PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de septiembre de 2018

 Blog de Patricio Pron

Un fascinante exabrupto / "Maupassant y 'el otro'" de Alberto Savinio

imagen descriptiva

No es la más razonable de las premisas para un ensayo, pero funciona: a raíz de las impresiones que le suscita un viaje a París, el protagonista de Maupassant y “el otro” se convierte en la “reencarnación” de Guy de Maupassant, lo que permite a su autor recorrer algo apresuradamente la vida del creador de “El Horla”, en particular su relación con Gustave Flaubert y la enfermedad mental de sus últimos años.

 

“Alberto Savinio” fue el pseudónimo de Andrea de Chirico (Atenas, 1891-Roma, 1952), pintor como su hermano Giorgio y autor de novelas como Hermafrodito (sic, 1918), La casa inspirada (1925) y La infancia de Nicasio Dolcemare (1941), aunque (sostienen sus editores) “es probablemente en el ensayo donde su fuerza se despliega con total rotundidad”. Que Maupassant y “el otro” es uno atípico se pone de manifiesto en su estilo, una prosa automática liberada de las constricciones formales muy de gusto del futurismo italiano (del que Savinio y su hermano fueron parte, como se sabe), en cierto tono socarrón que preside todo el libro, en la burla a los personajes y en la gran cantidad de excursos que presiden la narrativa. Pero Sabinio tiene una “teoría Maupassant” y es todo lo seria que podría ser la de un ensayo: la de que el creador de “Bola de sebo” fue un escritor mediocre en su primera etapa y un autor genial en la segunda, cuando la enfermedad mental le otorgó la conciencia de “un otro” que subyace a sus mejores relatos. Al margen de esta hipótesis de lectura, el mayor interés de este (de a ratos) fascinante exabrupto radica en sus notas al texto, todas extraordinarias. Por ejemplo: “Maupassant no usaba más que sombreros hechos a medida. El obstetra que le ayudó a venir al mundo le había modelado la cabeza dejándosela de una perfecta redondez y distinta respecto a los formatos habituales” (99).

 

 

Alberto Savinio

Maupassant y “el otro”

Trad. José Ramón Monreal

Barcelona: Acantilado, 2018

[Publicado el 01/9/2018 a las 20:50]

[Etiquetas: Alberto Savinio, Ensayo, Acantilado]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Una teología / "Llega el rey cuando quiere" de Pierre Michon

imagen descriptiva

Autor de la admirable Vidas minúsculas (2012) y responsable de un puñado de libros que revisitan los vínculos entre ficción y realidad, entre artista y modelo, entre biografía y sujeto biografiado, que el propio autor define como "un diálogo con los muertos" (Rimbaud el hijo, 2001; Cuerpos del rey, 2006; Los once, 2011; El origen del mundo, 2012: todos publicados por Anagrama), Pierre Michon es además (y como demuestra este Llega el rey cuando quiere) un magnífico, extraordinario entrevistado.

"Stevenson (¿o era Borges?) tenía una receta muy divertida", recuerda: "decía que[,] en una obra de ficción, el escritor tiene que guardarse de la interpretación por el mismo motivo que Dios no se mete en teología". "Hay algo así como una necedad o una falta de elegancia en la literatura que se pone a pensar, a menos que sea con metáforas" (33). Contra esta advertencia, el pensamiento de Michon es sutil y poderoso, está dotado de una cualidad poética que (por lo demás) es lo primero que se pierde en la transcripción de una entrevista, pero que aquí se conserva (también gracias al muy buen trabajo de la traductora Ana Teresa Gallego Urrutia); es un pensamiento plagado de iluminaciones breves pero intensísimas cuyo objeto son las formas literarias, la opacidad del lenguaje, la incompletud y el fragmento, los géneros, los maestros, el lector.

Michon recorta un territorio que le pertenece, pero sus ideas tienden a la universalidad, lo que hace a estas "Conversaciones sobre literatura" un texto de interés incluso para quienes no lo hayan leído nunca. "Por muy insensata que sea, la disciplina de escribir es portadora de un sentido para quien se entrega a ella; pero podría temerse que sólo lo tuviera para él" (18), observa. Pero su inteligencia vivísima convierte ese sentido en algo de alcance universal, en algo que (tras la lectura) el lector se preguntará cómo no sabía antes, por qué razón se le había ocultado un conocimiento sin el cual no podía vivir, con el cual su conocimiento de la vida y de la literatura estaban incompletos.

 
Pierre Michon
Llega el rey cuando quiere. Conversaciones sobre literatura
Trad. María Teresa Gallego Urrutia
Terrades (Girona): Wunderkammer, 2018

[Publicado el 24/8/2018 a las 10:15]

[Etiquetas: Pierre Michon, Entrevistas, Wunderkammer]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Política(s) / Una disidencia

imagen descriptiva

"Un político es un culo sobre el que nunca se ha sentado ningún ser humano", escribió el estadounidense e.e.cummings, quizás anticipándose al joven de diecinueve años que, según consignaba El Periódico de Catalunya en su edición del 15 de febrero, se tatuó el rostro de Carles Puigdemont en una nalga por considerarlo "un héroe, o al menos un referente". (La información no especifica si el tatuaje fue realizado en la nalga izquierda o en la derecha, en concordancia con una opinión mayoritaria, que, en relación con el famoso "Procés", tampoco sabe dónde situarlo.)

Ambrose Bierce, por su parte, definió la política como "el manejo de los intereses públicos en beneficio privado", y al político, como una "anguila en el fango primigenio sobre el que se erige la sociedad organizada". Cuando Winston Churchill fue preguntado por cuáles eran las habilidades que debía tener un joven que deseara entrar en política, respondió que sólo necesitaba dos, "la de predecir qué es lo que sucederá mañana, la semana próxima, el mes siguiente y el año que viene. Y la de poder explicar después por qué lo que anticipó no ha sucedido". Un político es un experto, pero los expertos, advirtió Hannes Messemer, tienen como función "evitar que quienes no son expertos utilicen el sentido común". "Si votar pudiera cambiar algo, ya lo habrían prohibido", observó Ken Livingston.

Acerca de la política, la ciudadanía española es obediente al mandato de Karl Kraus: "¡Quien tenga algo que decir, que dé un paso adelante y que se calle". (Lo cual explica su literatura, por cierto: casi todo lo que se publica como literatura española contemporánea es "apolítico", es decir, de derecha; y lo que se publica como literatura política es conservador, es decir, de derecha también.)

