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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 1 de noviembre de 2014

 Blog de Patricio Pron

Charles X. / Un extracto de "Tatuajes de criminales y prostitutas" de Lacassagne, Le Blond y Lucas

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La piel de Charles es un museo de excepcional riqueza y de un hermoso procedimiento. ¡Es un Coloso! Ni un centímetro cuadrado está exento de decoración. Nuestro hombre está literalmente tatuado desde la raíz del cabello hasta la punta de los pies.
 
En el prolongado tiempo de ocio dentro de la trena, en el que los prisioneros se las ingenian para procurarse ocupaciones, ¡existe la inocente manía de tatuarse los unos a los otros para distraerse! En uno de sus ingresos en la cárcel, X. llegó incluso a afeitarse la cabeza y tatuarse la piel del cráneo, la frente, las mejillas y la barbilla, obra que llevó a cabo un habilidoso tatuador. ¡En el cráneo, un símbolo! El sol rodeado de una colonia de cucarachas bailando una zarabanda. En la frente un credo: ¡Viva Francia! ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! Y un estado civil: ¡Hijo de la desdicha!
 
Tras llevar una vida de aventuras, de la que más tarde encontraremos un instructivo relato, llegó a París y fue a consultar, desconocemos el porqué, a varios médicos afamados. Algunos de ellos, verdaderos iconoclastas, emprendieron la tarea, sin éxito por cierto, de borrar los tatuajes de la cara, sin duda alguna con el laudable objetivo de sustraerlo de la curiosidad despertada en la gente. X. se sometió a la prueba con tanta diligencia como buenas razones tenía para no apreciar a los indiscretos. ¿Ha conservado la memoria de nuestros ilustres colegas como muestra de agradecimiento? No se ha contentado con grabar sus nombres en la memoria y el corazón. Para así tener una representación más material, se los tatuó en los dedos de los pies. Porque es él quien realiza el trabajo, y porque no hay secretos para él.
 
Para que perdure el recuerdo de los grandes acontecimientos de su vida, se tatúa. Lleva a su esposa tatuada en los hombros, una serpiente en el brazo y el retrato de un general en la espalda con la exclamación «¡Galliffet!». Sin duda porque fue indultado cuando el general Galliffet fue ministro. Tatuará a su hijo cuando éste tenga la edad necesaria para apreciar la belleza del tatuaje. Nos trajo a uno de sus compañeros, que llevaba dibujada en el pecho una magnífica reproducción de una obra maestra: La caridad. Tatúa al prójimo como se tatúa a sí mismo, a veces como un trabajo (¡hay que comer!), pero a menudo por amor al arte.
 
 
Autobiografía de un tatuado *
 
Perdí a mi madre cuando tenía 12 años. 15 días después me fui de casa y dormí en la calle, en bodegas y en balas de paja. Un día robé pepinos y estuve 15 días en la cárcel. Cuando salí, volví a dormir en la calle e hice lo que pude para ganarme la vida. Algún tiempo después hice de figurante en un teatro. A las diez de la noche huí con el traje del teatro y estuve un mes en la cárcel. Al salir me condenaron a 6 meses por mendigar y por dormir en una bala de paja, y recibí una buena paliza. Cuando salí, tuve buena conducta durante 5 meses.
 
Después cumplí una condena de 3 años por robo de badajos y 5 años sin poder entrar en el territorio. Cumplí cada día de mis 3 años de condena y cuando salí me fui a África al Tercer Batallón, en Túnez, en [Bacdave], en El Kef. Al llegar allí, tuve una conducta adecuada durante 6 meses. Volví al calabozo, donde me quedé 15 días. Me pusieron en la mano un pico, una pala y una carretilla para hacer la carretera de [Judramme]; después, como no comíamos bastante, decidí fugarme con un belga y un marsellés con tres fusiles y una caja de cartuchos. Caminamos 3 días tranquilamente, el cuarto día nos topamos con un árabe que nos quiso comprar el material. Le mostré mi fiambrera y a continuación mis efectos personales. Me lo quitó todo y después se largó con su caballo. Allí mismo hice fuego y al día siguiente nos atacó una tribu a las 6 de la mañana. A las 10 un [Espays] nos detuvo y nos quedamos 15 días en [Mosbat], y de ahí fuimos a Túnez para cumplir nuestra pena preventiva. Allí nos metieron 5 días en una celda, desnudos y maniatados. Nos fuimos a la ciudad de Túnez y realicé 4 años de trabajos públicos. 2 años más tarde tuve las fiebres y quise que me llevaran enfermo. El adjunto no quiso y me fugué. 19 tiros de escopeta me siguieron y 4 disparos con revólver. Me atraparon un día después y estuve en la celda 90 días y 3 días de cadenas. Cuando salí me fui a trabajar en la vendimia. Me clavé un clavo en el codo del brazo derecho, tenía una gran infección y pedí que me curasen. El sargento no quiso y le di un puñetazo en la cabeza. Me condenaron a 10 días más y de Constantina me fui a Orán, a la colonia número 5.
 
De ahí me fui a la frontera de Marruecos, a la mina de hierro de los ingleses en [Rayenma]. Trabajé 4 días y compré higos chumbos. El sargento me vio y me metió 12 días con las cadenas. Estando en esta posición me clavé una aguja en la pierna izquierda. Con una pierna del tamaño de mi cabeza caminé 49 kilómetros hasta Tremecén. El médico no quiso llevarme al hospital y pasó la visita. 1º día: nombre del enfermo. 2º día: pastillas de opio. 3º día: mantas y pastillas de opio. 4º día: le di un buen puñetazo en la napia y así me llevó al hospital. 15 días de dieta únicamente a base de leche. A pesar de eso, iba a la cocina y le echaba mano a los rosbifs y me fui a cumplir mis 90 días en la celda. Me echaron 5 años más por lo militar y me fui a Bugía, provincia de Argel. Dos meses más tarde fui al correccional de Orléansville, donde me dieron trabajo para recoger trigo y como seguía buscando mi libertad me fugué de nuevo con un italiano y un austriaco y volví a la provincia de Orán. Tomé el barco, llegué a Francia y fui a Nancy, donde recibí tres meses de pena. Un domingo a la una del mediodía un señor olvidó saludarme y le pegué un gran puñetazo en la cara. Después me fui a Lunéville con el dinero que ese señor me acababa de dar. 8 días después los agentes seguían mi pista y me incorporé a la legión extranjera durante 5 años.
 
