PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar
Converses formentor

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de junio de 2016

 Blog de Julio Ortega

Otra defensa de la palabra mutua



Falacia de la ley del más fuerte
 

"Nadie debería estar en la cárcel por sus ideas, pero hay que respetar la legalidad de todos los países” (Pablo Iglesias).

 

Justificar la prisión de Leopoldo López en Venezuela postula  una lógica canalla: las leyes de Hitler, Stalin, Franco, como las de Maduro, serían dignas de respeto por ser dictaminadas por el abuso  del poder.  La legalidad, felizmente, pertence a la palabra mutua, a la voz del otro, no a la extraordinaria violencia de negarle el turno del habla.
 
Falacia abecedaria
 
“El nacionalismo es un primitivismo.”
El Opinador asume que el capitalismo es anti-nacional. Pero hoy sabemosque sólo las regiones y países que más esfuerzo invirtieron en su desarrollo y son, por lo mismo, más modernas,  terminan siendo nacionalistas.
 

Falacia probabilista

"La policía estaría por reprimir a los manifestantes. No se descarta que se les encierre en las cárceles."
La Opinadora condena el presente a nombre de un futuro que, mecánicamente, entiende repetido. Sobreopinada, se revela más previsible que la policía.
 

Falacia del pan y circo
"La democracia en América Latina ha creado nuevas clases medias. Todos quieren un televisor HD y un iPhone.
El Blogero reparte chucherías para escamotear los bienes modernos: educación, trabajo, mejor información. Sears, nos dice, ha siido remplazada por Movistar; las clases sociales, por el  endeudamiento.
 
 Falacia de la buena conciencia

“Abrir las fosas comunes de la matanza es abrir las heridas, volver al pasado, dividirnos aún más.”
La Cronista ignora que es la fuerza de lo reprimido lo que acaba con la paz de los sepulcros. Por lo mismo, las heridas sólo se cerrarán cuando los huesos, devueltos al lenguaje, adquieran  nombre, memoria, y piedad.
 
Falacia de la  ignorancia popular
"En América Latina, el 30% de pobres cultiva las expectativas del mercado: son los que sostienen, imaginariamente, el sistema."
El Asesor postula que las expectativas del mercado global demandan que el Estado sea local. Avanza la noción de que la subjetividad popular ha sido incautada por el fútbol. Pero el fútbol sólo es una siesta de la cultura.
 

 

Falacia de la minucia del valor

 

"El socialismo responsable debe sumarse a la derecha gobernante”.

El sobrentendido comparatista descarta el todo por la parte. En teoría, todas las rodillas son indiferentes.  Algunas son más flexibles.
 
Falacia de la baja intensidad
 
“Los estudiantes que protestan en las calles tendrán que sumarse a un partido o desaparecer.”

 

Más bien, quienes no los representan desaparecerán  cuando dejen de ser observados. Los espera el Congreso de los Imputados.

 

Falacia analógica

 

¨Humala es de origen castrense: no se puede descartar su autoritarismo populista.  Piñera es un hombre de negocios exitoso: no se puede sino contar con su deconfianza en el Estado."

La Blogera construye una equivalencia para postular una oposición. Ardorosamente, propone una lectura premoderna del sujeto, al que explica como determinado por su origen. Darwinismo al revés: reduce el futuro a las opciones del siglo pasado.
 

Falacia tecnotrash

 

“El libro electrónico remplazará al libro impreso.”

Un millón de nuevos títulos se publicarán este año a nivel mundial. En español la piratería electrónica ofrece ya un catálogo donde todos los autores modernos están libres de costo. Pero la selva electrónica no te impedirá encontrar el libro escrito para ti.
 

Falacia del doble fondo

 

"Fidel hablaba demasiado, autoritariamente. Raúl no habla nunca, autoritariamente."
Hablen o callen, la Cronista se alimenta de su propia autorización.
 

Falacia presentista

 

"La Independencia americana fue un fracaso: estamos peor que nunca."
El Moderador juzga el pasado desde las carencias del presente.  Pero la generación emancipadora nos imaginó mejores. Los desastres presentes son  sólo nuestros.
 
Falacia del tercio excluído
 
“Los inmigrantes han aumentado la deuda nacional. Son ilegales, es preciso  deportarlos.”
Estadísticamente, pagan impuestos puntuales, cotizan a la seguridad social, legitiman la inclusión ciudadana. Su servicio social (doméstico, infantil, de ancianos) permite  la existencia de la familia nacional. 
 

Falacia del funcionariado difundido 

“Si los subsidios cesaran, la cultura desaparecería.”
Si la cultura  depende de las subvenciones, el espectador terminará reclamando  un sueldo por su papel de público. 
 

Falacia del espacio disponible

 

Mr. Nice fatiga el lugar común. Aparece todos los días en los diarios.  Jura en todos los jurados. Firma en cada Firma de Libros. Es premiado con todos los premios. Damos su nuevo libro por leído.  
 

Falacia demótica

 

“Los protestantes no saben lo que quieren.”
Quieren protestar. Ser parte del sistema. Algunos medios pretenden degradar el lenguaje de la protesta, en lugar de darles la palabra. ¿Quiénes, en verdsd, amenazan a la palabra pública?
 

Falacia de la  tautología

 

Opinión: “Dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable.” Dictamen: “Opinión y juicio que se forma o emite sobre algo.”  Cuestionable: “Dudoso, problemático y que se puede disputar o controvertir.” (RAE).

 

El Diccionario sentencia que la “opinión” identifica en el objeto juzgado algo “cuestionable.” En inglés, la opinión pertenece más a la doxa que a la epistemología: es una percepción común acerca de una creencia, o alguna convicción religiosa o política (Oxford). Se puede tener una “pobre” o “modesta” opinión, pero es mejor tener una “opinión educada” en lugar de una contundente o derogativa, que  abusa del objeto. Por eso, los cómicos tienen mayor licencia para opinar, a veces con agudo sentido crítico. En inglés, el lugar del intelectual público es la comedia.  En francés, el aula. En México, el estado o el error.  En algunos países, la cárcel. En otros, el cementerio. 

[Publicado el 01/6/2016 a las 04:29]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El periódico de mañana


Una vez Gabriel García Márquez me dijo que un buen argumento narrativo no se debe al suspense porque éste no resiste una segunda lectura. Cuando ya sabemos quién es el asesino, la relectura se adormece. Es como el periódico de ayer, sentenció Gabo, al fin y al cabo cronista del corazón de esta lengua.

 

Esa sentencia del sabio constructor de tiempos veraces que fue Gabo, viene a cuento a propósito del periódico de hoy. La suma de dilemas que el periódico nos propone , sin embargo, no creo que sea el mero registro del estado actual del mundo Me gustaría proponer que es, más bien,  nuestro modo de situarnos en el devenir público. Esto es, de leer, literalmente, el futuro.  

 

Hoy que el periodismo en español se juega, otra vez, su lugar y sentido en el proceso de avanzar una alternativa política seria, capaz de reconocer las diferencias sin descartarlas, me gustaría proponer que el mejor periódico es el de mañana. Y a pesar de las malas noticias, todavía leemos el diario contra el “vano ayer” que condenó  Machado al prometer “otra España nace.” Hoy leemos el pasado como la historia del futuro.

 

Cada periódico termina inventando a su público. El New York Times, por ejemplo, nos imagina mejores: necesitados de información puntual, urbanos en nuestra tolerancia del vecindario, y capaces de discreto escepticismo. Siempre he leido El País (sigo prefiriendo la edición impresa a la, a veces, profusa digital) como si leyera un parte metereológico antes de salir a la calle. Y sigo sugiriendo a mis amigos periodistas  que el mejor diario es una Agenda que nos permite elegir, y se hace parte de la vida cotidiana. Y lo cotidiano es el horizonte de lo político. Ese despliegue del tiempo futuro tiene que ver, en primer lugar, con la capacidad crítica del diario. No se trata de un programa didáctico, sino de la virtud liberal clásica: la de criticar la trama autoritaria que sigue dominando la conversación. Robustos, sentimentales y casuales, apenas un equipo contra la liga de los lectores. El periódico sera hecho por todos o casi no sera.

 

En la España actual se concibe a los más jóvenes como más fugaces. Es bueno recordar que las mayores víctimas de la actual crisis global del sistema, son los estudiantes (las tumbas mexicanas suman incluso alumnos de la escuela para normalistas, lo cual multiplica el crimen a futuro), que acrecientan el promedio de excluidos. La juventud se ha convertido en la edad más mortal. Es cierto que el mercado global prevé la exclusión, ya no sólo la marginación. Los excluidos de hoy son en su gran mayoría, muy jóvenes, y los vemos en todas las mareas de refugiados. Pero también en las ciudades europeas trabajando en los servicios menos formales: han renunciado a la educación para sobrevivir del turismo. Al final, algunos países serán territorios del vano mañana. O sea, países sin lectores.  Los últimos países sin lectores propiciaron los infiernos ideológicos y religiosos del siglo XX.

 

“Con la Constitución”, el titular de El País  de hace 20 años, afirmaba el futuro frente al pasado arcaico. Juan Luis Cebrián lo ha contado no como una saga, que lo es, sino como un imperativo de esa ruptura y recomienzo hacia la incertidumbre del porvenir español.  Justamente, esa incertidumbre es inherente a la experiencia democrática. Las certezas rotundas e imperiosas son propias del autoritarismo inscrito en el lenguaje mismo, que sigue dando golpes de puño. Y de la mala información: seguimos llamando “nacionalismo” a lo que es, más bien, regionalismo.  En teoría de las naciones se entiende hoy al regionalismo como un subproducto de lo moderno: son más xenofóbicos los lugares a quienes costó más  el progreso modernizador. Bien vista, la corrupción tiene madriguera regional y partidaria, familiar y tribal.

 

Como buen lector, uno  entiende que el espacio es cada vez menor para los aspirantes a verse en el espejo del diario. Pero todavía nos falta el código ético del espacio disponible, que recomienda propiciar la alternancia, devolver la palabra. Firmar  todos los días es poco civil. Sobre todo ahora que se ha impuesto la licencia sentimental y el cronista nos confiesa su capacidad de llanto.

 

La apuesta a futuro  se opone al modelo genealógico de lectura, que lee hacia atrás,los orígenes, las fuentes de legitimación. El modelo proyectivo lee desencadenando los procesos, las rupturas, los horizontes en construcción. Esta lectura arborescente es la que hoy nos invita a formular vías de acceso, espacios de concurrencia, las demandas por venir.

