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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 7 de diciembre de 2016

 Blog de Julio Ortega

Turno de los más jóvenes


 
 
O me equivoco, y temo más, pero los indignados están a punto de ser controlados por el sistema que refutan. Confío en la fuerza que los moviliza como la crítica puntual del lenguaje público (dominado este verano descontentadizo por una tradición ultramontana de intolerancia contra todo  reformismo y heterogeneidad); pero el haberse enfrentado a la policía es, cuando menos, una renuncia a la conversación que habían mejorado, abriendo un nuevo espacio de debate. Una fuerza de cambio debería, más bien, salvar a la policía del guión represivo y, además, debería avanzar unas sillas a la mesa de las negociaciones. 
 
Los indignados habían logrado lo que no veíamos desde las sagas de la transición: convocar en la lengua española un horizonte más grande que su domesticidad. Pusieron en crisis el discurso municipal y espeso gracias a la irrupción del tiempo futuro, esa promesa de un diálogo adulto, creativo y festivo. Y por ello, más crítico de la fatiga de la política, los espejismos de la economía, la comedia bárbara de la corrupción, la endogamia de las regionalidades, el aguachirle en que sobrenada la mayoría de los medios... Que hasta la Sociedad de autores esté corrupta es digno ya de un musical de Brecht. La verguenza me ha hecho recordar que cuando el dictador cubano Fulgencio Batista escapó a Madrid,  publicó unas memorias, y declaró que vivía de sus “derechos de autor.” 
 
Aunque sea para sostener la calidad de la conversación, los indignados no deberían resignarse al asambleísmo. Quienes de estudiantes hemos conocido alguna asamblea periódica, tenemos la total falta de autoridad que se requiere para no recomendarla. Las asambleas están hechas para fatigar el discurso en la maratón de las verdades a medias. No me extrañaría que el Papa, que ya se sabe para quien trabaja, les dedique un sermón por andar, como los viejos anarquistas, “organizando la indisciplina.”
 
En lugar del asambleísmo, que prolonga la opinionitis en la misma medida en que resta las ideas, me parece que el modelo del taller, ya ensayado por los jóvenes indignados en Puerta del Sol, es mucho más pertinente y, por eso, productivo. El taller es un proceso de comunicación crítica, que reconoce  su calidad de evento, de transcurso sin principio ni fin, ocupando un espacio y desocupando otro.  El taller es conductivo y resolutivo, produce imágenes, objetos, humor e intimidad.  Su sentido de la duración es una forma de la inteligencia mutua. Ya las  lecciones del turno, el relevo y el intercambio, son instancias de negociación, la que despliega los acuerdos y anuda las redes. La atención del diálogo nos enciende, reconocidos. El 15-M es también una medida del posicionamiento de los responsables de la esfera pública,  y cada quien se define por su lugar al pie de la muchedumbre. Bien visto, la historia cultural del discurso público tiene, en español, parte de su origen en la muchedumbre, en la calle y la plaza, en la protesta, entre la gente que reclama un nuevo relato.
 
Cabría, dado el caso, pedirle turno al Alcalde para acordar compartir la Plaza. Ofrecerle una mesa para que haga un taller municipal. Desesperanza habría sino hubiese un foro de comunidad. ¡Que haya comercio!
 
Vale la pena contrastar el movimiento M-15 con el de los jóvenes chilenos y su protesta. La extraordinaria polarización que ha vuelto a dividir a Chile, aunque siempre estuvo latente, se ha hecho alarmante a propósito de las huelgas, manifestaciones masivas y demandas de los estudiantes, decididos a que la Universidad pública sea inclusiva y la educación no les aumente la deuda. En una sociedad que ha demostrado gran capacidad de mediación, es alarmante que un político de alto nivel haya dicho: “No nos van a doblar la mano una manga de inútiles subversivos." Y no menos feroz ha sido la funcionaria  que en su cuenta de twitter escribió: Matando a la perra se acaba la leva,”  una frase que Pinochet hizo famosa por la proclama  criminal que implicaba. "Militares a la calle” es otro mensaje contra los estudiantes, que evoca directamente a la derecha proto-fascista que a nombre de la familia cristiana y los valores de Occidente justificó la matanza de miles de ciudadanos.
 
En lugar de amenazar a los estudiantes, el gobierno chileno debería invitarlos a participar en el diseño de una Universidad más económica, inclusiva y capaz de co-financiar la educación de los desfavorecidos por un modelo cuya dignidad está siendo puesta en duda. Es casi obsceno que una sociedad económicamente desarrollada sea incapaz de democratizar su propio futuro.
 
Para lección de indignados, transcribo aquí el discurso de la presidenta de la Federación de Estudiantes de Chile (22 años), también amenazada por  la banalidad del poder.
 

(Discurso de Camila Vallejo, Santiago de Chile, 21 de julio, 2011.)

 

Mi nombre es Camila Antonia Amaranta Vallejo Dowling y quisiera, antes que todo,poder expresarle a los presentes el orgullo y el desafío que significa para mí encabezar la Federación de Estudiantes más importante de Chile. Es una gran responsabilidad, que significa hacerse cargo de 104 años de historia, 104 años de aventuras y desventuras, 104 años de lucha en el seno del movimiento estudiantil. Y es un orgullo y un gran desafío porque vengo de aquellos lugares que no reciben condecoraciones, de los cuales poco y nada se dice, porque poco y nada se sabe, lugares que a veces incluso se les llega a olvidar.

 

Mis estudios secundarios los cursé en un pequeño colegio cuyo nombre significa tierra florida; extraña paradoja, ya que en sus patios se respiraba más tierra que flores, y en sus salas de madera se acumula el polvo de generaciones de alumnos no emblemáticos, que nunca llegaran a ocupar los puestos de poder más importantes de nuestro país.


Mi carrera, una de las más pequeñas de esta Universidad, casi no se encuentra en el consciente colectivo, se pierde entre los pasillos de la FAU y se confunde con otras disciplinas. La Geografía en esta Universidad casi no tiene tiempo ni espacio, otra paradoja. Sin embargo, lo más terrible es darse cuenta que de pronto esto no pasa solo en Geografía, sino que también en Administración Pública, que es carrera de ocho a seis, porque después de las seis de la tarde no hay Universidad para ellos, una carrera que debiese ser fundamental para fortalecer el sistema público. Y también ocurre en Educación y, de pronto, nos damos cuenta que no son solo unas pocas carreras, sino que es toda una rama del saber, es toda un área del conocimiento la que ha caído en la pobreza universitaria como consecuencia de las lógicas del mercado implementadas ya a lo largo de estos últimos treinta años. Y de lo pequeño y olvidado de mi lugar de origen, se suma además, mi corto tiempo de vida, con 22 años, vengo a ser la segunda mujer presidenta de la FECH en más de cien años de historia. Y usted, rector, tendrá el privilegio de ser el segundo en la historia de la Universidad que es acompañado por una mujer en la presidencia de nuestra Federación de Estudiantes.


Ahora bien, puede que en este momento me toque a mí ejercer el cargo de Presidenta, sin embargo,  debo decir que yo sola jamás habría logrado todo esto y que mis manos son tan solo un par más  dentro de tantas otras, y en donde todas juntas son las que levantan este proyecto colectivo  que se llama Estudiantes de Izquierda, el cual ya se encamina a su tercer período consecutivo  al mando de nuestra Federación.

 

Si me permiten contarles un poco acerca de Estudiantes de Izquierda, debo decirles que como colectivo político estamos presentes en amplios espacios de nuestra Universidad, que en nuestro interior se expresa la máxima diversidad estudiantil, que entendemos que la izquierda debe construirse con participación y democracia y que esta elección en donde hemos aumentado en casi 400 votos respecto de la elección anterior, nos demuestra que como movimiento estamos vinculados orgánicamente con las bases estudiantiles de nuestra Universidad.

 

Como estudiantes de izquierda sentimos la responsabilidad ética de hacer política, porque la administración del poder por los poderosos de siempre nos obliga a entrometernos en sus asuntos, porque estos asuntos son también nuestros asuntos y porque no podemos dejar que unos pocos privilegiados sean quienes eternamente definan las medidas y contornos que debe tener nuestra patria, ajustándola siempre a sus pequeños intereses.

 

Creemos que la clave del éxito para el movimiento estudiantil está en volver a situar a la Federación en una posición de vanguardia a nivel nacional, en volver a entretejer redes sociales con los pobladores, los trabajadores, las organizaciones sociales y gremiales, los jóvenes que se quedaron fuera de la Universidad pateando piedras, en otras palabras, hablamos de volver nuestra mirada al conjunto de los problemas sociales que hoy rodean a la Universidad y con los cuales estamos íntimamente vinculados y comprometidos.

Debemos romper con aquella burbuja universitaria que instala el individualismo, la competencia, el exitismo personal como patrón de conducta para los estudiantes por sobre ideas y conceptos fundamentales como son la solidaridad, la comunidad y la colaboración entre nosotros. Somos contrarios a la visión de que la Universidad es solo venir, sacarse buenas notas, y abandonar cuanto antes sus aulas para salir pronto a ganar dinero en el mercado laboral. Tenemos los ojos  lo suficientemente abiertos como para darnos cuenta que afuera hay un mundo entero por conquistar, que este mundo requiere de nuestra entrega, de nuestro esfuerzo y de nuestro sacrificio  y que para quienes ya hemos abierto los ojos a las inequidades sociales que asoman por todos los  rincones de nuestra ciudad, se nos vuelve imposible volver a cerrar la puerta y hacer como que nada hemos visto o como que nada ha pasado. Nuestro compromiso por la transformación social es irrenunciable. Porque necesitamos hoy, más que nunca, una profunda discusión respecto del país que queremos construir y a partir de aquello cuál es el tipo de Universidad que se pondrá al centro de dicha construcción. Porque no creemos en la Universidad como un espacio neutro dentro de la sociedad, la universidad es un agente vivo en su construcción y en el desarrollo del proyecto país  que como ciudadanos levantamos día a día. Nuestra responsabilidad está en generar organización al  interior de aquella, lo cual nos permita transformar la universidad, para así poder transformar la  sociedad.

 

Nuestro concepto de Universidad nos habla de un espacio abierto, participativo y democrático, con una comunidad universitaria activa, dialogante, una comunidad que se involucra en el diseño y  conducción de su casa de estudios. Nuestra visión es la de una Universidad que se ubique ya no en los  primeros rankings de la competencia o el marketing universitario, de los cuales hoy en día mucho se  habla, sino que se ubique en el primer lugar de aporte al desarrollo social del país, el primer lugar en  el fomento de la equidad en cuanto a la composición social de sus estudiantes, que ocupe el primer lugar en el desarrollo de la ciencia y tecnología al servicio de los intereses de Chile y su pueblo. Creemos en una Universidad permanentemente vinculada con los problemas que nuestro pueblo le presenta, activa en la búsqueda de soluciones y en la entrega de aportes por medio del conocimiento.

Sin embargo, nuestra realidad actual dista mucho de estos conceptos brevemente aquí esbozados, hoy la Universidad es cada vez más un proyecto sin otro norte que no sea el que le señala el mercado, a la educación superior se le ha puesto precio y nuestras Universidades son medidas por criterios industriales de producción como si fueran una empresa más dentro del esquema productivo de la nación, una empresa especial con muchas comodidades en su proceso productivo, pero empresa al fin y al cabo.

En este esquema, un rol fundamental lo jugó el desfinanciamiento sistemático que vivió la Universidad Pública al momento de implementarse las políticas neoliberales. El autofinanciamiento, establecido como doctrina, fue un golpe seco que dio en la esencia misma de lo que constituía el quehacer universitario hasta ese momento, condicionando y sometiendo a la Universidad a lógicas y esquemas mercantiles que le eran desconocidos. La Universidad Pública tuvo que verse obligada a competir en situaciones desfavorables en lo que se llamó âel nuevo mercado de la educación superiorâ, se le puso precio, tuvo que venderse a sí misma para poder captar mayores recursos y continuar así con su proyecto educativo, perdió su brillo y su color, perdió su esencia transformadora y quedó botada en un rincón, ya incapaz de reconocerse a sí misma.

Estamos hablando que se operó un cambio estratégico en el desarrollo de la Universidad, el cual ha sido irremontable hasta este momento. Con ello hubo sectores importantes del quehacer universitario que producto de su no rentabilidad económica fueron cayendo rápidamente en la desgracia y el abandono, las Universidades Públicas se volcaron a sí mismas, viviendo casi un chauvinismo institucional, donde cada una se preocupaba de su propia sobrevivencia, perdiéndose la visión de conjunto que poseía nuestro antiguo sistema de educación superior pública.

Este procedimiento operado en plena dictadura, siguió su curso con los gobiernos de la Concertación, la cual no operó mayores cambios, más bien, se dedicó a administrar con comodidad el modelo heredado y en algunas líneas, incluso, lo profundizó. No obstante lo anterior, pasaron los años y el control del gobierno volvió a las manos de quienes tiempo atrás habían gobernado con trajes de civiles detrás de los uniformes de soldado.

Según nuestra mirada, esto representa un peligro fatal para la Universidad Pública hoy día, creemos que el gobierno de los empresarios busca poner el broche de oro a la privatización total de la educación superior, sellando definitivamente la obra que iniciaron desde las sombras en los años ochenta. La designación de Harald Beyer y Álvaro Saieh en nuestro Consejo Universitario, dos grandes defensores del modelo de mercado y el actual presupuesto nacional en el área de la educación superior son dos grandes indicativos de aquello. Son medidas que nos muestran nítidamente que el gobierno se apresta a poner en marcha una agenda privatizadora a gran escala y que, por lo tanto, el año 2011 será estratégico en su implementación.

Esta será una batalla importante que enfrentará nuestro sector el próximo año, para dar respuesta a este desafío debemos desplegar un movimiento que escape a tan solo los estudiantes, necesitaremos de los académicos, los trabajadores, las autoridades universitarias, todos juntos en las calles exigiendo que el Estado cumpla con sus Universidades, que el Estado cumpla con la educación superior pública de nuestro país.

Pero el problema no pasa tan solo por exigirle al Estado lo que a nuestras Universidades le debe, sino que también debemos mirarnos con visión autocritica y preguntarnos qué es lo que como Universidad le estamos entregando a nuestro pueblo. Necesitamos un nuevo trato del Estado para con la educación superior pública de nuestro país y, a la vez, necesitamos un nuevo compromiso de las Universidades Públicas para con el pueblo de Chile y sus intereses, esta Universidad tiene que ser de todos los chilenos y no solo la de unos pocosA nadie le es indiferente que en nuestra casa de estudios se perpetúen desigualdades fundamentales que determinan, por ejemplo, que el 20% más rico de la población tenga más del 50% de las matrículas, en cualquier sociedad que se precie de ser justa y democrática esta desigualdad fundamental es inaceptable.

 


¿Seguiremos educando solo a las élites socioeconómicas, o nos aseguraremos de implementar un sistema de acceso que permita que todos los jóvenes con talentos y habilidades, independiente de su origen y capacidad de pago, puedan permanecer en la Universidad?

 


¿Seguiremos dejando que solo aquellas disciplinas que son rentables en el mercado alcancen niveles de desarrollo armónicos y de excelencia? O nos aseguraremos de manera efectiva que todas las áreas del conocimiento tengan un trato justo y así puedan contribuir a consolidar la  sociedad que anhelamos, ya no solo en términos económicos, sino que en términos culturales,  intelectuales, cívicos, valóricos, es decir, con seres humanos íntegros.

 

Por más que quieran hacernos creer lo contrario, para nosotros la Universidad no puede ser un negocio ni mucho menos la educación puede ser una mercancía. La pelea será dura, pero está el futuro de la Universidad en juego y en esta batalla nosotros no bajaremos los brazos.

 

No quiero terminar mis palabras sin antes aludir a un hecho que para mí reviste gran notoriedad, algo señalaba más arriba pero quisiera ahora poder extenderme un poco más en aquello, me refiero a mi condición de mujer.

 

Como mujer puedo ver y vivenciar en carne propia las actuales formas de opresión de la que somos víctimas en la actual configuración machista de la sociedad. En Chile nos decimos un país desarrollado y nos llenamos de orgullo por nuestro reciente ingreso a la OCDE, no obstante, detrás de la cortina del progreso económico y del optimismo del jaguar latinoamericano se esconde una historia de opresión y sexismo que aún perdura hasta nuestros días. Las mujeres seguimos sufriendo hoy día todo tipo de discriminaciones, a la hora de buscar trabajo, en los planes de cobertura para nuestra salud, en la escala de sueldos, incluso a la hora de participar en política.

 

Tan solo ayer leía unas ideas que quisiera poder trasladarles en este momento ya que me parecen esclarecedoras respecto de lo que les quiero decir, abro comillas “respecto de las mujeres, cuando buscan trabajo, además de calificación se le pide presencia y no basta con que sean amables y generosas, sino que deben además ser graciosas, simpáticas y coquetas, pero no mucho. Se les exige estar presentables y cuando juzgan que se ha pasado un milímetro, se les critica por presuntuosas. Se les elogia por ser madres y se les excluye por tener hijos.

De la mujer se sospecha cuando es joven porque desestabiliza a la manada y se le rechaza cuando los años pasan porque ha perdido competitividad. Es excomulgada por fea y también cuando es bella. En el primer caso se dice que es repulsiva, en el segundo provocadora. Cuando no es lo uno ni lo otro la tildan de mediocre”, cierre de comillas. Estas son las condiciones en las cuales las mujeres nos desarrollamos actualmente, estas son las condiciones que desde mi presidencia también buscaré transformar.

 

 

 

 

 

[Publicado el 13/8/2011 a las 03:09]

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Para la crítica del lenguaje


   

"La policía estaría por reprimir a los manifestantes. No se descarta que se les encierre en las cárceles."

Falacia probabilista. Condena el presente a nombre de un futuro que, mecánicamente, entiende repetido. El Opinador se revela más previsible que la policía.

 

 

"Lula deberia imaginarse Chávez por un día. No distinguiría la diferencia."

Falacia antitética. La desemejanza de los términos los degrada como  idénticos. Descarta el valor del otro desde su caricatura en el espejo.  El Opinador sonríe, complacido de su ingenio amargo.

 

 

"La democracia en América Latina crea nuevas clases medias. Todos quieren un televisor HD y un iPhone."

Falacia del pan y circo. El Opinador reparte chucherías para escamotear los bienes modernos: educación, trabajo, mejor información. Sears, nos dice, ha sido remplazada por Movistar; las clases, por su  endeudamiento.

 

 

“Abrir las fosas comunes de la matanza es abrir las heridas, volver al pasado, dividirnos aún más.”

Falacia de la buena conciencia. La fuerza de lo reprimido acaba con la paz de los sepulcros. Más bien, las heridas sólo cerrarán cuando los huesos, devueltos al lenguaje, adquieran  nombre, memoria, y piedad.

 

 

"En América Latina, el 30% de pobres cultiva las expectativas del mercado: son los que sostienen, imaginariamente, el sistema."

Falacia de los pilares de la ignorancia. La expectativa es que si el mercado solo puede ser global, al menos el Estado sea local. El Opinador avanza la noción de que la subjetividad popular ha sido incautada por el fútbol.

 

 

"La rodilla de Chávez es más elocuente que la rodilla real."

Falacia de la minucia del valor. El sobrentendido comparatista descarta el todo por la parte. En teoría, todas las rodillas son indiferentes. La del Opinador se dobla mejor.

 

 

“Los indignados de Sol tendrán que sumarse a un partido o desaparecer.”

Falacia de la baja intensidad. Más bien, lo que no los representa desaparecerá cuando deje de ser observado.

 

 

¨Humala es de origen castrense: no se puede descartar su autoritarismo populista.  Piñera es un hombre de negocios exitoso: no se puede sino contar con su deconfianza en el Estado."

Falacia analógica. Construye una equivalencia para postular una oposición.  El Opinador, ardorosamente postula una lectura premoderna del sujeto, que explica determinado por su origen. Darwinismo al revés: reduce el futuro a las opciones del siglo pasado.

 

 

“El libro electrónico remplazará al libro impreso.”

Falacia tecnotrash. Un millón de nuevos títulos se publicarán este año a nivel mundial. Es verdad que en español la piratería electrónica ofrece ya un catálogo donde todos los autores modernos están libres de costo. Pero sólo la edición impresa es fidedigna.

 

 

"Fidel hablaba demasiado, autoritariamente. Raúl no habla nunca, no menos autoritariamente."

Falacia del doble fondo. Hablen o callen, el Opinador se alimenta de su propia opinión.

 

 

"La Independencia americana fue un fracaso: estamos peor que nunca."

Falacia presentista. Juzga el pasado desde las carencias del presente. La generación emancipadora nos imaginó mejores: los problemas de hoy son  sólo nuestros.

 

 

“Los inmigrantes han aumentado la deuda nacional. Son ilegales, es preciso  deportarlos.”

Falacia del tercio excluído. Estadísticamente, pagan impuestos puntuales,  cotizan la seguridad social, legitiman la inclusión ciudadana. Su servicio sostiene la existencia de la familia nacional. 

 

 

“Si los subsidios cesaran, la cultura desaparecería.”

Falacia del funcionariado difundido. Si la cultura depende de las subvenciones, el espectador terminará reclamando  un sueldo por su papel de público. 

 

 

“Los indignados son perroflautas.”

Falacia demótico-canalla. Varios medios digitales y radiales tocan la flauta degradando el lenguaje y la protesta, amenazando la salud pública. Los sigue y confirma un coro de ratones.

 

 

Opinión: “Dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable.” Dictamen: “Opinión y juicio que se forma o emite sobre algo.”  Cuestionable: Dudoso, problemático y que se puede disputar o controvertir.” RAE.

Falacia de la opinión. El Diccionario afirma que la “opinión” identifica en el objeto juzgado algo “cuestionable.” En inglés, la opinión pertenece más a la doxa que a la epistemología: es una percepción que alguien tiene acerca de algún tema, un juicio o una conclusión, una creencia, o alguna convicción religiosa o política (Oxford). Se puede tener una “pobre” o “modesta” opinión, pero es mejor tener una “opinión educada” en lugar de una contundente o derogativa, que  abusa del objeto. Irónicamente, los cómicos tienen mayor licencia para opinar, a veces con agudo sentido crítico y político. En inglés, el lugar de los intelectuales públicos lo ocupa la comedia. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[Publicado el 07/8/2011 a las 23:57]

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El lugar (sobrevalorado) del centro


 
 
No se tú, pero yo estoy por creer que el centro está sobrevalorado. Preferiría equivocarme, pero me temo que en el centro ya no queda lugar: la izquierda se mueve al centro, nos dicen los medios, y la derecha anuncia que ocupa el centro. El centro vuelve, de pronto, inocentes a sus ocupas, aunque no por mucho tiempo. Pronto se subdivide en centro derecha y centro izquierda, y en cada lado hay quien termina a la derecha-izquierda de alguien y a la izquierda-derecha de otro. El centro se ha convertido en el capital simbólico del lugar común. 
 
La crisis, una metáfora que primero designó el desequilibrio del cuerpo vencido por la enfermedad, es hoy la pérdida de lugar del cuerpo político, vencido por la economía. Es probable que la idea de centro sea terapéutica, una suerte de hospital donde la gente de derecha, notoriamente malhumorada aun cuando gana las elecciones, recupera la buena conciencia. Y donde la gente de izquierdas se cura en salud. Pero ésta es, claro, una metáfora centrista.
 
Lo cierto es que en todas partes la crisis es una suerte de parálisis. Mi impresión es que  la crisis disminuye los límites de nuestro lenguaje.  Nos impide tomar decisiones, ensayar alternativas, abrir espacios. Esto es, desbordar el penoso lenguaje economicista (la economía, después de todo, se ha demostrado la más modesta de las supersticiones modernas) y ganarle la palabra a la melancolía literal que sus discursos reproducen. Los indignados han mejorado la calidad del español público, con vivacidad e ironía, convirtiendo la Puerta del Sol en una plaza tomada por el lenguaje inventivo. La crisis, en cambio, ha exacerbado el lenguaje maldiciente, que cuando quiere ser cómico resulta patético.  Hasta los corruptos tienen su retórica de vieja cepa; de uno de ellos se nos dice que “no se le podrá sostener la mirada;” supongo que por vergüenza ajena.
 
En Estados Unidos, el centro se ha vuelto exculpatorio y, al final, excéntrico. El liberalismo puritano entiende que la verdad está siempre al medio, y cada vez que alguien expresa una opinión es preciso escuchar la  contraria. La radio y la televisión públicas están obligadas a compensar toda idea con la idea opuesta. Esta fe en el término medio es ilusoria porque el debate siempre es ganado por el más agresivo. El centro termina perdiendo sus papeles. Lo hemos visto estos días en el acre debate entre republicanos y demócratas a propósito de la urgencia de elevar el monto de la deuda pública. El extremismo de la nueva derecha hizo desaparecer a la izquierda, y hasta Obama terminó moviéndose a la derecha del centro.
 
Si el piadoso Robert Burton en su enciclopedia de la Melancolía recomendaba, como buen médico de su tiempo, supositorios de lapislázuli contra el mal bilioso, los economistas de hoy, no menos melancólicos, dados los límites costosos de su ciencia, recetan recortes del gasto social. Después de promover el consumo irrestricto como una medida de la libertad,  demandan desmontar el estado de medio bienestar.  
 
Es cierto que las ideas de la Ilustración encarnaron en la fundación de los Estados Unidos; pero también es verdad que la tradición liberal nuestra, cuyo paradigma inclusivo se gesta en las Cortes de Cádiz, alienta en las fundaciones republicanas de América Latina.  (Cádiz aporta el término “liberal” al lenguaje político de las lenguas europeas). Por eso, leemos la saga de la emancipación como el ensayo de fundar lo moderno desde este liberalismo: desde la constitución, la representación y la democracia social. Pocas regiones del mundo han tenido esa terca vocación democrática. No es casual que la promesa de la revolución liberal haya sido, una y otra vez, interrumpida y colonizada.
 
Un subproducto de la crisis es que los comentaristas internacionales han perdido la capacidad de leer sin prejuicios la evolución económica y la voluntad social de inclusión en América Latina. Hasta Chile, que fue el país que consagró el neo-liberalismo de mercado irrestricto, descubre hoy (ojalá que a tiempo) los límites del modelo, desbordado por la demanda social de inclusión: las víctimas del terremoto, las poblaciones originales que se reclaman mapuches, y los estudiantes universitarios, masivamente, y no sin drama, han hecho evidente las insuficiencias de un modelo que en sus términos no da más. Estuve en Santiago el día de la gran manifestación de estudiantes que reclaman democratizar el sistema universitario, que tiene grandes universidades pero no son para quienes no puedan pagarlo. Yo nunca había estado al pie de una marcha multitudinaria de estudiantes que quieren estudiar. Es gracias a esos estudiantes que América Latina no está en crisis.
 
A nombre del pensamiento radical y el lenguaje de invención, y por deformación profesional, me gustaría proponer que leamos la historia hispánica no como una serie de hechos pasados sino como una saga de futuros ensayados. Adelanto la hipérbole de una hipótesis: nuestra historia es una historiografía del futuro.
Cada rebelión, cada revolución, cada reforma constitucional, debería leerse como el proyecto republicano, liberal, secular y utópico, de construir la comunidad del futuro en un español crítico.
 
Los comentaristas han anunciado que el nuevo presidente peruano “se ha movido al centro.” Pero que Ollanta Humala en su discurso inaugural del 28 de julio haya jurado por la Constitución de 1979 y no por la actual hecha por el fujimorismo, revela que las constituciones disputan el modelo de lo moderno: son el contrato social donde la ciudadanía recupera su definición histórica; es decir, su futuro. Anuncia también que su proyecto de mayor horizonte, la inclusión (mejor distribución del ingreso, más educación, lucha contra la pobreza) articula la tradición liberal de la democracia social; y conceptualiza (al sumar a Mariátegui, Haya de la Torre, Belaúnde y Basadre) en la historia de las ideas el principio de futuridad peruana.  Esa suma es radical: integra lo diferente en lo colectivo.  No mencionó Humala a José María Arguedas, cuya visión de los dramas de sumar en el Perú sostiene la noción de una modernidad democrática, donde por fin el estado sea parte de la nación. Pero Arguedas estuvo, tácito y actuante, en ese renovado contrato cultural.  Una comunidad de naciones se anuncia en ese horizonte.
 
 
 

[Publicado el 01/8/2011 a las 01:34]

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Para leer a Luis Loayza, y 2


 

Los cinco cuentos de Otras tardes corresponden a una fase narrativamente más compleja, en la cual los personajes han adquirido el espesor social de su identidad familiar, de clase, y hasta de lecturas. Son cuentos, por lo demás, de una sabiduría expresiva, incluso placentera, que se desenvuelven desanudando su proceso, entre dramas familiares, memorias resignadas y promesas incumplidas.  Ello es, con la materia de que está hecha la novela moderna, desde la saga de Balzac, mencionado en uno de estos cuentos como referencia común de la familia, aunque una señora limeña lo descarta como “un huachafo.”

Estos personajes son eminentemente verídicos. Los creemos reconocer porque son fehacientes y están agobiados por su cotidianidad como horizonte exclusivo. Las historias de las mujeres son más sintomáticas de la construcción del espacio social y sus mecanismos de control. La mujer parece ser el síntoma de la patología de lo masculino. El peso de la edad, el desencanto amoroso, las enfermedades y la muerte, postulan los tiempos del fin, el crepúsculo de una clase y de un estilo de vida cuya medida la da la señora que reclama: “No hay que exagerar.” Pero pronto nos percatamos de que Loayza ha escrito como cuentos las novelas que, en un gesto que define su relación con estos temas, abandonó. Al menos las tres primeras historias podrían ser consideradas novelas cortas. No sólo por el tiempo del relato y la perspectiva del discurso, que es la de una reconstrucción familiar, casi de un oficio de sombras; sino también por la temporalidad de la memoria, que recuenta, interpola y organiza, registrando su acopio con exacta distancia narrativa, entre los hechos y el lector, circulando sin prisa y con pocas pausas.  Más sintomático de la exploración genérica es el hecho de que el último relato se titule “Fragmentos,” no de cuentos, precisamente, sino de una novela anunciada como historias de vida, como biografías imaginarias.  De modo que se podría argumentar que el espacio discursivo de la novela le permite a Loayza no escribirla. A favor de ese fluir afectivo y episódico, el narrador cuenta con suficiencia todo lo que es preciso no saber para seguir leyendo. Las “otras tardes” son la de sol y dicha, las que se añoran pero no se narran; las que se cuentan son las del presente, desdichadas, como si fueran el revés de la trama, donde la historia oculta nos deja admirar el diseño de lo tejido y destejido.

¿A qué deben su belleza, su poder, estos cuentos novelescos? Probablemente a la sabia y nada oculta trama urdida de tiempos, lugares, y reencuentros, barajados en el presente del relato, apenas alarmados por el gravamen de la edad. Todo parece decidirse en ese recuento donde los tiempos se precipitan y extravían, y la vida se revela en la intimidad de una pérdida. La distancia del narrador frente a los hechos es un delicado balance de empatía y desapego, de inmediatez y lejanía.  Hay en estos cuentos una resonancia anímica de otras voces de la intimidad, lo que evoca a Chejov; y una simpatía por la suerte social de las mujeres, cuya libertad termina con el matrimonio, como ocurre en la novela inglesa del XIX.  Pero el goce de contar se transfiere al de leer; y se leen aquí con fruición el retrato vivo de una mujer, la salud de un pariente, las zozobras del lugar social… La comedia, en fin, de una educación sentimental; la tragedia discreta de una historia social sobrecodificada; y el recuento de los frutos prometidos en vano.

Pero he aquí que ese placer de la lectura, que es también de signo balzaciano porque está situado en la arbitrariedad de la formación social, no presume descifrar la sociabilidad normativa; quizá porque el cuento extenso o la novela corta están hechos para representar sólo una versión de la historia, la de unas tardes contables. Reveladoramente, estos relatos de Loayza tienen en otros libros, en otros cuentos, su fuente de referencia, y no sólo porque sus personajes sean lectores, más o menos casuales, que buscan las evidencias imaginarias de una lectura desocializada; también porque la novela es sobre esas otras tardes, tan ilegible como las palmas de sus propias manos que un último personaje ya no puede reconocer. De alli también la función central de la mujer, precisamente porque “ella sabía” que de ciertas cosas es mejor que una mujer no hable.  Ese no hablar de la mujer gesta éste hablar de los narradores, para quienes, pronto, se habrá hecho tarde. Como lo será, igualmente, para el mundo entrevisto, que está a punto de desaparecer; un mundo  que se debe a la novela decimonónica, donde todo se podía leer porque la realidad, siendo transparente, era un exceso de presencia. Estos cuentos están hechos de preguntas que son socialmente irresolubles.  Por ello, la representación de la sociedad aparece como una construcción tan precaria como arbitraria, como una fuerza destructiva que no ha perdido las buenas maneras.

Una delicada magia permea estos relatos dedicados a quienes no tienen lugar en el relato.  La dignidad que el cuento les provee, los recupera en el trance de su desaparición. La narración, nos dice Loayza, viene de lejos, nos revela más íntimamente humanos, y sigue de largo.  Habitamos, brevemente, su lenguaje, para reconocer la urdimbre de que estamos hechos.

           

Al final,  después de las paradojas de la brevedad, vemos que el relato forja su lugar de excepción entre lo discursos institucionalizados, en las fisuras del sistema literario. Y luego de la ironía de la representación social, entendemos que su vulnerabilidad encuentra lugar (terror, piedad)  en la memoria de su extravío. Lo breve, entonces, es el vacío que estos libros hacen al ocupar su lugar en la Biblioteca: desalojan su lugar, habría que decir, entre los títulos de la institución social de la Literatura; entre las obras de la literatura nacional; entre los balances verosímiles de la modernidad peruana, que ha sido profusamente novelada como una reafirmación de lo que ya sabemos, interpretada como la confirmación de un Perú solamente legible, esto es, la modesta prueba de una u otra convicción. Este cuento que descuenta es, por eso, una lección de economía discursiva peruana; tanto como es otra forma de elocuencia, más clásica, que hace del lenguaje el lugar donde es posible construir, a pesar de todo, la casa imaginaria de una restitución del sentido.

¿Qué mueve a los escritores más jóvenes cuando declaran que la narrativa de Loayza es una de sus preferidas? ¿Qué más ven en sus ensayos y relatos los lectores españoles o mexicanos que declaran admirarlos? No es que se trate de uno de esos “autores de culto,” que siguen dando batalla, abanderados por noveles escritores aguerridos.  Me parece, más bien, que si la obra visible de Loayza ha hecho de la brevedad su dispositivo literario es porque está animada por la otra obra, la invisible, que se expresa desde el silencio, como su alargada sombra. Lo vemos en “Fragmentos,” de Otras tardes, cuyo título sugiere el todo que postulan como ausente. Esa novela ausente está tejida por el silencio que esos fragmentos construyen entre ellos, en el espacio entrevisto, intradiscursivo, intersticial.  Por eso, leemos lo escrito pero nos inquieta lo no escrito, ese des-cuento del espacio recortado, donde el silencio novelado es una des-escritura, cuya elisión forma parte de un proyecto de escritura que se repliega en el acto mismo que la despliega. Mi propia respuesta sólo puede ser hipotética: este cuento descontado, esta escritura reinscrita por el silencio, esta obra construida como la potencialidad reflexiva de un existir vulnerable, son formas del arte de la ficción que se hace cargo de la subjetividad contemporánea.  Pero no para descubrir un esencialismo nacional, ni mucho menos otra tipología psicológica; más bien, para forjar un lenguaje que represente su misma carencia como su suficiencia.  Este lenguaje entre-dicho, que refuta el derroche expresivo de un país sobredicho, es intrínseco al habla de la literatura en el Perú. En Eguren, Westphalen y Loayza la literatura habla a favor del silencio.

Proust, que dedicó varias docenas de páginas a describir una cena y un párrafo a despachar una vida, escribió en alguna parte de su discurso de las tardes que no acaban: “Preferí no responder, para no prolongar la conversación.” En esa pausa de los relatos que duplican la realidad y la hacen más ignominiosa, escribe Loayza para recuperar la conversación que nos devuelva la capacidad de preguntar más allá de las respuestas. En su caso parece tratarse, además, de la sensibilidad ética: la pérdida del otro en mí, el no lugar que tengo en tí. En definitiva, la improbabilidad comunitaria.

De allí la lección tácita de estos textos: la certidumbre nace del silencio y vuelve a él. Primero, porque la verdad se construye en las formas, y las de la mesura corresponden a una certeza compartida. Y segundo, porque hacer más con poco es una lección ética y crítica: el sujeto se construye en los protocolos de la conversación y en los límites del lenguaje.  Como en Kafka, el lenguaje se hace más cierto al enunciar el vacío que al final representa.

Leer a Luis Loayza es reconocer la sensible veracidad del lenguaje. Se trata  de un habla que descubre la dignidad que nos debemos. Quizá la diversidad de sus formas breves y formatos elusivos sea, en última instancia, una afirmación de la vivacidad de lo fugaz, que no requiere de énfasis para ir contra la corriente y hacer hablar al silencio. Es en la corriente contraria a los usos dominantes donde esa crítica del lenguaje nos hace parte de su ficción mayor: la de construir un lugar de reconocimiento mutuo, libre de la falsificación de las palabras. 

La narrativa de Luis Loayza nos ha hecho más ciertos.

           

           

           

           

           

 

 

           

 

           

           

 

 

           

 

[Publicado el 17/7/2011 a las 18:07]

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Para leer a Luis Loayza, 1


 
 
Relatos. Lima. Editorial Universitaria. Universidad Ricardo Palma, editorial@urp.edu.pe, 2010 (2011).  
 

Varias paradojas, y alguna ironía, acompañan a la obra narrativa de Luis Loayza (Lima, 1934).

En primer lugar, es una de las más breves de la literatura peruana, y seguramente de la literatura en lengua española, y aun de la narrativa misma.  En cada uno de estos contextos, los delgados libros de Loayza se hacen más breves todavía, pero no por una estética “minimalista”(que refuta la “épica del ego” del modernismo internacional tanto como la figura del “intelectual público”), mejor representada por el argentino César Aira y su proyecto de escribir menos libros para un número cada vez menor de lectores en ediciones de tiraje decreciente. Más bien, esa brevedad de la obra narrativa de Loayza podría entenderse no como una mera suma (o para el caso, resta) de páginas, sino como un enigma verdadero, esto es, irresoluble. Sobre todo porque Loayza no ha publicado sino tres parcos libros de ficción (resulta un minimalista radical al lado de Aira, quien ha publicado unas veinte novelas mínimas); y se ha mantenido al margen de la institucionalidad literaria y su bolsa de valores fluctuantes. Nada más tentador para la crítica que ensayar algunas lecturas de ese magnífico silencio. Una posibilidad es partir de la noción de “literatura menor” propuesta por Kafka y estudiada por Deleuze.En efecto, en la obra de Loayza habría una lengua desterritorializada  (el código “limeño” de una burguesía desplazada); una evidencia política (una sociedad de clases en proceso de modernizarse); y una escena colectiva (la improbable comunidad peruana).  Pero me gustaría argumentar, más bien, que la obra narrativa de Luis Loayza nos sigue siendo válida, actual y enigmática porque aunque el autor se ha acogido al silencio, o por ello mismo, autor y obra han seguido escribiendo. Esto es, rescribiéndose e inscribiéndonos en el dialogismo que fluye de este lado de la lectura.

Se trata, a primera vista, de la estética de  las formas breves.  Tanto las prosas de El avaro y otros textos (1974), como la novela Una piel de serpiente (1964) y los relatos de Otras tardes (1985), que configuran la obra visible de Luis Loayza, corresponden al registro de estas formas llamadas breves en razón de su duración, esto es, al tiempo de su lectura.  Lo peculiar de esta definición formal es la “voluntad de estilo,” como se decía antes, lo que hoy llamaríamos su deliberada inscripción en el paisaje genérico. Ese espacio está construido no sólo por el autor y el lector sino por la escritura que produce las condiciones de su lectura, más allá del control del autor y de las operaciones del lector. Si observamos con atención la naturaleza genérica de la narrativa de Loayza, no sólo se nos hace aparente su brevedad, sino el hecho de que sus tres libros sean ejecuciones sutiles de una opción reflexiva, cuya consecuencia termina siendo autoreflexiva.  Los textos de El avaro (título que nombra una de las prosas, declarando su filiación a la serie, a la suma independiente de sus unidades) aparecen como ejercicios de estilo, variaciones temáticas o prosas de varia invención, fluctuando entre la anotación, el fragmento, la prosa, en fin, artística. Agrupadas en tres secciones (El Avaro, Griegos, Vocabulario y otros textos), la distinta entonación de estas prosas organiza la lectura en subtemas y afinidades. Pero ese principio de sistema es roto por la inclusión del texto más extenso de la colección, “Retrato de Garcilaso,” que rescribe la vida del cronista desde su propia escritura.  Si observamos con más atención veremos que, aunque indistinta, la variedad de textos no es casual: cada cual se debe a su propia formulación y tiene, por lo mismo, cada uno el carácter de un evento. No sólo porque figuran el instante de un acontecimiento, y los enciende la dinámica de su propia ocurrencia, sino porque no requieren ni principio ni final, son un fragmento completo.

¿Cómo puede un fragmento, en sí mismo, ser suficiente? Porque viene del lenguaje  y nos remite al lenguaje. Es fragmento de un relato más extenso, pero su habla es suficiente porque es pleno y soberano. No requiere de ninguna otra palabra que lo explique o prolongue. Su arte es su duración, de allí su frescura. Como lo mejor de la literatura, acaba de ser escrito cada vez que se lo lee. De allí la fuerza del evento, de su eventualidad, que acontece en la actualidad de su enunciación, en la dinámica de su despliegue: escrito, dicho, y leído.

Pues bien, lo extraordinario de la suficiencia de estos textos es que siendo en sí mismos paradigmas de las posibilidades de narrar, cada uno es una opción distintiva por su dicción y formato. Hechos en la variedad de registros formales y la plenitud de su habla, son de una formalidad acendrada, y se acogen a la lectura para encender su mecanismo de relojería.  Por eso, podemos concluir que las formas breves postulan varios formatos pero carecen de un canon predeterminado; se deben, más bien, a la calidad aleatoria, asociativa, de su diversidad, y al hecho evidente de que exceden su serialización. Más bien, se puede demostrar que la brevedad no es una afirmación que privilegia un estilo sino un des-contar de los orígenes y las consecuencias, que es característico del instante consagrado por el arte de la prosa breve. Loayza ha escrito estas piezas memorables como si escribiera la historia de la literatura en la forma más breve posible. Por eso, sus textos restan y, al mismo tiempo, exceden el paisaje genérico. Tributan a una u otra de las formas breves, pero han recorrido el repertorio prosístico para forjar el suyo propio. Es posible, así, proponer la hipótesis de su condición intergenérica. Ocurren en un espacio inter-discursivo de las escrituras no canónicas. Se hacen lugar en esa fisura de lo entrevisto, de lo entredicho: visto entre dos, dicho entre varios.  La suerte de epílogo que es la biografía resumida del Inca Garcilaso de la Vega, sugiere el origen de la escritura: la soledad y el extranjero, que aclaran la actualidad del pasado, el valor de los nombres y la vida de la letra, cuya escena es una “traducción interrumpida.”  La escritura, por naturaleza, lleva esa marca del origen: la interrupción. Por eso, el escritor peruano o americano es aquel que es interrumpido, y no sólo por el ruido de afuera sino también por la memoria excesiva del origen, hecha de protestas, amargura y desengaño. En “El Avaro,” en cambio, el lenguaje es una resta del mundo, que no requiere que las palabras lo corroboren. Esta parábola contemplativa supone que la potencia eleva el valor de los nombres, que nos bastan como la esencia poseída de las cosas.

Las breves formas, que buscan escapar a las obligaciones de la prosa del mundo, instauran también la ética del término óptimo, de las palabras justas, de la justicia distributiva del lenguaje como representación dialogada de lo real.  De allí su economía emotiva: las experiencias más plenas requieren de menos palabras. Su mesura es de gusto clásico; su ética, estoica, implica la renuncia, que cierne al lenguaje; y su filosofía del conocimiento es de estirpe melancólica, quizá incluso de un nihilismo discreto. La figura tutelar del Inca Garcilaso resume la virtud de la identidad asumida, y hace del destino del escritor un enigma, en este caso construido como una imagen, no del original sino de su vida hecha por el fuego íntimo de la letra.

Como una parábola de la fundación de la letra se puede entender hoy día Una piel de serpiente, la parca y rara novela de Loayza.  Unos amigos caminan el trayecto de esta novela, entre los parajes donde ensayan el lenguaje que les ha tocado desentrañar. Novela del camino, tiene al diálogo, por lo mismo, como su materia. Paseantes de la calle gris y opaca de fines de los años 50, les ha tocado dirimir la ciudad del dictador Manuel A. Odría, cuyo gobierno dedicado a las obras públicas hizo del cemento la materia del futuro.  Esa arquitectura pública suele envejecer mal, pero refrenda la modernización de un país sin otra imagen urbana que la Lima “que se va” o que se fue. Ligeramente fantasmática, como en la calma tensa que precede a la tempestad, en este caso a la contraimagen urbana de una Lima descarnada por las migraciones internas; la Lima de Loayza parece un escenario pronto a caer bajo la picota del progreso.  Pero no hay lamento en esa representación, sólo el aire de una precariedad sin excusa ni nostalgia. En ese escenario, el habla de los jóvenes amigos pregunta por su afincamiento, por su sentido en un contexto que convierta sus pasos casuales en una comunidad redimida.  Con una lógica interna impuesta por el lenguaje, los amigos planean intervenir en la esfera pública con una publicación periódica: el habla busca manifestarse en la civitas, transformarse en escritura pública, fundar la humanidad de la lectura en el desierto sin centro. La parábola remite a lo que dos décadas más tarde la crítica conocerá como gestos fundacionales de la comunidad improbable. La literatura peruana contemporánea adelantó esas demandas, desde La casa de cartón (1928), de Martín Adán, hasta Lima la horrible (1964), de Sebastián Salazar Bondy, cuyo “voto en contra” de la Lima colonial es una metáfora del desencanto con la modernidad tardía del país.

¿Será mera casualidad que el ensayo de Salazar Bondy y la novela de Luis Loayza tengan la misma fecha? Me temo que no. Pero no porque compartan semejanzas sino porque difieren sin apelaciones. La condena de Salazar Bondy está hecha en un lenguaje que viene del archivo discursivo de la sanción de Lima como falso centro del país. Es un ensayo más literario que analítico y, por eso mismo, una metáfora deliberadamente anacrónica de su tema.  La novela de Loayza opta por el registro contrario: Lima es un escenario irremediablemente fantasmático. Carece de voz,  de color y calor, y por eso los jóvenes amigos buscan hacerle un futuro en la letra impresa para concederle la memoria que ha perdido. Preguntan por sí mismos buscando publicar lo que quisieran leer sobre su mundo inmediato que, poseído de ese vaciamiento interior, está siniestramente amenazado por la afasia. En ese sentido, esta novela prosigue la hipótesis de La casa de cartón: en la ciudad el lenguaje se lee a sí mismo.

Pero la hipótesis no radica en lo que ya sabemos sino en la articulación que hagamos de la fábula. Se trata de la fundación vuelta a ensayar, esta vez por medio de una publicación política que devuelva la voz a los todavía vivos.Sólo que habiendo acogido el comunicado de un sindicato, la publicación es intervenida por la policía. Su ausencia es una tachadura: ha sido borrada del lenguaje. Irónicamente, el el periódico y el sindicato son dos signos de lo moderno.  Esta es, por ello, la novela de un vacío dentro de otro. Lo cual nos devuelve a la noción actual del periódico como el instrumento donde dos personas que no se conocen comparten su lectura y fundan una comunidad de la letra, una nación, hecha desde la esfera pública del debate. En esta novela vemos la nostalgia de una comunidad: el vacío perpetúa su ausencia. La policía, que es casi todo lo que nos queda de la polis, trabaja a favor del monólogo. Nos ha tocado el mundo al revés.

Otra vez, se imponen las formas breves, en este caso el ilustre formato de la novela corta; y nuevamente, la inversión de la lectura. En varias novelas peruanas hay alguien que lee el diario como si buscara confirmar que compartimos el mismo lenguaje.  Ese gesto del campo cultural refrendado por la letra impresa, es puesto al revés por esta novela : no hay lectura común, no hay comunidad, nos sugiere.

 

[Publicado el 16/7/2011 a las 05:17]

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Secretos inútiles de Mirko Lauer



 

Si es verdad que una teoría tiene la forma de una biografía, en el caso del escritor peruano Mirko Lauer (1947) su larga dedicación a las vanguardias como escenario de la modernidad en el Perú  trama la ruta de su identidad civil y literaria. 

No conozco  otro escritor que sea al mismo tiempo experto en la historia de la vanguardia literaria, buen poeta inventivo de registro exploratorio, comentarista politico informado y agudo, y  novelista dedicado a forjar su propia versión de la novela policial.  Lo notable no es sólo la alta calidad de estos trabajos sino la independencia crítica desde donde se gestan y su configuración como un proyecto crítico de la modernidad conflictiva de la laboriosa sociedad peruana.  Es buena ocasión para decir algo sobre todo ello ahora que la editorial Periférica acaba de publicar su excelente novela Secretos inútiles, a la que seguirá Órbitas, tertulias, y seguramente luego, la más reciente, Tapen la tumba, tres brillantes variaciones del género negro; aunque tratándose de Lima, su escenario social, habría que decir el género gris.

La temprana familiaridad de Lauer con otras lenguas modernas le permitió  traducir poemas al irónico español peruano de esa época, y dedicarse a la obra del grande y burlesco Martín Adán, que por lúdica parecía más cercana de las vanguardias heroicas. Ya su juvenil libro de poemas, En los cínicos brazos (1966) acontecía como una encrucijada entre el habla urbana de la periferia moderna y el coloquio vanguardista y su imaginario apropiado.  Lauer siempre estuvo tentado por el relativismo irónico y bien pudo haber sido nuestro mayor satírico. Pero su libro Ciudad de Lima (1968) demostró no sólo la capacidad formal  sino la voluntad  comunicativa de un poeta decidido a interrumpir la literatura con su estética libérrima. Su “Sextina Ayacuchana,” al modo de Pound y de Belli, fue la primera señal de que su regusto vanguardista era una forma de afincamiento, libre tanto de la glosa cultural como del énfasis militante. Uno de los mejores libros de la poesía de la época, quería ser más que poemas, buscaba darle forma actual al habitat melancólico del verismo literal dominante. Santa Rosita y el péndulo proliferante (1972) será su libro más radical; su saga exploratoria hizo explotar el habla coloquial y doméstica con una textualidad en permanente diferencia, casi desasida de lo literal. Pronto, fue evidente que la identidad literaria de Mirko Lauer se definía en el  arduo trabajo sobre el lenguaje liberado de las obligaciones cotidianas, menos coloquial que alterno, más textual que oral. Por eso, en los años siguientes, tal vez depués de su estancia en China como traductor, reconoció a sus interlocutores en los poetas de la promoción de los 70s, sobre todo en Mario Montalbetti y Magdalena Chocano y, más tarde, en esa misma trayectoria de un lenguaje en debate con la lengua en el demótico tecno-barroco de  Roger Santibáñez, tres de los mejores poetas peruanos de hoy. Montalbetti fue un linguista chomskyano, y Magdalena Chocano una historiadora formal.  Como para Lauer, la poesía era para ellos una acitividad operativa, un desplegado que restaba el poema del lenguaje, cernido como su refracción. Sobrevivir (1986) es el libro prosódicamente más formal de Lauer, y su contribución más importante a la posibilidad de anudar la herencia contemporánea de una vanguardia desanudada por su ruta trasatlántica, menos literaria (como había querido Vallejo) y más libre de los discursos normativos de un mundo latinoamericano permanentemente mal explicado (como entendió Emilio Adolfo Westphalen).  Se trata de un canto en construcción, tan mundano como desaprensivo de “la literatura mundial,” esa pesadilla Goetheana.

De esa larga confluencia peruana de voces en conflicto con la institucionalidad literaria, fueron hito las antologías que Lauer preparó con Abelardo Oquendo. Primero, la edición limeña de Vuelta a la otra margen (1970), que reúne el formidable momento poético que configuraron Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren; muestra que tuvo una nueva versión en Surrealistas y otros peruanos insulares (Barcelona, 1973), publicada por Joaquín Marco en OCNOS, la que prologué.  Es más claro hoy que esa militancia vanguardista se ejercía como la construcción de una comunidad bien habida, con capacidad de decidir su propio lugar en el mundo de la poesía contemporánea, esa citadela ultraletrada, que acontecía en las afuera del demótico abusivo.  Es, precisamente en los años 70, cuando después de la experiencia de un “proceso revolucionario” que Lauer calificó como “revolución burguesa” o reformismo nacional, y que fue toda la Revolución que nos tocó en suerte, y cuando vuelve a la Universidad para poner al día sus acreditaciones académicas, que el poeta le cede la palabra al crítico. En efecto, optó Lauer por ampliar su noción de la vanguardia. Tal vez seguía el ejemplo de Westphalen, que se había interesado en el arte popular a partir de su largo diálogo con José María Arguedas,  aunque desde la perspectiva de su lugar en los mercados; pero dedicaría  tiempo también a la irrupción de las vanguardias plásticas. De modo que los otros libros de Lauer, la Antología de la poesia vanguadista peruana (2001) y La polémica del indigenismo (2001) no son compilaciones de ocasión sino la puesta en evidencia de dos formas de la tradición moderna en el Perú, que el poeta como crítico se propuso hacer rotar. 

Y, ¿cuál es la hipótesis que este largo y productivo trabajo de vocación peruana genera y propone? Yo diría que es la reconstrucción de la polis en el lenguaje de la comunicación. Esa reconstrucción pasa inevitablemente por la crítica para, enseguida, postular la peculiaridad de lo diverso en el Perú; al punto  que convierte a la vanguardia peruana en un espejo retrovisor de las vanguardias europeas. Esto es, la vanguardia es la forma de una inclusividad postergada que nos reclama, de cara a este siglo. Sólo que Lauer lo postula desde la afirmación de las sumas soñadas por el lenguaje crítico y celebratorio del apocalipsis burgués.  En su trabajo, Lauer diseña el indigenismo como si se tratara de una búsqueda moderna de nuestro propio lenguaje, tal como ocurre en su ingeniosa monografía Andes imaginarios, Discursos del Indigenismo 2 (1997).

En lugar de elegir entre la tradición y lo moderno, Mirko Lauer parece haber elegido su dificil articulación. Y lo ha hecho al modo de una analogía barroca, donde la diferencia  de los términos conceptualiza un territorio en formación. Ocupadísimo lector de la incertidumbre de la política peruana, Lauer pulsa diariamente, con sentido común y veracidad, las lineas de fuerza que configuran y deciden nuestro sentido de la polis, de esa comunidad improbable que hace política para buscar espacio en la frágil, aun si laboriosa, familia peruana. Tampoco creo tan alejado ese trabajo diario de comentarista político del otro, más pausado, de analista literario y ensayista de lecturas cruzadas.  Felizmente, ya no hay gente que se pregunta si el Julio Cortázar comprometido con las revoluciones latinoamericanas es contradictorio con el talante lúdico, poético y travieso del Cortázar del juego y el humor. Son complementarios, como las dos caras de una moneda,  y no se podría desechar a uno sin mutilar al otro. De cualquier modo, en sus ensayos advertimos la apuesta más íntima y seria de Lauer por un sentido moderno de la pertenencia, que se traduce en la reflexión por el lenguaje poético, ese sincretismo de saberes y creencias que sosteniene la rara fe en un país desigualado, en el cual sus poetas, marginados y perseguidos, siguen imaginando la otra margen, la del territorio  vuelto habitable por la palabra.

Por lo mismo, no es sino necesario que un poeta que se desdoblara en crítico para preguntarse por el carácter conflictivo de la edad comunitaria peruana, se convirtiese ahora en novelista policial. Primero, para preguntarse si la corrupción es el crimen antisocial por excelencia, equivalente en la tragedia clásica a la pérdida de la comunidad en la metáfora del desierto.  Lo extraodiario  no sólo es la inquietante atmósfera de incertidumbre que la novela acarrea de su mano, sino la inquisitiva hipótesis de una novela policial donde el crimen se despliega en la conversación. En cada una de estas novelas, los personajes se proponen desentrañar el discurso latente de la culpa que resuena a lo largo del idioma. Estas novelas son el sueño en voz alta de una estirpe que, al final, sólo tiene el crimen para intentar reconocerse.  La pregunta por nuestra versión de lo moderno se ha hecho, nos dice Lauer, una investigación policial.

El crimen, se diría, nos ha hecho contemporáneos. 

 

 

[Publicado el 27/6/2011 a las 03:44]

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Indignados, mas esperanzados


 

 

Los policías infiltrados entre los protestantes a las puertas del parlamento catalán me han hecho recordar a los falsos estudiantes que la policía franquista plantaba en las clases de la Universidad. Aquellos eran oscuros, obvios y modestos. Iban de bigote recortado y traje plomo. Fallaban los exámenes y volvían al mismo curso el año siguiente. Los de hoy son fornidos, rapados y banales. Aquellos eran los soplones de la dictadura y no te miraban a la cara. Los de hoy llevan pasamontaña y te miran desafiantes: son los matones de la democracia.

Los argumentos para condenar a los indignados por gritarles a los dignatarios son tan principistas que resultan autoexculpatorios y vacuos.  Desde casi todas las tribunas se les exige no excederse, bajar la voz, guardar distancia. Se les amenaza con perder legitimidad y autodestruirse en la mera confrontación. Ese paternalismo, porra en mano, asume que los elegidos son ellos,  que monopolizan la democracia y la ley. Pocas veces los aspavientos contra  la violencia han servido tanto a la buena conciencia de Macki el Navaja.

La democracia, señor Puig (la béte noire de la indignación), no requiere probar que el uso de la fuerza es legítimo.  Requiere, en cambio, que su legitimidad haga innecesaria la violencia. La ley, señor Mas (en helicóptero vino a menos), no se define por su infracción sino por su inclusividad. No por los muros que levanta sino por las puertas que abre.

Cuando la palabra no es cedida, cuando los jóvenes no tienen turno en el discurso ocupado por los hijos del presupuesto, no queda sino alzar la voz. En voz alta, como en mayúsculas, se puede expresar el abuso del monólogo que el poder ejerce impunemente. A los que viven de parlamentar a veces hay que mentarles el nombre.

No deja de ser irónico que ningún partido político, medio de comunicación, o foro civil, los haya invitado a tomar la palabra. Como Orwell ante el campesino catalán, todos hemos sentido en la Plaza del Sol la inmediata decencia de un español indignado. Y seguimos sus pasos en la plaza pública de Internet.

Una señora que leía en Sol los carteles, me dijo: “Yo nunca había visto nada como ésto, y casi no creo que lo veo.” Lo dijo desde tan lejos que bien pudo haber sido un grito. O como dijo Vallejo: un estruendo mudo.  En cambio, escuchar a los mases y los menos decir que ellos representan a la democracia, evoca el pasado como amenaza.

La señora Aguirre, que había amenazado con pedir a los jóvenes de derecha acampar frente al local del Partido Socialista, asumiendo que la acampada de Sol favorecía al gobierno, ahora ha dicho que la democracia nunca ha nacido de la calle. La democracia, señora, se debe a la calle, a la concurrencia en la esfera pública, lugar de lo moderno. La calle promueve la comunicación horizontal, fomenta la interacción, democratiza la tradición autoritaria, cuestiona el orden que pasa por lo real. Por eso, Plaza del Sol es la primera sílaba de esta multitudinaria demanda de comunicación.  Sólo por  mala fe o mala educación puede alguien ignorar que la plaza pública es lo último que nos queda del foro y el ágora, de la modernidad urbana, del ámbito de lo público donde la política construye, desde las comunicaciones, a los interlocutores del futuro.

Las ánforas no son el único mecanismo de representación,  mucho menos cuando dos partidos ocupan todo el espacio disponible, y se deben al pensamiento lamentable que hoy convierte a la plaza pública en mercado,  y a la vida cotidiana en mercancía. Y menos aún cuando la gente que no vota pone en duda el sistema de representación. 

¿Para esto adelantar las elecciones?¡Qué precaria legitimidad partidista aquella que gana las elecciones para ignorar las elecciones anteriores y ganarlas habiéndolas perdido!

“Nos quitaron la Justicia y nos dejaron la Ley.” Pero la ley no está escrita a fuego. Es histórica y evoluciona de acuerdo al contrato social, que a su vez se origina en la pregunta por los vencidos: ¿qué hacer con los prisioneros de guerra?, ¿pasarlos simplemente por las armas? Si los jóvenes no tienen futuro en el sistema de representación, ni voz en las tribunas, ni espacio en las comunicaciones, ¿sólo queda soltarles a la policía? ¿Reclamarle a Rubalcaba que  aprenda de Puig y cargue a porrazos? No hay que olvidar que dormimos sobre fosas comunes, y que no habrá memoria histórica mientras no devolvamos los muertos al lenguaje.

Se trata, como ha recordado Eduardo Galeano en la excelente entrevista de Jaume Barberà, de “la Ley del más Fuerte,” la que busca imponer la resignación.

Indignados son, mas esperanzados.

Tenía que ser un pequeño editor independiente quien tuviese la mejor idea: tomarle la palabra al M-15 y ofrecerle las páginas de un libro urgente. Enrique Murillo lo ha hecho en su editorial heroica, Los libros del lince, una de las pocas que lo ha apostado todo al futuro, a las nuevas voces de ambas orillas del idioma.

Las voces del M-15 define la identidad de un movimiento que está hecho de voces. No en vano la voz es hoy emblema del tiempo: en la duración de una frase el tiempo se despliega con vehemencia. En este manual de fe civil sólo hablan los protagonistas.

Este libro, además, demuestra que quienes han tomado la palabra no son anárquicos ni antisistémicos sino voces que representan una comunidad fragmentada por la crisis, cuya identidad ya no se debe al sindicato, al partido o al regionalismo bien pagado, sino a los colectivos de emergencia que disputan un lugar de enunciación para los sujetos que no se resignan, que recusan la violencia ideológica y bien pensante, la que ha caricaturizado con brío Aleix Saló en su “Españistán.”

Las lecciones de la multitud, ese nuevo sujeto colectivo que este siglo retoma la plaza pública, desbordando los espacios ocupados por el autoritarismo, el clientelismo y la corrupción, tienen ya su repertorio trasatlántico, y habrá que empezar a estudiar su lenguaje.

No se podía salir del metro en Madrid sin coincidir con un mitin de derechas. No se podía visitar una iglesia sin escuchar al curita culpando a Zapatero. No se podía encender la radio sin meterse en una tertulia de energúmenos. Por fin hay espacios alternativos, por fin alguien como Cristina llama a la radio y demanda equidad.

No me sorprendería que el próximo paso de los indignados recorra una metodología más elocuente que confrontacional. Convocar, por ejemplo, mitines instantáneos  que ocupan espacios públicos sin provocar a nadie, desocupando, así, el discurso oficial, de pronto obsoleto.  También, lavar públicamente la bandera nacional. Y tenderla a secar, de sol a sol.

En una sociedad que ha naturalizado el precio de casi todo valor, alguien debería renunciar a cobrar por ocuparse de los más pobres. Daría a los más jóvenes ejemplo de integridad o, al menos, de buen gusto.  Me alarma ver las páginas de Opinión dedicadas a descreer de los esfuerzos latinoamericanos por combatir la pobreza. Ollanta Humala aun no gobierna y ya hay quien se permite descalificarlo. Son profesionales de la desesperanza, en el mejor de los casos. Y en el peor, son becarios ideológicos. Niegan el pan y el agua a nuestros difíciles procesos de democratización. Es muy poco cristiano que la pobreza sea la tinta de su comercio.

Se ha dicho que el  siglo XXI empezó con la caída de las Torres Gemelas. Pero la mujer que en Plaza del Sol entendió por primera vez la promesa de la protesta, reconocía, con asombro, el comienzo del futuro. Este siglo empieza allí, en español.

 

Fuentes

Nos bastamos y nos sobramos: Cristina llama a Radio Nacional de España:

http://www.youtube.com/watch?v=3yQxixRBCls 

 

Sampedro sobre las causas del M-15:

http://www.youtube.com/watch?v=LOmh3jcV28g&feature=related 

 

Entrevista a Eduardo Galeano en Barcelona:

http://www.tv3.cat/videos/3541530/Eduardo-Galeano 

 

Españistán, por Aleix Saló:

http://www.youtube.com/embed/N7P2ExRF3GQ

 

Basta ya de corrupción, en No hay derecho, programa de Glatzer Tuesta, Radio San Borja, Lima:

http://ideeleradio.podomatic.com/entry/2010-12-14T13_48_33-08_00

 

[Publicado el 17/6/2011 a las 17:28]

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¡No, Calatrava no!


 
 
Preferiría no hacerlo, pero tengo que compartir contigo, lector incrédulo, la  atroz noticia de que Calatrava también.
 

Sí, Santiago Calatrava, la figura estelar de la arquitectura española de este siglo, cuya carrera fulgurante fue hace poco destacada por el New Yorker;  y cuyas edificaciones en Valencia son un capítulo reciente de la constelación arquitectónica  que se despliega a lo largo de nuestras vidas.  La torre de apartamentos de lujo, todos vendidos antes de construirse, y el proyecto de la nueva Central Station, en Manhattan, son obras maestras de diseño audaz, aun si estos edificios calatraveños no están pensados para morar.  ¿Cómo entender que Calatrava haya cobrado, según las denuncias, 5,8 millones de euros por proyectos que no ha hecho?

La Fiscalía de Valencia ha abierto investigación penal por delitos de prevaricación, malversación y fraude fiscal por las Torres de Calatrava, de las que sólo se conoce la maqueta, que el mismo arquitecto presentó como de “trascendencia mundial.” Cobró 2,5 millones de euros pero el proyecto nunca se ejecutó. ¿Alguien, por favor, podría explicarlo, excusarlo?

Según informa EFE, Calatrava y  su equipo técnico de Valencia están condenados a abonar 3,5 millones de euros por el derrumbe sufrido en el Palacio de Congresos de Oviedo durante su construcción, el 9 de agosto de 2006. La sentencia es del Juzgado de Instrucción número 2 de Oviedo. La aseguradora Allianz espera recobrar 3.510,000 euros.  Se diría que  Salvador Dali (Avida Dollars según Bretón) había fatigado la infamia. ¿No hay al menos un abogado capaz de desmentirlo?

La administración valenciana encargó decenas de proyectos arquitectónicos a Calatrava, informa Lucas Marcos en Público (28 de mayo, pag. 21). “Izquierda Unida (del País Valenciano) pide revisar todos los contratos de Calatrava con Francisco Camps,” titula su denuncia. El diputado Ignacio Blanco, portavoz de EUPV, sostiene que el Palau de les Arts de Valencia, inaugurado en 2005, tiene problemas de inundaciones y de acústica, lo que ha sobregirado su coste en seis millones de euros. El contrato de la Generalitat con el arquitecto es un ejemplo de avaricia:  cobra un porcentaje del coste total pero también de los sobrecostes. De modo que sus errores técnicos perjudican al erario valenciano pero favorecen a la firma de Calatrava, situada en Suiza. ¡Alguien, por favor, que demuestre una conspiración anarquista!

Blanco le ha pedido a Camps que le reclame el dinero indebido. Esperemos que Camps haya firmado recibos esta vez y que no nos pase, además, factura. 

Revisando El País en línea compruebo que el affaire Calatrava-Camps ha tenido amplia cobertura, incluso sobre el proyecto gigantesco y millonario de nuevas torres, que tuvo que cancelarse. No he podido verificar si el arquitecto ha respondido a los cargos. Me sorprendió, sin embargo, leer que Calatrava ha sido nombrado embajador honorario de la Marca España en el mundo...

Estas noticias ensombrecen la vida pública (he aquí un "understatement"); corrompen el ejemplo debido a los buenos oficios (¿cómo podrá un joven creer en el Arquitecto o en el Político?); y hacen dudar de la capacidad de cambio que tienen las victorias electorales (¿para arropar a líderes como los de la Generalitat valenciana, adelantar las elecciones?).

Pero no se trata sólo de esta bárbara comedia  y su lugar en  la corrupción. Se trata de la corrupción misma del lenguaje.  Las palabras, se diría, mienten para encubrir la distorsión. Orwell no había imaginado este lenguaje que sustituye no sólo a la realidad sino al lenguaje mismo.

¿Cómo no darle razón a los jóvenes  acampados en las plazas de España?

La incredulidad, la resaca de mala fe que revelan algunos comentaristas al negarle el pan y el agua al M-15, demuestran, precisamente, la pobreza del habla pública. Es notable que cada cronista que ha tratado de descalificarlos, lo ha hecho con un lenguaje tan mezquino como amargo. Nos redime, de esa miseria, la indignación de los dignos.

El término clave “des-crecer” refuta el modelo de crecimiento de un capitalismo con más deudas que capital. “No nos representan,” cuestiona el abuso partidista de la representación. “Lo llaman democracia y no lo es” separa el lenguaje público de la comunidad posible. No son eslogans: son la crítica de un lenguaje cuyo intercambio se ha hecho clandestino y de tahúres.

Manuel Castells lo ha visto bien: “aquellos que minimizan las wikiacampadas no entienden todavía su profundidad. Podrían salir de las plazas para volver periódicamente a ellas, pero no saldrán de las redes sociales y de las mentes de quienes participan...Partidos e instituciones tendrán que aprender a vivir con esta sociedad civil emergente” (La vanguardia, 28 de mayo).

En la misma Vanguardia, se lee: “La pregunta es: ¿por qué tan tarde? El operativo empezó a la luz del día, a las siete de la mañana. Esas operaciones policiales se hacen de madrugada....¿Por qué no se hizo de este modo, para evitar el alud de personas contrarias a la intervención policial?” (Albert Gimeno).  Otro cronista tiene mejor olfato: “En la plaza Catalunya hay mucha escoria: es decir “cosa vil y de ninguna estimación”... La plaza huele a sudor, a orina, a incienso, a las flores. Apesta a calor, rabia y revuelta ¨(Felip Vivanco).

¿Para qué seguir?

Recobremos el valor sin precio del lenguaje en este célebre poema de Pound:

Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra

Con bien cortados bloques y dispuestos

de modo que el diseño lo cobije,

con usura no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia

harpes et lutz (arpas y laúdes)

o lugar donde la virgen reciba el mensaje

y su halo se proyecte por la grieta,

con usura

no se ve el hombre Gonzaga,

ni a su gente ni a sus concubinas

no se pinta un cuadro para que perdure ni para tenerlo en casa

sino para venderlo y pronto

con usura,

pecado contra la naturaleza,

es tu pan para siempre harapiento,

seco como papel, sin trigo de montaña,

sin la fuerte harina.

Con usura se hincha la línea

con usura nada está en su sitio (no hay límites precisos)

y nadie encuentra un lugar para su casa.

El picapedrero es apartado de la piedra

el tejedor es apartado del telar

con usura

no llega lana al mercado

no vale nada la oveja con usura.

Usura es un parásito

mella la aguja en manos de la doncella

y paraliza el talento del que hila. Pietro Lombardo

no vino por usura

Duccio no vino por usura

ni Pier della Francesca; no por usura Zuan Bellini

ni se pintó "La Calunnia”

No vino por usura Angélico; no vino Ambrogio Praedis,

no hubo iglesia de piedra con la firma: Adamo me fecit.

No por usura St. Trophime

no por usura St. Hilaire.

Usura oxida el cincel

Oxida la obra y al artesano

Corroe el hilo en el telar

Nadie hubiese aprendido a poner oro en su diseño;

Y el azur tiene una llaga con usura;

se queda sin bordar la tela.

No encuentra el esmeralda un Memling

Usura mata al niño en el útero

No deja que el joven corteje

Ha llevado la sequedad hasta la cama, y yace

entre la joven novia y su marido

Contra naturam

Ellos trajeron putas a Eleusis

Sientan cadáveres a su banquete

por mandato de usura.

 

(Versión de Javier Calvo)

 

 

 

 

 

[Publicado el 03/6/2011 a las 06:21]

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Sí, gracias


 
 

Sólo un cretino pudo ordenar el desalojo de los jóvenes acampados en la Plaza de Cataluña y justificar la violencia a nombre de la limpieza.

Cualquiera que haya visitado alguno de los muchos acampados de este mayo descontentadizo es testigo de que esos jóvenes han tomado la idea de la ciudad como el lugar de la ciudadanía.  Nunca la Puerta del  Sol estuvo más abierta.

Si la policía es lo último que nos queda de la polis, hacerla cargar contra estos jóvenes es prehistórico.

Visitando el acampado de Sol me he sentido representado por cualquiera de esos muchachos, a los que no he necesitado votar, y quienes, más bien, me han elegido a mí como interlocutor de una jornada lectoral donde no hay vencedores ni vencidos, esa penuria del lenguaje, y cualquiera que lee corre la suerte de intervenir el paisaje.

Me temo que los pacíficos ocupantes de la Plaza tendrían que ocupar la ciudad, la comunidad y la región, para convertir el espacio público en un taller de readaptación ciudadana.  Y repartir documentos de identidad imaginaria al colectivo más anónimo y civilizado que se ha puesto de pie en estas plazas del camino. Aunque, para el caso, bastaría ocupar un adoquín, como si fuera la primera sílaba del ágora portátil. 

Tal como estos jóvenes han multiplicado en las plazas de España talleres de feminismo, para aprender los márgenes no socializados que liberan las mujeres en la sociedad mercantil; y talleres de migración, para entender que la familia española desaparecería sin  la concurrencia de los migrantes, que sostienen su humanidad, en contra de la xenofobia y el racismo, esas pestes donde la clase media pierde el alma; así mismo, digo, es un decir, deberían ellos iniciar, en cualquier umbral español,  talleres de ciudadanía, donde nuestros melancólicos descreídos, incapaces de admiración porque nadie apostó por ellos, recuperen la luz de la atención, y adquieran su mayoría de edad ciudadana.

Gracias a uno de esos talleres estos secretarios que sacan la escoba después de la porra, podrían merecer en su pedacito de plaza un muro arrepentido.

Limpiar la plaza para que la fatiguen los fanáticos del fútbol es un sarcasmo burocrático si no fuese otra violencia política.

Urge un taller de desintoxicación futbolística. Con la siesta nos iba mejor, con el fútbol nos hemos hecho más distritales y bárbaros.  En tanto inconciencia colectiva, es una superstición que justifica la mala prosa regionalista.  Sólo el turismo ha producido más basura que el desaforo futbolero.

Pero los jóvenes utopistas de la Ciudad de los hombres podrían ensayar muchos otros talleres de recuperación solidaria, madurez ciudadana, y español compartible como nuevo orden de las cosas en el lenguaje.  Su carpa, tenderete, mesas y sillas, despliegan la nueva sintaxis de un lenguaje cuya primera piedra, su ladrillo tribunicio, postula el discurso de los dignos de indignación.

Hace falta, con urgencia, un taller que mejore nuestra capacidad de renuncia, que nos descubra la emoción del relevo, la gracia de ceder espacio a los que siguen. Esa ética contemporánea, te define por el lugar que el otro tiene en tí.

No hay absolutamente ninguna razón, sino todo lo contrario, para que los pocos mismos se multipliquen excediendo su presencia como si nadie sino el "yo" tuviese derecho al lugar que abusa.  Ignoran que en la economía simbólica actual esa promiscuidad los hace irrelevantes.

Requerimos con urgencia de un taller de vergüenza ajena en el que unos jóvenes más escrupulosos enseñen el límite del presupuesto público que puede alguien acumular sin propósito de enmienda.

Ya que casi no hay lugar en las instituciones (la Universidad fue, alguna vez, ese lugar indignado, pero hoy legitima en muchas partes, la endogamia y el clientelismo), los jóvenes tendrán que abrir Plaza para talleres de capacitación en remontar la poca fe y medianía mucha.

¿Se puede, por ejemplo, escribir sobre ellos sin visitarlos y hablar con ellos? ¿Basta con que cites sus sentencias reproducidas por los medios, sin reparar la ironía de que ellos trabajen para ti?  ¿O toda opinión bien firmada tendría que derivar sus ingresos hacia los sujetos que permiten la buena conciencia?  Con urgencia, se requiere tomar otra plaza para levantar un taller dedicado a la economía del discurso en la balanza.

Los jóvenes indignados ponen en duda el lenguaje que ha hecho natural la corrupción de la palabra.

"Sí, gracias," dice la medalla de papel que recogí en Sol. No se puede creer mejor. 

 

 

http://www.laverdad.es/murcia/multimedia/fotos/espana/77931-mossos-desalojan-indignados-barcelona-0.html

 

 

  

[Publicado el 29/5/2011 a las 17:46]

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Portal del Sol

 

 

El pasado nos sorprende como futuro: no había terminado porque no acababa de empezar.

(Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir)

"El sol también es histórico," me digo en un rapto.

Lo que nos han querido arrancar por la boca, como una rama del lenguaje, es el contratiempo: la protesta de lo que está siempre por conjugarse.

(Estamos aquí por dignidad y por solidaridad con los que no pueden estar aquí)

Los adustos portaestandartes habían proclamado la muerte de la revuelta, el sinsentido de la promesa, el fin de la heterotopía, esa plaza hecha de lugares interpuestos, en trance, sin comienzo ni final.

De cartones, colchones, sillones, bidones, está construido el trayecto residual que se alza en la Plaza.

(Que no tenemos miedo!)

No hay árboles más verdaderos ni tierra firme como mi cabeza.

Figuran la raíz de un bosque súbito que florece en el futuro del español.

Materiales que del pasado derivan en esta precaria orilla del porvenir hecho verbo.

(Deleuze tenía razón)

Hoy florecen en las copas de los árboles todas mi raíces.

De esta disformidad se desencadena la forma expansiva del lenguaje que rehabita la Plaza para proponer el ensayo de un espacio interpuesto.

Es un pensamiento que se piensa pensar.

Un lenguaje que dice desdiciendo, deshabitando el hábito, rehaciendo puente entre rutas abiertas por nuestro derecho de ciudad.

(Yes, we camp!)

El relámpago define la edad del futuro.

El sentido contrario es la nueva articulación.

La trama pliega y despliega su fuerza aleatoria.

(Lo queremos todo, lo queremos ahora)

Una tribu nace en el desborde de la acera de enfrente.

La muchedumbre es una cita de la muchedumbre. Su memoria restituida por el lenguaje, da la vuelta.

(Contrato-basura=esclavo-libre)

Y ya es otra y mucha. Encendida por el asombro de sus voces contrariadas que no se resignan a las sumas que nos restaron.

Nos encontramos con nosotros mismos y nos damos un abrazo emocionado. Después de todo, hombre que fuiste rebelde, y capaz de decir que no.

(Vi a la multitud marchar por las Alamedas, las Plazas, los Soles, vi las manos que se agitan sobre mi cabeza, vi a una madre abrazar a su hija, vi a todos mis compañeros cantar un himno trágico y alegre, y tuve ganas de llorar)

Un Aleph para este tiempo rehace la lectura.

Y caminamos junto a nosotros mismos. Más ciertos entre este tiempo que nos demanda un precio.

pertenezco a una GENERACIÓN MUERTA que todavía sueña con el festín del amanecer.

(Tu futuro es ahora)

Que no se  te apague el corazón.

 

 http://www.mi-web.org/miembros/50405-politica/videos/61100-web-cam-en-directo-en-puerta-del-sol

 
 

(Las citas parentéticas provienen de la Plaza del Sol,  M-15. Las itálicas, de poemas de Rolando Sánchez Mejías, Daniel García Helder, Tamara Kamenszain, Martin Gambarotta y Vicki Guerrero)

 

 

 

[Publicado el 21/5/2011 a las 12:46]

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Foto autor

Biografía

Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Bibliografía

Crítica

 

Transatlantic Translations. Londres: Reaktion Books 2006

 

Rubén Darío y la lectura mutua. Barcelona: Omega 2004

 

Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno. Santiago: LOM 2000

 

El principio radical de lo nuevo. Lima: FCE 1997

 

Retrato de Carlos Fuentes. Madrid: Circulo de Lectores 1995

 

Arte de innovar. Mexico: UNAM 1994

 

El discurso de la abundancia. Caracas: Monte Ávila 1992

 

Una poética del cambio. Prólogo de José Lezama Lima. Caracas: Biblioteca Ayacucho 1992

 

Reapropiaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico. San Juan: EUPR 1991

 

Gabriel García Márquez and the Powers of Fiction. Austin: Texas Press 1988

 

Crítica de la Identidad. México: Fondo de Cultura Económica 1988

 

Cultura y modernidad en la Lima del 900. Lima: CEDEP 1987

 

Poetics of Change, The New Spanish-American Narrative. Austin: Texas Press 1986

 

Figuración de la persona. Barcelona: Edhasa 1971

 

La contemplación y la fiesta. Caracas: Monte Ávila 1969

 

 

Ficción

 

Teoria del viaje y otras prosas. Madrid: Ediciones del Centro 2009

 

Adiós Ayacucho. Lima: U de San Marcos 2007

 

Puerta Sechin. Tres novelas breves. México: Jorale Ed. 2005

 

Habanera. Palma de Mallorca: Bitzoc, 1999; Lima: Fondo PUC 2001

 

Emotions. Poems. New York: 2000

 

La mesa del padre. Cuentos. Caracas: Monte Ávila 1995

 

Ayacucho, Good Bye. Pittsburgh: Latin American Review Press 1994

 

 

Ediciones

 

México Transatlántico. Con Celia del Palacio. México: FCE 2008

 

Rubén Darío: Poesía. Barcelona: Círculo de Lectores 2007

 

Carlos Fuentes: Obra reunida. México: FCE 2006

 

Gaborio. Arte de Releer a Gabriel García Márquez. México: Jorale 2004

 

"El Aleph" de Jorge Luis Borges, ed. Critica. Con E. del Río Parra. México: El Colegio de México 2008

 

The Picador Book of Latin American Stories. Con Carlos Fuentes. London: Picador 1998; New York: Viking 2000

 

Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Con M.F. Lander. Madrid: Cátedra 2002

 

Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. México: Siglo XXI 1997

 

La Cervantiada. Madrid: Libertarias 1994

 

César Vallejo: Trilce. Madrid: Cátedra 1996

 

Julio Cortázar: Rayuela. Con Saúl Yurkievich. París: Archivos 1993

 

America Latina in its Literature. Con César Fernández Moreno. New York 1984

Enlaces

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