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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 24 de junio de 2019

 Blog de Julio Ortega

Gaborio


1.

He compartido con García Márquez algunas pausas entre comités y ferias del libro. Alguna vez me he quedado a solas con él, y hemos podido charlar solamente de literatura. Recuerdo ahora una, a propósito del lenguaje narrativo dominante. Le decía yo que suele ser meramente informativo y no soporta una segunda lectura, perdida la tension del suspenso.  Es el lenguaje, dijo él, del periódico de ayer. Y añadió: La diferencia la hace la poesía. Me gustó que apareciera la poesía en una conversación sobre la prosa al uso (indistinta, abrupta y casual), pero Gabo no solamente sabe de memoria tiradas de Rubén Darío sino que cultiva una larga intimidad con la poesía. Darío, es cierto, nos lleva a Garcilaso, celebrado en su obra; y por esa vía nos devuelve a Petrarca; Delaura se llama, no en vano, uno de sus héroes amorosos. Esa cualidad poética es patente en la audacia de sus definiciones, el brío de la imagen, el ritmo  del recuento, y el carácter de epifanía feliz que tienen sus resoluciones. Eso que se llamaba "la carpintería" de un gran escritor es el taller secreto de su obra y revela, en la sabiduría del lenguaje fecundo, tanto el arte de la composición circular como el manejo preciso de la caracterización. Pero también nos descubre la comedia humanista de la escritura, entre letrados, lectores, misivas, pergaminos, canciones y cuentos del camino. Esa gran tradición sostiene su optimismo en la comunicación, su fe en la civilización del diálogo. Nos sentimos bienvenidos a esta historia de la lectura compartida.

2.

Cien años de soledad es un clásico moderno que nos pregunta, ¿qué es un clásico latinoamericano? Se puede responder: el texto que no cesa de proveer distinta información. Pero es también un clásico porque habla a través de nosotros acerca de nosotros mismos, de nuestro lugar en la saga de la lectura, en la que somos  lo que hemos leído. Nos devuelve el fervor de leer como si todo pudiese ser contado otra vez. Y da, así, la medida universal de lo que la novela es capaz de hacer  desde esta region del camino. No inventa a sus precursores, reconoce a sus lectores. La critica que acompaña a Cien años de soledad no es menos literaria, pero cuando es más literal resulta ser ligeramente disparatada.  No es extraño que sea asi porque esta novela es una ficcionalizacion, en primer lugar, de la lectura. El lector, en su lectura, corre la suerte de ser personaje él mismo de la novela.

3.

Se trata, por eso, de una metalectura, cuyo operativo es borgeano y cuya estirpe es cervantina. En un principio Cien años de soledad produjo una lectura como asombro, característica de los discursos de fundación, de la abundancia y el mito. Se  habló de “realismo mágico,” un fácil oxímoron que nombra  lo que no tiene nombre. La novela excedía el campo de la mirada. No se sometía al regimen de la perspectiva, que privilegia al lector y su capacidad de apropiar el mundo. Como buen objeto americano, demostró una conducta híbrida, una escena heteróclita, un humor hiperbólico. A poco, se impuso su lectura política, porque la novela también es una crítica de la violencia fratricida y la expoliación colonial. La visión pesimista de la historia produjo, irónicamente, una opción aleccionadora de lo político. Más tarde, se ensayó una lectura de orden cultural popular, dado su fecundo repertorio carnavalesco, su gusto material, el banquete y la risa. Pero luego vino una lectura nostálgica, típica de los años 80, cuando después de la destrucción de las opciones reformistas, la Utopía fue rematada en el Mercado. Se leyó la novela como la celebración de la comarca perdida, casi como su canto de sirena. Más cerca del fin de siglo, tuvimos lecturas más formales y analíticas, animadas por la teoría cultural y el psicoanálisis. Cada generación de lectores ha producido su propia novela. En un gesto digno de Gracián, como si citar las fuentes memoriosas estableciera la actualidad, García Márquez novelizó su propio Arte de Ingenio con Vivir para contarla, sus memorias, que rescriben su obra desde su lectura de la misma. Mi amigo Gerald Martin ha dedicado la vida a demostrar la veracidad de esa vida imaginada. En su Biografía de García Márquez, como Pierre Menard, ha copiado la vida al pie de la letra. Pero como el otro Quijote, ha hecho más ciertas las novelas. 

 4.

Mientras otros grandes relatos de los años 60 consagraban la tradición de un origen traumático y un destino trágico, Cien años de soledad   postuló una identidad post-traumática, que se transforma históricamente, desde las voces del relato oral, a favor de la vitalidad mundana de la cultura popular, y en contra de la agonía de la identidad como carencia. Hay, más bien,  un exceso de identidad latinoamericana en esta novela. Pero no se trata de una tipología, está lejos del neo-primitivismo, y no se resigna al pintoresquismo. Es una identidad de lo disímil, fundada en la pertenencia que demanda el tercio excluído de la diferencia. La vehemencia de lo diferente presupone el valor de la interpretación heterogénea. De cada hecho hay varias lecturas, y aunque se imponga la más autorizada, cuando no la más autoritaria, no suele tratarse de la verdadera. Porque la verdad está en disputa, y la novela nace de esa radical puesta en duda. Nunca una novela que afirma tanto, lo ha tachado todo, con fervor parejo. Nos dice que la historia es ucrónica; la cultura, utópica; y la política, trágica. Pero si el lenguaje nos alberga es porque nos permite formular la inteligencia de la duda.

 

 

 
 

 

[Publicado el 10/3/2012 a las 18:57]

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Novísima Guía Amorosa


 
El Comercio de Lima me pide 500 palabras para celebrar el cumpleaños 73 de Alfredo Bryce Echenique, y les he propuesto volver a sus novelas como a un ABC amoroso.
 
No porque sea hora de sentar cabeza, sino porque estas novelas se deben, en buena medida, a lo que seguramente es el gran tema narrativo de nuestro tiempo: la Comedia de la pareja. Menos divina, y más que humana, esta saga da forma y sentido a su obra.
 

Se trata, claro, de la pareja improbable (el siglo XIX se ocupó de las probables) e irresoluble, cuyo encantamiento enciende al lenguaje y cuyo desencanto lo apaga. Entre uno y otro canto, lo dicho es una de las formas de la dicha, y el desengaño desdice al desdichado.

"Nuestro inexistente futuro como pareja normal" (El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz) puede ser una reafirmación romántica; pero la declaración “Desde que te casaste con otro, nuestra relación ha mejorado” (La amigdalitis de Tarzán) sugiere la ironía de los pactos resignados. 

"Haciendo camino al hablar", Martín Romaña testimonia en Octavia de Cádiz  su búsqueda de la Chimera. Pero el "amor loco," víctima de los códigos burgueses, es más bien una historia de exaltación y emotividad que demora el fin de la pareja, ese retorno de lo real como literal; esto es, como muerte. Porque la virtud de la pareja es su capacidad ilusa, ese tercio incluido que configuran juntos. Quien muere, entonces, es esa tercera instancia.

Separados, los amantes son viudos de sí mismos. Sólo les queda el luto de una prologada frecuentación.  

Si la oralidad en La vida exagerada de Martín Romaña era digresiva, y disolutiva del sujeto, en Octavia de Cádiz  la escritura es la minuciosa indagación por la pareja, ese yo/tú que se separa en el nos-otros.  Abriendo las heridas en el recuento, la escritura es de una lucidez por ausencia. 

Maniática, histriónica, desbordada, la escritura es pre-formal, se diría, como si se resistiese a ser parte del rigor de una novela, de otro libro entre los libros.  Demora y aplaza las resoluciones, entre versiones de la historia, siendo ella misma sublimación y enmascaramiento. El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz es una gran novela amorosa, a pesar de la pareja. En esta utopía del discurso amoroso, Bryce Echenique parece decirnos que fuera del amor, el lenguaje no tiene mayor oficio que convocarlo siempre, para seguir inventándonos.

El "excelso exceso" recorre su obra como una demanda imperiosa. Acerca del amor todo ha sido escrito, nos dice. Pero, felizmente, cualquiera cree decirlo todo de nuevo.  El mejor lector, nos enseña Bryce, es el lector de La cartuja de Parma.

El antihéroe amoroso, al final, ha sido abandonado por todas sus mujeres. Y se ha divorciado de cada una de ellas con entusiasmo. Porque hasta el divorcio es un camino a la memoria heroica de los amantes que se sobreviven como testigos mutuos.

Es cierto que suele ser un camino muy largo a la amistad, pero esa es otra novela.

 

[Publicado el 21/2/2012 a las 06:17]

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Tapies en Manhattan


 

Uno se encontraba con Tapies sin buscarlo, como si la idea de la serie que distingue a su obra fuese una pregunta por la mirada. El espectador casual se convertía, así, en oficiante de un arte hecho para explorar la materia contemplada. El diálogo con Tapies está incontaminado por las palabras. Postula la intimidad de la mirada y la pura fluidez del mundo.

En una época dejaba flotando a la deriva una letra. En otra, sus muros descubrían una grafía transitoria, sumida en el vértigo dramático de la textura.

Otra vez, en el MOMA, vi la muestra de sus libros-objeto, inmensos y densos ejemplares únicos, hechos para albergar al lenguaje, tratado como poética de la grafía. Me acuerdo de un tomo de Pere Gimferrer cuya tapa herrosa parecía la puerta salvada del Castillo incendiado. Tapies cultivó esos encuentros con la poesía. Con José-Miguel Ullán debe haber tenido una afinidad inmediata, dado el riesgo y la libertad del lenguaje gráfico del poeta. Al final, el silencio parece una fe extrema en las palabras. De pronto, uno cree entender que en cada cuadro hay una declaración de principios.

Seguramente por eso su Museo en Barcelona es, más bien, un taller. Menos que didáctico (su lección es  substraer), y más que de seguidores (lo dijo todo en sus términos), se trata de la idea del Taller, de la inventiva de recomenzar. Nos ha acompañado el ardimiento de su obra como el fuego recobrado. Uno cree ver al arte y al artista salvando de la miseria histórica una forma del sentido. 

También por eso, al pie de una muestra suya, diversificada en formatos y variaciones, uno necesitaba apurar algunas notas. Es improbable reproducir el lenguaje de Tapies, y  no es casual que algunos poetas hayan rendido homenaje a esa provocación. Las notas que hice en una de sus exhibiciones en el MOMA se las pasé a Ramón Xirau, quien las publicó en Diálogos, que fue el mejor nombre para una revista de soliloquios subrayados por el exilio. Las copio, salvando algún énfasis, en tributo y gratitud.

 

T en M

I

Grisura del blanco: negro

Corroído por la luz.

Teoría de ver en lo oscuro

Más claro: muro.

II

Más que exceso, menos

Que irrisión, la materia

Es pura arbitrariedad.

Mofología: ironía

Del objeto sin fin.

III

Hipótesis de la mancha,

La traza, el granulado,

Como el blanco acumulado

Que la mirada resta

Del sumo mundo.

IV

No es el mundo lo que

Se pierde: nos inunda

Su no mirado muro.

Tesis de la visión

Creada por su objeto.

V

¿Quién ha quemado estos signos

De tierra roja? La intemperie,

Historia viva de las cosas

Que perdieron el nombre.

VI

Nada a la mano: no hay

Nada detrás, sólo el envés

Posterior al sentido.

Rastro, resto, sutura.

Su pintura es heroica.

 

[Publicado el 07/2/2012 a las 12:31]

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Los mejores libros peruanos del 2011


 

FERNANDO AMPUERO: EL PERUANO IMPERFECTO

Vargas Llosa forjó la versión del fracaso existencial del peruano refutado por su medio. Ribeyro, la del peruano melancólico, desmentido no entre sino por la realidad y el deseo. Bryce, la del peruano exagerado, capaz de rehacer su mundo gracias a la elocuencia. FA (1949) propone en El peruano imperfecto (Lima, Seix-Barral) la tesis de que ningún peruano es imposible: cada uno se descubre en el espejo como otro. Esa intensa representación convierte a la vida limeña en una comedia trágica: la comedia del sujeto como el mejor actor de sí mismo. Ortega y Gasset dijo que argentino es aquel que se mira dos veces en el espejo. Peruano sería aquel que se mira mirado. Y se ha dedicado a sí mismo con éxito. La tragedia es ética: el triunfo mundano conlleva el precio de la integridad. Esta  novela, con una sonrisa, convierte al lector en peruano: le asigna la culpa ajena, gozosamente compartida.

 

CARLOS YUSHIMITO: LECCIONES PARA UN NIÑO QUE LLEGA TARDE

 

CY (1977) cuenta sin énfasis y con gusto historias de agudo sentido de lo excepcional, que acontece dentro de la trama permeable de lo cotidiano; como si entre uno y otro sus pequeños héroes estuvieran a punto de una proeza que los defina. De su libro de cuentos anterior, Las islas (2006), que transcurren en Brasil, país que el autor no ha visitado pero imagina,  se incluyen en este tomo (Barcelona, Duomo) seis historias de espléndida factura, donde el desplazamiento del lugar libera a la referencialidad, mientras que  la otra lengua le permite la licencia de lo verosímil. Porque lo notable de estos cuentos es que lo excepcional (los niños monstruos, los vendedores antiheroicos) discurren como la verdadera cotidianidad, mientras lo demás pertenece al lenguaje de la fábula o a los sueños.  La lección de intimidad que da Chejov y la tolerancia en lo raro que explora Kafka, sólo tienen al lenguaje para afincar, levemente, en estas historias de asombro y certidumbre.

 

CECILIA PODESTA: DE CABEZA SOBRE EL PASTO AMARILLO

CP (1981) es poeta iconoclasta, dramaturga de ironías felices, editora y gestora cultural, como plena ciudadana de la rica cultura urbana que reiventa la Lima de estos años de prosperidad, corrupción y obsesión culinaria; pero es además, como para anudar las redes, narradora de voz propia, cuya sátira de aliento y desenfado traducen estos relatos (Lima, Punto de Ideas) de una épica urbana, en torno a personajes post-apocalípticos y sub-integrados.  La deliberada truculencia de las historias le da la vuelta al género de lo monstruoso y la mecánica de la violencia, para mostrar sin sentimentalismo, la moneda nacional del desvalor, muy bien repartida entre las clases, los géneros  y los lenguajes, para perturbación mutua. Con talento y coraje bien probados, CP es capaz de jugar con los protocolos para hacernos reconocer nuestra resignación ante lo que pasa por lo real. Pocas veces, como ésta, el lector es despertado por el valor de una poesía del escándalo.

 

KATYA ADAUI SICHERI: ALGO SE NOS HA ESCAPADO

El notable primer libro de cuentos de KAS (1977), Un accidente llamado familia (2007) definió su lenguaje como la materia afectiva de las relaciones humanas: una lámina verbal transparente pero, siempre, las palabras de otro discurso, no dicho. Es un lenguaje sintomático que dice más de lo que enuncia para decir menos de lo que cuenta.  Cada relato, por eso, podría ser una novela: asume la historia familiar, la educación de la narradora, la impronta de los lazos sobre la  zozobra latente. Por eso, el cuento es la historia de una elisión, la radiografía revelada en la vulnerabilidad del cuerpo emotivo. El mismo control del lenguaje es parte de la historia. La hija, en uno de los cuentos, le pide a la madre que no exagere, que sea más prudente, pero la madre es la que provee el relato; mientras que el padre sólo está “completo” cuando muere, que es su forma de decir la verdad. Estos cuentos rescriben el lenguaje familiar para darle a cada quien su verdadero nombre. El titulo del primer libro es el de un cuento en el segundo: de la foto familiar nos queda el revelado, esa sombra fugitiva.

 

ROGER SANTIVÁÑEZ:  ROBERTS POOL CREPÚSCULOS

RS (1956) es uno de los más interesantes poetas peruanos, cuya evolución conoce ahora una madurez rara, hecha de destreza formal y audacia expresiva, como si el joven rebelde y bohemio de la juventud hubiese encontrado en los clásicos de la tradición barroca la discordia feliz de la hipérbole, esa sintaxis aglutinante capaz de hacer del poema otro icono de abundancia. Primero descubrió RS, quizá bajo la lección barroquizante de Carlos Germán Belli, la sorprendente conjunción del adjetivo áureo y el término tecnológico. Pero en esta nueva colección de experimentalismo en el archivo barroco (Lima, Hipocampo Editores), se trata de la música de Garcilaso de la Vega. El paisaje, claro, es otro: “Un ansia enferma mi corazón esmalta/Como a los arrozales el surtidor alcanza/ O la neblina ciega el amanecer en Lima.”  ¡Sólo a un poeta peruano se le hubiera ocurrido la audacia de ofrecerle a Lima una anti-alba!

 

OSCAR COLCHADO: HOMBRES DE MAR

OC (1947) construye en esta novela (Lima, Alfaguara) una metáfora de la modernidad peruana contrariada que caracteriza al modo de producción  dominante, el de extracción y exportación. En este caso se trata de la harina de pescado, que hizo del Perú su primer productor mundial. Pero esta vez la exportación incluye otra materia prima: la droga. A partir de la representación verosímil, que el lector puede tomar como una crónica dialogada, el autor descubre la intimidad de la violencia que convierte a los héroes de la modernización en sus primeras víctimas.  El relato de la vida del pueblo convertido en “boom town,” primero, y en ciudad residual después, se levanta con su humanidad descarnada en las voces en diálogo de esta épica de pobres, que es una elegía de desconsuelos pero también una celebración de la palabra viva. Entre la destrucción ecológica,  la matanza de la guerra sucia, y el tránsito de la droga, recomienzan las voces de la migración, ese nuevo mapa peruano. Esta novela late también con furia amorosa.

 

VICTORIA GUERRERO: BERLIN

VG (1971) ha heredado, quizá reluctantemente, una tradición poética que, a pesar de todas las teorías en contra, sigue asumiendo la voz de la mujer, ese lugar único  del discurso literario peruano, cuya escenificación tuvo en Blanca Varela su momento de drama mayor. La notable diferencia de registro en este libro (Lima, Intermezzo Tropical) tiene que ver con la expansión narrativa y elegíaca de esa voz, que sale de sus coordenadas locales para hacer figura con otras voces y espacios de registro que son las plazas, hospitales, centros comerciales, aeropuertos, de la biografía errante de una mirada que refracta lo vivido en las palabras como un acto de rendición que es de rebeldía. Rinde, así, cuentas (“Fuimos rebeldes en un mundo sembrado de muertos”) y responde no por la ausencia sino por el retorno (“a la pregunta escalofriante y poco bienhechora de ¿Por qué regresaste al Perú?”).  La pareja disuelta, la poesía irresuelta, el país irresoluble carecen de discurso, pero tienen en el poema el mapa verbal de su “Su propia combustión y catarsis.”  Una peruana al pie del orbe.

 

[Publicado el 22/1/2012 a las 00:20]

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Elogio de la Biblioteca Nacional


 

Los 300 años de la Biblioteca Nacional se celebran con una gran muestra de sus mejores fondos (“300 años haciendo historia,” que ha coordinado José Manuel Lucía Megías y se podrá ver hasta el 15 de abril); aunque también podría incluir un encuentro de lectores como tú que alrededor de una mesa compartan la frecuentación de su amistad.

Hay algo de la BN que nos pertenece a todos, no sólo porque es la institución pública más antigua de España sino porque  le hemos dedicado tiempo, paciencia, asombro y gratitud. En una entrevista que le ha hecho Juan Ramón Lucas en Radio Nacional de España, Gloria Pérez Salmerón, directora de la Biblioteca, ha recordado los orígenes de la institución y ha listado los trabajos en marcha, entre ellos la digitalización con apoyo de Telefónica, el Archivo de la Palabra y el Master iberoamericano en bibliotecología. Y dio una buena noticia: la asistencia a las bibliotecas de España se ha incrementado este año en un 10%.  El entusiasmo de la directora con su trabajo es del todo compartible.

Nunca he creído en la superstición que presupone como mejor director de una biblioteca nacional a un escritor prestigioso.  Es verdad que a veces ese escritor (o escritora, como fue el caso de Rosa Regás) puede convertir la biblioteca en un espacio de debate intelectual y actividad literaria. El hecho es que el trabajo de director de una biblioteca es menos ilustre de lo que la gente imagina.  Lo digo con padecimiento de causa: cuando remplacé, temporalmente, a un colega en la dirección de la BN del Perú no pude nunca bajar al piso de raros, ni mucho menos actualizar su distraído patronato. Tuve dos reuniones de emergencia con el personal; la primera, para buscar fondos y reparar  los baños estropeados por el último terremoto; la otra, para presupuestar una compra de escobas y escobillones.  Por cierto, en esas reuniones las bibliotecarias no siempre están de acuerdo y los bibliotecarios guardan silencio estoico.  Es inevitable evocar a Borges: la “magnífica ironía de los dioses,” escribió, de ser director de la BN argentina y ciego.  Otros dos ciegos la dirigieron: José Mármol y Paul Groussac.  

¿Cómo no recordar a los lacónicos bedeles de los años 70 en la Biblioteca Nacional?  Parecían más bien guardianes de alguna prisión gris y lo ignoraban casi todo. Hacerse amigo de alguno para apurar trámites era una proeza. Luego, en los años 80, se hicieron especialistas en un piso.  Si hacías una pregunta que no les correspondía te despachaban a otro piso, de donde te remitían a otro más. No menor faena eran las reglas cambiantes. Trabajé dos veranos con el manuscrito de “El Aleph” pero no se podía ordenar fotocopias aunque sí fotografías,  microfilms y vistas fijas. Un día la archivera de turno, ofendida, me negó el manuscrito y me envió, castigado, al microfilm.  Volví al turno del archivero, quien de inmediato me pasó el manuscrito.  Debe haberme tocado la media hora del cambio de reglas.  El otro día que pasé a renovar el carnet me dieron uno de lector de la sala general, con ingreso vedado a raros; para tener  uno de investigador debo llevar los recibos del alquiler.  Las bibliotecas tienen esa proclividad de estilo a la prosa del XIX,  más bien doméstica y  literal.

Tal vez llegaste a conocer el antiguo local de la Hemeroteca de Madrid. No hay mucho que recordar de ese edificio, pero leyendo periódicos de la Guerra Civil, cuando anduve tras las huellas de César Vallejo, pasé allí demasiados días de sopor madrileño. Recuerdo la figura del lentísimo bedel en guardapolvo, que  me traía otro tomo de periódicos varios y a su paso crujía el piso de madera.  Después de unas horas de periódicos comunistas me despertaba una hoja anarquista.  Es mejor local el de Conde Duque, qué duda cabe, pero como  ocurre casi con todas las bibliotecas tampoco alredor de éste había donde comer. Fue allí que un bibliotecario me contó que los 90 tomos de Periódicos Varios de Guerra se compilaron gracias a que un bibliotecario estaba de vacaciones cuando se declaró la guerra y tuvo que quedarse en lo que resultó campo republicano; de modo que, no sin entusiasmo, se dijo ¡qué buena oportunidad para compilar periódicos republicanos! Al mismo tiempo, otro bibliotecario estaba de vacaciones en una ciudad que resultó ser cabeza de la insurrección franquista, y se dijo: ¡qué buena oportunidad para compilar periódicos del campo nacional!  Pero una bibliotecaria, curiosa de mi dedicación, me contó que esos tomos habían sido ordenados por la policía franquista para procesar y fusilar a todo el que aparecía mencionado. La guerra por las interpretaciones no había terminado.

Cada vez que subo la escalinata de la Biblioteca Nacional (la vejez habrá empezado cuando uno deba detenerse a la mitad) recuerdo la página de uno de esos periódicos donde se lee: “Lope de Vega decapitado.”  Durante un bombardeo de la artillería franquista, uno de los proyectiles dio en las puertas de la BN y decapitó a la estatua de Lope. El cronista se preguntaba: “¿Quién caerá después? ¿Cervantes? ¿Nebrija?”

Cuando la Guerra del Pacífico, la BN de Lima fue cuartel de la tropa chilena, y una parte importante de los fondos fue botín de guerra. Se decía que el gran bibliógrafo chileno José Toribio Medina se hizo de numerosos documentos y libros antiguos peruanos. Tuvo fama de cleptómano teatral. En los archivos de los conventos fingía desmayos y mientras los curitas corrían por las sales, él se llenaba de papeles los bolsones de su gabán de coleccionista subrepticio.  

Tal vez lo he leído en alguna tradición de Ricardo Palma, en cuyo sillón de director de la BN de Lima casi no tuve tiempo de sentarme, apremiado por la crisis permanente de ese polvoroso recinto. Años después, mi hermano fue allí bibliotecario, cesado por las autoridades fujimoristas en represalia política. No hace mucho, la BN se mudó, por fin, a su nuevo y moderno local donde, lamentablemente, se produjo hace poco un robo de libros antiguos que está en proceso de investigación.  Y pensar que por ese sillón se pelearon Palma  y Manuel González Prada, nuestros dos mayores escritores de fines del XIX, al punto que éste acusó a aquel de llevarse libros a su casa y anotar en ellos sus opiniones personales. Yo había obtenido en la BN mi primer carnet de lector a los 9 años, y con él mi primera lección burocrática: me destinaron a la sección de niños, donde no se podía leer sino literatura infantil.

La bibliotecaria de Brown me ha dicho que hoy se compran más materiales bibliográficos electrónicos que libros de papel. Me ha parecido una verdadera pérdida para la educación en la lectura. Justamente, las bibliotecas tendrían que defender el hábito de la lectura reflexiva y placentera, esa experiencia de tener un libro en las manos, que la directora Pérez Salmerón ha definido elocuentemente en Radio Nacional. De otro modo, las bibliotecas y sus bibliotecarios se harán redundantes; y nuestros estudiantes, meramente funcionales y mecánicamente  utilitarios.  No hay educación plena sin la experiencia de perderse entre los estantes descubriendo con asombro que un libro nos esperaba, dando horizonte a nuestra investigación. “Sin buscarlo,  me encontré con un libro que me ayuda con el tema,” dice siempre, sorprendido, el mejor estudiante del curso.  Supongo que uno le da las pistas para que se pierda con suerte.

Una vez le dije a Vartan Gregorian, quien antes de ser rector de mi universidad había dirigido la Biblioteca Pública de Nueva York, que teníamos en común esa experiencia, aunque fugaz la mía y fructífera la suya.  Tú fuiste más sabio, me dijo. Entendí que él había necesitado de más escobas. 

 

[Publicado el 01/1/2012 a las 23:17]

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La literatura, el libro y la era digital


  

En el principio fue el verbo, luego la escritura y enseguida el libro.  Sobre esa lógica causal se funda, desde el Humanismo, la visión de que los libros, escritos no por un dios sino por los hombres, nos harán más libres, a veces felices, incluso sabios. Petrarca fue el primero en lamentarlo: ya hay demasiados libros, dijo, tanto como dudosos licenciados. Cervantes, con una sonrisa “más liberal que española,” como dijo Alfonso Reyes, hizo de la lectura la forma irónica de la crítica. El Quijote fue un best-seller en Hispanoamérica y ese mismo año de su publicación, en una fiesta popular, dos lectores peruanos fueran los primeros en disfrazarse de Don Quijote y Sancho. Don Quijote es el primer amigo español que todos hemos tenido. El libro es uno de los orígenes de América Latina; la imprenta, el ocupadísimo  instrumento de nuestra modernidad.  Gracias a la imprenta y al libro la historia de América Latina no ha sido, como vulgarmente se repite, una historia de fracasos sino todo lo contrario:  un historia del futuro, de su ensayo y recomienzo permanentes.  Este aniversario atlántico de las Cortes de Cádiz, me gustaría proponer que dejemos de leer nuestra historia como una suma de meras frustraciones y la leamos, más bien, como una suma de proyectos de futuro comunitario, ciudadanía imaginada y representación ensayada. Una historia que está siempre haciéndonos, desde el comienzo, con la lengua del sujeto que asume su lugar en los relevos. Nunca el mundo ha tratado tantas veces de ser otro mundo como en las Américas.

 

Si la cultura latinoamericana, por definición, es una figura en desenvolvimiento, una práctica de apropiaciones (antropofagia, la llamaron en Brasil con entusiasmo), cuya sintaxis  incorpora lo nuevo y lo ajeno, ¿cómo no creer que la tecnología será también puesta a trabajar a favor de esa figura? El apetito popular por las nuevas tecnologías es conmovedor. Lo vemos en la extraordinaria fe latinoamericana en la educación democrática, que nos hace tener, a veces, más universidades que profesores y, en esa lógica de los procesos siempre en obras, más estudiantes que Universidades. Sólo en Chile es posible que cien mil estudiantes vayan a la huelga porque quieren estudiar. No menos asombroso es que en este siglo XXI los jóvenes  de cualquier país sean todos semejantes: tienen el mismo lenguaje tecnológico y comparten herramientas equivalentes.

 

Ya los intelectuales indígenas de los tiempos de las fundaciones recomendaban aprender la escritura, y en la gran tradición Humanista todos nuestros héroes culturales (Martí, Bello, Sarmiento, Hostos, Rodó, Darío, Henríquez Ureña, Reyes), han escrito para los que no saben leer, como si la escritura fuera un remedio contra la ceguera, y el lenguaje abriese el horizonte habitable. El día que proclamó la Gran Colombia, Bolívar tuvo a su lado un asombrado maestro inglés que traía el modelo de la Escuela de Lancaster. Lo que Carlos Fuentes llama “la gran novela latinoamericana”, que hace nuestra a la española,  es lo más moderno que tenemos: es un superconductor que enciende la memoria crítica, anima la comunidad dialógica, promueve la razón secular, y  da fe de que la invención es nuestro apetito de porvenir. Se trata, propongo, de un algoritmo barroco.

 

Pues bien, ¿cómo no creer que la formidable tecnología digital  multiplicará una nueva civilización de la lectura? Después de todo, Alfonso Reyes y Ortega y Gasset fueron nuestros primeros blogeros: escribieron miles de páginas que daban cuenta viva de la actualidad, ese presente hecho verbo, que la tecnología de su tiempo,  esa gran prensa, multiplicaba con su tipografía no menos digital. Rubén Darío debe haber apurado dos crónicas por día, tan actuales que parecían escritas mañana; y con tanta prisa que adelantaba las necrológicas de sus enemigos, quienes al leer tales elogios le devolvían la amistad. Dos hombres que leen el periódico, ha dicho el historiador Benedict Anderson, presuponen una nación.

 

Borges imaginó que de noche las palabras de los libros se mezclaban, seguramente porque todo libro quiere ser otro libro: siendo un producto de la tecnología se debe a la reproducción. Hoy creemos que los libros tienen una doble vida: impresa una, digital la otra. Y nos parece que todo libro quiere leerse en una pantalla. Típicamente, dada su vocación apocalíptica, los escritores creen que la pantalla remplazará a la página. Pero los jóvenes saben mejor: no confunden la lectura digital (utilitaria, informativa, funcional) con la lectura del libro (reposada, anotada, referencial).

 

Pasamos hoy por la crisis del libro pero no en razón de su competencia electrónica, sino por su maltrato incluso en una de sus capitales, Buenos Aires, donde la aduana retuvo un millón de ejemplares importados y se les exige a los libreros y editores exportar tanto como importan, aun si lo hacen en otros insumos.  La simetría es tan abusiva que resulta impensable. Y ahora el gobierno busca intervenir la producción del papel a nombre de su mayor distribución y  contra  su supuesto monopolio privado.  Mayor ironía aún tratándose de un gobierno que favorece los derechos humanos y hasta tiene una cátedra en Nueva York con el nombre de Néstor Kirchner. 

 

Pero no hay dos libros, lo que hay son dos lecturas. Los jóvenes distinguen leer en uno y otro medio, de acuerdo a la función de su lectura. Son los primeros bi-lectores. Robert Darton, el bibliotecario de Harvard, ha desmentido los cinco mitos de la “era de la información”: 1) el libro ha muerto; 2) estamos en la era de la información; 3) toda información está en línea; 4) las bibliotecas son obsoletas; 5) el futuro es digital. El libro sigue más vivo que nunca: un millón más de libros se han publicado este año; toda era ha sido una era de la información; sólo una mínima parte de los archivos está en línea, y Google solo ha digitalizado el 12% de los libros; las bibliotecas serán el nervio central de un país, nunca han estado más concurridas que hoy; en el futuro, libros impresos y libros electrónicos serán aliados, no enemigos. ¿Cual es, entonces, el problema del libro? En su origen está su perpetuidad: no tiene que saturar al lector con novedades, tiene que inventar al lector con necesidades. Los nuevos lectores se están formando ahora mismo y demandan ya sus propias lecturas. Por ejemplo, son millones los migrantes cuyos hijos serán los lectores del futuro. La lectura ha sido siempre una transición entre países, lenguas, clases, eras. A fines de este año, cuando parecería que los libros eran sustituidos por su versión digital, las estadísticas nos tenían otra sorpresa: los lectores han adquirido más libros que nunca; por un lado los de arte y destreza gráfica y, por otro, los que documentan la actualidad. Para sobrellevar mejor el nuevo siglo nos harán falta los mejores libros, no sólo los probables sino sobre todo los improbables. Como siempre en esta cultura, el lenguaje tecnológico ha ampliado el horizonte compartido. Un futuro que el español y el portugués,  que se acrecientan en el espacio sin fondo del libro, han hecho más creativo y habitable.

 

La historia del futuro es también la del libro: el exilio español de los años 40 nos mejoró la lectura gracias a las editoriales y traducciones que propició en México y Argentina: América, imaginó Juan Larrea, era la nueva realización de España. Cuando la dictadura cerró Brasil, América hispánica  acogió, tradujo y difundió su fecunda literatura. Y cuando la dictadura argentina persiguió a la inteligencia, Brasil recibió escritores y profesores que abrieron el espacio actual de intercambios y proyectos. El español es la segunda lengua en Brasil y, en este siglo, seguramente el portugués lo será en varios de nuestros países. Es más, pienso que Brasil confirma este siglo la existencia de la idea misma de América Latina.

 

La cultura en el siglo XXI será trasatlántica: un horizonte proyectado complementariamente por la lectura mutua.

 

[Publicado el 21/12/2011 a las 00:05]

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El poeta Nicanor Vélez


 
Nicanor Vélez es el poeta que todos llevamos dentro.  Alguien que escribe sin prisa, de paso, y brevemente.  No escribe poesía, escribe poemas. Escribe porque escribe, a favor de una pausa del lenguaje, conversando con los poetas que admira y frecuenta. Porque sabe muy bien lo que es la gran poesía, a cuya devoción, ahora que lo piensa, le ha dedicado la vida.  Le ha dedicado, quiero decir, cuadernos, anotaciones, fragmentos, imágenes. No es el autor de una obra, es hechura él mismo de la obra que tributa, entre borradores y papeles que el tiempo pule y alguna editorial acoge.  Es el poeta reluctante que rescribe más de lo que escribe, sin énfasis ni demanda. Muy de tanto en cuando le regala a sus amigos un delgado cuaderno de pocos poemas, breves todos, y más entredichos que decidores.  De pronto, leyéndolo, sus elipses nos embargan con la nostalgia del silencio palpado por esta poesía verdadera. Siempre he creído que la emoción estética es una nostalgia de lo genuino.

 

Pero he aquí que su nuevo libro, La vida que respira (Valencia, Pre-Textos, 2011) es sin proponérselo, una plena revelación.  No sólo porque revela la destreza y certeza de un poeta liberado del lenguaje mismo, capaz de decirlo casi todo con un puñado de palabras, sino porque la noción de que la poesía es la última verdad creíble irrumpe aquí con intensidad y, a la vez, con sobriedad; de modo que da de hablar, por fin, al silencio, y nos hace parte de su lacónica elocuencia. Porque ahora la verdad es lo indecible, pero también aquello que el lenguaje aferra en un puño. Lo sabe el poeta, y nos dice lo que no se sabe:

El poema celebra

o abre la grieta del silencio;

con el dolor, una secuencia

indescifrable de palabras,

intenta recoger

el gesto, y se hace trazo,

intenta dialogar

con esa parte de nosotros mismos

irreductible a las palabras.

El poema no dice:

crea el misterio con su trazo.

Nunca acaba su gesto:

empieza, siempre recomienza.

(La poesía)

 

De la poesía, creo que nos confiesa, sólo nos queda su trayecto: aparece y desaparece, pero está cuando no está, y en esa tensa y tersa expectación nos devuelve, impecablemente, sin palabras.  Pero nos queda, entiendo, esa promesa de volver a nombrar, vana y feliz porfía.

Pero el poema es también la libertad de los nombres, y la epifanía del mundo en la mirada que recobra una palabra:

Roca que no precisa de alas,

pues cuando se vive profunda

se hunde en el mundo de lo oscuro,

al fondo del abismo:

levita, se alza y vuela como el pájaro,

su más cercano descendiente.

(Sobre la levedad del peso)

 

El temblor de lo ignoto recorre este libro desde las agonías de la muerte de los amigos, los parientes, y la madre. Pero esta biografía (“La lámpara se enciende./El cuerpo se calcina”) es una meditación sobre la dimensión del “graphos”, de la escritura, más que sobre la “bio” (“en ese hueco de la muerte/vertemos toda nuestra vida”). Y, así, es una reflexión vivencial sobre la propia precariedad. Y en esa dimensión es una lección moral (“nuestra concepción de la historia tiene que ver con nuestra concepción de la muerte”).  La escritura, al final, es una transformación revelada: fuego, pájaro, pez, le dice a José Ángel Valente, son el verbo hecho carne en el poema.  Unas palabras bastan para hacernos libres.

 

Con mi amigo Nicanor Vélez he compartido muchas horas de conversación amena, crítica, memoriosa, erudita y placentera.  Cuando preparé el tomo de la Poesía reunida de Rubén Darío para el Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg,  lo vi dedicarle tanto tiempo a una coma que me emocionó su pulcritud, y le pedí firmar la edición conmigo. Supongo que me vio tan conmovido que por cortesía aceptó. Nicanor ha sido responsable de las mejores ediciones establecidas y solventes  de la obra de Octavio Paz, Julio Cortázar, Pablo Neruda y Federico García Lorca. Su trabajo de alquimista editorial estaba dedicado a la poesía. Tanto a Valente como a Blas de Otero. Me doy cuenta, al leerlo ahora, que siempre hemos hablado de los poemas que no hemos leído pero confiamos leer como buenos lectores que lo esperan todo de un poema. No es tampoco casual sino de necesidad que Manuel Ramirez y Manolo Borrás hayan publicado, en el sentido más cierto de dar a conocer, este libro en su magnífica editorial. Pre-textos es una casa donde la poesía vive perdurable y suficiente.

 

Nicanor Vélez es el amigo más íntimo de la poesía, y por ello de todos los que todavía creemos en la gracia de lo gratuito.

 

 
 
      

[Publicado el 24/11/2011 a las 20:35]

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Pensamientos en Zuccotti Park


 
  

No es fácil llegar a Zuccotti Park, a la vuelta de Ground Zero y a la vista de Wall Street. Entre la tumba amurallada y el muro financiero, los acampados se refugian en sus carpas azules este domingo tormentoso.  Esa sintaxis es el orden newyorkino del espacio, igualado por la lluvia balbuciente. Pero el taxista árabe no supo como llegar y me dejó en cualquier esquina. Ni los turcos que venden verduras, ni los camareros griegos que barren el agua, conocen el Parque. Confirmo que cada quien tiene su NY, que es siempre otro. Es irónico que estos inmigrantes, siendo parte del 99% algorítimico, carezcan de referentes más allá de su estación del metro y el negocio donde sirven. Sólo la policía sabe: guían a turistas aturdidos por su mapa ilegible. Quien quiera visitar a los suaves indignados deberá atravezar la parte más abstracta de la City.

 

La acampada es aquí menos colectiva que sumaria. Los jóvenes en lugar de actuar en grupos y asambleas parecen construir voces, aunque anónimas, del todo individuales. La suma no se funde, se diversifica; y aunque los rituales son los mismos (debatir, pronunciarse, repartir tareas), se trata más que de un evento masivo, de una concurrencia meditada. Aquí el individuo no representa a un grupo, sino al contrario: el grupo representa a cada otro. Ocurre como si el que acampa actuase en una obra haciéndose, cuya figura desplegada hace sentido en la suma de los otros, los que no están. Si llamamos evento a la irrupción que ocupa todo el presente, el evento es aquí la representación por ausencia: se ocupa para vaciar lo dado e instaurar lo gratuito. Esa figura nos incluye, de pronto, en su acto liminal.

 

Acampar es restar la plaza pública de los aparatos de estado, para ocuparla momentáneamente y desocuparla estratégicamente. Esa táctica alterna es una crítica central a la idea de la representación, casi en todas partes mediatizada, incautada y excesivamente costosa. Los que reclaman al movimiento internacional de la ocupación pública, acusándolo de no tener consecuencias, ignoran que transformarse en una opción política terminaría con la libertad gratuita de protestar, precisamente, la degradación de la política en negatividad mutua. Melville imaginó a un modesto escribiente que puso en duda la representación del sistema y su economía devoradora, repitiendo: ¨Preferiría no hacerlo.” Su alegato antifáustico renuncia a los términos de la socialización compulsiva, y representa a quienes, desde sus márgenes, se ausentan. El despacho de abogados donde el antihéroe se negó a repetir la letra muerta, estaba cerca de aquí.

 

 

Vi en las noticias locales a unos jóvenes acampados, y me pareció ver que lo nuevo más que en sus declaraciones estaba en sus rostros: desnudos, nos hablan cara a cara. Hacen otra cosa, algo anterior a los discursos: miran de frente, como si nos conocieran. No se deben a las declaraciones sino a la presencia mutua de quienes han tenido que poner la ley en ascuas para desnudar el rostro y preguntar por el nuestro. Recordé una página de Levinas, justamente sobre la desnudez del rostro en la recuperación de la voz común. La sintaxis de lo nuevo se armaba en esta intemperie no con citas y glosas sino con actos de un pensamiento que hace tiempo nos piensa.

 

Por ello, después de los minutos en que les devolvieron la palabra, y la cámara retornó a los rostros de las dos locutoras, el contraste fue estremecedor: las caras de esas dos guapas damas eran totalmente artificiales. Las han pintado y decorado y las han vuelto irreales. Tienen la máscara que busca representarnos. Buena parte de los medios se revela en esa impostura.

 

Aquí, en la plaza, los nombres recobran el peso de las cosas que encienden. El nombre, otra vez, acarrea la inteligencia de la atención.

 

Por eso, han hecho urgente que se les devuelva el turno de la palabra. Al final, se trata de los plazos de relevo, de los formatos de inclusión, de las estrategias de diálogo, de lo que podemos llamar el poliglotismo del origen. Es decir, de un presente donde se hablan varias lenguas para ser parte de la gran plaza pública reconstruida por la concurrencia momentánea y transitiva, que estos jóvenes propician como quien asoma la mirada al porvenir.

 

Hay cierta prisa en devolverles la palabra allí donde los medios no están meditizados por la pérdida de su lugar público. En Chicago, los jóvenes ocuparon tres espacios sucesivos: los de la primera fila, conscientemente, decidieron sentarse en el umbral de los edificios municipales para hacerse arrestar; una segunda linea se ubicó justo  donde se dividía lo público-estatal de lo público-comunal, una zona ocupada, del lado penitenciario, por la policía; y una tercera fila, más atrás, ya en la plaza, ocupó el espacio abierto y colectivo. Este mapa denuncia la definición funcionalista del espacio público, que deja de ser espacio y público.

 

Con la lógica perversa de de una ley regimentaria, en Madrid se busca usar la ley electoral para ceder los espacios públicos a los partidos politicos y sus manifestaciones y, de paso, obligar al desalojo de los jóvenes indignados que los ocupen. Llamo perversa a esa lógica porque la competencia electoral se convierte en una máquina no de elegir sino de reprimir. La protesta ciudadana ha hecho obsoleta, como es patente, a la violencia intrínsica que busca el voto a cualquier precio.

 

La protesta es un ejercicio de libertad. Un don acogido como el valor absolutamente insólito de la gratuidad. En ese espacio momentáneo, responde cada uno por su derecho de ciudad.

 

[Publicado el 02/11/2011 a las 17:05]

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Una defensa de María Kodama


 

Le debo a Borges la amistad de María Kodama. Los conocí a ambos en 1982, cuando visitaron la Universidad de Texas, en Austin, donde él había sido profesor visitante en 1961, y en 1968 había dictado una memorable conferencia sobre el Quijote, que finalmente recuperé y acaba de ser publicada por Claudio Pérez Míguez en Ediciones del Centro con el título propicio de Mi amigo Don Quijote. Lamentablemente, la presentación del libro, que contó con María, ha sido interrumpida por una serie de falsas imputaciones y malentendidos que me veo obligado a responder.  María, hay que decirlo, es víctima de la poca fe periodística, pero  no puede pasarse la vida respondiendo a las falsificaciones sentimentales de la obra de Borges, los errores de información sobre su papel de albacea de la herencia de su marido, y las agresiones que, de pronto, alguien le dirige sin concederle el derecho a réplica.  La obra de Borges estuvo pésimamente editada (hay erratas hasta en la edición de Alianza Editorial), y a cuidar su larga  restauración ha dedicado pasión atenta. Ha dado también batalla contra un penoso poema que se le atribuyó a Borges y circuló en el Internet hasta que, por fin, parece que ha dejado de ser observado.  Gracias a la Agencia Andrew Wylie la obra borgeana está mejor editada en inglés y en francés.  Borges recibía 200 dólares por una conferencia, sus derechos de autor fueron modestos, y por demás austera su vida. Sólo al final conoció cierto alivio, lo que le permitió elegir el lugar donde morir.  María tuvo que dar otras largas batallas legales para que su matrimonio, que algunos pretendieron no reconocer, fuese ratificado.  El juicio tomó seis años, cortes distintas y varios países. Quienes disputaban la herencia querían declarar senil a Borges, pero en cada lugar donde buscaron pruebas los desmentía su legendario ingenio vivo. Dedicó ella no pocos años, yo creo que demasiados, a refutar los errores y disparates en las biografías, memorias, usos y abusos del hombre y su nombre. Y los derechos que por fin Wylie puso en orden, los fue ella utilizando en esas batallas de amor perdidas, porque aun si las ganaba todas, los difamadores no valían la pena.

Ha ido, por otra parte, comprando manuscritos de Borges, de los que hay muy pocos, aunque han ido siendo vendidos por los amigos y parientes que se quedaron con ellos, y hay quien ha ofertado hasta la corbata de Borges. Es cierto que Borges regaló algunos de sus manuscritos, que fueron ofertados, y gracias a ello la Biblioteca Nacional de Madrid atesora el original de “El Aleph,” al que he dedicado muchos años; y en Austin, en el Ramson Humanities Center, encontré “Los Rivero,” tres páginas de lo que bien pudo haber sido la única novela de Borges. Horrorizado de esa posibilidad, Borges abandonó el proyecto, según mi lectura. Seguramente de la Biblioteca saqueada de Victoria Ocampo provienen las primeras ediciones de los primeros libros de Borges, que hoy venden los anticuarios de Boston a 45 mil dólares el ejemplar.

Hasta Bioy Casares editó o se dejó editar un Diario estrafalario de sus conversaciones con Borges, que yo leí como un prolijo acto de parricidio. Cada página dice que Borges “comió en casa,” sin reparar que ya Borges había dicho que era preciso acompañarlo a la mesa, aunque en esa casa se comía mal. Bioy  fue un hombre moralmente de mal gusto; Borges estuvo hecho en la pasión ética.

No, de ninguna manera el celo de María Kodama se debe a los derechos de autor, lo que sería de justicia, sino a una causa más noble. Borges le dedicó sus años más felices, ella le dedicó la vida. Uno no puede menos que agradecérselo. Extraordinariamente, sobre todo en Buenos Aires, no ha sido fácil reconocerle esa grandeza de ánimo.  Y no siempre por mala fe, también por ignorancia, que primero ignora toda delicadeza. He coincidido con María en Caracas, en Nueva York, donde le hicimos un reconocimiento memorable a su trabajo fecundo, en Providence, en Rosario, en Paris, casi siempre al azar de coloquios y congresos. Nunca ha reclamado un pasaje, ni honorarios, ni derechos. A veces, con sus millas ha logrado pasar a clase preferente, como si hubiese ganado la lotería. Y siempre de buen humor travieso. He publicado una edición crítica de “El Aleph” en El Colegio de México y el mismísimo Wylie me  autorizó a hacerlo, por órdenes de María, aunque no hubiesen derechos de autor. Y nadie ha cobrado una peseta por las dos ediciones artesanales que ha hecho Ediciones del Centro en Madrid.  En un mundo literario donde cualquiera espera paga por reseñar libros que no ha leído, y donde no pocos duplican sueldo a costa del erario, la rara integridad de María Kodama supongo que es casi incomprensible. Espero que María me excuse el énfasis, pero estoy rompiendo una lanza.

De manera que el leve escándalo desatado por algunos blogs respecto al libro de Agustín Fernández Mallo, El hacedor (de Borges), Remake (Alfaguara, 2011)  anda descaminado si presume que es por dinero que María Kodama ha protestado la reapropiación ingeniosa de AFM.  La idea del homenaje le gustó, lo que no le gustó es el libro. Pero tampoco viene de allí su queja. El juego de reescritura que plantea AFM es intrigante porque de antemano está condenado al fracaso: es improbable hacer otro El hacedor  y, en efecto, él no lo pretende sino que ensaya lo que va del original a la copia, pasando por la glosa, la reescritura, la intervención, la reapropiación, operaciones todas que privilegian el artificio. En algunas páginas el libro logra la rara agudeza de la prosa de AFM, que convierte al texto en la huella del lenguaje de paso, en una suerte de objeto excéntrico,  como un fragmento salvado de la saturación de la lectura. Aunque este no es el mejor libro de AFM, me interesó ese procedimiento y el riesgo del asedio, que felizmente culmina demostrando que es capaz de otra cosa que el catálogo algo escolar de las copias beatas.  Pero no es la glosa ni la reescritura lo que descorazonó a María: es el hecho de que el libro tenga como prólogo casi el mismo prólogo de El hacedor de Borges y como epílogo buena parte del epílogo de Borges.  Además, claro, de que lleve los mismos títulos de los textos de ese libro. Este marco es más literal  (a lo Pierre Menard) que borgeano (formatos descentrados), y probablemente acotan la “puesta en abismo” de la textualidad borgeana; pero requerían de una advertencia gráfica (¿comillas?, ¿facsímil?, ¿otra tipografía?) y de una aclaración más explícita de las fuentes en la sección de notas, que es suficientemente prolija como para incluir la advertencia de que “todo parecido con Borges no presupone la inocencia del lector.”

Se lo he comentado a María, y hasta he apelado a las operaciones de traslado que Borges practicó sobre la Enciclopedia Británica a propósito de Historia universal de la infamia, tanto como he lamentado que la editorial no tuviera un lector más alerta, que hubiese propuesto al menos encomillar lo ajeno.  Pero quisiera, ahora, proponer una alternativa en el espíritu compartido de la inteligencia borgeana para imaginar otro libro de AFM, en verdad ya previsto por su lucidez formal. Este nuevo libro es, claro, el mismo, sólo que lleva una página suelta, escrita por el lector, quien busca dirimir cual es la parte de El hacedor que le toca rehacer en este debate de curiosos pertinentes.  Esa página propone a la consideración de los conjurados lo siguiente:

 

Posdata de 2012

Excusa, lector, las evidencias: si hay una frase digna de la memoria literaria no es mía, es de Borges o, como dijo él, tuya en tu lectura. Este libro es un homenaje personal a Borges, un taller de leer  El hacedor, una glosa gozosa, su reescritura menardiana. Pero, sobre todo, presupone en ti la lectura del  Quijote de Cervantes y de El hacedor de Borges. En verdad, la lectura de la literatura misma, esa vida imaginaria, porque todo gran libro ya no es nuestro, ni mucho menos de quien lo rehace. Es, tal vez, de quien ha pagado por el, y ya corre a que le devuelvan el derroche. Esto es, inevitablemente se pone a escribir otro tomo de la Comedia de la lectura. Por lo mismo, no te extrañe que el título de cada texto de este Remake venga directamente de El hacedor de Borges, así como el Prólogo y también el Epílogo, en buena parte. Son conjuros al empezar y al despedir tu lectura, en memoria de quien está en el recomienzo del afán de rehacerlo todo en este español que, gracias a Borges, nos ha tocado.

El otro, el mismo,

AFM

 

Posdata predatada. En la tesis del Remake cabría firmar este Epílogo con cualquiera de los varios nombres del autor, ­­­pero lo puede firmar el lector que se anime a reescribirlo como otra voluta logo-excéntrica.  Naturalmente, el juego sería ya una liberación de la penuria de estas polémicas, allí donde solo debería haber admiración. Si algún lector se anima a enviarnos su propio Epílogo, que sea por favor epifánico.

 

[Publicado el 01/10/2011 a las 06:25]

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Imaginario del 11-9

 

A las 9:41 y 15 segundos de la mañana del once de setiembre de 2001 el fotógrafo Richard Drew, que miraba las Torres Gemelas del Centro Mundial del Comercio, coronadas de llamas, exactamente como en un poema de Adonis sobre Nueva York, vio a un hombre que se lanzaba al vacío desde uno de los últimos pisos de la Torre Norte. Levantó su cámara y tomó la foto. 

Hay 12 fotografías de este hombre en el vacío.  La fuerza del viento le fue arrancando las ropas, y de pronto se vio que llevaba una camiseta naranja. Dondequiera que el viento lo haya llevado, en la foto se detiene su caída.

Saltaron de las Torres 200 personas a su muerte esa mañana. El hombre de la camiseta naranja es el único que conocemos gracias a que la foto nos obliga a imaginarlo.

Wendy, su hermana, estaba viendo el horror en su televisor cuando el hombre que caía fue captado por las cámaras, y ella creyó reconocerlo. "Es mi hermano", se dijo, y corrió al teléfono. Era él, en efecto, Jonathan, de 43 años, empleado del restaurante Windows. A propósito de su agonía, ella aparentemente dijo: “Espero que no estemos tratando de saber quién es él, más de lo que estamos tratando de saber quienes somos mientras lo vemos caer.” Ningún otro pensamiento resume mejor el drama de haber sido testigo presencial de la tragedia.

Pocas veces en una tragedia los hechos  tenían la inmediatez de las imágenes y éstas, inmediamente, requerían de las palabras. El documento revelaba el asombro del testimonio y  un país se sintió obligado a pronunciarse como testigo.  Ese proceso de la conciencia trágica ponía a prueba la parte del tú en el yo.

Ante la desmesura del acontecimiento también el lenguaje parecía perder piso, le costaba aterrizar, poner pie a tierra. Varios modelos del discurso nacional norteamericano hablaron a través de sujetos que reforzaron mecanismos defensivos y prejuicios. La conciencia trágica impuso la cara del enemigo como una pregunta.  Las respuestas siguen siendo contrarias, y todavía contrariadas, diez años después.

Susan Sontag, en su testimonio, aprovechó para culpar a sus compatriotas. No son cobardes, aseveró, sino valientes quienes se inmolan por sus ideas.  Pero, diez años después, los bomberos que sacrificaron sus vidas subiendo las escaleras de las torres  son concebidos como ejemplo del valor mayor: el coraje.  La virtud gracias a la cual la idea del bien es posible.

Las catástrofes históricas cuestan mucho al futuro, y ésta de las Torres Gemelas se ha tomado diez años en asumirse como conciencia nacional trágica. Aun si hay individuos condenados al mal gusto moral, que  justifican los métodos de tortura y los abusos contra los derechos civiles, también hay gente decente que ha sabido excusarse por su apoyo a la guerra más autodestructiva que ha habido. Hace unos años, Don DeLillo  expresó muy bien el derroche de sinsentido de la catástrofe: la guerra, el odio a los musulmanes, Guantánamo, el espionaje, eran la verdadera derrota del país. Escribió, con evidente pesimismo: “No hace mucho el novelista podía creer que tenía un papel en la conciencia del terror; hoy quienes influyen y dan forma a la conciencia humana son los terroristas.”  Diez años más tarde, más bien los terroristas, casi en todas partes, han perdido credibilidad, apoyo y futuro.  Cualquiera de sus víctimas es más digna que cualquiera de ellos.

Hace 40 años que vivo en Estados Unidos pero no me atrevería a definirlo de uno u otro modo porque, por un lado, hay pruebas para una u otra respuesta; y, por otro, un país que ha sido capaz de enterrar a sus muertos y construir su memoria como la salud del futuro posee reservas de ciudadanía moderna como para remontar las catástrofes (la guerra civil, el racismo, el imperialismo, el macartismo, el 11 de setiembre chileno… ), aunque todavía está por verse cómo procesarán políticamente la actual crisis de deuda, papel del estado, e inclusión de los más pobres.  Felizmente, uno siempre cuenta con el amigo español que viene de visita y te asegura una rotunda explicación de este país.

Pero es en la literatura y las artes donde la conciencia trágica se hace nacional como la metáfora que humaniza la violencia, para que no sea un derroche, para que la conversación prosiga entre nuevas dudas.

Aunque hay todavía pocas novelas que trabajan directamente la materia residual de las Torres (cuya alegoría de la ambición humana no deja de caer en la historia literaria), algunas exploran, más que los hechos, sus consecuencias. En Extremely Loud and Inaudibly Close (1977), Jonathan Safran Foe parte de un niño de 9 años cuyo padre ha muerto en el ataque a las Torres; convirtiéndose en una herramienta de leer el tema, la novela despliega diversas direcciones de su historia,  incluye imágenes y fotos, y su montaje fragmentario sugiere una lectura en trabajo. Es probable que la idea actual de que hay que inventar al lector, tenga que ver con esta dimensión de la nueva narrativa: sólo con un nuevo lector se puede compartir lo que ya no es mera opinión.  En Falling Man (2007) de Don DeLillo, Keith, un abogado de 39 años sobrevive el ataque a las Torres y al bajar las escaleras se encuentra un maletín abandonado por una victima; al devolverlo a la esposa, termina de amante suyo. La metáfora del hombre que cae se multiplica: la ve incluso en un artista del trapecio, e incluye su propia vida. La intimidad de la víctima, esa zozobra, se prolonga, así, en el drama de la sobrevivencia. David Foster Wallace, en cambio, prefirió dedicar uno de sus  documentados ensayos a la ironía comparativa de que 40 mil personas mueran cada año en las carreteras de Estados Unidos a nombre de la libertad de conducir. Vendrá la muerte, parece decirnos, y tendrá tu coche.

Extraordinariamente, la mejor novela sobre la tragedia de las Torres Gemelas la ha escrito un peruano, César Gutiérrez (1966),  poeta, periodista y viajero, cuya novela, performance, espectáculo, y proeza formal, Bombardero (Lima, 2007; ver http://80m84rd3r0.blogspot.com/), se origina en la acampada del autor en la Zona Cero durante varias etapas de su escritura. Gutiérrez convirtió las ruinas en un taller de escritura y ha hecho de su libro un peregrinaje literario que lo ha convertido en el producto de su propia novela, la que ha seguido transformando en el Internet, el videoarte, la lectura high-tech; y, al final, en un acto de fe literaria sólo paralelo al de Joyce en el “Work in progress”, al de Julián Ríos en Larva, a la novela desvelada bajo las de Perec.  Novela-flujo, historia- diagrama, libro-wifi, está animada por la capacidad de sobrevivencia de una generación joven cuya calidad creativa es el ensayo de un mundo hiper-conductivo, hecho en la información crítica y el trabajo celebratorio. Aunque está más cerca de Pynchon, esta suma de novelas no hace sino regresar al mito de su propio origen, que es la metáfora del fin del mundo y del nacimiento de la literatura, ese encuentro del Modernismo y la Tecnología, donde la sobrerepresentación contemporánea pasa por su feliz tachadura.  Contra la Diosa del Aburrimiento, que produjo la Dunciad, este Bombardero produce una saga irónica paralela. Bien visto, su apoteosis apocalíptica sólo podía ser posible ex-céntricamente, fuera de los centros dictaminadores de la lógica productiva del discurso y en los márgenes de una resta fecunda. El hombre que cae reiteradamente a lo largo de esta saga poética, liberado ya de la tragedia, se convierte en el primer signo de una nueva lectura.  La novela de Gutiérrez empezará a navegar pronto en francés y en inglés. La primera edición, compuesta por el autor, de mínima tirada e impresa en Arequipa, ha sido seguida por la edición en tres tomos de la editorial Norma (2010).

Este décimo aniversario de la caída del 11-9 ha sido testimoniado por una exhibición de fotografías del artista catalán Francesc Torres en el Instituto Internacional de Fotografía, en Nueva York. Torres ha dedicado varias muestras a explorar la violencia contemporánea, y hace unos años, con ayuda de Antonio Monegal, montó en. el Centro de Cultura Contemporánea, en Barcelona, una gran muestra multimedia sobre la Guerra.  Esa memoria visual de la guerra la convertía en  una contracorriente de la modernidad, en parte puntual del programa moderno. Esta vez las fotos fueron hechas por Torres en los depósitos de restos y residuos de la catástrofe, antes de que vayan a parar al Museo del 11 de Setiembre, que albergará la nueva Torre.Impecablemente, esas fotos nos comunican la intimidad de la destrucción como una nueva forma de la materia, no prevista por la arquitectura.  Testimonian, por ello, una dimensión conceptual de la forma límite, aquella que se doblega en sus propios términos,  ya no como material de construcción sino como forma histórica de destrucción, más nuestra y actual.

Estas son otras muestras de arte que en Nueva York prueban que la memoria trágica no reabre las heridas del pasado sino que, al contrario, les da un sentido  moralmente adulto, capaz de mejorar las preguntas por la comunidad:

American Folk Art Museum9/11 National Tribute Qui 

Aperture Foundation: What Matters Now? Proposals for a New Front Page

Brooklyn MuseumTen Years Later: Ground Zero Remembered

Charles West GalleryMy 9-11: One Man's Journey Through the Unexpected Events

DC Moore Gallery9/11: Through Young Eyes, Sep 8–Oct 8

Ernest Rubinstein GalleryEmbodied Light: 9/11 in 2011, Tobi Kahn, Sep 9–Nov 23

Edwynn Houk GalleryAftermath by Joel Meyerowitz, Sep 10–17

Kerry Schuss ArtPaintings from the Perimeter by Sally Pettus, Sep 1–17

Lower Manhattan Cultural CouncilInSite: Art Commemoration, Aug 11–Oct 11

Metropolitan Museum of ArtThe 9/11 Peace Story Quilt, Aug 30, 2011–Jan 22, 2012

MoMA PS1September 11, Sep 11, 2011–Jan 9, 2012

Museum of the City of New YorkThe Twin Towers and the City: Photographs by Camilo Jose Vergara, Sep 3–Dec 4

National September 11 Memorial & MuseumWorld Trade Center Memorial

New Museum[Swi:t] Home: A CHANT by Elena del Rivero, Sep 7–Oct 2

New York Historical SocietyRemembering 9/11, Sep 8–April 1, 2012

New York University Open HouseAftermath by Joel Meyerowitz, Aug 20–Oct 13

92nd St. YJoel Meyerowitz: Remembering 9/11 10 Years Later, Sep 11

Pace University, Center for the ArtsWitness to Tragedy and Recovery, Sep 8–24

Paula Cooper GalleryFalling Leaves: Memorial by Bruce Conner, Aug 30–Sept 24

Power House ArenaTen Years after 9/11: Searching for a 21st Century Landscape, Aug 20–Sep16

School of Visual Artshere is new york: Revisited, Sep 6–17

Saint Peter's Church, Narthex Gallery9/11 Elegies by Ejay Weiss, Aug 20–Sep 25

Woodward GalleryCharting Ground Zero: Ten Years After, Sep 7–Oct 23

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 

[Publicado el 12/9/2011 a las 02:44]

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Biografía

Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Bibliografía

Crítica

 

Transatlantic Translations. Londres: Reaktion Books 2006

 

Rubén Darío y la lectura mutua. Barcelona: Omega 2004

 

Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno. Santiago: LOM 2000

 

El principio radical de lo nuevo. Lima: FCE 1997

 

Retrato de Carlos Fuentes. Madrid: Circulo de Lectores 1995

 

Arte de innovar. Mexico: UNAM 1994

 

El discurso de la abundancia. Caracas: Monte Ávila 1992

 

Una poética del cambio. Prólogo de José Lezama Lima. Caracas: Biblioteca Ayacucho 1992

 

Reapropiaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico. San Juan: EUPR 1991

 

Gabriel García Márquez and the Powers of Fiction. Austin: Texas Press 1988

 

Crítica de la Identidad. México: Fondo de Cultura Económica 1988

 

Cultura y modernidad en la Lima del 900. Lima: CEDEP 1987

 

Poetics of Change, The New Spanish-American Narrative. Austin: Texas Press 1986

 

Figuración de la persona. Barcelona: Edhasa 1971

 

La contemplación y la fiesta. Caracas: Monte Ávila 1969

 

 

Ficción

 

Teoria del viaje y otras prosas. Madrid: Ediciones del Centro 2009

 

Adiós Ayacucho. Lima: U de San Marcos 2007

 

Puerta Sechin. Tres novelas breves. México: Jorale Ed. 2005

 

Habanera. Palma de Mallorca: Bitzoc, 1999; Lima: Fondo PUC 2001

 

Emotions. Poems. New York: 2000

 

La mesa del padre. Cuentos. Caracas: Monte Ávila 1995

 

Ayacucho, Good Bye. Pittsburgh: Latin American Review Press 1994

 

 

Ediciones

 

México Transatlántico. Con Celia del Palacio. México: FCE 2008

 

Rubén Darío: Poesía. Barcelona: Círculo de Lectores 2007

 

Carlos Fuentes: Obra reunida. México: FCE 2006

 

Gaborio. Arte de Releer a Gabriel García Márquez. México: Jorale 2004

 

"El Aleph" de Jorge Luis Borges, ed. Critica. Con E. del Río Parra. México: El Colegio de México 2008

 

The Picador Book of Latin American Stories. Con Carlos Fuentes. London: Picador 1998; New York: Viking 2000

 

Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Con M.F. Lander. Madrid: Cátedra 2002

 

Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. México: Siglo XXI 1997

 

La Cervantiada. Madrid: Libertarias 1994

 

César Vallejo: Trilce. Madrid: Cátedra 1996

 

Julio Cortázar: Rayuela. Con Saúl Yurkievich. París: Archivos 1993

 

America Latina in its Literature. Con César Fernández Moreno. New York 1984

Enlaces

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