 

Los periodistas siempre han tenido poca capacidad de renuncia.  Algunos parecen decididos a escribir sus propios obituarios. Pero si la comunicación no se releva, se estanca.  Por lo demás, el periódico forma parte del sistema de debate llamado esfera pública, constituida por los medios, los partidos políticos y la sociedad civil en tanto espacio comunicativo. La política se entiende como las fuerzas que buscan organizar la información con mejores accesos, relevos generacionales  y derechos de representación.  En algunos países nuestros ese espacio está asfixiado por la ausencia de opciones y voces más liberales y menos pacatas. Hoy día la propiedad de las comunicaciones se ha diversificado: es privada, institucional, asociativa, comunitaria, pero también se torna panameña. Con el monopolio hemos topado.

 

En un viaje a Madrid coincidí con el ingreso de Juan Luis Cebrián a la Real Academia Española (1997), donde dedicó su discurso a Jovellanos, quien había ocupado hacía 200 años el mismo sillón.  Su discurso exploró, en la vida y la obra del gran liberal perseguido, advertencias para la Transición española. Me doy cuenta que Cebrián no se interesaba en el pasado como historiador sino como intelectual: su lectura estaba definida por la conciencia liberal, y buscaba en la historia las lecciones del futuro. Explicó su visión de Jovellanos en estos términos: “un reformista y un modernizador, palabras que todavía suenan como símbolos de rebeldía en esta España tan proclive a resistirse al progreso. Un sano espíritu liberal, que hizo compatible la moderación de sus convicciones con la energía a la hora de defenderlas frente a los ataques de la envidia y el odio. Demasiadas coincidencias con nuestra historia reciente, y me temo que aun con la por venir, para no usar de ellas.” Como decía Alfonso Reyes de otro profesor: era más liberal que español.

 

La amenaza al futuro, en efecto, viene del peso pasado. Me interesa destacar, para cuando se estudie el carácter proyectivo de nuestro tiempo, el hecho de que Jovellanos, en esta lectura, buscaba hacer legible un mundo básicamente desarticulado. Era católico, noble, abogado y devoto asturiano, pero también hombre de ciencias, y como los intelectuales más modernos hasta el siglo XIX, creía que la agricultura era uno de los modelos económicos que optimizar. Los otros modelos para reformar el país eran el pensamiento liberal y la cultura clásica.  Deduzco que Jovellanos, como tantos liberales, veía su región como desarticulada. O sea, carente de un centro y a punto de hacerse ilegible. De allí los tres pilares de la reforma: la agricultura para sanear la economía, el liberalismo para superar los prejuicios atávicos, y el Latín para poner en orden el mundo en el lenguaje.  Lo desarticulado, lo sabemos mejor, es el Infierno: carece de centro y es impensable. Nuestros trabajos son un proyecto de rearticulación.

 

Por ello, creo que Juan Luis Cebrián se anticipó en asumir las tareas de lo que hoy entendemos como  agente cultural. Alguien capaz de ir más allá de la noción de sujeto, cuyo repertorio eran la identidad, la tesis de la resistencia y la crítica de los modelos de modernización, una agenda que fue fecunda y a veces heroica. Pero en nuestra historia intelectual, la destrucción de los proyectos socialistas nacionales, primero, y las migraciones y la violencia, después, demandaron la aparición de un intelectual que, más allá de la rebeldía y la disidencia, inculcadas por los modelos de Sartre, Camus y Marcuse, fuese capaz de articular una agencia de poder crítico y creativo que recuperara espacios en la esfera pública, liderazgo en la opinión liberal, y documentara la destrucción de futuro por el pensamiento ultramontano. El agente cultural, más operativo, gesta una conciencia crítica afincada en la sociedad civil, y asume la ética como acción que no se define ya por la bondad de tus opiniones sino por el lugar del otro en ti.

 

Esa justicia solidaria es central a la definición del lugar de enunciación crítica, cada vez menor e incautado por la conversión de la vida cotidiana en mercado.  No en vano Cebrián pertenece a la generación que en los años 70 se reconoció como producto de una “agencia de la crítica”. Así como a comienzos del siglo XX hubo una “agencia liberal” modernizadora, y en los años 30 tuvimos  una “agencia popular”, forjada por los nuevos partidos políticos de trabajadores y el socialismo emergente en las Universidades. En nuestro turno nos debemos a la puesta en crisis de la ideología ultramontana que era, y todavía es, la nervadura del lenguaje autoritario, el racismo impune, el machismo reciclado, el conservadurismo rancio, verdaderas pestes que asolan nuestro idioma.  La agencia cultural de la crítica reparte hoy nuestras tareas en la esfera pública, en la teoría del ágora civil, en la polis comunitaria.

 

La crítica como puertas al campo del porvenir ha tenido estos años en los trabajos de Juan Luis Cebrián y en los días de El País un liderazgo intelectual y comunicacional, que suma periodistas, escritores, programadores, comunicadores, editores, lectores y gestores sociales cuya vocación internacional remonta el pesimismo de la inteligencia y actualiza el optimismo de la voluntad. Se trata de una apuesta por la inteligencia del porvenir como la hospitalidad ganada contra la furia y  la desmesura.

 

 

           

 

[Publicado el 12/5/2016 a las 01:03]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Otras voces, otras escuchas


 

VICENTE LUIS MORA: Serie. Valencia. Pre-textos, 2015.

Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970)  remonta, culmina y excede las varias líneas de fuerza contraria (restar del discurso robusto sus signos en clave) que recorren su obra innovadora (en devenir, hiperliteraria, virtual) y suma o más bien, cartografía una resta de variantes, rutas, anotaciones de amplio registro visual, reflexivo y también mundano. Aunque su poesía “alemana” (de líneas sueltas en la página) es más radical y, por ello, extraña al paisajismo español, éste tomo demuestra ser otra encrucijada (VLM cree en ellas, con provecho) porque asume en el diálogo los contextos de su trabajo, y nos hace parte de sus escenarios de celebración reflexiva. Es notable la calidad imantada de esta serialización del instante, capaz de desencadenar sus puntos de fuga tanto como su propio relato. El poema es un corte en la serialización, y su variante es una imagen salvada del flujo virtual del lenguaje. En “Neuropoemas” la síntesis favorece el trayecto del libro entre la imagen y sus preguntas, la encrucijada donde “el yo no es más que la continua sensación de alerta.” Tentado como está por las provocaciones, creo que es la primera aparición de “ecdótica” en un poema; y,  en Venecia, apela a Fray Luis contra Pascal. Los varios hablantes, voces, registros y formatos despliegan un poema transitivo, haciéndose en la lectura post-veneciana y trans-atlántica que, entre riesgos felices, practica.

  

RAÚL BUENO: Ensayo General  (Poesía reunida, 1964-2014). Lima, Hipocampo Editores, 2015. 

Bueno (Perú, 1944) reúne en Ensayo General (Lima, 2015) sus libros publicados entre 1964 y 2014, y estos 50 años de su constacia poética se distinguen tanto por la discreción del profesor emigrado (enseña en Dartmouth College) como por el laconismo de su figura poética, bien conocida por los especialistas pero aun requerida de difusión y estudio. El prólogo de  Beatriz Pastor y el epílogo de Roger Santiváñez, uno de los mejores poetas peruanos de hoy, así como la edición de un tomo dedicado a su obra por José Antonio Mazzotti (Argos Arequipensis, Boston, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 2014), ponen en relieve los valores intrínsicos de una poesía hecha fuera del sistema literario pero íntima a la actualidad de la poesía como sabiduría afectiva y morada del lenguaje. No en vano arde en el paisaje de este libro la lección de los clásicos sobre el poema como emoción evocadora: la memoria de la dispersa tribu que acude al mapa de su lenguaje para hacer legible el desierto. Las voces que arden y se apagan, la nostalgia restitutiva, las ironías y paradojas de los ciclos, discurren bajo la luz de una atención meditativa que es, a la vez urbana y elegíaca: “Caballo muerto en un poema de Bueno en que las cosas/ ocurren de un modo casi literal.” Aunque Bueno cultiva a Kavafis no lo visitan ni el escepticismo ni la melancolía. Más bien, su humor sutil juega con paradojas civiles: “Su imprecisa esperanza/ de algún día /tener una esperanza.” Al final, un poeta estoico y quevediano. Su saber es el nuestro: “el artificio/ sabe de precisión y desvaríos.”

 

JORGE FORNET: El 71, Anatomía de una crisis. La Habana, Letras cubanas, 2015.

Fornet en este su valiosísimo recuento reconstruye con documentación exhaustiva la desgarradora polémica suscitada ese año por la dirigencia política cubana y los intelectuales disidentes. “El caso Padilla” demostró los límites de tolerancia en el sistema y, la polémica consiguiente, la partición de los aguas revueltas. El propósito del libro es reconstruir el intenso período de crisis en la cultura política que produjo la condena de los intelectuales disidentes, apresados y expulsados del país. Fornet, destacado investigador literario, fomado en El Colegio de México, trabaja sobre las fuentes y a lo largo de la crisis a partir de testimonios directos y documentación histórica. Todos tenemos una opinión formada y hasta una versión de los hechos, y en los últimos años hemos visto el tristísimo olvido y la agonía de los escritores cubanos en el exilio, expulsados por unos y abandonados por otros. Fornet, con impecable distancia académica pero no sin juicio crítico del autoritarismo de la hora, recorre cada caso y nos deja las conclusiones. No busca reproducir los juicios sino exponer su desmesura y desatino. Edad oscura de una revolución que hoy busca reinsertarse en la comunidad internacional desde una serie de reformas y puestas al día, proceso evolutivo que es sensato apoyar en su desarrollo. Este libro cuya labor médica es también una lección histórica y política, nos convoca a mirar, con más detenimiento, un proceso de intolerancia exacerbada, para que no se repita.

  

BERTA GARCÍA FAET. La edad de merecer. La Bella Varsovia, Córdoba, 2015.

Berta García Faet (Valencia, 1988) es autora de tres libros de poemas que han merecido un premio cada uno, seguramente favoreciendo su edición, y en éste su sorprendente nuevo poemario, libre de los modelos de la poesía de la experiencia y de la poesía del lenguaje, se vale de ambas para buscar, explorar y hacer suyo, un coloquio dialógico, que opera desde la invención del lector como interlocutor, personaje, y finalmente co-autor del decir del poema. Esta poesía espera, propicia y presupone la intimidad del diálogo hospitalario con el lector. Su libertad verbal hace que el poema reverbere en este diálogo creativo, tienda puentes con elocuncia empática, y desarrolle un intercambio vivaz y novedoso de afectividad, humor, y mutua inteligencia. Por ello, lo notable no es sólo su repertorio temático urbano ni su derroche de fresca mundanidad sino su capacidad de establecer un territorio de comunicación que no se debe sólo al poeta y al lector, ambos convertidos en actores del discurso, sino a la textura, calidad, pálpito y fluidez del habla mutua, que es la materia que nos hace más vivos.  El poema, así, es un territorio del habla, y no sólo del habla oral sino de sus registros temporal, emotivo, gozoso, irónico y duradero. Nos dice: “Todas las preposiciones son mentira. Todas las conjunciones adversativas son una exageración ruin. Coincidir es un milagro.” La ductilidad de su discurso comunica la sensibilidad de un diálogo modélico y extrraviado. Como un ABC poético en este comienzo sobrescrito del siglo, BGF nos enseña el solfeo verbal más actual: leemos, recontamos, dramatizamos en el gran teatro del poema, por una vez tomado por la clara gracia de una voz que nos retorna, a manos llenas, el don de la palabra.

 

RODOLFO HASLER. La vida en el hotel Greco. Madrid, Centro de Arte Moderno, 2015.

Poeta cubano que vive en Barcelona hace más de 20 años, Hasler reúne en La vida en el hotel Greco (Madrid, Centro de Arte Moderno, 2015) una antología de su poesía reciente que tiene en el espacio del hotel y el sobrenombre del pintor los dos ejes de su meditada y asombrada reflexión poética, sostenida, central y solitaria, librada a su suerte en un exilio sin otro término de referencia que su misma obra. De su tradición cubana, frondosa de haceres y decires, Hasler trae la poética de las revelaciones favorecidas por la noción del lenguaje como un paisaje en gestación. En sus poemas, breves precipitados verbales, escenarios de contemplación musical y visual, el mundo está siempre recomenzando en el lenguaje, tentativo, amaneciendo, rehaciendo su camino visionario y apelativo. No hay un secreto a descifrar en el poema sino un proceso que desencadenar. Con destreza y fe, el poema no señala una ruta, más bien nos deja proseguir al azar asociativo de la lectura. En la estación pasajera de un hotel encantado, el poeta planea no un poema sino un libro, para explorar la noción de lo transitivo. Aun si debe seguir su ruta incierta, el libro no será una guia sino el trayecto reflexivo de vernos en el trance incierto de las suficientes palabras ciertas, las más justas.

 

ISABEL SOLER. El sueño del rey. Viajes y mesianismo en el Renacimiento peninsular. Barcelona, 2015.

La profesora Isabel Soler añade a su fundamental bibliografía sobre la historia de Portugal en el teatro atlántico, este trabajo erudito y preciso sobre un área hasta ahora incierta y dejada, mas bien, a la especulación. En la larga interacción histórica entre los reinos de España y Portugal, la trama de los viajes y el horizonte del mesianismo son dos claves fecundas que requerían seria consideración. Isabel Soler, por lo demás, suma a su riqueza de fuentes, que le permite el acierto del detalle, su vocación por los escenarios ideológicos o religiosos, como el mesianismo, no exentos de promesas más mundanas; lo cual le permite, a su vez, un recuento preciso de la desmesura, lo que favorece la lectura y agradece el lector. Pocos historiadores tienen esta virtud de la prosa sugestiva en el recuento histórico y en su historicidad. Porque no sólo narra la historia sino que la conceptualiza en su excepción. Tratándose de la temprana exploración atlántica la suma de motivos es casi novelesca, como el hecho de que en los viajes de Colón hubiesen marinos portugueses; y, como el intrigante trayecto de los navíos portugueses hacia Oriente, lejos del horizonte americano y a pesar de Brasil. Un libro que no sólo ilustra sino que ilumina.

 

ZULEICA ROMAY. Cepos de la memoria. Impronta de la esclavitud en el imaginario social cubano. Ediciones Matanzas, 2015.

En una época en que los académicos prefieren mantener la autonomía de sus discursos fuera de la esfera pública a nombre de su autoridad, a tal punto que la dimensión específica escapa a su escrutinio, los trabajos de sociología histórica y, por tanto, de las mentalidades inculcadas como la cotidianidad, que viene realizando Zuleica Romay (La Habana, 1958) son no sólo críticos de las representaciones del racismo heredado sino de su fuerza configuradora de las identidades y roles sociales en este siglo, hecho por la conversión de la cotidianidad en la esfera pública  del mercado global. Experta en las configuraciones que naturaliza el racismo, Romay ha diseñado los círculos de su dominio, que se extienden hasta el presente, mutando sus motivos no sin convicción. Este libro completa su anterior monografía, Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad (2012), y es un estudio de los círculos ideológicos que en Cuba, y en muchos otros países, naturalizan  estereotipos y actúan como un control social de las diferencias. Legible, dramatico, pleno de estadisticas pero también de historias de vida, ésta monografía demuestra que en el ámbito simbólico la sociedad sigue reproduciendo exclusiones y dominación. Lo había previsto Einstein, cuando observó que es más fácil dividir el átamo que un prejuicio. Un trabajo fundamental para entender la mala conciencia dominante.

 

JORGE CARRIÓN. Los difuntos. Ilustraciones de Celsius Pictor. Badajoz, Artistas Martínez Ed.

Extrañísimo y, a la vez, cautivante por su escritura de alto grado lúdico y lúcido, empezamos a leer este relato (híbrido de steam punk, western y filosofía, lo anuncia su autor), como la secuela narrativa de la trilogía  Los muertos, Los huérfanos y Los turistas (Galaxia Gutemberg 2014-15), que son relatos diferenciales de una saga de fin de siglo, donde los límites del lenguaje ya no son los de la representación. La tecnología narrativa que maneja Carrión no es ni realista ni fantástica sino post-apocalíptica, esto es, una imagen del mundo transicional de la E-motion, configurado por el movimiento, la fugacidad y la instrumentación del relato como documento del porvenir. Los difuntos proviene de la serie tecnológica, que culmina justo antes de la primera guerra mundial, Proviene también de un “taller literario,” y se propone como obra colectiva. Y se puede leer como un manual del fin de finales: un relato del día siguiente, cuando sólo nos queden las palabras, y el bravado de estas páginas, libres de representar en vano este mundo.

 

ABEL PRIETO. Noche de sábado y otros cuentos. Santa Clara, Editorial Capiro, 2015.

Este escritor cubano, que trabaja como asesor del Consejo de estado, donde se diseña el proceso de reformas en marcha, es autor de la mejor novela satírica del “socialismo real” que se ha escrito en Cuba. Viajes de Miguel Luna (2012) es, en efecto, la historia del único escritor cubano que no ha ganado una beca a un país socialista, y agoniza en su marginalidad literaria, hasta que por fin lo invitan a un pais regimentado y pesadillesco, donde la figura nacional, la comida nacional, y el culto nacional, es la cabra. Esa crónica de malentendidos es hilarante, pero este libro que reúne sus cuentos, de estupenda factura y agudo análisis, busca recuperar a los pequeños héroes de la vida cotidiana, jóvenes fanáticos del rock, exploradores urbanos, jóvenes que agonizan en sus ritos de pasaje, y personajes rurales que parece escapados de Faulkner, atrapados en situaciones kafkianas y joycenas, donde el espesor de la vida cotidiana es, de pronto, fracturado por una licencia a la regla. La bonhomía disitingue a estos personajes, salvados por su lengua gozosa y extravagancia, por su obsesión y tenacidad. En “El juez”, que es una pequeña obra maestra,  la abuela que lleva a su nieta a ser juzgada por un supuesto héroe social, nos descubre a  ésta última autoridad fronteriza, presidiendo la arcaicanecesidad popular de una justicia restitutiva.  Prieto nos ofrece, con empatia, la humanidad  de un tiempo que no pasa en vano.

 

CARMEN OLLÉ: PARA SU HOMENAJE EN LA CASA DE LA LITERATURA PERUANA

Con Carmen Ollé tengo una deuda demorada y me complace empezar a aliviarla con este reconocimiento público de la calidad de su obra, y de su coraje literario.  Fui testigo de su boda con Enrique Verástegui y más o menos responsable de que se marcharan a París, pero no he dejado de leerla con la misma alarma, curiosidad y deslumbramiento de sus primeros textos. Alarma porque su poesía revela las convenciones de nuestras lecturas complacientes; curiosidad, porque siempre hay algo más en su escritura, que no se agota gracias a su sutil entramado; y deslumbramiento porque el lenguaje, en sus manos, es una noble materia lúcida, capaz de humanizar la miseria del paisaje que nos ha tocado. Siempre pensé que nuestras escritoras han sufrido más la peruanidad mal distribuida que nos define. Si fuesen argentinas estarían mejor fotografiadas, traducidas y premiadas. Y es que las plagas ideológicas que azotan a nuestra lengua (el machismo, el racismo, el conservadurismo) se han demorado más en el Perú, y lo han hecho de un modo perverso: el peruano carece de todo remordimiento. Vivimos el mal con inocencia y,  a veces, con venganza. Ese paisaje de desafecto aparece en la gran poesía de Blanca Varela como la sombra del luto. Con nuestras escritoras hemos practicado la ignorancia: las hemos olvidado con inocencia. Más aún, las hemos obligado a dejar la poesía para empuñar otras armas, menos sutiles, y algunas han cedido al papel de feministas aguerridas sin entender que ilustran el peor machismo. Contra ese paisaje feroz, la obra de Carmen Ollé, así como los trabajos de Magdalena Chocano, Mariela Dreyfus, Giovanna Pollarolo, Victoria Guerrero, Rocío Santisteban, Katya Adaui, Cecilia Podestá (entre varias otras más), abren espacios de respiración e indignación, de crítica e ironía, de inteligencia y paciencia. Nos han mejorado, sin protestar.  La lección de Carmen Ollé es de integridad. Ha adquirido frente al animal masculino una tolerancia irónica pero casi tierna. No nos exime de la poca capacidad de reconocimiento, porque todavía nos cree moralmente redimibles. A nuestras escritoras les debemos una parte de nuestra libertad. También les debemos las gracias y las excusas. Pero les debemos más, sus libros. Que este homenaje a Carmen, que declara nuestra admiración, lleve también propósito de enmienda. Hay que leerla y releerlas.

