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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 23 de octubre de 2018

 Blog de Patricio Pron

El remedo de una aparición / Una entrevista de Hildegunn Ek (1)

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Jorge Luis Borges (y Beppo), todo comenzó con él / Crédito de la fotografía, de su autor/a

En varios cuentos se crea una impostura. Consigues que el lector se sorprenda y que su percepción de la narración se modifique. La utilización de giros inesperados que provocan una nueva interpretación, hace que se cuestione todo lo narrado anteriormente y posibilitan distintas interpretaciones de la trama narrada. ¿Cuál es la razón para construir esa duda en la comprensión de la lectura?

Quizás la motivación más importante para introducir esas vacilaciones en la narración sea el proyecto o la invitación al lector a cuestionar sus certezas, tanto literarias como extraliterarias. Vivimos tiempos oscuros en los que algunos creen un derecho fundamental el conocer una, y sólo una, parte de la historia, y creo que hay algo parecido a una función política para la literatura en el cuestionamiento de esa visión parcial de la realidad. (Al margen de lo cual, los "giros inesperados" son habituales en la literatura, como sabes: tal vez lo que diferencia mis textos de la literatura más convencional es que esos giros se multiplican y no se limitan a aparecer al final de la historia, están allí para cuestionar las certezas del lector al mismo tiempo que éste las crea, como una invitación a un ejercicio de escepticismo, a una recuperación de su derecho como lector a desconfiar de lo que se le dice o narra.

Los desvíos y divagaciones en los relatos dejan que el enfoque del lector se desplace. ¿Se puede decir que la ruptura del hilo conductor conduce a sustentar lo inquietante de la temática o tiene otra función?

No tengo la impresión de que la función de esas divagaciones sea aumentar el suspenso por la resolución del relato. Más bien me parecen una especie de reconocimiento tácito de los términos en los que el lector debe o debería leer mis relatos: con la conciencia de que está por completo en manos de un autor que puede hacerle creer lo que desee, ante el cual el lector se resiste o intenta resistirse sólo hasta el momento en que descubre que también la resistencia es parte del juego planteado por el autor y entonces se entrega al placer de jugar y de ver hasta dónde ese juego lo lleva.

En muchos de los cuentos se razona sobre la realidad paralela que experimenta la gente que tiene una memoria selectiva o falta de memoria. ¿Por qué este asunto te llama la atención?

Por razones personales: entre los veintidós o veintitrés y hasta los treinta y tres años de edad consumí drogas en abundancia y eso afectó profundamente mi capacidad de recordar cosas. De allí surgió una limitación evidente, pero también una potencialidad o fuerza: la incertidumbre sobre la naturaleza de lo que se recuerda, sobre si lo que uno recuerda sucedió realmente o no, puede ser un excelente impulso para escribir, en particular si se parte de un acontecimiento que se cree verdadero y se lo revisa teniendo en cuenta el modo en que los elementos narrativos del acontecimiento que se desea narrar tropiezan entre sí, se niegan mutuamente, se encadenan unos a otros de forma inesperada y conducen a conclusiones sorprendentes, que trascienden la pregunta inicial de si lo narrado "pasó" o "no pasó" realmente. Allí hay algo que me interesa mucho.

En "Dos huérfanos" el protagonista prefiere la concisión de la historia en vez de contarla completa, y se encuentra con personas que están "interesados en el cultivo de una memoria compuesta por recuerdos ficticios de un país idealizado". ¿Parece que no estás cuestionando solamente la credibilidad de la memoria de los individuos, sino que también la de la sociedad?

Sí, así es. Desde el final de la dictadura argentina en 1983, y especialmente a partir de 2003, el reclamo de "memoria, verdad y justicia" es una de las consignas más importantes (y necesarias) de un sector muy relevante de la sociedad argentina al que creo pertenecer. Y sin embargo, hay en los tres términos que componen la frase unas contradicciones tan evidentes (la memoria no es igual a la verdad, la justicia no se extrae tan sólo de lo que se recuerda, justicia y verdad no son sinónimos, etcétera) que la consigna no parece operativa más que como declaración de intenciones. Pero, si se lo piensa bien, casi toda convicción política (y sobre todo la idea ridícula de la existencia de un país en algún territorio específico, con sus accidentes geográficos y las personas que lo habitan) se articula sobre contradicciones. Y, nuevamente, es interesante poner esas contradicciones en evidencia en el momento en que, aparentemente, se está haciendo una cosa completamente distinta. La potencialidad política de la literatura casi nunca se manifiesta allí donde esa literatura se declara "política" o pretende ser leída como tal.

Las referencias literarias están muy presentes en tu obra. Construyendo una historia en base a otra, me parece que ofreces una comprensión más profunda de la lectura, siempre y cuando los lectores se den cuenta de la conexión. ¿Procuras que los relatos cobren sentido en sí, o quieres que el entendimiento siempre dependa de la comprensión de las alusiones literarias?

No pretendo que el lector lea mis relatos con un diccionario de literatura en la mano o que procure reconstruir mi biblioteca. Sin embargo, pienso que, si es capaz de atisbar el "fondo" literario del relato (lo que Roberto Bolaño, con quien compartíamos la reverencia por Jorge Luis Borges, que es quien comenzó con todo esto, llamaba "la sombra literaria" de los relatos), ese lector encontrará un placer añadido, el que se deriva del reconocimiento de una relación con el autor (ya que ambos forman parte de una comunidad de lectores y coinciden en un título u otro) y/o de la invitación a leer a autores y a textos con los que el lector no había tropezado todavía.

 
(Concluye el próximo jueves.)

[Publicado el 09/1/2018 a las 10:00]

[Etiquetas: Entrevistas, Disidencias]

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(A un año de su muerte) / Ricardo Piglia, el último lector

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Ricardo Piglia en una imagen de 2014 / Crédito, Mariana Eliano

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"Lo que se aprende en la vida, lo que se puede enseñar, es tan limitado que alcanzaría con una frase de diez palabras. El resto es pura oscuridad, tanteos en un pasillo en la noche", afirmó Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi; su obra (clausurada el 6 de enero pasado con su muerte por complicaciones derivadas de una enfermedad rara y terrible, la esclerosis lateral amiotrófica) puede ser leída como el esfuerzo por formular esas diez palabras mediante el recurso a la literatura.
 
