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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 22 de enero de 2017

 Blog de Patricio Pron

No es intercambiable / "Estrómboli" de Jon Bilbao

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La frase podría parecer una coquetería, pero no lo es: al comienzo de "El castigo más deseado", uno de los cuentos que conforman Estrómboli, el nuevo libro de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), su narrador afirma: "si pusiera por escrito aquel episodio [...], no daría como resultado más que una ristra de tópicos" (193).
 
"El castigo más deseado" relata una competición de pesca en la que el narrador es testigo del final de una amistad y algo más doloroso, la pérdida de un hijo y la decepción; si se exceptúan sus últimos párrafos, es uno de los mejores cuentos del libro: no se detiene en pasajes innecesarios y apenas incurre (a pesar de la advertencia de su narrador) en los tópicos y frases hechas que lastran otros relatos de Estrómboli, en los que las personas se enjugan "el sudor del labio superior" cuando beben (85) y se secan los labios pasándose "el dorso de la mano por la boca" (92) o admiten haberse quedado "mudos" cuando alguien les dice algo (96), los obreros que se quitan sus cascos de protección les sacan brillo "frotándolos con la manga" (145), las personas que quieren parecer amistosas dan "palmaditas en el hombro" (145), los ríos son "angostos" y discurren "sobre un lecho rocoso" (168), las personas que se enfadan cruzan los brazos (184), etcétera.
 
Jon Bilbao es considerado por muchos el mejor cuentista español del momento; si el consenso no fuese suficiente, bastaría mencionar la larga lista de premios obtenidos por el autor en los últimos años (el Ojo Crítico de Narrativa, el Tigre Juan, el Euskadi de Literatura, el Otras Voces, Otros Ámbitos) para constatar su posición de preeminencia en una escena en la cual, en virtud de la percepción errónea de que el cuento sería un género minoritario en España, éste concita entusiasmos acríticos y no siempre fundados. No es lo que sucede con los que genera el autor, cuyos relatos seducen con los argumentos (menos habituales de lo que podría pensarse) de una ambientación eficaz y unos personajes descolocados y por consiguiente susceptibles de generar identificación en su lector: un joven español en Reno que se obsesiona fatalmente con un vecino motociclista, un hombre que pierde a su hijo en un accidente en un río y tiempo después regresa a él para recuperar una o dos cosas, un desempleado que participa de un concurso televisivo y debe decidir (por lo menos retrospectivamente) si deja atrás un miedo infantil y si dejarlo atrás vale la pena.
 
Los cuentos de Estrómboli cumplen con solvencia lo que se proponen, aunque es evidente que sus diálogos son algo afectados (su intensidad paroxística recuerda de a ratos la de las discusiones de telenovela, con la prescriptiva alternancia de planos y el recurso de dar la espalda al interlocutor para que los actores compartan plano) y que "la atención al detalle" de la que se nos habla en los paratextos de la obra resulta irritante en ocasiones, en especial si se considera la gratuidad de estos, como en el cuento que da título a la colección: "Él vestía pantalones chinos, polo, cazadora de aviador y mocasines. Ella había pasado una hora y media acicalándose en el hotel. Llevaba un liviano vestido de primavera y unas sandalias de tacón poco apropiadas para los senderos de grava volcánica del archipiélago de las Eolias. Para que la brisa marina no le estropeara el peinado, se había envuelto la cabeza en un fular. Completaban el conjunto unas gafas de sol con la montura adornada con brillantes falsos" (221-222), todo lo cual no parece muy relevante para la caracterización de los personajes excepto de una forma superficial.
 
(Algo similar sucede en el relato "Como en un idioma desconocido", donde la descripción de la planta nuclear en construcción no ayuda al lector a "verla", sino que, paradójicamente, lo impide, convirtiéndola en una sucesión de términos técnicos tan irritantes como la repetición caprichosa del nombre de la empresa constructora; pero casi todos los cuentos del libro presentan este rasgo, por ejemplo "Estrómboli", donde se nos informa que el entrante que el personaje ordena consiste en "una ensalada de rúcula, gorgonzola y pollo con avellanas cuyos ingredientes se hallaban meticulosamente dispuestos en una armoniosa montañita de comida", 228.)
 
En algún sentido, estas desviaciones constituyen los rasgos de personalidad literaria más salientes de unos relatos en los que es dificultoso distinguir (y en ese caso valorar) una voz propia. Uno tiene la impresión, leyendo Estrómboli, de que ha leído todo esto antes en relatos de Raymond Carver, Tobias Wolff, John Cheever y otros estadounidenses imprescindibles (aquí hacen acto de presencia todos los rasgos salientes del cuento realista moderno norteamericano, incluyendo los personajes disfuncionales, el objetivismo y la adopción de construcciones gramaticales sencillas), lo cual no es un problema necesariamente, excepto por el hecho de que, en la ausencia de personalidad de estos relatos y su acumulación de términos a menudo técnicos, estos cuentos generan la impresión de que se está ante una traducción no siempre lograda. (Algo notablemente singular, ya que Bilbao es un traductor excelente.)
 
Quizás uno de los problemas más visibles de la narrativa contemporánea en español sea el carácter "intercambiable" de los textos que la componen: el libro A podría haber sido escrito por B, por C o por D; la novela policiaca E es reemplazable por la F, la G y la H, etcétera. Lo habitual es, sencillamente, correr el proverbialmente tupido velo sobre obras y autores y dedicarse a cosas más interesantes; sin embargo, hay algo en la obra de Bilbao que no es "intercambiable" y es precisamente por ello y en nombre de ello que escribir sobre ella, incluso apuntando sus defectos más evidentes, es una forma de contribuir a la preservación de lo que hay en ella de singular e importante, que se pone de manifiesto en pasajes como el de las manzanas que caen corriente abajo en "El peso de tu hijo en oro" o el hombre que salva pollos y les teje suéteres de "Una boda en invierno". (Este último caso, por cierto, apunta a las muchas coincidencias e inverosimilitudes de estos cuentos: el personaje siniestro al que el narrador de "Siempre hay algo peor" le entrega una bolsa de dinero lo atropella un camión esa misma noche, resolviendo el problema no sólo narrativo de qué hacer a continuación con él; a pesar de que ha pasado un tiempo considerable desde el accidente, el padre de "El peso de tu hijo en oro" encuentra entre la maleza y las rocas un dedo de su hijo, al parecer reconocible, no descompuesto ni roído por los animales; los pollos de "Una boda en invierno" sobreviven porque sus órganos están contenidos por un suéter, sin cicatrización ni infección de las que se informe al lector.
 
 
Jon Bilbao
Estrómboli
Madrid: Impedimenta, 2016

[Publicado el 03/6/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Jon Bilbao, Cuento, Impedimenta]

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No sólo una comedia / "Sin palabras" de Edward St. Aubyn

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Aunque el resultado casi siempre catastrófico de los premios literarios no sólo hispanohablantes es atribuido por lo general a las intenciones aviesas de ciertos editores, a los aspectos económicos y políticos que condicionarían su concesión y/o a un estado penoso o lamentable de la literatura contemporánea, lo cierto es que la mayor parte de las veces la catástrofe es inevitable antes incluso de que se lea una sola página y está toda en potencia en la conformación de los jurados de esos premios. El del Elysian, por ejemplo, está constituido por un parlamentario británico cuya carrera se ha ido a pique y no está dispuesto a "dejarse mangonear por escritores, académicos, editores, lectores, periodistas, libreros y críticos literarios" (60), es decir, por cualquiera que sepa algo de literatura; una académica de "Oxbridge" empeñada en dejar claro que sólo le interesa la literatura "buena" (que, naturalmente, no puede definir); una empleada del ministerio de Asuntos Exteriores que desea complacer a su empleador, y recuperar el amor de su hija (y de paso cenar en el Ritz parisino al menos una vez); un actor que no se toma el trabajo de leer las novelas y una "personalidad de los medios de comunicación": todo esto está tan mal de tantas formas distintas que es imposible siquiera empezar a hablar de ello.
 
El premio Elysian no existe, por supuesto (sí el Man Booker, que es su modelo); tampoco existen la empresa china escasamente transparente que lo financia, los jurados (que se ponen zancadillas unos a otros, mantienen agendas secretas mientras van cayendo en el agujero de la desesperación y el fastidio, tratan de ocultar el hecho de que no han leído ni leerán las obras) y los escritores patéticos que entran y salen del lecho de la brillante y no particularmente estable Katherine Burns y de la lista del premio: un ensayista francés aficionado a las paradojas y a la deconstrucción, un millonario indio obsesionado con matar al presidente del jurado (Salman Rushdie, la caricatura más evidente de la novela), un autor primerizo y enamorado, una mujer que ve con sorpresa cómo su libro de recetas se convierte por error en serio candidato al premio. Ninguno de ellos existe, pero su función en la escena literaria es tan intercambiable con la de otras tantas figuras en otros sitios que resulta difícil no leer esta novela como una obra que habla de aquí y de ahora, de personas y de situaciones que todos hemos conocido (en su versión provinciana, sin embargo) pero que sólo esta vez, convertidas en ficción, nos arrancan una sonrisa.
 
Al menos desde su publicación en español, Sin palabras ha sido leída como un simple entretenimiento. No lo es, como tampoco lo son, en el fondo, los epigramas de Oscar Wilde, las novelas de P.G. Wodehouse y Evelyn Waugh o los poemas satíricos de Philip Larkin. Es una comedia, y una muy divertida, por supuesto, pero en su fondo se percibe la mueca de amargo cansancio de Edward St. Aubyn ante un negocio que todos sabemos que debe mejorar, aunque no sabemos cómo y si esto es posible. Sin palabras es una sátira despiadada de la escena literaria no sólo británica, así como una parodia magnífica de sus peores y más frecuentes tendencias, una advertencia y un recordatorio.
 
 
Edward St. Aubyn
Sin palabras
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Barcelona: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 02/6/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Edward St. Aubyn, Novela, Literatura Random House]

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"El libro tachado, Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura" / Notas (y 6)

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"Librero" de Javier Toro Blum / Crédito, de su autor.

Aunque publicado hace ya dos años, en mayo de 2014, El libro tachado: Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (Turner) no ha dejado de estar inusualmente presente en mi vida desde entonces: por las lecturas del libro que se han hecho y que continúan produciéndose mientras éste se abre paso en América Latina (con la lentitud y la falta de fiabilidad que son propias del negocio del libro en esa región); por el hecho de que, pese a su extensión, había mucho material sobrante y éste fue publicado en línea en los meses siguientes a la edición del libro a manera de suplemento; debido a que mi nueva novela, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House, 2016), explora temas similares a los del ensayo, con el que conforma un díptico o una trilogía inconclusa; a raíz (finalmente) de que la persistencia de mi interés en el tema, y la lectura de nuevos libros, ha aportado nuevo material a una historia de lo negado, lo excluido y lo silenciado en literatura.
 
Van aquí los últimos elementos para la escritura de esa historia; no siguiendo la disposición en la que éstos se encuentran en la edición física del ensayo, sino con el desorden y el capricho aparentes con los que el extraordinario David Markson (el verdadero inspirador de El libro tachado) los dispuso en su obra, una obra absolutamente única sobre la que nunca se ha dicho lo suficiente ni la última palabra.
 
 
Marianne Fritz permaneció recluida en su apartamento entre 1982 y 2007, fecha de su muerte, tratando de completar "Die Festung" [La fortaleza], un ciclo narrativo de más de diez mil páginas en el que, pese a la profusión y a su tamaño, habita también la negatividad; como señala el español Juan de Sola en el prólogo a la edición española de su primera parte, "Die Festung" narra "la historia de la familia Null, que vive en el número 0 de Nullweg, en la ciudad de Nirgendwo" (familia cero, que vive en el número 0 de la calle Cero, en la ciudad de Ningún Lugar).
 
Christian Schubart acusó a las autoridades de Würtemberg de alquilar a los ingleses sus tropas para que estas luchasen contra los independentistas americanos y las autoridades lo metieron en la cárcel. Estuvo trescientos setenta y siete días en aislamiento; durante ese período se le prohibió escribir, leer e interpretar música, a los dos años se le permitió asistir al servicio religioso con los otros presos, después de cuatro pudo escribirle por primera vez a su esposa, a los nueve años del comienzo de la detención se le autorizó a recibir su primera visita; cumplidos diez años de condena pudo salir, pero su salud ya estaba muy deteriorada y murió cuatro años después de haber recuperado la libertad.
 
Waikiki o wk nació en Fuerte Apache en septiembre de 1981 y escribió los poemas que conforman su libro 79 en la cárcel.
 
Sigismund Krzyzanowski, escribió alrededor de tres mil quinientas páginas de gran calidad literaria pero no publicó ni una sola de ellas a lo largo de su vida.
 
Herberto Helder, poeta brasileño "secreto", se negaba a dar entrevistas y rechazaba los premios que se le otorgaban por su obra.
 
