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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 26 de mayo de 2017

 Blog de Patricio Pron

Antes de que el futuro se convirtiera en pasado / "Crónicas de La Habana" de Mauricio Vicent y Juan Padrón

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Una página de "Crónicas de La Habana" /

Muerto Fidel Castro, es posible que el futuro ya no sea lo que era, al menos en América Latina, donde la Revolución Cubana inspiró magníficos sueños y trágicas pesadillas que todavía convierten nuestras noches en el paseo por un amplio cementerio. Cuando el futuro todavía era lo que era, un joven llamado Mauricio Vicent (que se convertiría con el tiempo en uno de los corresponsales españoles en el extranjero más brillantes) decidió dejar la Madrid hedonista de la Movida y la celebración de las libertades recientemente adquiridas para viajar a La Habana, primero como turista y a continuación como estudiante. Vicent vivió en Cuba entre 1984 y 1989, y, aunque ésta no fue su estancia más prolongada en la isla (iba a acabar escribiendo desde la isla entre 1991 y 2011 para el diario El País), sí fue la más importante por lo que tuvo de descubrimiento de una sociedad precaria, tendiente a la desidia y a menudo de una rigidez irritante, pero también viva y orgullosa de su Revolución y de sus conquistas en materia de derechos civiles, sanidad y educación.
 
Con la ayuda del cineasta y humorista Juan Padrón, toda una institución en Cuba, Vicent vuelve ahora los ojos sobre ese período de su vida: el resultado es tan grotesco como una buena entrega de Mortadelo y Filemón, pero el hecho de que lo que narra sea real lo dota de un matiz imperioso y ligeramente desconcertante. Aunque podría parecer un entretenimiento sin demasiado peso, Crónicas de La Habana es un libro importante: una pequeña pero privilegiada ventana desde la que contemplar las dificultades y el idealismo de una sociedad en un momento clave de su historia reciente, antes de que el futuro se convirtiera en pasado.
 
 
Mauricio Vicent y Juan Padrón
Crónicas de La Habana. Un gallego en la Cuba socialista
Pról. Javier Mariscal. Bilbao: Astiberri, 2016

[Publicado el 29/12/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Mauricio Vicent, Juan Padrón, Astiberri, Cómic]

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Aquí y ahora / "Gran Hotel Abismo" de Marcos Prior y David Rubín

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Al menos desde el 1984 de George Orwell (cuya potencia prospectiva no debería hacernos olvidar que 1984 era, al menos para su autor, 1948) sabemos que la literatura de anticipación es siempre una crítica del presente. En el futuro en el que tiene lugar Gran Hotel Abismo el Papa se llama Anacletus II, por ejemplo, la represión de las manifestaciones callejeras es llevada a cabo por drones con espadas láser, el espacio aéreo de las ciudades está plagado de vehículos y los hospitales pertenecen a McDonald's; pero también se está desmantelando los sistemas públicos de enseñanza y educación, continúa la destrucción de puestos de trabajo en beneficio del aumento de la libre circulación del capital, los recursos naturales son privatizados y el gobierno es apenas el gestor del régimen de vigilancia exigido por las empresas: no accesoriamente (por cuanto este es un libro acerca de España, aquí y ahora), uno de sus autores, David Rubín, lo dedica explícitamente a "Mariano Rajoy Brey y a todos los de su calaña [...] con la esperanza de que algún día ardáis en el mismo fuego que habéis prendido".
 
Si Gran Hotel Abismo es eficaz en su constatación de las fuerzas económicas que condicionan el catastrófico presente español, no lo es tanto a la hora de imaginar cómo éste podría ser modificado: el guionista Marcos Prior imagina secuestros de políticos prominentes, incendios intencionados, colocación de bombas, enfrentamientos callejeros con la policía y acciones de street art como los más apropiados para introducir un cambio político (en una adopción tácita de las convenciones en torno a la "violencia de abajo" como respuesta legítima a la "violencia desde arriba"), pero el que tiene lugar al final del libro llega como una especie de anticlímax puesto que hace al relevo en las altas esferas de gobierno pero no a los condicionantes económicos de la situación política. Esto, sumado a la indefinición en torno a ciertos personajes y a la aparente gratuidad de algunas escenas, hace pensar en ésta como la primera entrega de una serie más extensa en la que motivos y personajes presentados aquí se definan y justifiquen. A la espera de esa continuación (o no) del mundo de Gran Hotel Abismo, el lector encontrará el principal aliciente para la lectura del libro en el excelente dibujo de David Rubín y su uso extensivo del coloreado por ordenador, que dotan al libro de una atmósfera cinematográfica y tan inquietante como la de un presente español que requiere un correctivo cuya naturaleza (como pone de manifiesto este libro) sigue sin estar a la vista.
 
 
Marcos Prior y David Rubín
Gran Hotel Abismo
Bilbao: Astiberri, 2016

[Publicado el 27/12/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Marcos Prior, David Rubín, Astiberri, Cómic]

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"Me lo permito todo en este libro" / Alberto Laiseca (1941-2016)

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El escritor argentino Alberto Laiseca (1941-2016) / Fotografía de Alejandra López

El escritor argentino Alberto Laiseca nació en Rosario en 1941 y murió en Buenos Aires el 22 de diciembre pasado; ejerció oficios diversos, escribió 19 libros (incluyendo dos monumentales, Los sorias y El jardín de las máquinas parlantes), inventó el "realismo delirante"; fue, en una escena literaria como la argentina (de escritores que surgen con rapidez y con igual rapidez se eclipsan y caen en el olvido junto con su promesa), un valor seguro durante décadas. Al hilo de la noticia de su muerte, recordé una conversación que tuvimos en 1999, en su casa, con motivo de la publicación de su novela El gusano máximo de la vida misma: en su transcurso, Laiseca, que era alto y parecía severo, fue inusitadamente cordial y también muy generoso con el joven que lo entrevistaba. Quizás el diálogo tenga todavía algún interés; quienes deseen profundizar en la figura del autor de Por favor ¡plágienme!, tienen una aproximación más reciente y lograda en el excelente perfil que escribió Yamila Begné para la revista Anfibia (aquí). Esta entrevista fue publicada por El Cultural de El País de Montevideo, que dirigía Homero Alsina Thevenet, en 1999.
 
