El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 25 de mayo de 2013

 Blog de Patricio Pron

La enfermedad como texto literario

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"Cuando salí del hospital, el primer impulso que tuve consistió en escribir sobre mi enfermedad" (33) afirmó Anatole Broyard. Al extraordinario crítico literario norteamericano se le había detectado en agosto de 1989 un cáncer de próstata y él (que consideraba que sólo hay "un puñado de libros de veras grandes sobre este asunto: La muerte de Ivan Ilich, de [Lev] Tolstoi; La montaña mágica, de Thomas Mann; casi todo [Franz] Kafka; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry", 33) decidió que debía dejar testimonio a pesar de la imposibilidad de alcanzar esas cumbres: "Morir es dejar de ser humanos, deshumanizarse" escribió, "y a mi entender el lenguaje, el habla, los relatos o narraciones son las formas más eficaces de mantener viva nuestra condición humana. Guardar silencio es, de forma literal, cerrar la tienda de la propia humanidad" (43).
 
Broyard parece haber creído que el escribir sobre su enfermedad la mantendría a raya, en particular si ésta era "leída" como un texto literario; siendo él un crítico habituado a hablar de literatura, quizás esta convicción le resultara tranquilizadora (toda su vida había hablado de libros, se había "ganado la vida" de esa forma y sabía cómo hacerlo), pero tal vez tampoco fuera un gran consuelo. No importa: el autor se "embriagó" de ella hasta el último momento (murió en octubre de 1990) y produjo estas páginas asombrosas, que su viuda ordenó póstumamente y que aparecen ahora por primera vez en español en traducción de Miguel Martínez-Lage.
 
 
2
 
A diferencia de muchos relatos sobre la enfermedad (piénsese en el extraordinario y reciente Leben [Vida] de David Wagner), el de Broyard no pone el énfasis en los aspectos degradantes de la misma (aunque tampoco los oculta): la suya es una reflexión acerca de la enfermedad y la muerte como experiencias significativas ("¿No podía obedecer ese dolor a un programa? ¿Es posible que un hombre experimente tal emaciación sin que tenga sentido?", 148) y ejercicios de estilo (ante el hecho de que los pacientes al borde de la muerte reportan experiencias similares vinculadas con música, parientes fallecidos, figuras demoníacas o túneles, por ejemplo, el autor se lamenta de que muramos "de acuerdo con los tópicos", 109), así como la afirmación de que es necesario experimentar la enfermedad hasta en sus más mínimos detalles para estar realmente vivo cuando uno muera.
 
Broyard lo estuvo, pero su mejor aporte acerca del tema se remonta a algunos años antes de su diagnóstico, cuando escribió el puñado de ensayos breves que aparecen aquí bajo el título de "La literatura de la muerte": esos ensayos demuestran lo extraordinario crítico que fue, su elegancia y su inteligencia, así como el tamaño de la pérdida ocasionada por su muerte y sólo parcialmente reparada con estos textos.
 
 
Anatole Broyard
Ebrio de enfermedad
Trad. Miguel Martínez-Lage
Ed. Alexandra Broyard
Pról. Oliver Sacks
Segovia: La Uña Rota, 2013

[Publicado el 24/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Anatole Broyard, Ensayo, La Uña Rota]

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Las dudas de una duda

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Gilbert K. Chesterton fue "pagano a los doce años, y un completo agnóstico a los dieciséis" a pesar de conservar "una vaga reverencia por una deidad cósmica y un gran interés histórico por el fundador del cristianismo. Pero lo consideraba un hombre, aunque tal vez pensara, incluso entonces, que tenía ciertas ventajas sobre sus críticos modernos" (111). Ortodoxia (1908) y las opiniones de su autor se lo deben todo, paradójicamente, a esos críticos, que sembraron en el segundo "las primeras y descabelladas dudas de una duda" y a los que, a pesar de que Chesterton les había dedicado un ensayo anterior (Herejes, también publicado por Acantilado algunos años atrás), vuelve a criticar aquí: los científicos (en los que se da la combinación de "raciocinio expansivo y exhaustivo con un sentido común reducido", 27), los materialistas y los idealistas ("la misma locura aqueja por igual a quien se niega a dar crédito a nada que no sean sus sentidos y a quien se niega a dar crédito a nada que no sean sus sentidos, aunque la prueba de ello no sea un error en sus argumentaciones sino lo manifiestamente equivocado de sus vidas", 33), los escépticos ("del mismo modo que una generación podría impedir la existencia de la siguiente, ingresando en un convento o saltando al mar, un grupo de pensadores podría, hasta cierto punto, impedir el pensamiento enseñándole a la siguiente generación que el pensamiento humano carece de validez", 41), los místicos, los evolucionistas ("el darwinismo puede utilizarse para apoyar dos moralidades absurdas, pero ninguna sensata", 147), los relativistas, los anarquistas, los optimistas y los pesimistas, los socialistas ("les he escuchado con horrible atención, con espantosa fascinación. Pues era como ver a un hombre serrando con energía la rama en la que está sentado", 154), los relativistas y los interesados en el pragmatismo, el colectivismo y el concepto nietzscheano de voluntad ("puedo ver el choque inevitable de las filosofías de Schopenhauer y Tolstói, de Nietzsche y de Shaw con tanta claridad como vería desde un globo aerostático el choque inevitable de dos trenes. Todos van camino de la nada y del manicomio, pues la locura puede definirse como el uso de la actividad mental para alcanzar la impotencia mental, y ellos casi la han alcanzado", 54-55).
 
Volver a criticar aquí estos sistemas de pensamiento a y sus defensores parece un capricho del autor, pero no es un capricho inmotivado, ya que (por una parte) Chesterton necesita desacreditar las ideas de su época para instalar la suya bajo una luz más favorable, y (por otra) porque Ortodoxia es la historia de cómo, partiendo de esas ideas (y a través de "especulaciones sinceras y solitarias", 7), su autor comenzó a creer en su presunto opuesto; es decir, en la fe cristiana. Lo hizo, según afirma, al descubrir que "la vida era tan preciosa como desconcertante" (70): "siempre había vivido la vida como un relato; y donde hay un relato hay un narrador" (79). Chesterton comprendió, afirma, que "en cierto sentido, todo bien era un resto de un desastre primordial que debíamos atesorar y guardar como si fuese sagrado. El hombre ha salvado el bien igual que Crusoe salvó sus bienes del naufragio. Todo eso pensaba a pesar de que las ideas de mi época no me animaban a pensarlo. Y en todo ese tiempo ni me acordé siquiera de la teología cristiana" (84-85).
 
A pesar de su título (una más de las paradojas y las ironías que constituyen lo más notorio del estilo literario de su autor), Ortodoxia tiene muy pocos puntos en común con las visiones consuetudinarias del cristianismo, de allí que sorprenda que todavía hoy se lo considere una apología de esa religión: de hecho, tan sólo podría ser considerada una obra proselitista si sus lectores fuesen todos como su autor y creyesen en la necesidad de la religión como inspiradora de "una actividad ética y una reforma social" (175); no siéndolo, es improbable que este libro vaya a convertir a nadie al cristianismo, pero es muy posible que convierta a muchos a la religión chestertoniana, que no exige más a su acólito que el culto a la inteligencia, a la ironía y a la sofisticación. Quizás realmente haya que agradecer a algún dios por ello.
 
 
G. K. Chesterton
Ortodoxia
Trad. Miguel Temprano García
Barcelona: Acantilado, 2013
 
[Publicado parcialmente en ABC Cultural, 4 de mayo de 2013.] 

[Publicado el 22/5/2013 a las 12:45]

[Etiquetas: Gilbert K. Chesterton, Ensayo, Acantilado]

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Bien está...

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Crédito de la imagen, Matías Sarlo.

...lo que bien acaba.

[Publicado el 20/5/2013 a las 09:30]

[Etiquetas: Miscelánea]

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Acerca de "el cielo por asalto" (cita)

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La portada de la edición alemana de "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia" (Rowohlt, 2013).

