El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 25 de mayo de 2013

 Blog de Patricio Pron

"¿Por qué se publican algunos libros y no otros?": Una cita de Damián Ríos

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"Writer's Job" de Emiliano Ponzi

Mi vínculo principal con la literatura proviene de que soy editor profesional, es decir que más o menos vivo de eso y con eso. De ahí que tenga una relación de primera mano con originales que los escritores me envían para que evalúe su publicación, aunque la verdad es que bien poco puedo hacer por ellos, más allá de leerlos. A tal punto se convirtió esto en una actividad central para mí, que en 2010 nos juntamos con tres jóvenes escritoras especializadas en periodismo cultural (Gabriela Cabezón Cámara, Luciana Rabinovich y Fernanda Nicolini) para leer clásicos argentinos contemporáneos (escritores canónicos de la industria editorial) y terminamos leyendo inéditos que me llegaban o que conservaba de mi pasada experiencia en la editorial Interzona. A veces incluso pedíamos material a gente que sabíamos que estaba trabajando en algún libro o que acababa de terminarlo. La idea que de la literatura argentina tienen unas periodistas muy informadas y profesionales es bastante diferente a la que tiene un editor, me enteré, y eso formó parte del intercambio. Yo ofrecía un material de difícil acceso para quien se concentra laboralmente en lo público o publicado, y obtenía de ellas una mirada actualizada sobre ese corpus, una mirada con rumbo de nota de tapa, de reseña o reportaje, de acuerdo con sus respectivas formaciones e intereses. La cuestión es que nos pasamos nuestros buenos seis meses entre anillados y documentos de Word (a veces leíamos directamente en pantalla). Llegamos a algunas conclusiones. La más evidente fue que no había diferencias de calidad sustanciales entre lo que la industria editorial considera literatura publicable, y publica, y lo que no se publica o lo que espera ser publicado algún día.
 
¿Por qué se publican algunos libros y no otros? En un país en el que aparece un promedio de treinta libros por día, según datos de la Cámara Argentina del Libro, esta pregunta debe tener alguna importancia. Claro, en los originales que leíamos había matices, pequeños errores, aspectos que merecían cierta discusión, incluso cuestiones de fondo de las que dependía que un buen libro pudiera ser excelente; por otra parte, nuestra industria editorial casi no se permite esos lujos: o un original viene bien editado, sin demasiado para cambiar, a lo sumo alguna coma o un uso verbal vagado se edita tal como está, o no se edita.
 
[...]
 
Hay acá una discusión pendiente sobre lo que se puede considerar mainstream; en realidad, la palabra no alcanza para dar cuenta de los matices de cierto tipo de literatura que, creo, se empieza a imponer o ya se impuso. Entre lo que un escritor considera un libro terminado y un libro terminado hay una serie de procesos, en el mejor de los casos, y está bien que sea así. Un buen editor puede corregir el rumbo de un texto y abrirle un mercado, pero la pregunta sigue siendo válida. ¿Hay un mercado?
 
¿Qué leemos? ¿Qué editamos? ¿Qué publicamos? ¿Qué significa la etiqueta "literatura argentina" [o española o hispanoamericana o iberoamericana, para el caso. Nota de P] para cada lector? Cosas muy distintas, asumo.
 
[...]
 
 
Damián Ríos
"Literatura argentina contemporánea por correo"
Revista Otra Parte 25 (verano de 2011-2012)
Pp. 66-68

[Publicado el 11/7/2012 a las 12:51]

[Etiquetas: Damián Ríos, Disidencias]

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En busca del tiempo perdido

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A la idea de que los objetos disponen de una cierta memoria y hacen posible el recuerdo le debemos algunos magníficos pasajes de En busca del tiempo perdido y algo así como un enfrentamiento entre proustianos y antiproustianos, en el que sin pertenecer a estos últimos, yo tiendo a simpatizar con sus posiciones, lo que no tendría ninguna importancia aquí si no fuera por La liebre con ojos de ámbar del ceramista y ahora escritor inglés Edmund de Waal (Nottingham, 1964); subtitulada «Una herencia oculta», La liebre con ojos de ámbar comienza cuando el autor recibe a manera de legado unas doscientas sesenta y cuatro figurillas japonesas denominadas «netsuke».
 
Apasionado por la belleza plástica de los netsuke y convencido muy proustianamente de que los objetos incluirían la memoria de sus usos y de sus propietarios, de Waal lleva a cabo una pesquisa que lo conduce a París, Viena, Odesa y Tokio para determinar cómo las figurillas se convirtieron en propiedad de su familia (los banqueros judíos Ephrusi) y en qué circunstancias la acompañaron. Así, evoca a Charles, hermano de su bisabuelo, coleccionista de arte en París en las postrimerías del siglo XIX, amigo personal de Jules Laforgue, Proust (para cuyo Charles Swann pudo haberle servido de modelo), Manet, Edgar Degas, Monet y Renoir y rival de Edmond de Goncourt, más tarde se desplaza a la Viena de comienzos del siglo XX, que es la ciudad de Joseph Roth, Richard Strauss, Karl Kraus y Rainer Maria Rilke pero también de la inflación y del ascenso del antisemitismo, donde residió y de donde huyó tras el Anschluss su abuelo Viktor, y finalmente a Tokio después de la Segunda Guerra Mundial, donde vivió primero como soldado y después como gerente de un banco extranjero su tío Ignace (Iggie), de quien hereda los objetos.
 
De Waal no se limita a especular sobre las motivaciones que pudieron inducir a sus familiares a adquirir y conservar los netsuke y a documentar sus usos: también reconstruye en cada una de las etapas de su viaje unas sociedades complejas en las que, aun disfrutando de un bienestar económico excepcional y de un cierto «lugar» entre sus contemporáneos más destacados, los Ephrusi son siempre los extranjeros, obligados permanentemente a jugar un «juego entre discreción y opulencia, una suerte de ritmo respiratorio entre la invisibilidad y la visibilidad» (41). No es necesario que nos lo recuerde: el juego terminó trágicamente con la llegada del nacionalsocialismo al poder en Alemania y su pervivencia hasta 1945; al igual que los netsuke japoneses, obligados a competir con sedas renacentistas y con bibelots dorados en los palacios de la familia en París y en Viena, los Ephrusi están fuera de lugar en todos los sitios, y uno de los aspectos más extraordinarios de La liebre con ojos de ámbar es que su autor consigue hacer palpable para el lector la incomodidad de sus antepasados judíos y sus vanos intentos por integrarse a la vida social de las ciudades que habitaron sin conseguirlo jamás. No es el único mérito de este libro, narrado con una prosa elegante y plástica (traducida aquí por el magnífico escritor argentino Marcelo Cohen) que vuelve dificultoso creer que su autor no sea un escritor profesional y una capacidad para el detalle y para la reflexión sencillamente deslumbrante.
 
Al igual que en la obra principal de Marcel Proust, en la de de Waal una de las preguntas que el narrador se hace una y otra vez es «qué significa pertenecer a un lugar. Charles, nacido ruso, murió en París. Viktor, siempre errado, fue durante cincuenta años un ruso en Viena, luego austríaco, luego ciudadano del Reich y por fin apátrida. E Iggie fue austríaco, luego americano y al cabo un austríaco que vivía en Japón» (339). De identidades fragmentadas como esas está compuesta la historia de Europa, pero también La liebre con ojos de ámbar, que, como las figurillas japonesas que le sirvieron de inspiración, es la miniatura bellamente elaborada de esa historia, un «río con lecho de piedras» (17) en cuyas aguas deberían reunirse todos, los proustianos y los antiproustianos, porque la búsqueda del tiempo perdido en este libro es también la búsqueda de la identidad europea y su hallazgo.
 
 
Edmund de Waal
La liebre con ojos de ámbar: Una herencia oculta
Trad. Marcelo Cohen
Barcelona: Acantilado, 2012 

[Publicado el 05/7/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Edmund de Waal, Marcel Proust, Narrativa, Acantilado]

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"¿Qué demonios está pasando aquí?"

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Una de las páginas de "El amnios natal".

Algo después de la muerte de su madre, Alan Moore encontró entre sus cosas su amnios o saco amniótico, esa delgada membrana que recubre al feto y que algunas madres conservan en ocasiones, y urdió a partir de ese descubrimiento un texto poético cuyo tema es, creo, la fragilidad de una existencia humana, de la que el saco amniótico, con sus cavidades y sus venas, funcionaría como un mapa.
 
El amnios natal fue representado por su autor por primera y única vez el 18 de noviembre de 1995 en el Old County Court de Newcastle-upon-Tyne y, años después, Eddie Campbell (con quien, por supuesto, Moore había colaborado ya en la excelente From Hell) se propuso ilustrar el texto. No fue su primera reacción, ya que, como recuerda en la entrevista a Moore reproducida a modo de epílogo en esta edición, lo primero que pensó fue: "¿Qué demonios está pasando aquí?". Algo similar piensa el lector al enfrentarse a este largo y de a ratos excelente ejercicio de escritura automática, uno de cuyos principales méritos es que ratifica el carácter profundamente modernista de la obra de Moore, más vinculada con la de Ezra Pound, Hart Crane, T.S. Eliot o los otros grandes modernistas de la poesía inglesa que con los experimentos formales y narrativos de sus colegas posmodernos. Quizás esta diferencia (que permite pensar en Moore como el equivalente modernista de autores decididamente posmodernos como Chris Ware o Seth, aunque aquí el lector puede poner a su autor favorito) parezca menor, pero es necesario mencionarla para evaluar la rareza radical de Alan Moore en el marco del cómic contemporáneo, y también sus méritos.
 
 
Alan Moore y Eddie Campbell
El amnios natal
Trad. Santiago García
Rot. Ana González de la Peña
Barcelona: Astiberri, 2012

[Publicado el 03/7/2012 a las 12:15]

[Etiquetas: Alan Moore, Eddie Campbell, Cómic, Astiberri]

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El hombre ilustrado

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Crédito de la imagen: Desconocido.

Uno de los mejores relatos de Ray Bradbury narra el encuentro entre dos hombres en un camino rural del estado de Wisconsin, en los Estados Unidos, en una noche de setiembre. No son dos hombres cualesquiera. Uno de ellos es (aunque no lo sabe aún) el narrador de un libro llamado El hombre ilustrado; el otro, que lleva una camisa de lana cerrada hasta el cuello a pesar del intenso calor, es un fenómeno de feria, un desgraciado cubierto de tatuajes que recorre el país buscando a la mujer que lo tatuó para matarla, ya que la posesión de esas imágenes, y las historias que éstas narran, son tanto un motivo de orgullo como una condena.
 
Una parte considerable de la obra del escritor que concibió el encuentro entre aquel hombre ilustrado y el narrador de su historia se movió entre ambos extremos. Ray Bradbury (que había nacido en Waukegan, Illinois, en 1920 y murió el martes por la noche en Los Ángeles) hizo de la celebración de la capacidad imaginativa del ser humano el tema principal de su obra, pero nunca dejó de advertir (si acaso, tácitamente) que esa misma capacidad podía contribuir a su perdición. Bradbury fue el primero en alertarnos (en Crónicas marcianas, de 1950) acerca de que la conquista del espacio podía acabar en el exterminio y la ruina de una civilización: no habiendo encontrado ninguna (aunque el hombre no ha pisado todavía Marte, como imaginó), la civilización hundida por su exceso imaginativo y su soberbia fue la nuestra, que nunca volvió a recuperar el entusiasmo idealista que permeó los comienzos de la ciencia ficción y de la obra de Bradbury. Quizás fuese esto lo que le daba a sus libros esa melancolía imprecisa que tenían: en el fondo, Bradbury lamentaba que la capacidad imaginativa de la especie hubiese sido empleada en el tipo de expansión capitalista que aniquiló las pequeñas comunidades en las que vivían sus personajes.
 
Ningún género carece de dignidad (y ninguno necesita ser defendido, por supuesto), pero quienes se niegan a otorgar esa dignidad a la ciencia ficción deberían pensar cuánto hay aún hoy de contracultural y de "incómodo" en las historias de Ray Bradbury, que son como las "ventanas abiertas a mundos luminosos" que el narrador de su historia ve en los tatuajes del hombre ilustrado. "¿Están todavía ahí?" le pregunta éste. Durante unos instantes, el personaje contiene la respiración, y al fin responde: "Sí, están todavía ahí". No es un consuelo inapropiado ante la muerte del hombre que concibió esas historias y nos las dejó a modo de regalo y de advertencia.
 
 
Publicado originalmente en ABC. 7 de junio de 2012.

[Publicado el 29/6/2012 a las 11:32]

[Etiquetas: Ray Bradbury, Ciencia ficción]

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El terror infantil: Una aproximación estadística al hecho de que no podemos medirlo todo

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Un fósil tecnológico de Christopher Locke (http://heartlessmachine.com/section/79989_Modern_Fossils.html).

Si tenías la mala suerte de ser niño en Argentina en la década de 1980, sabías que tarde o temprano te llevarían al Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Buenos Aires, a ver los dinosaurios y a aprender alguna cosa y a sorprenderte. A raíz de ello no te sorprendías, desde luego, pero el aburrimiento que nos embargaba en las salas del Museo quizás tuviera que ver también con que habíamos visto los mismos esqueletos en decenas de programas de televisión y en revistas y en libros, donde (por alguna razón) parecían más reales que en el Museo. Y sin embargo, sí hubo algo que nos sorprendió aquella vez y todavía recuerdo: íbamos corriendo y tropezando por las salas cuando encontramos un trilobite, una especie de espiral insensata de delirio y sueño grabada en una piedra, la huella elíptica de un tornado prehistórico, el escándalo de un caracol envejecido y gigantesco. Al verlo, los niños nos detuvimos y lo rodeamos como se rodea a un santo que predica en el desierto: por alguna razón, siempre habíamos creído que los trilobites eran minúsculos, pequeños testimonios de un pasado que cabían en la mano extendida, pero allí, en una sala anónima y helada del Museo, acabábamos de descubrir uno que nos superaba en altura. Nos quedamos mirándolo un buen rato, atemorizados, y después seguimos corriendo y tropezando por las salas sin saber que habíamos visto nuestro futuro, pero aquella imagen del trilobite gigante y su promesa de un mundo marino prehistórico y brutal nos acompañó algún tiempo. Yo lo dibujé en un cuaderno al regresar de la visita prescriptiva al Museo, que siempre acababas haciendo si tenías el infortunio de ser niño en Argentina en la década de 1980: algo así como el escudo de armas del terror infantil.
 
 
2
 
No me gustaban los dinosaurios, o al menos, no como al resto de mis amigos, que solían coleccionar figuras de plástico y libros sobre ellos; pero no entendí por qué sino hasta hace algunos años, cuando pensé que había algo erróneo en pensar en ellos como animales extintos, ya que -en algún sentido- los dinosaurios están más vivos que nunca como parte sustancial de una cultura obsesionada con la desaparición de las cosas. La última edición del Libro Guinness de los Récords, por ejemplo, dedica seis páginas a las formas de vida extintas contra dos dedicadas a las estadísticas vinculadas con las nuevas tecnologías y la Red. Una de esas estadísticas, por cierto, manifiesta explícitamente (de forma voluntaria o no) el deseo de que las cosas no se acaben, ni siquiera los estromatolitos, que tienen el honor de ser los fósiles más longevos de cualquier forma de vida en la Tierra y son parecidos a coliflores de piedra; aparecidos en la Tierra hace unos tres mil quinientos millones de años, los estromatolitos parecen destinados a desmentir el temor infantil a la desaparición y la pérdida: en 1954, una colonia activa de estas coliflores prehistóricas fue encontrada en Shark Bay, en Australia.
 
 
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Nosotros éramos niños correctos y patriotas y estábamos felices de ser argentinos: habíamos ganado el último Mundial de fútbol, el mejor jugador del mundo era argentino y (pero de esto sólo nos enteramos aquella vez en el Museo de Ciencias Naturales) teníamos los mejores dinosaurios: el "titanosaurio" Antarctosaurus Giganteus o "saurio antártico gigante", que habría pesado "entre 40 y 80 toneladas", "el Argentinosaurus", a partir de cuyas vértebras el investigador Gregory Paul calculó en 1994 que "habría llegado a pesar 100 toneladas, por lo que es el dinosaurio más pesado de la Tierra" y el Brontornis burmeisteri, que vivió en la Patagonia durante el Mioceno y es reconocido como la mayor ave carnívora de la historia: con una altura de dos metros y ochenta centímetros, el Brontornis burmeisteri pesaba entre trescientos cincuenta y cuatrocientos kilogramos, más del doble que el ave con mayor peso actualmente, el avestruz. Bellísimos y enormes animales que (pensábamos) hubiesen destrozado a sus competidores chilenos y uruguayos en una hipotética Copa América de dinosaurios con la que a veces nos entreteníamos mentalmente; por cierto, también creíamos que ganaríamos más Mundiales, pero la buena fortuna del equipo argentino duró poco y algún día la veremos también entre los dinosaurios del Museo de Ciencias Naturales: en una vitrina, la tibia golpeada del último jugador argentino que alguna vez ganó algo con la Selección.
 
 
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Nos gusta medirlo todo, pero tan sólo podemos medir la altura, el peso, el volumen, la antigüedad de las cosas, y quizás la razón por la que nos agrada hacerlo es porque tenemos un temor infantil a que las cosas escapen a nuestro control. Muy posiblemente, nadie necesite saber que los primeros signos de vida en la Tierra son los fósiles de cianobacterias de arrecife encontrados en el Apex Chert (Australia occidental), a los que atribuye una edad de 3.645 millones de años; por alguna razón pensamos que es necesario conocer que el Pikaia gracilens es el cordado o vertebrado más antiguo del que se tiene registro y que "vivió durante el cámbrico medio, hace más de 500 millones de años", el primer ejemplar se encontró en el yacimiento de fósiles de Burgess Shale (Columbia Británica) y "se parecía a un invertebrado marino contemporáneo sin mandíbula llamado lanceta"; no hay forma de aseverar que realmente sea imprescindible conocer a la Cooksonia, "la primera planta terrestre vascular (con un sistema circulatorio)", que apareció hace unos cuatrocientos veinticinco millones de años, en el período medio siluriano y cuyo tallo bifurcado terminaba en varias estructuras donde se guardaban las "esporas o esporangios". Y sin embargo, necesitamos saberlo de una forma u otra, motivados por el temor a no saberlo todo y a que la omisión de cualquier dato (por trivial que sea) ponga en entredicho la ilusión de que conocemos todo lo que es posible conocer; también, por el miedo a que las cosas acaben. En ese sentido, el Libro Guinness de los Récords ofrece un consuelo doble: por una parte, nos permite creer que lo sabemos todo; por otra, sugiere que las cosas no terminan, o que sólo lo hacen físicamente y continúan viviendo al igual que los dinosaurios: como ícono, como referencia, elementos de una cultura que puede mirar atrás y encontrar un pasado, grande y brillante como las huellas de un bípedo conocido como Badrosáurido o "lagarto robusto", que medían un metro y treinta y seis centímetros de largo y ochenta y un centímetros de ancho y fueron descubiertas en 1932 en Salt Lake City (Utah), y sin las cuales (podemos pensar ahora, aunque se trata de un pensamiento inconfesable) nuestra obsesión superflua pero imprescindible, estúpida al tiempo que perfectamente sensata, de medirlo todo apenas nos hubiera devuelto la imagen de un conocimiento incompleto.
 
 
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"Se cree que Mesosaurus, que vivió en aguas dulces de Sudáfrica y Sudamérica (hace 320-280 millones de años), fue el primer reptil acuático. Con una longitud máxima de dos metros, poseía un par de poderosas mandíbulas, repletas de dientes finos como alfileres, una larga cola posiblemente aleteada y unas patas palmeadas." De haber vivido apenas un puñado más de millones de años, el francés Jacques Cousteau lo hubiera filmado, Ernst Hemingway lo hubiera pescado; alguien hubiera hecho una película titulada "Liberen a Mesu" y muchos niños hubieran llorado en el cine. Nada de esto hubiese cambiado nuestro mundo, sin embargo.
 
Muy posiblemente haya una razón añadida para necesitar creer que las cosas no terminan nunca, y esa razón sea que las cosas, en efecto, se acaban. ¿Vale la pena agregar que todos somos fósiles? Los niños que recorríamos los pasillos del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Buenos Aires aburriéndonos o reuniéndonos en un silencio religioso alrededor de un trilobite hemos visto a lo largo de nuestra desgraciada vida el auge y la caída de cosas que ya no existen y que existieron brevemente o durante años pero no dejaron tras de sí mucho más que un fósil, una memoria impresa sobre una piedra. En los años que transcurrieron tras nuestra visita al Museo de Ciencias Naturales hemos visto cómo nuestros juguetes se convertían en piezas de museo: los ordenadores de 128 kb que funcionaban con unas casetes, el disquete de 5,25 pulgadas, el de 3,5, las casetes y las lectoras de zip, los tipos móviles, los teletipos, las casetes, los discos de vinilo y el buscador Altavista, entre otros; inevitablemente, veremos otros finales, y quizás también el de los libros de papel y las revistas culturales. ¿Tiene importancia todo esto? Posiblemente no, excepto quizás la que tienen la nostalgia y el miedo. "El mamut estepario Mamuthus trogontherii deambulaba por lo que hoy es Europa central hace un millón de años. Un esqueleto incompleto de esta especie descubierto en Mosbach (Alemania) indica una altura de 4,5 m hasta el hombro. El mayor elefante africano registrado tenía una altura de 3,6 m hasta el hombro y pesaba más de 8,1 toneladas." Vive en nuestra cultura como una imagen de lo que fue, pero también como metáfora de nuestro temor a no conocerlo todo y a medirlo y de esa manera prolongar su vida. En el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Buenos Aires hay todavía un puñado de niños contemplando azorados un trilobite. Nada puede medir la intensidad de su experiencia, pero su expectación y su asombro no han acabado todavía, y los niños miran al futuro sin apartar los ojos del pasado: exactamente igual que el señor Guinness (quienquiera que haya sido) y su famoso libro.
 
 
Publicado originalmente en Etiqueta Negra 100. Lima, febrero de 2012.

[Publicado el 27/6/2012 a las 12:45]

[Etiquetas: Crónicas]

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Un "Necronomicón" humorístico

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Una de las tiras de "La hermandad de la Biblia Perry"

En una de las mejores tiras de La hermandad de la Biblia Perry, una familia que cree positivamente en los valores de la lectura no escoge otro libro que El Necronomicón, la obra terrible que aparece en la narrativa de Howard P. Lovecraft; consecuentemente, es devorada por un monstruo salido de sus páginas.
 
Algo similar le sucede al lector de este libro de Nicholas Gurewitch, quien, creyendo encontrarse ante un libro de humor, asistirá a la puesta en página de una de las visiones más desoladoras de la sociedad actual que pueda encontrar. No es que el libro no sea gracioso: Gurewitch es extraordinariamente hábil para generar situaciones humorísticas (a menudo con un puñado muy reducido de elementos, tres viñetas y sin diálogos) y posee un gran poder de observación, además de un enorme talento para el dibujo que le permite imitar (parodiar sería tal vez la expresión más adecuada) la obra de dibujantes como Charles M. Schultz, Robert Crumb, Will Eisner, Bill Watterson, Aubrey Beardsley, Edward Gorey, Bil Keane y un largo etcétera. A pesar de (y quizás debido a) ello, sin embargo, el suyo es un panorama desolador en el que los proyectos son interrumpidos, la existencia carece de sentido y las personas están solas.
 
Que Gurewitch consiga proyectar esa visión en unas tiras irreprimiblemente cómicas es un grandísimo mérito de La hermandad de la Biblia Perry que vincula a su joven autor (nació en 1982 en un sitio llamado Canandaigua, en el Estado de Nueva York) con los grandes humoristas de la cultura occidental (François Rabelais, Voltaire, Anton Chejov, Mark Twain, Gilbert K. Chesterton, Joseph Heller, Buster Keaton, Kurt Vonnegut, Samuel Beckett), cuya opinión sobre la humanidad no era mejor; que además haya conseguido que su tira (concebida originalmente para el periódico estudiantil de la Universidad de Siracusa) fuera publicada en sitios como The Guardian apunta, sin embargo, a que quizás su diagnóstico no sea completamente acertado, ya que aún parece haber lectores dispuestos a aceptar el sinsentido de la existencia y a celebrarlo y autores dispuestos a explorar lo que ese sinsentido pueda tener de bello y de hilarante.
 
Nicholas Gurewitch concibió las tiras que reúne La hermandad de la Biblia Perry entre los años 2001 y 2008; sus vínculos más evidentes para los lectores hispanohablantes serán las tiras de Liniers y el "Humor idiota" del absolutamente extraordinario artista argentino Max Cachimba (uno de los secretos mejor guardados de la literatura de ese país), así como el humorismo de Joaquín Reyes (que firma el prólogo) y Muchachada Nui, pero estas tiras no carecen de otros ecos; muchos de ellos, literarios, como la mayor parte de sus temas: la crueldad, el sexo, la infidelidad, la estupidez, la indiferencia de Dios ante sus criaturas.
 
 
Nicholas Gurewitch
La hermandad de la Biblia Perry
Trad. Óscar Palmer
Pról. Joaquín Reyes
Bilbao: Astiberri, 2012

[Publicado el 25/6/2012 a las 12:45]

[Etiquetas: Nicholas Gurewitch, Joaquín Reyes, Cómic, Astiberri]

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Ubú en Italia

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«Esto son tres carabinieri que se toman unas vacaciones y se van de caza. El primero dispara y, cuando vuelve con la presa, dice: "A juzgar por el pelaje, diría que es una liebre". El segundo dispara, y cuando vuelve con la presa, dice: "A juzgar por el plumaje, diría que es un faisán". Luego le toca al mariscal, que dispara, también él da en el blanco, y cuando vuelve, dice: "A juzgar por la documentación, diría que es un comunista"».
 
No fue precisamente un político de escasa categoría quien contó este chiste (en una celebración de la sección juvenil de un partido de derechas en torno a 2009), sino el antiguo primer ministro italiano Silvio Berlusconi, principal autoridad de un país en el que la persecución y el asesinato político aún están próximos en el tiempo. Al escucharlo (o leerlo), uno tiende a poner en entredicho el buen gusto de su narrador y a encogerse de hombros; sin embargo, parece más interesante y productivo el preguntarse por las razones de que esta y otras humoradas de dudoso gusto hayan sido realizadas por el político más importante de la historia italiana reciente.
 
De hecho, Silvio Berlusconi ha estado contando chistes desde los comienzos de su actividad profesional y siempre se ha jactado de tener un repertorio extenso y en continua actualización; su obsesión por ellos no es una nota al pie de la biografía política del antiguo primer ministro italiano, como señala el crítico literario y traductor Simone Barillari: para el autor, «sus chistes son su instrumento personal para estar siempre en contacto con esa barriga de los italianos a la que Berlusconi sabe hacer cosquillas como nadie». No importa que esos chistes (quizás fuese más adecuado llamarlos «parábolas») reúnan la mayoría de los males contemporáneos (misoginia, racismo, desprecio por los diferentes y por los más desfavorecidos, etcétera); tampoco, que aludan de forma ofensiva a sus interlocutores: Berlusconi ha contado estos chistes a lo largo de sus casi dieciocho años de gobierno con una sonrisa inocente pero con muy poco de inocencia, ya que estos le han permitido establecer alianzas, salir airoso de situaciones comprometidas y, particularmente, seducir a audiencias educadas por la televisión berlusconiana y su particular humorismo.
 
En ese sentido, la reunión de sus chistes puede ser leída (y esta es la apuesta de Barillari) como «la crónica más viva y fidedigna de los veinte años de berlusconismo: no sólo porque prácticamente todos los acontecimientos italianos, y muchos de los sucesos internacionales, de ese período aparecen transfigurados en las reveladoras alusiones de Berlusconi y en los dobles sentidos que delatan a su subconsciente; no sólo porque los principales protagonistas del panorama italiano e internacional aparecen como personajes caricaturescos y a la vez son perversamente reales, sino porque es como si esos veinte años de la historia de Italia no hubieran sido más que el exclusivo e ininterrumpido recital de un viejo y experto comediante».
 
El show de Berlusconi reúne y glosa una buena cantidad de los chistes del antiguo primer ministro italiano y funciona, efectivamente, como una crónica de su paso por el poder, pero no es su único mérito, ya que el libro contagia en el lector la fascinación incómoda de buena parte de la ciudadanía de ese país ante la sorprendente desfachatez y falta de vergüenza de su narrador: Berlusconi atribuyéndose la facultad de caminar sobre las aguas, afirmando que sus oponentes son descerebrados y carecen de vigor sexual, ratificando la opinión extendida de que los genoveses son tacaños, calificando a Romano Prodi de «culo con gafas», burlándose de negros, desempleados y enfermos de sida, contándole un chiste a Bill Clinton sobre penes, fabulando bromas macabras que transcurren en campos de concentración alemanes, destrozando a la prensa independiente, burlándose de sus propias promesas electorales, atribuyéndole flatulencias a la reina de Inglaterra, jactándose de su impunidad y de sus aventuras amorosas, afirmando que todas las mujeres son potenciales prostitutas, etcétera.
 
Una mención aparte merecen los chistes «contra» Berlusconi contados por su protagonista, cuya finalidad (acierta el autor) es «desactivarlos» políticamente revistiéndolos de la autoridad que vendrían a poner en entredicho. Aunque Barillari lo llama «un hombre ridículo, que ridículamente ignora serlo», lo cierto es que es precisamente en el giro barroco que imprime a su discurso al apropiarse incluso del humorismo hecho a su costa que Berlusconi demuestra su inteligencia política, puesto que sus chistes (vehículo de buena parte de sus ideas políticas) participan de la discusión política sin ser discurso político tradicional, lo que los vuelve irrefutables en ese contexto. Como afirma Barillari, «es inútil rebatirlos con seriedad: son chistes; pero también es imprudente tomárselos a broma: son mensajes políticos». Ese doblez es el responsable de su eficacia política.
 
«Fue con Berlusconi con quien por primera vez el humor -que siempre ha sido el arma más antigua y contundente contra el poder- fue empuñado por el propio poder. Fue con Berlusconi con quien este instrumento de subversión se convirtió en pilar del sistema de la restauración, como si [...] el bufón se hubiese convertido en rey y sus ocurrencias en edictos», afirma Simone Barillari (10). No es realmente cierto. En su clase del 8 de enero de 1975 publicada en Los anormales (2001), el filósofo francés Michel Foucault utilizó el término «ubuesco» para designar «la maximización de los efectos de poder a partir de la máxima descalificación de quien los produce. [...] Al mostrar explícitamente el poder como abyecto, infame, ubuesco o simplemente ridículo, no se trata, creo, de limitar sus efectos y descoronar mágicamente a quien recibe la corona. Me parece que, al contrario, se trata de manifestar de manera patente la inevitabilidad del poder, que puede funcionar precisamente en todo su rigor y en el límite extremo de su racionalidad violenta, aun cuando esté en manos de alguien que resulta efectivamente descalificado».
 
El show de Berlusconi viene a mostrar precisamente la peligrosidad de quien accede a la escena política haciendo alarde de bonhomía y es una lectura placentera al tiempo que descorazonadora: placentera porque muchos de los chistes reunidos aquí («El perro del Milán», «El prisionero», «Un sepulcro digno», «El amante en el armario») son simplemente hilarantes; descorazonadora porque «esa ridícula comedia que ha sido la reciente historia de Italia» bajo el mandato de Silvio Berlusconi es uno de los rostros de la tragedia de la democracia europea.
 
 
Simone Barillari
Con la colaboración de Nicola Baldoni y Emmanuela Nese
El show de Berlusconi. Una historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia a través de los chistes del Cavaliere
Trad. Miguel Ros González
Madrid: Errata Naturae, 2012
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural, 19 de mayo de 2012]

[Publicado el 22/6/2012 a las 09:15]

[Etiquetas: Simone Barillari, Silvio Berlusconi, Miscelánea, Errata Naturae]

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Un viejecillo en la cola del supermercado

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Intervenciones reúne una selección de artículos breves y de circunstancias en los que Houellebecq habla del cine mundo, la ingeniería, la arquitectura, la lingüística estructuralista, la pornografía, la pedofilia, las feministas, los alemanes en edad de jubilación, las fiestas, la clonación y mucho más; también (pero en menos ocasiones) sobre literatura, un ámbito que (desafortunadamente) no parece conocer bien: al autor de Las partículas elementales le entusiasman Honoré de Balzac y la ciencia ficción y no le gustan Valérie Solanas, Jacques Prévert y Alain Robbe-Grillet, todo lo cual es perfectamente legítimo aunque trivial.
 
A Houellebecq no parece interesarle distinguir entre el análisis de la literatura y el análisis social (lo que está muy bien), pero parece disponer de más herramientas para el segundo que para el primero; de hecho, cuando escribe sobre literatura (y especialmente cuando habla de su trabajo) es insólitamente pueril y contradictorio, como lo es su lista de filósofos favoritos: Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer y Auguste Comte.
 
Los textos reunidos aquí parecen destinados a ratificar la muy extendida opinión de que Michel Houellebecq es el irregular autor de una obra literaria irregular con grandes hitos (particularmente, su reciente y extraordinaria El mapa y el territorio) pero que está intelectualmente muy por debajo de los efectos de esa obra, como si ésta hubiese sido producida contra su voluntad y sin su participación, sostenida tan sólo por una cierta capacidad para provocar escándalos que tiene su autor, una capacidad (por lo demás) curiosa, ya que todo lo que dice aquí Houellebecq podría haber sido enunciado por cualquier viejecillo indignado en la cola de algún supermercado europeo.
 
Quizás de eso vaya la obra del francés (cuya "única fuerza" es "creer en sí mismo", como afirma acertadamente, 102), de intentar provocar esas irritantes conversaciones de ascensor a las que son tan afectos los lectores ingenuos que aún se escandalizan con los autores, como si no bastase con no leerlos o con olvidarlos.
 
 
Michel Houellebecq
Intervenciones
Trad. Encarna Castejón
Barcelona: Anagrama, 2011
 
[El próximo viernes: El show de Berlusconi. Una historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia a través de los chistes del Cavaliere de Simone Barillari]

[Publicado el 20/6/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Michel Houellebecq, Ensayo, Anagrama]

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Para curar la sed de los vivos

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Jorge Luis Borges (y antes de él John Wilkins y antes incluso un enciclopedista chino mencionado por Franz Kuhn) concibieron sistemas de interpretación del mundo singulares pero no por ello menos atrabiliarios que los que presiden nuestra comprensión de lo que nos rodea. Víctor Nubla (Barcelona, 1956) aporta en su último libro algunos otros de esos sistemas: "por medio de los números de las matrículas de los coches" (99), "tomando como base el número de palabras que pronuncia nuestro interlocutor en cada párrafo" (101), "a partir de la hora en un reloj" (102), "por la diferencia entre lo que nos dicen y su relación con lo que esperan que comprendamos" (104), "según la forma de entrar y salir de casa" (106), "por la forma en que un escarabajo se mueve sobre una toalla de color naranja" (111), "por la disposición del poso del café en una taza de té" (113) y "por el sonido del timbre del teléfono"; también, por la forma de leer su libro.
 
Aunque se habla a menudo y con cierta soltura de la riquísima tradición de excéntricos y raros en la literatura española, la adscripción de un autor a esa tendencia parece funcionar (en esa particular conversación que entabla un crítico con sus lectores) como una invitación a no leerlo; siendo notablemente rara, sería una pena que la obra de Víctor Nubla (que es principalmente músico y está especializado en la improvisación y la experimentación electrónica) no fuera leída. Cómo caza un dromedario tiene pasajes extraordinarios de un surrealismo que no parece buscar su material en el inconsciente sino en la racionalización de todo aquello que nos rodea: la radio, la bicicleta, los perros, los atletas chinos, la rueda, los paraguas, las moscas, el queso, la humedad. Nubla arroja sobre todo ello una mirada nueva y (de alguna manera) redentora: "Voy a hacer del lenguaje un arma (paulatinamente). Del arma haré agua, para curar la sed de los vivos" dice el narrador de uno de sus relatos (155).
 
No importa que sea un esturión, ya que la frase podría haber sido formulada por el autor mismo. Aquellos que (con cierta razón) conciban la literatura española como un vasto desierto, deberían beber de estas aguas.
 
 
Víctor Nubla
Cómo caza un dromedario
Barcelona: Blackie Books, 2012
 
[El próimo miércoles: Intervenciones de Michel Houellebecq]

[Publicado el 18/6/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Víctor Nubla, Miscelánea, Blackie Books]

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"Mi mente parece un panal de abejas con humo": Tres poemas de Matías Rivas (cita)

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Matías Rivas (crédito de la imagen desconocido).

Matías Rivas (Santiago de Chile, 1971) ejerció la crítica literaria durante diez años en El Mercurio y en el semanario The Clinic y actualmente tiene una columna en el diario La Tercera, además de ser editor de la sencillamente extraordinaria Editorial de la Universidad Diego Portales, una de las mejores del así llamado Cono Sur. También es poeta: en 1997 publicó el libro Aniversario y otros poemas y en 2011, Un muerto equivocado, un libro que (como quizás suceda habitualmente en Chile, no sólo en su literatura) alterna ciertos momentos sórdidos en los que el sexo y la violencia pueden ser comprados y vendidos con otros de una ternura frágil. Aquí, tres de los últimos.

 

ME CALIENTA VERME PENSAR

Como muchos, casi no me miro
Me guardo. Y me detengo frente a las vitrinas
Y me mareo
Y me calienta verme pensar
Creo que soy un perro o una negra o no
Enciendo un cigarro
Saco mis cálculos. Y sospecho que estoy enfermo
Leo. Y escucho a los vecinos
Aunque no los veo, los tengo en las narices
Oigo sus quejas. Y miro el número de la página
"La anarquía de la pobreza
Me seduce, la vieja
Casa amarilla de madera carcomida
Entre las nuevas viviendas de ladrillos"
Pasa alguien. Y pongo los ojos en las pantallas
Se acercan. Y me huelen el culo
Y marcan sus labios en los vidrios
Miro los cables y los enchufes
Efectivamente estoy enfermo -me digo
Debería esconderme
Noventa horas en silencio -quizás.


POSIBLE GATO

Eximio cazador de polillas y moscas,
sigiloso apóstol de los rincones,
probabilidad de calzar la sombra con el latido,
de juzgar el día según los centímetros de la noche.
Gato posible bajo la mesa
concentrado en una molécula de carne
o a medio dormir entre las piernas de una zorra.
Gato sedado y sedoso,
laxo lamiéndose la cola,
reposando el cansancio ancestral
que impone la morbidez predadora.


MI BUDA

Perdona, hijo, mis gritos insufribles,
los portazos,
la cruel injusticia de mis palabras
y el tono infame de mis arrebatos.
Sé que no hay consuelo ni piedad posible
ante mi neurosis desatada. Mi gusto por el orden
y mi fe en la voluntad son inverosímiles.
Carezco de la soltura de la que tú gozas,
de esa elasticidad con la que te estiras por el suelo.
Soy a la luz de cualquier vela un manojo de nervios retorcidos.
Te ruego que no me escuches ni me observes.
Mi paciencia es breve
y me duele la cabeza y el cuello de tanto manejar.
En las noches aprieto las mandíbulas hasta triturar mis muelas.
Disculpa mis malos modos.
Detesto mi escaso entusiasmo, mi cansancio crónico
y ese pesimismo jocoso con que amanezco.
Mi mente parece un panal de abejas con humo
y resisto gracias a las maromas
de tu madre y la piedad de mi familia.
Han tenido entereza y excesiva templanza, lo sé.
Sé que no soy un peón de porcelana.
A tu edad mis padres me daban correazos en las piernas si era necesario;
en cambio, lo que a mí me toca es aprender a escucharte
como si fueras un buda.

 

 

Matías Rivas
Un muerto equivocado
Santiago de Chile: Ediciones Tácitas, 2011
Pp. 19, 51 y 43 respectivamente

[Publicado el 15/6/2012 a las 10:15]

[Etiquetas: Matías Rivas, Poesía, Ediciones Tácitas]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía


 
 

 

Ficción

 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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