Con las muy puntuales excepciones de algo que se llamó "La Transición" y el surgimiento del 15-M, los españoles parecen sentir mayoritariamente desprecio y/o indiferencia hacia la política, en lo que constituye el resultado de la negación del ejercicio de la ciudadanía durante la dictadura franquista. No importa el signo político de los partidos que han detentado el poder desde entonces; el estruendo de las tertulias y los debates televisados carece de importancia: ninguna iniciativa consistente en formar a los españoles como sujetos políticos ha prosperado hasta ahora posiblemente porque no se ha querido nunca que prospere. "La estupidez es de hierro y ni siquiera la fuerza de la necesidad puede romperla", escribió Heimito von Doderer; "Una sociedad que empieza a vivir de espaldas a la reflexión crítica está condenando a sus vástagos al vil arrastre", afirmó Leonardo Da Jandra.

Razonablemente motivado por los numerosos casos de corrupción registrados recientemente, las nefastas políticas económicas aplicadas desde 2008, la persecución del disenso y el encarcelamiento de los opositores políticos, y, en general, por la actitud de la mayor parte de la clase política española), el descrédito en el que ésta se halla a ojos de la ciudadanía señala un límite a la recuperación de este país que las autoridades del interregno socialdemócrata en el que vivimos desde hace algunas semanas deberían enfrentar, por fin.
 
Para ello tal vez se requiera echar por tierra una Transición que nunca ha sido realmente una Ruptura, intervenir consistentemente en unas fosas comunes sin cuya apertura España no puede siquiera comenzar a poner punto final a su Guerra Civil, reescribir su Constitución, desplazar su atención del ámbito del supuesto "desafío independentista" al de la construcción de un proyecto nacional seductor, elevar el nivel de la discusión. Resulta evidente que "los políticos" no son "la política"; más todavía, es necesario dejar de hablar de "la política" para pensar en "las políticas" que esta sociedad requiere. Como escribió Gilles Deleuze, "no hay razón para el miedo ni para la esperanza, pero sí para buscar nuevas herramientas" con las que pensarnos como sujetos políticos. No vivimos en la fantasía narcisista de James Rhodes, pero nada se ha perdido todavía y todo está por ser hecho.

 
[El Duende, Madrid, julio de 2018]

[Publicado el 21/8/2018 a las 13:45]

[Etiquetas: Disidencias]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Las palabras y el mundo / "Paisajes en movimiento" de Gustavo Guerrero

imagen descriptiva

Gustavo Guerrero (Caracas, 1957) obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 2008 con Historia de un encargo, una obra sobre las circunstancias que rodearon la escritura de la novela de Camilo José Cela La catira (1955) y, de forma más general, acerca de las condiciones de posibilidad de la circulación de literatura en el ámbito hispanohablante; Guerrero, quien es profesor en la Universidad de Paris Seine y editor de los hispanohablantes de Gallimard, había escrito ya acerca de esas condiciones en libros como La estrategia neobarroca (1987), Itinerarios (1997) y La religión del vacío (2002), pero es en su nuevo libro donde los temas de la literatura hispanoamericana y el cambio cultural adquieren protagonismo en su obra.

Paisajes en movimiento aborda ambos a partir de los ejes complementarios del tiempo, el mercado y la nación (o su abandono) en la literatura en español producida entre 1990 y 2010 aproximadamente; lo hace recurriendo a la producción crítica de Reinhart Koselleck y Andreas Huyssen, Paul Virilio, Hartmut Rosa y Francine Masiello, pero también a la de críticos latinoamericanos como Reinaldo Laddaga, Gabriel Zaid, Ángel Rama, Beatriz Sarlo, Néstor García Canclini y Octavio Paz. Autores todos ellos de producciones intelectuales de signo muy diverso, Guerrero los pone a dialogar entre sí para abordar una producción literaria no menos variada, y en la que destacan los libros de los argentinos Rodrigo Fresán, Laura Wittner, Fabián Casas, Sergio Raimondi y César Aira, el cubano Antonio José Ponte, el uruguayo Eduardo Milán, los chilenos Roberto Bolaño y Germán Carrasco, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, los venezolanos Eugenio Montejo y Rafael Cadenas, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya y los mexicanos Julián Herbert, Luis Felipe Fabre, Mario Bellatin y Álvaro Enrigue.

Se trata (en palabras de su autor) de un "esfuerzo por plasmar unas narrativas críticas y abiertas, que no se reconozcan en los numerosos discursos alarmistas sobre el apocalipsis de la cultura, pero que tampoco incurran en el conformismo de aquellos que piensan que no hay nada nuevo bajo el sol" (11-12); como tal, uno de sus méritos se deriva del talento de su autor para hacernos creer que su objeto de estudio existe; es decir, que hay "una" literatura latinoamericana y que ésta es susceptible de ser abordada desde el "presente embriagado de presente" del que habla la ensayista argentina Graciela Speranza en su más reciente libro. No es un mérito menor, en especial si se considera que (como demuestra Guerrero) es una literatura con una relación problemática con la adscripción nacional y/o la idea de pertenencia.

A pesar de las susceptibilidades que suscita (y en consideración a ellas), es singular apreciar cómo es el mercado el ámbito que, en Paisajes en movimiento, más y mejores perspectivas ofrece para abordar la cuestión del tiempo y la de la nación en la literatura latinoamericana: como sostiene Guerrero, "en una época en que el aumento de la producción de libros y la rápida cadencia en los tiempos de su comercialización van haciendo desaparecer los fondos de catálogos y librerías, con las consecuencias que pueden adivinarse por lo que toca a la presencia o visibilidad de una obra y a la transmisión y la constitución de una memoria literaria común entre las generaciones" (49), el mercado es el ámbito en el que se dirimen las divergencias entre una literatura latinoamericana escasamente interesada en ensayar los gestos de una nacionalidad fuerte y unas expectativas internacionales que condicionan la circulación de esa literatura a su legibilidad y a su capacidad de adscripción a un territorio, lo que, por cierto, puede verse (también) en el catálogo de latinoamericanos de Gallimard, por ejemplo.

