras el éxito de su primera novela en 1980. Alberto Rubio no dio nada a la imprenta entre La greda vasija (1952) y Trances (1987), en lo que constituyó un silencio editorial de treinta y cinco años de duración. Entre 1917 y 1940, Julio Torri no publicó nada; tampoco lo hizo entre 1940 y 1952 y entre esa fecha y 1964. Hilda Mundy sólo publicó un libro en vida, Pirotecnia, en 1936. Lanark consagró a Alasdair Gray en 1981 tras veinticinco años de trabajo silencioso. Francisco Ferrer Lerín no publicó nada entre La hora oval (1971) y Cónsul (1987), dedicado como estaba al tráfico de cadáveres. Edmund Crispin (pseudónimo de Robert Bruce Montgomery) no publicó nada entre 1953 y 1977. Molly Keane no publicó nada entre 1952 y 1981, y nada desde 1988 hasta su muerte en 1996. Entre el primer libro de Carlos E. Keymer, Sentimientos (1898), y el segundo, Fénix (1922), mediaron veinticuatro años; y entre éste y el siguiente, Emblemas de luz (1945), veintitrés.
 
Juan Antonio Payno, quien ganó el Premio Nadal de 1961 con su novela El curso, no volvió a publicar sino hasta treinta y cinco años después, cuando dio a la imprenta una novela bellamente titulada Romance para la mano diestra de una orquesta zurda.
 
Barbara Newhall Follett publicó The House Without Windows [La casa sin ventanas] en 1927 a la tierna edad de doce años y fue celebrada como la próxima gran novelista estadounidense; luego estalló la Depresión, Newhall Follett tuvo que emplearse como secretaria, se casó y dejó de escribir.
 
Rosemary Tonks, quien, después de publicar dos volúmenes de poesía y seis novelas entre 1963 y 1972, se retiró de la escena literaria en 1978 a raíz de una crisis personal, quemó una novela inédita y abjuró de todos los libros, excepto La Biblia. Vivió treinta y tres años en soledad en una casa frente al mar en Bournemouth sin que ni la prensa ni sus familiares y amigos conocieran su paradero.
 
John Berryman dejó inconcluso el relato de su abandono del alcoholismo, "Recuperación", así como ese abandono: se arrojó de un puente. Unos días antes le había dicho a Saul Bellow en una carta que estaba trabajando en trece proyectos al mismo tiempo, entre ellos un estudio sobre Shakespeare, una vida de Jesús para los niños y un libro de ensayos sobre el sacrificio en la literatura y el arte.
 
Charlotte Mew se volvió loca tras las muertes de su madre y su hermana, a las que estaba muy unida. Se suicidó en la "casa de reposo" en la que había sido encerrada.
 
José Domingo Gómez Rojas se volvió loco a consecuencia de las duras condiciones carcelarias que padeció, no así su heterónimo (Daniel Vásquez), que posiblemente haya muerto de tisis.
 
Arshile Gorky, Vachel Lindsay, Henry de Montherlant, Mark Rothko, Jack London, William Inge, Diane Arbus, Tadeusz Borowski, Abbie Hoffman, Randall Jarrell, Bogdan Wojdowski (superviviente del gueto de Varsovia) y Costas Cariotakis se suicidaron.
 
Harry Martinson también: se cortó el estómago con unas tijeras mientras se encontraba en el hospital. Ángel Ganivet se arrojó desde un vapor al Duina y, tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros de la embarcación, aprovechó un descuido de estos para volver a las aguas heladas. Antero de Quental se disparó dos veces consecutivas. Peyo Yavorov se envenenó: algo antes, en un intento de suicidio con arma de fuego, había perdido la vista.
 
José Antonio Ramos Sucre, Elías David Curiel, Ismael Urdaneta, Luisa Esther Larrazábal, César Dávila Andrade, Alirio Ugarte Pelayo, Manuel Osorio Calatrava, Gloria Stolk, Atilio Storey Richardson, Carlos César Rodríguez Ferrara, Gelindo Casasola, Miyó Vestrini y Martha Kornblith, Augusto Mijares, Carlos Rangel, Argenis Rodríguez y Arturo Uslar Braun se suicidaron.
 
René Crevel, de un tiro en la cabeza; Amelia Rosselli, arrojándose por una ventana; Raymond Roussel, por sobredosis (en la versión de Eugenio Baroncelli); Attila József, arrollado por el tren; Calvert Casey, con somníferos; Dorothy Parker, después de consignar que su reloj de pulsera y su perrito Robinson debían ir a parar a manos de su hermana; Yukio Mishima, tras lo cual se le dieron tres golpes de gracia que no fueron suficientes para acabar con su vida y debió ser decapitado: para entonces, la sala en la que tenía lugar el suicidio ritual apestaba porque los intestinos de Mishima estaban repartidos por el suelo.
 
Heinrich von Kleist, Vladimir Maiakovski, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe: suicidas ellos también, por supuesto.
 
R. A. Lafferty ejemplifica varias de las tendencias de la tachadura: comenzó su carrera literaria relativamente tarde, a los cuarenta y cinco años de edad, después de abandonar la bebida, su producción (trece novelas y noventa y seis relatos inéditos al momento de su muerte) fue tan cuantiosa que, diez años después de su fallecimiento, sus albaceas seguían sin haber conseguido catalogarla, abandonó la literatura ocho años antes de morir y vivió recluido en una residencia de monjas franciscanas hasta su deceso.
 
Nicolai Gógol destruyó el manuscrito de la segunda y la tercera partes de Almas muertas en 1842, pero antes, en 1829, confrontado con las reseñas negativas que recibía su obra Hans Küchelgarten, el escritor se hizo con todos los ejemplares que pudo y se encerró en una habitación de hotel, donde les prendió fuego. (Lo mismo hizo el escritor austríaco Ödön von Horváth años después, aunque von Horváth amplió su actividad destructora a las bibliotecas, en las que robaba sus libros para destruirlos.) Años después, cuando el amigo a quien estaba leyéndole una tragedia se quedó dormido, Gógol también la arrojó al fuego.
 
(Gógol era recordado por sus alumnos en la universidad de San Petersburgo por el hecho de que, aunque poseía un magnífico repertorio de anécdotas, no tenía conocimiento alguno acerca de la asignatura que debía enseñar, historia; el escritor no se presentaba a dos de cada tres de sus clases, y cuando iba no hablaba, sino que, según un testimonio, "se limitaba a murmurar incoherencias y a mostrar pequeños grabados de países asiáticos".)
 
El artista visual italiano Blu también destruyó su obra; paradójicamente, para salvarla: no estaba de acuerdo en que ésta fuese exhibida en un museo.
 
Victoria Benedictsson tuvo que escribir su novela Pengar con el pseudónimo masculino "Ernst Ahlgren" por su contenido escandaloso, no apropiado (supuestamente) para haber sido escrito por una mujer. En la novela, Benedictsson hablaba de una forma bastante clara sobre la obligación de mantener relaciones sexuales dentro del matrimonio y comparaba a las mujeres casadas con prostitutas ya que, según afirmaba, ambas ofrecen sexo por dinero.
 
Stiepan Zannovich utilizó veinticuatro pseudónimos para firmar idéntica cantidad de libros publicados en el transcurso de catorce años.
 
El canadiense Christian Bök también escogió la restricción oulipiana para ofrecer un marco a su producción y, paradójicamente, multiplicarla: su libro de poemas Eunoia (2001) está conformado por cinco secciones, cada una de las cuales presenta poemas univocálicos; es decir, escritos con una sola vocal. "Eunoia" es la palabra más breve del idioma inglés que incluye las cinco vocales: su significado es "buen pensamiento" y se utiliza para designar el estado de salud mental.
 
Nadxieli Nieto y Lincoln Michel han creado, en una deriva irónica de la aspiración a una escritura sin autores, una máquina de escribir títulos de funcionamiento más que aceptable.
 
Charles Lamb y Julio Torri eran tartamudos; éste último no publicó prácticamente nada en vida, distraído como estaba (según Andrés del Arenal) con tareas alimenticias y un singular y algo inocente priapismo.
 
