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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 28 de junio de 2017

 Blog de Patricio Pron

Vigilar y castigar (y pasar de pantalla) / "El videojugador" de Justo Navarro

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Wolfenstein 3D es un ‘shooter' o juego de disparos similar al Doom que la empresa ID Software comercializó en 1992; no es el único del que se habla en El videojugador, el nuevo libro de Justo Navarro (Granada, 1953), pero sí aquel del que se lo hace más a menudo, así como el único (además del Pong) que el autor dice haber jugado. Naturalmente, esa recurrencia no constituye un problema, excepto en lo que hace a la dificultad de pensar un 'shooter' como sinécdoque del videojuego en su doble vertiente de industria y producción artística contemporáneas. Una parte considerable del interés de este libro radica en la constatación de que hay muchos tipos diferentes de videojuegos, pero la recurrencia de Wolfenstein 3D a lo largo del texto impide a su lector hacerse una idea de las notables diferencias en planteamiento y objetivos implícitos de ciertos videojuegos, saber de la existencia de ejemplos más próximos al arte contemporáneo que al cine (la forma artística más imitada por la industria del videojuego y su principal imitadora en la actualidad, como observa sagazmente el autor) y/o valorar el auge de la narración en el videojuego "independiente" de los últimos años.

Más allá de que tienda a no representar adecuadamente la diversidad temática y formal de los videojuegos actuales, y al margen de sus neologismos ("videojugador", "maquinista" [sic]), la incursión del autor en su estudio (que no confluye en las aproximaciones teóricas más frecuentes al tema, narratología, Teoría de Juegos y de los Mundos Posibles, pese a que las tres están representadas en la muy buena bibliografía que cierra el volumen) tiene, sin embargo, el valor que le otorga su conclusión: la de que los videojuegos promueven la obediencia y están pensados para propiciar y sostener la hegemonía cultural de los Estados Unidos de América. Ahora bien, parece evidente que todo y todos propician y sostienen esa hegemonía, excepto Kim Jong-un y Donald Trump (éste último con menos acierto que el primero), al margen de lo cual, por supuesto, no hay nada pueril en la observación de que los videojuegos son disciplinamiento. "Si quiere seguir jugando, el videojugador debe obedecer [...] las órdenes que le dicta el juego", afirma Navarro; sin embargo, esta afirmación adolece de dos problemas: el primero, que lo mismo se puede decir de casi cualquier otro juego (por ejemplo, del ajedrez); el segundo, que a veces los videojuegos son otra cosa. (En Fake It To Make It, por ejemplo, los jugadores deben crear noticias falsas con la finalidad de adquirir un juicio crítico sobre las manipulaciones más burdas de la prensa y ciertas fuerzas políticas.)

Justo Navarro es autor de libros espléndidos como los recientes F, Finalmusik y El espía, todo lo cual hacía presagiar que este libro no estaría exento de aciertos. No lo está: la constatación de que, en tanto requiere una participación activa y diligente por parte de su usuario, el videojuego anula las distinciones entre trabajo y ocio; la de que la pobreza visual de los primeros videojuegos suponía la transformación del personaje representado en metáfora, impidiendo una identificación que la mejora de la tecnología de creación digital de imágenes ha propiciado en la figura del avatar; el reconocimiento de que los videojuegos realistas no imitan "la realidad" sino su representación por parte del cine (y que los de deportes no imitan la de esos juegos, sino la de su retransmisión) constituyen las mejores páginas de El videojugador.

 
Justo Navarro
El videojugador. A propósito de la máquina recreativa
Barcelona: Anagrama, 2017

[Publicado el 27/6/2017 a las 14:45]

[Etiquetas: Justo Navarro, Ensayo, Videojuegos, Anagrama]

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Un acontecimiento / "Hacía un ruido. Frases para un film político" de María Salgado

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María Salgado (Madrid, 1984) / Crédito de la imagen, de su autor

Un libro de poemas no es sólo sus temas, por supuesto; pero también lo es, y los de este libro son los desplazamientos (a una fortaleza en Finlandia, a Portugal, a la provincia de Ourense, a la periferia de Madrid), el mercado, las protestas ciudadanas de los últimos años no sólo en España, la constitución de una mirada política, la tensión entre lo "visible existente" y lo "invisible inexistente" (pero susceptible de ser existente, visiblemente o no), la articulación de una poesía que se mueva entre la oralidad y las prácticas digitales, entre la pretensión de originalidad y la apropiación, entre el deseo de decir 'qué hay que hacer' y la inteligente opción de arreglárselas para que lo digan otros.

María Salgado (Madrid, 1984) no es una recién llegada ni su obra una suma de intuiciones: la autora se doctoró en la Universidad Autónoma de Madrid con una tesis sobre "poéticas orientadas al lenguaje en España desde 1964", lo que pone de manifiesto que sabe dónde interviene. Pese a lo cual, es posible que este libro sorprenda a quienes piensan que la poesía española contemporánea, también la de la generación a la que Salgado pertenece, sólo sería un repositorio de exhibiciones íntimas, melancolías pre- o post- rurales, cotidianidad: hay mucho más, y casi todo ello está en la obra de Salgado, en la agramaticalidad de la formulación y la negación del poema que le es constitutiva y que la convierte en uno de los mejores acontecimientos de los últimos años, no sólo en poesía y no únicamente en España.
 

María Salgado
Hacía un ruido. Frases para un film político
Valencia: Contrabando, 2016

[Publicado el 22/6/2017 a las 12:00]

[Etiquetas: María Salgado, Poesía, Contrabando]

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Cinco poemas de Milagros Abalo (Santiago de Chile, 1982)

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Crédito de la imagen, de su autor /

(Del libro Esto es)

El albergue
Y de repente todo desaparece ahí
donde había una pequeña casa a orillas
de lo que fue tiempo atrás un río cristalino
lleno de piedras y peces y árboles al viento
antes del desierto, del avance del desierto
que nos está comiendo vivos bajo el sol
de su absoluta sequedad, del agua que no
volverá, aunque un día solo un día volvió
a correr como el Mapocho llevándoselo todo
los sacos de arena en cada puerta
las casas, los autos, las flores, las
los muertos en el cementerio de barro
y más barro hasta las rodillas
y el olor a mierda de los días venideros
en el albergue donde fuimos a parar.
Todo vuelve a desaparecer ahí, como la vida
desaparece en doscientos segundos
donde hicieron un edificio de veinte pisos color pastel
con áreas verdes recreativas y gimnasio, y sueños
sobre todo sueños hechos realidad
el gran sueño de Chile en su casa propia
justo cuando se movió la tierra, se movió
y las ventanas reventaron, las murallas,
los postes se doblaron en una oscuridad
y un grito de llanto allá fue lo último que se escuchó.
Cuando todo desaparece amaneciendo al final
en un ay ahí donde el fuego incitado por el viento
y por el sol, como se queman los recuerdos
todo quemó y una página en blanco ahora somos
en el tiempo detenido una vez más.


El baile de los estorninos
Apareció de la nada como nos parece
que aparece todo lo que viene del cielo
o todo lo que termina ahí.
Poco antes de la puesta de sol, una bandada
de negros estorninos abriéndose con su brillo
salpicado en un ir y venir alrededor en silencio
acaso la sombra del viento que no se rompe
sino delicadamente
se alejan los pájaros retrocediendo
en todo el espesor de su encuentro
y vuelta, vuelta y vuela, cambiando de forma
como nube en puntillismo corriendo, yéndose
a perder al final, en la cola ensombrecida
de una novia que descubre el cielo al mirar.


(Del libro La normalidad de una familia)

Familias decorosas
La nana les lleva el desayuno
en las lozas como nieve
de los domingos perfectos en la Casa de campo
una foto de las vacaciones en el lago
al canto del gallo vehemente
a primera hora de la mañana
y a fin de mes le mezquinan un par de chauchas
y debe callárselo todo.

Hombres correctos del club social
mujeres de extraordinaria vanidad
que no entablan relaciones con sus hijos
encerrados en hielo sus malditos corazones
mientras menos se dice mejor.

Les ponen María para frenar súbitas fiebres
nocturnas (ya no hay conventos)
y al crepúsculo persiste la culpa
del despertar, creen que la homosexualidad
es una enfermedad y el menor de los hermanos
nadie hace preguntas
se pega cabezazos en ese callejón.

En el futuro serán los protagonistas de la historia
de la debilidad o la idéntica copia de ellos
Los Privilegiados
que abren el diario oficial de Santiago de Chile
y de las páginas sociales dicen no conocer
a nadie, se ríen de los apellidos impronunciables
que se meten en sus colegios católicos
y llevándose las manos a los ojos con agitación
sueltan la perorata que silenciosamente
debemos tolerar

Aspiran a tener nuestras tierras
por eso nos reventaron con la Reforma
envenenados por el resentimiento
que les calcifica los huesos.
¡Y vomitamos el caviar de los siúticos!
Pero les advierto
jamás los dejaremos ser socios del club
y aunque tenemos los ojos cafés de todo el mundo
nuestro pelaje rechina al sol vespertino
que se encoge para vernos salir de la Iglesia
porque mi luz es el autocontrol de la sangre.

Como si nada, después de almuerzo
se acuestan a dormir su siesta sin sueños
las familias decorosas de falsas mortificaciones
que a living cerrado
donde cuelgan retratos mortuorios, tulipanes para decorar
se consuela con mensajes bíblicos
cuando en casas de puta la Negra Pati
inicia a los niños y en menos de una hora
les calcina la idea que tenían del amor.


Se han perdido esas tradiciones
la de llevar flores a las tumbas que han quedado
como rocas por donde alguna vez pasó el mar.


(Inédito)

Las flores del reino
Una nueva palabra que después recordará
u olvidará este día breve
aparece girando en la boca de quien no dice
aún no aprende a decir en la tierra de su infancia
manos hundidas antes que palabras.

Hundirá su sexo en otro sexo cuando esa tierra
amanezca puntualmente endurecida de preguntas

¿serán mis palabras las de un perro
que escarba como el niño la tierra
o de una paloma que pasa a nuestro lado en su arrullo?

nunca he conocido el poder de la palabra*,

escrita en un muro
tantas veces
en un libro pude ver

es casa, es fuego, es piedra
a piedra, es calle, es árbol
es tiempo arriba de ese árbol
o las flores de un reino sobre la mesa
donde sentados tocan sus manos
se apagan las luces y bailan borrachos.
                                                             Ahí, en ese borde
todo vuelve a girar
y salen del cuerpo las palabras
cayendo como polvo, ceniza
o semilla
en las raíces de una tierra
que en otras palabras se cierra muda.

* Rodolfo Hinostroza 

 

Milagros Abalo (Santiago de Chile, 1982) es editora, y profesora universitaria. Ha publicado los libros de poemas La normalidad de una familia (Las Cortaderas libros, 2012) y Esto es (Hueders, 2016).

[Publicado el 20/6/2017 a las 17:30]

[Etiquetas: Milagros Abalo, Poesía, Las Cortaderas, Hueders]

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¿Cómo se transforma uno en un escritor? / Diez notas sobre el primer libro (y 2)

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Una joven Marguerite Duras poniéndose a ello / Crédito de la imagen, desconocido

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«De la vida de la que surge lo que se escribe no es posible escribir», afirma Tobias Wolff: «transcurre sin el conocimiento del propio escritor, por debajo de las inquietudes y los ruidos de la mente, en profundos pozos sin luz donde los mensajeros fantasmas se esfuerzan por avanzar hacia nosotros, matándose entre sí a lo largo del camino». A pesar de ello, no es raro que las primeras novelas tengan un sesgo autobiográfico y sugieran, paradójicamente, una motivación doble: por una parte, el deseo de inventar, de producir un mundo dentro del mundo por el que se juzgue al autor, en un ámbito en que sean determinantes la inventiva y el ingenio; por otra, la necesidad íntima de contar algo que le ha sucedido al autor, que lo sitúe en el mundo incluso a condición de que lo haga como personaje de una obra literaria. (Rainer Maria Rilke eternizó esta doble motivación en Franz Xaver Kappus, quien, por cierto, y al margen de un puñado de estudiosos, ya sólo es conocido como interlocutor y personaje de las Cartas a un joven poeta.) Todos esos primeros relatos autodiegéticos y en «primera persona» cuyo narrador comparte rasgos con su autor (a veces la edad, casi siempre el género, a menudo la nacionalidad, muchas veces los entusiasmos literarios y/o musicales) en los que las acciones narradas concluyen con una acción última, la de sentarse a escribir lo vivido, ponen esto de manifiesto, y constituyen una trampa en la que los lectores caemos una y otra vez: en realidad, queremos estar allí, viendo la transformación de un sujeto en escritor; en lo posible, revelándonos cómo es esa transformación y qué la motiva. En Alemania existen en la actualidad quince premios literarios destinados a primeros libros y en decenas de otros países y tradiciones literarias los premios que distinguen obra inédita suelen inclinarse por las de debutantes; las «vanity presses» no prosperarían sin ellos ni sin la curiosidad que inspiran los primeros libros al menos desde 1750 (cuando se produjo un desplazamiento de la noción de valor de una obra, que pasó de la imitación al ejercicio de la autoría, con sus nociones adyacentes de originalidad, excepcionalidad y novedad), en su función de corte transversal, de «rito de pasaje», de alumbramiento del nuevo escritor. (Algo en lo que parecen haber creído especialmente Wilhelm Raabe, quien a partir de 1854 celebró cada quince de noviembre su «Federansetzungstag», literalmente el «día en que tomó la pluma», y James Joyce, quien exigió a Sylvia Beach que la publicación de Ulises coincidiese con su cuadragésimo cumpleaños, el dos de febrero de 1922: para ellos, publicar era nacer, y es en ese sentido, y en tanto expresión de deseos, que se entiende la publicación de Ingrid Babendererde. Reifeprüfung 1953 [Ingrid Babendererde. Examen final, 1953], el primer libro de Uwe Johnson, en 1985, cuando su autor llevaba un año muerto.)
 
 
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(Por lo demás, Alemania parece un país verdaderamente obsesionado con los primeros libros: en 1894 Karl Emil Franzos publicó una selección de testimonios titulada Die Geschichte des Erstlingswerkes [La historia de la primera obra] que incluía afirmaciones de Paul Heyse, Theodor Fontane y otros, y Renatus Deckert lo imitó en 2007 con una selección llamada Das erste Buch [El primer libro] de la que participaron Martin Walser, Hans Magnus Enzensberger, Elfriede Jelinek y otros. Es raro encontrar este tipo de obras fuera del ámbito germanohablante, quizás debido a que sólo en él se atribuye valor a la primera obra como algo más que como argumento de venta.)
 
 
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En la literatura se juega siempre algo de la índole de la afirmación personal, sostienen algunos (erróneamente, puesto que, como afirmó Simone Weil, «todas las obras de arte de mérito llevan inscritas de alguna manera el talento individual de su creador, sus particularidades mas concretas y específicas; las obras maestras, sin embargo, siempre tienen algo de anónimo»), y en ella, al menos en sus primeras manifestaciones, ocupa un lugar central el miedo a desnudarse ante desconocidos. Buena parte de los primeros libros oscila entre un extremo y el otro, pese a lo cual, o precisamente a raíz de ello, no son pocas las voces que intentan convertir el rito de pasaje del primer libro en un asunto puramente práctico; el escritor estadounidense Odie Lindsey, por ejemplo, recomendaba a sus lectores en un artículo reciente que «antes de dedicarse a la escritura como carrera profesional» se aseguraran que no lo hacen «simplemente por padecer agorafobia o estar deprimidos». A continuación (sostenía) se deben seguir los siguientes pasos: «escribir una mala novela breve», «no publicar la mala novela breve», «buscarse un agente» y aceptar el hecho de que «la industria editorial tiene tiempos geológicos»; la coronación del proceso sería la publicación del primer libro y una emoción subyacente («egoísta, familiar, tan vitalmente pueril») que ni siquiera el cinismo o su transformación en un asunto de índole práctica podrían disimular.
 
 
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A pesar de lo que se cree habitualmente (y contra la opinión consuetudinaria de que sería posible producir algo de la nada, y que esa producción tendría el carácter de un alumbramiento), no hay primeros gestos en literatura, sino una suma de ellos que son considerados fundacionales con el tiempo y de forma retrospectiva. Al obtener el Premio Pulitzer por su novela All the Light We Cannot See (2014), Anthony Doerr admitió el hecho de que su camino hacia esa consagración estuvo pavimentado por proyectos fallidos (una novela sobre salmones, media novela sobre un farero, al menos una docena de historias breves); sin All the Light We Cannot See y el Pulitzer, todos ellos podrían ser computados como fracasos; con la publicación de su novela y la obtención del premio, adquieren el carácter de contraparte necesaria, la penumbra sobre la que se recorta, más nítidamente, un haz de luz. El escritor jamaicano Marlon James, autor de una Breve historia de siete asesinatos (2014) por la que obtuvo el Man Booker Prize, contó, por su parte, que «llegó un momento en el que mis novelas inéditas superaban en número a las publicadas: una de ellas era narrada por prostitutas jamaicanas; la segunda, por dos mellizos albinos cantantes de góspel que escapaban de un asesino serial que también era su mánager». «Pienso que es importante no obsesionarse con ideas del tipo "esta pieza 'funciona', esta otra es un 'fracaso'"», observó Doerr: «En última instancia, tenemos que hacer cosas con esas entidades poco confiables y tramposas llamadas palabras como si se tratase de un juego, y jugar tan bien como podamos porque estamos jugando, no necesariamente porque un cierto resultado nos espera al final del juego». Sin embargo, en palabras del escritor Bill Cheng, autor de Southern Cross the Dog, uno de los debuts literarios más celebrados de 2014, «la identidad del escritor está tan relacionada con la escritura de un libro que éste acaba autoflagelándose cuando las cosas no funcionan. Yo no creo haber aprendido mucho de mis proyectos abortados o abandonados, pero quizás ése es el punto: sólo se aprende de lo que se termina».


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En la virtualidad de esos libros escritos pero no publicados, en todas esas obras que preceden a la transformación del escritor en escritor (pero la hacen posible) hay ansiedad, indulgencia y prisas, por supuesto, pero también el entusiasmo y la insatisfacción que desembocarán en un estilo, de allí que Cheng tenga razón: en el tránsito de la condición de escritor inédito a editado, sólo se sabe qué tipo de escritor se va a ser cuando se escribe y como resultado de lo que se ha escrito. Ricardo Piglia sostuvo que, después de publicar su primer libro, cada escritor debe «tratar de no convertirse en "un escritor"»; es decir, en uno más. A modo de advertencia, Lindsey ha afirmado que «transformarse en un escritor significa (a veces) transformarse en un cliché»; pero es difícil imaginar un estadio en el que el escritor no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no constituya una herramienta de exploración de esa condición. Es posible que la historia de la literatura consista, en ese sentido, y únicamente, en una sucesión de primeros libros: precedidos por otros, o no, parapetados en una situación ambigua en la que el autor narra pero también se narra, detenido en el gesto de comenzar una y otra vez de nuevo exhibiendo las inseguridades del debutante que quizás el escritor sea siempre. Marguerite Duras afirmó alguna vez, brillantemente: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos: sólo lo sabemos después; antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos».
 
 
(Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, marzo de 2017.)

[Publicado el 15/6/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias, Tobias Wolff, Rainer Maria Rilke, James Joyce, Anthony Doerr, Bill Cheng, Ricardo Piglia, Marlon James, Wilhelm Raabe, Odie Lindsey, Uwe Johnson, Martin Walser, Hans Magnus Enzensberger, Elfriede Jelinek, Karl Emil Franzos, Simone Weil, Margu]

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¿Cómo se transforma uno en un escritor? / Diez notas sobre el primer libro (1)

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Ricardo Piglia antes de Ricardo Piglia / Crédito de la imagen, de su autor

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«El primer libro es el único que importa, tiene la forma de un rito de iniciación, un pasaje, un cruce de un lado al otro», sostuvo Ricardo Piglia: su relato de los Años de formación previos a ese «pasaje» en 1967 con Jaulario (que autor y editor rebautizarían ese mismo año para su aparición en Argentina como La invasión), es retrospectivo, carece de entusiasmos transitorios, extrae sentido de asuntos poco relevantes en el momento en que tuvieron lugar pero que resultaron significativos con el transcurso del tiempo (una mudanza, una conversación, un rumor en los pasillos de una universidad), reúne vislumbres del escritor que Piglia será pero que, en el momento de la escritura no es aún (aunque sí en el de la lectura, por supuesto); acepta, finalmente, la nula relevancia de la primera publicación para cualquiera que no sea su autor, pero admite la emotividad que ésta genera: «La importancia del asunto es meramente privada, pero nunca se puede olvidar, estoy seguro, la emoción de ver un libro impreso con lo que uno ha escrito».
 
 
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¿Cómo se transforma uno en un escritor? ¿Qué motivación profunda, qué carencias, qué condicionantes, qué estímulos devienen vocación, y por qué precisamente esta? Varios miles de libros, cientos de filmes de ficción y documentales y numerosas series de toda naturaleza intentan responder a esta pregunta, no sin dificultades, pero todos ellos coinciden en señalar el primer libro como cesura y alumbramiento del escritor. Recientemente, por ejemplo, la prestigiosa revista estadounidense The Paris Review inició una serie de entrevistas titulada «My First Time» en la que se interroga a escritores acerca de su primera publicación: las piezas (en las que participan Sheila Heti, Tao Lin, Donald Antrim y Ben Lerner, entre otros autores) son notables, pero lo más significativo de los testimonios dados consiste en la imposibilidad por parte de los autores de establecer un momento en el que un cierto número de estímulos, de habilidades y de limitaciones, devino en una vocación y, más tarde, en algo parecido a una profesión: cualesquiera que sean las estrategias retóricas que se empleen para ello, el resultado es siempre un relato, no de lo que sucedió realmente, sino de aquello que, habiendo sucedido, es percibido posteriormente como el desencadenante de algo, de la transformación en escritor. (Quizás sea esta certeza la que llevó a Ricardo Piglia a publicar Los diarios de Emilio Renzi a sabiendas de que estos no son realmente diarios ni, por supuesto, fueron escritos por Renzi: éste último es el avatar que el escritor argentino emplea más habitualmente para representarse como autor en ciernes, y la adscripción al género del diario íntimo permite disimular el carácter inevitablemente retrospectivo del relato.)
 
 
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(Acerca de lo cual advertía ya Tobias Wolff al afirmar, en Vieja escuela, que «no se puede hacer ningún relato verídico de cómo o por qué uno se convirtió en escritor, ni existe ningún momento del que se pueda decir: Es entonces cuando me convertí en escritor. Las piezas sueltas encajan más adelante, con mayor o menor sinceridad, y después de que los relatos se hayan repetido adquieren la categoría de recuerdos y bloquean todas las demás rutas de exploración».)
 
 
4

Al filósofo español Antonio Valdecantos le debemos desde hace algún tiempo una visión sugerente y notablemente apartada de lo consuetudinario en relación a lo que él llama «la agrafía» y que otros autores han llamado «la negatividad» o el «síndrome Bartleby»; para Valdecantos, «el ágrafo no es un fugitivo de la escritura, sino más bien el escritor un traidor a la agrafía». ¿Para qué escribir «exuberantes y cenagosas selvas de palabras» de las que sólo quedarán, en el mejor de los casos, «un par de arbustos enanos, hijos del malentendido y de alguna tara exegética inconfesable» si, por otra parte, «aun en el caso milagroso de que la prosa (o el verso) le llegaran a surgir con fluidez [al autor], lo resultante se precipitaría por el sumidero del mercado, donde, en el mejor de los casos, habría de competir con material libresco verdaderamente repugnante»?
 
 
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Estas preguntas no sólo son motivo de desvelo para autores en ciernes: también hacen a la lectura de una primera novela, en especial si ésta es recuperada años después. ¿Qué convirtió a su autor en escritor? ¿Qué significó para él o ella, qué le pasó por la cabeza al sentir, como dice Piglia, «la emoción de ver un libro impreso con lo que uno ha escrito»? Muy posiblemente ni siquiera el autor pueda responder a estas preguntas; es decir, retrotraerse al momento en que un libro suyo era su «primer libro», aislada, inicialmente, sin promesa de continuidad ni de fortuna, al margen de libros posteriores que ratifiquen o desmientan la promesa de ese primer libro y las ideas que su autor tenía acerca de lo que es y hace un escritor antes de ser uno públicamente. La apertura que todo primer libro supone, y que inaugura para su autor un mundo, el de la sociabilidad del escritor editado y sus posibilidades, pero también sus limitaciones, es también un movimiento de clausura, que impide al autor recordar posteriormente qué era o cómo se sentía en su condición de inédito, lo que supone que sobre esa condición se proyecten visiones idealizadas de un estado de supuesta pureza en el que el escritor habría dispuesto de las mayores libertades (erróneamente atribuidas a la falta de presión que supondría carecer de un público lector y encontrarse al margen de un negocio editorial que constreñirían la autonomía del escritor, cuando es evidente para quienquiera que haya experimentado ambas cosas que ninguna de ellas supone un problema real para el «verdadero» escritor y que la condición de inédito también entraña una presión específica: más concretamente, la de tratar de publicar) y de una convicción puesta a prueba por las dificultades que se le presentaron hasta tener su primera obra en las manos.
 
 
[Continúa y termina el jueves próximo.] 

[Publicado el 13/6/2017 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias, Ricardo Piglia, Tobias Wolff, Antonio Valdecantos]

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"Lo que puede expresarse con palabras puede expresarse con nuestra vida" / Henry David Thoreau

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En "Thoreau, la vida sublime" de Maximilien Le Roy y A. Dan /

"¿No es posible que un individuo tenga razón y un gobierno no?". La pregunta se encuentra en uno de los textos menos citados de Henry David Thoreau ("Defensa de John Brown", 1859) pero es central para comprender quién fue el autor de Walden. Naturalmente, es una pregunta retórica: algo más de trece años antes, una tarde de julio de 1846, Thoreau había sido detenido por negarse a pagar impuestos y debió pasar una noche en la cárcel. "Ni por un instante puedo reconocer como ‘mi' gobierno esa organización política que también es el gobierno del esclavo", escribió en "Desobediencia civil", uno de esos pocos textos que realmente deberían ser de lectura obligatoria en los colegios. Una historia apócrifa lo muestra en el momento en que el filósofo Ralph Waldo Emerson, su amigo y vecino en Concord, lo visita en la cárcel y le pregunta qué hace allí dentro. "¿Qué hace usted ahí fuera?", le responde Thoreau, perplejo. El gobierno de los Estados Unidos acababa de invadir Texas, continuaba exterminando a las poblaciones nativas, seguía tolerando la esclavitud y negando derechos básicos a las mujeres. "No es por ninguna particularidad del impuesto por lo que me niego a pagarlo. Simplemente deseo retirarle mi apoyo al Estado, apartarme de él y mantenerme al margen de una manera efectiva", se justificó el autor más tarde; pero también, admitió estoicamente: "Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el verdadero lugar para el hombre justo es la cárcel".

Acerca de Henry David Thoreau (1817-1862) parece existir una visión sesgada (y no del todo incómoda para algunos) cuyo origen debe buscarse en la extraordinaria belleza y persuasión de Walden (1854), su libro más famoso; de acuerdo con esa visión, Thoreau sería simplemente un naturalista que habría comprendido que la industrialización y la religión del progreso iban a suponer la desaparición de una vida más auténtica. No se trata de que esto no sea cierto (lo es), sino de que esta visión soslaya el hecho más importante de la vida del escritor estadounidense: su ejercicio consecuente de una disidencia cuyo sentido, afirma su biógrafo Robert Richardson, era "la emancipación interior, pero no a expensas de ignorar el problema de la libertad física y política". "En su naturaleza había algo de militar y de irreductible, siempre viril, siempre apto, pero rara vez tierno, como si no se sintiera bien más que en desacuerdo", escribió Emerson. Se sabe que durante su estancia en Harvard Thoreau rechazó que los alumnos fueran evaluados también en su moralidad (como era el caso por entonces) y se negó a "malgastar" un dólar en su diploma de final de carrera; su único trabajo por cuenta ajena, como maestro, terminó abruptamente cuando se negó a aplicar castigos físicos, no aceptó la idea de que lo sencillo debía ser narrado de forma simple (Walden tuvo siete borradores) y tampoco se resignó a la idea de que un gobierno que carece del consentimiento de sus gobernados pueda ser un gobierno justo, todo ello mucho antes de la noche de 1846 que pasó en la cárcel por negarse a que el dinero de sus impuestos fuese destinado a un fin que no aprobaba.

Aunque resulta tentador pensar en su estancia en prisión como la bisagra entre el individualismo contemplativo del período de Walden y la posterior acción política, lo cierto es que uno de los aspectos más extraordinarios de la vida y la obra de Thoreau es que en ellas ambas cosas están estrechamente vinculadas: por una parte, su encarcelamiento no lo llevó a pensar de cierta forma la acción política, sino que fue su resultado; por otra, la aspiración a una vida de soledad y estudio en los bosques que está en el origen de su famosa estancia de dos años, dos meses y dos días junto al lago de Walden no fue nunca un rechazo abierto a la sociedad sino un esfuerzo ejemplarizante por encontrar formas de vivir en ella que no anularan al individuo ni supeditasen las leyes superiores de la naturaleza a las creadas por los hombres.

"La civilización que ha estado mejorando nuestras casas no ha mejorado igualmente a quienes las habitan", constató Thoreau, quien se empeñó rabiosamente en probar la posibilidad de una vida más simple y digna cuyo sentido fuera "vivir profundamente y extraer todo lo maduro de la vida, vivir tan vigorosa y espartanamente como para infligir una derrota a todo lo que no fuese vida". Una de las razones por las que su "Defensa de John Brown" es citada tan poco en su bibliografía es que el autor no se muestra allí como un observador de pájaros (John Brown había intentado poner fin a la esclavitud iniciando una rebelión armada en Virginia Occidental, pero fue capturado por las autoridades y ahorcado, y Thoreau estaba furioso) sino como un radical cuyo punto de vista es que "un gobierno que presta su fuerza a la injusticia" no debe ser obedecido. Al intentar responder a la pregunta de cómo se debe vivir (es decir, a la pregunta de qué es una vida justa y buena), Thoreau había trazado un recorrido que va desde la vida contemplativa a la resistencia pasiva al mal gobierno y de allí a la convicción de que ninguna ley que niegue la vida debe ser obedecida: sin ese recorrido no habrían tenido lugar la Marcha sobre Washington de Martin Luther King, el Black Mountain College, el land art, la emergencia del rock and roll como forma de disidencia, la literatura de escritores como Henry Miller (quien lo llamó "el tipo de persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la desaparición de los gobiernos por innecesarios"), los beat, Richard Brautigan y Robert M. Pirsig, el ecologismo político, las trayectorias singulares de Lenny Bruce, Nina Simone, Bob Dylan, Miles Davis y Grandmaster Flash o el movimiento #BlackLivesMatter. Su certeza de una correspondencia inevitable entre la vida exterior y la vida interior de una persona y de que "lo que puede expresarse con palabras puede expresarse con nuestra vida" son soslayadas a menudo a favor de una visión despolitizada del autor de Walden (también en las celebraciones recientes del bicentenario de su nacimiento por parte de la prensa); pero éste dijo de John Brown que "habría colocado al revés un acento griego, pero habría ayudado a levantarse a un hombre caído", y no parece haber definición mejor de lo que una vida justa podría ser en unos tiempos de "tranquila desesperación" que, como los nuestros, necesitan como nunca antes a Thoreau en su totalidad, también (o particularmente) en todo su irreductible radicalismo político.


Más sobre el autor, Thoreau, la vida sublime de Maximilien Le Roy y A. Dan (Trad. Olalla García. Madrid: Impedimenta, 2013), El triunfo de los principios: cómo vivir con Thoreau de Toni Montesinos (Barcelona: Ariel, 2017) y Thoreau. Biografía de un pensador salvaje de Robert Richardson (Trad. Esther Cruz Santaella. Madrid: Errata Naturae, 2017); del autor, Un yanqui en Canadá (Trad. Paloma Rodríguez Esteban. Tenerife: Baile del Sol, 2012), Cartas de un buscador de sí mismo (Trad. Antonio García Maldonado. Madrid: Errata Naturae, 2012), Musketaquid (Trad. Miguel Ros González. Madrid: Errata Naturae, 2014), Un paseo invernal (Trad. Marcos Nava. Madrid: Errata Naturae, 2014), Desobediencia. Antología de ensayos políticos (Trad. Laura Naranjo, Carmen Torres y Marcos Nava. Madrid: Errata Naturae, 2015), Walden (Trad. Marcos Nava García. Pról. Michel Onfray. Madrid: Errata Naturae, 2017), El Diario (1837-1861) 1 y 2 (Trad. Ernesto Estrella. Madrid: Capitán Swing, 2013 y 2017), Qué aprovechará el hombre. La vida sin principios (Trad. Macarena Solís. Pról. Diego Mellado Gómez. Santiago de Chile: Alquimia, 2015), El paraíso -que merecer ser- recobrado (Trad. Javier Rodríguez Hidalgo. Sin referencia: El Salmón, 2016), Volar (Ed. Antonio Casado da Rocha y José Ignacio Foronda. Trad. Eduardo Jordá. Logroño: Pepitas de Calabaza, 2016), Cape Cod (Trad. Héctor Silva. Tenerife: Baile del Sol, 2015), Los bosques de Maine (Trad. Héctor Silva. Tenerife: Baile del Sol, 2014), Todo lo bueno es libre y salvaje (Trad. VVAA. Madrid: Errata Naturae, 2017). (Por razones de espacio, en esta bibliografía sólo se mencionan títulos publicados en los últimos cinco años y únicamente en español.)


Publicado originalmente en Babelia/El País, mayo de 2017.

[Publicado el 08/6/2017 a las 13:00]

[Etiquetas: Henry David Thoreau, Disidencias]

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"Literatura migrante", proximidades argentinas, la prensa, la Muerte del Autor / Una entrevista *

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Jordi Alcaraz, "Llibre dels Pous" (2000) / Crédito de la imagen, de su autor

Te considerás un escritor migrante, si estás de acuerdo con la posibilidad de existencia de una categoría como la de "Literatura migrante".

No realmente. A pesar de lo cual, es evidente que no vivo en mi país de origen desde hace muchos años y que mis libros son leídos tanto en el sitio del que provengo como en otros lugares, también en el que vivo actualmente. A la espera de que la crítica articule el concepto de "literatura migrante" y surja un consenso en relación a su uso, pienso en mí, sí, como el tipo de escritor (cada vez más habitual en nuestros tiempos) cuya obra invita a una revisión al concepto de "literatura nacional", cuyas implicaciones políticas siempre me han producido rechazo.

Haciendo un rastreo en tu obra veo que abunda el pronombre "nosotros". Mi pregunta es, si bien es una categoría flexible... nosotros es ¿los de mi generación? ¿Existe una generación literaria en que te incluyas?
 
No suelo prestar mucha atención a las etiquetas generacionales y, en general, no me siento cómodo con la que se me impone. (Aunque admito la prerrogativa de otros para atribuir a mi trabajo ésa y otras etiquetas similares.) Por otra parte, el "nosotros" al que te refieres no se refiere a mi "generación" literaria, sino a mis padres y a mis hermanos, ambos términos empleados en un sentido amplio que trasciende el vínculo familiar.
 
Teniendo en cuenta esta última pregunta... ¿quiénes serían tus escritores más próximos?

¿En Argentina? Muchos, realmente: Pablo Katchadjian, Juan Terranova, Mariana Enríquez, Félix Bruzzone, Raquel Robles, Mariana Eva Perez, Mauro Libertella y muchos otros que no suelen ser considerados parte de la generación a la que supuestamente pertenezco: Daniel Guebel, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Marcelo Cohen, Elvio E. Gandolfo, Graciela Speranza, Alicia Kozameh, Juan José Becerra, Sergio Bizzio, Reinaldo Laddaga, Sergio Chejfec, Gustavo Nielsen...

Si es verdad que el Autor está desapareciendo o por lo menos en tanto categoría segura, suprema, como lo planteás en El libro tachado y lo mostrás desde la ficción, ¿dónde es posible encontrarlo? ¿Dónde y cómo se nos presenta Patricio Pron en sus textos y fuera de ellos?

Una vez más, es algo sobre lo que prefiero no expresarme, de manera que sea el o la lector/a el/la que lo determine. Aquí y ahora propongo una solución, sin embargo: que se busque al autor en el espacio que éste ha dejado tras de sí, en los textos, las imágenes y los objetos de los que se ha rodeado y que, ante su ausencia, dibujan su contorno.

Creo que no hay oposición entre realidad y ficción sino más bien un avance de ésta última sobre la primera. Es decir, todo aquello que pueda parecer extra literario como la vida de los escritores es absorbido por lo ficcional como la vida de los escritores, en lo íntimo y en lo público, ¿compartís esta idea?

Me parece posible verlo así, claro. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en los condicionantes socioculturales (y económicos) que determinan la preferencia por una literatura cada vez más alejada de la ficción, que el proverbial "lector común" cree algo poco relevante o fácil. ("Se lo inventa todo, son mentiras suyas" son las formas más habituales de rechazar la literatura de ficción en una época como la nuestra en la que las personas parecen desear que sólo haya realidad, o que las cosas sean, y permanezcan, como son.)

¿Cómo se juega la relación literatura/política tanto en la ficción como en la no ficción?

Me excuso de responder la pregunta, cuya respuesta nos tomaría páginas (y horas) de las que ninguno de nosotros dispone. Al mismo tiempo, sin embargo, no puedo dejar de apuntar que a explorar esa relación, y a contribuir a ella, va destinado todo lo que escribo, desde las novelas hasta las intervenciones públicas y las respuestas a diálogos como éste.

¿Qué rasgos te definen en la escritura de columnas?

Diría (de forma apresurada y simplificando mucho) que lo que caracteriza mi trabajo en la prensa es el esfuerzo por (dicho algo pomposamente) vehiculizar contenidos contrahegemónicos en ámbitos hegemónicos por excelencia; es decir, producir un discurso que anude las puntas diversas de un lazo hipotético en el que están la literatura, la política, los hábitos de consumo, las tecnologías, la conformación de comunidades, el recurso al pasado para la comprensión del presente, etcétera, y vaya en contra de la lógica dominante en la prensa, que consiste en la aceptación más o menos tácita del supuesto vínculo entre prensa y "realidad", del carácter subordinado del lector en relación al productor del periódico y/o la omisión de los vínculos económicos y políticos de la prensa con aquello de lo que supuestamente "sólo" informa.

¿Qué Argentina aparece en tus relatos?
 
La literatura constituye un reservorio de posibilidades, que se expresan en las formas en que sus personajes viven y lo que sus prácticas tienen para enseñarnos no sólo acerca de lo que somos, sino también de lo que podríamos ser si lo deseamos. Y en ese sentido, quizás la Argentina que aparece en mis relatos sea una posibilidad, sujeta, como todas ellas, a la pregunta de si consideramos que nuestras prácticas son "naturales" o si pensamos en el presente como algo más que el sitio donde enterramos nuestros proyectos de futuro.

 
* Preguntas de Lorena Pacheco, Universidad Nacional del Comahue (Argentina)

[Publicado el 06/6/2017 a las 12:45]

[Etiquetas: Entrevista, Disidencias]

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Oh, el proverbial "lector común"... / "El meteorólogo" de Olivier Rolin

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Vivimos en la mejor de las épocas, sostienen algunos; pero son las peores las que producen buenos libros. Una de las más terribles de la historia tuvo lugar (es sabido) bajo el régimen de terror que Iosif Stalin impuso en la Unión Soviética entre 1922 y 1953: veinte millones de personas murieron de hambre, fueron deportadas, fusiladas o condenadas a trabajos forzados durante ese período. Nada devuelve la vida a las víctimas, por supuesto; pero algo del dolor de la Historia se ve (al menos parcialmente) morigerado cuando se considera la extraordinaria literatura que esa época produjo, como El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov, la poesía de Anna Ajmátova y Ósip Mandelshtam, Vida y destino de Vasili Grossman, o los libros de Aleksandr Solzhenitsyn Archipiélago Gulag, Un día en la vida de Iván Denísovich y Pabellón del cáncer, escritos algo después pero producto del internamiento de su autor en un campo entre 1945 y 1953.

El meteorólogo de Olivier Rolin vuelve los ojos sobre ese período trágico de la historia europea, pero lo hace en una época distinta a la que alumbró las obras de Solzhenitsyn y los otros autores mencionados. Protagonista del libro es Alekséi Feodósievich Vangengheim, jefe del Servicio Meteorológico de la Unión Soviética y víctima de la represión posiblemente a raíz de envidias de sus colaboradores: en 1934 Vangengheim fue enviado a un campo de trabajo en el Mar Blanco, fusilado tres años después y (como muchos otros) rehabilitado tras la muerte de Stalin.

Olivier Rolin nació en Boulogne-Billancourt (Altos del Sena) en 1947. Publicó nueve libros de viajes, dos ensayos y catorce novelas, entre ellas Tigre de papel (2001), Meroé (2001) y La invención del mundo (2005), las tres traducidas al español. Rolin comparte con Patrick Deville, Emmanuel Carrère y otros escritores franceses contemporáneos un interés por la "no ficción" que, revestido a menudo de un compromiso moral con las víctimas de la Historia, responde en realidad a los condicionantes socioculturales (y económicos) que determinan en nuestros tiempos la preferencia por una literatura cada vez más alejada de la ficción, que el proverbial "lector común" ya no cree relevante. Al igual que Carrère y como Deville (y sus decenas de imitadores hispanohablantes) Rolin escribe para ese "lector común": se esfuerza en lograr cierta plasticidad en sus descripciones, escenifica la situación de enunciación ("Yo estoy escribiendo aquí [...]" etcétera), tiende a la generalización, no escatima juicios morales que lo presentan en el lado "correcto" de la Historia, es pedagógico (el lector no necesita tener ningún conocimiento previo acerca del gulag soviético para leer su último libro y es posible que después de hacerlo crea que ya sabe sobre el tema), su prosa es "clásica" en el sentido francés; el ritmo, adecuado.

Algo más de veinte años atrás, Rolin hacía suya una frase de Italo Calvino para acotar el terreno de lo que pretendía como escritor con La invención del mundo, cuya edición francesa es de 1993: "La literatura no puede vivir salvo si se le asignan objetivos desmesurados o incluso imposibles de alcanzar. Si queremos que [...] siga desempeñando su función, es necesario que los poetas y escritores se lancen a empresas que nadie podía imaginar". Dos décadas después, la promesa de una literatura arriesgada y de imaginación ha sido reemplazada por algo más acorde con las demandas de nuestra época, un tipo de reportaje de revista dominical de periódico que algunos puedan confundir con la literatura. El meteorólogo no carece de interés, por supuesto: la convivencia de personajes algo estrafalarios en el gulag está bien presentada, la conciencia del personaje (que nunca dejó de creer en el sistema soviético y en la posibilidad de que éste se diese cuenta del error que había cometido en su persona) es descrita correctamente y las ilustraciones que acompañan el volumen (extraídas de las cartas del protagonista a su hija) son conmovedoras; pero, de manera más general, el único mérito que posee este libro es el mismo que corresponde atribuirles a Carrère y a los otros escritores de "no ficción" en su línea: narran una historia, de principio a final, una cosa después de la otra, de tal forma que se entienda todo. No es mucho, si se lo piensa bien.


Olivier Rolin
El meteorólogo
Trad. Miguel Aguayo
Barcelona: Libros del Asteroide, 2017

[Publicado el 02/6/2017 a las 12:37]

[Etiquetas: Olivier Rolin, Novela, Libros del Asteroide]

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El estilo, arrastrando los pies / "Las bolas de Cavendish" de Fernando Vallejo

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A pesar de su muy ambiguo título, en contraposición a lo que podrían sugerir su portada y su contracubierta, Las bolas de Cavendish no es una novela, sino un ensayo sobre física. Fernando Vallejo (Medellín, 1942) nunca ha vacilado en repetirse, y al tema ya le había dedicado un libro anterior, su Manualito de imposturología física (2005). En Las bolas de Cavendish hay alumnos de la Universidad de Antioquía y un cierto profesor Vélez que reúne firmas para echar al personaje narrador, "don Efe Ve Ere, orgullo de su país y el universo mundo" (13). Pero Vallejo no se detiene en su caracterización: su finalidad (el objetivo de este libro, podría decirse) es la refutación de Isaac Newton, Henry Cavendish y otros científicos (incluyendo al "marihuano Einstein", sic), aunque, de manera más general, los enemigos del narrador aquí son los mismos de siempre: la "estafa milenaria del judeo-cristianismo-islámico" (167), la democracia parlamentaria, la Carta de los Derechos del Hombre, el Papa, Teresa de Calcuta, la reproducción, Fernando Botero, Dios, la fealdad del mundo ("La vida es dolorosa, dura. [...] Lo más feo que ha producido la evolución [...] es el pie humano", 76), los integrantes de la Real Academia Sueca, el país de origen de su autor ("nada avanza para atrás, salvo Colombia y el cangrejo", 137).

Aunque John Banville no parecía tener en mente a Vallejo cuando caracterizó cierta obra como una aventura del lenguaje "donde el estilo avanza dando zancadas triunfales y la trama lo sigue despacio y arrastrando los pies", su definición parece especialmente adecuada para los últimos libros de Vallejo, en los que la inflación del "estilo" (esa voz narrativa que avanza y retrocede en el orden temporal de lo que narra al hilo de una sentimentalidad exacerbada y beligerante y que resulta reconocible de inmediato para el lector) supone un adelgazamiento de la "trama". La novedad que Las bolas de Cavendish introduce en la obra del autor colombiano es que esta vez el estilo tampoco da "zancadas triunfales": se arrastra o gira en un remolino solipsista, de tal manera que ni el nihilismo sin proyecto de la obra ni la contundencia de las opiniones vertidas (muchas de ellas perfectamente razonables, por cierto) le resultan al lector más irritantes que la sensación, que lo embarga casi al momento de comenzar la lectura, de que el autor no requiere de su concurso y que ha sido arrastrado a un viaje que carece de sentido, un viaje en el que, como en esas fantasías de colonización de otros planetas que ya sólo interesan a las revistas de divulgación y a los adolescentes, ni siquiera importa mucho que alguien llegue vivo al final porque tampoco tendrá nadie a quién contárselo.
 
 
Fernando Vallejo
Las bolas de Cavendish
Madrid: Alfaguara, 2017 

[Publicado el 30/5/2017 a las 19:09]

[Etiquetas: Fernando Vallejo, Ensayo, Alfaguara]

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Trayéndolo todo de regreso a casa: Juan José Saer, Copi, Roberto Bolaño y la literatura nacional sin nación (3/3)

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Pieza, Nanne Meyer (y 3)

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Una concepción similar parece haber presidido la literatura de Roberto Bolaño, cuyos temas son, en ocasiones, chilenos; en otros, mexicanos y a menudo españoles o argentinos. Una afirmación frecuente entre los músicos es que los mejores comparten inicial: Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven, los Beatles; tal vez pudiese decirse lo mismo en relación a la literatura en español, en especial considerando que dos de sus mejores escritores no compartieron una sino dos letras iniciales: Borges y Bolaño, cuyas similitudes no terminan allí. Bolaño se otorgó las libertades que Borges concedió a los escritores argentinos bajo el argumento de que su argentinidad literaria era fatal y permearía cualquier cosa que estos produjeran si no constituía una impostación y si merecía sobrevivir a los ejercicios imaginativos que son consustanciales a la producción literaria. Alguna vez consultado sobre el tema, Bolaño afirmó ser considerado mexicano por los chilenos, chileno por los mexicanos y latinoamericano por los españoles, todo lo cual parecía divertirlo más que irritarlo: lejos de pensar en la identidad como la fijación en un lugar de origen (Saer) o como un sitio al que llegar (Copi), Bolaño parece haber pensado en su literatura como una instancia en la que las identidades nacionales eran deliberada y sistemáticamente desdibujadas. Al hacerlo no sólo daba cuenta de un itinerario personal que había contribuido decisivamente a ese desdibujamiento (al fin y al cabo, y este es un reproche común entre algunos lectores, sus chilenos no hablan «en chileno», sus mexicanos no hablan «en mexicano», etcétera, como resultado de su trayectoria vital), sino también a unas condiciones materiales de producción y circulación de la literatura en español que se habían modificado en torno a 1997, cuando Bolaño obtuvo el Premio Herralde de Novela (pronto replicado con la segunda etapa del Premio Biblioteca Breve y su concesión en su primera entrega al escritor mexicano Jorge Volpi); con ellos, el negocio editorial español señalizaba su propósito de acelerar y facilitar la circulación de bienes no sólo simbólicos entre América Latina y España (ya suficientemente acelerada mediante la adquisición en años anteriores de editoriales locales y la instalación de filiales en las capitales latinoamericanas) a través de la creación de la figura de un escritor «hispanoamericano» consensual. La estrategia no era diferente a la ya señalada en las declaraciones del agente literario: comercializar unas literaturas nacionales cuyas dificultades hubiesen sido allanadas previamente por la adopción de las formas propias de lo nacional en un contexto internacional, a la manera de una irradiación de temas, tendencias literarias y autores desde Barcelona y en dirección a América Latina: esa irradiación, por supuesto, era una calle de un solo sentido, y funcionó aproximadamente desde la fecha antes mencionada hasta 2003 o 2004, cuando resultó evidente que la inestabilidad política y económica de los países latinoamericanos y sus especificidades nacionales requerían de otros mecanismos de penetración y circulación.
 
 
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Diez años después de todo ello, es evidente que la libre circulación de esos bienes ha llevado, paradójicamente, a un aumento de la especificidad propia de las agendas nacionales de los países latinoamericanos, de tal manera que estos poseen en la actualidad preferencias y prioridades por completo distintas unas de otras, como se pone de manifiesto en el desinterés que, por lo general, genera en, por ejemplo, Madrid o Barcelona, la publicación del último «succès d'estime» de Buenos Aires o Lima. (Lo mismo puede decirse en la dirección contraria, por supuesto.) De resultas de ello, es posible que el término «hispanoamericano» ya no sea operativo, pero lo que importa aquí es que el período en que sí lo fue coincide con los años de mayor y más exitosa actividad de Roberto Bolaño.
 
 
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(El eje parece haberse desplazado, de tal forma que ya no es horizontal sino vertical; es decir, ya no concierne a las relaciones Barcelona-América Latina, sino a las que se producen entre Santiago de Chile-Buenos Aires-Lima-Ciudad de México: cada vez son más los libros de mayor o menor calidad que recorren ese eje y no otro.)
 
 
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Lo dicho anteriormente no significa, por supuesto, que la obra de Bolaño no mereciese ocupar el sitio que se le otorgó; por el contrario, la forma en que (en una interacción compleja en la que la relación de causa y efecto no es fácilmente discernible) la obra de Bolaño ocupó el lugar hipotético de una literatura postnacional en español durante el período en que esta literatura se creyó posible es una manifestación más de su calidad y relevancia.
 
La imposibilidad de adscribir su literatura a una identidad nacional, cualquiera de las que fueron reivindicadas para el autor, da cuenta, por lo demás, de las dificultades a las que debemos enfrentarnos cuando pretendemos leer la literatura contemporánea sin las imposiciones del mercado, al margen de las pretensiones nacionalistas de los funcionarios culturales y en oposición a la idea romántica de nación que sigue permeando la currícula de las filologías. Más que con Copi, con Bolaño ingresa en la literatura en español la figura del escritor extraterritorial; los desplazamientos no sólo físicos de los escritores hispanohablantes contemporáneos y la complejidad de unas influencias que ya no pueden reducirse a los territorios que habitan (si es que alguna vez esto fue posible, lo que merece ser, por fin, materia de discusión), hacen pensar que esa figura se repetirá en los próximos años hasta el punto de reducir a quienes nos interesamos en la literatura contemporánea a un dilema: o bien adoptamos para el análisis y la historización literaria criterios distintos a la procedencia y la adscripción nacional de los escritores o bien nos vemos limitados a una visión parcial e inevitablemente incompleta de la literatura.
 
 
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¿Qué criterio podría adoptar el lugar de la nación y la lengua como eje vertebrador de la historia literaria? Mi impresión es que ese criterio podría ser el de productividad. Bajo productividad, el ensayista argentino Martín Prieto comprende «un cambio en la escritura y en la lectura de una época» que «no sólo condiciona la literatura que se escribe y se lee después de su publicación, sino que obliga a reconsiderar la tradición y a reordenar el pasado»: es el criterio que le permite incluir en su Breve historia de la literatura argentina (2006) a Juan Rodolfo Wilcock, quien escribió gran parte de su obra en italiano, y a Copi, así como a William Henry Hudson, el autor inglés de The purple land (1885), y Far away and long ago (1931); su argumentación en este último caso (extrapolable, por cierto, a todos los otros) es que la obra de Hudson tuvo una gran «productividad [...] en la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX», criterio que, de igual forma, permite la inclusión de «las notas de viaje del norteamericano Waldo Frank, del español José Ortega y Gasset y del conde de Keyserling»; por el contrario, afirma Prieto, y en nombre de la productividad, debe excluirse de la literatura argentina al argentino Héctor Bianciotti, cuya obra está escrita en francés; el criterio determinante en este último caso no es su elección lingüística, sino el hecho de que, como sostiene, «Bianciotti [...] se construye "como un escritor francés exótico", más que como uno argentino».
 
Naturalmente, la frase es desafortunada. ¿Cómo se construiría la figura del escritor «argentino» y en qué se diferenciaría de la del «escritor francés exótico»? ¿Qué exotismos no toleraría la literatura argentina, posiblemente la más exótica del subcontinente sudamericano? ¿Qué es, en todo caso, el exotismo cuando la norma de la que se aparta es pueril o está fundada en el prejuicio? Son preguntas que debemos hacernos a consecuencia de su incomodidad (que debería ser todo menos disuasoria), pero también a raíz del hecho de que la reducción de la literatura a la producción nacional ya no es operativa, ya no significa nada ni produce sentido, si es que alguna vez lo produjo. Traer la literatura de regreso a casa es un sinsentido, ya que en realidad esa casa no ha existido nunca excepto como justificación de un dolor insoportable y un puñado de chistes no muy graciosos. «No existe una "ciencia nacional", del mismo modo que no existe la tabla de multiplicar nacional: lo nacional no tiene nada que ver con lo científico», afirmó Antón Chéjov. «Necesitas aquello que no sabes. Lo que sabes no te sirve de nada», dijo también: la suerte de unas filologías que corren el riesgo de perder de vista su objeto de estudio se dirime toda en la distancia entre ambas frases.
 
 
(Publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, marzo de 2017.)

[Publicado el 26/5/2017 a las 17:45]

[Etiquetas: Disidencias, Juan José Saer, Roberto Bolaño, Copi]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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