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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de agosto de 2019

 Blog de Julio Ortega

El crítico peregrino


  
Joaquín Marco. El crítico peregrino. Leer y escribir sobre narrativa española. Madrid: Marenostrum, 2009. 
 
Esta recopilación de ensayos, balances y artículos sobre novela española moderna y contemporánea  es, en primer lugar, una biografía intelectual de Joaquin Marco, de su vasta producción crítica y su permanente fe en la lectura. Esto es, de la necesidad vital de interpretar la producción literaria como el íntimo proceso de la formación nacional moderna. Editor de largo aliento, crítico constante desde la prensa barcelonesa, compilador de trabajos criticos sobre autores y movimientos literarios claves; hombre, en fin, de letras comprometido con la escritura de su tiempo, Marco representa la estirpe más civil del crítico como agente  cultural, a la vez tolerante y justo.  Durante cuarenta años, Marco ha practicado la crítica como testigo privilegiado del  movimiento cultural que buscó abrirle puertas a la cultura española, siguiendo la promesa moderna de una sociedad que, en la lectura, adquiría su conciencia reflexiva y su capacidad de diálogo.  Este libro prueba que las palabras ganaban, desde la literatura,  la veracidad mutua.
 
No es casual, entonces, que la primera parte de esta compilación se titule “Una literatura para la democracia,“ y empiece con las evidencias: las literaturas de España se han desarrollado, desde la Guerra Civil, frente a un escollo principal: la censura. Este libro incluye trabajos que van de 1965 hasta 2003, aunque la mayoría son de la década de los 70, y corresponden, por lo mismo, al horizonte de expectativas abierto por la democracia. Pero si el largo debate por hacer de la crítica una forma adelantada de libertad ciudadana, es parte ya de la historia intelectual de la recuperada modernidad española; las promesas de la transición, en cambio, no se cumplieron literariamente como movimiento de renovación.  Las grandes novelas que saldrían a la luz al acabar la censura, no aparecieron. Más bien, las mayores novelas se dieron en esos años de fermento y lucha contra las censuras. Y también, cuando se asumió el riesgo formal,  el diálogo creativo con la novela latinoamericana y la recuperación de la novela española del exilio. En la sección “De Nada a la Modernidad,” Marco recuenta principalmente la obra de Cela, Delibes y Torrente Ballester, seguramente proyectos modélicos. Pero en la siguiente sección y más decisiva, “Una narrativa camino a Europa,” el crítico recorre la gran diversidad narrativa de  la transición: Semprún, Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, García Hortelano, Juan Goytisolo, Martín Santos, Marsé y Luis Goytisolo, sobre cuya obra se detiene con más atención, y no sin buenas razones; la serie iniciada con Recuento es una de las mayores articulaciones contemporáneas de la novela escrita dentro de España. Luego, Marco reúne bajo el rubro de “Por caminos inciertos,”  la disyunción de voces y tendencias que van de Vázquez Montalván a Enrique Vila-Matas.  Mientras que las secciones anteriores están signadas por la certidumbre, ésta testimonia las rutas no de la ficción sino del campo cultural,  que estos años de bienestar  transforman sus convicciones, hábitos, y expectativas. La literatura deja de ser una actividad heroica y pasa a ser materia del mercado en la sociedad del espectáculo.  Pero el crítico, con mano firme, separa la paja del grano y, con buen ánimo, recobra aquello que promete futuro.
 
Joaquín Marco empezó su fructífera carrera  en Destino y fue crítico literario de La Vanguardia. Su trabajo incluye la monografía, el estudio académico, y la edición formal, pero nunca consideró su labor divulgadora como menor  y fue capaz de hacer, con igual rigor, la reseña periodística. Fue por mucho tiempo unos de los pocos críticos españoles dedicados con fervor a las literaturas latinoamericanas. En la memorable serie OCNOS que fundó y editó, aparecieron por primera vez en España los principales poetas latinoamericanos pero también algunos libros de poetas españoles del exilio. Catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona, fue uno de los muy pocos que le hizo lugar a las escrituras de la otra orilla. No menos rico de lecturas y recuentos será el tomo de sus trabajos sobre hispanoamericana que debe seguir a esta compilación.
 
La atención crítica de Joaquín Marco tiene la forma de su devoción literaria. Merece reconocimiento esa labor discreta,  tan vital como intelectual, tan gratuita como necesaria.
 

[Publicado el 05/4/2010 a las 21:21]

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Dialogismos

 
 
Marie Pinot, profesora de español en una escuela secundaria, comenta las composiciones de mis estudiantes incluidas en esta bitácora: “el español no es la lengua de mis estudiantes, pero con ese ejercicio en torno a ‘Borges y yo’ siempre terminan por expresar la otredad propia y la otredad de la lengua a través de formas muy encantadoras.”  Mi experiencia es la misma: mis estudiantes tienen distinto grado de control del español. Sólo algunos de ellos son hablantes nativos; otros, son de origen hispánico y  manejan un español doméstico, pero buscan recuperar la fronda que les fue arrancada de raiz; la mayoría ha nacido en el inglés. Y, en efecto, es fascinante ver la creatividad que ensayan en la otra lengua; el español es una suerte de espejo que les devuelve un nuevo hablante. Prefieren el español a otro idioma extranjero porque creen ser más libres en español. Lo bueno es que ambas lenguas, el inglés y el español, conversan a gusto. Me alegra saber que en la secundaria francesa se puede rescribir a Boges, como se hace en la norteamericana, donde los profesores tienen el privilegio de decidir los textos de sus cursos. Páseme unas versiones de sus estudiantes, estoy seguro de que los míos las disfrutarán al ver en el espejo otros hablantes de paso.
 
Carmen Saintain,  estudiante de filología española en la Universidad de Borgoña, me escribe que está investigando  los blogs de escritores españoles y latinoamericanos guiada por una pregunta: ¿es el blog una nueva forma de escritura? Y me hace algunas otras preguntas, que aqui comparto.
 
¿Por qué elegir este soporte más bien que una publicación tradicional?


 
Casi toda escritura es, en español, provinciana: está limitada por sus fronteras. Y la que presume ser cosmopolita es provinciana con énfasis.  Borges decía que cuando Lugones iba en el tren se sentía obligado a anotar el paisaje. Cada vez que visito un museo, yo tengo que controlar la urgencia de escribir una crónica. Más provinciano todavia, un buen amigo no puede ir al cine sin tener que publicarlo. Rubén Darío tiene la culpa: inventó el cosmopolitismo para dejar de ser del siglo XIX, y creyó que debía escribir el obituario de todo muerto ilustre.  Escribir en español demanda definir un interlocutor en un espacio comunicativo indeterminado.  El blog, en cambio, permite borrar fronteras, y apostar por  la inmediatez de la conversación. Es un acto de fe comunicativa, digamos, porque postula la inteligencia y la decencia de la interlocución.  El blog inventa la conversación: actualiza la hipótesis de una comunidad dialógica.  Y, para un escritor, tiene sobre los demás medios una virtud: es una escritura gratuita. Se puede compartir el luto por las víctimas de las varias violencias, gratuitamente.
 
¿A quién se dirige? Y, ¿con cuál(es) objectivo(s)?


 
Leyendo los comentarios que algunos blogs convocan, uno llega a temer por la suerte de la democracia. Se dice que el correo electrónico ha aumentado la agresividad pero, de nuevo, la tecnología no es buena ni mala en sí misma, depende para qué se usa. El objetivo es seguir abriendo lugares de comunicación y humanizar el espacio de debate. Lo ideal seria que los lectores formaran parte del blog, para poder diversificarlo, más allá de su monólogo discreto, hacia nuevas formas de intercambio. Es un espacio en construcción. A mi me tienta la posibilidad de no escribir dos iguales.
 
¿Por qué no escribir una novela o algo como folletines mediante el blog?


 
Algunos escritores jóvenes empiezan a hacerlo. Por lo pronto, cuelgan en sus blogs capítulos de sus novelas en proceso. Y no dudo que varios lo asumen como un work in progress, aunque la realidad virtual no está destinada a terminar en un libro.
 Más bien, pronto el cuaderno de notas, los dietarios y prosa varia tendrán el blog como destino. La libreta de viajes que se convierte en libro hoy nos resulta de un anacronismo conmovedor. El blog está terminando también con la autobiografía, que es tolerable en la pantalla pero imposible en la página. Por ejemplo, el otro dia leí este comienzo: “Cuando yo era niño, fui a la escuela.” En el blog es irónico (supone complicidad en la parodia del género más redundante); en la página, en cambio, resulta banal (literal, y de un humor involuntario). 
 
¿Estaría usted a favor de una "autopublicación" mediante un soporte informático?


 
Yo sí, a pesar de que aun creemos que la publicación en papel impreso tiene una validación y autoridad propias. En el mundo académico, con la crisis que viven las editoriales universitarias, imposibilitadas de publicar libros eruditos, tendremos que valorar la publicación electrónica en paridad con la impresa. Ahora que la evaluación se ha contabilizado, seguramente que algunas editoriales electrónicas tendrán mecanismos internos de selección de manuscritos equivalentes a los de las editoriales establecidas y las mejores revistas. La cuestión crucial será esa: el valor crítico de las ediciones electrónicas, que dependerá de su calidad; o al menos, de su evaluación. 
 
¿Piensa usted que la publicación electrónica pone en peligro el mundo de la edición?


 
No hay que olvidar que la preservación de la información electrónica es perecedera. Irónicamente, las cartas escritas a máquina de escribir durarán mucho más que los mensajes electrónicos guardados en el disco duro. Lo mismo ocurre con los manuscritos de los libros: las copias impresas en papel libre de ácido vivirán más que la versión guardada en devedes. Es probable que el libro electrónico acelere la crisis de las editoriales pequeñas y medianas, cuyos costos de producción son cada vez más onerosos. Pronto no podremos incluir en nuestros cursos en las universidades de las Américas, libros publicados en España porque sus precios son tres veces más altos, dados los costos de transporte y los porcentajes que imponen al libro las distribuidoras y librerías. Por otro lado, hay autores y libros que son de acceso sólo nacional, y resultan inhallables fuera de sus países; las grandes editoriales carecen de colecciones para autores literariamente significativos, que no llegarán a ser best-sellers ni mucho menos pero cuya obra nos es fundamental. Las editoriales tendrán que adaptarse a la demanda y diversificar sus colecciones, de modo de que no abandonen a la literatura que no reproduce la lógica del mercado.
Sería el fin del mundo tal como lo hemos leído si las grandes editoriales terminan publicando libros de entretenimiento y las ediciones electrónicas se dedican a la literatura que vale la pena leer y estudiar.
 
Muchas gracias por sus preguntas.
 
 

 

[Publicado el 28/3/2010 a las 23:30]

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Borges y tú


A partir de “Borges y yo,” mis estudiantes pusieron a prueba el tema del doble y escribieron sus propias versiones, no sin humor y con bravura.  Selecciono algunas para proseguir con la hipótesis del lenguaje como la conversación de que estamos hechos.
 
Ana Carmen Martínez-Ortiz Carcheri: Martínez y yo
Ni a mí ni a la otra, a Martínez, se nos ocurren cosas. Camino por la biblioteca y me demoro viendo títulos de libros, acaso libros que quisiera leer, para mirar la evolución del conocimiento y la fractura de mi inteligencia; de Martínez tengo noticias por el correo, y veo su nombre en una notificación que exige que devuelva libros que no leyó, alfabetizados por el apellido del autor. Me gustan los dibujos de sátira política, los índices, la tinta indeleble de la historia, las listas, el sabor del papel, y las fotografías de los famosos; la otra comparte esas preferencias, pero de un modo intelectual que las convierte en placeres plebeyos de tonto. Sería triste si nuestra relación fuera desigual; yo disfruto de tonteras, yo me meto las hojas de los libros en la boca para que Martínez pueda tramar su apariencia de académica y esa apariencia me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado seducir a los consejos del rector, pero el rector no me puede salvar, quizá porque la sabiduría no es de nadie, ni siquiera de la otra, sino de los muertos o los moribundos. Por lo demás, yo estoy destinada a balbucear, siempre, y sólo un aliento moribundo de mi cuerpo podrá sobrevivir la imposibilidad de ser sabia. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su estupidez envuelta de libros prestados. Darwin entendió que todos los seres vivos quieren subir de rango; los que viven de la admiración de los consejos del rector quieren que el rector los admire, y los tontos quieren salir de la tontera. Yo he de quedar en Martínez, no en mí (si es que logro deshacerme de su prejuicio contra los tontos que parecen tontos), pero me reconozco menos en sus aires de grandeza intelectual que en muchos chiquillos pobres que creen que los libros sirven sólo para encender un fogón. Hace años traté de librarme de ella, pero me di cuenta de que la vida les es cruel a los pobres tontos que son tan tontos que lo parecen; pero el juego de no parecer tonta es de Martínez y tendré que aceptar su sensatez. Así, mi vida es teatro y toda hoja de libro que mastico es del olvido, o de la biblioteca.
 
Emily Latorraca: Emily y yo
La otra, Emily, es la que alcanza sus metas. Yo deambulo por los senderos de la Universidad de Brown y a veces me paro cerca de las puertas ostentosas para pensar en el privilegio de asistir a la universidad; de ella tengo noticias por lo que hace y veo su nombre en los trabajos entregados o en un programa de la orquesta. Me gustan los libros de neurobiología, la música de Ravel, la textura de los aguacates, los gatos siameses y las montañas Rocosas. Ella tiene preferencias parecidas pero de una manera pretenciosa que las convierte en sustantivos. Vivo para que ella logre sus objetivos académicos y estas metas me sostienen. Puedo confesar que ha escrito algunos buenos trabajos y que ha tocado con éxito unos conciertos para violín, pero la música, como el conocimiento, es fugaz y pertenece más a los compositores y a la cultura. De todos modos, sigo rindiéndole mi ser, aunque sé que ella se preocupa demasiado por destacar. Me quedo en Emily, pero me reconozco menos en el trabajo de ella que en las partituras o en la lluvia torrencial más allá de los límites de la vegetación arbórea en las montañas. Antes traté de escapar de sus cadenas académicas y pasé a la música, pero ahora este atributo le pertenece, y tendré que encontrar otra pasión única. Así, mi vida es una carrera que se enfrenta al reloj de arena, y sigo perdiendo poco a poco.
No sé cuál de las dos soy.
 
Rafael Cebrián: Yo y Rafael
Al otro, a Rafael, es al que envidio. Yo me quedo en España recreándome en una sociedad aletargada que se mira el ombligo,
comparándose con el de al lado para ver quién lo tiene más limpio; pero Rafael vuela,
vive en el aire,
a caballo entre dos mundos hermanos pudiéndose escapar de uno cuando agota, y del otro cuando aburre.
Yo me acabo de despertar y de Rafael sé lo justo por lo que me cuentan mis amigos que son sus amigos, pero a quienes empieza a cuestionar. Yo los conocí antes que él, pero él los conoce mejor. A Rafael el mundo le enseña lo que a mí un país y mucho estudio nunca me enseñaron, y decide compartirlo conmigo.
Su generosidad crece con la voluntad y la mía con los años.
Me gusta el rock, el cine y el teatro, el chocolate, la gente y el olor del verano moribundo; el otro coincide con mis gustos sólo que hace de ellos pasión, y de pasión hace profesión.
La verdad es que nos llevamos muy bien: por las mañanas yo le recuerdo de donde viene y él, por las noches,
me enseña algo nuevo y diferente. De tal forma que:
1. yo me dejo guiar por él y él se deja aconsejar por mí
2. yo le permito avanzar y él me ayuda a crecer
El es ambicioso y cuando se propone algo lo consigue, de ahí que en poco tiempo haya logrado varias cosas que satisfacen en lo personal, y ayudan a confiar en ti mismo. Por eso sé que él me necesita tanto como yo a él. Rafael es libre, yo no, soy prisionero de la vida ordenada y del sentido común; pero sé que muy pronto él me dará mi libertad, o al menos se la pediré prestada. Al fin y al cabo lo mío es de él aunque, lo de Rafael se quedará en él.
Mientras tanto, yo seguiré esperando y él volando hasta que un día aterrice en mí para yo ser él y él ser Rafael.
Buenas noches.
 
Andrew  D'Avanzo: Yo y Borges
La parte de mi que conoce a Borges no soy yo. Cuando pienso en eso,  me pierdo, y esa parte que encuentra a Borges se pierde en mi. Me gustan los poemas, aunque nunca se me han revelado completamente. Yo prefería que el poema fuese puesto en música. Me gusta la clave,  la caja y el ritmo de la salsa habanera que no puedo encontrar en Borges. No obstante, tampoco me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, aunque esas páginas no me provoquen emoción. Pero algo, dentro de mi, se da cuenta de que escribe con sentido y también con emoción. La separación  y unidad del carácter, de la identidad. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá encontrarse en el poema. Una vez logre mi propia creatividad, me encontraré en el lenguaje de la poesía.
 
Sara Mann: Las dos Saras
 Cada vez que pierdo algo—mis llaves y mis zapatillas son las sospechosas habituales—mi primer instinto es Googlearlo.  Me acostumbré tanto a poder Googlear cualquier información que necesito que no puedo captar la realidad de no saber algo y no poder saberlo.  Busco por mi cuarto en un pánico ausente.  Estoy agitada, inquieta.  Pero mientras levanto mis libros y la ropa amontonada, de hecho no espero encontrar las llaves ni las zapatillas ahí.  Apenas pienso en mi entorno.  No, pienso en la pura imposibilidad de la pérdida de lo que sea que perdí, la injusticia de su desaparición, lo ilógico que es perder.  Mi mente se bifurca: la mente que sabe que las cosas no se vaporizan espontáneamente, y la que observa que sí.
Ojalá todo fuera tan sencillo como el tema de las cositas, las llaves, las zapatillas.  Por lo menos con esas cosas hay alivio: existe la colisión, el momento en el que las dos mentes vuelven a superponerse, como dos lentes monocromáticas que juntas te dejan ver en tres dimensiones. Sólo hay que descubrir que las zapatillas estaban siempre debajo de la cama, las llaves tras una taza de té que hace unos días dejé enfriarse.  No todo se encuentra tan fácilmente.  A veces me pregunto si la Sara que vive en ese espacio de la vaporización espontánea de las cosas, donde las sombras tienen más peso que los objetos que las proyectan, se estará alejando cada día más de la Sara que anda por esta zona concreta.  La Sara que se calza, que cierra la puerta de su cuarto con llave, y cuyos pasos resuenan en el pasillo cuando baja las escaleras.  No sé cuál de las dos es la que escucha esos pasos.  Y no sé cuál se lo pregunta. 
 
Lucy Dunning Stephenson: Lucy y yo
Soy Lucy. Mi nombre traduce bien al español. No trae problemas de pronunciación. Pero yo siempre me debato entre los idiomas, las costumbres, y esto y aquello. Mi nombre traduce bien, pero yo no. ¿Es correcto tratar de traducirse a sí mismo? Vuelvo a pensar en español, pero son pensamientos “gringotescos,” como describía mi acento mi profesora de español. Ella sabe, es de México, y tiene que saberlo. Mis pensamientos pasan por mí, un yo que funciona como una maquina inteligente. Ah, caray (¿es mexicano, “caray”?). A veces esta maquina se humaniza, comprendiendo íntimamente como  se usa un concepto fluido. Buena onda. A veces siento otro yo emergiendo, echando una ojeada a la estructura rígida que yo (¿quién?) he construido a través de años de estudiar tantos libros como aspectos de la vida hispánica. 
¿Quién es este yo nuevo, procurando salir del cascarón? Mi compañera de cuarto me dice que hablo una mezcla de español peninsular literario, y castellano porteño y mexicano, todo coloreado, yo supongo, por mi cadencia norteamericana. Imagino que habrá un poco de Guatemala también, por trabajar en Austin, y quizá algo de Colombia, por conscientemente deconstruir el estilo comunicativo de Juanes y Shakira. Mi compañera sabe, es de Puerto Rico, y tiene que tener razón.
 
¿Cuándo florecerá mi propio ser hispanohablante? Siento el fuego, pero ¿cuándo irradiará por cada aspecto de mi existencia? Parece hacer luminosos a otros, pero a mi me quema. Todos en Córdoba conocen cumbia o salsa, y esto y aquello, y todo parece fluir por los aspectos aun más difíciles de la vida latinoamericana. ¿Es un estereotipo? Probablemente. ¿Estoy demasiado consciente en esto? Sé algo, sin duda, aunque no ha llegado a florecer la hispanohablante natural.
 
El “Stephenson” indica de donde vengo; soy y siempre seré anglosajona, protestante por herencia, hace no sé cuántos años. La “Dunning” es irlandés, un viejo nombre de la familia. Sigo trabajando en la Lucy.
 
Daniel Loedel: Leonard y yo
Yo inventé a Maxwell Leonard para poder hablar secretamente de Daniel Loedel. Es decir, de mí mismo. Le di todos los cuentos verdaderos de mi vida y los escondí bajo del título de ficciones. Así pude decir de ellos, sin la arrogancia de esos personajes Victorianos que lamentan sus destinos, que fueron, honestamente, trágicos. Le di también mi personalidad, mi temor de morir, de desaparecer; y pude decir que esas ficciones eran curiosas, interesantes, y casi universales. Pude decir, sencillamente, que se trataba de un hombre moderno, el primer ejemplo de esa nueva conciencia mundial, que el universo es infinito, y la experiencia humana del todo insignificante. En efecto, pude decir de Maxwell Leonard todo lo que quise decir de Daniel Loedel. Fue, en ese sentido, tal vez algo común. Pero poco a poco Loedel empezó a cambiar, aunque Leonard siguió siendo él mismo. A Loedel le interesaba la política del día, la casa y la vida, mientras que Leonard todavía se interesaba en el tiempo, el universo y la muerte. Cada vez que Loedel escribía de Leonard, le reconocía menos, como si su imagen en el espejo no se moviese con él, sino por voluntad propia; y finalmente,  parecía que estaba investigando a otro y que, por primera vez, no encontraba respuestas. Como Loedel ya no escribía de Loedel, sino de otro, de Leonard, un personaje mucho más complicado e importante que Loedel; y como Loedel ya no tenía a nadie que escribiese de él, le vino una terrible envidia, y un deseo de venganza. Fue pronta y fácil su solución:  lo iba a destruir. Lo iba a dejar sin autor. Pero antes, tenía que darle alguna clase de funeral porque, a pesar de todo,  quería mucho a ese Maxwell Leonard suyo. Escribió un cuento dedicado a esa relación, y quedó tan satisfecho de ello  como del funeral. El cuento se llamaba “Leonard y yo,” y fue lo ultimo que  escribió de Maxwell Leonard.
 

[Publicado el 22/3/2010 a las 06:11]

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Sobre el método comparativo en tiempos de penuria

 

A Jorge Arrate 

 
Chile es un país creado por el Código Civil, formalizado por la Gramática y sustentado en el discurso jurídico. Se debe, por lo mismo, al estado de derecho, a la socialización, al equilibrio de los consensos. Es también admirable que sea una interpretación puesta a prueba, y que el lenguaje mismo resulte allí más político.  Hablar es confirmar una representación y formar parte del debate. Esa racionalidad civil crea también su contradiscurso: la marginalidad de todo signo que, siendo recusada, afirma su propio territorio. Es uno de los primeros países latinoamericanos que se imaginó como una nación: muy temprano, en la pintura de los viajeros, las chozas de los campesinos llevan la bandera nacional. El nacionalismo no es el primitivismo que se les atribuye a los gobiernos populistas; como hoy sabemos, sólo son nacionalistas los países que han logrado ser modernos.
 
La dictadura de Pinochet fue una noche negra del lenguaje moderno. Los huesos de las víctimas de la violencia han sido, en otros países, leídos por la biología forense, una ciencia que se hizo más efectiva gracias a las tumbas de los desaparecidos en Argentina. Pero en Chile la policía de Pinochet quemó los cadáveres y mezcló las cenizas, en una operación bárbara contra la humanidad de la lectura. Los medios de comunicación reprodujeron el dialecto de la dictadura, y el silencio se prolongó por mucho tiempo. Todavía hasta hace muy poco, en el metro de Santiago  nadie hablaba con nadie, doble negación del habla.
 
El dictador se llenaba la boca con los nombres de la Civilización Occidental y Cristina; pero fueron los escritores, desde sus escasos márgenes, quienes recuperaron de sus fauces los nombres de nación, patria y familia. Por la patria se llama la novela de Diamela Eltit donde las mujeres, desde sus poblaciones, recobran el lenguaje en una épica desamparada.  La mejor literatura chilena es una voz en el desierto (el “Cristo de Elqui” de Nicanor Parra);  un soliloquio en el exilio  (Jorge Edwards, Enrique Lihn); una búsqueda de la casa perdida donde afincar (José Donoso).  Pero también la documentación imaginaria contra la violencia, tanto de la dictadura  como del mercado, que corrompen el lenguaje, subyugan el cuerpo y ocupan la subjetividad (novelas de Diamela Eltit, relatos de Pedro Lemebel, poemas de Elicura Chihuailaf). Igualmente valiosa es la auscultación de la memoria que hace Carlos Franz, impecable de forma y luminosa de visión; la riqueza anímica del relato de Arturo Fontaine, capaz de remontar el laberinto social con vivacidad; la ironía antiheroica de Alberto Fuguet, quien desde la cultura popular rescribe el Apocalipsis … Bolaño es un árbol de ese bosque.
 
Pero el terremoto echa abajo también los edificios discursivos. La catástrofe revela la pobreza, y al igual que Argentina cuando la crisis bancaria, el país se descubre súbitamente latinoamericano: desigual, frágil en su modernización compulsiva, y no le queda más remedio que compararse con Haití.
 
Chile había vivido del mito neoliberal, esa deuda impagable: un Estado minimalista al servicio de un Mercado maximizado.  Un ministro de economía de la Concertación, soy testigo, declaró en una reunión que Chile había eliminado la pobreza.  Quizá en ese momento de optimismo la comparación era con China: mano de obra barata dedicada al aparato exportador. Pero, otra vez, se trataba del discurso, en este caso del economicismo, que confunde el balance de ingresos con la balanza de la justicia. Lo que había desaparecido, como una epifanía de las expectativas, es el pueblo. Cada vez que los encuestadores preguntaban por la clase social a los pobres, éstos respondían: Clase media. El pueblo, en efecto, era ahora los migrantes, bolivianos y peruanos.  
 
Me llamó la atención el ejercicio comparativo que la clase política puso en juego para naturalizar el desastre: el temblor de Haití, proclamaron, fue de menos intensidad pero mató más gente.  Esto es, gracias al terremoto sabemos que Chile es mejor que Haití.  Este mal de muchos y consuelo de pocos, demuestra hasta qué punto el terremoto fracturó las bases del discurso autocomplaciente que no pudo procesar  las evidencias. Dada la autorepresentación primermundista, la pobreza revelada probaba, más bien, que el Chile neoliberal no es mejor que el Chile sobreviente. O sea, no es mejor que Haití. Al menos, Haití es el subproducto de la colonización brutal (exportadora, por cierto), tanto como de su abandono institucional, lo que impidió construir un estado autónomo, resistente a la corrupción. Un pequeño país expoliado, invadido, ilegalizado, no podía resistir no ya el terremoto sino la comparación con Chile.  Lo que demuestra que, en tiempos de penuria,  las comparaciones ofenden: el sufrimiento es el mismo y su veracidad es mayor que el lenguaje.  
 
Pero el terremoto también descubrió que el país más pobre es el de los migrantes mapuches y el pueblo semirural. Aunque la población urbana de clase media baja (esa extraordinara mayoría taciturna que a las seis de la mañana desciende de los buses en el barrio de Providencia en pos de su lugar en los servicios) debe ser la que ha perdido más horizonte de expectativas. Y, probablemente, no tenga otro modo de reconstruirlas sino endosando a un Estado todavía más ajeno.  Contagiado por las metáforas de la catástrofe, el corresponsal del New York Times afirma que este es un terremoto de derechas. Es cierto que reforzará a los socios de la industria de la construcción (o de la reconstrucción), pero las catásfrofes no se tachan con cemento. Sus repercusiones (como ocurrió con Katrina) son de varia intensidad demorada.
 
Esos migrantes mapuches se hicieron, de pronto, escuchar: son tímidos ante las cámaras pero más reales que los funcionarios formulaicos. Fue sobrecogedor verlos al pie de sus pequeños pueblos barridos por el maremoto.  Me parecieron migrantes peruanos que han adquirido la entonación ascendente de la dicción chilena popular, que pregunta al afirmar. O sea, afirma dos veces.
 
Y como a comienzos del siglo XIX, en los albores de la república, pudo verse flamear la banderita chilena. No sobre sus casas, sobre los escombros.  
 
A pesar de todo, me dije consolado, son hijos del discurso jurídico.  

[Publicado el 13/3/2010 a las 18:42]

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La amistad de Julio Cortázar

Rosalba Campra. Cortázar para cómplices.  Madrid, Del Centro Editor.  2009.  225 pags. 23 Euros.
            La escritora y crítica argentina Rosalba Campra podría haber sido imaginada por Cortázar  como paradigma del exiliado que después de estudiar el francés se instala en Roma para regresar a la literatura de casa.  Trató ella de librarse de las mitologías nacionales escribiendo Malos aires; y desde el foro académico se propuso, en su compilación de lecciones La selva en el damero: espacio literario y espacio urbano en América Latina (1989), un mapa colectivo de la ciudad y sus lenguajes. Catedrática de Literatura Hispanoamericana en La Sapienza,  estudió el gusto nativo en su La retórica del tango (1996) y debatió la elocuencia identitaria en América Latina: la identidad y la máscara (2000).  En su Territorio de la ficción. Lo fantástico (Sevilla, Renacimiento, 2008), afinca en la narrativa fantástica como en el espacio literal del exilio.  Una teoría, dijo el filósofo, traza la forma de una biografía.
             Cualquier lector puede reconocer su propia tribu gracias a un gran escritor, pero también desde la mediación propicia de una lectura implicada. La complicidad es aquí un taller donde ejercitar la precisión formal, esa demanda de la sensibilidad crítica. Los ensayos, prólogos y notas de este manual nos revelan no sólo la hechura poética de las tramas de Cortázar, sino también el despliegue de su lectura compartida. Este libro es fiel a la obra autoreflexiva de Cortázar,  la que no inventó, como la de Borges, a sus precursores , sino a sus lectores. Por eso, no se explica por su genealogía (lectura melancólica) sino por su despliegue en proceso (lectura inventiva).
            Rosalba Campra recorre buena parte de la narrativa y la poesía cortazariana, y aunque no se propone un mapa de la misma, sí traza una hipótesis de su lectura que, por un lado, atañe a la nueva entonación que Cortázar introdujo en la escritura (una “ironía llena de afecto”); esto es,  a la intimidad de su diálogo. Y, por otro, tiene que ver con la estrategia del juego como poética central cortazariana.  Lo primero es ya un acto de complicidad que promete recorrer el terreno no cartografiado de la subjetividad. Lo segundo es el ritual del recorrido: el juego tiene un método, unas reglas, y hasta una teoría.  Se anuncia contra la Gran Costumbre, y explora la combinatoria abierta de una serie relativista y humorística, antiautoritaria.  Lo uno es la búsqueda, lo otro es la gratuidad.
            Nunca más precisa la función de los “cronopios.”  En contra del lugar común que los convierte en complacencia sentimental,  Rosalba Campra nos recuerda que representan el juego del desorden. No en vano su nombre viene de cronos: son unidades de otro tiempo, el de la lectura. Los “famas,” en cambio, son sosos por prolijos; y las “esperanzas,” de una inseguridad dolorosa. Con estas leves criaturas, sin embargo, Cortázar no se propuso una alegoría que demuestre lo que ya sabemos, sino un teatro eminentemente literario, hecho del mejor humor, el libre de énfasis.  Ese espacio es lúdico, esto es,  suscita el valor sin rédito de lo gratuito.  Tiene cierta gracia favorable el hecho de que otra lectora privilegiada, Aurora Bernárdez, la viuda y albacea literaria de Cortázar, haya descubierto, como en otra novela de la lectura, un baúl de manuscritos que hacen el formidable tomo  Papeles inesperados (Alfaguara, 2009), donde el placer del juego cunde ya no sólo como una complicidad sino como una estética de la sorpresa.  En un sentido inquietante, la obra de Cortázar no será nunca completa o acabada porque se diversifica, indeterminada, en cada lectura. Su escritura es la materia afectiva de la subjetividad.
            Un punto central del libro de Rosalba Campra es su discusión sobre el principio de búsqueda en el proyecto cortazariano. “Mi signo es buscar,” había anunciado Oliveira en Rayuela, pero el impulso, el recomienzo de esa búsqueda constituye, en efecto, un eje central de acceso a la obra pero también de su proyección, fuera de ella.  La autora revisa varias instancias ilustrativas de este afán vital de la estética y aun de la ética implicada en esta escritura. Picasso había dicho, casi como una amenaza: Yo no busco, encuentro. Cortázar no compartía ese voluntarismo coleccionista, cuyo linaje surrealista es patente.  En el gabinete cortazariano el terrón de azúcar es momentáneo, los hilos o pavilos son precarios, y el paraguas ya está roto.  Estos objetos nimios son huellas de una búsqueda, no trofeos del mercado de pulgas.  “¿Encontraría a la Maga?” La pregunta condicional es por la indeterminación, y pertenece a las equivalencias del juego y el deseo.  Pero la magia requiere un ritual, la forma del asedio.
            Por eso es fundamental el trabajo de la autora sobre la función del ¨pasaje¨ en la narrativa de Cortázar.  Los que pasan, nos dice, en verdad son pasados, en contra de su voluntad, bajo las reglas de una sustitución.  El pasaje es el espacio de las transiciones, que al final desocupan quienes lo cruzan, en el trayecto de ir más allá para estar más aquí.  Es lo que va de “Casa tomada,” como expulsión del seno familiar, a “Segunda vez” como desaparición  dentro de la casa vaciada por el Estado policial.
            Gracias a Rosalba Campra y su libro pródigo, la amistad de Julio Cortázar sigue siendo un privilegio de la conversación. Uno apaga la computadora (o mejor aun, el ordenador) con placer.