6 meses después, en 1895, recibí una condena de un mes de prisión. Volví a la Legión 3 o 4 meses más tarde, en el 96. En la revolución de los judíos deserté y declaré mi verdadero nombre. 8 días después me dijeron que me habían echado 2 años por el asunto del tipo de Nancy y 2 años por desertar. Me fui a Aïn El Hadjel por la carretera de [Jeuvil]. 6 meses después me fugué y me dispararon 7 tiros de escopeta y al saltar a un río me caí y permanecí escondido durante la noche. A las 9 h salí y me fui a Sidi bel Abbes. Me quedé cinco días y los árabes me atraparon. Estuve 60 días en una celda y 8 días con cadenas. Al salir de la celda me fui al hospital y allí me quedé 2 meses por la sustancia que me había puesto en los ojos. Cuando salí me fui a Sidi-Brahim. En la carretera bebí leche con [Limpstate] para que el corazón palpitase más rápido y para reconfortarme. Esta bebida me dejó tan exhausto que me llevaron convaleciente a [Arsenye], de allí me fugué y me dieron dos tiros en la espalda y un mes después la comisión de Orán me otorgó reforma y el Ministerio indultó mi pena. Me fui a mi casa y después viajé: fui a Bélgica, a Luxemburgo, a Alemania, Suiza, Ruan, Dieppe, St. Vallerie, Fecamp, La Haya y regresé a París. Desde entonces tengo un comportamiento apropiado y vivo honradamente. Y son estas figuras, tatuadas incluso en mi cara, las que me impiden trabajar. Sin embargo, no pido otra cosa, y espero conseguir un puesto, aunque sea malo: lo conservaré. No pongo mi nombre. Acabo esta carta con un saludo.
 
Su fiel X Charles.
 
 
* Esta autobiografía, en su versión original en francés, presenta una escritura sin puntuación, repetitiva, y con numerosas faltas de ortografía que son producto del desajuste entre la lengua oral y la lengua escrita, y que la hacen, en ocasiones, prácticamente ilegible, incluso para los nativos. Resultan particularmente difíciles de descifrar los nombres de lugares de la geografía africana, pues la transcripción fonética que hace el personaje dista mucho de su ortografía real, al igual que los términos de argot. Cuando me ha resultado imposible saber de qué se trataba, he dejado el término tal y como está escrito en el original francés, pero entre corchetes (N. de la T.)
 
 
En
Alexandre Lacassagne, Le Blond y Lucas
Tatuajes de criminales y prostitutas
Trad. María Lomeña Galiano
Madrid: Errata Naturae, 2012

[Publicado el 29/10/2014 a las 12:30]

[Etiquetas: Citas, Errata Naturae, Miscelánea]

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Una inteligencia sin moral (ni inteligencia) / Nosotros caminamos en sueños 12

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La parte de tu ordenador que peor funciona, vía http://awkwardfamilyphotos.com.

John Osborne sostuvo alguna vez que "el ordenador es la evolución lógica del ser humano: una inteligencia sin moral"; el dramaturgo inglés murió en 1994, y sólo podemos especular si los desarrollos de las últimas dos décadas lo hubieran llevado a cambiar de idea en un sentido u otro. Unas semanas atrás, la empresa australiana de optimización de motores de búsqueda Search Factory hizo públicas las conclusiones de un estudio en el que se afirmaba que buena parte de las búsquedas que se realizan habitualmente en Google carecen de sentido. Entre las más habituales, el estudio mencionaba las siguientes: "¿Es Lady Gaga un hombre?", "¿Cómo hacer que mi gato me quiera?", "¿Por qué no consigo casarme?", "¿Existe Santa Claus?", "¿Cómo ganar la lotería?". Por absurdo (e inquietante) que parezca, unas mil personas al mes realizan, según el estudio, la siguiente pregunta "¿Cómo esconder un cadáver?", y millones de usuarios consultan habitualmente en Google cómo consultar en Google.
 
La popularización de los ordenadores y de motores de búsqueda como Google ha contribuido a un mayor acceso a la información pero no nos ha enseñado cómo convertir esa información en conocimiento; por el contrario, parece haber inducido la idea errónea de que el conocimiento sería asequible mediante una simple búsqueda. El ensayista germanoparlante Philipp Theisohn afirma que el ordenador e internet han sido perfeccionados de tal forma en los últimos tiempos que el único "factor perturbador" para su funcionamiento es el ser humano "con todas sus falencias (indolencia, falta de memoria, imprecisión)". La certeza de que la única parte de nuestros ordenadores que no funciona correctamente somos nosotros (es decir, que somos la parte a ser eliminada para el correcto funcionamiento del conjunto) debería hacernos pensar en las palabras de Osborne, quien, de vivir en nuestros días, posiblemente creyera que, si "el ordenador es la evolución lógica del ser humano", lo es sólo por carecer de moral, pero también de inteligencia.
 
 
[Publicado originalmente en El País Semanal, 5 de agosto de 2014.] 

[Publicado el 27/10/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias]

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Aburridos / Nosotros caminamos en sueños 11

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Un jardín de infantes en Pripyat (Ucrania), a menos de cinco kilómetros de Chernóbil. Fotografía de Michael Kotter.

Alguien dijo alguna vez que hay tres cosas que (pese a la atención que se les dedica) no existen en realidad: el jetlag, la religión verdadera y el aburrimiento. No habiendo padecido jamás ninguno de los dos primeros, disiento sin embargo sobre el tercer punto.
 
Lejos de no existir, el aburrimiento parece el principal motor de nuestra sociedad y el más importante argumento de venta de sus productos, cualesquiera que estos sean. La existencia de una "industria del entretenimiento", pienso, ratifica que hay algo que ésta recorta por definición, una especie de zona imprecisa en la que nada sucede, un sitio del que todos deberíamos escapar porque (se nos dice) su forma es la de un laberinto. En 1964, el escritor Isaac Asimov afirmó que el aburrimiento iba a convertirse en la principal enfermedad de nuestra época, "expandiéndose y aumentando de intensidad" hasta tener "consecuencias mentales, emocionales y sociológicas serias". No se equivocaba: buena parte de los problemas mentales más frecuentes en nuestros días tiene su origen en una insatisfacción que (más que el de los niños en vacaciones, la infidelidad o el consumo) es el rostro más importante del aburrimiento. Los otros son la agresividad desplegada en las redes sociales, las conversaciones banales que los pasajeros se apresuran a realizar tan pronto como su avión toca tierra, la mirada vacía frente al teléfono inteligente, el crescendo sórdido de los reality shows, la brevedad y la simpleza ofensiva de los mensajes políticos y publicitarios, el filme que ponen en el tren, los vídeos de accidentes caseros, los virales.
 
No son fenómenos carentes de importancia: un estudio reciente ha demostrado que las personas tienden a ser más agresivas cuanto más aburridas se sienten, y en ello hay una constatación, pero también una advertencia para estos tiempos nuestros, aburridos y violentos a la vez.
 
 
[Publicado originalmente en El País Semanal, 22 de abril de 2014.] 

[Publicado el 24/10/2014 a las 18:06]

[Etiquetas: Disidencias]

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Preguntas XIV / Los cuatro enemigos de la literatura

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Ah, y el hombre de Neandertal también, por supuesto.

Querido Patricio, después de disfrutar de su libro "tachado" tengo una pregunta que me gustaría poner de esta manera: ¿quiénes son, en su opinión, los principales enemigos de la literatura? Mis mejores deseos, Suzanne G. (Bath University, Reino Unido)
 
La literatura y los escritores tienen, estimada Suzanne, cuatro enemigos mortales: la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Además de algunos otros que vale la pena mencionar aquí: los escritores perezosos, los lectores perezosos que prefieren el prejuicio a la lectura y la información al conocimiento, los editores que insisten en lo que (siendo malo) consideran un poco menos malo, los críticos literarios que no saben de lo que hablan (un ejemplo notable, español: el de la crítica literaria que, sin saber ni italiano ni alemán ni francés, valora traducciones cuyo original no puede leer ni con ayuda de un diccionario), la tontería de que las teleseries son algo más que teleseries (es decir, productos concebidos para el consumo masivo, la comida basura de la cultura contemporánea), la ilusión de quienes creen que la literatura latinoamericana es un pozo inagotable del que extraer talento, los que sólo pueden escribir cuando se les muere algún familiar, los cabreros de cierta ciudad manchega y sus alrededores, los que consideran que la literatura debe ser "enriquecida" con contenidos audiovisuales, las performances, una parte considerable de la prensa cultural de nuestros días, casi todas las políticas de apoyo a la producción artística, así como la ausencia de ellas, los libreros que no leen, los editores que no leen, los escritores y los lectores que no leen, el fisco.

[Publicado el 16/10/2014 a las 11:12]

[Etiquetas: Preguntas]

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No escribir para ser escrito / "Fogwill, una memoria coral" de Patricio Zunini

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A lo largo de su relativamente breve y particularmente intensa vida, el escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill afirmó una y otra vez que escribía "para no ser escrito", pero vivió y habló para confeccionar una leyenda; es decir, para que fueran otros los que hablaran de él. En el mundo de Fogwill (ese mundo compuesto por novelas como Los Pichiciegos y Vivir afuera, cuentos como los reunidos en Ejércitos imaginarios, poemas como los de Lo dado, ensayos como los que aparecen en Los libros de la guerra: todos fundamentales para una historia de la literatura argentina de las últimas décadas) las cosas siempre trascienden su apariencia, poseen un doblez inasible o se articulan en paradojas. Una de las más notables es, precisamente, esta: la de un escritor extraordinario que no escribió mucho porque, contra lo que afirmaba, prefirió ser escrito por otros y, por consiguiente, dedicó buena parte de sus esfuerzos no a producir su obra (la de Fogwill está presidida por un gesto verborrágico de facilidad, poco importa que escribirla haya sido fácil o no) sino a interpretar el papel del histrión cuyas paradojas y contradicciones obligaban a los demás a pensar acerca de las paradojas y contradicciones de la cultura no sólo literaria en Argentina.
 
A lo largo de su relativamente breve y particularmente intensa vida, Fogwill fue celebrado por algunos y denostado por otros a raíz de sus ataques de ira, sus deslealtades, las polémicas en las que participaba, sus momentos de generosidad, los exabruptos, los escándalos que ponía en escena para que los demás hablaran de él, para ser escrito. Así que no debe sorprendernos que, a menos de cuatro años de su muerte, ya estén siendo escritas dos biografías, sus libros sean reeditados, salgan a la luz sus inéditos y se publique una "biografía coral": si la importancia de un autor debe ser medida por su posteridad, hay que decir que la del escritor argentino sólo es comparable a la de Roberto Bolaño, con quien compartió algunos entusiasmos literarios, la voluntad de intervención no sólo literaria, cierta ética, una vocación de escribir "contra" el sentido común, una actitud iconoclasta.
 
Aunque ninguna de las voces reunidas en Fogwill, una memoria coral es complaciente con el autor, los testimonios recogidos no recuperan esa actitud iconoclasta, de manera que el lector se pregunta qué hubiera pensado Fogwill de este tipo de homenajes, pero no importa: Fogwill, una memoria coral es un libro extraordinario, en el que (de algún modo) se lee a Fogwill y se lo escucha en los recuerdos de algunos de los autores más importantes de la literatura argentina (Alan Pauls, Luis Chitarroni, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Marcelo Cohen, María Moreno), en el recuerdo onírico y deslumbrante de César Aira, en las historias contadas por jóvenes escritores que ponen de manifiesto lo que parece evidente al lector de sus obras (que estas son el resultado de un entusiasmo pasajero de Fogwill y que carecen de rumbo sin su tutela), en declaraciones como las del fotógrafo argentino Silvio Fabrykant (quien sostiene que Fogwill "sabía prácticamente todo: era un Google antes de Google. Tenía respecto de cualquier tema una mirada desde un ángulo que uno no había mirado"), Leila Guerriero ("era un emblema de fortaleza. No es que fuera impenetrable, pero era un tipo con convicciones fuertes, con una manera de vivir fuerte"), Alberto Laiseca ("Después de que murió se me apareció en un sueño: yo estaba en un lugar donde había un gran vidrio y Fogwill estaba del otro lado y me saludaba. Ese vidrio sabés por supuesto qué es, ¿no?"), Chejfec ("era como un sabio de gabinete enciclopédico echado a andar por las calles"), María Pía López ("Fogwill no ponía resguardos éticos al despliegue de su lucidez. Políticamente eso es un problema"), Francisco Garamona ("Era alguien en estado de alerta permanente, un torbellino. Era una especie de Ezra Pound. Como dice [Daniel] Link: una inteligencia casi alienígena. Siempre brillante, siempre certero, siempre gracioso y tremendo. Hay gente que le copia el yeite de la provocación y piensa que Fogwill era sólo eso. Pero atrás había una obra imbatible, un pensamiento, una forma inimitable de ser y sobre todo, una ética").
 
Fogwill, un retrato coral no omite los aspectos escabrosos de la personalidad no sólo pública del escritor (cierta misoginia, su adicción a la cocaína, sus contradicciones en torno al dinero, la cárcel por la que pasó a comienzos de la década de 1980, la ambigüedad de su relación con las multinacionales, sus provocaciones antisemitas, sus peleas), pero presenta lagunas: aquí no se dice nada acerca de su infancia y adolescencia, no hay testimonios de sus mujeres y sus hijos, no se establece por qué razón estuvo en la cárcel, se omite su coqueteo con los militares nacionalistas que se alzaron contra el gobierno democrático en 1987, faltan voces (a favor y en contra de Fogwill, poco importa) y el relato de su famosa visita a Montevideo pocos días antes de su muerte se centra casi exclusivamente en un único testimonio no particularmente inteligente, pero este libro de Patricio Zunini (escrito, como su autor indica, "sin la pretensión universalista de la biografía ni la ligereza del anecdotario" para "dar cuenta de cómo la memoria colectiva recuerda (construye) a uno de los escritores argentinos más relevantes de los últimos treinta años") es un libro importante, incluso para aquellos que no conozcan aún a Fogwill.
"Esto es el final. No va más", recuerda el poeta Arturo Carrera que decía Fogwill al regresar de Montevideo. La publicación de esta "memoria coral", la reciente recuperación de la novela Nuestro modo de vida, así como de La gran ventana de los sueños, y la aparición a lo largo de estos testimonios de títulos de obras que permanecen inéditas ("Memoria romana", "La clase", "Los Estados Unidos") hacen pensar lo contrario: que no estamos al final de la lectura de Fogwill sino al comienzo de otro de sus muchos comienzos, y esta es una buena razón para celebrar.
 
 
Patricio Zunini
Fogwill, una memoria coral
Buenos Aires: Mansalva, 2014
 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres,  julio de 2014]

 

[Publicado el 14/10/2014 a las 12:19]

[Etiquetas: Rodolfo Enrique Fogwill, Patricio Zunini, Mansalva, Miscelánea]

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"Me dicen que fue un sueño" / Una conversación con Rodrigo Fresán acerca de Adolfo Bioy Casares

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Ilustración de León Braojos.

RODRIGO FRESÁN: Para empezar por el principio, yo "descubro" a Bioy a eso de los once años, agotadas todas esas antologías mamotréticas y sobrenaturales que sacaba Bruguera. A mí me encantaban los cuentos de terror y de pronto me encuentro, en edición de Alianza Libro de Bolsillo, con algo que se titula Historias fantásticas de un tal Adolfo Bioy Casares. Aquí lo tengo. Uno de esos contados libros que han resistido mudanzas y décadas. Es decir, leo a Bioy antes que a Borges y a Cortázar. Y lo leo -como casi enseguida leería a Borges y a Cortázar, también en Alianza, siempre seducido por esas portadas de Daniel Gil- como a un autor "de género". (Entre paréntesis: cabe consignar que la argentina probablemente sea la única literatura cuyos autores canónicos se han apoyado todos en el género fantástico.) Y me deslumbra, primero, la originalidad clásica o el clasicismo original de sus tramas. Relatos como "En memoria de Paulina" (el único cuento de fantasmas que se molesta y preocupa en explicar la posibilidad terrena y viva de un espectro), "El gran Serafín" (con una entonces inédita y bucólica aproximación a la idea del fin del mundo que luego se hizo tantas veces, como en Melancholia de Lars Von Trier), "Los afanes" (donde Bioy descolla en eso tan suyo que es llevar lo tecnológico a los terrenos no del laboratorio sino del zaguán) y "Los milagros no se recuperan" (mi favorito, con ese fantasma discreto). Los cuentos de Bioy eran como versiones cercanas de los mejores capítulos jamás filmados de The Twilight Zone, pensé entonces. Después, enseguida, leo La invención de Morel y comprendo que Bioy va a ser un escritor que me va a acompañar toda la vida. Y la leo con un fascinante añadido: la leo por primera vez en Caracas, a donde yo y mi familia escapamos luego de recibir una cordial sugerencia de esa gente que solía conducir automóviles Ford modelo Falcon y de color verde. Y a lo que iba: en La invención de Morel, en sus últimas páginas, en un final que para mí está en el top-five en lo que hace a potencia epifánica de un adiós, el protagonista -del que no sabemos casi nada de su pasado-recuerda con emoción el himno nacional venezolano. Algo que, supongo, a un lector argentino en Argentina le produciría una extrañeza exótica ante lo desconocido. Para mí, que cantaba ese himno casi a diario en el colegio, fue como un guiño cómplice de alguien a quien aún no conocía personalmente pero al que ya sentía próximo y cómplice.
 
PATRICIO PRON: Una feliz coincidencia, ¿verdad? Yo no recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero es posible que antes de hacerlo haya sabido de su existencia como nota a pie de página de la obra de Borges, como escritor vivo a punto de dejar de estarlo y, por consiguiente, como sujeto de homenajes y de celebraciones. Ambas actividades me parecen las menos literarias que hay, así que es posible que mi primera impresión acerca de Bioy no haya sido positiva. Más tarde, por supuesto, lo leí, y la impresión cambió por completo, aunque, al igual que muchos, yo pensé o creí que Bioy escribía las novelas que Borges no podía o no deseaba escribir; es decir, novelas en las que el planteamiento primaba por sobre la emoción y la narración de una trama medianamente perfecta estaba por encima de la descripción. Esa impresión, pienso, todavía persiste en algunos y es una de las razones por las que Bioy recibe una atención inferior a la que merece, ya que sus libros sólo pueden decepcionar si uno quiere encontrar en ellos las novelas borgeanas que alguien nos ha prometido. Las novelas de Bioy me parecen, en ese sentido, mucho más afines a las de Roberto Arlt (con sus conspiraciones, sociedades secretas, saberes "bajos" y periféricos, a menudo en la periferia física, real, de la ciudad de Buenos Aires) que a los cuentos de Borges, donde el misterio se ve reforzado (o anulado, en los relatos menos conseguidos) por un gesto "orientalista" que vuelve a todo exótico, incluyendo a Argentina. Bioy, por el contrario, parece haber hecho siempre un esfuerzo por reprimir todo deseo de exotismo, como si su amabilidad con el lector lo obligase a no procurarle experiencias que no le resultaran naturales y propias. Pienso que en Bioy "amabilidad" es la palabra clave, con todo lo que tiene de generosidad pero también de condescendencia, y me pregunto si no crees que esa amabilidad es un obstáculo para leerlo hoy en día, en particular tras el triunfo de estéticas más confrontativas que ponen en entredicho lo que el lector sabe y el modo en que vive en lugar de reforzarlo.
 
RODRIGO FRESÁN Amable, sí. Es una buena manera de identificar y de clasificar a Bioy. Amable en el sentido más pleno y poderoso del término. A propósito de lo que comentas del Eje Borges/Bioy voy a decir algo que ya me trajo algún que otro problema. Es decir, voy a repetirlo y lo repito cada vez más seguro de mí mismo: a mí Bioy no solo me gusta más que Borges. Me parece mejor que Borges. Y, anticipando las pedradas y espumarajos en diversas bocas, me apresuraré a ampliar: Bioy se me hace un autor más completo que Borges porque me parece más feliz. Hay una felicidad en Bioy ("Cuando soy muy feliz escribo novelas", declaró Bioy) que también está en Cortázar y que no existe en Borges. Borges, en su perfección borgeana, siempre fue para mí como un circuito cerrado que no admite a nada ni a nadie y que acaba cayendo en la autoparodia. Bioy, en cambio, me parece más amplio, mucho más gracioso (lleno de gracia hasta en los formidables nombres y apellidos que escoge para sus personajes: ¡Nicolasito Almanza! ¡Tuquito!) y hasta experimental. Bioy no sólo escribe la que para mí es la novela argentina más formalmente perfecta dentro de un paisaje donde el cuento es el género rey y las grandes novelas nacionales tienden a lo atómico: El sueño de los héroes (que, entre otras cosas, desde un punto de vista genérico, cuenta la historia de una novela que no puede recordar el cuento de una sola noche en su núcleo). Bioy, también, es responsable de otras cosas que lo convierten en una especie de vanguardista camuflado de dandy: yo tiendo a creer que sin Bioy no hubiese existido Bustos Domecq. Ni Tlön. Borges jamás hubiese escrito un Bioy como el Borges de Bioy (journal totémico que, contrario a lo que piensan muchos, no es una puñalada traicionera sino un acto de amor; y ahí está, para el que lo dude, ese tramo final y conmovedor en el que Bioy se entera de la muerte de su camarada de camino a comprar el diario y recién comprende la certeza de "un mundo sin Borges" enfrentado a la primera plana). Hay una felicidad en Bioy que en Borges no existe (y que posiblemente sea consecuencia no solo de una posición acomodada sino de las muchas posiciones ensayadas por el escritor a lo largo y ancho de ese eufemismo à deux repetido por él y en el que sólo se precisa, imprecisamente, un "dormí una siesta"). Y finalmente está el Bioy más allá de Borges que es el Bioy de obras maestras como Diario de la Guerra del Cerdo o de Dormir al sol, o de divertimentos gloriosos como La aventura de un fotógrafo en La Plata, Un campeón desparejo y ese delirio final que es De un mundo a otro y en el que el astronauta protagonista llega a un planeta distante habitado por unos extraños pajarracos gigantes, se sienta en un bar y pide un sándwich de miga. Ahí, Bioy ya es más aireano que Aira. Lo que, supongo, para muchos cartógrafos letrados de nuestros país supone una complicación irresoluble o una complicación intratable del sistema. Y, por lo tanto, como sucede de un tiempo a esta parte, se opte por (des)ubicar a Bioy como nota a los pies de Borges, se lo acuse de burgués dilapilador de la fortuna familiar, y de bon vivant perezoso y de sátiro de etiqueta, y todos los infelices se quedan de lo más tranquilos y aliviados, ¿no?
 
PATRICIO PRON: Voy a dejar de lado tu propuesta de una reevaluación de la obra de Borges (que a mí también me parece necesaria, aunque por razones distintas) para pensar en Bioy como un predecesor de Aira. La afirmación es valiente, y probarla parece una tarea a la altura de la ambición de cualquier estudiante de doctorado, así que aquí queda registrada para su beneficio. Por mi parte pienso que, si hay algo de Bioy en Aira, esto es en virtud de los excesos de Bioy, que a menudo se comporta como un anfitrión que vaciase la nevera (o la heladera, por el caso) sobre nosotros: nos explica cómo se llaman sus personajes, de qué trabajan, qué ideas tienen sobre el mundo, cómo se justifican ante sí mismos. Este exceso perjudica a Bioy, pienso, al tiempo que no perjudica a Aira porque Aira es un autor paródico; Bioy, en cambio, siempre parece estar hablando "en serio" (aunque Dormir al sol también es una parodia en algún sentido). No quiero decir con esto que carezca de humor (de hecho, hay pasajes de humorismo absolutamente extraordinarios en su obra), pero su humorismo nunca propone la "repetición con distancia crítica" que es la parodia. Una vez más, en nombre de la amabilidad con el lector y de la felicidad (que es magnífico que la obra literaria provoque, y que la obra de Bioy provoca, aunque tal vez no sea el mejor estado para escribir), Bioy no pone en cuestión los valores de sus personajes: la misoginia, el culto a una heroicidad inconsistente y ciertas ideas en relación a la "hombría" que hacen que su obra parezca envejecida. Al mismo tiempo, hay algo muy moderno en la forma en que Bioy concibe la alteración de la realidad, a la que siempre justifica racionalmente en sus textos (en esto, pienso, se anticipó varias décadas a autores que después se aproximarían al fantástico de la misma forma que Bioy, por ejemplo en el cine estadounidense); pero mi impresión es que Bioy está, de algún modo, entre dos épocas, un poco a la manera de sus personajes. Pienso en los de El sueño de los héroes: viven en la periferia de Buenos Aires, acaban de llegar a la ciudad y comprenden que la moralidad campesina no les sirve para la experiencia urbana, pero tampoco han adquirido todavía la moralidad urbana, por lo que están a medio camino entre un mundo que se retrasa en nacer y otro que no acaba de morir. Me parece que Bioy, cuya existencia como escritor fue, además, particularmente larga (de 1929 a 1999), siempre estuvo fuera de lugar, quizás de forma deliberada: sus relaciones amorosas parecen haber sido difíciles (o, por lo menos, decepcionantes), la proximidad con Borges no le hizo posible abandonar un territorio perfectamente delimitado por los intereses y las lecturas de su amigo (nuevamente, la amabilidad de Bioy) y la adhesión a su clase social de origen le impidió tener ciertas experiencias vitales que podrían haber contribuido a la producción de su obra. Algunos de sus mejores textos tienen como trasfondo, por ejemplo, el carnaval, una práctica que parece haber caído en desuso en Argentina a finales de la década de 1960. ¿Cómo continuar siendo relevante como escritor sin caer del lado de lo remanente o de la nostalgia cuando las prácticas que se narran pertenecen al pasado? Bioy parece un buen ejemplo de lo que sucede cuando escribes para adherir a una serie de valores en vez de para transformarlos: cuando murió los valores de sus personajes se remontaban a un siglo atrás y sólo podían provocar en los lectores una curiosidad, digamos, antropológica. Quizás eso suceda todavía con muchos de sus libros. ¿El futuro de Bioy no es algo del pasado?
 