Marilynne Robinson estuvo veinticinco años sin publicar tras el éxito de su primera novela en 1980. Alberto Rubio no dio nada a la imprenta entre La greda vasija (1952) y Trances (1987), en lo que constituyó un silencio editorial de treinta y cinco años de duración. Entre 1917 y 1940, Julio Torri no publicó nada; tampoco lo hizo entre 1940 y 1952 y entre esa fecha y 1964. Hilda Mundy sólo publicó un libro en vida, Pirotecnia, en 1936. Lanark consagró a Alasdair Gray en 1981 tras veinticinco años de trabajo silencioso. Francisco Ferrer Lerín no publicó nada entre La hora oval (1971) y Cónsul (1987), dedicado como estaba al tráfico de cadáveres. Edmund Crispin (pseudónimo de Robert Bruce Montgomery) no publicó nada entre 1953 y 1977. Molly Keane no publicó nada entre 1952 y 1981, y nada desde 1988 hasta su muerte en 1996. Entre el primer libro de Carlos E. Keymer, Sentimientos (1898), y el segundo, Fénix (1922), mediaron veinticuatro años; y entre éste y el siguiente, Emblemas de luz (1945), veintitrés.
 
Juan Antonio Payno, quien ganó el Premio Nadal de 1961 con su novela El curso, no volvió a publicar sino hasta treinta y cinco años después, cuando dio a la imprenta una novela bellamente titulada Romance para la mano diestra de una orquesta zurda.
 
Barbara Newhall Follett publicó The House Without Windows [La casa sin ventanas] en 1927 a la tierna edad de doce años y fue celebrada como la próxima gran novelista estadounidense; luego estalló la Depresión, Newhall Follett tuvo que emplearse como secretaria, se casó y dejó de escribir.
 
Rosemary Tonks, quien, después de publicar dos volúmenes de poesía y seis novelas entre 1963 y 1972, se retiró de la escena literaria en 1978 a raíz de una crisis personal, quemó una novela inédita y abjuró de todos los libros, excepto La Biblia. Vivió treinta y tres años en soledad en una casa frente al mar en Bournemouth sin que ni la prensa ni sus familiares y amigos conocieran su paradero.
 
John Berryman dejó inconcluso el relato de su abandono del alcoholismo, "Recuperación", así como ese abandono: se arrojó de un puente. Unos días antes le había dicho a Saul Bellow en una carta que estaba trabajando en trece proyectos al mismo tiempo, entre ellos un estudio sobre Shakespeare, una vida de Jesús para los niños y un libro de ensayos sobre el sacrificio en la literatura y el arte.
 
Charlotte Mew se volvió loca tras las muertes de su madre y su hermana, a las que estaba muy unida. Se suicidó en la "casa de reposo" en la que había sido encerrada.
 
José Domingo Gómez Rojas se volvió loco a consecuencia de las duras condiciones carcelarias que padeció, no así su heterónimo (Daniel Vásquez), que posiblemente haya muerto de tisis.
 
Arshile Gorky, Vachel Lindsay, Henry de Montherlant, Mark Rothko, Jack London, William Inge, Diane Arbus, Tadeusz Borowski, Abbie Hoffman, Randall Jarrell, Bogdan Wojdowski (superviviente del gueto de Varsovia) y Costas Cariotakis se suicidaron.
 
Harry Martinson también: se cortó el estómago con unas tijeras mientras se encontraba en el hospital. Ángel Ganivet se arrojó desde un vapor al Duina y, tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros de la embarcación, aprovechó un descuido de estos para volver a las aguas heladas. Antero de Quental se disparó dos veces consecutivas. Peyo Yavorov se envenenó: algo antes, en un intento de suicidio con arma de fuego, había perdido la vista.
 
José Antonio Ramos Sucre, Elías David Curiel, Ismael Urdaneta, Luisa Esther Larrazábal, César Dávila Andrade, Alirio Ugarte Pelayo, Manuel Osorio Calatrava, Gloria Stolk, Atilio Storey Richardson, Carlos César Rodríguez Ferrara, Gelindo Casasola, Miyó Vestrini y Martha Kornblith, Augusto Mijares, Carlos Rangel, Argenis Rodríguez y Arturo Uslar Braun se suicidaron.
 
René Crevel, de un tiro en la cabeza; Amelia Rosselli, arrojándose por una ventana; Raymond Roussel, por sobredosis (en la versión de Eugenio Baroncelli); Attila József, arrollado por el tren; Calvert Casey, con somníferos; Dorothy Parker, después de consignar que su reloj de pulsera y su perrito Robinson debían ir a parar a manos de su hermana; Yukio Mishima, tras lo cual se le dieron tres golpes de gracia que no fueron suficientes para acabar con su vida y debió ser decapitado: para entonces, la sala en la que tenía lugar el suicidio ritual apestaba porque los intestinos de Mishima estaban repartidos por el suelo.
 
Heinrich von Kleist, Vladimir Maiakovski, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe: suicidas ellos también, por supuesto.
 
R. A. Lafferty ejemplifica varias de las tendencias de la tachadura: comenzó su carrera literaria relativamente tarde, a los cuarenta y cinco años de edad, después de abandonar la bebida, su producción (trece novelas y noventa y seis relatos inéditos al momento de su muerte) fue tan cuantiosa que, diez años después de su fallecimiento, sus albaceas seguían sin haber conseguido catalogarla, abandonó la literatura ocho años antes de morir y vivió recluido en una residencia de monjas franciscanas hasta su deceso.
 
Nicolai Gógol destruyó el manuscrito de la segunda y la tercera partes de Almas muertas en 1842, pero antes, en 1829, confrontado con las reseñas negativas que recibía su obra Hans Küchelgarten, el escritor se hizo con todos los ejemplares que pudo y se encerró en una habitación de hotel, donde les prendió fuego. (Lo mismo hizo el escritor austríaco Ödön von Horváth años después, aunque von Horváth amplió su actividad destructora a las bibliotecas, en las que robaba sus libros para destruirlos.) Años después, cuando el amigo a quien estaba leyéndole una tragedia se quedó dormido, Gógol también la arrojó al fuego.
 
(Gógol era recordado por sus alumnos en la universidad de San Petersburgo por el hecho de que, aunque poseía un magnífico repertorio de anécdotas, no tenía conocimiento alguno acerca de la asignatura que debía enseñar, historia; el escritor no se presentaba a dos de cada tres de sus clases, y cuando iba no hablaba, sino que, según un testimonio, "se limitaba a murmurar incoherencias y a mostrar pequeños grabados de países asiáticos".)
 
El artista visual italiano Blu también destruyó su obra; paradójicamente, para salvarla: no estaba de acuerdo en que ésta fuese exhibida en un museo.
 
Victoria Benedictsson tuvo que escribir su novela Pengar con el pseudónimo masculino "Ernst Ahlgren" por su contenido escandaloso, no apropiado (supuestamente) para haber sido escrito por una mujer. En la novela, Benedictsson hablaba de una forma bastante clara sobre la obligación de mantener relaciones sexuales dentro del matrimonio y comparaba a las mujeres casadas con prostitutas ya que, según afirmaba, ambas ofrecen sexo por dinero.
 
Stiepan Zannovich utilizó veinticuatro pseudónimos para firmar idéntica cantidad de libros publicados en el transcurso de catorce años.
 
El canadiense Christian Bök también escogió la restricción oulipiana para ofrecer un marco a su producción y, paradójicamente, multiplicarla: su libro de poemas Eunoia (2001) está conformado por cinco secciones, cada una de las cuales presenta poemas univocálicos; es decir, escritos con una sola vocal. "Eunoia" es la palabra más breve del idioma inglés que incluye las cinco vocales: su significado es "buen pensamiento" y se utiliza para designar el estado de salud mental.
 
Nadxieli Nieto y Lincoln Michel han creado, en una deriva irónica de la aspiración a una escritura sin autores, una máquina de escribir títulos de funcionamiento más que aceptable.
 
Charles Lamb y Julio Torri eran tartamudos; éste último no publicó prácticamente nada en vida, distraído como estaba (según Andrés del Arenal) con tareas alimenticias y un singular y algo inocente priapismo.
 
David Leavitt fue acusado de plagiar a Stephen Spender, aunque no su obra sino "su vida": el autor se había inspirado en la autobiografía de Spender World Within World [Un mundo dentro del mundo] (1951) para escribir su novela While England Sleeps [Mientras Inglaterra duerme] (1993). Además de por la vía legal, la polémica entre ambos autores se dirimió en un intercambio en la prensa en el marco del cual Spender siguió acusando a Leavitt de plagio de su obra, aunque se refería (explícitamente) a su vida. Ahora bien: quizás en algunos casos, o en todos, una cosa y otra sean la misma, lo que daría la razón a Spender.
 
The Avalanches ha publicado recientemente Since I Left You, una colección de canciones compuesta a partir de alrededor de tres mil quinientos samples; es decir, fragmentos de música apropiada.
 
Juan Carlos Rodríguez es autor de un libro tachado que efectivamente está tachado.
 
El Librero quemado de Javier Toro Blum permite el retorno de lo reprimido, lo censurado y lo represaliado.
 
 
"Lo esencial del buen lector es saber detectar lugares en que la agrafía podría haber estallado y referir el proceso que pudo llevar al abandono total de la escritura. Como tales lugares son, propiamente, todos, sería una locura el querer descubrirlos de manera exhaustiva, pero lo que sí puede y debe procurar es trazar la senda que, partiendo de alguno de ellos, conduce al morbo agráfico", escribe Antonio Valdecantos en su excepcional Misión del ágrafo.

[Publicado el 31/5/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Disidencia, Tachado]

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Esgrimas verbales / "Antología del retrato" de E. M. Cioran

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"Después de vivir su infancia huyendo de las frondas aristocráticas, Luis XIV decidió instalar a la mayor parte de la nobleza de su reino en distintos apartamentos del palacio de Versalles", escribe Rafael Gumucio en su prólogo a este libro; como afirma, "Tenerlos cerca le permitió vigilarlos, mientras ellos, a su vez, se vigilaban entre sí. La corte se dejó ir en ese juego de miradas aviesas y hambrientas que los más lúcidos, o los más indiscretos, dejaron anotadas en cartas, notas, novelas en clave, diarios de vida y memorias" (7).
 
Apasionado de la obra de Henri de Saint-Simon, el escritor francés de origen rumano Emil Cioran ideó alguna vez con una amiga una antología en inglés de la obra del autor de El nuevo cristianismo; el proyecto nunca se llevó a cabo: en contrapartida, Cioran decidió "intentar ofrecer una imagen de conjunto de este arte tan arduo que consiste en fijar un personaje, en desvelar sus misterios atractivos o tenebrosos" (15).
 
La Antología del retrato resultante recorre un arco temporal que va desde mediados del siglo XVIII a la mitad del XIX, aproximadamente; a pesar de que en ese período se produjeron, como es evidente, algunos hechos de cierta importancia (la Revolución Francesa, por ejemplo), la unidad estilística de los retratos reunidos pone de manifiesto la continuidad de las prácticas que les dieron origen, como si sus autores no hubiesen abandonado nunca las habitaciones de Versalles. La ociosidad de palacio los había convertido en brillantes observadores y en esgrimistas verbales temibles, en auténticos maestros del epigrama, pero también en árbitros de un gusto que, como sostiene Cioran, fue empleado "en naderías sutiles y en futilidades delicadas" (23) y cultivadas tan largamente que la nobleza que las produjo, "de tanto mirarse a sí misma, no vio llegar la Revolución que cortó sus cabezas" (12). En esa paradoja, sostiene Gumucio, "Cioran encontró [...] algo más que la explicación de las revoluciones y contrarrevoluciones que marcaron su vida" (12).
 
Si las "naderías sutiles" contribuyeron, según el rumano, a la creación de un "producto de invernadero" que, "al rechazar todo desenfreno, de ninguna manera era capaz de producir una obra de una originalidad total, con todo lo que ello implica de impuro, de espantoso y de irresistible" (23), el retratismo de autores como Frédéric-Melchior Grimm, Madame de Rémusat, François-René de Chateaubriand, Charles Augustin Sainte-Beuve o el ya mencionado Saint-Simon es, sin embargo (y pese a la opinión de su antologador), extraordinario: en la corte, sus autores habían hecho de la observación un recurso vital para la supervivencia política, y de la esgrima verbal, una forma excelsa de resolución de los conflictos políticos. Reunidos aquí, sus textos (que Cioran cree caracterizados por "un verbo vigilado y censurado por quién sabe qué inquisición de la nitidez", 23) se leen como una literatura quizás remanente, pero no por ello menos fascinante.
 
A la fascinación de leer a Chautebriand hablando sobre Joseph Joubert ("un egoísta que no se ocupaba más que de los demás", lo describe; 176) sólo para, a continuación (y en un rasgo de malicia por parte del antologador), leer a Joubert hablando sobre Chautebriand ("prefería los errores a las verdades porque los errores eran más suyos", 181), o de ver a Jean-Jacques Rousseau siendo juzgado por un incidente banal en un teatro y no por el extraordinario edificio intelectual que levantó, la lectura de esta Antología del retrato añade la de una aproximación a una sociedad en la que, como afirma Cioran, "la maledicencia era de rigor": Saint-Simon atribuyendo al duque de Noailles "toda suerte de recursos en la mente, pero todos para el mal" (42), Grimm despachando a Bernard Le Bovier de Fontenelle con un "la sabiduría de una mente fría no vale las tonterías de un genio ardiente" (60), Etienne Dumont acusando al conde de Mirabeau de haber plagiado la frase (muy acertada) de Nicolas de Chamfort "la facilidad es un bonito talento a condición de no usarlo" (101), a Madame Vigée Le Brun recordando que al señor Le Pelletier de Morfontaine le olían mucho los pies y ella tuvo que viajar con él en un coche cerrado en una ocasión (lo que describe como una "triste experiencia", 139).
 
 
E.M. Cioran (ed.)
Antología del retrato. De Saint-Simon a Tocqueville
Trad. Santiago Espinosa
Santiago de Chile: Hueders, 2015

[Publicado el 28/5/2016 a las 13:45]

[Etiquetas: Emil Cioran, Rafael Gumucio, Miscelánea, Hueders]

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Sencillez y belleza / "Cuadernos japoneses" de Igort

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Su interés en el manga japonés llevó al italiano Igort a hacer varias estancias en ese país e incluso a trabajar en la industria del manga a partir del año 1991, todo lo cual es contado en estos Cuadernos japoneses: la vida cotidiana en el barrio tokiota de Bunkyo-Ku, la búsqueda de viejos materiales gráficos y mangas de la inmediata posguerra, los encuentros con grandes autores como Ogeretsu Tanaka, Jirō Taniguchi y Hayao Miyazaki, el respeto a maestros como Mitsuyo Seo, Suiho Tagawa, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki, Osamu Tezuka y Katsushika Hokusai, las experiencias en una industria a menudo brutal, y el amor por Japón.
 
Igor Tuveri nació en Cagliari en 1958 y es conocido en español por sus obras 5, el número perfecto (2002), Fats Waller (en colaboración con Carlos Sampayo, 2005) y la serie de los cuadernos: Cuadernos ucranianos (2011) y Cuadernos rusos (2014) a la que se suman ahora estos Cuadernos japoneses. En ellos es posible encontrar el culto del crisantemo, la afición por el sumo, el sintoísmo, la ironía sensual de la obra de Junichiro Tanizaki, las formas regladas de la prostitución, la estructura de clases de una sociedad que alterna entre la innovación y el tradicionalismo. Todo ello contado con la sencillez, la belleza y la radical extrañeza que son lo mejor que Japón nos ha dado a los ciudadanos del mundo.
 
 
Igort
Cuadernos japoneses
Trad. Regina López Muñoz
Barcelona: Salamandra Graphic, 2016

[Publicado el 26/5/2016 a las 11:45]

[Etiquetas: Igort, Cómic, Salamandra Graphic]

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Que no has de beber / "El viaje a Echo Spring" de Olivia Laing

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"No hacíamos más que beber", recordó Raymond Carver de 1973, el año en que John Cheever y él se conocieron en el Máster de Escritura de la universidad de Iowa; su año perdido, sostiene Olivia Laing, había sido anticipado por el autor de Bullet Park una década atrás cuando escribió "El nadador", la historia de un alcohólico que, sencillamente (y aunque él no lo sepa), tarda un año en regresar a casa.
 
Aunque "El nadador" no es el testimonio más directo de la adicción al alcohol del que se disponga, su belleza y la serena desesperación que posee lo convierten en uno de los mejores recordatorios de un vínculo (el de literatura y alcoholismo) que Laing (quien habitualmente colabora en The Guardian, el New Statesman y el Times Literary Supplement, además de escribir sus propios libros) explora aquí de cuatro maneras, que se solapan: la lectura de las biografías de Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Tennessee Williams, John Berryman, John Cheever y Raymond Carver; un largo viaje por los Estados Unidos en tren, coche y avión en busca de los sitios en los que vivieron y se inspiraron esos escritores; el estudio de los efectos de la bebida en el organismo, así como de los métodos empleados en Alcohólicos Anónimos para combatir la adicción; y su propio testimonio: la autora creció en un hogar marcado por el alcoholismo.
 
El viaje a Echo Spring tiene varios méritos, como pone de manifiesto el hecho de que haya quedado finalista del Premio Costa y fuese escogido como uno de los libros del año por el New York Times y Time Magazine: la rapidez y facilidad con las que se lee pese a una traducción algo mejorable, la capacidad de observación de su autora, el interés que suscitan los escritores de los que habla, la habituación del lector a un cierto tipo de ensayo lírico cuyos mejores ejemplos (La liebre con ojos de ámbar de Edmund de Waal, Leviatán o la ballena de Philip Hoare y H de Halcón de Helen Macdonald) son recientes.
 
A pesar de ello, constituye una decepción que ni las vidas desgraciadas y fascinantes de los autores de los que habla consigue disimular: por una parte, porque no parece evidente que exista ningún vínculo necesario entre el viaje de la autora y su propósito de "saber por qué beben los escritores y qué efecto tiene este caldo de licores (sic) en la propia literatura"; por otra parte, porque la información sobre ellos proviene de biografías fácilmente accesibles y no aporta ningún dato novedoso. Finalmente, porque pese a que, como sostiene la autora, "los escritores son, por su propia naturaleza, quienes describen mejor que nadie la aflicción", la negación propia del adicto y la habilidad del escritor con las palabras convierte su testimonio en "una masa inconsistente de material que se mueve desconcertantemente entre el relato honesto, la automitificación y el engaño", como reconoce la autora.
 
Si hay algo más detrás de los relatos del alcohol, Laing no da con ello, más allá de que establezca un vínculo entre el alcoholismo y una infancia desgraciada y el "sentimiento de que algo valioso se había hecho pedazos" que suena más que probable, así como con las "pequeñas fantasías de higiene, purificación, disolución y muerte" que aparecerían en los relatos del alcohol. La autora tampoco explica satisfactoriamente por qué escogió a estos seis escritores y no a tantos otros que también fueron alcohólicos (William Faulkner, Truman Capote, Jean Rhys, Hart Crane, Marguerite Duras, Edgar Alan Poe, Malcolm Lowry, Brendan Behan, por supuesto Dylan Thomas: la lista es enorme) ni si las funciones que el alcohol cumplió en la vida de cada uno de sus biografiados no fue (en realidad) distinta de caso en caso. La importancia de los vínculos entre literatura y alcoholismo obliga a una inmersión en el tema, pero este libro, independientemente de sus méritos, no la lleva a cabo.
 
 
Olivia Laing
El viaje a Echo Spring. Por qué beben los escritores
Trad. Núria de la Rosa
Barcelona: Ático de los Libros, 2016
 
Babelia/El País, 1 de abril de 2016. 

[Publicado el 24/5/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Olivia Laing, Ático de los Libros, Ensayo]

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Una amistad catastrófica / "Conversaciones con James Joyce" de Arthur Power

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Nos lleva sistemáticamente la contraria, es descortés, deliberadamente impertinente, nos ofende sin desearlo cada vez que lo vemos, intenta imponernos sus ideas, sostiene ante nosotros un espejo en el que se refleja el que fuimos, hace años y en una época que preferiríamos no recordar: todos tenemos un amigo así, al que no acabamos, por alguna razón, de mostrarle la puerta.

Quizás ofrezca algún consuelo al lector saber que también James Joyce tuvo uno: su nombre era Arthur Power y conoció a Joyce el dos de febrero de 1922 en París, la noche en que éste celebraba con su esposa y su editora la publicación de Ulises. Power había leído Dublineses y Retrato del artista adolescente y, como recuerda, "no lo habían impresionado demasiado" (55); muy pronto se lo diría a su autor, quien hasta el momento se había mostrado amable con él por el hecho de que Power (quien por entonces trabajaba como crítico de arte para un periódico norteamericano) era irlandés como él y conocía bien Dublín: algo similar sucedería con un joven Samuel Beckett. (Pero Power no es Beckett, desafortunadamente para el lector e incluso para el propio Joyce.)

A lo largo de los encuentros incluidos en estas Conversaciones con James Joyce, el escritor irlandés se ve asaltado por su "amigo", quien quiere llevarlo a una fiesta contra la voluntad de su familia, en varias ocasiones irrumpe en su casa sin haber sido invitado, le lleva la contra respecto a Synge, a Ibsen, a Tolstoi y a decenas de otros escritores, censura sus opiniones artísticas, le dice que escribía mejor de joven, lo cuestiona por la regularidad de sus hábitos y, en realidad, por casi cualquier otra cosa, se muestra indiferente a la radical novedad de Ulises y pide a su autor que le explique algunos pasajes de los más comprensibles de la obra, lamenta su influencia en otros escritores y lo tilda de "ególatra".

"Joyce no era un buen conversador", según Power, y el lector no puede sino sospechar que tiene razón, ya que hay demasiado Power y muy poco Joyce en estas "conversaciones"; en ellas, el padre de Leopold Bloom "suspira" reiteradamente, se encoge de hombros, parece "estar cansado de la conversación", mira a su interlocutor "fijamente", sonríe "con sarcasmo". Un día, finalmente, Joyce comparte con Power la noticia de que acaba de tener un nieto y su "amigo" le responde que eso no tiene importancia alguna. "En los años siguientes", recuerda Arthur Power, "cada vez que iba a París lo llamaba, pero nuestra relación ya nunca fue la misma" (185). No es difícil imaginar por qué.

Según Clive Hart, "siempre ha resultado complejo determinar cuánto absorbió [Joyce] de la corriente principal de la literatura europea o en qué consistían sus gustos y opiniones literarias" (25). A la catástrofe de amistad que protagonizaron éste y Arthur Power se le pueden atribuir varios nombres, pero lo que importa es que estas Conversaciones con James Joyce son el testimonio más detallado, más íntimo y más importante del que disponemos acerca de estas cuestiones y, como tal, deberían ocupar un lugar en las estanterías de cualquier joyceano: la admisión de su autor de que Ulises es fundamentalmente "una obra cómica" supone una invitación ineludible a la relectura, por ejemplo, y hay varias relevaciones de esta índole a lo largo del libro.

 


Arthur Power
Conversaciones con James Joyce
Pról. David Norris y Clive Hart
Trad. Juan Antonio Montiel
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016

 

[Publicado el 20/5/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Arthur Power, James Joyce, Testimonio, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Marca un poema o tuitéalo / Literatura y 'Nuevas' Tecnologías

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Crédito de la imagen, MoMA /

John Giorno estaba conversando por teléfono con William Burroughs un día de 1968 cuando concibió una de sus acciones más famosas, el "Dial-A-Poem": quince máquinas contestadoras conectadas a un número del área de Nueva York permitían a quien llamase escuchar un poema, en la que sería no la primera pero sí una de las más eficaces iniciativas para llevar la literatura a otros escenarios. "Dial-A-Poem" fue un éxito y generó numerosas imitaciones: en una exhibición reciente del MoMa, la acción de Giorno fue recreada y enriquecida con intervenciones de David Byrne y Tom Waits, entre otros.
 
"Dial-A-Poem" nunca ha estado muy lejos de nuestra forma de concebir los vínculos entre literatura y nuevas tecnologías de la comunicación. En los últimos cincuenta años, la convicción de que éstas constituirían un peligro para la literatura ha llevado a actitudes distintas y complementarias: un rechazo rotundo basado en la idea de que esas tecnologías "distraerían" de, "banalizarían" o "empobrecerían" la literatura, un esfuerzo por imitarlas (novelas escritas como correos electrónicos, a la manera de conversaciones de chat, como una sucesión de búsquedas de Google, etcétera) y/o un intento de subvertirlas "sembrando" literatura en ellas. La popularización de los teléfonos móviles hace un cuarto de siglo llevó inevitablemente, por ejemplo, a la proliferación de novelas publicadas por entregas en mensajes de texto: en la actualidad el género florece en Japón, donde estas novelas suelen ser éxitos de ventas entre los adolescentes.
 
Al hilo de lo sucedido en ese país, y en la inevitable estela de "Dial-A-Poem", escritores como el estadounidense Nicholas Belardes y el mexicano Joseph Cohen publican sus novelas, relatos y poemas en Twitter, restringiendo sus entregas a ciento cuarenta caracteres. Algo en Twitter invita a la experimentación con la herramienta (estimulada año tras año con un festival de lo que ya es denominado "twitteratura"), y es en esta red social, más que en Facebook, donde se llevan a cabo los experimentos más interesantes en la confluencia de literatura y nuevas tecnologías: formas autoconclusivas que caen dentro de lo que habitualmente se denomina "microrrelato", un inesperado y algo desconcertante resurgir del palíndromo (ese tipo de texto que permite leer lo mismo tanto de derecha a izquierda como de izquierda a derecha), historias corales en las que los personajes dialogan a través de cuentas personales creadas para el caso por el autor, arcos narrativos abiertos a la intervención de los seguidores, etcétera. Algunos de estos procedimientos son inéditos en la historia de la literatura y se benefician de la interacción propia de las redes sociales, pero la publicación por entregas no lo es: su origen se encuentra en una relación entre prensa y literatura a lo largo del siglo XIX que, bajo la forma del folletín (escrito y más tarde radiofónico, del que surgieron y se derivan muchas de las formas del entretenimiento audiovisual contemporáneo, en particular las teleseries), dio origen a la novela como la conocemos en la actualidad.
 
Más o menos inteligentes, mejor o peor intencionados, todos estos esfuerzos soslayan, sin embargo, el hecho de que las tecnologías de comunicación nuevas o viejas tienen con los contenidos de las que son vehículo una relación más compleja (y más interesante) de lo que se piensa y que nuestra relación con ellas y con los cambios cognitivos y sociales que estas propician también lo es. En las actitudes distintas y complementarias de rechazar las nuevas tecnologías, imitarlas o "sembrarlas" de literatura se pone de manifiesto un modo esencialmente paternalista de concebir la forma en que literatura y nuevas tecnologías confluyen, al tiempo que una incomprensión notable de estas últimas, que se basa en creer que esas tecnologías no estarían imbuidas de antemano de un cierto tipo de literatura propio.
 
No se trataría de una literatura como la concebimos tradicionalmente, por supuesto; pero sí de un tipo de textualidad que sería soporte de una función narrativa (el viejo y muy humano deseo de contar historias y de que nos las cuenten) no muy distinta de la que encontramos en la literatura tradicional. Sería, también, una literatura que debería ser pensada de nuevo por completo, ya que en ella las nociones de centro y periferia, de alto y de bajo, de original y de copia, de esbozo y obra terminada, no tienen sitio, así como tampoco las de autor y lector. En su obra "Zeit für die Bombe" [Tiempo para la bomba], por ejemplo, la alemana Susanne Berkenheger enlaza mediante hipervínculos cien unidades que el lector o usuario puede recorrer a su placer, conformando con cada recorrido un nuevo texto del que es coautor. Esta literatura "hipermedia", de la que participan obras de la argentina Belén Gache y el venezolano Doménico Chiappe (por mencionar sólo a dos de los autores hispanohablantes más interesantes del género), posee una estructura escasamente reproducible en la literatura tradicional y constituye, al margen de méritos individuales, la manifestación de que, mientras algunos pretenden "insuflar" literatura en la red, ésta ya posee formas propias que explotan mejor sus características más salientes y rehúyen el paternalismo.
 
A modo de ejemplo destacado de una cierta forma de ser consecuente con esta actitud es el surgimiento de las novelas concebidas como aplicaciones para teléfono móvil, en las que los lectores/usuarios pueden explorar el mundo narrado y a menudo incidir en él: el exitoso escritor estadounidense Wally Lamb anunciaba a finales de 2015 que "I'll Take You There", su nueva novela, sólo existiría como "book app", y el británico Iain Pears veía en el mismo período como la aplicación para teléfonos móviles de su novela "Arcadia" era descargada veinte mil veces en poco tiempo, superando así las ventas de su edición física. Mientras la publicación de libros electrónicos "enriquecidos" con recursos audiovisuales languidece en casi todos los ámbitos excepto el de la literatura infantil, la multiplicación de las "book apps" y la adaptación de textos literarios clásicos a los nuevos formatos, incluyendo el videojuego, señalan una dirección posible en la evolución de las relaciones entre literatura y nuevas tecnologías, al tiempo que arrojan sombras inquietantes sobre nuestras visiones de lo que denominamos leer y de lo que llamamos autor y lector. En realidad, ¿podemos seguir llamando "leer" a una actividad que tiene tanto de lectura como de interpretación de imágenes y mapas, resolución de acertijos y visionado de fragmentos audiovisuales? ¿Quién es el autor en el caso de estas producciones que requieren inevitablemente el concurso de un escritor, pero también de diseñadores gráficos, programadores, productores de contenidos audiovisuales, etcétera? ¿Qué queda de la literatura como expresión de una visión personal de las cosas en un contexto de producción colectiva e interacción con el lector? ¿Qué espacio queda para el riesgo y la renovación en literatura en proyectos que, por lo elevado de sus costos, deben rehuir ambas cosas?
 
Estas preguntas no son fáciles de responder, pero son inevitables cuando se piensa en las múltiples formas que está adoptando el intento de unir literatura y nuevas tecnologías; sin embargo, la función narrativa en internet, la "literatura" que le es intrínseca y surgió con ella, posee unas características muy diferentes y debe ser buscada en otros sitios.
 
¿En cuáles? Una respuesta provisoria y de carácter tentativo es que hay indicios de una nueva literatura en los arcos narrativos descritos por los videojuegos (se apropien estos de convenciones y motivos literarios o no: recientemente, por ejemplo, se anunciaba un nuevo videojuego en el que el jugador "será" Philip K. Dick y deberá lidiar con la paranoia, los excesos químicos y los servicios secretos estadounidenses), el surgimiento y uso de abreviaturas (WTF, MILF, LOL, etcétera), los de formas breves y visuales de comunicación como los emoticonos (y la polémica en relación al abuso del "Like" y la inexistencia de un botón de "I Don't Like"), la proliferación en Twitter de "boots" programados específicamente para generar en el usuario la impresión de que está conversando con una persona real, la ampliación del mundo narrado en ciertas novelas mediante su proyección en internet, las figuras de autor y de lector ensayadas en los perfiles públicos de los escritores y en sus blogs (que apuntan a romper los límites entre uno y otro y son un magnífico reservorio de argumentos para una discusión acerca de las visiones socialmente constituidas de lo que sería un escritor), los experimentos con el código del mexicano Eugenio Tisselli, los mediocres intentos de flirtear en Tinder, la red social que propicia encuentros sexuales entre sus usuarios, las máquinas en línea como el "generador de romances gitanos" "de" Federico García Lorca, el "net-art", las empresas que el usuario de Facebook y Twitter puede contratar para que continúen alimentando sus cuentas con viejos textos y con nuevos textos generados de forma aleatoria una vez que el usuario haya muerto.
 
Este último caso puede parecer truculento, por supuesto; pero en su excepcionalidad, buena parte de las preguntas que conciernen a los vínculos entre literatura o función narrativa y nuevas tecnologías se ponen de manifiesto en él. ¿Qué puede permanecer en un ámbito como el virtual en el que la inmediatez es un valor específico? ¿Qué garantiza la permanencia de los textos en una época de desvanecimiento y obsolescencia programada? ¿Quién escribe, y por qué y para quiénes?
 
 
Ideas/El País, 26 de marzo de 2016. 

[Publicado el 18/5/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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No evaluar / Nosotros caminamos en sueños 42

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Aunque su lanzamiento ha sido demorado una vez más, Peeple es ya un éxito, al menos en términos publicitarios; la aplicación permite evaluar a las personas con las que se interactúa en los ámbitos profesional, personal y amoroso, otorgándoles una puntuación que va de una a cinco estrellas.
 
Peeple es ya considerada la aplicación "más odiada" del mundo por su potencial para el acoso y el linchamiento, pero la idea de evaluar a las personas no es en absoluto nueva: redes sociales como Facebook y Twitter hacen de la valoración positiva el principal aliciente para la interacción de sus usuarios, y la evaluación de servicios que van desde páginas de reserva de hoteles hasta taxis y desde controles policiales en aeropuertos a restaurantes se ha convertido en una práctica habitual en la medida en que en los últimos años las empresas han desarrollado herramientas para rentabilizar la información acumulada.
 
Al permitir evaluar personas y no servicios, Peeple parece introducir una variante en el modelo, sin embargo. Pero es evidente que la calificación de un servicio (un restaurante, por ejemplo) es también, inevitablemente, una evaluación de las personas que lo prestan. A esa objeción posible a la calificación se suman otras, como la de que no todos los clientes de un restaurante son expertos en gastronomía (o, por el caso, en controles de seguridad en aeropuertos) y que los factores que inciden en la evaluación son múltiples: un estudio reciente de la página ratemyprofessors.com demostró, por ejemplo, que los profesores más atractivos físicamente tendían a tener mejores calificaciones. Una dictadura de la evaluación masiva y escasamente cualificada puede parecer problemática, pero es necesario pensar (también) en todos esos profesionales calificados erróneamente para comprender lo profundamente inhumano del sistema y comenzar a pensar en la no evaluación como forma de resistencia.
 
 
El País Semanal, 22 de marzo de 2016.

[Publicado el 16/5/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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Buenas noticias desde Argentina (por fin) / La "historieta del siglo XXI" de José Sainz (ed.)

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A la diversidad connatural (incluso deseable) en toda antología, este Informe acerca de la Historieta argentina del siglo XXI preparado por José Sainz se entrega con una espontaneidad gozosa: el cómic argentino (se sabe) es de una diversidad desconcertante que desafía cualquier intento de clasificación y en la que conviven las narrativas realistas (BerliacLucía BruttaeffýmiaCamila Torre NotariPablo VigoJavier VelascoMaría Luque) con las de sesgo fantástico (Natalia LombardoPedro ManciniMarianoenelmundo), las maneras poéticas de Manuel DepetrisNacha VollenweiderLucas Mercado y Estefanía Clotti con el absurdo medianamente convencional de Sofía Gómez y Nicolás Mealla, las prospecciones en regímenes de visibilidad heterodoxos de María Victoria Rodríguez y Pablo Boffelli con las narrativas atentas al lenguaje cotidiano de Andrés Alberto y Pablo Guaymasi.
 
Este último, por cierto, es el más joven de los autores (nació en 1992); el mayor es Javier Velasco (1977), hay cuatro nacidos en 1985 y tres en 1982 y 1983; siete de ellos son nacidos en la ciudad de Buenos Aires y otros tres en la provincia del mismo nombre, cuatro rosarinos, un santafesino, un entrerriano, una chaqueña y dos cordobeses. No se trata sólo de una estadística, al margen del placer que esta genere; a la franja de edad compartida (todos son menores de cuarenta años de edad) se le superponen orígenes distintos y diferentes procedencias: los autores vienen del diseño gráfico, la producción audiovisual, la poesía, el magisterio, la ilustración, la pintura y la arquitectura, y la riqueza de la selección depende en no menor medida de esos saberes.

¿De qué escriben los nuevos autores del cómic/historieta argentino? De las traiciones y las complicidades familiares (Berliac, Lombardo, Torre Notari), de la amistad y las diferentes formas que ésta asume (Guaymasi, Velasco), de la memoria (Depetris, Mercado), de la transformación de los ídolos infantiles en seres de pesadilla (Gómez), del desarraigo (Vollenweider, Luque), de la escasez en ciertos sectores de la sociedad argentina (Andrés Alberto, Guaymasi), de noches que salen mal (Brutta), de la soledad (Mancini, Vigo, Vollenweider, Clotti), de la construcción de la identidad de género (effýmia). ¿Cómo lo hacen? Mediante un uso puntillista del rotulador, dibujando con ordenador (es decir, computadora), adoptando un trazo infantil, exclusivamente a lápiz, con acuarelas, a dos o tres colores, en blanco y negro, con crayones, con un uso sofisticado del sombreado, prescindiendo de las sombras. ¿Con qué influencias? Las de Daniel Clowes, Charles Burns, Chris Ware, Michel Deforge, Moebius, Simon Hanselmann, el manga japonés y los argentinos Luis Scafati, Max Cachimba y El Marinero Turco.

No todos los autores publicados aquí se autoeditan: a la magnífica noticia para el lector de que en Argentina hay una literatura dibujada especialmente potente y diversa se suma la de que las editoriales de cómic prosperan y que, a diferencia de otros sitios (el más próximo, España) la existencia de fanzines, colectivos ferias y editoriales con nombres como La Pinta, LLantodemudo, Chin Chin, Szama Ediciones, Hotel de las Ideas, Dead Pop, Iván Rosado, Cocolín Press, Burlesque, Parientes Editora, no sólo permite hacer visible la producción de cómic, sino que pone de manifiesto también que sus autores son parte de una comunidad extendida y articulada, con sus espacios de sociabilidad específicos y un público importante. Ninguno de estos autores merece que ese público sea sólo argentino, y su posible circulación fuera de ese país es una de las mejores y más interesantes promesas de este libro, que no debería pasar desapercibido.

 

José Sainz (ed.)
Informe. Historieta argentina del siglo XXI
Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2015

 

[Publicado el 14/5/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Cómic, Editorial Municipal de Rosario, José Sainz]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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