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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 2 de septiembre de 2014

 Blog de Patricio Pron

Los que hablan con los muertos / Una cita de John Gray

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El objetivo de la SPR era examinar los fenómenos paranormales de "un modo imparcial y científico". Estos sabios victorianos creían que debía investigarse lo paranormal utilizando métodos científicos, y demostraron su seriedad poniendo al descubierto el carácter fraudulento de los golpes en las mesas, el ectoplasma, la fotografía de espíritus y cosas similares. Pero nunca se dedicaron al conocimiento científico en toda su amplitud. Se centraron principalmente en la cuestión que preocupaba a casi todos ellos: si la muerte es el final del individuo humano consciente. Prosiguieron sus investigaciones infatigablemente, comunicando sus descubrimientos a otros investigadores -si hay que dar crédito a la escritura automática, textos producidos sin conciencia consciente en los que otra personalidad parece estar guiando la pluma-, incluso después de muertos.
 
Myers murió en enero de 1901 en una clínica de Roma, donde había ingresado a sugerencia de William James con el fin de recibir un tratamiento experimental para la enfermedad de Bright. Según el médico que trato a Myers, este y James habían hecho "el pacto solemne" de que "el que muriera primero debía enviar un mensaje al otro cuando pasara a lo desconocido"; ellos creían en la posibilidad de semejante comunicación. James, que ya se encontraba también en la clínica recibiendo tratamiento, se sentía tan afligido que no era capaz de permanecer en la habitación donde Myers se estaba muriendo. Aun así, intentó recibir el mensaje que su amigo había prometido enviar:
 
se sentó pesadamente en una silla junto a la puerta abierta, con su cuaderno sobre las rodillas, la pluma en la mano, para tomar nota del mensaje con su habitual exactitud metódica... Cuando salí, William James seguía sentado con la espalda apoyada en el respaldo, cubriéndose la cara con las manos, el cuaderno abierto sobre las rodillas. La página estaba en blanco.
 
Otra tentativa también acabó en desengaño, cuando en diciembre de 1904 se abrió un sobre cerrado que Myers había dejado al investigador psíquico sir Oliver Lodge. La carta no correspondía a los mensajes automáticos que, según se afirmaba, se habían estado recibiendo de Myers, aunque contenía una referencia a un episodio de los años de formación de Myers, mantenido en secreto mucho tiempo, que ocuparía un lugar destacado en posteriores textos.
 
Los esfuerzos de Sidgwick y Myers para comunicarse desde la tumba habían quedado en nada. Eso no le hizo perder las esperanzas y lo siguió intentando.
 
Myers se encontraba entre varios ostensibles autores de una serie de escritos automáticos interconectados producidos a lo largo de varias décadas por médiums de diferentes partes del mundo, al parecer con el fin de demostrar el hecho de que la personalidad humana sobrevivía a la muerte del cuerpo. Otro presunto autor de los textos fue Edmund Gurney, músico de talento, estudioso de los clásicos y miembro fundador de la SPR. Gurney se sumió en la desolación cuando perdió a tres de sus hermanas ahogadas en un accidente en el Nilo, y murió en 1888 a la edad de cuarenta y un años mientras utilizaba cloroformo, probablemente por accidente. Un tercer hombre fue el propio Sidgwick, uno de los más eminentes sabios de la época victoriana. Entre otros supuestos comunicadores se encuentran Francis Maitland Balfour, biólogo de Cambridge y hermano de Arthur Balfour, que murió en un accidente de escalada en 1882; Annie Marshall, esposa de un primo de Myers de la que Myers se había enamorado, que se suicidó en 1876; Mary Lyttelton, de la que Arthur Balfour había estado enamorado, que murió de tifus en 1875; y Laura Lyttelton, cuñada de Mary, que murió de parto en 1886.
 
Al parecer la correspondencia interconectada con escritura automática empezó en 1901, cuando el primero de varios practicantes de escritura automática, todos mujeres salvo un médium profesional, empezó a recibir textos que afirmaban proceder de Myers. Entre las escritoras automáticas se encontraban la señora Verral, esposa de un estudioso de los clásicos de Cambridge; la hija de aquella, Helen, esposa de W. H. Salter, abogado que llego a presidente de la SPR; "La señora Holland", seudónimo utilizado por los investigadores psíquicos para ocultar la identidad de Alice Fleming, esposa del oficial del Ejercito británico John Fleming, destinado en India, y hermana de Rudyard Kipling, de quien se creía que había escrito sola o con Kipling algunos de los primeros relatos indios de este; "la señora Willett", seudónimo de Winifred Coombe-Tennant, sufragista y representante británica en la Liga de Naciones, que se introdujo en la escritura automática mientras intentaba comunicarse con una hermana muy querida que había muerto; y la única médium profesional, la señora Piper.
 
Fue la señora Verrall quien, el 5 de marzo de 1901, recibió el primer texto descifrable. Aunque en aquella época dudaba de la realidad de la supervivencia, había empezado a practicar la escritura automática aquel año, pues creía que si Myers había sobrevivido ella podía ser un canal para sus comunicaciones post mortem. En el transcurso de los años siguientes, otros practicantes de la escritura automática también recibieron textos que afirmaban que su autor era Myers. En 1902, la señora Verrall recibió mensajes que parecían estar vinculados con los recibidos por la señora Piper, a la sazón en América, y en 1903 "la señora Holland", a la sazón en India, envió un texto dirigido a la señora Verrall, que se hallaba en Cambridge. "La señora Holland", que en 1898 sufrió una crisis nerviosa que la familia Kipling atribuyó a sus experimentos con la escritura automática, había abandonado la practica durante varios años. La reanudó después de leer el libro de Myers Human Personality and Its Survival of Bodily Death [Personalidad humana y su supervivencia a la muerte del cuerpo], en el que Myers había sugerido que lo único que algún día podría demostrar la supervivencia mas allá de toda duda razonable era recibir alguna prueba evidente de la intención de un grupo de gente que actuara desde más allá de la tumba.
 
Poco después, "la señora Holland" empezó a recibir textos firmados "FWHM". Pronto destacados investigadores psíquicos empezaron a creer que Myers estaba implicado en el experimento que había propuesto en su libro. En 1908, Eleanor Sidgwick, esposa de Henry Sidgwick y también una destacada investigadora psíquica, preguntó:
 
¿Nos hemos puesto en contacto con mentes que han sobrevivido a la muerte corporal, y nos empeñamos en proporcionar pruebas de su funcionamiento mediante la escritura automática? Si esta [...] hipótesis fuera verdadera, significaría que la cooperación inteligente entre otros que encarnaron mentes humanas y las nuestras, en experimentos de un nuevo tipo que pretendían demostrar que la existencia continuaba, es posible.
 
Los investigadores psíquicos, aun cuando estaban firmemente convencidos, sabían que ninguno de los fenómenos que estudiaban demostraba que la supervivencia fuera una realidad. Sólo las comunicaciones claramente interconectadas recibidas a través de varios canales durante un periodo de tiempo podían demostrar que las mentes post mortem funcionaban. El resultado fue un conjunto de textos profundamente desconcertantes, en los que -como escribió un investigador psíquico que lo estudió con atención- "el material que iba a ser investigado experimentaba consigo mismo".
 
La teoría de que los textos contenían correspondencia automática interconectada con el fin de demostrar que hay vida después de la muerte fue presentada por vez primera en junio de 1908 por Alice Johnson, miembro de la SPR y conocida por su actitud crítica:
 
La característica de estos casos -o al menos de algunos- es que el texto de un automatista no es nada parecido a una reproducción literal mecánica de frases del otro; ni siquiera recibimos la misma idea expresada de maneras diferentes, como podría ser si se tratara de telepatía directa entre ellos. Lo que recibimos es un producto fragmentado en un texto, que parece no tener ningún punto o significado en particular, y otro texto fragmentado en el otro igualmente sin sentido aparente; pero cuando los juntamos, vemos que se complementan, y que aparentemente hay una idea que subyace en ambos, pero que esta expresada sólo en parte en cada uno. [...] Ahora bien, aceptando la posibilidad de la comunicación, se puede suponer que durante los últimos años cierto grupo de personas ha estado intentando comunicarse con nosotros, que estamos lo bastante instruidos para conocer todas las objeciones que escépticos razonables han planteado contra todas las pruebas previas y somos lo bastante inteligentes para comprender completamente toda la fuerza de estas objeciones. Puede suponerse que estas personas han inventado un nuevo plan -el plan de los escritos automáticos interconectados- para refutar las objeciones de los escépticos.
 
