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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 31 de agosto de 2016

 Blog de Patricio Pron

Svetlana Alexievich: La escritora de las vidas ordinarias

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Crédito de la imagen, Reuters /

Mujeres
 
Svetlana Alexievich es la decimocuarta mujer que obtiene el premio Nobel de Literatura: sus antecesoras son Selma Lagerlöf (1909), Grazia Deledda (1926), Sigrid Undset (1928), Pearl S. Buck (1938), Gabriela Mistral (1945), Nelly Sachs (1966), Nadine Gordimer (1991), Toni Morrison (1993), Wisława Szymborska (1996), Elfriede Jelinek (2004), Doris Lessing (2007), Herta Müller (2009) y Alice Munro (2013). A lo largo de sus primeros sesenta y cinco años de vida, el Premio fue concedido sólo a seis mujeres; en los últimos veinticuatro, a ocho, lo que parece poner de manifiesto que las cosas están cambiando incluso en la Academia sueca: pero si esto es así, también lo es gracias a la obra de Alexievich, cuyo tema principal es el modo en que, pese a algunas opiniones, nuestra comprensión de la Historia del siglo XX es incompleta y errónea si no conocemos los padecimientos y las luchas de las mujeres durante ese período.
 
 
Conciencia
 
Naturalmente, también la suya propia porque Alexievich nació (el 31 de mayo de 1948) en un sitio que ya no existe, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de la que Bielorrusia formó parte entre 1919 y 1991; su padre era bielorruso y su madre ucraniana, y la ciudad donde nació fue a lo largo del siglo XX, y sucesivamente, austrohúngara, ucraniana occidental, polaca, soviética, alemana, soviética y bielorrusa: su nombre original era Stanislavov, pero ahora se llama Ivano-Frankivsk. Quizás baste con esto para tener una conciencia aguzada de la historia: Alexievich, que estudió periodismo en Minsk, desarrolló esa conciencia a más tardar en 1983, cuando la publicación de los artículos que conformarían su libro La guerra no tiene rostro de mujer (1985) derivó en una acusación pública de "haber mancillado el honor de la Gran Guerra Patriótica" y el despido fulminante del periódico en el que trabajaba: su único "crimen" había sido contar la historia de aquellas mujeres, que por una razón u otra, lucharon junto a los hombres contra la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial.
 
 
Testigos
 
Alexievich volvió al tema en su siguiente libro, Los últimos testigos (1985), en el que narraba la suerte de su familia durante esa guerra y el régimen estalinista posterior; cuatro años después, volvía a verse obligada a comparecer ante un tribunal por la publicación de otro libro, en este caso Jóvenes de latón (1989), acerca de la invasión soviética a Afganistán: para escribirlo, había reunido quinientos testimonios de veteranos de esa guerra y sus familiares, contraviniendo el deseo expreso de las autoridades de que no se hablase del tema, en particular de las violaciones a los derechos humanos cometidas contra la población civil afgana que se convertirían (y esto lo advertía la periodista ya en 1989) en el caldo de cultivo de otras guerras que desde ese país asiático se extenderían a todo el mundo, también a los Estados Unidos.
 
 
Chernóbil
 
En la obra de Svetlana Alexievich el periodismo y la literatura confluyen de una manera no muy diferente a la que caracteriza a buena parte de lo más relevante del periodismo contemporáneo; sin embargo, a diferencia de, por ejemplo, sus pares latinoamericanos (que a menudo hacen del método narrativo un fetiche y de la experiencia del reportaje su único tema), Alexievich es flexible y no pretende ocupar el centro de la escena, incluso aunque es evidente que la historia que narra la afecta de forma personal. Este es el caso de Voces de Chernóbil (1997), una historia oral de las consecuencias de la explosión en la central nuclear ucraniana escrita a partir de alrededor de quinientas entrevistas realizadas a lo largo de diez años de trabajo: en el libro sólo se hace mención circunstancial al hecho de que la hermana de la autora murió y su madre quedó ciega a consecuencia del accidente.
 
 
Decepciones
 
Voces de Chernóbil es la historia de un accidente convertido en catástrofe por la impericia y el desinterés de las autoridades soviéticas por las vidas de sus ciudadanos; la indignación vertida en el libro (y nunca expresada de forma maniquea, al menos no por la autora) resulta especialmente dolorosa para el lector porque viene acompañados de la convicción de que las sociedades post-soviéticas no están en condiciones de aprender de su historia. Aunque Alexievich puso su vida y su reputación en riesgo con la publicación de libros que incidían en los aspectos más controvertidos de la historia soviética, la caída del Telón de Acero no hizo su vida más fácil: desde 1991 ha tenido que vivir en países como Italia, Francia, Alemania y Suecia en condición de refugiada política debido a las amenazas padecidas en su país natal, donde Aleksandr Lukashenko ejerce la jefatura del gobierno desde 1994 en lo que la autora denominó Un tiempo de segunda mano (2013). Su obra, distinguida por fin con el Premio Nobel, es una historia de decepciones, pero no decepciona en su voluntad de narrar las vidas ordinarias de aquellos para quienes, como afirmó James Joyce, la Historia es una pesadilla de la que sigue siendo imposible despertar.
 
 
Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 9 de noviembre de 2015.

[Publicado el 17/11/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Svetlana Alexievich]

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Ni siquiera los demonios / "Vil y miserable" de Samuel Cantin

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Al parecer, las cosas sucedieron de la siguiente manera: Dios le hizo una broma telefónica a Satán de la que éste se vengó poniendo en lo alto de su puerta un cubo de arenques; luego Dios se frotó el tridente de Satán en el trasero y a Satán comenzaron a olerle los dedos, lo que llevó a una escalada que culminó con un cataclismo. De ese cataclismo, que terminó con nuestras esperanzas de una vida eterna (e incluso de algún tipo de justicia, si acaso póstuma), tan sólo sobrevivió Lucien Vil, quien escapó del Averno con dos amigos en un parapente y ahora es el responsable de una librería de segunda mano instalada en un local de venta de coches usados. Su dueño es un enano llamado Sylvain Linguine (sic) y tiene una visión: que "los coches son el pasado [y] los libros son el futuro" (36). El plan de Sylvain es dejar de vender automóviles y agrandar la librería, para lo cual compra un lote de libros robados y contrata un asistente para Lucien, el demasiado sensato (para este mundo) Daniel: el problema es que Daniel no cree que Lucien esté hecho para el trabajo.
 
No es su único problema, sin embargo: Lucien está obsesionado con Halloween, tiene un psicólogo violento que lo humilla y hace cuarenta años que no tiene relaciones sexuales; de hecho, el traje de látex que viste permanentemente le impide incluso masturbarse. Cuando sueña que asesina accidentalmente a una joven que ha visto en el autobús y que de su vagina escapa una marmota, su psicólogo le dice: "Guau, Lucien, eres aún más mongolo de lo que pensaba... Quiero decir que sabía que estabas como una cabra, pero este sueño ya es de puto retrasado. Entiendo por qué no tienes novia, en serio. [...] Si creyera en el sistema penal, llamaría a la pasma ya mismo. Les diría ‘venid a enchironar a este tipo, es un lunático peligroso, encerradlo, enterradlo vivo, no sé, que no vuelva a ver la luz del sol jamás de los jamases...' pero, por suerte para ti, no creo en el sistema penal, como sabes..." (114). A cambio, el psicólogo y su novia de dieciséis años le consiguen una cita.
 
Lucien Vil parece uno de esos personajes misóginos y egocéntricos que constituyen lo más interesante de la literatura y el cine cómicos estadounidenses, y también de sus teleseries; pero su autor es (alas) canadiense. Samuel Cantin estudió literatura y cine y es autor de las novelas gráficas Phobies des moments seuls (2011) y Whitehorse (2015), además de esta Vil y miserable: cuando la lees sientes que estás leyendo las excentricidades y pequeñas maldades que un compañero de pupitre muy querido dibuja y escribe para tu exclusivo placer durante una clase muy larga y muy aburrida, en el colegio, antes de que comience esa vida real que ni siquiera los demonios escapados del Averno parecen capaces de comprender y/o de aguantar.
 
 
Samuel Cantin
Vil y miserable
Trad. Natalia Mosquera
Rot. Iris Bernárdez
Barcelona: La Cúpula, 2015

[Publicado el 13/11/2015 a las 16:15]

[Etiquetas: Samuel Cantin, La Cúpula, Cómic]

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"Vivir es perder el equilibrio" / "Alicia en Sussex" de Mahler

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Aquí está casi todo lo que uno suele encontrar en Alicia en el País de las Maravillas y su continuación, Alicia a través del espejo; pero se encuentra disperso y deformado: el Conejo Blanco es un filósofo existencialista que cita libros como Del inconveniente de haber nacido de E.M. Cioran, Contra la juventud de Robert Poulet y el díptico conformado por "El absurdo de vivir" y "El absurdo de morir" del cómico (sic) estadounidense Prentice Mulford; la Oruga Azul fuma en pipa (y no en narguile); el Gato de Cheshire no desaparece y, en contrapartida, exige brevedad a un ratón llamado Ismael que pretende hacer pasar el comienzo de Moby Dick por su propia vida, la Reina Roja dicta sentencia en un caso de derechos de autor, etcétera.
 
Aunque es asociada principal y casi exclusivamente a la Premio Nobel Elfriede Jelinek y al polémico Peter Handke, la literatura austríaca contemporánea es mucho más rica de lo que ambos autores (y los nombres de Daniel Kehlmann, Wolf Haas, Michael Köhlmeier y Clemens J. Setz, también austríacos) permiten pensar; y sería conveniente incluir entre sus ilustres a Nicolas Mahler (Viena, 1969), autor de las excelentes adaptaciones de Maestros antiguos y "Der Weltverbesserer" [El mejorador del mundo] de Thomas Bernhard, así como de El hombre sin atributos de Robert Musil y de esta Alicia en Sussex, y reconocido recientemente como "el mejor autor de cómics en alemán".
 
No es una hipérbole: la eficacia, la absoluta maestría de Mahler radica en la alternancia aparentemente injustificada de velocidad y lentitud en el relato, entre la concentración de la narrativa y su aparente digresión, que hace pensar que todo es posible en su obra; como obedeciendo a la máxima formulada aquí por la Oruga Azul según la cual "vivir es perder el equilibrio", Mahler devuelve la vida a los libros que aborda desestabilizándolos y, por consiguiente, desestabilizando a su lector y a las lecturas que éste haya hecho previamente de la obra adaptada.
 
En Alicia en Sussex aparecen los personajes de Lewis Carroll, pero también el monstruo creado por Víctor von Frankenstein, que intenta dar con sus zapatos (una talla sesenta y cinco, se nos informa) mientras es observado en un televisor por Mary Shelley, su creadora, y por la Madre Nieve de los Hermanos Grimm, quien salva a Alicia de la persecución sexual del monstruo introduciéndola en su submarino. A su alrededor, los personajes citan a Voltaire, León Tolstoi, Hermann Melville, Friedrich Nietzsche y el programa de cursos de la Universidad de Viena del semestre de invierno 2012-2013 y, como en la obra original del extrañísimo H.C. Artmann (Viena, 1921-2000), que sirve a Mahler de excusa, sabotea deliberadamente las lecturas canónicas. El resultado es un libro que renueva nuestra forma de leer el clásico de Lewis Carroll, pero también hace que su lectura sea difícil sin tener en cuenta, a partir de ahora, las connotaciones existencialistas que tiene la obra según Artmann y Mahler y lo que parece ser para ambos: un imán capaz de atraer a todo lo absurdo y disruptivo del último siglo.
 
 
Nicolas Mahler
Alicia en Sussex
Trad. Miguel Sáenz
Maq. y Rot. Toni Mascaró y Sergi Puyol
Barcelona: Salamandra Graphic, 2015

[Publicado el 11/11/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Nicolas Mahler, Salamandra Graphic, Cómic, Lewis Carroll, H.C. Artmann]

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Un mundo raro y fascinante / "El horno huérfano" de Rob Davis

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Rob Davis es un autor británico de cómics; su trabajo es poco conocido aún y sus antecedentes no son muy interesantes: la reinvención por encargo de Roy of the Rovers, la serie creada por Frank S. Pepper acerca de Roy Race, la estrella del imaginario club de fútbol Melchester Rovers, Juez Dredd, el cómic de Doctor Who y una adaptación del irritantemente omnipresente opus magnum de Miguel de Cervantes. Un estilo visual en exceso convencional y su argumento (chico solitario se interesa por la misteriosa chica nueva de la clase, y ambos escapan junto con el chico raro del colegio, que además tiene una inteligencia excepcional, para vivir aventuras) podrían hacer pensar que El horno huérfano es un cómic más para adolescentes; en cualquier caso, nada que valga demasiado la pena.
 
Sin embargo, El horno huérfano es una novela gráfica excepcional: desde su primera escena, una lluvia de cuchillos que anticipa un extraño reloj parlante (obligando al protagonista a encadenar a su padre en el cobertizo), esta novela de Rob Davis se mueve en un mundo raro y fascinante cuyas reglas son extrañas pero, al mismo tiempo (y en algún sentido) curiosamente familiares: en él, los adolescentes construyen a sus padres para que estos se encarguen de las tareas de la casa pero van al colegio como los adolescentes en todos los sitios y con uniformes no muy distintos; los artefactos de cocina son "dioses" con personalidades singulares, pero su uso no es muy diferente al que les damos en nuestro mundo; también las aulas y los métodos de enseñanza son similares, pero lo que se enseña en ellas (historia circular, mecánica sagrada, "mitomática") es extraño, y además el colegio es vigilado por leones; la policía ejerce su acción represiva habitual, pero se compone de ancianos monstruosos que circulan en triciclos a cuerda; el clima puede ser modificado a voluntad por las autoridades, pero a veces se producen tormentas "reidoras" que pueden volver a uno loco y que son lo único que ríe en una sociedad que desconoce su origen y en la que las personas tienen asignado un día para su muerte.
 
A Scarper Lee, por ejemplo, le quedan tres semanas de vida cuando conoce a Vera Pike, la fría y singular nueva alumna del curso, quien se entromete en su vida, desbaratándola: con Vera llega la posibilidad de que los dioses, como las personas, "mueran", aunque también que sean reparados, lo que implicaría que no existen límites absolutos a la duración de la vida; cuando el padre de Scarper "desaparece", Vera y su nuevo amigo, Castro Smith, el joven geniecillo que puede saberlo y escucharlo todo (y por consiguiente utiliza una perilla de volumen para no volverse loco), convencen a Scarper de escapar del colegio para ir a buscarlo, y el resultado de su aventura es múltiple: la perplejidad, la exploración de los límites de la ciudad y del cementerio de las madres abandonadas (que no han olvidado sus hábitos), un encuentro con una secta de negadores de la muerte que montan en ciervos y visten como mods, un enfrentamiento con la policía y otro con una banda de pandilleros y el descubrimiento de que existe una verja, al otro lado de la cual está la negrura, pero también la posibilidad de burlar a la muerte.
 
El horno huérfano está narrada con la velocidad y la suficiencia de un thriller de acción, pero son sus personajes y el extraño mundo en el que viven el que convierte este libro en algo más que "otra" novela gráfica para adolescentes; sus temas (la muerte, el origen de los padres, la legitimidad de las autoridades, la amistad, el sentido de las instituciones) están en el fondo de toda literatura de relevancia, y este libro de Rob Davis pertenece a esa categoría por derecho propio: para el lector, es una enorme suerte que así sea.
 
 
Rob Davis
El horno huérfano
Trad. sin referencia
Barcelona: La Cúpula, 2015

[Publicado el 09/11/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Rob Davis, La Cúpula, Cómic]

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Un rechazo a ser / "El hombre sin talento" de Yoshiharu Tsuge

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Aunque El hombre sin talento fue publicado a mediados de la década de 1980, su tema es el estado de parálisis y confusión en que la sociedad japonesa quedó sumida tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial y su modernización forzosa por las autoridades de ocupación; si esa modernización sentó las bases de la recuperación económica del país, también supuso el abandono de ciertas prácticas tradicionales y el descrédito de los valores en los que estas se fundaban, de tal forma que, a partir de 1945, y, como afirma el protagonista de esta novela, pareció "una frivolidad propia de nuestro tiempo rechazar todo lo tradicional japonés. En cambio, si se trata de algo occidental, aunque sea una porquería, todo el mundo lo considera moderno" (90).
 
A pesar de sus palabras, Sukezo Sukegawa no es un conservador: según su mujer es un inútil y un soñador, pero también es alguien que intenta otorgar sentido a lo que le sucede (su pobreza, el asma de su hijo, su fracaso como dibujante de manga, su fracaso como vendedor de cámaras fotográficas antiguas, su fracaso como vendedor de piedras singulares, el desprecio de su mujer, las humillaciones) sin recurrir a la misoginia, a la violencia y al arribismo de las personas que lo rodean. Sukegawa se refugia en las piedras singulares que recoge en el río, en el canto de los pájaros autóctonos y en las historias que le cuentan, pero su historia es la del rechazo (suyo y de una parte considerable de la sociedad japonesa de su época) a "ser", en el sentido en que éste es sinónimo de "hacer": en 1987, poco después de publicar por entregas este libro, y hasta el presente, el desgraciado Yoshiharu Tsuge, como su personaje, dejó de dibujar de forma definitiva; como si contar sus fracasos en este cómic bello y doloroso no hubiese sido suficiente para dejar atrás el dolor y la confusión de vivir a caballo de un régimen que no acababa de morir y otro que no había nacido todavía.
 
 
Yoshiharu Tsuge
El hombre sin talento
Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Pról. Álvaro Pons
Madrid: Gallo Nero, 2015
 
 
[La próxima semana, tres novelas gráficas.] 

[Publicado el 05/11/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Yoshiharu Tsuge, Cómic, Gallo Nero]

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No muy diferentes a nosotros / "Un paseo por la literatura de Grecia y Roma" de Richard Jenkyns

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"La palabra ‘clásico' tiene varios significados habituales", escribe Richard Jenkyns, y agrega: "este libro utiliza uno de ellos: un término descriptivo que abarca la Antigüedad griega y romana hasta más o menos mediados del primer milenio después de Cristo" (276).
 
Jenkyns, quien es profesor emérito de la universidad de Oxford, observa a continuación que el término "clásico" en literatura alude a cierto tipo de obras en las que priman "el control, las normas, la tradición, la disciplina y la belleza formal" (276); en palabras de algunos, también, el aburrimiento. A pesar de ello, Un paseo por la literatura de Grecia y Roma no es un libro aburrido, aunque tampoco está libre de objeciones: a menudo su autor es caprichoso (su determinación de detenerse antes de la caída de Roma, la exclusión de cierto tipo de textos como los "exempla" literarios en los libros de retórica y su desdén por la producción literaria del Oriente romano hasta 1453 quedan inmotivados), es poco precioso en el uso de ciertos términos problemáticos (de Alceo, por ejemplo, dice que tiene "vigor y energía", pero no "grandeza", y nunca se toma la molestia de explicar qué diferenciaría una cosa de otra; de Catulo valora la "autenticidad", pero no aclara de qué forma podríamos determinar esta autenticidad de sus poemas careciendo, como carecemos, de suficiente información biográfica), incurre en anacronismos poco útiles (por ejemplo cuando describe ciertos libros de Jenofonte como "los primeros manuales de autoayuda", 111) y a menudo exagera (como cuando sostiene que "ningún historiador parece tan libre de ilusión [como Tucídides], tan liberado de la fascinación de los sentimientos, ni mira con ojos más penetrantes y claros", 84).
 
En líneas generales, sin embargo, Jenkyns es un magnífico acompañante por este Paseo: en las páginas de su libro aparecen los nombres que, forzosamente, tenían que aparecer (Homero, Hesíodo, Arquíloco, Safo, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Heródoto, Platón, Aristóteles, Calímaco, Ennio, Lucrecio, Horacio, Virgilio, Salustio, Cicerón, Séneca, Catulo, Marcial, Ovidio, Luciano, Pablo de Tarso), pero también los de autores menores y casi desconocidos que completan el retrato y permiten imaginar, por contraste, por qué algunos autores fueron incorporados al canon y otros no. La suya es una indagación no sólo en la literatura de Grecia y Roma a lo largo de unos mil años de existencia (lo cual ya sería logro suficiente), sino también de sus condiciones de posibilidad, en un giro que permite al autor hacernos entender mejor ciertas cosas, no todas ellas exentas de sorpresa: así, Jenkyns explica por qué se han conservado más poemas griegos de amor dirigidos a hombres que a mujeres ("Los hombres griegos normalmente tenían relaciones sexuales con dos clases de mujeres: sus esposas, que obedecían, y la prostitutas, a las que pagaban. Por lo tanto, no es de extrañar que la mejor poesía amatoria griega sea homosexual, porque el muchacho ha de ser cortejado, y puede rechazar", 47), interviene en la disputa acerca de si existió alguien alguna vez a quien podamos llamar "Homero" (dice que sí, que fue un solo autor y trabajó con materiales tradicionales a finales del siglo VIII o en el siglo VII a.C., con la Odisea escrita "entre veinte y cincuenta años después de la Ilíada", 15), echa por tierra visiones estereotipadas acerca de la tragedia griega (su período de esplendor fue muy breve y estuvo circunscripto a Atenas; además del coro, no era habitual que hubiese más de tres actores en escena; la lírica era principalmente cantada; a pesar de las semejanzas formales entre las piezas, se trató de un género revolucionario en su momento, etcétera) y destaca el papel de Tucídides como el primer escritor que "dio el atrevido paso de eliminar de la historia a los dioses" (79); también pone de manifiesto qué prejuicios hicieron que las primeras obras latinas fuesen históricas, intenta argumentar por qué los romanos consideraron la literatura griega "pretérita" y no tuvieron interés en la producción contemporánea en ese idioma, reconoce a Ennio el mérito de ser el primero que intentó "representar un sueño [en literatura] tal como sería en la realidad, surrealista, incoherente e inconexo" (143) y describe la actitud detrás del patronazgo de Mecenas, el lugarteniente de quien sería conocido como Augusto ("siempre que elogiasen a Augusto en algún lugar de su obra, podían hacer esencialmente lo que quisieran. El plan funcionó: el motivo por el que Augusto ha dado nombre a una época que el mundo considera uno de los períodos culminantes de la civilización no es precisamente por su maestría política, por más extraordinaria que fuera: se debe a sus poetas. Virgilio y Horacio resultaron baratos por este precio", 174).
 
Un paseo por la literatura de Grecia y Roma es una excelente introducción a una literatura que está en el origen de nuestro mundo, en toda su diversidad y contradicción. Aquí no hay "corrección marmórea", sino la producción de unos hombres no muy diferentes a nosotros, deseosos que sus visiones perdurasen, como lo hicieron.
 
 
Richard Jenkyns
Un paseo por la literatura de Grecia y Roma
Trad. Silvia Furió
Barcelona: Crítica, 2015

[Publicado el 03/11/2015 a las 13:32]

[Etiquetas: Richard Jenkyns, Ensayo, Crítica]

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Actualizaciones XII / Libros de Pierre Rahbi, Sebastián Astorga y Gabriel Zanetti y cuentos de amor victorianos

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1
 
Marta Salís traza aquí, sin proponérselo (explícitamente), un recorrido por la historia del concepto de amor en la época victoriana: desde la resignación ante el impedimento que constituyen las normas sociales hasta su cuestionamiento, evidente pero nunca plenamente expresado, que acompaña la fractura social que se produce con el ascenso del individualismo, en no menor medida debido a la disolución de los vínculos sociales, que provoca la llegada a las ciudades. Naturalmente, todo esto ha sido dicho ya narrado en buena medida por Raymond Williams en su imprescindible El campo y la ciudad, pero los relatos (de autores como Mary Shelley, Elizabeth Gaskell, Charles Dickens, Wilkie Collins, Thomas Hardy, Henry James, Arthur Conan Doyle, Rudyard Kipling, D.H. Lawrence y otros) ponen a prueba la tesis del gran intelectual galés y conforman una antología de lo más interesante de la literatura de la época.
 
En esta literatura amorosa se pone de manifiesto la sentimentalidad de una sociedad y una época refractarias a la expresión de los sentimientos, lo que hace que estos adquieran una fuerza subversiva; en ese sentido, el amor es, en ellos, casi siempre, una catástrofe, en especial allí donde tropieza con los límites impuestos por el sistema de clases y la aspiración al ascenso social. No son una catástrofe, sin embargo, sus manifestaciones literarias, especialmente "Amy Foster" de Joseph Conrad, "Georgie Porgie" de Rudyard Kipling y "Algunas formas de amar" de Charlotte Mew.
 
 
Marta Salís (sel. y trad.)
Cuentos de amor victorianos
Barcelona: Alba, 2015
 
 
2
 
Por alguna razón "dejé pasar" este texto hace dos años; leído ahora (recuperado en algún sentido), estoy impresionado por el hecho de que buena parte de sus temas, y lo esencial de su propuesta, conforman el tipo de asuntos en el que he estado pensando durante todo este tiempo, sin la claridad y la inteligencia (por supuesto) del autor de este libro.
 
Pierre Rabhi nació en Kenadsa (Argelia) en 1938 y fue obrero antes de convertirse, en torno a 1961, en uno de los pioneros de la agricultura ecológica: desde esa fecha, Rabhi ha sido testigo de buena parte de los desarrollos sociales y tecnológicos que, contra su deseo y en oposición a su proyecto vital e intelectual, nos han convertido en víctimas más o menos voluntarias de un modelo económico irracional e insustentable; también ha contemplado (naturalmente) como ese modelo, el de un capitalismo destructivo para la mayor parte de sus actores, entraba en crisis sin ser puesto realmente en cuestión.
 
A pesar de todo ello, y aunque Hacia la sobriedad feliz está escrito con la crisis más reciente del capitalismo en mente y desde la posición de quien desde hace décadas se opone activamente a él, su autor no se arroga ninguna superioridad moral sobre sus lectores. A diferencia de buena parte de los "gurúes" de las formas alternativas de vida, tampoco ofrece recetas. Hacia la sobriedad feliz es una brillante reflexión acerca de qué perdemos cuando subordinamos nuestros intereses a la producción de capital financiero y a la búsqueda de una estabilidad (económica, y por consiguiente afectiva) a la que el propio sistema que nos promete su realización se opone deliberadamente; también es una invitación a pensar qué perderíamos si, en lugar de perseguir la acumulación de bienes materiales con la esperanza de que estos consigan llenar alguna vez el vacío, llevásemos a cabo una "autolimitación voluntaria" de nuestro consumo.
 
La propuesta de una moderación sin ascetismo y una retirada parcial del sistema que implique una transformación sin revolución del mundo posiblemente parezcan poca cosa al lector acostumbrado a propuestas más radicales (y, por consiguiente, más difíciles de realizar; lo que también significa, más justificativas del inmovilismo). Hacia la sobriedad feliz tiene raíces en el pensamiento estoico y en la práctica agrícola de su autor, pero no es necesario ser estoico ni marcharse al campo para llevar a cabo lo que este libro sugiere: la promesa al final de este recorrido es la de la ansiada, y tan necesaria, libertad.
 
 
Pierre Rabhi
Hacia la sobriedad feliz
Trad. Marisa Morata Hurtado
Madrid: Errata Naturae, 2013
 
 
3
 
La literatura chilena es, desde luego, muy rica; también es increíblemente diversa, y tiene la particularidad de producir excepciones a una regla difícil de percibir o sencillamente inexistente. Si toda literatura nacional se articula mediante la imitación de dos o tres luminarias, y teniéndolas (Nicanor Parra, Roberto Merino y Roberto Bolaño, y antes Pablo Neruda y Gabriela Mistral), la chilena parece constituir una excepción a la regla en sí misma, por cuanto está conformada por textos que no se parecen a nada, que constituyen el centro de su propia galaxia.
 
Uno de esos textos es (son, en realidad se trata de dos piezas autónomas) Prohibiciones y Títulos de Sebastián Astorga (Santiago de Chile, 1980) y Gabriel Zanetti (ídem, 1983). En su serialización (de títulos de libros imaginarios la primera; de negaciones y prohibiciones en la segunda), el libro no conforma serie con otros títulos chilenos; en su nihilismo ("El kétchup/ Los tatuajes/ El budismo zen/ Peter Frampton", comienza "Prohibiciones") también define el patrimonio no solamente material de una generación de chilenos. Sus "no" dejan paso a un "sí" rotundo.
 
 
Sebastián Astorga y Gabriel Zanetti
Prohibiciones y Títulos
Santiago de Chile: Lecturas, 2014

[Publicado el 29/10/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Pierre Rahbi, Sebastián Astorga, Gabriel Zanetti, Joseph Conrad, Rudyard Kipling, Charlotte Mew, Cuento, Ensayo, Poesía, Alba, Errata Naturae, Lecturas]

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Ligera, pero crucialmente / "Los viernes en Enrico's" de Don Carpenter

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No siempre las librerías de viejo son el cementerio de los libros que a nadie le interesan; cuando Jonathan Lethem trabajaba en una de ellas, a principios de la década de 1990, se llevó a su casa un libro titulado Una pareja de comediantes de cuyo autor no sabía nada, excepto que su nombre era Don Carpenter. "Lo leí. Me encantó", afirma escuetamente en el epílogo de Los viernes en Enrico's; era el comienzo de una obsesión y de un extraño y cautivador experimento.
 
Don Carpenter había nacido en California en 1931 y se había desempeñado principalmente como guionista en Hollywood, donde había escrito el guión de Día de paga (1973); en sus ratos libres en la capital mundial del cine (donde, según Francis Scott Fitzgerald, que sabía de lo que hablaba, guionistas como Carpenter son considerados, sencillamente, "el primer borrador de un ser humano"), había escrito novelas como la antes mencionada (1979), Dura la lluvia que cae (1966), La verdadera historia de la vida de Jody McKeegan (1975), Los desposeídos (1986) y Desde un lugar lejano (1988); todas ellas le habían granjeado una cierta reputación y la admiración de sus colegas, aunque no el éxito.
 
"La sugerencia que daban las sobrecubiertas de los dos libros, junto con la transformación del Bildungsroman del norte de California de Dura la lluvia que cae hasta las juergas de la industria del espectáculo de Una pareja de comediantes, era la de un escritor que, incapaz de sostener una carrera literaria, se había trasladado a Hollywood y, de manera muy típica, nunca se había vuelto a saber nada de él", escribe Lethem. Aunque el futuro escritor no vivía lejos de la residencia de Carpenter, del que (como sostiene) se había convertido en "fan", nunca se atrevió a visitarlo, y en 1995 leyó la noticia de que ya era tarde para hacerlo: Carpenter, por entonces de sesenta y cuatro años de edad y considerablemente limitado por enfermedades diversas, se había suicidado en su casa.
 
En 1994 (es decir, un año antes), Lethem había publicado Pistola, con música de fondo; la novela dio el puntapié inicial a una de las trayectorias más fulgurantes y consecuentes de la literatura norteamericana de las últimas décadas. Hasta la fecha, el autor ha publicado libros de cuentos (Seres humanos y dibujos animados, Cómo nos volvimos insípidos), novelas (Cuando Alice se subió a la mesa, La fortaleza de la soledad, Todavía no me quieres, Chronic City, Los jardines de la disidencia), cómics (Omega el desconocido) y ensayos (El artista de la decepción, El éxtasis de la influencia), ha editado volúmenes colectivos (La exégesis de Philip K. Dick, El libro de Vintage sobre la amnesia), escrito guiones, publicado en el New Yorker y entrevistado (ejemplarmente) a Bob Dylan. Su trayectoria es, en ese sentido, opuesta a la de Don Carpenter, ya que Lethem ha conseguido ser reconocido como un escritor "para escritores" pero también para las mayorías.
 
Pese a lo cual el autor nunca dejó de defender la obra de Carpenter, lo que llevó a sus albaceas a proponerle algunos años atrás la evaluación y la posibilidad de completar la novela en la que éste se encontraba trabajando en el momento de su muerte. Lethem se sintió "eufórico y asustado" cuando recibió el manuscrito de Los viernes en Enrico's: "¿y si el libro no era bueno o no era lo bastante bueno? Muchos escritores resbalan hacia el final", pensó. No era el caso de Carpenter, por fortuna: "La voz estaba en su lugar, la arquitectura era sólida, los propósitos arteros de Carpenter estaban bien representados a lo largo de la novela", constató Lethem. "Saber que el libro existía, que Carpenter lo había sacado adelante, estuviera destinado a su publicación o no, hacía el mundo ligera, pero crucialmente más grande", escribe.
 
Según sus palabras, su intervención en el manuscrito fue mínima. "Más que nada, saqué cosas", afirma. "El libro demostraba su integridad por la forma en que se negaba a ser alterado, igual que una casa podría demostrar su solidez cuando se habita un tiempo en ella".
 
Los viernes en Enrico's es efectivamente una casa sólida y de excepcional actualidad: su tema es el de las dificultades para sacar adelante una carrera literaria y, más específicamente para "ser un escritor", pero su enfoque no es exclusivamente sociológico, sino que está puesto en la fragilidad de la existencia de unos personajes cuyos esfuerzos Carpenter narra con compasión. Quizás esa compasión estuviese orientada también hacia sus propios esfuerzos como escritor.
 
Don Carpenter es parte de la "otra literatura" de los Estados Unidos, una habitación presumiblemente incómoda de la enorme casa de la literatura norteamericana en la que, sin embargo, no puede estar mejor acompañado: habitan en ella su amigo Richard Brautigan y Charles Bukowski (sobre quien escribió un guión en 1977), así como otros autores recientemente "descubiertos" en España: Jim Carroll, Hubert Selby Jr, John Clellon Holmes, Gil Scott-Heron, Chester B. Himes, Poppy Z. Brite, Harry Crews, John Fante y Jim Thompson. Aunque marginales durante buena parte de su vida, todos ellos empiezan a recibir una atención a la altura de su calidad, y éste es también el caso de Carpenter, cuya novela Dura la lluvia que cae fue publicada en 2011 en la influyente colección de "clásicos" de la New York Review. (Duomo la publicó en España al año siguiente.) En una ironía a la altura de esa gran narradora de vidas ajenas que es la literatura, en este momento su marginalidad (así como la de otros autores a la espera de ser descubiertos, como Malcolm Braly, Larry Rivers, Lester Bangs, Kathy Acker, Kenneth Patchen, Karen Finley, etcétera) es sólo otro argumento para su introducción en el canon, pero no importa: la obra de Don Carpenter merece figurar en él de cualquier forma, en este caso gracias a su discípulo.
 
 
Don Carpenter (y Jonathan Lethem)
Los viernes en Enrico's
Trad. Javier Guerrero
Madrid: Sexto Piso, 2015

[Publicado el 27/10/2015 a las 10:34]

[Etiquetas: Don Carpenter, Jonathan Lethem, Sexto Piso, Novela]

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"El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia" / Un recorrido

imagen descriptiva

Imagen de Paco Gómez (http://nophoto.org/pacogomez).

Al menos desde 2011, cuando Pax Forlag publicó en Oslo la primera traducción de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (a la que siguieron versiones en italiano, inglés, francés, alemán, neerlandés y chino), he estado haciendo lecturas públicas de la novela, todas ellas presididas por la pregunta acerca de cómo presentar en unos pocos minutos un libro, y (más aun) cómo hacerlo con uno de la dificultad de éste: ninguna de las soluciones de circunstancias que encontré en los últimos cuatro años (leer sólo el comienzo, leer el comienzo y el final del libro, leer una sección o leer la mitad de una sección y la mitad de otra, leer sólo el final, etcétera) me satisfizo por completo.
 
En septiembre de este año, sin embargo, creí haber encontrado una solución al problema, un recorrido parcial y fragmentario que quizás lo resuma. Va aquí para poner de manifiesto que la intervención en los textos no es un tabú y que uno nunca termina de escribir un libro. Quizás éste se termine aquí, pero posiblemente no sea el caso: el lector y la lectora de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia están invitados a proponer su propio recorrido y a decir si el que yo propongo es el adecuado. Gracias a Katharina Niemeyer y María Victoria Torres, del departamento de hispánicas de la Universidad de Colonia (Alemania), a cuya invitación hice esta "cala", tal vez definitiva. (Y tal vez no.)
 
 
P. 57
El tamaño de la carpeta era de treinta por veintidós centímetros y estaba confeccionada en un cartón de escaso gramaje y de color amarillo pálido. Tenía una altura de unos dos centímetros y estaba cerrada por dos cintas elásticas que podía que hubieran sido blancas alguna vez y que en ese momento tenían un ligero tono marrón; una de las cintas sujetaba la carpeta por lo alto y otra por lo ancho, lo que hacía que conformaran una cruz; más específicamente, una cruz latina. Unos seis o siete centímetros por debajo de la cinta elástica que sujetaba la carpeta por lo ancho y unos tres centímetros por encima del borde inferior de la carpeta había un cartel pegado cuidadosamente sobre el cartón amarillo. Las letras del cartel eran negras y estaban impresas sobre un fondo gris; el cartel apenas tenía una palabra y esa palabra era un nombre: «Burdisso».
 
P. 13
Mi padre enfermó durante ese período, en agosto de 2008. Un día, supongo que el de su cumpleaños, llamé a mi abuela paterna. Mi abuela me dijo que no me preocupara, que habían llevado a mi padre al hospital sólo para un control de rutina. Yo le pregunté que a qué se refería. Un control de rutina, nada importante, respondió mi abuela; no sé por qué se alarga, pero no es importante. Le pregunté cuánto tiempo hacía que mi padre estaba en el hospital. Dos días, tres, respondió. Cuando colgué con ella llamé a la casa de mis padres. No había nadie allí. Entonces llamé a mi hermana; me contestó una voz que parecía salida del fondo de los tiempos, la voz de todas las personas que habían estado alguna vez en el pasillo de un hospital esperando noticias, una voz que suena a sueño y a cansancio y a desesperación. No quisimos preocuparte, me dijo mi hermana. Qué ha pasado, pregunté. Bueno, respondió mi hermana, es demasiado complicado para contártelo ahora. Puedo hablar con él, pregunté. No, él no puede hablar, respondió ella. Voy, dije, y colgué.
 
Pp. 11-12
Entre marzo o abril de 2000 y agosto de 2008, ocho años en los que viajé y escribí artículos y viví en Alemania, el consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo la memoria, de manera que el recuerdo de esos años -por lo menos el recuerdo de unos noventa y cinco meses de esos ocho años- es más bien impreciso y esquemático: recuerdo las habitaciones de dos casas donde viví, recuerdo la nieve metiéndose dentro de mis zapatos cuando me esforzaba por abrir un camino entre la entrada de una de esas casas y la calle, recuerdo que luego echaba sal y la nieve se volvía marrón y comenzaba a disolverse, recuerdo la puerta del consultorio del psiquiatra que me atendía pero no recuerdo su nombre ni cómo di con él. Era ligeramente calvo y solía pesarme cada vez que lo visitaba, supongo que una vez al mes o algo así. Me preguntaba cómo me iba y luego me pesaba y me daba más pastillas. Unos años después de haber dejado aquella ciudad alemana, regresé y rehice el camino hacia la consulta de aquel psiquiatra y leí su nombre en la placa que había junto a los otros timbres de la casa, pero el suyo era sólo un nombre, nada que explicase por qué yo lo había visitado y por qué él me había pesado cada vez que me había visto y cómo podía ser que yo hubiera dejado que mi memoria se fuera así, por el fregadero; aquella vez me dije que podía tocar a su puerta y preguntarle por qué yo lo había visitado y qué había pasado conmigo durante esos años, pero después consideré que tendría que haber hecho una cita previa, que el psiquiatra no debía recordarme de todas maneras y, además, que yo no tengo curiosidad sobre mí mismo realmente. Quizás un día un hijo mío quiera saber quién fue su padre y qué hizo durante esos ocho años en Alemania y vaya a la ciudad y la recorra y, tal vez, con las indicaciones de su padre pueda llegar a la consulta del psiquiatra y averiguarlo todo. Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla. No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar realmente con imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo, incluyendo la vida, pero pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebatado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria. Los hijos son los policías de sus padres, pero a mí no me gustan los policías. Nunca se han llevado bien con mi familia.
 
Pp. 18-21
Mientras volaba en dirección a mi padre y a algo que no sabía qué era pero daba asco y miedo y tristeza, me pregunté qué recordaba de mi vida con él. No era mucho: recordaba a mi padre construyendo nuestra casa; lo recordaba regresando de alguno de los periódicos donde había trabajado con un ruido de papeles y de llaves y con olor a tabaco; lo recordaba una vez abrazando a mi madre y muchas veces durmiéndose con un libro entre las manos, que siempre, al quedarse mi padre dormido y caer, le cubría el rostro como si mi padre fuera un muerto encontrado en la calle durante alguna guerra al que alguien había cubierto la cara con un periódico; y también lo recordaba muchas veces conduciendo, mirando hacia el frente con el ceño fruncido en la observación de una carretera que podía ser recta o sinuosa y encontrarse en las provincias de Santa Fe, Córdoba, La Rioja, Catamarca, Entre Ríos, Buenos Aires, todas esas provincias por las que mi padre nos llevaba en procura de que encontráramos en ellas una belleza que a mí me resultaba intangible, siempre procurando darle un contenido a aquellos símbolos que habíamos aprendido en una escuela que no se había desprendido aún de una dictadura cuyos valores no terminaba de dejar de perpetuar y que los niños como yo solíamos dibujar utilizando un molde de plástico que nuestras madres nos compraban, una plancha con la que, si uno pasaba un lápiz sobre las líneas caladas en el plástico, podía dibujar una casa que nos decían que estaba en Tucumán, otro edificio que estaba en Buenos Aires, una escarapela redonda y una bandera que era celeste y blanca y que nosotros conocíamos bien porque supuestamente era nuestra bandera, aunque nosotros la hubiéramos visto ya tantas veces antes en circunstancias que no eran realmente nuestras y escapaban por completo a nuestro control, circunstancias con las que nosotros no teníamos nada que ver ni queríamos tenerlo: una dictadura, un Mundial de fútbol, una guerra, un puñado de gobiernos democráticos fracasados que sólo habían servido para distribuir la injusticia en nombre de todos nosotros y del de un país que a mi padre y a otros se les había ocurrido que era, que tenía que ser, el mío y el de mis hermanos.
 
Existían algunos recuerdos más pero estos se adherían para conformar una certeza que era a su vez una coincidencia, y muchos podrían considerar esta coincidencia meramente literaria, y quizás lo fuera efectivamente: mi padre siempre había tenido una mala memoria. Él decía que la tenía como un colador, y me auguraba que yo también la tendría así porque, decía, la memoria se lleva en la sangre. Mi padre podía recordar cosas que habían sucedido hacía décadas pero, al mismo tiempo, era capaz de haber olvidado todo lo que había hecho ayer. Su vida probablemente fuera una carrera de obstáculos por eso y por decenas de otras cosas que le pasaban y que a veces nos hacían reír y a veces no. Un día llamó a casa para preguntarnos su dirección; no recuerdo si fue mi madre o alguno de mis hermanos el que levantó el teléfono y allí estaba la voz de mi padre. Dónde vivo, preguntó. Cómo, preguntó a su vez cualquiera que estuviera del otro lado del teléfono, mi madre o alguno de mis hermanos o quizás yo mismo. Que dónde vivo, volvió a decir mi padre, y la otra persona -mi madre, o mis hermanos, o yo mismo- recitó la dirección; un rato después estaba sentado a la mesa y miraba un periódico como si no hubiera sucedido nada o como si él ya hubiera olvidado lo que había sucedido. En otra ocasión tocaron el timbre; mi padre, que pasaba por allí, agarró el interfono que había junto a la cocina y preguntó quién era. Somos los Testigos de Jehová, dijeron. Los testigos de quién, preguntó mi padre. De Jehová, respondieron. Y qué quieren, volvió a preguntar mi padre. Venimos a traerle la palabra de Dios, dijeron. De quién, preguntó mi padre. La palabra de Dios, contestaron. Mi padre volvió a preguntar: Quién. Somos los Testigos de Jehová, dijeron. Los testigos de quién, preguntó mi padre. De Jehová, respondieron. Y qué quieren, volvió a preguntar mi padre. Venimos a traerle la palabra de Dios, dijeron. De quién, preguntó mi padre. La palabra de Dios, contestaron. No, esa ya me la trajeron la semana pasada, dijo mi padre, y colgó sin echarme siquiera una mirada a mí, que estaba a su lado y lo miraba perplejo. A continuación caminó hasta mi madre y le preguntó dónde estaba el periódico. Sobre la estufa, respondió mi madre, y ni ella ni yo le dijimos que era él quien lo había dejado allí unos minutos antes.
 
Pp. 51-53
Una línea de luz se colaba a través de la persiana baja del estudio de mi padre; al levantar la persiana, sin embargo, la luz que entró en la habitación me pareció más débil de lo que indicaba aquella línea. Aparté las cortinas y encendí una lámpara de mesa, pero incluso así tuve la impresión de que la luz era insuficiente. Mi padre solía decirle a mi hermano cuando era niño que podía salir a jugar pero debía regresar cuando ya no pudiera verse las manos, pero mi hermano podía vérselas también durante la noche. En aquel momento, sin embargo, y aunque no era de noche aún, era yo el que no podía vérmelas. Sentí una presencia a mis espaldas y por un momento pensé que era mi padre, que venía a regañarme por haberme colado en su estudio, pero luego vi que era mi hermano. Creo que estoy volviéndome loco, le dije, no puedo verme las manos. Mi hermano me miró fijamente y dijo: A mí también me lo parece, pero no supe si se refería a que yo me había vuelto loco o a que él tampoco podía verse las manos; como fuera, un momento después regresó con una lámpara de flexo, que ajustó a la mesa y encendió junto con las otras. La luz seguía siendo insuficiente pero ya permitía distinguir algunos objetos en la penumbra: una cuchilla para cortar papel, una regla, un tarro con lápices, bolígrafos y resaltadores, y una máquina de escribir puesta de pie para ahorrar espacio. Sobre la mesa había una pila de carpetas, pero yo no la toqué todavía. Me senté en la silla de mi padre y me puse a mirar el jardín, preguntándome cuántas horas había pasado allí y si había pensado en mí alguna vez en ese sitio. El estudio permanecía helado, y yo me incliné hacia delante y cogí una carpeta de la pila. La carpeta reunía información para un viaje que mi padre no había hecho y que quizás ya no hiciera nunca. La aparté a un lado y tomé otra, que reunía recortes de prensa recientes, firmados por él; estuve leyéndolos un rato y luego los dejé a un costado. En una hoja suelta encontré una lista de libros que mi padre había comprado recientemente: había un título de Alexis de Tocqueville, otro de Domingo Faustino Sarmiento, una guía de carreteras de Argentina, un libro sobre esa música del noreste del país llamada chamamé y un libro que yo había escrito hacía tiempo. En la siguiente carpeta encontré la reproducción de una vieja fotografía, ampliada hasta que los gestos se habían trastocado en puntos. En ella aparecía mi padre aunque, desde luego, no era mi padre justamente, sino quienquiera que él había sido antes de que yo lo conociera: tenía el cabello moderadamente largo y unas patillas y sostenía una guitarra; a su lado había una joven de cabello largo y lacio que tenía un gesto de una seriedad sorprendente, y una mirada que parecía decir que ella no iba a perder el tiempo porque tenía cosas más importantes que hacer que quedarse quieta para una fotografía, tenía que luchar y morir joven. Yo pensé: Conozco este rostro, pero después, al leer los materiales que mi padre había reunido en esa carpeta, pensé que yo no lo había conocido, que no lo había visto jamás y que hubiera preferido seguir sin haberlo visto nunca, sin haber sabido nada de la persona que había estado detrás de ese rostro, y, a la vez, sin saber nada sobre las últimas semanas de mi padre, porque no siempre quieres saber ciertas cosas debido a que lo que sabes se convierte en algo de tu propiedad, y hay ciertas cosas que tú no quisieras poseer nunca.
 
Pp. 142-145
Al abandonar las fotografías sobre la mesa de trabajo de mi padre comprendí que su interés por lo sucedido a Alberto Burdisso era el resultado de su interés por lo que le sucediera a su hermana Alicia, y que ese interés era a su vez el producto de un hecho que tal vez mi padre no pudiera explicarse siquiera a sí mismo pero para cuya dilucidación él había reunido todos los materiales, y ese hecho era que él la había iniciado en la política sin saber que lo que hacía iba a costarle a esa mujer la vida y que a él iba a costarle décadas de miedo y de arrepentimiento y que todo ello iba a tener sus efectos en mí, muchos años después. Al procurar dejar atrás las fotografías que acababa de ver comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura.
 
Además, y yo había visto suficientes obras así ya e iba a ver muchas más en el futuro, el relato de lo sucedido por entonces desde la perspectiva del género tenía algo de espurio, por cuanto, por una parte, el crimen individual tenía menos importancia que el crimen social, pero éste no podía ser contado mediante los artificios del género policíaco sino a través de una narrativa que adquiriese la forma de un enorme friso o la apariencia de una historia personal e íntima que evitase la tentación de contarlo todo, una pieza de un puzzle inacabado que obligase al lector a buscar las piezas contiguas y después continuar buscando piezas hasta desentrañar la imagen; y, por otra, porque la resolución de la mayor parte de las historias policíacas es condescendiente con el lector, no importa la dureza que hayan exhibido en sus argumentos, para que el lector, atados los cabos sueltos y castigados finalmente los culpables de los hechos narrados, pueda devolverse a sí mismo al mundo real con la convicción de que los crímenes están resueltos y permanecen encerrados entre las cubiertas de un libro, y que el mundo de fuera del libro se orienta por los mismos principios de justicia de la obra narrada y no debe ser cuestionado.
 
Al pensar en todo esto y al volver a pensar en ello durante los días y las noches siguientes, echado en la cama de una habitación que había sido mía o sentado en la silla de un pasillo de hospital que empezaba a resultarme conocido, frente a la claraboya circular de una habitación en la que estaba muriendo mi padre, me dije que yo tenía los materiales para escribir un libro y que esos materiales me habían sido dados por mi padre, que había creado para mí una narración de la que yo iba a tener que ser autor y lector, y descubrir a medida que la narrara, y me pregunté también si mi padre lo había hecho de forma deliberada, como si presintiese que un día no iba a estar él allí para llevar a cabo la tarea por sí mismo y que ese día se acercaba, y hubiese deseado dejarme un misterio a modo de herencia; y me pregunté también qué hubiera pensado él, que era un periodista y por lo tanto prestaba mucha más atención a la verdad que yo, que nunca me había sentido cómodo con ella y le había hecho ambages para que se apartara de mí y me había marchado a un país que no había sido una realidad para mí desde el principio, que había sido un sitio donde no existía la situación opresiva que sí había sido real para mí durante largos años, me pregunté, digo, qué hubiera pensado él de que yo escribiera un relato que apenas conocía, que sabía cómo terminaba -era evidente que terminaba en un hospital, como terminan casi todas las historias- pero no sabía cómo comenzaba o qué sucedía en el medio. Qué hubiera pensado mi padre de que yo contase su historia sin conocerla por completo, persiguiéndola en las historias de otros como si yo fuera el coyote y él el correcaminos y yo tuviera que resignarme a verlo perderse en el horizonte dejando detrás de sí una nube de polvo y a mí con un palmo de narices; qué hubiera pensado mi padre de que yo contara su historia y la historia de todos nosotros sin conocer en profundidad los hechos, con decenas de cabos sueltos que iba anudando lentamente para construir un relato que avanzaba a trompicones y contra todo lo que yo me había propuesto, pese a ser yo, indefectiblemente, su autor. ¿Qué había sido mi padre? ¿Qué había querido? ¿Qué era ese fondo de terror que yo había deseado olvidar por completo y que había regresado a mí cuando las pastillas habían comenzado a acabarse y yo había descubierto entre sus papeles la historia de los desaparecidos, que mi padre había hecho suya, que había explorado tanto como había podido para no tener que aventurarse en la suya propia?
 
Pp. 166-169
Mis padres habían pertenecido a una organización política cuyo nombre fue Guardia de Hierro. A diferencia de su desafortunado nombre, que la asocia con una organización rumana de entreguerras con la que su homóloga argentina tan sólo coincide en la denominación [1], la organización de mis padres era peronista, aunque la forma de pensar de sus integrantes -más aún, la de mis padres [2]- parece haber sido, al menos, materialista histórica [3] [4]; puesto que sus miembros no provenían en su mayoría de hogares peronistas, sus esfuerzos se orientaron a averiguar en qué consistía ser uno, y recurrieron a los barrios, en los que la épica peronista de la distribución del ahorro y los tiempos de prosperidad y paternalismo aún estaban vívidos en la memoria de sus habitantes, como también estaba presente la Resistencia [5], a la que la organización de mis padres contribuyó en su última etapa. Este aspecto diferencia a la organización de mis padres de Montoneros, la organización con la que en un momento estuvo a punto de fusionarse [6]: Guardia de Hierro no se creyó en disposición de la verdad acerca del proceso revolucionario sino que salió a buscarla en la experiencia de resistencia de las clases bajas [7]; no procuró imponer unas prácticas sino adquirirlas. La otra diferencia sustancial fue su rechazo a la vía armada; tras un período de discusión [8], la organización decidió no recurrir a las armas excepto con fines defensivos, y supongo que esto es lo que salvó la vida de mis padres y de una buena cantidad de sus compañeros y, de forma indirecta, la mía [9]. A partir de ese momento las herramientas principales de construcción de poder de la organización fueron la palabra y la discusión, cuyo potencial de transformación es, como sabemos, ínfimo; pero algo sucedió con ellos: durante un largo período fueron la organización más poderosa del peronismo y la única con una inserción real más allá de la clase media, cuya voluntad de transformación acabó demostrándose inexistente. Su propuesta era la de crear una «retaguardia ambiental» [10], un Estado en la base material de la sociedad con la finalidad de reemplazar al Estado militarizado y carente de legitimación política que había sido instalado en 1955, y construir poder desde las bases atendiendo a sus problemas reales y sin optar por las armas excepto como instrumento marginal de construcción de una alternativa y como elemento de agitación [11]. Sin embargo, ser un peronista absolutamente leal a Perón acabó convirtiéndose en una trampa, puesto que, por una parte, la adhesión incondicional al líder del movimiento llevó a la organización de mis padres a aceptar un gobierno impotente constituido por una mujer ignorante y un asesino sádico al que llamaban El Brujo por su esperpéntico entusiasmo por las artes ocultas, y, por otra, los llevó a un callejón de salida tras la muerte de Perón [12]. ¿Adónde va un ejército cuando su general ha muerto? A ninguna parte, naturalmente. Aunque Perón afirmó que su «único heredero» era el pueblo, el que a su vez estaba penetrado por Guardia de Hierro, que nadaba en él como el pez en el agua pero a su vez le ponía un cauce y lo demarcaba -como si el agua careciese de sentido sin el pez y éste sin el agua y uno y otro fuesen a desaparecer ante la ausencia del otro-, Guardia de Hierro se disolvió tras la muerte de Perón [13], incapaz de hacerse cargo de una herencia que iba a tener que defender con armas y con sangre en los meses que vendrían. Esto también salvó la vida de mis padres y la mía [14]. Aquellos entre sus compañeros que decidieron integrarse a otras organizaciones para continuar la militancia fueron asesinados y desaparecidos, y otros se marcharon del país, pero el resto también vivió un doloroso proceso de adaptación y una especie de exilio interior en el que debieron asistir al fracaso de una experiencia revolucionaria a la que la dictadura pondría un final definitivo. Quien continuó tras ese final o fue mandado a continuar fue asesinado; mis padres continuaron a su manera: mi padre siguió siendo periodista y mi madre también, y tuvieron hijos a los que les dieron un legado que es también un mandato, y ese legado y ese mandato, que son los de la transformación social y la voluntad, resultaron inapropiados en los tiempos en que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y de frivolidad y de derrota.
 
Nací en diciembre de 1975, lo que supone que fui concebido hacia marzo de ese año, algo menos de un año después de la muerte de Perón y apenas unos meses después de la separación de la organización de la que formaban parte mis padres. Me gusta preguntarles a las personas que conozco cuándo han nacido; si son argentinos y han nacido en diciembre de 1975 pienso que tenemos algo en común, ya que todos los nacidos por esa época somos el premio de consolación que nuestros padres se dieron tras haber sido incapaces de hacer la revolución. Su fracaso nos dio la vida, pero también nosotros les dimos algo a ellos: en aquellos años, un hijo era una buena pantalla, una señal inequívoca que debía ser interpretada como la adhesión a una forma de vida convencional y alejada de las actividades revolucionarias; un niño podía ser, en un retén o en un allanamiento, la diferencia entre la vida y la muerte.
 
Un minuto. Un minuto era una mentira, una cierta fábula que mi padre y sus compañeros inventaban todo el tiempo por el caso de que los detuvieran; si el minuto era bueno, si era convincente, quizás no los mataran de inmediato. Un minuto bueno, una buena historia, era simple y breve e incluía detalles superfluos porque la vida está llena de ellos. Quien contara su historia de principio a final estaba condenado, porque ese rasgo específico, la capacidad de contar una historia sin dubitaciones, que tan raramente se encuentra entre las personas, era para quienes los perseguían una prueba de la falsedad de la historia mucho más fácil de determinar que si la historia tratara de extraterrestres o fueran cuentos de aparecidos. En esos años, un hijo era ese minuto.
 
Pp. 185-190
Un día recibí una llamada de la universidad alemana en la que trabajaba. Una voz femenina, que yo imaginaba surgiendo de un cuello recto que se extendía desde una barbilla pequeña hasta el cuello ligeramente abierto de una camisa, en una oficina pequeña llena de plantas que olía a café y a papel viejo, puesto que todas las oficinas alemanas son así, me dijo que debía reincorporarme al trabajo o se verían obligados a rescindir mi contrato. Yo le pedí un par de días para pensarlo, y escuché el eco de mi voz a través del teléfono hablando en una lengua extranjera. Entonces la mujer asintió y colgó y yo pensé que tenía dos días para decidir qué haría, pero también pensé que no hacía falta pensarlo: yo estaba allí y tenía una historia para escribir y era una historia de las que pueden hacer un buen libro porque tenía un misterio y tenía un héroe, un perseguidor y un perseguido, y yo ya había escrito historias así y sabía que podía volver a hacerlo; sin embargo, también sabía que esa historia había que contarla de otra forma, con fragmentos, con murmullos y con carcajadas y con llanto y que yo tan sólo iba a poder escribirla cuando ya formase parte de una memoria que había decidido recobrar, para mí y para ellos y para los que nos siguieran. Mientras pensaba todo esto de pie junto a la mesa del teléfono vi que había comenzado a llover nuevamente y me dije que iba a escribir esa historia porque lo que mis padres y sus compañeros habían hecho no merecía ser olvidado y porque yo era el producto de lo que ellos habían hecho, y porque lo que habían hecho era digno de ser contado porque su espíritu, no las decisiones acertadas y equivocadas que mis padres y sus compañeros habían tomado, sino su espíritu mismo, iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto.
 
Alguien dijo en cierta ocasión que hay un minuto que se escapa del reloj para no tener que suceder nunca y ese minuto es el minuto en el que alguien muere; ningún minuto quiere ser ese momento, y huye y deja el reloj haciendo gestos con sus manecillas y con cara de imbécil.
 
Quizás haya sido eso, quizás fuese la renuencia de un minuto a ser el minuto en que alguien deja de respirar, pero el hecho es que mi padre no murió: finalmente, algo lo hizo aferrarse a la vida y abrió los ojos y yo estaba allí cuando lo hizo. Creo que quiso decir algo, pero yo le advertí: Tienes un tubo en la garganta, no puedes hablar, y él me miró y luego cerró los ojos y pareció que, por fin, descansaba.
 
[...]
 
Esa noche antes de abordar el avión me puse a mirar con mi madre las fotografías que mi padre me había hecho con su cámara Polaroid cuando era un niño. Yo me había desdibujado en ellas; pronto mi pasado se habría borrado completamente y mi padre y mi madre y mis hermanos y yo íbamos a estar unidos también en eso, en la desaparición absoluta.
 
Mientras mirábamos esas fotografías que habían comenzado literalmente a borrarse entre nuestros dedos, le pregunté a mi madre por qué mi padre había buscado a Alicia Burdisso y qué había querido encontrar realmente. Mi madre dijo que a mi padre y a ella les hubiera gustado que sus compañeros y aquellos con los que habían compartido la lucha, los que habían conocido y los que no habían llegado a conocer nunca, aquellos a los que por las reglas más simples de seguridad habían conocido sólo con nombres de guerra absurdos como los que ellos mismos llevaban, no hubieran muerto como murieron. A tu padre no le apena haber peleado la guerra: sólo le apena no haberla ganado, dijo mi madre. A tu padre le hubiera gustado que las balas que mataron a nuestros compañeros hubieran recorrido un largo trayecto y no tan sólo unos pocos metros, y que ese trayecto se hubiese podido contar en miles de kilómetros y en años de recorrido para que todos hubiéramos tenido tiempo de hacer lo que teníamos que hacer, y a tu padre le hubiera gustado que sus compañeros hubieran aprovechado ese tiempo para vivir y escribir y viajar y tener hijos que no los comprendieran, y que sólo después hubieran muerto. A tu padre no le hubiera importado que sus compañeros hubieran vivido para traicionar a la revolución y a todos sus ideales, que es lo que todos hacemos al vivir porque vivir es prácticamente tener un proyecto y esforzarse por que nunca suceda, pero sus compañeros, nuestros compañeros, no tuvieron tiempo. A tu padre le hubiera gustado que las balas que los mataron les hubieran dado tiempo de vivir y de dejar hijos que quisieran entender y fueran detrás de ellos tratando de comprender quiénes habían sido sus padres y qué habían hecho y qué les habían hecho y por qué todavía seguían vivos. A tu padre le hubiera gustado que nuestros compañeros murieran así y no torturados, violados, destrozados, arrojados desde aviones, hundiéndose en el mar, baleados en la nuca, en la espalda, en la cabeza, con los ojos abiertos viendo el futuro. A tu padre le hubiera gustado no ser de los pocos que sobrevivieron porque un sobreviviente es la persona más sola del mundo. A tu padre no le hubiera molestado morir si a cambio había una posibilidad de que alguien lo recordara y que después decidiera contar su historia y la de las personas que fueron sus compañeros y marcharon con él hasta el puto fin de los tiempos. Quizás pensó, como solía hacerlo a veces: «Que por lo menos quede algo escrito», y que lo escrito sea un misterio y que sirva para que mi hijo busque a su padre y lo encuentre, y que encuentre con él a quienes compartieron con su padre una idea que sólo podía terminar mal. Que buscando a su padre sepa qué sucedió con él y con los que él quiso y por qué todo eso es lo que él es. Que mi hijo sepa que pese a todos los malentendidos y las derrotas hay una lucha y no se acaba, y esa lucha es por verdad y por justicia y por luz para los que están en la oscuridad. Eso dijo mi madre un momento antes de cerrar el álbum de fotografías.

[Publicado el 21/10/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Novela, Literatura Random House]

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La resistencia / Nosotros caminamos en sueños 33

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Una imagen de Shaun Tan /

Si usted está leyendo este artículo en internet, lo más factible es que deje de hacerlo después del siguiente punto y aparte: según un estudio de Microsoft, la capacidad de atención del lector medio en la Red es de ocho segundos.
 
Vivimos tiempos veloces, en los que saltamos de una información y de una tarea a otra con rapidez y algo de angustia. Amazon ha anunciado recientemente que modificará los criterios de su plataforma de autopublicación para pagar a los autores por página leída. Un tiempo atrás, una editorial inglesa evaluó los hábitos de lectura de los compradores de sus libros electrónicos de no ficción y descubrió que estos no solían pasar de la página 60; consiguientemente, produjo una serie de 59 páginas. ¿Por qué estudiar cuánto tiempo puede uno concentrarse? Para determinar si todavía es posible acelerar aún más el tráfico.
 
Según Microsoft, somos más hábiles que en el pasado para apuntar hechos sueltos, pero estamos incapacitados para ponerlos en contexto. El problema, por supuesto, es que del contexto depende la interpretación (un hecho aislado nunca significa nada), y es precisamente allí donde radican nuestras esperanzas: toda tendencia genera una resistencia en un momento u otro, y la resistencia ante la sumisión a la velocidad, a la fugacidad de la información y su aceptación acrítica y pasiva está dentro y fuera de la Red, en la actitud vigilante de ciertos lectores y en unas empresas periodísticas que apuesten por un periodismo de calidad; es decir, un periodismo que provea a su lector de información, pero también de las herramientas para el ejercicio crítico.
Que haya llegado usted hasta aquí, en particular si está leyendo este artículo en internet, es, por todo esto, una razón para tener esperanzas. Por mi parte, lo/la felicito por haberse pasado a la resistencia.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 22 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 19/10/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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