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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 23 de septiembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

Una lección moral / "El enfermero de Lenin" de Valentín Roma

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Quizás el padre del narrador se ha vuelto loco: insulta a los médicos, ataca a las enfermeras, desatiende deliberadamente las instrucciones que le dan, rechaza el tratamiento, exige que se lo llame Vladímir Ilich Uliánov: cree (o dice creer) que "es" Lenin dirigiéndose a su Palacio de Invierno personal para tomarlo por asalto.
 
Valentín Roma (Ripollet, 1970) es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, director del Centro de la Imagen La Virreina y uno de los comisarios de arte jóvenes más importantes de Europa; en su segundo libro (el primero fue Rostros, en 2011) recurre a las convenciones del diarismo para convocar en torno a la enfermedad del padre un puñado de elementos narrativos (parece inapropiado llamarlos "historias" porque a menudo sólo son referencias o imágenes) que se tienen lugar o no durante los veintiún días que "Lenin" permanece en el hospital pero pueden iluminar (al menos potencialmente) ese período: una cita de Mark Strand, la búsqueda en Google del nombre "Volodia", un sueño con Alexander Kluge, el recuerdo de un congreso sobre la obra de María Zambrano, listas de "libros de tema hospitalario", un juicio a Dios de 1918, la visita a la casa de los abuelos poco antes de que ésta sea demolida, una versión heavy metal de "La Internacional" a cargo de la banda china Tang Dynasty, un texto de Pier Paolo Pasolini, una conversación de señas entre Diego Rivera y Varvara Stepánova sobre el futuro de la vanguardia, comunistas que confunden la revolución con el amor y el amor con el Estado, un juego de cartas, la historia de Sebastián "Chano" Rodríguez Veloso, una reflexión sobre las migrañas del Lenin histórico como dispositivo de producción textual, la historia del amigo del narrador que perdió ambos brazos al subir a un poste de electricidad por una apuesta.
 
Nada de esto apunta a la dispersión, sin embargo, y El enfermero de Lenin no es (afortunadamente) el tipo de libro que el especialista en arte suele endilgar al lector con cierta frecuencia. Al margen de su asunto de superficie, el tema de este libro es la búsqueda de una forma de afrontar las pérdidas: del padre o de la "idea del padre", de la juventud, del sentido de la Historia. Marshall Berman escribió que "venimos de las ruinas, pero no estamos en ruinas todavía", y el libro de Roma es una acumulación de escombros: de lo que pudimos haber sido, de las bravuconadas, de los trabajos que tuvimos y no conservamos, los amoríos, los suburbios que nos hicieron sagaces y desconfiados, nuestros temores infantiles, nuestras lecturas, nuestro rencor de clase, nuestras madres, de todas aquellas cosas que se nos ofrecieron gratuitamente y el precio que tuvimos que pagar por ellas.
 
Ante los derrumbes (del sujeto, del cuerpo, de la Historia) las actitudes difieren de tal manera que tal vez sólo la literatura pueda dar cuenta de todas ellas: si el catolicismo sólo ofrece algo de consuelo y un espectáculo de masas (las infaustas Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid tienen lugar en el período narrado y son sujeto de la narración también), sólo la ideología aparece como un elemento vertebrador de la experiencia. En la (aparente) locura del padre del narrador hay también una lección moral, la de que en el confinamiento, frente al derrumbe del cuerpo y el fracaso de lo que nos sostenía y daba sentido a nuestra experiencia (también a las pérdidas), se impone el regreso a la ideología, a ese puñado de certezas que (en el peor de los casos) sólo son acertadas porque las compartimos con otros; ante el fin del sentido de la Historia, la convicción de que hay que adoptar otras identidades, y de que hay un tren en la estación de Zúrich y que ese tren no ha partido todavía.
 
 
Valentín Roma
El enfermero de Lenin
Cáceres: Periférica, 2017

[Publicado el 18/5/2017 a las 17:12]

[Etiquetas: Valentín Roma, Novela, Periférica]

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Narra un sueño y pierde un lector / Libros de Michel Leiris, Graham Greene, Fogwill, Inka Martí

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Fotograma de "Inception" (dir. Christopher Nolan, 2010) /

Michel Leiris vivió a lo largo de una existencia relativamente prolongada al menos dos vidas, como todos nosotros: una diurna, en cuyo transcurso participó de la revolución surrealista, realizó numerosos viajes en su condición de etnógrafo y destacó como uno de los escritores franceses más importantes del siglo, y otra nocturna, en la que visitó a su hermano en un hospital del cual éste era el único paciente, fue disparado a través de un cañón u obligado a permanecer en lo alto de una columna por una prostituta. "Ninguna persona viva sabe lo suficiente para escribir", afirmó Ezra Pound; pero Leiris, que produjo bastante (incluyendo la novela surrealista Aurora y los textos autobiográficos Edad de hombre y La regla del juego), no se resignó a esperar un cambio de situación que le permitiera (improbablemente) escribir, sino que lo hizo acerca de lo que no sabía ni comprendía por completo, y entre el 15 de marzo de 1923 y el 7 de noviembre de 1960 mantuvo un diario de sueños.
 
Noches sin noche y algunos días sin día no es el primer libro de ese tipo que se publica recientemente en España: Atalanta editó hace seis años el Cuaderno de noche de Inka Martí, dos años atrás La Uña Rota publicó el de Graham Greene, Un mundo propio, y Alfaguara sacó en 2013 La gran ventana de los sueños de Rodolfo Enrique Fogwill. (A los que debe sumarse Duermevela, el diario onírico de la compositora barcelonesa María Rodés, publicado en 2015.)
 
Si los sueños de Martí (que ésta tuvo entre 2000 y 2011; los de Fogwill no están datados y los del autor de El poder y la gloria se produjeron entre 1965 y 1989) tenían lugar en escenarios líquidos poblados de figuras inquietantes como ese bebé "con el pelo muy negro" que emergía de la coronilla de un cadáver y los de Fogwill manifestaban su habitual dominio de saberes diversos y en oposición (las instituciones políticas, el fuego, "los griegos", la masturbación, la navegación a vela, el fetiche tecnológico, la función de los chistes en los velorios, la naturaleza del recuerdo, los colores), los de Greene consistían en situaciones incómodas pero en absoluto ajenas a un mundo de celebridades y líderes políticos en el que éste supo desenvolverse como un pez en el agua: en ellos, el autor británico sorprendía al Papa durmiendo, bromeaba con Nikita Kruschev y era nombrado arzobispo de Westminster.
 
Quizás en mayor medida que los diarios de sueños de Greene y de Martí (que comparten un cierto carácter atemporal), Noches sin noche y algunos días sin día es claramente un hijo de su tiempo: por una parte, porque está poblado de contemporáneos de su autor (Max Jacob, Giorgio de Chirico, Robert Desnos, André Breton, Georges Bataille, André Gide); por otra, porque su proyecto es el de la utilización de los materiales producidos por el inconsciente que caracterizó al surrealismo; finalmente, porque su propósito es el de analizar los sueños que tiene, al margen de su interés literario. Si la pérdida de vidas humanas provocada por la Guerra Civil estadounidense provocó un entusiasmo inédito por el estudio de los sueños como herramienta de comunicación con los muertos en ese país y en su ámbito de influencia (es la tesis de Alicia Puglionesi en un ensayo reciente), los surrealistas concibieron las experiencias oníricas como el producto de una existencia subterránea que debía ser liberada mediante la escritura automática, el sueño diurno o el análisis al hilo de la publicación en 1899 del famoso libro de Sigmund Freud acerca de La interpretación de los sueños.
 
Leiris publicó su diario nocturno por primera vez en 1945, cuando el proyecto surrealista alcanzaba su cénit, pero también tras una guerra mundial que había puesto de manifiesto que los terrores nocturnos del individuo eran muchísimo menos angustiantes que las grandes pesadillas de la Historia. A diferencia de Martí (quien continúa el proyecto de su Cuaderno de noche en su perfil de la red social Facebook), Graham Greene abandonó su diario de sueños en 1989 aunque vivió dos años más. Leiris, que murió en 1990, lo interrumpió en 1960, lo que no parece tanto el producto de una hipotética falta de experiencias oníricas en los últimos años de vida de ambos autores como la constatación de que, contra lo esbozado en noviembre de 1924 por el autor francés (quien se proponía escribir una "novela de aventuras" con el material de su diario) y pese a que, como reconoció Greene, algunos de sus libros (más específicamente Campo de batalla y El cónsul honorario) surgieron de sueños, el diario no serviría tanto como reservorio de temas y personajes para la producción de literatura sino que sería literatura por derecho propio, surgida del pozo oscuro del que toda literatura proviene y liberada de producir una interpretación. ¿De qué otra manera leer, si no como literatura, relatos como el siguiente (de Leiris): "Una tarde, al entrar en mi habitación, me encuentro a mí mismo sentado en la cama. De un puñetazo, acabo con el fantasma que me ha robado la apariencia. En ese momento, mi madre asoma por el umbral de una puerta en el preciso instante en que su doble, una réplica exacta del original, entra por la puerta que hay justo enfrente. Grito con fuerza, pero mi hermano acude, también él acompañado de su doble, que me ordena callar diciendo que voy a asustar a mi madre"?
 
Henry James afirmó que cada vez que un escritor contaba un sueño perdía un lector, pero casos como el de estas Noches sin noche y algunos días sin día y los otros mencionados ponen de manifiesto que, por el contrario, narrar los sueños es contribuir a una literatura específica que tiene sus autores (los sueños ocupan un lugar relevante en textos recientemente publicados de escritores tan distintos entre sí como Fleur Jaeggy, Lorenzo García Vega, Haven Kimmel, Jacobo Siruela, Haruki Murakami, Mircea Cǎrtǎrescu, Rodrigo Fresán, Paco Gómez, Lydia Davis y David B.) y sus lectores; estos últimos, a la espera de que se concrete la brillante intuición de Miguel Noguera del hombre que, antes de soñar sueña la tabla de contenidos del sueño que tendrá a continuación.
 
 
Graham Greene
Un mundo propio. Diario de sueños
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Segovia: La Uña Rota, 2014
 
Inka Martí
Cuaderno de noche
Pról. Jacobo Siruela. Girona: Atalanta, 2011
 
Rodolfo Enrique Fogwill
La gran ventana de los sueños
Barcelona y Buenos Aires: Alfaguara, 2013
 
Michel Leiris
Noches sin noche y algunos días sin día
Trad. David M. Copé
Pról. Philippe Ollé-Laprune
Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2017
 
 
(Publicado originalmente en Babelia-El País. Madrid, 8 de mayo de 2017.) 

[Publicado el 16/5/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: Michel Leiris, Graham Greene, Rodolfo Enrique Fogwill, Miguel Noguera, Inka Martí, Miscelánea, Sexto Piso]

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Al menos circunstancialmente / "George Orwell fue amigo mío" de Adam Johnson

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Un programador informático utiliza su talento para la reanimación computarizada de aquello que alguna vez ofreció consuelo y ahora está muerto. Un repartidor de UPS recorre el estado de Luisiana tras el paso del huracán Katrina; su padre está muriendo al otro lado del país, su antigua novia lo ha dejado al cuidado del hijo de ambos, su nueva novia habla de él en tercera persona en las reuniones de Alcohólicos Anónimos y tiene un plan. Una mujer se ve enfermar de cáncer, se ve hacerle frente, ve a su marido y a sus hijos seguir adelante sin ella. Un antiguo responsable de una prisión de la (cínicamente llamada) República Democrática de Alemania convierte una recreación del pasado en una confrontación directa con él; un desplazamiento voluntario lo pone (por primera vez) en el lugar de las víctimas. Un pedófilo se interesa por las niñas de una vecina alcohólica que las ha abandonado y toma una o dos decisiones. Un par de disidentes norcoreanos aspiran a un golpe de suerte en Seúl mientras procuran discernir qué han perdido en su fuga y cómo recuperarlo.

No es un dato menor que muchos de los personajes de Adam Johnson (Dakota del Sur, 1967) sean desplazados, estén gravemente enfermos o perdidos; tampoco, que el carácter anticipatorio de algunos de sus relatos (por ejemplo de "Nirvana", en el que el protagonista "revive" mediante un holograma a un presidente estadounidense recientemente asesinado) sea anecdótico: los cuentos de George Orwell fue amigo mío son rabiosamente contemporáneos, son (presumiblemente) los relatos de ficción más lúcidos acerca del presente que se puedan leer en este momento. A pesar de El huérfano, su novela anterior (y no mucho más que la demostración de que Johnson había leído a Cormac McCarthy y podía imitarlo con cierta altura), y del hecho de que buena parte de estos relatos fueron publicados originalmente en revistas norteamericanas (lo que significa que fueron sometidos al tipo de revisión editorial que, en la medida en que tiene como finalidad evitarle problemas legales a las publicaciones y apunta a la estandarización de la expresión y los temas en nombre de la "claridad" del texto y la satisfacción de las audiencias, tiende a volver intercambiable y generalmente poco relevante lo que se publica en ellas); pese incluso al National Book Award, que le fue concedido a este libro en 2015 (y casi nunca premia lo mejor de la producción literaria norteamericana, sino las hypes y el consenso middlebrow), George Orwell fue amigo mío es ya, posiblemente, el mejor libro de relatos que se haya publicado este año en España. Nadie como Adam Johnson parece estar escribiendo mejor en este momento acerca de ese entumecimiento (magníficamente abordado en "Nirvana") que es el rasgo predominante de la sensibilidad contemporánea, y muy pocos parecen estar en mejores condiciones que Adam Johnson de ponerle un fin al menos circunstancial a ese entumecimiento con una literatura lúcida, arriesgada, relevante, viva.

 

Adam Johnson

George Orwell fue amigo mío

Trad. Carles Andreu

Barcelona: Seix Barral, 2017

[Publicado el 09/5/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Adam Johnson, Cuentos, Seix Barral]

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La excepción y la regla / "Nuevas lecturas compulsivas" de Félix de Azúa

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No suele ser habitual que la literatura de calidad surja allí donde la producción crítica es mediocre o escasa: que esta sea precisamente la situación de España en este momento tal vez nos permita inferir más acerca de su literatura contemporánea que un análisis exhaustivo, pero lo que importa es que la afirmación admite matizaciones y que un panorama crítico como el español también incluye excepciones a la regla. Entre las más notables está, por supuesto, Félix de Azúa (Barcelona, 1944), doctor en Filosofía, catedrático de Teoría del Arte, miembro de la Real Academia Española, uno de los escritores y ensayistas europeos más importantes de los últimos cincuenta años.
 
Azúa es el último o penúltimo integrante de una promoción de escritores que rompió decisivamente con el aislamiento que el régimen dictatorial de Francisco Franco y el nacionalismo cultural español habían impuesto a su literatura, así como uno de los pocos intelectuales de ese país auténticamente cosmopolitas, como ponen de manifiesto los autores que aborda en su último libro. En su recopilación de artículos, conferencias y prólogos Nuevas lecturas compulsivas, Azúa escribe sobre Friedrich Hölderlin, Giacomo Casanova, Choderlos de Laclos, T.S. Eliot ("como [Henry] James, fundador de la cultura inglesa contemporánea en mucha mayor medida que los propios ingleses", lo define), Marcel Proust, Benito Pérez Galdós, Thomas Mann, Walter Benjamin, Ernst Jünger, Theodor W. Adorno (su estética, sostiene, "sólo admite la producción de obras que nieguen por completo cualquier modo de consolación, afirmación, admiración o acuerdo. Es el significado de su muy citada frase ‘no puede haber poesía después de Auschwitz', en referencia, por supuesto, a cualquier poesía u obra de arte positiva, afirmativa o armoniosa"), Gabriel García Márquez, Roland Barthes ("no es sólo la banalidad del pensamiento lo que espanta, es también su afectación"), George Orwell: autores de cinco literaturas nacionales, que escribieron en alemán, en francés, en italiano y en español en el transcurso de tres siglos.
 
No son los únicos autores de los que escribe, sin embargo; de hecho, su lista de intereses contemporáneos es intachable: Colm Tóibín, Ian McEwan, Rafael Sánchez Ferlosio, George Steiner, etcétera. Para Azúa, el proyecto de la modernidad ha terminado, pero es evidente que, al menos en lo que hace a su propia producción intelectual (que incluye dos libros fundamentales de la literatura española reciente, Autobiografía sin vida, de 2010, y Autobiografía de papel, 2013), ese proyecto no ha concluido y puede tener lugar incluso en un país como España, tan improbable como esto parece.
 
 
Félix de Azúa
Nuevas lecturas compulsivas
Ed. Andreu Jaume
Madrid: Círculo de Tiza, 2017

[Publicado el 05/5/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Félix de Azúa, Círculo de Tiza, Ensayo]

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Algunos los llaman "completistas" / "Ilustres raperos" de David Foster Wallace y Mark Costello

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Antes de ser David Foster Wallace (es decir, antes de convertirse en objeto de una especie de religión laica que, de haber vivido lo suficiente, el autor de La broma infinita hubiese posiblemente diseccionado con su precisión de entomólogo), DFW fue un joven perplejo por lo inapetentes que eran las opciones vitales que se le presentaban, alguien que a principios de 1989 había intentado suicidarse y a continuación pensó que sería buena idea volver a vivir con su compañero de piso de la universidad y ponerse a estudiar algo que lo condujese de forma más o menos rápida a lo más parecido que pudiera encontrar a una paga mensual. Naturalmente, las cosas no salieron como esperaba (nunca suelen hacerlo) y DFW acabó escribiendo con su compañero de piso, Mark Costello, un ensayo cuyo tema era relativamente poco habitual en la época: la emergencia del hip hop y del rap como producción simbólica hegemónica entre los miembros de la clase baja negra de su país.

Ilustres raperos (una traducción forzosamente parcial del original inglés, más polisémico: Signifying Rappers) pone de manifiesto algunas de las limitaciones más evidentes del estilo de DFW, en particular la vacuidad de sus reflexiones: si el hecho de que los personajes de sus libros se demoren decenas y decenas de páginas en decir poco (o nada, deliberadamente) puede excusarse alegando que son ellos quienes “hablan”, no su autor (o recurriendo al argumento de que el tema central de la obra de DFW es el aburrimiento de la clase media urbana norteamericana, que el autor habría explorado hasta la emulación), que sea DFW, y no sus personajes, quien habla aquí sirve de recordatorio de que, en la mayor parte de los casos, continente y contenido de una obra literaria suelen estar estrechamente relacionados; de hecho, por lo general son intercambiables.

Que Ilustres raperos resulte fácil de olvidar incluso durante su lectura no es absoluta responsabilidad de sus autores, sin embargo: en realidad no había mucho que decir sobre el rap de 1989, que en retrospectiva parece el esbozo incontinente y torpe del hip hop de 2016, con sus espléndidos Kendrick Lamar, Kate Tempest, Frank Ocean y Chance The Rapper, así como con lo que estos han logrado, la creación de una literatura sofisticada y carente de prejuicios para la generación de los nacidos en torno a 1980. (A modo de reconocimiento tácito de este hecho, los editores incluyen aquí un ensayo sobre Kendrick Lamar que añade algo de actualidad al volumen pero no le otorga necesariamente coherencia.)

A pesar de la influencia explícita de “Lester” Bangs (ese tipo de críticos que admiras a los veinte y desprecias diez años después, cuando finalmente has comprendido que su osadía no era más que inseguridad y su agresividad, el reconocimiento tácito de una profunda inferioridad intelectual), y aunque su tema invitaba de alguna forma a ello, DFW y Costello nunca se inclinan por la bravuconería ni pretenden saber más sobre su tema de lo que realmente saben (un problema evidente de los blancos en su relación con la subcultura negra, como pone de manifiesto su imitación hasta el ridículo por parte de Beastie Boys; por cierto, no precisamente la banda favorita de los autores). Ambos no ocultan el hecho de que no saben mucho sobre rap, y es precisamente esto lo que hace posible, paradójicamente, los escasos hallazgos del libro, a menudo bajo la forma de iluminaciones marginales: la constatación de que (pese a todo su racismo) la cultura de masas norteamericana es inaprensible sin su apropiación de la cultura negra; las disquisiciones circulares en torno a la petulancia con la que los raperos exhiben su riqueza al tiempo que aspiran a una legitimidad que procedería de su pertenencia a unas clases bajas carentes de ella por definición, el desconcierto ante el reclamo por parte de los miembros de esa subcultura de que se les reconozca una “originalidad” y una “entidad” que se articulan sobre la apropiación y el sampleo (es decir, mediante la negación explícita de cualquier aspiración a ser original, excepto posiblemente en la mirada que orienta la superposición de elementos antitéticos y apropiados), el descubrimiento de que “en el rap, la existencia es erección” (103), la vinculación entre rap y porno y su inevitable deslizamiento hacia el snuff y su uso de la metonimia (siendo el rap, a su vez, una metonimia perfecta del posmodernismo en su desprecio por la originalidad y la coherencia, su afán combinatorio y su cínico reclamo de autenticidad).

En su muy buen prólogo al texto, Costello define la producción de DFW del período como “una escritura entendida como compulsión, no como placer” (19); posiblemente sea la mejor clave de lectura de Ilustres raperos, un libro (en realidad) muy poco placentero: como la sexta o séptima masturbación de la tarde de un joven priápico que sencillamente no puede dejarlo, ni siquiera cuando ya siente dolor. Algunos llamarán a ese joven “completista” y puede que estén en lo cierto; pero quizás DFW lo hubiese llamado de otra manera.

 

David Foster Wallace y Mark Costello

Ilustres raperos. El rap explicado a los blancos

Trad. Javier Calvo

Pról. Nando Cruz

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Tragedia balcánica / "Yugoslavia, mi tierra" de Goran Vojnovic

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A padres e hijos los distancian a veces los malentendidos y casi siempre el dinero: a menudo (también), agravios sólo conocidos por las partes ofendidas. "Mi padre ocupaba en mi memoria el lugar de una figura lejana [...] cuya silueta se vislumbraba allí lejos, cerca del horizonte", afirma Vladan: tenía doce años cuando su madre le informó que había muerto. Vladan tiene un trabajo anodino en Liubliana y una novia de la que no sabe demasiado; también la suma de orfandades que resulta de la pérdida de la ciudad en la que creció y debió abandonar cuando comenzó la Guerra de los Balcanes, del padre, de esa madre que decidió empezar de nuevo sin él, de su abuelo materno y de su familia paterna, de su país. Un día descubre, sin embargo, que el padre vive, lo cual no es sencillo ni aceptable: el general Nedeljko Borojević se esconde del Tribunal Penal Internacional de La Haya, que lo acusa de ser el responsable de una matanza de civiles.
 
Goran Vojnović nació en Liubliana en junio de 1980 y es, por lo tanto, integrante de esa generación que tuvo (tuvimos) en la Guerra de los Balcanes nuestro Vietnam particular, con sus figuraciones del infierno en la Tierra y de la impotencia de la comunidad internacional. Yugoslavia, mi tierra (2012), su primera novela traducida al español (por Simona Škrabec, quien además es autora del excelente glosario final), adquiere la forma de una búsqueda del padre y de la identidad no solamente familiar: Vladan recorre ciudades principalmente bosnias (Brčko, Bijeljina) mientras avanza y retrocede en el tiempo para narrar el modo en que su vida se vio dramáticamente afectada por la ausencia del padre, ese padre que se decía hijo natural de "gitanos" y adoptivo de un serbio y de una húngara ("se inventó esa historia para dar algo de decoro a la triste realidad de que era un huérfano", conjetura el narrador) y perpetró crímenes en nombre de un país que, siendo el único capaz de dar cabida a todas las nacionalidades que podía reclamar como propias (el narrador enumera, "en mi clase había siete eslovenos, dos croatas, tres musulmanes, ocho serbios, un macedonio, un kosovar y una pareja de estúpidos que no querían confesar cómo se llamaban sus padres y escondían su origen para que los otros no se burlaran de ellos"), ya no existía mucho antes de comparecer en el campo de batalla.
 
A lo largo de su pesquisa Vladan tropieza con vecinas, antiguos camaradas de su padre, personajes públicos, mafiosos de mayor o menor importancia, funcionarios de aduanas; lo que encuentra en todos ellos (cuya locuacidad es sospechosa y apunta a una tendencia a la retórica sentimental y un carácter algo implausible de las acciones que son los principales defectos de esta novela) es una certeza incómoda: que "la memoria del dolor es incurable". El personaje atribuirá la causa de ese dolor a lo que llama el "infantilismo balcánico"; su padre, en cambio, hablará del "destino". Vojnović no consigue ofrecer una explicación narrativa más eficaz de la tragedia balcánica; a cambio, entrega una novela en la que "las víctimas se convierten en verdugos y los verdugos en víctimas": es posible que el lector crea (con razón) que ya la ha leído antes, en muchas otras ocasiones.
 
 
Goran Vojnović
Yugoslavia, mi tierra
Trad. Simona Škrabec
Barcelona: Libros del Asteroide, 2017
 
Publicado originalmente en Babelia/El País, 23 de marzo de 2017. 

[Publicado el 27/4/2017 a las 11:13]

[Etiquetas: Goran Vojnović, Novela, Libros del Asteroide]

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"Teoría de la poesía" / Un poema de Clemens J. Setz

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El escritor austríaco Clemens J. Setz / Crédito de la imagen, de su autor/a /

Una cantidad infinita de monos
Con máquinas de escribir, se dice,
Podría llegar a producir en algún momento
Todas las obras de Shakespeare.
 
Y a continuación la obra de Dante,
Joyce después, Goethe, Kafka,
Dickens,
Dostoievski.
 
Más tarde, después de un par de meses,
Algunos textos propios sobre cosas como
Patas, árboles y
El eterno retorno.
 
Más tarde, de nuevo, algo de Dostoievski
Y todo Shakespeare, una vez más, desde el comienzo,
Línea por línea.
Y en medio textos sobre árboles,
Sobre patas, sobre bananas,
Y sobre el eterno retorno.
 
 
Clemens J. Setz *
Die Vogelstrausstrompete [La trompeta de avestruz]
Berlín: Suhrkamp, 2014.
Pág. 51
 
 
*Nació en Graz (Austria) en 1982, estudió matemática y germanística, obtuvo numerosos premios por su libro de relatos Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes [El amor en los tiempos del Niño de Mahlstadt] (2011) y las novelas Indigo (2012) y Die Stunde zwischen Frau und Gitarre [Las horas entre una mujer y una guitarra] (2015): sólo la habitual incomunicación entre las escenas literarias española y germanohablante (y los malentendidos que se derivan de ésta) explica por qué Setz, uno de los escritores europeos más importantes de su generación, no ha sido publicado en español hasta la fecha.

[Publicado el 20/4/2017 a las 12:15]

[Etiquetas: Clemens J. Setz, Poesía, Cita]

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Sobre "Psicofármacos que matan y denegación organizada" de Peter Gøtzsche

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Peter Gøtzsche (Næstved, 1949) es un médico y catedrático danés especializado en el diseño metodológico de ensayos clínicos quien, pese a haber publicado más de setenta ensayos en revistas especializadas, es conocido principalmente por dos libros en los que arremetió contra la mamografía como método preferente de diagnóstico del cáncer de mama y las complicidades de médicos y autoridades sanitarias con la industria farmacéutica. (Libros del Lince publicó este último en 2014; véase Medicamentos que matan y crimen organizado). No es improbable que su nuevo libro provoque una polémica similar a la que acompañó a los anteriores; su tesis principal es que vivimos un período en el que el aumento de la prescripción de neurolépticos no está necesariamente motivado por un incremento de las enfermedades mentales, sino por la connivencia de los profesionales psiquiátricos con una industria farmacéutica que produce y comercializa medicamentos avalados por ensayos clínicos parciales, mal concebidos y/o tendenciosos.
 
Gøtzsche es (véase arriba) experto en el diseño de esos ensayos, y su demostración caso tras caso tras caso de que los de la industria farmacéutica son fallidos es elocuente y ratifica por completo su tesis; sin embargo, sus conclusiones en torno a la eficacia y a la utilidad de los neurolépticos no pueden ser consideradas sin tener en cuenta las numerosas contradicciones que ponen de manifiesto, y que pueden resumirse de la siguiente forma:
 
1. Aunque el autor denuncia (acertadamente) el diseño y la realización de los ensayos clínicos con psicofármacos, se apoya en las conclusiones de dichos ensayos cuando estos ratifican sus ideas;
 
2. Su rechazo total y absoluto a los diagnósticos de los psiquiatras se fundamenta en casos grotescos y lamentables que constituyen la excepción y no la regla de la práctica médica, y, aunque tiene una base real (efectivamente no hay herramientas razonables de diagnóstico; efectivamente, ese diagnóstico es estigmatizante; efectivamente, a menudo el consumo de un neuroléptico conduce al consumo de otros que palian los efectos secundarios que el primero ha provocado), el hecho es que a menudo es el propio paciente el que exige un diagnóstico a su médico, y lo hace con la convicción de que éste, y el tratamiento consiguiente, facilitarán su recuperación;
 
3. Atribuir a la medicación el suicidio de los pacientes tratados con antidepresivos (como hace Gøtzsche) soslaya el hecho de que, en las condiciones en que el sujeto se encuentra, es imposible determinar si sus acciones son resultado de su enfermedad o del tratamiento contra esa enfermedad (cosa que el autor admite cuando acusa a la psiquiatría de "malinterpretar los daños producidos por los fármacos al confundirlos con síntomas de la enfermedad", 328);
 
4. Su convicción de que los neurolépticos provocan daño cerebral parece tan infundada como la afirmación contraria, según la cual la depresión, el así llamado "déficit de atención" y la esquizofrenia lo provocarían;
 
5. Su convicción de que "no está claro que los antidepresivos sean efectivos para la depresión" (21) contradice la experiencia de miles de personas que se han sometido a un tratamiento con ellos (dicho lo cual, esto no significa que los medicamentos sean eficaces en virtud de las sustancias que contienen; la experiencia de muchos pacientes psiquiátricos pone de manifiesto que lo que realmente cura es la prescripción de un medicamento específico por parte de una figura de autoridad);
 
6. Sostener que "todos" los consumidores de antidepresivos suben de peso, tienen problemas de movilidad, desarrollan apatía, se marean y pierden deseo sexual es asumir que "todos" ellos reciben dosis altas de los medicamentos prescriptos, lo cual no es cierto;
 
7. Su afirmación de que "muy pocas personas están seriamente deprimidas" (23) en nuestra sociedad y que "hoy somos más privilegiados que nunca, nuestras vidas son menos estresantes, la seguridad social ha mejorado mucho y hay menos personas pobres" (58) puede ser válida en el entorno de los profesionales liberales europeos de clase media alta de un país como Dinamarca, pero soslaya la alta incidencia de la depresión en sociedades quebradas económica y moralmente como la española y la importancia práctica de la enfermedad para millones de personas en situaciones de precariedad material y simbólica (de allí la enorme cantidad de "bajas por depresión" en nuestros días, que no ponen de manifiesto una recurrencia epidemiológica sino el hecho de que la forma en que el trabajo es realizado en la sociedad occidental en este momento es frenopático, enferma y condena a la enfermedad, y, a largo plazo, mata);
 
8. Afirmar que "la psiquiatría no es más que una pseudociencia" y que la teoría del desequilibrio químico es un "falso mito" que "debería acabar en los tribunales pues no es más que un fraude al consumidor" (285) es negarse a considerar las cosas desde otro punto de vista, que es precisamente lo que el autor más critica a los psiquiatras.
 
A pesar de todo lo cual, Gøtzsche tiene razón: es cierto que lo que denomina "el sobrediagnóstico y la sobremedicación" son un fenómeno evidente y requieren un correctivo (debido en buena medida a que no hay herramientas razonables de diagnóstico, a que ese diagnóstico resulta estigmatizante y a que a menudo es formulado por médicos que no se han tomado el tiempo de escuchar a sus pacientes); también es cierto que muchos médicos (no todos, por supuesto; pero esta es una salvedad que el autor no se molesta en hacer) están "comprados" por la industria farmacéutica o tienen una actitud ingenua frente a ella; es cierto, también, que los antidepresivos tienen unos efectos secundarios realmente terribles y son adictivos en mayor grado (agrego) que las drogas ilegales que el Estado persigue en nombre del bienestar general; es cierto que el trastorno por déficit de atención con hiperactividad que está siendo diagnosticado a tantos niños en la actualidad es más el producto de nuestro desinterés y/o de nuestro fracaso a la hora de lidiar con niños y adolescentes con capacidades intelectuales por encima de la media que un auténtico problema de salud mental; es cierto que los médicos psiquiatras deberían explicarle mejor a sus pacientes los riesgos en que incurren cuando inician un tratamiento con psicofármacos (también es cierto, en mi opinión, que, si esos pacientes no son impostores, y se encuentran realmente enfermos, estos aceptarán lo que sea con tal de poner fin a su dolor), y es cierto que la psicoterapia es eficaz en el tratamiento de la depresión y debería ser prescripta más a menudo que los psicofármacos; también es cierto, por último, que nuestro sistema de salud está mal diseñado y provoca daños en ocasiones irreversibles.
 
Sin embargo, y pese a todo esto, la lectura de Psicofármacos que matan y denegación organizada deja una sensación ambigua, la de que su autor incurre muchas veces en las interpretaciones sesgadas y las medias verdades que conforman una parte considerable del bagaje psiquiátrico, y que lo hace con una alarmante inclinación por el amarillismo y la teoría conspirativa; también que el libro adolece de lo mismo que critica: un exceso de dogmatismo y una notable falta de empatía hacia las personas que padecen una enfermedad mental. (Recomendarles a éstas que si padecen "algún tipo de trastorno mental" eviten "a toda costa" ir al psiquiatra es de una irresponsabilidad notable, por ejemplo; también lo es recomendarles que, antes de comprar un psicofármaco, busquen información sobre él en internet, donde los bulos están a la orden del día, 402.)
 
Al final, también Gøtzsche ignora "las opiniones y las preferencias de los pacientes" (329), a los que les niega un "saber de sí" que a menudo es lo único que estos tienen: soslaya o prefiere soslayar que, aunque su diagnóstico sea falso y los psicofármacos con que se lo trata no sean los adecuados, el dolor mental es real y no es el producto de los medicamentos, como sabe cualquiera que haya padecido ese dolor en algún momento de su vida. Por ello, Psicofármacos que matan y denegación organizada es una contribución necesaria a una discusión mayormente pendiente, pero de ninguna forma la última palabra acerca del tema.
 
 
Peter C. Gøtszche
Psicofármacos que matan y denegación organizada
Trad. Pau Gros Calsina
Barcelona: Libros del Lince, 2016

[Publicado el 18/4/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Peter C. Gøtszche, Ensayo, Libros del Lince]

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No muere en silencio / "En el corazón del corazón del país" de William H. Gass

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"No hay autoridad que mande sobre nuestras distracciones, nos exija adulación, necesite nuestras expansiones o nuestras mentiras mnemotécnicas", escribió William H. Gass en cierta ocasión, y agregó: "La fama no es una puta que uno pueda ordenar por teléfono. El público se gasta el dinero en el cine, llena los estadios de vítores y baila al ritmo de ruido organizado mientras los libros mueren en silencio, y más rápidamente que sus autores".
 
No hay mucho que objetar a esta afirmación, por supuesto; sin embargo, Gass la hizo en 1981, cuando los relatos a los que precedía (se trata del prefacio "revisado y expandido" a la edición de 1989 de En el corazón del corazón del país) tenían ya varias décadas: si la "sorprendente cantidad de tiempo" (son sus palabras) que habían vivido hasta entonces desafiaba su convicción de que los libros mueren antes que sus autores (una convicción que Leonard Michaels compartía al menos parcialmente, y que formuló diciendo que "los escritores mueren dos veces, primero sus cuerpos, luego su obra; pero lo mismo producen, libro tras libro, como pavos reales desplegando sus colas, una maravillosa llamarada de color que muy pronto es arrastrada por el polvo"), el hecho de que estos relatos puedan ser leídos hoy en día sin tener que echar sobre ellos la mirada condescendiente del historiador de la literatura sólo pone de manifiesto que (en ocasiones, y sólo si son realmente buenos) también los relatos duran.
 
En el corazón del corazón del país fue publicado en 1968; en 1985 tuvo una edición española, en Alfaguara y con traducción de Ana Antón Pacheco: a pesar de que Gass es uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo XX, esto es todo lo que hay para decir acerca de su relación con los lectores hispanohablantes. Se trata, es evidente, de un problema de comunicación, y un problema de comunicación es precisamente lo que tienen algunos de los personajes de estos relatos, por ejemplo el adolescente que protagoniza "El chico de Pedersen", que sostiene diálogos circulares de una violencia no sólo verbal con su padre y su hermano mayor en torno a agravios infligidos los unos a los otros en el pasado y sobre la llegada de un niño de una propiedad vecina que hace estallar la situación por los aires con toda la fuerza de su imaginería religiosa. (Su irrupción en el pesebre de la casa y su aparente resurrección de entre los muertos suponen, al final, la concreción de la promesa cristiana de salvación al menos para el protagonista de la historia.)
 
Tampoco parece poder comunicarse adecuadamente el personaje de "Carámbanos", un vendedor de casas que vive solo, es humillado por sus excéntricos compañeros de oficina, va a perder su trabajo; si el personaje sólo parece contentarse con la belleza de las figuras que el frío y la nieve hacen crecer frente a su ventana, con las que, de alguna manera, se identifica (en el mejor momento del relato el personaje se ve a sí mismo como una casa vacía y en venta), también lo hace la protagonista de "El orden de los insectos", quien no puede ocultar su fascinación por unos seres que concitan en torno a su observación una atención y una inteligencia que tal vez ésta no pueda volcar en otros ámbitos, en los que no son requeridas porque no se esperan de una mujer.
 
Gass tiene un estilo poético y algo moroso (y muy bien volcado al español aquí por Rebeca García Nieto) que resulta funcional a la narración de unos relatos en los que prácticamente no hay progresión narrativa (es lo que sucede en "La señora Ruin", un texto acerca de las formas en que unas personas se obsesionan por otras si éstas últimas viven en su proximidad, y que constituye la contracara perversa de esa epifanía del Medio Oeste que es el cuento que da título al volumen, un largo poema en prosa que celebra al "hombre común" al que cantó Walt Whitman); si uno le suma a ello cierta aparente pérdida de control por parte del narrador en muchos de los relatos y la inestabilidad propia de un discurso libre indirecto continuamente interrumpido por las vacilaciones de los personajes, el resultado podría parecer de difícil lectura. Sin embargo, pocos libros son tan placenteros de leer como En el corazón del corazón del país, pocos ofrecen al lector en cada párrafo una frase inmejorable, una idea extraordinaria, un adverbio eficaz, una metáfora que produce una conexión inesperada entre dos elementos inconexos entre los cuales salta una chispa que tarda en apagarse. Es muy de celebrar que, contra la afirmación de su autor, este libro no muriera en silencio y ni antes ni después de quien lo escribió, y que una nueva editorial independiente española lo traiga por fin a sus lectores.
 
 
William H. Gass
En el corazón del corazón del país
Trad. Rebeca García Nieto
Madrid: La Navaja Suiza, 2016

[Publicado el 14/4/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: William H. Gass, Cuento, La Navaja Suiza]

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Trazar un mapa es pensar / "El cartógrafo" de Juan Mayorga

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No parece posible cartografiar la ausencia, aquello que (habiendo estado allí) ya no está; y sin embargo, esto es precisamente lo que se propone una mujer que recorre las calles de Varsovia: su mapa no va a ser completado jamás, por su naturaleza y porque las ausencias del pasado que cartografía (e incluyen un misterio: el de una niña que dibujó el gueto y podría ser o no una anciana que se enfrentó al régimen soviético años después, y pagó por ello) se acumulan, no dejan de aparecer nunca.
 
Juan Mayorga nació en Madrid en 1965 y es uno de los mejores dramaturgos europeos contemporáneos; también es uno de los pocos que ha merecido, a una edad relativamente temprana, la publicación de su teatro completo hasta la fecha, así como de sus ensayos reunidos. (Por otra parte, su trabajo es una manifestación palmaria de que en toda obra de relevancia la distinción entre ficción y no ficción, entre creación y ensayo, es meramente consuetudinaria.) Aunque el tema de El cartógrafo es la reclusión y el asesinato de los judíos de Varsovia (con lo que Mayorga vuelve sobre su interés por los hechos trágicos del siglo XX europeo), de lo que se habla aquí, en realidad, es de la representación como apropiación de la experiencia y de los lugares en los que ha tenido lugar. "Hasta que los dibujamos, los lugares dan miedo. Cuando los hemos dibujado, y el camino que lleva hasta él, sólo entonces nos sentimos dueños del lugar", dice uno de los personajes (25). La obra de Juan Mayorga responde a la pregunta principal del arte del último siglo, la de qué hacer con el dolor de la Historia, que el dramaturgo español responde ‘benjaminianamente': cartografiar es pensar, trazar un mapa de la tragedia histórica es aceptar que esa tragedia nos pertenece, dibujar un mapa es habitar un mapa, en procura de dar en él con esos pliegues en los que confluyen la conciencia de la Historia y la promesa de que algún día podamos otorgarle un sentido.
 
 
Juan Mayorga
El cartógrafo
Epíl. Alberto Sucasas
Segovia: La Uña Rota, 2017

[Publicado el 11/4/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: Juan Mayorga, Dramaturgia, La Uña Rota]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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