RODRIGO FRESÁN Es interesante eso que apuntas acerca de Bioy como fuera de su tiempo y de su espacio y hasta, de algún modo, de su clase social donde es, para muchos, una especie de escritor de fin de semana pero, fundamentalmente, un bueno para nada y, para usar una expresión muy bioyana, "un tiro al aire". En ese sentido, Bioy me parece que -como tanto escritor argentino- es un consumado y consumido extranjero. Siempre está en todas partes y en ninguna. Siempre en el más quietísimo de los movimientos. Y en la frontera entre una era y otra. Eso se ve en novelas como en Plan de evasión pero también en sus diarios de viajes y en relatos como "La trama celeste" o "Planes para una fuga al Carmelo". Y hay un momento de "Los milagros no se recuperan" que me parece definitivo y definidor: "El mundo era extraordinario, pero yo lo miraba sin ganas. No imagines que estaba demasiado triste; indiferente, nomás. El turista se saca a pasear; para eso hay que tener, siquiera, ilusiones (...) Varias veces por día había que adelantar o atrasar las agujas del reloj; por esos cambios de hora, y por el cansancio, llegué a sentir la irrealidad de todo, del tiempo, del tiempo y de mí mismo". Y esa íntima y privada lejanía también se aprecia en las constantes mutaciones de los hombres y de su hombría. Como en "La sierva ajena" y "Bajo el agua", donde un hombre se "salmoniza" en busca de la juventud eterna; y, sí, el paso del tiempo y el tropiezo de la vejez es otro tema fuerte en Bioy. En este sentido -y otra diferencia con Aira- lo de Bioy pasa por una constante melancolía. Y en Bioy -a diferencia de en Aira y de en casi buena parte de los escritores argentinos- la figura de la mujer es primordial. Lo que no quiere decir que Bioy sea precisamente un escritor feminista -o machista- pero que sí no tiene casi ninguna página donde las mujeres no sean decisivas o fatales. Y que, si bien no escribía para las mujeres, sí contaba con ellas y para ellas. A la hora de ir a entrevistarlo, había un secreto/truco para que todo saliese bien: si ibas solo te encontrabas con un Bioy apagado y monosilábico y que sólo quería que lo dejases solo; pero si ibas acompañado de una chica atractiva... ah... todo era fuegos artificiales e ingenio y gracia. Ahí, entonces, Bioy era muy feliz. De ahí también que su alegría y sus placeres sean de un signo diferente incluso cuando se lo lee y se los lee. En este sentido, a mí me parece muy reveladora de sus "motivaciones" esa Autocronología suya. Allí, Bioy recuerda -a la altura de 1918, cuatro años de edad- que "en una rifa gano un perro que se llama Gabriel. Al otro día no está en casa. Me dicen que fue un sueño". En posteriores entrevistas, Bioy señala a su madre como la orquestadora de esta, su primera e involuntaria aproximación a los territorios de lo fantástico. Desde entonces, la idea de la ausencia como su Gran Tema, ¿no? Toda La invención de Morel aparece organizada alrededor de esta idea. A un hombre -al héroe- le es obsequiada la sombra puntual de una mujer invocada por la prepotencia de una máquina histérica y decididamente hembra. Allí, el protagonista es testigo de algo que no entiende del todo y lo que queda de su vida lo sacrifica a la comprensión de este misterio. La mujer es sueño, el hombre es soñador. En la misma Autocronología -ahora es 1921- Bioy apunta: "Me explican: por las grietas que en cualquier momento se abren en la corteza del mundo, un diablo puede tomarnos de un pie y arrastrarnos al infierno. Lo sobrenatural como algo aterrador y triste". Para 1924 todo parece haber sido solucionado: "Las coristas, semidesnudas, me deslumbran. Sin dificultades pienso en las mujeres y olvido la superstición y los temores". Pero, también, las mujeres inspiran nuevas formas del espanto. En una entrevista que le hice en 1994, Bioy recordó sin ira pero con escalofrío: "Me acuerdo que una vez era tan terrible mi angustia que el portero de casa... Un hombre muy simpático que me inició en el amor por las mujeres. Me acuerdo que una vez yo estaba mirando juguetes y me dijo ‘ya sos un hombre, ya no te interesan los juguetes, ahora te interesan las mujeres'. Y yo, como un robot, me dirigí hacia las mujeres. Bueno, ese portero me llevaba a la sección vermut de los teatros de revistas (...) Un día sentí un terror indescriptible cuando ese portero, para hacerme reír, se me apareció vestido de mujer con un sombrero enorme. Fue terrible. Yo pegaba gritos de horror (...) Cuando llegó el amor yo descarté muchas cosas porque me la pasaba preocupadísimo y muy triste. Tardé en comprender la enseñanza de esos amores hasta que un día comprendí que me convenía tener más de una mujer, engañarlas para que ellas supieran que su situación no era tan segura y se esforzaran por ganarme para ellas. Tenía doce o trece años. Mis intenciones eran un tanto precoces pero las intenciones, no así los actos, siempre son precoces". Esta última afirmación me parece magnífica y puede ser trasladada a campos que trascienden a lo estrictamente sentimental o a lo simplemente amatorio.
 
