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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 5 de mayo de 2016

 Blog de Patricio Pron

Literatura y cierta idea de proletariado / "Mierda bonita" de Pablo Gisbert (Cita)

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La claridad de El Roto / Crédito, de su autor.

Dos amigas están hablando y una de ellas le dice a la otra: Desde hace un tiempo veo a grandes escritores, políticos de todas las corrientes, poetas, músicos, cineastas importantes y prestigiosos intelectuales ensalzando la idea de pueblo, la idea de proletariado. Que sepas que todos esos, todos esos que lo veneran, lo adoran y constantemente lo aplauden, no han vivido nunca entre el pueblo, no han vivido nunca entre el proletariado. Se han pasado la vida poetizando sobre él, cantándolo, teorizándolo, especulándolo, divinizándolo, pero sin él. Porque estos artistas, políticos e intelectuales no han visto realmente lo asqueroso del pueblo, lo bajo de sus emociones, la tristeza del proletariado, lo perverso de sus vidas. Porque los que poetizan, politizan e intelectualizan el pueblo no han comido nunca en sus mesas, no han dormido nunca en sus camas, no han caminado por donde ellos caminan, no han cagado en sus lavabos, no han cocinado en sus cocinas y, sobre todo, nunca han hablado con ellos. Porque si hubieran hecho alguna de esas cosas, sabrían que el pueblo, por sobornable y corrupto, se merece todo el dolor que pueda soportar. Los que venimos del pueblo, los que hemos sido criados y educados por ellos, por el proletariado, los que hemos dormido en literas, vivido en casas pequeñas y usado ropa de otros, sabemos que ahí no hay nada poético ni artístico ni entrañable ni sano ni bueno. Hay una proyección nostálgica y sentimental, una emoción blandengue que hace agua por todas partes y que no deja pensar. La idea de pueblo es triste y, sobre todo, está muy manoseada. Todo el mundo habla y la manipula, como estoy haciendo yo ahora mismo. El proletariado es lo peor que le ha pasado a la Historia. El proletariado llena las playas, los ejércitos, los centros comerciales, los puticlubs, las iglesias y las fábricas. ¿Qué puede salir de todo esto? Y después oyes cómo hablan, ves cómo se ríen, cómo se emborrachan, cómo expresan cariño, y se entiende todo. Y he decidido alejarme de ellos porque no me hace ningún bien pensar qué pasará cuando vuelvan, otra vez, a lo que fueron en un principio, y pasen de ser ciudadanos a ser, otra vez, esclavos. Y me da pena.
 
 
En:
Pablo Gisbert
Mierda bonita
Segovia: La Uña Rota, 2016
Pp. 107-108

[Publicado el 05/5/2016 a las 12:45]

[Etiquetas: Pablo Gisbert, Dramaturgia, La Uña Rota, Citas]

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El 'Estado de la Nación' española / "Mierda bonita" de Pablo Gisbert

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1
 
Una de las contradicciones más llamativas de la literatura española contemporánea (al menos vista desde aquí, desde la extranjería en su interior) es que la pretensión de sus autores de romper con determinadas instituciones políticas y culturales surgidas de lo que es denominado consuetudinariamente "La Transición" es vehiculizada por esas mismas instituciones y llevada a cabo sin poner en cuestión los valores y los hábitos que las determinan en mayor medida; en ese sentido, y con la posible excepción de Rafael Chirbes (quien escribió deliberadamente desde los márgenes, no sólo los geográficos), la mayor parte de los autores que cuestionan los vínculos entre lo político y lo literario tal como éstos han sido comprendidos en España en las últimas décadas lo hacen desde los periódicos y las editoriales mayoritarios que fijaron esa comprensión y se beneficiaron de ella, desde una posición de superioridad moral de la literatura que no presenta ninguna variación en los últimos ochenta o noventa años, sin cuestionar la autoridad y la propiedad de los textos, abundando en la posición del autor pontífice que sube periódicamente a un púlpito por completo imaginario para arrojar migajas de verdad y sabiduría a una masa anónima y supuestamente hambrienta de ellas, con la pretensión de hacer a unos vínculos que (desde el punto de vista materialista-histórico desde el cual, inevitablemente, un lector como el que escribe esto piensa esos vínculos) no descansan en visiones morales sino en las condiciones económicas que los producen: como si los autores que cuestionan la Transición española hubiesen aprendido de y perseverasen en la naturaleza de ese proceso tan particular, que fue el tránsito de lo mismo a lo mismo.
 
 
2
 
Naturalmente, esto no tiene ninguna importancia. (Es decir, tiene una importancia relativa en España y carece por completo fuera de ella, donde la mayor parte de los lectores ni siquiera puede decir en qué siglo transcurrió la celebérrima Transición.) Pero viene a la mente cuando, de forma inesperada, el lector tropieza con un texto que sí pone en cuestión los valores y las instituciones políticas y culturales de dicho proceso y lo hace sin atribuirse ninguna superioridad moral, como sucede en la obra de Pablo Gisbert.
 
A esa obra, publicada ahora por La Uña Rota bajo el título de Mierda bonita, se le pueden atribuir varios méritos que hacen a ese cuestionamiento: su producción para un colectivo (que contrasta con el culto al autor y a la visión individualista de la producción literaria de las últimas décadas no sólo en España: la mayor parte de estas piezas ha sido escrita para la compañía teatral El Conde de Torrefiel), su puesta en entredicho a la noción de autoridad en y sobre el texto, su producción en los márgenes reales (y no imaginarios) del sistema literario, su cuestionamiento de las convenciones de dicho sistema (que lleva incluso a que, para quien no las ha visto nunca, resulte difícil imaginar cuál es la dramaturgia de estos textos; es decir, cómo funcionan en un escenario), el carácter disruptivo de sus títulos; finalmente (y más importante todavía), la forma en que estos textos resuelven la que es la principal disyuntiva de toda literatura que pretende abordar asuntos políticos y sociales: la presentación de casos individuales (que soslaya la naturaleza colectiva de dichos asuntos) o la presentación de estadísticas, que impide comprender las tragedias personales que se ocultan detrás de ellas.
 
Pablo Gisbert (Ontinyent, 1982) resuelve esta disyuntiva mediante la alternancia de los narradores y la acumulación; poco importa que esos narradores hablen todos de la misma manera, de una forma que desafía la verosimilitud: en ello parece haber un cuestionamiento de las convenciones del realismo teatral que casa bien con la acumulación deliberada de anécdotas y personajes en las piezas: un joven que viaja a Berlín para ser penetrado por hombres anónimos, uno cuya madre muere mientras él está en una discoteca, una perra que asiste al ridículo de su dueño, un espectador teatral inusualmente honesto que dialoga con un dramaturgo tras una representación teatral, un joven inmovilizado en un hospital, dos amigas que recorren ARCO, Spencer Tunick haciendo fotos en el "Denkmal für die ermordeten Juden Europas" de Berlín, una madre obsesionada con el porno, Michel Houellebecq con una prostituta marroquí, desempleados griegos, Paul B. Preciado asistiendo a un espectáculo erótico, ancianos noruegos pasando sus vacaciones en Lanzarote, Blixa Bargeld pensando en la realidad en una cafetería de Florencia, dos amigas que conversan con heavys en una playa, una travestí brasileña que entabla una relación muy particular con el matrimonio barcelonés que la contrata, una chica que sólo se acuesta con jóvenes negros del barrio madrileño de Lavapiés, uno obsesionado con introducirse objetos por el ano, etcétera.
 
Si la enumeración es irritante, la lectura no lo es. En Mierda bonita, la acumulación de personajes y situaciones no está puesta al servicio del entretenimiento del lector o de su irritación, sino de la constatación de un estado de cosas, un cierto "Estado de la Nación" (no sólo española, pero principalmente española) que, entre otras cosas, pone de manifiesto que la así denominada Transición y sus instituciones pueden haber pacificado el país, pero no han dotado de ninguna herramienta a los españoles (en particular a los más jóvenes) para constituirse en ciudadanos.
 
En ese sentido, ninguno de los personajes de estas piezas se encuentra en situación de producir sentido de las situaciones que vive, ni uno solo de ellos logra comprender lo que le sucede ni transformarlo porque están cansados y tienen miedo ("en el momento en que existe una persona que vende su vida a 5,50 la hora, / existirán los locos. / Que sepas que esa persona, / esa gente, / se está volviendo loca. / Está completamente destrozada. / Y, por supuesto, / ten miedo / porque pueden hacerte cualquier cosa", 103); si en ello hay una tragedia nacional, también hay una demostración del magnífico funcionamiento de unas instituciones que muy pocos autores españoles contemporáneos cuestionan de forma eficaz. Es lo que hace Pablo Gisbert, cuya obra se suma a la de otros tres dramaturgos notables publicados por La Uña Rota: Angélica Liddell, Juan Mayorga y Rodrigo García.
 
