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Converses formentor

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 29 de agosto de 2016

 Blog de Patricio Pron

Al rescate del escritor callado / Disidencia

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El escritor alemán Hans Fallada (1893-1947) /

William Blades, quien estudió por primera vez de manera sistemática los peligros a los que están expuestos los libros, sostuvo en 1881 que estos eran el fuego, el agua, el polvo, la negligencia, los insectos, los coleccionistas, los libreros y los niños. Algo más de cien años después, y aunque es evidente que cosas como el fuego y los libreros pueden todavía hacerle un daño considerable a un libro (y a su autor), los peligros a los que éstos están expuestos se han multiplicado en la misma medida en que aumentaban el número de títulos publicados cada mes y el de los autores.
 
En ese sentido, ¿qué determina, en el contexto de una oferta editorial claramente superior a la demanda lectora, que un autor destaque y sea recordado, digamos, cinco semanas después de haber publicado su libro? Responder a esta pregunta es una de las principales preocupaciones de aquellos editores que todavía tienen alguna implicación emocional o intelectual con su trabajo, pero hacerlo en un momento histórico como el actual parece más dificultoso que en el pasado, cuando el público lector estaba restringido (o eso se creía) a una clase social (alta y media-alta), a una raza (blanca) y a un género (masculino). A esta diversificación de ese público y de los estímulos que recibe se deben atribuir algunas de las dificultades a las que se enfrentan autores y editores, pero también la recuperación de escritores y libros que, por estas u otras razones, no fueron comprendidos, no fueron apreciados, fueron dejados de lado por los lectores de su tiempo y los que vendrían.
 
Esto es lo que sucedió con Stefan Zweig, cuyo suicidio en Brasil en 1942 supuso el punto de partida para un lento pero persistente declive de su obra; también los del húngaro Sándor Márai y el alemán Hans Fallada. Antes de su recuperación (en español, gracias a las editoriales Acantilado, Salamandra y Maeva, respectivamente), los tres autores permanecían en un cono de sombra del que ni siquiera su calidad literaria podía sacarlos; cuando fueron "rescatados", la demanda de títulos por parte de los lectores los convirtió prácticamente en contemporáneos, como demuestra el caso de Fallada: hacía treinta y seis años que no se publicaba un título suyo en español cuando Maeva publicó Pequeño hombre, ¿y ahora qué? en 2009; desde entonces y hasta el 2015, han sido publicadas doce obras suyas en español y catalán.
No es difícil comprender las razones por las que los tres autores regresaron del olvido en el que parecían ya definitivamente instalados: por una parte, sus libros narran el fin de un período, el de entreguerras, al que épocas posteriores y menos autorizadas para la ingenuidad como la nuestra tienden a añorar; por otra parte, sus obras pueden ser comercializadas como "grand littérature" europea en la línea de libros como La montaña mágica o La muerte de mi hermano Abel de Gregor von Rezzori sin que el lector se vea confrontado con las dificultades que entraña leer esa "grand littérature". (En mayor o menor medida, los tres eran autores de literatura popular en su época, y su lectura no era mucho más ambiciosa que la de Gillian Flynn o Suzanne Collins en nuestros días.)
 
La recuperación de autores olvidados parece más dificultosa si los prejuicios raciales, de clase o de género que los expulsaron del ámbito de lo que su época podía aceptar permanecen vigentes. Así, la recuperación por parte de la editorial Errata Naturae de la novela La muerte de la bien amada del francés Marc Bernard (de orígenes obreros, formación autodidacta y militancia antifascista durante la Guerra Civil, pero también Premio Goncourt en 1942) parece haber recibido una atención menor que la que obtuvo la de Jean Genet por parte de la misma editorial, en buena medida debido a que nuestra época parece más cómoda con las "otras" sexualidades que con el activismo político. Algo similar podría decirse de la recepción de Kallocaína, la novela distópica (e incómoda) de la sueca Karin Boye recuperada por Gallo Nero, en oposición a las recuperaciones de Los amores de un bibliómano de Eugene Field y La librería encantada de Christopher Morley, más amables con el lector, por parte de la editorial Periférica.
 
Además de su ingreso al dominio público, que permite publicar una entre cincuenta y setenta años después de la muerte de su autor sin que sea necesario realizar ningún desembolso en concepto de derechos (situación en la que se encuentran en este momento autores como Jane Austen, Charles Baudelaire, Vicente Blasco Ibáñez y Antón Chéjov), la recuperación de los autores olvidados parece corresponderse, también, con la forma en que un puñado de actores relevantes del negocio editorial define el pasado literario, lo que implica una cierta idea de necesidad desvinculada de los méritos o reconocimientos del autor en cuestión. Piénsese por ejemplo en Frédéric Mistral, de quien no se publica una obra desde hace diez años, o en Rudolf Christof Eucken, de quien después de 1960 sólo se publicaron una obra en 1985 y otra en 2002: ambos obtuvieron el Nobel de Literatura; en el último caso, en reconocimiento a su "búsqueda fervorosa de la verdad, su poder penetrante de pensamiento, su amplio rango de visión y la calidez y la fuerza" de una obra que hoy en día está (como es evidente) olvidada, sin que insectos o niños tengan ninguna responsabilidad en ello.
 
 
Cultura, El País. Madrid, 4 de enero de 2016.

[Publicado el 21/1/2016 a las 17:45]

[Etiquetas: Disidencias]

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La última guerra no ha terminado y la próxima está por empezar / "Volga, Volga" de Miljenko Jergovic

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"Mi nombre es Dželal Pljevljak", afirma el protagonista y narrador parcial de esta novela. "Llevo treinta y cinco años trabajando como personal civil en el Ejército Popular Yugoslavo. Soy soltero, no tengo padre ni madre ni perro que me ladre, pero no me lamento, sólo lo soporto. Estoy agradecido a Dios por los hombres que encontré en esta vida. Ellos me han cambiado".
 
Volga, Volga narra en la primera de sus tres partes las vidas de esos hombres. Pljevljak las evoca mientras conduce de Split (en Croacia, en la actualidad) a Livno (actualmente, en Bosnia-Herzegovina) para participar del rezo del viernes en la mezquita local: el general Musadik Karamujić, primer propietario del automóvil Volga que conduce y su superior durante años, humillado por contar chistes acerca de Tito y del régimen yugoslavo; Haris Masud, víctima, testigo y más tarde actor de las guerras de los Seis Días, Argelia, Egipto y Afganistán, a quien el protagonista recurre en su condición de imán; y Osman Fatumić, jefe de una familia con la que Pljevljak traba conocimiento por azar y en la que encuentra (por fin) una, con resultados trágicos no sólo para él mismo.
 
"Dios ha dado a cada hombre su propia verdad. Sólo Dios sabe lo que es mentira y quiénes entre nosotros son los hipócritas, zainos y quiénes los justos", sostiene otro personaje del libro. Volga, Volga tiene precisamente esto como tema; de la incertidumbre que supone ese no saber hablan las otras dos partes del libro, en las que se profundiza en la historia de Dželal Pljevljak y se desmontan las mentiras que el temeroso de Dios y muy recto Pljevljak, que odia toda mentira y teme al malentendido y al pecado, se cuenta a sí mismo para poner orden en su mundo y fin a una tristeza que no comparte con nadie porque guardársela le parece "más honrado". En esas otras dos partes aparecen su padre, jefe durante la Segunda Guerra Mundial de una banda que peleó del lado serbio pese a que su líder era musulmán, su diminuto hermano Ragib, tendero, y su madre, cuya bondad sólo le permitió sobrevivir encerrada en un psiquiátrico; pero también aparecen la enfermera con la que Pljevljak se casó y con la que tuvo hijos y toda una parte de su vida que éste decidió olvidar para refugiarse en la religión y en el perdón a sí mismo, en un paralelo con esa Yugoslavia comunista que concluye cuando país y protagonista se ven obligados a recordar.
 
Miljenko Jergović nació en Sarajevo en 1966 y es considerado uno de los escritores balcánicos más importantes de su generación; durante el asedio a su ciudad, de 1992 a 1996, trabajó como corresponsal de prensa y en la actualidad es columnista de varios periódicos croatas e internacionales. Volga, Volga (publicada originalmente en 2009) es un libro digresivo (su referencia, por estilo y por proximidad no solamente geográfica, sería Un puente sobre el Drina del Premio Nobel serbio Ivo Andrić) en el que cuestiones como la identidad y la culpa se desarrollan en el escenario de los Balcanes, en ese hiato habitual en la región durante el cual la última guerra todavía no parece haber terminado y la próxima está a punto de desencadenarse. Volga, Volga forma parte de una trilogía conformada también por Buick Rivera (2005) y Freelander (2012), todos publicados en español por Siruela.
 
 
Miljenko Jergović
Volga, Volga
Trad. Luisa Fernández Garrido y Tihomir Pištelek
Madrid: Siruela, 2015
 
Babelia, 21 de diciembre de 2015.

[Publicado el 19/1/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Miljenko Jergović, Novela, Siruela]

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62,72 euros / Nosotros caminamos en sueños 38

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Crédito de la imagen, de su autor /

Una vez más, y como todas las Navidades, los españoles corren a comprar lotería, como si ésta fuese la última oportunidad de conocer una suerte que les ha sido esquiva durante el año: según la previsión de Loterías y Apuestas del Estado, cada español gastará en 2015 una media de 62,72 euros en el sorteo de Navidad; sólo unos pocos recuperarán algo.
 
No se trata de un fenómeno exclusivamente español, por supuesto: en Francia, la agencia estatal de loterías ofrece incluso un servicio de asesoramiento a ganadores. (Uno de sus cursos más populares es acerca de la ópera, e incluye una introducción al género así como una instrucción acerca de cómo debe uno vestir y comportarse durante las interpretaciones.) Según Olivia Miray-Jacta, responsable del servicio, lo primero que hacen los ganadores de la lotería es comprarse una casa y un auto: sólo un 8 por ciento de ellos invierte lo obtenido en su educación y/o su salud.
 
Un año atrás, Vicente Verdú escribía en este periódico acerca del "Gordo", cuya esencia (afirmaba) se basa en "la codicia sin mediaciones", "la fe en el azar sin competencia divina" y "la destrucción de la secuencia sacrificio y recompensa, abnegación y placer". Naturalmente, esto es cierto. En Alemania unos 20 millones de personas juegan semanalmente a la lotería, pero el 92 por ciento no cree que vaya a ganarla nunca; en España, por el contrario, se deposita en ella una esperanza de mejora que (equivocadamente o no) los jugadores no cifran en otros ámbitos, por ejemplo en el de la política. Quizás esto diga más acerca de la sociedad española que muchos estudios al respecto; pero, en cualquier caso, parece evidente que nuestra suerte no depende de un bolillero, sino del restablecimiento de "la secuencia sacrificio y recompensa" rota por una sociedad que, ingenuamente, todavía cree en los milagros.
 
 
El País Semanal, 29 de diciembre de 2015. 

[Publicado el 15/1/2016 a las 13:30]

[Etiquetas: Disidencias]

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La soledad de las parejas / "Colgando de un hilo" de Dorothy Parker

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"Según se vean, tonterías de jovencita o la peor angustia de la humanidad": son los problemas que afligen a Sylvie Peyton, la joven que se confiesa a una amiga mayor porque no sabe que la experiencia no aporta claridad en asuntos amorosos, en uno de los relatos que conforman Colgando de un hilo. En los demás, los problemas son similares, y afectan a la joven que espera la llamada de su novio, a la que intenta arrancarle unas palabras de amor a una mala conexión telefónica y a un joven poco interesado en ellas (el teléfono ocupa un lugar importante en estos cuentos, de allí el título de la colección y su acierto), al joven que se recupera de una borrachera en la que se le ha declarado a una chica que no va a dejarlo ir, a la mujer que espera a un esposo que regresa del frente de la Segunda Guerra Mundial (y sólo desea darse un baño), a la que intenta superar el abandono de su marido.
 
Aunque algunas de estas situaciones ya no nos parezcan contemporáneas (allí están la joven que no "puede" levantarse de una silla en una fiesta porque se le ha roto la liga, el chico que busca bares donde beber pese a la Prohibición y esas jóvenes que padecen su soltería aunque no han cumplido los treinta), el deseo de ser amado, el de amar y la imposibilidad de saber cómo hacerlo, y la soledad, que están en su origen no son cosas que hayan perdido vigencia, de la misma manera en que no la ha perdido la dificultad de los personajes para decir las palabras "correctas", constreñidos como están por las convenciones y el temor al rechazo.
 
Dorothy Parker fue una maestra de la economía narrativa y del cuento: en los que adoptan la forma de un monólogo ("Revelación", por ejemplo), el lector asiste perplejo a la manera en que la autora se las arregla para desarrollar, simultáneamente, una situación y una voz; en los que se componen casi exclusivamente de diálogos (como "El último té"), es asombroso que nada parezca faltar y que la tragedia esté toda allí, frívola o relevante, ante los ojos del lector. Aunque en el relato "La liga", Parker diga de sí misma que es "terrible" y "venenosa", los relatos de Colgando de un hilo (entre los que no se encuentran dos de los mejores de la autora: "Arreglo en blanco y negro" y el canónico "Una rubia imponente") muestran que no era ajena a la ternura y a la compasión por sus personajes y que conocía esa "soledad de las parejas" que daba nombre a otra colección de relatos suyos y a buena parte de la experiencia amorosa, en su época, pero también en la nuestra. En ese sentido, se equivoca quien sólo tenga un interés historiográfico en estos cuentos, ilustrados con talento pero sin mucha inspiración por el italiano Simone Massoni.
 
 
Dorothy Parker
Colgando de un hilo
Trad. Jordi Fibla, Celia Filipetto y Carmen Francí
Ilustr. Simone Massoni
Barcelona: Lumen, 2015
 
Babelia, 14 de diciembre de 2015. 

[Publicado el 13/1/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Dorothy Parker, Cuento, Lumen]

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Ni siquiera con los ojos cerrados / Nosotros caminamos en sueños 37

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A manera de síntoma de una enfermedad a la que nadie le ha puesto nombre todavía, en la Red se multiplican los vídeos de niños de corta edad perfectamente hábiles para utilizar una tableta pero frustrados y furiosos porque sus deslizamientos y pellizcos no provocan ningún efecto en revistas o libros de papel. En uno de ellos, por ejemplo, su protagonista, una niña de un año de edad, parece tratar de comprobar si su dedo funciona.
 
Aún no sabemos qué cambios cognitivos están produciendo en nosotros las nuevas tecnologías, pero sabemos (somos dolorosamente conscientes, de hecho) que nuestra dependencia de ellas es absoluta y que esos cambios se producirán incluso aunque no lo sepamos: de hecho, ya están produciéndose. Un tiempo atrás, Facebook se vio obligado a ampliar el número de alternativas disponibles para describir la situación sentimental del usuario, pero una promoción de ellos ya se había habituado a considerar "normales" sólo cuatro (soltería, matrimonio, divorcio y viudez), insuficientes para dar cuenta de una parte tan importante y compleja de nuestra vida, en un ejemplo de cómo una tecnología mal diseñada introduce cambios sociales y cognitivos casi sin proponérselo.
 
Al menos alguno de los doscientos cuarenta y ocho minutos por día que (según estadísticas) pasamos online debería estar destinado a pensar en esto, en qué cambios introduce en nuestras formas de organización social cada nueva tecnología y de qué manera altera nuestra percepción de lo que es normal y lo que no lo es. Un estudio reciente ha demostrado que los mayores de cincuenta y cinco años sueñan en blanco y negro, mientras que los menores suelen hacerlo en color; según el filósofo estadounidense Eric Schwitzgebel, esto es influencia del cine: como toda tecnología, ésta habría penetrado hasta tal punto en nuestra consciencia que no podríamos librarnos de ella ni siquiera en la privacidad de nuestra habitación, con los ojos cerrados.
 
 
El País Semanal, 8 de diciembre de 2015.

[Publicado el 11/1/2016 a las 11:30]

[Etiquetas: Disidencias]

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En busca de una "delicada belleza" / "Libros, secretos" de Jacobo Siruela

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Alejado de los centros neurálgicos de la edición española en la localidad ampurdanesa de Vilaür, Jacobo Siruela viene realizando desde 2005 una labor excepcional al frente de la editorial Atalanta, cuya relevancia no sólo es determinada por la calidad de su catálogo (que incluye obras de René Daumal, Vernon Lee, Peter Kingsley, Ivan Morris, Max Ernst, Nicolás Gómez Dávila, Eliot Weinberger, Salvador Elizondo, Francisco Tario, Edward Gibbon, Felisberto Hernández, Joseph Campbell y William Blake, entre otros) sino también por lo que ese catálogo pone de manifiesto: que, pese a los argumentos de ciertos editores, la edición literaria de gran calidad es viable económicamente.
 
A este aspecto de su trabajo (que sirve, inevitablemente, de denuncia tácita de un cierto estado mental del resto de la edición en español), Siruela suma, sin embargo, su labor como antologador (Vampiros y la extensa Antología universal del relato fantástico, de 2010 y 2013 respectivamente) y autor de una obra ensayística relativamente breve que incluye su investigación cultural del onirismo El mundo bajo los párpados (2010).
 
Libros, secretos reúne ensayos publicados en diferentes circunstancias y con propósitos distintos; pese a ello, su hilo conductor es la posibilidad de que los textos posean algo más que los secretos que revelan con su lectura, y que esos secretos den cuenta de las formas en que hemos concebido a lo largo de la Historia la adquisición y la transmisión del conocimiento. El carácter indescifrable del famoso "manuscrito Voynich", la prescindencia de texto en el Mutus Liber (1677) y la encriptación deliberada de las obras alquímicas para no ser leídas por "necios y locos" (36) establecen una relación específica entre ocultar y revelar que podría parecer restringida a su época, pero está presente en la "relampagueante prosa torrencial, plena de hallazgos verbales" del Finnegans Wake de James Joyce (62), en el emborronamiento de la autoría (y la elección por el latín) de "Petrus Talemarianus" en su L'Architecture naturelle (1944), cuyo propósito es "enseñar a construir casas y templos con materias naturales, ‘según las leyes secretas de la naturaleza'" (70), en la abstracción pictórica de Piet Mondrian, Vasili Kandinsky y Hilma af Klint (y sus vínculos con la teosofía, desconocidos para quien esto escribe antes de la lectura del libro), en la producción espiritista y la investigación psíquica de autores como Annie Besant y Charles Webster Leadbeater y en la obra de la surrealista Valentine Penrose.
 
En todos ellos se pone de manifiesto el problema de la legibilidad y sus límites; en todos ellos, también, la adquisición del conocimiento sólo se produce si se lee "lo que se dice, lo que está", pero también (y particularmente) "lo que no se dice, lo que no está", el excedente de significado que sólo puede acoger un tipo de significante particular, la metáfora. En los textos y obras antes mencionados, en la historia de Erzsébet Báthory, la "condesa sangrienta", en el mito moderno del vampiro, en el antiguo de Gilgameš, en las visiones del sueño como parte del mundo objetivo, real, lo que se pone en juego es la metáfora ("lo que más nos aproxima a la esencia de lo real", según el autor: 239) y la pregunta de si podemos (y en ese caso, de qué manera) acceder al significado profundo de lo que nos rodea.
 
Al igual que la singular producción fotográfica de Masao Yamamoto, cuyas imágenes "expresan la fuerza y sencillez de lo vivo: la poderosa y delicada belleza que irradia todo aquello que simplemente es" (247; cursivas del autor), Libros, secretos es una reflexión sobre unos textos, mitos y personajes a los que, por lo general, nuestra cultura ha relegado a la oscuridad o a una preeminencia desconcertada, así como una promesa de que en su estudio se encuentran las claves para acceder al conocimiento de lo que somos (cualquier cosa que seamos) y a esa "delicada belleza" que se encuentra (también) en los textos incomprensibles, en nuestras pesadillas, en los nombres con los que conjuramos el miedo, en los "territorios laterales" del pensamiento esotérico, en la metáfora.
 
 
Jacobo Siruela
Libros, secretos
Girona: Atalanta, 2015

[Publicado el 25/12/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Jacobo Siruela, Ensayo, Atalanta]

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El kitsch en Auschwitz / "En el paraíso" de Peter Matthiessen

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Tadeusz Borowski, escritor polaco y sobreviviente de Auschwitz, es (junto con Primo Levi, Jorge Semprún, Imre Kertész, Varlam Shalámov y Jean Améry) uno de los más destacados representantes de la literatura escrita a raíz de y a menudo después de la experiencia de los campos de concentración; también es el objeto de estudio de Clements Olin, el poeta y académico estadounidense que participa de "una semana de homenaje, oración y meditación silenciosa" en Auschwitz en el invierno de 1996.
 
Ni Olin ni la reunión en Auschwitz son reales; sí los hechos sucedidos allí y ampliamente documentados, que Peter Matthiessen parece considerar (sin embargo) poco conocidos por el lector, de allí que se valga de la supuesta semana en Auschwitz, de su protagonista y de una pareja de jóvenes polacos para aleccionar al lector acerca de asuntos como el antisemitismo, el riesgo de relativizar los hechos históricos, la responsabilidad individual de los descendientes de víctimas y perpetradores, los vínculos entre justicia y venganza, el concepto de testimonio, la culpa del sobreviviente, Ana Frank, la vergüenza alemana, el carácter "elegido" del pueblo judío, la naturaleza del Vaticano, el amor, la trascendencia y, en líneas generales, "la capacidad insondable que tiene el hombre para hacer el mal".
 
En el paraíso participa de la convicción (mayoritaria en numerosas literaturas, también en la española, desafortunadamente) de que sólo se puede escribir del horror horrorosamente y del mal absoluto, absolutamente mal. En sus mejores momentos, este libro de Matthiessen de pretensiones didácticas incurre en la prosa de agencia de viajes ("En el lado norte, en su complejo vallado de un kilómetro y medio de ancho más o menos, están los cimientos de lo que queda de la pequeña ciudad de viejos establos que se usaban como barracones para los presos masculinos", etcétera); en los peores, se hunde en la cursilería: las estrellas son "rígidas hasta la lobreguez", el frío es una "tumultuosa inversión térmica", todos los muros están "agrietados", la maleta del personaje es (inevitablemente) una "vieja maleta", los maquinistas del ferrocarril sólo pueden ser "hombres de caras ásperas y sucias de hollín [...] royendo mendrugos negros", las "moradas se abalanzan sobre la carretera como si huyeran de las oscuras hileras de árboles perennes que bajan desfilando por las laderas blancas de las colinas de más allá, como si fueran regimientos prusianos", etcétera.
 
El lector debe arrastrarse por algo más de doscientas páginas de buenas intenciones y prosa como la citada; su compensación es escasa: el descubrimiento de la implicación personal de Olin en el tema concentracionario (un whodunit excepcionalmente torpe) y su historia de amor con una monja ("El Señor ha querido que esta hermana de Cristo y este buen hombre, su hermano judío, se conozcan aquí en el Gólgota", dice ella). El trazo grueso con que está contado todo, la simplificación hasta lo grotesco de la historia de Polonia, la caricatura de alemanes y polacos y un conocimiento nulo de la naturaleza de la estancia en Auschwitz, incluso de la más breve, hacen que la implicación del lector sea nula.
 
"El arte [...] es el único camino que puede llevar a la comprensión de esa maldad suprema que trasciende todo entendimiento", sostiene un personaje. Se trata de una contradicción involuntaria (si la maldad "trasciende todo entendimiento" el arte no puede aportar a su "comprensión"), pero también da cuenta del hecho de que no todo el arte puede contribuir a ese entendimiento (en el hipotético caso de que esta sea su función) y desde luego no el que pone de manifiesto En el paraíso. El lector interesado hará bien en recurrir a los nombres importantes de la literatura concentracionaria antes que al kitsch de sus entusiastas.
 
 
Peter Matthiessen
En el paraíso
Trad. Javier Calvo
Barcelona: Seix Barral, 2015
 
 
Publicado originalmente en Babelia/El País, 23 de noviembre de 2015. 

[Publicado el 23/12/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Peter Matthiessen, Novela, Seix Barral]

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A contracorriente / "Ornamento" de Juan Cárdenas

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Al principio son cuatro mujeres, que narran sus alucinaciones a un médico que estudia una nueva droga; al final, es una de ellas, la número cuatro (que se convierte en amante del médico y de su mujer, que vive con ellos y luego desaparece) la que es la droga: inflexible en su exigencia y en su promesa de una satisfacción improbable a la necesidad.
 
Juan Cárdenas (Popayán, 1978), quien (por cierto, y por si esto importa) no fue parte de la "lista Granta" de mejores narradores en español menores de cuarenta años, autor de Zumbido y Los estratos, entre otros libros, es desde hace algunos años (y como pone de manifiesto su ausencia en dicha lista), efectivamente, uno de los mejores narradores en español menores de cuarenta años, un privilegio que comparte con escasos "Granta": Andrés Barba, Javier Montes, Antonio Ortuño, Alejandro Zambra, etcétera.
 
Ornamento (su tercera novela hasta la fecha) es la historia de la invención y la colocación en el mercado de una droga, pero también es la historia de su creador y de cómo éste asiste en condición de testigo (como producto de un desdoblamiento que no es infrecuente en las experiencias alucinógenas) de sus propios actos, que lo llevan a interesarse en la número cuatro, incorporarla en la vida de su pareja y buscarla cuando ésta escapa e intentar recomponer una relación rota por la intrusión y por el hartazgo. Es también (y por sobre todo) un vehículo para la exploración de confluencias: la de la innovación, el carácter empresarial, la violencia y el mercado que están detrás de una cultura del narcotráfico que (esto es lo que parece venir a decir Cárdenas) vertebra la sociedad colombiana. Ornamento dice (o parece decir) que la droga (que en un pasaje del libro el narrador asimila a la producción artística contemporánea) es el único objeto que permea la rigidez de los estratos de la sociedad latinoamericana, y que en su producción y en su consumo confluyen dos fuerzas más poderosas que las instituciones: el capitalismo y el deseo.
 
Cárdenas escribe con Ornamento un capítulo más de una trayectoria brillante aunque breve en la que los magisterios son selectos y visibles: si Zumbido señalaba la influencia de Felisberto Hernández, Antonio Di Benedetto y Maurice Blanchot (y Los estratos, la de César Aira y Julio Cortázar), la nueva novela del colombiano permite pensar en él como uno de los mejores alumnos del argentino Rodolfo Fogwill, de quien parece haber aprendido cómo narrar toda una época (su política, su economía, su régimen de visibilidad, su sexualidad) evitando los rígidos (aunque mucho más comerciales) parámetros del gran friso y la literatura de guía de viajes.
 
En ese sentido (también) la suya es una obra a contracorriente de los modos dominantes de la narrativa latinoamericana producida por la más reciente generación literaria, con su aspiración a que la narración de la (pequeña) historia personal disimule la incapacidad de escribir la (gran) novela, pero con la misma pretensión (que preside la literatura latinoamericana al menos desde la aparición del Boom y, específicamente, las relaciones comerciales entre esa literatura y el exterior) de ser pensada en términos nacionales y como explicación de los mismos que justificaba la producción (mejor o peor, pero cada vez menos literaria) de los grandes nombres de la generación precedente. Cárdenas narra América Latina sin necesidad de recurrir a personas que vuelan, conversaciones de mujeres en cocinas, historias de haciendas colombianas o (peor aún) la imitación provinciana de la Weltliteratur centroeuropea del siglo pasado: no es necesario ser un lector voraz de literatura latinoamericana (o de lo que en España es publicado bajo ese nombre) para tomar conciencia de la disidencia (y la posible soledad) que hay en ese gesto, y de su necesidad como correctivo de una visión distorsionada.
 
 
Juan Cárdenas
Ornamento
Cáceres: Periférica, 2015

[Publicado el 21/12/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Juan Cárdenas, Novela, Periférica]

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Tres poemas de "Crónica natural" de Andrés Barba (Cita)

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CANGREJOS
 
A los cangrejos había que echarlos vivos a la paella.
Verdes cangrejos de criadero marino
que en las bolsas
o no en las bolsas 
en el papel de estraza, 
un papel gris satinado que resbalaba en las manos, 
iban arañando como las inocentes
víctimas de un thriller mensajes cifrados 
a los cangrejos libres de este mundo. 
Eran en realidad (descontando 
las verduras, que siempre están vivas)
lo único vivo de la bolsa de la compra.
Respiraban el triste vapor
húmedo del marisco y las ñoras
en su encierro desesperado.
No para ti, tú sonreías y bromeabas
Mira.
No pensarás ya ni ahora ni nunca
que eran simples cangrejos
cangrejos sin más, de criadero, verdes
aunque de eso tengo que enterarme bien.
Todos los queríamos llevar y ninguno
los quería comer,
eran casi siempre tres, cuatro como mucho
y siempre había uno más grande (siempre
en realidad hay uno más grande, en todo)
el padre -decíamos- de los otros dos o tres
y si el padre era uno entonces los otros dos
o tres
eran una familia de cangrejos.
Había que echarlos vivos 
no sé cómo habría podido hacerse de otro modo,
lo debían presentir desde la asfixia,
se movían de pronto con más rapidez los bigotes 
de sus bocas, las patitas 
hacían dibujos en su lengua incomprensible
cuando tú los alzabas: Mira 
entre carcajadas antes de echarlos vivos.
Reíamos de vergüenza y de nervio
la muerte familiar de la familia
de cangrejos verdes de criadero
que trataban de huir de la paella con saltos
de alfiler, las horas de sus vidas golpeadas
con la cuchara de madera, saltaban
(en todo esto: risas)
chocando unos con otros
olvidando ya que eran una familia,
pisándose, usando el cuerpo moribundo de uno
para alzarse sobre el caldo hirviente.
¿Eras tú o nosotros quien golpeaba 
para que rindieran la esencia?
Padre dominical con tu cuchara en la mano,
nunca fue tan animoso un holocausto 
de domingo.

 

TRASLADO

¿De dónde venía y a dónde iba yo? De un amor de buhardilla
a tu antigua casa recién pintada.
Como un solitario que estrena un hogar en el que otro
ha sido feliz
me abatía la luz blanca de las habitaciones
la estantería de obra, los electrodomésticos pequeños y nuevos
de uso individual.
Habías venido al rescate más que como un padre
como un camarada 
con furgoneta y nocturnidad, en pleno centro de Madrid.
Me ayudaste a cargar el colchón, las cajas de libros, las maletas.
Te recuerdo en la calle Bailén, en el Palacio Real.
Tu presencia hacía que me sintiera muy joven;
cualquier mujer podía ser mi amor,
cualquier casa, mi casa.
Me contaba mis aventuras mentalmente
como prodigios que sucederían con seguridad,
trataba de parecer resuelto.
No sé cómo lo habilitabas todo.
Tu vida era el peso de las cajas de libros.
Me gustaba que me vieras disconforme, decidido, 
actuaba en lo recóndito para mi padre.
Las dejamos todas en la casa nueva, ya de noche.
Al día siguiente nos esperaban allí,
impregnadas del olor a pintura.
Eran -qué sé yo- unas veinte; 
en la sombra de la noche parecían más.
Tú preguntaste con orgullo: ¿Los has leído todos?
Yo mentí con altivez:
Claro.
Los ordenamos luego por idiomas:
los ingleses, los franceses, los alemanes, los italianos, 
los portugueses, los rusos, los españoles.
Sacabas un libro de la caja, leías la contraportada
y lo llevabas a un montoncito.
Me daba miedo cada vez que te equivocabas.
No quería saber más que tú.
 
 
VEJEZ
 
A plena luz del día,
en un cajero del barrio te atracó
un muchacho. Llevabas cien euros en la mano.
Te dijo dámelos y se los diste.
La extrañeza tenía en ti un aire pasmado
y elegante;
te aproximabas inclinando la cabeza
como si no hubieses entendido
una palabra, decías: ¿perdón?
No luchaste, ni siquiera fingiste que pudieras
luchar,
como un sonámbulo extendiste
la mano con el dinero y el muchacho se fue
corriendo o sin correr, mirándote o no.
Era un día agradable de principios de verano.
Había gente en la calle, se escuchó
una risa y el tintineo de unos vasos de cerveza
en la terraza que había a veinte metros.
Te preguntaste con vergüenza si te habrían visto.
Era un muchacho como otro cualquiera:
joven. Atacaba como el depredador
que elige entre las víctimas al animal más torpe.
Sentiste como si el tiempo te zarandeara
sin piedad junto al cajero
envuelto en los alegres ruidos de la conversación
en el calor de la brisa y las pelusas de polen.
Esa tarde habías quedado
para dar un paseo por la feria del libro.
El hombre que iba a pasear y el que seguía pasmado
eran distintos ahora.
Por la modesta suma de cien euros
aquel muchacho se lo había llevado consigo.
Al subir a casa llamaste por teléfono,
Soy un viejo, dijiste.
No eres ningún viejo.
¿Soy un viejo, te parezco un viejo? Preguntaste de nuevo.
Pero no me dejaste contestar.
 
 
Andrés Barba (Madrid, 1975), se dio a conocer en 2001 con La hermana de Katia (finalista del premio Herralde y llevada a la gran pantalla por Mijke de Jong), a la que siguieron dos libros de nouvelles, La recta intención y Ha dejado de llover (Premio Nord Sud), así como seis novelas más que le confirmaron como una de las firmas más importantes de su generación en España: Ahora tocad música de baile, Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester), Las manos pequeñas, Agosto, Octubre, Muerte de un caballo (Premio Juan March) y En presencia de un payaso, todos ellos publicados en España por la editorial Anagrama. En colaboración con Javier Montes recibió el Premio Anagrama de ensayo por La ceremonia del porno y es también autor, de los ensayos recogidos en Caminar en un mundo de espejos y, junto al pintor Pablo Angulo, del Libro de las caídas y Lista de desaparecidos. En poesía, su ópera prima es Crónica natural (finalista del Premio Jaime Gil de Biedma), publicada por Visor, de la que proceden los poemas reproducidos aquí.

 

[Publicado el 18/12/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Andrés Barba, Poesía, Citas, Visor]

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La vida está en otra parte / "Otoño" de Jon McNaught

imagen descriptiva

No parece una profesión particularmente atractiva, y sus vinculaciones con la de los escritores son escasas, pero la de auxiliar de geriatría aparece más y más habitualmente en la literatura contemporánea: ejercen esa profesión el informante anónimo cuyo (brutal) testimonio Lydia Brakebusch reproduce en su pieza "Vom Verschwinden des Lebens" [De la desaparición de la vida] en el último número de la revista alemana Dummy, el narrador y protagonista innominado de Sophia, der Tod und ich [Sophia, la muerte y yo] del debutante Thees Uhlmann y también Mark, el joven que protagoniza "Elmview", la primera de estas historias otoñales de Jon McNaught.
 
A excepción del ejercicio de su profesión, hay poco que vincule a los tres personajes: el informante anónimo de Lydia Brakebusch es alguien perplejo por el maltrato al que son sometidos los ancianos en nombre del incremento del rendimiento económico de las empresas que ofrecen servicios de geriatría, y el protagonista del libro de Uhlmann es alguien que no piensa demasiado en su trabajo, aunque obtiene de él (y de la presión a la que lo somete un anciano polaco, uno de sus pacientes) una cita con su nieta, la maravillosa, insobornable Sophia. Mark sí parece reflexionar acerca de lo que lo rodea, y hay un momento extraordinario de interrupción narrativa y vacilación del personaje cuando éste se entera de que una de las mujeres alojadas en la residencia en la que trabaja ha muerto por la noche; pero esos pensamientos no tienen espacio en la obra de McNaught, que tiende a la economía, y, por consiguiente, no tenemos acceso a ellos: de Mark sólo conoceremos los gestos de una exterioridad rutinaria (dar cabezadas en el autobús nocturno, preparar café para la cocinera, lavar los platos, mirar por la ventana, pelar patatas, arrastrar un carro con el desayuno de los pacientes, servir los almuerzos) y el contraste entre ellos y una naturaleza que sigue sus propio camino en las calles que rodean la residencia y en el documental que ven los ancianos mientras comen.
 
Si ese contraste podría provocar la impresión de que la residencia para ancianos es, en su connotación de sitio en el que la vida es prolongada de forma artificial, despojando al sujeto de sus hábitos y de aquellas particularidades de su existencia anterior que lo convertían en un individuo, un sitio donde la naturaleza no tiene lugar (excepto en su manifestación brutal como cesación de la vida), "Sunset Ridge", la segunda historia del libro, parece decir que el distanciamiento entre la vida humana y la que tiene lugar en la naturaleza (incluso en la naturaleza del suburbio, con su superposición de cercas, casas unifamiliares, cables de electricidad y coches) se produce en una edad más temprana.
 
Jake, su protagonista, va al colegio secundario y se hace con algo de dinero repartiendo la prensa por la tarde; su amigo Ryan y él hablan de coches y de videojuegos, pero en general no hablan mucho: para Jake, el otoño no llega cuando se producen sus primeras señales, sino cuando el cartel que anuncia las "rebajas de verano" es reemplazado por el de "oportunidades de otoño". Hay algo intranquilizador en la visión de una ardilla aplastada por un coche, en la que Jake se detiene, pero es más inquietante aun que toda esa (no) existencia sea reemplazada, cuando Jake llega a su habitación, por la existencia artificial y violenta del videojuego: en ella, sí, Jake puede detenerse a contemplar una bandada de pájaros; en ella, también, hay alguien a quien tiene que ayudar y alguien que se alegra de tenerlo a su lado.
 
Jon McNaught narra todo esto con solvencia, con una paleta de colores deslavados y una economía narrativa que recuerda a la de la obra de Chris Ware y de Seth. Otoño no es un texto triste, pero tampoco es el "homenaje a la belleza que supone el simple hecho de estar vivo" que describe Ware en la contraportada de esta edición, ya que lo que McNaught parece venir a decir es que el enriquecimiento de la experiencia, en algún sentido, la devalúa, y que la prolongación de la vida en las instituciones para enfermos y ancianos la suprime. Se trata de una reflexión lacónica y no exenta de melancolía, y quizás también de una invitación a volver a hacer nuestros, si esto es posible, los tiempos de una naturaleza a la que le hemos dado la espalda durante demasiado tiempo.
 
 
Jon McNaught
Otoño. Dos historias otoñales
Trad. Belén Arévalo
Madrid: Impedimenta, 2015

[Publicado el 15/12/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Jon McNaught, Cómic, Impedimenta]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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