[Publicado el 07/3/2010 a las 15:19]

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Un idioma peregrino


 
Pedro Guerrero (El Mercurio, Santiago de Chile). -¿Qué expectativas tienes de este congreso de la lengua que coincide con los bicentenarios?

Julio Ortega. Irónicamente, cada Congreso de la Lengua ha coincidido con una crisis espectacular. El primero, en Mexico, fue suspendido por la revuelta Zapatista; el de Valladolid, fue diezmado por el ataque a las Torres Gemelas. Este coincide con un nuevo gobierno chileno… O sea que el español demuestra su gran capacidad de adaptación. Es casi un idioma sobreviviente, al que no me extrañaría que Nicanor Parra haya salvado con su poesía de primeros auxilios linguísticos. Las coincidencias con otras celebraciones son también propias de nuestra lengua: celebramos victorias y derrotas con el mismo entusiasmo. Tal vez porque las victorias a veces cuestan más. En todo caso, Chile es más bien parco en celebrar a nadie.
 Neruda agotó el repertorio. En cambio, José Donoso vivió sin que le devolvieran el saludo.


-¿Cómo ves la relación entre independencia nacional e independencia lingüística? ¿Fue un proceso paralelo o anticipador de las luchas de emancipación?



En verdad, el español es la lengua más cómoda para nacer. Imagínate, nacer en el alemán o en el inglés, o peor aun en el francés. Estamos libres de los rigores de la verdad encarnizada del uno, de la primera persona como propiedad privada del otro, y de la lógica del mundo en la sintaxis, del tercero. Estamos hechos de esta materia aleatoria, dúctil, fluida. Es cierto que en América Latina, inversamente a su rotundidad castellana, su intimidad es excesiva, demasiado familiar,  casi incestuosa. Te preguntan por la hora como si te preguntaran por tu vida. Y todo ello lleno de diminutivos, seguramente como un pacto contra la violencia. Pero esta es la única lengua que todos hablamos con acento, y eso es bueno. En todo caso, fuimos primero independientes en el lenguaje y, en consecuencia, políticamente. Es probable que hoy dia seamos menos independientes, como lo demuestra el hecho de que no sabemos acordar de qué deberíamos liberarnos. El lenguaje se nos ha llenado de banalidad y resignación. Si para algo puede servir el bicentanario es para recuperar la promesa de ser más libres en esta lengua.



-¿Después de conseguida esta emancipación, las lenguas "nacionales" llegaron a constituir un obstáculo para la integración y la unidad en vez de facilitarla?    



José María Arguedas, por ejemplo, definió al Perú como el país donde un hombre no puede hablar libremente con otro. Porque la modernidad aumentó la desigualdad, haciendo vertical la comunicación, que deberia ser horizontal. Pero no hay una sola lengua sino la diversidad de su mezcla. Hoy en el mundo andino tenemos varios estados de un español que yo llamo peregrino, porque migra con los migrantes, en mezcla con las lenguas nativas, desbordado y formidable, capaz de decir más. En Chile, por cierto, los migrantes peruanos, sobre todo las mujeres, son otra fase de esa lengua peregrina. Una estudiante mia que investigó el tema descubrió que el periodismo chileno había forjado, con su español estereotipado, la imagen derogativa que de ellas prevalece.



-¿Cuál es el rol que cumplen, según tu ponencia, los diccionarios de regionalismos?



Son unas tumbas magníficas. Por ejemplo, en las crónicas barrocas del siglo XVIII yo encontré unos cien nombres de pájaros nativos del Orinoco, que ese español asombrado había consignado. En una charla en Venezuela, los leí a mis colegas y nadie reconoció un solo nombre. Esos pájaros desaparecieron del lenguaje y, por lo tanto, del paisaje. Probablemente duermen en los diccionarios. Una vez en la Biblioteca Británica  encontré un manuscrito titulado "Vocabulario de una lengua americana desconocida." Me pareció una metáfora digna de esta América. Pero estos congresos son mapas de lo que nos falta: comunicarnos mejor para constituirnos como sujetos plenos, más libres en el lenguaje gracias a la inteligencia de la conversación. En Chile, hay que decirlo, el lenguaje sigue siendo ligeramente claustrofóbico. Cuando escucho Primera Región, Segunda Región, Tercera Región...no puedo evitar cierta asfixia, no de la geografía, sino del habla. Me permito sugerir nombres de pájaros Mapuches para que echen a volar como en un poema de Huidobro, plenos de espacio.
 
 
PD.  El canal hispano de Providence ha transmitido a lo largo del dia (hoy 27 de febrero) imágenes y noticias del violentísimo terremoto de Concepción. No me extraña que el Congreso de la Lengua, con motivo del cual Pedro Guerrero me hizo la entrevista que aquí recupero, se haya tenido que suspender: ante la tragedia uno pierde el habla, incluso en español.  Decía Enrique Lihn, con su truculencia irónica, que los temblores chilenos los firman los poetas.  Uno nerudiano, por ejemplo, era un terremoto casi peruano.  Y es que la poesia chilena saca de  paseo a la geografía, seguía, inspirado: Neruda hizo caminar a los Andes; Gabriela Mistral solía hacer llover;  Gonzalo Rojas (si recuerdo bien) descubría fuentes minerales… Y Zurita reorganizó la topografía. En Chile (que alguien ha llamado un taller literario) hasta los temblores buscan su lugar en el poema.
 

 

[Publicado el 27/2/2010 a las 21:07]

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Conversaciones


Marcos Fabián Herrera Muñoz (Contrapunto, Bogotá): En ese libro angular para la crítica literaria latinoamericana, Una poética del cambio, señalas que: "No es poco lo que hemos tenido en América Latina de escisiones y maniqueísmos, monstruos engendradores de las conciencias culpables y las posturas grandilocuentes y frustradas". ¿Continúa Latinoamérica castigada por un letargo de demagogias y endogamias culturales?
 
Julio Ortega: Yo creo que estamos viviendo los peores tiempos: la corrupción, que es el otro lado del mercado neoliberal, exento de controles; y, también la violencia de la vida cotidiana, tanto contra los habitantes de la ciudad, que pierden la calidad de su hábitat, como en contra de los campesinos, cuyos espacios son expoliados y sus estilos de vida criminalizados. El neoliberalismo es otra conquista con buena conciencia, impune y hecha a nombre del mito de la modernidad. Y sin embargo, la literatura es uno de los pocos espacios capaces de libertad y ejercicio crítico, donde incluso se resuelven los dramas que ni la justicia ni el estado de derecho pueden asumir. La literatura se ha convertido en la prueba de nuestra sobrevivencia moral.
 
En un reciente artículo haces una defensa de Alfredo Bryce Echenique, ante las acusaciones de plagio que enfrenta este autor. Anotas que: "Los ataques descarnados que se hacen a Bryce dicen más de los indignados sin dignidad que de los mismos autores glosados, reapropiados o reescritos en la minucia de unas notas de prensa, cuyos autores no se han quejado con tanto odio como estos odiadores del talento ajeno" ¿Lo de Bryce es un divertimento intelectual, palimpsesto escritural, o desvarío?
 
No es inteligente hacer de juez de la intimidad de un escritor. Mi defensa de Bryce es, primero, la de un amigo, que fue abandonado a la furia vindicativa de los adalides de la propiedad privada, entre ellos, connotados marxistas; y, segundo, la de un lector, que demanda las proporciones debidas a un escritor íntegro, antiautoritario y fundamentalmente noble. De pronto, se llenó de jueces; alguien tenía que denunciar esa violencia. En la actual conversión de la vida cotidiana en mercado, también la vida literaria se ha hecho inamistosa, y hasta feroz.
 
También has dicho que es nula la participación de Sudamérica en el debate de las estéticas contemporáneas…
 
Lo que se puede hoy decir es que no nos debemos a una genealogía sino a un proceso en construcción, no a un archivo sancionado o un museo autorizado, sino a espacios abiertos por una fuerza de reinscripción. Es claro que la gran poesía nuestra, desde César Vallejo hasta Nicanor Parra, desde Lezama Lima hasta José Emilio Pacheco, así como la narrativa, desde Borges y García Márquez, hasta Fuentes y Diamela Eltit, han construido escenarios de lectura operativa donde la estética de la lectura ha reformulado las articulaciones políticas y codificaciones canónicas con una capacidad subversiva que otras literaturas no han conocido. Nuestra literatura es la mayor refutación de lo real tal cual; y la más poderosa convocación del "homus dialogicus," del sujeto de la comunicación, de la apuesta por un lenguaje capaz de rehacernos.
 
El hipertexto, el ciberespacio y los nuevos alfabetos virtuales plantean un desafío a las pétreas coordenadas del lenguaje ¿Estamos presenciando una reinvención de los géneros?
 
Sobre todo, son una ampliación del ejercicio de la comunicación y de la escritura. El lector que se está creando en la tecnología me parece más importante que el escritor; ambos se turnan en ampliar, en los blogs  y las revistas electrónicas, el escenario de una palabra fluida, documentada como un presente perpetuo, que crece como nuestro nuevo sistema de referencia, casi como una nueva naturaleza.
 
Has sentenciado que "el Hispanismo es una agencia de espíritu creativo y crítico". ¿Nos estará permitido atisbar la soñada “raza cósmica” de Vasconcelos?
 
No necesariamente, aunque América Latina, como dijo Bolívar, es una "pequeña humanidad." En todo caso, el Hispanismo es hoy internacional, incluye las culturas latinoamericana, española y latina de los EEUU. Ese triángulo del español futuro me interesa como el espacio donde las obras latinoamericanas adquieren nueva fuerza, transformación, irradiación. Leídas en un escenario sólo nacional su sistema de información se agota y reduce; leídas en ese ámbito atlántico, se encienden como un precipitado químico, ganando nuevo lugar en el diálogo.
 
¿Crees al igual que Auden que "reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter"?
 
Lo lamentable es que la reseña ha perdido valor. Me dicen los amigos españoles que una reseña ya no vende un libro más. Y lo peor es que los suplementos literarios hoy están plagados de falsos críticos, cuyas reseñas revelan que no leen los libros. Empiezan comentando el título, se demoran en los epígrafes, cuentan historias del autor, lugares comunes de la crítica, y terminan sin una sola referencia a lo que hay en el libro mismo. Felizmente,  todavía hay críticos que leen los libros y dicen lo que piensan, sobre todo en los blogs. Yo  creo que es un peligro para la salud reseñar libros que a uno no le gustan. Sólo escribo sobre libros que me interesan y comprometen. Hay demasiada buena literatura como para ocuparse de la mala.
 
Con motivo de un evento de relumbrón, publicitado hasta el cansancio, aseveraste que en Colombia a falta de una mejor literatura se están prodigando las escenas de protagonismo, reemplazando a la buena escritura. ¿Se sobrepuso la promoción editorial a la gravidez literaria?
 
Me parece asombroso el derroche de recursos en un activismo cultural que ocurre en medio de la pobreza, que convierte a la literatura en espectáculo y al escritor en parte del entretenimiento. No entiendo por qué estas empresas culturales han elegido a Bogotá o a Cartagena como centros decorativos de una cultura autocomplaciente y de un público confirmado en su papel de masa satisfecha. Es una falta de respeto al público, al escritor y al libro. Lo más lamentable es que los protagonistas terminan luciendo más provincianos que nunca: se declaran los mejores y creen que su festival es el mejor del mundo. Evidentemente, son gente hecha de grandes desbalances afectivos, urgida de reparaciones.
 
Eres el mayor defensor de la conversación literaria como una de las bellas artes. ¿Tus postulados le son endosables a este diálogo?
 
Dentro de una conversación literaria siempre hay otra conversación literaria. Cuando Garcilaso de la Vega dialoga con Petrarca crea una interlocución en la cual el Inca Garcilaso y León Hebreo discurren sobre el platonismo y el amor de las partes contrarias sumadas. Cuando Ruben Darío dialoga con el francés, incluye en su conversación las formas hispánicas y las músicas criollas, esa trama de sensorialidad y formas plenas. Y cuando Reyes dialoga con los clásicos, incluye a Borges, que a su vez incluye al inglés, y nos suma a los asombros y riesgos de su diálogo inventivo. Somos hechos en esa inclusividad renovada y liberadora.  En español moderno, además, somos interlocutores de la gran innovación del periodismo crítico: la crónica de los acuerdos y desacuerdos, de las simpatías y diferencias, que ha sido muy poco indulgente y nunca indiferente. El fin del mundo ocurrirá el día en que todos los periódicos se hayan rendido a la complacencia. 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 24/2/2010 a las 05:31]

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Entreleído


 
Las horas que se tomaba el Talgo de Barcelona a Madrid, a comienzos de los años 70, eran suficientes para leer una buena novela del siglo XIX. 

Al dejar el libro, uno se encontraba con los personajes de un drama ya leído: la familia de luto; la muchacha de provincias; el curita dormido después de comer, como una cita de Galdós.

En el viaje de ida leí cómodamente el primer tomo de La cartuja de Parma, y el segundo en el de vuelta.


Después de todo, Thomas Mann escribió su Diario de lectura del Quijote a lo largo de un viaje en barco.


De Quincey decía que las mejores bibliotecas yacen al fondo del Índico, gracias a los naufragios ingleses.

Elegir un libro es casi una confesión personal.

Si te preguntan qué libro te llevarías a una isla, no tendría sentido responder que uno se llevaría la biblioteca, ya que el valor de un libro, de uno solo, equivale a esa biblioteca.

Imagínate que alguien respondiera que se llevaría un Kindle.

Incluye muchísimos libros, en efecto, pero los límites de su lectura serían son los límites de su batería.


La tecnología del libro es la de su reproducción, y lleva la huella de su nacimiento: es totalmente remplazable.

Borges demostró que la Biblioteca es un laberinto tan periódico y arbitrario como el mundo: no tiene otro orden que la ilusión momentánea de un orden.

Por eso imaginó una enciclopedia china en la que los animales se dividen en “a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados…h) incluidos en esta clasificación, f) fabulosos…m) que acaban de romper un jarrón…”

Michel Foucault rió leyendo eso, y pensó con asombro que toda clasificación revela los límites de nuestro propio pensamiento. “Este libro nació de un texto de Borges,” fue la primera frase de lo que sería Las palabras y las cosas (1966).

El libro electrónico, en cambio, presume incluir todos los libros, como la biblioteca, pero leemos, en él, un libro menos.


Porque es un depositorio redundante: no tiene valor de intercambio, no pertenece  a la conversación; se debe al uso y al desuso.

No se debe a la Biblioteca sino a la Empresa. No se debe al placer de entender, sino a la lectura como olvido, al entretenimiento.

El cura y el barbero hacen el inventario deportivo de la biblioteca de Don Quijote, como lectores robustos que creen en una lectura saludable.

Si tuvieran que hacerlo en el Kindle, borrando y guardando con un dedo, no concluirían la tarea porque la mala literatura no acaba nunca. Es un best seller permanente. 

Don Quijote hoy día enloquecería leyendo electrónicamente todos los libros de Larsson. Y daría en escribir best sellers.

No pudiendo eliminar los libros culpables de esa locura, sus amigos tendrían que intentar matarlo para evitarle la ignominia.

Pero protegido por su agente y su publicista, el Don desaparecería en Marbella y sus nuevos libros seguirían siendo best sellers póstumos. 

Por eso, el acto quijotesco por excelencia sigue siendo leer un libro. 

En ese viaje el mundo resulta más habitable porque es perfectible; en español, a pesar de tanto y de tan poco, y en cualquier parte.
 

[Publicado el 14/2/2010 a las 23:35]

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II. Lecturas en Providence

 
 
Soy el último lector del New York Times en mi calle.

Me resisto a leerlo en el Internet. Necesito desplegarlo sobre la mesa, paladearlo con el café. El hábito, entiendo, sostiene la duración de su lectura. Estoy suscrito hace veinte años. Se me hace inconcebible que pueda desaparecer.

Tuvo épocas, es cierto, de sopor. Nada menos que John Hawkes, un escritor de culto, que enseñó toda su vida en Brown, me dijo una vez que el suplemento de libros del Times era el enemigo número uno de la literatura.
 
Pero en estos tiempos de crisis se ha convertido en el mejor periódico y no sólo del país. Su capacidad de renovación, investigación, crítica y autocrítica es prodigiosa. Cada periodista se ha vuelto más agudo, cada escritor más analítico: es un periódico cuya lectura nos despierta por dentro. Y es hoy, además, una institución educativa: ofrece diplomados a distancia en varias disciplinas gracias a un network de universidades. Me sorprende que todavía no tenga un suplemento en español.

Decía Edmund Wilson que la vejez ha llegado cuando uno descubre el peso del Times dominical al cargarlo a casa.  Hoy habría que decir que la vejez habrá llegado cuando el papel sea remplazado por una pantalla digital.  El diario impreso pertenece al temprano placer de leer. Mide la extraordinaria duración del día en pausas y sorbos de la lectura. El diario digital carece de memoria; uno lo enciende y lo apaga: es una decapitación de la lectura.

El historiador  Benedict Anderson en su La comunidad imaginada, Reflexiones sobre el origen y desarrollo del nacionalismo tiene al periódico como una de las fuentes de la identificación comunitaria: dos hombres que leen el diario, sin conocerse, presuponen que tienen en común una nación, nos dice. La idea es clásica: la comunicación nos da un lugar en el lenguaje y, por lo mismo, tenemos la obligación moral de utilizarlo con precisión, discreción y verazmente. La lección es también confuciana: cuando el lenguaje decae, la sociedad se corrompe. Fue una de los pensamientos matrices del gran Modernismo internacional, dada su fe en la comunicación. Porque si la sintaxis es el orden de las palabras en la frase, también es el orden del mundo en el lenguaje. Octavio Paz lo puso en contexto español: cuando la sociedad decae, dijo, el lenguaje se gangrena.

La veracidad, por lo tanto, es la poética del periodismo. No digo la ética, que en español todavía se entiende como la buena opinión que merecen nuestras intenciones, cuya bondad nos redime. Con esa ética, que Weber llamó “de convicción,” frente  a la ética de “responsabilidad,” hay muy poco que hacer, ya que cancela el diálogo. Pero la “poética” demanda por la creatividad de mi lugar de lector en la sección que tú, editor responsabilísimo, tienes a tu cargo en mi periódico.  No en vano, se asume hoy la ética como el lugar que tú ocupas en mí, como la dignidad del otro en el yo.

Todo lo demás es autojustificación. Un periódico, hay que decirlo, es inexcusable. La poética del periodismo es más exigente que la de la literatura: sólo puede ser mejor, impecablemente autocrítica, y jamás deberse a la casualidad, la indulgencia o la resignación.

En México, después de haber pasado unas horas charlando con Octavio Paz en su piso de Reforma, me detuve en la Libreria Francesa que quedaba en la misma avenida. A poco nos encontramos, y reímos del lugar común. Había bajado de su piso a buscar su “Le Monde,” que llevaba doblado bajo el brazo. Me emocionó descubrir la intimidad de ese hábito público: bajar a la calle, entrar a la librería, comprar el diario.  Pensé que esa rutina mexicana era maravillosa: revelaba que Paz pertenecía a su ciudad, y que el diario, declaraba su afincamiento cotidiano.

Lo lectores de hoy no tienen idea de lo que era el periodismo de la era franquista.

En primer lugar, no existía la noción del lenguaje objetivo porque el de los cables le resultaba demasiado explícito al corrector de estilo. He contado en alguna parte que a comienzos de los años 70, cuando yo vivía en Barcelona, los periódicos eran perfectamente ilegibles. Si el cable decía: “El presidente Nixon dijo que busca la paz,” el corrector sentía la necesidad de añadir un inciso: “y no hay por qué dudar de sus intenciones.” Ese humor involuntario mejoraba la lectura.

La mejor prosa periodística estaba en la crónica taurina. Nunca he ido a una corrida de toros, pero sí he leído con fruición ese lenguaje de brio sensorial, de sensibilidad heroica y herida.

En cambio, en México, uno despertaba el domingo y disponía de cinco  suplementos literarios. No sabía yo que el lenguaje español era capaz de semejante entusiasmo. Paz, Fuentes, Pacheco, Monsivais, Margo Glantz, y muchos otros, escribían en esos suplementos, que fueron críticos, pródigos, festivos, inclusivos y mundiales.

Temo por la visión literaria de un joven escritor que hoy despierta y abre los suplementos a su alcance.

En primer lugar, es casi monstruoso el hecho de que un escritor sienta la obligación de escribir una nota semanal por el resto de sus días.  Entiendo que un periodista profesional haga de la obligación virtud. Pero para un escritor no hay vía más directa a la trivialidad. Es improbable que el testimonio de mis gustos y disgustos le interese a nadie, y es seguro que no puedo ser el juez  sabatino de lo humano y lo divino.  Esta incapacidad de silencio merecería ser estudiada, o al menos novelada. Por eso, le debemos reconocimiento (y hasta gratitud) al espléndido cronista que fue Eduardo Mendoza, quien decidió renunciar a su columna. Ese gesto es histórico en los anales del periodismo español, salvo algún pistoletazo o ciertos excesos en años.

En segundo lugar, aunque me dicen los amigos editores que una reseña no vende un libro más,  los reseñadores deberían hacer honor a su hazaña de leer un libro por  semana produciendo una reseña donde se hable del libro.  Tendrían que aprovechar el poco espacio para decirnos lo que hay entre dos tapas. Esta falta de respeto al libro, al periódico y al oficio demuestra  que los suplementos literarios desapacerán cuando dejen de ser observados.  
 
Por eso, es ejemplar la fiesta de inteligencia crítica que fue El País en los años de la transición. Y es reconfortante la vivacidad que, en medio de la crisis, le ha dado Javier Moreno.

Recuerdo que buscando un lugar donde veranear en la costa, mi primera pregunta era si llegaba El País los domingos.  En algunas playas, quizá más turísticas, no se vendía el diario. Y nada más soso que un domingo sin una terraza para leerlo.

Uno de esos domingos leí un artículo de Juan Luis Cebrián en el que  mencionaba, de paso, el Tercer Mundo. Sentí la urgencia de escribir una carta al diario para matizar la referencia. Evidentemente, como buen lector, creí que el diario también era mío.

No recuerdo el tema en cuestión, pero sí que mi carta apareció como artículo de Opinión. Muchos años después, Juan Luis me contó que era política del diario acoger las cartas de los lectores, su opinión como parte del debate. Ya se ve que el lenguaje, entonces, daba forma a la concurrencia.

En un debate reciente sobre la decadencia de la información, diciocho profesores de escuelas de periodismo y estudiosos de los medios en EEUU, cotejaron ideas sobre la situación crítica (The Chronicle Review, Nov 20, 2009). El problema central no es la competencia de la tecnología electrónica, limitada por su conversión de la información en entretenimiento y por la misma mecánica de la sustitución de unos aparatos por otros; el problema central es la lógica del Mercado, ese vértigo que convierte a escritores, libros y públicos en mercancía, cuyo precio fluctuante se debe a nuevas leyes de oferta (de saturación), calidad (consumo fugaz) y valor (residual).  Habría que invertir la lógica de producción, creando comunidades de lectura, vías de participación, mecanismos de rotación y relevo. Laclau explica que la nueva política demanda inventar un pueblo; los libros y la prensa escrita requieren forjar un nuevo lector.

En EEUU se piensa que el declive de la prensa informativa afectará la calidad de la vida académica, y que las universidades deberían imaginar nuevas articulaciones con la prensa. Entre nosotros, las universidades, empezando por las escuelas de periodismo, pueden tener un papel más creativo en este escenario crítico. La distancia entre la Universidad española y la literatura viva, aunque valerosamente salvada por algunos colegas, sigue siendo abismal.

Johanna Ducker, profesora de Educación e Información en UCLA, recomienda: “Demostrar que cuanto más natural algo parece, más construído es culturalmente. Probar que que toda forma cultural es hecha por alguien con algún propósito. Usar el análisis retórico para revelar que todo discurso es un argumento al servicio de los intereses de alguien. Preguntar siempre, ¿a quién sirve?” Estos principios, afirma, “no son la receta para un moralismo didáctico sino las bases de una democracia informada.” 

Henry Jenkins, profesor de comunicaciones, periodismo y artes cinematográficas en California del Sur, afirma: “La participación de la Universidad en la dimension cívica de los medios debe ir más allá de los experimentos en las escuelas de periodismo; cada disciplina deberá responsabilizarse de su propia comunicación con el público, asegurando que tenga acceso y conocimiento a la información crucial que requiere para darle sentido a este mundo.” Los blogs deben expandir la lectura y convocar las conversaciones claves de esta era, concluye, porque son los “intelectuales públicos” de hoy. Y aunque no remplazarán al periodismo profesional, contribuirán con el futuro de la ecología informativa.
 
 
 
 

[Publicado el 08/2/2010 a las 05:07]

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Lecciones de Tomás Eloy Martínez

 
 
 
De Tomás Eloy me quedará el entusiasmo: por la literatura, por los amigos, por los jóvenes escritores.  Y por el mejor periodismo imposible (el posible se lo dejamos a los que no pueden hacer otra cosa).
 
Debe haberse ya encontrado con Rafael Conte, y me temo que están por fundar el primer suplemento literario del Olimpo.  A ambos les debemos la dignidad del periodismo cultural en español, una lección dilapidada hoy dia entre festivales de trivialidad y reseñas de solapa.
 
Es bueno recordarlo: desde Buenos Aires, Tomás Eloy fue portaestandarte del “Boom” de la novela latinoamericana, esto es, de la recuperación del homus dialogicus como sujeto cultural de la Comunicación para una modernidad a medida humana.
 
Fue, por ello, un intelectual cabal, libre de la servidumbre de cualquier ideología, y capaz de decir libremente lo que pensaba porque no tenía nada que ganar en ello. No era un hombre de opiniones sino de ideas.
 
Hay que decir, además, que era de quienes hacen lo que predican, pues apoyaba con su dinero una escuela de niños de escasos recursos en su pueblo.
 
A propósito de qué hacer por los escritores más jóvenes, olvidados por la prensa cultural ociosa,  tuvimos un intercambio animado. Cuando planeaba dirigir el suplemento cultural de La Nación, me tomó la palabra y prometí escribir sobre los nuevos.  En los ultimos meses, en una de esas recuperaciones momentáneas que lo llenaban de proyectos, dedicó largos reportajes y entrevistas a una serie de autores recientes.  Me atribuyó haber puesto al día la atención por los nuevos.
 
En el último de sus correos me recomendaba una serie de narradores jóvenes, me anunciaba el envío de sus libros, que en efecto llegaron, y ahora leeré, como por sobre el hombro de este lector placentero.


 
Su lectura del archivo nacional nos revela la extraordinara producción argentina de la violencia.
 
Pero no sólo argentina, tambien nuestra, hecha posible por el asombroso descreimiento de que es capaz este idioma. Casi cualquier palabra se tornaba contra los otros en esas novelas de esperpento alucinado.

 
El vuelo de la reina (Premio Alfaguara de Novela, 2002) es, para mí, la más perturbadora que escribió. El periodista corrupto, que se debe al desvalor de la inteligencia y cuya mediocridad lo hace invulnerable a la crítica, es una imagen estremecedora del mal. Nada más siniestro que el poder que ejerce ignominiosamente, convirtiendo el lenguaje en basura.
 
Por eso, su versión excedía los parámetros de la crítica nacional.
 
El formidable entramado de la corrupción (a buen recaudo) y de la violencia (con buena conciencia), que recorren sus libros con lúcido horror, son la escena de la formación nacional del sujeto.
 
Muchas veces, sus críticos no se han reconocido en esos libros y han creído que su imagen en el espejo narrativo es la de un extraño. Lo es, porque ese lector ciego ha tachado al otro que había en él, hasta desaparecer en estas páginas, en su galería de fantasmas. 
 
Hay que leerlo con los ojos alertas para distinguir mejor el lugar que nos toca entre la corrupción y la violencia. 
 
 

[Publicado el 03/2/2010 a las 05:33]

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Foto autor

Biografía

Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Bibliografía

Crítica

 

Transatlantic Translations. Londres: Reaktion Books 2006

 

Rubén Darío y la lectura mutua. Barcelona: Omega 2004

 

Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno. Santiago: LOM 2000

 

El principio radical de lo nuevo. Lima: FCE 1997

 

Retrato de Carlos Fuentes. Madrid: Circulo de Lectores 1995

 

Arte de innovar. Mexico: UNAM 1994

 

El discurso de la abundancia. Caracas: Monte Ávila 1992

 

Una poética del cambio. Prólogo de José Lezama Lima. Caracas: Biblioteca Ayacucho 1992

 

Reapropiaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico. San Juan: EUPR 1991

 

Gabriel García Márquez and the Powers of Fiction. Austin: Texas Press 1988

 

Crítica de la Identidad. México: Fondo de Cultura Económica 1988

 

Cultura y modernidad en la Lima del 900. Lima: CEDEP 1987

 

Poetics of Change, The New Spanish-American Narrative. Austin: Texas Press 1986

 

Figuración de la persona. Barcelona: Edhasa 1971

 

La contemplación y la fiesta. Caracas: Monte Ávila 1969

 

 

Ficción

 

Teoria del viaje y otras prosas. Madrid: Ediciones del Centro 2009

 

Adiós Ayacucho. Lima: U de San Marcos 2007

 

Puerta Sechin. Tres novelas breves. México: Jorale Ed. 2005

 

Habanera. Palma de Mallorca: Bitzoc, 1999; Lima: Fondo PUC 2001

 

Emotions. Poems. New York: 2000

 

La mesa del padre. Cuentos. Caracas: Monte Ávila 1995

 

Ayacucho, Good Bye. Pittsburgh: Latin American Review Press 1994

 

 

Ediciones

 

México Transatlántico. Con Celia del Palacio. México: FCE 2008

 

Rubén Darío: Poesía. Barcelona: Círculo de Lectores 2007

 

Carlos Fuentes: Obra reunida. México: FCE 2006

 

Gaborio. Arte de Releer a Gabriel García Márquez. México: Jorale 2004

 

"El Aleph" de Jorge Luis Borges, ed. Critica. Con E. del Río Parra. México: El Colegio de México 2008

 

The Picador Book of Latin American Stories. Con Carlos Fuentes. London: Picador 1998; New York: Viking 2000

 

Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Con M.F. Lander. Madrid: Cátedra 2002

 

Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. México: Siglo XXI 1997

 

La Cervantiada. Madrid: Libertarias 1994

 

César Vallejo: Trilce. Madrid: Cátedra 1996

 

Julio Cortázar: Rayuela. Con Saúl Yurkievich. París: Archivos 1993

 

America Latina in its Literature. Con César Fernández Moreno. New York 1984

Enlaces

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