Los automatistas, investigadores y autores ostensibles de los textos, aunque a veces se hallaban separados por miles de kilómetros, estaban vinculados en muchos aspectos. La señora Verral conocía a Sidgwick, Myers y Gurney, mientras que las señoras Salter y Piper conocían a Myers, que se casó con una hermana de la esposa de Winifred Coombe-Tennant. Todos los automatistas eran conocidos de los principales comunicadores, en grados diversos. La esposa de Sidgwick, Eleanor, que llegó a ser presidenta de la SPR y estudio extensamente la correspondencia automática interconectada, era la hermana mayor de Arthur Balfour, mientras que Gerald Balfour, asimismo presidente de la SPR, que analizó a fondo la correspondencia automática interconectada mientras desempeñaba un papel oculto en ella, era el hermano menor de Arthur Balfour. Jean Balfour, nuera de Gerald Balfour, se convirtió en la archivista principal de los textos.
 
Las personas que participaban en la correspondencia automática interconectada pertenecían al estrato más alto de la sociedad eduardiana. Muchos de ellos habían sufrido pérdidas terribles; algunos habían tenido relaciones personales ocultas durante mucho tiempo. Los textos se convirtieron en un vehículo para las pérdidas personales no resueltas, y para el amor secreto.
 
Algunas de estas miles de páginas que manaban de los automatistas se referían a la supervivencia, como por ejemplo las relaciones de la mente con el cerebro. Sin embargo, el proyecto que fue revelado en los escritos automáticos iba más allá de la demostración de que la mente humana sobrevivía a la muerte. Los textos también eran el vehículo para dar a conocer un programa de salvación del mundo, que suponía un vinculo entre dos de las personas mas íntimamente involucradas en su producción: un Relato y un Plan, como decían los textos, para influir en la historia y salvar a la humanidad del caos.
 
El hecho de que en la investigación psíquica estuvieran involucradas figuras destacadas planteaba un gran reto al materialismo científico. Darwin no dudaba en absoluto de la amenaza que representaba. El hombre que él reconocía como codescubridor de la selección natural, Alfred Russel Wallace, había llegado a la conclusión de que la mente humana no podía haberse desarrollado simplemente como consecuencia de la evolución. La reacción de Wallace al espiritismo fue de mucha credulidad en algunos aspectos; por ejemplo, era un ardiente defensor de la "fotografía del espíritu". Peor aún, desde el punto de vista de Darwin, describía el espiritismo como "una ciencia basada únicamente en hechos", declarando que el sabía que "las inteligencias no humanas existen, que hay mentes desconectadas de un cerebro físico, que hay, por lo tanto, un mundo espiritual... y que este conocimiento no puede sino modificar mis opiniones en cuanto al origen y la naturaleza de las facultades humanas".
 
Darwin fue presa del desaliento cuando, en abril de 1869, en un artículo aparecido en el Quarterly Review, Wallace sugirió que la mente humana solo podía ser obra de una "Inteligencia Anuladora". Antes de que se publicara el artículo, Darwin había escrito a Wallace: "Siento una inmensa curiosidad por leer el Quarterly: espero que no haya masacrado usted demasiado a su propio hijo, que es también mío". Esto era precisamente lo que Wallace había hecho.
 
[...]
 
Todo sugiere que Balfour era capaz de mostrar diferentes caras de su personalidad a diferentes personas, mientras mantenía algo oculto. En ese caso la historia de que se le había partido el corazón con la muerte de Mary Lyttelton podría ser un engaño cuidadosamente ideado, otro ejemplo de la hipocresía esotérica que su contemporáneo de Cambridge y cuñado Sidgwick se había esforzado tanto por justificar.
 
Aun así, Balfour consideraba que valía la pena explorar la posibilidad de que la fallecida Mary Lyttelton pudiera estar intentando ponerse en contacto con él a través de médiums. No llegó a esta opinión enseguida. En 1912, los textos habían pedido que el hermano de Arthur, Gerald, se sentara con la médium "señora Willett" mientras escribía sus textos automáticos.
 
Al parecer, fue entonces cuando la médium y Gerald Balfour llegaron a la conclusión de que los textos producidos por tres médiums, dos en Gran Bretaña y uno en India, durante un periodo de más de diez años, contenían indicios de la personalidad de Mary Lyttelton y de su amor por Balfour.
 
Sin embargo, hasta 1916 Arthur Balfour no accedió (a petición, segun se informó, de los textos) a participar en las sesiones. Los textos empezaron entonces a mencionar a Mary Lyttelton por el nombre. Según Jean Balfour, sólo después de una sesión en casa de Balfour en Londres le habló a su hermano, que no conocía el episodio, de la caja en la que había depositado un mechón de pelo de Mary Lyttelton en 1875.
 
Jean Balfour interpretó el largo periodo durante el cual los textos habían omitido mencionar a Mary o a Arthur Balfour de cualquier modo explícito como prueba de un plan por parte de los autores de los textos:
 
Los investigadores afirmaron que para ellos estaba claro, según el estudio de los textos, que los "comunicadores" preferían que los automatistas no supieran ni la historia a la que se estaban refiriendo ni quiénes eran los personajes que intervenían en ella, y en especial no debían percibir quién era el receptor del mensaje; en realidad, los comunicadores con frecuencia manifestaban que éste era su deseo, y utilizar símbolos era la única manera de estar seguros de ello.
 
Repasando los textos durante un periodo de una década, los intérpretes llegaron a la conclusión de que contenían textos automáticos interconectados en los que no habían reparado que se referían a la relación entre Mary Lyttelton y Arthur Balfour. Esta fue la prueba de la intención desde el más allá que Sidgwick y Myers habían reconocido que necesitaban para demostrar la supervivencia. Balfour llegó a esta conclusión:
 
Los textos realmente parecen sostener la afirmación hecha por los comunicadores ostensibles de que eran obra de un grupo en el otro mundo que operaba a través de un grupo de médiums con la intención de obtener el escrutinio y la comprensión de otro grupo vivo. Nada similar ha aparecido jamás en la historia de los sucesos psíquicos.
 
Algunos investigadores psíquicos han aceptado esta afirmación y sostienen que los textos automáticos interconectados constituyen la prueba mas firme de supervivencia que probablemente jamás se encuentre. Sin embargo, en este caso como en otros, los textos automáticos interconectados son una mezcla de alusiones literarias y sentimentalismo familiar, y cualquier interpretación será con toda probabilidad sumamente especulativa.
 
Como ejemplo, uno de los primeros textos producidos el 9 de octubre de 1902 contenía el siguiente párrafo:
 
Los soñadores ven la mayor parte de la verdad [...] en visiones doradas del amanecer. Pueden decirte que esto es cierto [...]. La púrpura real de samita perfumada cuando tú en algún lugar ves semejantes cosas en un cofre entonces crees y algunos otros también. Púrpura pero no elegante vestimenta en un cofre reluce y hay un perfume. Es algo apartado con cuidado que en otro tiempo alguien vistió. Está lejos de ti tú jamás lo viste pero Arthur sabe a qué me refiero. Él vio que lo vestían... ¿A la oscura torre vino quién? Pregúntale a él quién. ¿Y dónde? La torre era oscura y fría pero todos la amábamos; él recordará.
 
Al principio este pasaje no se entendía y muchos años después se interpretó que se refería a Whittingehame Tower, una antigua parte de la finca familiar de los Balfour ("la torre oscura"), la "púrpura" real era una referencia al mechón de pelo de Mary Lyttelton, la samita (tejido de seda) una alusión al poema de Tennyson "La muerte de Arturo", en el que la espada Excalibur se describe como vestida con samita blanca, alusión que se repitió en los textos ocho años más tarde, cuando apareció una cita mas completa de Tennyson refiriéndose a la "Doncella Bienaventurada", que al final se creyó que se refería a Mary Lyttelton.
 
Es una interpretación ingeniosa, como mínimo. Arthur Balfour parece al fin haberse convencido de que los textos podrían contener mensajes de Mary Lyttelton, pero sólo hacia el final de su vida. En 1926, como respuesta a un mensaje que aparecía en el texto y que supuestamente procedía de Mary, le envió un mensaje en el que escribió:
 
Básicamente él lo comprende y valora profundamente [...]. Es seguro que no necesita que le digan que "la muerte no es el fin". Sin embargo hay en su mensaje una nota casi de dolor que lo deja perplejo. Por primera vez ella parece encontrar en él un cambio que, sin negar que es superficial, señala con intensidad. Él no sabe nada. Más de medio siglo ha transcurrido ya. Nacimientos y muertes se han sucedido como una corriente continua. La hora del encuentro no puede retrasarse mucho. Durante todo este periodo él no ha tenido acceso a la mente de ella excepto a través de las intervenciones de otros, ni asomo de intuición de su presencia, aunque él no duda de su realidad. Debido a su absoluta falta de dotes psíquicas, él no posee intuición de esa "proximidad indecible" de la que habla el mensaje con tan profunda convicción, y que él concibe como de infinito valor. Más mensajes serían de gran ayuda.
 
Puede que Balfour llegara a aceptar que los textos contenían comunicaciones de Mary Lyttelton. Sin embargo, no daba muestras de ser consciente de la presencia póstuma de ella, ni confirmó la versión de su vida dada en la historia. En octubre de 1929, cuando se estaba muriendo, "la señora Willett" lo visitó, entró en trance y le transmitió un último mensaje de Mary Lyttelton. "Dile que él me da alegría". Se dijo que Balfour quedó "profundamente impresionado". Como comenta su biógrafo R. J. Q. Adams, sin embargo, jamás se sabrá si se creyó el mensaje o simplemente admiró la actuación.
 
 
En
John Gray *
La Comisión para la Inmortalización. La ciencia y la extraña cruzada para burlar a la muerte
Trad. Carme Camps
Madrid: Sexto Piso, 2014
 
* John Gray (Inglaterra, 1948) está considerado uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo. Ha sido profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Oxford y de Pensamiento Europeo en la London School of Economics. Entre sus obras destacadas se encuentran Misa negra. Religión apocalíptica y la muerte de la utopía, Perros de paja. Reflexiones sobre los humanos y otros animales. En 2013 Sexto Piso publicó El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos.

[Publicado el 01/9/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: John Gray, Ensayo, Cita, Sexto Piso]

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Fotografías movidas / Una crónica desde Madrid

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Ilustración de Mathías Sielfeld.

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Quien viaja a una ciudad debe escoger: o visita un sitio connotado o va allí donde la vida se manifiesta. Un buen ejemplo, Madrid. Un vistazo rápido a las guías de viaje más socorridas permite hacerse una lista de imprescindibles que deben ser vistos de cualquier forma si lo que se pretende es poder presumir más tarde de "haber visitado" la capital española: el parque de El Retiro, la Puerta de Alcalá, la Puerta del Sol, el Museo del Prado, el Reina Sofía, la Castellana, la Gran Vía, el Círculo de Bellas Artes, el barrio de Salamanca, el de los Austrias, el Palacio Real.

Quienes vivimos en Madrid los evitamos, sin embargo, y el resultado de ese desinterés nuestro por las principales vistas de la ciudad es que en ellas se produce lo que lleva a que no las visitemos: un vacío que absorbe sólo a los visitantes y se los traga, la redundancia de un lugar para ver en el que sólo se puede ver a gente viendo, un sitio impermeable a la vida que es, por lo tanto, un triunfo de la industria turística, que siempre se abstiene de explotar aquellos lugares en los que la vida puede torcer sus planes y afear las fotografías.

 

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Vivir en Madrid supone hacerlo, esencialmente, en un barrio (o dos, si se suma al barrio en el que se habita aquel en el que se trabaja; a menudo el centro, pero no siempre). Vivir en Madrid significa encontrarse habitualmente en la compañía de personas que están orgullosas de su barrio, que exageran sus diferencias y particularidades, que hablan de catástrofes urbanísticas como si estas fueran monumentos espléndidos, que están ciegos a la fealdad metafísica de barrios como Villaverde, Carabanchel, Barajas, San Blas y Vallecas. Vivir en Madrid supone, también, convivir con la fealdad y con la desidia, pero me temo que eso puede decirse de casi todas las ciudades. Vivir en Madrid, por último, significa aferrarse a un par de calles que sirvan de imitación del mundo, que ofrezcan la impresión de ser parte de algo que nos tiene como centro, que sólo ha sido hecho para nosotros.

Mi sitio en Madrid es, en ese sentido, Malasaña, un barrio conocido principalmente por su vida nocturna. ¿Has estado alguna vez en un sitio minúsculo y ruidoso, bebiendo algo que no sabes qué es y recibiendo en una oreja la lluvia de saliva de un amigo que quiere contarte algo pese al ruido? Entonces ya conoces la vida nocturna en cualquier lugar y puedo dejarla de lado. Malasaña, y específicamente las calles que rodean la plaza de San Ildefonso, son atractivas incluso de día. Reúnen un puñado de bares, restaurantes, galerías de arte, tiendas de pequeños diseñadores, librerías, cafeterías y locales de venta de insumos para artistas que garantizan la coexistencia nunca completamente pacífica de personas de intereses y procedencias diversos.

La plaza es irregular. En una de sus esquinas se encuentra una cafetería llamada "Sidi" (los vecinos la llaman "Sida" debido a los efectos que provoca) que no es muy recomendable para nada excepto para ver el fútbol, que exhiben en una pantalla que es lo único que no está cubierto de grasa en este café. (Los fanáticos de las experiencias fuertes pueden, si acaso, probar sus bocadillos de lacón.) Al otro lado de la calle Barco, La Bicicleta es exactamente lo contrario: una cafetería provista de sillones amplios y mesas comunitarias que congrega a los locales deseosos de sentir que están en Berlín. (Los alemanes del barrio, por el contrario, suelen estar en La Ardosa, otro restaurante de la zona, famoso en este caso por la excelencia de sus tortillas de patata.) La Jauría, El Mandil y Orio son otros bares de la zona (este último ofrece pinchos a la manera vasca), pero el imprescindible es Casa Fidel, uno de los pocos restaurantes que resiste a la gentrificación que afecta al barrio. Casa Fidel (que está en calle del Escorial número 6) es famosa por sus croquetas, por sus chipirones, por el zancarrón (un guisado de carne) y por su cocido, que sirven todos los jueves; también por ser el tipo de sitio en el que puedes encontrarte a los integrantes del dúo electro pop de moda, al líder de los sindicatos españoles, a los escritores emergentes del momento y a Ajo, una de las poetas más singulares de la escena española, cuyo bar de cócteles La Realidad está prácticamente enfrente.

Monkey Garden, Quel Bordel!, Anima y Jocomomola son los nombres de algunas de las tiendas de pequeños diseñadores que hay en el barrio. Todas ellas ofrecen productos exclusivos: la ropa, en su mayoría, es hecha pieza por pieza y a menudo por su propio creador, lo que garantiza que no haya dos prendas iguales y, por esa razón, su consumo constituye una cierta forma de resistencia si se la compara con la que venden las tiendas que hay en la calle de Fuencarral (también en el barrio), donde abundan los Zara, Mango, Geox y Desigual. (En Fuencarral, sin embargo, también hay un sitio donde se puede comprar ropa de jóvenes diseñadores: el Mercado, un edificio de tres plantas en el que antiguamente hacían sus compras de alimentos los vecinos.)

Monkey Garden y Quel Bordel! están, por cierto, en la calle del Barco, donde también están Le Patrón (un bistró francés magnífico), Alma Llanera (el restaurante local de comida venezolana) y el popular Café de la Luz; si se baja por esa calle, y antes de alcanzar Gran Vía, se llega a una zona llena de prostitutas: que la calle en la que estas se encuentran se llame "Desengaño" añade poesía a un barrio que cuenta con calles con nombres tan poéticos como el de la de la Madera y Espíritu Santo.

También hay poesía en Tipos Infames, la librería, enoteca y cafetería que constituye el centro intelectual del barrio. En Tipos Infames se celebran presentaciones de libros por la noche, pero el local suele estar abarrotado todo el día; sus dueños (son tres) poseen la enorme ventaja en relación a sus competidores de ser críticos literarios, lo que otorga a las existencias el carácter de lecturas recomendadas. No es la única librería del barrio (allí está, por ejemplo, El Rincón de Lectura de la plaza del 2 de Mayo, un anticuariado espléndido), pero sí es el sitio de encuentro de los escritores no solamente de Malasaña, atraídos por los libros, por la vida social y particularmente (y esto dice más acerca de los hábitos de los escritores que muchos libros sobre el tema) por el placer de la ingesta de alcoholes: sus vinos, su grog y su Negroni son magníficos.

 

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Ninguno de estos sitios es muy visitado por los turistas. Quienes vivimos en Malasaña no podemos dejar de agradecer al cielo porque sea así. Vivir en Madrid, decía, significa sentirse orgulloso del barrio en el que uno habita, y yo no soy la excepción. ¿El Retiro? Demasiado polvo. ¿La Puerta del Sol? Demasiadas personas por allí, algunas disfrazadas de Bob Esponja (si tienes un niño, lo forzarán a sacarse una foto con ellas y te cobrarán cinco euros). ¿La Gran Vía? Mucho ruido y en verano te asas. ¿El Palacio Real? "Ni rey ni amo" nos repetimos. ¿El Museo del Prado? ¿El Reina Sofía? No están mal, pero la vida no sucede allí: todo está demasiado quieto, demasiado ordenado y limpio y la vida es inquietud, desorden, una suciedad con la que siempre estamos batallando y que sabemos que nos vencerá algún día.

Los museos de Madrid son magníficos, y sus ámbitos para exhibiciones temporales son muy buenos también, pero la vida es otra cosa. Transcurre a espaldas de los turistas y en el momento en que estos accionan el disparador de sus cámaras fotográficas y de sus móviles, en la periferia de esas imágenes que suelen tomarse mientras comen churros, decapitan calamares o beben cerveza, al fondo de un selfie que sirve de ratificación paradójica: "Estoy en Madrid. Estoy aquí y no estoy haciendo nada, excepto sacarme una foto".

Malasaña, en contrapartida, es un sitio que no merece ser fotografiado. Está lleno de mendigos y prostitutas y de escritores y diseñadores de modas que beben cerveza de pie en los bares y se niegan a que su barrio se convierta en una atracción turística. Al tiempo, producen lo nuevo; todo aquello sin lo cual no sabrás vivir en el futuro. Puedes intentar sacarnos una fotografía, pero saldremos movidos.

 

 

[Publicado originalmente en la revista Sábado del diario chileno El Mercurio. 18 de julio de 2014.]

[Publicado el 26/8/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Disidencias]

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Un país excesivo / Nosotros caminamos en sueños 10

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A esto en Argentina se lo llama "merienda". Crédito de la imagen, desconocido.

Al escritor argentino Adolfo Bioy Casares le gustaba decir que los argentinos nos suicidamos arrojándonos desde lo más alto de nosotros mismos, pero lo cierto es que no solemos suicidarnos mucho porque nos da pena dejar al mundo sin el placer de nuestra compañía. Nuestra megalomanía se pone de manifiesto incluso en nuestro himno nacional, que nos invita a vivir "coronados de gloria" o jurar "con gloria morir", dos cosas que son bastante incómodas, sobre todo si es invierno y tienes que volverte a tu casa caminando, pero las manifestaciones de nuestro convencimiento de haber sido señalados por el dedo de Dios se presentan en todos los ámbitos.
 
Piénsese en Matías De Stéfano, el joven argentino (Venado Tuerto, 1987) que dice ser la reencarnación de un habitante de la Atlántida. Al parecer, De Stéfano está en contacto directo con seres espirituales que lo guían y cuyos mensajes transcribe en un idioma de diez mil años de antigüedad que sólo él recuerda. (En "Sayontu", hijos se dice "ánumi" y Europa, "Baldutu", por ejemplo.) No sólo recuerda este idioma, sino también el origen del universo y cómo comenzó la humanidad, todo lo cual sólo puede resultar envidiable a alguien que, como yo, en este momento ni siquiera recuerda dónde ha dejado las llaves.
 
Aunque no son pocos quienes afirman que Matías De Stéfano es un engaño, hay algo profundamente verdadero en sus afirmaciones y en la convicción inherente a su historia de que los argentinos seríamos (contra toda evidencia) el Pueblo Elegido, descendiente de la mítica raza de los Atlantes. Allí afuera hay un argentino que puede explicarnos el origen del universo, pero es difícil imaginar que también sepa cómo explicarnos nuestros excesos a los argentinos, los cuales (pero esto es sabido) siempre entramos a las librerías a comprar un mapamundi de Argentina, y nunca lo encontramos.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección personal en El País Semanal, 22 de julio de 2014]

[Publicado el 21/8/2014 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias, Matías De Stéfano]

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García Márquez no inventó nada (por suerte) / Nosotros caminamos en sueños 9

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Frente a una tienda de comestibles en Bogotá. Crédito de la imagen, Jack Frost.

Nos gusta creer que los escritores que admiramos han inventado algo, pero no siempre esto es cierto. Algunos lectores de Gabriel García Márquez en el extremo sur del continente americano hemos creído durante años que el más notorio de sus méritos era el de haber inventado buena parte de las palabras que aparecían en sus libros; estábamos seguros de que términos como "guanábana" o "papaya" eran producto suyo, invenciones léxicas de una sonoridad que debía llenar la boca, evocar un cierto dulzor, recordarnos que no sólo los españoles podían poner nombres a las cosas.
 
Una visita reciente a Bogotá me llevó a recordar esta (llamémosla así) confusión: pasé horas estudiando cartas en los restaurantes, escuchando a la gente (de una cortesía exasperante), tomando notas, contemplando carteles que no me decían nada. A pesar de las confusiones habituales en este tipo de situaciones, fue reconfortante saber que la diversidad y la intriga (que son los verdaderos motores del diálogo, más que la unanimidad y el consenso) siguen estando presentes en América Latina y que allí aún hay un lenguaje que está vivo y no requiere que nadie lo pula, lo fije o le dé un esplendor que posee (en algún sentido) por sí mismo. ¿Qué significan, de hecho, las palabras "cuca", "crespa", "cotudo", "masato", "tume", "herpo", "achira"? García Márquez no parece haber inventado nada, pero incorporó estas voces a un acervo que es ahora el de todos aquellos que hablamos español, también el de quienes lo leíamos sin saber que estábamos leyéndonos a nosotros y a nuestro continente, lo que es mucho más importante que leer a un creador de palabras. El autor de Cien años de soledad siempre admitió que no había inventado nada; también lo decía su madre, si no recuerdo mal, pero esto último no importa porque es sabido que las madres de escritores sólo se dedican a llevarnos la contraria.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección personal en El País Semanal, 24 de junio de 2014]

[Publicado el 19/8/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Disidencias, Gabriel García Márquez]

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Una discusión difícil / Nosotros caminamos en sueños 8

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Crédito de la fotografía, Jack Frost.

Algunas semanas atrás los responsables del importante archivo digital marxists.org recibieron una carta de la editorial Lawrence & Wishart en la que esta exigía la retirada de su edición de las Obras completas de Karl Marx y Friedrich Engels: su publicación en la Red, afirmaban los responsables de la editorial, infringía su derecho a la explotación de la "propiedad intelectual" de la obra. Marx y Engels propusieron la abolición de la propiedad, ¿qué hace pues una editorial explícitamente marxista exigiendo que se respete la suya? No es difícil imaginarlo, y, sin embargo, tampoco es difícil comprender las razones de L&W, cuya viabilidad como proyecto editorial alternativo depende de su funcionamiento en un contexto capitalista. La contradicción entre pragmatismo e idealismo, entre deseo de transformación y aceptación de unas reglas de juego, es habitual en proyectos así, pero resulta particularmente interesante en este caso porque pone de manifiesto que, a tres siglos de su instauración, todos (marxistas o no) seguimos aferrándonos a la idea de propiedad intelectual, cualquier cosa que esto signifique.
 
La polémica entre L&W y marxists.org (que ha eliminado ya de su archivo las controvertidas Obras completas) se presenta en los siguientes términos: para los responsables del archivo, el potencial político de los textos de Marx y Engels está sujeto a que puedan ser leídos por todos, en particular por los desfavorecidos de nuestra sociedad; para L&W, la disponibilidad de los textos atenta contra la viabilidad económica de un proyecto editorial que aspira a la transformación de nuestra sociedad: es decir, a lo mismo a lo que aspira marxists.org. Por lo demás, ambas partes coinciden en pensar los textos como si fuesen propiedad de alguien o de algo. La discusión acerca de esa "propiedad" es compleja y difícil, pero pienso que tiene un claro ganador: todos nosotros, si nos atrevemos a participar de ella.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección personal en El País Semanal, 3 de junio de 2014]

[Publicado el 14/8/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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No sólo 'Fish & Chips' / George Orwell y el problema de la gastronomía inglesa

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Un orgulloso exponente del resultado de la ingesta de cierta gastronomía nacional. Fotograma de la serie "Little Britain".

George Orwell constató en alguna ocasión el hecho de que la cocina inglesa es considerada "la peor del mundo", opinión que al autor de 1984 le parecía errónea: "Como cualquiera que haya pasado tiempo en el extranjero sabrá, hay toda una serie de exquisiteces que es prácticamente imposible conseguir fuera de los países anglófonos", afirmó en su artículo "En defensa de la cocina inglesa".
 
Bastante más de medio siglo después de la publicación de ese artículo, en 1945, las opiniones sobre la cocina inglesa no han cambiado. A menudo se dice que es grasosa, pesada y desabrida, y lo cierto es que es grasosa, aunque también pesada y desabrida, y bastante poco agradable de ver. Piénsese en los "kippers", arenques ahumados servidos habitualmente de tal manera que no uno sino dos rostros de pescado miren al comensal con una mirada de reproche y una boca abierta a punto de soltar un grito. En los "Christmas puddings", que son pasteles bastante sabrosos cuyo aspecto es el de que alguien se los olvidó en el horno y no ahora sino hace dos años. En la "bread sauce" o salsa de pan con la que se aprovechan los restos, en el queso Stilton (cuyo aroma hace que quesos como el roquefort parezcan oler a rosas del campo), en los "shepherd's pies" que disimulan la pobreza de sus ingredientes mediante la acumulación, en los "scons", galletas de mantequilla a las que se les suele agregar mermelada y (en una demostración de falta de imaginación o tal vez de excesivo amor por las grasas de origen animal) también se les agrega mantequilla. (Por no mencionar dos "delicatesen" escocesas: el "haggis", pulmón, hígado y corazón de cordero picados y cocinados dentro del estómago del animal, y la barra de chocolate "Mars" rebosada y frita.)
 
A pesar de que ninguno de estos platos parece muy apetecible, lo cierto es que buena parte de ellos son sencillamente exquisitos si han sido hechos adecuadamente. Al problema de que la mayoría nos resultan desconocidos a quienes no nos hemos criado en Inglaterra (lo que dificulta que los escojamos en un restaurante si se nos presenta la oportunidad), se suma el de que (y esto es algo que parece suceder desde la época de Orwell, quien lo menciona en su artículo) a menudo la comida inglesa tradicional "es más fácil de encontrar en el hogar inglés más pobre que en un restaurante". Desde luego, este es un problema cuando se visita Londres (los precios también lo son), pero vale la pena intentar resolverlo dando con un buen restaurante de comida inglesa porque la recompensa es el descubrimiento de una gastronomía prácticamente desconocida y singularmente diversa si se piensa en el país del que proviene: una isla pequeña y distante donde sólo se pueden criar ovejas y vacas lecheras, en el que no hay mucho más que patatas, algo de trigo y manzanas. Ante un plato de "shepherd's pie", el visitante sólo puede pensar, con agradecimiento, que suficiente han hecho los ingleses con lo poco que tienen. Quizás también Orwell le diese la razón.
 
 
[Publicado originalmente en Paula. Santiago de Chile, julio de 2014.]

[Publicado el 12/8/2014 a las 11:45]

[Etiquetas: Disidencias]

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El esteta libertino / Mauricio Wacquez según Manuel Vicuña (Cita)

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El escritor chileno Mauricio Wacquez (1939-2000). Crédito de la imagen, desconocido.

[...]
 
Con el tiempo, Wacquez se convertiría en el epítome del esteta y en el gran apologeta del hedonismo. Escribió la prosa suntuosa de un mandarín, tratando al lenguaje como otra zona erógena donde desplegar la voluptuosidad de las formas. En sus relatos y en sus novelas indagó sobre los placeres de la carne, las subversiones del deseo, las perversiones del amor y el goce del poder como hechos biológicos ajenos a los mandatos morales y a las buenas costumbres.
 
Tartamudo hasta la irrisión, de joven se inscribió en cursos nocturnos de teatro con el único fin de superar ese defecto, que juzgaba un atentado contra el imperativo estético de la vida. Más tarde se convirtió en un profesor universitario con un despliegue verbal deslumbrante. Doctor en filosofía por la Sorbona, con una tesis sobre el lenguaje en San Anselmo, enseñó filosofía e historia de la cultura en universidades de Chile, Francia y Cuba, antes de emigrar definitivamente a España, en 1972, a los treinta y tres años, convencido de la inminencia de un golpe de Estado.
 
Se establece en Barcelona, centro de irradiación de la nueva literatura hispanoamericana. Wacquez vivió en España hasta su muerte, de forma más bien precaria, a veces endeudado hasta las cachas. Se apañaba con trabajos para editoriales, sobre todo traducciones de autores franceses como Flaubert y Cocteau, y escribiendo por encargo textos tan variados como ensayos sobre Yourcenar, Hemingway, Sartre y Borges, además de una enciclopedia sobre pesca deportiva en seis tomos, que nunca se editó (aparentemente le rescindieron el contrato) y acabó por arruinarlo. Wacquez se pasaría el resto de su vida esperando una herencia que al final le birlaron.
 
[...]
 
Convencido del derecho del narrador a experimentar a su antojo, sin preocuparse por pastorear a los lectores desprevenidos, Wacquez burló las fronteras entre los géneros para evitar el encasillamiento, desacatando todas las reglas literarias de los "burócratas de la realidad", como llamaba a los detractores de Borges. En vez de las convenciones del arte de la narración, propuso la incertidumbre, el vértigo y los disturbios de una literatura sacada de quicio. El aluvión de su prosa se salió de cauce mezclando los materiales lingüísticos de la poesía con los apremios reflexivos de la metafísica. Escritor experimental, no obstante desdeñaba las vanguardias y admiraba la prosa diáfana de autores clásicos, como Yourcenar y Radiguet. Definitivamente, su gusto como lector no se corresponde con su forma de escribir.
 
Orgulloso autor de minorías, prosista absorto en su propio virtuosismo hasta el extremo de la hipertrofia expresiva, escritor neobarroco aficionado a los fastos del lenguaje rangoso, Wacquez sólo escribía para el "lector macho" descrito por Cortázar: alguien que complementa y releva al autor en la producción del sentido. Sus textos pueden realizar cambios fulminantes de puntos de vista; alternar los registros realistas con los pasajes oníricos y las derivas de una conciencia febril o alucinada; violar la verosimilitud histórica y geográfica, ensamblando épocas y lugares al arbitrio de un montaje desquiciado, y hacer de la identidad de los personajes un fluido que circula entre distintos nombres propios.
 
Frente a un hombre armado (Cacerías de 1848) moviliza y exacerba todos estos procedimientos. Publicada en España en 1981, esta novela indaga en el sexo polimorfo como metáfora del poder basado en la complacencia erótica entre el verdugo y la víctima, el cazador y la presa, el amo y el siervo. ("La docilidad del sometido ¿se debe sólo a una disposición del que lo somete? ¿No hay también un consentimiento previo aparejado a un goce secreto?"). Este libro de madurez trabaja sobre la fuerza ciega del poder teniendo en mente el golpe del 73, tal como hicieron José Donoso en Casa de campo y Jorge Edwards en Los convidados de piedra. En Frente a un hombre armado, la dialéctica del sadomasoquismo pone en movimiento un escrutinio a fondo de la naturaleza humana y su violenta pulsión de vida. Los responsables de la distribución del libro prefirieron no importarlo a Chile para ahorrarse el escándalo.
 
"Mi universo narrativo es de total libertad", decía Wacquez, "y también las coordenadas morales en que se mueve". A su manera, en todos sus libros homenajeó el verso de William Blake adoptado como epígrafe en Excesos, una colección de relatos que escribió mientras deambulaba por Francia a fines de los sesenta: "The road of excess leads to the palace of wisdom". La narrativa de Wacquez recorre esa ruta y los excesos que explora trastornan el orden de las familias, las jerarquías sociales y los preceptos valóricos de ateos y creyentes, de conservadores y revolucionarios.
 
Además de una proyección de su vida transgresora, su literatura es un pretexto para darle espesor a su propia biografía, que incluyó la práctica del sexo predatorio con un desenfado que mezclaba el gusto pagano por los efebos con el hedonismo sin remordimientos de un discípulo de Sade. "Soy un hedonista innato y la libido es la emoción sexual que nos da impulso para poder vivir", declaró. "Nada hay en el mundo que me pueda apartar de la prosecución del placer, y me he dado permiso para todo". En España, algunos amigos con niños o hijos adolescentes, sabiendo los puntos que calzaba y sugestionados por las historias escabrosas que le rondaban, preferían tomar precauciones e irse a la segura. Porque las partidas de caza de Wacquez traspasaban los cotos vedados. Cuando vivía en Calaceite viajaba a Barcelona a recoger chavales de la calle, como dicen allá, para después festinar a lo grande, durante todo el fin de semana, haciéndole honor a su fama de libertino. Wacquez hablaba del "impulso libidinal" como una flecha imantada por los seres más diversos, pulsando el arco, con aire provocador, en dirección a la zoofilia.
 
[...]
 
Wacquez tenía motivos de sobra para cuestionar la homilía revolucionaria. En 1970, mientras vivía en La Habana, la persecución a los homosexuales por parte del castrismo, que se esmeraba en confinarlos en campos de "reeducación mediante el trabajo" forzado, llevaba años en ejercicio y ya no era un misterio para nadie. De vuelta en Chile, en 1971, se sumó el encarcelamiento de su amigo, el poeta cubano Heberto Padilla, caído en desgracia ante el régimen. El bullado "caso Padilla" forzó a los intelectuales de izquierda a tomar partido por la libertad de expresión o por la fidelidad sin reservas al gobierno de Castro. Wacquez optó por lo primero, mezclando la candidez del iluso con la osadía del tránsfuga: junto a Enrique Lihn, otro escritor con vocación de disidente, acudió a la embajada cubana en Santiago al día siguiente de la detención de Padilla, con ánimo de pedir explicaciones a los diplomáticos a cargo. Se las dieron: si está preso, algo habrá hecho; punto.
 
Entre los ripios de la rebelión estudiantil y la revolución armada, la "exaltación del hedonismo" se presentó como una vía de escape afín a su sensibilidad anarquista, a su ánimo de fronda, a su temple parricida. Wacquez se identifica con Diógenes de Sinope, el filósofo cínico que "pretende poner en jaque a la polis", y con otros "fustigadores de tontos". De ahora en adelante nunca declinará su impaciencia con las fanfarrias revolucionarias, los dogmáticos de turno y la tiranía de los puros. Durante la Unidad Popular andaba con un pasaje de avión abierto que agitaba en la cara de sus amigos cuando las discusiones políticas se ponían odiosas y encallaban en el dogmatismo, anunciándoles que en cualquier momento se largaba. De hecho, tal como se integró al grupo de Rivano, de la noche a la mañana, así se largó, sin avisar ni despedirse, dejando un recuerdo medio espectral entre sus colegas del Pedagógico.
 
En su libro de memorias Fantasmas literarios, Hernán Valdés recuerda al Wacquez de esa época como alguien siempre de paso, en fuga, que hablaba y vivía con una intensidad desbordante. El crítico y novelista Camilo Marks asistió a sus clases de introducción a la filosofía; lo evoca como un profesor "magnético, mesmérico, encandilador", que no pasaba inadvertido entre la exótica fauna que merodeaba en los jardines del Pedagógico. En ese caldero ideológico, un espacio de candentes asambleas políticas que derivaban en batallas campales, Wacquez encontró un terreno de cultivo idóneo para su espíritu discrepante. Durante la Unidad Popular, algunos estudiantes asistían a clases con la pistola al cinto; Wacquez los fletaba al toque. El historiador Iván Jaksic, estudiante de filosofía en esos años, lo recuerda como un orador "valiente y confrontacional", alguien que "no daba tregua" en las asambleas.
 
Pitucón sin plata pero desprendido, francófilo con aires de gran señor y amante de los gatos, Wacquez tenía los gustos refinados de un dandy y su concepto de la elegancia comprendía el uso de sombrero y bastón de cacha de plata o marfil. Siempre en deuda con los editores o con uno que otro amigo, no sólo pedía dinero para salir del paso, sino para satisfacer gustos estrafalarios, como dar mil dólares en propinas durante un paseo en yate al cual había sido invitado. Igual que el poeta peruano Antonio Cisneros, se hizo su fama en el circuito literario de conferencias, encuentros y ferias por darse la gran vida a costa de los organizadores, a quienes les dejaba cuentas impagas en tragos y comidas.
 
Incisivo y vehemente, de risa estentórea y maneras teatrales, reunía los atributos discordantes de los tipos temperamentales: descreído y supersticioso, encantador e intratable, entusiasta y sombrío, profundo y frívolo, afable y hosco, eufórico y depresivo. Alfredo Bryce Echenique, que lo conoció bien, definió a Wacquez como "un gran pesimista que muy sinceramente deseaba que todo saliera bien, incluso perfecto". Hacia 1980, mientras se debatía entre si dedicarle o no la novela El jardín de al lado a Mauricio, Donoso apuntó en su diario: "Como siempre maravilloso, insoportable, intransigente, siempre renovador y cariñoso".
 
Wacquez a veces vivía como una tromba, prodigándose en actividades; otras se hundía en la desidia y se pasaba días viendo televisión con la indolencia de un hombre acabado, mientras Francesc le cubría las espaldas asumiendo los trabajos editoriales que le habían encomendado. Trabajaba a ráfagas y su relación con la escritura siempre fue discontinua, al punto que su prosa, descuidada durante largas temporadas, podía enmarañarse como un jardín abandonado en un clima tórrido.
 
Era un tipo liviano de sangre y sin aires de suficiencia, a quien le gustaba conversar sin apuro, intercalando los temas más diversos (lo más frívolo, lo más sesudo) con una agudeza jovial y disparatada que seducía a sus interlocutores. Mezcla sin precedentes ni sucesores de intelectual refinado, militante del hedonismo y huaso colchagüino, Wacquez conjugaba el profundo conocimiento de Stendhal o Proust y las claves de la arquitectura posmoderna de Ricardo Bofill, con la erudición sobre el arte de la pesca y los arcanos de las carreras a la chilena y del rodeo. Se prodigó e incluso se disipó en distintas aficiones, encarnando el espíritu del diletantismo en una época de profesionalización de los escritores hispanoamericanos.
 
En esto Wacquez difirió de su admirado José Donoso, escritor a tiempo completo impregnado de literatura y turbado por deseos de reconocimiento. Wacquez siempre estuvo dispuesto a desviarse, a dejarse llevar, a flotar a la deriva. No estaba para hacer carrera. Por lo mismo, nunca se enclaustró en la literatura o en la condición de escritor. La vida lo tentaba con una gama demasiado amplia de placeres físicos e intelectuales: navegar en velero, pilotear aviones, pescar y cazar, cocinar exquisiteces, degustar vinos y conversar y agasajar a sus amistades, que iban desde la señora socialité hasta el motoquero gay enfundado en cuero.
 
Murió el 14 de septiembre del 2000, a los sesenta y un años, días antes de que saliera de imprenta Epifanía de una sombra, el más autobiográfico de sus libros. Un fin previsible para quienes sabían de sus aficiones: las enfermedades de Wacquez llevaban años despertando presunciones de sida. Desde su muerte, el festín de Wacquez evoca esa desmesura transgresora, de destino trágico, que los griegos llamaban hybris. Varios años menor, Francesc murió veinticuatro horas después, de sida también, en el mismo hospital de Teruel. Wacquez concluyó Epifanía de una sombra sabiendo que corría contra el tiempo: contra la muerte, en definitiva, y contra el deterioro físico, mientras tanto. Hecho bolsa, fue perdiendo la capacidad de hablar y por un tiempo hasta la capacidad de leer. Hay que imaginarse a Wacquez, el traductor, mirando las palabras de su propio manuscrito como si fueran los signos de una lengua desconocida e inescrutable. En una fonda situada sobre la carretera, a los pies de Calaceite, apareció un día cualquiera, ya en las últimas, de pantuflas y bata, pidiendo refugio tras fugarse del hospital. Necesitaba que lo escondieran para avanzar en su trabajo sin ser importunado.
 
 
En
Manuel Vicuña
Fuera de campo: Retratos de escritores chilenos
Santiago de Chile: Hueders, 2014

[Publicado el 07/8/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Manuel Vicuña, Mauricio Wacquez, Cita]

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Los inverosímiles / "Fuera de campo: Retratos de escritores chilenos" de Manuel Vicuña

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Muy posiblemente, el lector de este diario de lecturas desconozca quiénes fueron Carlos Pezoa Véliz, Tancredo Pinochet, Joaquín Edwards Bello, Marta Vergara, Alfredo Gómez Morel, Eugenio Lira Massi y Mauricio Wacquez, excepto que sea chileno; aunque también es posible que lo desconozca habiendo nacido en ese país. A modo de resumen apresurado se puede decir que el primero fue un poeta decadentista y muy pobre, que el segundo fue un reportero de inclinaciones socialistas y reformistas, que el tercero fue el principal cronista de la clase alta chilena de principios del siglo XX y (por consiguiente) un traidor a esa clase, que Marta Vergara fue una periodista de profundas convicciones comunistas que devinieron anticomunistas pero igualmente profundas poco tiempo después, que Alfredo Gómez Morel fue un delincuente que escribió una trilogía autobiográfica, que Eugenio Lira Massi fue un periodista político "duro" que murió en el exilio después del golpe de Estado de setiembre de 1973 y que Mauricio Wacquez fue un esteta libertino que amaba los placeres extremos. El ensayista chileno Manuel Vicuña (Santiago, 1970) cuenta sus vidas en un libro (Fuera de campo: Retratos de escritores chilenos) que se propone como un recorrido alternativo por la literatura de ese país; como todos, ese recorrido no está exento de atajos y de desviaciones, pero, en cualquier caso, Vicuña realiza una tarea notable al, por una parte, no desdeñar los textos a favor de las vidas de sus biografiados (a menudo apasionantes), y, por otra, no desestimar esas vidas en beneficio de su lectura de los textos.
 
Fuera de campo es un magnífico ejemplo del tipo de precario equilibrio que el género del "perfil literario" requiere, y es particularmente notable por el hecho de que (en realidad) Chile es más pródigo en escritores excéntricos que en aquellos que se acogen a la norma y que, en ese sentido, la lista de "raros" es enorme. Podría haber incluido otras vidas y obras inverosímiles (las de Stella Díaz Varín, María Carolina Geel, José Santos González Vera, Braulio Arenas, Ludwig Zeller, Cristián Huneeus, Guillermo Deisler, Eugenio Dittborn, Francisco Rivas, Juan Luis Martínez; o las de los contemporáneos Paulo de Jolly, Kato Ramone, Germán Marin y Raúl Zurita, por ejemplo), pero las que reúne amplían el ámbito de lo que sabemos acerca de la literatura chilena con la incorporación del que posiblemente sea uno de los primeros poetas hispanohablantes al que los límites entre cultura baja y cultura alta le resultaron indiferentes (Carlos Pezoa Véliz, cuya "literatura impura exhibe el inframundo de la nación, el desecho del orden republicano", 22); de una escritora desclasada, uno de cuyos amigos, el pintor Pedro Luna, "había robado las cortinas de felpa de la oficina del director de la Escuela [de Bellas Artes] para hacerse una chaqueta digna de un artista" (Marta Vergara, 79); la de un escritor que ejerció también los oficios improbables de "pintor de letreros en negocios del barrio Independencia, jugador profesional de billar, decorador de vitrinas, envasador de pólvora y alfileres en una fábrica de pesca y caza, almacenero, peoneta, obrero de la construcción y empleado público" (Eugenio Lira Massi, 123-124), y otro que escribió una enciclopedia sobre pesca deportiva en seis tomos que nunca se editó y lo llevó a la miseria (Mauricio Wacquez). Fuera de campo está a la altura de la intensidad y el compromiso literario y vital de sus excéntricos biografiados y completa adecuadamente otros panoramas de la literatura chilena; los más recientes y estimulantes, las antologías y el Canon del notable Camilo Marks, los Textos de frontera reunidos por Beatriz García-Huidobro y Andrea Jeftanovic y la revista/intervención Gutiérrez de Andrés Braithwaite.
 
 
Manuel Vicuña
Fuera de campo: Retratos de escritores chilenos
Santiago de Chile: Hueders, 2014
 
[El próximo jueves, el perfil de Mauricio Wacquez a cargo de Vicuña] 

[Publicado el 05/8/2014 a las 11:15]

[Etiquetas: Manuel Vicuña, Hueders, Ensayo]

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César Aira, claves de lectura

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Una experiencia habitual para los lectores de César Aira es la de encontrarse en sus novelas con pasajes ensayísticos no muy extensos que recuerdan que, a pesar de la incontinencia imaginativa de su autor y las situaciones absurdas que tienen lugar en sus obras (que pudieran provocar la impresión de una indiferencia o una pérdida de control sobre la narrativa por parte del autor), muy pocos escritores argentinos piensan tan bien la literatura como él. A lo largo de las últimas décadas, Aira ha dado muestras de ello en sus intervenciones públicas (escasas y siempre al borde del fracaso) y en las entrevistas que ha concedido, así como en un puñado de ensayos: Copi (1991), Alejandra Pizarnik (1998), Las tres fechas (2001), Edward Lear (2004), además de un extraordinario Diccionario de autores latinoamericanos (2001) fuera ya de circulación. Quienes somos sus lectores hemos ido acumulando, sin embargo, los ensayos esparcidos en sus novelas como si compusiésemos un libro hipotético que reuniese la totalidad de la obra de Aira (compuesta por más de ochenta libros la última vez que se hizo un recuento), le otorgase una intencionalidad siempre esquiva, la explicase a los lectores.
 
La chilena Ediciones Universidad Diego Portales, por fin, ofrece ese libro hipotético o lo más parecido que tendremos nunca a él. Continuación de ideas diversas reúne, en palabras de su autor, "ocurrencias, recuerdos, anécdotas, chistes y otros mil azares del discurso, materia inagotable de la Asociación" que no habían aparecido en sus obras anteriores. La descripción (por lo demás) es parcial o al menos pudorosa, ya que este nuevo libro reúne algunas de las mejores reflexiones que su autor haya propuesto nunca a sus lectores, dispuestas en un orden que puede parecer casual pero que, como indica Aira, es también "un tablero de juego".
 
Los textos reunidos en Continuación de ideas diversas (ninguno de los cuales supera los tres párrafos de extensión) pueden agruparse temáticamente en tres apartados. El primero (que resultará familiar a los lectores de la ficción de Aira), compuesto por piezas en las que se especula acerca de la posibilidad de que un fantasma olvide su nombre, que una persona aterrorice a sus perros fingiendo ser uno de ellos, que exista un microscopio para ampliar objetos grandes, etcétera. El segundo, una serie de reflexiones acerca de asuntos de interés personal como el olvido, el insomnio, la edad ("muy lejos de ser sabios[,] los viejos son unos seres perfectamente desinformados, inútiles, sin capacidades intelectuales dignas de notar y su única actividad visible es causar problemas"), el recuerdo de las novelas baratas que leía su padre, el rechazo a la religión por negar la muerte, la experiencia de releer libros, sus influencias (afirma que la principal han sido "las historietas de Superman, de los años cincuenta y sesenta"). Un tercer apartado está vinculado con la reflexión sobre la literatura y el arte en general: la vanguardia (que considera irrepetible por naturaleza), la existencia histórica de las obras artísticas, el diario íntimo, la crónica (que describe como "un avatar de la descolonización, tan destructivo como el colonizador clásico. El mismo vampirismo. La misma ignorancia, aunque presuma profesionalmente de lo contrario"), el arte contemporáneo (lo considera "pura mediación", de allí su interés por el arte no mediado, outsider o brut), el problema del valor en literatura, el del realismo, las telenovelas (a las que dedicó un libro excepcional, Los misterios de Rosario), el azar y la indeterminación en la obra artística, la narrativa argentina contemporánea ("pedestres narraciones de lo sórdido cotidiano"), lo sobrenatural en el arte ("un atentado contra la poesía del mundo") y la creación artística.
 
Acerca de este último asunto, Aira recurre al ejemplo de la traducción: "Yo dejé de traducir hace diez años, y lo hice con alivio, pero pasado el tiempo empecé a sentir que había perdido algo. Y sigo sintiéndolo. Lo que más extraño no son las facilidades del oficio sino sus dificultades, esas perplejidades puntuales que despertaban mi pensamiento por lo común adormecido. Ahora que no traduzco tengo que inventármelas." La invención de esas dificultades es tematizada a menudo en sus obras, pero, al constatar que son estas las que subyacen a su método creativo, Aira arroja luz allí donde la crítica literaria (con notables excepciones) solo había sembrado dudas hasta el momento. Para Aira, las vanguardias históricas no condujeron a nada, "lo que no impide admirar, y hasta exaltarse con el valiente extremismo de la actitud, sobre todo en vista del enemigo al que apuntaban, que sigue siendo nuestro enemigo: el pasatismo, la demagogia, la apropiación comercial del arte. De ahí que me pregunte si no sería posible ‘traducir' esas actitudes, sin traicionarlas (y hasta radicalizándolas más todavía), al idioma de la vieja literatura que decidió nuestra vocación". La pregunta es meramente retórica: "Me gustaría pensar que es lo que he venido haciendo yo todos estos años", afirma Aira a continuación.
 
En su texto "El ensayo y su tema" (no incluido aquí), Aira sostuvo que "al revés que en la novela [...] en el ensayo es la forma, lo artístico, lo que se revela al final, contradiciendo las intenciones, casi como una sorpresa". Continuación de ideas diversas (por supuesto, la continuación debe entenderse en sentido irónico, ya que no hay nada que continuar, excepto una reflexión dispersa y conjetural) sorprende por lo adecuado de su forma, que permite al autor ofrecer sus ideas aquí sin la exigencia de que no entorpezcan la peripecia (cosa que sucede a menudo en su obra de ficción) y la demanda de un desarrollo, que Aira siempre ha desdeñado. También sorprende por la sinceridad con la que el escritor argentino da cuenta de su proyecto literario, siempre enmascarado en su ficción. Continuación de ideas diversas funciona, en ese sentido, como la reunión de unas imprescindibles claves de lectura de la obra de César Aira, una de las obras más singularmente radicales del panorama latinoamericano contemporáneo; la realización (por fin) de un libro hipotético y deseado.
 
 
César Aira
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, junio de 2014.] 

[Publicado el 29/7/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: César Aira, Ensayo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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"Negando aquello que nos niega" / "Mínimas" de Leonardo Da Jandra (Cita)

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Alejandro Da Jandra. Crédito de la imagen, desconocido.

A quien esto escribe no le interesan los aforismos, cuya brevedad siempre parece poner por delante el ingenio a la inteligencia, la insinuación de un hallazgo al hallazgo; sin embargo, quien esto escribe debe reconocer que ha leído pocos libros tan notables como estas Mínimas de Leonardo Da Jandra. Da Jandra nació en Chiapas en 1951 y es uno de los filósofos y escritores mexicanos más importantes de las últimas décadas, en las que publicó libros como Arousiada (1995), Los caprichos de la piel (1996), Entrecruzamientos: I, II, III (2005), La gramática del tiempo (2009) y Distopía (2011), entre otros. Los fragmentos (quien esto escribe se resiste a llamarlos "aforismos") son parte de un pensamiento completamente articulado y personalísimo. Quien desee conocerlo (más allá de estos pecios) puede recurrir a su reciente Filosofía para desencantados (Girona: Atalanta, 2014).
 
 
La luz de la razón sólo se ilumina a sí misma.
 
Los que le rinden culto a un desesperado de posteridad sólo merecen el matadero.
 
El creador derrotado termina mendigando lo que antes aborrecía.
 
Una sociedad que empieza a vivir de espaldas a la reflexión crítica está condenando a sus vástagos al vil arrastre.
 
Es doloroso ver cómo los pocos escritores auténticos que todavía quedan, son empujados al abismo por los tecnócratas que detentan el poder y por los pícaros sin moral alguna que trafican con la cultura.
 
Los lectores son como los peces: algunos exigen la carnada viva y en movimiento, otros simplemente mordisquean cualquier cosa que les parezca comestible.
 
¿Cómo edificaremos mundos con las ruinas de una grandeza que ya no existe?
 
Cuando un autor busca con desesperación su obra inmortal, lo más seguro es que halle su lápida mohosa.
 
La segunda mitad del siglo XX quedó ensombrecida por el culto al perdedor, que es sin duda el mayor logro de la literatura concentracionaria. En todo perdedor vemos reflejado el fracaso de nuestra propia rebeldía.
 
¿De qué nos sirve ante el desamparo total que padecemos la ufana lucidez del escéptico del siglo XXI?
 
Antes destruían los libros por peligrosos; hoy por carecer de lectores y por sus propios defectos.
 
Lección de fluidez y tolerancia: no es la literatura herética la que corrompe a la sociedad, sino la decadencia social la que corrompe a la literatura.
 
Para mí nada es tan pernicioso en el medio cultural como una generación de ancianos precoces. Definitivamente es en la juventud donde reside la parte más viva de una cultura, en su rebeldía antisolemne y en su continua fascinación por lo novedoso.
 
La cotidianización de la experiencia estética y la deshumanización de la experiencia vital son el paso previo a la cultura virtual.
 
Al calor de premios y reconocimientos únicamente fermenta la inmundicia.
 
Los grandes acontecimientos literarios, como las grandes obras, no se dan con premeditación, alevosía y ventaja; no tienen la frialdad ni el cálculo profano del asesinato, sino el arrebato sagrado del ofrendamiento.
 
No importan ya la distancia ni la diversidad cultural, dondequiera que exista un talento en ciernes siempre habrá un promotor dispuesto a sacrificarlo en el altar masivo antes de que otro se le adelante.
 
Antes las obras inmortales aparecían cada silo y eran un hito que resistía a la erosión del tiempo; hoy las obras consideradas inmortales surgen por montones, y nacen y mueren en el mismo presente efímero.
 
No todos los autores grandes nos engrandecen con su lectura; algunos, de tan excelsos, terminan aplanándonos. En cambio, los autores pequeños empequeñecen siempre al que es capaz de sufrirlos.
 
El que escribe para justificar su existencia no pasa de ser un personaje de una mala novela.
 
Para todo verdadero escritor las reglas de otro escritor sólo sirven para romperlas.
 
El destino del verdadero innovador, como antaño sucedía con los primogénitos, es ser sacrificado.
 
Toda transgresión que tiene como objetivo primordial el éxito, termina inevitablemente ocupando un espacio domesticado.
 
Los grandes escritores suelen pecar por defecto o por exceso. En nuestro medio, Rulfo debió haber escrito más, Fuentes mucho menos.
 
Hoy más que nunca escribir es resistir. Pero ya no al cerco y al acoso del autoritarismo y la intolerancia, sino a la engañosa seducción de los medios.
 
Sólo negando aquello que nos niega podremos hacernos de lo que aún no existe: un futuro.
 
 
En
Leonardo Da Jandra
Mínimas
Oaxaca: Avispero y Almadía, 2013

[Publicado el 24/7/2014 a las 12:00]

[Etiquetas: Leonardo Da Jandra, Cita, Almadía, Avispero, Aforismo]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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