Guerrero se enfrenta al problema de cómo abordar la producción literaria latinoamericana que resulta del nuevo régimen de historicidad en el que vivimos, un "extraño ahora cada vez menos estable y definido, cada vez más laberíntico e imprevisible" (37); lo hace con precisión y con elegancia, señalando las principales tendencias y también las formas de resistencia (las estéticas de la apropiación, la cita y la reescritura, el surgimiento de las editoriales independientes, los intentos de redefinir la noción de valor literario, la escritura de la inmediatez, la escritura "antipatriótica" de Fresán y Castellanos Moya, la literatura "performativa" de Bellatin, la del nomadismo de Bolaño y Rey Rosa) que en los últimos tiempos se han articulado para reconciliar la experiencia y la escritura, las palabras y el mundo. "Con la redefinición del papel del mercado y con esa trivialización de lo escrito que trae consigo la multiplicación de soportes tecnológicos", escribe, "el escenario de los noventa y los dos mil es el de una gran crisis del valor literario que vuelve más perentoria que nunca una discusión sobre sus modos de fabricación, de acumulación y de transmisión, pero que, al mismo tiempo, convierte dicha discusión, para muchos, en un objeto anacrónico, y aun reaccionario, de cara a la reivindicación de un relativismo generalizado que marcha al unísono con la masificación de los productos de las industrias culturales" (89). Paisajes en movimiento pone de manifiesto la posibilidad de que esa discusión se produzca con inteligencia y gracia y sin los gestos banales (tan comunes, por cierto) de quien apuesta a un futuro que nunca llega y/o los de quien añora un pasado indefectiblemente ido.

 
Gustavo Guerrero
Paisajes en movimiento: Literatura y cambio cultural entre dos siglos
Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2018

[Publicado el 14/8/2018 a las 17:45]

[Etiquetas: Gustavo Guerrero, Ensayo, Eterna Cadencia]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La negación de la negación / "Icaria" de Uwe Timm

imagen descriptiva

A lo largo de las décadas de 1930 y 1940 un puñado de científicos alemanes concibió la posibilidad de intervenir en el orden social mediante la selección y manipulación de seres humanos; los practicantes de la eugenesia se beneficiaron de las fantasías raciales de los políticos nacionalsocialistas y su control de las poblaciones: con el apoyo explícito de Adolf Hitler, los eugenistas alemanes esterilizaron forzosamente a 275.000 personas, asesinaron a miles de enfermos mentales y personas con discapacidad, practicaron cientos de experimentos con prisioneros y ofrecieron la legitimación pseudocientífica para el exterminio de 6 millones de judíos y casi un millón de miembros de la etnia romaní. No hubo hiato alguno en el tránsito entre la experimentación y el asesinato selectivo: a partir de 1940, los responsables de la investigación eugenésica en la prisión de Brandemburgo se hicieron cargo también de su cámara de gas, por ejemplo.

La nueva novela del escritor alemán Uwe Timm (Hamburgo, 1940) revisita el proyecto eugenésico con el pretexto de la investigación policiaca. Michael Hansen, un joven oficial de inteligencia estadounidense nacido en Alemania, regresa al país con las tropas de ocupación y recibe el encargo de entrevistar extensivamente a un discípulo de Alfred Ploetz, el médico que sentó las bases de la "higiene racial" alemana. Wagner (el discípulo) tiene una historia para contar y ésta es, en primer lugar, la de cómo un puñado de jóvenes socialistas y pacifistas acabaron convirtiéndose en víctimas, pero también en victimarios; en segundo lugar, es la historia de cómo muchas de las utopías del siglo pasado devinieron distopías, y sus adherentes, asesinos.

La literatura de Timm (autor de casi dos docenas de libros y uno de los escritores alemanes más importantes de las últimas décadas) se erige sobre la certeza de que, como dice en Icaria, el siglo XX está recorrido por lo innombrable, pero también sobre la convicción de que eso innombrable debe ser nombrado. Ploetz fue un personaje real: nacido en Swinemünde en 1860, en su juventud leyó intensivamente a Ernst Haeckel y a Charles Darwin, fundó sociedades secretas de orientación socialista y utópica y estudió economía política y medicina. En 1895 publicó unos "Fundamentos para una higiene racial" y en 1904 creó la revista "Archivo de la biología racial y social", pero su momento llegó en 1933, cuando las autoridades nacionalsocialistas lo escogieron como parte de un comité de expertos que debía asesorar al gobierno en materia de eugenesia y política racial; sus ideas al respecto eran conocidas desde la publicación de su obra más importante, "La fuerza de nuestra raza" (1895): la sociedad debía estar en condiciones de controlar la reproducción de sus miembros y el número de su descendencia, los nacidos con discapacidad física o mental tenían que ser "eliminados" y debía impedirse la reproducción de los sujetos "sin valor" y/o que constituyeran una carga; los judíos, individualistas y ajenos a la idea de patria, debían ser sometidos.

Mientras Hansen se abre paso con el ejército estadounidense a través de las ruinas de las ciudades alemanas en abril de 1945 (lo que ofrece a Timm la oportunidad de narrar un paisaje que éste conoció bien), al tiempo que su protagonista se enamora, se desenamora, penetra en la historia, Icaria se pregunta cómo pudieron pasar Ploetz y las personas como él del socialismo utópico y el proyecto de una sociedad igualitaria sin propiedad privada ni guerras a la contribución en el Holocausto. La respuesta, parece decir la novela, radica en el fracaso de los proyectos utópicos de convivencia que tuvieron lugar en los años inmediatamente anteriores a la emergencia del fascismo, pero también en el tipo de pensamiento totalitario que anidaba en las grandes utopías, por ejemplo en el libro de Étienne Cabet Viaje a Icaria (1840) que Ploetz y sus compañeros escogieron en su juventud como libro de cabecera y manual de instrucciones.

Arnhelm Neusüss definió la utopía como "la negación de la negación", por parte de la realidad existente, de que algo mejor sea posible. Mark Horkheimer, por su parte, le atribuyó una doble condición, la de ser "la crítica de lo que es" y "la descripción de lo que debe ser". Timm no renuncia a la necesidad de "un orden social justo y ‘verdadero'", que es lo propio de la utopía según Horkheimer; pero tampoco desconoce que los sueños terminan convirtiéndose, inevitablemente, en pesadillas. Cuando murió en 1940, ya definitivamente alejado del socialismo pacifista de su juventud pero no del proyecto utópico de una transformación radical de la sociedad, Alfred Ploetz podía disfrutar de ver cómo sus ideas acerca de la "optimización" del sujeto como herramienta de la mejora social habían devenido política de Estado. La derrota militar del nacionalsocialismo sólo produjo un ligero desplazamiento, y lo que antes era potestad del Estado (esa "optimización") ahora es el ámbito de acción de las tecnologías de la comunicación y las grandes empresas. No sólo por esto, Icaria es un libro necesario, además de una de las mejores novelas alemanas de los últimos años.

 
Uwe Timm
Icaria
Trad. Paula Aguiriano Aizpurua
Madrid: Alianza de Novelas, 2018

[Publicado el 07/8/2018 a las 17:00]

[Etiquetas: Uwe Timm, Novela, Alianza]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La enfermedad es el orden social / "Notas desde un manicomio" de Christine Lavant

imagen descriptiva

"Nadie entiende mis palabras", dice una mujer en su delirio; otra grita ("¡Maldita sea Austria! ¡Maldito sea el zar de Rusia! Asesinaron a mi marido, a mi maravilloso, orgulloso marido"); a una joven la fuerzan a alimentarse introduciéndole un tubo por la nariz; una mujer mayor se pasa el día bordando (no está "loca", pero su esposo se ha ido con otra y no tiene dónde ir); una última sólo pide que la maten. "Aquí se elevan hasta el infinito montañas de sufrimiento", dice la narradora. Christine Lavant (en realidad, Thonhauser) tenía veinte años cuando ingresó en el Hospital Psiquiátrico de Klagenfurt, en 1935; era la novena hija de una familia de mineros y se ganaba la vida tejiendo; iba a convertirse en una de las poetas más importantes de Austria, pero en ese momento nadie lo sabía, ni siquiera ella: había intentado quitarse la vida con arsénico.

Varias publicaciones recientes y el interés sostenido por el arte "outsider" o "brut" parecen poner de manifiesto que nuestra sociedad comienza a aceptar que los discursos de la enfermedad mental son susceptibles de poseer verdad y belleza. Notas desde un manicomio es el relato de las seis semanas que Lavant pasó en el hospital en Klagenfurt y tiene ambas, pero se diferencia de otros textos sobre (y desde) el tema en el hecho de que, sin dejar de narrar su padecimiento (del que es síntoma), su autora fue capaz de comprender la figura que se ocultaba en el tapiz del encierro hospitalario de las "locas", cuya condición de pacientes era doble: por una parte, las mujeres encerradas se hallaban bajo atención médica; por otra, debían ocultar su enfermedad porque su manifestación, escribe Lavant, "es algo que el médico jefe no soporta".

Lavant expone sucinta pero brillantemente cómo el hospital psiquiátrico reproduce un orden del que todos son víctimas, en particular si (como en su caso) se es mujer y pobre. Un médico le sugiere que "tiene que buscarse un novio" y la describe como "un ejemplo disuasorio de lo que sucede cuando los hijos de los trabajadores leen novelas en lugar de aprender un trabajo honrado". Una enfermera pretende animarla recomendándole que deje la poesía para otros: "Cuando el médico te haga entrar en razón, pasado uno o dos años, te alegrarás si consigues que una señora te adiestre para hacer las faenas domésticas", le dice. La narradora tiene la astucia del subordinado para comprender que su "enfermedad" es el orden social, pero no es una revolucionaria y no tiene medios para ponerle fin: cuando abandona el hospital no está ni siquiera un poco menos enferma, pero se dice: "Que el diablo se lleve a quien diga o escriba una sola burla sobre alguien que vive en la pobreza".

Christine Lavant escribió su libro en 1946, once años después de la experiencia que narra y en el marco de un período de intensa productividad que arrojó otras dos novelas; de las tres, sólo estas Notas desde un manicomio permanecieron inéditas hasta mucho después de su muerte en 1973. Antes de ello, y tan sólo unos pocos años después de que Lavant se internase, la Anexión incorporó a Austria a los programas de eutanasia de los genetistas del Tercer Reich y las mujeres sobre las que la autora escribe en este libro fueron asesinadas por los mismos médicos que aparecen en él, en nombre de la obediencia a las autoridades y al progreso. "Escribo esto con palabras corrientes", admite Lavant, "y en realidad debería romper las paredes piedra a piedra y lanzarlas contra el cielo".

 
Christine Lavant
Notas desde un manicomio
Trad. Nieves Trabanco
Madrid: Errata Naturae, 2018

[Publicado el 03/8/2018 a las 17:15]

[Etiquetas: Christine Lavant, Testimonio, Errata Naturae]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

"Fuga" de estrellas / "Firmamento" de Màxim Huerta

imagen descriptiva

"Ana es una mujer inestable, insegura, bella y caprichosa que, tras una aparente seguridad disfrazada por su posición, se tropieza con el amor en sus vacaciones. Mario es un tipo inestable, inseguro, guapo y caprichoso que, tras una aparente frialdad disfrazada por su trabajo, se tropieza con el amor en su escapada"; es también el autor de este resumen de la novela que está "reelaborando" para otro: Mario Bellver es un corrector de novelas ajenas y se encuentra en un hotel de lujo del norte de Mallorca trabajando en un manuscrito; Ana Monteleón es su editora, y su encuentro con Bellver para trabajar en la obra se convertirá en una o varias noches de pasión, un alejamiento temporario y la reconciliación final durante el proceso de edición.

Firmamento es la séptima novela del escritor y periodista Màxim Huerta (Utiel, Valencia, 1971), Premio Primavera de Novela de 2014 y tertuliano de programas "del corazón". Quizás sea esta última actividad la que lo obliga a exhibir sus supuestas credenciales desde el comienzo de Firmamento, con un epígrafe de Platón en griego antiguo que tal vez el autor pueda leer en el original, aunque no así sus lectores. Para ellos hay también otras referencias, esparcidas a lo largo del libro: William Shakespeare, Jane Austen, Gustave Flaubert, David Bowie, Frédéric Beigbeder, Jenny Offill, Margaret Drabble, Emmanuel Carrère, la Victoria de Samotracia. Firmamento tiene con la literatura, en ese sentido, una relación similar a la que existe entre la prensa "del corazón" y el periodismo, en el marco de la cual la primera imita, finge ser, el segundo; la enumeración de referencias literarias (imperceptibles en el relato, que parece más bien deudor del entretenimiento audiovisual) no basta para convertirla en literatura y a su autor en escritor, un aspecto que el propio libro tematiza allí donde pone de manifiesto que Bellver es sólo un "técnico", alguien que participa de una industria que engaña a sus clientes haciendo pasar unos productos por otros. Que esta industria (además) pague hoteles de lujo para sus empleados con problemas cae dentro del campo de la imaginación; de hecho, casi todo lo que se dice de la industria editorial en este libro es imaginario.