 
Pablo Gisbert
Mierda bonita
Segovia: La Uña Rota, 2016

[Publicado el 03/5/2016 a las 13:30]

[Etiquetas: Pablo Gisbert, Dramaturgia, La Uña Rota]

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Muy grande / "España de mierda" de Albert Pla

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Raúl Gadea es uruguayo y visita España por primera vez: todo le parece muy grande; Tito es español (de Lavapiés, en Madrid) y ve en el joven cantante su oportunidad de redimir una carrera de representante de músicos jalonada por los excesos y las muertes accidentales: a él, todo le parece una mierda. Raúl y Tito se intoxican con mariscos en Santiago de Compostela y son atropellados por las masas de peregrinos que se dirigen a esa ciudad, se quedan encerrados en baños que son usados con fines distintos a los consuetudinarios, se pierden en los pasillos de la burocracia universitaria española, son confundidos en Salamanca, visitan el Prado ("¿Has visto alguna vez tantos obispos, cardenales, reyes, duques, condes y gentes de mal vivir juntas? ¡Los grandes genocidas de este país están retratados aquí! ¡Esta mierda de museo es el puto túnel del horror!", afirma allí uno de los personajes), son partícipes involuntarios de un hecho de corrupción en Gijón, se atiborran en Cantabria, escapan de la policía antidisturbios en el País Vasco, se interrogan en Zaragoza acerca de quién perdió realmente la guerra de Independencia española (además de los españoles, por supuesto), se bañan a la sombra de una central nuclear, asisten a la destrucción de Valencia, presencian las consecuencias de la guerra en Cataluña, ven Alicante convertido en un muelle de oro destinado a la embarcación del rey de España, conocen en Murcia a un campesino cuya barba crece a razón de dos o tres centímetros por minuto, tropiezan con Badajoz, contemplan las plantaciones de parados y pensionistas, sobreviven a un atentado de bomba en la madrileña sala Galileo, duermen un año completo, llegan a Sevilla en un AVE conducido por un burro y después por un perro, son testigos de la buena fortuna de los jugadores del FC Barcelona (que obtienen la Liga de Campeones goleando en la final al Real Madrid y a continuación mueren en un accidente de aviación, convirtiéndose en héroes), toman ayahuasca, provocan involuntariamente una guerra entre clanes gitanos, escapan a África en una patera. Raúl es la inocencia, Tito es el residuo de una época de libertad y aventura que sólo subsiste en ciertas canciones de rock, aunque no en el negocio que las rodea.
 
Años de lectura medianamente sistemática (y sufrida) nos han enseñado a desconfiar de la figura del músico convertido en novelista: por lo general, su aliento es corto; su desconocimiento de la tradición literaria, notable; su arrogancia, absoluta. No hay que desconfiar de Albert Pla, sin embargo: el músico nacido en Sabadell en 1966 es el más "literario" de los de su generación, con incursiones en la obra de poetas como Josep Maria Fonollosa y Pepe Sales, así como el autor de algunas de las canciones más narrativas de la música en español de las últimas décadas: "Joaquín el Necio", "Marcelino Arroyo del Charco", "La colilla" y las extraordinarias "Carta al Rey Melchor" y "El Gallo Eduardo Montenegro". España de mierda es, en ese sentido, la continuación natural de una actividad que incluye, además de la música, la actuación en cine y en teatro y una actividad incesante como provocador. Naturalmente, hay algo de esto último en su primera novela, pero su provocación está revestida de la singular combinación de horror y ternura que preside toda la obra de Pla, lo que la hace tolerable: por lo demás (e incluso a pesar de toda su exageración paródica), hay en esa provocación un diagnóstico tan certero de lo que España es en sus peores momentos (en los mejores es algo parecido a un país europeo) que España de mierda sólo irritará a quienes estén habituados a las anteojeras o prefieran cerrar los ojos. A todos los demás, este libro de Albert Pla, escrito bajo las figuras tutelares de los hermanos Grimm, César Aira, Copi y Francisco Ibáñez (y habitado por Quimi Portet, Isaki Lacuesta, un Andrés Calamaro definitivamente acuático, Joan Miquel Oliver y Javier Krahe; es decir, por los responsables de algunas de las cosas más interesantes que han sucedido en España en las últimas décadas), les parecerá algo excepcionalmente poco habitual, pero relativamente comprensible si se piensa en su autor como alguien que ha escapado voluntaria o involuntariamente de lo habitual durante décadas: una novela bella, tierna, divertida, única.
 
 
Albert Pla
España de mierda
Barcelona: Roca Editorial, 2015

[Publicado el 28/4/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Albert Pla, Novela, Roca Editorial]

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Naturalezas del héroe / "Invasión" de Hugo Santiago

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A lo largo de las décadas de 1950 y 1960, el tópico de la invasión constituyó el recurso más habitualmente empleado por la literatura para dar cuenta de los temores provocados por la amenaza nuclear y la Guerra Fría; y es a ese tópico al que los argentinos le debemos la extraordinaria obra de Héctor G. Oesterheld y Francisco Solano López El Eternauta (1957-1959), con la que el filme de Hugo Santiago guarda notables similitudes: en ambos casos, es una invasión la que desencadena la acción, la ciudad permanece aislada del exterior, la resistencia está compuesta por hombres comunes, la batalla de mayor relevancia se libra en un estadio de fútbol (el de River Plate en la obra de Oesterheld y Solano López; el de Boca Juniors en el filme de Santiago, como si la cultura argentina hubiera decidido compensar al rival histórico de la institución de Núñez).
 
Pero, pese a estas similitudes, son precisamente las diferencias entre ambas obras las que constituyen el interés de Invasión (1969), en especial su simbolismo. Según Adolfo Bioy Casares, quien colaboró por tercera y última vez con Jorge Luis Borges en el guión del filme tras la escritura conjunta de dos guiones anteriores, "Los orilleros" y "El paraíso de los creyentes" (1955), "Invasión renueva el tema de la Ilíada, pero no canta la astucia ni la eficacia del vencedor, sino el coraje de unos pocos defensores de una Troya muy parecida a Buenos Aires". Aquilea es, en ese sentido, la capital argentina (lo son su paisaje, la milonga y el tango, las inflexiones verbales, etcétera), pero también es Troya, del mismo modo que en el filme la acción transcurre en 1957 pero también en 1969, en una ambigüedad esencial de la que extrae su capacidad de interpelar todavía hoy al espectador.
 
A esa ambigüedad se debe el hecho de que no quede claro si la celebración de una tecnología moderna no es también el vehículo de una denuncia, la de que la modernidad estaría asediando los viejos valores que el autor de "El Aleph" asociaba con el carácter criollo (el coraje, la discreción, la falta de dramatismo, la resignación, el honor, la amistad); también la función de un sonido que constituye uno de los personajes principales del filme, la dificultad de valorar el retrato de la nueva generación de activistas políticos con cuya aparición, promesa y amenaza a la vez, concluye el filme de Santiago (cuya obra Las veredas de Saturno continúa la acción, ya en el exilio), y el "aluvión zoológico" de una invasión a la ciudad que puede ser vista tanto como una acusación a la movilidad de clases impuesta en Argentina por el peronismo a partir de 1945 como su celebración si se desea ver en todo esto una fábula política.
 
En palabras de Borges, los personajes del filme "luchan hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita", y en algún sentido, las posibles lecturas del filme también son interminables; pero es su rara perfección técnica y su aliento épico (que el autor de Ficciones creía amparado en el cine tras su expulsión de la literatura a raíz de un exceso de conciencia en ella a lo largo del siglo XX) los que más permanecen en la memoria del espectador cuando el filme concluye, así como la heroicidad sin premio de sus personajes. "Invasión es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes", afirmó Borges. A las naturalezas del héroe, el autor de "El Aleph" le dedicó sus mejores obras; Invasión es un estudio atemporal acerca de esas naturalezas, de las circunstancias en los que éstas son puestas a prueba, sobre el sentido práctico de la lucha y los sacrificios que ésta impone.
 
 
(Versión corregida y ampliada de la conversación con la especialista Sonia García López a raíz de la proyección de Invasión en el marco del ciclo "Cartografía de la memoria". Madrid, Casa de América, 8 de marzo de 2016.)

[Publicado el 26/4/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Hugo Santiago, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Héctor Germán Oesterheld, Francisco Solano López, Sonia García López, Film]

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Estamos preocupados / "Enemigos de lo real" de Vicente Molina Foix

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"Un buen escritor no es per se un buen crítico, del mismo modo que un buen borracho no es automáticamente un buen camarero", afirmó Jim Bishop. A la afirmación (cierta), se la puede rebatir, sin embargo, con la mención de decenas de autores que fueron ambas cosas, muy buenos críticos y excelentes escritores: Virginia Woolf, T.S. Eliot, W.H. Auden, Vladimir Nabokov, Clive James (por mencionar sólo a anglosajones).
 
A la tradición anglosajona, también, pertenece una parte considerable de los autores sobre los que escribe Vicente Molina Foix (Elche, 1946) en su nuevo libro, Enemigos de lo real. Esta reunión de ensayos presenta una doble cronología: la que va desde Montaigne hasta el presente (en realidad, hasta poco antes de él, ya que el autor ha evitado deliberadamente hablar aquí de personas vivas) y otra, oculta, que va desde 1969 (fecha de publicación del primer texto de la selección, el dedicado al excepcional periodista y escritor cubano Calvert Casey) hasta 2016.
 
Montaigne señala la irrupción y el comienzo de la forma de comprender al individuo y su producción intelectual que es la que permea por completo la visión de Molina Foix acerca de estos asuntos: en Enemigos de lo real los autores son evaluados individualmente y en su mayoría de espaldas a cualquier atisbo de sociología de la literatura. En el centro de esa forma de concebir al individuo se encuentra, por supuesto, la obra de William Shakespeare, y Molina Foix dedica precisamente al autor de Macbeth diez ensayos; junto con Henry James y Vicente Aleixandre (uno de los personajes centrales de El abrecartas, la novela con la que su autor ganó el Premio Nacional de Literatura en 2007), Shakespeare es el "enemigo de lo real" que más atención recibe en un volumen en el que también aparecen, y mucho, autores fundamentales de la literatura española de los últimos cincuenta años a los que Molina Foix conoció personalmente, leyó y consideró sus maestros y sus pares: Juan Benet (sobre cuya prácticamente desconocida faceta como humorista se explaya), Luis García Hortelano, Guillermo Cabrera Infante, Carmen Martín Gaite, Jaime Gil de Biedma y Jaime Salinas.
 
Quizás se escriba distinto de quienes se conoció, pero quien esto escribe no cree haber reconocido pudor o condescendencia del autor en su trato con estos contemporáneos. Quien esto escribe, también, cree haber encontrado el corazón perturbador y triste de la selección en el arco que va desde el ensayo acerca del Marqués de Sade (una superstición literaria propia de la generación de Molina Foix) hasta el excelente texto dedicado por éste a la literatura del SIDA: en ese recorrido se pone de manifiesto una visión de la trayectoria vital como adquisición permanente y progresiva de libertades individuales que provocó numerosas bajas en las filas de la generación a la que perteneció el autor de la reciente (con Luis Cremades) El invitado amargo.
 
A diferencia de buena parte de sus colegas españoles, cuya visión de la crítica literaria es consensual (y la de lo que la crítica literaria debería decir, meramente impresionista), Molina Foix se ha formado en la tradición anglosajona de la crítica, y en su Enemigos de lo real pone de manifiesto que la afirmación de Bishop, al menos en su caso, no es cierta. A la espera de la edición corregida y ampliada de una selección de sus textos sobre la pintura y de sus escritos sobre cine (ha sido crítico cinematográfico durante años y es también guionista y cineasta), estos "escritos sobre escritores" parecen darle la razón a Noël Coward, sin embargo, quien afirmó: "Los críticos nunca me preocupan, excepto cuando tienen razón". Vicente Molina Foix, quien ha tenido muchas veces razón en los últimos cuarenta años, debería preocuparnos.
 
 
Vicente Molina Foix
Enemigos de lo real (Escritos sobre escritores)
Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016

[Publicado el 21/4/2016 a las 15:15]

[Etiquetas: Vicente Molina Foix, Ensayo, Galaxia Gutenberg]

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Verdad incómoda / "Una entre muchas" de Una

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"Hay demasiadas novelas miserables, y demasiada miseria. Este libro no es uno de esos", advierte la narradora de Una entre muchas a su lector; sin embargo, su historia no puede ser más dura: entre los diez y los dieciséis años de edad (es decir, entre 1975 y 1981) la autora fue abusada sexualmente por tres hombres adultos.
 
1975 fue (además) el año en que se hicieron públicos los primeros asesinatos del que sería llamado "el Destripador de Yorkshire", quien abusó sexualmente de y asesinó a treinta mujeres e hirió gravemente a otras nueve entre ese año y 1981 (la historia será recordada por los lectores de las novelas del Cuarteto de Red Riding de David Peace); investigaciones internas de la policía de ese condado demostraron más tarde que los agentes habían tenido al asesino en sus manos prácticamente desde el comienzo de la investigación, pero que una serie de errores y prejuicios llevaron a que éste se librase una y otra vez de estar entre los principales sospechosos: la convicción de que el asesino no debía tratarse de una persona "normal" y de que, al igual que Jack El Destripador (sobre el cual la prensa británica modeló su figura), éste sólo escogía como sus víctimas a prostitutas.
 
Muy posiblemente, la suposición de que el asesino de Yorkshire "sólo" se interesaba en las meretrices haya traído algo de calma a la traumatizada sociedad civil del condado, pero la inexistencia de pruebas para sostener esa hipótesis y el hecho de que no todas las víctimas ejercían la prostitución constituían, como demuestra la autora, una expresión del gesto incluso más inquietante (y desafortunadamente habitual) de culpar del abuso sexual a la víctima y no al victimario, como si la violencia sexual constituyese un castigo en cierto sentido previsible y supuestamente merecido por el ejercicio de una actividad que, como la prostitución, la sociedad condena pero a la que recurre con frecuencia. La autora sabe de lo que habla: cuando los abusos de los que había sido objeto se hicieron conocidos, su padre la insultó y sus compañeros de colegio comenzaron a llamarla "guarra" y a apartarse de ella como si los abusos de los que había sido víctima hubiesen sido provocados por ella de algún modo.
 
"La verdad es horrible, pero", sostiene Una, "debemos aprender de ella [...] Entonces, ¿cuál es la verdad? Tal vez sea algo como esto: La gente ordinaria es capaz de practicar una violencia extraordinaria. Las mujeres y las niñas no son ni vírgenes ni putas. Nada de eso tiene gracia". En otro sitio, la autora afirma: "Los que sobreviven son la prueba viviente y parlante de que los efectos de la violencia sexual son superables", pero la suya no es ni pretende ser una historia de superación, sino más bien el testimonio de lo que fue crecer bajo la sombra del "Destripador de Yorkshire" y en un contexto de desempleo masivo, protestas por la pérdida de derechos laborales, violencia pública (IRA) y privada, alcoholismo y violencia doméstica, hipocresía (los increíbles abusos sexuales del presentador televisivo Jimmy Savile corresponden a este período), ineptitud policial y machismo, al que la autora debió sumar el dolor de haber sido abusada.
 
Una entre muchas (una solución inteligente de traductor y editores a las dificultades de traducción del título original, "Becoming Unbecoming") es, pues, un testimonio, pero también una advertencia a los lectores de que la violencia sexual adquiere muchos rostros en nuestra sociedad y que la permea por completo; sus recursos y bibliografía final pueden hacer pensar que se trata de un texto destinado al uso práctico, pero Una entre muchas es también un extraordinario tour de force en el que su autora recurre a metáforas visuales del abuso y de la culpa de extremada delicadeza (árboles, insectos, vestidos para muñecas de papel, crisálidas) para narrar una verdad incómoda pero a la que es necesario (de hecho, es muy necesario) que prestemos atención.
 
 
Una
Una entre muchas
Trad. Santiago García
Bilbao: Astiberri, 2016
 
Babelia/El País, 7 de marzo de 2016. 

[Publicado el 19/4/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Una, Cómic, Astiberri]

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Pero Clément Cadou sí existe / Nosotros caminamos en sueños 41

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Clément Cadou, 'À rebours' de sí mismo /

Unos años atrás alguien preguntaba en un foro de internet si cierto personaje de un libro de Enrique Vila-Matas había existido "realmente". No había nada reprochable en la pregunta: Bartleby y compañía (el libro en cuestión) se mueve entre la erudición y la burla, entre lo real y lo que no lo fue y pudo haber sido; pero sí lo era la respuesta desencantada del lector: después de enterarse de que Cadou no había existido, el libro (decía) le parecía "menos interesante".
 
¿Qué lleva a algunos a pensar que si "no le pasó al autor", si "no es verdad", lo narrado es menos "interesante" que si ese fuera el caso? Muy posiblemente, el exceso de supuesta realidad en ciertos formatos televisivos y el error de pensar que la literatura sirve sólo a la expresión de una experiencia. Una consecuencia directa de esto es la incapacidad por parte de muchos lectores de reconocer y disfrutar de la mejor literatura debido a su exigencia de que el escritor no invente; pero peor incluso que ello es el error (también frecuente) de creer posible diferenciar la realidad de lo que no lo es en un momento en que la sobreexposición a versiones contradictorias provenientes de los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales hacen esto dificultoso o imposible.
 
La mejor literatura contemporánea extrae de esa dificultad toda su fuerza, pero también pone de manifiesto una verdad esencial: en tanto el producto de la imaginación del autor produce efectos reales, esa imaginación es también real. Clément Cadou, el escritor que deviene pintor de sillas en Bartleby y compañía, es (por lo tanto) real, o tan real como la existencia de su creador y del lector mismo. Alguien debería decírselo a éste mientras todavía esté a tiempo.
 
 
El País Semanal, 1 de marzo de 2016.

[Publicado el 15/4/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias]

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Frente al ventanal de la historia / "Hombres felices" de Felipe R. Navarro

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"Todos tememos la soledad, la locura, la muerte" se lee en el epígrafe de uno de los nuevos relatos de Felipe R. Navarro; la frase es de Harold Bloom y no parece especialmente ingeniosa, pero describe bien la vida interior de los personajes de Hombres felices, segundo libro de su autor tras Las esperas (2000): un hombre que padece un pequeño trastorno oftalmológico y se viene abajo, un empleado de gasolinera despedido a raíz de un cuadro de Edward Hopper, un viajero que regresa a Ítaca pero no mata a los pretendientes, alguien enamorado de una piedra, un hombre apesadumbrado por la decadencia de su automóvil, un profesor que se distrae de la corrección de exámenes recordando a un padre severo y a un abuelo senil que fue feliz por una tarde.
 
Los cuentos de Hombres felices se caracterizan por una suma muy personal de economía narrativa y digresión: la digresión es el rasgo saliente de una prosa iterativa y con destellos de lirismo ("Contempla el terreno al otro lado. Es similar el valle de la vertiente opuesta, los cambios de color, las masas arbóreas, es similar: pero no es el mismo. No es el mismo. Estira el cuello, con los ojos cerrados; esboza una sonrisa con los ojos cerrados"); la economía narrativa, por su parte, afecta principalmente a la anécdota, que por lo general es mínima: una conversación, un recuerdo o la presentación de una situación que se extiende a lo largo del relato y que el narrador (un observador siempre innominado, sentado "frente al ventanal de la historia") trata de comprender.
 
La suma de lirismo y renuncia al desarrollo de las posibilidades narrativas de una situación determinada convierte a estos relatos, con sus arrebatos y pequeñas epifanías, en una celebración de esos momentos en los que "nada sucede: la gente comenta feliz, aparentemente, el nuevo estado de los ascensores, comenta las noticias o lee sin más las noticias, no habla, solo mira, se abre la puerta, se despiden", y es posible que deje en el lector una impresión similar; pero también, en su proximidad con el poema en prosa, es responsable de los mejores momentos del libro: "Un modelo", "Apuntes para una celebración", "Amarillo limón", "Tarde de circo" y "¿Hacia dónde abre esta ventana?".
 
 
Felipe R. Navarro
Hombres felices
Madrid: Páginas de Espuma, 2016
 
Babelia/El País, 13 de febrero de 2016. 

[Publicado el 12/4/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Felipe R. Navarro, Cuentos, Páginas de Espuma]

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Los vislumbres / Nosotros caminamos en sueños 40

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Raymond Seurat no parece haber sido un escritor amable: en su novela , por ejemplo, llama al lector "chupasesos, babosa de baba podrida y bicho carroñero" y amenaza con romperle la cara, lo cual posiblemente el lector merezca, al menos en ocasiones.
 
No es sabido que Seurat haya cumplido nunca sus amenazas, y es improbable que algún lector le haya respondido, ya que el creador de Tú nunca existió: autor y libro son un invento del extraordinario escritor polaco Stanisław Lem, quien, en libros como Vacío perfecto y Magnitud imaginaria, concibió una "Biblioteca del Siglo XXI" de libros inexistentes o que sólo existen (prologados, reseñados) en su obra, como promesa o advertencia a los lectores.
 
Lem no fue el único escritor que imaginó libros y autores que nunca existieron: Carnovsky de Nathan Zuckerman, Los bajos fondos de Berlín de Benno von Archimboldi o El evangelio del espacio exterior de Kilgore Trout son libros que nunca podremos leer, de los que no sabremos nada excepto lo que sus verdaderos autores (Philip Roth, Roberto Bolaño y Kurt Vonnegut, respectivamente) quisieron que supiésemos: un vislumbre.
 
Una parte importante de los lectores desconfía de lo que la crítica ha llamado "metaliteratura" y hace bien, ya que deberíamos sospechar de toda literatura estabilizada y asimilada por la crítica y el mercado. Pero esa "metaliteratura" cumple una función esencial al recordarnos que toda literatura se mueve entre lo real y lo que no lo es, entre lo que puede ser y no es (o casi es), en una manifestación de que las cosas son más complejas (y, por consiguiente, mucho más interesantes) de lo que parecen; pero, también, de que nadie ha dicho todavía la última palabra y todo está aún por ser hecho.
 
 
El País Semanal, 9 de febrero de 2016.

[Publicado el 07/4/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

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Visiones de una 'Tierra Hueca' / "Mundo subterráneo" de Varios Autores

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Athanasius Kircher formuló en 1665, cuando no existían los medios científicos para ponerla a prueba, una hipótesis por completo descabellada: la de que la tierra sería hueca y estaría habitada en su interior. Su supervivencia tres siglos y medio después, cuando esos medios ya existen y la ciencia sostiene que la Tierra no es ni puede ser hueca, quizás sorprendiese al jesuita alemán. Sin embargo, si se ingresa la expresión "Hollow Earth" en Google, se obtienen más de cuatro millones y medio de resultados.
 
La supervivencia fuera del ámbito científico de la hipótesis de Kircher ha sido celebrada recientemente por un volumen de ensayos, que pone de manifiesto la excepcional capacidad de la idea de una tierra hueca para reflejar las ansiedades de nuestra cultura, sus angustias y aspiraciones. En Mundo subterráneo (La Felguera, 2015) Grace Morales, Josep Lapidario y Javier Calvo, entre otros autores, discuten asuntos como la teratología marina, las cartografías infernales y el urbanismo subterráneo, demostrando que la idea sigue siendo inusualmente productiva para los escritores. A pesar de lo cual, y aunque el libro incluye un extenso fragmento del tratado de Kircher, el libro no explica la supervivencia de la hipótesis, ni las sucesivas variaciones que ésta ha experimentado en los últimos siglos, asunto del que sí se ocupa David Standish en La Tierra Hueca: La larga y curiosa historia de la concepción de países extraños, criaturas fantásticas, civilizaciones avanzadas y máquinas maravillosas bajo la superficie de la Tierra (Da Capo Press, 2006). Allí Standish habla de libros como Symzonia, considerada la primera utopía escrita en territorio estadounidense, así como de la especulación científica en torno al tema de las obras de Edmond Halley, John Leslie (quien creía que el interior del planeta estaba iluminado por dos soles llamados Plutón y Proserpina) y John Cleves Symmes, autor de la hipótesis de que las puertas a las profundidades se encontrarían en dos enormes fosas en los polos.
 
A lo largo de su historia, la Tierra Hueca habría sido, en ese sentido, y alternativamente, una excusa para abordar los más variados temas. Así, en la fantasía pulp de 1892 La diosa de Atvatabar, la existencia de un submundo ofrecía la oportunidad para continuar con la adquisición estadounidense de territorio. Para Edgar Allan Poe (La narración de Arthur Gordon Pym) y Howard P. Lovecraft ("En las montañas de la locura") constituía el asiento de un horror impredecible, y para los franceses Alejandro Dumas padre (Isaac Laquédem) y Julio Verne (Viaje al centro de la Tierra) era un buen lugar donde dar cuenta de las teorías de la evolución de las especies y el origen del hombre. El submundo también ha servido como repositorio de las ansiedades generadas por la tímida adquisición de derechos por parte de las mujeres occidentales, como en Mizora, la novela de Mary E. Bradley Lane de 1881 donde éstas han exterminado a los hombres. También En el centro de la Tierra del popular Edgar Rice Burroughs, donde una raza de pterosaurios inteligentes y violentos llamados "Mahar" infunde un terror mayor en los personajes cuando estos descubren que todos los Mahar son hembras. Antes de transformarse en el lugar en el que los nazis estarían agazapados a la espera de una nueva oportunidad para conquistar el mundo y aterrizarían los ovnis, la tierra hueca fue, además, el ámbito para la promoción de ideas de pureza racial y religiosa de algunos autores: en Symzonia, por ejemplo, los habitantes del mundo subterráneo son vegetarianos, no beben alcohol, practican la democracia y son blancos e inmensamente ricos, y en La narración de Arthur Gordon Pym los salvajes tienen negros hasta los dientes, pese a lo cual nadie llegó más lejos en sus visiones infraterrenas que el estadounidense Cyrus Reed Teed, quien en torno a 1869 decidió que la Tierra es cóncava y hueca y que nosotros vivimos en su interior, revelación que lo llevó a fundar una religión bastante popular en su época a la que llamó "Koreshianismo".
 
Si estas visiones no bastasen para explicar la persistencia de la idea de la Tierra Hueca pese a toda evidencia científica en su contra, quizás esta se pueda encontrar en una cierta resistencia remanente a logros científicos que habrían expulsado del mundo el misterio. Así, la celebración nostálgica de la Tierra Hueca y de las visiones artísticas que produjo en Mundo subterráneo y la creencia inconsistente de que la ciencia y los medios de comunicación nos estarían mintiendo, que abunda en las cloacas de internet (donde, por cierto, la idea de la Tierra Hueca compite con la de que la Tierra Plana), serían formas de satisfacer el deseo de que no todo sea lo que parece y se nos dice que es en una época de impotencia y frustración ante amenazas incomprensibles, pero muy reales. Al igual que en la también subterránea Alicia en el país de las maravillas, el submundo constituye un reflejo de aquello que se encontraría arriba, en nuestro mundo, pero ese reflejo no está tan distorsionado como parece a simple vista: de hecho, en términos simbólicos, los dos mundos no pueden parecerse más.
 
 
Ideas/El País, 22 de enero de 2016.

[Publicado el 05/4/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias, La Felguera]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Giorgia Fanelli

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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