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Periodismo cultural

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 31 de mayo de 2016

 Blog de Patricio Pron

"El libro tachado, Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura" / Notas (y 6)

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"Librero" de Javier Toro Blum / Crédito, de su autor.

Aunque publicado hace ya dos años, en mayo de 2014, El libro tachado: Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (Turner) no ha dejado de estar inusualmente presente en mi vida desde entonces: por las lecturas del libro que se han hecho y que continúan produciéndose mientras éste se abre paso en América Latina (con la lentitud y la falta de fiabilidad que son propias del negocio del libro en esa región); por el hecho de que, pese a su extensión, había mucho material sobrante y éste fue publicado en línea en los meses siguientes a la edición del libro a manera de suplemento; debido a que mi nueva novela, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House, 2016), explora temas similares a los del ensayo, con el que conforma un díptico o una trilogía inconclusa; a raíz (finalmente) de que la persistencia de mi interés en el tema, y la lectura de nuevos libros, ha aportado nuevo material a una historia de lo negado, lo excluido y lo silenciado en literatura.
 
Van aquí los últimos elementos para la escritura de esa historia; no siguiendo la disposición en la que éstos se encuentran en la edición física del ensayo, sino con el desorden y el capricho aparentes con los que el extraordinario David Markson (el verdadero inspirador de El libro tachado) los dispuso en su obra, una obra absolutamente única sobre la que nunca se ha dicho lo suficiente ni la última palabra.
 
 
Marianne Fritz permaneció recluida en su apartamento entre 1982 y 2007, fecha de su muerte, tratando de completar "Die Festung" [La fortaleza], un ciclo narrativo de más de diez mil páginas en el que, pese a la profusión y a su tamaño, habita también la negatividad; como señala el español Juan de Sola en el prólogo a la edición española de su primera parte, "Die Festung" narra "la historia de la familia Null, que vive en el número 0 de Nullweg, en la ciudad de Nirgendwo" (familia cero, que vive en el número 0 de la calle Cero, en la ciudad de Ningún Lugar).
 
Christian Schubart acusó a las autoridades de Würtemberg de alquilar a los ingleses sus tropas para que estas luchasen contra los independentistas americanos y las autoridades lo metieron en la cárcel. Estuvo trescientos setenta y siete días en aislamiento; durante ese período se le prohibió escribir, leer e interpretar música, a los dos años se le permitió asistir al servicio religioso con los otros presos, después de cuatro pudo escribirle por primera vez a su esposa, a los nueve años del comienzo de la detención se le autorizó a recibir su primera visita; cumplidos diez años de condena pudo salir, pero su salud ya estaba muy deteriorada y murió cuatro años después de haber recuperado la libertad.
 
Waikiki o wk nació en Fuerte Apache en septiembre de 1981 y escribió los poemas que conforman su libro 79 en la cárcel.
 
Sigismund Krzyzanowski, escribió alrededor de tres mil quinientas páginas de gran calidad literaria pero no publicó ni una sola de ellas a lo largo de su vida.
 
Herberto Helder, poeta brasileño "secreto", se negaba a dar entrevistas y rechazaba los premios que se le otorgaban por su obra.
 
Marilynne Robinson estuvo veinticinco años sin publicar tras el éxito de su primera novela en 1980. Alberto Rubio no dio nada a la imprenta entre La greda vasija (1952) y Trances (1987), en lo que constituyó un silencio editorial de treinta y cinco años de duración. Entre 1917 y 1940, Julio Torri no publicó nada; tampoco lo hizo entre 1940 y 1952 y entre esa fecha y 1964. Hilda Mundy sólo publicó un libro en vida, Pirotecnia, en 1936. Lanark consagró a Alasdair Gray en 1981 tras veinticinco años de trabajo silencioso. Francisco Ferrer Lerín no publicó nada entre La hora oval (1971) y Cónsul (1987), dedicado como estaba al tráfico de cadáveres. Edmund Crispin (pseudónimo de Robert Bruce Montgomery) no publicó nada entre 1953 y 1977. Molly Keane no publicó nada entre 1952 y 1981, y nada desde 1988 hasta su muerte en 1996. Entre el primer libro de Carlos E. Keymer, Sentimientos (1898), y el segundo, Fénix (1922), mediaron veinticuatro años; y entre éste y el siguiente, Emblemas de luz (1945), veintitrés.
 
Juan Antonio Payno, quien ganó el Premio Nadal de 1961 con su novela El curso, no volvió a publicar sino hasta treinta y cinco años después, cuando dio a la imprenta una novela bellamente titulada Romance para la mano diestra de una orquesta zurda.
 
Barbara Newhall Follett publicó The House Without Windows [La casa sin ventanas] en 1927 a la tierna edad de doce años y fue celebrada como la próxima gran novelista estadounidense; luego estalló la Depresión, Newhall Follett tuvo que emplearse como secretaria, se casó y dejó de escribir.
 
Rosemary Tonks, quien, después de publicar dos volúmenes de poesía y seis novelas entre 1963 y 1972, se retiró de la escena literaria en 1978 a raíz de una crisis personal, quemó una novela inédita y abjuró de todos los libros, excepto La Biblia. Vivió treinta y tres años en soledad en una casa frente al mar en Bournemouth sin que ni la prensa ni sus familiares y amigos conocieran su paradero.
 
John Berryman dejó inconcluso el relato de su abandono del alcoholismo, "Recuperación", así como ese abandono: se arrojó de un puente. Unos días antes le había dicho a Saul Bellow en una carta que estaba trabajando en trece proyectos al mismo tiempo, entre ellos un estudio sobre Shakespeare, una vida de Jesús para los niños y un libro de ensayos sobre el sacrificio en la literatura y el arte.
 
Charlotte Mew se volvió loca tras las muertes de su madre y su hermana, a las que estaba muy unida. Se suicidó en la "casa de reposo" en la que había sido encerrada.
 
José Domingo Gómez Rojas se volvió loco a consecuencia de las duras condiciones carcelarias que padeció, no así su heterónimo (Daniel Vásquez), que posiblemente haya muerto de tisis.
 
Arshile Gorky, Vachel Lindsay, Henry de Montherlant, Mark Rothko, Jack London, William Inge, Diane Arbus, Tadeusz Borowski, Abbie Hoffman, Randall Jarrell, Bogdan Wojdowski (superviviente del gueto de Varsovia) y Costas Cariotakis se suicidaron.
 
