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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 2 de agosto de 2015

 Blog de Patricio Pron

Una nación de adorables embaucadores / "El monstruo de Hawkline" de Richard Brautigan

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Richard Brautigan publicó El monstruo de Hawkline (que sus editores denominan "un western gótico") en 1974; algunos meses después vio la luz oficialmente The Basement Tapes, las grabaciones que Bob Dylan y los integrantes de The Band habían realizado entre junio y octubre de 1967 y circulaban en ediciones piratas desde hacía años.
 
Al igual que en The Basement Tapes, la narrativa de El monstruo de Hawkline es una mezcla de laconismo y verborragia de vendedor ambulante de biblias; como en el disco de Dylan, también (o, por el caso, como en las canciones de Tom Waits), el libro de Brautigan está poblado de elementos excéntricos: agentes de la ley con una idea por lo menos singular de las obligaciones de su cargo, vendedores de caballos con pata de madera, una cocinera a la que llaman "Ma", un científico que lleva a cabo incomprensibles experimentos en un sótano helado, caminos que serpentean "como la letra de un agonizante" (60), muertos "tan muertos que necesitas dos tumbas para enterrarlos" (31), pueblos que sólo tienen "tres bares, un café, una tienda grande, una herrería y una iglesia" (44), etcétera.
 
Greer y Cameron (los personajes del libro) suelen matar gente por dinero, pero tienen buen corazón; cuando una india llamada Niña Mágica los contrata para cumplir un encargo en la localidad de Billy, en Oregón, ninguno de los dos es consciente de que este encargo supondrá tener que hacer frente a la transformación de Niña Mágica en la señorita Hawkline (es decir, en una de ellas), a la muerte y reducción del mayordomo, a un monstruo que se compone de luz y de una sombra existencialista y a un paternal paragüero con forma de pata de elefante, invenciones no necesariamente propias de una novela convencional que aspirase a la verosimilitud (Richard Brautigan jamás escribió una así, por fortuna para sus lectores) sino de las narraciones orales que están en el origen de The Basement Tapes y en lo que el importante crítico cultural Greil Marcus denominó "the old, weird America" [los viejos, excéntricos Estados Unidos], el repositorio de proyectos descabellados, relatos orales, canciones anónimas y oscuras y personajes míticos que constituye la fuente de la que bebe lo mejor del arte producido en Norteamérica desde sus orígenes.
 
El monstruo de Hawkline pertenece a ese arte por derecho propio: en algún sentido, lo que este libro de Brautigan viene a decir es que la "autenticidad" perseguida por su generación durante la década de 1960 en los Estados Unidos sólo podía llevar a la decepción colectiva porque los Estados Unidos eran el resultado de un chiste y de una mentira magníficos, una nación de adorables embaucadores. Uno sólo puede temblar al imaginarse qué podría haber sucedido con este material en manos de un autor "serio" (un argentino, por ejemplo); en las de Brautigan se ha convertido en una novela muy divertida, traducida en esta ocasión, con su solvencia habitual, por Damià Alou.
 
 
Richard Brautigan
El monstruo de Hawkline. Un western gótico
Trad. Damià Alou
Barcelona: Blackie Books, 2014

[Publicado el 27/1/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Richard Brautigan, Blackie Books, Novela]

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El colaboracionismo explicado a los niños / "Sigmaringen" de Pierre Assouline

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No es necesario tener conocimientos previos acerca del régimen colaboracionista de Vichy ni sobre sus estertores en suelo alemán para leer Sigmaringen, la nueva novela del periodista y ensayista francés Pierre Assouline (Casablanca, 1953): todo lo que se necesita saber acerca de él y de sus principales actores (el mariscal Pétain, el presidente Laval, etcétera) es narrado aquí por Julius Stein, mayordomo del castillo de Sigmaringen a quien los legítimos propietarios del inmueble, los príncipes de Hohenzollern, dejan a cargo de su administración y de la atención a los huéspedes franceses cuando el castillo es expropiado por orden de Joachim von Ribbentrop; en los escasos meses en los que debe servir a los franceses, Stein es testigo del hundimiento de los ánimos y de las rencillas no sólo entre los colaboracionistas principales sino también entre los refugiados franceses que han llegado a Sigmaringen con la esperanza de escapar de la guerra y de la venganza de sus ganadores, y también es testigo de un juego de espionaje y contraespionaje que quizás no comprende del todo pero en el que se ve envuelto.
 
Julius Stein (es decir, Pierre Assouline) narra todo esto con una cierta pomposidad que, aunque irritante para el lector, es consecuente con las características psicológicas del personaje, un mayordomo "de la vieja escuela". Más irritante, por previsible, es su condición de héroe subterráneo de la Resistencia alemana, así como su "secreto", que el lector descubre mucho antes de que le sea revelado por el autor y debido al trazo grueso con el que éste ofrece los indicios para ese descubrimiento.
 
Aún más irritante, sin embargo, es el carácter didáctico de lo narrado aquí, que contrarresta cualquier posibilidad de que este libro pueda ser disfrutado como una ficción: absolutamente todo aquí, incluyendo la presencia de Louis-Ferdinand Céline en Sigmaringen, es "explicado" al lector, y en ocasiones no de forma muy convincente. Assouline es un buen periodista literario (de lo que ya ha dado muestras en el pasado con biografías como Simenon: Maigret encuentra a su autor [Espasa, 1994], Hergé [Destino, 1998] y Gaston Gallimard: medio siglo de edición en Francia [Península, 2003]), pero parece carecer de la habilidad para integrar su información (la bibliografía mencionada en los agradecimientos de este libro da cuenta de una investigación concienzuda) a una narrativa que funcione efectivamente como libro de ficción. Puesto que no lo hace, Sigmaringen acaba pareciendo uno de uno de esos dramas televisivos "basados en hechos reales", una versión manipulada y esencialmente falsa de unos hechos complejos que son resumidos a su mínima expresión para la comprensión de un público general, niños incluidos. (Lo mismo puede decirse, por cierto, de la sobrevalorada Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre [Salamandra, 2014] y su hábil simulacro de "gran estilo" que contribuye a la refutación de las teorías de Pascale Casanova y pone de manifiesto, una vez más, la relajación del juicio crítico en Francia.)
 