David Leavitt fue acusado de plagiar a Stephen Spender, aunque no su obra sino "su vida": el autor se había inspirado en la autobiografía de Spender World Within World [Un mundo dentro del mundo] (1951) para escribir su novela While England Sleeps [Mientras Inglaterra duerme] (1993). Además de por la vía legal, la polémica entre ambos autores se dirimió en un intercambio en la prensa en el marco del cual Spender siguió acusando a Leavitt de plagio de su obra, aunque se refería (explícitamente) a su vida. Ahora bien: quizás en algunos casos, o en todos, una cosa y otra sean la misma, lo que daría la razón a Spender.
 
The Avalanches ha publicado recientemente Since I Left You, una colección de canciones compuesta a partir de alrededor de tres mil quinientos samples; es decir, fragmentos de música apropiada.
 
Juan Carlos Rodríguez es autor de un libro tachado que efectivamente está tachado.
 
El Librero quemado de Javier Toro Blum permite el retorno de lo reprimido, lo censurado y lo represaliado.
 
 
"Lo esencial del buen lector es saber detectar lugares en que la agrafía podría haber estallado y referir el proceso que pudo llevar al abandono total de la escritura. Como tales lugares son, propiamente, todos, sería una locura el querer descubrirlos de manera exhaustiva, pero lo que sí puede y debe procurar es trazar la senda que, partiendo de alguno de ellos, conduce al morbo agráfico", escribe Antonio Valdecantos en su excepcional Misión del ágrafo.

[Publicado el 31/5/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Disidencia, Tachado]

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Esgrimas verbales / "Antología del retrato" de E. M. Cioran

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"Después de vivir su infancia huyendo de las frondas aristocráticas, Luis XIV decidió instalar a la mayor parte de la nobleza de su reino en distintos apartamentos del palacio de Versalles", escribe Rafael Gumucio en su prólogo a este libro; como afirma, "Tenerlos cerca le permitió vigilarlos, mientras ellos, a su vez, se vigilaban entre sí. La corte se dejó ir en ese juego de miradas aviesas y hambrientas que los más lúcidos, o los más indiscretos, dejaron anotadas en cartas, notas, novelas en clave, diarios de vida y memorias" (7).
 
Apasionado de la obra de Henri de Saint-Simon, el escritor francés de origen rumano Emil Cioran ideó alguna vez con una amiga una antología en inglés de la obra del autor de El nuevo cristianismo; el proyecto nunca se llevó a cabo: en contrapartida, Cioran decidió "intentar ofrecer una imagen de conjunto de este arte tan arduo que consiste en fijar un personaje, en desvelar sus misterios atractivos o tenebrosos" (15).
 
La Antología del retrato resultante recorre un arco temporal que va desde mediados del siglo XVIII a la mitad del XIX, aproximadamente; a pesar de que en ese período se produjeron, como es evidente, algunos hechos de cierta importancia (la Revolución Francesa, por ejemplo), la unidad estilística de los retratos reunidos pone de manifiesto la continuidad de las prácticas que les dieron origen, como si sus autores no hubiesen abandonado nunca las habitaciones de Versalles. La ociosidad de palacio los había convertido en brillantes observadores y en esgrimistas verbales temibles, en auténticos maestros del epigrama, pero también en árbitros de un gusto que, como sostiene Cioran, fue empleado "en naderías sutiles y en futilidades delicadas" (23) y cultivadas tan largamente que la nobleza que las produjo, "de tanto mirarse a sí misma, no vio llegar la Revolución que cortó sus cabezas" (12). En esa paradoja, sostiene Gumucio, "Cioran encontró [...] algo más que la explicación de las revoluciones y contrarrevoluciones que marcaron su vida" (12).
 
