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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 2 de julio de 2016

 Blog de Patricio Pron

Como un pálido mártir en su camisa de llamas / Mao Tsé-Tung

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Mao Tsé-Tung, de espaldas al mundo / Crédito de la imagen, G.E.W. /

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La habitación olía a desinfectante y a comida para animales y había unas doce o catorce jaulas en ella, no todas ocupadas; en una, un gato que parecía envuelto en una camisa en llamas y se encogía sobre sí mismo procurando no ser visto, con la expectativa de que no abrieran su jaula, no lo sacaran de ella con esfuerzo, no lo pusieran en brazos de los visitantes. Al cogerlo, su cabeza colgaba de su cuello como si lo hubiese abandonado la vida o lo que sucediese con él le pareciera irrelevante. Nos dijeron que estaba enfermo, que no sabían cuánto más viviría, pero que, desde luego, no sería mucho; nos dijeron que tenerlo sería una lucha constante contra una naturaleza incomprensible y contra una enfermedad para la que no existe cura; nos aseguraron que no tenía chance alguna, y nosotros dijimos "Es éste", y lo llevamos a casa.
 
 
2
 
No parece mucho lo que se puede decir acerca de un gato, y posiblemente todo lo que había para decir haya sido dicho ya por autores como Charles Baudelaire, Colette, Émile Zola, Robert Walser, Ernest Hemingway, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Rudyard Kipling. En una historia de este último titulada "The Cat that Walked by Himself", el gato se cuela en la primera vivienda a raíz de un error de su propietaria sin hacer los votos de lealtad y sumisión que hacen los otros animales domésticos; la suya es una situación intermedia, entre el bosque del que proviene y la casa, entre la sumisión y la independencia, pero el gato no carece de resolución: es la resolución misma, disfrazada de arrogante displicencia. En otra historia, de Kurt Tucholsky, el narrador conoce en los Campos Elíseos a una gata que resulta ser su compatriota y narra su vida en París con gracia y acento berlineses. Sin embargo, la mayor parte de las historias de gatos tiene como tema la ruptura amorosa: el extraordinario cuento de la (por lo demás) relativamente mediocre escritora francesa Colette titulado "Saha" cuenta la de una pareja, que se produce cuando él descubre al regresar a su apartamento que la gata ha caído del balcón, o más bien, que ha sido arrojada por ella (por celos, por aburrimiento, porque la gata encarna algo que es importante para él pero no para la joven), lo que la lleva a abandonarla. (Colette volvió a contar la historia en su novela La gata, pero lo esencial de ella está en "Saha".) En el cuento de Eugen Roth "Die Katze" [El gato], la imposibilidad de ayudar a un gato enfermo hallado en un camino rural y la rapidez con la que el narrador de la historia y su novia olvidan el asunto (que el narrador imagina como una "prueba de Dios" que no han superado) introduce en su relación un elemento de desconfianza mutua que conduce a la ruptura de la relación. En el cuento de Hemingway "Cat in the Rain", el deseo de una joven turista estadounidense de rescatar a un gato bajo la lluvia no es resultado realmente de la piedad sino del aburrimiento y de la falta de perspectivas de su relación.
 
 
3
 
Quizás la razón por la que los gatos son presentados en estos cuentos como un elemento disruptivo en relaciones aparentemente armónicas es porque, más que ningún otro animal doméstico, representan la irrupción de la naturaleza en un ámbito creado explícitamente para tener a esa naturaleza alejada. En los gatos, más que en los perros (y más incluso que en aquellos que en los últimos años se han convertido en animales de compañía, como las iguanas, las chinchillas y los cerdos), la naturaleza salvaje parece estar a flor de piel, dispuesta a desbocarse ante la primera oportunidad y por causas nunca del todo muy claras para quienes vivimos con ellos: un pájaro en el alféizar de la ventana, una bola de papel, una visita inmotivada, una sombra, despiertan en el gato un frenesí que carece de explicación, que es salvaje; y ya se sabe que las relaciones amorosas han sido concebidas de espaldas a la naturaleza y tienen en ésta a su rival más importante. El perro es sentimental ("un alma simple" lo llama T.S. Eliot en uno de sus poemas); el gato es pragmático; el perro es un ser humano en un mundo ideal (es decir, en un mundo en el que el humanismo no fuese lo que es en realidad: la legitimación filosófica de una naturaleza humana que tiende al engaño y al crimen); el gato, en contrapartida, es el ser humano de la naturaleza: patea a un perro y volverá siempre; patea a un gato y se vengará apenas pueda hacerlo, como todos nosotros.
 
 
4
 
Mao Tsé-Tung, por el contrario, llegó a nuestra casa como una especie de pegamento entre mi esposa y yo, como una forma de estrechar nuestra relación, y también como un experimento. Acerca de lo segundo, es poco lo que se puede decir, excepto que parece evidente que el experimento ha arrojado resultados negativos y que mi capacidad para cuidar de otros es limitada o nula (lo que, supongo, es una pésima noticia de cara a la paternidad, que es el fondo sobre el que se recorta la experiencia con el gato). En cuanto a lo primero, y siendo la razón de una preocupación común, el gato nos ha unido de maneras nuevas y con la misma intensidad con la que vive Mao y con la que vivimos mi esposa y yo desde hace años. Una manifestación, si acaso banal, del modo en que el gato nos ha unido: mi esposa y yo solemos encontrarnos bajo las sábanas cada noche, procurando ocultarnos cada vez que Mao decide que ha llegado la hora de despertarnos, de darle de comer, de entretenerlo; o cuando decide correr por toda la casa, tirándolo todo, y nosotros nos acurrucamos uno junto al otro unidos por el temor y el deslumbramiento ante esa fuerza carente de control moral que es Mao.
 
 
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Una nota al pie de la historia de la miseria política de nuestros días en España: cuando alguien nos pregunta cómo se llama nuestro gato y le respondemos "Mao", nos pregunta si es "por la cerveza".
 
 
6
 
Mao Tsé-Tung no debe su nombre al de cierta cerveza, sino al hecho de que es amarillo y rojo, como El Gran Timonel (si has visto "Inside Llewyn Davis" y recuerdas al gato o a los dos gatos que aparecen en ella, ya sabes a qué me refiero); esto, posiblemente, sea considerado por muchos una trivialización de la figura del líder chino o, dependiendo de las tendencias de quien se sienta interpelado por ello, del régimen de terror que instauró. En el primer poema de su muy bello El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, T.S. Eliot afirma que "ponerle nombre a un gato es harto complicado" y que estos deben tener tres nombres: "el que le damos a diario", "uno más especial, / que sea peculiar, algo más digno. / ¿Cómo, si no, va a alzar su rabo vertical / o atusar sus bigotes y mantenerse altivo?" y otro "que sólo el gato sabe y no confesará" (la traducción es de Regla Ortiz Mogollón). Además del primero (del que prefiero no decir nada aquí, ya que es relativamente indigno) y de Mao Tsé-Tung, que es su segundo nombre, Mao parece tener un tercero, del que no sabemos nada y que sólo utiliza cuando alguno de los gatos del barrio lo observa desde los tejados, al otro lado de la ventana, en una muestra de interés y de desafío. De hecho, no sabemos nada acerca de Mao Tsé-Tung, a excepción de que fue recogido en un descampado al sur de la ciudad (en Valdemingómez, Usera o Villaverde, no lo recuerdo), lo que lo convierte en un caso social, uno más de los muchos desatendidos por las autoridades.
 