PATRICIO PRON: Totalmente de acuerdo, Rodrigo: la frase es extraordinaria. También la anécdota del perro "soñado" que (coincidirás conmigo) es el tipo de situación que te convierte en escritor o en asesino en serie y a veces en las dos cosas. Bioy parece un escritor de antinomias: sueño/vigilia, realidad/apariencias, lenguaje "alto"/habla cotidiana (la alternancia de lenguajes "alto" y "bajo" en obras como El sueño de los héroes, donde el narrador es un esteta pero los personajes no lo son, hace que leer a Bioy sea, de a ratos, una experiencia bastante poco agradable, ya que la alternancia es "verdadera" pero no "verosímil") y toda su obra parece estar destinada a explorar los límites entre esos términos y cruzarlos regularmente. Pero vuelvo a lo que dices acerca de las intenciones para preguntarte sobre las polémicas en torno al Borges y cuáles pudieron ser las de Bioy al escribirlo. Mi hipótesis (pero que conste que no tengo ninguna forma de demostrarla, ¿eh?) es que se trató de una obra en colaboración, escrita deliberadamente a dos o a cuatro manos para que la posteridad supiera quiénes fueron Borges y (especialmente) Bioy; una obra pensada para ir más allá de la "amabilidad" y de las apariencias.
 
RODRIGO FRESÁN A mí, ahí, en Borges, los dos me recuerdan mucho a esos dos viejos colgados del palco del teatro en The Muppet Show. Y me parece que ese es un rol y una postura que no asume uno solo por más que sea uno solo quien toma notas. Por otra parte, me cuesta pensar y creer en que Georgie "Come en casa" Borges no estuviese al tanto de todo. Es como si Sherlock Holmes no hubiese sabido que Watson estaba redactando sus casos, ¿no? En lo personal, pocas veces me reí más con un libro entre las manos que, además, es muy útil para saber en qué andaban esos dos en el día de tu nacimiento. De una cosa estoy convencido, insisto: no es una traición sino una muestra de fidelidad acaso patológica; pero fidelidad al fin y al cabo.
 
PATRICIO PRON: Rodrigo, quisiera aprovechar los últimos minutos de esta conversación para hacerte una pregunta que no recuerdo haberte hecho nunca. Conociste a Bioy, lo viste a menudo a solas y en compañía de otras personas y lo entrevistaste en una ocasión u otra. ¿Cómo era Bioy en privado? ¿Cómo veía su obra al final de su vida? ¿Con remordimiento, con orgullo, con indiferencia?
 
RODRIGO FRESÁN Era un gran anfitrión. Sobre todo, como dije, si llegabas bien acompañado. Y era un gran conversador. No sólo sobre literatura. Ahora que lo pienso y lo recuerdo, no hablaba mucho de lo suyo. Eso sí, parecía saberlo todo sobre los demás y lo de los demás; pero lo manifestaba con elegancia. En lo personal, y para mí fue un gran elogio, fue el único entre mis lectores que se dio cuenta de que él mismo era el narrador del primer relato de La velocidad de las cosas. Una vez fui a entrevistarlo junto con Fito Páez y la conversación tuvo tramos antológicos, como cuando Bioy se demoró en preguntarse y responderse acerca de si los fantasmas se cepillaban los dientes. Lo visité más seguido en sus últimos tiempos y me acuerdo mucho de una vez en la que, temblando, me dijo que le daba mucho miedo morirse porque "es algo que nunca estuvo en mis planes". Lo vi por última vez -fui a visitarlo luego al hospital donde falleció, pero no admitían visitas- poco antes de morirse. Tuve la previsión de ir acompañado de Ana, con quien me casaría a la brevedad en México (y quien no dudó en comentarme que si Bioy tuviese unos pocos años menos se fugaba a donde fuera con él y sin pensarlo demasiado) y el hombre estaba exultante y hasta jugueteó con la idea de viajar a Guadalajara y ser nuestro padrino de boda. Pero no pudo ser, está claro. Bioy -y Stanley Kubrick- murieron durante mi luna de miel. Dos de mis ídolos máximos. Mal signo, pensé. Pero aquí estamos todavía, con Ana, juntos, toco madera. Meses antes, durante mi última visita a su departamento de la calle Posadas, Bioy ya estaba en silla de ruedas. Y, en el momento de la despedida, insistió, como caballero que era, en acompañarnos hasta la puerta. Ana se ofreció a empujársela; pero yo le dije en voz baja que, como había una enfermera, tal vez no convenía entrometerse en el protocolo establecido para estas cosas. A lo que Bioy, que tenía un oído privilegiado, volteándose en la silla, lanzándome una mirada fulminante a mí y una sonrisa encandiladora a Ana, comentó: "Fresán, a esta altura de mi vida lo único que puede concederme su futura esposa es el empujarme la silla de ruedas. No me prive también de eso".
 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, septiembre de 2014.]

[Publicado el 10/10/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Adolfo Bioy Casares, Rodrigo Fresán, Jorge Luis Borges]

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Perros / El País 4

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Robert Walser murió solo porque Carl Seelig, quien había prometido dar un paseo con él ese día, tenía a su perro enfermo y prefirió quedarse en casa cuidándolo. Max Aub narra el "crimen ejemplar" de una mujer que mató a su marido porque éste prefería a su animal de compañía. Los perros entran y salen de la literatura desde sus orígenes; también de nuestras vidas. Utilizados a menudo como símbolo y manifestación de la fidelidad sin condicionantes, los perros parecen ser, sin embargo, menos atractivos como tema literario que los gatos, posiblemente debido a que su complacencia sólo los hace verosímiles como objeto de torturas o como figuras dadoras de afecto. Anton Chejov hizo decir a uno: "Los humanos no comen los huesos que la cocinera hizo hervir para la sopa ni beben el agua en que los hirvió. ¡Qué idiotas!", pero el hecho de que los perros no parezcan juzgarnos (a diferencia de los gatos, que lo hacen todo el tiempo) vuelve la frase inverosímil.
 
