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Periodismo cultural

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 27 de mayo de 2016

 Blog de Patricio Pron

Ligera, pero crucialmente / "Los viernes en Enrico's" de Don Carpenter

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No siempre las librerías de viejo son el cementerio de los libros que a nadie le interesan; cuando Jonathan Lethem trabajaba en una de ellas, a principios de la década de 1990, se llevó a su casa un libro titulado Una pareja de comediantes de cuyo autor no sabía nada, excepto que su nombre era Don Carpenter. "Lo leí. Me encantó", afirma escuetamente en el epílogo de Los viernes en Enrico's; era el comienzo de una obsesión y de un extraño y cautivador experimento.
 
Don Carpenter había nacido en California en 1931 y se había desempeñado principalmente como guionista en Hollywood, donde había escrito el guión de Día de paga (1973); en sus ratos libres en la capital mundial del cine (donde, según Francis Scott Fitzgerald, que sabía de lo que hablaba, guionistas como Carpenter son considerados, sencillamente, "el primer borrador de un ser humano"), había escrito novelas como la antes mencionada (1979), Dura la lluvia que cae (1966), La verdadera historia de la vida de Jody McKeegan (1975), Los desposeídos (1986) y Desde un lugar lejano (1988); todas ellas le habían granjeado una cierta reputación y la admiración de sus colegas, aunque no el éxito.
 
"La sugerencia que daban las sobrecubiertas de los dos libros, junto con la transformación del Bildungsroman del norte de California de Dura la lluvia que cae hasta las juergas de la industria del espectáculo de Una pareja de comediantes, era la de un escritor que, incapaz de sostener una carrera literaria, se había trasladado a Hollywood y, de manera muy típica, nunca se había vuelto a saber nada de él", escribe Lethem. Aunque el futuro escritor no vivía lejos de la residencia de Carpenter, del que (como sostiene) se había convertido en "fan", nunca se atrevió a visitarlo, y en 1995 leyó la noticia de que ya era tarde para hacerlo: Carpenter, por entonces de sesenta y cuatro años de edad y considerablemente limitado por enfermedades diversas, se había suicidado en su casa.
 
En 1994 (es decir, un año antes), Lethem había publicado Pistola, con música de fondo; la novela dio el puntapié inicial a una de las trayectorias más fulgurantes y consecuentes de la literatura norteamericana de las últimas décadas. Hasta la fecha, el autor ha publicado libros de cuentos (Seres humanos y dibujos animados, Cómo nos volvimos insípidos), novelas (Cuando Alice se subió a la mesa, La fortaleza de la soledad, Todavía no me quieres, Chronic City, Los jardines de la disidencia), cómics (Omega el desconocido) y ensayos (El artista de la decepción, El éxtasis de la influencia), ha editado volúmenes colectivos (La exégesis de Philip K. Dick, El libro de Vintage sobre la amnesia), escrito guiones, publicado en el New Yorker y entrevistado (ejemplarmente) a Bob Dylan. Su trayectoria es, en ese sentido, opuesta a la de Don Carpenter, ya que Lethem ha conseguido ser reconocido como un escritor "para escritores" pero también para las mayorías.
 
Pese a lo cual el autor nunca dejó de defender la obra de Carpenter, lo que llevó a sus albaceas a proponerle algunos años atrás la evaluación y la posibilidad de completar la novela en la que éste se encontraba trabajando en el momento de su muerte. Lethem se sintió "eufórico y asustado" cuando recibió el manuscrito de Los viernes en Enrico's: "¿y si el libro no era bueno o no era lo bastante bueno? Muchos escritores resbalan hacia el final", pensó. No era el caso de Carpenter, por fortuna: "La voz estaba en su lugar, la arquitectura era sólida, los propósitos arteros de Carpenter estaban bien representados a lo largo de la novela", constató Lethem. "Saber que el libro existía, que Carpenter lo había sacado adelante, estuviera destinado a su publicación o no, hacía el mundo ligera, pero crucialmente más grande", escribe.
 
Según sus palabras, su intervención en el manuscrito fue mínima. "Más que nada, saqué cosas", afirma. "El libro demostraba su integridad por la forma en que se negaba a ser alterado, igual que una casa podría demostrar su solidez cuando se habita un tiempo en ella".
 
Los viernes en Enrico's es efectivamente una casa sólida y de excepcional actualidad: su tema es el de las dificultades para sacar adelante una carrera literaria y, más específicamente para "ser un escritor", pero su enfoque no es exclusivamente sociológico, sino que está puesto en la fragilidad de la existencia de unos personajes cuyos esfuerzos Carpenter narra con compasión. Quizás esa compasión estuviese orientada también hacia sus propios esfuerzos como escritor.
 
Don Carpenter es parte de la "otra literatura" de los Estados Unidos, una habitación presumiblemente incómoda de la enorme casa de la literatura norteamericana en la que, sin embargo, no puede estar mejor acompañado: habitan en ella su amigo Richard Brautigan y Charles Bukowski (sobre quien escribió un guión en 1977), así como otros autores recientemente "descubiertos" en España: Jim Carroll, Hubert Selby Jr, John Clellon Holmes, Gil Scott-Heron, Chester B. Himes, Poppy Z. Brite, Harry Crews, John Fante y Jim Thompson. Aunque marginales durante buena parte de su vida, todos ellos empiezan a recibir una atención a la altura de su calidad, y éste es también el caso de Carpenter, cuya novela Dura la lluvia que cae fue publicada en 2011 en la influyente colección de "clásicos" de la New York Review. (Duomo la publicó en España al año siguiente.) En una ironía a la altura de esa gran narradora de vidas ajenas que es la literatura, en este momento su marginalidad (así como la de otros autores a la espera de ser descubiertos, como Malcolm Braly, Larry Rivers, Lester Bangs, Kathy Acker, Kenneth Patchen, Karen Finley, etcétera) es sólo otro argumento para su introducción en el canon, pero no importa: la obra de Don Carpenter merece figurar en él de cualquier forma, en este caso gracias a su discípulo.
 
 
Don Carpenter (y Jonathan Lethem)
Los viernes en Enrico's
Trad. Javier Guerrero
Madrid: Sexto Piso, 2015

[Publicado el 27/10/2015 a las 10:34]

[Etiquetas: Don Carpenter, Jonathan Lethem, Sexto Piso, Novela]

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"El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia" / Un recorrido

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Imagen de Paco Gómez (http://nophoto.org/pacogomez).

Al menos desde 2011, cuando Pax Forlag publicó en Oslo la primera traducción de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (a la que siguieron versiones en italiano, inglés, francés, alemán, neerlandés y chino), he estado haciendo lecturas públicas de la novela, todas ellas presididas por la pregunta acerca de cómo presentar en unos pocos minutos un libro, y (más aun) cómo hacerlo con uno de la dificultad de éste: ninguna de las soluciones de circunstancias que encontré en los últimos cuatro años (leer sólo el comienzo, leer el comienzo y el final del libro, leer una sección o leer la mitad de una sección y la mitad de otra, leer sólo el final, etcétera) me satisfizo por completo.
 
En septiembre de este año, sin embargo, creí haber encontrado una solución al problema, un recorrido parcial y fragmentario que quizás lo resuma. Va aquí para poner de manifiesto que la intervención en los textos no es un tabú y que uno nunca termina de escribir un libro. Quizás éste se termine aquí, pero posiblemente no sea el caso: el lector y la lectora de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia están invitados a proponer su propio recorrido y a decir si el que yo propongo es el adecuado. Gracias a Katharina Niemeyer y María Victoria Torres, del departamento de hispánicas de la Universidad de Colonia (Alemania), a cuya invitación hice esta "cala", tal vez definitiva. (Y tal vez no.)
 
 
P. 57
El tamaño de la carpeta era de treinta por veintidós centímetros y estaba confeccionada en un cartón de escaso gramaje y de color amarillo pálido. Tenía una altura de unos dos centímetros y estaba cerrada por dos cintas elásticas que podía que hubieran sido blancas alguna vez y que en ese momento tenían un ligero tono marrón; una de las cintas sujetaba la carpeta por lo alto y otra por lo ancho, lo que hacía que conformaran una cruz; más específicamente, una cruz latina. Unos seis o siete centímetros por debajo de la cinta elástica que sujetaba la carpeta por lo ancho y unos tres centímetros por encima del borde inferior de la carpeta había un cartel pegado cuidadosamente sobre el cartón amarillo. Las letras del cartel eran negras y estaban impresas sobre un fondo gris; el cartel apenas tenía una palabra y esa palabra era un nombre: «Burdisso».
 
P. 13
Mi padre enfermó durante ese período, en agosto de 2008. Un día, supongo que el de su cumpleaños, llamé a mi abuela paterna. Mi abuela me dijo que no me preocupara, que habían llevado a mi padre al hospital sólo para un control de rutina. Yo le pregunté que a qué se refería. Un control de rutina, nada importante, respondió mi abuela; no sé por qué se alarga, pero no es importante. Le pregunté cuánto tiempo hacía que mi padre estaba en el hospital. Dos días, tres, respondió. Cuando colgué con ella llamé a la casa de mis padres. No había nadie allí. Entonces llamé a mi hermana; me contestó una voz que parecía salida del fondo de los tiempos, la voz de todas las personas que habían estado alguna vez en el pasillo de un hospital esperando noticias, una voz que suena a sueño y a cansancio y a desesperación. No quisimos preocuparte, me dijo mi hermana. Qué ha pasado, pregunté. Bueno, respondió mi hermana, es demasiado complicado para contártelo ahora. Puedo hablar con él, pregunté. No, él no puede hablar, respondió ella. Voy, dije, y colgué.
 
Pp. 11-12
Entre marzo o abril de 2000 y agosto de 2008, ocho años en los que viajé y escribí artículos y viví en Alemania, el consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo la memoria, de manera que el recuerdo de esos años -por lo menos el recuerdo de unos noventa y cinco meses de esos ocho años- es más bien impreciso y esquemático: recuerdo las habitaciones de dos casas donde viví, recuerdo la nieve metiéndose dentro de mis zapatos cuando me esforzaba por abrir un camino entre la entrada de una de esas casas y la calle, recuerdo que luego echaba sal y la nieve se volvía marrón y comenzaba a disolverse, recuerdo la puerta del consultorio del psiquiatra que me atendía pero no recuerdo su nombre ni cómo di con él. Era ligeramente calvo y solía pesarme cada vez que lo visitaba, supongo que una vez al mes o algo así. Me preguntaba cómo me iba y luego me pesaba y me daba más pastillas. Unos años después de haber dejado aquella ciudad alemana, regresé y rehice el camino hacia la consulta de aquel psiquiatra y leí su nombre en la placa que había junto a los otros timbres de la casa, pero el suyo era sólo un nombre, nada que explicase por qué yo lo había visitado y por qué él me había pesado cada vez que me había visto y cómo podía ser que yo hubiera dejado que mi memoria se fuera así, por el fregadero; aquella vez me dije que podía tocar a su puerta y preguntarle por qué yo lo había visitado y qué había pasado conmigo durante esos años, pero después consideré que tendría que haber hecho una cita previa, que el psiquiatra no debía recordarme de todas maneras y, además, que yo no tengo curiosidad sobre mí mismo realmente. Quizás un día un hijo mío quiera saber quién fue su padre y qué hizo durante esos ocho años en Alemania y vaya a la ciudad y la recorra y, tal vez, con las indicaciones de su padre pueda llegar a la consulta del psiquiatra y averiguarlo todo. Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla. No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar realmente con imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo, incluyendo la vida, pero pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebatado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria. Los hijos son los policías de sus padres, pero a mí no me gustan los policías. Nunca se han llevado bien con mi familia.
 
Pp. 18-21
Mientras volaba en dirección a mi padre y a algo que no sabía qué era pero daba asco y miedo y tristeza, me pregunté qué recordaba de mi vida con él. No era mucho: recordaba a mi padre construyendo nuestra casa; lo recordaba regresando de alguno de los periódicos donde había trabajado con un ruido de papeles y de llaves y con olor a tabaco; lo recordaba una vez abrazando a mi madre y muchas veces durmiéndose con un libro entre las manos, que siempre, al quedarse mi padre dormido y caer, le cubría el rostro como si mi padre fuera un muerto encontrado en la calle durante alguna guerra al que alguien había cubierto la cara con un periódico; y también lo recordaba muchas veces conduciendo, mirando hacia el frente con el ceño fruncido en la observación de una carretera que podía ser recta o sinuosa y encontrarse en las provincias de Santa Fe, Córdoba, La Rioja, Catamarca, Entre Ríos, Buenos Aires, todas esas provincias por las que mi padre nos llevaba en procura de que encontráramos en ellas una belleza que a mí me resultaba intangible, siempre procurando darle un contenido a aquellos símbolos que habíamos aprendido en una escuela que no se había desprendido aún de una dictadura cuyos valores no terminaba de dejar de perpetuar y que los niños como yo solíamos dibujar utilizando un molde de plástico que nuestras madres nos compraban, una plancha con la que, si uno pasaba un lápiz sobre las líneas caladas en el plástico, podía dibujar una casa que nos decían que estaba en Tucumán, otro edificio que estaba en Buenos Aires, una escarapela redonda y una bandera que era celeste y blanca y que nosotros conocíamos bien porque supuestamente era nuestra bandera, aunque nosotros la hubiéramos visto ya tantas veces antes en circunstancias que no eran realmente nuestras y escapaban por completo a nuestro control, circunstancias con las que nosotros no teníamos nada que ver ni queríamos tenerlo: una dictadura, un Mundial de fútbol, una guerra, un puñado de gobiernos democráticos fracasados que sólo habían servido para distribuir la injusticia en nombre de todos nosotros y del de un país que a mi padre y a otros se les había ocurrido que era, que tenía que ser, el mío y el de mis hermanos.
 
Existían algunos recuerdos más pero estos se adherían para conformar una certeza que era a su vez una coincidencia, y muchos podrían considerar esta coincidencia meramente literaria, y quizás lo fuera efectivamente: mi padre siempre había tenido una mala memoria. Él decía que la tenía como un colador, y me auguraba que yo también la tendría así porque, decía, la memoria se lleva en la sangre. Mi padre podía recordar cosas que habían sucedido hacía décadas pero, al mismo tiempo, era capaz de haber olvidado todo lo que había hecho ayer. Su vida probablemente fuera una carrera de obstáculos por eso y por decenas de otras cosas que le pasaban y que a veces nos hacían reír y a veces no. Un día llamó a casa para preguntarnos su dirección; no recuerdo si fue mi madre o alguno de mis hermanos el que levantó el teléfono y allí estaba la voz de mi padre. Dónde vivo, preguntó. Cómo, preguntó a su vez cualquiera que estuviera del otro lado del teléfono, mi madre o alguno de mis hermanos o quizás yo mismo. Que dónde vivo, volvió a decir mi padre, y la otra persona -mi madre, o mis hermanos, o yo mismo- recitó la dirección; un rato después estaba sentado a la mesa y miraba un periódico como si no hubiera sucedido nada o como si él ya hubiera olvidado lo que había sucedido. En otra ocasión tocaron el timbre; mi padre, que pasaba por allí, agarró el interfono que había junto a la cocina y preguntó quién era. Somos los Testigos de Jehová, dijeron. Los testigos de quién, preguntó mi padre. De Jehová, respondieron. Y qué quieren, volvió a preguntar mi padre. Venimos a traerle la palabra de Dios, dijeron. De quién, preguntó mi padre. La palabra de Dios, contestaron. Mi padre volvió a preguntar: Quién. Somos los Testigos de Jehová, dijeron. Los testigos de quién, preguntó mi padre. De Jehová, respondieron. Y qué quieren, volvió a preguntar mi padre. Venimos a traerle la palabra de Dios, dijeron. De quién, preguntó mi padre. La palabra de Dios, contestaron. No, esa ya me la trajeron la semana pasada, dijo mi padre, y colgó sin echarme siquiera una mirada a mí, que estaba a su lado y lo miraba perplejo. A continuación caminó hasta mi madre y le preguntó dónde estaba el periódico. Sobre la estufa, respondió mi madre, y ni ella ni yo le dijimos que era él quien lo había dejado allí unos minutos antes.
 
Pp. 51-53
Una línea de luz se colaba a través de la persiana baja del estudio de mi padre; al levantar la persiana, sin embargo, la luz que entró en la habitación me pareció más débil de lo que indicaba aquella línea. Aparté las cortinas y encendí una lámpara de mesa, pero incluso así tuve la impresión de que la luz era insuficiente. Mi padre solía decirle a mi hermano cuando era niño que podía salir a jugar pero debía regresar cuando ya no pudiera verse las manos, pero mi hermano podía vérselas también durante la noche. En aquel momento, sin embargo, y aunque no era de noche aún, era yo el que no podía vérmelas. Sentí una presencia a mis espaldas y por un momento pensé que era mi padre, que venía a regañarme por haberme colado en su estudio, pero luego vi que era mi hermano. Creo que estoy volviéndome loco, le dije, no puedo verme las manos. Mi hermano me miró fijamente y dijo: A mí también me lo parece, pero no supe si se refería a que yo me había vuelto loco o a que él tampoco podía verse las manos; como fuera, un momento después regresó con una lámpara de flexo, que ajustó a la mesa y encendió junto con las otras. La luz seguía siendo insuficiente pero ya permitía distinguir algunos objetos en la penumbra: una cuchilla para cortar papel, una regla, un tarro con lápices, bolígrafos y resaltadores, y una máquina de escribir puesta de pie para ahorrar espacio. Sobre la mesa había una pila de carpetas, pero yo no la toqué todavía. Me senté en la silla de mi padre y me puse a mirar el jardín, preguntándome cuántas horas había pasado allí y si había pensado en mí alguna vez en ese sitio. El estudio permanecía helado, y yo me incliné hacia delante y cogí una carpeta de la pila. La carpeta reunía información para un viaje que mi padre no había hecho y que quizás ya no hiciera nunca. La aparté a un lado y tomé otra, que reunía recortes de prensa recientes, firmados por él; estuve leyéndolos un rato y luego los dejé a un costado. En una hoja suelta encontré una lista de libros que mi padre había comprado recientemente: había un título de Alexis de Tocqueville, otro de Domingo Faustino Sarmiento, una guía de carreteras de Argentina, un libro sobre esa música del noreste del país llamada chamamé y un libro que yo había escrito hacía tiempo. En la siguiente carpeta encontré la reproducción de una vieja fotografía, ampliada hasta que los gestos se habían trastocado en puntos. En ella aparecía mi padre aunque, desde luego, no era mi padre justamente, sino quienquiera que él había sido antes de que yo lo conociera: tenía el cabello moderadamente largo y unas patillas y sostenía una guitarra; a su lado había una joven de cabello largo y lacio que tenía un gesto de una seriedad sorprendente, y una mirada que parecía decir que ella no iba a perder el tiempo porque tenía cosas más importantes que hacer que quedarse quieta para una fotografía, tenía que luchar y morir joven. Yo pensé: Conozco este rostro, pero después, al leer los materiales que mi padre había reunido en esa carpeta, pensé que yo no lo había conocido, que no lo había visto jamás y que hubiera preferido seguir sin haberlo visto nunca, sin haber sabido nada de la persona que había estado detrás de ese rostro, y, a la vez, sin saber nada sobre las últimas semanas de mi padre, porque no siempre quieres saber ciertas cosas debido a que lo que sabes se convierte en algo de tu propiedad, y hay ciertas cosas que tú no quisieras poseer nunca.
 
Pp. 142-145
Al abandonar las fotografías sobre la mesa de trabajo de mi padre comprendí que su interés por lo sucedido a Alberto Burdisso era el resultado de su interés por lo que le sucediera a su hermana Alicia, y que ese interés era a su vez el producto de un hecho que tal vez mi padre no pudiera explicarse siquiera a sí mismo pero para cuya dilucidación él había reunido todos los materiales, y ese hecho era que él la había iniciado en la política sin saber que lo que hacía iba a costarle a esa mujer la vida y que a él iba a costarle décadas de miedo y de arrepentimiento y que todo ello iba a tener sus efectos en mí, muchos años después. Al procurar dejar atrás las fotografías que acababa de ver comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura.
 
Además, y yo había visto suficientes obras así ya e iba a ver muchas más en el futuro, el relato de lo sucedido por entonces desde la perspectiva del género tenía algo de espurio, por cuanto, por una parte, el crimen individual tenía menos importancia que el crimen social, pero éste no podía ser contado mediante los artificios del género policíaco sino a través de una narrativa que adquiriese la forma de un enorme friso o la apariencia de una historia personal e íntima que evitase la tentación de contarlo todo, una pieza de un puzzle inacabado que obligase al lector a buscar las piezas contiguas y después continuar buscando piezas hasta desentrañar la imagen; y, por otra, porque la resolución de la mayor parte de las historias policíacas es condescendiente con el lector, no importa la dureza que hayan exhibido en sus argumentos, para que el lector, atados los cabos sueltos y castigados finalmente los culpables de los hechos narrados, pueda devolverse a sí mismo al mundo real con la convicción de que los crímenes están resueltos y permanecen encerrados entre las cubiertas de un libro, y que el mundo de fuera del libro se orienta por los mismos principios de justicia de la obra narrada y no debe ser cuestionado.
 
Al pensar en todo esto y al volver a pensar en ello durante los días y las noches siguientes, echado en la cama de una habitación que había sido mía o sentado en la silla de un pasillo de hospital que empezaba a resultarme conocido, frente a la claraboya circular de una habitación en la que estaba muriendo mi padre, me dije que yo tenía los materiales para escribir un libro y que esos materiales me habían sido dados por mi padre, que había creado para mí una narración de la que yo iba a tener que ser autor y lector, y descubrir a medida que la narrara, y me pregunté también si mi padre lo había hecho de forma deliberada, como si presintiese que un día no iba a estar él allí para llevar a cabo la tarea por sí mismo y que ese día se acercaba, y hubiese deseado dejarme un misterio a modo de herencia; y me pregunté también qué hubiera pensado él, que era un periodista y por lo tanto prestaba mucha más atención a la verdad que yo, que nunca me había sentido cómodo con ella y le había hecho ambages para que se apartara de mí y me había marchado a un país que no había sido una realidad para mí desde el principio, que había sido un sitio donde no existía la situación opresiva que sí había sido real para mí durante largos años, me pregunté, digo, qué hubiera pensado él de que yo escribiera un relato que apenas conocía, que sabía cómo terminaba -era evidente que terminaba en un hospital, como terminan casi todas las historias- pero no sabía cómo comenzaba o qué sucedía en el medio. Qué hubiera pensado mi padre de que yo contase su historia sin conocerla por completo, persiguiéndola en las historias de otros como si yo fuera el coyote y él el correcaminos y yo tuviera que resignarme a verlo perderse en el horizonte dejando detrás de sí una nube de polvo y a mí con un palmo de narices; qué hubiera pensado mi padre de que yo contara su historia y la historia de todos nosotros sin conocer en profundidad los hechos, con decenas de cabos sueltos que iba anudando lentamente para construir un relato que avanzaba a trompicones y contra todo lo que yo me había propuesto, pese a ser yo, indefectiblemente, su autor. ¿Qué había sido mi padre? ¿Qué había querido? ¿Qué era ese fondo de terror que yo había deseado olvidar por completo y que había regresado a mí cuando las pastillas habían comenzado a acabarse y yo había descubierto entre sus papeles la historia de los desaparecidos, que mi padre había hecho suya, que había explorado tanto como había podido para no tener que aventurarse en la suya propia?
 
Pp. 166-169
Mis padres habían pertenecido a una organización política cuyo nombre fue Guardia de Hierro. A diferencia de su desafortunado nombre, que la asocia con una organización rumana de entreguerras con la que su homóloga argentina tan sólo coincide en la denominación [1], la organización de mis padres era peronista, aunque la forma de pensar de sus integrantes -más aún, la de mis padres [2]- parece haber sido, al menos, materialista histórica [3] [4]; puesto que sus miembros no provenían en su mayoría de hogares peronistas, sus esfuerzos se orientaron a averiguar en qué consistía ser uno, y recurrieron a los barrios, en los que la épica peronista de la distribución del ahorro y los tiempos de prosperidad y paternalismo aún estaban vívidos en la memoria de sus habitantes, como también estaba presente la Resistencia [5], a la que la organización de mis padres contribuyó en su última etapa. Este aspecto diferencia a la organización de mis padres de Montoneros, la organización con la que en un momento estuvo a punto de fusionarse [6]: Guardia de Hierro no se creyó en disposición de la verdad acerca del proceso revolucionario sino que salió a buscarla en la experiencia de resistencia de las clases bajas [7]; no procuró imponer unas prácticas sino adquirirlas. La otra diferencia sustancial fue su rechazo a la vía armada; tras un período de discusión [8], la organización decidió no recurrir a las armas excepto con fines defensivos, y supongo que esto es lo que salvó la vida de mis padres y de una buena cantidad de sus compañeros y, de forma indirecta, la mía [9]. A partir de ese momento las herramientas principales de construcción de poder de la organización fueron la palabra y la discusión, cuyo potencial de transformación es, como sabemos, ínfimo; pero algo sucedió con ellos: durante un largo período fueron la organización más poderosa del peronismo y la única con una inserción real más allá de la clase media, cuya voluntad de transformación acabó demostrándose inexistente. Su propuesta era la de crear una «retaguardia ambiental» [10], un Estado en la base material de la sociedad con la finalidad de reemplazar al Estado militarizado y carente de legitimación política que había sido instalado en 1955, y construir poder desde las bases atendiendo a sus problemas reales y sin optar por las armas excepto como instrumento marginal de construcción de una alternativa y como elemento de agitación [11]. Sin embargo, ser un peronista absolutamente leal a Perón acabó convirtiéndose en una trampa, puesto que, por una parte, la adhesión incondicional al líder del movimiento llevó a la organización de mis padres a aceptar un gobierno impotente constituido por una mujer ignorante y un asesino sádico al que llamaban El Brujo por su esperpéntico entusiasmo por las artes ocultas, y, por otra, los llevó a un callejón de salida tras la muerte de Perón [12]. ¿Adónde va un ejército cuando su general ha muerto? A ninguna parte, naturalmente. Aunque Perón afirmó que su «único heredero» era el pueblo, el que a su vez estaba penetrado por Guardia de Hierro, que nadaba en él como el pez en el agua pero a su vez le ponía un cauce y lo demarcaba -como si el agua careciese de sentido sin el pez y éste sin el agua y uno y otro fuesen a desaparecer ante la ausencia del otro-, Guardia de Hierro se disolvió tras la muerte de Perón [13], incapaz de hacerse cargo de una herencia que iba a tener que defender con armas y con sangre en los meses que vendrían. Esto también salvó la vida de mis padres y la mía [14]. Aquellos entre sus compañeros que decidieron integrarse a otras organizaciones para continuar la militancia fueron asesinados y desaparecidos, y otros se marcharon del país, pero el resto también vivió un doloroso proceso de adaptación y una especie de exilio interior en el que debieron asistir al fracaso de una experiencia revolucionaria a la que la dictadura pondría un final definitivo. Quien continuó tras ese final o fue mandado a continuar fue asesinado; mis padres continuaron a su manera: mi padre siguió siendo periodista y mi madre también, y tuvieron hijos a los que les dieron un legado que es también un mandato, y ese legado y ese mandato, que son los de la transformación social y la voluntad, resultaron inapropiados en los tiempos en que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y de frivolidad y de derrota.
 
Nací en diciembre de 1975, lo que supone que fui concebido hacia marzo de ese año, algo menos de un año después de la muerte de Perón y apenas unos meses después de la separación de la organización de la que formaban parte mis padres. Me gusta preguntarles a las personas que conozco cuándo han nacido; si son argentinos y han nacido en diciembre de 1975 pienso que tenemos algo en común, ya que todos los nacidos por esa época somos el premio de consolación que nuestros padres se dieron tras haber sido incapaces de hacer la revolución. Su fracaso nos dio la vida, pero también nosotros les dimos algo a ellos: en aquellos años, un hijo era una buena pantalla, una señal inequívoca que debía ser interpretada como la adhesión a una forma de vida convencional y alejada de las actividades revolucionarias; un niño podía ser, en un retén o en un allanamiento, la diferencia entre la vida y la muerte.
 
Un minuto. Un minuto era una mentira, una cierta fábula que mi padre y sus compañeros inventaban todo el tiempo por el caso de que los detuvieran; si el minuto era bueno, si era convincente, quizás no los mataran de inmediato. Un minuto bueno, una buena historia, era simple y breve e incluía detalles superfluos porque la vida está llena de ellos. Quien contara su historia de principio a final estaba condenado, porque ese rasgo específico, la capacidad de contar una historia sin dubitaciones, que tan raramente se encuentra entre las personas, era para quienes los perseguían una prueba de la falsedad de la historia mucho más fácil de determinar que si la historia tratara de extraterrestres o fueran cuentos de aparecidos. En esos años, un hijo era ese minuto.
 
Pp. 185-190
Un día recibí una llamada de la universidad alemana en la que trabajaba. Una voz femenina, que yo imaginaba surgiendo de un cuello recto que se extendía desde una barbilla pequeña hasta el cuello ligeramente abierto de una camisa, en una oficina pequeña llena de plantas que olía a café y a papel viejo, puesto que todas las oficinas alemanas son así, me dijo que debía reincorporarme al trabajo o se verían obligados a rescindir mi contrato. Yo le pedí un par de días para pensarlo, y escuché el eco de mi voz a través del teléfono hablando en una lengua extranjera. Entonces la mujer asintió y colgó y yo pensé que tenía dos días para decidir qué haría, pero también pensé que no hacía falta pensarlo: yo estaba allí y tenía una historia para escribir y era una historia de las que pueden hacer un buen libro porque tenía un misterio y tenía un héroe, un perseguidor y un perseguido, y yo ya había escrito historias así y sabía que podía volver a hacerlo; sin embargo, también sabía que esa historia había que contarla de otra forma, con fragmentos, con murmullos y con carcajadas y con llanto y que yo tan sólo iba a poder escribirla cuando ya formase parte de una memoria que había decidido recobrar, para mí y para ellos y para los que nos siguieran. Mientras pensaba todo esto de pie junto a la mesa del teléfono vi que había comenzado a llover nuevamente y me dije que iba a escribir esa historia porque lo que mis padres y sus compañeros habían hecho no merecía ser olvidado y porque yo era el producto de lo que ellos habían hecho, y porque lo que habían hecho era digno de ser contado porque su espíritu, no las decisiones acertadas y equivocadas que mis padres y sus compañeros habían tomado, sino su espíritu mismo, iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto.
 
Alguien dijo en cierta ocasión que hay un minuto que se escapa del reloj para no tener que suceder nunca y ese minuto es el minuto en el que alguien muere; ningún minuto quiere ser ese momento, y huye y deja el reloj haciendo gestos con sus manecillas y con cara de imbécil.
 
Quizás haya sido eso, quizás fuese la renuencia de un minuto a ser el minuto en que alguien deja de respirar, pero el hecho es que mi padre no murió: finalmente, algo lo hizo aferrarse a la vida y abrió los ojos y yo estaba allí cuando lo hizo. Creo que quiso decir algo, pero yo le advertí: Tienes un tubo en la garganta, no puedes hablar, y él me miró y luego cerró los ojos y pareció que, por fin, descansaba.
 
[...]
 
Esa noche antes de abordar el avión me puse a mirar con mi madre las fotografías que mi padre me había hecho con su cámara Polaroid cuando era un niño. Yo me había desdibujado en ellas; pronto mi pasado se habría borrado completamente y mi padre y mi madre y mis hermanos y yo íbamos a estar unidos también en eso, en la desaparición absoluta.
 
Mientras mirábamos esas fotografías que habían comenzado literalmente a borrarse entre nuestros dedos, le pregunté a mi madre por qué mi padre había buscado a Alicia Burdisso y qué había querido encontrar realmente. Mi madre dijo que a mi padre y a ella les hubiera gustado que sus compañeros y aquellos con los que habían compartido la lucha, los que habían conocido y los que no habían llegado a conocer nunca, aquellos a los que por las reglas más simples de seguridad habían conocido sólo con nombres de guerra absurdos como los que ellos mismos llevaban, no hubieran muerto como murieron. A tu padre no le apena haber peleado la guerra: sólo le apena no haberla ganado, dijo mi madre. A tu padre le hubiera gustado que las balas que mataron a nuestros compañeros hubieran recorrido un largo trayecto y no tan sólo unos pocos metros, y que ese trayecto se hubiese podido contar en miles de kilómetros y en años de recorrido para que todos hubiéramos tenido tiempo de hacer lo que teníamos que hacer, y a tu padre le hubiera gustado que sus compañeros hubieran aprovechado ese tiempo para vivir y escribir y viajar y tener hijos que no los comprendieran, y que sólo después hubieran muerto. A tu padre no le hubiera importado que sus compañeros hubieran vivido para traicionar a la revolución y a todos sus ideales, que es lo que todos hacemos al vivir porque vivir es prácticamente tener un proyecto y esforzarse por que nunca suceda, pero sus compañeros, nuestros compañeros, no tuvieron tiempo. A tu padre le hubiera gustado que las balas que los mataron les hubieran dado tiempo de vivir y de dejar hijos que quisieran entender y fueran detrás de ellos tratando de comprender quiénes habían sido sus padres y qué habían hecho y qué les habían hecho y por qué todavía seguían vivos. A tu padre le hubiera gustado que nuestros compañeros murieran así y no torturados, violados, destrozados, arrojados desde aviones, hundiéndose en el mar, baleados en la nuca, en la espalda, en la cabeza, con los ojos abiertos viendo el futuro. A tu padre le hubiera gustado no ser de los pocos que sobrevivieron porque un sobreviviente es la persona más sola del mundo. A tu padre no le hubiera molestado morir si a cambio había una posibilidad de que alguien lo recordara y que después decidiera contar su historia y la de las personas que fueron sus compañeros y marcharon con él hasta el puto fin de los tiempos. Quizás pensó, como solía hacerlo a veces: «Que por lo menos quede algo escrito», y que lo escrito sea un misterio y que sirva para que mi hijo busque a su padre y lo encuentre, y que encuentre con él a quienes compartieron con su padre una idea que sólo podía terminar mal. Que buscando a su padre sepa qué sucedió con él y con los que él quiso y por qué todo eso es lo que él es. Que mi hijo sepa que pese a todos los malentendidos y las derrotas hay una lucha y no se acaba, y esa lucha es por verdad y por justicia y por luz para los que están en la oscuridad. Eso dijo mi madre un momento antes de cerrar el álbum de fotografías.

[Publicado el 21/10/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Novela, Literatura Random House]

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La resistencia / Nosotros caminamos en sueños 33

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Una imagen de Shaun Tan /

Si usted está leyendo este artículo en internet, lo más factible es que deje de hacerlo después del siguiente punto y aparte: según un estudio de Microsoft, la capacidad de atención del lector medio en la Red es de ocho segundos.
 
Vivimos tiempos veloces, en los que saltamos de una información y de una tarea a otra con rapidez y algo de angustia. Amazon ha anunciado recientemente que modificará los criterios de su plataforma de autopublicación para pagar a los autores por página leída. Un tiempo atrás, una editorial inglesa evaluó los hábitos de lectura de los compradores de sus libros electrónicos de no ficción y descubrió que estos no solían pasar de la página 60; consiguientemente, produjo una serie de 59 páginas. ¿Por qué estudiar cuánto tiempo puede uno concentrarse? Para determinar si todavía es posible acelerar aún más el tráfico.
 
Según Microsoft, somos más hábiles que en el pasado para apuntar hechos sueltos, pero estamos incapacitados para ponerlos en contexto. El problema, por supuesto, es que del contexto depende la interpretación (un hecho aislado nunca significa nada), y es precisamente allí donde radican nuestras esperanzas: toda tendencia genera una resistencia en un momento u otro, y la resistencia ante la sumisión a la velocidad, a la fugacidad de la información y su aceptación acrítica y pasiva está dentro y fuera de la Red, en la actitud vigilante de ciertos lectores y en unas empresas periodísticas que apuesten por un periodismo de calidad; es decir, un periodismo que provea a su lector de información, pero también de las herramientas para el ejercicio crítico.
Que haya llegado usted hasta aquí, en particular si está leyendo este artículo en internet, es, por todo esto, una razón para tener esperanzas. Por mi parte, lo/la felicito por haberse pasado a la resistencia.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 22 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 19/10/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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De primera mano / "Tumulto" de Hans Magnus Enzensberger

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"Mi interés por la autobiografía deja mucho que desear: no hace falta ser criminólogo ni epistemólogo para saber que los testimonios sobre uno mismo carecen de base fidedigna", escribe Hans Magnus Enzensberger (91). Sin embargo, el hallazgo de "un conjunto olvidado de cartas, libretas con notas, fotografías, recortes de periódico y manuscritos abandonados" y la convicción de que las experiencias políticas de la década de 1960 han sido "sepultadas bajo el estercolero de los medios de comunicación, el material de archivo, los coloquios públicos, la idealización" (206) fueron suficientes para que el escritor alemán (uno de los intelectuales europeos más relevantes del siglo XX y lo que llevamos del XXI) dejara atrás sus aprensiones. "En aquel montón regía el azar", afirma, "pero al menos [...] no hallé nada que a posteriori, con gran distancia temporal, hubiese sido inventado" (92).
 
El resultado de la prospección en ese archivo acumulativo y azaroso debe mucho al hallazgo fortuito y a la inconsecuencia deliberada de su autor: por una parte, Tumulto carece aparentemente de orden y da cuenta de los hechos que narra sin aportar fechas precisas mediante lo que parece una acumulación de anécdotas; por otra parte, presenta al lector la dificultad de no ser capaz de reconocer en buena parte del texto cuál es la distancia temporal entre éste y los hechos narrados, lo que no tendría implicaciones serias si se tratase de un relato sentimental, pero importa y mucho cuando aquello de lo que se habla es de algunos de los hechos políticos más controvertidos del siglo XX.
 
A pesar de ello, Tumulto es un libro extraordinario, y lo es no sólo gracias a la solución que Enzensberger ofrece al problema de cómo narrar las décadas de 1960 y 1970, siempre torrenciales (una especie de diálogo no precisamente platónico con el que se antoja a su autor como "un hermano menor del que no me hubiera acordado en mucho tiempo", 93), sino también en virtud de las situaciones y personajes que comparecen en la obra. Tumulto recorre un arco que va desde el orden instalado en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial ("en un lado, la tibia República Federal; en el otro, la ‘zona', sobre la cual abrigaba yo pocas ilusiones, vacunado como estaba por mi propia inspección del terreno y por lecturas tempranas tales como Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, Homenaje a Cataluña de Orwell y El pensamiento cautivo de Czesław Miłosz", 10) hasta la instauración de una cierta normalidad europea durante la década de 1970; las estaciones de este tránsito son una invitación a un encuentro de escritores en San Petersburgo (por entonces Leningrado), una visita protocolar a Moscú que tuvo como resultado un enamoramiento súbito y doloroso que se extendió por años (y constituye el hilo sentimental de la obra), la visita a la "dacha" de Nikita Jruschov, un recorrido en tren y en avión por la Unión Soviética a cuenta de la Unión de Escritores (Bujará, Samarcanda, Almá-Atá, Nobosibirsk, Irkutsk, Peredélkino, Tiflis, etcétera), la experiencia de la oposición extraparlamentaria en Alemania (de la que Enzensberger fue una figura central, pese a sus intentos en este libro de minimizar su papel), una visita incomprensible a Camboya, una larga estancia en Cuba durante la cual (y a su pesar) el autor no pudo hacer nada excepto plantar caña de azúcar y esperar, la Praga inmediatamente posterior a la intervención soviética y los prolegómenos del sangriento "Otoño alemán" de 1977.
 
En las páginas desordenadas de este libro comparecen Iliá Ehrenburg, Giuseppe Ungaretti y Jean Paul Sartre en Leningrado (este último "manso como un cordero" ante Jruschov, 20), Yevgueni Yevtushenko ("capaz de una confianza desmedida, lo mismo que de una desmedida lisonja y de desmedidas exigencias", 41-42) y Abe Kōbō en Bakú, los poetas beats en San Francisco, Salvador Allende en Tahití, Herbert Marcuse en San Diego, Henry Kissinger en Berlín, Heberto Padilla, Roque Dalton, José Lezama Lima y Pablo Neruda en La Habana, Ingeborg Bachmann en Roma y Nelly Sachs en Estocolmo.
 
Vale la pena leer Tumulto por el retrato que el autor hace de ellos, pero también por la inteligencia con la que éste ofrece un recorrido de primera mano por la historia del siglo XX: sin concesiones, sin pedantería, sin nostalgia, con el convencimiento de que estas experiencias pueden ser útiles en el futuro; es decir, en el presente.
 
 
Hans Magnus Enzensberger
Tumulto
Trad. Richard Gross
Barcelona: Malpaso, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia-El País, 28 de septiembre de 2015.] 

[Publicado el 15/10/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Hans Magnus Enzensberger, Autobiografía, Malpaso]

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Las reglas del juego / "El cuaderno perdido" de Evan Dara

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"Radios de bicicletas, lamas retorcidas de persianas venecianas, un sonriente buda sentado recubierto de caucho con un buen tajo en el costado, páginas de periódicos, pilas usadas, botellas de cerveza, trozos de valla, fotografías, viales de crack, paquetes de tabaco hechos una bola, cables eléctricos, patas de mesa amputadas, fundas de plástico de cuerdas de guitarra, botas sin cordones, bosques de envoltorios de comida rápida, cachos de neumático, casetes con las tripas fuera [...]": la lista es más extensa aun y está compuesta por los objetos con los que alguien confecciona obras de arte; hornea la basura y luego vende, o pretende vender, el resultado.
 
El cuaderno perdido (1995), primera novela del escritor estadounidense Evan Dara traducida al español, se parece a la lista anterior, lo que significa que puede inducir en el lector la misma sensación de hartazgo angustioso que la lista provoca. El lector no debería dejarse desanimar por lo que parece una simple acumulación de residuos, sin embargo, ya que hay una historia aquí, que orbita en torno a la descomposición de los vínculos entre los habitantes de una pequeña localidad en Iowa cuando se hace público que la principal empresa local ha estado contaminando el suelo de forma deliberada durante décadas (con las reacciones subsiguientes de impotencia, negación, rechazo y miedo de sus habitantes): el lector sólo tiene que tener el deseo y la capacidad para encontrarla.
 
No se sabe mucho acerca de Evan Dara, excepto que detrás del heterónimo se oculta "un escritor norteamericano que (por lo general) reside en Europa" y que quizás sea Richard Powers. Menos importante que la identidad real de su autor es el hecho de que El cuaderno perdido es un florecimiento tardío pero relevante de una especie botánica específica, la novela posmoderna estadounidense; a ella pertenecen su uso poco convencional de los signos de puntuación, sus pasajes ensayísticos (sobre la vida sexual de las luciérnagas, las obsesiones compositivas del último Ludwig van Beethoven, los dibujos animados, la reproducción celular, los seriales radiofónicos, la democracia estadounidense, el montaje cinematográfico, la falta de silencio en el mundo contemporáneo, el tabaco, las publicaciones periódicas, los hábitos de quienes se suicidan arrojándose del Golden Gate en San Francisco, el activismo político de Noam Chomsky, la obra de Harry Partch, el sufrimiento como indicador del valor de una vida, el Correcaminos, el coleccionismo de huchas, la antropología de campo, el trombón, etcétera; casi todo ello, brillante), su carácter explícitamente polifónico ("criaturas arbóreas perdidas en una enredadera de voces") y la puesta en página irritante y pretendidamente innovadora (y cuya innovación se remonta, de hecho, a cierto poema de Stéphane Mallarmé de 1897).
 
El cuaderno perdido destaca entre los numerosos ejemplos de narrativa posmoderna reciente, sin embargo; lo hace gracias a la extraordinaria capacidad de su autor para contar historias: un niño es tomado brevemente como rehén en el asalto frustrado a una gasolinera, un padre pierde a su hijo para siempre cuando le compra la batería equivocada, una joven es entregada a la policía por un hombre con el que sólo pretendía conversar acerca del abstencionismo electoral, un hombre se obsesiona con el compañero de trabajo que hornea basura, una mujer que debe llamar a urgencias es impedida de hacerlo por una intrusiva publicidad telefónica, un hombre solícito arruina la vida a su vecino, un autoestopista descubre la relatividad del juicio moral cuando muere su jerbo, etcétera.
 
El cuaderno perdido está lleno de grandes historias como éstas, verdaderas obras maestras de la narrativa breve que se encuentran esparcidas a lo largo del libro poniendo de manifiesto una vinculación tan estrecha entre las personas en esta fase del capitalismo que hace dificultoso, si no imposible, pensar en ellas (es decir, en nosotros) como individuos; claro que esas historias están sometidas a reglas específicas que el autor nunca explicita. Como todo gran libro, este de Evan Dara incluye las instrucciones para ser leído, sus reglas (un adelanto de las cuales puede encontrarse en el magnífico prólogo de Stephen J. Burn a esta edición), y el lector se perderá algo importante si decide que esas reglas son incomprensibles o poco claras.
 
 
Evan Dara
El cuaderno perdido
Trad. José Luis Amores
Pról. Stephen J. Burn
Málaga: Pálido Fuego, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia-El País, 22 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 13/10/2015 a las 11:45]

[Etiquetas: Evan Dara, Novela, Pálido Fuego]

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Un 'cuerpo extraño' / "No aceptes caramelos de extraños" de Andrea Jeftanovic

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Una niña que ahoga en la bañera, por celos, a su hermana; unos padres a los que se les informa que su hijo ha tenido un accidente; un matrimonio que accede por vías remotas al sexo; dos vecinos que se masturban uno frente al otro en la ventana hasta que un día algo cae entre ellos; una mujer que busca a su hijo o hija perdido en las calles de Santiago; una mujer que saca a su padre del hospital para que vaya a morir al valle del Elqui. Los personajes de No aceptes caramelos de extraños viven allí donde confluyen lo público y lo privado, la realidad y la sordidez, el deseo y su anulación, la promesa romántica de una disolución en el otro y el aprendizaje de que en esa disolución hay siempre un asesinato.
 
Andrea Jeftanovic, su autora, nació en Santiago de Chile en 1970, estudió sociología en la Universidad Católica de esa ciudad e hizo un doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad de California en Berkeley; también asistió durante tres años al taller de escritura de Diamela Eltit. Antes de eso, y a los tres años de edad, presenció el bombardeo a la residencia del entonces presidente Salvador Allende, que es (según afirmó en una entrevista) el primer recuerdo que posee; de ese recuerdo, y de sus implicaciones en una reflexión acerca de la confluencia entre los hechos trágicos y una subjetividad infantil que no puede comprenderlos pero los registra, se deriva toda su producción literaria, también Escenario de guerra, su primera novela.
 
Escenario de guerra es el relato de las dificultades económicas de una familia, sus continuas mudanzas, las peleas entre y la posterior separación de una madre enferma y un padre traumatizado por los eventos de la Segunda Guerra Mundial (de los que huyó a Chile); también es la narración de una huída, el descubrimiento del sexo, la muerte del amado, la Guerra de los Balcanes y un viaje al origen; la novela inaugura el archivo de voces femeninas que constituye la obra de Jeftanovic y una concepción de la vida familiar como teatro y de sus protagonistas como simuladores que también aparece en los cuentos de Monólogos en fuga (2006) y en la novela Geografía de la lengua, la historia de la relación entre Sara y Álex cuyo trasfondo son los atentados de Nueva York, Madrid, Osetia del Norte y Londres.
 
En Geografía de la lengua (pero también en todos los otros libros de Andrea Jeftanovic) la pareja es un lugar de conflicto, un espacio de repliegue y de expansión cuyas consecuencias siempre son inesperadas para sus protagonistas. Qué se pierde y qué se gana en la pareja es la pregunta que preside la novela pero también "Árbol genealógico", un cuento de No aceptes caramelos de extraños cuyo argumento (un padre y una hija se marchan a un bosque para fundar mediante el incesto una Humanidad nueva) llevó a que fuese censurado en Alemania y Estados Unidos.
 
"Árbol genealógico" no es una apología del incesto, sin embargo: es una reescritura del relato bíblico acerca del origen y una reflexión sobre la identidad, el amor y el cuerpo. Esa reflexión está en el centro de la obra de Jeftanovic cuyo término clave es el de "cuerpo extraño", que es la definición del cáncer de Álex en Geografía de la lengua pero también de la posición de la autora en una literatura chilena que, por una razón u otra, vive un momento particularmente interesante. (En no menor medida gracias a la contribución de una nueva y muy talentosa generación de autoras: Nona Fernández, Lina Meruane, Cynthia Rimsky, Alia Trabucco Zerán, Paula Ilabaca, Andrea Jeftanovic.)
 
 
Andrea Jeftanovic
No aceptes caramelos de extraños
Barcelona: Comba, 2015
 
Escenario de guerra
Alcalá de Henares: Baladí, 2010
 
Geografía de la lengua
Santiago de Chile: Uqbar, 2007

[Publicado el 06/10/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Andrea Jeftanovic, Cuento, Novela, Comba]

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Como un pálido mártir en su camisa de llamas / Mao Tsé-Tung

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Mao Tsé-Tung, de espaldas al mundo / Crédito de la imagen, G.E.W. /

1
 
La habitación olía a desinfectante y a comida para animales y había unas doce o catorce jaulas en ella, no todas ocupadas; en una, un gato que parecía envuelto en una camisa en llamas y se encogía sobre sí mismo procurando no ser visto, con la expectativa de que no abrieran su jaula, no lo sacaran de ella con esfuerzo, no lo pusieran en brazos de los visitantes. Al cogerlo, su cabeza colgaba de su cuello como si lo hubiese abandonado la vida o lo que sucediese con él le pareciera irrelevante. Nos dijeron que estaba enfermo, que no sabían cuánto más viviría, pero que, desde luego, no sería mucho; nos dijeron que tenerlo sería una lucha constante contra una naturaleza incomprensible y contra una enfermedad para la que no existe cura; nos aseguraron que no tenía chance alguna, y nosotros dijimos "Es éste", y lo llevamos a casa.
 
 
2
 
No parece mucho lo que se puede decir acerca de un gato, y posiblemente todo lo que había para decir haya sido dicho ya por autores como Charles Baudelaire, Colette, Émile Zola, Robert Walser, Ernest Hemingway, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Rudyard Kipling. En una historia de este último titulada "The Cat that Walked by Himself", el gato se cuela en la primera vivienda a raíz de un error de su propietaria sin hacer los votos de lealtad y sumisión que hacen los otros animales domésticos; la suya es una situación intermedia, entre el bosque del que proviene y la casa, entre la sumisión y la independencia, pero el gato no carece de resolución: es la resolución misma, disfrazada de arrogante displicencia. En otra historia, de Kurt Tucholsky, el narrador conoce en los Campos Elíseos a una gata que resulta ser su compatriota y narra su vida en París con gracia y acento berlineses. Sin embargo, la mayor parte de las historias de gatos tiene como tema la ruptura amorosa: el extraordinario cuento de la (por lo demás) relativamente mediocre escritora francesa Colette titulado "Saha" cuenta la de una pareja, que se produce cuando él descubre al regresar a su apartamento que la gata ha caído del balcón, o más bien, que ha sido arrojada por ella (por celos, por aburrimiento, porque la gata encarna algo que es importante para él pero no para la joven), lo que la lleva a abandonarla. (Colette volvió a contar la historia en su novela La gata, pero lo esencial de ella está en "Saha".) En el cuento de Eugen Roth "Die Katze" [El gato], la imposibilidad de ayudar a un gato enfermo hallado en un camino rural y la rapidez con la que el narrador de la historia y su novia olvidan el asunto (que el narrador imagina como una "prueba de Dios" que no han superado) introduce en su relación un elemento de desconfianza mutua que conduce a la ruptura de la relación. En el cuento de Hemingway "Cat in the Rain", el deseo de una joven turista estadounidense de rescatar a un gato bajo la lluvia no es resultado realmente de la piedad sino del aburrimiento y de la falta de perspectivas de su relación.
 
 
3
 
Quizás la razón por la que los gatos son presentados en estos cuentos como un elemento disruptivo en relaciones aparentemente armónicas es porque, más que ningún otro animal doméstico, representan la irrupción de la naturaleza en un ámbito creado explícitamente para tener a esa naturaleza alejada. En los gatos, más que en los perros (y más incluso que en aquellos que en los últimos años se han convertido en animales de compañía, como las iguanas, las chinchillas y los cerdos), la naturaleza salvaje parece estar a flor de piel, dispuesta a desbocarse ante la primera oportunidad y por causas nunca del todo muy claras para quienes vivimos con ellos: un pájaro en el alféizar de la ventana, una bola de papel, una visita inmotivada, una sombra, despiertan en el gato un frenesí que carece de explicación, que es salvaje; y ya se sabe que las relaciones amorosas han sido concebidas de espaldas a la naturaleza y tienen en ésta a su rival más importante. El perro es sentimental ("un alma simple" lo llama T.S. Eliot en uno de sus poemas); el gato es pragmático; el perro es un ser humano en un mundo ideal (es decir, en un mundo en el que el humanismo no fuese lo que es en realidad: la legitimación filosófica de una naturaleza humana que tiende al engaño y al crimen); el gato, en contrapartida, es el ser humano de la naturaleza: patea a un perro y volverá siempre; patea a un gato y se vengará apenas pueda hacerlo, como todos nosotros.
 
 
4
 
Mao Tsé-Tung, por el contrario, llegó a nuestra casa como una especie de pegamento entre mi esposa y yo, como una forma de estrechar nuestra relación, y también como un experimento. Acerca de lo segundo, es poco lo que se puede decir, excepto que parece evidente que el experimento ha arrojado resultados negativos y que mi capacidad para cuidar de otros es limitada o nula (lo que, supongo, es una pésima noticia de cara a la paternidad, que es el fondo sobre el que se recorta la experiencia con el gato). En cuanto a lo primero, y siendo la razón de una preocupación común, el gato nos ha unido de maneras nuevas y con la misma intensidad con la que vive Mao y con la que vivimos mi esposa y yo desde hace años. Una manifestación, si acaso banal, del modo en que el gato nos ha unido: mi esposa y yo solemos encontrarnos bajo las sábanas cada noche, procurando ocultarnos cada vez que Mao decide que ha llegado la hora de despertarnos, de darle de comer, de entretenerlo; o cuando decide correr por toda la casa, tirándolo todo, y nosotros nos acurrucamos uno junto al otro unidos por el temor y el deslumbramiento ante esa fuerza carente de control moral que es Mao.
 
 
5
 
Una nota al pie de la historia de la miseria política de nuestros días en España: cuando alguien nos pregunta cómo se llama nuestro gato y le respondemos "Mao", nos pregunta si es "por la cerveza".
 
 
6
 
Mao Tsé-Tung no debe su nombre al de cierta cerveza, sino al hecho de que es amarillo y rojo, como El Gran Timonel (si has visto "Inside Llewyn Davis" y recuerdas al gato o a los dos gatos que aparecen en ella, ya sabes a qué me refiero); esto, posiblemente, sea considerado por muchos una trivialización de la figura del líder chino o, dependiendo de las tendencias de quien se sienta interpelado por ello, del régimen de terror que instauró. En el primer poema de su muy bello El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, T.S. Eliot afirma que "ponerle nombre a un gato es harto complicado" y que estos deben tener tres nombres: "el que le damos a diario", "uno más especial, / que sea peculiar, algo más digno. / ¿Cómo, si no, va a alzar su rabo vertical / o atusar sus bigotes y mantenerse altivo?" y otro "que sólo el gato sabe y no confesará" (la traducción es de Regla Ortiz Mogollón). Además del primero (del que prefiero no decir nada aquí, ya que es relativamente indigno) y de Mao Tsé-Tung, que es su segundo nombre, Mao parece tener un tercero, del que no sabemos nada y que sólo utiliza cuando alguno de los gatos del barrio lo observa desde los tejados, al otro lado de la ventana, en una muestra de interés y de desafío. De hecho, no sabemos nada acerca de Mao Tsé-Tung, a excepción de que fue recogido en un descampado al sur de la ciudad (en Valdemingómez, Usera o Villaverde, no lo recuerdo), lo que lo convierte en un caso social, uno más de los muchos desatendidos por las autoridades.
 
 
7
 
De Mao Tsé-Tung sabemos también que, cuando llegó a nuestra casa, tenía las almohadillas de las patas quemadas y que sólo se le regeneraron después de un largo tiempo; también, que tiene que haber tenido una existencia previa (posiblemente) como gato de piso, ya que se ha desenvuelto perfectamente en el nuestro desde que llegó a él; también, que posiblemente sea más viejo de lo que parece o de lo que creemos. Sabemos una cosa más: tiene un virus de inmunodeficiencia felino, una especie de sida de gatos que carece de cura y que en su caso (y al menos de momento) hace que tenga la garganta permanentemente infectada; cuando bosteza, y lo hace a menudo debido a la escasa espectacularidad de mis actividades (leer y escribir, principalmente, que para él constituyen un enigma poco atractivo), su garganta es un agujero rojo de dolor. Al parecer, sus defensas son insuficientes para combatir la placa bacteriana que producen sus dientes, con lo que la única solución que se presenta a los veterinarios consiste en quitarle las piezas dentales para que no haya placa bacteriana. A esta altura, Mao ha perdido ya todas sus muelas, así como todos los dientes a excepción de los colmillos y los pequeños dientes delanteros, en operaciones costosas desde el punto de vista económico y emocional que nos dejaron devastados, al gato y a nosotros. Ante el hecho de que la infección no ha remitido, mi esposa y yo hemos decidido no someterlo a ninguna extracción más, cosa que parece ser del agrado de Mao. Una amiga, sin embargo, lo llama "el desdentadito".
 
 
8
 
Veamos un ejemplo reciente de la actividad literaria de Mao: "´ç.ljdtrsazeeeeeeeeeeeeeeee". Acaba de escribirlo al echarse sobre el teclado, de modo que quizás requiera que vuelva sobre el texto en algún momento antes de su publicación. Cuando tienes un gato, la escritura se convierte en aquello que haces allí donde éste no está echado: en la zona del teclado que no ha ocupado aún, en el margen del papel que no ha convertido todavía en su asiento. "Sombra de una sombra azulada sobre el papel azul" llamó Colette a alguno de sus gatos, ya que tuvo decenas de ellos a lo largo de su vida; y la historia literaria recuerda los nombres de Spider, el gato de Patricia Highsmith, Bébert, el de Louis-Ferdinand Céline, Beppo, el de Jorge Luis Borges ("El gato blanco y célibe se mira / en la lúcida luna del espejo / y no puede saber que esa blancura / y esos ojos de oro, que no ha visto / nunca en la casa, son su propia imagen. / ¿Quién le dirá que el otro que lo observa / es apenas un sueño del espejo?"), Taki, la gata de Raymond Chandler, Catarina, la gata de Edgar Allan Poe a la que éste solía escribirle largas caras cuando se encontraba de viaje, y Williemina, la de Charles Dickens, que había aprendido a apagar las velas con una pata para que su amo se fuese a la cama. ¿Mi historia favorita de gatos? Aquí va: ya viejo, Richard Matheson puso en peligro su vida al internarse en su casa en llamas para salvar a su gato (y sólo un escritor puede comprender la importancia de ese gesto: no entró a salvar sus manuscritos, sus libros o sus fetiches; entró a salvar a su gato.
 
 
9
 
Naturalmente, mi esposa y yo sabíamos de su enfermedad al adoptar a Mao; no éramos conscientes, sin embargo, del tipo de implicación emocional que íbamos a desarrollar en torno a ella. La vida de Mao está supeditada a unos cambios abruptos de humor que se vinculan, estrechamente, con el volumen de dolor que siente: a veces se encuentra bien, pero en ocasiones está mal y casi no puede comer. En esas épocas, suele pasar decenas de horas en la cama o en alguno de los sitios de la casa que le parecen relativamente seguros, como los bajos del sofá; su vida quizás no sea muy feliz, pero tampoco lo es la nuestra, y a pesar de ello es una vida, a la que él y nosotros nos aferramos. Mao es indiferente a sus dueños durante buena parte del día (a menudo esta indiferencia es preferible al interés, porque ese interés se expresa en rasguños en los brazos, en las piernas, incluso en la frente de sus dueños) y tiene terror a los extraños, a los que supongo que culpa por el período que pasó en la calle: durante años, el crepitar de una bolsa plástica lo hacía huir, y tardó mucho tiempo en comprender que no teníamos intenciones de meterlo en una. Al igual que del resto de su historia, no sabemos nada del tipo de experiencias que tuvo durante el período que estuvo en la calle, ni cuánto duró ese período; tampoco quiénes fueron sus dueños anteriores. Quizás fuese conveniente saberlo, pero, ante la imposibilidad de hacerlo, Mao se refuerza ante nuestros ojos como lo que todo gato es: un misterio, a caballo entre la sumisión y la independencia, entre la naturaleza salvaje y una vida civilizada precaria y contingente, entre un pasado terrible y un presente francamente mejorable, y en ese sentido es como el resto de nosotros.
 
 
10
 
Mao Tsé-Tung debe más en su carácter a La gatomaquia de Lope de Vega ("Así los gatos iban alterados / por corredores, puertas y terrados, / con trágicos maúllos, / no dando, como tórtolas, arrullos"), al gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll y al gato Fellini del argentino Liniers que a Tom, a Silvestre o a Garfield; al Krazy Kat de George Herriman y al Félix de Pat Sullivan que al Fritz de Robert Crumb o a Los aristogatos de Walt Disney. No hay nada dulce en relación a Mao Tsé-Tung, ya que su vida es enfermedad y dolor y un refugio para la tormenta que quizás haya llegado demasiado tarde, como sucede siempre. No sabemos cuánto tiempo más vivirá, pero sabemos que lo hará sin plan, sin utilidad, sin obligaciones; libre para ser cómicamente serio y también para vivir su enfermedad. En su existencia, prolongada o breve, hay una enseñanza, y creo que fue Robert Gernhardt quien afirmó que "Aprender del gato es aprender a vencer"; claro que el nuestro tiene la batalla perdida de antemano, pero en eso tampoco se diferencia del resto de nosotros. A Mao Tsé-Tung le gusta afilarse las uñas en el sofá, ver cómo le arrojas una pelota de goma (nunca va a buscarla, por supuesto), dormir en nuestra cama (a diferencia de la mayor parte de los gatos, no lo hace hecho un ovillo sino extendido, con ambos brazos estirados haciendo lo que llamamos "un Superman"; si sólo estira un brazo, hace "el medio Superman"), amasar una manta marrón que ya consideramos de su propiedad, vomitar, meterse dentro de la maleta cuando estamos a punto de salir de viaje, echarse sobre la ropa negra, comer pavo braseado, babear sobre nosotros cuando estamos durmiendo, meterse en los armarios, escuchar ciertos discos (parece evidente que sus dificultades para alimentarse se reducen si se lo expone a la escucha ininterrumpida de la versión de Frank Zappa de "Stairway to heaven"). A mí me gusta verlo hacer todas esas cosas, asomarme al misterio de una existencia sin concesiones, saludar en él, con Kurt Tucholsky, "a todo lo que es bello y misterioso, innecesario y móvil, insondable y solitario y siempre apartado de nosotros: al gato y al juego y al agua y a las mujeres".
 
 
[Publicado originalmente en El Estado Mental. Madrid, 14 de junio de 2015.]

[Publicado el 02/10/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

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"Mi familia, mi tribu, mi estirpe" / "Milagro en Haití" de Rafael Gumucio

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No muchos países a excepción de Haití concluyen sus carnavales con golpes de Estado; tampoco son muchos los países en los que los muertos caminan por sus calles de un modo u otro, y en casi ningún otro país del orbe está una operación de belleza más fuera de lugar que en el castigado país caribeño. A pesar de ello, es allí donde Carmen Prado, la protagonista de Milagro en Haití, decide operarse: todo lo que sucede después es producto de esa decisión, pero también del río caudaloso de la memoria y el arrepentimiento en el que una y otra vez, durante su delirio, se ahoga.
 
Carmen Prado es una mujer que ha vivido mucho; también es una mujer que no sabe o no puede callar, por lo que no es realmente correcto hablar de ella como la protagonista del nuevo libro de Rafael Gumucio: más que protagonista, Carmen Prado es una voz, que insulta, enjuicia, delira y ordena mientras su propietaria agoniza en una clínica de la ciudad de Puerto Príncipe en compañía de un niño con una ametralladora, una cocinera negra y enorme, un puñado de adolescentes perdidos en las pesadillas de la política haitiana.
 
Aparentemente, Rafael Gumucio ha recorrido una larga distancia desde su último libro, Mi abuela, Marta Rivas González (2013), en el que el escenario era mayoritariamente Chile y la historia, familiar. A pesar de ello, y aunque Carmen Prado afirma "soy de todos los países, de ninguna parte también" (37), Milagro en Haití continúa el proyecto literario de su autor, consistente en narrar la crónica delirante y negra de su clase social; es decir, de quienes han detentado el poder en Chile desde la creación del estrecho país sudamericano, y que el narrador denomina "Mi familia, mi tribu, mi estirpe [...] esa gente que miente tan bien que llega a decir la verdad" (106).
 
Carmen Prado se enfrenta a su cocinera haitiana y la veja desde la pretendida superioridad de su clase y de su origen; el enfrentamiento no es sólo retórico y no es únicamente entre dos clases sociales antagónicas sino entre dos modos de comprender la existencia: hasta el milagro que protagoniza (uno de los mejores finales de la literatura en español de los últimos años), Carmen Prado es la mujer que no da nada, a excepción de la vida, una "abeja reina atrapada en el centro del panal, condenada a parir y seguir pariendo larvas" (201). Esas larvas son (por supuesto) las que escriben la historia y gobiernan los países, y escuchar la voz delirante, contradictoria e incorrecta pero siempre sincera de Carmen Prado es presenciar ese sueño que según Stephen Dedalus es la historia y del que ni él ni nadie puede despertarse; también, es ser partícipes del mejor libro hasta el momento de su autor, posiblemente el escritor sudamericano más en forma del momento.
 
 
Rafael Gumucio *
Milagro en Haití
Santiago de Chile: Literatura Random House, 2015
 
 
* Rafael Gumucio conversará con Andrea Jeftanovic y el autor el jueves 1 de octubre en la madrileña Casa de América (Ronda de Cibeles, 1) como parte del 'Encuentro de Narrativa Chilena Contemporánea'. Más información, aquí.

[Publicado el 30/9/2015 a las 12:03]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Novela, Literatura Random House]

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¿Por qué Harper Lee nos inquieta? / Nosotros caminamos en sueños 32

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Harper Lee y George W. Bush, Jr. / Crédito de la imagen, de su autor.

Nos gusta pensar en los escritores como individuos geniales y solitarios que poseen un control absoluto sobre su obra, pero la realidad es que todo libro es el resultado de la interacción entre decenas de personas con intereses distintos y a menudo contradictorios. Piénsese, en ese sentido, en el caso de Ve y pon un centinela, la novela de Harper Lee recientemente "descubierta" entre los papeles de la anciana autora: su publicación parece tan acertada desde el punto de vista comercial como calamitosa desde el literario, ya que pone de manifiesto que la obra a la que dio origen, Matar a un ruiseñor, le debe tanto a su autora como a su editor y a la tarea que éste hizo.
 
Nuestra inquietud por la de Lee y otras historias similares de una intervención editorial decisiva en la obra de un autor no sólo proviene de la pregunta de si un libro u otro nos hubiese gustado más si su editor hubiese intervenido en él o, en el caso contrario (el de la intervención), si lo hubiese hecho. Además de por su naturaleza a menudo escandalosa, lo que nos incomoda de estas historias es que nos recuerdan que todo libro es un producto social y que (contra lo que nos gusta pensar) el autor carece de control sobre su obra.
 
¿Por qué un escritor publica? Porque en la interacción que tiene lugar en el proceso de edición de un libro éste multiplica sus significados, adquiere nuevos sentidos y pasa de ser una fantasía individual a ser un sueño colectivo, soñado por personas desconocidas en sitios completamente ignorados por el autor. A esa multiplicación es a lo que llamamos literatura, no al producto de una soledad que es, al mismo tiempo, la bendición y la condena de la actividad literaria.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección quincenal en El País Semanal. 1 de septiembre de 2015.]

[Publicado el 28/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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Carta de amor a una ciudad / "Cuando Kafka hacía furor (Memorias del Greenwich Village)" de Anatole Broyard

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Anatole Broyard murió a los setenta años de edad en 1990. Lo hizo dejando dos libros inéditos, Ebrio de enfermedad (publicado por La Uña Rota en 2013) y estas "memorias del Greenwich Village" que abandonó cuando se le diagnosticó el cáncer de próstata que acabó con su vida. Según su viuda, "tenía intención de hablar de la muerte de su padre en la última parte". Autor casi secreto y crítico muy influyente, si acaso algo eclipsado por los grandísimos nombres de la literatura estadounidense de su tiempo, Broyard nunca llegó a escribir ese capítulo.
 
Lo que narró en Cuando Kafka hacía furor es, en cambio, su introducción en los círculos intelectuales del Greenwich Village neoyorquino después de su regreso de la Segunda Guerra Mundial, su relación amorosa con la pintora Sheri Martinelli ("Donatti" en el libro), sus esfuerzos por convertirse en librero, su aprendizaje del sexo, la literatura, la soledad y la traición y sus encuentros con sus contemporáneos. Que Broyard sólo podía ser eclipsado por estos resulta evidente cuando se enumera los que conoció personalmente en 1946: W.H. Auden ("parecía un hombre que huyese de un edificio en llamas"), Erich Fromm ("era bajito y rechoncho; tenía la cara ancha, y a mí me recordaba a una gallina empollando sus huevos"), Anaïs Nin ("se pintaba los labios con suma precisión y llevaba las cejas depiladas y dibujadas, con lo que daba la impresión de haber escrito su propio rostro"), el historiador del arte Meyer Schapiro, Delmore Schwartz, Dylan Thomas ("ya no era el querubín guapo, [...] sino un hombre hinchado por el alcohol y quizá por la pena, o por la poesía. Parecía como un juguete inflable al que hubiesen inflado más de la cuenta").
 
Broyard tenía un talento extraordinario para las descripciones. En Cuando Kafka hacía furor estas brillan, como resultado de la gran capacidad de introspección del autor. Al final de la lectura, sin embargo, tan sólo queda en el lector la emoción con la que habla de los libros ("nuestro clima, nuestro entorno, nuestra ropa"), su evocación del sexo en 1947 como incomodidad y misterio y la sensación de que ha leído una carta de amor a una ciudad y a un tiempo ("era como París en los años veinte, con la diferencia de que estábamos en nuestra ciudad [...] y compartíamos la aventura de intentar ser escritores o pintores, de empezar a serlo") que no son los nuestros. Quizás el problema (además de lo sorprendentemente descuidada de esta edición) sea que no hay nada menos interesante que una carta de amor que no hemos escrito y de la que no somos los destinatarios.
 
 
Anatole Broyard
Cuando Kafka hacía furor (Memorias del Greenwich Village)
Trad. Catalina Martínez Muñoz
Segovia: La Uña Rota, 2015
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País. Madrid, 24 de agosto de 2015.] 

[Publicado el 25/9/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Anatole Broyard, Testimonio, La Uña Rota]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Giorgia Fanelli

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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