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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 26 de noviembre de 2014

 Blog de Patricio Pron

El futuro abandonado / "El comunista manifiesto" de Iván de la Nuez

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Algunos años después de la caída del Muro de Berlín el francés Eric Lusito recorrió la antigua Unión Soviética visitando instalaciones militares abandonadas; sus fotografías (una selección de las cuales se puede encontrar en su página web, así como en el libro After the wall: Traces of the Soviet empire) parecen ratificar la afirmación de Iván de la Nuez de acuerdo a la cual aquel muro cayó (de alguna manera) tanto hacia el este como hacia el oeste, dejando a ambos lados de su antiguo emplazamiento las ruinas y los restos del "futuro abandonado" que el artista francés registró durante su viaje y que son, en general, las ruinas y los restos sobre los que se asienta el triunfo global del capitalismo (incluso del capitalismo en crisis de nuestros días).
 
El comunista manifiesto no tiene como propósito reflexionar acerca de las consecuencias de la caída del régimen soviético al este del Muro sino en las sociedades occidentales, allí donde la figura de Karl Marx empieza a ser recuperada (de la Nuez menciona, por ejemplo, el éxito de una edición ilustrada reciente del Manifiesto comunista y del "Marxism Festival" londinense) y la apropiación artística de los restos de la producción visual soviética permite pensar que, como sostiene el ensayista cubano, el comunismo "está ‘sucediendo' en Occidente como estética" (28).
No se trata tan sólo de esa apropiación de la figura de Marx (cuyo rostro, nos informa de la Nuez, ha sido escogido recientemente como imagen de las tarjetas de crédito emitidas por la Sparkasse de Chemnitz, Alemania; o de su nombre, registrado como marca por el colectivo hispanoalemán PSJM): lo que sucede, para de la Nuez, es el retorno de una cierta visión "comunista" de la historia que se desdobla en dos territorios vinculados; por una parte, el de la postulación de un sujeto colectivo en textos como ¡Indignaos! de Stéphane Hessel (2010) y en los géneros afines del panfleto y del libro de circunstancias (cuya finalidad, sostiene el ensayista, es disipar las dudas en lugar de responderlas, de allí su pobreza teórica y su puerilidad, que el autor compara con la de los libros de autoayuda); por otra, en el ámbito artístico, a cuyos productores el comunismo ofrece un repertorio de símbolos y figuras potencialmente reescribibles, citables, parodiables.
 
A diferencia de otros autores, de la Nuez no juzga estas producciones artísticas en términos de su adhesión o su distanciamiento de cierta ortodoxia ideológica, ni parece particularmente apenado por la apropiación capitalista de los íconos del comunismo (según afirma, "para la izquierda radical, el fetiche del Che significa una victoria cultural después de una derrota política, Para la derecha radical, el fetiche del Che significa una derrota cultural después de una victoria política", 129); por El comunista manifiesto se pasean el escritor y activista político ruso Eduard Limónov, el dictador (¡y crítico cinematográfico!) Kim Jong Il, Jon McNaughton (pintor "oficial" del Tea Party), Charlie Crane, Joan Fontcuberta y sus falsificaciones, los aficionados al skate en la Alemania comunista, Boris Groys y su Obra de arte total Stalin (2008): la profusión de figuras y de ejemplos a lo largo de este libro permite pensar que, si algo se le puede reprochar a su autor, es que a menudo parezca confundir comunismo con cultura soviética (o con estalinismo, por el caso) y la apropiación artística de los símbolos del comunismo soviético con la adopción de su ideología (prueba de lo cual es su afirmación de que la apropiación artística del marxismo y del comunismo en Occidente "no confirma ni la muerte definitiva [del comunismo] que tranquiliza a los cínicos ni la inmortalidad definitiva que consuela a los nostálgicos", 63).
 
En cualquier caso, El comunista manifiesto es un libro extraordinario, la importancia de cuyos interrogantes debería convertirlo en el primero de muchos acerca de estas cuestiones. De la Nuez acierta al sugerir en él que el "comunismo" de un texto no radica tanto en su uso de la iconografía comunista como en su contribución a la creación de una comunidad de lectores en el marco de la cual se dialogue acerca del "resarcimiento de una posibilidad, acaso minúscula, de vivir de otro modo" (104). Acerca de la urgencia de esos diálogos se refiere el ensayista cuando afirma ver en ciertas producciones artísticas como la del fotógrafo alemán (del Este) Andreas Gursky "una vida colectiva despojada de comunidad, lo que refleja no sólo el fracaso del comunismo, sino también el del capitalismo" (75), un panorama que "ya no dispone de formatos institucionales en los que insertar las nuevas variantes políticas que han aparecido" (143) y requiere, por lo tanto, nuevos y mejores diálogos como los que propicia este libro.
 
 
Iván de la Nuez
El comunista manifiesto: Un fantasma vuelve a recorrer el mundo
Pról. Josep Ramoneda
Barcelona: Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2013
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, enero de 2013.]

[Publicado el 11/2/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Iván de la Nuez, Galaxia Gutenberg, Ensayo]

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El nacimiento de una nación / "Más fuego (Una alegoría)" de Rafael Gumucio / Cita

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Dos días llevaba quemándose el bosque cuando Schmit y Letelier decidieron cabalgar hacia la pradera cenicienta. Al borde del riachuelo, los arbustos negros beben el agua carbonizada. Schmit cabalga colina abajo. Letelier lo sigue a saltos. A lo lejos, los inquilinos azotan las llamas para atraerlas hacia la selva. Recién ahora, después de dos semanas de quema y tala, el lago está a la vista. Unos días más de fuego y se podrá cabalgar hacia su playa de grandes piedras grises, contemplar el volcán y por los cuatro costados, otros incendios que liberan las laderas de cardos, zarzamoras, lengas y coligües que no permiten ver el sol.
 
De pronto, el caballo de Schmit se encabrita. El suelo está tibio aún por el incendio de anoche. El humo recorre los primeros trigales allá, más allá del río. Schmit, sin embargo, empuja su cabalgadura hacia los grises pastizales, mientras Letelier silba a sus perros. Al bajar otra colina y encontrar por fin la planicie, el caballo de Schmit vuelve a pararse, justo donde acaban las cenizas del pastizal yace un indio semidesnudo, los atavíos ceremoniales de plata colgando del cuello, la piel completamente quemada. Schmit va a desmontar del caballo para rescatarlo cuando el indio le hace un lánguido gesto para que no haga nada.
 
-No se preocupen, soy un símbolo.
 
-¿Cómo dijo? -pregunta Letelier.
 
-Soy un símbolo, pero ya no me acuerdo de qué -insiste el indio.
 
-Pero, ¿qué hace aquí -se indigna Schmit-, si sabe que estamos quemando? Les advertimos a todos que íbamos a quemar. Eso es lo que pasa con la gente como ustedes: no escuchan y se van a meter donde no les importa.
 
-Ya me acordé de qué soy símbolo -dice, desganado, el indio-. Soy el símbolo de la incomprensión.
 
-Bueno, ya que está aclarada su función podríamos pasar -dice Letelier-. Tenemos que parcelar estas tierras.
 
-¿Usted sabe lo que dicen los españoles en estos casos? "Sobre mi cadáver". ¿Quieren ustedes hacerme el favor de pasar sobre mi cadáver?
 
-Primero deberíamos matarlo. Si no, no es usted propiamente un cadáver -repone el siempre práctico Letelier.
 
-Además, perdóneme, pero me parece muy violento que usted me obligue a pasar, así sin previo aviso, sobre su cadáver -agrega Schmit-. Usted no será cristiano, pero yo sí, y pisotear a un muerto me puede costar la vida eterna.
 
-Ya, pues, no sea tan delicado -alega el cacique-. ¿No ve que estoy todo quemado, no ve las llagas que cubren mi cuerpo? Me harán un favor si me matan.
 
-Y sus hijos y su tribu se vengarán -responde, cada vez más indignado, Schmit-. Es lo que pasa con ustedes: no se puede negociar porque son de una mala fe increíble. Quieren esto y después quieren lo otro.
 
-Podemos llegar a un acuerdo -interviene Letelier-. Si el señor en el suelo hace algún gesto amenazante, nosotros podríamos matarlo en defensa propia y pasar sobre su cadáver con toda legitimidad. Y todos tan contentos.
 
El indio arrisca lo que le queda de nariz.
 
-No me tinca. Como estoy de cagado, no me importa que me maten como sea. Pero, siendo como soy, un símbolo, prefiero que me maten de puro crueles que son.
 
-Pero no somos crueles -se defiende Schmit-. Sólo queremos vivir en paz en esta tierra. Alimentar a nuestras familias, construir nuestras casas. Nosotros sólo queremos la paz; son ustedes los que no la quieren. Mírese ahí en el suelo, todo chamuscado, provocándonos. Usted ni siquiera desea morir en paz, ni que yo muera en paz. Usted, en el fondo, odia la paz.
 
-¿Cómo quiere que lo amenace si no puedo ni levantarme? -se resigna el indio.
 
-Bastaría con una amenaza verbal.
 
-Bueno, si es tan necesario... -suspira el herido, en el suelo-. ¡Winkas, salgan de mis tierras ancestrales! -vocifera,y después de proferir su grito de guerra comienza a toser-. ¿Así está bien? Si me prestan un cuchillo los puedo amenazar con él.
 
-Con eso basta -se apiada Letelier, que entonces baja del caballo, se acerca al hombre carbonizado y, tras persignarse, lo encañona con su revólver.
 
-Y eso que le estaba tomando cariño, hombre. Las cosas que me obliga a hacer... -se lamenta, antes de dispararle al cacique en el centro del pecho. Este tose dos veces antes de expirar.
 
Con el pie, Letelier comprueba que su víctima esté bien muerta.
 
-Indignante. Indignante esta gente como juega con los sentimientos de uno -se queja Schmit, antes de obligar a su cabalgadura, que siente una natural repugnancia hacia el olor de la carne quemada, a avanzar sobre los restos del símbolo.
 
 
En
Rafael Gumucio
Historia personal de Chile: De Almagro a Bachelet
Santiago de Chile: Hueders, 2013
pp. 87-89

[Publicado el 06/2/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Citas]

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"Una provincia cagona y con miedo" / "Los platos rotos" de Rafael Gumucio

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El escritor chileno Rafael Gumucio. Crédito de la imagen, desconocido.

Rafael Gumucio tenía menos de veintitrés años de edad cuando decidió que contaría la historia de su país; es decir, la historia de una "provincia cagona y muerta de miedo" (16) llamada Chile. Era el año 2003 y Los platos rotos se convirtió en un hito, entre otras razones, por la contundencia con la que su autor echaba por tierra los mitos nacionales, desde La Araucana de Alonso de Ercilla (que define como "una especie de Eneida a la española, compuesta en delirantes octavas reales y con el muy militar objetivo de honrar una deserción", 24) hasta la inmolación de Salvador Allende.
 
Gumucio narra la conquista del territorio chileno como una epopeya de delincuentes y mujeres atroces; la independencia como un poema épico sin épica y sin poesía; la prematura y tan comentada tradición democrática chilena como una sucesión de gobiernos liderados por arribistas y oportunistas sin ideología (Manuel Montt, por ejemplo, a quien llama "el ilustre inventor de esa mediocridad elevada a la categoría de virtuosismo, de esa brillante ausencia de brillo que retrata al funcionario chileno. Es el modelo que imitan hasta hoy los vendedores de cortadoras de pasto, de seguros de vida y de perritos de porcelana", 75). "Si hoy apenas entendemos las razones de la guerra, sus contemporáneos las entendieron aun menos", afirma, en una de las explicaciones más completas que se puedan encontrar (por estar incompleta, por admitir que no entiende) de la guerra del Pacífico; a Alexander Selkirk, el personaje que inspiró a Daniel Defoe su Robinson Crusoe, lo eleva a la categoría de mito fundador de una nación de comerciantes obsesionada con el orden (y en la cual "el vino quiere ser francés, el campo andaluz, los empresarios californianos" pero "entre un intento y otro, de pronto se logra algo de autenticidad", 201); a Pablo Neruda y a Gabriela Mistral les cambia el género: ella es la del "resplandor masculino"; él, el de la "acuosidad femenina" (133).
 
Los platos rotos no tiene como propósito la difamación, incluso aunque es evidente que ninguno de sus personajes sale bien parado: de fondo hay un análisis nada complaciente de la forma en que la historia chilena ha contribuido a la constitución de una sociedad marcada por la desigualdad, por el prejuicio, por una conciencia de sí articulada sobre mitos y errónea. Así, Gumucio escribe (acerca de la frase "Porque no tenemos nada, lo queremos todo"):
 
"Esa frase podría coronar cualquier edificio público, cualquier manual chileno de Historia, y todas y cada una de nuestras biografías. Porque es así como nos vemos: un país que, porque no tiene nada, y sólo por eso, lo quiere todo y tiene derecho a todo.
 
"Esa conciencia de escasez y miseria no repara en que más de una vez hemos sido ricos, y que lo seguimos siendo, potencialmente. Chile tiene cobre, litio, oro y un enorme territorio, además de una larga y pobladísima orilla de mar. Pero, en lo profundo de nuestras conciencias, no tenemos nada, o lo poco que tenemos nos lo quitan o lo perdemos. Nos vemos como un país siempre al borde de la emergencia y la ruina, despreciado y a la vez envidiado, rodeado de enemigos y perseguido por la desgracia. Y es mejor así: Perú era rico, y miren dónde está ahora. Nosotros hemos hecho de nuestra pobreza una más de nuestras protecciones" (141).
 
Diez años después de haber sido formulada, y a tenor de la indignación provocada en Chile por un fallo ligeramente desfavorable de La Haya en el marco de una disputa territorial con Perú, la afirmación anterior parece mantener su validez. Esa validez se extiende, por lo demás, al resto del libro, reeditado finalmente (y por fin) por la muy interesante editorial chilena Hueders en una edición ampliada (parcialmente menguada también: faltan dos textos de la primera) que llega hasta nuestros días. En la década que media entre la primera y la segunda edición de Los platos rotos el libro no ha perdido ni un poco de actualidad (entre sus muchos méritos, el de convertir la historia chilena, un tema que sólo interesaría a los habitantes de ese país, en un asunto que concierne a todos los lectores) ni ha surgido ningún otro prosista chileno capaz de superar a Gumucio. Éste, que en estos días, dirige una cátedra dedicada al humor en la Universidad Diego Portales y acaba de publicar en las Ediciones de esa universidad un libro extraordinario en el que profundiza en el cruce entre memoria privada e historia nacional propuesto inicialmente en Los platos rotos, Mi abuela, Marta Rivas González, es uno de los escasos imprescindibles de la literatura latinoamericana.
 
 
Rafael Gumucio
Historia personal de Chile: De Almagro a Bachelet
Santiago de Chile: Hueders, 2013
 
[El próximo jueves, "Más fuego (Una alegoría)" de Rafael Gumucio]

[Publicado el 04/2/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Ensayo, Hueders]

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¿Quién posee la autoridad de escoger las palabras? / "Notas de un ventrílocuo" de Germán Marín

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Estamos habituados a creer que lo que decimos nos pertenece, que da cuenta de nuestras intenciones y constituye un patrimonio personal (algo que nos define), pero hay buenas razones para pensar que, por el contrario, son los otros los que hablan por nuestro intermedio y que todo acto de comunicación es un número de ventriloquía; y nadie está más convencido de ello que el narrador innominado de las Notas de un ventrílocuo de Germán Marín.
 
Marín nació en Santiago de Chile en 1934. Es autor de la trilogía "Historia de una absolución familiar" compuesta por las novelas Círculo vicioso (1994), Las cien águilas (1997) y La ola muerta (2005), además de otras novelas, y de libros de relatos como Conversaciones para solitarios (1999), Lazos de familia (2001), Basuras de Shangai (2007), Compases al amanecer (2010) y Últimos resplandores de una tarde precaria (2011), así como de la edición prologada y anotada de la obra crítica del poeta Enrique Lihn, El circo en llamas (1997).
 
Notas de un ventrílocuo se aparta formalmente de la obra anterior de su autor, pero no de sus temas, que siempre han sido las relaciones de poder (como Diamela Eltit), el mal (como Roberto Bolaño) y la cicatriz brutal que dejasen en la vida de los chilenos el golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973, sus antecedentes y sus derivas (como Raúl Zurita). Todos ellos convergen en este libro, en el que (entre observaciones triviales acerca de sus vecinos en el hotel modesto en el que vive, las mujeres que aún se allanan a acostarse con él, los cambios que han tenido lugar en la ciudad de Santiago en las últimas décadas, la decadencia física propia y de los otros, la soledad, la sucesión de actuaciones más y más humillantes y ante públicos más y más desinteresados) es recuperada la historia del ventrílocuo, la de cómo los hechos posteriores al golpe militar supusieron para él el inicio de un declive que se extiende hasta nuestros días, convertido el ventrílocuo no sólo en una víctima del paso del tiempo y de la aparición de otras formas de entretenimiento sino, también, de la represión de una escena artística (bohemia, menor, nocturna, ajena posiblemente al talento, pero no al entusiasmo) que para algunos era un refugio. Al aceptar actuar frente a militares adecuando sus guiones a sus preferencias y a su visión del mundo, el ventrílocuo ha comprendido que la ventriloquía trasciende su oficio para convertirse en el modo dominante de las relaciones humanas después del golpe, en la forma de administrar el poder: como el resto de sus compatriotas, el ventrílocuo se habitúa a repetir lo que se le dice que debe decir, y admite: "Me parezco a los muñecos que, presentes en mis actuaciones, están guiados por una voz que no es la de ellos" (102).
 
La devastación procede del hecho de que, debido a su profesión, él sabe lo que sucede con los muñecos del ventrílocuo cuando la función ha concluido: son guardados en una caja. Habituado a poner sus palabras en boca de otros (sus muñecos), el ventrílocuo comprende de súbito que sus palabras no le pertenecen a él y que el ventrílocuo también puede ser la marioneta de otro ventrílocuo, y que lo único que diferencia al primero del segundo es el hecho de que el segundo posee la autoridad de hablar y no de ser hablado; es decir, el poder. En esa escena (que, por lo demás, pasa prácticamente desapercibida en un libro en el que Marín se muestra eficazmente digresivo, en un contraste notable con la economía narrativa y la determinación de sus obras anteriores) está la clave de estas Notas de un ventrílocuo, que es un libro acerca del poder y las palabras. Claro que las relaciones de poder son más ambiguas de lo que parece a simple vista y el ventrílocuo también puede ser consciente de su falta de poder, ya que "Ventrílocuo es también ser un escritorzuelo, escondido detrás del protagonista bajo cada palabra que aparece" (84).
 
 
Germán Marín
Notas de un ventrílocuo
Santiago de Chile: Alfaguara, 2013

[Publicado el 30/1/2014 a las 10:00]

[Etiquetas: Germán Marín, Novela, Alfaguara]

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Preguntas (IX) / Peter Adolphsen / Otros

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Ilustración de Maira Kalman. Crédito, de la autora.

Hola Patricio. Quisiera preguntarte si "machine" fue una de tus referencias para escribir el cuento de la peluca en La vida interior de las plantas de interior. Particularmente ese cuento me dejó impresionado y leyendo esta reseña se me antoja muchísimo encontrar libros de Peter Adolphsen. Saludos desde Medellín, Colombia (Diego).
 
Patricio: como lees novedades y no las estoy viendo te quiero preguntar si vas a leer los nuevos libros de Agustín Fernández Mallo, Elvira Navarro y Ricardo Menéndez Salmón. Me interesa saber qué piensas en ese caso. Saludos (Antonio, Málaga).
 
 
Así es, Diego: Brummstein/Machine está en el origen de "Como una cabeza enloquecida vaciada de su contenido", y la dedicatoria a Peter Adolphsen en ese cuento quiere dar cuenta de mi deuda y felicitar las pesquisas de los lectores (en ese sentido, gracias por "jugar al detective" con mis libros y por traer a colación a Adolphsen, que es un escritor extraordinario: hay más libros de él, pero sólo en danés y en alemán, y no sé si lees en alguno de esos idiomas.)
 
En cuanto a tu pregunta, Antonio, te respondo como lo hizo Samuel Johnson en una ocasión: "¿Acaso he cometido un crimen para ser castigado de ese modo?" Por mi parte, no creo ni en segundas ni en terceras oportunidades, así que la respuesta es no.
 
Gracias por las preguntas y al resto de los comentaristas por sus aportes.

[Publicado el 28/1/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Preguntas, Peter Adolphsen]

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Kurt Wolff sobre la edición / Cita

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El editor alemán Kurt Wolff (1867-1963). Crédito de la imagen, desconocido.

"Uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan."

 

 

Kurt Wolff

Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka

Trad. Isabel García Adánez

Barcelona: Acantilado, 2010

[Publicado el 23/1/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Kurt Wolff, Cita]

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A paso de cangrejo, Oh insensatez / Dos artículos para El País Semanal

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Los jurados de "Masterpiece". ¿No los conoce? Yo tampoco. Crédito de la imagen, desconocido.

A paso de cangrejo
 
 
A usted, amable lector o lectora de estos sueños, le puede gustar Tom Waits o no gustarle, pero una cosa es segura: usted no le gusta a él. Desde hace años, el músico californiano ha hecho del desplante su forma habitual de relacionarse con la prensa y con el público, lo que lo ha convertido en alguien impredecible y, por consiguiente, necesario, sobre todo si se tiene en cuenta que muy pocos de los songwriters de importancia superan los sesenta años de edad sin sentirse tentados de vivir exclusivamente de y para su leyenda. Piénsese en el recientemente fallecido Lou Reed, en Van Morrison e incluso en Leonard Cohen: en los últimos años todos ellos han ofrecido la emoción del reconocimiento pero no el vértigo de la búsqueda. Tom Waits sí, pero es difícil determinar si esa búsqueda se orienta hacia el futuro o hacia el pasado. Un tiempo atrás, en este periódico, Waits daba cuenta de los músicos que más lo habían influido, entre ellos Thelonious Monk, Gary Davis, Harry Partch, Hank Ballard, Howlin' Wolf y Little Walter: notablemente, ninguno de ellos está vivo. Al igual que Bob Dylan, Waits avanza a paso de cangrejo; es decir, con la vista vuelta atrás, y al hacerlo nos recuerda no sólo que no hay nada nuevo bajo el sol sino también que la grandeza artística radica en poder mirar el pasado como un repositorio inabarcable de formas y de temas en el que se encuentra, también, el secreto de lo nuevo, y que la tarea del verdadero artista (la de aquel que desea ser algo más que su propio monumento fúnebre) es traerlo todo, de algún modo, de regreso a casa.
 
 
 
*
 Oh, insensatez
 
 
Nunca ha existido un consenso en torno a la cuestión de qué aspecto debe tener un escritor, aunque parece haber cierta unanimidad en relación al hecho de que, en general, es alguien de no muy buen ver. No importa: entre las múltiples demandas que la literatura realiza a sus creadores nunca ha estado la belleza, a pesar de lo cual en las últimas décadas ha aumentado la presión para que los autores posean cualidades que no guardan relación alguna con su disciplina (el atractivo físico, el carisma), conformando una tendencia que sitúa a la literatura a la estela del cine y de la música pop y que hace posible iniciativas como la de "Masterpiece", el concurso televisivo que la editorial Bompiani ha creado recientemente para escoger a la próxima estrella de la literatura italiana.
 
La dinámica y la composición de "Masterpiece" es similar a la de cualquier otro "casting" televisivo: hay doce candidatos, un "coach" y tres jurados de mérito por lo menos discutible. A los participantes se los somete a pruebas (escribir en vivo, adoptar un punto de vista u otro, leer en voz alta, etcétera) de cuya evaluación se encargan los jurados; el público vota (pagando, por supuesto); el ganador (que se conocerá en febrero del año próximo) verá su primer libro publicado en Bompiani en una tirada de cien mil ejemplares.
 
Según las estadísticas, sólo el 46 por ciento de los italianos dice haber leído un libro en 2012 (la cifra real posiblemente sea inferior). Los concursantes de "Masterpiece" son de diferentes edades y procedencias, pero todos comparten su habilidad para desenvolverse ante las cámaras; también el hecho de que ninguno de ellos ha demostrado hasta ahora tener algo que decir y saber cómo hacerlo, que es la única demanda que se debería hacer a un escritor. No es difícil pensar que el estado actual de la literatura (no sólo italiana) es resultado de esta insensatez, la de creer que un escritor es algo más que alguien que escribe libros.
 
 
Publicados en la sección
"Nosotros caminamos en sueños"
El País Semanal
Diciembre de 2013 y enero de 2014

[Publicado el 21/1/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

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Literatura y moral / "Las reputaciones" de Juan Gabriel Vásquez

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Ricardo Rendón murió en octubre de 1931 en Bogotá; había nacido unos treinta y siete años atrás e iba a ser considerado el caricaturista político colombiano más importante del siglo XX. No muchos parecen recordarlo hoy en día, sin embargo, y es la constatación de ese olvido la que asalta a Javier Mallarino cuando éste se está haciendo lustrar los zapatos y ve al fantasma de Rendón cruzar la calle. No hay aquí diálogo entre muertos y vivos; nadie va a conocer el hielo en una tarde remota (a pesar de la nacionalidad de su autor, su tradición no es la del realismo mágico): el fantasma de Rendón, visto o imaginado, desaparece al doblar una esquina y Mallarino sigue su camino, que lo conduce al Teatro Colón (a la sala principal, no al foyer), donde recibe el homenaje de la sociedad bogotana. Digámoslo así: es la gran noche de Mallarino, la manifestación del "poder terrible" que se esforzó por obtener y del que en ese momento disfruta: "a sus sesenta y cinco años, la misma clase política que tanto había atacado y acosado y despreciado desde su trinchera, de la cual se había burlado sin miramientos ni respeto por lazos de amistad o de familia [...] había decidido poner la gigantesca maquinaria colombiana de la lambonería [adulación] al servicio de un homenaje que por primera vez en la historia, y quizá por última, tenía a un caricaturista como destinatario".
 
Al igual que la figura de Rondón (con su mensaje de que la obra de un caricaturista muere y se agota cuando se extingue el recuerdo de aquellos a quienes dibujó), en la gran noche de Javier Mallarino se cuelan también los remordimientos, sin embargo, el enfrentamiento con la censura, las amenazas sufridas, el fracaso de su matrimonio, el abandono de su hija y una joven: la joven se llama Samanta Leal y quiere saber qué sucedió con ella, qué le hicieron una tarde de 1982 en la casa de Mallarino, durante una fiesta, y arrastrará con ella al caricaturista al pasado, a la convicción de que durante años disfrutó de un poder excesivo y a varias decisiones que (aunque suene manido) cambiarán la vida de Mallarino para siempre.
 
Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá en 1973 y es autor de las novelas Los informantes, Historia secreta de Costaguana y El ruido de las cosas al caer, entre otros libros. Aunque la figura del protagonista de su nueva obra parece inspirada en la de Rondón (en una nota final, el autor reconoce asimismo su deuda con otros caricaturistas como Vladimir Flórez "Vladdo", Andrés Rábago "El Roto", Antonio Caballero, Héctor Osuna y José María Pérez González "Peridis"), esa inspiración no parece estar vinculada tanto con la vida el caricaturista colombiano como con su muerte: Rondón se suicidó en público, proyectando sobre su éxito y su autoridad una sombra de duda que no podía sino fascinar a Vásquez, cuyos temas han sido desde su primer libro el pasado y la proyección de sus sombras sobre el presente, el olvido y la provisionalidad de nuestro juicio moral.
 
Estas son también las inquietudes que recorren Las reputaciones, cuyo tema principal es el de los riesgos que entraña la alianza entre la autoridad moral y la masividad de la prensa. A lo largo de este libro no queda claro si Vásquez condena el poder excesivo que nuestras sociedades otorgan (u otorgaron) a la prensa o si lamenta el hecho de que ese poder esté en retroceso (de hecho, el narrador afirma: "En esos tiempos, estar suscrito a un periódico era esperar, cada mañana, la transformación del mundo, a veces como sacudida brutal de todo lo conocido, a veces como sutil puerta de acceso a una realidad desplazada", siendo lo más importante aquí el tiempo verbal y la expresión "en esos tiempos"); sí queda claro, sin embargo, que Las reputaciones es uno de los mejores libros de su autor. Vásquez ha conseguido aquí rehuir mayoritariamente la solemnidad que (a modo de sombra incómoda) persigue a toda literatura que trata con la cuestión moral (la caricatura es, por supuesto, una ilustración a la que se agrega un juicio moral de alguna índole) o se propone alcanzar la perfección estilística.
 
Las reputaciones es una obra de una belleza y una plasticidad formales notables (con la posible excepción de los diálogos entre los personajes, en general, y el soliloquio de Samanta Leal, en particular), el perfeccionamiento de una fórmula narrativa que ha hecho de su autor uno de los escritores latinoamericanos más importantes del momento y ha imbuido a su obra de un carácter clásico. Es precisamente en el mundo de la literatura clásica (más aun, pienso: en el del clasicismo literario francés) donde se deben buscar las raíces del estilo de Vásquez, la hondura de los temas que aborda, la caracterización de sus personajes, su visión del mundo, su humanismo (que lleva a hacerle decir a su protagonista: "Lo importante en nuestra sociedad no es lo que pasa, sino quién cuenta lo que pasa. ¿Vamos a dejar que sólo nos lo cuenten los políticos? Sería un suicidio, un suicidio nacional. No, no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión. Nos toca buscar otra versión, la de otra gente con otros intereses: la de los humanistas. Eso es lo que yo soy: un humanista. No soy un chistógrafo. No soy un pintamonos. Soy un dibujante satírico.")
 
La suya es, en ese sentido, una visión humanista de los vínculos entre verdad histórica y representación (sea esta obra de un caricaturista o la de un escritor, que Vásquez considera implícitamente similares) en el marco de la cual la literatura tendría por finalidad exagerar, ficcionalizar y narrar la verdad histórica para hacerla comprensible; se trata de la misma forma de entender la literatura que compartieron Honoré de Balzac y Victor Hugo (y sus herederos más evidentes en el ámbito latinoamericano, que son también los maestros de Vásquez: Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes), y no importa lo que se piense sobre ella: la obra de Juan Gabriel Vásquez demuestra que esa visión puede continuar produciendo libros estéticamente valiosos y que, por consiguiente, está lejos de haberse agotado.
 
 
Juan Gabriel Vásquez
Las reputaciones
Madrid: Alfaguara, 2013
 
 
Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, diciembre de 2013. 

[Publicado el 16/1/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Juan Gabriel Vásquez, Alfaguara, Novela]

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La literatura o la vida / "El club de los asesinos de letras" de Sigismund Krzyzanowski

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Un escritor puede dejar de escribir por decenas de razones; también porque, obligado a escoger entre la literatura y la vida (una obligación que viene de antiguo y que soslaya el hecho de que la literatura, y su lectura, son una parte de la vida, acaso la mejor de ella), escoge la vida, ya que "si en el estante de una biblioteca hay un libro de más es porque en la vida hay un hombre de menos" (5).
 
Quien dice esto es alguien que ha dejado de escribir. Nunca sabremos su nombre, sólo que es miembro de un club de escritores que no escriben, que "asesinan" las letras que hubiesen sido impresas en unos libros que no verán la luz. La tradición del club en la literatura es larga y entronca con la de la sociedad secreta, que le presta algunos de sus elementos y la mayor parte de sus posibilidades narrativas (piénsese en El club de los negocios raros de Gilbert K. Chesterton, por ejemplo), pero es inusual que diga algo acerca de la vida del autor que escribe sobre él; sin embargo, El club de los asesinos de letras es lo más cerca que estaremos nunca de comprender quién fue Sigismund Krzyzanowski, que escribió alrededor de tres mil quinientas páginas de gran calidad literaria pero no publicó ni una sola de ellas a lo largo de su vida.
 
Al igual que en otras obras con el club como tema, la de Krzyzanowski tiene un carácter episódico apenas disimulado: sus capítulos (que se corresponden en mayor o menor medida con cada intervención de los miembros) funcionan, en ese sentido, como relatos breves. En el primero, el escritor que ha dejado de escribir cuenta cómo tuvo que vender sus libros para poder desplazarse junto al lecho de su madre enferma y de qué manera, desde entonces, le bastó contemplar la estantería vacía para que se le ocurriesen nuevas historias mediante la combinación de los títulos desaparecidos ("uno a uno, fui cogiendo mis libros imaginarios, los fantasmas que llenaban el vacío entre los tableros negros de mi antigua estantería y, sumergiendo sus letras invisibles en tintas más ordinarias, los fui convirtiendo en manuscritos y los manuscritos en dinero", afirma, 10). En el segundo, una operación matemática (Guildenstern y Rosencrantz se multiplican en Guilden, Stern, Rosen y Crantz, y Ofelia en O y Felia) otorga nuevas posibilidades a la pieza de William Shakespeare Hamlet. En el cuarto se reúnen los pasajes evangélicos en los que Jesús prefiere no hablar para sugerir la posibilidad de un quinto evangelio, un "Evangelio del silencio" pendiente de reconstrucción. En el quinto, un cadáver es utilizado para confeccionar una especie de autómata manipulado mediante una máquina de escribir.
 
Las claves de interpretación de El club de los asesinos de letras se vuelven algo más visibles cuando un personaje, al escuchar la historia del evangelio del silencio, propone a su autor el título de "Autobiografía" (75). La literatura como palimpsesto, la imposibilidad de hablar del silencio sin desvirtuarlo ("¿Para qué vas a callar al silencio?" dice una canción argentina), la posibilidad de que todo lo escrito sea fútil son temas que Krzyzanowski desarrolla a la manera de Jorge Luis Borges, convirtiendo una idea acerca de la ficción en una ficción ella misma, pero, detrás de todas estas visiones (negativas, podríamos llamarlas) de la literatura, existen circunstancias vitales en el caso del autor soviético que se ponen de manifiesto en clave simbólica en el sexto relato del libro, donde un régimen totalitario obtiene mediante la innovación tecnológica una forma eficaz de adquirir la soberanía de los cuerpos de sus ciudadanos, eliminando la disidencia y obteniendo una fuerza laboral sumisa y eficaz ("máquinas éticas", 98); parece evidente que ese régimen fue para Krzyzanowski el soviético (*): parece evidente, también, que publicar El club de los asesinos de letras hubiese sido una condena a muerte para su autor: en ese sentido, y al igual que su personaje, Krzyzanowski tuvo que escoger entre la literatura y la vida, y escogió la segunda.
 
Leída en esa clave, la advocación de esta novela al silencio (y los vínculos con la vida de su autor, que hizo de ese silencio el precio a pagar para mantenerse con vida en los tiempos que le tocaron vivir) adquiere un significado político y biográfico. Los asesinos de letras de la novela escogen el silencio literario por razones diversas y no siempre explícitas, pero su silencio también es una forma de resistencia. Fue la que practicó Krzyzanowski, quien (como afirman sus editores españoles no sin ironía) "tuvo la fortuna de morir en su cama en plena época estalinista".
 
 
(*) La asociación resulta aun más evidente si se considera la historia de Sag, quien "escribía relatos en sus ratos de ocio. Naturalmente, en secreto y ‘para su propio disfrute', pues encontrar a ‘otros' interesados en este siglo de los ex [los ciudadanos despojados de su voluntad], cuando la literatura estaba tan cercenada como los ‘mundos interiores', era simple y llanamente misión imposible. Pues bien, en una novela de Sag titulada, creo, ‘El desconectado', se contaba la historia de una especie de intelectual genial que durante una revuelta ocurrida en su insignificante ciudad llegó a crear su propio sistema, descubriendo nuevas ideas y pensamientos. Apresado, se le incluyó en un colectivo de autómatas condenado a realizar, sin parar, un día tras otro, un trabajo de lo más simple que consistía en cinco o seis operaciones repetitivas y alienantes, de tal modo que se sentía incapaz de comunicar a la humanidad su idea de salvación. En un mundo donde la acción y el pensamiento, las ideas y su materialización, eran parcelas aisladas y sin ninguna conexión entre sí, él era precisamente un ‘desconectado'" (114-115).
 
 
Sigismund Krzyzanowski
El club de los asesinos de letras
Trad. Rafael Cañete
Barcelona: Ediciones del Subsuelo, 2012

[Publicado el 14/1/2014 a las 10:45]

[Etiquetas: Sigismund Krzyzanowski, Novela, Ediciones del Subsuelo]

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Revirtiendo la mirada antropológica / "El libro de la selva de Londres" de Bhajju Shyam

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Shyam expresa su idea de un avión con un elefante que vuela en un mundo del revés. Crédito, del autor.

En el año 2002 el artista pástico Bhajju Shyam fue invitado a realizar unas pinturas murales en un restaurante indio del barrio de Islington, en Londres; pasó dos meses en la capital inglesa, pintando y observando la ciudad, que no había visitado antes. Shyam pertenece a la comunidad tribal gond, afincada en el centro de la India; sus miembros suelen ser despreciados por los demás hindúes y rara vez tienen la oportunidad de viajar: Shyam, que la tuvo, fue convencido por Sirish Rao y Gita Wolf para que plasmase las impresiones de su viaje. El resultado es uno de los libros más hermosos de 2013.
 
"Al arte gond no le interesan ni el realismo, ni la perspectiva, ni la luz, ni la tridimensionalidad. Más que representar, expresa, y su energía surge de las líneas fluidas, de los complejos dibujos geométricos y de los símbolos que vinculan a los seres vivos con el funcionamiento del cosmos", afirman los autores. Shyam se pinta, por ejemplo, más grande que un tren porque éste "en sí no me interesaba nada", describe el paisaje aéreo de Inglaterra como un sari rodeado de agua, la lluvia inglesa como un tatuaje, el metro como una serpiente, el autobús como un perro fiel, los ingleses como murciélagos, el Big Ben como un "templo dedicado al tiempo" con forma de gallo. "Traté de comprender a los londinenses", afirma. "Me pareció que lo más importante era que gobernaban sus propios deseos. Mientras no fuera ilegal, podían hacer lo que les viniera en gana".
 
La facilidad para desplazarnos ha hecho que ningún lugar sea ya exótico; los viajes se han convertido en una oportunidad de ratificar impresiones preexistentes y el descubrimiento parece ser deliberadamente evitado por quien participa de esa forma del ocio inane a la que llamamos turismo. Es tanto lo que se ha dicho sobre Londres, y tantas veces las que se ha visitado la ciudad y se la ha retratado, que parece imposible poder decir algo nuevo sobre la capital inglesa. Shyam lo consigue, sin embargo: el suyo es un idioma único, recostado en una tradición pictórica de la que sabemos poco y parece a punto de desaparecer (los autores mencionan en su prólogo el hecho de que los artistas gond están comenzando a utilizar pinturas industriales y a ingresar en el mercado del arte, lo que supone cambios tanto en la concepción como en la función de su arte). La suya es una visión excepcional, absolutamente única, que revierte la mirada antropológica y pone de manifiesto que el exotismo está en casa si se mira con los ojos adecuados y con la humildad y el talento de un artista notable.
 
 
Bhajju Shyam (con Sirish Rao y Gita Wolf)
El libro de la selva de Londres
Trad. Carlos Mayor
Madrid: Sexto Piso, 2013

[Publicado el 09/1/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Bhajju Shyam, Ilustrado, Sexto Piso]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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