 
2

A menudo los textos de Piglia giran en torno a una escena que, cuando el autor habla de ella, adquiere el carácter de un momento inaugural, una especie de revelación privada que atrae el sentido: una fotografía de Jorge Luis Borges procurando continuar leyendo pese a su ceguera en el ensayo "¿Qué es un lector?", una imagen del guerrillero leyendo durante su incursión en Bolivia, poco antes de morir, en "Ernesto Guevara, rastros de lectura"; para sí mismo, para otorgar sentido a su experiencia como novelista, ensayista, guionista en cine y televisión, profesor universitario, lector, Piglia escogió, por su parte, una escena que no fotografió nadie: el momento en que, a los dieciséis años de edad, mientras su familia se preparaba para abandonar Adrogué, donde la actividad política de su padre había llamado la atención de las autoridades, y en una habitación vacía, el futuro autor de El último lector y otros libros comenzó a escribir un diario. / "¿Qué buscaba?", se preguntó años después. "Negar la realidad, rechazar lo que venía", respondió; pero la escena también puede ser leída como la vinculación entre experiencia y literatura que iba a presidir toda la obra futura del escritor, también su última novela, El camino de Ida (2013), en la que puso de manifiesto una vez más que los hechos aislados que conforman la experiencia sólo adquieren sentido si son "leídos" de una cierta manera, lo que desbarata la oposición entre literatura y experiencia, entre interpretación y transformación de la realidad. En Respiración artificial (1980), en "La loca y el relato del crimen" (1975), en La ciudad ausente (1992), en sus otros libros, Piglia propugnó que la realidad era un texto a "descifrar", pero es en El camino de Ida donde esto aparece con mayor claridad: allí, Piglia (que alguna vez propuso pensar la figura del detective como la de un filólogo aficionado, un cierto tipo de lector) hizo que Emilio Renzi "resolviera" el crimen central de la novela mediante el estudio de la realidad como un relato y la revisión de unas notas tomadas en los márgenes de un libro de Joseph Conrad.
 
 
3

En lo que el crítico español Ignacio Echevarría llamó en alguna ocasión "una épica del conocimiento" cuyo tema principal sería "la crisis de la experiencia" (la cual "ya no puede ser el tema del relato" y es reemplazada por "los relatos mismos"), Piglia apuntó a la superación de esa crisis mediante un doble mecanismo: por una parte, a través de la transformación de la experiencia en literatura (el diario); por otra, mediante la reincorporación de la literatura al ámbito de la experiencia mediante las escenificaciones del diálogo y la lectura. / "Hay una tensión entre el acto de leer y la acción política. Cierta oposición entre lectura y decisión, entre lectura y vida práctica", afirmó en su ensayo sobre Ernesto Guevara como lector. A lo largo de su vida, el autor de Plata quemada (uno de cuyos principales legados es la superación de dicotomías que la cultura argentina consideró irreductibles durante décadas: entre "alta" y "baja" cultura, entre Jorge Luis Borges y Roberto Arlt, entre los medios de masas y la discusión intelectual, entre novela y ensayo, que buscó la Historia en la literatura y en esta la historicidad de la experiencia estética, que buscó y halló los rasgos salientes de una literatura argentina en los textos del francés Paul Groussac, del inglés William Henry Hudson y del polaco Witold Gombrowicz, que supo conciliar la literatura rusa y la gauchesca, el policial norteamericano y la lingüística estructuralista, la ópera y Macedonio Fernández) buscó formas de restituir el sentido a una experiencia a la que los hechos trágicos de la segunda mitad del siglo XX en Argentina (y en América Latina en general) habían desprovisto de significado. En uno de sus mejores ensayos, Piglia afirmó que Arlt "supo captar el centro paranoico de esta sociedad. Sus novelas manejan lo social como conspiración, como guerra; el poder como una máquina perversa y ficcional. Arlt narró las intrigas que sostienen las redes de dominación en la Argentina moderna"; su propia literatura continuó esta línea de trabajo, pero avanzó en la línea de la restitución del sentido de la experiencia mediante la literatura, en un ejercicio en cuyo marco, y como afirmó en más de una ocasión, la literatura (a la que llamó en sus diarios "una sociedad sin Estado") constituía un "contrapoder" susceptible al menos potencialmente de arrebatar al poder el monopolio de las técnicas de construcción del relato social y sus sujetos. Al hacerlo, Piglia creó una de las obras literarias y críticas más importantes de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX: precisa, reconocible, duradera. / "Escribir [...] cambia sobre todo el modo de leer", afirmó en Los diarios de Emilio Renzi; a su escritura le debemos, pues, la existencia del último lector de la tradición literaria argentina, cuya primacía absoluta en la conformación de una manera específica de leer esa tradición no puede serle arrebatada por ningún crítico de las últimas décadas. A pesar de ello, Piglia solía apelar a otra escena para narrar la elección de un destino: siendo un niño de pocos años, fue advertido por alguien que pasaba frente a su casa, y que lo vio sosteniendo un libro entre las manos, en imitación de su padre, que lo estaba sosteniendo al revés. Piglia dio la vuelta al libro de inmediato, pero a partir de ese momento nadie leyó mejor que él. En la exigencia y el imperativo ético de su obra hay un legado para quienes escribimos literatura en español; más aún para quienes comenzamos a hacerlo bajo su influencia. Y ese legado lo sobrevive.
 
 
Publicado originalmente en Letras Libres. Ciudad de México y Madrid, febrero de 2017. 

[Publicado el 05/1/2018 a las 14:15]

[Etiquetas: Ricardo Piglia, Disidencias]

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The Weatherman / "Un año sin primavera" de Marcelo Cohen

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Cutberto de Lindisfarne, Memnon "el Taumaturgo", Nicolás de Myra y Erasmo de Formio son invocados por los pescadores cuando hay tormenta. Medardo era todavía un niño el día que los campesinos vieron que "un águila extendió sus alas sobre él para mantenerlo seco y a salvo" de la lluvia: es, según el Santoral, el protector de los fabricantes de paraguas. Donato de Münstereifel, Alejo de Roma, Gerardo de Toul, Perpetuo de Maastricht (quien resucitó a tres hombres abatidos por el rayo pero se abstuvo de curarles las quemaduras), Helena y Procopio de Vyatka protegen de los relámpagos. Isidro Labrador, que fue campesino, es invocado durante la sequía.
 
A las veleidades del tiempo les dedicamos cientos de horas y una ilusión de competencia, en particular las madres; pero también una literatura ingente, compuesta de versos de circunstancia y de grandes obras. Hablar acerca del tiempo supone aspirar a unos conocimientos mínimos y nunca completamente acreditados acerca de la temperatura y la humedad, a veces también sobre la presión: se habla del tiempo "para pasar el tiempo", pero esa actividad no es totalmente improductiva, ya que una cierta percepción de "el tiempo que hace" resulta (se "hace" en) de esos intercambios. Una estancia de algunos meses en Nueva York llevó a Marcelo Cohen a enfrentarse algún tiempo atrás a "un año sin primavera"; del secuestro de una estación del año y de la contemplación de una naturaleza infrecuente para el escritor argentino surgió el deseo de revisitar las "muchas ficciones que empiezan mencionando la meteorología" (50), pero también el de "interrogar" el tiempo como tema: "no en busca de una respuesta sino para detectar alguna verdad en la esencia de las preguntas" (12).
 
Cohen no apunta a la predicción de ninguna borrasca y su interés por la meteorología es (afortunadamente) mínimo. Un año sin primavera traza, en cambio, un puñado de recorridos: los que van de una instalación de David Hockney a un artículo de Naomi Klein, de un poema de Henri Meschonnic a uno de Eduardo Wilde, de las voces de Anne Carson, John Berrymann y John Ashbery a las de Arturo Carrera, Tom Maver, Chris Andrews y Damián Ríos, de los diarios meteorológicos del singular Henry Darger a una obra canónica de Claude Lévi-Strauss, del extraordinario libro de J. A. Baker El peregrino (que Cohen tradujo en 2016) a las presentadoras del tiempo en América Latina, de la discusión acerca de la necesidad de la poesía a la constatación de que la destrucción del medioambiente y el cambio climático nos dejan, literalmente, sin tiempo para una reacción (a su vez) improbable.
 
Si la publicación de Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas (Barcelona: Malpaso, 2017) permitió a los lectores constatar recientemente la poderosísima inteligencia y el rigor intelectual de la obra de Marcelo Cohen, este "año sin primavera" franquea el acceso a un Cohen más personal, cuyas preocupaciones son el producto de una observación agudísima, y su estilo, el de una larga y algo azarosa conversación íntima. Marcelo Cohen es tan bueno que consigue resultar deslumbrante incluso allí donde se permite la (supuesta) frivolidad de hablar del tiempo: en realidad, el suyo es un libro sobre poesía, y, al mismo tiempo, un libro "de" poesía a cargo de un narrador extraordinario. Necesitamos más libros como éste.

 
Marcelo Cohen
Un año sin primavera
Apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace
Buenos Aires: Entropía, 2017

[Publicado el 26/12/2017 a las 17:30]

[Etiquetas: Marcelo Cohen, Ensayo, Entropía]

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Ricardo Piglia en busca del tiempo perdido / "Un día en la vida"

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"Me gustaría editar este diario en secuencias que sigan las series" de acontecimientos, escribe Ricardo Piglia: "todas las veces que me he encontrado con amigos en un bar, todas las veces que he ido a visitar a mi madre. [...] No una situación después de otra, sino una situación igual a otra". La enfermedad degenerativa que se le diagnosticó tres años antes de su muerte en 2017 impidió al escritor argentino dar forma a esa tentativa pereciana de agotar la experiencia; sin embargo, alterar lo que su autor denomina "la causalidad cronológica" es uno de los propósitos que más habitualmente se repiten a lo largo de Los diarios de Emilio Renzi, cuyo tercer y último volumen permite ahora vislumbrar qué podría haber hecho Piglia con sus diarios de haber obtenido un aplazamiento de condena: en su segunda sección, "Un día en la vida", el autor ordena las situaciones narradas a lo largo de varios años en una serie joyceana en la que estas aparecen dispuestas de acuerdo con la hora del día en que han tenido lugar, desde la llegada a Buenos Aires en un amanecer desgraciado hasta la exculpación nocturna en una iglesia. "Días sin fecha", la tercera, explora las posibilidades narrativas de situaciones excluidas del flujo temporal de los acontecimientos.

Un día en la vida adhiere, sin embargo, y en su mayor parte, a la situación narrativa establecida desde el primer volumen de la serie, Años de formación: Ricardo Piglia transcribe su diario respetando la cronología original, pero extrayendo del material conformado por prácticamente sesenta años de escritura diarística (de 1957 a 2015) los fragmentos que considera más significativos para la recreación de su trayectoria intelectual y del contexto en el que esta se produjo. No se trata de los diarios "en bruto" (lo que se pone de manifiesto en el hecho de que no son presentados como los diarios de Ricardo Piglia, sino como los de Emilio Renzi, su alter ego literario): las amistades y los amores del autor son disimulados con una letra inicial, y no se incluyen los periodos en el extranjero. Se trata, afirma Piglia, de "convertirse en lector de uno mismo, verse como si uno fuera otro"; en última instancia, de la "lectura escrita de una escritura vivida", que el autor anunció en Los años felices, el segundo volumen de la serie.

Esta tercera y última entrega, por su parte, narra "los años de la peste", el periodo comprendido entre 1976 y 1982 en que tuvo lugar la más reciente y cruenta dictadura argentina. En esos años, Piglia vio asesinar y desaparecer a una parte importante de sus amistades, sorteó como pudo el peligro, asistió a la destrucción de la sociabilidad intelectual del país y presenció (y fue partícipe activo) de los intentos de reconstruirla: primero con la revista Punto de Vista, que fundó junto a Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano en 1978, y dos años después con la publicación de Respiración artificial, una de las novelas más importantes de la literatura argentina del siglo XX. El tercer volumen de los diarios tiene pues su punto de partida allí donde concluía Los años felices; sin embargo, contra lo que podía esperarse, no se extiende hasta el presente. La razón, argumenta Piglia, es que en torno a 1983 dio comienzo una época pueril y que no merece ser contada: "Antes, pensaba Renzi, [los escritores] podíamos circular en los márgenes ligados a la contracultura, al mundo subterráneo del arte y la literatura, pero ahora todos éramos figuritas de un escenario empobrecido y debíamos jugar el juego que dominaba el mundo. No había esperanza ni voluntad ni coraje para cambiar las cosas o, al menos, para correr el riesgo de vivir de ilusiones."