 
-Lo primero que sorprende del libro es la manera explícita en la que se narra lo sexual. Esto es particularmente llamativo si se considera que en novelas anteriores como La mujer en la muralla usted lo hacía mediante una serie de metáforas.
 
Metáforas muy chinas por otra parte. Lo que pasa es que este libro fue un descanso. Es cierto que es obceno, pero a veces la obcenidad es un alivio para el escritor. Todo el libro en realidad fue un descanso porque para escribir mis obras yo suelo estudiar mucho y aquí no había nada que estudiar. Lo único que tenía que hacer era sacar de mis recuerdos (de «los escombros de mis recuerdos» como dice Gustav Meyrink) las cosas de mi infancia, mis experiencias con el underground y con las mujeres. Pero este también es un libro explícito desde el punto de vista teológico por las cosas que habla el gusano con el sabio loco. En mis novelas siempre hubo grandes partes de discusión teológica, particularmente en El jardín de las máquinas parlantes y en ésta, más allá del lenguaje underground, está la parte isabelina de mis obras.
 
-El libro respira alegría, ¿cómo fue su proceso de escritura?
 
Bueno, lo escribí hace seis años, en un momento en que estaba bastante mal, en el sentido de que había perdido muchas cosas: mi casa, mi mujer de entonces y mi trabajo. No estaba tan mal como en otras épocas porque tenía algunas cosas y había ganado la beca Guggenheim, pero en los momentos en que estoy peor, el humor y el delirio me salvan, como esta vez. Me dan una opulencia que no tengo en la vida diaria. Así que inventé ese personaje «proteico» del gusano para hacerle correr historietas de aventuras, pero luego me di cuenta de que daba para mucho más y me dije «Por qué en lugar de escribir dos o tres cuentitos no hago una novelita, lo meto todo en una obra única y me despacho».
 
-Hay una impronta autobiográfica fuerte en el libro. Hablemos entonces de su vida. Usted nació en Rosario.
 
Sí, pero no me crié ahí. Mamá había tenido problemas con su primer bebé, que sólo vivió unas pocas horas, y papá tenía mucho miedo, así que la llevó a Rosario y la internó por las dudas (él era médico y podía hacer ese tipo de cosas), pero yo nací como escupida de músico, así que ya repuesta mamá nos volvimos a Camilo Aldao, donde vivíamos.
 
-En algunas de las entrevistas que le han hecho leí que usted ejerció múltiples oficios. Hay algunos que son conocidos como el trabajo de corrector en La Razón, ¿cuáles fueron los otros?
 
Fui operario telefónico en una sección llamada Centrales Privadas que, pese a su nombre, no era privada. Instalábamos centrales autónomas para empresas, desde teléfonos comunes a télex, tanto en Buenos Aires como en cualquier otra parte. En teoría podían mandarnos a Santiago del Estero pero nunca lo hicieron. Había venido con veinticinco años a Buenos Aires luego de trabajar en la cosecha (en Mendoza, el norte de Santa Fe y la propia provincia de Córdoba), y antes de ser telefónico trabajaba de peón de limpieza. Luego una tía me conseguió el trabajo en Teléfonos del Estado, del que me fui con una pequeña herencia que me permitió comprar una casita en Escobar; cuando ya me estaba quedando sin un solo peso y tenía que empezar a vivir de la caridad pública, conseguí ese trabajo en La Razón donde estuve nueve años y un mes.
 
-En sus novelas, desde las Memorias de un novelista atonal, que es un narrador imposible, hasta los cuentos policiales chinos que escribe el gusano, siempre hay alguien que quiere comenzar a escribir. ¿Cómo fueron sus propios inicios?
 
Bueno, yo ya escribía de antes de venir a Buenos Aires. Ya cuando estudiaba ingeniería química hacía incursiones pésimas en la literatura. Escribía muy mal y lo que hacía era sobre todo plagiar a Herman Hesse, a Gustav Meyrink y a los otros simbolistas alemanes. Era pésimo todo, y tuve que llegar a una clarificación conmigo mismo para empezar a escribir como la gente. Pero eso fue en Buenos Aires, donde empecé a contar simplemente lo que me pasaba por adentro, mis reflexiones, fragmentos de ficción y cosas sin principio ni fin que yo llamaba «arte Caoísta».
 
-En el libro hay una descripición exhaustiva de la vida en las cloacas de Buenos Aires, ¿cómo se informó al respecto?
 
Esas cosas me las contó un amigo que fue oficial de bomberos durante más de diez años, Enrique César Lerena de la Serna. Él me contó todos los detalles de cómo es una cloaca y del lunfardo que usan los raqueros, las personas que viven en ellas, para una nota para el diario Tiempo Argentino. Todos dijeron «qué maravilloso el trabajo de ficción de Alberto Laiseca», pero esa parte es rigurosamente verdad: en las cloacas hay derrumbaderos y cataratas de seis metros de alto, hay inscripciones cuyas nomenclaturas se han perdido y remolinos enormes donde si usted se cae sale en el Río de la Plata muerto, hay ratas de Noruega enormes a las que los gatos les tienen miedo. Todo eso es cierto.
 
-En sus novelas siempre hay una tensión entre la ficción y la investigación histórica que se enriquecen mutuamente. ¿Qué surge primero en sus obras, el tema o la época en la que quiere situar ese tema?
 
Eso es muy difícil de decir porque tiene que ver con la génesis de una obra. Es la pregunta de «¿Qué es primero, el huevo o la gallina?». El maestro Lai Chú dice «Primero vino el huevo, pero el faisán poniéndolo». En el caso específico de una novela sobre Egipto es obvio que voy a leer libros de egiptología y cuanto papel caiga en mis manos, pero en el caso de un libro como El gusano máximo de la vida misma lo primero que aparece es el deseo de narrar, o sea, eso tan raro que tiene el escritor de encontrar cosas que los otros no encuentran.
 
-¿De qué manera cree que El gusano máximo de la vida misma continúa o altera el plan de sus obras anteriores?
 
Este es como un resumen de todos mis libros anteriores y un resumen de mi cosmovisión. Las observaciones teológicas que hago en él son muy importantes porque son lo que yo pienso sobre ciertos asuntos. Hay además citas de obras como «Su turno» y Los sorias y están los enanos de mi infancia que aparecen en Matando enanos a garrotazos.
 
-Hace algunos años hizo mucho ruido con la publicación de Los sorias, de la que por entonces usted decía que era «la novela más leída y menos comentada de la literatura argentina reciente». ¿Sigue pensando lo mismo sobre ese libro?
 
Todavía sí, porque todo el mundo sabe que existe pero muy pocos lo han leído. De todos modos yo creo que Los sorias se va a abrir paso con campo gravitatorio propio hasta que llegue a ser tan comentado como leído.
 
-¿Le preocupa encontrarse con que escribe más de lo que las editoriales argentinas están dispuestas a publicarle?
 
Sí, me interesa mucho publicar y cuando vi que pasaban dieciséis años y no me sacaban Los sorias me empecé a sentir mal. Entonces apareció como un genio de «las mil y una noches» Gastón Gallo y me la publicó.
 
-Tusquets le reeditó también La mujer en la muralla. ¿Qué le parece ese libro tantos años después de haberlo escrito?
 
Es una novela a la que yo le doy mucha importancia porque es como el polo opuesto de El gusano máximo de la vida misma. Es un estilo muy cuidado, de investigación histórica muy exhaustiva. La quiero más que nunca.
 
-Hay una pregunta obligatoria, ¿qué es el realismo delirante del que usted se considera fundador?
 
Bueno, delirantes hemos tenido a montones en la literatura argentina, pero aquí lo que se hace es delirar sin olvidarse de la realidad. Las referencias a lo que sucede (a la realidad teológica, política, de las relaciones entre el hombre y la mujer) están marcadas por delirios que no son gratuitos, sino que consiguen contar la historia de otra manera.
 
-Lo verdaderamente delirante parece ser que en sus novelas los delirios no son menos ciertos que la información documentada.
 
Exacto. Mire lo que me pasó con La hija de Kheops. En uno de los párrafos de la novela yo cometí el atrevimiento de decir que el faraón les daba cerveza a los trabajadores de la pirámide. En una radio me gastaron terriblemente diciendo «Cómo no saber que la pirámide fue construida a latigazo limpio y que lo único que le daban a los esclavos era un poco de comida para que siguieran trabajando». Bueno, en primer lugar, no eran esclavos (esa es una mala prensa que tiene el faraón) y, en segundo lugar, yo estaba seguro de que era así aunque no tenía documentación. Después de unos años de publicada esa novela apareció en el diario la noticia de que habían hallado en Gizeh una gigantesca fábrica de cerveza que el faraón había mandado construir para darle a los trabajadores. Eso es realismo delirante. Lo que el delirio hace con su aparente «irse por las ramas» es hacer más rápidas las cosas y explicar una realidad sin enmascararla.
 
-En ese sentido su método se opondría a la ficción histórica tan en boga que consistiría en rellenar los omisiones y ausencias de la Historia con al carnadura de la ficción.
 
Sí. Lo que yo trato en mis novelas históricas es de averiguar lo que no dice la Historia. Esto es muy pretencioso y difícil y (obviamente) lo logro muy pocas veces, pero es a lo que aspiro.
 
-En sus novelas las mujeres ocupan un lugar preponderante. En dos de ellas, al menos, el lugar central: La hija de Kheops y La mujer en la muralla. El gusano máximo de la vida misma parece entonces un homenaje un poco tortuoso a las mujeres.
 
Sí, ellas me dieron mucho a mí y sin ellas yo no sería la mitad de un hombre. La suya es una buena observación porque aparentemente el libro no es un homenaje, ya que el gusano no trata muy bien a las mujeres. Sin embargo, las mujeres son el centro de gravedad de todo lo que hace.
 
-En sus novelas siempre hay también un dictador. El gusano máximo de la vida misma también lo es, aunque (a diferencia de los otros) acaba abandonando todo. ¿Ha cambiado su opinión sobre el poder?
 
Sí. El gusano se convierte en el dictador máximo de los Estados Unidos, pero ya antes hace todo lo que quiere. Luego se humaniza y de ser absolutamente egoísta se vuelve un tipo que intenta auxiliar a los demás. El gusano renuncia al poder porque está harto y termina siendo un maestro que predica ante sus alumnos y usa a Shakespeare como libro de adivinación. La reflexión sobre el poder no cambia, aunque el gusano termina bastante mejor que otros dictadores.
 
-Que la reina de las cloacas les lea Shakespeare a las ratas, ¿significa que la literatura tiene un lugar cada vez más subterráneo y marginal en nuestra cultura?
 
Sí, me temo que significa exactamente eso. Esta es una novela de realismo delirante en estado puro al punto de que me dejo atar muy poco por las convenciones. Me lo permito todo en este libro, e incluso eso.

[Publicado el 24/12/2016 a las 13:28]

[Etiquetas: Alberto Laiseca, Novela, Entrevistas, Recuperación]

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Juan José Saer, a contrapelo / Dos libros

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El escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) / Crédito de la imagen, de su autor /

Algo más de diez años después de su muerte, la obra del argentino Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005) empieza por fin a ser, si no más leída, sí al menos algo más accesible para los lectores, gracias, entre otros, a los esfuerzos de los responsables de Rayo Verde, quienes han publicado en España cinco de sus libros más importantes: La pesquisa (2012), El entenado (2013), Nadie nada nunca (2014), Glosa (2015) y El concepto de ficción (2016). A pesar de ello, la obra de Saer sigue resistiéndose, en no menor medida como resultado de unas características intrínsecas (prosa fluvial y mayoritariamente descriptiva, restricción del argumento a un puñado de personajes y un paisaje, el de la ciudad argentina de Santa Fe y sus alrededores, unicidad e interdependencia de los libros, etcétera) que convierten esa obra en objeto de admiración, pero también limitan su público. "Hay algo de terriblemente a contrapelo en [Juan José] Saer", escribe Beatriz Sarlo. Esa "insistencia heroica en armar una Obra en un momento en que la idea misma de 'obra' y, por tanto, de autor, era demolida por los héroes culturales de la filosofía francesa".
 
Que Saer nunca temió a ir a la contra (más todavía, que cuestiones como la circulación de su trabajo y su relativa inaccesibilidad le resultaban indiferentes) se pone de manifiesto, por ejemplo, en la respuesta que le dio a Graciela Speranza en torno a 1995, cuando la excepcional ensayista argentina le preguntó si era consciente del lugar que ocupaba por entonces en la literatura argentina, y que era el del centro de una red densa de lecturas e interpretaciones que lo consideraban unánimemente uno de los tres o cuatro mejores escritores argentinos del momento; Saer le respondió: "Creo que ha habido mucha gente que ha leído mis libros con interés, me llegan ecos, pero eso no alcanza a definir el lugar de un escritor en una literatura. Quizás sólo se trate de una moda".
 
La multiplicación en los últimos años de los ensayos acerca de su obra, su presencia cada vez más visible en las librerías hispanoamericanas y el surgimiento de un puñado de escritores argentinos que parecen escribir "a partir de" su realismo y con su sintaxis particular, dan cuenta del hecho de que el autor se equivocaba y de que lo suyo no era una moda, algo que también pone de manifiesto la publicación de Zona Saer, el nuevo ensayo de Beatriz Sarlo. En él, la ensayista argentina regresa a sus temas habituales (Jorge Luis Borges, la constitución de la literatura argentina como proyecto político, la experiencia política revolucionaria de las décadas de 1960 y 1970), pero lo hace procurando presentar a los lectores, al mismo tiempo, una obra. Lo hace, afirma, "tratando de transmitir la felicidad y el asombro que siempre sentí ante la literatura de Saer"; el resultado es una sucesión de impresiones acerca de los personajes del autor, sus desplazamientos, sus influencias, la importancia de la poesía en la conformación de su estilo (a menudo, el autor traducía poesía para "soltar la mano" antes de ponerse a escribir, y la "impronta poética" de sus observaciones, así como la naturaleza poética de su sintaxis son evidentes), la de la comida y la conversación en sus libros, etcétera; de todo ello emerge (y este es tal vez el aspecto más interesante del libro), una visión de Saer como escritor "a la contra": un autor extemporáneo, que escribía sobre su región sin permitirse ser regionalista (una afirmación que tal vez hubiese requerido por parte de Sarlo una digresión acerca de las diferencias entre una cosa y la otra que la autora, sin embargo, no lleva a cabo); que, pese a vivir durante los últimos treinta y cinco años de su vida en Francia, rechazó escribir acerca de otro asunto que su región, que se negó a permitir que su obra fuera inscripta entre unas novelas "del Boom" que ya en 1973 consideraba el resultado de una visión "hueca", "abstracta y chauvinista", que produjo novelas que transcurren en el pasado pero abjuró de "la novela histórica", que escribió deliberadamente desde y sobre la lentitud en tiempos veloces, que procuró discurrir al margen pero se volvió central.
 
No fue "un gran ensayista", afirma Sarlo; sin embargo, los textos reunidos en El concepto de ficción (que coincide en librerías con Zona Saer) parecen contradecirla. Publicados originalmente en 1997 y organizados en un orden cronológico algo perezoso, que ratifica la opinión no muy favorable que Saer tenía de ellos, son extraordinarios. Aquí aparecen reunidos los escritores más admirados por el autor, sus disidencias (en particular con Jorge Luis Borges, como observa Sarlo) y sus entusiasmos (Witold Gombrowicz, Roberto Arlt, James Joyce, el Nouveau Roman): todo ello recorta un espacio que es el de su obra, el espacio en el que ésta puede ser leída, por fin, por una nueva generación de lectores y revisitada por aquellos para los que es una referencia desde hace décadas.
 
 
Beatriz Sarlo
Zona Saer
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016
 
Juan José Saer
El concepto de ficción
Barcelona: Rayo Verde, 2016

[Publicado el 22/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Juan José Saer, Beatriz Sarlo, Rayo Verde, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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Noticia de un secuestro / "Escapar" de Guy Delisle

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Una boda, una silla, un plato vacíos: Christophe, el hermano de la novia, está secuestrado en el Cáucaso desde hace semanas. Trabaja para Médicos Sin Fronteras en Chechenia, en 1997, en el apogeo de ese conflicto; las negociaciones son intensas, pero no producen avances; ni siquiera se sabe con certeza si Christophe sigue vivo.
 
Guy Delisle es el celebrado autor de una muy exitosa aunque no particularmente interesante Guía del mal padre, así como de unas crónicas de Corea del Norte y China (Pyongyang, Shenzhen), unas Crónicas birmanas y unas Crónicas de Jerusalén en las que practica un periodismo autorreferencial cuya diferencia más evidente con el de otros exponentes del género en el ámbito del cómic, por ejemplo Joe Sacco, consiste en el hecho de que, por una parte, Delisle no suele tematizar las condiciones de producción de su obra, y, por otra parte, tiende a prescindir de todos aquellos elementos que, como la documentación, podrían lastrar en exceso su relato y enlentecerlo. A menudo, y más que los sitios a los que llega, el tema de la obra de Delisle es su asombro ante lo que ve; es decir, su mirada, más que lo que mira. Y puesto que esta recurrencia (y lo que tiene de falsa ingenuidad) puede resultar irritante a algunos lectores, la publicación de Escapar resulta desconcertante al tiempo que bienvenida incluso (pero especialmente) por aquellos a los que la producción de Delisle les ha interesado poco hasta la fecha.
 
Basado en conversaciones mantenidas por el autor con su protagonista, Escapar nos sumerge en el relato de Christophe André acerca de su cautiverio; como tal, constituye un auténtico tour de force, por cuanto Delisle se ve abocado a concebir una visualidad atractiva para un encierro que forzosamente, y por definición, carece de él. Lo hace espléndidamente, dotando a elementos como unos grilletes, una lámpara en el techo o una puerta de una apariencia ominosa y repetitiva; algo de la profunda angustia que André siente durante su cautiverio, y que éste trata de distraer recordando acontecimientos de las Guerras Napoleónicas y llevando la cuenta de sus días en cautividad, llega al lector en virtud del talento que Delisle exhibe aquí para, empleando una paleta reducida de colores, y evitando la intromisión, ser fiel al relato de una situación extrema, pero también de su superación sin claudicaciones y sin entregas, en una demostración de la extraordinaria fuerza de voluntad de un individuo cuyas convicciones y amor por la libertad lo salvaron cuando parecía estar más allá de toda salvación posible. Además del testimonio de esa experiencia, Escapar es el mejor libro de Guy Delisle hasta la fecha.
 
 
Guy Delisle
Escapar
Trad. María Serna Aguirre
Bilbao: Astiberri, 2016

[Publicado el 20/12/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Guy Delisle, Cómic, Astiberri]

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Ingravidez / "Ardillas de Pavlov" de Laura Erber

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Vivimos, afirman algunos, tiempos "post-históricos", en los que la errancia y la falta de certezas habrían reemplazado a una cierta visión progresiva de la historia y a los esfuerzos individuales y colectivos por encontrar un sentido; al menos desde la victoria en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses de Donald Trump (cuya campaña estuvo presidida por el uso extensivo y deliberado de la mentira política) parece evidente que estos tiempos "post-históricos" han venido para quedarse, de tal manera que la única pregunta que cabe hacerse al respecto (aparte de la que concierne a nuestra suerte en su transcurso) es de qué forma la literatura, post-histórica o no, reflejará estos tiempos de vagabundeo, fragilidad y falta de sentido de la experiencia.
 
Además de la obra de Teju Cole (Kalamazoo, Michigan, 1975), posiblemente el escritor que mejor ha comprendido el signo de los tiempos, la literatura contemporánea reserva dos respuestas mayoritarias a la pregunta acerca de cómo narrar la época: la surgida en los Estados Unidos al hilo del movimiento Black Lives Matter (que reescribe la experiencia individual en el ámbito de lo social en un sentido amplio, no tanto en términos de clase sino más bien de raza y de género) y la que emerge de escritores individuales que, como Valeria Luiselli en su novela Los ingrávidos, hablan de la pérdida del hogar con la levedad y los tonos menores de una literatura radicalmente solipsista.
 
Ardillas de Pavlov de Laura Erber (Río de Janeiro, 1979) pertenece a esta última tendencia; su protagonista, Ciprian Momolescu, hijo de un poeta surrealista rumano que, ante el escaso interés de la Rumania comunista por el surrealismo, devino escritor de cuentos infantiles, lo intenta como artista contemporáneo becado en residencias en Alemania y Dinamarca antes de decidir que un arte que tiene como objeto producir experiencias debe ser sublimado en la experiencia de una vida anónima, en su caso en París. Ciprian aspira tan sólo a encontrar al final de su vida "un lavamanos con una rejilla oscura para drenar sus peores recuerdos" (48); "tantas cosas pueden surgir de las elucubraciones de un joven solitario en un lugar aislado [que] lo más difícil es vivir la vida al por mayor y al por menor y saber que no hay más que falta de sincronía, ovulación y violencia consentida", afirma (46). Su aprendizaje no es el de la decepción (este no es un Bildungsroman ni nada que se le parezca, en no menor medida debido a que, en realidad, y a lo largo de su trayectoria, Ciprian no desea ni consigue aprender nada), sino el producto de una decepción inevitable, ya que "no hay juego, azar, teoría salvavidas, persona o libro que enseñe a soportar este mareo" que es la existencia: "El lugar desde donde hablo es una nada justo en medio de todo" (15).
 
Erber, quien es también artista visual y editora y fue seleccionada por la revista Granta como uno de sus "veinte mejores escritores brasileños jóvenes", tiene talento para el epigrama ("el cansancio es la bebida de los que no beben", 32; "La pobreza que nos mantenía juntos era la misma que nos separaba", 34) y su novela tiene pasajes especialmente logrados; su levedad, su "ingravidez" parece apuntar a lo que la autora denomina "esa extraña forma de inocencia que es la indefinición" (91); sin embargo, ¿es posible ser inocente en estos tiempos post-históricos? Quizás la respuesta sea que, siendo posible, no es deseable. "Soy un chiste que se cuenta por inercia, capricho o vanidad", admite el narrador de Ardillas de Pavlov (14); más tarde, se pregunta: "¿Y por qué les cuento todo esto?" (118). El lector, por supuesto, se pregunta lo mismo bastantes páginas antes. Buena parte del futuro de la literatura se juega en la respuesta que se ensaye a esa pregunta; pero, al menos de antemano, es evidente que la ingravidez literaria no parece la mejor respuesta a la falta de peso de la literatura contemporánea ni la elisión del significado la mejor contribución a la recuperación de un sentido para la experiencia moderna.
 
 
Laura Erber
Ardillas de Pavlov
Trad. Julia Tomasini
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2016

[Publicado el 17/12/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Laura Erber, Novela, Adriana Hidalgo]

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El mapa y el territorio / "Houellebecq. Una experiencia sensible" de Nicolás Mavrakis

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¿Quién o qué es Michel Houellebecq? La pregunta no es tan simple como parece. O lo es: lo que resulta complejo es darle una respuesta. Nicolás Mavrakis (Buenos Aires, 1982) lo intenta ofreciendo el que (de momento, y si no estoy equivocado) es el primer libro en español dedicado al autor de Ampliación del campo de batalla.
 
Quién es, qué hace, cuál es el "efecto Houellebecq" en la literatura contemporánea; el autor responde estas preguntas articulándolas en torno a algunos ejes temáticos: la idea de masculinidad en la obra del autor de Sumisión; su visión de las ciencias físicas y, particularmente, de la biología; su relación con el mercado no sólo literario; sus visiones de la sexualidad, lo Sublime, la poesía. Visto como un poeta (romántico, agregaría él), Houellebecq se convierte aquí en una suma de contradicciones significativas: un poeta que escribe muy buena narrativa y (a su vez) pertenece al reducido y no muy interesante círculo de los best sellers; un autor deliberadamente marginal que, sin embargo, acapara portadas; un inteligentísimo analista del fetichismo de la mercancía que no duda en ofrecerse a sí mismo y a su obra como una mercadería más y se entrega al mercado en distintos formatos como si se tratase de un producto franquiciado; alguien, por fin, que considera seriamente la posibilidad de que el sexo vaya a ser eliminado en un futuro próximo pero hace que las motivaciones de sus personajes sean casi únicamente de índole sexual.
 
Aquí "contradicción" no es error ni invalidez, sino principio articulador de una narrativa que no se limita a la provocación o al escándalo. Acusado habitualmente de "misógino", "racista" o "reaccionario", Houellebecq es, sostiene Mavrakis, todo aquello que esas etiquetas silencian, y es necesario dejar de lado los prejuicios para que la verdad esencial que subyace a su obra se desplace firme pero persistentemente más allá de las preconcepciones y los rótulos. No siempre Mavrakis consigue mostrar esto con claridad: al tiempo que su idea de lo que llama la "feminización del amor" es considerablemente estrecha ("un mundo postpatriarcal donde las mujeres se sintieran satisfechas con la casta compañía de hombres con los que pudieran compartir meriendas nice y películas como Mean Girls", 88), su visión de un vínculo ineludible entre masculinidad y poder ("Cuando se trata de masculinidad, lo que está verdaderamente en juego es el poder", 100) excluye por definición la posibilidad de ejercer el poder de forma "femenina" (en la estrechez de la interpretación, el autor parece coincidir con el feminismo más radical, no necesariamente el más interesante) y su adhesión y/o rechazo a términos como "explotación femenina" (103), feminismo, masculinidad y turismo sexual carece (una objeción que también puede hacerse a la obra de Houellebecq) de un componente de clase sin el cual esos términos no resultan productivos.
 
En sus mejores momentos, sin embargo, Houellebecq. Una experiencia sensible es una introducción seminal a la obra del autor de El mapa y el territorio, una guía de viajes por un territorio que (precisamente) carecía de mapa en español hasta el momento. "En el gesto irónico de Houellebecq ante su propio proyecto [...] puede auscultarse una larga tradición francesa que incluiría nombres y tiempos como los de François Rabelais y Charles Baudelaire", afirma Mavrakis (141); también, se puede agregar, en su obra se encuentran los modos de una negatividad que, no casualmente, ha encontrado un eco especialmente afín en la cultura argentina. "La obra de Michel Houellebecq es útil simplemente porque establece un punto simple: pensar y escribir bien no significa pensar y escribir cosas buenas" (34); es pertinente tomar en cuenta que estas últimas palabras han sido escritas en Buenos Aires, donde la negatividad constituye algo parecido al aire que se respira, no necesariamente para beneficio del sistema respiratorio pero sí de los lectores.
 
 
Nicolás Mavrakis
Houellebecq. Una experiencia sensible
Buenos Aires: Galerna, 2016

[Publicado el 15/12/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Nicolás Mavrakis, Ensayo, Galerna]

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En una lengua extraña / "Había mucha neblina o humo o no sé qué" de Cristina Rivera Garza

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Nacida en Matamoros (Tamaulipas, México) en 1964, Cristina Rivera Garza es poeta, ensayista, profesora en la Universidad de Houston y, sobre todo, una de las intelectuales y escritoras más sugerentes y talentosas de la literatura contemporánea en español; sus intervenciones en la red, ensayos suyos como Los muertos indóciles. Necroescritura y desapropiación (2013) o su singular aproximación a Pedro Páramo en su blog "Mi Rulfo mío de mí" no sólo señalan nuevas direcciones para la literatura, sino que proponen (y esto tal vez sea más importante, o al menos más urgente) una reformulación de los vínculos entre las instancias sólo aparentemente divergentes de autor, lector y obra, lo que equivale a decir, una reescritura del sitio que la literatura ocupa en el mundo.
 
Había mucha neblina o humo o no sé qué continúa el proyecto de apropiación de la obra de Juan Rulfo como vehículo de un cuestionamiento radical de la autoría ya esbozado por Rivera Garza en "Mi Rulfo mío de mí", y lo hace en dos sentidos: hacia el interior del texto, subvirtiendo su adscripción a un género u otro mediante la proliferación de estrategias narrativas (Había mucha neblina o humo o no sé qué es principalmente una crónica de viaje, pero incluye poemas, fotografías, análisis literarios, cuentos, reescrituras y apuntes); por otra parte, hacia el exterior del texto, dando cuenta de las condiciones materiales de producción de la obra de Rulfo, lo que supone también (y especialmente en relación al desempeño del autor de El llano en llamas en el proyecto modernizador mexicano, primero como vendedor de neumáticos y más tarde como integrante de la así llamada Comisión del Papaloapan y funcionario en el Instituto Nacional Indigenista) establecer un vínculo entre las mejoras introducidas en la producción de llantas y neumáticos con la ampliación de la red de carreteras en México, el auge del turismo en el país norteamericano y la popularización en él de la cámara fotográfica: todo ello (dice Rivera Garza) hizo posible la obra de Juan Rulfo en la medida en que facilitó los desplazamientos por el país que están en el origen de su literatura. Su obra no surge de la nada, es el resultado del proyecto modernizador mexicano así como su cuestionamiento, un impulso modernizador paradójicamente cohibido por el reconocimiento de que supondría la desaparición de ciertas comunidades y formas de vida que Rulfo celebró en su obra, especialmente en su fotografía.
 
Juan Rulfo como testigo, Juan Rulfo como "facilitador" del desplazamiento forzoso de las comunidades rurales que él entendió como nadie y sobre las que escribió con una piedad todavía conmovedora, Juan Rulfo desplazándose hacia el futuro con la mirada puesta en el pasado como el ‘ángel de la Historia' de Walter Benjamin, Juan Rulfo financiado por la CIA, Juan Rulfo comprándose diez boletos de lotería para salir de pobre (y no ganando nada, por supuesto); Juan Rulfo como pionero de la literatura queer (otro gran hallazgo de la autora): las versiones del autor de Pedro Páramo se solapan en la obra de Rivera Garza contribuyendo a la reversión del proceso de canonización y desactivación política de Rulfo y de su obra que se iniciaron con su silencio. A pesar de ciertas repeticiones a lo largo del texto y de una prosa no siempre eficaz, Rivera Garza hace en este libro algo extraordinario: se apropia de Rulfo (es decir, lo "desapropia", despojando sus textos de la atribución de autoría que los uniforma y desactiva) para, de esa manera, devolvérnoslo. Al final, como en las páginas traducidas al mixe que conforman el último pasaje del libro, Juan Rulfo sigue siendo un enigma, alguien que habló en una lengua extraña; pero esa lengua ya se ha vuelto nuestra, y nosotros somos ella también.
 
 
Cristina Rivera Garza
Había mucha neblina o humo o no sé qué
Ciudad de México: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 12/12/2016 a las 15:15]

[Etiquetas: Cristina Rivera Garza, Novela, Literatura Random House]

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Hemos nacido en tiempos difíciles / "La mente participativa" de Henryk Skolimowski

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"La filosofía académica de nuestro tiempo, escrita por puros cerebros, se ha vuelto ilegible para la gente corriente e incluso para quienes están mejor formados", constata Henryk Skolimowski: se erige "como un curioso monumento en ruinas". Ante las ruinas (se sabe) sólo cabe la contemplación respetuosa y el alivio de no tener que vivir en ellas, pero el autor explora otra vía, la del desplazamiento. Nacido en Polonia en 1930 pero doctorado en Oxford y con una larga experiencia docente en los Estados Unidos, Skolimowski propone desplazar el centro de la discusión filosófica del ámbito del sujeto al de su interacción con el mundo.
 
No se trata de negar la larga y muy rica tradición del pensamiento occidental, cuyo tema ha sido de forma predominante el individuo, sino, afirma el autor, de proponer un nuevo comienzo para el cual éste se inspira en los presocráticos: en su recurso a la imaginación, en la fuerza poética de sus ideas, en su uso de los símbolos, en su condición (por fin) de pioneros, los presocráticos le permiten desembarazarse de un pensamiento filosófico absorto en su propia contemplación para avanzar hacia un modelo presidido por la mente y por la forma en que ésta adquiere un conocimiento del mundo que es, esencialmente, cocreador: al contemplarlo, la mente participa de él y contribuye a su existencia, al tiempo que, como es evidente, se crea a sí misma y al sujeto. Un "nuevo concepto de persona" surge así en reemplazo de modelos "antiguos [que] se han vuelto completamente inservibles"; de acuerdo con él, el hombre es, sencillamente, una cierta sensibilidad en interacción permanente con lo que la rodea. "Nuestros esfuerzos participativos deben favorecer la vida a largo plazo", sostiene Skolimowski, quien es considerado el padre de la ecofilosofía: la supervivencia del mundo y la nuestra dependen de que nuestra sensibilidad "evolucione" (la expresión es del autor) hacia formas de interacción que contemplen la responsabilidad y la compasión hacia todas las criaturas vivientes.
 
"Necesitamos crear formas participativas de vida que vayan más allá de las maneras de participación que ejemplifican el bingo o el carrusel del consumo", afirma Skolimowski. En La mente participativa revisita las concepciones de empiristas y racionalistas, destaca las figuras del filósofo austríaco Karl Popper y de Pierre Teilhard de Chardin, da cuenta de las formas de comprender el mundo que han caracterizado el pensamiento occidental desde su origen, rechaza (por considerar que ya no funcionan, en el sentido de que no permiten vivir "mejor" y/o "evolucionar") tanto la religión como el conocimiento científico y el pensamiento racional (que el autor considera una respuesta a las demandas del medio no más sofisticada ni útil que la que ha garantizado la supervivencia de formas de vida supuestamente "inferiores", como las amebas); también discute la teoría de la verdad como correspondencia, revisa la función de los símbolos en "la evolución del hombre" (en una elección por completo injustificada escoge sólo tres: el Buda sobre la flor de loto, la cruz cristiana y la Śiva danzante), diseña la relación entre la mente y el mundo como una espiral de conocimiento, propone (finalmente) un modelo en el marco del cual el "yo individual" se inserta en el "yo social/cultural", el cual, a su vez, participa del "yo cósmico/universal": de esta serie de participaciones y pertenencias se extrae la naturaleza del hombre pero también la propuesta de una ética participativa que supere el agotamiento de las formas tradicionales de pensamiento filosófico y las categorías monolíticas que contraponen al hombre con la naturaleza y a su esencia de lo que éste hace consigo y con los demás. Al fin y al cabo, "hemos nacido en tiempos difíciles y, de forma justificada, podríamos sentir lástima de nosotros mismos. [...] Los períodos críticos como el nuestro destruyen muchas almas menores, pues suponen un reto para nuestra esencia última, [pero] aquellos que la asuman prevalecerán y darán testimonio de la fibra indestructible de la condición humana".
 
 
Henryk Skolimowski
La mente participativa
Trad. Juan Arnau y Su Lleó
Pról. Jordi Pigem
Girona: Atalanta, 2016
 
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País, 16 de noviembre de 2016.] 

[Publicado el 08/12/2016 a las 17:00]

[Etiquetas: Henryk Skolimowski, Ensayo, Atalanta]

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Cargas de profundidad / "El amor cruel" de Juan Terranova

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A la manera de una sombra que se proyectase sobre el cuerpo que la produce, ocultándolo, la polémica acompaña a Juan Terranova dondequiera que el escritor argentino vaya. Que al autor de libros como Música para rinocerontes no parece incomodarle esa situación no debería ocultar un hecho evidente para sus lectores: que Terranova da lo mejor de sí cuando escribe ficción; es decir, cuando pelea las únicas batallas que valen la pena para un escritor y abandona los fuegos de artificio por las cargas de profundidad.
 
No hay confrontaciones submarinas en El amor cruel, es cierto; pero sí la constatación de que los personajes de Terranova siempre se desplazan por unas profundidades sólo aparentemente plácidas: desde el proyectorista que se entretiene apuntando a los espectadores de un cine con una escopeta hasta la cuidadora de casas ajenas que presencia algo incómodo e incomprensible, los personajes del libro conjuran con el sexo breve y circunstancial, el hábito de arrojar cosas desde edificios, la obsesión y la deriva del flâneur por ciudades postapocalípticas o al borde de la esquizofrenia una preocupación central de la vida moderna: cómo reconocer y combatir el vacío en el marco de las sociedades de la profusión y la abundancia fingidas o reales.
 
A Terranova se le puede objetar cierta prisa por alcanzar sus fines: el hecho de que todos los relatos de este libro hayan sido escritos en modo autodiegético (es decir, en "primera persona") parece ratificar, por ejemplo, cierto desinterés suyo por las formas narrativas; se le puede cuestionar por su a menudo poco elegante defensa del sentido común en oposición a la corrección política y/o por la irregularidad de su trabajo. Más difícil resulta superarlo en su terreno y con sus armas, por ejemplo con su extraordinaria capacidad de observación y su raro talento para la síntesis que lo hacen describir la esquina de Lavalle y Pellegrini en Buenos Aires como "un estuario" o "la entrada de un delta" (10) (sólo quien haya frecuentado esa esquina sabe de la extraordinaria agudeza de esa descripción), definir el complejo de Edipo de cierto personaje como un objeto "grande y compacto como una Biblia de escritorio" (18), dar cuenta del hecho de que el calor que siente el personaje le "envuelve la cara como una bolsa de nylon" (32) o ver "una erótica" en el lanzamiento de catorce matafuegos por parte de un anónimo y (digámoslo así) pertinaz habitante de un edificio de Mataderos (la anécdota es real).
 
En todo ello y en algunos de los relatos de El amor cruel está el mejor Juan Terranova; lo que equivale a decir, lo más interesante de lo más interesante que la literatura argentina contemporánea tiene para ofrecer a sus lectores en este momento.
 
 
Juan Terranova
El amor cruel
La Paz: El Cuervo, 2016

[Publicado el 05/12/2016 a las 17:30]

[Etiquetas: Juan Terranova, Cuentos, El Cuervo]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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