La Habana, 1 de marzo, 2016

 

 

 

 

 

[Publicado el 02/3/2016 a las 03:39]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Otras lecturas, otros ámbitos


La euforia de la lectura actual anuncia, más allá de nuestros balances, los inicios de una nueva exuberancia creativa que presupone, quiero creer, el desborde tanto de los límites nacionales como de los cánones académicos y los valores del mercado, lo cual distingue a la escritura del Romance venidero. Contra el conservadurismo profesional, creo que este movimiento recupera la libertad radical de lo nuevo en un distinto horizonte de lectura. En ese contexto operan varias estrategias de articulación. Cualquier escritor libre sabe que no puede contar con las autoridades del plazo académico, que han perdido horizonte crítico en sus facciones y prisiones; pero tampoco con el periodismo cultural, demasiado ocupado en hacer su propia crónica. Por lo mismo, la primera articulación es política: todas las lenguas son nuestro idioma en el espacio transatlántico, hecho de las sumas del español mediador, el inglés intervenido, el francés coloquial, y las lenguas peninsulares y mundanas. Un despliegue proteico excede el sonido y la furia monológica. Y gracias a las lenguas originarias recobramos hoy la materialidad de nuestras transiciones y la compatibilidad horizontal de lo uno y lo otro. La segunda articulación nos viene de la gran lección de César Vallejo, quien anunció que nuestros monumentos históricos no nos hablan del pasado sino del futuro. La asumió Joaquín Torres García al postular el "constructivismo" desde la sintaxis arquitectónica pre-colombina: hizo de las piedras del muro Inca el alfabeto de la nueva vanguardia transatlántica. Llamó "Indoamérica" a su suma de la geometría catalana, el grafismo ruso, la composición cubista y el principio asociativo del Tawantinsuyo solar. Esa euforia por los otros, por las sumas y restas del dispositivo atlántico internacional, reverbera en una genealogía que pertenece al devenir. Maria Zambrano, Joan Brossa, Borges, Lezama Lima, Paz, Cintio Vitier, Haroldo de Campos, Fuentes, Sarduy. Levrero, Jesús Urzagasti, José Miguel Ullán, Héctor Libertella, J.E. Pacheco, Pedro Lemebel, Antonio Cisneros, Roberto Bolaño, nos dejaron la suma lección de su hospitalidad creativa. La han proseguido abriendo espacios de rehabitación Diamela Eltit, Julián Ríos, Edgardo Rodríguez Juliá, Javier Vásconez, Nuria Amat, Tamara Kamenszain, Reina María Rodríguez, Julia Castillo, Cristina Rivera Garza, Carmen Ollé, Susana Rafart, Manuel Vilas, Fernández Mallo, Rocío Cerón, María Auxiliadora Alvarez, Luigi Amara, Roger Santibáñez, Esperanza López Parada, Victoria Guerrero, Jordi Carrión, Carlos Yushimito, Patricio Pron, entre quienes hoy exploran en lo dado la saga de lo imaginario y, en la ficción, debaten las certidumbres. Ha hecho, con empatía, un metarelato transfronterizo el grupo de Mac-Hondo (Paz Soldán, Fuguet), mientras que los del Crack (Volpi, Palou, Urraz), han avanzado con brio la una biografía de los saberes dominantes, su irónico responso. No se trata de la fácil ficcionalización ni de la buena conciencia de la verosimilitud. Pocas prácticas son más audaces que los lenguajes de la tecnología, el espacio permutativo, la sintaxis visual, la deconstrucción de las verdades únicas. Vivimos hoy la imaginación del diálogo.

DANIEL ESCANDELL (Universidad de Salamanca): Dormir es de patos, de Rodrigo Cortés (Delirio, 2015).

Cortés (España, 1973) ha escrito este libro parcialmente en Twitter. La plataforma, por tanto, ha servido como bloc de notas y como espacio creativo condicionante, lo que sitúa sus páginas en el foco de las textualidades digitales. Dormir es de patos puede leerse bajo la observación de corrientes que están chocando en el tejido digital: este año se ha publicado en español (¡al fin!) Escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith (Caja Negra), un estudio en el que la apropiación textual en la red se reivindica como expresión artística; frente a él se encuentra La imaginación en la jaula de Javier Aparicio Maydeu (Cátedra), que no escatima críticas a ese fenómeno. El dominio sobre la esfera digital, como espacio constructor de intertextualidades y referencias socioculturales -abordado recientemente por Memes in Digital Culture de Limor Shifman (MIT Press, 2014)- no es fundamental para disfrutar de la lectura de los aforismos, sentencias y muestras de ingenio de Cortés, pero sí es el eje de una de sus muchas lecturas posibles: una que ilustra esa confrontación de corrientes y en cuyas páginas la creatividad surge como triunfadora.

VICENTE CERVERA SALINAS (Universidad de Murcia): El pequeño corredor y otros, de José Cervera Tomás (Murcia, La fea burguesía)


Decían los latinos: "non solum sed etiam". Así mismo comienzo: no sólo por razones evidentes, aunque también, este año no puedo sino escoger esta colección de cuentos que hemos sacado del baúl de los recuerdos y que la editorial murciana "La Fea Burguesía" ha editado recientemente con esmero. Se trata de los catorce títulos que integran El pequeño corredor y otros cuentos, una colección que José Cervera Tomás (Valencia, 1921-2015) publicó en 1954 prologada por Mariano Baquero. Como señala el gran teórico del cuento en su umbral, son un ejemplo decantado de la teoría del relato como argumento puro, sin distracciones ni tramas subalternas. La infancia de la posguerra española, en blanco y negro, como en la fotografía de Ontañón que sirva de cubierta, queda ilustrada en títulos como "El niño que quiso ser hombre" o "El hombre del saco", donde la ilusión se deshace ante la inflacion de sueños que la realidad cruelmente desinfla. Otros relatos como "El hombre del cuello torcido" o "El velatorio" indagan en los fenómenos de la experiencia siniestra y oblicua de unos narradores tan originales como absortos en la armadura de su imaginación."

PAULINE DE THOLOZANY (Clemson University): L'Arabe du Futur, de Riad Sattouf (Paris, Allary Editions, Vols. 1 y 2, 2014 y 2015).
Hay dos modos de pensar que hoy más que nunca necesitamos pero que rara vez se encuentran en las publicaciones recientes: uno es la risa, y el otro se puede describir como una mirada infantil sobre el mundo. El cómic autobiográfico de Riad Sattouf combina ambas; los dos primeros volúmenes tratan de su infancia en los años 80, en Libia, Francia, y Siria. Riad es hijo de una bretona un poco hippie y de un siriano convencido del progreso del panarabismo encarnado por Kadhafi en Libia y por Hafez el-Assad en Siria. El lector ríe en cada página, y el héroe, el pequeño y cándido Riad, descubre (sin entenderlo) el pantano indescriptible de la situación política y social en Libia y Siria durante los años 80.

CAROL MURILLO RUIZ (Quito): La Marilyn vestida de Channel, de Raúl Vallejo (Random House).


Todo recomenzaría en algún poema ardiente sacado del diario secreto de Marilyn... "El sexo es parte de la naturaleza y yo me llevo de maravillas con ella"... Un relato que contiene la sombra y la luz de toda buena literatura: la obsesión y el mito. Porque sólo nombrar a Marilyn Monroe, en la cultura occidental del siglo XX, nos remite a la agitación de la literatura contemporánea: la obsesión y el mito visual. Y también a ese resplandor majestuoso de todo acontecer humano: el símbolo. En este caso, el símbolo sexual. Una época en que las mujeres, para su emancipación y para su histeria, empezaron a ocupar un lugar fuera de casa y fuera de la guerra. Marilyn se volvió el arquetipo de una economía cultural signada por la belleza y el placer. A partir de su regodeo artístico en el cine, el influjo de su desamparo espiritual fue ganando terreno. El hilo del relato es el tráfico de un supuesto diario secreto de Marilyn que cae en manos del jardinero John G. Greene. Semejante documento vale oro y paraíso, y su preservación será la alucinación de Greene. Son los años de la Guerra Fría, y La Habana es el mejor lugar para escapar y entregar el diario único. El gran telón de la historia continental americana y caribeña nos acerca a los debates políticos de un período largo y clamoroso, pero la novela discurre para redimirla sin reproches, con explícitas referencias a autores y filmes que se volvieron clásicos en el siglo de Marilyn.

EDUARDO GARATEA (Austin) : Asociación Ilícita, de Leonardo Aguirre (Lima, Animal de Invierno)


Poco divina y quizá demasiado humana, esta Comedia limeña de Leonardo Aguirre es una excelente metáfora para conocer la interioridad, involuntariamente jocosa, del desarrollo social del escritor en el Perú. Producido por los medios de comunicación, este escritor más que público se ha hecho biográfico. La crónica mundana que lo confirma lo ha situado ya no en la esfera de la política sino en la conversión de lo privado,hecho público en la farándula. Los escritores han dejado de ser agentes culturales para convertirse en parte del espectáculo. Se les va la vida en tener razón y su fanatismo los torna pintorescos. Aguirre ha inventado la crónica de auto-ficción, que es una variante probablemente patentada por el Decamerón, según la cual, el cronista (disfrazado de testigo protagónico) reconstruye biografías casi escandalosas con la objetividad de un documentalista impecable en la distancia irónica e imperturbable ante las interpretaciones que se convierten en evidencias. Basándose en archivos de prensa, en entrevistas a sus personajes, en testimonios de protagonistas y testigos, este cronista ejerce su trabajo escrupulosamente, como si elaborara un documento histórico o jurídico. Como toda Comedia capaz de incluirnos, ésta nos persuade con su versión puntual y, pronto,nos hacemos parte de su Nave de Locos, más que verosímil, veraz. La verdad, nos dice, es otro producto del gran sistema de sustituciones peruanas: es gratuita y arbitraria, pero apasionada. Se ha dicho que la memoria es una economía del olvido. En el Perú, parece sugerir el genio burlesco de Aguirre, toda memoria es doméstica. Esa levedad de estar aquí y ahora tiene en esta desapasionada Comedia el pálpito del habla viva y, por eso, la intensa emoción de lo fugaz. Por lo demás, abusaré este espacio para recordar que Bryce Echenique, Sergio Ramírez, L.R. Sánchez, Ricardo Piglia, Castellanos Moya, Carlos Franz, José Millás, Fernando Ampuero, Ana Teresa Torres, Juan Francisco Ferré, Federico Vegas, Leonardo Padura, Arturo Fontaine, Carlos Cortéz, Isaac Rosa, Alonso Cueto, Alvaro Uribe, Antonio López Ortega, Sergio Misama, Juan Carlos Méndez Guedes, Santiago Roncagliolo, Robert Juan Cantabella, Armando Luigi, Mayra Santos Febres, y los grandes minimalistas máximos, César Aira y Mario Bellatin, así como también los más populares, Perez Reverte y Cercas, han diversificado la biografía imaginaria, aquella que hoy se postula como implausible bravado. Esta larga suma sugiere los sueños exorcisados de la nación razonada: los sueños de la nación producen estrellas de televisión. Pero todos parten del modelo quijotesco por excelencia. Estos remedios de melancolía nos han persuadido de que nadie es imposible en la saga transatlántica de salvar al lector del olvido.

J.ORTEGA (La Habana): Yoro, de Marina Perezagua (Barcelona, Libros del Lince)
Pocas novelas como ésta se deben al exceso de lo imaginario que rehace la norma de lo posible y que explora la insondable transformación de lo humano. Esa lección nos viene de Bataille, de la contraeconomía del exceso y la práctica de la diferencia. Poner a prueba los límites del cuerpo es cuestionar la dualidad que organiza las representaciones y proponer la saga de lo imaginario en la confifguración misma de lo natural. El contexto japonés le permite a Perezagua la audacia de lo impensable: Yoro es victima de la bomba, que transforma su sexo, y por una vez ella no emerge de las aguas lustrales sino de su mutación. El sujeto, parece decirnos, no proviene de su genealogía sino de su despliegue como proceso futuro. No se explica por su buena conciencia y mucho menos por su ideología, sino por su radical diferencia. Puede ser ilustrativo cotejar esta versión con las crónicas de Chernobyl, que declaran la prolija monstruosidad de lo real. Introducir en esa deshumanización la creatividad de otro sujeto, distingue a la saga exhuberante que Perezagua nos propone no sólo como una revelación de la mecánica de la muerte sino del exceso especular de lo vivo. Novela ferozmente lírica, demuestra que la nueva narrativa puede ser una saga de lo veraz transfigurado. No es ya el espejo del camino sino el camino abierto a pulso dentro de los espejismos. Silvina Ocampo, Elena Garro, Blanca Varela, Inés Arredondo, Margo Glantz, Nelly Richard, Josefina Ludmer, Paz Errázuri, Victoria Destéfano, Carmen Berenguer, Diamela Eltit han hecho camino grande al desandar. Perezagua hace el suyo nadando contra corriente. Como Carmen Boullosa, Matilde Sánchez, Lina Meruane, Katya Adaui, Gabriela Alemán, Giovanna Rivero, Mercedes Cebrián... Perezagua no se debe a la primera persona sino a la última, en extremo venidera.


[Publicado el 26/1/2016 a las 16:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Votar en Madrid


 

Premisa

          Basta de marear la perdiz.  Basta con escuchar a la gente de a pie: el voto mayoritario ha sido en contra de todos los partidos.  Ninguno ha ganado las elecciones y todos la han perdido. En la lista del reparto electoral, los que más votos han recibido son los  más derrotados.  Salvo que la lista se ordene de modo inverso: empezando por los partidos menos votados y terminando con el que más.

 Hipótesis

         Cada vez que uno toma un taxi en cualquier ciudad española, ingresa a un tribunal de justicia, a una cabina electoral, a la memoria creciente de la impunidad. De vuelta a Madrid, nos ponen al día en el café de la esquina sobre los progresos del malestar.  Pero que justo antes de las elecciones hubiese gente incrédula del golpe que recibió el presidente Rajoy ante las cámaras de televisión, me pareció ya un exceso de poca fe.  Con la memoria del agravio no es mucho lo que se puede hacer. Salvo votar en contra. Se ha votado contra la corrupción impune. Pero no sólo  contra su escándalo sino porque nadie, desde el poder, ha tenido el coraje de confrontarla fehacientemente.

Pactos

         En español la noción de pacto carece de aura. Los pactos son acuerdos, más bien, oscuros, secretos, vergonzantes. Casi cosa de corruptos. Las alianzas son más bien de conveniencia mutua y ganancia repartida.  Es como hacer un equipo de fútbol, me dice el camarero, con jugadores del Barcelona y el Madrid, el BarMad. El ingenio amargo de los contertulios sólo se alivia con la picardía de Bárcenas y su reclamo de vacaciones. 

Tesis

            A éste posparto electoral le falta horizonte. Esto es, futuro. Cada una de las barajas posibles requiere de un perdedor. Más lamentable es que el Partido Socialista, que podría mediar en la definición de ese horizonte, tendría que hacer de chivo expiatorio. A este acuerdo de gobernabilidad le falta un marco teórico, un término de referencia, un estado de legitimidad. La Ley tendría que convocar, desde la justicia transicional, no un pacto electoral ni una alianza inmediatista sino un proceso de reformas que garanticen el estado de derecho social, la operatividad judicial contra la corrupción. Y en ese espacio de debate, acordar la reforma constitucional, que asuma las diferencias regionales. Si el país pierde las elecciones por un número dividido de votos, no se le puede imponer a las regiones que ganen por mayoría absoluta. España, históricamente, es una larga derrota electoral.  Se requiere de un marco jurídico inclusivo, digno del nuevo siglo, a favor de las ideas de renovación, más allá de la feroz austeridad, y a nombre de los más.  Por lo pronto, urge una mejor explicación.

Pausa

         En medio de la catástrofe jurídica de la corrupción habría que preguntarse por otro acuerdo post-electoral. Parece que no hay alternativa a un pacto de partidos, y es improbable acordar una figura independiente capaz de articular esta crisis de legitimidad, y armar un equipo de trabajo médico que propicie la transición del estado corrupto al estado de salud. La alternativa de otras elecciones generales, en cambio, es de pronóstico reservado. Y, al final, quizá sea más saludable que gobiernen las minorías en lugar de una mayoría absolutista.

                       

 

 

 

[Publicado el 29/12/2015 a las 17:49]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Carta a Leopoldo López


Querido Leopoldo:
 
No te escribo a la cárcel de Caracas, que te retiene preso, sino a cargo de mis amigos venezolanos, a quienes, estoy seguro, les falta el mismo aire que a tí te falta. Y no excluyo a quienes creen en las promesas del chavismo.  Respeto las  creencias más que las promesas pero pienso que es un contrasentido el mutuo encono actual porque nos aumenta las prisiones. Comparto, por eso, la dolorosa esperanza en los  acuerdos civiles  que mejoren la conversación.
 
Te escribo para invitarte a venir a mi Universidad y hablar en mi seminario sobre tu lectura de otro preso ilustre, César Vallejo, cuya poesía hemos compartido en Caracas y en voz alta.
 
No hay, Leopoldo, silencio más elocuente que el tuyo. Es un silencio que me dice que yo también soy otro reo, que tus carceleros están todos presos; los carteros, presos; y las cartas, más presas todavía porque no le llegan a nadie. Y Caracas misma no tiene quien le escriba, a pesar de su luz maravillosa y tinta de oprobio.
 
Te he visto fugazmente en las noticias y tu imagen alucinada me ha parecido la del único hombre libre en un país encarcelado. El martirio de liberar a Venezuela de sus largas condenas, revela la integridad de tu agonía.
 
Resiste, amigo. Quédate preso un rato más. No es fácil tarea ayudar a ser libre al carcelero.
 
Al embajador del Perú, Carlos Urrutia, le debo nuestro encuentro en Caracas. Como buen peruano, Carlos se había propuesto que César Vallejo tuviese un monumento en Venezuela. Y lo había logrado gracias a ti, que entonces eras alcalde de Chacao. Recuerdo bien la mañana luminosa en que ese joven, que había sido mi vecino en Harvard,  develó el busto del poeta en una plazuela hospitalaria. Leyó un breve discurso, inevitablemente vallejiano, y terminó citando, de memoria, unas estrofas.
 
Esa noche, en casa de Carlos Urrutia, Leopoldo nos contó de su afición por Vallejo, su poeta preferido. Casi todos los políticos peruanos citan a Vallejo, pero haciéndolo parte de su discurso licencioso. Inevitablemente terminan aumentándonos las deudas: "¡Hay, hermanos, muchísimo que hacer!" La lectura de Leopoldo, fue más civil.
 
Confío que aceptes venir a esta Universidad lo más pronto que tus compromisos didácticos te lo permitan, y que a nombre de la justicia poética, que es la poca que va quedando, nos devuelvas la visita que te hicimos a nombre de Vallejo y la patria grande.
 
 
No en vano hemos compartido aquí el diálogo académico y cultural con la gran Universidad Central, el corazón de Caracas; con la honda Universidad Simón Bolívar; y también con la de Carabobo y su feliz Feria del Libro, donde Rafael Cadenas y yo presentamos un libro mío que no salió a tiempo, verdadero acto de fé; y con la U. de los Andes, ágora de la literatura latinoamericana. Tampoco es casual que hayamos organizado aquí la primera conversación  internacional sobre la literatura venezolana, gracias al apoyo de Oscar Zambrano Urdaneta, ilustre presidente del CONAC, y a Simón Alberto Consalvi, gran embajador ilustrado. Memorable encuentro venezolanista en el que brilló Alejandro Rossi, lloró  Adriano González León (y no sólo aqui, supe luego), deslumbró José Balza...Y pudimos recibir a buen número de escritores y colegas. Luego, con la cátedra Andrés Bello dictaron cursos sobre la cultura venezolana dos investigadores de mucho valor, Yolanda Salas y Carlos Pacheco.Y más tarde,estuvieron de profesores visitantes Enzo del Búfalo, agudísimo ensayista; Heinz Sonntag, sociólogo bien conocido, y Patricia Guzmán, poeta de voz visionaria. Y han compartido nuestros coloquios amigos de toda la vida, como Juan Sánchez Peláez, Federico Vegas,  Antonio Lopez Ortega, Nela Ochoa, María Auxiliadora Alvarez, Helena Arellano, y María  Ramírez Ribes, gestora generosa de proyectos que nos siguen ocupando. Todos ellos, Leopoldo, te acompañan.

 

Incluso el presidente Nicolás Maduro pasó por aquí, cuando era embajador en Wáshington, y nos dió una charla en la que reafirmaba las libertades públicas en el socialismo bolivariano. Estoy seguro de que mis buenos amigos Gonzalo Ramírez y Luis Alberto Crespo, comprometidos bolivarianos, ayudarán a que esta carta de invitación se cumpla. 

 

[Publicado el 16/9/2015 a las 04:50]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Tres apostillas a Borges

1. Heriberto Yépez: El Aleph, engordado

Escribió Amir Hamed: "Todos somos Katchadjian." ¡Cierto! No cualquiera es Borges.
El procedimiento apropiacionista de Borges es justo el opuesto al de Katchadjian.
En Internet -y pronto en artists statements, ponencias o posts neoliberales (neolaborales)- "engordar" un texto se usa como sinónimo de apropiarlo, reelaborarlo, alargarlo. Pero esa definición es imprecisa.
Engordar un texto es distenderlo, extenderlo para producir un alivio anestético que contrarreste la tensión estética del original. Borges era un artista perfeccionista, no admitía frase sobrante; Katchadjian, en cambio, introdujo texto desestresante.
En términos retóricos clásicos, la "engorda" de Katchadjian es bathos: transitar un texto de lo tenso a lo banal, de lo acabado a lo ridículo. En el caso de El Aleph engordado, transitar del humor metafísico al humor trivial.
Borges condensaba literaturas, las abreviaba; Katchadjian, a prosa condensada le agrega prosa grasa; democratiza despanzurrando.
Como otros géneros de escritura virtual, la "engorda" es una forma ansiolítica: alivia la ansiedad de la influencia borgeana y la angustia de que la nueva literatura deba ser tan técnicamente lograda como la previa.
(De Archivo H, en Laberinto, suplemento de Milenio, México, 1-8-2015).

 

2. Cristina Fiaño: Los otros, el mismo

C. F. ¿Cuál cree Ud, es el elemento fundacional de la escritura borgeana?

J.O. Me parece que en Borges hay un doble movimiento: hacernos parte de la tradición literaria y, al mismo tiempo, propiciar nuestra ruptura con ella. Por lo primero nos abre las puertas de la literatura como universo del asombro y el goce de la invención creadora. Por lo segundo, nos invita a cerrar la Biblioteca de un portazo y empezar de nuevo, críticamente. Lo fundacional en su obra, creo yo, es la ironía.

C.F. Se habla de Borges como un escritor universal. ¿Qué papel considera que juega Borges dentro de la literatura universal?

J.O.  Nos demostró, mejor que nadie, que la Literatura es un país alterno, en el cual se puede vivir con inteligencia, pasión y civilidad. Lo cual no quiere decir que la literatura esté fuera de la realidad, al contrario, lo real sería solamente literal si no fuese por la demanda que sobre esos límites plantea, sin demasiada esperanza, la invención.  

C.F. En 2010 el Centro de Editores publicó Los Rivero, un manuscrito, inédito hasta entonces, que usted  exhumó de entre los papeles que el Harry Ransom Center for the Humanities de la Universidad de Texas, en Austin, conserva de Borges. ¿Qué supuso para los estudios borgesianos la aparición de Los Rivero?

J.O. Sus textos no presuponen borradores revisados febrilmente. Como ocurre incluso con san Juan de la Cruz, cuyos borradores, en todo caso, serían la Biblia. Los de Borges son la Enciclopedia. De modo que fue una especie de epifanía encontrar ese relato abandonado. María Kodama me ha contado que Borges soñaba muchos de sus textos y que, al despertar, los recordaba con tanta precisión que apenas corregía. Debe ser una virtud de la ceguera.

C.F. Pese a tratarse de un manuscrito de apenas cuatro páginas usted sostiene la hipótesis de que no es un relato inacabado sino el comienzo de una novela, la novela que Borges no quiso escribir.

J.O. Tal vez Borges hubiera preferido ser Henry James, Faulkner, o al menos Joyce...Mi tesis es que empezó con brío ese relato pero como tenía demasiados personajes, creo que tres o cuatro, cada uno con una vida propia, era inevitable escribir una novela. Solía decir que una novela cabría mejor en un párrafo.  Cuando le pregunté si había tenido noticias de Cien años de soledad, respondió: Me dicen que dura cien años...

C.F. El hallazgo inesperado de Los Rivero conmovió al mundo de la literatura, ¿cree que puede haber más sorpresas en el material dejado por Borges?           

J.O. Borges se habría divertido con la noticia de que los diarios entendieron que se trataba, literalmente, de una novela abandonada. Yo sólo habia propuesto que dejó el cuento porque corría el peligro de escribir otra novela argentina.

C.F. Usted ya había trabajado con manuscritos de Borges anteriormente. Especialmente relevante fue la edición crítica y facsimilar de “El Aleph” que, junto a Elena del Río Parra, publicó en 2001 la editorial del Colegio de México. ¿En qué medida cree que “El Aleph” sigue siendo el cuento emblemático de Borges, la cifra de su narrativa?

J.O. Es, digamos, una alegoría  de la invención literaria. Es autoficcional, se demora en un no-lugar, y es también una sátira conceptual del sistema, profuso y autoritario, que encarna brutalmente Carlos Argentino. Hay más Carlos Argentinos engrosando  el espacio literario que figuras como Borges, restándole páginas.  Por eso, creo que es una poética de su obra: la epifanía de lo simultáneo contra el discurso de los poderes que han corrompido el lenguaje y, en consecuencia, la sociedad.

C.F. ¿Cuál es para usted la principal aportación de esta edición de “El Aleph” a los estudios borgesianos?

J.O. Además de la filología de la Prof. Del Río Parra, es uno de los muy pocos manuscritos recuperados con un aparato crítico imparcial, que nada impone ni demanda al relato ni al lector. Establece, quiero decir, el estado textual de esa obra maestra para que el lector discreto ensaye sus lecturas y versiones.

C.F. Sabemos que está preparando ya una tercera edición de “El Aleph”. ¿Qué novedades presentará? 

J.O. Como cualquier persona educada sabe, nunca termina el establecimiento crítico de un texto mayor. Tuvimos la suerte de que la Biblioteca Nacional nos dejara el manuscrito vivo, hoy sólo es accesible su copia. Por eso es tan valiosa la reproducción facsimilar que incluímos.  Me hubiera gustado encontrar la copia que fue a la revista Sur, que debía estar en el archivo de Sur, como me dijo Enrique Pezzoni. Pero el archivo ha desaparecido, y según una experta en Sur, nunca existió. Como otros manuscritos, libros y autores argentinos...

C.F. ¿En qué medida resulta revelador el examen de los manuscritos de Borges para el estudio de su obra?

J.O. Las alternativas, variantes, revisiones, tachaduras, revelan el proceso de la escritura, como un mapa de su recorrido. Beatriz y Carlos Argentino, por ejemplo, eran hermanos, pero terminan enmendados en primos. La enumeración como metáfora del instante hecho verbo es también una virtud retórica que se ve desplegada en el manuscrito a partir de varios recomienzos, todos consignados en nuestra edición.

 

 3. Intertextualidad y reescritura

 

A propósito de El Aleph engordado, del joven escritor argentino Pablo Katchadjian, lo primero es decir lo más evidente: la audacia de escribir dentro de la copia  del cuento de Borges para amplificarlo, es un gesto vanguardista ingenuo, condenado, de antemano, a una apropiación impropia. Esto es, al fracaso. No sólo porque es improbable añadirle frases a ese relato sin rebajarlo y, lo que es más serio, sin atentar contra su integridad. El resultado es lamentable: El Aleph engordado es, francamente, vano.

 

“El Aleph” de Borges viene de muchas fuentes: de la mística hebrea, de la Vida Nueva de Dante, de la tesis de Poe que el mejor argumento supone una mujer bella que muere, de la filosofía árabe  y la búsqueda de un centro, de la idea moderna sobre el no lugar del poeta en un mundo sin sustancia... Y, claro, en la figura de Carlos Argentino postula el horror de la literatura nacional, hecha de autoridades abusivas y casuales. Quizá este joven escritor podría haber propuesto un nuevo escenario, tal vez un café de la Universidad, donde los discípulos de Carlos Argentino descuartizan el cuento de Borges.  Lo lamento porque su libro anterior, un desmontaje del Martín Fierro, que reordenaba los versos de ese texto fundacional, fue un juego de ingenio. Su anunciado próximo proyecto, reescribir El matadero, formidable alegoría de la violencia política argentina, podría convertirse en El mentidero, y ser una sátira de la mala educación producida por los discursos dominantes. No sólo el académico, también el periodístico, que ciertos corresponsales utilizan para legitimar fáciles entuertos.  

 

Sus varios defensores han hecho permisibles los conceptos de “intertextualidad” y “reescritura,” aduciendo que los ensayó Borges. El primero postula una dimensión textual interactiva, y concierne al despliegue de la textualidad entre libros, una actividad de la obra entre las obras. Uno no escribe intertextualmente. No se puede decir de Borges: qué buena intertextualidad manejaba...La crítica francesa de los años 70 y comienzos de los 80 ha agotado el tema hasta la autoparodia. La
“reescritura”, en cambio, concierne más a los mecanismos de autoría: reescribir no es glosar, ni imitar, ni parodiar. Implica el dialogismo que un escritor asume en una partitura convocatoria. Borges ejerció este mecanismo creativamente: se reescribió incluso  a sí mismo, desmontando la autoridad del yo autorial, y elaborando la complicidad irónica del lector. Su genio fue hacer una literatura de la lectura. Por eso dijo que un escritor inventa a sus escritores, aunque él ha inventado, más bien, a sus lectores. De muchos de ellos no tiene, claro, la culpa.

 

Es, por lo menos, ingenuo que algunos sostengan que lo hecho por el joven autor con “El Aleph” es equivalente a lo que hizo Duchamp con La Gioconda, ponerle bigotes.  Es obvio que se trata de una Gioconda hecha copia.  La copia no niega al cuadro, lo hace más único. En cambio, “El Aleph” es siempre el mismo: ocurre en el lenguaje, y cualquier copia es su original.

 

Otros, no menos despistados, han escrito que Borges firmó un relato del conde Lucanor. Y que esa operación es un plagio, o al menos una glosa. Es, más bien, una reescritura: transcribe del lenguaje medieval al castellano actual una fábula, traduciéndola, digamos, de su origen histórico en texto presente. Muchos han hecho lo mismo por razones didácticas, pero la lección borgeana es una práctica de reescritura creativa.


Más flagrante es el argumento de que Borges se apropió de El Quijote en su cuento “Pierre Menard, autor de El Quijote” donde, en efecto, Menard es un escritor que decide escribir la novela, pero no copiarla ni parodiarla, sino tal como es, reescribirla palabra por palabra, y firmarla como suya. Borges compara dos párrafos y comenta que aunque son el mismo son diferentes, porque en el siglo XVII querían decir una cosa, pero ahora postulan otra. La ironía es transparente: lo que cambia es la lectura; las palabras son las mismas pero la lectura reescribe la obra desde su renovado presente.  No toda lectura es, claro, pertinente. Ya Borges nos alertó contra los anacronismos abusivos del tipo “Man of La Mancha.”

 

Sábato inició una tradición argentina de leer a Borges cuando se preguntó: ¿Está Borges condenado a plagiarse a sí mismo? Bajo esa superstición, algunos creen hoy que admirar a Borges legitima parodiarlo, glosarlo, apropiarlo. Pero Borges no consagró el plagio: se reescribió a sí mismo (para dejar de ser Borges, en primer lugar) buscando rehacer la lectura, y hacer de sus lectores autores de inventiva más civil y menos nacionalista, más creativa y menos autoritaria, más libre y menos violenta.

 

En cuanto a la extraordinaria virulencia de los ataques a María Kodama, como no he visto que alguien lo haya hecho en Buenos Aires, me permito remitir al lector curioso a mi defensa de sus muchas tareas: http://www.elboomeran.com/blog-post/483/11316/julio-ortega/una-defensa-de-maria-kodama/. Sólo añado que María ha logrado reconstruir libro por libro la biblioteca de Borges, preservada en la Fundación Borges de Buenos Aires. Su catálogo, en preparación, podrá ser un curso hospitalario para neófitos cautos.

 

[Publicado el 21/8/2015 a las 04:30]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Borges vidente


A María, con gratitud
 
 
He soñado que Borges no era ciego. Yo, que he visto sus ojos velados, me asombraba de verlo libre de la ceguera. No me animé a decirle que hablábamos dentro de un sueño porque un antiguo protocolo impone la cortesía de no decirle a alguien que es el sueño de otro. De modo que lo vi tocar cada cosa como si fuese única, y recordar cada nombre con gratitud. Pero Borges no había recobrado la vista; en verdad, nunca la había perdido.

 

He llegado a creer que los sueños no son un lenguaje cifrado sino una serie de asociaciones gratuitas de forma barroca; y juegan, por eso, a canjear imágenes entre espejos. En este caso, yo soñaba que Borges se había soñado ignorando del todo su ceguera, aunque yo sabía, como soñador de su sueño, que él, en verdad era ciego, y que el sueño le concedía la gracia de ignorarlo. Soy testigo de un Borges que se sueña vidente para dejar de ser invidente, como si el olvido le devolviera la memoria. 

 

En alguna parte he recordado que la vez que lo conocí, junto a María, en Austin, me preguntó por el color de la madera del escritorio que palpaba, me dejó ajustarle el nudo de la corbata, y me pasó su bastón invitándome a sopesar su ligereza.

 

Sólo se me impuso su ceguera en el desayuno, cuando perdió sin alarma unos granos del cereal. María lo tomaba del brazo y él adelantaba su bastón tentativo. Se dejaba llevar, enamorado y liviano.

 

Mi sueño, entiendo, es vagamente melancólico, no porque Borges esté ausente, que no lo está, sino porque el recuerdo de su mirada ciega sobre uno es, cómo decirlo, doliente; no porque no pudiera vernos, ya que le bastaba con el nombre, sino porque uno no podía verlo mirar, verlo viendo.

 

He soñado que Borges no era ciego, tal vez, pienso ahora, porque he pasado estos meses descifrando algunas páginas suyas, inéditas; un breve ensayo manuscrito, la transcripción de una de sus conferencias en inglés, una divertida respuesta a la pregunta, ¿cuáles son los tres libros que Ud. se llevaría a una isla? Borges demuestra lo absurdo de las encuestas: ¿Uno de los tres, dice, podría ser la Enciclopedia Británica? Le pasé las copias a María Kodama la última vez que nos visitó en Providence, hace unos meses; y haremos una edición de variaciones borgeanas con el Centro de Arte Moderno, en Madrid, donde todo es gratuito, por amor al arte gráfico.

 

Pude advertir que su letra, breve y  menuda, se iría cerrando conforme perdía la vista, haciéndose rasgada y dudosa. Me impresionó especialmente su firma, que pasó a ser no un garabato casual sino una, digamos, rigurosa tachadura. Todavía en 1982, cuando compartí unos días de su conversación en Austin, firmaba con un rasgo cerrado, anguloso y apenas legible. Podría describir casi cada letra, pero es la traza de escritura lo que más conmueve, no porque sea la firma de un ciego sino por la intensidad gráfica que apura su mano en la página.

 

Años después, en un seminario sobre su obra vista desde sus manuscritos, en Brown, entendí que esa firma era, en verdad, una cicatriz del lenguaje. De inmediato la asocié con la escritura de Vallejo, que literalmente nacía de su propia tachadura. Esta “poética de la tachadura” se desarrolló en un ensayo de Goretti Ramírez, en Brown, y en una tesis de Carlos Varón sobre María Zambrano, en Harvard. En la letra visionaria brilla una huella de tinta, casi como un aire de familia.

 

He contado en un relato (“El Arte de Narrar”) otro sueño con Borges. Me pedía él escribir un poema para un amigo suyo, cuyo hijo había muerto. Y le voy leyendo las estrofas, que mencionan la noche, el agua y la luna. Borges aprueba mi empeño y corrige un pareado. Pero en ese sueño él era ciego; y el poema era rimado, para ser recordado.

  

La letra ciega de Borges es remplazada en los textos finales por la letra aplicada de doña Leonor, su madre. No ha faltado gente imperiosa, inescrupulosa, que le ha copiado algunos borradores, que él dictaba mientras los componía y corregía de memoria.  Carlos Argentino, lo digo con horror, no ha muerto: en el manuscrito de "El Aleph" que me tocó editar, ha creído ver una redacción repetida y trivial, y lo ha anunciado con entusiasmo.

 

He visto en el sueño los ojos vivos de Borges, animados por el candor y la ironía, por el mismo humor hospitalario de su conversación. Había perdido la ceguera sin haber ganado la visión. He soñado, me dice, aunque es él quien ha sido soñado. En rigor, no era ciego en el sueño, sólo lo era en la mera realidad. Yo solo he soñado la mirada milagrosa (milagro, después de todo, es ver más) despetar en el sueño.

 

2

  

Este ciego  comparte el mundo que le ha sido dado ver y nombrar.

 

Me sorprende, me dice, esta condición extravagante y, al final, llevadera. Ya he dicho, y Ud. lo recuerda, que la ceguera no está tan mal, pero no la recomiendo.

 

Tal vez, respondo, Ud. ha soñado que dejaba de ser ciego y se ha visto a sí mismo tal como era antes de que las manchas de luz se apoderasen de sus pupilas.

 

Su explicación es más verosímil, respondió divertido, aunque comparto su gusto por lo patético. Pero más interesante es creer que en efecto uno, cualquiera, yo, Ud., en verdad está ciego porque está despierto. Lo que vemos nos hace creer que vemos, pero lo que no vemos revela que somos ciegos. ¿Me sigue Ud.?

 

Lo sigo a tientas, dije.

 

3

 

Más improbable, más extravagante, es creer que uno en el sueño ve todo pero al despertar no ve nada. Los sueños de un ciego sólo pueden ser las visiones de la sinrazón. Me parece que esta conversación ya la hemos tenido. ¿O Bioy nos está anotando, montado en su tintero?

 

En verdad estoy repitiendo, aunque no copiando, mi evocación de nuestra primera charla, que incluye 1) su memoria visual; 2) su glosa varia; y 3) la parte de ficción que perfila cualquier memoria.

 

No se preocupe, son charlas casuales y, por eso, hechas a favor de lo fugaz.No hemos sido tan anacrónicos como Petrarca, quejándose a Homero del gusto infame de su época.

 

Al menos Montaigne creyó charlar con Platón sobre el descubrimiento de América.

 

¿Buscaría un interlocutor a la medida de su asombro?

 

La conversación entre San Martín y Bolívar es perfecta: no la prolongan las palabras.

 

¡Seguirán discutiendo entre el tedio de los glosadores!

 

Unos y otros avivaban la charla. 

 


[Publicado el 08/8/2015 a las 03:41]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

El genio burlesco de César Moro


¿Qué sería de las vanguardias sin el ánimo polémico que las enciende?

 

Casi todos los vanguardistas ejercitaron con entusiasmo la animosidad mutua. Hoy, más civiles, hemos perdido ese talento polemista, quizá porque ya no reclamamos la originalidad como principio estético. Pero desde sus orígenes hasta su disolución, la vanguardia hizo de los ismos una piedra de afilar el ingenio del sacrificio. Ya el primer sismo surrealista, necesariamente contra Bretón, produjo el famoso contramanifiesto “Un cadáver.” Acusar al otro de muerto en vida fue casi un saludo parisino.

 

Los estudios académicos y los cronistas emotivos han convertido a las vanguardias en una galería de santones que abandonaron la furia innovadora por las buenas maneras. Desde Tzara y sus espectáculos de destrucción de cualquier artista sacramentado hasta Bataille y su culto de lo horrendo o transgresivo (acusó a los poetas líricos de haberse refugiado en “tierra de cobardes¨); pasando por Marinetti, que fue fusilado varias veces en cuerpo ausente, la ardorosa biografía de la vanguardia está hecha por su propia refutación.  Estas batallas perdieron convicción al pasar al español, si bien la exquisita malediciencia de Juan Ramón Jiménez debe haberse alimentado de su noción de lo nuevo, heredada de su maestro, Rubén Darío, y acendrada en el cuello de Neruda (“gran poeta malo,” dijo) y en los riñones de Aleixandre (“poeta incompleto,” lo llamó, porque le faltaba uno). 

 

En América Latina la pasión panfletaria brilló gracias a dos poetas notables, el peruano César Moro (1903-1956) y el chileno Vicente Huidobro (1893-1948).  A pesar de que la polémica, desatada por Moro, derivó en el vejamen, y hasta en el golpe bajo por ambas partes, no sólo es memorable por el talante de los personajes enfrascados en  duelo por varios años, sino por el fecundo arte de injuriar.

 

César Moro (su nombre fue Alfredo Quíspez Asín) es el único poeta del mundo hispánico que formó parte del movimiento surrealista desde 1925 hasta 1933, en que dejó París y volvió a Lima, a la que en burlas veras llamó “la horrible.” Su leve huella se extiende  en las actividades colectivas, revistas y documentos del primer surrealismo.  Huidobro estuvo en París antes, en los albores de las vanguardias, y se sintió una de las fuentes del creacionismo. Moro estuvo poseído por la fecunda sintonía con el surrealismo, y ejercitaba el gusto por el desplante antiburgués y libérrimo.  Huidobro era un aristócrata rico y mundano, amigo de los grandes de su tiempo, y a quien los artistas como Moro veían como una suerte de Jean Cocteau, ligeramente decorativo y teatral. Huidobro escandalizó a su sociedad al huir con una novia de 13 años a París; Moro escandalizó a sus amigos con sus poemas a un teniente del ejército mexicano.

 

No debe haber sido gratuito sino todo lo contrario, meticulosamente coreografeado, el primer asalto de la polémica, iniciado por Moro en la Academia Alcedo de Lima, en 1935. Al coincidir allí unos amigos suyos, artistas chilenos afines a las vanguardias, decidió montar la Primera Exposición Surrealista en América Latina.  Fue mayúscula la sorpresa de estos pintores al descubrir que el catálogo, escrito por Moro con ayuda de su amigo y co-conspirador, Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001), contenía un Aviso en el que se cuestionaba la originalidad de Huidobro. Se le acusaba de haber saqueado un texto de Luis Buñuel y de ser imitador de Pierre Reverdy. Cincuenta años más tarde, en una nota sobre esta polémica, Westphalen todavía aseguraba que la motivó el “plagio” hecho por Huidobro de un texto de Buñuel. Huidobro se sentía absolutamente original, por haber forjado la idea de lo nuevo en español; y pleno fundador, verdadero padre del creacionismo, el estilo basado en la capacidad asociativa de la imagen.  Huidobro respondió desde el Olimpo, y ardió Troya.

 

Que el pensamiento poético sólo pueda expresarse en la polémica florida demuestra que el artista no está todavía socializado por la institución literaria ni mucho menos procesado por el liberalismo bienpensante del desarrollo del mercado.  Justamente, esta polémica ilustra el desasosiego del artista contra el Museo y el Mercado, cuando su oficio amenaza en hacerse  nacional e institucional.  A nombre de la originalidad, hasta la parodia, la apropiación y la glosa, consagraban la reproducción mecánica de la copia y el pastiche.  Cuando Duchamp le puso bigotes a la Mona Lisa nadie asumió que se trataba de la Mona Lisa sino de su mera reproducción. Las variaciones del joven Dalí, sólo podían condenarlo, a pesar de su genio temprano, a la trivialidad del peor de los mercados, el del entretenimiento.

 

Moro es de otra grandeza, intrínseca al proyecto surrealista subversivo, que tuvo en él a uno de sus cultores más fieles. Su poesía es celebratoria de los sentidos, exploratoria de la lengua, desplegada más como escritura que como voz. Escribió casi todo en francés, quizá para liberarse de la pesadumbre de un español normativo y reductivo. Prefirió los márgenes, entre la pobreza y el exilio, pero siempre con humor surrealista. En casi todas las historias del surrealismo es una nota al pie de la página. Y aunque se separó de su viejo camarada Breton (lo acusó de compartir la mesa con cretinos)  organizó con él  y con su amigo Wolfang Paalen, en 1940, en México, la primera Exposición Internacional del Surrealismo.  Fue, además, pintor exquisito, en la ruta del primer Chirico, mucho antes de que éste terminara imitándose, fasificando cuadros del Chirico de los años 10, que eran sus más cotizados; ya habrá algún energúmeno que lo consagre como inventor de la intertextualidad.

 

La edición de su Obra poética completa en la colección Archivos (U. de Poitiers) permitirá recuperar el humor y la gratuidad que alientan en su poesía como certidumbre ardiente y breve.

 

[Publicado el 04/8/2015 a las 06:17]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Cervantes vivo


  

Porque una  amiga me pide explicarle para qué buscamos los huesos de Cervantes, quiero recordarle que hace muy poco se desenterraron los de Petrarca para comprobar que son suyos.   Dirigió la exhumación  del texto  óseo, no sin ironía petrarquista, el Dr. Terribili.  El ADN se ha convertido en el ABC fundacional de los estados-nación,  requeridos  más que nunca de alguna autoridad mítica que les devuelva la legitimidad puesta en  entredicho por  las plagas del autoritarismo, la exclusión, la mala distribución, y para terminar de arruinar la institucionalidad de este sistema, la corrupción  impune.

 

¿Qué ocurriría si se encontraran, con buena fe, los huesos fidedignos de Cervantes? Se afirmaría la buena conciencia política de un Estado escaso de  nación que lo sostenga.  Nunca los huesos de Cervantes habrían trabajado tanto.  Ni siquiera le dieron permiso para irse a Indias, donde esos huesos al menos habrían aprovechado la siesta del tópico. Mis colegas ingleses, para satisfacer sus opiniones, creen que si Cervantes hubiera ido al Nuevo Mundo  no hubiese escrito el Quijote, sugiriendo que solo se podía escribirlo en la cárcel.

 

Seguramente tendríamos a nuestros escribas mayores y menores celebrando a Cervantes como fundador moderno, ya no de la novela, sino de una idea de España, convertida en nuevo Retablo de las Maravillas.  Y todo gracias al escritor sin premio alguno y peores regalías que, de haber, ha habido. Claro que si los expertos se apresuran, la magnífica ironía con que Cervantes nos diera sus  huesos, además del premio que lleva su nombre,  sería desfundacional, ya que Juan Goytisolo, premio Cervantes este año, contra toda lógica estatal, tendría que haberlo  recibido a nombre del taimado musulmán que escribió Don Quijote en árabe, Cide Hamete Benengeli. No  olvidemos que Cervantes compró el arábigo manuscrito en el mercado de  Toledo, y lo hizo traducir para que lo podamos leer en el mero castellano. ¿O habrá todavía otra ironía cervantesca en sugerirnos que la mezcla es lo moderno? No en vano se quiso mudar a Indias, donde la hibridez, que es el horizonte de la modernidad a pie,  forjaba un “refugio de peregrinos.”

 

Como Dante, Cervantes debe haber  sentido que caminar por este valle miserable era labor de peregrino, que lleva, como  los  migrantes hoy día, su lengua a cuestas. Don Quijote, después de todo, es el  peregrino español que, al revés de Santiago, marcha hacia  Barcelona para conocer a su  madre, la Imprenta. Como en la epístola de Pablo, habla “en locura” , como cualquier personaje de Juan Goytisolo para ser veraz.

 

A comienzos del siglo XIX (que un estúpido llamó estúpido), un venezolano, Andrés Bello, desde Londres vio con alarma que los ingleses tenían su robusta piedra fundacional en Chaucer y Shakespeare; los alemanes en la saga de los Nibelungos, y hasta Francia contaba con su Canción de Roland, además de Rabelais...Pero España carecía de un texto fundador de su calidad nacional.  Fatigó la British Library hasta que encontró lo que buscaba, que es  una virtud de filólogos: ese texto era el Cid.  Por entonces, el poema era menos épico y más bárbaro. Pero Bello descubrió que no era el producto de frailes ignaros, como se creía,  sino la refinada adaptación del rimado del Romance. Y propuso a una Academia incrédula la primera edición de El Cid campeador como texto fundacional del Estado civilizatorio. Menéndez Pidal le reconoció la audacia, un poco a regañadientes, como buen colega español.

 

Hoy somos más exigentes. No nos basta la filología, que sostuvo la hipótesis de un Estado-nación español, y exigimos el DNA. Será Cervantes o no será.  Tampoco en Argentina falta el diputado que reclama los huesos de Borges, aunque con los de Evita tienen para largo.  Cada nuevo gobierno peruano se propone recobrar a Vallejo, aunque por ahora  es consuelo el equipo de fútbol llamado “César  Vallejo”, al que suelen darle  duro con un palo, salvo cuando juega contra el “Inca  Garcilaso de la de la Vega.” No ha  faltado quien le reproche a Carlos Fuentes descansar en  París y no en México,   donde cada gobierno preside una  tumba abierta. Y en Estados Unidos se sigue disparando contra aquellos por  quienes Lincoln fue a la más terrible de las guerras.

 

Al final, no importa demasiado que no puedan certificar los restos de Cervantes y los declaren decorativamente suyos.  El Estado no requiere ser refundado sino reformado. Sus fundaciones han sido sobre ausencias: son muy pocos los héroes culturales españoles que descansan memoriosamente en paz.

 

Importa que tú lo leas para que siga vivo. Tampoco de Lorca necesitamos de sus restos para curar  las heridas, mucho menos para entregarlo como 'celebrity' a la subcultura del turismo. Podemos cerrarlas a nombre de su lectura, no solo a  nombre  del Estado y sus  ocupas de turno. Después de todo, España, no Granada, es la tumba de Lorca.  Más bien, deberíamos ya traer a casa a Antonio Machado, que yace al pie de la frontera francesa como una tierna herida. En este mundo multi-hispánico global, la actualidad viva de Cervantes es la de cualquier peregrino que haya cargado su lenguaje español más allá de nuestras miserables fronteras.


[Publicado el 26/7/2015 a las 21:56]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima,  y publicar su primer libro de crítica,  La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU,  Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert.  Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Bibliografía

Crítica

 

Transatlantic Translations. Londres: Reaktion Books 2006

 

Rubén Darío y la lectura mutua. Barcelona: Omega 2004

 

Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno. Santiago: LOM 2000

 

El principio radical de lo nuevo. Lima: FCE 1997

 

Retrato de Carlos Fuentes. Madrid: Circulo de Lectores 1995

 

Arte de innovar. Mexico: UNAM 1994

 

El discurso de la abundancia. Caracas: Monte Ávila 1992

 

Una poética del cambio. Prólogo de José Lezama Lima. Caracas: Biblioteca Ayacucho 1992

 

Reapropiaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico. San Juan: EUPR 1991

 

Gabriel García Márquez and the Powers of Fiction. Austin: Texas Press 1988

 

Crítica de la Identidad. México: Fondo de Cultura Económica 1988

 

Cultura y modernidad en la Lima del 900. Lima: CEDEP 1987

 

Poetics of Change, The New Spanish-American Narrative. Austin: Texas Press 1986

 

Figuración de la persona. Barcelona: Edhasa 1971

 

La contemplación y la fiesta. Caracas: Monte Ávila 1969

 

 

Ficción

 

Teoria del viaje y otras prosas. Madrid: Ediciones del Centro 2009

 

Adiós Ayacucho. Lima: U de San Marcos 2007

 

Puerta Sechin. Tres novelas breves. México: Jorale Ed. 2005

 

Habanera. Palma de Mallorca: Bitzoc, 1999; Lima: Fondo PUC 2001

 

Emotions. Poems. New York: 2000

 

La mesa del padre. Cuentos. Caracas: Monte Ávila 1995

 

Ayacucho, Good Bye. Pittsburgh: Latin American Review Press 1994

 

 

Ediciones

 

México Transatlántico. Con Celia del Palacio. México: FCE 2008

 

Rubén Darío: Poesía. Barcelona: Círculo de Lectores 2007

 

Carlos Fuentes: Obra reunida. México: FCE 2006

 

Gaborio. Arte de Releer a Gabriel García Márquez. México: Jorale 2004

 

"El Aleph" de Jorge Luis Borges, ed. Critica. Con E. del Río Parra. México: El Colegio de México 2008

 

The Picador Book of Latin American Stories. Con Carlos Fuentes. London: Picador 1998; New York: Viking 2000

 

Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Con M.F. Lander. Madrid: Cátedra 2002

 

Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. México: Siglo XXI 1997

 

La Cervantiada. Madrid: Libertarias 1994

 

César Vallejo: Trilce. Madrid: Cátedra 1996

 

Julio Cortázar: Rayuela. Con Saúl Yurkievich. París: Archivos 1993

 

America Latina in its Literature. Con César Fernández Moreno. New York 1984

Enlaces

Página web de Julio Ortega

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2016 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres