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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de julio de 2019

 Blog de Julio Ortega

Vidas del color


 
1. La solitude organisative
 
Con la obra plástica de Miquel Barceló me vengo encontrando hace cosa de diez años al azar de los viajes, y como ya eso mismo me había ocurrido con la pintura de Tapies, y después con los trabajos de Luis Gordillo, Frederic Amat y Francesc de Torres, pongo en limpio estas notas tomadas al pie de la Caixa Forum, despues de visitar su espléndida muestra “La solitude organisative” (1983-2009).  Con la pintura, como con la música, uno sostiene relaciones del todo personales, que a  veces adquieren la incertidumbre de  un enigma, que uno descifra como puede, y no siempre puede.  No se trata de una pregunta por el gusto, que es más afectivo; sino por esa demanda de lo genuino que el arte de exploración despliega, revelándola, de pronto, con la fuerza de su ausencia. Lo dice mejor Rothko en la  pieza “Red,” de John Logan, con su alegato por la certidumbre, a propósito de Caravaggio venciendo la oscuridad de la iglesia de Santa María del Popolo al pintar la Crucifixión de San Pedro.  Es ya sintomático que el título de esta muestra de Barceló busque organizar la fecundidad de sus formas de errancia, en el puro azar que las despliega. Y lo hace en el idioma cuya sintaxis presume leer el mundo. La soledad, en español, es más bien autocontemplativa; en ingles, declara un problema personal; sólo en francés es capaz de organizarlo todo, gracias a que el yo es una categoría gramatical.
 
“Huir del exceso,” llama Barceló a su serie del desierto, aunque en su caso el exceso es la materia de que está hecha el mundo, y hasta sus cerámicas están llenas de la materia misma que las reprodujo. Como el muro de Tapies, el desierto aquí es un espacio plástico elocuente; pero allí donde el maestro cultiva el silencio y hasta la mudez interna de la materia, Barceló discurre con bravura.  La abundancia de la materia, que brota excediendo a la forma, esta vez me resulta más sensorial en las naturalezas muertas, cuyas frutas partidas o abiertas reverberan de color. Esas frutas son dones del tiempo que celebra su duración. Son cuadros, por ello, que dialogan con el barroco. En una serie de formato más amplio, los blancos cubren la imagen del bodegón, mediando entre la inmanencia de las cosas y su desaparición.  
 
Va uno, así, comprobando el talento del artista para cambiar de lugar y asir la materia liberada por el color, poniéndose una y otra vez a prueba. Lugares que son tiempo, o sea, espectáculo de la abundancia escénica, allí donde el arte se cita a sí mismo, celebrando su capacidad de ver, de revelar.
 
Después de una gran cocina española, unas papayas densas, y unos bodegones azurbaranados, me pareció que en la sala siguiente me encontraría con unas frutas americanas, más terrestres que flotantes, cuyo color podría ser el del sabor. A esta muestra, me dije, le hace falta el pie a tierra de esa nostalgia. ¡Lo que podría hacer Barceló con una piña! Esa piña americana que Felipe II miró en su mesa, en silencio, y decidió no probar.
 
 
2. Viva el color
 
 
En cambio, no conocía la pintura de Rufino de Mingo, cuya obra reciente puede verse en el Centro de Arte Moderno de Madrid. Me llamó la atención que los dos prologuistas de su catálogo se refieran a la soledad que sus figuras en tránsito desnudan o revisten. Jorge Fernández Torres alude a una serie de homenajes a Hopper que ha ejecutado de Mingo, y es cierto que los edificios de Hopper no sólo han desaparecido sino que es, precisamente, ese trance de precariedad que sus composiciones agudizan. Después de frecuentarlo, uno se descubre caminando levemente hopperesco. Por su lado, Jesús Lázaro Docio observa en esta muestra un espacio reflejado y refractado, espacio bidemensional, dice, donde la figura del centinela es un paradigma de la soledad y el ego es un fantasma. “Viva el color” se llama esta muestra y la calidez del color es aquí una materia en circulación, que reparte entre el mundo y el sujeto un orden sensorial pleno, a la vez físico y onírico, empírico y ritual. Los personajes del pintor están poseídos por una actividad intensa, a veces lúdica, tal vez trágica, de un vigor casi expresionista, y de un gusto cromático que adensa la composición gráfica.
 
Hay un apetito mundano, terrestre, en el mismo drama de cuadros como “Balseros,” “Náufragos” y “La Frontera,” que aluden a la inmigración, a la subversion que esos cuerpos desnudos imponen a la misma sintaxis de la plástica. Otro cuadro, “El Winipher,” remite al famoso barco que llevó emigrados españoles a Chile durante la Guerra Civil. Así, la articulación de esta obra se organiza también en su exploración de espacios alternos y extraterritoriales; sólo que el eje de estas versiones transfronterizas es la orilla americana. Sobre todo, el Caribe, que es uno de los tramos de referencia en el diálogo del artista con su arte, ya que ha exhibido en Puerto Rico, Cuba, República Dominicana y Estados Unidos. La zozobra de esa recomposición del espacio caribeño seguramente deja una huella transitiva en su obra, el aire de un movimiento de tránsitos y transiciones, entre espacios superpuestos y a la vez fluidos.
 
La extraordinaria figura de un hombre desnudo, cuyo dinamismo es una energía esquemática, que carga una nube negra y una nube blanca mientras camina de sur a norte, es un enigma de la representación del sujeto de este siglo: entre heroico y caricaturesco, es un sujeto consagrado por la pintura como la nueva vida del color.
 
En la inquietante obra plástica de Rufino de Mingo, esta sintaxis mestiza tiene el poder y la humanidad de hacernos compartir ese devenir, tan incierto como verdadero.
 
 
 
 
 
 

[Publicado el 18/6/2010 a las 05:23]

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La biblioteca del futuro


 
Déjame que te cuente que está en construcción, en el campus de la Universidad de Chicago, la primera biblioteca del futuro.  En una esquina de la calle 57, junto a la biblioteca central, puede verse el armazón de acero que sostendrá la cúpula elíptica de vidrio, de 35 pies de altura. El domo, armado como un mecano tubular, hace pensar en la edificación de un templo; su figura articulada, sin embargo, no postula otro culto regional, sino el cultivo de la lectura favorecido por la tecnología. En este caso, la cúpula de vidrio más que al estilo se debe a la ecología: favorecerá la iluminación natural. En la economía simbólica de la arquitectura actual, el futuro alberga al pasado. La estética del derroche formal se ha vuelto redundante. Corresponde a la productividad modernista, según la cual el control tecnológico de la naturaleza nos haría más libres. Es cierto que ha aumentado la información y  mejorado nuestro plazo, pero el descontrol de ese imperativo optimista ha entrado en su ciclo catastrófico. Por eso, al pie de esta cúpula del siglo XXI, uno cree entender que la memoria escrita requiere la mejor tecnología, y que su enemigo actual no es la electrónica, sino el neo-oscurantismo que quiere tacharla.

El arquitecto de esta construcción, que evoca la forma primaria del habitat, es el alemán Helmut Jhan, de larga trayectoria académica y profesional.  (http://facilities.uchicago.edu/campusconstruction).

No hace todavía un mes que estuve en Granada y visité la vieja Biblioteca de la Universidad, un espléndido edificio renacentista, cuya vehemencia de espacio y pasión del detalle es propia de las encrucijadas andaluzas. Gracias a que tenían a mano el Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano, de Espasa Calpe, pude salvar una error en la transcipción de un cuento que Borges había dejado inédito, y que me tocó recuperar. Días después, volví a la Biblioteca de Cataluña, que como la otra había sido también hospital, ésta de estilo gótico, severo y recogido; la frecuenté a comienzos de los años 70, y allí leí las Obras de José Martí. Hace sentido que los libros se resguarden en antiguos hospicios, de por si hospitalarios. Son, por lo demás, los únicos espacios libres de las hordas inhóspitas del turismo.

Todos hemos frecuentado al menos una biblioteca donde, cuando volvemos, “el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie,” como en el poema de Vallejo. Si la conociste, recordarás el arduo crujir de la madera cuando el lentísimo bedel cumplía los pedidos en la antigua Hemeroteca de Madrid. Nunca terminaremos de agradecerle a las bibliotecas el tiempo que perdimos en ellas.

Pero si me preguntas cuál es mi biblioteca favorita tendría que volver a la Benson Collection de la Universidad de Texas, que recorrí los seis años que pasé en esa Universidad, al punto de que llegué a prescindir del catálogo. El mundo se divide entre las bibliotecas que te permiten ingresar a sus estantes, y las que te prohiben esa intimidad. Pero la que todavía me deslumbra es la modestísima biblioteca de mi escuela, donde el bibliotecario Fernández me permitía llevarme a casa colecciones enteras, sin sospechar que cada sección me cambiaba la vida. Hasta que el Quijote me enseñó que todos somos hechura de la parte de la biblioteca que nos tocó leer.

Uno, por lo mismo, llega a creer que la biblioteca del futuro será la que incluya todas las bibliotecas del pasado; incluso, y sobre todo, las que no hemos conocido. El tiempo que en ellas hemos cultivado no sólo da forma a nuestra biografía; alienta la idea de una comunidad de la lectura. Por eso, cualquier buen lector deseará que tus lecturas sean mejores que las suyas.

Construida 50 pies bajo tierra, la nueva biblioteca de la Universidad de Chicago pondrá en práctica lo que llaman el Automatic storage and retrieval system (ASRS), o “sistema automático de almacenaje y recuperación,” mecanismo que activa un brazo robótico que procesa tu pedido y lo trae en cinco minutos. Almacenerá de 3 a 5 millones de impresos.

La biblioteca lleva el nombre de Joe y Rita Mansueto, exestudiantes de UC, que han donado 25 millones de dólares para construirla. Joe, CEO de Mornigstar, obtuvo su MBA en Chicago,  y se dedicó a la inversión, la investigación financiera y la información. Rita trabajaba en el área de informática de la empresa.

En inglés, si eres muy rico tienes un serio problema: es muy difícil regalar tu dinero, aun si quieres hacerlo. Después de ser rector de la Universidad de Brown, Vartan Gregorian fue nombrado presidente de la Fundación Carnegie; a poco, recibió una llamada de Bill Gates pidiéndole lo asesorara en el arte de donar. Gates había regalado millones sin mayores consecuencias, pero como es un tío listo se dió cuenta de que no sabía hacerlo. Bill estaba seguro de que Vartan lo ayudaría a regalar su fortuna. Lo convenció de que debía donarla a los estudiantes más pobres, requeridos de ayuda para ingresar a la Universidad. Esta pequeña fábula, improbable en español, lleva moraleja: Nadie ha donado más dinero a los que quieren educarse.

Una vez, en Lima, me tocó ser director interino de la Biblioteca Nacional, pero pronto entendí que nada tenía el cargo de literario. Las dos sesiones que tuve con el personal fueron para presupuestar la reparación de unos baños estropeados por el último terremoto, y para comprar escobas y mantener presentable el recinto. Las bibliotecas, aprendí, no requieren de escritores ni mucho menos de figurones para dirigirlas, sino de bibliotecarios profesionales y veraces, capaces de asumir anónimamente su tarea. A nuestras bibliotecas les sobra simbolismo y les falta un patronato que las provea de escobas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[Publicado el 13/6/2010 a las 17:13]

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El lector vuelve a casa


 
Al volver de un viaje y revisar revistas y periódicos acumulados, me doy cuenta de que ante la amenaza de su desaparición, el New York Times se ha hecho mejor que nunca.  No se puede decir lo mismo de otras publicaciones, porque ante el Times uno siente más viva la anticipación de la lectura. Te pones al día leyendo el periódico de ayer.
 
Leer retrospectivamente es uno de los placeres de la evocación cuando, como es el caso, el tiempo sigue vivo en un gran diario. Recobro, así, la página entera que el Times dedica al bicentenario de Chopin. Cuatro críticos, que se turnan la reseña musical, recomiendan sus grabaciones preferidas. Y aun si no está citado alguno de los pianistas que uno estima, la crítica nos enseña no a buscar la confirmación de nuestras opiniones sino a descubrir lo que no conocemos.  Y qué sensato, didáctico y deleitoso es celebrar el aniversario de un artista compartiendo el entusiasmo por sus mejores obras.
 
El mejor diario, concluye uno, es el que forma parte de tu vida cotidiana.  Leyendo hacia atrás, guardo el suplemento dominical de libros, para discutir de buena gana juicios y valoraciones. Ello sólo es posible porque los reseñadores, a diferencia de los nuestros, han leído los libros que comentan; y compiten en provocarnos, con ingenio y buen humor. Nada más soso que un suplemento incapaz de convocar la conversación. La reseña de un libro no es el mero recuento biográfico del autor ni la lista de sus obras; y mucho menos el gusto o disgusto del obligatorio ganapapel. Es, más bien, una charla  con el lector.
 
El Times sabe muy bien que su público más fiel forma parte de la comunidad cultural, que no es sólo literaria, que incluye tanto la gestión y el consumo de las artes como el espacio académico. En buena cuenta, la comunidad de la lectura. A pesar de la reducción severa de su personal de planta, han mejorado su Agenda de fin de semana, las notas de actualidad cultural, el debate sobre autores, ideas e instituciones. Uno termina guardando o recortando una página o un artículo como referencia. Si desaparecieran nuestros diarios preferidos, tu vida cotidiana perdería una parte de su diálogo más libre y creativo. Quedarías reducido a la tele.
 
Precisamente porque es tan fácil encontrar información básica en Internet, aunque muchas veces incompleta o tergiversada, la nota necrológica en el Times está matizada por el buen juicio, la evaluación discreta y el ingenio.  En español, tenemos la costumbre extravagante de publicar cuatro o cinco efusiones de admiración sobre el occiso en cuestión. Sería mucho mejor una página plena, rica en detalle y aguda de visión. Un observador de los hábitos españoles me asegura que cuando un muerto ilustre es celebrado con demasiadas notas, es porque ya no significa nada.  La efusión necrológica equivaldría, así, a un “trabajo de luto” público.
 
La opinionitis que aqueja a algunos diarios en español, es ajena al inglés porque corre por cuenta de un grupo de articulistas que se turnan y relevan con fluidez. Un articulista critica a Obama, otro defiende sus políticas, demostrando la clásica lección liberal de que la verdad está al medio. Lo que no es común en el Times son las opiniones encarnizadas, intransigentes y rebajadoras del otro. Entre nosotros, abunda el articulista que fatiga el espacio de Opinión avanzando sus intereses y legitimando su propia agenda.  Los hay que sólo escriben para refutar el proyecto de Evo Morales; para negarle toda salida a las urgentes reformas cubanas; para anunciar con entusiasmo el fin del mundo en México. Nunca América Latina ha estado tan mal representada en la prensa española; exceptuando, claro, la era de La Mancha. 
 
Te habrá llamado la atención, por otro lado, la creciente diferencia que hay entre los diarios impresos y su edición digital. Algunas empresas han entendido que la versión digital no puede ser una imagen en el espejo, lo que crearía una competencia interna, irónicamente dando gratis la copia para que nadie compre el original.  Esta situación algo esquizofrénica se ha resuelto convirtiendo a la edición digital en un verdadero bazar. Cada hora se renueva el bazar con novedades, adelantos, videos en vivo, porque su duración ya no se debe a la lógica de la lectura sino a la del espectáculo. Varios diarios ingleses tienen un doble monstruoso en su espejo digital.
 
Me llamó la atención que el Defensor del Lector del NY Times volviese a cuestionar los métodos de la edición digital. Hace un par de meses, le dio un varapalo al diario digital por componer noticias con fuentes escritas, en lugar de hacerlo a partir de la investigación propia. Pero esta vez (30 de mayo) se trata de una cuestión ética. Ocurre que un reportero entró al cuarto de un jazzista legendario, recientemente fallecido, sin permiso de la familia y después de que la puerta fue forzada. El reportaje fue publicado en el blog del reportero en la versión digital del Times. En su escrupuloso recuento el Defensor pregunta por lo central: ¿hay un mismo criterio de rigor para la versión impresa y para la versión en Red, o son diferentes standards? Y concluye cuestionando si el reportaje habría sido mejor editado y concebido como artículo en el periódico que como un post. Este Public editor representa al lector porque es impecable en su evaluación. No se permite contarnos sus simpatías y diferencias, y nos deja con una pregunta ética sobre la lectura veraz en esta era digital.
 
Yo estoy convencido de que el lenguaje español más creativo siempre se ha mirado en el espejo de otra lengua. Pero ese es otro post.
 
 
 
 
 
 
 
 

[Publicado el 02/6/2010 a las 15:08]

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Borgeana

1

Una noche, en Nueva York, Yvonne Ochart recordó unos versos de Borges pero no pudo recordar el resto del poema. Es cierto que el lenguaje a veces nos devuelve la memoria que habita en el olvido; con suerte, entre palabras tentativas, un texto se nos impone. Todos hemos soñado el Poema, y al despertar hemos sentido el pánico de verlo desaparecer verso por verso. Yvonne desesperó ordenando su biblioteca. Estaba segura de que eran de Borges pero al no encontrarlos temió que fuesen versos de un poema que ella todavía no había escrito. ¿Qué buscaba preguntando por un poema disputado por el olvido? ¿Por qué esperamos de un texto de Borges lo que el lenguaje no puede ya decir?

2

Casi todo lo olvidaré menos el primer día de clases en la Universidad Católica, en Lima, cuando Luis Jaime Cisneros nos leyó la página de la enumeración de “El Aleph” (“vi el populoso mar, vi el alba y la tarde…”). Creí, con asombro, que Luis Jaime leía esa página para mí. Creí formar parte de la enumeración, asistir a una ceremonia, descubrir lo mucho que puede decir el español. Me fue dado ver el milagro del Aleph, la primera letra, que incluye a todas las demás.

3

En la Biblioteca Nacional de Madrid vi, por fin, el manuscrito de “El Aleph.” Leí cada palabra, reconociendo el estado original del relato,  la huella de la mano de Borges, la tachadura y la elipsis. El cuento se llamó primero El Mirab; Carlos y Beatriz fueron inicialmente hermanos. La página de la enumeración es conmovedora: Borges decidió su orden rehaciendo la sintaxis de los nombres en la visión. ¿Cómo no reconocer la parte de la lectura que nos ha tocado en la metáfora del Aleph?  Nos debemos a esa tinta del origen.

4

Después, en los archivos del Ramson Research Center de la Universidad de Texas, en Austin, en unas delgadas carpetas de Borges, di con tres páginas y un párrafo de su caligrafía; el título “Los Rivero” parece de otra mano, probablemente la de doña Leonor, la madre, quien le ayudaba con las transcripciones cuando la ceguera terminó por imponerse. De la letra de “El Aleph” a la letra de “Los Rivero” la escritura ha cambiado: la primera era del todo legible; la segunda es más laboriosa. Ese progreso de la miopía, en unos seis años, hacía de la escritura un documento intrigante. Borges, se diría, se aferraba a la letra a mano como si defendiera la lectura. Escribir, leer, son operaciones que debemos al lenguaje, donde buscamos habitar. Borges decía que la ceguera, después de todo, no estaba tan mal, aunque no la recomendaba. (Su padre, que presumía de galante, había padecido de una miopía aguda desde joven; una vez, en la plaza de Ginebra donde piropeaba a las señoras, una de ellas le respondió: “Pero Jorge, soy yo, tu mujer”).

5

“Los Rivero” es el comienzo de un cuento que Borges no terminó de escribir.  Releyéndolo, uno se pregunta por qué lo dejó de lado.  Lo llama “crónica,” y es un relato de origen histórico. Lo extraordinario es que un texto tan rico de latencias genéricas o discursivas haya sido abandonado. Pero quizá esa misma potencialidad disuadió a un escritor que descreía de la novela, a la que consideraba una prolongación indulgente de lo que podía ser un cuento preciso. Esa economía inversa no niega las grandes novelas que él admiró, desde el Quijote hasta el Ulises; pero revela la renuncia Modernista a lo que se dio en llamar la “prosa municipal y espesa” del realismo doméstico. “Los Rivero” son los descendientes de un militar argentino que dio batalla en las guerras de la independencia americana. Si el antepasado ilustre es un héroe fundador, los hermanos son personajes menores y patéticos, sin lugar social en una república de “gringos” nuevos ricos. Pero la historia de cada uno de ellos habría exigido un relato extensivo, profuso de incidentes, quizá excedido de énfasis criollos. En El informe de Brodie  hay una historia paralela ("La señora mayor"), sólo que el narrador interviene estableciendo una distancia más que irónica, burlesca, frente a los hechos narrados; con lo cual la historia de los descendiente de un fundador republicano se torna grotesca, ajena. “Los Rivero,” a pesar de ser sólo un fragmento, es mucho mejor: preciso, irónico, crítico. No menos inquietante es que “Los Rivero” sea posiblemente el último relato que Borges intentó escribir antes de perder la vista. El otro relato, el elocuente, que dictó ya ciego, demuestra que la composición mental y el dictado son operaciones de una escritura hecha en las simetrías de la memoria, cuando se ha perdido la letra, y la voz del narrador es menos impersonal. “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres,” había especulado Borges. Y tal vez la novela, que muchas veces prolifera en palabras y lectores, también lo es, sino debate su lugar en la escritura.

 

Los Rivero de Jorge Luis Borges ha sido publicado en edición única de cien ejemplares, con ilustraciones de Carlos Alonso, por Del Centro Editores (delcentroeditores@telefonica.net), que dirige Claudio Pérez Míguez, y la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, que dirige María Kodama (Madrid, 2010).

 

           

[Publicado el 27/5/2010 a las 23:32]

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Del contrato radical de la crítica

¿Qué papel desempeña hoy y cuál es la función del escritor (poeta, narrador, ensayista)? ¿Qué papel y función piensa que deberían ser los suyos?

   Lamentablemente, el escritor no desempeña hoy ninguna función. Salvo la de ser el mejor agente de su propia redundancia. Algunos solitarios aún hablan desde los márgenes, pero su radio de acción ha sido incautado por el de los escritores mediáticos. En ello, no hacemos sino reproducir lo que ocurre en los Estados Unidos, donde ya no hay intelectuales (los académicos son "expertos," pero en el término medio de la opinión); y donde la crítica es ejercitada por los cómicos, los comediantes, que sí emiten voces de protesta y desapego. Por ello, el papel del escritor, hoy día, es combatir las exclusiones: favorecer no la repetición sino lo nuevo, alentar no la perpetuidad de los mismos sino el relevo por los otros, dialogar no con los pocos sino con los desconocidos, explorar las fronteras, poner en duda las convicciones...Cuestionar, en fin, el sistema de poder discursivo que lo sostiene y que él mismo alimenta.

 ¿Cómo podría un artista verdadero ganar el Premio Planeta sin tener que devolverlo, penosamente, por el resto de sus días?   ¿Cuáles son los más significativos cambios que, para bien o para mal, se han producido en el ámbito literario en estos últimos veinte años?  

El más importante cambio es el que ha convertido al escritor de héroe del discurso disidente en figura trivial de las novedades. Este fenómeno, según el cual la producción de nuevos títulos excluye a unos y otros, es sintomático de algo más serio. Ha cambiando la noción del lugar del hecho literario, que ya no es más la "trascendencia" de las obras inmortales, sino la precariedad fugaz del presente, cuyo simulacro es la moda.  Sólo los escritores muy menores se asumen desde la perspectiva de la eternidad. Hoy sabemos que la mejor literatura es  la que lleva el perfume de lo precario, por durable que sea, el temblor de lo pasajero. Las disciplinas del saber y el funcionariado académico, que regenta el monólogo cultural, han dado en creer que la mejor literatura es la canónica, que decide las jerarquizaciones. Nos hemos vuelto ligeramente patéticos luchando contra el sistema, o demasiado complacientes viviendo de él. Pero la buena literatura, desde Cervantes, ha estado siempre sometida por el peso de las malas artes. Ha inventado, eso si, una nueva sensibilidad para ser recuperada más tarde. Toda buena literatura está libre en su misma precariedad: queda librada al milagro de la lectura. Milagro: ver más.  

¿Qué obras o tendencias literarias actuales le parecen más dignas de consideración? ¿Hay solución de continuidad entre éstas y aquellas que para Ud. lo eran hace veinte años?  

 Me interesan las tendencias extra-sistemáticas de los más jóvenes. Por un lado, tenemos el habla inmediata de los afectos; en un mundo donde el lenguaje es más incierto, lo más genuino que los jóvenes pueden nombrar es lo emocional, que no tiene discurso codificado y  es un re-nacimiento del acto de hablar. Por otro lado, los nuevos escritores buscan librarse de la socialización del lenguaje y las representaciones codificadas por las ideologías, a través de la tecnología literaria, la puesta en página, la fragmentación, el juego proliferante, la erudición placentera... Como sabe cualquier lector educado, las palabras pueden ser las mismas pero todo buen escritor las hace nuevas, gracias a que recobra un espacio gratuito. Para mí, se trata justamente de la articulación de lo nuevo, hoy como ayer, que circula, felizmente, para quien pueda reconocerlo. No es fácil: el espacio disponible se ha vuelto residual. Pero gracias a Juan Goytisolo, Julián Ríos, Rafael Conte, y otros lectores y editores alertas, hay márgenes desde donde leer a Germán Sierra, Juan Francisco Ferré, Isaac Rosa, Javier Calvo,  Belén Gopegui, Manuel Vilas, Robert Juan-Casavella, Vicente Luis Mora, Mercedes Cebrián, Augustín Fernández Mallo, Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta...Todos son distintos, y son más.  Están forjando lo que, ahora,  más importa: una nueva comunidad de la lectura.   

¿Qué relaciones establecería hoy entre literatura y lengua, literatura y tradición, literatura y educación, literatura e historia?  

 Ha terminado la sobrevaloración del demótico callejero, que plagó la literatura de los más jóvenes en los años 70, casi como una profesión de fe. Todavía se lee por ahí un castellano entrañable, visceral y prefroidiano, pero ese color local se ha vuelto patético. La única tradición válida es la que podemos actualizar, toda otra pertenece al museo. La llama viva, dijo Pound. Toda la tradición del relato acude a La comedia salvaje, la brillante novela de José Ovejero, para acompañar, por caridad, al lector peregrino de la violencia española. En cuanto a la educación, no acabaremos de lamentar la pobreza de nuestro universo académico. Es un escándalo que los planes universitarios sean enemigos de la literatura, y que el funcionariado bien pensante no cuestione su propia servidumbre. Un mundo en el cual los más jovenes no tienen futuro en la cultura, carece completamente de sentido.   Felizmente, gracias a la complejidad, mixtura y extravagancia de nuestras tradiciones, que demandan ver más, se han hecho oir mejores lectores y profesores más críticos, algunos de los cuales, todavía muy pocos,  son capaces incluso de entusiasmo.  Resulta, por eso, innovador el debate intelectual que proponen los trabajos de Fernando R. de la Flor, el último de los cuales es su opúsculo El misántropo, sobre los nobles españoles que se encerraron en sus torres para no hablar con nadie. Así mismo, es del todo actual el Barroco de ambas orillas, propuesto por Aurora Egido, con gusto y brío.  Y, desde la puesta al día del Humanismo,  Ángel Gómez Moreno desempolva un Medioevo deleitoso. Lo es también la cosecha de versiones populares que nos brinda José Manuel Pedrosa, recordándonos de dónde venimos. ¿Y qué sería de la poesía contemporánea sin los ensayos de Miguel Casado, que le abren puertas que dan al mundo? José María Micó ha escrito sobre Petrarca, Leopardi, Rubén Darío y César Vallejo, mejorando la conversación. Y Joaquín Roses Lozano, con solvencia, sobre Góngora y las Indias... No en vano Sor Juana Inés de la Cruz se imaginó en España y Cervantes en México. Se cruzan cada vez más en la página del futuro, la de las sumas.   Javier García Rodríguez, crítico de talento creativo, ha hecho la primera narración irónica, al modo de una sátira celebratoria, de estas nuevas narrativas en su hilarante Mutatis Mutandis (Hacia una hermenéutica transficcional de las narrativas mutantes: de Propp al afterpop (o "nocilla qué merendilla¨), Editorial Eclipsados, Zaragoza, 2009.  Ahora sí la crítica es parte de la conversación y el camino.   En lo que a la historia se refiere, hoy ésta se decide entre una voz sin verdad y una escritura sin voz, como decía Michel de Certeau. En América Latina, en cualquier caso, todavía creemos que la historia está por hacerse, esto es, por escribirse.   

 

 

[Publicado el 09/5/2010 a las 22:36]

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Por Cuba

 
Me permito sugerirte un poco de paciencia con la dificilísima apertura propuesta por el gobierno de Obama en Cuba.

Te lo digo con la libertad que me da no deberle un café a la Revolución cubana. Pero también con la deuda contraída por la amistad de Antonio Benítez Rojo, Jesús Díaz y Severo Sarduy, cuyas furias y penas compartí en algún tramo de “la gran habladera del exilio”, que dijo García Márquez. Ninguno de ellos ofició de víctima ni de inquisidor, ni tuvieron que demostrar fácil puntería con el cadáver de una revolución.
 
Distintas agencias de negociación trabajan en este proceso, desde las asociaciones de jóvenes empresarios cubano-americanos hasta un reciente bufete de asesores para inversionistas en la Isla. Sobran razones para el escepticismo, incluso alimentadas por las pautas del excepcionalismo cubano, cuya trama internacional ha revelado con detalle Joaquín Roy.  La muerte de Orlando Zapata pone al centro la cuestión fundamental de los derechos humanos y civiles, haciendo más urgente su demanda de futuro.
 
Las transiciones requieren mediadores capaces de desencadenar no sólo los cambios sino los intercambios.  Si uno no se permite el sobresalto democrático por excelencia, la incertidumbre, seguramente dará toda esperanza por perdida. Pero si las posibilidades de un cambio (reforma, proceso) negociado se abren, creo que hay tres lecciones ejemplares para  quienes gestionan las aperturas y relevos.
 
La primera lección es el feroz ejemplo de la transición rusa. Los sovietólogos estadounidenses no creyeron que la Guerra Fría terminaba y se negaron a darle capacidad de acción a Gorbachov. Aún no han dado explicaciones, mucho menos excusas, por su intransigencia. Vale la pena recordar  la desconfianza encarnizada en la Perestroika y la argumentación de esos especialistas negándose a apoyar un cambio gradual porque, según ellos, el Partido o los militares tomarían el poder para destruir un proyecto que sancionaron inviable. Creyeron que la destrucción del estado soviético les daba la razón. Pero estos becarios de la Guerra Fría se quedaron sin juego y no pudieron reclamar el jaquemate. Sus libros terminaron en una nueva sección de saldos de las librerías: Former USSR. No tardarían mucho, eso sí, en reciclarse y pasar de los búnkers del “interés nacional” a los think tanks de la “defensa nacional.”
 
La segunda lección es el ejemplo de la transición española. Por mucho tiempo fue el paradigma académico de las transiciones negociadas, aunque hoy corremos el peligro de perder la memoria de esa transición. El borrón y cuenta nueva, la pala de tierra (ese golpe completamente serio, que dijo Machado) se han convertido en formas políticas del olvido, presuntamente reparador. Nos hemos adaptado a convivir con el anacronismo y la trivialidad, aunque la violencia contra las mujeres y los inmigrantes demuestra que la sociedad de bienpasar no siempre se exige el bien. La crisis económica, además, alimenta la revancha autoritaria de las ideologías arcaicas.  La pérdida de veracidad en los discursos públicos está mejor documentada por el buen periodismo, el autocrítico,  y por la literatura de alarma que le debemos  a la nuevos escritores, los que ahora mismo inventan al lector futuro.  
 
Pero lo tercero, y más importante, son los cubanos mismos. El otro día en la tele una mamá cubana le decía a su pequeña cubanoamericana: “Recemos por tu abuelita, que está en el cielo”. “¿En cuál cielo —preguntó la niña —, el de Cuba o el de Miami?” Y la madre respondió: “El de Miami, m’hija”. Al menos no dijo: en Cuba no hay cielo. Pero si hay dos, podría haber puente aéreo, digo yo.
 
Acabamos de dedicarle en mi Universidad el Quinto Congreso de Estudios Trasatlánticos a la magnífica poeta Reina María Rodriguez, cuyos espacios de comunicación cultural forjados en La Habana son ya un territorio del porvenir. La extraordinaria austeridad y dignidad de su trabajo son una lección esperanzada. Uno cree reconocer en ella la genealogía de la conversación que alentó la obra de José Lezama Lima y Cintio Vitier, esa fe en la palabra como la trama duradera de la humanidad cubana.
 
Se discute en los foros de expertos si el modelo cubano será el capitalismo chino o el vietnamita. ¿No podría Cuba forjarse uno propio? No para exportarlo esta vez, sino para democratizarse. Lo mejor que ha exportado, al final, es su extraordinaria riqueza cultural. Valiosos científicos, intelectuales y escritores han elegido quedarse en Cuba, es cierto. Pero no pocos prefirieron el exilio, no sin buenas razones, aunque los mejores han sido capaces de demostrar su vocación democrática, solidaridad y buena fe. Acordar desacordar será difícil, pero tendrá futuro.
 
En una encuesta me preguntan cuál debería ser el papel de los intelectuales en un eventual proceso de cambios en Cuba. La respuesta es obvia: el que decidan, libre y responsablemente. Libres, primero, del autoritarismo que ha creado —dentro y fuera— pequeños napoleones y feroces josefinas.  Cada quien es responsable de su lugar y turno:  la transición empieza en casa, y pasa del monólogo a las varias voces.
 
Esperemos, eso si, que los expertos respondan por sus opiniones. Y que esta vez  se paguen el café.
 
 

[Publicado el 02/5/2010 a las 05:21]

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José Emilio Pacheco

 
 
1.
 
Cuando lo llamaron para anunciarle el Premio Cervantes,  José  Emilio Pacheco se encontraba en la Feria del Libro de Guadalajara. Mientras se recuperaba,  dijo que había recibido la noticia como los golpes que no duelen inmediatamente y producen una “sensación de irrealidad absoluta.”  Acudió al Diccionario para entender lo que le pasaba. Dos palabras se lo dijeron: “zorimbo” (falto o escaso de entendimiento o razón) y “patidifuso” (que se queda parado de asombro). 
 
Lo ha ganado, me dije, por quienes no llegaron a recibir ningún reconocimiento: Enrique Molina (Argentina),  Emilio Adolfo Westhpalen y Jorge Eduardo Eielson (Perú), Marosa di Giorgio (Uruguay), Enrique Lihn (Chile), Juan Sánchez Peláez (Venezuela), Jaime Sabines (México).  Todos son maravillosamente distintos pero se reconocen en el significado que alienta en la obra de Pacheco: el don de la palabra cierta. Se diría que el Cervantes lo reciben esta vez los lectores de poesía: la mutualidad de la lectura.
 
2.
 
La obra literaria de José Emilio Pacheco está distinguida por el valor de los nombres.  Las palabras, en ella, albergan la calidad de lo durable. 
 
Es una  obra que nos hace parte de la nobleza de nombrar y de la benevolencia de creer; pero también de la ironía de que el lenguaje sea, a veces, más inteligente que el mundo que refiere.
 
Leyéndolo, nos sentimos parte de la vulnerabilidad inquieta de lo más vivo.
 
Compartimos en sus poemas, narraciones, ensayos, crónicas y traducciones, nuestro turno (disputado por el abuso del habla descreída) en un mundo restado de su significado original (límpido, lo opuesto a inmundo), y arruinado por las pestes de nuestro tiempo (el racismo, el machismo, la xenofobia). 
 
La poesía de Pacheco es de lo poco genuino que nos queda luego del fratricidio político prevalente y de la comercialización  de esta vida validada por valores de cambio, últimamente más bien devaluados.  No en vano el crimen es hoy el lado negro de este mercado irrestricto.
 
Si un lector futuro, con nostalgia inverosímil, quisiera saber cómo fueron nuestras vidas de peregrinos del español, tendría en la obra de Pacheco la información suficiente para declararnos la especie desaparecida mejor documentada.
 
En estos libros el futuro lector encontrará la crítica de las fundaciones modernas, que se sustituyen con renovada violencia; y reconocerá las respuestas de una mayoría de edad ética,  que escapan a la justicia, a veces  sin jueces ni juicio.
 
La poesía de Pacheco es una  protesta contra la catástrofe porque la violencia no es cultural sino la refundación moderna que nos acrecienta las deudas. Vallejo, que algo sabía de esto, lo resumió bien cuando escribió que hay que “matar a la muerte.”  Nos queda esa gracia del poema,  capaz de expulsar al lenguaje para volver a hablar. 
 
Los trabajos de esperanza de José Emilio Pacheco tienen la forma de un  escepticismo asombrado. Sólo alguien que cree demasiado en nosotros puede ser pesimista ante lo mucho que puede el hombre en contra, contrariado; y optimista de lo mucho que puede a favor, favorable. 
 
Gracias al Premio Cervantes, tenemos hoy la extraordinaria suerte de poder darle las gracias, devolviéndole la palabra empeñada. Por la dignidad que comparte el lenguaje en su obra.  Por su magisterio discreto, gratuito y fraterno. Pero también por ser tan pesimista y hasta catastrofista (a veces al terminar un libro de José Emilio uno tiene que mirar por la ventana para asegurarse de que el mundo sigue allí); esto es, por seguir negándose al optimismo banal de quienes confunden su bienestar con el bien.
 
Nos ha hecho contemporáneos de los lectores por venir.
 
3.
 
Leamos este poema suyo:
 
En el momento preciso
el espejo revela su más profundo secreto
y dice lo que antes nunca había dicho.
(Espejo)
 
El yo ausente se revela, de pronto, enunciado.  El espejo del habla se abre en la duración plena de un idioma vocálico. Esa voz es la escena del evento: el yo, en el habla, nos es asignado como un nombre que, por fin, nos reconoce. La lección puede ser clásica: el nombre es suficiente para acordar el  yo y el mundo. Pero es también barroca: espejo duplicado, se abre como la escena de la imagen que cristaliza.  Y es, en fin, un contra-homenaje a Lacan: la imagen en el espejo no es el yo, lo es la imagen que parpadea.
 
Este otro es más breve que su discurso latente:
 
La moda pasa de moda.
La desnudez sigue intacta
como al principio del mundo.
(Moda)
 
Este grado cero de la escritura sugiere un contra-homenaje a Barthes. La moda, nos dice, es lo que deja de ser: el paso de una “moda”  a otra “moda” declara el sistema. Esa repetición es un paralelismo y una duplicación: el nombre celebra su nombradía. Anuncia que su función es pasar, tránsito sin otra validez que su sustitución. La desnudez, ahora, hace del cuerpo el comienzo del mundo. De modo que la lección es clásica: el barroco cede sus telones, decorativo. La validación de lo vivo recusa el desvalimiento del mercado. Prevalece la palabra desnuda, otra y única.
 
Cervantes habría aprobado la noción de una palabra poética capaz de recobrar el valor y la valía
 

[Publicado el 23/4/2010 a las 16:59]

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Conversaciones al pie del taller

 
Es probable que el escritor sea el pretexto que tiene un libro de convertirse en otro. Pero el taller, se dice aquí, está hecho de escritores que estudiaron en algún taller y enseñan ahora técnicas de escritura a jóvenes escribas que conducirán otro taller. Hasta hay, se dice, una literatura que lleva el aire de fábrica del taller literario.  Hace unos años, los poetas repetían que el único modo de publicar un poema en el New Yorker era mencionando la palabra agua. En cambio, mi viejo amigo Christopher Middleton en uno de los poemas que le ha publicado la revista, menciona a Dios en español; como si sólo fuese posible citarlo en esta lengua.  Ya que estamos en ello, recordaré que el New Yorker tuvo una reunión editorial para evaluar la publicación, por primera vez en su historia, de la palabra “shit.” La usaba Gabriel García Márquez en un capítulo de Cien años de soledad  que tradujo Gregory Rabassa, y la revista quería publicar. Los editores, impecables, la admitieron.
 
Algunos interlocutores de esta bitácora me han hecho llegar comentarios y noticias a propósito del taller, y consigno algunos para prolongar la conversación.
 
Propuesta de Juan Andrés:
 
"La poesía es un árbol sin hojas 
que da sombra."
(Juan Gelman) 
 
Un verso que lleva todas las vocales, es casi una provocación. Siempre he creido que Rubén Darío se hizo poeta al descubrir en su nombre todas las vocales, casi el idioma entero en las manos.  Y es notable cómo el pie quebrado grafica el sentido de lo dicho, en este caso, la sombra. Lo otro es el eco anagramático: que da sombra, ¿o queda sombra?  ¿O que asombra?  Y, luego, el taller favorece las variaciones de estilo: Sombra sin hojas/ árbol es/ la poesía.  O tambien: Sombra da un árbol, hojas de la poesía.
 
Comentario de Abelardo Martínez:
 
“Puedo entender un taller de narrativa, de novela, donde se le pueden dar las pautas al alumno de como hilvanar una historia, de como jugar con los tiempos, etc. Ahora bién, un taller de poesía es algo muy complicado. En Noviembre pasado, impartí uno, de forma solidaria, en la mayor prisión de Europa, que es la de Picassent, ante treinta y cinco reclusos, miembros del grupo de lectura de la cárcel. No me llevé ni papeles, ni esquemas ni nada por el estilo, improvisé como siempre hice. Leer textos, hacer que recitaran, hacerles ver que en la poesía nada está escrito, salvo los sentimientos personales, las vivencias y las formas de soltar nuestros demonios. Me acompañaron amigos escritores, que tambien les daban alguna charla magistral sobre literatura, incluído un Premio Nacional de poesía. Lo pasaron bien, muy bien. Fruto de aquellos talleres, nació el libro Poemas desde la prisión, que este año está muy dignamente en la Feria del libro de Valencia. Gracias a ese taller, al proyecto, un recluso cumpliendo condena, estará el día 25 de Mayo, firmando ejemplares del libro, que lleva mi firma. En la caseta de la organización. A su lado, estará firmando tambien ejemplares de su libro el escritor Fernando Delgado. Este hecho, es la primera vez en la historia que ocurre. Todo, todo este proyecto solidario, cuyos beneficios van para una noble causa en la prisión, surgió a raiz de ese taller que impartí sin tener ni puñetera idea de como se imparte un taller de poesía; pero que fue precioso, ya lo creo.”
 
Extraordinaria historia: la poesía le permite a ese recluso dejar la prisión y firmar la antología que lo incluye. Le debe al poema ese día de libertad. Que la poesía abra las puertas de la prisión es algo que sólo ocurre en la poesía.  El taller de escritura se debe al lugar donde se produce, está situado en su contexto, para excederlo. Por eso, siempre he creído que la poesía pertenece a un tiempo verbal futuro. Al leerla se actualiza, pero acontece en el porvenir, donde las palabras hacen nuevo ámbito.  Varios escritores norteamericanos han formado parte de proyectos culturales dedicados a los presos, que incluyen el taller de escritura. En Lima, la poeta Rocío Silva Santisteban promueve un concurso de escritura creativa entre los presos.  Pero lo que cuenta Abelardo es único.
 
Los poetas Ernesto Cardenal y Claribel Alegría, que hace unas semanas celebraron sus 85 años de entusiasmo intacto por la poesía, son responsables de haber hecho de la poesía una forma cotidiana, en buena parte desde los talleres, con los que han mejorado la calidad de vida en Nicaragua. Claribel me contó en Managua del taller para niños enfermos de cáncer que Cardenal sostenía con donaciones del exterior. Un niño había escrito un poema que llamó el Poema de los No, que recuerdo así:
 
No a la guerra
No al hambre
No a la violencia
No quiero morirme.
 
Taller de Pablo Torche
 
Torche es uno de los jóvenes narradores que encontré explorando las nuevas rutas del relato chileno para la Cátedra Chile que dicté en Salamanca en enero.  Sus cuentos están escritos con un desenfado nuevo, que busca abrir espacio en la asfixia literaria del país. Su primera novela, Acqua alta, es una historia de amor en Venecia, hecha desde varios estilos parodiados, desde Borges hasta Bolaño, casi un taller narrativo sobre como encontrar ante los modelos establecidos una línea de fuga que sea de recomienzos.  Uno de los capítulos está hecho enteramente de citas apropiadas, recortadas por la máquina de podar narrativo.
 
Su empresa,  no se basa en la práctica serial de la literatura conceptual, tal como la practica el argentino Pablo Katchadjian en sus libros El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (07) y El Aleph engordado (09), operativos de un taller-post; esos textos ilustres son reordenados por una intervención  metódica, que desmonta el monumento cultural con la objetividad gratuita de un lenguaje transaliterario. Torche, en cambio, actúa por saturación, para desbrozar el bosque escrito y encender su propio fuego.
 
Este es el problema de la sociedad chilena ahora: valoramos sólo lo racional, lo concreto; en el fondo, lo literal. Por quedarnos con estas pequeñas verdades literales, perdemos el sentido más profundo. Por eso a Chile le cuesta ahora reconocerse a sí mismo, se siente extraviado, enrabiado, herido", ha dicho al diario La Tercera. En el blog Panikocl, Antonio Díaz Oliva le pide su opinion sobre la literatura chilena actual, y Torche responde: “Es magra. Es bonito decir lo contrario, pero nadie se lo cree. Quizás en poesía es más fuerte, más variado, más exploratorio. Pero en narrativa estamos en anorexia, y ni siquiera desde un punto de vista súper literario o cultural, sino simplemente de escritores que tengan un grupo de lectores, gente que los lea, los disfrute: son poquísimos, todo el mundo sabe eso.” La próxima pregunta se impone: Y el efecto que ha tenido Bolaño en el último tiempo, ¿qué te parece?” Creo, responde Torche, que la influencia de Bolaño ha sido excesiva. Eso es típico de Chile, la búsqueda del padre, una especie de referente, y cuando lo encontramos, nos subimos todos al carro, sin ningún pudor. Y resulta que ahora tenemos mucho “bolañito”, algo medio desvergonzado. “Maten a Bolaño” como dijo Gombrowicz al irse de Argentina.”  Lo dijo de Borges, como quien recomienda el suicidio. Sólo que en el caso chileno ya no se trata de Bolaño sino de su figura.
 
No me extraña, por todo esto, que Torche hable desde su propio taller literario, incluído en una idea del Taller, que en Chile es uno de los pocos espacios de respiración para los escritores jóvenes.  Ese mapa de talleres está articulado por el planeta rotante de blogs, donde predomina una crítica ardorosa y feliz, o sea, de buena salud. Está por escribirse el papel fundamental que los talleres literarios jugaron en los años de la dictadura y a lo largo de la transición chilena. Varios de ellos fueron modelos, más que de escritura, de lectura crítica, que de eso se trata, ayer y hoy: de la puesta en crisis de las formas de lectura dominante y de los modos de reproducción validados. 
  
  
 
 

[Publicado el 19/4/2010 a las 06:39]

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Taller y talleristas


Ana Merino, poeta vivencial, estuvo la semana pasada en mi Universidad compartiendo las jornadas del quinto Congreso de Estudios Transatlánticos, esta vez dedicado a los escenarios del Futuro. Uno de ellos corre a cargo suyo, ya que acaba de sumarse al fecundo espacio de la Universidad de Iowa, donde dirige una Maestría de escritura creativa en español. Hemos descubierto que dentro de todo taller hay otro taller; y, para ilustrarlo, reúno estas versiones de mis estudiantes, que algún otro tallerista debe haber ya ensayado. Los tres primeros ejercicios parten de la fábula “Por qué las mujeres escriben mejor que los hombres,” de Ana María Shúa; los dos últimos rescriben el cuento “Carne,” de Mariana Enríquez; ambas son argentinas y formidables.
 
Olivia Singer:  Otra representación de los afectos
Hay demasiadas maneras de narrar este cuento. Podríamos empezar con una discusión sobre los hombres.  Hablemos de su imposibilidad de ver las cosas que para nosotras resultan tan obvias.  Luego, yo narraría directamente mi reacción ante la frialdad del hombre.  Es posible que entiendas algo de mi desilusión.  Pero esta vez, desde este momento, el ritual no va a funcionar. Mis labios no pueden apoyar estas ceremonias: estoy cansada de su ritmo y de este cuarto vacío. No quisiera que mis tragedias sean tan “cliché”, tan “del año pasado.” Mi deseo es que sientas esta emoción como si la hubieses vivido. Los colores brillantes regresan mortecinos. Tengo una visión de lágrimas en las que fluyes, hasta perderte.  Sin tocarla, vas a sentirla toda.
¿Piensas que es justo herir así? He llevado mucho por tanto. Pero llega el momento en que se tiene que dejar la dureza, abrir la boca. Revelar no será suficiente.  Hablar sobre las tradiciones sólo me enterraría más.  El signo más obvio de la locura es la incapacidad de reconocer su propia existencia. No quiero decir que estoy presente y consciente.  Tiemblo con el deseo de ser suficientemente sana para que veas esta presencia. Podemos hablar sobre lo que ha pasado, pero nadie verá estos sueños de reconocimiento.  Vamos a olvidar estas improbabilidades, y sacarte de la rutina a otro momento de desorientación.
Con cada palabra que escribo, recuerdo la verdad de la historia.  En realidad, no hay modo de comunicar este trozo de tiempo. Busco las conexiones y las comprensiones, pero sólo voy a tener páginas llenas de mentiras. Tú no puedes advertirlo. Estás completamente entumecido. La persistencia de esta acción, la de tratar de explicar, lleva mi vida a una irrealidad. Hay demasiadas maneras de terminar este cuento pero ninguna empieza diciendo que me has abandonado, amante.
 
Matt Doup: Otra modesta proposición
Según los expertos, incluyendo los de las Naciones Unidas y el Tribunal Internacional del Crimen, los niños son más apropiados para la guerra que los adultos. Las estadísticas no mienten: históricamente, los niños han experimentado menos bajas que los hombres en situaciones de guerra. Presentan blancos más elusivos para el enemigo, y a veces provocan la compasión del adversario. Los estudios demuestran que los niños tienen 76% más éxito en evitar las balas, y  50% menos probabilidad de detonar las minas de tierra, gracias a su peso ligero.
El humanitario Sadam Hussein afirmaba que los niños y los adolescentes son más prescindibles que los hombres en términos de su contribución intelectual a la sociedad. Hussein explicó que esta distinción es independiente de la clase, raza o etnicidad. Por eso, según él, los niños son los candidatos naturales cuando se trata de seleccionar gente como refuerzo humano.
Los niños pequeñitos, se arguye, son los mejores guerrilleros por su curiosidad inherente y su completa ignorancia del peligro. Esta combinación de calidades les hace luchadores temerarios.  Si el enemigo tuviese corazón para matarlos, los convertiría en fuerzas inmortales a los ojos de la comunidad internacional. 
Tiene sentido la visión de nuestro gobierno de mandar exclusivamente niños a la guerra y otros actos de violencia. El presupuesto de la defensa nacional (y el endeudamiento) se reducirá considerablemente. El gobierno ya no requerirá gastar dinero en armas, porque los niños no sabrían cómo operarlas ni tendrían la fuerza para llevarlas.
En fin, que un niño es detector de bombas o bomba humana, lo que se requiera. Los hombres, simplemente, no compiten con su valor y versatilidad guerrera.
 
Michelle Levinson: Las mujeres controlan el mundo
Además de las razones obvias de inteligencia superior, gentileza, y gran capacidad de tomar decisiones difíciles, la evidencia científica prueba que las mujeres deben controlar el mundo. Estudios recientes han demostrado las correlaciones entre cocinar y la facultad de elegir la mejor opción.
La paciencia, que es esencial para esperar que hierva el agua, también asegura que las decisiones son hechas con suficiente reflexión. Aunque es común querer decidir a prisa, es peligroso no tener todas las opciones en consideración. Los hombres ocupan su tiempo en mirar carreras de autos y prefieren orinar en el  matorral en vez de buscar el baño. No tienen experiencia en esperar y tienden a decisiones apresuradas. En cuanto a los problemas más complejos del mundo, como las relaciones de seguridad y la guerra, esta paciencia es crítica para asegurar que los malos entendidos no terminen en crisis violentas. 
Los hombres son bastante débiles en este arte porque sólo pueden enfocar su atención en un problema a la vez. Esta debilidad viene de una predisposición peculiar que se manifiesta entre el cuarto y el séptimo año de vida: la obsesión singular. Aunque es aceptable que un chiquito se obsesione con los trenes, la construcción o los dinosaurios, esa predisposición tiene serias consecuencias. Los especialistas en desarrollo juvenil todavía buscan un remedio para esta tendencia. Hasta que lo encuentren, será mejor dejar las decisiones multifacéticas para las mujeres, quienes pueden considerar todos los aspectos con mayor facilidad. Problemas complejos como el cambio medioambiental y la distribución mundial de recursos económicos tienen demasiados lados para que los hombres los entiendan.
Mientras aprenden, será mejor para todos que las mujeres controlen el mundo.
 
Jennifer Glass : Email en cadena
Dos chicas que pronto cumplirán dieciocho años se liberan de padres y médicos para tocar las canciones de “Carne” en sótanos y garajes. Las fans esperaban, las uñas pintadas de negro y los labios manchados de vino tinto, el mensaje que les daría la fecha y el lugar de la Segunda Venida, el mapa de una tierra prohibida. Y escuchaban la última canción de “Carne” (donde Espina susurraba: “Si tenés hambre, comé de mi cuerpo/ Si tenés sed, bebé de mis ojos”), soñando con el futuro.
CHICAS! Si eres una verdadera Espinática, reenvía este email a todas las otras fans.
Quizás hayas escuchado ciertos rumores circulando…¡no son mentiras! Dos chicas han verdaderamente consumido la música y el mensaje de Espina, y tú también podrás hacerlo. Llega el momento de liberarnos de los que no nos entienden. Los críticos, los profesores, hasta nuestras familias temen la venida del futuro. El futuro es Espina. ¡Viva Argenespina!
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo también daré por la vida del mundo es mi carne. Juan 6:51.
Reorganiza las letras:
SANTIAGO ESPINA à IS PAN, I EAT A SONG
AVISO: Si te crees fan y no reenvías este email a todos los demás, ¡te arrepentirás!
 
Colleen McDonald:  Otro suicidio en Barcelona
P-¿Un espejo, dijiste? ¿Y que viste en ese espejo?
A-Había un gran espejo, y poca luz. Vi mi propia imagen y, detrás, la de mi madre, y en sus manos dos píldoras. Pienso que de colores diferentes- azul y rojo, o algo así. Al tomar una moriría en veinticuatro horas, y mi cuerpo sería enterrado. Si tomaba la otra, moriría en pocas horas y mi cuerpo sería incinerado. Traté de adaptarme a esa realidad. Lo romántico de todo ello, la belleza halagüeña de la muerte, pero…
P-¿Y qué pasó?
A-Nadie me contestó. Mamá me dijo que tuve que morir, que estaba bien, que ella estaba bien, que no me preocupara.
P-¿Puedes seguir, Ana? No hay nada que no me puedas decir.
A- No tengo un alma, no tengo un dios. Tengo sólo esta fealdad de mi cuerpo, que es todo lo que soy. No podría hacer nada más,  nunca más la vería. Sería mi fin. ¿Y cuál escoger? ¿El fuego, o la desintegración?  Le dije que no, no tragaría ninguna de sus medicinas.
P-Veo que estás agotada. Llamaré a la enfermera, para que te lleve a tu cama.
N-Noticia especial: una monja joven muere de inanición. Mientras que sus superiores hablan de la enormidad de su devoción, sus padres, separados, amenazan con demandar al convento. “Es claro, dijo el padre a la prensa, que mi Ana sufría de una gran negligencia por parte de sus superiores.” Pero los doctores tienen una historia diferente.
P- Días antes de su muerte, Ana insistió en que podía vivir con el cuerpo de Dios y nada más; que se sentía bien. Pero, con casos de esta magnitud, la posibilidad de una recuperación es pequeña. Cuando Ana me dijo que la hostia era sucia, supe que la perderíamos en poco tiempo.
N-¿Una mártir o una víctima? El debate sigue.

 

[Publicado el 14/4/2010 a las 04:38]

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El crítico peregrino


  
Joaquín Marco. El crítico peregrino. Leer y escribir sobre narrativa española. Madrid: Marenostrum, 2009. 
 
Esta recopilación de ensayos, balances y artículos sobre novela española moderna y contemporánea  es, en primer lugar, una biografía intelectual de Joaquin Marco, de su vasta producción crítica y su permanente fe en la lectura. Esto es, de la necesidad vital de interpretar la producción literaria como el íntimo proceso de la formación nacional moderna. Editor de largo aliento, crítico constante desde la prensa barcelonesa, compilador de trabajos criticos sobre autores y movimientos literarios claves; hombre, en fin, de letras comprometido con la escritura de su tiempo, Marco representa la estirpe más civil del crítico como agente  cultural, a la vez tolerante y justo.  Durante cuarenta años, Marco ha practicado la crítica como testigo privilegiado del  movimiento cultural que buscó abrirle puertas a la cultura española, siguiendo la promesa moderna de una sociedad que, en la lectura, adquiría su conciencia reflexiva y su capacidad de diálogo.  Este libro prueba que las palabras ganaban, desde la literatura,  la veracidad mutua.
 
No es casual, entonces, que la primera parte de esta compilación se titule “Una literatura para la democracia,“ y empiece con las evidencias: las literaturas de España se han desarrollado, desde la Guerra Civil, frente a un escollo principal: la censura. Este libro incluye trabajos que van de 1965 hasta 2003, aunque la mayoría son de la década de los 70, y corresponden, por lo mismo, al horizonte de expectativas abierto por la democracia. Pero si el largo debate por hacer de la crítica una forma adelantada de libertad ciudadana, es parte ya de la historia intelectual de la recuperada modernidad española; las promesas de la transición, en cambio, no se cumplieron literariamente como movimiento de renovación.  Las grandes novelas que saldrían a la luz al acabar la censura, no aparecieron. Más bien, las mayores novelas se dieron en esos años de fermento y lucha contra las censuras. Y también, cuando se asumió el riesgo formal,  el diálogo creativo con la novela latinoamericana y la recuperación de la novela española del exilio. En la sección “De Nada a la Modernidad,” Marco recuenta principalmente la obra de Cela, Delibes y Torrente Ballester, seguramente proyectos modélicos. Pero en la siguiente sección y más decisiva, “Una narrativa camino a Europa,” el crítico recorre la gran diversidad narrativa de  la transición: Semprún, Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, García Hortelano, Juan Goytisolo, Martín Santos, Marsé y Luis Goytisolo, sobre cuya obra se detiene con más atención, y no sin buenas razones; la serie iniciada con Recuento es una de las mayores articulaciones contemporáneas de la novela escrita dentro de España. Luego, Marco reúne bajo el rubro de “Por caminos inciertos,”  la disyunción de voces y tendencias que van de Vázquez Montalván a Enrique Vila-Matas.  Mientras que las secciones anteriores están signadas por la certidumbre, ésta testimonia las rutas no de la ficción sino del campo cultural,  que estos años de bienestar  transforman sus convicciones, hábitos, y expectativas. La literatura deja de ser una actividad heroica y pasa a ser materia del mercado en la sociedad del espectáculo.  Pero el crítico, con mano firme, separa la paja del grano y, con buen ánimo, recobra aquello que promete futuro.
 
Joaquín Marco empezó su fructífera carrera  en Destino y fue crítico literario de La Vanguardia. Su trabajo incluye la monografía, el estudio académico, y la edición formal, pero nunca consideró su labor divulgadora como menor  y fue capaz de hacer, con igual rigor, la reseña periodística. Fue por mucho tiempo unos de los pocos críticos españoles dedicados con fervor a las literaturas latinoamericanas. En la memorable serie OCNOS que fundó y editó, aparecieron por primera vez en España los principales poetas latinoamericanos pero también algunos libros de poetas españoles del exilio. Catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona, fue uno de los muy pocos que le hizo lugar a las escrituras de la otra orilla. No menos rico de lecturas y recuentos será el tomo de sus trabajos sobre hispanoamericana que debe seguir a esta compilación.
 
La atención crítica de Joaquín Marco tiene la forma de su devoción literaria. Merece reconocimiento esa labor discreta,  tan vital como intelectual, tan gratuita como necesaria.
 

[Publicado el 05/4/2010 a las 21:21]

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Biografía

Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Bibliografía

Crítica

 

Transatlantic Translations. Londres: Reaktion Books 2006

 

Rubén Darío y la lectura mutua. Barcelona: Omega 2004

 

Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno. Santiago: LOM 2000

 

El principio radical de lo nuevo. Lima: FCE 1997

 

Retrato de Carlos Fuentes. Madrid: Circulo de Lectores 1995

 

Arte de innovar. Mexico: UNAM 1994

 

El discurso de la abundancia. Caracas: Monte Ávila 1992

 

Una poética del cambio. Prólogo de José Lezama Lima. Caracas: Biblioteca Ayacucho 1992

 

Reapropiaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico. San Juan: EUPR 1991

 

Gabriel García Márquez and the Powers of Fiction. Austin: Texas Press 1988

 

Crítica de la Identidad. México: Fondo de Cultura Económica 1988

 

Cultura y modernidad en la Lima del 900. Lima: CEDEP 1987

 

Poetics of Change, The New Spanish-American Narrative. Austin: Texas Press 1986

 

Figuración de la persona. Barcelona: Edhasa 1971

 

La contemplación y la fiesta. Caracas: Monte Ávila 1969

 

 

Ficción

 

Teoria del viaje y otras prosas. Madrid: Ediciones del Centro 2009

 

Adiós Ayacucho. Lima: U de San Marcos 2007

 

Puerta Sechin. Tres novelas breves. México: Jorale Ed. 2005

 

Habanera. Palma de Mallorca: Bitzoc, 1999; Lima: Fondo PUC 2001

 

Emotions. Poems. New York: 2000

 

La mesa del padre. Cuentos. Caracas: Monte Ávila 1995

 

Ayacucho, Good Bye. Pittsburgh: Latin American Review Press 1994

 

 

Ediciones

 

México Transatlántico. Con Celia del Palacio. México: FCE 2008

 

Rubén Darío: Poesía. Barcelona: Círculo de Lectores 2007

 

Carlos Fuentes: Obra reunida. México: FCE 2006

 

Gaborio. Arte de Releer a Gabriel García Márquez. México: Jorale 2004

 

"El Aleph" de Jorge Luis Borges, ed. Critica. Con E. del Río Parra. México: El Colegio de México 2008

 

The Picador Book of Latin American Stories. Con Carlos Fuentes. London: Picador 1998; New York: Viking 2000

 

Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Con M.F. Lander. Madrid: Cátedra 2002

 

Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. México: Siglo XXI 1997

 

La Cervantiada. Madrid: Libertarias 1994

 

César Vallejo: Trilce. Madrid: Cátedra 1996

 

Julio Cortázar: Rayuela. Con Saúl Yurkievich. París: Archivos 1993

 

America Latina in its Literature. Con César Fernández Moreno. New York 1984

Enlaces

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