La constatación de la pérdida de negatividad en sentido adorniano de la literatura argentina posterior a esa fecha (y la voluntad de Piglia de aferrarse a ella, que para quienes comenzamos a leerlo en la década de 1990 le otorgaba la condición de un raro anacronismo) es solo una de las muchas ideas deslumbrantes de este libro, en el que su autor discute los modos de apropiación en literatura, la noción de "gesto", la distinción entre "enigma", "misterio" y "secreto", una posible historia alternativa de la pintura narrada a través de los títulos de los cuadros, las obras inconclusas como resistencia al imperativo de la perfección formal, las relaciones entre narración y olvido, etcétera. La última entrega de los diarios muestra a un Piglia muy distinto al de décadas posteriores, un escritor plagado de dudas viviendo una existencia precaria en una ciudad paralizada por el terror de Estado en la que el escritor comienza una novela para evadirse del presente y esta (la ya mencionada Respiración artificial) acaba convirtiéndose en uno de los testimonios más oblicuos pero relevantes del momento en que fue escrita; un lector que toma distancia de sus entusiasmos iniciales (Jorge Luis Borges) y adquiere otros (Witold Gombrowicz, Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein), alguien que proyecta relatos que no escribe, que fantasea con la transcripción de su diario como su "versión" de En busca del tiempo perdido y da cuenta en él de sus "reflexiones privadas sobre los modos de hacer y de leer literatura" al tiempo que se permite unos juicios descarnados (y certeros) sobre sus contemporáneos.

"Un diario --afirma Piglia-- registra los hechos mientras suceden, no los recuerda ni los organiza narrativamente. Tiende al lenguaje privado, al idiolecto. Por eso, cuando uno lee un diario encuentra bloques de existencia, siempre en presente, y solo la lectura permite reconstruir la historia que se despliega invisible a lo largo de los años. Pero los diarios aspiran al relato y en ese sentido están escritos para ser leídos (aunque nadie los lea)." Un día en la vida no clausura la obra del escritor argentino, cuya relectura a la luz de los diarios posiblemente constituya una de las aventuras intelectuales más fascinantes que la literatura en español tenga para ofrecer en este momento, pero sí testimonia su final: de forma conmovedora, el diario va disolviéndose en párrafos más y más breves y, finalmente, en líneas que convocan al silencio. Cuando Piglia calla, el lector tiene una vislumbre poderosísima de la inteligencia de primer orden que se perdió con su muerte.

 


 
Ricardo Piglia
Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida
Barcelona, Anagrama, 2017, 296 pp.

 

 

Letras Libres, diciembre de 2017.

[Publicado el 21/12/2017 a las 15:45]

[Etiquetas: Ricardo Piglia, Diarios, Anagrama]

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Una gran y hermosa sobreinterpretación / "No bombardeen Barrio Norte" de Martín Zariello

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Una contribución no menor de la exageración crítica consiste en que, al ir más allá de “lo verdadero, natural, ordinario, justo y conveniente” (DRAE), la inflación del juicio propia de la exageración crítica delimita conceptos, recorta un ámbito de posibilidades, determina qué hay que no es exagerado, verdadero, natural, ordinario justo y conveniente; pero también aquello que, siendo exagerado, es (al menos) verdadero, dolorosa o gozosamente real.

 

Y nadie ha tenido una vida más exagerada que Charly García, uno de los músicos argentinos más importantes del siglo XX y el motivo más recurrente de preocupación de una cultura (la argentina) para la que el talento es condenación y la caída, un triunfo; su vida, afirma Martín Zariello, “podría ser representada como una tragedia griega, con sus respectivos asesinatos y sus correspondientes mitos. Claro que en su caso el único protagonista es él, quien, al tiempo que cumple el rol de víctima también es el asesino” (16).

 

La tesis central de No bombardeen Barrio Norte, el libro de Zariello, es otra, sin embargo, más específica: que “Yendo de la cama al living es ese pasaje ambiguo en el que el presente es la suma exacta del pasado y del futuro. Por eso el disco al mismo tiempo que remite, adelanta lo que vendrá” (16). A lo largo de su análisis del “triunfal ingreso de Charly García en los años 80” con ese disco, el autor va y viene en el tiempo; pese a lo cual, el libro sigue rigurosamente el orden de los temas de Yendo de la cama al living, con un “intermedio” para Pubis angelical, la extraordinaria banda de sonido del filme de Raúl de la Torre del mismo título. Aunque el autor reconoce que se interesó en Charly García durante el período “Say No More” y fue “aliado” (es decir, contribuyó como parte del público a una adhesión acrítica, al “aguante” a todo lo que el músico hiciera y/o dijera, que estaba en las antípodas del espíritu crítico que había caracterizado a la “cultura” del rock argentino hasta ese momento y a la contribución de García a ella), su libro está excepcionalmente bien documentado y es “erudito” en el sentido en que concibió la erudición la generación precedente de rockeros (en el marco de la vertiginosa sucesión de “generaciones” que preside la cultura del rock, la mía por ejemplo), a lo que (por otra parte) contribuye mucho la curatoría archivística en YouTube de la que no dispusimos hasta tiempos recientes.

 

Zariello le atribuye a García el carácter de pionero de cosas cuya anticipación no importa mucho (el sampleado, por ejemplo), describe su obra como algo investido de capas y capas de sentido predeterminado (por García) y niega tácitamente la posibilidad de que éste se equivoque o se falle: este defecto de juicio (un poco inevitable, dado el carácter hagiográfico del volumen y la falta de un periodismo musical crítico en Argentina) se ve compensado por la muy buena información que aporta y algunas iluminaciones nada menores que contiene: “Bienvenidos al tren” y “No voy en tren” como demostración de los cambios de humor y de orientación de García entre la década de 1970 y la de 1980; la reaparición de temas y motivos musicales a lo largo de sus discos como manifestación de la unidad de su obra (cuyo centro sería, y es una hipótesis plausible, “Transatlántico art decó”, el “centro oculto o pasadizo secreto que conecta y sostiene todos los cimientos del gran palacio que es su obra”); el minimalismo de las canciones de Yendo de la cama al living (por ejemplo las líneas de batería y bajo de esa canción) como un mensaje muy claro de ruptura con su pasado.

 

“Tal vez la cultura rock sea una gran y hermosa sobreinterpretación”, admite Zarriello. Quizás la exageración crítica sea inherente a toda lectura, se podría agregar. No bombardeen Barrio Norte hace lo que todo libro de crítica musical debería hacer: dar ganas de volver a escuchar un disco y/o un autor y ofrecer las claves para que, la próxima vez, la escucha sea más afinada. “Las cosas ya no son como las ves”, pero posiblemente sean como las ve Martín Zariello, y ése es un gran, gran mérito de su libro.

 

 

Martín Zariello

No bombardeen Barrio Norte. Yendo de la cama al living y el triunfal ingreso de Charly García en los años 80

Buenos Aires: Vademécum, 2016

[Publicado el 18/12/2017 a las 15:30]

[Etiquetas: Martín Zariello, Charly García, Ensayo, Vademécum]

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Descubrimientos / Tres novelas gráficas colombianas

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Dos viñetas de "Caminos condenados" de Diana Ojeda, Pablo Guerra, Camilo Aguirre y Henry Díaz.

Un lugar común, otro más: mejor que un descubrimiento son tres. En Guayaquil tropiezo con los libros de Cohete Cómics, el sello de género de la espléndida editorial bogotana Laguna. De formas distintas y con temáticas diferentes, los tres dan cuenta de una escena colombiana de cómics de la que no sabía demasiado y (al parecer) merece mayor atención de la que recibe. Dos Aldos es una magnífica reflexión futurista sobre la identidad y las contaminaciones que la hacen posible o la imposibilitan; la narrativa es deudora del manga para adolescentes y, con ello, algo muy distinto a Elefantes en el cuarto, el relato (deliberada y falsamente ingenuo, de trazo suelto y nervioso) del despertar sexual de Sindy Elefante, pseudónimo de Sindy Infante Saavedra (Bogotá, 1987). (Finalmente) Caminos condenados es un reportaje periodístico en formato de novela gráfica acerca de la explotación y el acoso que sufren los campesinos de la región colombiana de Montes de María, en el norte del país. Ninguno de ellos defrauda a su lector; tampoco exhibe las muestras de una escena incipiente o poco profesional: son tres libros excelentes y de muy buen nivel. Aquí hay tres obras que narran un mundo que podría resultarnos lejano, pero no lo es, tres buenas razones para esperar próximos descubrimientos.

 

 

Pablo Guerra y Henry Díaz

Dos Aldos

Bogotá: Cohete Cómics, 2016

 

Sindy Elefante

Elefantes en el cuarto

Bogotá: Cohete Cómics, 2016

 

Pablo Guerra (guión), Henry Díaz y Camilo Aguirre (dib.), Diana Ojeda (invest.)

Caminos condenados

Bogotá: Cohete Cómics, 2016

[Publicado el 05/12/2017 a las 09:45]

[Etiquetas: Pablo Guerra, Henry Díaz, Sindy Elefante, Camilo Aguirre, Diana Ojeda, Cohete Cómics]

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Interiores demasiado iluminados / "Narrativa completa" de Hermann Ungar

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Albert Camus afirmó en 1947 que "siempre hay una explicación social para lo que vemos en el arte; sólo que ésta no explica nada de importancia"; más o menos por la misma época, el escritor austríaco Heimito von Doderer sostenía que "los burgueses y pequeñoburgueses faltos de talento de ambos sexos son aún más inescrutables y misteriosos que el genio más sublime" y ésta última es la "explicación social" que mejor se adecúa y más conviene a la literatura del escritor judío de lengua alemana Hermann Ungar (Boskovice, Moravia, 1893 - Praga, 1929). Naturalmente, y como advertía Camus, tampoco explica demasiado.
 
Ungar nació sólo dos años antes de que Sigmund Freud ajustase cuentas con la neurastenia, por entonces la enfermedad de moda, y veintiún años antes de que estallase la Primera Guerra Mundial, de la que participó voluntariamente y en la que fue herido. La neurastenia daría paso a la neurosis y, poco después, a la "neurosis de guerra" ("Kriegsneurose", "Shellshock", "Invalides du Courage", etcétera), que Ungar no padeció: tras la contienda bélica trabajó como abogado y director teatral, agregado comercial checoslovaco en Berlín y escritor, en este último caso para admiración de Thomas Mann y Stefan Zweig pero también con escándalo. Ungar no sólo dedicó la totalidad de su obra a los criminales, los sadomasoquistas, los familiares incestuosos, los enajenados y los manipuladores, sino que, al hacerlo, procuró iluminar también su interioridad (quizás excesivamente) para que se pusiese de manifiesto que ésta no difería demasiado de la de sus lectores.
 
Narrativa completa reúne toda esa obra otorgándole un sitio preferencial a Los mutilados ("el" gran libro de Ungar) y a La clase, el otro texto de extensión del autor. La primera narra la historia del empleado de banco Franz Polzer (otros personajes llevan nombres como "Fanta" y "Milka", aunque esto es coincidencia); Polzer está hastiado de la puntualidad y del orden que persigue de manera enfermiza, pero le aterran lo inesperado y lo insólito, que entran indefectiblemente en su vida cuando es seducido por la viuda en cuya casa alquila una habitación: a partir de ese momento, el mundo de Polzer (quien, por una parte, aprendió desde niño a encontrar placer en los castigos físicos que le aplicaba su padre, y, por otra, siente repulsión hacia el sexo) se precipita en una espiral de perversiones propias y ajenas; es decir, se vuelve interesante. La segunda novela tiene como protagonista a Josef Blau, un maestro de escuela obsesionado con su "posición" que se precipita en el abismo por temor a ser humillado por sus alumnos, contra quienes el autor advierte: "El ser humano, decían, estaba dotado de bondad y comprensión; en tal caso, los chicos de catorce años no eran seres humanos".
 
Josef Blau es el personaje típico de Ungar: poco avispado, pusilánime, conformista, de una religiosidad exacerbada y confusa, dictatorial, misógino (obliga a su mujer a utilizar faldas hasta los pies y más tarde a raparse la cabeza para no ser deseada por otros hombres, pese a lo cual está convencido de que ésta tiene un affaire con otro profesor del instituto), paranoico, débil. La suya podría ser una más de las historias que Freud y Breuer (quien comparte nombre de pila con Blau) reunieron en sus Estudios sobre la histeria de 1895. A Ungar, que estudió psicología, le interesaba acceder a la motivación "profunda" de sus personajes. Estos constituían ejemplos extremos de la forma en que una sexualidad reprimida en nombre de las instituciones del matrimonio y la religión, pero (sobre todo) de la respetabilidad burguesa, enloquecía literalmente a los sujetos. Sus personajes (un hombre que lleva hasta las últimas consecuencias el proyecto de destruir a una mujer que fue indiferente a su despertar sexual, un joven que comete un asesinato para vengar las ofensas padecidas por un padre alcohólico, un sirviente revolucionario que cree posible rebelarse a través de la obediencia) humillan y son humillados. Lo hacen sobre el fondo de una época cuyos estándares no sólo morales están cambiando aceleradamente (y no son capaces de comprender, lo que constituye la verdadera "explicación social" de la obra de Ungar) y en un lenguaje histriónico en el que abundan los pasajes introspectivos que cierto tipo de imaginación hispanohablante asocia a la "Gran Tradición" de la novela centroeuropea: "Porque también en mí estaban la inseguridad y el desasosiego de un temor constante, como si cada hora pudiera traerme la humillación definitiva que me dejaría sin fuerzas para sobrevivir a esta hora que me desenmascara, me descubre, me pone en evidencia, revela mi mentira y mi crimen. También yo, criminal fugitivo", etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.

 
Hermann Ungar
Narrativa completa
Trads. Ana María de la Fuente, Ana María de la Torre e Isabel García Adánez
Madrid: Siruela, 2017
 
Babelia/El País, noviembre de 2017. 

[Publicado el 01/12/2017 a las 13:45]

[Etiquetas: Hermann Ungar, Siruela, Novela, Cuentos]

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"El diablo de las provincias" de Juan Cárdenas / Un fragmento (Cita)

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Más tarde entraron a un estanco de licores que tenía unas pocas mesas en la parte trasera. Generalmente iban allí porque era más barato que emborracharse en cualquier bar. Pidieron una botella de aguardiente en el mostrador de la entrada y pasaron a la trastienda, que estaba a reventar de gente. Incluso había parejas bailando. Se sentaron en los únicos sitios libres, dos butacas arrinconadas contra una pared, y trabaron conversa muy rápido con la gente que estaba en la mesa de al lado, tres cajeras de un banco, dos empleados de la alcaldía y un tipo que hacía los domicilios de un restaurante chino. Se los veía bien desparpajados, el habla chiclosa y caliente por el trago. Una de las cajeras, la más bonita de las tres, dijo que a ella sí le parecía que este era el país más feliz del mundo. Casi todos estuvieron de acuerdo, por distintas razones, pero ella explicó que el principal motivo de esa felicidad era que aquí nadie perdía la fe. Aquí todos tienen fe, hasta el final. El díler, que ya venía con ánimo trascendental, la miraba poniendo ojitos de niño devoto. Yo soy hincha del América, dijo el díler, seductor, yo nunca pierdo la fe. Y además estoy desarrollando una técnica de meditación que me está elevando a otro plano de la realidad. La cajera no le dio ni cinco de bola. Estaba más interesada en el biólogo, al que todos en la mesa trataban con una mezcla de distancia respetuosa y condescendencia, como se suele tratar a los extranjeros. ¿Usted qué opina?, dijo la cajera, ¿este es el país más feliz del mundo? Al biólogo lo sorprendió la pregunta y acabó enredándose en una parrafada sobre la definición de la felicidad. Si no sabemos qué es la felicidad, no podemos saber si somos felices, dijo. Y el pelao que hacía los domicilios del chino se puso una mano en la barbilla para burlarse del biólogo y dijo: interesante, interesante. Ahí intervino uno de los empleados de la alcaldía, el único disidente, para despotricar contra toda la idea de que existen países felices y países infelices. La mierda humana es universal, dijo, a quién se le ocurre hacer una encuesta para medir la felicidad y luego inventarse un ranking por país. Qué gastadera de plata, de tiempo. Son unos imbéciles y más imbéciles nosotros por estar hablando de esto. Otra de las cajeras, que tenía un flequillo rubio en forma de parasol, protestó sin perder el buen humor: la encuesta la hicieron unos científicos, midieron cosas de verdad, datos. Pura paja, la atajó el empleado gruñón, no hay gente feliz, hay gente satisfecha. O sea, gente ignorante y bruta que se conforma con cualquier chichigüa. La cajera bonita insistió en la primacía de la fe. El díler la apoyó con entusiasmo. El biólogo bebía en silencio, avergonzado por la disertación que acababa de soltar. Entonces el de los domicilios tuvo la feliz idea de sacar a bailar a la tercera cajera, que no había dicho nada de nada y era bajita y rechoncha, y eso bastó para cerrar el tema de la felicidad pero no el de la fe.


En
Juan Cárdenas
El diablo de las provincias
Cáceres: Periférica, 2017

[Publicado el 28/11/2017 a las 13:30]

[Etiquetas: Juan Cárdenas, Novela, Cita, Periférica]

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Todas las comas están en su sitio / "La utilidad del deseo" de Juan Villoro

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A las afirmaciones (tan habituales) de que se escribiría para explicar, contar y/o intervenir en "la realidad" John Barth opuso el argumento de que ésta no existe (agregando que el objetivo de la literatura es demostrarlo), y ciertos filósofos del lenguaje, que no hay nada fuera de él. Quizás para el extraordinario escritor, y soberbio estilista, austríaco Karl Kraus "la realidad" fuera sólo una errata: lamentando la Batalla de Shanghái de 1932, declaró que "si las comas hubieran estado en su sitio, nunca se habría llegado a esa destrucción".
 
A esto último lo recuerda Juan Villoro en un libro en el que (como es frecuente en los suyos) todas lo están. La utilidad del deseo reúne ensayos y conferencias escritos entre 2010 y 2016 y, en ese sentido, constituye una continuación de una trayectoria ensayística que (además de prólogos y artículos dispersos, así como una ingente cantidad de intervenciones públicas y crónicas) está constituida por tres libros, Efectos personales (2001), De eso se trata (2008) y La máquina desnuda (2009). Para el autor, Kraus fue el "excepcional testigo de una sociedad hipócrita, un infierno cubierto de azúcar glas donde las enfermedades morales eran acalladas por los valses de Johann Strauss", alguien cuyas ideas "tan contundentes como intrépidas [...] no hubieran trascendido de no haber significado una airada renovación del idioma". Es decir, de la realidad.

La utilidad del deseo recoge ensayos dedicados a Ramón López Velarde, el "precursor del teatro mexicano moderno" Rodolfo Usigli, Crónica de una muerte anunciada (que Villoro define como el "gran tributo" a Sófocles de Gabriel García Márquez), Jorge Ibargüengoitia ("sus textos periodísticos avanzan como una tertulia donde las revelaciones sobre los ausentes conducen al liberador efecto de la risa"), Carlos Monsiváis ("Su copiosa bibliografía es la prédica de un juez, irreverente y autocrítico, pero seguro de su autoridad, que condena o absuelve") y los paralelos entre la correspondencia de Juan Carlos Onetti, Manuel Puig y Julio Cortázar. Los intereses de Villoro se distribuyen entre una "orilla europea" y "la orilla latinoamericana"; a la segunda le corresponden los textos mencionados: a la primera, un largo prólogo a Robinson Crusoe de Daniel Defoe, unos "apuntes sobre literatura rusa", ensayos sobre Nicolai Gógol, Fiódor Dostoievski ("haber ‘muerto' durante unos minutos lo llevó a un pacto peculiar: el sufrimiento como problema, la escritura como solución"), Karl Kraus y Peter Handke.

La doble vertiente geográfica de los ensayos que conforman el libro es afín a la biografía de su autor, que nació en Ciudad de México pero fue escolarizado en alemán, residió durante años en la así llamada República Democrática de Alemania pero ahora reparte su tiempo entre Ciudad de México y Barcelona y es hijo de un importante filósofo mexicano, Luis Villoro, quien, sin embargo, nació en la Ciudad Condal. Al referirse a "la orilla latinoamericana" y "la orilla europea", el autor no establece jerarquías entre las dos ni nos dice cuál de ellas es la que le resulta más próxima, y su libro se beneficia de esta indiferencia a los compartimentos estancos por ejemplo en el descubrimiento de las inesperadas coincidencias entre López Velarde y James Joyce. Villoro es uno de los escritores hispanoamericanos que mejor piensa la literatura en este momento, así como alguien cuyos intereses persisten en el tiempo, permitiendo al lector asistir (de libro en libro) a cambios sutiles pero significativos en su valoración de ciertos autores y obras; nunca vacila, pero tampoco renuncia a extraviarse, convencido de que "es posible viajar entre líneas, hallar valores entendidos, establecer correspondencias, extraviarse voluntariamente en una foresta mental en pos de ideas, imágenes, adjetivos". Los mejores pasajes del libro (el prólogo a Robinson Crusoe, el perfil de Gógol, la conferencia sobre López Velarde, la recuperación de Ibargüengoitia y la conmovedora evocación de Monsiváis) son producto de una visión predeterminada de la literatura como realidad, pero también de esos extravíos.

Villoro se mira en los espejos (deformantes) de la elegancia epigramática de Karl Kraus, el humorismo extraordinariamente serio de Jorge Ibargüengoitia y el rigor intelectual de Ricardo Piglia, a quien le dedicó dos ensayos de La máquina desnuda. Aunque tiende a los juicios apodícticos ("La literatura no es un lenguaje privado: es la ilusión de un lenguaje privado", por ejemplo), por lo general es extraordinariamente sagaz, penetrante y muy persuasivo, un autor que concibe la literatura como "la apuesta inconmensurable de que alguien llegue a esta línea", la última de un texto y la primera del mundo. Villoro narra aquí cómo ciertos autores llegaron a esa línea y a la vez se ocupa de tres actividades que ejerció (la escritura de libros para niños, la traducción, el periodismo), ofreciendo de paso claves para la lectura de su propia obra, en particular de Conferencia sobre la lluvia (2013) y de El testigo, Premio Herralde de Novela de 2004.

 


Juan Villoro
La utilidad del deseo
Barcelona: Anagrama, 2017

 

Babelia/El País, noviembre de 2017.

[Publicado el 23/11/2017 a las 17:00]

[Etiquetas: Juan Villoro, Ensayo, Anagrama]

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Una gata llamada Prúa / Un texto de Xuan Bello * / Cita

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Gatos / Desde hace algo más que un breve tiempo junto a nosotros /

Niebla resultaba demasiado largo; Luna demasiado convencional. Pero como era blanca como la niebla y cándida como la luna, y en sus ojos se movían además aguas profundas y azules, a mí me recordó, por sus movimientos de prestidigitador, las manos de la lluvia: por eso, porque entre la niebla y la luna anda el misterio, le pusimos Prúa, esa palabra antigua que dicen en el asturiano de Cudillero para llamar a esa lluvia que es y no es, el orbayu, y que llevamos dentro de nuestra memoria con la apostura de un niño que lleva entre las manos un gorrión herido. Un asturiano es aquel que mira por las ventanas del alma y ve que prúa, que orbaya, y que todo está bien junto al fuego del corazón.

Le pusimos Prúa, como pudimos ponerle La Gata Christie o Tina, en cuanto empezó a investigar los escondites secretos de la casa: hay algo en la infancia de los gatos que recuerda la infancia del mundo; quien mira a un gatito que explora los límites angostos del universo, que ensaya con un ovillo de lana sus artes de cazador, no puede dejar de encontrarse perdido ante la inmensidad; y, como este animal que ignora su condición, quiere quien lo mira ser feliz y ronronear mientras la tarde pasa entre juegos y todo se convierte -el sofá, el espejo, el cascabel que apareció en un cajón y que ahora vuelve a tintinear- en magia de la buena y descubrimiento esencial y significativo. Prúa vino y se quedó: la trajeron de Borrés, el pueblo de mi padre, metida en una caja de zapatos. Su cuerpo era un temblor débil como el susto: ahora vocea elegantemente mientras la miro recordando aquel verso de Baudelaire, eres mi oportunidad de acariciar al tigre, e imagino la sombra elástica del silencio cruzando por mis sueños, por mi vida. Prúa corre ahora, atravesando el salón, y se esconde detrás del sofá. Asoma su cabecita, me mira teclear en el ordenador y no sé lo que piensa. Tal vez se compadezca de mí, y, de un salto, venga a despertarme de mi melancolía.

Hace años, cuando Eugénio de Andrade vino a presentar en Oviedo Contra la escuridá, la traducción que había hecho Antón García de aquellos versos claros, me tocó a mí pasearle por la ciudad. El poeta portugués, que ya frisaría los setenta, tenía entonces dos grandes amores: su ahijado Miguel, un niño de diez años, y su gato persa. Paseábamos por el Campo de San Francisco y él, al verme con mis veinte años tan inexperto en las artes de la poesía y de la vida, iba examinándome. ¿Qué pensaba yo de Louis Aragon, de sus exactos poemas en prosa? Se rio cuando le dije que de los surrealistas yo prefería a Paul Eluard y murmuró, celebrándolo, que el mundo siempre se repetía: a todos los jóvenes, dijo, les gusta más Paul Eluard. Se interesó por mi conocimiento de la poesía de Borges, que no me recomendó, y desdeñó al Jorge de Sena traductor, que yo admiraba tanto. «Jorge de Sena era um grande poeta e um grande amigo, mais um mal traductor». Yo le hablé de Vallejo y Andrade me preguntó, sorprendentemente, por Claudio Rodríguez: cuando le contesté que me gustaba mucho pero que de la Generación del 50 me interesaban más Ángel González y Jaime Gil de Biedma, volvió a reírse y a celebrarlo:

-El mundo se repite siempre -dijo-. Algún día preferirás la poesía de Aragon y de Claudio. Es solo cuestión de tiempo, ¿sabes?

Seguimos paseando por el parque mientras él me preguntaba por los nombres de los árboles. Señalaba un castaño de Indias y decía:

-¿Y cómo le decís a ese árbol en asturiano?

Yo, torpemente, no acertaba a decir si aquello era un olmo, un fresno o un nogal.

-El poeta ha de saber todos los nombres. ¿Cómo si no va a poder describir la entraña humana, la luminosa y difícil entraña humana?

En un aparte, casi al oído, me dijo:

-Mira, voy a decirte el secreto de la poesía: «É um pequeno persa / azul o gato deste poema».

Se detuvo en la última sílaba del primer verso, remarcando el encabalgamiento, antes de revelar el gato encerrado del poema. Yo imaginaba a un pequeño persa, quizá el heredero de aquel rey Cosroes que llevó el Islam a Mesopotamia, y me lo figuraba en su jardín, soñando distancias; o a un niño, mendigo por las calles de Bagdad, que descubría tras un muro un árbol muy extraño, un castaño de Indias, y en la rama más alta el nido de un pájaro que no conocía. Pero no, existía aquel intervalo de silencio, de misterio, que precedía a la revelación: era un gatito azul, que se desperezaba en el alféizar de la ventana, el que se movía entre aquellas sílabas transformando «con uñas y dientes y obstinación», la vida.

Prúa se ha adormilado sobre una vieja chaqueta de lana olvidada desde el invierno. Ajena a todas estas cosas que digo, sueña con su eternidad. También yo, mientras escribo estas palabras, me dejo llevar a un mundo de sombras que se entrelazan con la luz, de nubes que pasan viajeras en busca de otro país. Cerrar los ojos, dormir sobre un cojín y saltar sobre la presa del instante. Olvidar que lo que hace olvidar dura, ay, tan poco.

 

En
Xuan Bello
Escrito en el jardín
Trad. José Luis Piquero González y el autor
Zaragoza: Xordica, 2017 

 

* Xuan Bello (Paniceiros, Asturias, 1965) es uno de los escritores más destacados de la literatura española contemporánea. Autor en lengua asturiana, ha publicado los poemarios El llibro de les cenices (1988), Los nomes de la tierra (1990), El llibru vieyu (1994) y Los caminos secretos (1997). La vida perdida (1999) recoge una antología de su poesía en edición bilingüe asturiano-castellano, y que fue ampliada en Ambos mundos (2012). Como narrador destacan Historia Universal de Paniceiros (2002) y Los cuarteles de la memoria (2003), reunidos en el volumen Paniceiros (2004). Otros títulos suyos, a camino entre el ensayo y la ficción, son Al Dios del llugar (2007), La nieve y otros complementos circunstanciales (Xordica, 2012) y Las cosas que me gustan (Xordica, 2015). Escrito en el jardín es su último libro hasta la fecha.

[Publicado el 21/11/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Xuan Bello, Xordica, Citas]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990- 2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán, portugués y chino, Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016), Premio "Alcides Greca" de Novela de 2017, y del ensayo El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (2014), al igual que del libro para niños Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo (2017). Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Más recientemente ha recibido el Premio Cálamo Extraordinario 2016 por el conjunto de su obra. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania) y vive en Madrid. Su libro más reciente es Lo que está y no se usa nos fulminará (2018).

 

 

Bibliografía

 
 
 
 
 
 

 
 

 

Ficción

Lo que está y no se usa nos fulminará. Barcelona: Literatura Random House, 2017. 

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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