No es el principal defecto de la novela, sin embargo. Huerta tiende al exabrupto modernista en las comparaciones: un adiós "para siempre" resulta a sus personajes tan pesado "que se cae al suelo como un gato muerto", un hombre "se funde" como los hielos de su copa, el narrador "escarba entre las sábanas como si fuera arena donde hacer hoyos profundos para enterrarse", los escalones son "como teclas de un Steinway & Sons", una cafetera "tiene las formas de Sofía Loren" y una estantería es un "arcoíris de libros", las hojas son "traviesas", las sombras son "caprichosas", las olas son "tímidas como caracoles", el cielo "se emborracha de azules", las raíces de los árboles son "como serpientes violentas", los pinos "aplauden con sus ramas", etcétera.

La novela romántica tiene convenciones específicas, y es posible que su éxito se deba (también) a una cierta flexibilidad en su relación con el realismo; en Firmamento, por ejemplo, todas las personas que importan viajan frecuentemente a Nueva York y a las capitales europeas y las otras (anónimas) proveen servicios, por ejemplo un fontanero que no conoce la palabra "grafiti". Que esto no se corresponde con un recorte estadístico de la sociedad española importa menos que cierta tendencia a la cursilería que ni la extraordinaria tolerancia del género para con ella parece poder salvar: frases como "en esta casa tan estrecha, lo único que no cabe es tu recuerdo", "era más fácil quitarse los zapatos que el corazón", "no concibo una canción que me guste y no me desangre", "la novela que más me gusta de ti eres tú", "había decidido tener muchas noches de sexo y muy pocos amaneceres de amor" podrían incluso ser disculpadas como una concesión necesaria al género de no ser porque los errores frecuentes de concordancia ("ya no sé qué parte del recuerdo está basado en hechos reales", "una pareja empalagosa y lasciva que cenaban mirándose la boca", "salió un chillido de mi boca que ahogué por ridícula", "caí en los oscuros besos de tus costillas como si ya fueran mías"), la alternancia injustificada de tiempos verbales, la irresolución del narrador entre el estilo bajo y el alto y numerosos defectos de expresión hacen pensar en una cierta impotencia lingüística por parte del autor: las fotografías antiguas se tiñen "de beige" (queriendo decir posiblemente "sepia"), un paraguas colgado tras una puerta se balancea "como un diapasón" (quizás un "metrónomo"), se produce una "fuga de estrellas" (posiblemente una "lluvia"), la interjección "aham" (sic) reemplaza la consuetudinaria "ajá", alguien tiene el cuerpo "macerado por el deporte" (queriendo posiblemente decir "musculado" o "tonificado"). Más todavía, alguien vuelve a hablar "al cabo de un silencio" y "mira en off", una pareja es "un díptico de la imaginería de la ternura", se busca evitar que unas notas caigan "en manos de ningún ojo", a alguien se le pone "cara de zoológico", los ojos de alguien "se hacen distintos, como los lobos", los pezones "crujen", alguien tiene aspecto "bucólico pastoril" y siente "electricidad en la sangre" y el coito es "un nudo marinero de carne y lava" en el que "las lenguas se cruzan como perros".

 
Màxim Huerta
Firmamento
Barcelona: Espasa, 2018

[Publicado el 31/7/2018 a las 13:15]

[Etiquetas: Màxim Huerta, Novela, Espasa]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Lady Macbeth en Cape Cod / "Tierra madre" de Paul Theroux

imagen descriptiva

"Nos habían enseñado mil maneras de ser desleales, además de habernos inculcado el motivo para serlo: entrégate por completo a alguien y te abandonará, te hará daño, te defraudará, te destruirá". Las lecciones en la familia Justus (de "Justice" o "justicia", irónicamente) siempre han sido amargas, y eso desde el nacimiento de Jay, el narrador, o incluso desde antes: "La primera lección de madre, más implícita que expresada abiertamente, fue que nuestro afecto por los otros era una señal de debilidad. La lealtad era peligrosa, como una oscura forma de engaño. Nuestro amor por los demás nos volvía poco fiables, pues interfería en nuestra primera y más importante obligación: la obediencia a madre".

"Madre" es el centro en torno al cual todo gira en la nueva novela de Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941). "Irresponsable y fría, distraída, retorcida, corrupta, manipuladora, testaruda, vanidosa, materialista y dictatorial", "Madre" nunca ha ocultado su naturaleza, pero ésta se pone de manifiesto en toda su tremenda dimensión tras la muerte del marido, un hombre simple y escasamente rebelde obligado a castigar a sus hijos para satisfacer la rabia de la mujer y demostrarle su obediencia; tras su muerte, Jay (quien escapó en cuanto pudo de su familia, vivió en África, viajó, tuvo hijos y escribió libros, al igual que Theroux) regresa junto a su madre y a sus hermanos (siete más una niña muerta al nacer con la que la progenitora dialoga diariamente) con la esperanza de dejar atrás las afrentas del pasado. Lo que descubre es que, en algún sentido, éstas recién comienzan: manipulando a sus hijos y enemistándolos unos con otros, la madre arruina las perspectivas amorosas de Jay, favorece económicamente a sus hijas Rose y Franny a cambio de que éstas la protejan (y de paso consigue que sus hermanos las odien), enfrenta a Jay con Floyd (el "otro escritor" de la familia, que escribe una reseña rabiosa de un libro del primero), pone sus asuntos en manos de Fred, el hijo abogado, y desplaza a Gilbert (el diplomático) y a Hubby, el enfermero, al que le regala una propiedad controvertida y no muy útil, ataca a los hijos ridiculizando a sus nietos, humilla regularmente a Jay, cuya actividad literaria le parece indigna de su tiempo, obtiene atenciones de todos ellos (lo que más le gusta son las ostras) y dispone de sus vidas como cuando eran niños. Ni siquiera después de alcanzar los cien años de edad, "Madre" deja de ser lo que siempre ha sido: la Lady Macbeth de un reino íntimo.

"Todas las familias felices se parecen entre sí, pero las infelices son desgraciadas a su manera", escribió alguien; lo más destacable de Tierra madre, sin embargo, es que pareciera haber sido escrita para demostrar que también las familias desgraciadas se parecen. Da la impresión de que Theroux, cuya trayectoria es, por decirlo de alguna manera, irregular (sus mejores libros, El gran bazar del ferrocarril y La costa de los mosquitos, se alternan en ella con otros erráticos y/o prescindibles), hubiera deseado inscribir esa irregularidad en el interior de una obra "total" pero excesivamente extensa y repetitiva ("Algunas partes son buenas, muchas son aburridas, una pérdida de tiempo", resume su autor), cuyos mejores pasajes (traducidos con su solvencia habitual, como el resto de la obra, por el poeta Mariano Peyrou) consisten en la extrañísima transformación del padre en un actor de minstrel, la evocadora estancia de Jay en Chiapas y las tiradas del recalcitrantemente erudito Floyd, el mejor personaje del libro.

 
Paul Theroux
Tierra madre
Trad. Manuel Peyrou
Madrid: Alfaguara, 2018

[Publicado el 27/7/2018 a las 13:00]

[Etiquetas: Paul Theroux, Novela, Alfaguara]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Historia nacional, escritoras "míticas" y secretos / Tres libros en el New York Times

imagen descriptiva

Al hilo de su muy bien recibida novela El olvido que seremos (2006), el colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) vuelve en La Oculta a narrar una historia familiar sobre la que se proyectan los acontecimientos trágicos de la historia de su país. La Oculta es la finca al sureste de la región de Antioquía que la familia Ángel habita desde mediados del siglo XIX; cuando su madre muere, los tres últimos integrantes de la familia deben decidir qué hacer con la propiedad: Eva (ocupada a lo largo de su vida casi exclusivamente con sus amoríos) desea venderla, Pilar (la mayor) se niega, Antonio (violinista, que convive en Nueva York con su marido desde hace décadas) se resiste a romper sus lazos con su país de origen.

La tentación de recorrer la historia de un país a través del relato de una familia no es infrecuente en la ficción, tampoco en la latinoamericana. En La Oculta, el relato de la de Colombia es asumido por los tres narradores del libro, aunque recae principalmente en Antonio (el archivista de la familia), quien narra los orígenes de la finca, para lo cual se remonta a la llegada de la familia a América en 1786 y a la posterior colonización del territorio comprendido al sur del río Cauca, ya concluidas las guerras de Independencia. Allí, el proyecto decimonónico de una Arcadia colombiana (sin cárcel o policía, ni "alcalde ni jueces ni notario" [234], sin billares, galleras y corridas de toros, pero con iglesia y tres prostitutas [240]) deviene sujeto del enfrentamiento entre liberales y conservadores, la Violencia, el surgimiento de la guerrilla y de los paramilitares, el ascenso del narcotráfico y la minería ilegal, la producción industrial proveniente de China y, finalmente, la especulación inmobiliaria.

Faciolince arroja sobre todos estos hechos una mirada principalmente moral a través de unos personajes entre los que destaca Pilar, cuyo relato, al igual que el de sus hermanos, está lastrado, sin embargo, de un exceso de repeticiones, largas descripciones, digresiones (sobre la alimentación, principalmente) y cierta sentimentalidad que algunos considerarán poética y tal vez, incluso, atractiva.

*

Nacida en Santiago de Chile en 1959, Carla Guelfenbein ha publicado cuatro novelas. Contigo en la distancia, la quinta, se inspira vagamente en la vida de la brasileña Clarice Lispector. Su protagonista, Vera Sigall, es "la gran autora chilena", una escritora de escritores ya anciana, quien cae por las escaleras de su casa un día desatando una serie de acontecimientos: Daniel Estévez, su vecino y confidente, permanece junto a su cama y está convencido que la caída no ha sido accidental. Emilia Hasson (sic), estudiante y empleada de verdulería francesa de origen chileno, está estudiando la obra de la escritora cuando ésta tiene su accidente; comienza a merodear el hospital en el que la autora yace y se acaba enamorando de Estévez pese a que éste está casado y ella está prometida con Jérôme, su novio astrónomo y alpinista. Horacio Infante, escritor chileno y antiguo amante de Sigall, y a quien Hasson conoce circunstancialmente, le escribe una larga carta en la que le narra su historia de amor con la "mítica escritora": en ella se encuentran las revelaciones sobre el origen de Hasson que ésta (y el lector) intuían desde el principio, así como una demostración de amor y despecho hacia la escritora chilena.

Guelfenbein narra todo esto alternando los puntos de vista de los tres personajes; los capítulos atribuidos a Daniel son los más arriesgados porque emplean la segunda persona gramatical: Daniel se dirige a Vera en una prosa cuyo énfasis en el "tú" pretende ser poética; al igual que el resto del libro, sin embargo, ésta lo es en el peor sentido de la palabra: excesivamente descriptiva, formulaica, sentimental, evocadora de una experiencia estética que no produce. El lector nunca consigue tener un atisbo de la enorme calidad literaria de la obra de Sigall pese a que ésta es reproducida extensivamente; tampoco logra comprender por qué debería interesarse por los personajes de la novela, cuya falta de relieve sólo compite con los problemas que la autora les atribuyó para que lo tuvieran: Emilia, por ejemplo, tiene una fobia al sexo porque se golpeó la cabeza siendo niña y vio a su madre teniendo sexo: la fobia se le quitará cuando sea penetrada por Daniel, en el que no es el único ejemplo de misoginia del libro. El mundo de Contigo en la distancia es uno de mansiones, champán, clubes privados, bibelots y piezas de Debussy que se reparte entre las muy glamurosas ciudades de Grenoble, París y Nueva York. En algún momento Emilia siente deseos de "hacer cosas bobas, de saltar, de arrojar una pelota a lo alto del cielo, de bailar": sería interesante que esta novela provocara deseos similares en su lector, pero lo único que éste desea es dejar el libro de lado tan pronto como le sea posible. Contigo en la distancia obtuvo el XVIII Premio Alfaguara de Novela, cuyo jurado estuvo compuesto por Héctor Abad Faciolince, Ernesto Franco, Berna González Harbour, Concha Quirós y Pilar Reyes y presidido por Javier Cercas.

*

La novela de César Aira (Coronel Pringles, 1949) El tilo propone un acercamiento distinto a los hechos históricos. Su narrador revisita su infancia en un pequeño pueblo durante los años del primer peronismo, el movimiento de masas que cambió la historia argentina del siglo XX: las diferencias políticas entre los adultos, la división de lealtades y las ansiedades propias de la época, que el padre del narrador enfrenta bebiendo una infusión de flores de tilo, son exageradas por la imaginación infantil en un ejercicio en el que puede encontrarse el origen de la singularísima forma de narrar de este escritor argentino. Año tras año, libro tras libro (y son casi cien ya), Aira se ha especializado en una literatura fantástica a la que no se llega a través de la invención sino mediante el malentendido y una literalidad que roza la alegoría: en El tilo, por ejemplo, la historia de un niño que se subió a un árbol en algún momento del Golpe de Estado que derrocó al gobierno democrático de Juan Domingo Perón deviene la razón por la que el árbol fue talado; los opositores políticos del peronismo, llamados "gorilas", devienen auténticos animales, un padre de piel oscura es literalmente "un negro" y su unión con una mujer de piel blanca pero deforme, un arreglo para la conformación de una realidad aparentemente banal pero monstruosa. Así, el peronismo deviene algo parecido a un estadio infantil de la sociedad argentina, y la literatura de Aira (con toda su engañosa transparencia, aquí muy bien trasladada al inglés por Chris Andrews) se transforma en una celebración de la habilidad de convertir el miedo infantil en arte.

La obra de Aira es variada y extensa, pero es posible que El tilo sea una de sus mejores puertas de entrada, así como la constatación de que otra literatura latinoamericana existe, en la defensa por parte de sus mejores autores del experimento y de la confusión radical de las expectativas del lector. Que sea "nuestro pequeño mundo, nuestro refugio y nuestro secreto" (67).
 
 
[Una versión de este artículo fue publicada por The New York Times Review of Books, julio de 2018.]

[Publicado el 24/7/2018 a las 13:30]

[Etiquetas: César Aira, Carla Guelfenbein, Héctor Abad Faciolince]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

"La vida en tiempo de paz" de Francesco Pecoraro / Fragmento

imagen descriptiva

A Ivo Brandani lo perseguía el sentido de la catástrofe. La veía en cualquier iniciativa de transformación de la realidad, en cualquier edificio (porque puede derrumbarse), en un avión en vuelo (porque puede precipitarse al vacío), en un automóvil en movimiento (porque puede derrapar), en un enchufe (porque puede cortocircuitarse), en una sartén al fuego (riesgo de incendio), en un vaso de agua (porque puede volcarse), en un huevo fresco (porque puede romperse): todo lo que está en pie puede caerse, todo lo que funciona puede dejar de hacerlo. De hecho, antes o después dejaría de hacerlo, no cabía duda. Pero ¿cómo podría haberse evitado aquella catástrofe? Era un acontecimiento muy lejano en el tiempo, no tendría por qué haberle importado. Y, sin embargo, le importaba.
 
Nunca se ha sabido bien quiénes eran aquellas gentes, ni de dónde habían venido, ni cuándo exactamente ni por qué. Lo único que se sabía es que era un grupo étnico de Asia Central. Incluso alguien había llegado a afirmar que no eran más que griegos que habían cambiado de religión y de costumbres. Lo que sí se sabía con seguridad es que, un par de siglos después de su primera aparición en las costas del Mediterráneo, habían conquistado Constantinopla. Y eso le resultaba inaceptable. De hecho, a partir del 29 de mayo de 1453, en todas las generaciones humanas han existido personas que no han sido capaces de aceptar la caída de Bizancio. El ingeniero Ivo Brandani era una de ellas.

Lo único que esperamos de los ingenieros son esos sanos pragmatismos y positivismos que permiten que tanto los ignorantes como los intelectuales puros tomen un avión, crucen un puente en coche o suban a un tren o a un barco con razonables probabilidades de no morir en el intento. Gracias a los ingenieros técnicos existen objetos llamados casas, puentes, aviones, trenes, túneles, cohetes, satélites y estaciones espaciales, automóviles, ordenadores, etcétera, y a nosotros nos gusta que se parezcan a sus inventos, que sean conformes al objeto de su especialización. Nos gustan desencantados y atentos, neutrales en cuestiones de política, aunque los imaginamos difíciles de engañar por su tendencia a la comprobación y su rechazo a dar más importancia a las palabras que a los hechos. No nos gusta que los ingenieros técnicos sean sofisticados: mejor si son un poco ignorantes. En fin, nos inspiran más confianza si parecen indiferentes y algo obtusos, si los vemos con una novela negra entre las manos en lugar de un poemario. De un ingeniero no nos esperamos obsesiones y resentimientos como los que albergaba la mente de Ivo Brandani. Cuando estuvo por primera vez en Estambul por trabajo, entró por casualidad en una pequeña mezquita al abrigo de las murallas del mar de Mármara. En el plano aparecía indicada como Küçuk Aya Sofya Camii, que traducido al inglés era Small Hagia Sophia Mosque, pero que en su guía aparecía también como San Sergio y San Baco. Se trataba de una iglesia bizantina más tarde convertida en mezquita que, a pesar de sus mil quinientos años, de las abundantes inscripciones coránicas sobre las paredes enyesadas de blanco y de una probable limpieza iconoclasta de todas las imágenes y mosaicos anteriores, aún parecía conservarse bien. «¡Tiene mil quinientos años! ¡Mil quinientos!», se repitió Ivo, tratando de asimilar el concepto. Siempre hacía lo mismo cuando se encontraba ante una magnitud inimaginable: cien mil toneladas, cuatrocientos kilómetros cúbicos, trescientos mil kilómetros por segundo... «La planta y, en general, toda la estructura del edificio están inspiradas en Santa Sofía», decía la guía. De pronto, Brandani tuvo la sensación de que algo no iba bien. Tras subir al matroneo y asomarse a la balconada, sintió una especie de malestar físico, un dolor como cuando te aprietan con los dedos detrás de las orejas: allí, bajo sus ojos, se hallaban la Rendición, la Supremacía, la Sumisión, la Expropiación, la Erradicación, la Sustitución... Desde arriba se veía con claridad la torsión de los ejes de simetría a los que había sido sometido el edificio, el trasvase cultural experimentado por aquella iglesia y por toda la ciudad. Las franjas que delimitaban el espacio dedicado a las prosternaciones, dibujadas en una alfombra azul que cubría por completo el suelo, se extendían en dirección a La Meca, indicada por la hornacina del mihrab, con una disposición completamente autónoma respecto a la simetría bilateral de la iglesia, que confirmaba la incongruente posición del almimbar, el púlpito. El resto del edificio no importaba, era un mero accidente readaptado; tan sólo importaba el lejanísimo centro de emanación del islam, la Kaaba. Había algo de poesía en todo aquello, pero la iglesia no había sido construida para acogerla.

Brandani pronto olvidó la sensación de pérdida irreparable tan intensa que experimentó en aquel momento, hasta que años más tarde volvió a aparecer durante la lectura de la caída de Bizancio en un libro de Stefan Zweig, un escritor austriaco que no conocía mucho; mejor dicho, no conocía de nada. Un amigo le había regalado Momentos estelares de la humanidad. En la página 41, el relato «La conquista de Bizancio. 29 de mayo de 1453» comenzaba así: «El día 5 de febrero de 1451, un emisario secreto lleva la noticia al hijo mayor del sultán Murad, el joven Mohamed, de 21 años, que se hallaba en Asia, de que su padre había muerto».

Zweig había elegido aquel acontecimiento, la muerte de Murad, como el inicio de la cadena causal que poco más de dos años después conduciría a un trasvase cultural impensable. A partir de aquel relato, Ivo Brandani había comenzado a investigar, por lo que había podido comprobar la imprecisión novelesca de la versión de Zweig y la existencia de muchas narraciones diferentes y de crónicas coetáneas de la toma de Constantinopla, algunas de ellas legendarias, como la que hablaba de una puerta que no existía antes y que se habría abierto a toda prisa en las murallas para acoger y salvar de la muerte al emperador de Bizancio derrotado. Le gustaba la idea de que Constantino XI Paleólogo aún se encontrara encerrado como una momia en un nicho o temporalmente consustanciado con los restos de la muralla, a la espera de que su ciudad fuese liberada para volver a salir al aire libre y a la luz. La actitud acogedora del cinturón de murallas de la ciudad el día de la catástrofe también se puso de manifiesto con el arzobispo de Constantinopla, quien, según contaban, desapareció, absorbido por la muralla gruesa y tambaleante que aún sostiene la iglesia, justo en el momento en que el turco irrumpía en Santa Sofía.

Desde entonces -es decir, a partir de aquellas lecturas-, cada vez que se despertaba de madrugada confuso y empapado en sudor, y al final tenía que levantarse para cambiarse la camiseta mojada y mea1r, ya de nuevo en la cama, solía venirle a la cabeza la Caída de Constantinopla y no conseguía volver a conciliar el sueño por la consternación y la rabia.

¿Qué más le daba después de tantos siglos? Ni siquiera él llegó a saberlo nunca. En aquel sentimiento de devastación irremediable que le invadía de cuando en cuando, la toma de Bizancio probablemente sólo representara una efigie, un símbolo de otra cosa. Tal vez se tratara del sentimiento final de catástrofe que experimentaba por haber observado demasiadas abrogaciones de cosas que en el pasado le habían parecido indefectibles y eternas. Tal vez lo que le atormentara fuese el sentimiento de no superación de aquel hecho, que se le revelaba como una consecuencia de una serie de decisiones y cálculos equivocados, de indecisiones y traiciones, de la prevalencia de intereses concretos y del todo insignificantes sobre la gravedad de sus consecuencias.

Si permitía que la toma de Constantinopla lo asediara por la noche, entonces mejor olvidarse de dormir: tenía que levantarse, tomarse un té con galletas, sentarse delante de la televisión, poner un canal de documentales y esperar a que le volviese a entrar sueño. Siempre que no le acuciaran las preocupaciones del trabajo, asuntos de los que era responsable, capaces de despertar a su Enemigo Interior, al acecho constante y preparado para torturarlo hasta la muerte con sus reproches y objeciones.

Zweig refiere que las fuerzas de Mehmet II Fatih conquistaron Constantinopla el 29 de mayo de 1453 penetrando por una poterna del segundo anillo de murallas que, inexplicablemente, habían dejado abierta. La llamaban Kerkaporta, la Puerta del Circo, y no era más grande que un agujero. Desde allí, los turcos se extendieron cercando desde dentro a las fuerzas defensivas, que aquel día podrían haber vencido si el pánico no se hubiese apoderado de ellos al ver que el enemigo irrumpía en casa, como un parásito que ennegrece las sábanas puras y blancas de tu cama...

Pero la historia, según la cuenta Zweig, no es cierta o, al menos, no del todo. Muchos refieren que el cañón terrible y gigantesco de Mehmet, construido aposta para aquel asedio, había abierto una brecha en las murallas a la altura de la Puerta de San Romano, y que por aquella abertura había entrado el turco.

«Para ese tipo de murallas, el cañón era un gran problema: habrían necesitado auténticos bastiones ideados ad hoc para las armas de fuego -pensaba Ivo desde hacía años-. Podrían haberse salvado con murallas de varios metros de espesor y verdaderos cañones de defensa: la Edad Media había acabado, aquel tipo de fortificación ya no era útil, tendrían que haber hecho como en Rodas, allí las murallas resistieron durante todo el asedio, la ciudad fue tomada porque al final los caballeros se rindieron... Con los turcos no había salvación posible, ése era su mundo, lo querían entero para ellos y eran invencibles, o casi...» A veces se identificaba hasta tal punto con los asediados que le asaltaba el pánico a ver aparecer de pronto al enemigo, endemoniado, nauseabundo, rabioso y manchado de sangre, dando la vuelta a la esquina en la que quedaría de niño con sus amigos, cuando Bizancio aún conservaba la ilusión de reinar sobre algo y sus habitantes se creían bien protegidos dentro de unas murallas inexpugnables.

Remontarse en dirección contraria hasta la más mínima causalidad, desestructurar la cadena de acontecimientos reduciendo cada uno de ellos a sus unidades constitutivas: eso es lo que le habría gustado hacer a Ivo Brandani si hubiese sido capaz, para encontrar, si es que existía, el punto exacto de no retorno; es decir, el punto después del cual Constantinopla habría caído de todos modos. En conclusión, ¿habría sido posible hallar científicamente el umbral de inevitabilidad del acontecimiento?

«En un ordenador potentísimo habría que cargar hasta el dato más insignificante... Pero no... Se ha perdido mucho, hoy en día no sabemos casi nada de aquellos hechos. Además, la realidad siempre difiere de la reconstrucción más cuidadosa, detallada y documentada: el noventa por ciento de un acontecimiento se pierde de todas formas... No se sabe casi nada de lo que ocurre, ni siquiera del instante en el que ocurre... En el mismo momento del acontecimiento es cuando las cosas comienzan a confundirse y empieza el no conocimiento, la tergiversación...»

 

Francesco Pecoraro

La vida en tiempo de paz

Trad. Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García

Cáceres: Periférica, 2018

pp. 11-17

[Publicado el 20/6/2018 a las 09:30]

[Etiquetas: Francesco Pecoraro, Novela, Periférica]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990- 2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán, portugués y chino, Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016), Premio "Alcides Greca" de Novela de 2017, y del ensayo El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (2014), al igual que del libro para niños Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo (2017). Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Más recientemente ha recibido el Premio Cálamo Extraordinario 2016 por el conjunto de su obra. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania) y vive en Madrid. Su libro más reciente es Lo que está y no se usa nos fulminará (2018).

 

 

Bibliografía

 
 
 
 
 
 

 
 

 

Ficción

Lo que está y no se usa nos fulminará. Barcelona: Literatura Random House, 2017. 

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2018 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres