PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de diciembre de 2014

 Blog de Patricio Pron

"Nosotros caminamos en sueños" / Un fragmento (cita)

imagen descriptiva

Mientras nos acercábamos a las trincheras vimos que durante nuestra ausencia habían instalado unas letrinas contiguas a lo que iba a ser nuestro alojamiento. Whitelocke, que había salido a nuestro encuentro, nos contó que, al estudiar el sitio que le habían asignado, uno de los soldados había dicho a su superior: «Mi cabo, no cabo en la cama». «No sea burro, soldado: se dice "quepo"», le había respondido su superior. «Ah, entonces: mi quepo, no cabo en la cama», había dicho el soldado. «Ay», se quejó Moreira. Whitelocke nos dijo además que durante nuestra ausencia el Capitán Mayor había ordenado realizar una incursión en las líneas enemigas, pero un rato después, y de forma independiente, el antiguo Principal Mayor, que ahora sólo era Sargento Capitán -en su furia, el Capitán Mayor se había saltado los rangos intermedios de Sargento Ayudante y Sargento Primero- había enviado a unos soldados a que colocasen alambre de espino frente a nuestras trincheras; la mayor parte de los involucrados en la incursión habían muerto al regresar y encontrarse con las alambradas: algunos habían intentado cortarlas con las manos, otros habían tratado de superarlas por arriba, algunos simplemente se habían dedicado a correr de un sitio a otro buscando un hueco en ellas, otros habían muerto tratando de excavar un túnel para superarlas por debajo y algunos habían sido rematados por orden del Capitán Mayor porque sus gritos podían alertar al enemigo, que ametrallaba desganadamente a los soldados atrapados en la tierra de nadie pero no se decidía a bombardearnos. «¡Vended cara vuestra derrota!» les había exigido el Capitán desde las trincheras, pero alguien le había respondido: «¿Quién va a comprar una derrota, y además cara?», y luego otro había gritado «¡Deja de robar!» y todos habían muerto. Aún se veían jirones de uniformes entre los alambres y alguien había quedado enganchado entre ellos, de espaldas a los soldados y con el pantalón desgarrado. Algún gracioso le había escrito en las nalgas: «El rostro de la victoria».
 
 
Nunca supe quién era aquel soldado, pero conseguí quitarle las botas y me las puse. No fue fácil porque él tenía los pies hinchados y yo los tenía rígidos y helados y porque el contacto con su piel fría me llenaba de asco. Cuando conseguí regresar a nuestra posición descubrí que por fin tenía los pies medianamente calientes pero que estaba empapado y aterido por haber tenido que arrastrarme hasta la alambrada para obtener las botas, y vi al Sargento Clemente S rodeado por los soldados de mi compañía y revolviéndose y dando gritos a uno y otro. Me incorporé al grupo que conformaban junto a la trinchera y El Nuevo Periodista me susurró que la discusión se había desatado cuando el Sargento Clemente S había admitido que no teníamos tanques. «Sin tanques no podemos ganar la guerra», sacudía la cabeza O'Brien ante la mirada incrédula de nuestro superior. «¿Es que no lo sabe, soldado? Napoleón Bonaparte no necesitó tanques para rendir Europa a sus pies», argumentó el Sargento Clemente S mientras se golpeaba nerviosamente la pantorrilla de la pierna derecha con su fusta. «En Waterloo seguramente le hicieron falta», respondió O'Brien. «Quizá debiéramos rendirnos hasta que nos los entreguen», sugirió Mirabeaux para desesperación del Sargento Clemente S, que le gritó: «¡No podemos rendirnos sólo por no tener tanques! Napoleón no tenía tanques en Austerlitz». «Los austríacos tampoco», le recordó El Nuevo Periodista sin dejar de tomar notas. «¿Dónde pensabais vosotros que íbamos a poner todos esos tanques? Esto es una isla, ¿sabéis? No hay sitio suficiente para todo eso», balbuceó el Sargento. «Estoy seguro de que el Alto Mando ya ha pensado en ello y sabe qué haremos cuando el enemigo venga con sus tanques», afirmó El Nuevo Periodista procurando congraciarse con el Sargento. «No sabemos si el enemigo tiene tanques», respondió nerviosamente el Sargento Clemente S, y Sorgenfrei propuso a continuación que podíamos destruir sus tanques con nuestros aviones. A todos nos pareció una idea muy buena y asentimos a la espera de que el Sargento también lo hiciera, pero el Sargento Clemente S estaba tan nervioso que quiso acomodarse el casco con la fusta como seguramente había visto hacer a algún actor en alguna película y sólo consiguió hacerse un corte sobre la ceja derecha, que empezó a sangrar de inmediato. «Verán, el hecho es que tampoco tenemos aviones», balbuceó mientras se quitaba la sangre que le caía sobre un ojo. O'Brien se lanzó sobre él y ambos rodaron por el piso; como O'Brien era más fuerte y se encontraba en mejor forma, y además no era el tipo que nos había metido en todo eso, le dejamos golpear al Sargento Clemente S un buen rato antes de separarlos. A continuación el Sargento se puso de pie con dificultad y Sorgenfrei se apresuró a quitarle los restos de barro y nieve que tenía en el cabello. «Esto te costará la degradación», amenazó a O'Brien. «No podéis degradarme; estoy en el último sitio del escalafón.» «Entonces te expulsaremos del ejército y tendrás que volver a tu casa» respondió el Sargento, pero, al ver que todos nos abalanzábamos sobre él para ser expulsados también, pareció tener una mejor idea: «No, ya lo tengo: te fusilaremos», sonrió. El capellán militar perdió el conocimiento al escuchar esto y cayó a los pies de El Nuevo Periodista. «No podemos ganar la guerra sin aviones», terció Mirabeaux. «¡Sóis unos cobardes!», estalló el Sargento Clemente S. «Sois indignos sucesores de aquel ejército que alguna vez cruzó los Andes en penosa marcha.» «Hubiera sido menos penosa si hubieran tenido aviones», replicó Moreira tirando de sentido común. «Mi sargento, tiene que entender que no vamos a volver a pelear hasta que nos traigan unos cuantos aviones. No sería razonable», dijo Mirabeaux, quien al parecer había asumido la defensa de los que parecían ser nuestros derechos como soldados. «Y no queremos un avión ni dos, sino tantos como tenga el enemigo», agregó. «Sin embargo», balbuceó el Sargento Clemente S, «tampoco estamos seguros de que el enemigo tenga aviones». «Entonces no vamos a volver a pelear hasta que nos digan qué cosas tiene el enemigo y qué no», replicó Mirabeaux; volviéndose al capellán, que había recuperado el conocimiento, le dijo: «No se lo tome a la tremenda, padre: el Sargento sólo ha dicho que fusilará a O'Brien», pero, al escucharlo, el capellán volvió a desmayarse. El Sargento Clemente S estaba fuera de sí. «¿Y cómo pretende que averigüe cuáles son los recursos del enemigo, soldado?», gritó a Mirabeaux. «¿Quiere que atraviese ese maldito campo minado y se lo pregunte a alguien?», dijo señalando más allá de las alambradas y todos asentimos, calculando mentalmente las escasas posibilidades que tenía de regresar sano y salvo, pero el Sargento no se movió. A cambio escuchamos un silbido y todos miramos hacia arriba pensando que era la bomba que pendía sobre nuestras cabezas la que finalmente caía sobre nosotros, pero esta no parecía haberse movido de su sitio. Algunos metros a nuestra derecha una explosión sacudió un puesto de observación y, como si aquella hubiera sido la señal que da la abeja reina para que un enjambre de obreras baje a tierra a realizar su labor, a aquella explosión la siguieron otras y una andanada de ráfagas de ametralladoras que barrían todo a su paso y disparos de morteros y de obuses y todo lo otro que había comenzado a ser tan usual en esa guerra. El Sargento Clemente S recuperó la compostura y nos ordenó que ocupáramos nuestras posiciones y abriéramos fuego, pero, como no veíamos a nadie delante de nosotros, como era absolutamente imposible ver algo más allá de nosotros debido a la niebla que había descendido sobre nuestras posiciones, comenzamos a disparar en todas direcciones con la remota esperanza de que nuestras balas se toparan con la cabeza de alguien y que ese alguien no fuera uno de los nuestros. La trinchera había sido excavada sobre la turba y esta se había humedecido con la nieve así que a menudo las paredes se desmoronaban cuando nos encontrábamos parapetados en ella y nosotros resbalábamos y las ráfagas de nuestros fusiles describían extrañas curvas en el aire por encima de nuestras cabezas. El casco caía sobre mis ojos y no me permitía ver nada, pero el riesgo de sacármelo era demasiado alto como para hacerlo; de hecho, varios se lo habían quitado y ahora yacían muertos a mi alrededor: sus rostros se habían descompuesto en un último gesto dirigido a nadie. El Nuevo Periodista era el único que no disparaba; tomaba notas sin mirar su cuaderno y yo tenía la impresión de que estaba afectado, aunque la mayor parte del tiempo el casco me impedía ver algo. «¡Proteged el soterraño!», nos gritó el Sargento Clemente S, pero, como nosotros no sabíamos qué cosa era un soterraño y a duras penas podíamos protegernos a nosotros mismos, no le obedecimos. «No se ven por ninguna parte», nos gritó Sorgenfrei después de saltar fuera de la trinchera. «¡No haces más que traernos problemas! ¡Vuelve aquí!», le gritó Moreira tratando de arrastrarlo a su lado. El Sargento Capitán pasó a nuestras espaldas gritando: «Deténganlos de cualquier mono». A mi lado, O'Brien lloraba intentando ponerse de pie: Morin lo ayudó a hacerlo, pero, cuando lo consiguió, O'Brien se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo en el pecho y en los hombros, llorando. «¡Aaaahhhh!» se escuchó a mi derecha. A mi izquierda, otro soldado gritó: «¡Ésa era mi línea!», y cayó muerto.
 
 
Patricio Pron
Nosotros caminamos en sueños
Barcelona: Literatura Random House, 2014
 
 
[El próximo jueves: Graciela Speranza escribe acerca de "Nosotros caminamos en sueños"] 

[Publicado el 12/5/2014 a las 06:15]

[Etiquetas: Novela, Cita]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Hay que impedir que juegues para el enemigo / "Martropía. Conversaciones con Spinetta" de Juan Carlos Diez

imagen descriptiva

Frank Zappa afirmó en su divertido (y bastante inquietante) The Real Frank Zappa Book que el periodismo de rock consiste en "gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe pensar para artículos concebidos para gente que no sabe leer". La afirmación, por supuesto, es sospechosa de parcialidad y bastante injusta: la desmienten decenas de magníficos libros (algunos argentinos) que trascienden el género o subgénero denominado "periodismo de rock" para ser periodismo a secas (es decir, literatura), pero es inevitable recordarla en cada ocasión en que muere un músico a quien no se hizo hablar apropiadamente.
 
Desde el 8 de febrero de 2012, la de entrevistar "bien" a Luis Alberto Spinetta es una de las muchas oportunidades que hemos perdido, lo que no significa que no haya suficiente material para acercarnos a su figura: existen cientos de entrevistas, realizadas a lo largo de más de cuatro décadas de existencia pública como músico, y al menos un libro muy bueno, Crónicas e iluminaciones de Eduardo Berti. El problema es que casi todo ese material está condicionado por las circunstancias en que fue producido, por la naturaleza de Spinetta (quien era reacio a hablar con la prensa y, cuando lo hacía, se negaba a ceder a las demandas de claridad de sus interlocutores y a sus agendas) y por la de los propios medios de prensa, que determina que estos sólo puedan interesarse (en palabras de Ignacio Echevarría) por efemérides, necrológicas y novedades, los formatos de un periodismo que sólo puede y desea contentarse con las apariencias, ser leído de forma circunstancial, ser rápidamente olvidado.
 
Una sección como ésta, llamada "Lo que está y no se usa nos fulminará", tenía por fuerza que hablar de la reedición de Martropía, las conversaciones con Spinetta que el periodista Juan Carlos Diez publicó originalmente en 2006. Martropía es otra de las oportunidades perdidas a las que me refería anteriormente: es desordenado, padece una inevitable ausencia de perspectiva, es condescendiente con su personaje principal y cada capítulo es introducido por una prosa poética que no parece emular tanto la obra de Spinetta como la de Luis Almirante Brown (una parodia que, en realidad, es una acusación lanzada al rostro de una sociedad que prefiere los bajos instintos; lo que, por otra parte, no está tan mal, ya que todos hemos querido alguna vez "clavar el potus en la zanja de Teresa" o como quiera que se llamase la persona en cuestión).
 
Martropía es una obra de amor a la música y a la persona de Spinetta, y la simpatía que genera en quien amó a ambas es inmediata; pero es difícil no lamentar la pérdida de todo aquello que este libro pudo haber sido y no es: una biografía fundada en algo más que los recuerdos de su personaje principal (por cierto, la ausencia en Argentina de una tradición biográfica como la anglosajona no debería impedir el hecho de que alguien escriba una buena biografía de Spinetta, en la que parece imprescindible ponerse a trabajar ya mientras aún viven casi todos los protagonistas de esta historia), un estudio exhaustivo de sus influencias musicales (aquí aparecen John Coltrane, Jimi Hendrix, John McLaughlin, Litto Nebbia y The Beatles, entre otros, así como, sorprendentemente, Manitas de Plata; no son todos, por supuesto), o, más importante aún, una discusión de sus influencias literarias.
 
Al igual que en los casos de Bob Dylan, Caetano Veloso, Morrisey, John Lennon, Leonard Cohen y Lloyd Cole (con todos los cuales se codea, pienso), la obra de Spinetta no es comprensible al margen de las lecturas que hizo su autor. En Martropía se mencionan las de Michel Foucault, Jean Baudrillard, Antonin Artaud, Arthur Rimbaud, Isidore Ducasse, Carl Gustav Jung y César Vallejo entre otros, pero nunca se lo hace de forma exhaustiva o se amplía un repertorio que, por lo demás, ya era conocido (con las excepciones de René Daumal, Jean Cocteau, Idea Vilariño y Alejandra Pizarnik, que también son mencionados). Es particularmente triste comprobar esto porque hay pasajes brillantes en el libro, como la discusión de una naturaleza humana que Spinetta sólo distingue de la animal por su capacidad de producir dolor, una explicación exhaustiva de sus métodos compositivos que los emparenta con las artes plásticas y la arquitectura, el reconocimiento de la influencia todavía persistente de los Beatles, la idea de que la comprensión (viejo tema en Spinetta, por el que tantas veces ha sido cuestionado con un "no se entiende") es una producción colectiva, la descripción de La Costra Degenerada, la revista que Spinetta dirigió con Emilio Del Guercio (firmaban como Cocaíno y Bestia) cuando ambos eran estudiantes del Instituto San Román, la breve pero fascinante disquisición de Juan Carlos Colombres, "Landrú", acerca de palabras como "nariguetazo", "falopa" y "raviol" (todas las cuales remonta al círculo del Instituto Di Tella y sus happenings). Son los pasajes de un libro extraordinario, pero conjetural; es decir, de un libro que pudo haber sido y no es.
 
A modo de coda: en toda la obra de Spinetta hay una advertencia acerca de la necesidad de que no "juegues para el enemigo", un enemigo que en Martropía define como aquel en quien no se produce "la coincidencia entre la palabra y el acto" (98). Esa advertencia parece particularmente válida si se evalúan las repercusiones del artículo anterior de esta serie, cuyo tema era "una literatura sin violencia, sin la violencia del nacer y del perecer" que para Spinetta (que también puede enseñarnos algo en este aspecto) "no es literatura" (129).
 
 
Juan Carlos Diez
Martropía. Conversaciones con Spinetta
Buenos Aires: Aguilar, 2013
 
(Publicado originalmente en "Lo que está y no se usa nos fulminará", sección del autor en el blog de la librería porteña Eterna Cadencia. Buenos Aires, 14 de abril de 2014.)

[Publicado el 08/5/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Juan Carlos Diez, Luis Alberto Spinetta, Aguilar, Entrevista]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

Una cuestión de contorno / "Ladrilleros" de Selva Almada

imagen descriptiva

No parece posible decir nada nuevo acerca de Ladrilleros de Selva Almada; si posible, tal vez no sea necesario: la quinta o sexta novela de la autora entrerriana es un éxito de ventas y está avalada por un entusiasmo crítico que no requiere ni ratificación ni rechazo. Ahora bien, ese entusiasmo crítico parece, tras la lectura de Ladrilleros (ahora en Lumen, una editorial española), cuestionable. Quizás sí valga la pena decir algunas cosas sobre esto.

Ladrilleros tiene algunos méritos. Voy a mencionar uno: pone a las condiciones materiales de existencia en el centro de la trama, algo inusual en una novelística (la argentina, pero también la española) en la que (como sostiene Constantino Bértolo, el antiguo editor de Caballo de Troya) los personajes parecieran vivir del aire. A este mérito se le suma otro, que vale la pena mencionar también: el de hacer posible una discusión acerca del realismo como proyecto estético (y, por consiguiente, político) en la literatura argentina.
 
Acerca de esta discusión no se puede decir mucho porque (hasta donde yo sé) no se ha producido aun; sobre la novela de Selva Almada se puede decir que carece de lenguaje, que es torpe en la presentación del habla de los personajes y que estos son planos. Ladrilleros presenta a un narrador que "habla" "como" sus personajes, lo cual no está mal, excepto por el hecho de que el registro coloquial (que pretende otorgar credibilidad al relato, en la línea del realismo mimético) está lastrado de contradicciones. ¿De qué otro modo se puede interpretar que, por una parte, el narrador describa a un personaje como "una changuita de catorce" y a continuación hable de su "pubis" (15)? ¿Qué tipo de conocimiento del lenguaje de las clases bajas argentinas se puede inferir de un relato cuyo narrador dice que un personaje se asoma "con restos de siesta en la jeta" (20) y de inmediato dice que "por el rabillo del ojo, ella vio brazos y piernas que se debatían en el interior de algunos autos" (21)? ¿Qué opinar de que un personaje sea caracterizado como "timbero, simpático y vagoneta" para que de otro, a continuación, se diga que tiene "un pasado lúbrico" (43)? ¿Son "pubis", "rabillo", "debatir" y "lúbrico" palabras que sean empleadas frecuentemente en el ámbito en el que se mueven los personajes de la novela? La respuesta (creo recordar) es que no y hace al fracaso de Ladrilleros como texto realista, que es lo que a todas luces pretende ser.
 
Un problema añadido es el de que Almada tiene una inclinación por los diminutivos ("despacito" y "pedacito" aparecen ya en la primera página del libro, y se multiplican en las siguientes: "changuito", "gallito", "capillita" sólo en una página escogida al azar, la 35) y las cursilerías. Los pantalones de un personaje le "marcan la hombría" (11), el pubis es "peludo, caliente y blando como un nido" (15), las mujeres "se entregan" (21) o entregan "su virtud" (35), la lucha es "sin cuartel" (53), etcétera. Algunas de sus frases, por otra parte, parecen ser irónicas (a pesar de que Ladrilleros carece deliberadamente del más mínimo atisbo de humor), una parodia de una cursilería televisiva que, en realidad (y esto lo prueba la estructura fragmentaria, cinematográfica, del libro, que oculta de paso la dificultad de la autora para desarrollar escenas), parece más relevante a la hora de trazar una genealogía de Ladrilleros que cualquier referencia literaria: "Estela Miranda sabía que, aunque los hijos se hacen de a dos, una siempre está sola para traerlos al mundo" (23), "Tamtam [sic] las botas; tamtamtam [sic], su corazón" (25), "Si en el pecho de Celina había cabido el hombre de metro setenta y ochenta kilos, ahora, en el mismo pecho, solo había lugar para ese puñadito de carne que agitaba los bracitos y las piernas como si aleteara, igual que un pajarito" (36).
 
Algo de todo esto recuerda un poco a Leonardo Favio (en sus dos vertientes, la de cineasta realistamágico y cantautor románticocursi) y otro poco al proyecto estético político de la revista Contorno. A más de sesenta años del inicio de ese proyecto (en 1953), el resurgimiento de su programa me parece un fenómeno mucho más interesante que Ladrilleros (de hecho, su autora escribirá otros libros, seguramente mejores) porque presupone que la literatura argentina se encontraría en un momento similar a aquel, que dio origen a una reacción que arrojó sus mejores resultados en libros como Un Dios cotidiano y Dar la cara de David Viñas y en el texto de alguien que no fue "contornista" de manera explícita: El frasquito de Luis Gusmán.
 
Claro que el problema es que el programa de Contorno era mucho más sofisticado que el de Ladrilleros, constituía una forma de resistencia a las corrientes dominantes en la literatura argentina de la época, vinculaba a la literatura nacional con los proyectos estéticos que estaban siendo discutidos en el extranjero, introducía variantes (el psicoanálisis, el estructuralismo, el existencialismo), leía la literatura como el testimonio de un crimen (y siempre el crimen es de una clase sobre otra), ampliaba el horizonte de posibilidades en vez de reducirlo mediante la repetición de lo ya visto y contrastado: es decir, todo aquello que no hace este libro de Selva Almada ni su programa. La frase "Si hacía falta, lo iba a obligar a mascar conchas todo el día hasta que se le fuera el berretín de chupar pijas" (11) podría haber sido suscripta por Gusmán, es cierto; pero el narrador omnisciente (de focalización cero) de Ladrilleros hubiese sido visto por el autor de El frasquito y por sus colegas como un recurso fácil y demagógico concebido para emborronar lo que la literatura tiene para decir acerca de la historia, la política, la sociedad.
 
¿Significa esto que asistimos a un retroceso en la discusión sobre literatura en la Argentina? Quizás, pero ese supuesto retroceso es menos relevante que la indefinición en torno a una cuestión, si acaso, más importante: la de cómo narrar la experiencia social y en qué términos juzgar ese relato. No me parece un asunto trivial: ante la literatura formalmente conservadora (y, por lo tanto, políticamente inane) de Ladrilleros, me gustaría creer que la Argentina aún ofrece un espacio para una literatura que no se dirija al público, sino al lenguaje; una literatura que apunte "a la trama para narrar su descomposición, para poner el sentido en suspenso", que apunte "al lenguaje para perforarlo, para buscar ese afuera -el afuera del lenguaje- que nunca llega, que siempre se posterga", que es lo que propuso hace exactamente una década Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda, un muy buen ensayo que pienso que todos deberíamos releer para apreciar la figura, pero sobre todo el contorno.
 
 
Selva Almada
Ladrilleros
Barcelona: Lumen, 2014
 
(Publicado originalmente en "Lo que está y no se usa nos fulminará", sección del autor en el blog de la librería porteña Eterna Cadencia. "Lo que está y no se usa nos fulminará" es el producto del diario de lecturas que Patricio Pron lleva desde el año 2003. Al no estar destinados específicamente para su publicación, los ensayos breves y reseñas escritos allí por su autor suelen permanecer inéditos, pero "lo que está y no se usa nos fulminará", así que Eterna Cadencia publica mensualmente las notas tomadas tras la lectura del que el escritor argentino considere el libro reciente más estimulante publicado en España o de circulación en ese país, con especial énfasis en lo que significa leer la literatura argentina "desde afuera": Pron vive en Madrid desde 2008. Buenos Aires, 27 de marzo de 2014.)

[Publicado el 06/5/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Selva Almada, Lumen, Novela]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Escribir en contra / Armando Petrucci (Cita)

imagen descriptiva

Museo/Monumento al Deportado político y racial en el campo de exterminio de Carpi, Italia. Crédito de la imagen, desconocido.

¿Qué relaciones hay entre la nueva gráfica de los movimientos contestatarios o de vanguardia y la gráfica de la izquierda histórica? ¿Entre los "signos rojos" y la tradición de un Steiner, por un lado, y los "signos del no", por otro? Esas relaciones no son muchas en los ámbitos más estrictamente espontáneos de las escrituras murales, de los carteles o de los dazibao manuscritos; sin embargo, abundan en la prensa diaria y periódica que remiten a la nueva izquierda, en cuyo ámbito han sido activos transmisores las mismas personas o los mismos modelos: de Giuseppe Trevisani, antes colaborador de Steiner, es la austera y modernísima composición de Il manifesto; siguiendo la tradición del Politecnico, vemos el titular en rojo y negro de Lotta Continua; del mismo Steiner, sobre todo en el último período de su actividad, tenemos algunos de los carteles, de arrasadora fuerza expresiva, para el Movimiento Estudiantil de Milán, y el complejo montaje del Museo-monumento al Deportado político y racial en los campos de exterminio nazi de Carpi, donde supo transmitir la fuerza acusadora de las escrituras espontáneas en los grafitis parietales grabados sobre fondo color sangre, en las quince estrellas fijadas en el patio con los nombres de los campos de exterminio que plasman el importante significado de la retórica epigráfica, y en la alucinante sala de los nombres, donde se siente la fuerza permanente de la escritura como recuerdo; también la lápida en honor a los deportados, en la estación de Turín -de 1974, año de la muerte de Steiner-, donde supo inventar un modelo distinto y nuevo de lápida, construida como un manifiesto, austera en la parte tipográfica y con gran energía en la parte del grafiti con dibujo de Cerrado Cagli, ya utilizado en Carpi.
 
En términos generales, la gráfica de la nueva izquierda solo desarrolló discursos lingüísticos y figurativos cercanos a los de la izquierda tradicional en situaciones comunes de lucha político-sindical, como las manifestaciones fabriles y las marchas, donde ambas tradiciones se influyeron mutuamente en la factura de carteles, pancartas, escritos ambulantes, dazibaos, etc.; en la producción de material impreso con técnicas rudimentarias por centros juveniles de acción cultural; y, quizás, hasta en el uso de determinados símbolos alfabéticos, como la k política ("Amerika"), la esvástica en el lugar de la x en Nixon, la doble s modelada para aludir a las SS, etc. En un contexto similar, debe al menos mencionarse la ácida obra gráfico-figurativa de un artista políticamente comprometido como Bruno Caruso, con productos donde la escritura, de trazos gruesos y como grabada en el papel, exalta la agresiva denuncia de los textos para acompañar con su estilo la naturaleza del dibujo. Tampoco se debe olvidar la tarea de creador de carteles "civiles" de Massimo Dolcini, continuador, aunque con un código estilístico totalmente propio, de la lección gráfico-política de Albe Steiner.
 
Otro sector donde una cierta tradición escriptoria de la izquierda histórica (relacionada con una transmisión más antigua de modelos del Resurgimiento y posteriores) tuvo influencia en la práctica gráfica de la nueva izquierda es el de la auténtica epigrafía, porque al igual que el movimiento obrero comenzó, en la primera oportunidad que tuvo, a recordar a sus muertos y a sus mártires tal como lo hacían las clases dominantes -fijando los epígrafes en los muros-, lo mismo han hecho y hacen los diferentes movimientos contestatarios y de lucha que se mueven en el área de la nueva izquierda. Muchas ciudades italianas -Roma en particular- están sembradas de lápidas que recuerdan a los antifascistas y a los partisanos caídos; sencillas, pequeñas, sin marcos, incisas en rojo, con composición y escritura tradicionales. En los años setenta se agregaron inscripciones similares de los nuevos movimientos, de tipología y ubicación muy diversas pero todas con textos extensos y complejos, dispuestos de diferentes maneras sobre lápidas de gran superficie a veces de metal (fig. 133), no tanto debido a un improbable florecimiento de la memoria histórica de la epigrafía soviética en bronce, sino más bien por una necesidad de protección (las lápidas de metal son más resistentes; las de piedra se rompen y los fascistas acostumbran hacerlo), por una desesperada voluntad de perdurar. Entre ellas, la de Giorgiana Masi (asesinada el 12 de mayo de 1977), con una composición clarísima a pesar de las audaces combinaciones, una construcción que sobresale plásticamente y una apreciable retórica en el extenso texto poético (de Gloria Guasti), resalta ampliamente como la más novedosa y completa en el plano estético-expresivo. ¿Pero cuántos "excluidos" de la escritura se reconocen en ella? ¿Cuántos reconocen en la piedra ajena y hostil de la ciudad su propio signo?
 
 
Armando Petrucci
La escritura: ideología y representación
Trad. María Beatriz Raffo
Buenos Aires: Ampersand, 2013
Págs. 214-216

[Publicado el 01/5/2014 a las 11:15]

[Etiquetas: Armando Petrucci, Ampersand, Ensayo, Cita]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Contra las opiniones consuetudinarias / Dos libros de Armando Petrucci

imagen descriptiva

En un momento en el cual se afirma de forma consuetudinaria que el ensayo es un género en desaparición y que debe ser reemplazado por la miscelánea de una cultura letrada en retroceso (listas, esquemas, enumeraciones de libros que leer "antes de morir", etcétera), la joven editorial argentina Ampersand (nombre del signo tipográfico "&") propone una colección dirigida por Antonio Castillo Gómez cuyo tema es esa cultura letrada en un sentido amplio: "La lectura y sus públicos en la Edad contemporánea" de Jean-Yves Mollier, un libro sobre "prácticas discursivas y enunciación académica" coordinado por María Marta García Negroni, una "Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental" de Martyn Lyons, otra de la lectura en Argentina ("Del catecismo a las netbooks estatales" es su subtítulo). Los libros de esa colección que más me han interesado, sin embargo, han sido La escritura. Ideología y representación y Escrituras últimas de Armando Petrucci.
 
El primero es un libro acerca de las funciones que la escritura expuesta (en edificios, carteles, epitafios, grafitis, etcétera) ha cumplido en Europa desde el siglo XII hasta la década de 1980. El segundo parte de la pregunta acerca de "¿cuándo los seres humanos tomaron la decisión de que a algunos de sus muertos les correspondía una ‘muerte escrita'?" para analizar las prácticas a lo largo de la historia de lo que denomina "la escritura funeraria". A esa pregunta se le suma otra acerca de qué determinaría que algunos muertos merezcan una "muerte escrita" y otros no. Este último interrogante pone de manifiesto el tipo de intención que subyace a su análisis: la de explorar los vínculos entre ideología y representación escrita. Donde otros encuentran usos y opiniones consuetudinarios (y nuevamente debemos pensar acerca del que afirma que el ensayo es un género pretérito), Petrucci encuentra política, poder, relaciones de sometimiento, formas de resistencia; es decir, el tipo de cosas que anidan en la literatura, de cualquier tipo que sea.
 
Armando Petrucci nació en Roma en 1932 y es considerado una de los principales expertos mundiales en paleografía latina; ha escrito cinco libros, de los que tres se encuentran en español: La ciencia de la escritura. Primera lección de paleografía (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003) y los ya mencionados La escritura y Escrituras últimas. Al menos estos dos son imprescindibles.
 
 
Armando Petrucci
La escritura: ideología y representación
Trad. María Beatriz Raffo
Buenos Aires: Ampersand, 2013
 
Armando Petrucci
Escrituras últimas: ideología de la muerte y estrategias de lo escrito en el mundo occidental
Trad. Teresa Espantoso Rodríguez y Renée Ghirardi
Buenos Aires: Ampersand, 2013

[Publicado el 29/4/2014 a las 10:30]

[Etiquetas: Armando Petrucci, Ampersand, Ensayo]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Basura / Nosotros caminamos en sueños 6

imagen descriptiva

Una constatación banal: nunca antes había sido tan sencillo comunicarnos y, por lo tanto, nunca antes esa comunicación había valido menos. Paul Virilio afirmó hace años que toda tecnología trae consigo su propio accidente. Si esto es cierto, el de internet es el frenesí de la expresión individual. ¿Quién quiere ver fotos de tu mascota, conocer tu opinión sobre la crisis ucraniana, saber qué piensas acerca de la moral y el arte en el caso Woody Allen, ver el plato que estás a punto de comer? Nadie, por supuesto, pero la producción de lo que sólo puede ser llamado basura sigue (se sabe) una lógica peculiar, que es la de la acumulación. Un ejemplo de esto es el de Mark Slutsky, quien creó un tiempo atrás un blog destinado a recuperar las mejores historias de los usuarios de YouTube: fascinantes, magníficas piezas narrativas de amor, nostalgia, dolor o muerte que demuestran (y esto lo probó hace algún tiempo el poeta Ben Clark) que hay mucha belleza en la basura. Esa belleza (como siempre) aparece en sitios inesperados. Desde hace una semana sigo con fascinación y asco los comentarios al vídeo de Britney Spears "Baby One More Time", que en breve alcanzará los cien millones de reproducciones; los comentarios ("sólo" cuarenta y cinco mil) abundan en observaciones sociológicas, recuerdos infantiles, declaraciones de amor, apuntes sobre el comportamiento pasivo-agresivo de la narradora de la historia, reivindicaciones feministas, ataques a la cantante por su obesidad y por su supuesta falta de carácter maternal, varios comentarios acerca de un abuelo muerto al que esta canción le habría gustado mucho en vida (Dios sabe por qué), apuntes sobre la coreografía, etcétera. Ninguno de esos comentarios vale mucho de forma aislada, pero en conjunto componen una especie de novela coral, como si el montículo de basura fuese el símbolo más apropiado y el mejor monumento de nuestra época.
 
 
Publicado en Nosotros caminamos en sueños, sección habitual en El País Semanal, marzo de 2014.

[Publicado el 24/4/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [31 comentarios]

Compartir:

Tres poemas de Edgardo Dobry (Cita)

imagen descriptiva

"Un peregrino que protagonizara no las Soledades, sino el caos del mundo en la era feroz del postcapital, y observara la mercancía consumida y la mercancía por consumir, y supiera que hay aún un resto, la lírica, parece dar voz a Contratiempo" (Olvido García Valdés). "Contratiempo es un empeño por encargarse de toda la complejidad de un estado de cosas, sin rebajarse a la ironía arrogante, a tientas por las palabras hasta que asome una sensación verdadera (Marcelo Cohen). "Geniales, irónicos, finalmente desolados, estos nuevos poemas de Dobry tienen el humor que sólo pueden permitirse los que van a la silla eléctrica. Vale decir el humor de lo irremediable, de lo extraviado, de lo magistral" (Raúl Zurita).
 
 
Un año largo de algo hoy hace
y el martes hará cincuenta meses
y pico de otra cosa no menos importante:
eso anuncia el diario de mañana
-a la mañana- y el noticiero
 
también de anoche. Lo que apila
la línea de la vista hace estela
encendida, incandescente,
 
pila anunciada ya obsoleta:
el pino tangible, el áspero
pino mental no menos,
la cuarteada de pícea corteza
entre los dientes, menos,
 
y en las uñas mentoladas,
los dientes o al revés:
la aspiración metalizada
 
del mar que irrita el ojo.
El mar, sí -máquina perpleja-,
la playa abrillanta en su jabón
y hacia adentro virutas de plata sobre plomo
con más melifluas flores
-nombre vulgar: erizos y algas en forma
de escarola- que cualquier
 
fantasía de todos los poetas
que inventaron las lenguas de hoy
y las muertas porque no sabemos cuánto
 
duraban sus diptongos largos
(no sabemos ni qué
cosa fuera ya indecible,
 
no deseable). Llegando a la ciudad
los carteles verdes de la ruta
anuncian "las palabras todas
antiguas aún deben decirlo".
 
 
///
 
Para evitar los peligros de
la vuelta no ir: mejor no ir,
mejor representar puertos, amoríos
 
esculpidos en renuncia dura.
Pero cómo soñar sin experiencia
me dicen acá, el señor que va
 
sentado al lado en el subte
leyendo en un diario deportivo
como en un remate al desalojo:
"DIVORCIO TOTAL ENTRE EL ENTRENADOR Y..."
(el resto, ilegible desde esta posición).
 
El hombre calla pero qué piensa,
el divorcio total tiende a afirmarse.
 
Está absorto pero no irradia
retenido en papel basto gastado
por sudor de manos, por aliento.
 
"Ya no hay aventura -dice-, no hay,
no quieras tampoco imaginarla,
se ha DIVORCIADO TOTALMENTE de nosotros:
 
serenidad es evocada en emoción,
se juega el clásico mañana." El diario,
 
diario deportivo está de parte de cuál.
 
 
///
 
[Para una Suite de la mercancía no consumida]
 
Aturdido en el pasillo del mercado
duda entre dos góndolas repletas
y por la fiaca de acarrear lista anotada
lo engañan las fajas de los frascos
 
brillantes, seductoras, cuellos enervados.
Bebía crispado como un loco
en las tapas de los potes mil
caligrafías hipnóticas, veneno en tafetán.
 
¡Un estruendo! Después silencio -fugitivo
sabor de metálico tomate dentro el sándwich.
¿Acaso caducaste esta noche y tras la ronda
 
van a destruirte en la depuradora? Pues Ketchup
no sabe adónde huía tu carrito, vos
te olvidaste de agarrarlo, y ahora es tarde.)
 
 
Contratiempo
Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2013

[Publicado el 22/4/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Edgardo Dobry, Adriana Hidalgo, Poesía]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Vivir para trabajar / "Por cuatro duros" de Barbara Ehrenreich

imagen descriptiva

Uno de los inconvenientes de querer ser socialdemócrata es que en América la socialdemocracia no existe y en Europa sus partidarios te impiden serlo: el estado actual de la socialdemocracia europea podría arrojarnos a todos a los brazos de la democracia cristiana (que es, por supuesto, el mal) de no ser por gente como Barbara Ehrenreich, la reconocida activista y ensayista estadounidense de la que Capitán Swing publica el libro de 2001 Nickel and dimed, y que es una de las voces más honestas e inteligentes de una socialdemocracia que (a diferencia de otras, la española por ejemplo) no avergüenza ni entristece.
 
Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos es el resultado de la investigación realizada por Ehrenreich entre 1998 y 2000, cuando recorrió el país desempeñándose en puestos precarios como parte de un estudio acerca de las condiciones de vida de la clase baja estadounidense. Ehrenreich fue camarera en Florida, empleada del hogar en Maine y dependienta en una tienda en Minnesota; padeció humillaciones, acoso, incertidumbre y el cansancio sin principio ni fin que afecta a quienes se desempeñan en este tipo de trabajos. Su experiencia, sin embargo (y esto lo admite la propia autora), fue mejor que la de quienes la rodeaban: Ehrenreich es blanca, no es inmigrante y sabe hablar inglés; sobre todo, sabía que su experiencia terminaría en algún momento, que es el tipo de certeza que un empleado no cualificado no puede permitirse tener. Desde 2001, por supuesto, la situación de la clase obrera sólo ha empeorado, no sólo en Estados Unidos, pero Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos no es en un libro derrotista (aunque tampoco es una condena aséptica y distante de las condiciones de vida de algunos, que es lo que sucede con buena parte de las llamadas "novelas de la crisis" españolas), sino uno que propone alternativas basadas en el conocimiento de primera mano de lo que significa vivir para trabajar en vez de trabajar para vivir. A pesar de sus erratas, que son muchas, merece ser leído y discutido tanto como esa otra maravilla que Capitán Swing publicó algún tiempo atrás: Chavs: La demonización de la clase obrera de Owen Jones, que es otro libro sobre aquellos que no tienen nada, excepto quienes los escriban.
 
 
Barbara Ehrenreich
Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos
Trad. Carmen Aguilar
Madrid: Capitán Swing, 2014

[Publicado el 17/4/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Barbara Ehrenreich, Ensayo, Capitán Swing]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Augusto Pinochet (1915-2006) / Retrato del dictador como artista cachorro

imagen descriptiva

01
 
Al llegar al poder en 1922, Benito Mussolini ordenó que se retirase de circulación Claudia Particella, la novela que había publicado en 1910, porque su anticlericalismo podía perjudicarlo. No fue el único político del siglo XX con ambiciones literarias, por supuesto: Saddam Hussein publicó bajo pseudónimo cuatro novelas y una cierta cantidad de poemas sobre cuyo valor literario existen opiniones encontradas; Saparmyrat Nyýazow, primer presidente de Turkmenistán, es el autor de un tratado moral titulado Libro del alma que debe ser memorizado por estudiantes y aspirantes a funcionario en ese país y del que en una ocasión envió un ejemplar al espacio mediante un cohete para ilustración de eventuales formas de vida extraterrestres; Muamar el Gadafi publicó en 1993 el libro La huida en el infierno (en el que podía leerse la siguiente declaración, que destaca la humanidad del líder libio: "Soy un ser humano como vosotros. Me gustan las manzanas") y en 2003 un opúsculo titulado Isratin: el libro blanco en el que proponía la solución pacífica al conflicto desatado por la ocupación israelí de Palestina mediante la creación de un Estado mixto denominado «Isratina».
 
Resulta singular que todos estos políticos, que detentaron un poder prácticamente absoluto en los países que gobernaron, se viesen movidos a probarse en el ámbito literario. Una respuesta posible al enigma que esto plantea puede encontrarse en un deseo de adquisición del prestigio humanista que se desprendería de la escritura de obras literarias; otra, en la ambición de ser no sólo temido sino también admirado. Lo que parece haberlos impulsado es, sin embargo, la conciencia de una cierta incapacidad intelectual: el deseo de disimularla y, en lo posible, corregirla.
 
 
02
 
Esta parece haber sido, al menos, la motivación de Augusto Pinochet Ugarte. "Desde sus años de cadete militar, cuando debía esforzarse el doble que sus compañeros para conseguir logros que no superaban la medianía", escribe Juan Cristóbal Peña, "Pinochet resintió una adversidad que muy probablemente juzgaba injusta". El futuro dictador chileno fue un estudiante mediocre que fracasó dos veces en su propósito de ingresar a la Escuela Militar (lo consiguió a la tercera) y tampoco destacó allí: se graduó de subalférez con el décimo tercer mejor promedio entre treinta y un alumnos y de alférez con el décimo primero al año siguiente; al ingresar finalmente en la Academia de Guerra, el joven Pinochet era considerado "un oficial tropero, con condiciones especiales para la vida de cuartel y el mando de soldados", pero también como un alumno de inteligencia sólo "satisfactoria" que necesitaba mejorar su dicción para ser tomado en serio.
 
Fue precisamente la Academia de Guerra, donde Pinochet consiguió un puesto como profesor auxiliar gracias a la intercesión del general Gregorio Rodríguez Tascón, el lugar que escogió para disimular sus falencias intelectuales mediante la escritura. En 1953 publicó una Síntesis geográfica de Chile, Argentina, Bolivia y Perú y dos años después una Síntesis geográfica de Chile, en 1967 una obra titulada Geografía militar y a continuación Geopolítica: en todos los casos se trataba de obras divulgativas construidas laboriosamente a partir de apuntes de clases en los que no se citaban las fuentes ni se incluía bibliografía; el último de ellos, plagia abundante y descaradamente una obra de Rodríguez Tascón, quien nunca perdonó a su alumno.
 
03
 
A comienzos de la década de 1970 Pinochet "era consciente del menosprecio intelectual que Allende y otros políticos de la Unidad Popular sentían por él", afirma Peña. El sangriento golpe militar del 11 de setiembre de 1973 adquiere, tras esta afirmación, un carácter distinto: Pinochet parece no sólo haber querido obtener el poder sino también poner punto final a una rencilla intelectual y castigar a quienes lo habían menospreciado. En el gobierno continuó publicando libros, los cuales (a diferencia de sus obras anteriores) trascendieron el círculo de los interesados en asuntos militares y recibieron reseñas atemorizadas y obsecuentes en los principales medios de prensa chilenos: Ensayo sobre un estudio preliminar de una geopolítica de Chile en el año 1965 (1979), El día decisivo (su memoria personal del golpe), una selección de exabruptos titulada Política, politiquería y demagogia (a la que la revista La Bicicleta describió como el resultado de "una nueva fulgurante estrella de las letras nacionales, de un narrador con voz encendida de poeta, de un maestro sin par en el uso de la metáfora de alto vuelo, de un semidiós del punto y coma y la frase intercalada", todo ello aparentemente sin ironía) y los discursos de Patria y democracia [sic]. Más tarde, tras su derrota en el plebiscito de 1988 y su sustitución por el demócrata cristiano Patricio Alwyn (Pinochet mantuvo el cargo de comandante en jefe del Ejército hasta 1998 y a continuación se hizo designar senador vitalicio), publicó Camino recorrido (que incluye una frase ya famosa acerca de la ciudad de Arequipa: "Una gran visión de belleza, tal como si fuera una ciudad de leyenda espolvoreada de azúcar flor"), primer tomo de unas memorias personales y políticas a las que siguieron otros dos más publicados en 1991 y 1993.
 
 
04
 
"La secreta vida literaria de Augusto Pinochet" que narra Juan Cristóbal Peña en su libro homónimo (continuación, por lo demás, del ensayo "Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet") no se limitó a la escritura de libros, sin embargo: una investigación por enriquecimiento ilícito iniciada en 2006, poco antes de su muerte, reveló que su biblioteca personal se componía de unos cincuenta y cinco mil volúmenes entre "primeras ediciones, antigüedades y rarezas" que había adquirido con dinero público o sencillamente robado de instituciones gubernamentales cuya tasación alcanzó los tres millones de dólares. Buena parte de esos títulos componía una de las bibliotecas de textos marxistas más importante de América Latina.
 
Al igual que en muchos otros dictadores del siglo XX, Augusto Pinochet parece haber tenido una actitud ambivalente en relación a los libros y a la literatura: destruyó la Editora Nacional Quimantú, encarceló y asesinó o forzó al exilio a decenas de escritores e intelectuales chilenos e instauró la censura editorial, pero también escribió incesantemente, acumuló libros, convirtió el Premio Nacional en un coto privado de los autores afines al régimen (a uno de los cuales, el hoy desconocido Enrique Campos Menéndez, le pagó con él la reedición de un libro suyo sobre la guerra del Pacífico), se esforzó por que lo visitase Jorge Luis Borges y lo consiguió el 22 de setiembre de 1976 (a Borges esto le costó el Premio Nobel de Literatura, como se sabe), aceptó con satisfacción ditirambos como el de Manuel Araya Villegas, quien afirmó: "si don Augusto Pinochet se hubiera dedicado a la literatura en forma exclusiva, se habría destacado como un connotado escritor en América".
 
El escritor chileno Rafael Gumucio sostiene en Historia personal de Chile: De Almagro a Bachelet (Santiago de Chile: Hueders, 2013) que "todo (atentados, fracasos, conspiraciones) lo sobrellevó Pinochet. Sólo una herida nunca pudo cerrarse: la de sentirse íntimamente fuerte, bello, marcial y brillante, y ver sin embargo en el espejo a un hombre sin gracia y sin cuello, la sombra de un funcionario público cazurro y tramposo". Quizás la aspiración de ocultar esa herida esté en el fondo de sus decisiones políticas; en no menor medida, sin embargo, esas decisiones parecen haber sido el resultado de la aspiración de ser un escritor: Juan Cristóbal Peña menciona que el 11 de setiembre de 1973, en la hora de su triunfo, Pinochet prefirió no sumarse a las celebraciones de sus subordinados; se retiró a su despacho y ordenó que le trajeran al escritor Álvaro Puga para hablar de literatura: cuando Puga se retiraba, Pinochet le dedicó dos libros suyos.
 
 
Juan Cristóbal Peña
La secreta vida literaria de Augusto Pinochet
Santiago de Chile: Debate, 2013
 
[Publicado originalmente en El Cultural de El País de Montevideo. 14 de marzo de 2014.] 

[Publicado el 15/4/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Juan Cristóbal Peña, Augusto Pinochet, Ensayo, Debate]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

El enciclopedismo irónico / "Artistas sin obra" de Jean-Yves Jouannais

imagen descriptiva

Gustave Flaubert demostró hace más de un siglo que la acumulación enciclopédica conduce a la ignorancia y al absurdo: Bouvard y Pécuchet aspiran a una totalidad que se amplía, y la novela de la que son protagonistas es publicada inconclusa; Flaubert muere de una "congestión cerebral". Los tres (digámoslo así) demuestran que hay ambiciones ridículas por desmesuradas, dando paso a un enciclopedismo irónico que actualmente está detrás de las manifestaciones más interesantes de nuestra cultura; por ejemplo "L'Encyclopédie des guerres", la "acumulación azarosa de novelas, tratados y ensayos" acerca de los conflictos bélicos a la que Jean-Yves Jouannais está abocado desde 2009, y que es resultado del mismo gesto acumulativo al tiempo que desencantado que hizo posible exhibiciones como "L'Idiotie dans l'art du xxe siècle" (2000) y, particularmente, el libro de 1997 Artistas sin obra "I would prefer not to", que Acantilado publica ahora en traducción de Carlos Ollo Razquin y con el prólogo que Enrique Vila-Matas escribió para la reedición del libro en 2009.
 
Artistas sin obra se ocupa de aquellos que interrumpieron su actividad artística o nunca la iniciaron, en un gesto de negación del arte que, a modo de corriente subterránea de negatividad y silencio, recorre toda su historia en los últimos dos siglos y de la que ya se ocupó Vila-Matas en la magnífica Bartleby y compañía (2001). Este libro de Jouannais es todo lo que una enciclopedia "seria" no debería ser: caprichosa, carente de rigor sistemático, mistificadora (de lo que se derivó la interesante exposición "Félicien Marbœuf, 1852-1924") y vaga en su planteamiento, por lo que el lector se queda sin saber tras la lectura qué entiende el autor por un artista, y qué no. Todo ello la convierte, naturalmente, en el tipo de obra que requiere la complicidad del lector; a modo de contraprestación, las vidas de algunos de los escritores más interesantes de la literatura europea de las últimas décadas, algunos ya favoritos de esta casa: Jacques Vaché, Armand Robin, Félix Fénéon, Roland Barthes, Jacques Rigaut, Roberto Bazlen, Joseph Joubert, etcétera.
 
 
Jean-Yves Jouannais
Artistas sin obra "I would prefer not to"
Trad. Carlos Ollo Razquin
Pról. Enrique Vila-Matas
Barcelona: Acantilado, 2014

[Publicado el 10/4/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Jean-Yves Jouannais, Enrique Vila-Matas, Ensayo, Acantilado]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2014 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres