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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 1 de marzo de 2015

 Blog de Patricio Pron

Más vale un final con horror que un horror sin final / Literatura y enfermedad

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Katherine Anne Porter, la escritora más enferma del siglo XX / Crédito de Douglas Chevalier /

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Veamos: en el escenario, algunos objetos (una mesa y dos sillas, una camilla, una estantería con obras médicas de consulta, varios frascos) permiten al espectador pensar que está frente a la consulta de un médico en torno a 1904 o fecha similar; precisamente, un actor caracterizado como médico se encuentra sentado a la mesa completando unos papeles cuando golpean a la puerta. Alguien (llamémoslo James Joyce, por ejemplo) ingresa por la derecha al escenario después de que el médico se lo ordene: es joven pero camina encorvado y parece tener dificultades para ver con claridad a cierta distancia. "¿Qué puedo hacer por usted?", pregunta el médico. James Joyce responde: "En el transcurso de un encuentro nocturno con la realidad de la experiencia es posible que haya adquirido la enfermedad descrita por Galeno: he estado orinando anzuelos de pesca durante semanas". El médico le hace una seña para que se acerque y se baje los pantalones; reticente, Joyce accede y pone al descubierto un miembro viril cubierto de pus que el médico sostiene un momento entre el pulgar y el índice de su mano izquierda: de su extremo cae una gota de pus de color blanquecino. "Gonorrea, efectivamente", constata. "Veremos si reacciona bien a la irrigación con permanganato potásico. Por favor, póngase de pie y sostenga esta bacinilla bajo sus partes", agrega. Extrae una jeringa de considerables dimensiones repleta de un líquido de color ligeramente azulado, lo introduce en el meato urinario del paciente apretando el glande y bombea el desinfectante, que provoca un reflujo de pus y orina y sangre que se derrama en la bacinilla. Joyce, naturalmente, se desmaya.
 
 
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Algún tiempo atrás, John J. Ross preparaba una presentación con fines educativos sobre la sífilis cuando creyó recordar que William Shakespeare había escrito acerca de ella. Ross, un experto en enfermedades infecciosas en un hospital de Boston, había comprobado que los avances en materia de tratamiento de los pacientes infectados con VIH había tenido como consecuencia una relajación de la moral sexual y que ésta estaba provocando un aumento de los casos de sífilis; su presentación no tenía otra finalidad que la de alertar a los adolescentes acerca de la existencia de una enfermedad sobre la que prácticamente no se hablaba desde hacía décadas en los Estados Unidos, a despecho de su popularidad en épocas pasadas. Lo que descubrió, sin embargo, fue más allá de esta tendencia, que había motivado su pequeña investigación en primer lugar: toda la obra de Shakespeare estaba salpicada de referencias a la sífilis. ¿Existía algún tipo de vinculación entre su obsesión con la enfermedad y lo único que se sabe con certeza acerca de su persona, el temblor que lo asaltó en los últimos años de su vida? Ross creyó que sí y escribió un artículo para una revista especializada cuya repercusión lo animó a continuar ocupándose del tema. Shakespeare's Tremor and Orwell's Cough: The Medical Lives of Famous Writers [El temblor de Shakespeare y la tos de Orwell: Las historias médicas de los escritores famosos], el libro publicado en 2012 del que proviene la historia de la gonorrea de Joyce, es el resultado de un talento singular surgido tanto del conocimiento de la medicina como del de la literatura, y la consecuencia de una preocupación recurrente no sólo en los médicos.
 
 
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No parece improbable que nuestro interés en las biografías de los escritores y en sus autobiografías se deba principal (y a menudo exclusivamente) al entusiasmo que nos provocan los padecimientos médicos de los otros: sin estos padecimientos, las colas en el mercado serían aún más irritantes; las reuniones sociales, más pedestres; las convalecencias, más monótonas. A mí, una internación breve algunos años atrás me llevó a convertirme en un pequeño experto en hernias testiculares, de las que mi compañero de habitación (que había padecido tres) me informó regular y detalladamente, mostrándome (por cierto) las que acababan de quitarle. Mis padecimientos médicos (todos de carácter crónico, todos medianamente relevantes, todos vinculados a restricciones y a imposibilidades, todos más o menos mortales a largo plazo, como la vida) importan poco aquí, pero parece necesario mencionar que, si en alguna ocasión me refiero a ellos, el entusiasmo y el interés de mi interlocutor aumentan de manera exponencial. Algo en la naturaleza de la enfermedad nos aproxima, posiblemente la constatación de que nuestra existencia está sometida a padecimientos similares. Que también lo esté la de los escritores no debería sorprendernos, pero lo hace, y en ello parece haber un testimonio de la forma en que al menos hasta tiempos recientes considerábamos a los escritores y a su obra al margen del tiempo y de las circunstancias vitales, en una inmortalidad de la que la existencia terrena sólo era un paréntesis; si acaso uno incómodo y atravesado por la enfermedad: en tiempos recientes esa consideración sólo parece destinada a los escritores de derechas, a los diseñadores de moda y a los que inventan dispositivos electrónicos, pero aun así nos interesan las enfermedades de los escritores, que los humanizan. Vaya, son como nosotros, parecen pensar algunos; como si no fuese evidente que lo son y que la única razón por la que la literatura tiene algún tipo de relevancia es que es testimonio de la posibilidad de trascender la condición común, de ir más allá de los condicionantes de una época y de una existencia francamente malas pero tampoco mejorables.
 
 
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Al parecer (y esto lo sugiere Ross), Shakespeare murió a consecuencia de una fiebre tifoidea no vinculada con su envenenamiento con mercurio, un ingrediente habitual en los baños que se prescribían a los enfermos de sífilis en la época victoriana; Jonathan Swift padeció demencia senil (destinó su herencia a la creación de un asilo para alienados en Dublín, que aún existe, sosteniendo que ninguna ciudad lo necesitaba más); Nathaniel Hawthorne parece haber muerto de una trombosis relacionada con un cáncer de estómago que la medicina de su época no podía diagnosticar ni curar; la vida de su amigo Herman Melville estuvo lastrada por las tragedias familiares, las malas críticas, el alcoholismo y las enfermedades mentales, pero el autor de Moby Dick parece haber muerto de un ataque cardíaco, como William Butler Yeats; todas las Brontë murieron de tuberculosis (quien tenga en cuenta la gran cantidad de lluvia que cae en sus novelas y las lágrimas que se vierten en ellas se preguntará por qué no murieron ahogadas); a los cuarenta años de edad, Jack London tenía piedras en los riñones, dolor articular y problemas dentales que se sumaban a un consumo regular y extensivo de alcohol, morfina y tabaco (sesenta cigarrillos rusos diarios, sin filtro), así como a una alimentación compuesta casi exclusivamente de bonito, pato poco hecho y lo que el autor de El llamado de la selva denominaba "sándwiches caníbales" (carne cruda con cebollas picadas), pero en ese período escribió sus mejores historias; George Orwell sobrevivió a los meses de mendicidad que relató en su libro Sin blanca en París y en Londres y a una bala en el cuello durante la Guerra Civil española para morir de una tuberculosis que lo había perseguido toda la vida; Jorge Luis Borges, Gilberto Owen, Aldous Huxley, John Fante, James Joyce, James Frazer, Jean Paul Sartre, Wyndham Lewis y Alejandro Sawa murieron ciegos. Según Ross, tras perder la vista, John Milton recurrió a sus hijas, a las que enseñó, para que le leyesen en voz alta, cómo pronunciar palabras en griego, latín, italiano, español, francés y hebreo, pero no les enseñó el significado de esas palabras, ya que, en su opinión, "para la mujer, con una lengua es suficiente".
 
 
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No fueron los únicos escritores enfermos, ni siquiera los que peor lo pasaron, y alguien debería elaborar algún día un catálogo de las enfermedades y los autores que las padecieron para el que no tengo aquí ni el tiempo ni el espacio. Una contribución a ese catálogo futuro, sin embargo: Francis Scott Fitzgerald, Sinclair Lewis, Eugene O'Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Edna St. Vincent Millay, Hart Crane, Thomas Wolfe, Dorothy Parker, Ring Lardner, Djuna Barnes, John O'Hara, Tennessee Williams, John Berryman, Carson McCullers, James Jones, John Cheever, Jean Stafford, Truman Capote, Raymond Carver y James Agee fueron alcohólicos, de acuerdo al libro de Tom Dardis The Thirsty Muse: Alcohol and the American Writer [La musa sedienta: El alcohol y el escritor estadounidense], publicado en 1989; Agatha Christie padeció un episodio famoso de amnesia; John Dos Passos perdió un ojo en el accidente de tránsito en el que murió decapitada su esposa, en 1947; también Carson McCullers perdió la visión de un ojo en torno a los veinte años de edad, como el Marqués de Sade y Fiódor Dostoievski, que la perdieron en la cárcel; Cornell Woolrich perdió una pierna a raíz de su alcoholismo; Joseph Heller padeció una parálisis vinculada con el síndrome de Guillain-Barré: habló de ella tras su recuperación en un libro titulado No Laughing Matter [No es gracioso]; más interesante aún, el escritor polaco Sławomir Mrożek sufrió un ictus cerebral que le provocó una afasia o pérdida del lenguaje: su libro Baltasar (Una autobiografía), publicado recientemente por Acantilado, da cuenta de esta condición pero también es una victoria sobre ella, ya que Mrożek escribió el libro con ayuda de su logopeda para recuperar el uso de las palabras. Ninguno de ellos fue el escritor más enfermo de la historia del siglo xx: la escritora más enferma de la historia del siglo xx fue Katherine Anne Porter. A continuación viene Samuel Beckett y después Flannery O'Connor, pero la ganadora indiscutida es la autora de La nave de los locos: se le diagnosticó erróneamente tuberculosis y permaneció internada dos años en un hospital (en realidad tenía bronquitis); estuvo a punto de morir en la epidemia de gripe de 1918 y quedó completamente calva (cuando su cabello volvió a crecer se había vuelto blanco); en el transcurso de un matrimonio que duró algo menos de un año su marido le contagió la gonorrea, lo que (según algunas fuentes) llevó a que se le tuviera que practicar una histerectomía; padeció dolores en los dientes de forma intermitente a lo largo de su vida y tuvo varios episodios depresivos; murió a los noventa años de edad, sin embargo.
 
 
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En su ensayo "Literatura + enfermedad = enfermedad", Roberto Bolaño (quien padeció desde 1992 la insuficiencia hepática que acabó con su vida en 2003 y que siempre consideró que, de no haber caído enfermo, posiblemente no hubiese escrito con la entrega y la prisa con las que lo hizo en sus últimas décadas de vida, dejando una obra inmensa y aún parcialmente inédita) concibe la literatura como una forma de enfermedad; sin embargo, parece evidente que no es la enfermedad la que produce la obra de forma directa, sólo el imperativo de llevarla a cabo. La Biblia dice "trabaja porque llega la noche en que no se puede trabajar", y esa noche es la enfermedad y es la muerte, lo que también parece haber sabido Warren Zevon, autor de la canción I'll Sleep When I'm Dead [Dormiré cuando haya muerto]. (Por cierto, en sus últimos meses de vida, Zevon apostó con Johnny Cash que no sería él quien se muriese primero. Perdió. Cash murió el 12 de setiembre de 2003 y Zevon el 7 de ese mes, cinco días antes.)
 
 
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Ella Berthoud y Susan Elderkin propusieron recientemente una aproximación diferente y singularmente exitosa al tema de los escritores y las enfermedades: su libro The Novel Cure: An A-Z of Literary Remedies [La cura de la novela: Una guía de remedios literarios de la A a la Z] propone soluciones literarias a enfermedades y a situaciones vitales específicas al margen de las que hayan sido las historias clínicas de sus autores. Berthoud y Elderkin proponen combatir la agorafobia o temor a los espacios abiertos con la novela de Kobo Abe La mujer de la arena; el alcoholismo, con las novelas El resplandor de Stephen King y Bajo el volcán de Malcolm Lowry; el temor existencial, con Siddharta de Hermann Hesse; etcétera. El libro ha sido un éxito de ventas en Reino Unido y Alemania, entre otros países, lo que es magnífico al tiempo que desconcertante, habituados como estamos a creer (y esto lo creen específicamente los malos lectores y los editores perezosos) que la literatura es un paréntesis en la vida y nada tiene que ver con ella, que se trata de tiempo "perdido" y que sólo la autoayuda vincula lectura y beneficio práctico.
 
 
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Nadie quiere morir, excepto los suicidas y los que leen a ciertos escritores húngaros; en los ambientes formales, hablar de la enfermedad es considerado de mal gusto, en particular si uno lo hace minuciosamente. No discutiré el hecho de que el relato durante la comida de una infección vaginal o el de un episodio de hemorroides (contra el cual, por cierto, las autoras de The Novel Cure recomiendan Downriver de Iain Sinclair pese a que ninguno de sus personajes padece ese mal) pueden resultar desagradables (en particular si se está comiendo fabada), pero lo cierto es que, si estas enfermedades no constituyen el punto de partida para la producción literaria, sí pueden ser (y de hecho lo son desde hace siglos) uno de sus mejores temas. Vivimos en un mundo en el que los avances de la medicina y las superficies pulidas (que el ensayista polaco Adam Soboczynski señalaba recientemente como metáfora de nuestra época) nos han birlado buena parte de esos temas (por ejemplo, ya nadie sabe qué cosa es el chancro sifilítico que los poetas decadentistas consideraban el colmo de la voluptuosidad; Google ofrece un repertorio interesante de imágenes) y nos han convencido de que la enfermedad y la literatura son paréntesis en una vida que debe ser productiva y estar orientada a un fin. Este convencimiento es, sin embargo, una trampa; más precisamente, el tipo de trampa del que la literatura y la enfermedad permiten escapar, y en esto sí literatura y enfermedad son lo mismo y cumplen idéntica función. Leonardo Sanhueza señala en su libro Agua perra que "la mayor enfermedad que existe es creer que la enfermedad no es parte de nosotros y que somos sanos por naturaleza", y es evidente que, frente a esa enfermedad, sólo la literatura y la enfermedad pueden actuar como cura o al menos como liberación: del imperativo médico de la salud, del imperativo profesional de la disponibilidad permanente, del imperativo ético de estar siempre y acríticamente felices, del imperativo social del temor a caer enfermo. Un libro reciente, Kafkas Krankheiten [Las enfermedades de Kafka] de Johannes Groß, ratifica esta afirmación: al ocuparse de la miopía, la anorexia, el mareo, la neurastenia y la tuberculosis, así como de los defectos físicos, la atención médica y los medicamentos tal como éstos aparecen en la obra del escritor checo, Groß no sólo pone de manifiesto que la enfermedad está en el origen de los vínculos de sumisión y dependencia que se establecen entre sus personajes, sino que también señala la enfermedad como la promesa de liberación que el autor de El castillo pareció encontrar definitivamente cuando descubrió que estaba enfermo de tuberculosis: por fin llegaba la enfermedad a poner fin al temor a caer enfermo y a la angustia de creer que no existe un fin a tantos esfuerzos. Más vale un final con horror que un horror sin final, afirman los alemanes, y la literatura y la enfermedad nos lo recuerdan a menudo.
 
 
[Publicado originalmente en El Estado Mental. Madrid, octubre de 2014.]

[Publicado el 24/2/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Disidencias]

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Leer con los ojos cerrados / "Un mundo propio. Diario de sueños" de Graham Greene

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El autor de El poder y la gloria siempre se negó a escribir una autobiografía por considerar que en ella, inevitablemente, habría tenido que hablar de otras personas, lo que le parecía odioso; sin embargo, poco antes de morir dejó listo para su publicación este "diario de sueños", que había escrito entre 1965 y 1989 y que constituye incluso un testimonio más íntimo que el que podría haber ofrecido en un relato autobiográfico.
 
Puesto que murió en 1991, la pregunta de si Greene soñó o no en sus dos últimos años de vida (y, en caso afirmativo, por qué no puso también esos sueños posteriores por escrito) es inevitable; también la constatación de que, si bien el autor afirma aquí que no solía tener pesadillas, el libro está lleno de ellas, que lo muestran en momentos de peligro en escenarios bélicos o protagonizando incómodas situaciones. Aquí hay sueños en los que Greene sorprende al Papa durmiendo, dialoga con Robert Graves, Jean Cocteau, T.S. Eliot, D.H. Lawrence o Jean Paul Sartre (quien le comenta: "Habla usted francés muy bien, pero [...] no entiendo una palabra de lo que dice", 35), encaja con deportividad una pulla de Nikita Jrushchov, es nombrado arzobispo de Westminster, descubre a un antecesor de Jesús llamado absurdamente "Mouskie", mantiene una conversación con un perro en horas bajas, cambia su opinión sobre el actor Peter Ustinov cuando éste le sirve el desayuno en la cama, orina gambas y cigalas, viaja en tren a un pueblo llamado "Horden" donde habita la felicidad.
 
Para Greene, "recordar un sueño de principio a fin es un pasatiempo tan intenso que puede producir la ilusión de catapultarte a un mundo distinto"; la vida en ese mundo, que el autor designa como "propio" en contraposición al mundo "común" que comparte con nosotros, no es, sin embargo, ajena a lo que denomina "las preocupaciones conscientes" (10), y en los sueños de Greene no sólo se ponen de manifiesto sus dudas y sus incertidumbres como escritor, sino también el origen de una obra; de hecho, como afirma el propio autor, algunos de sus libros surgieron de sueños, en especial Campo de batalla y El cónsul honorario.
 
A sabiendas de esto (y en oposición a buena parte de los libros de relatos oníricos que existen, siendo los más recientes éste y éste), Greene narra sus sueños como anécdotas diurnas, de tal modo que el lector puede leer, para su asombro, frases como la que sigue: "El 28 de abril de 1988 me vi embarcado en un desagradabilísimo viaje por río a Bogotá en compañía de Henry James". En ella, la vivencia onírica está vinculada con la fecha "real" en que se produjo el sueño, lo que otorga a este y a los otros pequeños relatos oníricos del libro un carácter desconcertante y no exento de ironía. Naturalmente, el autor de Retrato de una dama murió en 1916; y posiblemente hubiese preferido no ser narrado, ya que, como escribió en una ocasión, contar un sueño es equivalente a perder un lector. Un mundo propio pone de manifiesto, sin embargo, que no siempre es así, y que la vida nocturna de una persona puede ser de interés en la vida diurna de otra, en particular si quien está despierto es un buen lector y, quien duerme, un autor de la importancia y del talento de Greene. A Un mundo propio se lo lee con los ojos cerrados por la sorpresa.
 
 
Graham Greene
Un mundo propio. Diario de sueños
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Segovia: La Uña Rota, 2014
 
 
[Publicado originalmente en Babelia, suplemento de cultura del diario El País. Madrid, 3 de enero de 2015.]

[Publicado el 19/2/2015 a las 17:30]

[Etiquetas: Graham Greene, Miscelánea, La Uña Rota]

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El hielo delgado / "Nuestro modo de vida" de Rodolfo Enrique Fogwill

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"No hay que ser: hay que parecer más, lo que parece más es más", dice su jefe al protagonista de Nuestro modo de vida, pero Francisco Romero ya lo sabe: a este gerente de una compañía multinacional de actividad difusa lo único que le preocupa, lo único que realmente lo apasiona, es librarse del coche blanco que posee y adquirir uno azul, ya que este color es el que parece estar de moda.
 
Romero es uno más de esos personajes de Fogwill que participan de instituciones y de procesos sociales que no comprenden pero en los que se orientan sin dificultades: su talento se desprende tanto de la falta de inteligencia de quienes lo circundan (magnífica la reproducción de la conversación vacua y masculinamente perentoria entre los gerentes) como de una cierta moderación, que en el caso de Romero lo lleva a no desear más de lo que posee (a excepción del coche azul), no hacer preguntas, no excederse en el consumo de drogas, no involucrarse emocionalmente en exceso, no cuestionar los proyectos de sus jefes (uno de los cuales consiste en organizar una fiesta con prostitutas "disfrazadas de gitanas" para unos empresarios japoneses de cuya satisfacción depende un importante contrato), no prestar atención a las señales que indican que su existencia se desliza sobre una capa de hielo delgado, que son las señales propias de la Argentina inmediatamente previa a la escritura de este libro, en 1981 (la referencia a La luz argentina de César Aira, que fue publicada en 1983, hace pensar que esa fecha pudo haber sido posterior, aunque también es verosímil que Fogwill leyera la novela de Aira en manuscrito): inundaciones, suicidios de indigentes, cadáveres flotando en el Río de la Plata, personas desaparecidas, tiroteos nocturnos, tomas de casas por parte de organizaciones guerrilleras, una serie de acontecimientos que, en uno de los pasajes más brillantes del libro, permite a Fogwill imaginar la historia de Argentina como "un gran insecto volcado sobre su lomo, agitando en vano infinidad de miembros en el aire opaco. Seguramente todo sucede a sus espaldas: fuera del campo de la visión animal; detrás de sí, debajo suyo, se procesan innumerables hechos que él ignora y que lo van modificando con lentitud, a pesar del ansioso agitarse de sus patas, su cola, sus inútiles antenas".
 
En una de sus últimas novelas, Urbana (2003), Fogwill se preguntó por las razones por las que se debería leer lo que alguien ha dejado escrito antes de morir: su importancia como escritor hace que, al menos en su caso, esas razones sean evidentes a pesar de que Nuestro modo de vida no es su mejor libro (véanse pasajes como el siguiente, por ejemplo: "Por la vereda de mosaicos rojos ya no sentía el tacto áspero del césped a través de la suela de sus zapatillas. Sentía ahora la trama geométrica de la superficie del mosaico superponiéndose con la trama antideslizante de la cara externa de la suela de sus zapatillas. Duro, el mosaico golpeaba duramente el blando suelo de sus pies al marchar") y se ve perjudicado, además, por una sucesión de errores que su autor (interesado siempre en la "precisión" de lo dicho) habría corregido de haber tenido oportunidad: un día concluye con "un atardecer de invierno" y lo sigue "una mañana tibia y nublada de otoño"; el pollo que el personaje ha comido se convierte en jamón páginas después; en una hora, el personaje principal tiene tiempo para vestirse, correr dos kilómetros, ducharse, cenar y tomar dos copas de vino; se insiste en la expresión tener "la pelota" por el suelo, cuando se trata de un plural; etcétera.
 
Nuestro modo de vida tiene pasajes excepcionales, sin embargo: el hallazgo de los cadáveres en el río, la idea de que, en relación a su costo, "un auto es igual a un sexto de cuatro hijos, es decir, dos tercios de hijo, poco más o menos", la de que las noches de oscuridad perfecta se agazapan detrás de los días de cielo azul y una concepción del sueño como "cortina que protege de la irritante claridad de los días vividos". No parecen suficientes para inscribir Nuestro modo de vida entre las grandes novelas de Fogwill (que posiblemente sean La experiencia sensible y En otro orden de cosas), aunque sí para situarla entre las mejores novelas argentinas publicadas este año, lo que posiblemente signifique que, incluso en horas bajas, el autor de Los Pichiciegos fue mejor que sus imitadores, sobre todo cuando sus temas (como en esta novela) fueron la vida económica como ficción y la fragilidad de la existencia social, ese deslizarnos sobre el hielo delgado que Fogwill narró magistralmente en libros mejores que Nuestro modo de vida.
 
 
Rodolfo Enrique Fogwill
Nuestro modo de vida
Barcelona y Buenos Aires: Alfaguara, 2014
 
 
[Publicado originalmente en Babelia, suplemento de cultura del diario El País. Madrid, 6 de diciembre de 2014.]

[Publicado el 17/2/2015 a las 17:45]

[Etiquetas: Rodolfo Enrique Fogwill, Novela, Alfaguara]

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El espejo que rompimos en Berlín / 8 libros para entender la caída del Muro

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Un fragmento de la instalación de Yadegar Asisi "Die Mauer" / Crédito de la fotografía, de su autor /

1. Uwe Johnson, Dos puntos de vista (Trad. Iván de los Ríos. Madrid: Errata Naturae, 2011)
 
168 kilómetros de extensión, empalizadas de una altura media de entre 3,40 y 4,20 metros, casi 112 kilómetros de muros de cemento y ladrillo, 44,50 kilómetros de valla metálica y medio kilómetro de fachadas de antiguas casas, 300 torres de vigilancia, 31 puestos de operaciones, 259 kilómetros de zona de patrullaje con perros y 20 búnkeres: ninguna de estas cifras es mencionada en Dos puntos de vista, y, sin embargo, como afirmó Max Frisch, "nadie mostró mejor los síntomas de esta enfermedad llamada Muro de Berlín" que Uwe Johnson, quien escapó de la así llamada República Democrática de Alemania dos años antes de su construcción, en 1959. Dos puntos de vista narra una historia de amor en la que los amantes no se pueden ver, no pueden hablarse ni tocarse, separados como están por un muro cuya existencia es para ellos, como para sus compatriotas, una cicatriz y una marca indeleble.
  
2. Frederick Taylor, El muro de Berlín (Trad. Antoni Puigròs Jaume. Barcelona: RBA, 2009)
 
No comienza con las famosas palabras del presidente del Consejo de Estado Walter Ulbricht "Nadie tiene la intención de construir un muro", pronunciadas algo menos de dos meses antes de que se procediese a dicha construcción, el 13 de agosto de 1961, sino que se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando sus vencedores se repartieron la antigua capital del Tercer Reich y, en general, el mundo: algunos años después, la huída masiva de ciudadanos de la RDA llevó a sus autoridades a crear el Muro, que devino ícono de un mundo dividido, que se cobró unas ochenta víctimas a lo largo de su historia, que tenía que proteger a los alemanes del Este (en la RDA se lo llamaba "muro de protección antifascista") y que sólo los retenía, a veces con su anuencia (véase la antología de Ibon Zubiaur Al otro lado del Muro. La RDA en sus escritores).
 
3. Jean-Marc Gonin y Olivier Guez, La caída del muro de Berlín (Trad. Manuel Talens. Madrid: Alianza, 2009)
 
Aparentemente (sólo aparentemente) menos ambiciosa que la de Taylor (y que el libro de William F. Buckley La caída del Muro de Berlín, de 2004, que algunos consideran el mejor, o el segundo mejor, libro sobre dicho acontecimiento) e igualmente exhaustiva, la obra de estos periodistas franceses relata los últimos treinta y cinco días de la existencia del Muro, entre el 6 de octubre y el 9 de noviembre de 1989, cuando fue franqueado por los manifestantes. El suyo no es un análisis político de la situación extraordinariamente inusual que hizo posible que el Muro y el régimen que lo había construido se derrumbaran en apenas horas y de forma pacífica (una interpretación literal de esos hechos es que éste cayó porque el embajador soviético en Berlín no quiso levantar de la cama a Gorbachov, que ya se había acostado cuando comenzaron los incidentes, y debido a que el vocero de prensa del régimen se enfrentó a los periodistas sin haber leído la segunda página de su comunicado, que corregía y completaba los términos esbozados en la primera página de ese comunicado), sino un relato coral cuyos narradores (periodistas, artistas, sacerdotes, espías, soldados, políticos y manifestantes anónimos) fueron protagonistas de unos días cuya importancia sólo pudieron comprender mucho tiempo después.
 
4. Julia Franck, Zona de tránsito (Trad. Belén Santana López. Barcelona: Tusquets, 2007)
 
En Conjeturas sobre Jakob, su obra más conocida, Uwe Johnson contó la historia de un personaje que "era extranjero en el Oeste y en el Este ya no se sentía en casa"; algo similar le sucede a los de este libro, en el que su autora aprovecha las experiencias acumuladas durante su huída al Oeste junto con su familia cuando era una niña para narrar la vida de los refugiados en los campos de internamiento de Berlín Occidental y el tipo de descubrimientos y las decepciones que se producían al cruzar "al otro lado". Julia Franck es también la antóloga de Grenzübergänge [Pasos de frontera], una selección de textos acerca del mismo tema de autores como Günter Grass, Thomas Brussig y Roger Willemsen, el único que se permite no una crítica de la Reunificación alemana, pero sí del modo en que se la llevó a cabo.
 
 
5. Ingo Schulze, Historias simples (Trad. Lina Almaín. Barcelona: Destino, 2000)
 
Un puñado de relatos excelentes que narran la vida cotidiana a la sombra del Muro bajo la influencia de Raymond Carver y Ernest Hemingway: su aparente falta de ambición y el talento narrativo exhibido en ellas las conecta con la novela de Thomas Brussig La avenida del sol (Trad. Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2001), en la que una chaqueta, un disco de los Rolling Stones contrabandeado que puede, literalmente, salvar una vida y una adolescencia bajo un régimen de terror que, sin embargo, los personajes añoran por ser la única que tuvieron, son narrados con una comicidad contagiosa que hacen del libro de Brussig algo tan recomendable como su adaptación cinematográfica (dir. Leander Haußmann, 1999) y otros dos filmes alemanes: la comedia Good Bye Lenin! (dir. Wolfgang Becker, 2003) y el drama La vida de los otros (dir. Florian Henckel von Donnersmarck, 2006).
 
6. Uwe Tellkamp, La torre (Trad. Carmen Gauger. Barcelona: Anagrama, 2011)
 
Como puso de manifiesto hace dos años la instalación Die Mauer [El Muro] del artista berlinés Yadegar Asisi, éste no sólo fue un muro, sino también un espejo, una superficie de refracción de las contradicciones, las desigualdades, las ambiciones y los orgullos de ambos lados, el occidental y el oriental. En esa superficie se miran los personajes de Nuevas vidas (Trad. Carles Andreu Saburit. Barcelona: Destino, 2008), también de Ingo Schulze, cuya ambición y excesos la ponen en una serie con esta monumental obra de Uwe Tellkamp (887 páginas) que aborda los últimos siete años de la RDA a través de los integrantes de una familia de Leipzig, los Hoffmann. Ninguno de ellos es un héroe, pero, precisamente por ello, por la mezcla de adecuación y de resistencia que caracteriza sus vidas, La torre es quizás el relato más honesto acerca de la vida interior de los habitantes de la RDA que se ha escrito hasta el presente.
 
7. Eugen Ruge, En tiempos de luz menguante (Trad. Richard Gross. Barcelona: Anagrama, 2013)
 
Mucho de esa vida interior se pone de manifiesto, también en En la ciudad del mañana, el diálogo entre el arquitecto Hermann Henselmann y la escritora Brigitte Reimann que documenta el tipo de intercambios que se producía en la RDA entre intelectuales (Trad. Ibon Zubiaur. Madrid Errata Naturae, 2014). Esa vida interior también aparece en esta novela de Ruge, quien hace que sus personajes orbiten en torno al 9 de noviembre de 1989, a sus antecedentes y a sus consecuencias. El 9 de noviembre de 1989 es precisamente el día en que el patriarca de la familia de En tiempos de luz menguante cumple años, pero también el día en que su mundo y el de sus personajes se derrumba; pero el arco temporal de esta novela es mayor, de 1945 hasta un presente en el que la RDA ya no existe excepto en las conciencias de sus antiguos habitantes.
 
8. Jana Hensel, Zonenkinder [Los niños de la zona] Reinbeck bei Hamburg: Rowohlt, 2002
 
Los altos índices de desempleo en la antigua RDA, la destrucción de su cultura y la imposición de formas propias del capitalismo occidental que han reemplazado a las prácticas de resistencia y de solidaridad durante el comunismo, ponen de manifiesto en nuestros días que, si el Muro de Berlín fue un espejo, éste ha saltado en pedazos. El desconcierto ante la imagen que esos pedazos devuelven está presente en las novelas mencionadas, cuyos personajes no acaban de hacer pie en una sociedad en la que el sentido de comunidad ha sido sustituído por el interés personal, y también aparece en este libro, el relato de los intentos por parte de la narradora, que era una niña cuando cayó el Muro, por encajar en la Alemania reunificada sin renunciar a una identidad "del Este". La tarea de recomponer el espejo roto para ver qué hubo o qué hay allí, sugiere Hensel, todavía nos llevará décadas.
 
 
[Publicado originalmente en Babelia, suplemento de cultura del diario El País. Madrid, 29 de octubre de 2014.]

[Publicado el 10/2/2015 a las 17:30]

[Etiquetas: Uwe Johnson, Frederick Taylor, Jean-Marc Gonin, Olivier Guez, Julia Franck, Ingo Schulze, Uwe Tellkamp, Eugen Ruge, Jana Hensel]

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Una súper triste historia de amor verdadero / "Mi educación" de Susan Choi

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No es raro que una alumna se interese sexualmente en su profesor, en particular si éste es tan atractivo como Nicholas Brodeur, quien suele pedir a sus alumnas que le lean a John Donne en la oscuridad mientras (dicen) se masturba; tampoco es raro que el profesor se enamore de la alumna, en especial si ésta, como Regina Gottlieb, tiene veintiún años y talento. Mi educación, cuarta novela de la estadounidense Susan Choi (1969) y la primera publicada en español, se articula sobre el fondo demasiado familiar de decenas de novelas románticas, ninguna particularmente relevante; la suya lo es, sin embargo, y esto en virtud de que Choi jamás se precipita en los abismos de puerilidad a los que se asoma una y otra vez: cuando el lector cree que Gottlieb iniciará una relación romántica con su profesor, ésta lo hace con Martha, su esposa; cuando el lector espera que esa relación tenga lugar en la clandestinidad, Choi la hace pública; cuando el lector cree que el interés amoroso del único amigo de Gottlieb se orienta hacia ella, resulta que el muy singular Dutra tiene otra cosa en mente; cuando se produce la ruptura, no hay venganza; cuando Gottlieb y su antiguo profesor se reencuentran, y el lector espera algún tipo de final feliz, su unión es tan triste como la de dos náufragos en una isla; en el momento en que Gottlieb consigue finalmente reunir el coraje para reencontrarse con Martha, con quien lo hace es en realidad con Joachim, el hijo de Martha y de Nicholas.
 
Choi describe con notable precisión y algo de crueldad los ambientes universitarios, que conoce bien (da clases en Princeton), pero la suya no es tanto una novela de campus como una historia de amor desaforado y algo parecido a una novela de formación. Quien haya vivido una historia como la de Regina y Martha (es decir, una relación amorosa presidida por la diferencia de edad, la disparidad de objetivos, la diferencia en los criterios con los que los integrantes de la pareja determinan qué y cuándo dan al otro y una violenta atracción física) se identificará tan intensamente con este libro y con sus personajes que muy posiblemente omita el hecho de que, en realidad, Mi educación no ofrece grandes sorpresas ni se sostiene en ningún tipo de intriga, por no mencionar el obstáculo que suelen constituir para ciertos lectores páginas en las que las amantes se abrazan tan estrechamente que sobre ellas podría trepar una planta y desplegar "sus flores rosa con forma de pequeña trompeta", "el aroma a sexo incipiente" golpea como "el fermento terroso en un ajetreado horno de pan", la narradora se imagina con su amante como "sílfides brincando en un claro del bosque con coronas de margaritas y una estela de encaje", Martha desprende "un néctar embriagador" y su orgasmo es descripto como "la implosión chorreante del impacto". Que la novela se sobreponga a frases como esta es prácticamente un milagro, pero, en algún sentido, la misma obra, en su oscilante recorrido entre la sofisticación y los lugares comunes, también lo es.
 
A aquellos lectores a los que este recorrido no les desagrada (tampoco la identificación con los personajes), y a los que pueden concebir a qué huele el néctar, Mi educación ofrece un retrato despiadado de las inclemencias propias del amor y del deseo, de la perplejidad y el desajuste que constituye en todas las parejas la llegada de un hijo y de la vieja disputa entre el deseo y el deber que se libra en ellas, así como un recordatorio de que la mayor parte de las veces la frágil existencia de una pareja depende más de las personas que la rodean que de sus integrantes. Esta novela de Susan Choi tiene pasajes susceptibles de provocar un dolor casi físico en quien la lee (notable la descripción del niño que duerme, en cuyo rostro los de sus padres se proyectan como parpadeos sobrenaturales), pero también ofrece el consuelo de saber que al final, quince años después, su protagonista aprende. ¿Qué aprende? Ah, sí: que todo pasa, también la obsesión amorosa y el dolor de la pérdida.
 
 
Susan Choi
Mi educación
Trad. Laura Vidal
Barcelona: Alba, 2014
 
 
[Publicado originalmente en Babelia, suplemento de cultura del diario El País. Madrid, 3 de octubre de 2014.]

[Publicado el 05/2/2015 a las 17:15]

[Etiquetas: Susan Choi, Alba, Novela]

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Arrastrados por el oleaje / "A espaldas del lago" de Peter Stamm

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Nacido en 1963 en Scherzingen, en el cantón suizo de Thurgau, Peter Stamm es bien conocido por los lectores hispanohablantes gracias a la persistencia de la editorial Acantilado, que ha publicado ya tres novelas suyas y tres libros de relatos, el último de los cuales fue Los voladores (2010). Quienes hayan leído alguno de ellos no hallarán sorpresas en A espaldas del lago, en sus personajes aparentemente grises y en el laconismo de su autor, que ha llevado a que se lo comparase con Albert Camus y con Raymond Carver; los que no lo hayan hecho nunca, por el contrario, tienen aquí la oportunidad de descubrir a uno de los autores suizos contemporáneos de mayor relevancia junto con Angelika Overath, Robert Seethaler y Arno Camenish; un autor caracterizado por la intensidad de sus relatos breves que se deriva de un uso notable de la elipsis y por la incapacidad de sus personajes para expresarse, que lleva a que una profunda tensión entre lo que se dice y entre lo que se piensa o desea recorra todos los relatos.
 
Es lo que sucede en "Los veraneantes", donde un eslavista se dirige a un hotel en las montañas donde espera poder trabajar con cierta comodidad en un artículo acerca de Máximo Gorki; sea una ocupante indeseada, una auténtica empleada del hotel o un fantasma (Stamm no lo aclara, afortunadamente), la mujer que lo recibe en él le ofrece mucho más que comodidad. Tampoco es comodidad (o, por el caso, la sensación de encontrarse en casa) lo que halla el pastor protestante en la parroquia junto al lago que se le asigna en "La cena del Señor" ni el matrimonio en vacaciones que se ve obligado a ser testigo de una tragedia. La profesora de piano que pierde a su mejor alumno y fracasa como concertista en "El último romántico", el hombre que arrastra consigo en un viaje a ninguna parte los enseres personales de su mujer, que está internada y posiblemente ya no los necesite, en "La maleta" o el joven agricultor cuya vida cotidiana se ve interrumpida por la celebración de un festival musical junto a su propiedad y la aparición de una joven en "El Día de los Lirones" expresan la tristeza sin dramatismo y el fracaso sin violencia que atraviesan buena parte de los cuentos de A espaldas del lago.
 
Algunas de las historias del libro tienen finales predecibles y en otras la economía de lenguaje hace poco por disimular cierto exceso en las descripciones y la torpeza de algunos diálogos, pero los cuentos de Stamm ejercen una rara fascinación en el lector que no consiguen lograr muchos escritores. Esa fascinación es especialmente intensa en los dos mejores relatos del libro, "Luna de hielo" y "En el bosque": en el primero, el portero de una vieja fábrica tiene un plan, pero la muerte de su mujer lo lleva a desaparecer, aparentemente sin cumplirlo; en el segundo, una joven que vive tres años en el bosque es delatada por un cazador, regresa a la ciudad, se casa, trabaja, tiene dos hijos, pero empieza a escuchar, cada vez con mayor insistencia, la llamada del bosque, "que a veces le parecía una enfermedad, algo que proliferaba de un modo impredecible".
 
A pesar de que sus personajes habitan todos en las proximidades del lago (el de Constanza o "Bodensee", en el punto geográfico en que confluyen Alemania, Austria y Suiza), en una región específica de un país del que, como Suiza, sabemos poco más allá de los tópicos habituales, Stamm no es un autor "regional", sino el autor de la imposibilidad de decir que algo es "regional", ya que sus personajes, profundamente suizos como son, experimentan las mismas dificultades y las mismas ansiedades que todos nosotros. Al final, todos ellos acaban perdiéndolo todo, arrastrados por el oleaje de un lago que sólo parece sereno en su superficie, pero es profundo y se ha cobrado cientos de víctimas a lo largo de la historia: la transformación de la geografía en destino es, también, uno de los méritos de Peter Stamm.
 
 
Peter Stamm
A espaldas del lago
Trad. José Aníbal Campos
Barcelona: Acantilado, 2014
 
 
[Publicado originalmente en Babelia, suplemento de cultura del diario El País. Madrid, 2 de octubre de 2014.] 

[Publicado el 03/2/2015 a las 17:15]

[Etiquetas: Peter Stamm, Cuento, Acantilado]

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Restos de un naufragio / Nosotros caminamos en sueños 20

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Muy bonitas, pero la literatura no es esto / Crédito de la imagen, de su autor /

¿Qué monumento erigir a unos tiempos que no son buenos pero tampoco mejorables? Al menos en lo que hace a la cultura libresca, ese monumento ya existe y es el local que la cadena de librerías Barnes & Noble tiene en Union Square, en Nueva York: en tres de sus cinco plantas se pueden adquirir tazas, señaladores, postales, bolsas, prendedores, pósters, muñecos, bolígrafos, llaveros, manteles, lápices y fundas para móviles inspirados en unos libros que sólo ocupan dos plantas, las superiores.
 
No es la única librería de estas características en el mundo, pero la Barnes & Noble de Union Square es la que mejor ejemplifica el fenómeno de la desaparición progresiva de la literatura y su reemplazo por unos objetos que la evocan. No importa que esos objetos sean bellos ni que contribuyan a la supervivencia económica de las librerías: ocupan un espacio destinado a los libros y obligan al visitante a abrirse paso a través de ellos como si nadase contra una marea que arrojara a las playas los restos de un naufragio.
 
El naufragio es el de la cultura libresca y el de un mundo en el que los libros servían para "aprehender" lo que nos rodea, para comprenderlo y, eventualmente, para transformarlo. Mientras se recorre la librería de Union Square es difícil no pensar que todos estamos contribuyendo a ese naufragio publicando una literatura inane, comercializando su nostalgia en forma de objetos, celebrando sus ejemplos más conservadores, aupándolos a las portadas de ciertos suplementos; de pie en el centro del monumento a una cultura libresca que desaparece es difícil no preguntarse si las estrategias de resistencia que se esbozan podrán revertir una tendencia a la desaparición de lo que amamos o la literatura se convertirá, ya definitivamente, en nada más que un motivo en una camiseta.
 
 
[Publicado originalmente en Nosotros caminamos en sueños, sección bimensual en El País Semanal, 6 de enero de 2015.] 

[Publicado el 29/1/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias]

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Una nación de adorables embaucadores / "El monstruo de Hawkline" de Richard Brautigan

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Richard Brautigan publicó El monstruo de Hawkline (que sus editores denominan "un western gótico") en 1974; algunos meses después vio la luz oficialmente The Basement Tapes, las grabaciones que Bob Dylan y los integrantes de The Band habían realizado entre junio y octubre de 1967 y circulaban en ediciones piratas desde hacía años.
 
Al igual que en The Basement Tapes, la narrativa de El monstruo de Hawkline es una mezcla de laconismo y verborragia de vendedor ambulante de biblias; como en el disco de Dylan, también (o, por el caso, como en las canciones de Tom Waits), el libro de Brautigan está poblado de elementos excéntricos: agentes de la ley con una idea por lo menos singular de las obligaciones de su cargo, vendedores de caballos con pata de madera, una cocinera a la que llaman "Ma", un científico que lleva a cabo incomprensibles experimentos en un sótano helado, caminos que serpentean "como la letra de un agonizante" (60), muertos "tan muertos que necesitas dos tumbas para enterrarlos" (31), pueblos que sólo tienen "tres bares, un café, una tienda grande, una herrería y una iglesia" (44), etcétera.
 
Greer y Cameron (los personajes del libro) suelen matar gente por dinero, pero tienen buen corazón; cuando una india llamada Niña Mágica los contrata para cumplir un encargo en la localidad de Billy, en Oregón, ninguno de los dos es consciente de que este encargo supondrá tener que hacer frente a la transformación de Niña Mágica en la señorita Hawkline (es decir, en una de ellas), a la muerte y reducción del mayordomo, a un monstruo que se compone de luz y de una sombra existencialista y a un paternal paragüero con forma de pata de elefante, invenciones no necesariamente propias de una novela convencional que aspirase a la verosimilitud (Richard Brautigan jamás escribió una así, por fortuna para sus lectores) sino de las narraciones orales que están en el origen de The Basement Tapes y en lo que el importante crítico cultural Greil Marcus denominó "the old, weird America" [los viejos, excéntricos Estados Unidos], el repositorio de proyectos descabellados, relatos orales, canciones anónimas y oscuras y personajes míticos que constituye la fuente de la que bebe lo mejor del arte producido en Norteamérica desde sus orígenes.
 
El monstruo de Hawkline pertenece a ese arte por derecho propio: en algún sentido, lo que este libro de Brautigan viene a decir es que la "autenticidad" perseguida por su generación durante la década de 1960 en los Estados Unidos sólo podía llevar a la decepción colectiva porque los Estados Unidos eran el resultado de un chiste y de una mentira magníficos, una nación de adorables embaucadores. Uno sólo puede temblar al imaginarse qué podría haber sucedido con este material en manos de un autor "serio" (un argentino, por ejemplo); en las de Brautigan se ha convertido en una novela muy divertida, traducida en esta ocasión, con su solvencia habitual, por Damià Alou.
 
 
Richard Brautigan
El monstruo de Hawkline. Un western gótico
Trad. Damià Alou
Barcelona: Blackie Books, 2014

[Publicado el 27/1/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Richard Brautigan, Blackie Books, Novela]

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El colaboracionismo explicado a los niños / "Sigmaringen" de Pierre Assouline

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No es necesario tener conocimientos previos acerca del régimen colaboracionista de Vichy ni sobre sus estertores en suelo alemán para leer Sigmaringen, la nueva novela del periodista y ensayista francés Pierre Assouline (Casablanca, 1953): todo lo que se necesita saber acerca de él y de sus principales actores (el mariscal Pétain, el presidente Laval, etcétera) es narrado aquí por Julius Stein, mayordomo del castillo de Sigmaringen a quien los legítimos propietarios del inmueble, los príncipes de Hohenzollern, dejan a cargo de su administración y de la atención a los huéspedes franceses cuando el castillo es expropiado por orden de Joachim von Ribbentrop; en los escasos meses en los que debe servir a los franceses, Stein es testigo del hundimiento de los ánimos y de las rencillas no sólo entre los colaboracionistas principales sino también entre los refugiados franceses que han llegado a Sigmaringen con la esperanza de escapar de la guerra y de la venganza de sus ganadores, y también es testigo de un juego de espionaje y contraespionaje que quizás no comprende del todo pero en el que se ve envuelto.
 
Julius Stein (es decir, Pierre Assouline) narra todo esto con una cierta pomposidad que, aunque irritante para el lector, es consecuente con las características psicológicas del personaje, un mayordomo "de la vieja escuela". Más irritante, por previsible, es su condición de héroe subterráneo de la Resistencia alemana, así como su "secreto", que el lector descubre mucho antes de que le sea revelado por el autor y debido al trazo grueso con el que éste ofrece los indicios para ese descubrimiento.
 
Aún más irritante, sin embargo, es el carácter didáctico de lo narrado aquí, que contrarresta cualquier posibilidad de que este libro pueda ser disfrutado como una ficción: absolutamente todo aquí, incluyendo la presencia de Louis-Ferdinand Céline en Sigmaringen, es "explicado" al lector, y en ocasiones no de forma muy convincente. Assouline es un buen periodista literario (de lo que ya ha dado muestras en el pasado con biografías como Simenon: Maigret encuentra a su autor [Espasa, 1994], Hergé [Destino, 1998] y Gaston Gallimard: medio siglo de edición en Francia [Península, 2003]), pero parece carecer de la habilidad para integrar su información (la bibliografía mencionada en los agradecimientos de este libro da cuenta de una investigación concienzuda) a una narrativa que funcione efectivamente como libro de ficción. Puesto que no lo hace, Sigmaringen acaba pareciendo uno de uno de esos dramas televisivos "basados en hechos reales", una versión manipulada y esencialmente falsa de unos hechos complejos que son resumidos a su mínima expresión para la comprensión de un público general, niños incluidos. (Lo mismo puede decirse, por cierto, de la sobrevalorada Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre [Salamandra, 2014] y su hábil simulacro de "gran estilo" que contribuye a la refutación de las teorías de Pascale Casanova y pone de manifiesto, una vez más, la relajación del juicio crítico en Francia.)
 
Por lo demás, y si bien no es necesario que el lector tenga conocimientos previos acerca del régimen colaboracionista de Vichy para leer Sigmaringen, sí es preciso que sea capaz de leer este libro al margen de las numerosísimas erratas, los errores de concordancia, omisiones de palabras, decisiones discutibles ("stalag" sin cursivas, por ejemplo) y otros defectos de la edición. Muy posiblemente una edición correctamente realizada no hubiera mejorado el libro, pero sí hubiese evitado que su lectura hasta la última página fuese una prueba de fuerza para el lector.
 
(Para una valoración diferente del libro de Pierre Assouline puede leerse esta reseña de Francesc Bon, por ejemplo.) 
 
 
Pierre Assouline
Sigmaringen
Trad. Manuel Serrat Crespo
Barcelona: Navona, 2014

[Publicado el 22/1/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Pierre Assouline, Novela, Navona, Pierre Lemaitre]

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Irónicamente enigmático / "Evocación de Matthias Stimmberg" de Alain-Paul Mallard

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Evocación de Matthias Stimmberg fue publicado en 1995 en Ciudad de México, en 2007 en Buenos Aires y ahora en Santiago de Chile; que este libro del mexicano Alain-Paul Mallard (1970) haya experimentado una existencia de casi veinte años en un momento en el cual los libros tienden a desaparecer poco después de haber sido publicados pone de manifiesto el carácter de obra de culto que Evocación de Matthias Stimmberg posee entre los lectores interesados en la literatura en español, entre los cuales funciona desde hace dos décadas como una especie de contraseña de ingreso. Evocación de Matthias Stimmberg debe ese carácter a la naturaleza esquiva de su autor (quien sólo ha publicado cuatro libros y un puñado de filmes en francés, estudió en México, Canadá y Francia y no suele caer bajo el radar de los suplementos literarios) así como a la excentricidad de la obra: las historias breves a manera de apólogos o pequeñas semblanzas reunidas en este libro parecen pertenecer precisamente al tipo de textos que "no" está siendo escrito en México en estos momentos (un equivalente más familiar para el lector serían ciertos libros de Gonçalo M. Tavares, por ejemplo, que adhieren de igual modo, paradójico, a la tradición portuguesa). Evocación de Matthias Stimmberg es un libro singular, deliberadamente carente de una voz propia y reacio a agotar sus posibilidades de significación. ¿Qué "dice" Evocación de Matthias Stimmberg? A pesar de su aparente transparencia es difícil determinarlo, y esto lo hace particularmente atractivo. Aunque autores como Franz Kafka y Juan José Arreola parecen ser sus figuras tutelares (también Jorge Luis Borges, en cuya tradición, según el crítico chileno Rodrigo Pinto, estos textos "se inscriben" al tiempo que "subvierten", 11), es el carácter irónicamente enigmático de los textos breves de Robert Walser, el escritor esquivo por excelencia, el que mejor da cuenta de su tono y de los efectos que produce este libro en su lector.
 
 
Alain-Paul Mallard
Evocación de Matthias Stimmberg, seguida de "Seis notas en torno a la obsesión y la escritura"
Pról. Rodrigo Pinto
Santiago de Chile: Editorial Cuneta, 2014

[Publicado el 20/1/2015 a las 17:00]

[Etiquetas: Alain-Paul Mallard, Editorial Cuneta, Cuento]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera(2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán y chino. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania). En la actualidad vive en Madrid. Sus dos últimos libros son Nosotros caminamos en sueños y El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura, ambos de 2014.    

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía

 
 
 

 
 

 

Ficción

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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