Naturalmente, hay decenas de perros con opiniones bien fundadas sobre sus amos: piénsese en el "Coloquio de los perros" cervantino o en aquel relato del argentino Copi en el que unos perros pastores alemanes exigen ser devueltos a Alemania para crear allí un régimen en el que los humanos sean alimentados por ellos y no al revés. Sin embargo, su bonhomía, la facilidad con la que aceptan ser entrenados, su fidelidad, hace que sus opiniones sean más bien discutibles. ¿Se puede extraer alguna enseñanza de la observación de un perro? Lo dudo; pero, si es así, tal vez lo que podamos aprender se resuma en otra frase de Chejov: "El perro hambriento sólo cree en los huesos". Buena parte de nuestras convicciones tiene su explicación en ella.
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 07/10/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Robert Walser]

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Fanáticos / El País 3

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El pintor Ávida Dollars (según Luis Buñuel). Fotografía de Willy Rizzo.

Salvador Dalí intentó colarse tres veces en la residencia vienesa de Sigmund Freud y tres veces fue rechazado. Había leído La interpretación de los sueños en 1922 y se había convertido en un admirador incondicional de la obra de Freud, a quien consideraba un genio: según observaba, su cráneo semejaba la concha de un caracol, de modo que la fijación por el padre del psicoanálisis y los moluscos gasterópodos fue un tema recurrente en sus conversaciones hasta que, quizás para cambiar de tema, el mecenas Edward James y el escritor Stefan Zweig organizaron un encuentro entre los dos en julio de 1938 en Londres. Freud acababa de escapar de la Austria anexionada por el nacionalsocialismo y estaba muriendo del cáncer de mandíbula que iba a acabar con su vida al año siguiente. Dalí no hablaba ni alemán ni inglés y el diálogo fue imposible, así que Dalí se sentó a dibujar a Freud mientras éste conversaba con James y con Zweig. Años después afirmaría que aquel encuentro fue una de las experiencias más importantes de su vida, pero posiblemente Freud no fuese de la misma opinión.
 
Nos gusta pensar que los encuentros entre las personas que admiramos depararán momentos también admirables, pero esto casi nunca sucede, posiblemente debido a que en ellos se impone la adulación o la indiferencia. ¿Es mejor no conocer a nuestros ídolos? No lo sé. Dalí dibujó a Freud como un híbrido monstruoso entre caracol y humano; Zweig consiguió interceptar la obra antes de que éste la viera, convencido de que se enfadaría, y el padre del psicoanálisis nunca pudo contemplar su retrato. Sólo dijo, mientras Dalí lo dibujaba: "Este joven parece un fanático. No me sorprende que tengan una guerra civil en España si todos son como él".
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 02/10/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Salvador Dalí, Sigmund Freud, Stefan Zweig]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

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Automóviles / El País 2

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Time Magazine, 21 de diciembre de 1931.

Una tarde de 1931, a los dieciocho años de edad, John Scott-Ellis arrolló a un hombre en las calles de Múnich. Entre las circunstancias atenuantes se encuentran las que siguen: acababa de comprar el automóvil, las calles del centro de Múnich suelen ser intrincadas y el peatón había cruzado la calle sin prestar atención al tráfico. Scott-Ellis iba a baja velocidad, pero el golpe arrojó al peatón al suelo; cuando se levantó, con dificultad, aceptó las disculpas y continuó su camino. "Acabas de atropellar a Adolf Hitler", le dijo alguien a Scott-Ellis; a éste, que acababa de llegar a Alemania, el nombre no le resultaba familiar, pero cuando escribiese sus memorias, afirmaría: "Quizás, por algunos segundos, tuve la historia de Europa en mis, más bien torpes, manos. Sólo le di un revolcón, pero, si lo hubiera matado, habría cambiado la historia del mundo".
 
La fantasía de que un sujeto puede alterar la Historia no es patrimonio de los aristócratas británicos, sin embargo: se pone de manifiesto cada vez que hablamos de "la España de Franco", "las purgas estalinistas" o "el gobierno de Pétain". Nuestro interés en que la Historia sea patrimonio de "los grandes hombres" no sólo aspira a ofrecer una explicación sencilla a procesos políticos complejos; también es una forma de eximirnos de las responsabilidades que derivan de aceptar que la Historia es lo que hacemos. ¿Hubiese dado un vuelco si Scott-Ellis hubiera conducido a mayor velocidad? Muy posiblemente no, ya que Hitler era el producto de fuerzas latentes en la vida política alemana, no necesariamente su impulsor. Vale la pena recordarlo la próxima vez que caigamos en la tentación de buscar un salvador o dejemos nuestro futuro en manos de cualquiera, incluso aunque no se trate de un aristócrata británico de dieciocho años de edad.
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 30/9/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: John Scott-Ellis, Adolf Hitler]

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Gatos / El País 1

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Céline y su gato Bébert en Copenague, en 1945. Crédito de la fotografía, desconocido.

Algo antes de morir, Richard Matheson se internó en su casa durante un incendio para salvar a su gato. Quizás sólo un escritor pueda entender la importancia de ese gesto: el autor de Soy leyenda y otros libros no arriesgó su vida para rescatar un manuscrito, una obra en curso o unos papeles, sino para salvar a su gato. No sabemos el nombre del afortunado, pero sí los de otros gatos de escritores, como Spider, el de Patricia Highsmith; Beppo, el de Jorge Luis Borges; Catarina, la gata a la que Edgar Allan Poe escribía cartas cuando estaba de viaje; Williemina, que había aprendido a apagar las velas con una pata para que Charles Dickens abandonara lo que estaba haciendo y se fuera a la cama. En su libro Céline secreto, la viuda del autor de Viaje al fin de la noche recuerda a Bébert, el gato que acompañó a la pareja en su huída de Francia en tren: "Bébert nos salvó la vida. Me sentía tan sola que me hubiera dejado morir si no fuera para que mi gato viviese. Era él quien nos creaba un pequeño hogar, un corazón que latía". Céline había firmado panfletos antisemitas durante la Ocupación y huyó a Dinamarca, donde alternó la cárcel con viviendas precarias hasta que pudo regresar a su país. En algún momento adoptó un perro y solía escribir con él atado a su cintura para que no devorase a Bébert, que siempre estaba vigilante. El gato "vivió con nosotros este trozo de historia, totalmente inmóvil en su mochila, sin pedir comida ni bebida, como abstraído dentro de sí mismo y en contacto directo con la atrocidad del mundo", cuenta la viuda de Céline. En estos momentos, otros gatos (en Gaza, en Siria, en África, en Ucrania) contemplan con sus ojos esa atrocidad y ofrecen a sus dueños algo parecido a un hogar en la intemperie.
 
 
[Publicado originalmente en la contraportada de El País, agosto de 2014.]

[Publicado el 25/9/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Louis-Ferdinand Céline]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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