Harry Martinson también: se cortó el estómago con unas tijeras mientras se encontraba en el hospital. Ángel Ganivet se arrojó desde un vapor al Duina y, tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros de la embarcación, aprovechó un descuido de estos para volver a las aguas heladas. Antero de Quental se disparó dos veces consecutivas. Peyo Yavorov se envenenó: algo antes, en un intento de suicidio con arma de fuego, había perdido la vista.
 
José Antonio Ramos Sucre, Elías David Curiel, Ismael Urdaneta, Luisa Esther Larrazábal, César Dávila Andrade, Alirio Ugarte Pelayo, Manuel Osorio Calatrava, Gloria Stolk, Atilio Storey Richardson, Carlos César Rodríguez Ferrara, Gelindo Casasola, Miyó Vestrini y Martha Kornblith, Augusto Mijares, Carlos Rangel, Argenis Rodríguez y Arturo Uslar Braun se suicidaron.
 
René Crevel, de un tiro en la cabeza; Amelia Rosselli, arrojándose por una ventana; Raymond Roussel, por sobredosis (en la versión de Eugenio Baroncelli); Attila József, arrollado por el tren; Calvert Casey, con somníferos; Dorothy Parker, después de consignar que su reloj de pulsera y su perrito Robinson debían ir a parar a manos de su hermana; Yukio Mishima, tras lo cual se le dieron tres golpes de gracia que no fueron suficientes para acabar con su vida y debió ser decapitado: para entonces, la sala en la que tenía lugar el suicidio ritual apestaba porque los intestinos de Mishima estaban repartidos por el suelo.
 
Heinrich von Kleist, Vladimir Maiakovski, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe: suicidas ellos también, por supuesto.
 
R. A. Lafferty ejemplifica varias de las tendencias de la tachadura: comenzó su carrera literaria relativamente tarde, a los cuarenta y cinco años de edad, después de abandonar la bebida, su producción (trece novelas y noventa y seis relatos inéditos al momento de su muerte) fue tan cuantiosa que, diez años después de su fallecimiento, sus albaceas seguían sin haber conseguido catalogarla, abandonó la literatura ocho años antes de morir y vivió recluido en una residencia de monjas franciscanas hasta su deceso.
 
Nicolai Gógol destruyó el manuscrito de la segunda y la tercera partes de Almas muertas en 1842, pero antes, en 1829, confrontado con las reseñas negativas que recibía su obra Hans Küchelgarten, el escritor se hizo con todos los ejemplares que pudo y se encerró en una habitación de hotel, donde les prendió fuego. (Lo mismo hizo el escritor austríaco Ödön von Horváth años después, aunque von Horváth amplió su actividad destructora a las bibliotecas, en las que robaba sus libros para destruirlos.) Años después, cuando el amigo a quien estaba leyéndole una tragedia se quedó dormido, Gógol también la arrojó al fuego.
 
(Gógol era recordado por sus alumnos en la universidad de San Petersburgo por el hecho de que, aunque poseía un magnífico repertorio de anécdotas, no tenía conocimiento alguno acerca de la asignatura que debía enseñar, historia; el escritor no se presentaba a dos de cada tres de sus clases, y cuando iba no hablaba, sino que, según un testimonio, "se limitaba a murmurar incoherencias y a mostrar pequeños grabados de países asiáticos".)
 
El artista visual italiano Blu también destruyó su obra; paradójicamente, para salvarla: no estaba de acuerdo en que ésta fuese exhibida en un museo.
 
Victoria Benedictsson tuvo que escribir su novela Pengar con el pseudónimo masculino "Ernst Ahlgren" por su contenido escandaloso, no apropiado (supuestamente) para haber sido escrito por una mujer. En la novela, Benedictsson hablaba de una forma bastante clara sobre la obligación de mantener relaciones sexuales dentro del matrimonio y comparaba a las mujeres casadas con prostitutas ya que, según afirmaba, ambas ofrecen sexo por dinero.
 
Stiepan Zannovich utilizó veinticuatro pseudónimos para firmar idéntica cantidad de libros publicados en el transcurso de catorce años.
 
El canadiense Christian Bök también escogió la restricción oulipiana para ofrecer un marco a su producción y, paradójicamente, multiplicarla: su libro de poemas Eunoia (2001) está conformado por cinco secciones, cada una de las cuales presenta poemas univocálicos; es decir, escritos con una sola vocal. "Eunoia" es la palabra más breve del idioma inglés que incluye las cinco vocales: su significado es "buen pensamiento" y se utiliza para designar el estado de salud mental.
 
Nadxieli Nieto y Lincoln Michel han creado, en una deriva irónica de la aspiración a una escritura sin autores, una máquina de escribir títulos de funcionamiento más que aceptable.
 
Charles Lamb y Julio Torri eran tartamudos; éste último no publicó prácticamente nada en vida, distraído como estaba (según Andrés del Arenal) con tareas alimenticias y un singular y algo inocente priapismo.
 
David Leavitt fue acusado de plagiar a Stephen Spender, aunque no su obra sino "su vida": el autor se había inspirado en la autobiografía de Spender World Within World [Un mundo dentro del mundo] (1951) para escribir su novela While England Sleeps [Mientras Inglaterra duerme] (1993). Además de por la vía legal, la polémica entre ambos autores se dirimió en un intercambio en la prensa en el marco del cual Spender siguió acusando a Leavitt de plagio de su obra, aunque se refería (explícitamente) a su vida. Ahora bien: quizás en algunos casos, o en todos, una cosa y otra sean la misma, lo que daría la razón a Spender.
 
The Avalanches ha publicado recientemente Since I Left You, una colección de canciones compuesta a partir de alrededor de tres mil quinientos samples; es decir, fragmentos de música apropiada.
 
Juan Carlos Rodríguez es autor de un libro tachado que efectivamente está tachado.
 
El Librero quemado de Javier Toro Blum permite el retorno de lo reprimido, lo censurado y lo represaliado.
 
 
"Lo esencial del buen lector es saber detectar lugares en que la agrafía podría haber estallado y referir el proceso que pudo llevar al abandono total de la escritura. Como tales lugares son, propiamente, todos, sería una locura el querer descubrirlos de manera exhaustiva, pero lo que sí puede y debe procurar es trazar la senda que, partiendo de alguno de ellos, conduce al morbo agráfico", escribe Antonio Valdecantos en su excepcional Misión del ágrafo.

[Publicado el 31/5/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Disidencia, Tachado]

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Esgrimas verbales / "Antología del retrato" de E. M. Cioran

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"Después de vivir su infancia huyendo de las frondas aristocráticas, Luis XIV decidió instalar a la mayor parte de la nobleza de su reino en distintos apartamentos del palacio de Versalles", escribe Rafael Gumucio en su prólogo a este libro; como afirma, "Tenerlos cerca le permitió vigilarlos, mientras ellos, a su vez, se vigilaban entre sí. La corte se dejó ir en ese juego de miradas aviesas y hambrientas que los más lúcidos, o los más indiscretos, dejaron anotadas en cartas, notas, novelas en clave, diarios de vida y memorias" (7).
 
Apasionado de la obra de Henri de Saint-Simon, el escritor francés de origen rumano Emil Cioran ideó alguna vez con una amiga una antología en inglés de la obra del autor de El nuevo cristianismo; el proyecto nunca se llevó a cabo: en contrapartida, Cioran decidió "intentar ofrecer una imagen de conjunto de este arte tan arduo que consiste en fijar un personaje, en desvelar sus misterios atractivos o tenebrosos" (15).
 
La Antología del retrato resultante recorre un arco temporal que va desde mediados del siglo XVIII a la mitad del XIX, aproximadamente; a pesar de que en ese período se produjeron, como es evidente, algunos hechos de cierta importancia (la Revolución Francesa, por ejemplo), la unidad estilística de los retratos reunidos pone de manifiesto la continuidad de las prácticas que les dieron origen, como si sus autores no hubiesen abandonado nunca las habitaciones de Versalles. La ociosidad de palacio los había convertido en brillantes observadores y en esgrimistas verbales temibles, en auténticos maestros del epigrama, pero también en árbitros de un gusto que, como sostiene Cioran, fue empleado "en naderías sutiles y en futilidades delicadas" (23) y cultivadas tan largamente que la nobleza que las produjo, "de tanto mirarse a sí misma, no vio llegar la Revolución que cortó sus cabezas" (12). En esa paradoja, sostiene Gumucio, "Cioran encontró [...] algo más que la explicación de las revoluciones y contrarrevoluciones que marcaron su vida" (12).
 
Si las "naderías sutiles" contribuyeron, según el rumano, a la creación de un "producto de invernadero" que, "al rechazar todo desenfreno, de ninguna manera era capaz de producir una obra de una originalidad total, con todo lo que ello implica de impuro, de espantoso y de irresistible" (23), el retratismo de autores como Frédéric-Melchior Grimm, Madame de Rémusat, François-René de Chateaubriand, Charles Augustin Sainte-Beuve o el ya mencionado Saint-Simon es, sin embargo (y pese a la opinión de su antologador), extraordinario: en la corte, sus autores habían hecho de la observación un recurso vital para la supervivencia política, y de la esgrima verbal, una forma excelsa de resolución de los conflictos políticos. Reunidos aquí, sus textos (que Cioran cree caracterizados por "un verbo vigilado y censurado por quién sabe qué inquisición de la nitidez", 23) se leen como una literatura quizás remanente, pero no por ello menos fascinante.
 
A la fascinación de leer a Chautebriand hablando sobre Joseph Joubert ("un egoísta que no se ocupaba más que de los demás", lo describe; 176) sólo para, a continuación (y en un rasgo de malicia por parte del antologador), leer a Joubert hablando sobre Chautebriand ("prefería los errores a las verdades porque los errores eran más suyos", 181), o de ver a Jean-Jacques Rousseau siendo juzgado por un incidente banal en un teatro y no por el extraordinario edificio intelectual que levantó, la lectura de esta Antología del retrato añade la de una aproximación a una sociedad en la que, como afirma Cioran, "la maledicencia era de rigor": Saint-Simon atribuyendo al duque de Noailles "toda suerte de recursos en la mente, pero todos para el mal" (42), Grimm despachando a Bernard Le Bovier de Fontenelle con un "la sabiduría de una mente fría no vale las tonterías de un genio ardiente" (60), Etienne Dumont acusando al conde de Mirabeau de haber plagiado la frase (muy acertada) de Nicolas de Chamfort "la facilidad es un bonito talento a condición de no usarlo" (101), a Madame Vigée Le Brun recordando que al señor Le Pelletier de Morfontaine le olían mucho los pies y ella tuvo que viajar con él en un coche cerrado en una ocasión (lo que describe como una "triste experiencia", 139).
 
 
E.M. Cioran (ed.)
Antología del retrato. De Saint-Simon a Tocqueville
Trad. Santiago Espinosa
Santiago de Chile: Hueders, 2015

[Publicado el 28/5/2016 a las 13:45]

[Etiquetas: Emil Cioran, Rafael Gumucio, Miscelánea, Hueders]

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Sencillez y belleza / "Cuadernos japoneses" de Igort

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Su interés en el manga japonés llevó al italiano Igort a hacer varias estancias en ese país e incluso a trabajar en la industria del manga a partir del año 1991, todo lo cual es contado en estos Cuadernos japoneses: la vida cotidiana en el barrio tokiota de Bunkyo-Ku, la búsqueda de viejos materiales gráficos y mangas de la inmediata posguerra, los encuentros con grandes autores como Ogeretsu Tanaka, Jirō Taniguchi y Hayao Miyazaki, el respeto a maestros como Mitsuyo Seo, Suiho Tagawa, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki, Osamu Tezuka y Katsushika Hokusai, las experiencias en una industria a menudo brutal, y el amor por Japón.
 
Igor Tuveri nació en Cagliari en 1958 y es conocido en español por sus obras 5, el número perfecto (2002), Fats Waller (en colaboración con Carlos Sampayo, 2005) y la serie de los cuadernos: Cuadernos ucranianos (2011) y Cuadernos rusos (2014) a la que se suman ahora estos Cuadernos japoneses. En ellos es posible encontrar el culto del crisantemo, la afición por el sumo, el sintoísmo, la ironía sensual de la obra de Junichiro Tanizaki, las formas regladas de la prostitución, la estructura de clases de una sociedad que alterna entre la innovación y el tradicionalismo. Todo ello contado con la sencillez, la belleza y la radical extrañeza que son lo mejor que Japón nos ha dado a los ciudadanos del mundo.
 
 
Igort
Cuadernos japoneses
Trad. Regina López Muñoz
Barcelona: Salamandra Graphic, 2016

[Publicado el 26/5/2016 a las 11:45]

[Etiquetas: Igort, Cómic, Salamandra Graphic]

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Que no has de beber / "El viaje a Echo Spring" de Olivia Laing

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"No hacíamos más que beber", recordó Raymond Carver de 1973, el año en que John Cheever y él se conocieron en el Máster de Escritura de la universidad de Iowa; su año perdido, sostiene Olivia Laing, había sido anticipado por el autor de Bullet Park una década atrás cuando escribió "El nadador", la historia de un alcohólico que, sencillamente (y aunque él no lo sepa), tarda un año en regresar a casa.
 
Aunque "El nadador" no es el testimonio más directo de la adicción al alcohol del que se disponga, su belleza y la serena desesperación que posee lo convierten en uno de los mejores recordatorios de un vínculo (el de literatura y alcoholismo) que Laing (quien habitualmente colabora en The Guardian, el New Statesman y el Times Literary Supplement, además de escribir sus propios libros) explora aquí de cuatro maneras, que se solapan: la lectura de las biografías de Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Tennessee Williams, John Berryman, John Cheever y Raymond Carver; un largo viaje por los Estados Unidos en tren, coche y avión en busca de los sitios en los que vivieron y se inspiraron esos escritores; el estudio de los efectos de la bebida en el organismo, así como de los métodos empleados en Alcohólicos Anónimos para combatir la adicción; y su propio testimonio: la autora creció en un hogar marcado por el alcoholismo.
 
El viaje a Echo Spring tiene varios méritos, como pone de manifiesto el hecho de que haya quedado finalista del Premio Costa y fuese escogido como uno de los libros del año por el New York Times y Time Magazine: la rapidez y facilidad con las que se lee pese a una traducción algo mejorable, la capacidad de observación de su autora, el interés que suscitan los escritores de los que habla, la habituación del lector a un cierto tipo de ensayo lírico cuyos mejores ejemplos (La liebre con ojos de ámbar de Edmund de Waal, Leviatán o la ballena de Philip Hoare y H de Halcón de Helen Macdonald) son recientes.
 
A pesar de ello, constituye una decepción que ni las vidas desgraciadas y fascinantes de los autores de los que habla consigue disimular: por una parte, porque no parece evidente que exista ningún vínculo necesario entre el viaje de la autora y su propósito de "saber por qué beben los escritores y qué efecto tiene este caldo de licores (sic) en la propia literatura"; por otra parte, porque la información sobre ellos proviene de biografías fácilmente accesibles y no aporta ningún dato novedoso. Finalmente, porque pese a que, como sostiene la autora, "los escritores son, por su propia naturaleza, quienes describen mejor que nadie la aflicción", la negación propia del adicto y la habilidad del escritor con las palabras convierte su testimonio en "una masa inconsistente de material que se mueve desconcertantemente entre el relato honesto, la automitificación y el engaño", como reconoce la autora.
 
Si hay algo más detrás de los relatos del alcohol, Laing no da con ello, más allá de que establezca un vínculo entre el alcoholismo y una infancia desgraciada y el "sentimiento de que algo valioso se había hecho pedazos" que suena más que probable, así como con las "pequeñas fantasías de higiene, purificación, disolución y muerte" que aparecerían en los relatos del alcohol. La autora tampoco explica satisfactoriamente por qué escogió a estos seis escritores y no a tantos otros que también fueron alcohólicos (William Faulkner, Truman Capote, Jean Rhys, Hart Crane, Marguerite Duras, Edgar Alan Poe, Malcolm Lowry, Brendan Behan, por supuesto Dylan Thomas: la lista es enorme) ni si las funciones que el alcohol cumplió en la vida de cada uno de sus biografiados no fue (en realidad) distinta de caso en caso. La importancia de los vínculos entre literatura y alcoholismo obliga a una inmersión en el tema, pero este libro, independientemente de sus méritos, no la lleva a cabo.
 
 
Olivia Laing
El viaje a Echo Spring. Por qué beben los escritores
Trad. Núria de la Rosa
Barcelona: Ático de los Libros, 2016
 
Babelia/El País, 1 de abril de 2016. 

[Publicado el 24/5/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Olivia Laing, Ático de los Libros, Ensayo]

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Una amistad catastrófica / "Conversaciones con James Joyce" de Arthur Power

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Nos lleva sistemáticamente la contraria, es descortés, deliberadamente impertinente, nos ofende sin desearlo cada vez que lo vemos, intenta imponernos sus ideas, sostiene ante nosotros un espejo en el que se refleja el que fuimos, hace años y en una época que preferiríamos no recordar: todos tenemos un amigo así, al que no acabamos, por alguna razón, de mostrarle la puerta.

Quizás ofrezca algún consuelo al lector saber que también James Joyce tuvo uno: su nombre era Arthur Power y conoció a Joyce el dos de febrero de 1922 en París, la noche en que éste celebraba con su esposa y su editora la publicación de Ulises. Power había leído Dublineses y Retrato del artista adolescente y, como recuerda, "no lo habían impresionado demasiado" (55); muy pronto se lo diría a su autor, quien hasta el momento se había mostrado amable con él por el hecho de que Power (quien por entonces trabajaba como crítico de arte para un periódico norteamericano) era irlandés como él y conocía bien Dublín: algo similar sucedería con un joven Samuel Beckett. (Pero Power no es Beckett, desafortunadamente para el lector e incluso para el propio Joyce.)

A lo largo de los encuentros incluidos en estas Conversaciones con James Joyce, el escritor irlandés se ve asaltado por su "amigo", quien quiere llevarlo a una fiesta contra la voluntad de su familia, en varias ocasiones irrumpe en su casa sin haber sido invitado, le lleva la contra respecto a Synge, a Ibsen, a Tolstoi y a decenas de otros escritores, censura sus opiniones artísticas, le dice que escribía mejor de joven, lo cuestiona por la regularidad de sus hábitos y, en realidad, por casi cualquier otra cosa, se muestra indiferente a la radical novedad de Ulises y pide a su autor que le explique algunos pasajes de los más comprensibles de la obra, lamenta su influencia en otros escritores y lo tilda de "ególatra".

"Joyce no era un buen conversador", según Power, y el lector no puede sino sospechar que tiene razón, ya que hay demasiado Power y muy poco Joyce en estas "conversaciones"; en ellas, el padre de Leopold Bloom "suspira" reiteradamente, se encoge de hombros, parece "estar cansado de la conversación", mira a su interlocutor "fijamente", sonríe "con sarcasmo". Un día, finalmente, Joyce comparte con Power la noticia de que acaba de tener un nieto y su "amigo" le responde que eso no tiene importancia alguna. "En los años siguientes", recuerda Arthur Power, "cada vez que iba a París lo llamaba, pero nuestra relación ya nunca fue la misma" (185). No es difícil imaginar por qué.

Según Clive Hart, "siempre ha resultado complejo determinar cuánto absorbió [Joyce] de la corriente principal de la literatura europea o en qué consistían sus gustos y opiniones literarias" (25). A la catástrofe de amistad que protagonizaron éste y Arthur Power se le pueden atribuir varios nombres, pero lo que importa es que estas Conversaciones con James Joyce son el testimonio más detallado, más íntimo y más importante del que disponemos acerca de estas cuestiones y, como tal, deberían ocupar un lugar en las estanterías de cualquier joyceano: la admisión de su autor de que Ulises es fundamentalmente "una obra cómica" supone una invitación ineludible a la relectura, por ejemplo, y hay varias relevaciones de esta índole a lo largo del libro.

 


Arthur Power
Conversaciones con James Joyce
Pról. David Norris y Clive Hart
Trad. Juan Antonio Montiel
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016

 

[Publicado el 20/5/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Arthur Power, James Joyce, Testimonio, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Marca un poema o tuitéalo / Literatura y 'Nuevas' Tecnologías

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Crédito de la imagen, MoMA /

John Giorno estaba conversando por teléfono con William Burroughs un día de 1968 cuando concibió una de sus acciones más famosas, el "Dial-A-Poem": quince máquinas contestadoras conectadas a un número del área de Nueva York permitían a quien llamase escuchar un poema, en la que sería no la primera pero sí una de las más eficaces iniciativas para llevar la literatura a otros escenarios. "Dial-A-Poem" fue un éxito y generó numerosas imitaciones: en una exhibición reciente del MoMa, la acción de Giorno fue recreada y enriquecida con intervenciones de David Byrne y Tom Waits, entre otros.
 
"Dial-A-Poem" nunca ha estado muy lejos de nuestra forma de concebir los vínculos entre literatura y nuevas tecnologías de la comunicación. En los últimos cincuenta años, la convicción de que éstas constituirían un peligro para la literatura ha llevado a actitudes distintas y complementarias: un rechazo rotundo basado en la idea de que esas tecnologías "distraerían" de, "banalizarían" o "empobrecerían" la literatura, un esfuerzo por imitarlas (novelas escritas como correos electrónicos, a la manera de conversaciones de chat, como una sucesión de búsquedas de Google, etcétera) y/o un intento de subvertirlas "sembrando" literatura en ellas. La popularización de los teléfonos móviles hace un cuarto de siglo llevó inevitablemente, por ejemplo, a la proliferación de novelas publicadas por entregas en mensajes de texto: en la actualidad el género florece en Japón, donde estas novelas suelen ser éxitos de ventas entre los adolescentes.
 
Al hilo de lo sucedido en ese país, y en la inevitable estela de "Dial-A-Poem", escritores como el estadounidense Nicholas Belardes y el mexicano Joseph Cohen publican sus novelas, relatos y poemas en Twitter, restringiendo sus entregas a ciento cuarenta caracteres. Algo en Twitter invita a la experimentación con la herramienta (estimulada año tras año con un festival de lo que ya es denominado "twitteratura"), y es en esta red social, más que en Facebook, donde se llevan a cabo los experimentos más interesantes en la confluencia de literatura y nuevas tecnologías: formas autoconclusivas que caen dentro de lo que habitualmente se denomina "microrrelato", un inesperado y algo desconcertante resurgir del palíndromo (ese tipo de texto que permite leer lo mismo tanto de derecha a izquierda como de izquierda a derecha), historias corales en las que los personajes dialogan a través de cuentas personales creadas para el caso por el autor, arcos narrativos abiertos a la intervención de los seguidores, etcétera. Algunos de estos procedimientos son inéditos en la historia de la literatura y se benefician de la interacción propia de las redes sociales, pero la publicación por entregas no lo es: su origen se encuentra en una relación entre prensa y literatura a lo largo del siglo XIX que, bajo la forma del folletín (escrito y más tarde radiofónico, del que surgieron y se derivan muchas de las formas del entretenimiento audiovisual contemporáneo, en particular las teleseries), dio origen a la novela como la conocemos en la actualidad.
 
Más o menos inteligentes, mejor o peor intencionados, todos estos esfuerzos soslayan, sin embargo, el hecho de que las tecnologías de comunicación nuevas o viejas tienen con los contenidos de las que son vehículo una relación más compleja (y más interesante) de lo que se piensa y que nuestra relación con ellas y con los cambios cognitivos y sociales que estas propician también lo es. En las actitudes distintas y complementarias de rechazar las nuevas tecnologías, imitarlas o "sembrarlas" de literatura se pone de manifiesto un modo esencialmente paternalista de concebir la forma en que literatura y nuevas tecnologías confluyen, al tiempo que una incomprensión notable de estas últimas, que se basa en creer que esas tecnologías no estarían imbuidas de antemano de un cierto tipo de literatura propio.
 
No se trataría de una literatura como la concebimos tradicionalmente, por supuesto; pero sí de un tipo de textualidad que sería soporte de una función narrativa (el viejo y muy humano deseo de contar historias y de que nos las cuenten) no muy distinta de la que encontramos en la literatura tradicional. Sería, también, una literatura que debería ser pensada de nuevo por completo, ya que en ella las nociones de centro y periferia, de alto y de bajo, de original y de copia, de esbozo y obra terminada, no tienen sitio, así como tampoco las de autor y lector. En su obra "Zeit für die Bombe" [Tiempo para la bomba], por ejemplo, la alemana Susanne Berkenheger enlaza mediante hipervínculos cien unidades que el lector o usuario puede recorrer a su placer, conformando con cada recorrido un nuevo texto del que es coautor. Esta literatura "hipermedia", de la que participan obras de la argentina Belén Gache y el venezolano Doménico Chiappe (por mencionar sólo a dos de los autores hispanohablantes más interesantes del género), posee una estructura escasamente reproducible en la literatura tradicional y constituye, al margen de méritos individuales, la manifestación de que, mientras algunos pretenden "insuflar" literatura en la red, ésta ya posee formas propias que explotan mejor sus características más salientes y rehúyen el paternalismo.
 
A modo de ejemplo destacado de una cierta forma de ser consecuente con esta actitud es el surgimiento de las novelas concebidas como aplicaciones para teléfono móvil, en las que los lectores/usuarios pueden explorar el mundo narrado y a menudo incidir en él: el exitoso escritor estadounidense Wally Lamb anunciaba a finales de 2015 que "I'll Take You There", su nueva novela, sólo existiría como "book app", y el británico Iain Pears veía en el mismo período como la aplicación para teléfonos móviles de su novela "Arcadia" era descargada veinte mil veces en poco tiempo, superando así las ventas de su edición física. Mientras la publicación de libros electrónicos "enriquecidos" con recursos audiovisuales languidece en casi todos los ámbitos excepto el de la literatura infantil, la multiplicación de las "book apps" y la adaptación de textos literarios clásicos a los nuevos formatos, incluyendo el videojuego, señalan una dirección posible en la evolución de las relaciones entre literatura y nuevas tecnologías, al tiempo que arrojan sombras inquietantes sobre nuestras visiones de lo que denominamos leer y de lo que llamamos autor y lector. En realidad, ¿podemos seguir llamando "leer" a una actividad que tiene tanto de lectura como de interpretación de imágenes y mapas, resolución de acertijos y visionado de fragmentos audiovisuales? ¿Quién es el autor en el caso de estas producciones que requieren inevitablemente el concurso de un escritor, pero también de diseñadores gráficos, programadores, productores de contenidos audiovisuales, etcétera? ¿Qué queda de la literatura como expresión de una visión personal de las cosas en un contexto de producción colectiva e interacción con el lector? ¿Qué espacio queda para el riesgo y la renovación en literatura en proyectos que, por lo elevado de sus costos, deben rehuir ambas cosas?
 
Estas preguntas no son fáciles de responder, pero son inevitables cuando se piensa en las múltiples formas que está adoptando el intento de unir literatura y nuevas tecnologías; sin embargo, la función narrativa en internet, la "literatura" que le es intrínseca y surgió con ella, posee unas características muy diferentes y debe ser buscada en otros sitios.
 
¿En cuáles? Una respuesta provisoria y de carácter tentativo es que hay indicios de una nueva literatura en los arcos narrativos descritos por los videojuegos (se apropien estos de convenciones y motivos literarios o no: recientemente, por ejemplo, se anunciaba un nuevo videojuego en el que el jugador "será" Philip K. Dick y deberá lidiar con la paranoia, los excesos químicos y los servicios secretos estadounidenses), el surgimiento y uso de abreviaturas (WTF, MILF, LOL, etcétera), los de formas breves y visuales de comunicación como los emoticonos (y la polémica en relación al abuso del "Like" y la inexistencia de un botón de "I Don't Like"), la proliferación en Twitter de "boots" programados específicamente para generar en el usuario la impresión de que está conversando con una persona real, la ampliación del mundo narrado en ciertas novelas mediante su proyección en internet, las figuras de autor y de lector ensayadas en los perfiles públicos de los escritores y en sus blogs (que apuntan a romper los límites entre uno y otro y son un magnífico reservorio de argumentos para una discusión acerca de las visiones socialmente constituidas de lo que sería un escritor), los experimentos con el código del mexicano Eugenio Tisselli, los mediocres intentos de flirtear en Tinder, la red social que propicia encuentros sexuales entre sus usuarios, las máquinas en línea como el "generador de romances gitanos" "de" Federico García Lorca, el "net-art", las empresas que el usuario de Facebook y Twitter puede contratar para que continúen alimentando sus cuentas con viejos textos y con nuevos textos generados de forma aleatoria una vez que el usuario haya muerto.
 
Este último caso puede parecer truculento, por supuesto; pero en su excepcionalidad, buena parte de las preguntas que conciernen a los vínculos entre literatura o función narrativa y nuevas tecnologías se ponen de manifiesto en él. ¿Qué puede permanecer en un ámbito como el virtual en el que la inmediatez es un valor específico? ¿Qué garantiza la permanencia de los textos en una época de desvanecimiento y obsolescencia programada? ¿Quién escribe, y por qué y para quiénes?
 
 
Ideas/El País, 26 de marzo de 2016. 

[Publicado el 18/5/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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No evaluar / Nosotros caminamos en sueños 42

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Aunque su lanzamiento ha sido demorado una vez más, Peeple es ya un éxito, al menos en términos publicitarios; la aplicación permite evaluar a las personas con las que se interactúa en los ámbitos profesional, personal y amoroso, otorgándoles una puntuación que va de una a cinco estrellas.
 
Peeple es ya considerada la aplicación "más odiada" del mundo por su potencial para el acoso y el linchamiento, pero la idea de evaluar a las personas no es en absoluto nueva: redes sociales como Facebook y Twitter hacen de la valoración positiva el principal aliciente para la interacción de sus usuarios, y la evaluación de servicios que van desde páginas de reserva de hoteles hasta taxis y desde controles policiales en aeropuertos a restaurantes se ha convertido en una práctica habitual en la medida en que en los últimos años las empresas han desarrollado herramientas para rentabilizar la información acumulada.
 
Al permitir evaluar personas y no servicios, Peeple parece introducir una variante en el modelo, sin embargo. Pero es evidente que la calificación de un servicio (un restaurante, por ejemplo) es también, inevitablemente, una evaluación de las personas que lo prestan. A esa objeción posible a la calificación se suman otras, como la de que no todos los clientes de un restaurante son expertos en gastronomía (o, por el caso, en controles de seguridad en aeropuertos) y que los factores que inciden en la evaluación son múltiples: un estudio reciente de la página ratemyprofessors.com demostró, por ejemplo, que los profesores más atractivos físicamente tendían a tener mejores calificaciones. Una dictadura de la evaluación masiva y escasamente cualificada puede parecer problemática, pero es necesario pensar (también) en todos esos profesionales calificados erróneamente para comprender lo profundamente inhumano del sistema y comenzar a pensar en la no evaluación como forma de resistencia.
 
 
El País Semanal, 22 de marzo de 2016.

[Publicado el 16/5/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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Buenas noticias desde Argentina (por fin) / La "historieta del siglo XXI" de José Sainz (ed.)

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A la diversidad connatural (incluso deseable) en toda antología, este Informe acerca de la Historieta argentina del siglo XXI preparado por José Sainz se entrega con una espontaneidad gozosa: el cómic argentino (se sabe) es de una diversidad desconcertante que desafía cualquier intento de clasificación y en la que conviven las narrativas realistas (BerliacLucía BruttaeffýmiaCamila Torre NotariPablo VigoJavier VelascoMaría Luque) con las de sesgo fantástico (Natalia LombardoPedro ManciniMarianoenelmundo), las maneras poéticas de Manuel DepetrisNacha VollenweiderLucas Mercado y Estefanía Clotti con el absurdo medianamente convencional de Sofía Gómez y Nicolás Mealla, las prospecciones en regímenes de visibilidad heterodoxos de María Victoria Rodríguez y Pablo Boffelli con las narrativas atentas al lenguaje cotidiano de Andrés Alberto y Pablo Guaymasi.
 
Este último, por cierto, es el más joven de los autores (nació en 1992); el mayor es Javier Velasco (1977), hay cuatro nacidos en 1985 y tres en 1982 y 1983; siete de ellos son nacidos en la ciudad de Buenos Aires y otros tres en la provincia del mismo nombre, cuatro rosarinos, un santafesino, un entrerriano, una chaqueña y dos cordobeses. No se trata sólo de una estadística, al margen del placer que esta genere; a la franja de edad compartida (todos son menores de cuarenta años de edad) se le superponen orígenes distintos y diferentes procedencias: los autores vienen del diseño gráfico, la producción audiovisual, la poesía, el magisterio, la ilustración, la pintura y la arquitectura, y la riqueza de la selección depende en no menor medida de esos saberes.

¿De qué escriben los nuevos autores del cómic/historieta argentino? De las traiciones y las complicidades familiares (Berliac, Lombardo, Torre Notari), de la amistad y las diferentes formas que ésta asume (Guaymasi, Velasco), de la memoria (Depetris, Mercado), de la transformación de los ídolos infantiles en seres de pesadilla (Gómez), del desarraigo (Vollenweider, Luque), de la escasez en ciertos sectores de la sociedad argentina (Andrés Alberto, Guaymasi), de noches que salen mal (Brutta), de la soledad (Mancini, Vigo, Vollenweider, Clotti), de la construcción de la identidad de género (effýmia). ¿Cómo lo hacen? Mediante un uso puntillista del rotulador, dibujando con ordenador (es decir, computadora), adoptando un trazo infantil, exclusivamente a lápiz, con acuarelas, a dos o tres colores, en blanco y negro, con crayones, con un uso sofisticado del sombreado, prescindiendo de las sombras. ¿Con qué influencias? Las de Daniel Clowes, Charles Burns, Chris Ware, Michel Deforge, Moebius, Simon Hanselmann, el manga japonés y los argentinos Luis Scafati, Max Cachimba y El Marinero Turco.

No todos los autores publicados aquí se autoeditan: a la magnífica noticia para el lector de que en Argentina hay una literatura dibujada especialmente potente y diversa se suma la de que las editoriales de cómic prosperan y que, a diferencia de otros sitios (el más próximo, España) la existencia de fanzines, colectivos ferias y editoriales con nombres como La Pinta, LLantodemudo, Chin Chin, Szama Ediciones, Hotel de las Ideas, Dead Pop, Iván Rosado, Cocolín Press, Burlesque, Parientes Editora, no sólo permite hacer visible la producción de cómic, sino que pone de manifiesto también que sus autores son parte de una comunidad extendida y articulada, con sus espacios de sociabilidad específicos y un público importante. Ninguno de estos autores merece que ese público sea sólo argentino, y su posible circulación fuera de ese país es una de las mejores y más interesantes promesas de este libro, que no debería pasar desapercibido.

 

José Sainz (ed.)
Informe. Historieta argentina del siglo XXI
Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2015

 

[Publicado el 14/5/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Cómic, Editorial Municipal de Rosario, José Sainz]

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Traidores / "Misión del ágrafo" de Antonio Valdecantos

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A la línea de sombra de la literatura moderna que consiste en todo aquello que pudo haber sido dicho, y no lo fue, se le han dedicado algunos libros en los últimos años; el más reciente de ellos, una tachadura. ¿Qué es la agrafía? ¿Qué misterios propone en su virtualidad, que es la de aquello que ha sido y, al mismo tiempo, no ha sido dicho? ¿Qué dice acerca de su reverso, la escritura?
 
Antonio Valdecantos, que nació en Madrid en 1964 y es profesor de filosofía en la Universidad Carlos III de esa ciudad desde 1996, responde a estas preguntas con una afirmación única, la de que no es la agrafía lo excepcional, sino su traición a expensas de la palabra escrita. Al hilo de su hipótesis, el autor sigue los avatares de la figura del escritor que no escribe, que escribe en el aire con sus palabras ("Hay ágrafos que hablan constantemente en Times y otros que se expresan en Garamond o en Bembo [...] El ágrafo escribe con las cuerdas vocales y su función en el orden de las cosas consiste en mostrar que el habla es un modo desviado y deforme de la escritura", afirma; 30-31); observa sus sospechas en la presencia de otros ágrafos, describe la digresión que es propia de su estilo, señala como tarea del lector "detectar lugares en que la agrafía podría haber estallado y referir el proceso que pudo llevar al abandono total de la escritura" (44), culpa del fenómeno a una reflexión excesiva acerca de lo leído por el ágrafo y de lo que podría decir que no haya sido dicho ya pero éste no dirá nunca. El ágrafo sabe que "aun en el caso milagroso de que la prosa (o el verso) le llegaran a surgir con fluidez, lo resultante se precipitaría por el sumidero del mercado, donde, en el mejor de los casos, habría de competir con material libresco verdaderamente repugnante" (55), afirma Valdecantos.
 
La agrafía como resistencia al mercado, como superación de lo que el autor denomina el "panóptico textual", como rechazo de la disyuntiva que enfrenta tradición, valor y novedad, como cuestionamiento a la adulación del público que Valdecantos considera prescriptiva para la valoración de la obra, para no sumarse "al cortejo de los fariseos que han querido regalarle al mundo un trozo de la virtud propia" (76), como puesta en cuestión del concepto de obra, de autoría, de conclusión, como rechazo a la "condición aciaga y tenebrosa" del actuar (94), no deben hacernos pensar en ella como una corriente esencialmente negativa: como el autor de esta Misión del ágrafo pone de manifiesto, hay en la voluntad de no escribir (y de no hacerlo pese a las facilidades que esto supondría en comparación con los rigores del decir "no"), una afirmación valiente del sujeto que decide no ser sujeto, que comprende (como en el caso de Marcial) que no hay "ningún yo que mostrar" excepto "el que le endosan [al autor] el archivo y el comercio" (148) y prescinde de obra para que, en el marco de la pareja "vida y obra", no se le atribuya una vida que no desea ni su conclusión inevitable, apenas disimulada por "exuberantes y cenagosas selvas de palabras" escritas de las que sólo quedarán, en el mejor de los casos, "un par de arbustos enanos, hijos del malentendido y de alguna tara exegética inconfesable" (126). En realidad, afirma el autor,
 
[...] casi toda la ideología de la modernidad tardía depende de la juntura de vida y cultura, de manera que la misión del ágrafo debe ser cuidadosamente disimulada si no se lo quiere dejar expuesto a represalias muy crueles. Es natural que el ágrafo oculte sus verdaderas intenciones, y nada hay en ello por lo que deba ser reconvenido. Ni él ni nadie sacaría ningún beneficio si se descubriera su complot, que debe mantenerse como objeto de velada alusión y de referencia críptica. Las consecuencias de una reducción drástica del uso de la palabra «vida» no son nada fáciles de calcular, y tampoco las de una lectura y una escritura que se sustrajeran a las convenciones del aparato cultural, pero es lícito suponer que el bloqueo de este mecanismo produciría, además de algunas disfunciones sociales alarmantes, una forma de lucidez intelectual inusitada en el mundo moderno. Se aprende lo que significa entender palabras, proferirlas y ocuparse de ellas cuando, de manera sonámbula y sin ningún aprovechamiento posible, se descubre que el ágrafo no es un fugitivo de la escritura, sino más bien el escritor un traidor a la agrafía. (132-133)
 
Acerca de ella y de la no escritura, Antonio Valdecantos ha escrito, paradójicamente, uno de los libros del año, una obra cuyo centro no es sólo lo no dicho, sino también (y sobre todo) lo que todo eso no dicho tiene todavía para decir a sus imposibles lectores.
 
 
Antonio Valdecantos
Misión del ágrafo
Segovia: La Uña Rota, 2016

[Publicado el 12/5/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Antonio Valdecantos, Ensayo, La Uña Rota]

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Extrañamientos / Los cómics de "La mansión en llamas"

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Acaso una de las mejores historias incluidas en Lose de Michael Deforge, "Es chip" narra cómo dos niños encuentran el cadáver de un caballo que está siendo devorado por arañas gigantes; cuando una de ellas se introduce a través del cuello del animal y empieza a desplazarse como si fuese una cabeza con patas, uno de los niños se encariña con ella y la lleva a su colegio primero y a su cama más tarde: cuando la araña y la cabeza lo abandonan al día siguiente, el niño sólo encuentra consuelo en las larvas de araña que se le introducen en el oído. Muy pronto, todo el colegio está infectado.
 
Al igual que algunas otras historias publicadas por la editorial barcelonesa DeHavilland en su colección "La mansión en llamas", "Es chip" parece no conducir a ningún sitio y produce en el lector un extrañamiento que resultaría contraproducente para la experiencia de lectura de no ser éste la finalidad principal de la misma.
 
En la obra de Deforge, por ejemplo, la alternancia entre el realismo de los fondos y el caricaturismo bidimensional de la caracterización de los personajes en sus mejores historias (por ejemplo en las notables "Perro 2070" y "Los sesenta") producen ese extrañamiento en la misma medida que las situaciones narradas (una noche de fiesta en un club sadomasoquista que deviene mecanización y posthumanidad, la difusión de una enfermedad llamada "caradestacey" [sic], una sesión de improvisación teatral que culmina en asesinato) y el mundo en que tienen lugar, toda una realidad alucinógena en la que las esporas de las fresas se inhalan, la tinta de calamar esnifada produce visiones, los octópodos son seres de dos patas que nacen en grupos interconectados de ocho y la monarquía canadiense habita en exoesqueletos.
 
Muy posiblemente debamos a los desplazamientos en la concepción del papel del editor en un contexto de distracción y sobreproducción como los actuales el desdibujamiento de los catálogos editoriales que padecemos estos días; si esto es cierto, no lo es en menor medida que "La mansión en llamas" es una colección extraordinariamente coherente para sus tiempos. A excepción de Y nunca volvió a suceder de Sam Alden, la reunión de dos muy bellas historias narradas con laconismo y un trazo liberado de formalismos, a lápiz y sin entintar, todos sus títulos remiten a los experimentos más interesantes del cómic contemporáneo: la reescritura del relato bíblico de Jesse Jacobs en Por sus obras le conoceréis (en la que la Creación es narrada como una producción artística de dioses aprendices enfrentados entre sí, uno de los cuales sabotea la creación del otro creando los seres humanos), la concepción de mundos microscópicos a medio camino entre la ciencia popular y la estética de cierto videojuego "de autor" como en Quarznaut de Álex Red (donde un "navegante del cuarzo" que posee un hueso mágico y una mano con rostro se enfrenta a un ser maligno en compañía de unos testículos voladores, todo ello en un mundo subatómico localizado en una maleta que contiene las pertenencias de un anciano), la crítica social no reñida con la narración onírica como en Ikea Dream Makers de Cristian Robles (en el que un joven con apariencia de muñeco de madera queda encerrado en un compartimento estanco de una tienda de la cadena y, después de días de abstinencia y desesperación, y tras conseguir pronunciar correctamente el nombre de un jarrón, ingresa accidentalmente a la dimensión de maltratos y crímenes donde se diseñan y fabrican los famosos muebles, aunque no así sus albóndigas, que posiblemente vengan de una dimensión similar), la apropiación de las convenciones del cómic de la época de oro, como en La muerte y Román Tesoro de Lorenzo Montatore, etcétera. Todo ello apunta a "La mansión en llamas" como resumen acumulativo de las principales tendencias contemporáneas, excepto las más comerciales y, por consiguiente, asimiladas.
 
Si algo une a la mayor parte de estos libros es la exhibición de órganos, trozos de cadáveres, filamentos, deyecciones, miembros amputados, restos de carne y sangre. Nada de esto debería hacer pensar al lector en "La mansión en llamas" como en una editorial gore, sino más bien como en una en la que la exhibición de las interioridades de personajes y cosas habla de la perpetuación de las especies, como sucede en "Mananangal" de Deforge, donde los sujetos que ingresan en los cadáveres los abandonan para unirse en relaciones que los multiplican. Con ellos y con los editores de estas historias se perpetúan, también, una forma de entender el cómic y la novela gráfica como disciplina artística disruptiva pero necesaria para una experiencia lectora que sea (principalmente) liberación, extrañamiento.
 
 
Sam Alden
Y nunca volvió a suceder
Trad. Sara Xiol
Rot. Sin Referencia
Barcelona: DeHavilland, 2015
 
Michael Deforge
Lose
Trad. Sara Xiol
Rot. Cristian Robles
Barcelona: DeHavilland, 2015
 
Jesse Jacobs
Por sus obras le conoceréis
Trad. Sara Xiol
Rot. Álex R
Barcelona: DeHavilland, 2015
 
Lorenzo Montatore
La muerte y Román Tesoro
Barcelona: DeHavilland, 2016
 
Álex Red
Quarznaut
Barcelona: DeHavilland, 2014

[Publicado el 10/5/2016 a las 13:30]

[Etiquetas: Sam Alden, Michael Deforge, Jesse Jacobs, Lorenzo Montatore, Álex Red, DeHavilland, Cómic]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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