Algunas semanas atrás, en Bremen y (particularmente) en Hamburgo, a raíz de la publicación de la edición alemana de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, algunos periodistas me preguntaban acerca del título de la novela (una pregunta sencilla: se trata de un verso de Dylan Thomas, del poema "I fellowed sleep" que puede leerse en la Poesía completa del autor traducida en 2004 por Margarita Ardanaz Morán para la editorial española Visor) y sobre el pasaje en el libro en el que ese verso aparece (en la página 186 de las ediciones española y mexicana del libro y en la 221 de la edición argentina) y en el que la razón de la utilización de ese verso como título queda explícita en su asimilación con otra cita, que lo completa: "[...] y porque lo que habían hecho era digno de ser contado porque su espíritu, no las decisiones acertadas y equivocadas que mis padres y sus compañeros habían tomado, sino su espíritu mismo, iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto".
 
Acerca de esa frase ("el cielo por asalto") escribe aquí el filósofo y novelista argentino José Pablo Feinmann, que explica todo esto (el origen de la frase, sus resonancias) mejor de lo que yo lo hice allí, en Bremen y particularmente en Hamburgo, algunas semanas atrás:
 
 
La frase "el cielo por asalto" es la más hermosa que escribió Karl Marx. "Estos parisienses que toman el cielo por asalto." No es parte de El capital. Ni de los Gründrisse. Ni del Manifiesto. No podría serlo: surge, como una estrella jubilosa y única, de un hecho posterior a la redacción de esas obras maestras. No pertenece a un libro. Está en una carta que le escribió a su amigo Kugelman, desde Londres, el 12 de abril de 1871. Apesta para el paladar de los anticomunistas. Es una frase subversiva. Tomar el cielo por asalto es apoderarse del poder de la sociedad burguesa, es ponerlo en manos del proletariado y, desde ahí, partir en busca de una sociedad más justa, sin desigualdades. Como la esencia del capitalismo es la desigualdad, tomar el cielo por asalto es quebrar su lógica y trastrocarla por otra que proponga la igualdad entre los hombres. La política, la jurídica y la económica. "El cielo" es la sociedad capitalista porque ésta siempre se ha postulado como "lo mejor". O lo "menos malo". O, de todos los mundos posibles, como postulaba Leibniz y lo burlaba Voltaire, el mejor de todos, el que Dios nos ha cedido generosamente luego de haber analizado a los otros y descubrir que éste, el nuestro, es el superior y entregárnoslo. Tomar "el cielo por asalto" es adueñarse de él. Hacerlo propio. Ahora, el cielo es nuestro. De quienes hemos vivido casi en el infierno o, sin más, en él. Se nos hacía difícil pensar que esto podía ocurrir. Siempre nos parecieron demasiado poderosos los dueños del cielo. Siempre nos enseñaron que era de ellos, que les pertenecía por derecho divino o por linaje histórico o por tener las armas necesarias para defenderlo de cualquiera que se lo quisiera arrebatar. De esta forma, hemos aprendido las reglas del cielo. El cielo no se toca. El cielo tiene dueño. Cualquier intento de cuestionar el orden que reina en el cielo será castigado severamente, con la vida a veces. Prohibido escupir en el cielo. Robar es escupir en el cielo. Negarse a cumplir las órdenes de las autoridades constituidas es escupir en el cielo. No trabajar es escupir en el cielo. Quejarse por el salario recibido es escupir en el cielo. Matar -sobre todo a un miembro de la clase poseedora, de la clase superior- es escupir en el cielo. Desobedecer cualquier orden de un policía es escupir en el cielo, ya que en todo policía se encarna el orden celeste. [...] Los dueños del cielo serán siempre los mismos. O sus socios, o sus familiares o sus descendientes. Hombres de sana ambición y laboriosidad pueden llegar a compartir algo del cielo con sus dueños, siempre que éstos lo encuentren beneficioso para los intereses del cielo, que son los de todos, los de la patria. Pero propiedad de los poseedores del cielo. El cielo tiene propietarios. Cada vez hay menos propietarios y más no propietarios. Esta desigualdad es propia del cielo. Al ser el derecho de la propiedad el elemento esencial del cielo no todos pueden ser iguales en él. Algunos tendrán muchas propiedades, otros tendrán menos y la enorme mayoría no las tendrá. O tendrá sólo las necesarias para su subsistencia, sin la cual no podrían trabajar para los poseedores del cielo. Se ha comprobado que los muertos no trabajan. El cielo tiene creencias en las que todos deben creer, leyes que todos deben cumplir y una jerarquía que nadie debe alterar. Todo ser humano puede ser feliz en el cielo. Sólo tiene que aceptar el lugar que en él le ha tocado. Algunos, como se ha visto, pueden modificarlo. Sólo algunos. Cuando son muchos los que quieren modificar el orden del cielo, sus naturales poseedores consideran esa acción como la más perniciosa para el cielo, pues quiere subvertir el orden que en él reina. Reaccionarán con extrema violencia. Porque subvertir el orden que reina en el cielo es la acción más destructiva que pueda emprenderse contra él. Quienes lo hagan morirán o serán sometidos a terribles castigos de los que tal vez no salgan con vida. Es decir, también morirán. Subvertir el orden del cielo, pretender apoderarse de él, asaltarlo por medio de la fuerza y las ideas perniciosas, es pretender matarlo. ¿Qué otra cosa sino la muerte merecen quienes perpetren semejante agravio? Se prohíbe asaltar el cielo. Está terminantemente prohibido tomar el cielo por asalto.
 
[...]
 
El 25 de mayo de 1973 se estuvo demasiado cerca de asaltar el cielo. O se lo asaltó como nunca antes se lo había hecho ni se volvería a hacer. Eso lo hizo la izquierda peronista. Eso lo hizo toda la gente que fue a esa plaza porque estaba harta de gobiernos de garcas y militares o de gobiernos civiles cómplices o débiles y complacientes. Nunca se vio en los balcones de la Rosada a un hombre como Salvador Allende. Que eso lo hizo la izquierda peronista significa que eso no lo hizo Perón. Tampoco jóvenes idiotas que creían ciegamente en él. Tampoco jóvenes que no sabían qué era el peronismo. Ellos eran el peronismo. Ellos fueron la cara más combativa del peronismo. Fue la interpretación que una década de rebeldías, que valoraba la violencia en la lucha política como algo normal, dio de un fenómeno del pasado: el peronismo. ¿Qué importa lo que pensara Perón? ¿Era Perón el dueño del peronismo? [...] Los grandes protagonistas fueron los hijos de la clase media antiperonista que se rebelaron contra sus padres, contra todo lo que les habían dicho desde que vinieron al mundo. Que se rebelaron porque los jóvenes son así: no obedecen a los padres. Salvo los que los heredan en la conducción de sus empresas. En fin, ésos. Pero la Jotapé [Juventud Peronista] era una multitud incalculable de jóvenes y no tan jóvenes que, como la Comuna, quiso tomar el cielo por asalto. Y asustó al poder como nadie en la Argentina. ¿Qué le fue mal? ¿Y a quién no le fue mal? ¿Cómo piensan que le fue a la Comuna? [...]
 
 
En:
José Pablo Feinmann
Sin fecha 

[Publicado el 17/5/2013 a las 12:15]

[Etiquetas: José Pablo Feinmann, Cita]

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Profusión tropical

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(Muy poco) sagrada concepción de la autora: Una página de "Virus tropical".

Nacer, crecer, ir al colegio, superar la separación de los padres, lidiar con los hermanos, adquirir las primeras nociones religiosas, hacer amistades, descubrir el sexo, marcharse de la casa natal son experiencias más o menos banales que todos realizamos. No todos escribimos Virus tropical, sin embargo, y esto debido posiblemente a que, para ello, se requiere el talento de Paola Gaviria y éste escasea.
 
Con un dibujo mucho más sofisticado de lo que parece a simple vista, una singular habilidad para el detalle y una capacidad excepcional para el ritmo narrativo, Gaviria (o Powerpaola) narra una historia simple habitada por personajes sorprendentes y encantadores: un padre que alguna vez fue sacerdote, una madre que lee la suerte en las fichas de dominó, una hermana irresponsable y otra que se hace cargo de la joven Paola, una sirvienta que se opera la nariz. Todos ellos habitan un espacio de profusión tropical entre Quito y Cali, una especie de territorio habitado casi exclusivamente por mujeres que amplía la geografía imaginaria latinoamericana y es una de las mejores noticias recientes desde aquella región.
 
 
Powerpaola (Paola Gaviria)
Virus tropical
Barcelona: Reservoir Books, 2013

[Publicado el 15/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Powerpaola, Reservoir Books, Cómic]

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Rayuela / Preguntas (IV)

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No todos los que juegan a la rayuela acaban llegando al cielo: Una instalación de Agustina Woodgate. Crédito, de la autora.

PREGUNTA: Patricio, Estoy haciendo un trabajo sobre los 50 años de Rayuela y te quiero preguntar: ¿Qué edad tenías cuando la leíste? ¿Qué impresión te causó en aquel entonces? Tras la relectura, años después, ¿qué piensas de la novela de Julio Cortázar? Gracias por tu respuesta. Karina S. B., desde Madrid (España)
 
RESPUESTA: Querida Karina, leí Rayuela cuando tenía unos dieciséis o diecisiete años, que es (me dicen) la edad ideal para leer ese libro; sin embargo, lo dejé a las cien o ciento veinte páginas, bastante irritado por la insoportable incapacidad de sus personajes (muy argentina, por cierto) para dejar de tomarse en serio a sí mismos por un instante. Años después, y en varias ocasiones, intenté volver a leer la novela sólo para descubrir que yo seguía siendo el joven lector irritado de entonces y que el libro de Cortázar era el mismo también. Así que ahora lo dejo a quienes aman tomarse en serio a sí mismos y sufren mucho, a los que viajan a París, a los adolescentes que aún no han leído lo suficiente, a los lectores de suplementos sabatinos que creen saber sobre literatura por ello, a los que no saben quién fue Raymond Queneau (que hizo bien lo que Cortázar llevó a cabo tan deficientemente), a los que disfrutan de los filmes de ciertos cineastas argentinos y a los que han conseguido que su adolescencia se extienda hasta donde su inteligencia no ha podido llegar. Gracias por tu pregunta y un saludo.
 
 
(Las preguntas deben dirigirse a: blog@elboomeran.com.)

[Publicado el 13/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Preguntas, Julio Cortázar]

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Una tristísima comedia de enredos

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En su ensayo "What Henry James knew" [Lo que sabía Henry James], Cynthia Ozick comienza reconociendo el hecho de que los escritores del modernismo angloamericano (James Joyce, Virginia Woolf, Marcel Proust, Ezra Pound y otros) nos parecen actualmente
 
[...] menos "modernos" de lo que fueron algún día. Sus técnicas han sido asimiladas durante generaciones. Sus idiosincrasias pueden no haber perdido su interés, pero tampoco sobresaltan ya. Sus placeres y el ardor que provocaban, aunque en absoluto aburridos, se despliegan no obstante en referencias psicológicas que son ampliamente reconocibles. Lo que solía ser una revelación [...] es reducido a reflejo. Actualmente uno lee a esos maestros con satisfacción -ya han sido digeridos- pero sin la furia de la temprana avaricia (99-100, mi traducción).
 
Aunque parece inevitable darle la razón al menos parcialmente (en relación a Woolf, al cubismo literario, a ciertas ideas de T.S. Eliot, etcétera), también parece necesario observar la contradicción entre lo que Ozick afirmaba a más tardar en 1993, fecha de la publicación del libro de ensayos del mismo título, y la determinación de reescribir una obra modernista como Los embajadores (1903) de Henry James que está en el origen de su reciente novela Cuerpos extraños. No hay contradicción alguna, sin embargo, ya que la autora excluye de su diagnóstico acerca de la supuesta falta de modernidad del modernismo angloamericano a James, cuyas obras, afirma, "vibran con percepciones que en último término no son atribuibles a su autor" (100).
 
Escrita a la manera de una reelaboración cubista de Los embajadores, las diferencias entre ambos libros son evidentes, pero la más evidente de ellas es que su protagonista ya no es un hombre sino una mujer, que recibe el encargo de su hermano de "traer de regreso a casa" (o bien no traerlo en absoluto) a su sobrino, un joven que, al igual que su hermana, se refugia en París de un padre intolerante y de una madre supuestamente loca, pero (sobre todo) de la vida sin emociones y sin riesgos que sus padres han previsto para él y que pretenden imponerle.
 
Reemplazar a Lambert Strether (el protagonista de Los embajadores) por una mujer, la triste y apática Beatrice Nachtigal o Nightingale, no es una mera concesión a las políticas de igualdad, sino una acción deliberada cuyo resultado es (idealmente) una mayor empatía con la protagonista por parte del lector y un mayor interés por lo que sucede en Cuerpos extraños; sin embargo, el problema aquí es que la identificación emocional del lector con los personajes es sencillamente imposible: el padre es un ser intolerante y mezquino, el antiguo marido de la protagonista es fatuo, Iris (la sobrina) es torpemente ingenua, Julian está absurdamente enfadado todo el tiempo, su mujer (una sobreviviente de los campos de concentración) recuerda intensa, interminablemente, su condición a todas horas.
 
El peligro de escribir sobre personajes fatuos y pomposos es que el texto resultante sea también fatuo y pomposo. Algo así le sucede a esta novela de Ozick, que pretende salvar a sus personajes de la sordidez y de la tristeza con un último gesto de sublimación creadora que de a ratos parece innecesario y un poco ridículo (la gran sinfonía, el Doktor Faustus de Thomas Mann, el gran misterio de la creación artística, etcétera). Ozick, que es una maestra del ensayo breve y de esa forma narrativa que los ingleses denominan "long story" (y en la que destaca su notable Virilidad), no parece ser tan buena en las formas más extensas: es cierto que tiene una música propia y arrebatadora, que el lector podrá disfrutar si consigue sus libros anteriores en español como Levitación y El mesías de Estocolmo (Barcelona: Montesinos, 1987 y 1989), ambos traducidos por Miguel Martínez-Lage, o El chal (Trad. Daniela Stein. Barcelona: Montesinos, 1992), y que también puede encontrarse aquí en traducción mejorable, pero parece haberse enredado irremediablemente en algún sitio de esta comedia tristísima de enredos con la que pone a prueba los nervios de su esforzado lector.
 
"Misteriosamente", escribió Ozick en otro ensayo ("Henry James' unborn child" [El niño que Henry James no tuvo]), "con el paso de las décadas, James se convierte más y más en nuestro contemporáneo, como si fuese nuestra propia sensibilidad la que estuviese alcanzando la suya" (135). Ni siquiera la más reflexiva de las opiniones de un autor está exceptuada, en el fondo, de un componente emocional e irreflexivo, en particular cuando ese autor defiende a su escritor favorito. Cuerpos extraños demuestra que, contra lo dicho por la autora, es nuestra sensibilidad la que tiene que retroceder en el tiempo para alcanzar la de James, y que el esfuerzo tal vez no valga la pena. Al menos no en este caso.
 
 
Cynthia Ozick
Cuerpos extraños
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Barcelona: Lumen, 2013
 
Cynthia Ozick
What Henry James knew
Londres: Jonathan Cape, 1993
 
 
[Publicada original y parcialmente en Otra Parte Semanal. 2 de mayo de 2013.] 

[Publicado el 10/5/2013 a las 12:15]

[Etiquetas: Cynthia Ozick, Novela, Ensayo, Lumen, Jonathan Cape]

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Más allá de una engañosa fachada

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Una de las páginas de "99 ejercicios de estilo"; esta vez, a la manera del cómic underground. Crédito, del autor.

Raymond Queneau publicó sus celebérrimos Ejercicios de estilo en 1947; para entonces el cómic no tenía aún una conciencia específica de sus posibilidades como género, pero acabaría adquiriéndola algunas décadas más tarde y lo haría con un puñado de artistas y de obras particularmente presentes en estos 99 ejercicios de estilo de Matt Madden, publicados originalmente en 2005.
 
Madden (Nueva York, 1968) es miembro del Ouvroir de la Bande Dessinée Potentielle (OuBaPo), sección del OuLiPo cuya finalidad es extrapolar las consideraciones de este último acerca de las formas narrativas al ámbito del cómic y explorar la naturaleza del género. A raíz de ello, 99 ejercicios de estilo pretende cumplir la misma función en ese ámbito que la que tiene Ejercicios de estilo en el de la narrativa no gráfica: trazar el mapa de la exploración incompleta y siempre provisoria de sus posibilidades narrativas. A lo largo de este libro, una historia completamente banal es narrada una y otra vez: como monólogo; con onomatopeyas; a modo de inventario; adoptando la forma de una tira de prensa; como chiste político, telenovela, anagrama; adecuándola a las convenciones del relato gráfico de humor, de fantasía heroica y de ciencia ficción; como un manga y un cómic underground y de línea clara; a modo de palíndromo; a la manera de Rodolphe Töpfer, Jack Kirby, Winsor McCay y George Herrimann o como el tapiz de Bayeux; sin imágenes; con imágenes; con siluetas; sin texto; con finales alternativos, etcétera (más interesante aun: de forma retrospectiva; a modo de instrucciones; como un cento; adoptando la forma de un diagrama de flujo; utilizando emanata; como un mapa; a la manera de una imitación del célebre anuncio del curso por correspondencia de Charles Atlas; glosada por un crítico pueril y a modo de cajas chinas).
 
La intención de su autor es que la obra "inspire a la gente a ver más allá de la engañosa fachada de sencillez que tiene el cómic"; también, la de responder a la pregunta: "¿Puede una historia, por simple o vulgar que sea, valorarse al margen de la forma en que está contada?" La respuesta, que (por supuesto) es negativa, obliga naturalmente a prescindir de lo que Madden llama "esas gastadas dicotomías" de forma y contenido, estilo y sustancia, y permite a su lector (del mismo modo que los Ejercicios de estilo de Queneau que lo inspiraron) volver a la narrativa gráfica con la conciencia adquirida de que su belleza y su eficacia no son naturales sino el producto de la voluntad artística de su creador: su resultado es una obra que (bajo la engañosa apariencia de un divertimento, cosa que también es en algún sentido) desnaturaliza nuestros vínculos con la narrativa no sólo gráfica y demuestra que no es cierto que todo haya sido escrito ya, que todo está aún por ser hechosi se posee un espíritu emprendedor y se sabe cómo hacerlo.
 
 
Matt Madden
99 ejercicios de estilo
Trad. Lorenzo F. Díaz
Madrid: Sins Entido, 2013

[Publicado el 08/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Matt Madden, Cómic, Sins Entido]

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El intercambio con Rafael Gumucio

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Fotografías, Lisbeth Salas y Fernando Villalobos.

De: Patricio Pron 
Enviado el: lunes, 24 de diciembre de 2012 8:52
Para: Rafael Gumucio
Asunto: Navideñas / 01

Querido Gumucio,


espero que tu familia y tú estéis muy bien; por aquí todo va bien, más allá de las dificultades propias de esta época del año en que la alegría es inmotivada pero forzosa. Giselle está enfadada conmigo porque le he regalado un descorazonador de ananás o piñas, un aparato que permite cortar dicha fruta sin ningún esfuerzo (as seen on tv), pero que a Giselle le ha parecido un regalo poco adecuado para estas fechas; mi propuesta de cambiárselo por una nueva mopa (o estropajo) sólo ha empeorado las cosas, para mi gran desconcierto: supongo que todo esto se debe al hecho de que Giselle es chilena y que el alma insondable de ese pueblo me resulta completamente desconocida. Dormir todas las noches junto a una mujer el alma insondable de cuyo pueblo etcétera no parece la mejor idea, por supuesto, así que me alegra que, entre todos los problemas que uno puede tener, tú no tengas éste.

No me gusta la Navidad (no me gusta ninguna efeméride, de hecho), pero este año la estoy llevando particularmente mal. Algunos meses atrás me sometí a una tonta operación oftalmológica que me recomendó el médico; su resultado es que, ahora, lo que tengo más cerca me parece lejos y lo que está lejos me resulta inusitadamente cercano. Este problema de perspectiva tendrá algún tipo de efecto en mi forma de leer (imagino), ya que estos días las ideas más establecidas me parecen frágiles y las más frágiles me parecen raramente establecidas.

Una de ellas es aquella según la cual los autores latinoamericanos necesitamos estar en las tristes capitales españolas para ser reconocidos como escritores de la lengua; siendo tú uno de los escritores chilenos de referencia (y teniendo una experiencia directa de la publicación e incluso de la vida cotidiana en España), me pregunto si tú también crees en ello; si compartes la idea de que existe una metrópolis de la literatura en la lengua que se encontraría en Barcelona o en Madrid y si hay una periferia de la que serían parte ciudades como Buenos Aires y Santiago de Chile, como creen algunos de nuestros colegas e incluso un par de personas inteligentes.

Un abrazo,


P

 


De: Rafael Gumucio
Enviado el: miércoles, 26 de diciembre de 2012 15:23
Para: 'Patricio Pron'
Asunto: RE: Navideñas / 01

 

Querido primo.

Cuando te anunciamos con Matias Rivas que te habías convertido en nuestro primo creo que no asimilaste la seriedad de la tarea. Matias y yo pertenecemos a una sociedad tribal (de la que viene Giselle) donde los únicos lazos que valen son los de sangre. Todo el resto, amistad, compañerismo, vanguardia, escuela, partido, vive entredicho. Aquí se es o no del clan. Te nombramos como parte de él lo que significa una vigilancia y preocupación extrema sobre cada paso que estás dando o dejando de dar. Quizás no los ves pero una cantidad apreciable de espías e informantes nos mantienen al tanto del más mínimo café con leche o cambio de sintaxis. Aceptamos, graciosamente, que hagas lo mismo en nuestro caso.

No te sorprendas entonces que suspire por twitter, mail, Facebook, preguntando ¿Dónde está Pron? Pregunta retórica porque los espías me lo dicen siempre, pero muestra de cariño innecesario que nunca está de más. Toda esta introducción de alguna forma responde a tu pregunta. Constantino Bértolo, mi primero (en todos los sentidos de la palabra) editor en España me miró con sorna cuando le pregunte por la literatura en España. "Eso del margen y la periferia esta jodido ahora. El margen es la periferia y la periferia es el margen." Hasta que no conocí mejor España y su literatura (y conste que tengo una afición rayana en la locura por ambos), no comprendí la sentencia de Bértolo. Madrid es comparado a Buenos Aires o Cuidad de México una cuidad de provincia. Para bien o para mal la literatura española de 1770 en adelante es como la literatura chilena (exceptuando su poesía) una literatura marginal. Quizás por eso escritores que junta además el doblemente margen de ser vascos, gallegos, o catalanes sin ser nacionalistas sean los que más gozo y he gozado. Voces raras como Pla, Cunqueiro, Baroja, Valle Inclán, Marsé, Gil de Biedma. Esa es la literatura central en España, la periférica que no cobra subvenciones por serlo.

Somos parte tú y yo del final de una época, esa época loca en que Madrid y Barcelona decidían que valía la pena en literatura mucho más vivas, actuales o simplemente refinada que la suya. Perdido en la inmensidad mestiza los españoles -con la excepción de Ignacio Echevarria y María Dolores Pradera-están condenados a no entender nada de Latinoamérica, justamente porque gozan la ilusión de entenderla. Borges no decía una tontera cuando observaba que lo único que nos separa de España es el idioma. El castellano en que tú y yo escribimos no es nunca ni motivo de orgullo ni de vergüenza, como suele serlo para el escritor español. Las palabras no nos hacen gozar, ni creemos que en ella reside ninguna esencia esencial. Escribimos en castellano porque es la lengua que nos toca. Si los italianos, judíos, ingleses, franceses de los que muchos descendemos se hubieran bajado en otro puerto hablarían inglés o portugués. Los mapuches, aztecas, mayas o guaranís que también nos habitan hablan, aunque no sepamos su idioma a través de la distancia o el desapego hacia lo AZUL de la palabra azul.

España, una literatura periférica no estaba llamada a cumplir el rol de ser capital de nada. Esto produjo monstruosidades como los premios Planeta, Alfaguara y primavera otoño y verano, un cúmulo de novelas colombianas o hondureños donde la gente va de "guapo por la vida" y toma ginebra (se coló en una novela mía) o va hoteles desangelados (este error lo cometí yo también). Eso produjo el crack, y las novelas de narcotráfico de Pérez Reverte, pero eso también permitió a Bolaño que supo justamente hacer de esa ignorancia mutua, de esa mistificación -la Latinoamérica para catalanes- el sustento de una obra que tenía justamente la gracia de hablar de la provincia más grande del mundo la de los desterrados, los aterrados, los trasplantados, los viajeros, los perdidos.

 

Hablaba de esto mismo, o algo parecido con Bernardo Toro, un escritor chileno que escribe en francés sobre Chile. Hablamos del siglo XIX y la novela burguesa. ¿Está muerta? ¿Está viva? Sostenía yo justamente lo último: La novela burguesa, la de Stendhal, la de Tolstoi, la de James vive donde aún es útil, es decir donde una burguesa ascendente choca con los valores y los recuerdos de la tribu. Es lo que te decía al comienzo de este mail, toda novela cuenta la historia del Gatopardo o el Padrino, el fin del mundo tribal o feudal en mano de los valores de la burguesía. O cuenta la historia al revés, el proceso de liberarse de las leyendas de la tribu para comprarse un departamento y un auto y casarse con la niña linda e inaccesible que te gusta a ti. En países, o ciudades donde todos son burgueses crece el ensayo o la mezcla de ensayo y cuento que florece en Buenos Aires y en París. En países tribales florece sólo la poesía. Sólo cuando el hijo del pastor de oveja, o del conde, tiene que vivir en departamento tiene sentido la novela. Por eso escriben en Londres los pakistaníes e hindúes, los dominicanos (y ayer los judíos) en Nueva York, por eso la moribunda literatura latinoamericana está más viva que nunca en países tan inesperado como Guatemala, Honduras, el norte de México y la comuna de Maipú (de donde viene Zambra), Villa Alemana (de donde viene Bisama), San Antonio (cerca de donde vive Marcelo Mellado). Por eso ser rosarino y novelista en tu caso es una y una misma cosa, y por eso pudiendo ser francés, español o periodista he elegido hundirme en Providencia, que como tú dices, es el centro del mundo. Perdona lo largo de este mail, querido primo, espero no abrumarte pero el placer de escribir cartas como antes me llevo donde quería él. 

Te mando un abrazo gigante y espero tu respuesta.

Rafael

 

 


De: Patricio Pron 
Enviado el: jueves, 27 de diciembre de 2012 18:46
Para: Rafael Gumucio
Asunto: Navideñas / 02

 

Querido Gumucio,

 


completamente de acuerdo contigo (y veo que también con Constantino Bértolo) acerca de la insularidad de la literatura española contemporánea. Admito que mi pregunta era el resultado de un cierto extrañamiento mío, y de un deseo muy concreto de que yo estuviera equivocado y que la literatura española mereciese (a pesar de todo) el lugar central que sus autores ambicionan. Madrid no es precisamente un bosque centroeuropeo, pero (cada vez que salgo allí afuera, y conste que lo hago poco) mi impresión es que ese bosque (que es también el de la literatura española) no nos permite ver los árboles, que son más bien raquíticos. Naturalmente, hay excepciones (maravillosas, imprescindibles), pero todas ellas sólo hacen lo que todas las excepciones en todos los sitios: confirmar la regla, de allí mi extrañamiento ante la idea tan extendida de que el tránsito por España es imprescindible o inevitable para el escritor latinoamericano. Al parecer, no es suficiente que una buena cantidad de editoriales españolas se haya pasado la última década publicando los artículos de saldo de la escena literaria latinoamericana para que resultase evidente que su interés (principalmente comercial, por supuesto) se orienta más hacia allá que hacia aquí, estas tristes capitales españolas asoladas por la miseria moral y la depresión económica, donde muy poca gente tiene interés aún en leer libros.

 

Ese desinterés (por supuesto) tan sólo aumenta cuando los abnegados y pacientes lectores que aún quedan en este país acceden a lo que se les vende como literatura hispanohablante sólo para descubrir que sus autores se dividen apenas en un puñado de categorías: a) los jóvenes serios para los cuales el único tema posible es el MAL ABSOLUTO (¡Oh! ¡El asesino era el humidificador oficial de estampillas en Auschwitz!), b) los escritores de novelitas policiacas que aspiran a ganar premios, c) los que creen que las teleseries son la nueva literatura (lo que equivale a decir que el filete de ternera es el nuevo consomé de verduras), d) los ancianos que quieren escribir como jóvenes, e) los jóvenes que quieren escribir como ancianos, f) los que no saben quién fue Thomas Bernhard, g) los que, por no saber, no saben ni siquiera quién fue Jorge Luis Borges (que es el que nos parió a todos), h) los que escriben novelas sobre la crisis o los personajes de la alta política con la profundidad de un artículo del Reader Digest's, i) las mujeres cuyo único mérito literario es ser mujeres, j) los homosexuales cuyo único mérito literario es ser homosexuales, k) los hombres cuyo único mérito literario es ser hombres, l) los que son alcohólicos y duermen dentro del coche, donde siguen escribiendo su gran novela, m) los que sólo escriben para que el ayuntamiento de su ciudad les encargue un taller, n) los que en esos talleres pretenden enseñar a hacer bien lo que ellos hacen mal, o) los que creen que saben sobre literatura porque hojean los suplementos dominicales, p) los que firman con su nombre, q) los que no firman con su nombre, r) los que hacen tráileres de libros, s) los que creen que están "en la estela de Cervantes, Borges y Nabokov" (frase ridícula del año 2010), t) los que presumen de independencia trabajando para el Instituto Cervantes, u) los que presumen de apoyar a las editoriales pequeñas después de que su novela ha sido rechazada en seis grandes, etcétera.

En este contexto, lo malo no es que (como todo parece indicar) la literatura en España esté desapareciendo; lo malo es que no haya desaparecido ya hace mucho tiempo, ahorrándonos estos esperpentos.

Dicho esto, sin embargo, no me parece que el panorama latinoamericano sea mucho mejor, exceptuando las honrosas excepciones que, como todas las excepciones, etcétera. Desde luego que se escribe buena literatura dondequiera que estén Alejandro Zambra y Marcelo Mellado (así como en sitios como Coahuila, algunos barrios porteños y el inconmensurable barrio santiaguino de Providencia, en las afueras de Barcelona y en decenas de otros sitios semejantes, todos los cuales son el centro de su propia periferia), pero me da la impresión de que la mayor parte de esa literatura (con las excepciones mencionadas, que etcétera) está presidida por las aspiraciones de sus autores de ganar dinero, obtener algo parecido a la "fama" o recibir un guiño cómplice de (otro) editor español dispuesto a inventar escritores latinoamericanos ("Quién sabe, quizás éste sea el próximo Bolaño", como si fuese a haber otro Bolaño).

Que la literatura constituya un medio y no un fin para buena parte de los autores que conozco a ambas orillas del Atlántico constituye (en mi opinión) uno de los argumentos más sólidos (posiblemente el único) para postular la existencia de eso que llaman "literatura hispanoamericana", pero me pregunto si esta impresión mía no es el resultado de la formación que recibí y que cuento en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. A sabiendas (gracias a Memorias prematuras) de que tu formación es muy semejante (aunque las diferencias entre nosotros son también evidentes: tus padres se exiliaron, los míos no; mis padres permanecen juntos, no así los tuyos; tus padres eran militantes cristianos, mis padres odiaban a los cristianos, etcétera), me gustaría preguntarte si no piensas que la politización de la educación que recibimos es el origen de nuestro descontento con lo que se produce a nuestro alrededor, así como la razón por la que escribimos nuestros propios libros (que son lo que son a pesar de que durante años se nos quiso hacer creer que la novela latinoamericana debía transcurrir en un suburbio rico de Miami o que su personaje debía ser el ya famoso humidificador de sellos, en este caso el del dictador paraguayo Alfredo Stroessner).

Va un abrazo (primo),

 


P

 

Postdata: Finalmente he resuelto el problema con Giselle cambiándole el descorazonador por un humidificador de ambiente; por supuesto, no tengo ni idea de qué cosa es un humidificador de ambientes: Giselle lo ha hecho funcionar anoche y lo que suelta es humo en lugar de humedad. El gato ha decidido irse a dormir a la sala de estar para evitar la intoxicación respiratoria y yo me temo que lo seguiré en breve. Te mantendré al tanto.

 


De: Rafael Gumucio
Enviado el: miércoles, 28 de diciembre de 2012 18:27
Para: 'Patricio Pron'
Asunto: RE: Navideñas / 02

 

 

Querido primo.

Me reí mucho con tu sistematización de los motivos y obsesiones del escritor actual en castellano. Creo sin embargo que la gracia, el talento y el genio no están en evitar esas tentaciones, sino en combinar el mayor número de ellas. Bolaño cayó en casi todas. Fue en la novela nazi en América un joven serio que escribe sobre el MAL ABSOLUTO, fue en Los detective salvajes un anciano que escribe como joven y en 2666 un joven que escribe como un anciano, escritor de novelitas policiales, escribió novelas narco- homosexuales-de izquierda y estuvo en la estela de Cervantes, Borges y Nabokov, lo que esto quiera que signifique.

 

 

Yo, y creo que tú, no tendremos esa versatilidad en gran parte por lo que señalas, la política, la maldita política, el marxismo de mis padres que resucita en mi y que no me deja olvidar que cuando nuestros jóvenes Moleskineanos hablan de Borges y Nabokov no hablan de Nuevas Inquisiciones ni de Lolita sino de la idea de un gran señor descreído y posmodernos que les limpie la piel de toda mulatez. Comprendo y comparto la distancia de Borges y Nabokov ante la revolución y los revolucionarios aunque no su razón, porque ello detestaron el bolchevismo y el peronismo por sus mentiras pero también por sus pocas verdades. Esas verdades, la idea de que el hombre no está condenado a ser lo que fue, la idea de que la literatura no es como Nabokov pensaba un deporte que consiste en flexionar la imaginación, no me resultan completamente ajenas. El libro más absurdo que he leído últimamente recopila las clases de Nabokov sobre literatura rusa, obsesionada por explicar cómo Tolstoi no escribió sobre la guerra napoleónica, y Chéjov sobre la Rusia de provincia, y todos ellos nada tuvieron que ver con la revolución que perpetraron unos cuantos iluminados (y no tantos) que crecieron leyendo esos libros. Nabokov tampoco entiende (o más bien no quiere entender, porque de entender, entiende) la gracia de Cervantes, que esta justamente su falta de buen gusto, su descocido traje que los lectores terminamos, la miseria de sus personaje que los enriquece de otra forma. Es lo que en cambio entendió Borges en Cervantes, la piedad sin piedad de Cervantes, la voluntad de hacer caricatura que choca contra el exceso de debilidad, de involuntaria simpatía que sus personajes despliegan. Un chiste que no llega nunca a hacer reír a carcajada como quiere, porque se alarga, se llena de detalles, de personajes segundarios, que lo convierten en otra cosa de lo que quería ser. Es ese descontrol, esa cosa amateur, profesionalmente amateur donde reside el genio de Cervantes.
 
Cervantes pudo escribir así porque estaba convencido de que no estaba escribiendo una obra maestra, que este era una excusa, una caída, un desvió en su obra. Lo que le permitió escribir el quijote fue la ambición de escribir un libro importante y la renuncia a esa ambición combinada no se sabe muy bien como cuando menos se lo esperaba. Es la paradoja del Zen, el arquero que sólo puede apuntar al blanco cuando le cubren los ojos y deja de apuntar. Eso es lo que a mí me hace escribir: el premio final que no es otro que el prestigio que sólo se puede alcanzar cuando se renuncia al prestigio. Incluso al prestigio de volverse loco, borracho o escritor de culto. Como el personaje en la búsqueda del tiempo perdido que comprende todo en una fiesta a la que va por pura desesperación de no ser capaz de rechazar una invitación mundana y quedarse en su casa escribiendo.

 

Me gustó eso de la literatura, me sigue gustando, que impone sus reglas, que se parecen mucho a las del poder, la política, la economía o el sexo, pero que no son exactamente las mismas. Ese pequeño descalze es lo que me salvó la vida cuando justamente fallo en mi vida el sexo, la política, la economía. Un metro, o menos, más allá o más acá de esa derrota pude ver todo eso, mis padres, la crueldad de la gente buena, el exilio, el miedo, mi miedo, el de ellos, unidos en una sola gran península de la que me tocaba dibujar el mapa para que nadie más se perdiera después, o para que lo hicieran con conocimiento de causa.

Los malos escritores son los que renuncia a ese descalze: Los que creen que la literatura es una rama de la economía, de la política, o el sexo, y los creen que no tiene nada que ver con el sexo, la política o la economía. Los escritores que me importan son los que ni aumenta ni niegan el descalze sino que lo usan para ver, para verse, para ver todo: La política como una metáfora del sexo como una metáfora de la economía, todo eso como una metáfora de la literatura y así en redondo hasta el infinito.

 

Definir esa distancia precisa es muy difícil. Yo creo que tiene que ver con un asunto de necesidad. Hay gente que no tiene otra: Es tu caso, el de Bolaño o el de Castellano Moya (tres que no tienen nada que ver entre sí) o Aira o Rey Rosa o una lista larga y estrecha de escritores que me gustan más o menos pero en lo que siento el rugido de una impaciencia. Los otros, los pacientes, que esperen.

Rafael

P.D: Cómo puedes imaginar a una venezolana en Madrid sin humidificador. Se viene el año nuevo, la fiesta más triste de todas. Tengo la suerte de poder decir que no hice nada importante el 2012 lo que resulta un récord.

 

 


De: Patricio Pron 
Enviado el: lunes, 24 de diciembre de 2012 20:58
Para: Rafael Gumucio
Asunto: Navideñas / 03

 

 

Querido Rafael Gumucio (primo),


qué bueno que te hayas reído; la enumeración del correo anterior era (por supuesto) un chiste, aunque un chiste muy serio (como todos).

Personalmente no estoy muy de acuerdo con tu idea de que Bolaño haya sido todo lo que le adjudicas; más bien pienso que nos lo parece porque algunas de las tendencias que enumeraba en el correo anterior constituyen derivas de su trabajo. "Derivas epigonales" podríamos llamarlas, provenientes de autores sin el talento y la gracia y la convicción de Bolaño, pero deseosos de su posición y de su prestigio: cada uno de ellos hace mal una parte de la totalidad del trabajo que Bolaño hizo bien, como si fuesen aprendices de un pintor magnífico (aunque pésimo pedagogo) que sólo ha podido enseñarle a uno a dibujar una mano, a otro a esbozar un rostro y al tercero a bosquejar un torso (y esto ni siquiera muy bien). Un par de personas extraordinariamente generosas que no tienen la culpa de nada me invitaron esta semana a hablar con dos de esos autores: uno sabe dibujar un pie y el otro una cabeza; es decir, uno escribe cuentos que procuran parecerse a los de Bolaño (no lo consigue, pero aún es joven y debemos otorgarle cierto crédito) y el otro escribe novelas policiacas sobre EL MAL ABSOLUTO en el país de Latinoamérica del que se marchó hace tiempo para disfrutar de sus vínculos con una importante institución de representación de la cultura española en el extranjero. Me negué por piedad hacia los eventuales oyentes de esa conversación, que iban a acabar creyendo que la literatura latinoamericana es un monigote compuesto por un pie, una cabeza y, pongamos, una mano torcida. Nadie se merece eso.

Ahora que lo pienso, por cierto (y gracias a ti), creo que el monigote hubiera sido muy cervantino; de hecho, pienso que debería dar marcha atrás y aceptar esa conversación sencillamente porque me parece un magnífico error, y la buena literatura está compuesta (como dices muy bien) de errores garrafales, o al menos de la belleza y de la dignidad que a veces se encuentran allí donde el autor lo abandona todo, incluso a sí mismo, y sigue la inercia de lo que exige ser escrito y no de lo que el mercado o sus lectores requieren (por tales entiendo, también, a los editores y a los directores de suplementos literarios, que necesitan que el escritor se inmovilice, se detenga en una versión sencilla y plana de sí mismo, que es como mejor queda en las fotografías; por mi parte, mis fotos favoritas de escritores son las que han salido movidas).

Volviendo al tema de la conversación que no fue (y remontándonos aun más atrás, al comienzo de este diálogo), pienso ahora que difícilmente la conversación que hubiésemos tenido esos colegas y yo hubiera podido modificar la imagen que, de la literatura latinoamericana, tuvieran los asistentes, ya que (finalmente, y como si todos hubiésemos sido víctimas de la operación oftalmológica de la que hablaba) la idea de una literatura latinoamericana es, sencillamente, un problema de perspectiva; mejor aun: el resultado de que el territorio del que proviene la literatura latinoamericana se encuentra lo suficientemente lejos de los lectores españoles para que (emborronadas por la distancia las diferencias regionales) éstos puedan imaginar un territorio unificado y estable y plausible de ser resumido en listas comerciales, selecciones de "lo mejor de" o portadas de suplementos. Al mismo tiempo, también la literatura española parece ser el resultado de un malentendido producto de que estamos muy lejos para apreciar las diferencias que la caracterizan. No seamos tan solipsistas, no hablemos de la literatura en español: pensemos en la literatura alemana; o mejor, preguntémonos qué es la literatura alemana: si estamos lejos, lo sabemos; si nos acercamos, la evidencia de que la literatura producida en Austria es diferente de la que se escribe en Alemania (por no mencionar el hecho de que la que se produce en Frankfurt es singularmente diferente de la que se escribe en Berlín o en Leipzig) hace que lo desconozcamos. Es, digo, un problema de perspectiva, casi una paradoja óptica: de lejos, todo se ve más grande.

No es un ejemplo gratuito este que doy aquí, ya que te escribo desde Viena, donde Giselle y yo hemos venido a empezar el nuevo año a salvo de los trastornos familiares. Quizás puedas decirme en tu próximo correo si existe algún tipo de aristocracia aborigen chilena que desconozco; si es así, creo que mi esposa pertenece a ella, ya que hoy me ha llevado a un restaurante elegantísimo al que se empeñó en ir y del que salí aplastado por la exuberancia del local y aun más pobre de lo que entré. Antes me había llevado al café en el que solía escribir Thomas Bernhard cuando estaba en Viena: ahora el café está repleto de turistas que le sacan fotos a los pasteles y de personas que nunca leyeron un libro de Thomas Bernhard pero sí han leído en la guía de El País Aguilar que Thomas Bernhard solía escribir en ese café cuando estaba en Viena (ah, la guía de El País Aguilar, único ensayo literario que han leído muchos de nuestros colegas). A Bernhard (por supuesto) no le gustaría saber que su sitio de trabajo se convertía en otro atractivo del turismo de masas, pero es improbable que vaya a enterarse a esta altura: está en El Salvador, si no he entendido mal; una demostración más de que las fronteras nacionales no tienen importancia en literatura.

No creo que en el 2012 no hayas hecho nada importante: de seguro tienes libros nuevos que saldrán el año que viene y artículos: yo recuerdo uno particularmente brillante sobre un chiflado que le rompió el discurso en la cara a Pablo Neruda y luego escribió una oda a Pinochet; no recuerdo su nombre (ya sabes que mi memoria no es lo que era. "¿Y cómo era" "¡No lo recuerdo!"), pero el artículo era extraordinario y el personaje, entrañable. Nunca seré partidario de escribir una oda a Pinochet, pero romperle el discurso en la cara a Neruda es algo que todos deberíamos hacer una vez en la vida. Vamos a quedarnos pensando en ello.

Averíguame por favor lo de la aristocracia nativa chilena para saber si existe algún tipo de beneficio fiscal o de compensación económica por haberme casado con una de sus integrantes, y recibe un abrazo fuerte de tu amigo (que desea buen 2013 a ti y a tu familia y a todos los demás amigos chilenos: Diego Zúñiga, Paz Balmaceda, Alejandro Zambra, Álvaro Bisama, Matías Rivas, Daniella González, Cecilia Huidobro, Andrea Jeftanovic, Cynthia Rimsky, Marcelo Mellado, Paula Ilabaca Núñez, Nona Fernández, Melanie Josch, Alejandra Costamagna; todos y todas magníficos y magníficas, en orden alfabético y en todos los demás órdenes),


P

 

 


De: Rafael Gumucio
Enviado el: miércoles, 2 de enero de 2013 17:13
Para: 'Patricio Pron'
Asunto: RE: Navideñas / 03

 

 

Querido primo.

El año nuevo resultó vibrante. Mis hijas y mi esposa volvieron de Nueva York (esto suena muy Norman Mailer) y me arrastraron lejos de la tentación de pensar en boludeces (o huevadas) e incluso de pensar en otra cosa que My Little Pony y Monster High. Hicimos con Kristina comida rusa para un ejército que se redujo a mi hermano y su mujer. A las doce nos abrazamos sin saber yo muy bien que desear porque lo tengo todo y nada. Ayer recién pude volver a leer. Me devoré unas cincuenta páginas del libro Los decimonónicos de Domínguez Michael. Vivo en un país decimonónico donde la gente habla a la hora del almuerzo de cómo le "salió" la sirvienta, si es de una buena cosecha o mala, si hay otra como ella que se podría ir a lacear en el sur. Domínguez Michael habla de Eça de Queiroz y Machado de Assis, dos escritores que a mí me gustan también mucho (más el segundo que el primero), dos escritores que tuvieron la ventaja desventajosa de escribir en una lengua aparte, el portugués y alimentarse por eso mismo de Sterne y Fielding mientras jugaban a copiar a Zola o Flaubert. Es eso lo que te decía en no evitar las tentaciones. Las novelas de Eça y de Machado tienen como temas los más socorridos y más comunes temas de su época: La infidelidad, la decadencia familiar, la educación sentimental, el hombre inútil. Como Bolaño con la literatura nazi (escrita justo al mismo tiempo que Volpi escribía su novela nazi) o sus novela del narco (escritas al mismo tiempo que Pérez Reverte escribía la suya) o sus novelas de escritores desconocidos (al mismo tiempo que Vila-Matas escribía la suya), la originalidad del escritor no está en evitar los tics y obsesiones de su época sino en inventarse un Portugal o un Brasil para estar al lado y del otro lado, para atravesar el tema en diagonal para llegar al fondo de él o mejor aún, pasar por encima, denunciar el poco fondo que tiene, que es lo que hace Bolaño supremamente bien, meterte en una historia, obligarte a que te importe para sacarte de ella y sonreír de tu, de nuestra, ingenuidad.

 

Isaac Dinesen, que nunca escribió nada que se pareciese a nadie más, hablaba de su amante cazador de leones (el insoportable Robert Redford en la película ésa) que tenía como lema de arma "Je Respondrait". "Responderé" en normando antiguo. A mí me parece que no hay un lema más aristocrático (en el mejor sentido del término) que ése. La obligación de responder, de no escabullir, de decir aquí estoy. Tu novela tiene eso, es una respuesta obsesiva y muchas veces terrible que nadie más que ese sentido moral de responder te obligaba a dar. Como mi libro, Memorias prematuras (y Guadalupe Nettel y Julián Herbert y Zambra) pertenece a una tendencia o moda que los periodistas culturales pueden identificar fácilmente (memorias personales, universo político visto con los ojos de unos adultos que rememoran su niñez), responde a un llamado pero lo hacen todo a su manera. El problema ahí son los periodistas culturales, especie que habría que mandar a colgar sin miramiento, alimañas culturales que pasaron todo el mes pasado lanzando listas de los imperdibles del año. Notas de diez líneas con adjetivos del tipo "revelador" y "revelación" y muchos libros chinos porque China está reemplazando de a poco a centro Europa (adiós Viena) y un etcétera que resulta ruborizante.

 

En cuanto al hilo del debate, la joven literatura latinoamericana: Tienes razón, Latinoamérica se ve más unida y coherente desde lejos. Eso no implica que esa visión sea la equivocada. Leía ayer una entrevista de Valeria Luisini donde se felicitaba de pertenecer a una generación en que todos son distintos y nadie escribe igual a otro. Una generación a la que la liga la pura amistad. Una generación que no se reconoce como generación. Desde la modesta distancia de los años yo creo que hay pocas generaciones que tenga más puntos en común que la suya (Bolaño, el tono epigramático, el cosmopolitismo, la hibridez de las formas, la inocencia de sus protagonistas). Sus dos libros podrían perfectamente estar en el centro de ese canon, el titulo del segundo Los ingrávidos, podría ser el titulo del manifiesto. 
Hay muchas cosas que me gustan de sus libros y los de Zambra y los Zúñiga, Costamagna y Celedón (agrega aquí los nombres argentinos que quieras), pero lo que no me gusta está perfectamente representado en ese título: la ingravidez. Me gusta cuando resulta así, pero desconfío cuando se convierte en un programa, una forma de ser en el mundo, modestamente deprimido, simpáticamente ecléctico, sentimentalmente de izquierda, existencialmente gringo. El que rechaza el mal gusto termina en el hielo, dijo Neruda (que no lo rechazó nunca, todo hay que decirlo). La idea de que esta generación, los "granta boys" (los legibles del grupo, quiero decir), no es una generación obedece justamente a la obsesión más perniciosa de los escritores jóvenes del continente, la obsesión por no molestar.

 

No es sólo una cuestión literaria: entre los jóvenes que manifiestan en las calles de Santiago por una educación digna existe el mismo desprecio por el poder, la misma repugnancia por la parte suya que ensucia. Es el reverso exacto de los chicos de Mcondo y el Crack que amaban el poder y no podían permitirse ninguna ingravidez (aunque escribían libros gravemente enfermo de pedantería, sordera, ceguera y vanidad). Era ciertamente agotadora la idea de que cada generación tenía que colgar la anterior, y que había que reescribir de cero la literatura del continente, pero me resulta mejor todos esos excesos que esas listas de novedades reveladoras y de libros cortos y con mucho espacio en blanco que tímidamente dicen todo o nada. Es extraño esto: mientras los cultos, los lectores habituales, prefieren cada vez más libros cortos con mucho espacio en blanco y letras grandes, los lectores no habituales, los lectores de best seller leen libros cada vez más grueso con letras más pequeña. Ese es quizás un tema para alguien más ilustrado que yo, el ahorro de palabra que se ha convertido en un sinónimo de cultura, el libro sin palabra que se convertirá muy luego en el libro culto por excelencia mientras a los gruesos tomos de seiscientas páginas que analfabetos funcionales leen de una sentada en la micro porque hay magia o el señor amara a la señorita al catre mientras cuenta sus millones.

 

Has logrado, Patricio, lo que andábamos buscando: que hable mal de los amigos a los que admiro y derrame un poco de ese veneno que nunca me falta a los oídos dormidos de los amigos. En cuanto a la aristocracia chilena, sin mayores antecedentes te puedo decir que Giselle pertenece definitivamente a ella. Aunque me temo que su afición a los buenos restaurantes y los paseos más deslumbrantes le viene de Venezuela. Los chilenos, cuando no somos austeros, somos mórbidos (obesos mórbidos).

Rafael

PD. El poeta que le rompió el discurso a Neruda y le escribía los discursos a Pinochet era Braulio Arenas, poetas surrealista (líder de la Mandrágora, la sección local del surrealismo francés) que, corto de fondos, intentó adherir a todos los gobiernos hasta que Pinochet lo acepto entre los suyos. Después de pasar cuarenta años soñando con ir a Paris y conocer a André Breton se consiguió con mucho esfuerzo dinero para el viaje y el teléfono del Breton (cuya esposa era chilena). Llamó por teléfono, pregunto por Mesieurs Breton.

 

-Murió ayer -le respondieron al otro lado-. Mañana son los funerales.

 

[Publicado originalmente en Traviesa. Abril de 2013.]

[Publicado el 06/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Rafael Gumucio, Disidencia]

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La(s) trampa(s) de Ben Lerner

imagen descriptiva

Quizás el enorme éxito crítico de Saliendo de la estación de Atocha pueda atribuirse al lirismo de su prosa, que recuerda al lector cuán buen poeta es Ben Lerner, no menos que a la inteligencia de sus reflexiones sobre la literatura y la vida. Parece evidente, sin embargo, que el principal mérito de la obra es su ligereza, lo que señala una debilidad del libro, en particular si se lo compara con otra novela reciente de un escritor norteamericano joven y tema similar: Ciudad abierta de Teju Cole. De forma nada complaciente, Cole se ocupaba de "las intersecciones del arte y la realidad en la vida contemporánea" (John Ashbery sobre el libro de Ben Lerner), reflexionando acerca de cómo las ciudades modernas, y en particular Nueva York tras el 11 de setiembre, no son ya la culminación de un proyecto moral y estético sino el escenario de unas existencias rotas; en Saliendo de la estación de Atocha, por el contrario, la ciudad es la superficie de proyección de los deseos del turista. En la novela de Cole, nada nos permitía recordar que estábamos en la misma ciudad narrada por Woody Allen en sus mejores filmes; en la de Lerner, Madrid es (incluso durante los atentados del 11 de marzo) un sitio placentero donde la gente bebe cervezas y participa en manifestaciones pacíficas que siempre concluyen con alguna fiesta privada. Si la novela de Cole incomodaba al visitante a Nueva York, la de Lerner empuja a sus lectores a comprar un pasaje a Madrid: está bellamente narrada, tiene reflexiones originales y potentes sobre el arte y la vida, un poco de testimonio político, algo de drogas y una historia de amor, al punto de que la mezcla acaba pareciendo al lector tan tramposa como los poemas de Adam Gordon, su protagonista, el joven escritor estadounidense que pretende escribir "un largo poema de investigación" sobre la Guerra Civil española y hace trampas: compone sonrisas ambiguas cuando se le habla en español y no entiende, miente sobre filmes que no ha visto, hace pasar por propios los poemas de Federico García Lorca que traduce al español de una edición en inglés para luego volver a traducirlos, con las pérdidas y transformaciones del caso. Por supuesto, la literatura consiste en trampas. No es precisamente esto lo que se le debe reprochar a Ben Lerner, sino el haber olvidado que la literatura debería proponerse algo más que satisfacer unas audiencias a las que, no habiéndoseles prometido nada, reciben más de lo que podían esperar.
 
 
Ben Lerner
Saliendo de la estación de Atocha
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Barcelona: Literatura Mondadori, 2013
 
 
[Publicado originalmente en Otra Parte Semanal. Abril de 2013.] 

[Publicado el 02/5/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Ben Lerner, Teju Cole, Literatura Mondadori, Novela]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía


 
 

 

Ficción

 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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