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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 14 de diciembre de 2019

 Blog de Julio Ortega

Las voces a ellas debidas, 2

 


 

Mariela Dreyfus (Lima, 1960). Gravedad.

N.Y, Arte Poética Press, 2017

 

La veracidad de la conversación (menos confesional que íntima y más sobria que dramática) nos descubre en estos poemas como interlocutores tomados en serio;o sea,

capaces de certeza.

Si hubiese un Archivo de la palabra viva de las poetas del español, seguramente tendríamos un registro emotivo de la condición femenina, capaz de asignarnos un lugar en su mapa dialógico.  Para tomarle la palabra a Blanca Varela, propuse que su voz nos revela una verdad en carne propia.

Pero si ella escribió en la intemperie del lenguaje, Mariela Dreyfus busca afincar en las palabras, que son la mutualidad de la que estamos hechos.  Se diría que, en su caso, el poema es el lugar de construcción de una mutua certeza final.

Desde la razón ardiente, Rocío Silva Santisteban elabora parábolas exacerbadas por su desgarro.

Mientras que Carmen Ollé se subsume en la memoria del canto celebratorio.

Magdalena Chocano, por su parte, cifra en el temblor del poema una pregunta reflexiva.

Victoria Guerrero hace del coloquio el espacio mutante del reconocimiento compartido.

Y Ethel Barja, siguiendo la lección de Vallejo en Trilce, podría reecribirlo todo de nuevo, en el sentido contrario.

Todas ellas (y son más) han intervenido el coloquio de la varia violencia peruana que ha tomado la plaza pública del habla. La feroz violencia de género tiene su  matriz en la corrupción

intrínsica del sistema y su lenguaje canalla. La poesia es la

verdad compartida: contra el mal gobierno mejor lectura.  

Mi hipótesis es que Dreyfus forja la autorización de una voz.

El poema asume una voz aseverativa para decir máscomo si la

veracidad encendiera el ámbito de la comunicación entre

nosotros. No pocas veces el discurso forjaun lugar en la

inteligencia mutua, esa revelación de nosotros mismos de cara

a la verdad.  De pronto, estas voces nos llaman, citados a dar

cuenta de nuestra fe verbal. Por hábito, buscamos referencias a

mano: un espacio social, una historia familiar, las afueras del

poema.

Pero Mariela Dreyfus no se detiene en los escenarios, su escena

desencadena el ingreso inmediato a la gravedad de su inquisición.

Lo notable es que su indagación sea una pregunta por nos-otros,

por lo otro del nos.  No sólo el lenguaje pregunta por el hablante,

también la naturaleza, hecha verbo, pregunta por el relato latente

del sentido en pena; de la penuria de todo en lo precario de uno.

Nos queda, de esa zozobra, la protesta de los límites:

                Cuervo de la tristeza y el insomne:

                sacude con tus alas el presagio

                o aviéntame del pico

                un cuerpo a qué aferrarme entre las piedras. 

No se trata de cuantas poetas mujeres entran en una antología.
 
Basta una para desmontar el tinglado.  
 

 

[Publicado el 17/6/2019 a las 02:03]

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Las voces a ellas debidas,1


 

Julia Castillo
(Madrid, 1956). Místico solo. Amargord, Madrid, 2017
 
Desde sus primeros libros Julia Castillo se planteó el poema como una demanda radical: ser la nitidez del conocimiento; esto es, no duplicar el mundo ni la literatura sino poner a prueba su propia hipótesis, diálogo y tributo del saber poético. Soliloquio dialogado, su obra desarolla la indagación de un mundo extraviado en la escritura dominante, recobrado en la demanda visionaria. Sus coordenadas fueron el pensamiento de María Zambrano y José Lezama Lima; tanto como la inquisitiva y cifrada visión de José Angel Valente, que suponía las rupturas de Vallejo con el coloquio y la necesidad de una certidumbre sin poder ni precio. Hizo suya, además, la lección de Emilio Prados: el discurrir del mundo en la trama leve y fabulada del poema. En ese ámbito  del lenguaje la poeta encuentra su paraje. La lección de Emily Dickinson, a quien tradujo al español, le fue inspiradora y discreta. Lo que nadie hizo como Dickinson, fue desatar el verso de sus anudamientos referenciales. De modo que el poema no es una réplica pero tampoco una metáfora de lo vivo, sino la verdad de lo nombrado, su forma de cuarzo revelada. Conocer el mundo desde la poesía es una hipótesis que había adelantado Vallejo, haciendo del habla un teorema de lo vivo. Entre sus más próximos, Julia Castillo tuvo a sus pares: José Miguel Ullán, formidable parteaguas, cuya práctica de rupturas tocó los límites del español; y Teresa Gracia, breve y desapacible verbo del exilio anarquista. En los años que vivió en el Oriente Medio su diálogo con otras tradiciones, de orden visionario y religador, propició que su escritura cristalizara, en el poema mismo, un acto de articulación poética, quizá único en español; tal vez paralelo a las demandas de Lezama Lima y Fina García Marruz. La fluidez de la traza, ese tiempo de la voz, discurre en la suma decantada de este libro. Y hace del proceso nominal un desdoblamiento del verbo que remonta el paisaje místico de nuestra tradición. La fluidez enunciativa y su discurrir meditado, cristaliza en suficiencia visionaria y lacónica:
            y el poema- 
            una vez escrito-
            es el que restablece
            la simplicidad
            del no-escribir.
            El poema descubre la intimidad del lector en la dialógica que traza. Y asume la palabra más viva en la intemperie,  donde se hace camino.  La enunciación, se diría,  excede la sintaxis y reconoce su promesa: Un libro cuyas palabras no definen sino que recuperan otro trance del camino en la lectura. Su ruta epifánica viene de lejos, pero reconocemos su linaje como una certidumbre remota, esa nostalgia. En sus últimos libros Julia Castillo nos recupera  con la voz de los orígenes, aquella que nos confirma como criaturas hechas en la fe del interlocutor. Por lo mismo, la práctica poética no sólo supone que vivimos una época infame, presidida por delincuentes; presupone también que la miramos de frente:

            sin mediación alguna-
            ves al extranjero
            sin refugio 
            en la plaza:
            y visitas momentáneamente
            y casi agradecida-
            el pesar en que vive.
            Todos somos su huésped...

            Sobre la ética y estética del diálogo traman con brío sus demandas de escenarios Olvido García Valdés, Esperanza López Parada, Susanna Rafart, Marta Asparren, Ana Gorría, Azucena G. Blanco...

 

[Publicado el 13/6/2019 a las 21:14]

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Tramas de El Norte


EL NORTE

The Epic and Forgotten Story of Hispanic North America

By Carrie Gibson

539 pp. Atlantic Monthly Press 2019

 

One hundred years before the arrival of the Pilgrims, the Mexicans were already here. With typical dark humor, Alfredo Bryce Echenique used to say that when God ordered Fiat lux, Hispanics were already late with the bill for Bell. Carlos Fuentes was 10 years old when his father, a Mexican diplomat in Washington DC, took him to see a film that included the secession of Texas from Mexico. The boy stood up in the dark and cried, “Viva Mexico!” It was a sense of duty he carried all his life. García Márquez journeyed to the South, following in Faulkner’s steps. Perhaps he saw at the cinema a silent short about a man in front of the firing squad watching his whole life rolling back as a calendar in reverse. In his own Faulknerean accounts of too many years of solitude he adds that the Americans, with the excuse of eradicating yellow fever, stayed in the Caribbean far too long. Fuentes was once forbidden to disembark from a ship in Puerto Rico, and García Márquez was asked to strip naked at customs.

El Norte: The Epic and Forgotten Story of Hispanic North America  is the book that Americans, Anglo and Hispanic, should read as an education on their own American place or role. Crossing the borders has become a formal rite de passagetowards identity, a dramatic task in Spanish because we have eight names for the Wall, English only four. Thus, Latin Americans are experts in dealing with walls, fences, and barriers.  The history of miss-readings has created a phantom of the Law of the Land that goes around as Mexican, Hispanic American, Puerto Rican, Cuban, Caribbean, and Latin American. Not to mention Latino, Mestizo, Mulato, Asians, Native, Anglo Americans, and every other wall of misrepresentation. This formidable display of categorization, conflicts, and crossroads has produced the most complex, intricate cultural system of representing ethnic territories, racial mappings, and exclusionary perceptions. To split the atom has proved to be easier than to split a prejudice. The civil society reinforced what is not-inclusive: skin color, religion, and language. This formidable racialization demonstrated an identity forged, across the border, from the color of the others, languages of origin, religions, and bone size. An historian from Cambridge, Carrie Gibson carries on the formidable task of accounting for the relevant and telling cases of our modern process of national formation and regional negotiations. This is a serious book of history but also an engaging project of reading the future in the past. That is, we still are working in the American grain.

            As a forgotten epic, one can read this story as a most reliable travel guide. It is a long ride along the map of an elusive but powerful history that, even if new to most of us, is a familiar tale of many nations moving beyond the walls into a territory of common goals. In most of the cities there was someone writing and protesting, forging from modest presses a regional demand of a possible public space, the voice of a civilization of the law against intolerance and violence. To those forgotten heroes of the press, journalist and chroniclers, travelers and booksellers, the reader owns his reading. Of course, some cases are more tragic than others, as is the painful history of Puerto Rico, were the Tainos, the pacific society that Columbus encountered, had an easy laugh and were curious as children. We now know, thanks to the Spanish historian Consuelo Varela, that Columbus stopped their baptism as Christians in order to sell them as slaves; he even managed to get a percentage from the first bordello in the Americas. The Tainos, of course, disappeared, but the Caribbean decided otherwise. They didn’t appreciate Columbus’ marbles, and would have returned to Mr. Trump paper towels he throws to the victims of the last hurricane. History repeats itself, now as shame.

What is fascinating about this book is that its encyclopedic project is not a rewriting of history but a telling of readings. Almost each historical event is retold within the sequence of facts, memory, recording, evaluation, and discussion. That is, history leaves the mourning authority of archives and takes its place in a long conversation that settles down a modicum of evidence as common truth. The notion that truth could be reached through dialogue presupposes a long pilgrimage, a travel through violence, discrimination, racism, the locus of the Inferno created by occupation, exploitation and low salaries. The narrative becomes not a tribunal but the locus of a dialogue that plays a classic role, that of offering hospice to language and shelter to the lost of meaning imposed by violence. Mexico lost half its territory and many lives, but the voices of Thoreau and Lincoln were of alarm and hope. The model of replacing a tribunal with a conversation, was propose by Montaigne when, lacking friends, lamented that Plato was not here to talk about the wonders of the New World and their inhabitants, whom ignored the distinction between mine and yours.

The author lets the facts speak. But one would like to keep reading the saga of memory, that is, the literary version of the epic and the labors of fiction. Domingo F. Sarmiento came to the US to learn from American progress, and as president of Argentina to replicate those monuments of civilization: schools, railroads, immigration...Each of them fell short of the expectations. José Martí loved New York, but found that people was made of “yeast of tigers.” García Márquez retells the American arrival to the South in Macondo—they discover the banana, move the river, bring modern tools, but all ends in a massacre. Fuentes retells the story of an old writer who moves to Mexico: “A Gringo in Mexico, that is euthanasia.” Bolaño recounts the number of women killed around the maquiladoras. The border but also the migration, and not only narcotics but also life in-between elaborates a new mixture of Tarantino and Rulfo in Yuri Herrera’s fiction. The displacement of women in the novels of Carmen Boullosa and Cristina Rivera Garza as well as the chronicles of Heribeto Yépez on dying-daily in Tijuana explore the new discourses of sorrow.  The North is also a growing space of re-reading. The Mexican American senior novelist, Rolando Hinojosa-Smith, used to say that he, as a kid from El Valle, started reading fiction translated into Spanish. He thought that all writers were Mexicans, despite some strange names— Dumas, Chejov, Dos Passos. It seems that el Norte is not only a Cemetery. It is also a national Library.  J.O. The New York Times Book Review. March 10, 2019.

 

[Publicado el 06/6/2019 a las 00:33]

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La RAE en el siglo XXI


 

Acabo de pasar una semana entre Madrid y Barcelona, y mis colegas de unas y otras universidades, al azar de los coloquios y las terrazas, me preguntan si yo, como miembro de la Real Academia de la Lengua tengo ya los resultados de las elecciones de su nuevo director. Soy sólo remoto miembro correspondiente, y puedo asistir a las sesiones; pero no estoy obligado a votar, aunque tengo derecho a voz.  Claro que la RAE es un monumento al siglo XVIII, esto es, a las simetrías más austeras que floridas, y no es casual que sus pausadas ceremonias obliguen a prolongadas sentadas. No en vano fue ese un siglo que encontró en la filología no sólo el amor por las palabras sino su fe en el lenguaje. Y lo ilustra mejor la magnífica Catalina la Grande que resolvió sostener su imperio sobre la universalidad de la lengua rusa. Para demostrarlo redujo el lenguaje a dos puñados de palabras rusas que entendió estaban en todas las lenguas.  Y comisionó recoger ese vocabulario en las lenguas indigenas de América. Pudo, así, probar su deportiva hipótesis.

            Por lo demás, los filólogos siempre han logrado probar lo que quieren demostrar. Por ello, somos herederos de una literatura fantástica nacida de la filología como otra rama de la imaginación. Lo demostró el venezolano Andrés Bello, cuando desde la British Library descubrió que España no podia ser un estado moderno mientras no contara con un texto fundador. Inglaterra lo tenía en Chaucer y Shakespeare, Francia en Rabelais, Alemania en las sagas, y hasta Italia en Dante. España, propuso Bello, lo tenía en el  Cantar del Mio Cid, que aunque era considerado por los filólogos como un texto bárbaro, en verdad nos venía del  Romance, y era un producto refinado de la mezcla. Bello creía que mientras España no tuviese un texto fundacional, los países hispanoamericanos no podrían ser del todo emancipados y modernos. La filología, nos enseñó Bello, es el arte de tramar con el lenguaje un relato de la nacionalidad. 

            Es verdad, la Academia de la Lengua ha sido cada vez más alerta a los “sucesos que acontecen en la rúa,”  y al menos mi generación, que empezó la Universidad a comienzos de los años 60, tuvo la extraordinaria suerte de que sus maestros vinieran del Instituto de Lengua y Literatura de Buenos Aires, donde tuvo su cátedra Amado Alonso, a quien la linguística no le fue lastre sino fuente. Uno de mis maestros en la Universidad Católica, en Lima, fue Luis Jaime Cisneros,  quien vino de esa escuela y nos descubrió a Borges y a Raimundo Lida. El otro, Armando Zubizarreta, vino  de Salamanca, donde fue discípulo de Alonso Zamora Vicente, y nos trajo el comentario de textos y la biografía intelectual. Tanto Amado Alonso como Zamora Vicente venían, a su vez, de Ramón Menéndez Pidal; y cada uno de ellos exploró la historia de la literatura como un milagro (que quiere decir ver más) del uso de la lengua. No en vano la lengua española tiene una larga y fecunda biografía. Pero tiene también una historia intelectual. ¿Qué sería de nosotros sin el debate que asumió, contra los anacronismos de todo orden, el pensamiento liberal, desde la prensa agonista y el folletín encendido? A esa pasión nos debemos,  al relato mayor del español que se multiplicó en las otras orillas de esta lengua. Los diccionarios del español en cada país americano son catálogos ligeramente celebratorios que esta lengua favorece. En el siglo XIX la necesidad de una literatura nacional, que traduzca el espíritu de los pueblos, se funda en el Diccionario que en cada país suma sus registros.  La RAE ya no es una corte que sanciona e impone políticas de tribunal del uso. Grandes forjadores del camino hablado han sido Víctor García de la Concha y Darío Villanueva. 

            A un colega de la RAE le decía yo que necesitamos, en este siglo de luces a medias, como piloto de la nave a un intelectual capaz de avizorar un nuevo espacio del español en este mundo, que hoy miente en inglés.  Necesitamos, creo, alguien que abra las puertas al campo. Filólogo, escritor, hombre o mujer, de Castilla o de Ricote, un director que convierta a la RAE en un espacio de concurrencia. Lo que pasa, arguía yo, es que uno visita el edifcio de la RAE y no tiene nada que llevarse. Ni siquiera una réplica del edificio como pisapapeles, que sí tiene la British Library, muy capaz de venderte una subscripción a la Biblia sajona,  que te llevas a casa como un altar del inglés. Nosotros tenemos muchos recursos que ofrecer, empezando por  facsímiles de nuestros orígenes en San Millán y en las Antillas. Yo propondría unos talleres de lectura para deletrear el Mio Cid y María Zambrano, Sor Juana y Vallejo…

            La RAE de hoy requiere un relato para mañana.  

[Publicado el 19/12/2018 a las 21:07]

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La luz de la atención


 

 

Los dos años que viví en Barcelona (1971-73) no fueron los mejores para la lengua española. Una mañana leí en el diario una noticia sobre la guerra de Vietnam que empezaba así: "El presidente Nixon dijo, y no hay por qué dudar de sus intenciones,que busca la paz". El editor introducía esa advertencia contra la duda metódica. La censura en el cine no era menos disparatada. Tal vez fue una leyenda urbana,pero se decía que en su afán por evitar el sexo, un censor había convertido a la pareja en hermanos, no sin entusiasmo. Y en la editorial Barral, el censor nos devolvía los manuscritos intervenidos con saña. Vi uno tachado frase tras frase. Hubiese bastado una sentencia: Censurado. Lamento no haber guardado ese monumento fúnebre de la lengua española. Y son bien conocidas las negociaciones de los editores con la censura. A Vargas Llosa le reprocharon llamar a un general "ballena" cuando podía llamarlo "cachalote." El éxito de la nueva novela latinoamericana se debió a los espacios que propició fervorosamente.

En cambio, vivimos hoy las agonías del español nuestro de cada día. El autoritarismo patriarcal y regional, en primer lugar, que corrompe el diálogo y degrada a los hablantes. La violencia de género, el racismo y la xenofobia, demuestran que el lenguaje agoniza. No es suficiente para acoger, tender puentes, albergar. El sufrimiento de los migrantes venezolanos, acusados y asaltados en las calles de Lima, soy testigo, es indigno; merecen nuestra protesta  y solidaridad.

La corrupción es la madre de todas estas derrotas de nuestra lengua herida. No estoy predicando el fin del mundo en español, aunque mundo sea lo opuesto a inmundo. Pero no es la primera vez que el español padece una peste ideológica. Nuestros grandes liberales sufrieron prisión, se confiscaron sus bibliotecas, y fueron miserablemente humillados.

Hoy resultan repugnantes los consejos de "La perfecta casada," inculcados por médicos y curas. No hay que olvidarlos, pueden volver actualizados: "Es un imperdonable error la negación al esposo del débito conyugal" (1946). "Trata de cocinar bien. Los buenos maridos tienen fama de buen apetito" (1949). "El organismo de las mujeres está dispuesto al servicio de una matriz; el del hombre para el servicio de un cerebro" (1962)." Cuando pedimos café queremos que se nos sirva café-café" (1963). "Al hombre le gusta sentirse siempre superior a la mujer que ha elegido como compañera" (1957). Excusen tamaña vulgaridad, pero es el español que se mamaba en la leche.

No olvidemos que la nuestra es una de las pocas lenguas modernas que no conoció los ciclos de la Reforma; más bien, se forjó en la Contrarreforma. No en vano, para escribir en español Garcilaso partió del italiano; Góngora, del latín; Cervantes, del erasmismo; Sor Juana, de la lógica; el Inca Garcilaso, del humanismo...Y Darío del francés; Vallejo, de la vanguardia; Borges, del inglés. Cuando don Quijote visita a su madre, la Imprenta, lee un letrero: "Aquí se imprimen libros." Aquí, está demás; se imprimen, está demás; y libros, otro tanto. La ironía cervantina nos libera del español redundante, literal, municipal y espeso. Nos debemos, contra la violencia actual, un español de los afectos, del diálogo fecundo, de la inteligencia de la inclusión. 

 

La ética se define hoy por el lugar que tiene el otro en ti.

A los latinoamericanos nos corresponde ahora devolverles la luz de la atención, que dijo el gran poeta venezolano Rafael Cadenas, a los escritores españoles que disputan, contra la corrupción burocratizada, madre aquí y allá de tantas mentiras, espacios de libertad mutua. Resulta obsceno que nadie reseñe los mejores libros, dé noticia de las nuevas voces, reste y no sume el pan de la lectura. Es de justicia poética que Luis Goytisolo (junto a sus hermanos Juan y José Agustín, de los primeros y mejores lectores e interlocutores nuestros) haya recibido este año el premio Carlos Fuentes, que otorga el gobierno de México. Recuerdo bien a Luis en Barcelona, leyendo con asombro y gusto a Cortázar. Y a Joaquín Marco, publicando la mejor poesía latinoamericana, junto a José Agustín, en OCNOS, para siempre precursora.  Nunca es tarde para devolverles la palabra. 

[Publicado el 17/8/2018 a las 22:45]

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La soledad del penal

 

Pase en profundidad

Los jugadores que entran a la cancha,

tocan el ardiente grass y se persignan

¿esperan el favor de Dios en el partido?

Rinden su paso al azar pero compiten

por un orden mayor que los elija.

Esa idea del orden presupone la mirada

del Dios creador del hombre y del fútbol,

en cuyos planes fallamos el penal.

Salvo que Dios no sude la camiseta

y ruede sin control del área chica

ante una imposible bola dividida.

¿O habrá preferido, oh Inconstante,

jugar la final y decidir el score?

Estaría el pobre jugador a punto

de ser expulsado por un árbitro

argentino. Y pregunto yo, ¿no está

todo futbolista librado al fútbol?

Te repite el juego, pero el match es tuyo.

 

El dueño de la pelota

 

Fui el dueño de la pelota.Los muchachos del barrio me toleraban en el equipo, aunque fuese de volante retrasado. 

Esa tarde, me llegó una pelota rebotada y sin mirar al arco enemigo lancé un centro bombeado que se elevó con gracia; hizo una curva profunda, y descendió limpiamente en medio de la incredulidad de los jugadores, que habían quedado inmóviles siguiendo la parábola de esa bola cierta. 

El hirsuto defensa central del equipo rival, que reunía a los hijos de los pescadores, con quienes habíamos jugado a guerras de trinchera y ahora nos disputábamos la playa, rechazó con toda su fuerza, y el juego se reanudó contra su madre.  

Animado por mi hazaña, corrí reclamando en voz alta la bola. Hasta que Perico, nuestro capitán, se detuvo al centro, y me la pasó con una advertencia:

          - Ahora es tuya.

Arranqué a correr por el flanco derecho, como si estuviera solo. Un rival me alcanzó pronto y estuvo a punto de sacarme la bola entre codazos, pero con la cabeza gacha enfilé hacia el arco. Trababa de frenar para asegurar el centro pero la misma velocidad del impulso me lo impedía. Tenía que patear, lo sabía, pero cuando por fin logré hacerlo, perdí pie, pifié la bola,  rodé. Me levanté, solitario; el partido seguía sin mi. 

Perico con uno de los rivales se excusó:

            -Es el dueño de la pelota.

Pero más difícil era terminar el partido. Yo aguardaba a que se encendiesen las luces de la tarde en torno a ese terreno baldío y dominguero. Gritaría que ya era hora, que mejor acabamos, sabiendo que ambos equipos cargarían contra mí.

El partido empezaba a las tres de la tarde y con algunas pausas terminaba después de las seis. Unos jugadores se marchaban, otros ingresaban a su antojo, y un juego que arrancaba con seis o siete por equipo crecía y decrecía sin número fijo.

Yo empezaba a anunciar el final poco antes de las seis. Pero justo entonces el fervor de ganar enfervecía a los rivales. Me hubiera contentado con un agonizante empate peruano,  pero Perico se enardecía y casi siempre decidía el score en el último cuarto de hora, rodeado de una nube de polvo épico.

Por fin,  yo recogía la pelota, en medio de la rechifla de los vencidos. Y me la llevaba bajo el brazo, roja y ardiente, a cargo de un mundo redondo y ajeno.

 

 Gabo y su película sobre el futbol

Volví a Austin para visitar a Gabo en su archivo. La primera impresión es abrumadora: cuánto ha corregido, mucho más de lo que ha escrito. Y qué trama de orígenes discursivos tienen sus obras mayores: miles de notas en torno a una nota. Está por estudiarse ese origen de García Márquez, más intrigante que su nacimiento colombiano. Construyó  un archivo para cada obra, que proviene de las versiones y disputas de las sagas orales que son actas del origen. 

De esa papelería fantástica, viene a cuento ahora una brevísima nota, que no llegué a copiar (el protocolo es laborioso, como debe ser) pero que recuerdo o creo recordar. Se trata de una nota de cinco líneas, que es el esbozo para un película dedicada al partido de fútbol más perfecto. Esta idea para un film sobre un partido de fútbol aun por jugarse, sigue, como es claro, la fe en la epifanía o instante de tiempo que cuaja en su exaltación. Desde “El ahogado más hermoso del mundo,” hasta Remedios, la bella, estas figuras de tiempo cristalizado como único y feraz, son emblemas vivos de la épica popular de García Márquez.

Su idea es filmar un partido de fútbol de ficción, pero en su tiempo real de 90 minutos, entre dos equipos formados por los veintidos jugadores mejores del mundo. También los árbitros lo serían, así como el estadio de grass celeste y verde. Y en la plácida tarde la luz bañaría a todos los actores en el espectáculo más celebrado ese domingo universal. 

La selección del equipo latinoamericano, capaz de enfrentarse a las selecciones de Europa, Africa, Asia y Resto del Mundo (creo leer en mi letra apremiada) sería hecha por la ONG  del fútbol y el cine. 

Este sería, en verdad, el partido de fútbol más hermoso del mundo.

  

 

            

 

  

 

  

                

       

[Publicado el 13/7/2018 a las 18:01]

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Remedio para la melancolía regional

1

El ensayo es el  proyecto de una conversación propicia.  

Sabemos que la novela deplora el estado lamentable del diálogo civil y que la poesía explora las breves pausas de esa interlocución; por eso, decía Rubén Darío que los malos poemas "no acaban nunca." 

En cambio, el ensayo es el género donde una conversación se da dentro de otra conversación, la que a su vez convoca otros dialogantes inclusivos. 

Siempre he creído que Petrarca inventó la conversación no porque fuera un humanista dicharachero, que lo era, sino porque le escribía cartas a los antiguos quejándose de los malos tiempos que le tocaron entre comerciantes y neófitos; mientras que en los vuestros, protestaba,  no había demasiados libros ni tántos titulados a prisa. 

Desde de ese mismo formato, Montaigne lamenta no tener con quién conversar sobre el Nuevo Mundo, prodigio de noticias. Y echa de menos a Platón, quien tendría mucho que decir sobre unas gentes que no distinguen entre "lo tuyo y lo mío." Se refería a los tahínos, que según Colón eran "de risa fácil." No tuvieron lugar en el monólogo español, y desaparecieron en 50 años. 

En pocos pero encendidos momentos, la lengua española ha sido capaz de dialogar no sólo con Dios, la Patria y la Región, esa trilogía del énfasis, sino también en la parla del llano, cediendo el turno a otros interlocutores y a más idiomas.  Está por hacerse la laboriosa historia del español en el diálogo. 

Duodenarium(c. 1442), Cultura castellana y letras latinas en un proyecto inconcluso (Madrid, Almuzara, 2015), de Alfonso de Cartagena,  editado y traducido por Luis Fernández Gallardo y Teresa Jiménez Calvente, recupera para el lector más que curioso, la extraordinaria vivacidad del siglo XV español, no en vano un tiempo verbal italiano.  Este tratado de la virtud debe ser uno de los más fluídos y felices cruce de caminos entre ambas lenguas.  Todo parece adquirir, en castellano, una dúctil, razonada y compartida convergencia de saberes, de convicción clásica y reverberación itálica. 

La profesora Jiménez Calvente,  de la Universidad de Alcalá,  experta latinista, que estudia la trama del latín que sigue reverberando en el español, añade a este tomo un elegante estudio del género del diálogo. Su trabajo recupera, con provecho, para el interlocutor de  hoy, este formidable tratado de virtudes. 

Para recobrar hoy las bondades del diálogo, concluye uno, haría falta retomarle la palabra al siglo XV.            

 

2                                                        

Cartografias utópicas de la emancipación (Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2016), de Beatriz Pastor, catedrática de Dartmouth College, pone en orden el vocerío de la épocaSu último trabajo fue recuperar los testimonios y documentos del formidable Lope de Aguirre, cuyo diálogo con Dios es la estación furiosa del castellano en América. La Utopía, quizá porque significa “No hay tal lugar,” será otra gran conversación americana aunque, esta vez, gracias a la mediación del francés. La Utopía de Tomás Moro me temo que fuese ya anacrónica en su tiempo, y no en vano en La Tempestad, Shakespeare parece burlarse del buen Tomás cuando repite: “No more.”

En este tratado sobre la suerte del discurso utopista, Beatriz Pastor nos descubre hasta qué punto el horizonte utópico es la gran licencia de la conversación ilustrada. Esto es, una suspensión del monolinguismo tribal, pleno de autoridades lacónicas, que el mundo colonial impone a las ganas irreprimibles de inventar otro mundo para charlar a gusto. Las largas fatigas de la emancipación gestaron en los americanos liberales el ingenio verbal, el neologismo y la agudeza polémica.  Uno llega a creer que el ejemplo de los grandes liberales de esta lengua (Olavide, Jovellanos, Blanco White, Goya) inspiró a los liberales americanos a pasar de la oración a la traducción.  Andrés Bello no creía en los hombres a caballo y declinó la oferta de trabajo que le hizo Bolívar.  Aceptó, en cambio, organizar el sistema jurídico, la educación superior, las instituciones fundadoras de Chile. Este libro nos recuerda que Bello en su Oda calificó a Europa de “espacio carcelario” mientras América prodiga “la virtud y el goce;” y que  el patriota Heredia rehúsa conversar con un Bolívar dictador. La profesora Pastor actualiza esa memoria ilustrada que habla con el porvenir.

En la Facultad, el historiador José de la Puente Candamo nos enseñó a leer la emancipación como una utopía dialógica: el horizonte de discurso que la hace posible ha sido levantado por nuestros elocuentes precursores. Antes que las batallas están las proclamas, que anticipan el futuro imaginado como una gran tertulia metropolitana.  No es casual que los patriotas venezolanos en lugar de ponerse a redactar una nueva constitución provinciana, decidieran traducir la constitución de los Estados Unidos. La consideraban suya, dice Benedict Anderson, porque era un documento universal. Claro que, en español, tuvo más páginas. 

Ya Andrés Bello, en la Biblioteca Británica, consideró la necesidad de que España tuviera un texto fundacional. Lo tenían los otros países europeos,  y España merecería contar con uno, para beneficio de las repúblicas americanas. Bello descubrió que El Cid, considerado un texto casi bárbaro, producto de frailes ignaros, era, más bien, un producto refinado del Romance. Nuestros escritores encuentran lo que buscan cuando miran más allá de sus narices. 

García Márquez llamó a esas tareas, “la gran conversadera del exilio.” Ninguna más grande que las utopías, de cuya demanda de mundo este espléndido libro da cuenta, con precisión y bravura.

           

3

Enzo Del Búfalo, economista y profesor venezolano, nos vuelve a sorprender con otra proeza ensayística. Esta vez, una meditación crítica a partir del diálogo entre la historia y la filosofía puestas al día. Roma: historia y devenires del individuo (Bid & Co. Caracas, 2015), es un alegato erudito por mejorar la conversación sobre su país, Venezuela. Pero en lugar de prolongar la discusión sobre la Venezuela actual, se remonta a la historia ilustrada de Roma.  Buscas a  Caracas en Roma, peregrino.

Esto es, reconstruye  la genealogía del conocimiento dialógico, que construye la noción de sujeto desde el espacio del foro y la civilidad del individuo.

El profesor Del Búfalo, hace ya varios libros que viene demostrando que el mundo que habla español es, en verdad, otro mundo, porque proviene de todas las fuentes que forjan el diálogo de las disciplinas y el saber crítico moderno. Este es un tratado de especulaciones razonadas y felices, que convierten al lector en otro ciudadano de ese país equidistante, hecho desde la fundación de una ciudadanía elocuente.

 Si la historia, clásicamente, es la historia de Roma, para Del Búfalo “Roma nunca cayó, tan sólo se transformó en lo que hoy somos.”

El individuo, por lo mismo, es el devenir de esa historia, que enseña a leer la función del estado, las tareas de la ciudadanía, y el lugar de “la ciudad de Dios” ante la civitas romana.  

Busca en Roma y encuentra una guía virtual de la Romanía, la que todavía demanda los derechos de una ciudad de los hombres capaces de hablar en lenguas.

Por ello, concluímos, los tiranos de turno sólo son unos asaltantes de la calzada que dan voces. Pronto serán una nota al pie de estas conversaciones del camino.

Ahora que el horizonte del diálogo declina en Barcelona, estos tres tratados de virtualidades compartibles son  lección de virtud civil,  cotejo de futuro que excede a las islas, y  manual de ciudadanía plural.

 


         

[Publicado el 02/12/2017 a las 05:02]

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Nuevo cuento mexicano


 
(Entrevista de Alessandra Miyagi, El Comercio, Lima)
 
 
¿Qué lo motivó a hacer una antología del nuevo cuento mexicano?


Las antologías  celebran la fugacidad de la literatura. Las malas  antologías pretenden un Olimpo, hacer justicia, postular un cánon. Yo creo que las mejores se deben a su tiempo, testimonian su deshora, el gusto de la lectura. Tienen la vivacidad de lo precario, y nos permiten compartir la creatividad de la ficción. Mi antología mexicana nace de esta inquietud por lo nuevo. Algo novedoso ocurre en  el relato mexicano reciente, que excede el agonismo  que ha dado cuenta del país y sus dramas. Los más jóvenes exorcisan la tragedia, construyen otras redes de lenguaje solidario. El ámbito emotivo, los lazos afectivos y la intimidad del habla, reinician en estos relatos con brío, ironía y agudeza, un horizonte alternativo.

 

 

¿Podemos ver el mismo fenómeno en el Perú y en otros países de Latinoamérica, o es algo exclusivo de la narrativa mexicana?


Ocurre otro tanto en todas partes, con distintas entonaciones. En Argentina, hay una búsqueda errática del lugar del sujeto en la ciudad. Los personajes se definen por su  control del espacio contrario. En Chile predomina una revisión  generacional, que cuestiona los linajes, el mito de la familia chilena. Hay una indeterminación del lugar a ocupar. Un poema dice: "Mi padre se fue de casa y me dejó el desierto de Atacama." Toda una declaración de pérdida, un cuestionamiento del orden patriarcal, y el desierto de futuro que los jóvenes heredan.


Lo que veo en la literatura reciente es el extravío de la comunidad. Se explora la precariedad de la nación, la ciudad, la familia...El Perú es una casa en ruinas, poblada de fantasmas, de violencia y corrupción. Se dice que América Latina nunca ha estado mejor que hoy, pero  me temo que nunca ha sido más infeliz. El lenguaje está herido, y los escritores negocian con ese rédito de violencia un espacio de respiración. De allí los retratos del patriarcado que hacen cuentas del extraordinario derroche de poca fe, que define al Perú contemporáneo. Los padres comparecen con sus versiones en las novelas y relatos de Ampuero, Cueto, Karina Pacheco, Renato Cisneros, Santiago Roncagliolo...

 

 

Hace diez años, cuando se realizó la primera edición de Bogotá 39, usted fue muy crítico de este evento...


Algunos eventos como aquel postulaban una voluntad canonizante. Casi una  iglesia que entronizaba autores obispales desde jerarquías basadas en la mera consagración de la prensa. De alli la obsolescencia de esa literatura ferial. La mejor narrativa va por otras vías. Para mí uno de los textos más importantes del Perú del siglo XX es Montacerdos de Cronwell Jara, que muy pocos han leído. Es una representación del Perú moderno como infierno. O sea, como lugar ilegible, cuya violencia autodestructiva nos ha degradado. Arguedas, en Los ríos profundos nos propuso una nación como Infierno. Y Vargas LLosa lo ha hecho en su Cinco esquinas, que es una metáfora infernal, donde la comunicación humana ha sido corrompida por la prensa amarilla. Y, ¿por qué Montacerdos no está en el primer lugar del canon peruano? Porque Cronwell Jara es un escritor ajeno a los purgatorios feriales. 



  ¿A qué cree que se deba que las editoriales grandes no apuesten por las formas breves y sí por las novelas? ¿Los cuentos no son rentables? ¿Cómo ve la salud del cuento?

El cuento actual, me atrevo a creer, es más audaz, creativo,independiente,global y empático que la novela. En estos años de empobrecimiento masivo de la novela (los best-sellers contribuyen al calentamiento global), el cuento ha renovado todos sus protocolos y convocaciones. Daniel Alarcón es uno de los mejores cuentistas nuestros, aunque es intraducible la vivacidad anímica de su prosa. Y, claro, César Gutiérrez es inclasificable. Y Leo Aguirre es capaz de escribir la historia de todos nosotros. 

Ud. ha mencionado a Carlos Yushimito, Ezio Neyra, Claudia Ulloa, Katya Adaui  y Karina Pacheco, entre los autores jóvenes que le llaman actualmente la atención. ¿ Y los menores de 40 años, como los de la antología del  cuento mexicano?


Realmente jóvenes son todos. Cronológicamente, hay promociones, ferias
y concursos…La edad de los autores no es una virtud en si misma, y los géneros  reparten lo mejor con imparcialidad deportiva. Hay autores que en cada libro son más jóvenes, como Fernando Ampuero y Alonso Cueto. En su Santiago Roncagliolo, última novela, se remonta a la infancia para recuperar al padre. En Perú, la juventud es un acto fe. 

¿Qué  le parece la nueva selección de Bogotá 39, donde aparecen tres peruanos: María José Caro, Claudia Ulloa y Juan Manuel Robles? Dejando de lado el hecho de la arbitrariedad de estas listas, ¿le parece que esta selección es justa o encuentra ausencias importantes?

Estimo mucho la prosa de Claudia Uloa, y habrá que leer a Caro y Robles. Para eso sirven las ferias, para no perder la esperanza en la próxima página. Repito que todos los escritores jóvenes ganarán algún premio, estarán en una feria, y serán antologados, simplemente por razones estadísticas. La parte ferial de la literatura no es para los escritores, es para el lector. 
 
 
J. Ortega. Nuevo relato mexicano. Lima, PEISA, 2017; México, Orfila, 2017. 
 
Cuentos de Aurora Penélope Córdoba, Pablo Piñero Stillman, Verónica Gerber Bicecci, Joserra Ortiz, Rafael Acosta, Elvira Liceaga, César Tejeda, Alejandro
Aguirre Riveros, MariJo Delgadillo, Nicolás Cabral, Vanessa Garza Marín,
Liliana Pedroza, Luis Felipe Lomelí, Heriberto Yépez.  


[Publicado el 19/9/2017 a las 03:51]

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Obituario del obituario


 
Lamento comunicar la muerte de un ilustre género literario, de intensa vida periodística, por mucho tiempo conocido como el “obituario.” Aunque podría haber sobrevivido como “necrológica,” el deceso incluye a sus sinónimos. La desaparición del largamente estimado “obi” (como es llamado, con afecto) era harto anunciada debido, tal vez, a los notables accidentes que ha sufrido en su ilustre carrera sin fondo.
 
Es cierto que el género, de prosapia inglesa, se había democratizado con entusiasmo gracias a la educación laica,  y el Times de Londres lo consagró como la última medalla merecida por cualquier difunto en olor de tinta. Ser un ciudadano del Reino y no haber aparecido jamás en el Times se hizo una forma de inexistencia intolerable, a tal punto que un buen señor envió una carta que decía:
 
Sr. director, Le escribo aunque no tengo nada que decirle salvo la necesidad de enviarle esta carta con el ruego de que la publique.
 
Firmaba rotundamente, y, en efecto, el Times la publicó con lacónico humor.
 
En cambio, el Times de New York (NYT), posee un famoso archivo de obituarios adelantados, periódicamente puestos al día, esperando la ocasión propicia de ser impresos.
 
La primera vez que me llamó alguien de ese periódico para anunciarme que estaban haciendo el obituario de Carlos Fuentes, enmudecí. Acababa de ver a Fuentes, más saludable que nunca, y me apresté a rechazar la malísima noticia. El periodista era experto en silencios, y leyó de inmediato el mío: No hay que alarmarse, me dijo, escribimos los obituarios con mucha anticipación, y los ponemos al día periódicamente.
 
Ricardo Lagos cuenta que del NYT lo llamaron directamente para preguntarle por un dato: Escribo su obituario, le dijo el personaje de Poe, y requiero comprobar la fecha de su ingreso a la política. Recuperado de la noticia de su propio obituario, Ricardo se animó a contribuir con su enterrador: Recuerde, le dijo, que yo soy un político circunstancial; en verdad, soy un profesor de economía, un académico. El periodista le respondió: Sr. Lagos, si Ud. fuera un académico no estaría escribiendo su obituario.
 
No hace mucho, otra llamada de un periodista me conmocionó: me anunció la muerte de Alvaro Mutis, que acababa de ocurrir. Me pidió enviarle de inmediato una frase explicando la gravitación literaria de García Márquez en su obra. Intenté una frase pero me salió un párrafo que, naturalmente, no publicaron.  Recuerdo ahora que cuando César Antonio Molina dirigía un suplemento literario me llamó y me dijo: Julio, ha muerto Sarduy. Mándame una nota de 20 lineas... No fui capaz de hacerla. Tampoco pude escribir nada a la muerte de Cortázar, García Márquez, Fuentes. Mi tesis es que la amistad nos exime del testimonio fúnebre. En cambio, sí escribí, sin que me lo pidieran, un obituario en El País sobre uno de mis maestros más queridos de la Facultad, Luis Jaime Cisneros. Hasta creí que él me leía sobre el hombro y sonreía la pausa dramática de un punto y coma.
 
Todo profesor sabe que en su salón de clase está sentado el escriba que hará su necrológica.  Roland Barthes tuvo varios entusiastas, el mejor de ellos fue Alberto Ruy Sánchez, cuya prosa tersa, luminosa y sensorial es ideal para el género.
 
Supongo que en la Facultad todos nos hemos prodigado epitafios con entusiasmo. En los epitafios (sátira literaria en cuatro versos) del “Martín Fierro”, el joven Borges incluyó éste: “Aqui yace Manuel Gálvez/ novelista conocido./ Si aún no lo has leído/ que en el futuro te salves.” El epitafio de Borges anuncia que ha muerto “de un accidente gramatical.”
 
De modo que con la muerte actual del obituario desaparece del español una larga tradición.  El entierro ha ocurrido en la prensa española. No tengo la historia clara, pero todo debe haber empezado cuando al morir una figura ilustre apareció no un obituario sino dos. Es un misterio insondable que se hizo irresoluble cuando al fallecimiento de otro buen hombre, se publicaron tres obituarios, firmados rotundamente.
 
Francisco Márquez Villanueva, mi vecino y colega, jubilado de Harvard, quien vino a Brown a dictar su seminario sobre el Quijote, me explicó el misterio velado de los dobles y triples obituarios de la prensa española: No hay misterios en España –me dijo, con humor-, sino estrategias.  Los obituarios son la verdadera tumba del muerto propicio. Se escriben varios para asegurarnos del entierro.
 
Lo que ni él ni yo habíamos previsto es que los periódicos incluirían ya no dos o tres sino cuatro o cinco obituaries sobre un muerto ilustre. Ultimamente, una página entera, y en ocasiones mayores, dos. Por ello, ya no me extrañó que alguien escribiera el obituario de un periodista en el que, sin inmutarse, hablaba de sí mismo más que del difunto.
 
Debemos un responso al obituario. Como género literario hace mucho que dejó de existir. Y como crónica periodística acaba de perecer.
 
Quizá no sea casual. La crónica, después de todo, es el género de lo transitorio, de la precariedad. Esto es, de lo más vivo por más fugaz. Las mejores crónicas son aquellas que se leen y desaparecen. Lastradas hoy por el sentimentalismo y el exhibicionismo, nos dejan su vacío en el discurso. Alli duerme un sueño injusto el menor de los géneros, tu obituario.
 

[Publicado el 06/5/2017 a las 21:47]

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Textos abandonados

1

Carlos Fuentes  había intentado escribir Aquiles o el guerrillero y el asesino primero como una crónica, pero siendo como fue, un escritor complejo, descubrió que la novela sería más creíble que la crónica, la  cual, irónicamente, está recargada más de opinión que de información y, por eso, ya no suele volar como volaba. Es lamentable que los periódicos la hayan condenado al papel de pastillas de menta: hoy leemos una croniquilla agridulce para soportar unos minutos de realidad. Cuanto más liviana su denuncia más fugaz su mal sabor. Lo que dice mucho de su naturaleza misma, ya que, como su nombre indica, la crónica es un pasaje para pasar el tiempo. En sus comienzos la crónica duraba lo que un viaje en coche de seis caballos. Luego, un viaje en tren. Después, para soportar el tiempo en un vuelo charter. Ahora, dura el trayecto de una estación en el metro. Con encatadora inocencia, los cronistas y las crónicas aputan sus emociones y nos las cuentan.  Propongo clasificarlas como crónicas de bus, metro y taxi. Se puede leerlas a sobresaltos pero también dejar de leerlas sin culpa. Mi admirada Alma Guillermoprieto acaba de escribir una sobre la odisea de montarse a un taxi en La Habana. El ensamblaje de piezas de diverso origen que es un taxi cubano, le parece una metáfora de la laboriosa identidad política de su chofer. El mio, en cambio, es un genio de la mecánica: en un pobre auto ruso ha montado un motor francés y una batería brasileña, y ha compuesto una obra de arte de la sobrevivencia. La última vez que me llevó al aeropuerto me dijo que tenía que encontrarle una pieza canadiense. Por eso, para ser solidario con su héroe agonista,  Carlos Fuentes se sentó al lado del guerrillero que va a ser asesinado.  Hay lectores que me han preguntado si es verdad que Carlos estuvo en ese vuelo  como testigo del asesinato de Carlos Pizarro. Les respondo que es verdad aunque no  sea cierto. Quiero decir que la sensibilidad ética le permitió reconocer el escándalo de la violencia y acompañar a la víctima ya no en la crónica indistinta sino en la certidumbre de la novela. ¡Cuánta falta nos hacen las crónicas de Tomás Eloy Martínez, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Edgardo Rodríguez Juliá y Alma Guillermoprieto!

2

Julio Cortázar, en cambio, escribió dentro de un taller literario prolífico y feliz. Por eso será para siempre un autor inédito. Acumuló miles de páginas que  fue ordenando en libros que querían ser más que simples compilaciones. Rayuela es, al final, una compilación de muchas historias hechas casillas de la rayuela (o "mundo") que hay leer como quien juega. Pero después de su muerte aparecieron varios libros de mérito desigual. Claro, todos son, al final, valiosos para el especialista o el crítico, pero no siempre para el lector devoto. Julio podía ser acerado y sutil pero estaba tentado por el sentimentalismo. Era querendón y, como la buena gente de antes, puntualmente agradecido. A veces, es cierto, exageraba su capacidad de asombro. No se podía comer con él sin oirlo exclamar: "Pero qué lindo...” ante el paso de unos niños del Kinder. Me temo, en fin, que no se animó a quemar sus papeles acumulados para evitarse la atroz tarea de elegir y salvar.

3

Me gustaría que me guste la novela abandonada de Bolaño pero siendo la suya una estética informalista (consagrada por Kerouack y su gran lección de apetito vital) no importa que esté o no acabada. Un relato vitalista no tiene principio ni final, es pura ocurrencia episódica y celebración elocuente del instante prolongado hasta los límites no del lenguaje sino de la fatiga. En verdad, Bolaño estaba vivo en su obra inédita, que podia seguir revisando para prolongar la euforia de refutar a la muerte. Cuando se termine de publicar todo lo que dejó, habremos terminado de leerlo. En eso, después de Bryce Echenique, es el narrador más cortazariano, por deberse a la duración, el transcurso y lo transitorio como la materia misma de lo vivo y vivido, que el relato convierte en espectáculo, esto es, en duración. La regla de oro del espectáculo es el tiempo que se toma. Si dura demasiado sofoca y agobia, si dura lo justo, alivia y complace. Esperemos que los herederos de Bolaño sepan mantenerlo vivo. Lo peor que le puede pasar a un escritor que deja obra inédita es que ésta sirva para que lo olvidemos mejor. 

[Publicado el 13/11/2016 a las 17:09]

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Foto autor

Biografía

Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Bibliografía

Crítica

 

Transatlantic Translations. Londres: Reaktion Books 2006

 

Rubén Darío y la lectura mutua. Barcelona: Omega 2004

 

Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno. Santiago: LOM 2000

 

El principio radical de lo nuevo. Lima: FCE 1997

 

Retrato de Carlos Fuentes. Madrid: Circulo de Lectores 1995

 

Arte de innovar. Mexico: UNAM 1994

 

El discurso de la abundancia. Caracas: Monte Ávila 1992

 

Una poética del cambio. Prólogo de José Lezama Lima. Caracas: Biblioteca Ayacucho 1992

 

Reapropiaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico. San Juan: EUPR 1991

 

Gabriel García Márquez and the Powers of Fiction. Austin: Texas Press 1988

 

Crítica de la Identidad. México: Fondo de Cultura Económica 1988

 

Cultura y modernidad en la Lima del 900. Lima: CEDEP 1987

 

Poetics of Change, The New Spanish-American Narrative. Austin: Texas Press 1986

 

Figuración de la persona. Barcelona: Edhasa 1971

 

La contemplación y la fiesta. Caracas: Monte Ávila 1969

 

 

Ficción

 

Teoria del viaje y otras prosas. Madrid: Ediciones del Centro 2009

 

Adiós Ayacucho. Lima: U de San Marcos 2007

 

Puerta Sechin. Tres novelas breves. México: Jorale Ed. 2005

 

Habanera. Palma de Mallorca: Bitzoc, 1999; Lima: Fondo PUC 2001

 

Emotions. Poems. New York: 2000

 

La mesa del padre. Cuentos. Caracas: Monte Ávila 1995

 

Ayacucho, Good Bye. Pittsburgh: Latin American Review Press 1994

 

 

Ediciones

 

México Transatlántico. Con Celia del Palacio. México: FCE 2008

 

Rubén Darío: Poesía. Barcelona: Círculo de Lectores 2007

 

Carlos Fuentes: Obra reunida. México: FCE 2006

 

Gaborio. Arte de Releer a Gabriel García Márquez. México: Jorale 2004

 

"El Aleph" de Jorge Luis Borges, ed. Critica. Con E. del Río Parra. México: El Colegio de México 2008

 

The Picador Book of Latin American Stories. Con Carlos Fuentes. London: Picador 1998; New York: Viking 2000

 

Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Con M.F. Lander. Madrid: Cátedra 2002

 

Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. México: Siglo XXI 1997

 

La Cervantiada. Madrid: Libertarias 1994

 

César Vallejo: Trilce. Madrid: Cátedra 1996

 

Julio Cortázar: Rayuela. Con Saúl Yurkievich. París: Archivos 1993

 

America Latina in its Literature. Con César Fernández Moreno. New York 1984

Enlaces

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