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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 23 de octubre de 2018

 Blog de Patricio Pron

La excepción y la regla / "Nuevas lecturas compulsivas" de Félix de Azúa

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No suele ser habitual que la literatura de calidad surja allí donde la producción crítica es mediocre o escasa: que esta sea precisamente la situación de España en este momento tal vez nos permita inferir más acerca de su literatura contemporánea que un análisis exhaustivo, pero lo que importa es que la afirmación admite matizaciones y que un panorama crítico como el español también incluye excepciones a la regla. Entre las más notables está, por supuesto, Félix de Azúa (Barcelona, 1944), doctor en Filosofía, catedrático de Teoría del Arte, miembro de la Real Academia Española, uno de los escritores y ensayistas europeos más importantes de los últimos cincuenta años.
 
Azúa es el último o penúltimo integrante de una promoción de escritores que rompió decisivamente con el aislamiento que el régimen dictatorial de Francisco Franco y el nacionalismo cultural español habían impuesto a su literatura, así como uno de los pocos intelectuales de ese país auténticamente cosmopolitas, como ponen de manifiesto los autores que aborda en su último libro. En su recopilación de artículos, conferencias y prólogos Nuevas lecturas compulsivas, Azúa escribe sobre Friedrich Hölderlin, Giacomo Casanova, Choderlos de Laclos, T.S. Eliot ("como [Henry] James, fundador de la cultura inglesa contemporánea en mucha mayor medida que los propios ingleses", lo define), Marcel Proust, Benito Pérez Galdós, Thomas Mann, Walter Benjamin, Ernst Jünger, Theodor W. Adorno (su estética, sostiene, "sólo admite la producción de obras que nieguen por completo cualquier modo de consolación, afirmación, admiración o acuerdo. Es el significado de su muy citada frase ‘no puede haber poesía después de Auschwitz', en referencia, por supuesto, a cualquier poesía u obra de arte positiva, afirmativa o armoniosa"), Gabriel García Márquez, Roland Barthes ("no es sólo la banalidad del pensamiento lo que espanta, es también su afectación"), George Orwell: autores de cinco literaturas nacionales, que escribieron en alemán, en francés, en italiano y en español en el transcurso de tres siglos.
 
No son los únicos autores de los que escribe, sin embargo; de hecho, su lista de intereses contemporáneos es intachable: Colm Tóibín, Ian McEwan, Rafael Sánchez Ferlosio, George Steiner, etcétera. Para Azúa, el proyecto de la modernidad ha terminado, pero es evidente que, al menos en lo que hace a su propia producción intelectual (que incluye dos libros fundamentales de la literatura española reciente, Autobiografía sin vida, de 2010, y Autobiografía de papel, 2013), ese proyecto no ha concluido y puede tener lugar incluso en un país como España, tan improbable como esto parece.
 
 
Félix de Azúa
Nuevas lecturas compulsivas
Ed. Andreu Jaume
Madrid: Círculo de Tiza, 2017

[Publicado el 05/5/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Félix de Azúa, Círculo de Tiza, Ensayo]

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Algunos los llaman "completistas" / "Ilustres raperos" de David Foster Wallace y Mark Costello

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Antes de ser David Foster Wallace (es decir, antes de convertirse en objeto de una especie de religión laica que, de haber vivido lo suficiente, el autor de La broma infinita hubiese posiblemente diseccionado con su precisión de entomólogo), DFW fue un joven perplejo por lo inapetentes que eran las opciones vitales que se le presentaban, alguien que a principios de 1989 había intentado suicidarse y a continuación pensó que sería buena idea volver a vivir con su compañero de piso de la universidad y ponerse a estudiar algo que lo condujese de forma más o menos rápida a lo más parecido que pudiera encontrar a una paga mensual. Naturalmente, las cosas no salieron como esperaba (nunca suelen hacerlo) y DFW acabó escribiendo con su compañero de piso, Mark Costello, un ensayo cuyo tema era relativamente poco habitual en la época: la emergencia del hip hop y del rap como producción simbólica hegemónica entre los miembros de la clase baja negra de su país.

Ilustres raperos (una traducción forzosamente parcial del original inglés, más polisémico: Signifying Rappers) pone de manifiesto algunas de las limitaciones más evidentes del estilo de DFW, en particular la vacuidad de sus reflexiones: si el hecho de que los personajes de sus libros se demoren decenas y decenas de páginas en decir poco (o nada, deliberadamente) puede excusarse alegando que son ellos quienes “hablan”, no su autor (o recurriendo al argumento de que el tema central de la obra de DFW es el aburrimiento de la clase media urbana norteamericana, que el autor habría explorado hasta la emulación), que sea DFW, y no sus personajes, quien habla aquí sirve de recordatorio de que, en la mayor parte de los casos, continente y contenido de una obra literaria suelen estar estrechamente relacionados; de hecho, por lo general son intercambiables.

Que Ilustres raperos resulte fácil de olvidar incluso durante su lectura no es absoluta responsabilidad de sus autores, sin embargo: en realidad no había mucho que decir sobre el rap de 1989, que en retrospectiva parece el esbozo incontinente y torpe del hip hop de 2016, con sus espléndidos Kendrick Lamar, Kate Tempest, Frank Ocean y Chance The Rapper, así como con lo que estos han logrado, la creación de una literatura sofisticada y carente de prejuicios para la generación de los nacidos en torno a 1980. (A modo de reconocimiento tácito de este hecho, los editores incluyen aquí un ensayo sobre Kendrick Lamar que añade algo de actualidad al volumen pero no le otorga necesariamente coherencia.)

A pesar de la influencia explícita de “Lester” Bangs (ese tipo de críticos que admiras a los veinte y desprecias diez años después, cuando finalmente has comprendido que su osadía no era más que inseguridad y su agresividad, el reconocimiento tácito de una profunda inferioridad intelectual), y aunque su tema invitaba de alguna forma a ello, DFW y Costello nunca se inclinan por la bravuconería ni pretenden saber más sobre su tema de lo que realmente saben (un problema evidente de los blancos en su relación con la subcultura negra, como pone de manifiesto su imitación hasta el ridículo por parte de Beastie Boys; por cierto, no precisamente la banda favorita de los autores). Ambos no ocultan el hecho de que no saben mucho sobre rap, y es precisamente esto lo que hace posible, paradójicamente, los escasos hallazgos del libro, a menudo bajo la forma de iluminaciones marginales: la constatación de que (pese a todo su racismo) la cultura de masas norteamericana es inaprensible sin su apropiación de la cultura negra; las disquisiciones circulares en torno a la petulancia con la que los raperos exhiben su riqueza al tiempo que aspiran a una legitimidad que procedería de su pertenencia a unas clases bajas carentes de ella por definición, el desconcierto ante el reclamo por parte de los miembros de esa subcultura de que se les reconozca una “originalidad” y una “entidad” que se articulan sobre la apropiación y el sampleo (es decir, mediante la negación explícita de cualquier aspiración a ser original, excepto posiblemente en la mirada que orienta la superposición de elementos antitéticos y apropiados), el descubrimiento de que “en el rap, la existencia es erección” (103), la vinculación entre rap y porno y su inevitable deslizamiento hacia el snuff y su uso de la metonimia (siendo el rap, a su vez, una metonimia perfecta del posmodernismo en su desprecio por la originalidad y la coherencia, su afán combinatorio y su cínico reclamo de autenticidad).

En su muy buen prólogo al texto, Costello define la producción de DFW del período como “una escritura entendida como compulsión, no como placer” (19); posiblemente sea la mejor clave de lectura de Ilustres raperos, un libro (en realidad) muy poco placentero: como la sexta o séptima masturbación de la tarde de un joven priápico que sencillamente no puede dejarlo, ni siquiera cuando ya siente dolor. Algunos llamarán a ese joven “completista” y puede que estén en lo cierto; pero quizás DFW lo hubiese llamado de otra manera.

 

David Foster Wallace y Mark Costello

Ilustres raperos. El rap explicado a los blancos

Trad. Javier Calvo

Pról. Nando Cruz

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Tragedia balcánica / "Yugoslavia, mi tierra" de Goran Vojnovic

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A padres e hijos los distancian a veces los malentendidos y casi siempre el dinero: a menudo (también), agravios sólo conocidos por las partes ofendidas. "Mi padre ocupaba en mi memoria el lugar de una figura lejana [...] cuya silueta se vislumbraba allí lejos, cerca del horizonte", afirma Vladan: tenía doce años cuando su madre le informó que había muerto. Vladan tiene un trabajo anodino en Liubliana y una novia de la que no sabe demasiado; también la suma de orfandades que resulta de la pérdida de la ciudad en la que creció y debió abandonar cuando comenzó la Guerra de los Balcanes, del padre, de esa madre que decidió empezar de nuevo sin él, de su abuelo materno y de su familia paterna, de su país. Un día descubre, sin embargo, que el padre vive, lo cual no es sencillo ni aceptable: el general Nedeljko Borojević se esconde del Tribunal Penal Internacional de La Haya, que lo acusa de ser el responsable de una matanza de civiles.
 
Goran Vojnović nació en Liubliana en junio de 1980 y es, por lo tanto, integrante de esa generación que tuvo (tuvimos) en la Guerra de los Balcanes nuestro Vietnam particular, con sus figuraciones del infierno en la Tierra y de la impotencia de la comunidad internacional. Yugoslavia, mi tierra (2012), su primera novela traducida al español (por Simona Škrabec, quien además es autora del excelente glosario final), adquiere la forma de una búsqueda del padre y de la identidad no solamente familiar: Vladan recorre ciudades principalmente bosnias (Brčko, Bijeljina) mientras avanza y retrocede en el tiempo para narrar el modo en que su vida se vio dramáticamente afectada por la ausencia del padre, ese padre que se decía hijo natural de "gitanos" y adoptivo de un serbio y de una húngara ("se inventó esa historia para dar algo de decoro a la triste realidad de que era un huérfano", conjetura el narrador) y perpetró crímenes en nombre de un país que, siendo el único capaz de dar cabida a todas las nacionalidades que podía reclamar como propias (el narrador enumera, "en mi clase había siete eslovenos, dos croatas, tres musulmanes, ocho serbios, un macedonio, un kosovar y una pareja de estúpidos que no querían confesar cómo se llamaban sus padres y escondían su origen para que los otros no se burlaran de ellos"), ya no existía mucho antes de comparecer en el campo de batalla.
 
A lo largo de su pesquisa Vladan tropieza con vecinas, antiguos camaradas de su padre, personajes públicos, mafiosos de mayor o menor importancia, funcionarios de aduanas; lo que encuentra en todos ellos (cuya locuacidad es sospechosa y apunta a una tendencia a la retórica sentimental y un carácter algo implausible de las acciones que son los principales defectos de esta novela) es una certeza incómoda: que "la memoria del dolor es incurable". El personaje atribuirá la causa de ese dolor a lo que llama el "infantilismo balcánico"; su padre, en cambio, hablará del "destino". Vojnović no consigue ofrecer una explicación narrativa más eficaz de la tragedia balcánica; a cambio, entrega una novela en la que "las víctimas se convierten en verdugos y los verdugos en víctimas": es posible que el lector crea (con razón) que ya la ha leído antes, en muchas otras ocasiones.
 
 
Goran Vojnović
Yugoslavia, mi tierra
Trad. Simona Škrabec
Barcelona: Libros del Asteroide, 2017
 
Publicado originalmente en Babelia/El País, 23 de marzo de 2017. 

[Publicado el 27/4/2017 a las 11:13]

[Etiquetas: Goran Vojnović, Novela, Libros del Asteroide]

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"Teoría de la poesía" / Un poema de Clemens J. Setz

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El escritor austríaco Clemens J. Setz / Crédito de la imagen, de su autor/a /

Una cantidad infinita de monos
Con máquinas de escribir, se dice,
Podría llegar a producir en algún momento
Todas las obras de Shakespeare.
 
Y a continuación la obra de Dante,
Joyce después, Goethe, Kafka,
Dickens,
Dostoievski.
 
Más tarde, después de un par de meses,
Algunos textos propios sobre cosas como
Patas, árboles y
El eterno retorno.
 
Más tarde, de nuevo, algo de Dostoievski
Y todo Shakespeare, una vez más, desde el comienzo,
Línea por línea.
Y en medio textos sobre árboles,
Sobre patas, sobre bananas,
Y sobre el eterno retorno.
 
 
Clemens J. Setz *
Die Vogelstrausstrompete [La trompeta de avestruz]
Berlín: Suhrkamp, 2014.
Pág. 51
 
 
*Nació en Graz (Austria) en 1982, estudió matemática y germanística, obtuvo numerosos premios por su libro de relatos Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes [El amor en los tiempos del Niño de Mahlstadt] (2011) y las novelas Indigo (2012) y Die Stunde zwischen Frau und Gitarre [Las horas entre una mujer y una guitarra] (2015): sólo la habitual incomunicación entre las escenas literarias española y germanohablante (y los malentendidos que se derivan de ésta) explica por qué Setz, uno de los escritores europeos más importantes de su generación, no ha sido publicado en español hasta la fecha.

[Publicado el 20/4/2017 a las 12:15]

[Etiquetas: Clemens J. Setz, Poesía, Cita]

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Sobre "Psicofármacos que matan y denegación organizada" de Peter Gøtzsche

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Peter Gøtzsche (Næstved, 1949) es un médico y catedrático danés especializado en el diseño metodológico de ensayos clínicos quien, pese a haber publicado más de setenta ensayos en revistas especializadas, es conocido principalmente por dos libros en los que arremetió contra la mamografía como método preferente de diagnóstico del cáncer de mama y las complicidades de médicos y autoridades sanitarias con la industria farmacéutica. (Libros del Lince publicó este último en 2014; véase Medicamentos que matan y crimen organizado). No es improbable que su nuevo libro provoque una polémica similar a la que acompañó a los anteriores; su tesis principal es que vivimos un período en el que el aumento de la prescripción de neurolépticos no está necesariamente motivado por un incremento de las enfermedades mentales, sino por la connivencia de los profesionales psiquiátricos con una industria farmacéutica que produce y comercializa medicamentos avalados por ensayos clínicos parciales, mal concebidos y/o tendenciosos.
 
Gøtzsche es (véase arriba) experto en el diseño de esos ensayos, y su demostración caso tras caso tras caso de que los de la industria farmacéutica son fallidos es elocuente y ratifica por completo su tesis; sin embargo, sus conclusiones en torno a la eficacia y a la utilidad de los neurolépticos no pueden ser consideradas sin tener en cuenta las numerosas contradicciones que ponen de manifiesto, y que pueden resumirse de la siguiente forma:
 
1. Aunque el autor denuncia (acertadamente) el diseño y la realización de los ensayos clínicos con psicofármacos, se apoya en las conclusiones de dichos ensayos cuando estos ratifican sus ideas;
 
2. Su rechazo total y absoluto a los diagnósticos de los psiquiatras se fundamenta en casos grotescos y lamentables que constituyen la excepción y no la regla de la práctica médica, y, aunque tiene una base real (efectivamente no hay herramientas razonables de diagnóstico; efectivamente, ese diagnóstico es estigmatizante; efectivamente, a menudo el consumo de un neuroléptico conduce al consumo de otros que palian los efectos secundarios que el primero ha provocado), el hecho es que a menudo es el propio paciente el que exige un diagnóstico a su médico, y lo hace con la convicción de que éste, y el tratamiento consiguiente, facilitarán su recuperación;
 
3. Atribuir a la medicación el suicidio de los pacientes tratados con antidepresivos (como hace Gøtzsche) soslaya el hecho de que, en las condiciones en que el sujeto se encuentra, es imposible determinar si sus acciones son resultado de su enfermedad o del tratamiento contra esa enfermedad (cosa que el autor admite cuando acusa a la psiquiatría de "malinterpretar los daños producidos por los fármacos al confundirlos con síntomas de la enfermedad", 328);
 
4. Su convicción de que los neurolépticos provocan daño cerebral parece tan infundada como la afirmación contraria, según la cual la depresión, el así llamado "déficit de atención" y la esquizofrenia lo provocarían;
 
5. Su convicción de que "no está claro que los antidepresivos sean efectivos para la depresión" (21) contradice la experiencia de miles de personas que se han sometido a un tratamiento con ellos (dicho lo cual, esto no significa que los medicamentos sean eficaces en virtud de las sustancias que contienen; la experiencia de muchos pacientes psiquiátricos pone de manifiesto que lo que realmente cura es la prescripción de un medicamento específico por parte de una figura de autoridad);
 
6. Sostener que "todos" los consumidores de antidepresivos suben de peso, tienen problemas de movilidad, desarrollan apatía, se marean y pierden deseo sexual es asumir que "todos" ellos reciben dosis altas de los medicamentos prescriptos, lo cual no es cierto;
 
7. Su afirmación de que "muy pocas personas están seriamente deprimidas" (23) en nuestra sociedad y que "hoy somos más privilegiados que nunca, nuestras vidas son menos estresantes, la seguridad social ha mejorado mucho y hay menos personas pobres" (58) puede ser válida en el entorno de los profesionales liberales europeos de clase media alta de un país como Dinamarca, pero soslaya la alta incidencia de la depresión en sociedades quebradas económica y moralmente como la española y la importancia práctica de la enfermedad para millones de personas en situaciones de precariedad material y simbólica (de allí la enorme cantidad de "bajas por depresión" en nuestros días, que no ponen de manifiesto una recurrencia epidemiológica sino el hecho de que la forma en que el trabajo es realizado en la sociedad occidental en este momento es frenopático, enferma y condena a la enfermedad, y, a largo plazo, mata);
 
8. Afirmar que "la psiquiatría no es más que una pseudociencia" y que la teoría del desequilibrio químico es un "falso mito" que "debería acabar en los tribunales pues no es más que un fraude al consumidor" (285) es negarse a considerar las cosas desde otro punto de vista, que es precisamente lo que el autor más critica a los psiquiatras.
 
A pesar de todo lo cual, Gøtzsche tiene razón: es cierto que lo que denomina "el sobrediagnóstico y la sobremedicación" son un fenómeno evidente y requieren un correctivo (debido en buena medida a que no hay herramientas razonables de diagnóstico, a que ese diagnóstico resulta estigmatizante y a que a menudo es formulado por médicos que no se han tomado el tiempo de escuchar a sus pacientes); también es cierto que muchos médicos (no todos, por supuesto; pero esta es una salvedad que el autor no se molesta en hacer) están "comprados" por la industria farmacéutica o tienen una actitud ingenua frente a ella; es cierto, también, que los antidepresivos tienen unos efectos secundarios realmente terribles y son adictivos en mayor grado (agrego) que las drogas ilegales que el Estado persigue en nombre del bienestar general; es cierto que el trastorno por déficit de atención con hiperactividad que está siendo diagnosticado a tantos niños en la actualidad es más el producto de nuestro desinterés y/o de nuestro fracaso a la hora de lidiar con niños y adolescentes con capacidades intelectuales por encima de la media que un auténtico problema de salud mental; es cierto que los médicos psiquiatras deberían explicarle mejor a sus pacientes los riesgos en que incurren cuando inician un tratamiento con psicofármacos (también es cierto, en mi opinión, que, si esos pacientes no son impostores, y se encuentran realmente enfermos, estos aceptarán lo que sea con tal de poner fin a su dolor), y es cierto que la psicoterapia es eficaz en el tratamiento de la depresión y debería ser prescripta más a menudo que los psicofármacos; también es cierto, por último, que nuestro sistema de salud está mal diseñado y provoca daños en ocasiones irreversibles.
 
Sin embargo, y pese a todo esto, la lectura de Psicofármacos que matan y denegación organizada deja una sensación ambigua, la de que su autor incurre muchas veces en las interpretaciones sesgadas y las medias verdades que conforman una parte considerable del bagaje psiquiátrico, y que lo hace con una alarmante inclinación por el amarillismo y la teoría conspirativa; también que el libro adolece de lo mismo que critica: un exceso de dogmatismo y una notable falta de empatía hacia las personas que padecen una enfermedad mental. (Recomendarles a éstas que si padecen "algún tipo de trastorno mental" eviten "a toda costa" ir al psiquiatra es de una irresponsabilidad notable, por ejemplo; también lo es recomendarles que, antes de comprar un psicofármaco, busquen información sobre él en internet, donde los bulos están a la orden del día, 402.)
 
Al final, también Gøtzsche ignora "las opiniones y las preferencias de los pacientes" (329), a los que les niega un "saber de sí" que a menudo es lo único que estos tienen: soslaya o prefiere soslayar que, aunque su diagnóstico sea falso y los psicofármacos con que se lo trata no sean los adecuados, el dolor mental es real y no es el producto de los medicamentos, como sabe cualquiera que haya padecido ese dolor en algún momento de su vida. Por ello, Psicofármacos que matan y denegación organizada es una contribución necesaria a una discusión mayormente pendiente, pero de ninguna forma la última palabra acerca del tema.
 
 
Peter C. Gøtszche
Psicofármacos que matan y denegación organizada
Trad. Pau Gros Calsina
Barcelona: Libros del Lince, 2016

[Publicado el 18/4/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Peter C. Gøtszche, Ensayo, Libros del Lince]

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No muere en silencio / "En el corazón del corazón del país" de William H. Gass

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"No hay autoridad que mande sobre nuestras distracciones, nos exija adulación, necesite nuestras expansiones o nuestras mentiras mnemotécnicas", escribió William H. Gass en cierta ocasión, y agregó: "La fama no es una puta que uno pueda ordenar por teléfono. El público se gasta el dinero en el cine, llena los estadios de vítores y baila al ritmo de ruido organizado mientras los libros mueren en silencio, y más rápidamente que sus autores".
 
No hay mucho que objetar a esta afirmación, por supuesto; sin embargo, Gass la hizo en 1981, cuando los relatos a los que precedía (se trata del prefacio "revisado y expandido" a la edición de 1989 de En el corazón del corazón del país) tenían ya varias décadas: si la "sorprendente cantidad de tiempo" (son sus palabras) que habían vivido hasta entonces desafiaba su convicción de que los libros mueren antes que sus autores (una convicción que Leonard Michaels compartía al menos parcialmente, y que formuló diciendo que "los escritores mueren dos veces, primero sus cuerpos, luego su obra; pero lo mismo producen, libro tras libro, como pavos reales desplegando sus colas, una maravillosa llamarada de color que muy pronto es arrastrada por el polvo"), el hecho de que estos relatos puedan ser leídos hoy en día sin tener que echar sobre ellos la mirada condescendiente del historiador de la literatura sólo pone de manifiesto que (en ocasiones, y sólo si son realmente buenos) también los relatos duran.
 
En el corazón del corazón del país fue publicado en 1968; en 1985 tuvo una edición española, en Alfaguara y con traducción de Ana Antón Pacheco: a pesar de que Gass es uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo XX, esto es todo lo que hay para decir acerca de su relación con los lectores hispanohablantes. Se trata, es evidente, de un problema de comunicación, y un problema de comunicación es precisamente lo que tienen algunos de los personajes de estos relatos, por ejemplo el adolescente que protagoniza "El chico de Pedersen", que sostiene diálogos circulares de una violencia no sólo verbal con su padre y su hermano mayor en torno a agravios infligidos los unos a los otros en el pasado y sobre la llegada de un niño de una propiedad vecina que hace estallar la situación por los aires con toda la fuerza de su imaginería religiosa. (Su irrupción en el pesebre de la casa y su aparente resurrección de entre los muertos suponen, al final, la concreción de la promesa cristiana de salvación al menos para el protagonista de la historia.)
 
Tampoco parece poder comunicarse adecuadamente el personaje de "Carámbanos", un vendedor de casas que vive solo, es humillado por sus excéntricos compañeros de oficina, va a perder su trabajo; si el personaje sólo parece contentarse con la belleza de las figuras que el frío y la nieve hacen crecer frente a su ventana, con las que, de alguna manera, se identifica (en el mejor momento del relato el personaje se ve a sí mismo como una casa vacía y en venta), también lo hace la protagonista de "El orden de los insectos", quien no puede ocultar su fascinación por unos seres que concitan en torno a su observación una atención y una inteligencia que tal vez ésta no pueda volcar en otros ámbitos, en los que no son requeridas porque no se esperan de una mujer.
 
Gass tiene un estilo poético y algo moroso (y muy bien volcado al español aquí por Rebeca García Nieto) que resulta funcional a la narración de unos relatos en los que prácticamente no hay progresión narrativa (es lo que sucede en "La señora Ruin", un texto acerca de las formas en que unas personas se obsesionan por otras si éstas últimas viven en su proximidad, y que constituye la contracara perversa de esa epifanía del Medio Oeste que es el cuento que da título al volumen, un largo poema en prosa que celebra al "hombre común" al que cantó Walt Whitman); si uno le suma a ello cierta aparente pérdida de control por parte del narrador en muchos de los relatos y la inestabilidad propia de un discurso libre indirecto continuamente interrumpido por las vacilaciones de los personajes, el resultado podría parecer de difícil lectura. Sin embargo, pocos libros son tan placenteros de leer como En el corazón del corazón del país, pocos ofrecen al lector en cada párrafo una frase inmejorable, una idea extraordinaria, un adverbio eficaz, una metáfora que produce una conexión inesperada entre dos elementos inconexos entre los cuales salta una chispa que tarda en apagarse. Es muy de celebrar que, contra la afirmación de su autor, este libro no muriera en silencio y ni antes ni después de quien lo escribió, y que una nueva editorial independiente española lo traiga por fin a sus lectores.
 
 
William H. Gass
En el corazón del corazón del país
Trad. Rebeca García Nieto
Madrid: La Navaja Suiza, 2016

[Publicado el 14/4/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: William H. Gass, Cuento, La Navaja Suiza]

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Trazar un mapa es pensar / "El cartógrafo" de Juan Mayorga

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No parece posible cartografiar la ausencia, aquello que (habiendo estado allí) ya no está; y sin embargo, esto es precisamente lo que se propone una mujer que recorre las calles de Varsovia: su mapa no va a ser completado jamás, por su naturaleza y porque las ausencias del pasado que cartografía (e incluyen un misterio: el de una niña que dibujó el gueto y podría ser o no una anciana que se enfrentó al régimen soviético años después, y pagó por ello) se acumulan, no dejan de aparecer nunca.
 
Juan Mayorga nació en Madrid en 1965 y es uno de los mejores dramaturgos europeos contemporáneos; también es uno de los pocos que ha merecido, a una edad relativamente temprana, la publicación de su teatro completo hasta la fecha, así como de sus ensayos reunidos. (Por otra parte, su trabajo es una manifestación palmaria de que en toda obra de relevancia la distinción entre ficción y no ficción, entre creación y ensayo, es meramente consuetudinaria.) Aunque el tema de El cartógrafo es la reclusión y el asesinato de los judíos de Varsovia (con lo que Mayorga vuelve sobre su interés por los hechos trágicos del siglo XX europeo), de lo que se habla aquí, en realidad, es de la representación como apropiación de la experiencia y de los lugares en los que ha tenido lugar. "Hasta que los dibujamos, los lugares dan miedo. Cuando los hemos dibujado, y el camino que lleva hasta él, sólo entonces nos sentimos dueños del lugar", dice uno de los personajes (25). La obra de Juan Mayorga responde a la pregunta principal del arte del último siglo, la de qué hacer con el dolor de la Historia, que el dramaturgo español responde ‘benjaminianamente': cartografiar es pensar, trazar un mapa de la tragedia histórica es aceptar que esa tragedia nos pertenece, dibujar un mapa es habitar un mapa, en procura de dar en él con esos pliegues en los que confluyen la conciencia de la Historia y la promesa de que algún día podamos otorgarle un sentido.
 
 
Juan Mayorga
El cartógrafo
Epíl. Alberto Sucasas
Segovia: La Uña Rota, 2017

[Publicado el 11/4/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: Juan Mayorga, Dramaturgia, La Uña Rota]

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La vida no es bella / "El invisible" de Ge Fei

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Cui (nunca sabremos su nombre de pila) tiene cuarenta y ocho años de edad y malvive preparando sistemas de reproducción de música para audiófilos: su único amigo (de la infancia, ahora un empresario textil) le desprecia, sus clientes le tratan con condescendencia o sencillamente lo humillan, su mujer lo abandonó tras haberle sido infiel con varios hombres, su hermana pretende casarlo con una mujer enferma; finalmente, lo echa de su casa. Y sin embargo, hacia el final de su historia, Cui está seguro (y afirma) que "si uno puede aprender a cerrar de vez en cuando los ojos y olvidar la manía de quejarse de todo y de todos, de golpe uno puede descubrir que la vida en realidad es una cosa muy bella".
 
Nacido en 1964 en la provincia china de Jiangsu, Ge Fei (cuyo nombre real es Liu Yong) es uno de los escritores más conocidos de su país, donde se lo considera un autor experimental. El invisible no es una obra de ese tipo, sin embargo; su tema es la dificultad de llevar una vida decente en una sociedad en la que la irrupción del capitalismo ha dejado a millones de personas como su protagonista sin una certeza moral a la que aferrarse. Los fabricantes de sistemas de reproducción de música no son más de veinte en todo Pekín; "debe ser una de las profesiones más insignificantes en la China actual", dice Cui, y agrega: "Lo raro es que, aunque en el ambiente todos nos conocemos, no tenemos trato entre nosotros. Ni nos serruchamos el piso ni nos doramos la píldora, ni hacemos jamás comentarios desubicados sobre el oficio de los otros colegas [...]. La mayor parte de la sociedad ignora completamente nuestra existencia, lo cual no está nada mal. Nosotros, a su vez, ocultos en nuestro rincón oscuro, satisfechos con nuestra vida de hombres invisibles, tenemos razones más que suficientes para despreciar a esta sociedad".
 
No sabemos mucho acerca de China, lo cual hace dificultoso decir algo acerca de su literatura. (En 2015, la editorial argentina Adriana Hidalgo contribuyó a paliar ese déficit con una antología de narrativa china actual seleccionada y traducida, también, por Miguel Ángel Petrecca.) A pesar de ello, o más bien por esa razón, El invisible es, con su laconismo y sus soluciones argumentales inesperadas, una lectura fascinante: la invisibilidad de la que presume su protagonista y el hecho de que sus clientes le abran las puertas de sus casas para que les instale sus equipos de audio lo convierten en un valioso testigo de las visiones de ciertos sectores de la sociedad china acerca de su país y de los desafíos que presenta a esos sectores un capitalismo que en las últimas décadas ha sido en China especialmente voraz.
 
"Soy una persona a la que le gusta mantener su percepción de las cosas en la superficie", afirma Cui; en una sociedad en la que, como dictamina otro personaje, "no hay ni una sola persona que pueda llevar una vida decente", su preferencia por no profundizar en las cosas lo salva. "En un mundo sucio y mediocre, la suerte es la única religión"; al final Cui tiene un golpe de fortuna asociado con el que quizás sea un fantasma y quizás no, de allí su opinión acerca de la belleza de la vida. Pero la novela está lejos de darle la razón a su protagonista, y traza un pronóstico pesimista para China y para los que, inevitablemente, acabaremos siendo sus súbditos económicos.
 
 
Ge Fei
El invisible
Trad. Miguel Ángel Petrecca
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2016
 
 
[Publicado originalmente en Babelia/El País, marzo de 2017.] 

[Publicado el 06/4/2017 a las 12:00]

[Etiquetas: Ge Fei, Novela, Adriana Hidalgo]

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Mercedes Cebrián / Tres poemas de "Malgastar"

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Derecho a la información
 
En virtud del artículo 20 de la Constitución del 78
no han de ocultarnos lo que sucede
a nuestro alrededor y sin embargo yo sólo puedo
intuir, mirar por la mirilla desde fuera,
pensar que quizá sí o quizá no,
sumar las pistas, honrarlas como añicos
de una vasija griega, exhumar
los rasgos de esa cara con la que me topé
en plena excavación.
 
El testimonio oral me ayudaría tanto
a la reconstrucción, porque no creo en los cuerpos
sino en su parloteo, en el dispositivo que produce la charla.
 
Alguien me dijo un día: "no te vuelvo a contar nada
porque después te acuerdas
de lo que te conté".
Pensé que eso era bueno y resultó
que no. "Es como si un análisis de sangre,
de tan exagerado, se hubiese convertido
en transfusión". Esa fue su respuesta.
 
La explicación no se parece en nada al tenedor
que pedimos al ver unos palillos en la mesa.
Si finalmente llega, el asunto es más bien
qué hacer con todo eso. La información la imagino
caliente y en la mano, como esos polluelos
que se caen por error del nido tras nacer. Si son
puro temblor, si son muy feos. Me recuerdan a mí,
con el pico muy abierto
en busca de algo más.
 
 
Adopción (quasi una fantasia)
 
La orfandad cobra formas insólitas
hoy día: ya no es niño harapiento y tiznado,
ya no es bebé pasado por el torno. El apellido Expósito
es capaz de un trayecto vital
como otro cualquiera.
 
He aquí la fantasía del adoptador: "le voy a dar un hogar
cálido y confortable donde no haya tristeza; le voy a dar
la mejor educación", pero la niña china
viene mal ensamblada de fábrica y el milagro
no es tal. Made in China el dolor. Se superpone
el cariño de la pareja nueva
con una vida previa. Es el pasado de la niña
un palimpsesto incómodo.
 
 
Una persona menos por aquí
 
Qué cosas miró y cómo; quién le abombó
el cristalino para mirar así
y no de otra manera. Fue el resultado,
la consecuencia de aquello fratricida que tanta fama dio
a nuestro país. Tantas fotografías de la contienda
y de lo posterior, tantas chicas y chicos
con mellas en los dientes, tantos zapatos crónicamente sucios.
 
Vivió en el peor gris, pero a ella le gustó el gris en que vivió,
las llaves del sereno entrechocando
como una sonaja que da seguridad en la metrópoli
de la alpargata seca.
 
Y luego se hizo causa: la causa
de mi caminar fuente de burlas. Fue, por lo tanto origen, resultado
y secuela, y todo eso alternando entre ella y ella misma.
 
Algunos de sus collares no diferían mucho
de los de Doña Carmen
Polo. Otros eran imitación
de los de Tita Thyssen.
Fue a China: no le gustó ver a los chinos escupir
por doquier. En cambio los fiordos, mucho mejor, pero
carísima la cerveza en Bergen.
Tuvo suerte: no le faltaron los dientes de delante, solo unas
cuantas muelas. Disimuló. El colesterol bien: pudo comer lechazo
y gambas con gabardina mientras quiso,
hasta casi el final. (Ese podría ser el epitafio
para alguien español).
 
 
Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) ha publicado ficción, poesía y ensayo. Su último libro es el poemario Malgastar (La bella Varsovia, 2016). Sus relatos, poemas y ensayos han aparecido en Revista de Occidente, Letras Libres, Eñe y Diario de Poesía (Argentina), y en antologías como Cuento español actual (Cátedra, 2014). Colabora asiduamente con los suplementos El Viajero y Babelia de El País y Cultura/s de La Vanguardia. Asimismo, ha traducido al castellano a Georges Perec y Alan Sillitoe. Ha sido becaria de literatura en la Residencia de Estudiantes de Madrid y en la Academia de España en Roma, así como escritora residente en el Civitella Ranieri Center de Perugia. Tiene un Máster en Estudios Hispánicos por la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.)

[Publicado el 04/4/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Mercedes Cebrián, Poesía, Citas]

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Una espléndida narración fallida / "El hijo cambiado" de Joy Williams

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A Pearl (nunca conoceremos su apellido) le tira "más el vino que las rosas, como dicen algunos"; en no menor medida debido a ello, su vida es rara: vive en una isla frente a la Costa Este estadounidense, rodeada de niños sin padre que Thomas (uno de los pocos adultos de la zona) cría con una mezcla de misticismo y dejadez y de los que se desembarazada cuando se convierten en adolescentes. Thomas es el hermano de Walker, quien sorprendió a Pearl robando en unos grandes almacenes y se la llevó con él a la isla; Pearl escapó, pero Walker dio con ella y Sam, el bebé de ambos: cuando regresaban, el avión en el que volaban cayó a tierra, y al accidente sólo sobrevivió Pearl y (quizás) su niño. Ahora Sam tiene siete años y Pearl teme que se esté convirtiendo en un animal salvaje o en el inventor de una religión infantil que tiene su centro en las historias sobre Aaron y Emma (Adán y Eva, naturalmente), los primeros habitantes de la isla; Sam está bajo la influencia de "la anciana", pero a la anciana sólo la ve Pearl: al final, por supuesto, habrá sangre, durante una tormenta.
 
Una parte considerable de los estudios literarios de las últimas décadas tiene como objeto el discurso libre indirecto, esa modalidad de lo que habitualmente denominamos el "punto de vista" de la narración en la que el discurso del narrador y el del personaje "se funden" de manera que al lector le resulta imposible determinar si lo que lee se corresponde con la realidad objetiva de la situación narrada (que únicamente el narrador conoce en su totalidad) o si está leyendo lo que el personaje ve y piensa, su propia interpretación de esa realidad. No importa que el debate acerca de la naturaleza y el uso del procedimiento esté lejos de darse por concluido: el lector es perfectamente consciente cuando se encuentra frente a un discurso libre indirecto y sabe jugar el juego que le propone. Y sin embargo, no siempre las cosas salen como deberían. El hijo cambiado es un caso estándar de discurso libre indirecto, por ejemplo; su lector acepta rápidamente que la concatenación de acontecimientos implausibles y la percepción alterada del narrador son resultado de la superposición de su discurso con el del personaje. ¿Cómo pudo dar Walker con Pearl y Sam después de su huída a Florida? ¿Cómo sobrevivieron los dos últimos al accidente aéreo? ¿Por qué regresó Pearl? ¿Quién es "la anciana"? ¿Qué quiere Thomas? ¿Qué fuerzas impredecibles guían los comportamientos de niños y adultos en la isla? Sólo aceptando que se encuentra frente a un discurso indirecto libre puede el lector suspender su incredulidad a la espera de que un giro en la narración esclarezca por fin qué hechos son reales y cuáles no.
 
El hijo cambiado fue publicada originalmente en 1978 y vilipendiada por la crítica; antes de ello, Williams había producido un muy buen debut, Estado de gracia (1973): publicaría dos novelas más, incluyendo Los vivos y los muertos (2002), y algunos de los mejores libros de cuentos que se hayan publicado en Estados Unidos en las últimas décadas (a pesar de no ser la "autora más asombrosa y genial de la narrativa norteamericana actual" que la hipérbole editorial quiere hacernos creer). Su novela está repleta de los símiles y comparaciones inusitados que constituyen lo más destacado del estilo de su autora (en su primer encuentro con Thomas, éste le parece a Pearl "un sol oscuro y frío", por ejemplo), pero Williams no es infalible y en El hijo cambiado cae frecuentemente en la cursilería, lo que explica el rechazo de la crítica en el momento de su primera publicación (y su entusiasmo frente a su reedición en 2016): Pearl desea rodear a Walker con los brazos y "arrojarse abrazada a él por el borde de ese instante y sumergirse en la nada", sueña con un pene "bífido, como la lengua de una serpiente, de suerte que le permitiera ejecutar todos los actos del amor a un tiempo", bebe "con la esperanza de que la embriaguez diera paso a una claridad que le abriera las puertas al amor verdadero", etcétera.
 
El hijo cambiado podría ser una espléndida narración en torno a una joven librada a las fuerzas irreprimibles de la naturaleza y del inconsciente de no ser, precisamente, por la cursilería de pasajes como los anteriores, por el hecho de que el relato es demasiado extenso para su anécdota y porque su discurso libre indirecto es fallido. Al fin y al cabo, ¿cómo puede Pearl conocer la historia de Lincoln con Shelly, "ver" al primero masturbándose en la intimidad, saber de las vidas de Aaron y Emma?
 
 
Joy Williams
El hijo cambiado
Pról. Rick Moody
Trad. David Paradela
Barcelona: Alpha Decay, 2017

[Publicado el 30/3/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Joy Williams, Novela, Alpha Decay]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990- 2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán, portugués y chino, Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016), Premio "Alcides Greca" de Novela de 2017, y del ensayo El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (2014), al igual que del libro para niños Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo (2017). Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Más recientemente ha recibido el Premio Cálamo Extraordinario 2016 por el conjunto de su obra. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania) y vive en Madrid. Su libro más reciente es Lo que está y no se usa nos fulminará (2018).

 

 

Bibliografía

 
 
 
 
 
 

 
 

 

Ficción

Lo que está y no se usa nos fulminará. Barcelona: Literatura Random House, 2017. 

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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