Si las "naderías sutiles" contribuyeron, según el rumano, a la creación de un "producto de invernadero" que, "al rechazar todo desenfreno, de ninguna manera era capaz de producir una obra de una originalidad total, con todo lo que ello implica de impuro, de espantoso y de irresistible" (23), el retratismo de autores como Frédéric-Melchior Grimm, Madame de Rémusat, François-René de Chateaubriand, Charles Augustin Sainte-Beuve o el ya mencionado Saint-Simon es, sin embargo (y pese a la opinión de su antologador), extraordinario: en la corte, sus autores habían hecho de la observación un recurso vital para la supervivencia política, y de la esgrima verbal, una forma excelsa de resolución de los conflictos políticos. Reunidos aquí, sus textos (que Cioran cree caracterizados por "un verbo vigilado y censurado por quién sabe qué inquisición de la nitidez", 23) se leen como una literatura quizás remanente, pero no por ello menos fascinante.
 
A la fascinación de leer a Chautebriand hablando sobre Joseph Joubert ("un egoísta que no se ocupaba más que de los demás", lo describe; 176) sólo para, a continuación (y en un rasgo de malicia por parte del antologador), leer a Joubert hablando sobre Chautebriand ("prefería los errores a las verdades porque los errores eran más suyos", 181), o de ver a Jean-Jacques Rousseau siendo juzgado por un incidente banal en un teatro y no por el extraordinario edificio intelectual que levantó, la lectura de esta Antología del retrato añade la de una aproximación a una sociedad en la que, como afirma Cioran, "la maledicencia era de rigor": Saint-Simon atribuyendo al duque de Noailles "toda suerte de recursos en la mente, pero todos para el mal" (42), Grimm despachando a Bernard Le Bovier de Fontenelle con un "la sabiduría de una mente fría no vale las tonterías de un genio ardiente" (60), Etienne Dumont acusando al conde de Mirabeau de haber plagiado la frase (muy acertada) de Nicolas de Chamfort "la facilidad es un bonito talento a condición de no usarlo" (101), a Madame Vigée Le Brun recordando que al señor Le Pelletier de Morfontaine le olían mucho los pies y ella tuvo que viajar con él en un coche cerrado en una ocasión (lo que describe como una "triste experiencia", 139).
 
 
E.M. Cioran (ed.)
Antología del retrato. De Saint-Simon a Tocqueville
Trad. Santiago Espinosa
Santiago de Chile: Hueders, 2015

[Publicado el 28/5/2016 a las 13:45]

[Etiquetas: Emil Cioran, Rafael Gumucio, Miscelánea, Hueders]

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Sencillez y belleza / "Cuadernos japoneses" de Igort

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Su interés en el manga japonés llevó al italiano Igort a hacer varias estancias en ese país e incluso a trabajar en la industria del manga a partir del año 1991, todo lo cual es contado en estos Cuadernos japoneses: la vida cotidiana en el barrio tokiota de Bunkyo-Ku, la búsqueda de viejos materiales gráficos y mangas de la inmediata posguerra, los encuentros con grandes autores como Ogeretsu Tanaka, Jirō Taniguchi y Hayao Miyazaki, el respeto a maestros como Mitsuyo Seo, Suiho Tagawa, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki, Osamu Tezuka y Katsushika Hokusai, las experiencias en una industria a menudo brutal, y el amor por Japón.
 
Igor Tuveri nació en Cagliari en 1958 y es conocido en español por sus obras 5, el número perfecto (2002), Fats Waller (en colaboración con Carlos Sampayo, 2005) y la serie de los cuadernos: Cuadernos ucranianos (2011) y Cuadernos rusos (2014) a la que se suman ahora estos Cuadernos japoneses. En ellos es posible encontrar el culto del crisantemo, la afición por el sumo, el sintoísmo, la ironía sensual de la obra de Junichiro Tanizaki, las formas regladas de la prostitución, la estructura de clases de una sociedad que alterna entre la innovación y el tradicionalismo. Todo ello contado con la sencillez, la belleza y la radical extrañeza que son lo mejor que Japón nos ha dado a los ciudadanos del mundo.
 
 
Igort
Cuadernos japoneses
Trad. Regina López Muñoz
Barcelona: Salamandra Graphic, 2016

[Publicado el 26/5/2016 a las 11:45]

[Etiquetas: Igort, Cómic, Salamandra Graphic]

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Que no has de beber / "El viaje a Echo Spring" de Olivia Laing

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"No hacíamos más que beber", recordó Raymond Carver de 1973, el año en que John Cheever y él se conocieron en el Máster de Escritura de la universidad de Iowa; su año perdido, sostiene Olivia Laing, había sido anticipado por el autor de Bullet Park una década atrás cuando escribió "El nadador", la historia de un alcohólico que, sencillamente (y aunque él no lo sepa), tarda un año en regresar a casa.
 
Aunque "El nadador" no es el testimonio más directo de la adicción al alcohol del que se disponga, su belleza y la serena desesperación que posee lo convierten en uno de los mejores recordatorios de un vínculo (el de literatura y alcoholismo) que Laing (quien habitualmente colabora en The Guardian, el New Statesman y el Times Literary Supplement, además de escribir sus propios libros) explora aquí de cuatro maneras, que se solapan: la lectura de las biografías de Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Tennessee Williams, John Berryman, John Cheever y Raymond Carver; un largo viaje por los Estados Unidos en tren, coche y avión en busca de los sitios en los que vivieron y se inspiraron esos escritores; el estudio de los efectos de la bebida en el organismo, así como de los métodos empleados en Alcohólicos Anónimos para combatir la adicción; y su propio testimonio: la autora creció en un hogar marcado por el alcoholismo.
 
El viaje a Echo Spring tiene varios méritos, como pone de manifiesto el hecho de que haya quedado finalista del Premio Costa y fuese escogido como uno de los libros del año por el New York Times y Time Magazine: la rapidez y facilidad con las que se lee pese a una traducción algo mejorable, la capacidad de observación de su autora, el interés que suscitan los escritores de los que habla, la habituación del lector a un cierto tipo de ensayo lírico cuyos mejores ejemplos (La liebre con ojos de ámbar de Edmund de Waal, Leviatán o la ballena de Philip Hoare y H de Halcón de Helen Macdonald) son recientes.
 
A pesar de ello, constituye una decepción que ni las vidas desgraciadas y fascinantes de los autores de los que habla consigue disimular: por una parte, porque no parece evidente que exista ningún vínculo necesario entre el viaje de la autora y su propósito de "saber por qué beben los escritores y qué efecto tiene este caldo de licores (sic) en la propia literatura"; por otra parte, porque la información sobre ellos proviene de biografías fácilmente accesibles y no aporta ningún dato novedoso. Finalmente, porque pese a que, como sostiene la autora, "los escritores son, por su propia naturaleza, quienes describen mejor que nadie la aflicción", la negación propia del adicto y la habilidad del escritor con las palabras convierte su testimonio en "una masa inconsistente de material que se mueve desconcertantemente entre el relato honesto, la automitificación y el engaño", como reconoce la autora.
 
Si hay algo más detrás de los relatos del alcohol, Laing no da con ello, más allá de que establezca un vínculo entre el alcoholismo y una infancia desgraciada y el "sentimiento de que algo valioso se había hecho pedazos" que suena más que probable, así como con las "pequeñas fantasías de higiene, purificación, disolución y muerte" que aparecerían en los relatos del alcohol. La autora tampoco explica satisfactoriamente por qué escogió a estos seis escritores y no a tantos otros que también fueron alcohólicos (William Faulkner, Truman Capote, Jean Rhys, Hart Crane, Marguerite Duras, Edgar Alan Poe, Malcolm Lowry, Brendan Behan, por supuesto Dylan Thomas: la lista es enorme) ni si las funciones que el alcohol cumplió en la vida de cada uno de sus biografiados no fue (en realidad) distinta de caso en caso. La importancia de los vínculos entre literatura y alcoholismo obliga a una inmersión en el tema, pero este libro, independientemente de sus méritos, no la lleva a cabo.
 
 
Olivia Laing
El viaje a Echo Spring. Por qué beben los escritores
Trad. Núria de la Rosa
Barcelona: Ático de los Libros, 2016
 
Babelia/El País, 1 de abril de 2016. 

[Publicado el 24/5/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Olivia Laing, Ático de los Libros, Ensayo]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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