Por lo demás, y si bien no es necesario que el lector tenga conocimientos previos acerca del régimen colaboracionista de Vichy para leer Sigmaringen, sí es preciso que sea capaz de leer este libro al margen de las numerosísimas erratas, los errores de concordancia, omisiones de palabras, decisiones discutibles ("stalag" sin cursivas, por ejemplo) y otros defectos de la edición. Muy posiblemente una edición correctamente realizada no hubiera mejorado el libro, pero sí hubiese evitado que su lectura hasta la última página fuese una prueba de fuerza para el lector.
 
(Para una valoración diferente del libro de Pierre Assouline puede leerse esta reseña de Francesc Bon, por ejemplo.) 
 
 
Pierre Assouline
Sigmaringen
Trad. Manuel Serrat Crespo
Barcelona: Navona, 2014

[Publicado el 22/1/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Pierre Assouline, Novela, Navona, Pierre Lemaitre]

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Irónicamente enigmático / "Evocación de Matthias Stimmberg" de Alain-Paul Mallard

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Evocación de Matthias Stimmberg fue publicado en 1995 en Ciudad de México, en 2007 en Buenos Aires y ahora en Santiago de Chile; que este libro del mexicano Alain-Paul Mallard (1970) haya experimentado una existencia de casi veinte años en un momento en el cual los libros tienden a desaparecer poco después de haber sido publicados pone de manifiesto el carácter de obra de culto que Evocación de Matthias Stimmberg posee entre los lectores interesados en la literatura en español, entre los cuales funciona desde hace dos décadas como una especie de contraseña de ingreso. Evocación de Matthias Stimmberg debe ese carácter a la naturaleza esquiva de su autor (quien sólo ha publicado cuatro libros y un puñado de filmes en francés, estudió en México, Canadá y Francia y no suele caer bajo el radar de los suplementos literarios) así como a la excentricidad de la obra: las historias breves a manera de apólogos o pequeñas semblanzas reunidas en este libro parecen pertenecer precisamente al tipo de textos que "no" está siendo escrito en México en estos momentos (un equivalente más familiar para el lector serían ciertos libros de Gonçalo M. Tavares, por ejemplo, que adhieren de igual modo, paradójico, a la tradición portuguesa). Evocación de Matthias Stimmberg es un libro singular, deliberadamente carente de una voz propia y reacio a agotar sus posibilidades de significación. ¿Qué "dice" Evocación de Matthias Stimmberg? A pesar de su aparente transparencia es difícil determinarlo, y esto lo hace particularmente atractivo. Aunque autores como Franz Kafka y Juan José Arreola parecen ser sus figuras tutelares (también Jorge Luis Borges, en cuya tradición, según el crítico chileno Rodrigo Pinto, estos textos "se inscriben" al tiempo que "subvierten", 11), es el carácter irónicamente enigmático de los textos breves de Robert Walser, el escritor esquivo por excelencia, el que mejor da cuenta de su tono y de los efectos que produce este libro en su lector.
 
 
Alain-Paul Mallard
Evocación de Matthias Stimmberg, seguida de "Seis notas en torno a la obsesión y la escritura"
Pról. Rodrigo Pinto
Santiago de Chile: Editorial Cuneta, 2014

[Publicado el 20/1/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Alain-Paul Mallard, Editorial Cuneta, Cuento]

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Las posibilidades infinitas del autoengaño / "Los políglotas" de William Gerhardie

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"No puedo evitarlo. Soy así: tengo mucha imaginación" (39). La frase no define tanto a quien la ha pronunciado, el fatuo pero bien intencionado Georges Diabologh, como a aquello que éste cree de sí mismo. Es 1918 y Diabologh está enamorado de su prima Sylvia (o eso piensa), Europa sale dificultosamente de la que, a la postre, sólo sería la "primera" guerra mundial y Rusia se precipita en una guerra civil cuyos bandos no están realmente claros nunca; y todo confluye en el este de Rusia, donde Diabologh obtiene un puesto nebuloso de agregado militar y censor del ejército británico para estar cerca de su prima, lo cual sería fantástico de no ser por el hecho de que esto significa estar también en las proximidades y bajo la influencia de su hipocondríaca tía Teresa y de su tío Emmanuel, que alguna vez fue un príncipe belga y ahora es (digámoslo así) un golfo ("[...] al ver por primera vez a su yerno Emmanuel, pensó que no era ‘gran cosa', Al verlo por segunda y última vez, no halló motivo para cambiar de opinión", 23), así como de otros personajes que, como las víctimas de un naufragio que no es otro que el de Europa, empiezan a poblar la casa en la que se refugian: el aterrorizado capitán Negodyaev, a cuya mujer Diabologh no puede mirarle a la cara ("Digo ‘cara' sólo por ser cortés", se excusa, 135); una de sus hijas, la pequeña y adorable Masha, que todas las noches pide a Dios que tenga "piedad de nuestra pobre Rusia" (135); un tío que lo ha perdido todo a manos de los bolcheviques y robará la ropa interior de la tía Teresa para vestirla el día de su muerte; el enamoradizo general "blanco" Pshemovich-Pshevitski, al que todos llaman "Pshe-Pshe"; un banquero belga pusilánime a quien la tía Teresa casará con Sylvia para obtener un préstamo; un niño sabio y, por consiguiente, prematuramente envejecido; un cochero "Bartleby" que se niega a abandonar la casa; una rusa que se empeña en demostrar que es virgen; un orate convencido de que la solución a los problemas de Rusia es unificar las iglesias Ortodoxa y Anglicana.
 
Los políglotas es la primera novela del notable William Gerhardie (1895-1977) que se traduce al español; su tema es, en realidad, las posibilidades infinitas del autoengaño: Diabologh, que se cree "un héroe por naturaleza" y alguien imaginativo no es más que un mentiroso; Sylvia es tonta; su madre, la tía Teresa, una manipuladora que no admite la pérdida de una belleza física y de un patrimonio sin los cuales no es nada; el tío Emmanuel, un tonto acomodaticio. Todos ellos encarnan el "viejo sentimentalismo" europeo que precedió y condujo a la Primera Guerra Mundial y que, obligado por las circunstancias "a recurrir a sus reservas de intelecto, descubría que tales reservas no existían y se zambullía valientemente en un océano ruso de incoherencia" (63). Ante ello sólo era posible ejercer el autoengaño, y un simulacro de inteligencia que iban a conducir, inevitablemente, a otra guerra mundial: en Los políglotas, publicada originalmente en 1925, había una advertencia que todos desoyeron, así como aquellos elementos que permiten distinguir, entre tanta literatura de circunstancias, a un gran escritor, diáfano a la vez que irónico y serio sin ser severo ni pesado, y melancólico pero de un humorismo desacomplejado que recuerda al de Nicolai Gógol, Evelyn Waugh, Vladimir Nabokov y Jaroslav Hašek. Qué bueno que ese escritor pueda ser leído ahora por los lectores hispanohablantes.
 
 
William Gerhardie
Los políglotas
Trad. y Pról. Martín Schifino
Madrid: Impedimenta, 2014

[Publicado el 15/1/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: William Gerhardie, Novela, Impedimenta]

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Una especie de rabia mezclada con un cariño infinito / "Mi abuela, Marta Rivas González" de Rafael Gumucio

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1
 
Fue Marta Rivas González quien decidió que su nieto iba a ser escritor, y fue ella la que determinó cuáles no iba a ser: "Kafka no, Joyce ni cagando, Tolstoi no seas loco, Sartre ni a palos. ¿Tú conoces esa parte en La gaviota, la del reflejo de la luna en el vidrio roto? Así hay que escribir, como la luna cuando se refleja", le exigió, y el niño que Rafael Gumucio era escribió como el reflejo de la luna en el vidrio roto hasta que su abuela decidió que carecía de talento para la literatura. "¿Para qué escribir si no vas a ser Proust?", le dijo.
 
Marta Rivas González nació en Santiago de Chile en 1914 y murió allí en 2009, pero pasó buena parte de su vida en el exilio, la primera vez acompañando a su padre, el político Manuel Rivas Vicuña, y en la segunda ocasión junto a su marido, el senador Rafael Gumucio, tras el sangriento golpe de Estado de septiembre de 1973. Quizás sus excentricidades y contradicciones se debieran a una existencia repartida entre Santiago de Chile, París, Constantinopla y Roma, pero también es probable que estuviesen arraigadas en su clase de pertenencia (la "aristocracia chilena"), que siempre consideró cursi y falsa pero a la que nunca quiso abandonar a pesar de sus ideas marxistas. A Marta Rivas González le irritaba la pacatería, pero ella misma podía ser pacata a veces; era partidaria del aborto, del divorcio y la eutanasia pero no llevó a cabo ninguna de las tres cosas. A pesar de haber escrito un libro acerca de la importancia del caso Dreyfus en la obra de Marcel Proust, y de haber convertido a su nieto a la causa de la literatura, consideraba a la escritura una "huevada" (tontería), y algo "latero" (aburrido). "La gente que escribe se vuelve agria. Te caga el carácter escribir tanto" (190), le dijo, promoviendo su vocación literaria sólo para cancelarla con un gesto: "No seas tonto", déjalo ya de una vez.
 
 
2
 
Rafael Gumucio no lo dejó, por supuesto. Nacido en Santiago de Chile en 1970, Gumucio se desempeña habitualmente como periodista (en diarios como El Mercurio, La Tercera, Las Últimas Noticias y El País, así como en The Clinic, revista de la que es cofundador), pero también es escritor y autor de un libro de relatos, Invierno en la torre (1995), tres novelas, Memorias prematuras (1999), Comedia nupcial (2002) y La deuda (2009), al igual que de las crónicas, perfiles y textos de no ficción Monstruos cardinales (2002), Los platos rotos. Historia personal de Chile (2003 y 2013), Páginas coloniales (2006), Contra la belleza (2010) y La situación (2010).
 
Mi abuela, Marta Rivas González (2013) continúa el singular proyecto memorialístico que Gumucio inició cuando, con menos de treinta años de edad, decidió que contaría la historia de su país; es decir, la historia de una "provincia cagona y muerta de miedo" llamada Chile. Era el año 2003, y Los platos rotos se convirtió en un hito en la literatura chilena, entre otras razones, por la contundencia con la que su autor echaba por tierra los mitos nacionales, desde La Araucana de Alonso de Ercilla (que definía como "una especie de Eneida a la española, compuesta en delirantes octavas reales y con el muy militar objetivo de honrar una deserción") hasta la inmolación de Salvador Allende. En Los platos rotos Gumucio narraba la conquista del territorio chileno como una epopeya llevaba a cabo por delincuentes y mujeres atroces; la independencia, como un poema épico sin épica y sin poesía, y la celebrada tradición democrática chilena, como una sucesión de gobiernos liderados por arribistas y oportunistas sin ideología (Manuel Montt, por ejemplo, a quien llamaba "el ilustre inventor de esa mediocridad elevada a la categoría de virtuosismo, de esa brillante ausencia de brillo que retrata al funcionario chileno. Es el modelo que imitan hasta hoy los vendedores de cortadoras de pasto, de seguros de vida y de perritos de porcelana"). A Alexander Selkirk, el personaje que inspiró a Daniel Defoe su Robinson Crusoe, lo elevaba allí a la categoría de mito fundador de una nación de comerciantes obsesionada con el orden (y en la cual "el vino quiere ser francés, el campo andaluz, los empresarios californianos" pero "entre un intento y otro, de pronto se logra algo de autenticidad"), y a Pablo Neruda y a Gabriela Mistral les cambiaba el género: ella era la del "resplandor masculino"; él, el de la "acuosidad femenina".
 
Mi abuela, Marta Rivas González continúa este proyecto de demolición de la historia chilena, pero lo hace de tal manera que las implicaciones de esa demolición conciernan también a su autor y a la profesión que ha escogido. De a ratos testimonio, por momentos carta, a veces diario: Mi abuela, Marta Rivas González narra la historia de una mujer adelantada a su tiempo, una mujer contradictoria, prepotente y manipuladora pero capaz de ser generosa, subyugante y conmovedoramente sincera, una mujer que una vez se acercó a Albert Camus confundiéndolo con un chileno, que fue esposa e hija de dos de los políticos más importantes de la historia chilena del siglo XX pero nunca hizo ningún esfuerzo por permanecer a su sombra, que fue amiga de José Donoso (con quien rompió cuando el autor de El lugar sin límites le pidió que conformaran un "matrimonio de conveniencia"), que perseguía a sus invitados con una aspiradora portátil, que pintó, estudió teatro y acuñó una docena de frases extraordinarias: "La vida del ser humano limita al norte con su cabeza y al sur con sus pies. Lo demás son países vecinos", "Por puro miedo a los rotos [pobres], los caballeros se volvieron rotos", "Pequé mucho, pero ahora no voy a pecar más porque no tengo con quién".
 
 
3
 
Aunque todo ello es fascinante (y Marta Rivas González es uno de esos personajes que sólo se pueden definir como "inolvidables"), Mi abuela, Marta Rivas González no es sólo un libro acerca de la abuela de su autor, sino también sobre un sector minoritario de la clase alta chilena que decidió oponerse activamente a las desigualdades existentes en la "provincia cagona y muerta de miedo" a sabiendas de que esto suponía poner fin a sus privilegios y, de manera más general, al mundo en el que habían crecido y se sentían cómodos. Y también es un libro, no exactamente acerca del pasado familiar, sino acerca de cómo ese pasado nos conforma; acerca de cómo, de alguna manera, ese pasado es puro presente, puesto que somos lo que nos ha hecho. En ese sentido, también, es un libro acerca de Rafael Gumucio, quien compartió con su abuela el exilio parisino y heredó de ella la necesidad de vivir fuera (Madrid, Barcelona, Nueva York) para poder regresar periódicamente a Chile, la vocación literaria (que su abuela tuvo la generosidad de disuadir para que esa vocación se manifestase en el mejor ámbito en el que puede hacerlo, que es el de la disidencia), la imposibilidad de "separar la historia de la geografía" y la tendencia a "comprender la historia como una anécdota de familia". Gumucio también heredó de ella, finalmente, la difícil condición de estar "entre dos mundos", que su abuela ejemplificaba con el Tonio Krüger de Thomas Mann y, más específicamente, con esa escena en la que el personaje descubre que el sitio en el baile que le corresponde se encuentra en las sombras, como espectador, ni dentro por completo pero tampoco fuera: "Mi abuela, que había vivido un exilio antes, sabía que el verdadero sentido de esa condena no era separarte de tu territorio sino disgregar tu tribu, acabar con esa fuerza ante todo política: la familia, la pareja, los hijos, la herencia improbable", escribe. "Temía mi abuela que nos sucediera lo mismo a sus nietos; que, más allá de los años en París, quedáramos para siempre apartados de toda referencia, sin casa en el mundo, sin otro país que una especie de rabia mezclada con un cariño infinito. Antes de que las olas subieran de nuevo, antes de que algún coronel o general resentido volviera a exiliarnos, le importaba a mi abuela convertir la grieta en un abrazo y a esta familia esparcida e incómoda en el único país posible".
 
Una familia, una literatura para entenderla: ésa fue la herencia al tiempo que el mandato que Marta Rivas González depositó en Rafael Gumucio; de su último libro, Lorena Amaro escribió en la revista electrónica 60 Watts que es "uno de los mejores libros autobiográficos escritos en los últimos cincuenta años en Chile", y el influyente crítico chileno Camilo Marks sostuvo en El Mercurio que, "si no es el mejor libro de Rafael Gumucio, está muy cerca de serlo". Ambos tienen razón.
 
 
Rafael Gumucio
Mi abuela, Marta Rivas González
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2013
 
[Publicado originalmente en Turia, diciembre de 2014.] 

[Publicado el 13/1/2015 a las 17:15]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Autobiografía, Ediciones Universidad Diego Portales]

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El mejor libro de 2014 / "Fabricar historias" de Chris Ware

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Aunque el "giro espacial" en las humanidades tiene su origen en la actividad de Lewis Mumford y Ernst Cassirer durante la década de 1960, su uso para designar unos estudios centrados en cuestiones como el ambiente, el paisaje, la comunidad y el espacio sólo se ha popularizado en los últimos años. Fabricar historias de Chris Ware parece haber sido escrito y dibujado con este "giro espacial" en mente ya que, en él, Ware concibe un cómic que sólo "es" espacio.
 
Lo hace de varias formas, la principal de las cuales consiste en limitar el mundo narrativo de su obra a un edificio, una antigua propiedad en Chicago cuyos habitantes (una joven florista con una pierna ortopédica y un gato, una pareja que discute continuamente, una casera anciana, una abeja existencialista) sólo tienen en común (aparentemente) esa vida circunstancial bajo un mismo techo; el relato aquí incluye aquí sus vidas antes y después del edificio de Chicago, con especial énfasis en la joven de la pierna ortopédica, pero se organiza en torno a la disposición del edificio y tiene en él (o en las fantasías a las que nos entregamos cuando, en la noche, "fabricamos historias" acera de las personas que vemos en las ventanas iluminadas de los edificios, de allí el título del libro) su principio organizativo. El recurso no es nuevo, por supuesto, pero sí lo es la forma en que Ware se vale de él para presentar una narrativa "desordenada" desde el punto de vista formal más tradicional, en la que los catorce cuadernillos que conforman este libro/caja se suceden unos a otros sin relación aparente y en el orden que la incomodidad de los formatos escogidos (desde los cuadernillos de grandes dimensiones a las tiras breves) impone al lector.
 
Esa incomodidad es manifiesta también en la disposición del texto y de la imagen en la página, que pareciese no seguir ningún orden coherente y a menudo dificulta la lectura; una vez más, esto es debido a que ambos han sido ordenados en virtud de las relaciones espaciales entre sus elementos: lo verdaderamente novedoso de la propuesta de Ware es la transformación del cómic, un arte considerado normalmente "secuencial", en un arte "espacial", centrado en el espacio como principio organizativo de las relaciones humanas y como elemento articulador de la sintaxis de un texto. No sólo Mumford y Cassirer vienen a la mente cuando se piensa en ello, sino también, y especialmente, las propuestas para el lenguaje del Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein: un lenguaje (y un arte) emancipados de la linealidad, de la causalidad y del orden con el que se nos ha enseñado a leer, pero, también, de la autoridad de quienes nos han dicho hasta ahora qué pensar, qué narrar y de qué modo hacerlo. Fabricar historias (que requirió tres años de trabajo a sus editores españoles y Dios sabe cuánto a su autor) libera a la novela gráfica de las últimas restricciones que se le imponían y es una extraordinaria reflexión sobre el espacio en nuestras vidas; es decir, sobre el tiempo. No es fácil hacerle justicia, pero vale la pena intentarlo: Fabricar historias es el mejor libro publicado en 2014.
 
 
Chris Ware
Fabricar historias
Trad. Rocío de la Maya Retamar y Julia Osuna
Maq. María Eloy-García
Barcelona: Reservoir Books, 2014

[Publicado el 09/1/2015 a las 10:00]

[Etiquetas: Chris Ware, Reservoir Books, Cómic]

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Nada nuevo bajo el sol / El "Diario del año de la peste" y el Ébola, una aproximación

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La "peste bubónica" o "negra" en un texto iluminado de 1411.

1
 
La peste bubónica cayó sobre Londres en 1664, pero produjo sus mayores estragos en los dos años siguientes, cobrándose la vida de aproximadamente cien mil personas; el virus del Ébola fue detectado por primera vez en 1976 junto al río del mismo nombre, en Zaire, y en 2014 ha llegado a Europa y a los Estados Unidos: entre su detección y su llegada han mediado treinta y ocho años; entre la aparición de la peste bubónica en Londres y el presente, trescientos cincuenta. Estas cifras pueden carecer de interés a simple vista, pero son relevantes porque constituyen un argumento a favor de quienes cuestionan la idea de que la historia de los últimos siglos sería el producto de un progreso lineal y acumulativo. En materia de enfermedades y en relación al modo en que nuestras autoridades lidian con ellas, me temo, caminamos en círculos: si algo ha cambiado en los últimos trescientos cincuenta años es la velocidad de propagación de las enfermedades, pero todo lo demás sigue igual, incluyendo la impericia de las autoridades, su corrupción intrínseca, la desesperación de los enfermos, la valentía y el arrojo de los médicos, la propagación del terror por parte de la prensa y de la opinión pública, la dimensión política y económica de la enfermedad (de la que tan poco se ha dicho hasta ahora) y el miedo.
 
 
2
 
Daniel Defoe publicó su Diario del año de la peste en 1722; lo hizo de forma anónima, una práctica habitual en la época destinada a que los textos no fuesen leídos como obras de ficción sino como testimonios. A pesar de ello, la obra es una novela, aunque la precisión de sus detalles, su verosimilitud, la parquedad con la que su narrador los presenta, la honestidad que parece surgir del conjunto, hacen que la leamos como una crónica periodística, quizás la primera de la historia. Diario del año de la peste es, sin embargo, una ficción: en el período comprendido entre 1664 y 1667, que es el período que cubre la obra, Defoe era apenas un niño (había nacido alrededor de 1660) y es evidente que el libro le debe más a la documentación que a sus propias vivencias, aunque es posible que haya que atribuir a éstas su aire opresivo, de amenaza inexplicable y difusa. Algo más de doscientos noventa años después de su publicación, Diario del año de la peste vuelve a estar de actualidad estos días con la llegada del Ébola a Europa; de hecho, el libro parece contemporáneo en la medida en que, en él, aparecen los motivos recurrentes en la prensa de nuestros días (en la época de su publicación, por el contrario, "carecíamos de periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana, como hoy se ve hacer"), incluyendo la atribución de la enfermedad a la llegada de extranjeros, la ocultación del tamaño real de la epidemia por parte de las autoridades, la angustia de los afectados ("Las lágrimas y los lamentos se oían casi en cada casa", afirma el narrador), la histeria colectiva (la observación de presagios en las nubes y de fantasmas no parece frecuente estos días, pero su equivalente es la propagación de rumores en la Red) y las disposiciones de las autoridades (más juiciosas que las españolas, a pesar de carecer de la información de la que se dispone actualmente), que salvaron la vida a miles de personas, aunque sólo en el interior de la ciudad (es decir, en la parte más pudiente de la misma).
 
 
3
 
En un artículo reciente, el ensayista español Francisco García Olmedo ha observado el hecho de que "los recortes indiscriminados y no selectivos de los sistemas sanitarios y de investigación [en España] han propiciado que carezcamos de un robusto centro de enfermedades infecciosas y que el número de virólogos expertos en el país sea lamentablemente reducido", algo que también apuntó Defoe, al señalar que "fue un grave error que una ciudad como Londres no tuviese más que una casa de apestados" en 1665. En otro artículo, esta vez en el New Yorker ("Ebolanomics" de James Surowiecki), se afirma que la razón por la que carecemos de medicamentos para enfrentar la enfermedad es que, sencillamente, la industria farmacéutica no los ha considerado rentables hasta el momento: "Las enfermedades que afectan mayoritariamente a los pobres en países pobres no son una prioridad científica porque es improbable que esos mercados ofrezcan una retribución decente, así que enfermedades como la malaria y la tuberculosis, que en total matan a dos millones de personas cada año, reciben menos atención por parte de las compañías farmacéuticas que el colesterol alto". La dimensión económica y política de la enfermedad no ha sido lo suficientemente discutida en la prensa estos días, pero parece evidente que, si el Ébola nos concierne ahora, es porque ha dejado de matar a personas pobres en África para constituir una amenaza para las clases privilegiadas de Europa y Estados Unidos, lo que demuestra (una vez más) que no son sólo las víctimas del Ébola las que están enfermas, sino que la enfermedad es la tremenda desigualdad entre clases sociales y entre países que toleramos y a menudo aplaudimos con la inocencia, con la frivolidad, de los personajes de Defoe. Claro que éste último ya lo sabía hace casi trescientos años, cuando observó el hecho de que, cuando estalló la peste, los ricos abandonaron la ciudad, dejando tras de sí (en manos de los charlatanes, los vendedores de ungüentos y amuletos y las autoridades) a las clases bajas, que carecían de una propiedad rural en la que refugiarse; según Defoe, por esta razón la enfermedad fue particularmente dañina en los barrios pobres de la ciudad y entre los sirvientes. Nada nuevo bajo el sol en nuestros días, pues, excepto el hecho de que, ahora, la ciudad de Londres es el orbe entero.
 
 
Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, diciembre de 2014. 

[Publicado el 06/1/2015 a las 17:45]

[Etiquetas: Daniel Defoe]

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“Cuarteto ruso” / Un poema de José Carlos Llop / Cita

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Joseph Brodsky ante el cadáver de Anna Ajmátova, en 1989 / Crédito de la imagen, desconocido

I

Si digo la poesía del siglo XX,
digo Milosz, Brodsky, Zagajewski
y sitúo a Auden detrás,
como un Old Master o un árbol
que en el verano ruso
diera sombra a los tres
en una escena digna de Chéjov.
No he olvidado a Eliot
-de hecho, nunca olvido a Eliot-:
él es el pensamiento poético
del siglo -una mente atrapada
en ámbar- y sin él ninguno
de esos nombres sería
lo que es. Pero he dicho
el siglo XX y en él no hay Bach.
Shostakovich ocuparía su lugar
acorde con la niebla
que se apodera del mundo
cuando es Dolor quien reina,
déspota y cruel
como sólo lo es
el fruto oscuro del hombre.
Y el siglo XX es Dolor
y en él y contra él
sólo la poesía deja su testimonio.
Aquí Eliot sería un poeta
de gabinete -un teórico
de salón y eso que tampoco olvido
The Waste Land- y si vuelvo a decir
los nombres -Auden, Milosz,
Brodsky y Zagajewski-,
si vuelvo a decir Shostakóvich
en vez de Bach, sólo otro nombre
destaca por encima de los demás
y a los demás nutre como la tierra
y es una mujer. Digo Ajmátova,
Anna, y su Réquiem
y después he de callar.
Todos hemos de callar,
antes incluso de que lo hiciera Celan.
En ella está el gran silencio
-comparable al silencio de Dios-
que nos habla como sólo la poesía
sabe y puede hablar.
En ella está el espíritu
de Tsvietáieva y de Mandelstam,
como está la voz silenciada
de todos y cada uno de los hombres
que forman el Dolor que fue
el siglo XX. '¿Puede usted
describir este horror?'
Y yo le dije: 'sí, puedo hacerlo'
El resto son lugares:
la calle Fontanka, en Leningrado,
Tashkent, Komarovo,
Tsárkoie Seló, ya sin eco alguno
de Chéjov: sólo el vacío.


II

¿Por qué el dolor es más trascendente
en la escritura que el recuerdo
de los días tranquilos? ¿Qué pasaje
de los Evangelios dejó más huella
en la memoria: la pasión de Cristo
o la metáfora de los pájaros
y los lirios del campo? ¿La parábola
de los talentos -tan cruel como exacta-
o la resurrección de Lázaro?
¿Qué queda de las guerras: la victoria
o el resentimiento? ¿Caravaggio
o los hogareños flamencos?
¿La muerte en Brueghel el Viejo
o los sensuales lujos de Jan de Velours?
¿La Novena de Beethoven o el Réquiem
de Mozart? ¿Dónde la respuesta:
en Emily Dickinson o en Anna Ajmátova?
Una y otra son la cara y la cruz
de la misma vieja moneda, que es la vida.
Detrás de Ajmátova están los ángeles
de Rilke y cuando visitas la casa
donde habitaron esos ángeles,
las Elegías Duinesas, y nombras
a su anfitriona, la princesa Marie
von Thurn und Taxis-Hohenhole,
se corre el peligro de olvidar
-son las palabras quienes facilitan
esa treta- que sólo es la muerte
la que habita estos poemas. La misma
que en La tierra baldía, la misma también
que en los versos de Anna Ajmátova.
A eso se le llama genealogía y es tan cierta
como máscara de yeso son los apellidos
que gustaban a Rilke, o el castillo
de Duino y su extraña belleza.


III

Un frasco de mermelada de naranja
es el sol mediterráneo en el invierno
ruso. Frente a él, el champán
es una derrota. Lo deduje
de las palabras de Nadezha
Mandelstam, cuando Chatwin
la visitó. El aire olía a queroseno
y a pan rancio y ella lo recibió
en su cama. Su nariz era un arma,
escribió él, y un cigarrillo colgaba
de su labio inferior. La mermelada
es mi infancia, le dijo, y un pecho
se le salió del camisón.
¿Hay algún gran poeta en tu país?,
preguntó. Verdaderamente grande,
de la estatura de Eliot o Joyce...
Chatwin sugirió un nombre: Auden,
el que habría pronunciado yo.
Auden no es lo que yo llamaría
un gran poeta, respondió Nadezha.
Su vida, el recuerdo de Siberia,
los poemas de su marido, la muerte
y su lenguaje poderoso,
no le dejaban interpretar los versos
de Auden más allá de la fruslería.
Otra vez se impuso el silencio
y en él volvía a estar el Réquiem
de su amiga Ajmátova.
Entonces, como respuesta
a ese silencio que todo lo cubre
como un espeso manto de nieve,
él le habló del cuadro blanco
que colgaba sobre su cama,
un Weissberg blanco sobre blanco,
unas pocas botellas blancas
sobre un fondo blanco puro.
Tal vez sea eso, dijo ella, todo
lo que hoy puede hacerse
en Rusia: ¡pintar en blanco!
No es difícil pensar
que se refería a la escritura.


IV

He visto el cadáver de Anna Ajmátova
expuesto en una iglesia ortodoxa,
como hoy estaba expuesto el cuerpo
del patriarca de la iglesia copta
en el trono de San Marcos
de una vieja basílica oriental.
Al lado de Ajmátova estaba Brodsky,
que también conoció Siberia,
aunque Siberia ya no fuera entonces
el infierno que había sido
en los años previos a la II Guerra:
en aquel tiempo sonreían sólo los muertos.
Una mala crítica podía significar
la muerte; los celos, el destierro
y la sombra de la envidia
era la delación y era el crimen.
Él organizó la ceremonia del entierro.
Él fue, de alguna manera,
uno de sus herederos predilectos.
La actitud de Brodsky
es la de quien sabe que los muertos
son superiores a los vivos
y que por mucho que los honremos,
nuestros actos son minucias
y cábalas de salón frente a ellos.
Esto también lo aprendió de Ajmátova
y así lo dejó escrito una tarde
de invierno, en Venecia:
ninguna autocompasión, tampoco
superioridad y menos aún,
identificación. Sólo personas
que conocimos, individuos
a los que respetar y no usar:
ni siquiera con la belleza
de las palabras usarlos,
para engrandecer el destino
de la poesía. Como la blancura
en el cuadro de Weissberg.
Así se dirige Ajmátova
a sus muertos en el Réquiem
y sólo es amor lo que hay detrás.
 
 
José Carlos Llop
La vida distinta
Valencia: Pre-Textos, 2014

[Publicado el 31/12/2014 a las 12:45]

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Las dos tareas del arte son idénticas / "La vida distinta" de José Carlos Llop

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José Carlos Llop nació en Mallorca en 1956; creo que es uno de los poetas contemporáneos más importantes del español. Publicó nueve libros de poemas, desde Drakul-Lettre (1983) hasta Cuando acaba septiembre (2011), cuatro colecciones de ensayos literarios, dos libros de no ficción, cinco novelas, tres libros de relatos y cinco volúmenes de unos diarios con los que La vida distinta guarda una relación estrecha. En algún sentido, esta "vida distinta" del poeta mallorquín no lo es tanto, ya que en ella aparece buena parte de los temas que le interesan y suelen hacerse presentes en sus libros: las genealogías, las lecturas, los viajes, las epifanías cotidianas, y también el lenguaje sólo superficialmente simple de todas sus obras.

Los poemas de Llop se despliegan durante la lectura pero alcanzan toda su fuerza cuando, días después, son recordados ante la contemplación de un objeto o la vivencia de un hecho a los que, habiendo hablado de ellos, han modificado; en su doble circulación (de la literatura a la vida y de la segunda a la primera), estos poemas ratifican el que es uno de sus principales argumentos, la inexistencia de una frontera entre ambos: la poesía de José Carlos Llop pone de manifiesto la imposibilidad de concebir una vida que no haya sido condicionada por las lecturas que se han hecho en su transcurso, así como la de imaginar esas lecturas sin la biografía a la que han transformado.

 


 
ESCOLIO

Las dos tareas del arte son idénticas:
aproximación a la divinidad
y destierro del miedo a la muerte.
Lo escribió Jünger en su diario a los 92 años,
dos antes de que muriera Bruce Chatwin,
que tenía sólo 48 y era enero y nevó.
Cuando Chatwin estaba a punto de morir
escribió en pocos días su novela, Utz:
la vida de un delicado coleccionista
de porcelanas Meissen,
en la gris Praga comunista.
Por sus páginas rondaba
la sombra del emperador Rodolfo.
Fue una escritura febril
y al mismo tiempo una escritura delicada,
sin la grandeza, tal vez, del réquiem mozartiano,
pero latiendo por debajo el mismo espíritu
testamentario y un sentido de la belleza
que sólo proporciona la muerte inminente.
Porque si, al principio, la muerte
acechaba a oscuras -como las termitas-,
luego se instaló a plena luz del día,
como un inquietante inquilino,
que saluda muy amable a las visitas
y susurra en voz baja
sus maldades contra el anfitrión.
Fue entonces cuando Chatwin
difuminó los límites entre ficción
y fantasía. Lo he visto alguna vez:
no hay cobijo donde guarecerse
y el hombre -ya sin horizonte-
niega el destino que había asumido
y se entrega a esa negación con el arte,
o su simulacro, y así la fortalece,
fortaleciéndose a sí mismo en su delirio.
¿Una falsa fe? Es posible,
pero cuando aparece
es porque no hay otra donde agarrarse:
el vacío que nos acompaña
ya se ha apoderado del tiempo
como un déspota o un huno.
Allí en ese territorio de légamos
y lotos -lotófago no sería epitafio
equivocado- se encontró con Jünger,
a quien había despreciado
en un viejo artículo
de la New York Review of Books,
pero no lo nombró.
Se imaginó escribiendo una novela
rusa, con templos y popes y casullas
y una extraña ópera sobre el salón
de Florence Gould durante la Ocupación
-el mismo salón de la avenida
Malakoff, que Jünger, tantas
veces en esos años, frecuentó.
Y decidió regalar a sus amigos,
fragmentos de su colección particular:
un cuenco de alfarería china
con manchas azules; una primera
edición de Flaubert; una caja
japonesa de laca, del siglo XVI;
una taba egipcia de turquesa,
que era su talismán; un cuchillo
aborigen y un vestido de Fortuny...
Aquí su generosidad fue otra forma
de narcisismo y su último refugio
(una pose de esteta que unía
las dos tareas citadas por Jünger),
la oscura liturgia del rito ortodoxo,
y la luz de sus velas, sus cánticos
que estremecen como un dios antiguo.
Había escrito cinco novelas y un puñado
de largos artículos o ensayos breves
por los que desfilaron sus fantasmas
-todos ellos: viajes, arte y literatura-,
pero su mejor libro fue el teatro de su vida
e incluso ahí, sin saberlo, acertó con tino:
su notario sería otro novelista, apellidado
como el gran bardo de Inglaterra.
Esto, es sólo una nota a pie de página.

 

 


 
José Carlos Llop
La vida distinta
Valencia: Pre-Textos, 2014

 

[Publicado el 29/12/2014 a las 12:30]

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"Malvinas" como problema / "La construcción. Materiales radioactivos en las islas del Atlántico Sur" de Carlos Godoy

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1
 
Una cierta cantidad de textos literarios y culturales nos ha habituado a creer que sólo se puede hablar de "Malvinas" en relación a la guerra que enfrentó a la Argentina y a Reino Unido en 1982; desde ese año (y más específicamente, desde la fundacional Los Pichiciegos), escribir sobre "Malvinas" (incluso de forma parcialmente abstracta, como en la notable novela de Patricia Ratto Trasfondo) ha sido escribir sobre ese enfrentamiento armado, lo que ratifica la afirmación realizada por María Laura Guembe y Federico Lorenz en el libro Cruces: Idas y vueltas de Malvinas (Buenos Aires: Edhasa, 2007) según la cual "‘Malvinas', desde 1982, significa, sobre todo, ‘la guerra'" (17).
 
Vale la pena detenerse en el "sobre todo", por supuesto, ya que me parece evidente que, en tanto significante, "Malvinas" es algo más que una guerra: es la guerra (sí), pero también la derrota y una serie de imágenes y frases hechas adherida a ella que (pretendiendo revelarla) la oculta, como si la inflación retórica de los tópicos más habituales en la discusión acerca de "Malvinas" (el excombatiente, el principito, el Pucará, los gurkas, el manto de neblina, el Exocet, la tableta de chocolate, las camperas verdes, los "chicos de la guerra", el "seguimos ganando") contribuyera a su oclusión. De ser esto último cierto, la literatura argentina acerca de "Malvinas" (la producida en Gran Bretaña es prácticamente inexistente, lo que pone de manifiesto, una vez más, que la derrota militar supuso en el plano simbólico un cierto tipo de triunfo para la sociedad argentina, debido a la literatura que esa derrota produjo y en virtud de que la pérdida de las islas las volvió omnipresentes en la cultura del país: de hecho, es difícil "abandonar" Malvinas por más que se lo desee, ya que, en términos simbólicos, "Malvinas" está "por todas partes" en Argentina) sería (al margen de las opiniones políticas de sus autores, que nunca son relevantes a la hora de evaluar los "efectos" que sus textos producen) una cierta forma de apaciguamiento, una inflación retórica que cauterizaría la herida que es "Malvinas" en el cuerpo (en ocasiones, y bajo cierta luz, macilento) de la cultura argentina contemporánea.
 
 
2
 
Quizás Argentina esté "curándose" de Malvinas mediante una serie de productos culturales que podrían ordenarse en un arco que recorra la distancia que media entre el cuestionamiento del consenso y el consenso mismo, entre la afirmación y su parodia (entre, digamos, Los Pichiciegos y el filme de Tristan Bauer Iluminados por el fuego); si esto es así, tal vez sea necesario insistir en el hecho de que el apaciguamiento y la cauterización son lo peor que podría sucederle a nuestra cultura en relación a "Malvinas" y al recuerdo de sus muertos, puesto que "Malvinas" ha sido y es más útil a la cultura argentina, más que como problema resuelto, como herida, significante, perturbación, anomalía.
 
Al terreno de la anomalía pertenece también La construcción. Metales radioactivos en las islas del Atlántico Sur de Carlos Godoy, que es una novela sobre "Malvinas" en la que la guerra no tiene lugar: se ha producido ya o va a producirse, nunca queda claro.
 
La construcción se articula en torno a esa ambigüedad y a la disonancia cognitiva que se produce toda vez que el lector trata de asociar lo narrado con aquello que sabe acerca de "Malvinas". Aquí hay "kelps" que conciben hijos deformes, chinos que aparecen y desaparecen, unos geólogos que trabajan en una construcción inexplicable, pájaros gigantes que se precipitan sobre los niños que salen del colegio, pescadores que practican el contrabando, clanes, niños que nacen muertos y vuelven a la vida, un meteorólogo que vive en una montaña, etcétera. No importa que el modo narrativo dominante sea el del informe, en La construcción nada se explica ni se fundamenta y el lector queda librado a sus propias preguntas. ¿Quiénes son los "kelps"? ¿Quiénes son los que no son "kelps"? ¿Quién narra este libro? ¿Qué es esa luz que brilla en el mar? ¿Qué finalidad persigue la construcción de los geólogos? ¿Por qué nadie puede abandonar las islas? ¿A qué se debe la deformidad de los hijos de los "kelps"? ¿Quiénes son los seres de "piel verde y una visión nocturna muy desarrollada" (31) que habitan en el submundo?
 
Quizás estas preguntas sean respondidas en otros libros (La construcción es anunciada como la "primera de una saga"), pero lo interesante de este libro de Carlos Godoy es que, en la medida en que propone más preguntas que respuestas, reactiva el significante "Malvinas" como problema y devuelve a la literatura sobre el tema la inquietud y la provocación que la repetición de los tópicos mencionados más arriba ha restado a decenas de textos.
 
Al igual que en Trasfondo (que desplazaba el enemigo a la condición de punto en el radar, la acción bélica a la de una actividad mecánica sin resultados claros y el escenario de guerra a unas islas nunca vistas), La construcción prescinde de los tópicos acerca de "Malvinas" y, por consiguiente, sirve con mayor eficacia a la pervivencia de "Malvinas" como elemento sustancial, vertebrador, de la visión que los argentinos tenemos acerca de nosotros mismos y de nuestro pasado. No importa demasiado que la segunda mitad del libro carezca de la tensión narrativa de la primera ni el hecho de que algunos pasajes parezcan prescindibles (lectores de otro tipo lamentarán una cantidad relativamente importante de erratas en la edición); lo que importa es que La construcción se opone tácitamente a la visión que equipara "Malvinas" con "guerra" (asunto sobre el cual vale la pena leer El libro de la guerra, en uno de cuyos capítulos Martín Kohan realiza una doble operación necesaria: analizar "la guerra" en "Malvinas" y "Malvinas" en el marco de las formas nacionales de representación de lo que llamamos "la guerra") y está en las antípodas de aquellos textos que, en su repetición de una forma consensuada de recordar "Malvinas", han desactivado políticamente el tema. En La construcción, "Malvinas" son "las manchas", dos manchas de Rorschach en las que no hay nada, excepto lo que uno desee ver en ellas. "Malvinas" son nuestro test de personalidad, parece decir Godoy; es un mérito muy importante de su autor el permitirnos proyectar una vez más nuestros anhelos y nuestros interrogantes en ellas en lugar de ocluirlas con la acumulación de lugares comunes.
 
 
Carlos Godoy
La construcción. Materiales radioactivos en las islas del Atlántico Sur
Buenos Aires: Momofuku, 2014
 
[Publicado originalmente en "Lo que está y no se usa nos fulminará", sección mensual en el blog de la librería Eterna Cadencia. Buenos Aires, 16 de diciembre de 2014.]

[Publicado el 24/12/2014 a las 17:15]

[Etiquetas: Carlos Godoy, Novela, Momofuku, Malvinas]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Giorgia Fanelli

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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