 
7
 
De Mao Tsé-Tung sabemos también que, cuando llegó a nuestra casa, tenía las almohadillas de las patas quemadas y que sólo se le regeneraron después de un largo tiempo; también, que tiene que haber tenido una existencia previa (posiblemente) como gato de piso, ya que se ha desenvuelto perfectamente en el nuestro desde que llegó a él; también, que posiblemente sea más viejo de lo que parece o de lo que creemos. Sabemos una cosa más: tiene un virus de inmunodeficiencia felino, una especie de sida de gatos que carece de cura y que en su caso (y al menos de momento) hace que tenga la garganta permanentemente infectada; cuando bosteza, y lo hace a menudo debido a la escasa espectacularidad de mis actividades (leer y escribir, principalmente, que para él constituyen un enigma poco atractivo), su garganta es un agujero rojo de dolor. Al parecer, sus defensas son insuficientes para combatir la placa bacteriana que producen sus dientes, con lo que la única solución que se presenta a los veterinarios consiste en quitarle las piezas dentales para que no haya placa bacteriana. A esta altura, Mao ha perdido ya todas sus muelas, así como todos los dientes a excepción de los colmillos y los pequeños dientes delanteros, en operaciones costosas desde el punto de vista económico y emocional que nos dejaron devastados, al gato y a nosotros. Ante el hecho de que la infección no ha remitido, mi esposa y yo hemos decidido no someterlo a ninguna extracción más, cosa que parece ser del agrado de Mao. Una amiga, sin embargo, lo llama "el desdentadito".
 
 
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Veamos un ejemplo reciente de la actividad literaria de Mao: "´ç.ljdtrsazeeeeeeeeeeeeeeee". Acaba de escribirlo al echarse sobre el teclado, de modo que quizás requiera que vuelva sobre el texto en algún momento antes de su publicación. Cuando tienes un gato, la escritura se convierte en aquello que haces allí donde éste no está echado: en la zona del teclado que no ha ocupado aún, en el margen del papel que no ha convertido todavía en su asiento. "Sombra de una sombra azulada sobre el papel azul" llamó Colette a alguno de sus gatos, ya que tuvo decenas de ellos a lo largo de su vida; y la historia literaria recuerda los nombres de Spider, el gato de Patricia Highsmith, Bébert, el de Louis-Ferdinand Céline, Beppo, el de Jorge Luis Borges ("El gato blanco y célibe se mira / en la lúcida luna del espejo / y no puede saber que esa blancura / y esos ojos de oro, que no ha visto / nunca en la casa, son su propia imagen. / ¿Quién le dirá que el otro que lo observa / es apenas un sueño del espejo?"), Taki, la gata de Raymond Chandler, Catarina, la gata de Edgar Allan Poe a la que éste solía escribirle largas caras cuando se encontraba de viaje, y Williemina, la de Charles Dickens, que había aprendido a apagar las velas con una pata para que su amo se fuese a la cama. ¿Mi historia favorita de gatos? Aquí va: ya viejo, Richard Matheson puso en peligro su vida al internarse en su casa en llamas para salvar a su gato (y sólo un escritor puede comprender la importancia de ese gesto: no entró a salvar sus manuscritos, sus libros o sus fetiches; entró a salvar a su gato.
 
 
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Naturalmente, mi esposa y yo sabíamos de su enfermedad al adoptar a Mao; no éramos conscientes, sin embargo, del tipo de implicación emocional que íbamos a desarrollar en torno a ella. La vida de Mao está supeditada a unos cambios abruptos de humor que se vinculan, estrechamente, con el volumen de dolor que siente: a veces se encuentra bien, pero en ocasiones está mal y casi no puede comer. En esas épocas, suele pasar decenas de horas en la cama o en alguno de los sitios de la casa que le parecen relativamente seguros, como los bajos del sofá; su vida quizás no sea muy feliz, pero tampoco lo es la nuestra, y a pesar de ello es una vida, a la que él y nosotros nos aferramos. Mao es indiferente a sus dueños durante buena parte del día (a menudo esta indiferencia es preferible al interés, porque ese interés se expresa en rasguños en los brazos, en las piernas, incluso en la frente de sus dueños) y tiene terror a los extraños, a los que supongo que culpa por el período que pasó en la calle: durante años, el crepitar de una bolsa plástica lo hacía huir, y tardó mucho tiempo en comprender que no teníamos intenciones de meterlo en una. Al igual que del resto de su historia, no sabemos nada del tipo de experiencias que tuvo durante el período que estuvo en la calle, ni cuánto duró ese período; tampoco quiénes fueron sus dueños anteriores. Quizás fuese conveniente saberlo, pero, ante la imposibilidad de hacerlo, Mao se refuerza ante nuestros ojos como lo que todo gato es: un misterio, a caballo entre la sumisión y la independencia, entre la naturaleza salvaje y una vida civilizada precaria y contingente, entre un pasado terrible y un presente francamente mejorable, y en ese sentido es como el resto de nosotros.
 
 
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Mao Tsé-Tung debe más en su carácter a La gatomaquia de Lope de Vega ("Así los gatos iban alterados / por corredores, puertas y terrados, / con trágicos maúllos, / no dando, como tórtolas, arrullos"), al gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll y al gato Fellini del argentino Liniers que a Tom, a Silvestre o a Garfield; al Krazy Kat de George Herriman y al Félix de Pat Sullivan que al Fritz de Robert Crumb o a Los aristogatos de Walt Disney. No hay nada dulce en relación a Mao Tsé-Tung, ya que su vida es enfermedad y dolor y un refugio para la tormenta que quizás haya llegado demasiado tarde, como sucede siempre. No sabemos cuánto tiempo más vivirá, pero sabemos que lo hará sin plan, sin utilidad, sin obligaciones; libre para ser cómicamente serio y también para vivir su enfermedad. En su existencia, prolongada o breve, hay una enseñanza, y creo que fue Robert Gernhardt quien afirmó que "Aprender del gato es aprender a vencer"; claro que el nuestro tiene la batalla perdida de antemano, pero en eso tampoco se diferencia del resto de nosotros. A Mao Tsé-Tung le gusta afilarse las uñas en el sofá, ver cómo le arrojas una pelota de goma (nunca va a buscarla, por supuesto), dormir en nuestra cama (a diferencia de la mayor parte de los gatos, no lo hace hecho un ovillo sino extendido, con ambos brazos estirados haciendo lo que llamamos "un Superman"; si sólo estira un brazo, hace "el medio Superman"), amasar una manta marrón que ya consideramos de su propiedad, vomitar, meterse dentro de la maleta cuando estamos a punto de salir de viaje, echarse sobre la ropa negra, comer pavo braseado, babear sobre nosotros cuando estamos durmiendo, meterse en los armarios, escuchar ciertos discos (parece evidente que sus dificultades para alimentarse se reducen si se lo expone a la escucha ininterrumpida de la versión de Frank Zappa de "Stairway to heaven"). A mí me gusta verlo hacer todas esas cosas, asomarme al misterio de una existencia sin concesiones, saludar en él, con Kurt Tucholsky, "a todo lo que es bello y misterioso, innecesario y móvil, insondable y solitario y siempre apartado de nosotros: al gato y al juego y al agua y a las mujeres".
 
 
[Publicado originalmente en El Estado Mental. Madrid, 14 de junio de 2015.]

[Publicado el 02/10/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

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"Mi familia, mi tribu, mi estirpe" / "Milagro en Haití" de Rafael Gumucio

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No muchos países a excepción de Haití concluyen sus carnavales con golpes de Estado; tampoco son muchos los países en los que los muertos caminan por sus calles de un modo u otro, y en casi ningún otro país del orbe está una operación de belleza más fuera de lugar que en el castigado país caribeño. A pesar de ello, es allí donde Carmen Prado, la protagonista de Milagro en Haití, decide operarse: todo lo que sucede después es producto de esa decisión, pero también del río caudaloso de la memoria y el arrepentimiento en el que una y otra vez, durante su delirio, se ahoga.
 
Carmen Prado es una mujer que ha vivido mucho; también es una mujer que no sabe o no puede callar, por lo que no es realmente correcto hablar de ella como la protagonista del nuevo libro de Rafael Gumucio: más que protagonista, Carmen Prado es una voz, que insulta, enjuicia, delira y ordena mientras su propietaria agoniza en una clínica de la ciudad de Puerto Príncipe en compañía de un niño con una ametralladora, una cocinera negra y enorme, un puñado de adolescentes perdidos en las pesadillas de la política haitiana.
 
Aparentemente, Rafael Gumucio ha recorrido una larga distancia desde su último libro, Mi abuela, Marta Rivas González (2013), en el que el escenario era mayoritariamente Chile y la historia, familiar. A pesar de ello, y aunque Carmen Prado afirma "soy de todos los países, de ninguna parte también" (37), Milagro en Haití continúa el proyecto literario de su autor, consistente en narrar la crónica delirante y negra de su clase social; es decir, de quienes han detentado el poder en Chile desde la creación del estrecho país sudamericano, y que el narrador denomina "Mi familia, mi tribu, mi estirpe [...] esa gente que miente tan bien que llega a decir la verdad" (106).
 
Carmen Prado se enfrenta a su cocinera haitiana y la veja desde la pretendida superioridad de su clase y de su origen; el enfrentamiento no es sólo retórico y no es únicamente entre dos clases sociales antagónicas sino entre dos modos de comprender la existencia: hasta el milagro que protagoniza (uno de los mejores finales de la literatura en español de los últimos años), Carmen Prado es la mujer que no da nada, a excepción de la vida, una "abeja reina atrapada en el centro del panal, condenada a parir y seguir pariendo larvas" (201). Esas larvas son (por supuesto) las que escriben la historia y gobiernan los países, y escuchar la voz delirante, contradictoria e incorrecta pero siempre sincera de Carmen Prado es presenciar ese sueño que según Stephen Dedalus es la historia y del que ni él ni nadie puede despertarse; también, es ser partícipes del mejor libro hasta el momento de su autor, posiblemente el escritor sudamericano más en forma del momento.
 
 
Rafael Gumucio *
Milagro en Haití
Santiago de Chile: Literatura Random House, 2015
 
 
* Rafael Gumucio conversará con Andrea Jeftanovic y el autor el jueves 1 de octubre en la madrileña Casa de América (Ronda de Cibeles, 1) como parte del 'Encuentro de Narrativa Chilena Contemporánea'. Más información, aquí.

[Publicado el 30/9/2015 a las 12:03]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Novela, Literatura Random House]

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¿Por qué Harper Lee nos inquieta? / Nosotros caminamos en sueños 32

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Harper Lee y George W. Bush, Jr. / Crédito de la imagen, de su autor.

Nos gusta pensar en los escritores como individuos geniales y solitarios que poseen un control absoluto sobre su obra, pero la realidad es que todo libro es el resultado de la interacción entre decenas de personas con intereses distintos y a menudo contradictorios. Piénsese, en ese sentido, en el caso de Ve y pon un centinela, la novela de Harper Lee recientemente "descubierta" entre los papeles de la anciana autora: su publicación parece tan acertada desde el punto de vista comercial como calamitosa desde el literario, ya que pone de manifiesto que la obra a la que dio origen, Matar a un ruiseñor, le debe tanto a su autora como a su editor y a la tarea que éste hizo.
 
Nuestra inquietud por la de Lee y otras historias similares de una intervención editorial decisiva en la obra de un autor no sólo proviene de la pregunta de si un libro u otro nos hubiese gustado más si su editor hubiese intervenido en él o, en el caso contrario (el de la intervención), si lo hubiese hecho. Además de por su naturaleza a menudo escandalosa, lo que nos incomoda de estas historias es que nos recuerdan que todo libro es un producto social y que (contra lo que nos gusta pensar) el autor carece de control sobre su obra.
 
¿Por qué un escritor publica? Porque en la interacción que tiene lugar en el proceso de edición de un libro éste multiplica sus significados, adquiere nuevos sentidos y pasa de ser una fantasía individual a ser un sueño colectivo, soñado por personas desconocidas en sitios completamente ignorados por el autor. A esa multiplicación es a lo que llamamos literatura, no al producto de una soledad que es, al mismo tiempo, la bendición y la condena de la actividad literaria.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 1 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 28/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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Carta de amor a una ciudad / "Cuando Kafka hacía furor (Memorias del Greenwich Village)" de Anatole Broyard

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Anatole Broyard murió a los setenta años de edad en 1990. Lo hizo dejando dos libros inéditos, Ebrio de enfermedad (publicado por La Uña Rota en 2013) y estas "memorias del Greenwich Village" que abandonó cuando se le diagnosticó el cáncer de próstata que acabó con su vida. Según su viuda, "tenía intención de hablar de la muerte de su padre en la última parte". Autor casi secreto y crítico muy influyente, si acaso algo eclipsado por los grandísimos nombres de la literatura estadounidense de su tiempo, Broyard nunca llegó a escribir ese capítulo.
 
Lo que narró en Cuando Kafka hacía furor es, en cambio, su introducción en los círculos intelectuales del Greenwich Village neoyorquino después de su regreso de la Segunda Guerra Mundial, su relación amorosa con la pintora Sheri Martinelli ("Donatti" en el libro), sus esfuerzos por convertirse en librero, su aprendizaje del sexo, la literatura, la soledad y la traición y sus encuentros con sus contemporáneos. Que Broyard sólo podía ser eclipsado por estos resulta evidente cuando se enumera los que conoció personalmente en 1946: W.H. Auden ("parecía un hombre que huyese de un edificio en llamas"), Erich Fromm ("era bajito y rechoncho; tenía la cara ancha, y a mí me recordaba a una gallina empollando sus huevos"), Anaïs Nin ("se pintaba los labios con suma precisión y llevaba las cejas depiladas y dibujadas, con lo que daba la impresión de haber escrito su propio rostro"), el historiador del arte Meyer Schapiro, Delmore Schwartz, Dylan Thomas ("ya no era el querubín guapo, [...] sino un hombre hinchado por el alcohol y quizá por la pena, o por la poesía. Parecía como un juguete inflable al que hubiesen inflado más de la cuenta").
 
Broyard tenía un talento extraordinario para las descripciones. En Cuando Kafka hacía furor estas brillan, como resultado de la gran capacidad de introspección del autor. Al final de la lectura, sin embargo, tan sólo queda en el lector la emoción con la que habla de los libros ("nuestro clima, nuestro entorno, nuestra ropa"), su evocación del sexo en 1947 como incomodidad y misterio y la sensación de que ha leído una carta de amor a una ciudad y a un tiempo ("era como París en los años veinte, con la diferencia de que estábamos en nuestra ciudad [...] y compartíamos la aventura de intentar ser escritores o pintores, de empezar a serlo") que no son los nuestros. Quizás el problema (además de lo sorprendentemente descuidada de esta edición) sea que no hay nada menos interesante que una carta de amor que no hemos escrito y de la que no somos los destinatarios.
 
 
Anatole Broyard
Cuando Kafka hacía furor (Memorias del Greenwich Village)
Trad. Catalina Martínez Muñoz
Segovia: La Uña Rota, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 24 de agosto de 2015.] 

[Publicado el 25/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Anatole Broyard, Testimonio, La Uña Rota]

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¿Por qué no contar el final? / Nosotros caminamos en sueños 31

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Algún tiempo atrás los responsables de varias decenas de blogs literarios anunciaron que, a pedido de sus lectores, ya no hablarían en profundidad de los libros para evitar spoilers. Una decisión singular, sobre todo si se considera que, a excepción de la novela policiaca (por ejemplo), en la mayor parte de los libros el final no es lo más importante ni el principal aliciente para su lectura, de modo que ¿por qué no contarlo?
 
La respuesta parece encontrarse en un desplazamiento en el uso de los textos y, por consiguiente, en la noción de lector, el cual (como la crítica francesa viene señalando desde hace varias décadas) pasaría a ser un lecteur/spectateur: del lector conservaría el interés por la lectura; del espectador extraería una actitud pasiva ante lo que lee. El lecteur/spectateur no demandaría nada (lo que explica la pérdida de calidad de buena parte de la literatura contemporánea) ni sería capaz de reaccionar a más de un estímulo, en muchos casos el "cómo termina".
 
Quizás esto explique también la idea, errónea pero extendida, de que las teleseries serían la "nueva literatura". Pese a quienes sostienen que afirmar algo así es como decir que los espaguetis a la carbonara son el nuevo filete empanado, la afirmación tiene sentido. Aunque sólo si se piensa que las teleseries y la "nueva literatura" son productos seriales y masivos (y, por lo tanto, conservadores en sus gustos y en sus narrativas) que sólo necesitan satisfacer la necesidad de ese "cómo termina". Mientras escribo esto, Google anuncia que ha patentado una forma de ocultar los spoilers en páginas webs y blogs, y quizás esto diga más que cualquier otra cosa acerca del futuro de una literatura en la que lo que más importa es lo menos importante. (Que al final se casan.)
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 11 de agosto de 2015.]

[Publicado el 23/9/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Disidencias]

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Una subversión del orden: Medio año de cómics / Un panorama

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"Un intento diabólico de debilitar la moral y de esa manera destruir la religión y subvertir el orden" no parece una definición muy ecuánime de lo que llamamos cómic o historieta; la recoge David Hajdu en The Ten-Cent Plague. The Great Comic-Book Scare and How It Changed America (2008) y fue formulada por una cierta organización a favor de la "literatura decente" en 1938. Algo menos de ochenta años después, es difícil imaginar que pudiese ser suscripta por alguien, a pesar de lo cual no es completamente errónea, ya que en ese período el cómic sí ha hecho mucho por "subvertir el orden", al menos el literario. Un repaso por las novedades de la primera mitad de este año en España permite comprobar que, si bien una parte considerable del mismo adhiere a géneros y formas provenientes del repertorio convencional de la literatura, existe un puñado de obras que se internan en el terreno de lo inclasificable y de lo que sólo puede suceder en la narrativa gráfica, reivindicando una especificidad que vuelve al cómic, en los hechos, irremplazable.
 
 
1.
 
El primero de los casos es el de las novelas gráficas Bahía de San Búho de Simon Hanselmann (Fulgencio Pimentel) y La Enciclopedia de la Tierra Temprana de la joven Isabel Greenberg (Impedimenta), que participan de la literatura fantástica al igual que Cráneo de azúcar de Charles Burns (Reservoir Books) (conclusión de una trilogía extraordinaria que reúne con facilidad las influencias contradictorias de David Lynch, Hergé y The Ramones), la retrofuturista Grandville bête noire de Bryan Talbot, Cromáticas de Jorge Zentner y Rubén Pellejero y Las migajas de Ibn Al Rabin y Frederik Peeters (todos en Astiberri). También es el caso de Chapuzas de amor de Jaime Hernandez (La Cúpula), Cuando no sabes qué decir de Cristina Durán y Miguel Á. Giner Bou (Salamandra Graphic), La balada del norte de Alfonso Zapico (Astiberri) y Lo que me está pasando de Miguel Brieva (Reservoir Books), que por su parte adhieren a las convenciones realistas.
 
En la medida en que se basan en hechos históricos, también son realistas André el gigante. Vida y leyenda de Box Brown (Astiberri), la biografía gráfica del luchador y actor André Roussimoff, La mujer rebelde de Peter Bagge (La Cúpula), que narra la vida de la activista por los derechos de la mujer Margaret Sanger y pone de manifiesto un interés general por este tema que alcanza al libro de Mary M. Talbot, Kate Charlesworth y Bryan Talbot Sally Heathcote. Sufragista (La Cúpula), y Esterhazy de Hans Magnus Enzensberger, Irene Dische y Michael Sowa (Fulgencio Pimentel): bajo la apariencia de una fábula infantil acerca de un conejo soltero en Berlín, este libro es la crítica al proceso de reunificación alemana de uno de los intelectuales europeos más importantes del último siglo.
 
 
2.
 
El árabe del futuro del colaborador de Charlie Hebdo Riad Sattouf (Salamandra Graphic), sobre su vida bajo las dictaduras de Gadafi y el Asad, Patria de Nina Bunjevac (Turner), que pone de manifiesto que la tragedia de los Balcanes es anterior a la guerra en esa región, y Mi amigo Dahmer de Derf Backderf (Astiberri) son, por otra parte, el resultado de la hibridación del género histórico con la vocación memorialística de sus autores, lo que constituye una variante de un género, el autobiográfico, que vive un importante auge en nuestros tiempos: son autobiográficos también los Cómics (1986-1993) de la influyente artista canadiense Julie Doucet (Fulgencio Pimentel), Advaita de Iván Sende (Diábolo), la reedición de Píldoras azules de Frederik Peeters (Astiberri), acerca de la forma en que el VIH entró en la vida del autor cuando éste se enamoró de una joven seropositiva, María cumple 20 años de Miguel Gallardo y su hija (Astiberri) y el humorístico La volátil. Mamma mia de la argentina Agustina Guerrero (Lumen), así como La vida es un tango y te piso bailando de Ramón Boldú, que continúa el proyecto autobiográfico de su autor explorando esta vez la historia de su familia durante la Guerra Civil, Mi puta vida de Tom Roca y Gazpacho agridulce de Quan Zhou Wu (todos en Astiberri), la historia de las dificultades y los placeres de los Zhou, una familia china que se instala en un pueblo andaluz a principios de la década de 1990.
 
(En la línea de las narrativas realistas en cómic se deben mencionar también Bumf de Joe Sacco [Reservoir Books], una crítica tan corrosiva como acertada del estado actual de la nación estadounidense, la recuperación de El fotógrafo de Didier Lefèvre y Emmanuel Guibert [Astiberri], que narra la guerra entre soviéticos y afganos de 1986, y Sin la sombra de las torres del autor de Maus Art Spiegelman [Reservoir Books], que ponen de manifiesto un auge inesperado pero necesario del cómic periodístico).
 
 
3.
 
No debí enrollarme con una moderna de Sebas Martín (La Cúpula) sigue por su parte la estela del más grotesco (y pionero) Ralf König, del que La Cúpula publica también Barry Kojonen: como En segundo plano de Josep Busquet y Pedro Colombo (Diábolo), ambos libros dan a la observación cotidiana un desarrollo narrativo del que carecen otros libros similares como los episódicos La pelusa de los días de Sole Otero (La Cúpula), Lola de la argentina Alejandra Lunik (Lumen), el inteligente No entiendo nada de Andreu Buenafuente (Reservoir Books), La vida es corta y luego te mueres de Enric Pardo y Lyona (Reservoir Books), la tercera entrega de la Guía del mal padre de Guy Delisle (Astiberri) y los libros de Mauro Entrialgo Cómo caer mal a un artesano (Diábolo) y Ángel Sefija más chulo que un ocho (Astiberri) o la nueva entrega de la serie de Paco Alcázar Silvio José, posiblemente uno de los retratos más desgraciadamente realistas de la España contemporánea (Astiberri).
 
En un semestre de adaptaciones como las de la novela de Irène Némirovsky Suite francesa a cargo de Emmanuel Moynot (Salamandra Graphic), El paraíso perdido de John Milton por Pablo Auladell (Sexto Piso), El hombre que fue Jueves de G.K. Chesterton a cargo de Marta Gómez-Pintado (Nórdica) y Sukkwan Island de David Vann por Ugo Bienvenu (Norma), fueron publicadas también obras inclasificables que ponen de cabeza la relación subsidiaria de la adaptación entre el cómic y la literatura "decente". Es el caso de Mundo loco del alemán Atak (Fulgencio Pimentel), que podría ser un libro para niños pero posiblemente sea, en su demostración de que un mundo "al revés" no sería peor que aquel en el que vivimos, una invitación a la acción política, Soufflé de Cristian Robles (La Cúpula), ¡Oh diabólica ficción! de Max (La Cúpula), el surrealismo de 5 excelentes razones para sacudirle a un delfín en los morros de The Oatmeal (Astiberri) y Los traviesos de Marion Fayolle (Nórdica), así como la paremiología literal de Cagando leches de Héloïse Guerrier y David Sánchez (Astiberri) y Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora de Tom Gauld (Salamandra Graphic), unas tiras publicadas originalmente en The Guardian que constituyen una de las formas más efectivas de ejercicio de la crítica literaria que pueda encontrarse en las librerías en este momento. La "subversión del orden" propuesta por estos últimos títulos es, también, una invitación a la lectura.
 
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 5 de agosto de 2015.]

[Publicado el 21/9/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Cómic]

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"Al andar" y otras dos piezas para la Revista de Verano de El País (y 2)

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En 'Materia dispersa', proyecto del ilustrador Daniel Montero Galán y el escritor Dino Lanti / Crédito, de los autores.

Los trenes y la Iglesia tienen sus detractores, pero ambos constituyen la mejor forma de que una persona llegue a su destino", afirmó el reverendo Wilbert Awdry; si esto es verdad en relación a la Iglesia, no lo parece respecto a los trenes y a otros medios de transporte cuya popularidad alberga, por su parte, una disidencia.

A esa disidencia, la de quienes prescinden de los vehículos a su disposición, dedicó el imprescindible filósofo alemán Walter Benjamin su obra Baudelaire (Abada, 2014), Robert Walser su libro El paseo (Siruela, 2012) y Franz Hessel el bello Paseos por Berlín (Errata Naturae, 2015). Ninguno de ellos es un texto reciente, pero su vigencia es puesta de manifiesto por obras posteriores que los toman como referencia, por ejemplo El dilema de Proust o El paseo de los sabios de Javier Mina (Berenice, 2014), Andar: Una filosofía de Frédéric Gros (Taurus, 2014) y Wanderlust de Rebecca Solnit (Capitán Swing, 2015), todos los cuales profundizan en la tesis central de Benjamin, según la cual el acto de caminar hace posibles una ensoñación y un pensar que una vida moderna histéricamente veloz y preocupada sólo por los desplazamientos de sujetos y mercancías tiende a hacer desaparecer. Pensar y caminar (más aun: vagabundear sin rumbo, abiertos a lo que vemos y al efecto que todo ello provoca en nosotros) serían, pues, actividades antieconómicas ("anticapitalistas", se puede decir) y, por consiguiente, no debería sorprendernos que, como recordó recientemente el escritor español Isaac Rosa en este mismo periódico, las manifestaciones políticas más recientes en España (y no sólo en ella) hayan tenido el carácter de una marcha "que prolonga el caminar como un acto político, una forma de desobediencia civil".

Henry David Thoreau (a quien debemos la creación de ese término, "desobediencia civil") también escribió sobre el caminar en Un paseo invernal (Errata Naturae, 2014); inspirándose en su ejemplo, Martin Luther King concibió la icónica "Marcha sobre Washington" del 28 de agosto de 1963 en la que pronunció su famoso discurso "Tengo un sueño". Una manifestación más de que caminar, pensar y actuar son, a menudo (y en tanto disidencia) la misma cosa.

 

Primero la moral

"Primero viene la comida y después la moral", escribió Bertolt Brecht en alguna ocasión, pero es posible que el autor de La ópera de cuatro cuartos (Alianza) estuviese equivocado: un hilo delgado pero inevitablemente visible se extiende entre aquello que comemos y nuestras concepciones de lo correcto y lo inapropiado.

Unas semanas atrás, por ejemplo, casi cinco millones de personas firmaron una petición en la plataforma Change.org para detener un festival de ingesta de carne de perro en la ciudad china de Yulin; el festival no fue suspendido, pero el poder de convocatoria de la petición puso de manifiesto que la confrontación entre diferentes concepciones morales de lo que es legítimo comer es cada vez más frecuente en un mundo globalizado, así como que el interés por las implicaciones de lo que comemos no deja de crecer.

A ese interés están dedicados varios libros recientes como ¿Quién decide lo que comemos? Cómo el negocio de la alimentación perjudica la salud, la economía y el medio ambiente de Felicity Lawrence (Urano) y Comer animales de Jonathan Safran Foer (Seix Barral). Durante dos años, Safran Foer visitó granjas y mataderos para evaluar de qué forma es producida la carne que consumimos. "Para mí la cuestión no es tanto que se deje de comer carne radicalmente, sino que haya una conciencia pública de cómo opera la industria cárnica. Lo que hacemos es atroz", afirmó a este periódico.

Al parecer, Juan Pablo Meneses no piensa lo mismo. El excepcional periodista chileno radicado durante tiempo en Argentina decidió investigar en la relación de los habitantes de ese país con la carne; como su tesis era que nos alimentamos de animales porque no tenemos que matarlos nosotros mismos, se compró una vaca, "La Negra", a la que crió, con la que se encariñó y a la que acompañó al matadero. La vida de una vaca (Seix Barral) ofrece un final distinto que el de Comer animales, pero ambos libros recuerdan que lo que comemos es principalmente el resultado de una elección moral. Ambos libros invitan a que esa elección sea consciente, y (en lo posible) responsable.

 

Voces del fin del trabajo

En algunas semanas concluirá el proyecto Work With Sounds (www.workwithsounds.eu), que tiene desde hace dos años a seis museos europeos registrando sonidos en extinción: una sierra cortando una rama, el ordeñe manual, un zapatero en su taller, la impresión de billetes de tren. Se trata de sonidos que desaparecen en una Europa en la que la producción industrial remite y es automatizada; es decir, sonidos de un mundo del trabajo que cede su sitio a la producción en países periféricos y a la precariedad.

Ésta es el tema de algunos libros recientes, por ejemplo Yo, precario de Javier López Menacho (Libros del Lince, 2013), la crónica en primera persona de una vida laboral inverosímil y, sin embargo, perfectamente conocida por miles de personas en este país: encuestador, hombre-anuncio, controlador de máquinas de tabaco en bares, promotor. Algunos años atrás, la prestigiosa ensayista estadounidense Barbara Ehrenreich también realizó trabajos precarios, en su caso de forma voluntaria: fue camarera de hotel, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería y empleada de Wal-Mart para averiguar cómo sobreviven millones de norteamericanos. Por cuatro duros. Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos sería una hilarante sátira del mundo laboral si no fuese porque, desafortunadamente, todo lo que narra es cierto, como son ciertas las experiencias de Ben Hamper en General Motors relatadas en Historias desde la cadena de montaje (ambos publicados por Capitán Swing en 2014). El libro de Hamper ilustra el concepto de alienación con el desenfado del que carecen otros libros sobre el tema; su conclusión parece ser que ciertos trabajos matan.

Por otra parte, al menos desde 2008 sabemos, también, que la falta absoluta de él, o su ejercicio bajo condiciones precarias, no es mejor. Guy Standing sostiene en Precariado (también Capitán Swing, 2014) que éste constituye una clase social emergente que debe luchar por los derechos políticos y civiles que se le han negado hasta el momento. La suya es una propuesta inteligente, una llamada a la acción para que los sonidos del trabajo (y quienes los realizamos) no se conviertan, ya definitivamente, en piezas de museo.

 

Publicados originalmente en la Revista de Verano de El País el 17 y el 22 de agosto de 2015.

[Publicado el 17/9/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Disidencias]

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"Esperando a Ariadna" y otras dos piezas para la Revista de Verano de El País (1)

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Una imagen de Emiliano Ponzi / Crédito, de su autor.

Minos pidió a Dédalo que crease una prisión para su hijo monstruoso y éste creó el laberinto; siglos después, en la edificación de Dédalo no sólo espera el Minotauro, sino también toda la población de Grecia, que es el país que inventó el laberinto. Este verano, las noticias que nos llegan de él sugieren que la salida de su crisis económica y política es, como la del laberinto, improbable, y que todavía no han llegado Teseo ni su enamorada Ariadna, que le entregó la madeja de hilo que éste fue desenrollando a su paso para regresar después de matar al monstruo.
 
Grecia atrapada en su laberinto no sólo es un recurso periodístico para intentar explicar la crisis del país heleno; también es la metáfora de la que se vale el icónico ex ministro de economía griego Yanis Varoufakis para titular su libro El Minotauro global. Estados Unidos, Europa y el futuro de la economía mundial (Capitán Swing, 2012). En él Varoufakis incurre en el maniqueísmo de imaginar a la élite económica como un monstruo y a Grecia como su víctima sacrificial, e imagina que el "monstruo" se ha debilitado desde 2008. El endeudamiento griego para pagar su deuda, que el primer ministro de ese país ordenó hace unos días contra la opinión mayoritaria de su población, hace pensar que, debilitado como supuestamente está, y contra la tesis de Varoufakis, el "Minotauro global" sigue siendo más fuerte que las economías nacionales.
 
Acerca de ellas ha escrito también Thomas Piketty en su bestseller (un millón y medio de copias vendidas en todo el mundo) El capital en el siglo XXI (FCE, 2014), en el que incide en el tema del aumento de la desigualdad con un lenguaje accesible. "Creo que debemos repensar completamente qué tipo de instituciones fiscales y de política económica necesitamos para regular el capitalismo moderno", le dijo el economista a este periódico. La tarea parece tan heroica como las acometidas por Teseo y por los demás personajes del seminal Los mitos griegos (Alianza, 2011) de Robert Graves, y las esperanzas de los griegos están depositadas en lo que escribió uno de sus mejores poetas, Konstantinos Kavafis: "Aunque rompimos sus estatuas, / aunque los expulsamos de sus templos, / no por eso murieron del todo los dioses" (Poesía completa, Visor, 2003). Quizás ellos recuerden aún cómo salir del laberinto.
 
 
Viajar contra el prejuicio
 
"En los Estados Unidos hay dos formas de viajar: cómodamente y con niños", afirmó Robert Benchley. "El único modo que conozco de tomar un tren a tiempo es perder el inmediatamente anterior", sostuvo G.K. Chesterton. "Los mejores días son aquellos en los que uno no tiene que ir a ningún lado", escribió Charles Tomlinson. A los tres viajar no debía parecerles muy inspirador.
 
¿Por qué viajamos? La pregunta puede parecer simple, pero su respuesta no lo es. Según Jack Kerouac, porque "la carretera es la vida"; para Bill Bryson, "para experimentar las cosas por primera vez"; porque es un antídoto contra "el prejuicio y la intolerancia", según Mark Twain; para Agustín de Hipona, porque "el mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página".
 
Si el mundo es, efectivamente, un libro, ninguna profesión parece más adecuada para dar cuenta de él que la de los escritores. Literatura y viaje tienen una relación antigua, como antigua (del siglo V a.C.) es la fascinante, monumental obra de Heródoto Historia (Gredos, 2000), que da origen a esa disciplina a la etnografía y a la literatura fantástica.
 
El mundo de Heródoto y sus contemporáneos se extendía desde Sudán a Centroeuropa y desde la India hasta la península Ibérica; es decir, era el área en el que se libran las guerras más violentas (y más cercanas) del presente. El periodista y gran escritor polaco Ryszard Kapuściński intuyó que esos conflictos tenían su origen en el pasado y volvió sobre él en su Viajes con Heródoto (Círculo de Lectores, 2007); también siguió sus pasos el periodista estadounidense Robert Kaplan en sus excepcionales Rumbo a Tartaria: un viaje por los Balcanes, Oriente Próximo y el Cáucaso (2001), El retorno de la antigüedad (2002) e Invierno mediterráneo: un recorrido por Túnez, Sicilia, Dalmacia y Grecia (2004, todos en Ediciones B).
 
Los tres fueron o son viajeros excepcionales, dotados de una perspicacia y una inteligencia de excepción; los tres constituyen, por esa razón, un modelo de viajero que deberíamos imitar: sagaz, curioso, informado, dispuesto a poner sus opiniones a prueba antes que (como sucede a menudo con el turista) viajar para ratificarlas.
 
 
Tenga piedad, sea humano
 
No solemos pensar mucho en ellos, pero nos rodean. ¿Qué sucede con los animales, que introdujimos en nuestros hogares antes incluso de que creásemos las ciudades, cuando la línea divisoria entre la civilización y lo que ellos representan (la naturaleza, lo salvaje provisoriamente domesticado) no había sido siquiera trazada?
 
Acerca de los animales se ha escrito mucho. En los últimos tiempos lo han hecho (sobre los felinos) Paloma Díaz-Mas en Lo que aprendemos de los gatos (Anagrama, 2014), Stéphanie Hochet en Elogio del gato (Periférica, 2015) y Giuseppe Scaraffia en Los grandes placeres (también Periférica, 2015) y (sobre los canes) Graham Chaffee en la inquietante Buen perro (La Cúpula, 2013), Fernando Delgado en Me llamo Lucas y no soy perro (Planeta, 2013), Arturo Pérez-Reverte en Perros e hijos de perra (Alfaguara, 2014) y Juan Pablo Villalobos en el singular Te vendo un perro (Anagrama, 2015). Loros, hámsteres, conejos y otros animales de compañía también han sido objeto del interés literario, posiblemente.
 
A pesar de lo cual, España es uno de los países europeos donde más se ha internalizado y se celebra como parte sustancial de la cultura el maltrato a los animales. ¿De dónde proviene esta contradicción entre el interés literario por ellos y el desprecio por su vida? En A Mezquita (Ourense) se decapitan gallos, en Vitoria se fuerza a los burros a correr, en Canarias las peleas de gallos no son ilegales, en Gijón se prende fuego a los toros, en Córdoba diez personas mataron el mes pasado a veintidós caballos para cobrar un seguro, la ciencia española no prescinde de la experimentación con animales, la caza es considerada un "deporte", los galgos son brutalmente maltratados y torturar públicamente a un toro es considerado un arte en casi todo el país.
 
Los animales son "cosas" según el Derecho español, como apuntaba recientemente el relevante, muy necesario ensayo colectivo El Derecho de los animales (Marcial Pons, 2015); pero la impunidad legal no debería ser una excusa para la práctica. Según estadísticas, la mayor parte de los abandonos de animales se produce inmediatamente después del verano. Usted que está leyendo, por favor, no lo haga. Tenga piedad, sea humano.
 
 
Publicados originalmente en la Revista de Verano de El País el 25 de julio, el 1 y el 8 de agosto de 2015. 

[Publicado el 15/9/2015 a las 10:30]

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Amigos con derecho a injuria / Philip Larkin y Kingsley Amis

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Amis y Larkin, en el centro /

"Follador P. A. Larkin, calle Sodomita 49, Chico Excremento (Adjunto Primer O.J.E.T.E.); Remite Metededo, Línea del Monte, Campo Cagarro, La Raja". La dirección no existe, por supuesto: es uno de esos inventos maliciosos que Kingsley Amis incluía en su correspondencia con Philip Larkin y provocaban en ambos una alegría infantil.
 
Larkin y Amis se habían conocido en el prestigioso St. John's College de Oxford en abril de 1941. "Cuando se conocieron", afirmó en una ocasión Martin Amis, el brillante hijo novelista de Kingsley, "los dos tuvieron la impresión de que por fin habían encontrado alguien más brillante que ellos mismos". Kingsley había nacido en el sur de Londres en 1922; Larkin, en Coventry ese mismo año. Ambos deseaban convertirse (y lo conseguirían, por supuesto) en escritores importantes, pero, al margen de este propósito, había pocas cosas que tuvieran en común: la educación en Oxford, el interés por la poesía y el jazz, el desprecio a la fatuidad no sólo en literatura y el amor por el alcohol, que a Larkin le inspiraría algunos poemas como "Estudio de los hábitos de lectura" y "Compasión en blanco mayor" y a Amis todo un libro, Sobrebeber (sic), también publicado recientemente en español.
 
Las diferencias entre ambos, por otra parte, eran evidentes, y se harían más visibles con el tiempo. Amis se casó dos veces y tuvo tres hijos; Larkin nunca se casó, y buena parte de su obra está destinada a denunciar ambas cosas: sus poemas "Egoísta es el hombre" ("Nadie puede negar, no, / que Arnold es menos egoísta que yo. / Se casó con una mujer para que no se le fuera / y ahora la tiene allí hasta que se muera"), "Llévese uno para los niños" ("Un juguete vivo es siempre una novedad, / pero al final uno también se cansa") y su célebre "Sea este el verso", que comienza con la frase "Bien que te joden tus padres" y culmina aconsejando "Escapa lo antes que puedas / y no tengas hijos".
 
Las carreras literarias de los dos también presentan diferencias sustanciales. Amis disfrutó del éxito desde la publicación de su primera novela, la hilarante Lucky Jim (1954), que llevó a la crítica especializada a asociarlo al movimiento literario de moda, el de los radicales Angry Young Men o "Jóvenes Enfurecidos". Larkin, a pesar de la aceptación inicial de sus (magníficas) novelas Jill (1946) y Una chica en invierno (1947), se convirtió en un poeta enormemente respetado pero no especialmente exitoso comercialmente, a lo que contribuyó el hecho de que nunca vivió en Londres: mientras, allí, Amis iba de cóctel en cóctel, haciendo y destruyendo reputaciones, Larkin ordenaba libros en alguna biblioteca universitaria en Belfast o Hull. Mientras Amis viajaba por el mundo (un poco a la manera del espía James Bond, que tanto le gustaba y para el que escribió una novela con pseudónimo, Colonel Sun), Larkin seguía en Hull y escribía una poesía de tono menor, deliberadamente provinciana. Al tiempo que Amis ganaba una considerable cantidad de dinero, y presumía de ello, Larkin vivía en una habitación sin lujos. Mientras Amis parecía incansable (siete libros de poemas, veintiséis novelas, tres libros de relatos, once libros de no ficción), Larkin se agotó o creyó agotarse después de haber publicado tan sólo las dos novelas antes mencionadas, una selección de ensayos y cinco libros de poemas, incluyendo los fundamentales Engaños (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974). De hecho, cuando se le quiso hacer el mayor honor que puede recibir un poeta inglés, el de ocupar el puesto de poeta laureado, lo rechazó afirmando que "el impulso de escribir poemas me abandonó hace siete años, periodo en el cual no he escrito prácticamente nada. Naturalmente es una decepción, pero prefiero no escribir poemas a escribir poemas malos". Amis, por su parte, no rechazó la Orden del Imperio Británico cuando ésta se le ofreció en 1981.
 
Las amistades entre escritores nunca son fáciles de explicar, no están exentas de rispideces y, por lo general, acaban en desastre. En sus cartas a Mónica Jones (lo más parecido que tuvo a una relación estable), Larkin se queja permanentemente de Amis: de que sus visitas son extenuantes, de que su casa está sucia, de que no reconoce públicamente su aporte a los libros con los que lo ha ayudado, de que es un tacaño, de que bebe mucho ("el sábado fuimos a Dublín, bebimos todo el camino hasta allí, allí, y todo el camino de regreso: todavía me estoy recuperando", le cuenta en 1951), de que es fatuo. "No es su éxito lo que me molesta más, sino su inmunidad a las preocupaciones y al trabajo duro, aunque su éxito también me molesta", escribe en 1956, y agrega: "No me sorprende que pueda escribir".
 
A pesar de todo ello, muy pocas amistades entre escritores han tenido la importancia para sus protagonistas como la que tuvieron la de Larkin y Amis: el primero sometía sus poemas a la opinión del segundo antes de darlos a la imprenta, y Amis solía hacer lo mismo con sus libros. En 1953 Larkin le cuenta a Mónica: "Kingsley me ha enviado un montón de mecanografía diciendo que, ya que Reading quiere publicarle un libro de poemas, por qué no se los selecciono, los mejoro, los arreglo y pienso un título". No es necesario decir que Larkin lo hizo, y que Amis hizo cosas similares por los libros de su amigo bibliotecario.
 
La publicación simultánea de los Cuentos completos de Amis y Una chica en invierno de Larkin parece una buena oportunidad para recordar esa amistad y el hecho de que no siempre las relaciones entre escritores son peligrosas. Amis murió en 1995; en los últimos años de su vida había regresado con su primera esposa, con cuyo marido se vio también obligado a convivir. Larkin podría haber escrito un magnífico poema acerca de este matrimonio de tres ancianos, y Amis le hubiese respondido con un exabrupto de los suyos, pero Larkin había muerto en 1985 y Amis, esta vez, no tenía su dirección ni podía inventársela.
 
 
Publicado originalmente en El País. Madrid, 2 de agosto de 2015. 

[Publicado el 10/9/2015 a las 17:45]

[Etiquetas: Philip Larkin, Kingsley Amis]

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Un realismo español (por fin) realista / La serie "Silvio José" de Paco Alcázar

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No es fácil escribir sobre la obra de Paco Alcázar (Cádiz, 1970); es decir, no es fácil hablar de ella si se tienen conocimientos limitados de psiquiatría. ¿Bajo qué otra óptica se podría evaluar la cabeza de una persona capaz de imaginar a Silvio José Pereda, un español de cuarenta y cinco años de edad, despótico, sucio y cruel, que tiraniza a su padre jubilado? (Quien, por cierto, describe a Silvio José como "una de las personas más despreciables del planeta" y "un pobre niño malcriado que disfruta martirizando a la gente".) ¿Desde qué otra disciplina sería posible ofrecer una respuesta a la pregunta acerca del estado mental de un sujeto que puede gozar concibiendo a un profesor de autoescuela con bigote hitleriano que pasea por las alcantarillas y escribe poemas infantiles acerca de la esquizofrenia? ¿A quién se le puede ocurrir imaginar a un hombre temeroso y aniñado que habla con su "Geyperman de la suerte" y tiene un padre casado con una empleada de discoteca de diecinueve años, a un psicólogo inescrupuloso que habla solo, a una madre que cambia en cuestión de segundos de intereses vitales (que incluyen, por cierto, a ancianos, monitoras de piscina, albañiles cincuentones y perros), a un puñado de urólogos vengativos, a antiguos profesores universitarios que adoran atracciones de feria, al director de un zoológico donde los animales se compran, se venden, se descuartizan, se inventan?
 
Quizás, si no desde la psiquiatría, todo ello se pueda abordar desde el análisis político: si, como sostienen algunos, Mortadelo y Filemón es (pese a las caídas estrepitosas, los disfraces, los agujeros de bala y las quemaduras de sus personajes) la mejor expresión del realismo en la literatura española (es decir, la mejor expresión de un realismo que no muestra a España como a sus habitantes les gustaría que fuera sino como realmente es), la serie Silvio José es la continuación de ese proyecto, que pone de manifiesto el acceso de la sociedad española toda a un nuevo estadio en el que la comedia de la ineptitud y la pereza intelectual es vista, por fin, como tragedia. Cuando su padre le pide que se busque un trabajo, Silvio responde: "¿No has oído hablar de la ‘generación perdida'? ¡La gente de dieciocho a treinta y cinco años no encuentra trabajo!" "¡Pero si tú tienes cuarenta y cinco!", insiste su padre. "¡Sí, pero todo el mundo me dice que aparento diez años menos!", responde Silvio. En su opinión "la culpa de todo" es de la generación de su padre. "¡Primero implantáis un sistema capitalista lleno de imperfecciones y después pretendéis que trabajemos como esclavos para seguir cobrando vuestras enloquecidas pensiones!", le dice; para él, el único aporte español de relevancia es el gazpacho, "un plato que resume nuestra principal aportación a la gastronomía internacional: el mal aliento". En Silvio José, Enamorado alguien dice: "La vida no es una línea recta sin obstáculos... La vida es un laberinto con subidas, bajadas y vueltas muy raras... Los cimientos sobre los que se sostiene no son sólidos, nada está asegurado... Una mañana se despierta usted vivo y por la noche está muerto, una maña se despierta usted en un país representado por una monarquía corrupta y se acuesta en el mismo país con una monarquía corrupta y además sin trabajo". No es fácil rebatir estos argumentos.
 
Silvio José ofrece imágenes de desempleo y miseria económica e intelectual (y moral) que son las imágenes que quienes vivimos en España más hemos visto en los últimos siete u ocho años, al tiempo que pone de manifiesto que la corrupción y el descrédito de las instituciones políticas y sus representantes son consustanciales a la vida cotidiana española hasta el punto de que su superación requeriría un cambio de hábitos y de prácticas tan grande que, por ello mismo, resulta inconcebible.
 
Una posible interpretación de la serie y de sus personajes es que todos ellos son (en su egoísmo, crueldad, afán de lucro, desprecio por el otro, hedonismo, soledad, trastorno) excepciones algo ridículas; otra (menos consuetudinaria, pero la que me interesa aquí) es que todos ellos dan cuenta una normalidad que muy pocos (quizás tan sólo la revista Mongolia y sus colaboradores) se atreven a llamar con ese nombre. Silvio José presenta un país en el que la precariedad laboral, las humillaciones en el puesto de trabajo y las posibilidades de caer en la escala social no tienen fin; de esos infiernos cotidianos no se regresa, excepto cuando la acción debe comenzar nuevamente y sólo por razones narrativas: el psicólogo es arrestado por asesinar a su secretaria, la casa de los Pereda se incendia o es declarada inhabitable cuando Silvio José decide comenzar a acumular su ropa interior usada, sus amigos desaparecen en las obras el metro mientras intentan atracar un banco, Silvio José acaba durmiendo en la calle, el dinero se esfuma, a su hermano unos cocodrilos le arrancan un brazo cuando intenta emborracharlos para participar de una pelea clandestina: todo está en su sitio en la página siguiente, preparado para volver a empezar, pero no hay nada tranquilizador en ello porque lo que reinicia es una vida (digámoslo así) inhabitable en la que la sexualidad es insatisfactoria, la frustración profesional es permanente, el deseo de escapar se ve frustrado por la constatación de que no hay lugar donde huir en un país en el que, como afirma Silvio José, "la gente del norte odia a los del sur, los del sur a los del norte, los del interior a los de la costa, los de la costa a los del interior, los de las ciudades a los de los pueblos, los de los pueblos a los de las ciudades y todo el mundo odia a los madrileños".
 
Si esta última interpretación es acertada, tenemos que agradecerle a Paco Alcázar la inteligencia y la fuerza de su denuncia, así como el hecho de que esa denuncia, en contraposición con las incursiones habituales de los narradores españoles en una sociedad que (en realidad) parece serles por completo ajena, sea hecha con las herramientas del humor (en libros, por cierto, mucho más divertidos y dignos de lectura que esta reseña), al margen de lo que opinen los psiquiatras.
 
 
Paco Alcázar
Silvio José, Faraón
Bilbao: Astiberri, 2012
 
Paco Alcázar
Silvio José, Destronado
Bilbao: Astiberri, 2013
 
Paco Alcázar
Silvio José, Enamorado
Bilbao: Astiberri, 2014
 
Paco Alcázar
Silvio José, Emperador
Bilbao: Astiberri, 2015
 
Paco Alcázar
Silvio José, Rescatado
Bilbao: Astiberri, 2015

[Publicado el 08/9/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Paco Alcázar, Cómic, Astiberri]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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