La primera respuesta al ¿para qué leer? que consigna Juan Gabriel Vásquez en su libro El arte de la distorsión es prácticamente una no-respuesta. "Leer novelas -dice Philip Roth- es un placer profundo y singular, una apasionante y misteriosa actividad humana que no necesita más justificación moral o política que el sexo". El hecho de que constituya un placer que conecta con una necesidad humana profunda debería, según Roth lo insinúa, eximirnos de buscar mayores explicaciones: se trata, tal como dice, de un misterio, y los mejores misterios, o por lo menos los más duraderos, son los que nunca se develan del todo.
Pero poco más adelante, Vásquez recurre a una explicación que el mismísimo Roth -aquel que no quería ahondar en la cuestión de las justificaciones- le provee también: "Leo ficción para liberarme de mi perspectiva sofocantemente estrecha de lo que es la vida y para entrar en simpatía imaginativa con un punto de vista narrativo distinto del mío. Es la misma razón por la cual escribo". A continuación de lo cual Vásquez dice: "El lector de ficciones es un inconforme, un rebelde, y la razón de su rebeldía y su inconformismo es la insoportable camisa de fuerza de la vida humana: el hecho de que esta vida sea sólo una -es decir, que no haya otra después de la muerte-, y además sea sólo una -es decir, que no podamos ser más de un hombre al mismo tiempo".
Es decir que, en esencia, leer (y por supuesto escribir) es una diversión, un vertirse, volcarse en un odre distinto del propio. ¿Para distraerse de "la insoportable camisa de fuerza de la vida humana"? Probablemente. El simple hecho de ausentarse de la realidad por un rato produce alivio, sin duda alguna. Pero la persistencia del recurso a lo largo de la historia (de las pinturas rupestres y el relato oral a Dr. House y el Kindle), y el hecho de que haya prestado servicios en circunstancias y culturas tan pero tan diversas, parece insinuar que las narraciones le conceden a la especie algo más hondo, y por lo tanto más entrañable, que un simple divertimento.
Roth habla de "simpatía imaginativa". Ponerse en la piel de otro de un modo tan confortable como el que provee la ficción (con un libro en la mano o delante de la TV, podemos exponernos a los peligros más grandes sin sufrir desventura más seria que un calambre) cumple una función inestimable. Como dice Vásquez, no tenemos más vida que esta y no contamos con otro invento mejor que la ficción para experimentar mil vidas aunque sólo vivamos una. (Por lo menos hasta que la tecnología no encuentre otra manera de vendernos existencias vicarias.) Las ficciones nos han permitido acumular una currícula que no cabría en ninguna solapa de libro: todos hemos sido piratas, reyes, magos, semidioses, conquistadores, superhéroes, santos, detectives, sex-symbols, guerreros medievales -y sigue la lista.
Pero a cambio de esta posibilidad de probarnos tantas pieles sin sufrir daño físico en el proceso, ¿no pagamos un precio? O para ponerlo de otro modo: ¿podemos ser todos esos Otros imaginarios sin cambiar un ápice, o no será más bien que el ejercicio de "simpatía imaginativa" tiene consecuencias sobre sus practicantes? Shakespeare es grande por muchas razones, pero una de las más importantes es, precisamente, su capacidad de "ser" todos sus personajes del modo más convincente. La mayoría de los escritores logra "ser" a fondo tan sólo un personaje, o un tipo de personajes, al que rodea de comparsas de poco espesor que lo ayudan a llevar la trama adelante. En cambio Shakespeare era tan convicente en su representación de los héroes como de los villanos, de las mujeres como de los hombres, de los viejos como de los adolescentes. ¡Pocos sirvientes, nodrizas y personajes secundarios más vívidos se han escrito, que aquellos que entran y salen constantemente de sus obras!
Volviendo al meollo: la mayoría de las ficciones que hemos leído,
tanto literarias como audiovisuales, no nos hacen gran mella. Se olvidan tan pronto las terminamos. Pero todos podríamos dar cuenta de cuentos, novelas, películas y series que nos han marcado de por vida -que, sin exageración alguna, han contribuido a hacer de nosotros quienes somos.
Leer de verdad, pues, tanto como escribir a fondo, son actividades que suponen abrirse a la posibilidad de ser transformados. Como dice Vásquez, la razón profunda de nuestra adicción a los relatos pasa por la imposibilidad de conformarnos con nuestra piel. Esto no significa necesariamente que no queramos ser quienes somos; más bien quiere decir que queremos ser quienes somos, pero de otra manera. Le demandamos al relato que nos conceda la misma bendición que Jacob le arrancó al Angel, y que Harold Bloom traduce de este modo: más vida. Lo cual tampoco significa una vida más larga, sino una vida más intensa.
(Continuará.)
[Publicado el 08/10/2009 a las 18:41]
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Todos aquellos que disfrutan de los relatos (y con esto me refiero a usted, señora, y a usted señor; y a tí y también a vos que me mirás con desconfianza, porque no conozco a nadie que se resista al encanto de una buena historia sea cual fuere su formato: novela, artículo de periódico, serie de TV o chisme colgado de internet) deberían leer El arte de la distorsión, el nuevo libro de ensayos de Juan Gabriel Vásquez. Porque bajo su disfraz gentil de volumen para especialistas, el libro intenta responder un par de cuestiones que son importantes no sólo para el ghetto literario, sino para cada uno de nosotros -lo cual incluye, por cierto, a aquellos que no tocan un libro ni con un palo.
La primera es la siguiente: ¿para qué leemos? Y aquí me atrevo a ampliar el sentido de lo que Vásquez (autor, dicho sea de paso, de dos novelas magníficas: Los informantes e Historia secreta de Costaguana, y de una colección de cuentos, Los amantes de Todos los Santos) pretende decir. Yo entiendo que la expresión 'leer relatos' no debe restringirse ya a la tradición del libro, sino extenderse a todas las maneras en que registramos historias que no son la nuestra propia. Se suele decir, por ejemplo, que 'vemos' TV, y que 'vemos' cine, cuando lo preciso sería decir que leemos TV y leemos cine, puesto que uno ve aun lo que no quiere y enfrentarse a un relato audiovisual implica un gesto voluntario y un trabajo de decodificación de signos -equivalente al de la lectura convencional, del principio al fin.
Vásquez define al escritor como aquel que se dedica a "contar las tribulaciones de gente que nunca ha existido". Así puesta, se trata de efecto de una ocupación extraña, no muy distinta a la de aquel que conversa en voz alta con fantasmas, o a la del lunático que no distingue entre fantasía y realidad. Pero como el escritor no escribe para sí mismo sino para otros (pocos o muchos, pero otros), la definición torna imprescindible que expresemos su contraparte: esto es, la segunda parte de la ecuación, aquella que se aparta de la cifra aislada para definir un sistema que viene funcionando maravillosamente desde el fondo de los tiempos.
A saber: a todos nosotros, escribamos o no, nos interesan las tribulaciones ajenas. Las historias de otra gente nos atraen como la miel al oso. Lo han hecho desde el comienzo de los tiempos, y lo harán hasta el fin de ellos: ¿a alguien le cabe duda de que el Apocalipsis será transmitido en directo? El hecho de que las historias a las que somos adictos sean reales o imaginarias es una consideración secundaria, ya que incluso las historias que se nos venden como verídicas pueden no serlo; la mayor parte del tiempo las damos por verdaderas mediante un salto de fe, depositando nuestra confianza en el narrador de turno, se trate de un medio periodístico, de un documentalista o de un historiador. Lo que nos interesa, pues, son las tribulaciones de la gente en general, de aquella que nunca ha existido pero también de aquella que existe, aunque probablemente no del modo en que nos lo cuentan.
Por eso creo que la pregunta inicial que Vásquez plantea con su modestia y rigor de siempre, ese ¿para qué leemos?, debería resonar mucho más allá de las filas de los lectores convencionales de ficción, ese grupo que adquiere cada vez más, dice Juan Gabriel, "el cariz de una secta". Lo que subyace a la pregunta es la cuestión de los otros, la tendencia irrefrenable a salir de lo que Vásquez, siguiendo a Philip Roth, define como nuestras vidas "sofocantemente estrechas", para interesarnos del modo más profundo, en primer lugar mediante el intelecto, en aquellos que no son yo ni tú ni usted.
La segunda pregunta surgirá inevitable: dado que la tendencia a interesarnos en las tribulaciones ajenas es inseparable de la cultura humana y ha adquirido visos particulares en cada circunstancia histórica, ¿qué historias deberíamos narrar y leer hoy?
Pero me estoy adelantando.
(Continuará.)
[Publicado el 07/10/2009 a las 19:27]
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Me gustó mucho Map of the Sounds of Tokyo. Lo cual no tiene nada de sorprendente: a este altura me considero un incondicional de las películas de Isabel Coixet. Cada vez que me topo con una de ellas entiendo hasta qué punto me acostumbré a esperar que un film me proporcione un cierto tipo de relato (lo cual supone además un cierto tipo de personajes, y de conflictos), olvidando en el proceso que el cine puede, y sobre todo debe, narrar de otras muchas formas.
Por supuesto que hay una historia en el corazón de Map of the Sounds of Tokyo. Uno de los protagonistas es español: David (Sergi López), dueño de una vinoteca en Japón, trata de reponerse del suicidio de su novia Midori. El otro es una chica japonesa, Ryu (Rinko Kikuchi), a quien se le paga para que asesine a David por no haber salvado a Midori. La íntima relación que David y Ryu desarrollan llevó a que muchos comparasen el film con Ultimo tango en París; un rasero injusto, ya que la sensibilidad de Coixet no comulga con la desesperación de los personajes de Bertolucci. David y Ryu no son Paul y Jeanne, son otra cosa. Su aproximación a la vida es por completo diferente: más zen, si se quiere, en tanto se abren a lo que el destino les pone por delante (el sexo, el amor y la muerte, en ese orden) con un abandono que está en las antípodas de la desesperación. Bailan la música que les tocó en suerte hasta el final, y de un solo trago, sin ser visitados jamás por la culpa. Lo cual, al menos en mi libro, es sinónimo de una vida bella, por breve que sea.
Cuando salí de los cines Princesa, Madrid ya no era la que había sido hasta que entré. Todo se veía, se sentía distinto: más intenso, más brillante, más lírico. Mi percepción hipertrofiada de aquel momento da cuenta de la capacidad de Coixet para desorganizar los sentidos del espectador y devolverlo al mundo en otro estado del alma. Al menos por un rato, me creí en condiciones de leer el mapa de los sonidos de Madrid -su trama más sensible y más profunda.
El cine de Coixet juega en otra liga. Tan distinta de aquella en la que revistan casi todos los demás, que resulta fácil perderse su música en medio de la cacofonía.
[Publicado el 06/10/2009 a las 08:09]
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Cuando era pequeño, mi madre solía despertarme con música. Su repertorio no era muy amplio: Sinatra, Al Jolson, la banda de sonido de Cabaret, Iva Zanicchi. Entre sus discos de vinilo, la única música argentina que usaba como despertador para animarse (y animarnos) el día eran las canciones de Mercedes Sosa. Tenía varios discos, pero el que más recuerdo era Mujeres argentinas, que recogía músicas de Ariel Ramírez y letras de Félix Luna sobre aquellas figuras que la historia local había relegado a un segundo lugar para privilegiar, en cambio, a los hombres que hasta entonces eran protagonistas excluyentes de los libros de texto. Esa música significó, pues, mi primer contacto con Juana Azurduy, con la maestra Rosarito Vera, con la poeta Alfonsina Storni. Y por supuesto, con la voz de Mercedes Sosa.
Ese timbre (profundo y simple, que antes que virtuosismo transmitía autoridad) se me quedó grabado en el alma. Hubo tiempos en que mi predilección por ella se tornó inquietante: aquellos en que se hablaba de la Negra Sosa tan sólo en susurros, o mentándola como "esa comunista". Pero por fortuna volvió con la democracia, como un ventarrón. Debo haberme pasado una enorme cantidad de horas escuchando el disco doble de aquellos conciertos en vivo, donde la acompañaron León Gieco, Charly García y tanta gente más. Esa música funcionaba como un bálsamo, aceite tibio sobre los músculos amoratados por tanto golpe y tanta intolerancia.
Su muerte me produce una sensación agridulce. Siento pena por su ausencia, pero tengo claro que su vozarrón seguirá resonando entre nosotros, quizás más que nunca. Mi amiga Isabel de Sebastián (otra cantante notable) me contó hace algún tiempo que existen teorías que sostienen que la música no sólo impacta sobre nuestro cerebro, sino también en el nivel molecular. No sé si esta hipótesis podrá ser probada alguna vez por métodos científicos, pero al menos tiene la verdad de la poesía. Yo tengo claro que la voz de Mercedes Sosa me construyó desde la más tierna infancia; y que por eso mismo, aun en la ausencia de la garganta original, seguirá haciéndome vibrar cada vez que suene en la calle o desde mi recuerdo.
Existen sonidos en este mundo que forman parte de nuestro ADN, en tanto nos definen con precisión química. La voz de la Negra Sosa está allí, se los aseguro: en lo más hondo de mí, cantando esa canción que siempre "es necesario cantar de nuevo / una vez más".
[Publicado el 04/10/2009 a las 18:45]
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Finalmente pude ver la peli de Tarantino. Que aquí en España (sí, estaré saltando entre Madrid y Barcelona durante unos pocos días) se llama Malditos bastardos y en la Argentina Bastardos sin gloria.
La verdad es que le tenía miedo. Kill Bill me había parecido una pavada y Death Proof una idiotez sin redención. Para colmo, que el amigo Quentin se metiese con la Segunda Guerra y la cuestión judía (Malditos bastardos imagina la existencia de algo parecido a un grupo terrorista judío que elige como blancos a los nazis) no constituía el mejor de los augurios. Si algo demuestran sus películas más valiosas (de Reservoir Dogs a Jackie Brown) es que a Tarantino el mundo real lo tiene sin cuidado.
Por fortuna, el amigo Quentin se toma el trabajo de establecer desde el vamos que lo que cuenta Malditos bastardos no es real y que aunque tome elementos históricos no ocurre en la Historia sino, más bien, en un universo imaginario al que habría que llamar Movieworld, o para ser más precisos, Tarantinolandia: un lugar entre fantástico y hostil donde sólo sobrevivirá aquel que sepa más cosas sobre el cine en general, y sobre determinados géneros en particular. La leyenda que abre el film lo pone en claro: ese érase una vez establece que lo que estamos por ver tiene la consistencia de los cuentos de hadas.
A partir de allí, lo que se narra tiene el mismo peso, y el mismo valor, de aquellas películas de la Segunda Guerra que tanto disfrutamos cuando niños. No, claro que no estoy hablando de La lista de Schindler: hablo de Los cañones de Navarone y de Doce del patíbulo. Películas de acción lisa y llana, que emplean los condimentos históricos para sazonar el guiso pero que no tienen más preocupación que la de entretener.
Alguien me dijo que Malditos bastardos es una película que defiende el accionar terrorista, y que dado que el film procede de Hollywood, esto entrañaría una buena noticia: la peli de Tarantino operando como una suerte de Caballo de Troya, desde el corazón mismo del imperio. Yo entiendo el razonamiento, pero creo que es dar por el pito más de lo que el pito vale. Para mí Malditos bastardos es una peli entretenida, infantil en la mejor de las acepciones, que no puede menos que producir delicia en los cinéfilos. Al fin y al cabo se trata de un film que reescribe la Historia desde el cine, con un poco más de gracia pero con el mismo propósito con que Rambo II reescribía la guerra de Vietnam: para que cierta gente se sienta heroica y victoriosa por algo que, por cierto, nunca se animó a hacer en el mundo real. El paraíso de los nerds.
Lo que hay que agradecerle a Tarantino es que haya sincerado sus propósitos. Creo que este hombre se convertirá en el ser más agradecido del mundo cuando la gente deje de verlo como un Autor (con mayúsculas, a la francesa) para mirarlo tan sólo como un entretenedor a la manera de sus ídolos. (Sin ir más lejos, Bastardos está llena de guiños a Sergio Leone, que se hizo famoso filmando westerns en Italia que no tenían más pretensión que la de homenajear al género divirtiéndose en el proceso.)
Vean Malditos bastardos y pásenla bien. Está llena de momentos divertidísimos. Por ejemplo el momento en que Aldo Raine, el personaje de Brad Pitt (más errolflynnesco que nunca) intenta hablar con acento italiano. Pero para mí, la mejor broma de todas pasa por la intención de hacer pasar a un ex crítico de cine, el teniente Archie Hicox, por un personaje heroico. Casi me caigo de la butaca de la risa...
[Publicado el 02/10/2009 a las 17:40]
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Chema Lobo me preguntó qué pensaba sobre la controversia desatada por Molina Foix con su artículo Dibujos animados. Para los que nada saben del asunto (como no lo sabía yo hasta entonces): Molina Foix disputa el hecho de que la historieta sea un arte en serio; critica la atención que se le dedica en los medios, festivales, museos y salones de exposición y ve mal que el Ministerio de Cultura otorgue premios a sus creadores; califica al historietista como “dibujante de monigotes”; pone a la disciplina más cerca del parchís y los juegos de mesa que de las obras imperecederas del arte; y dice, por último, que las viñetas satíricas y la caricatura política (George Cruikshank, sostiene, sí era un gran artista) pueden “reformar el mundo con su trazos” a diferencia de la historieta –“un entretenimiento muy menor”.
Yo tengo la sensación de que se trata de una humorada de Molina Foix. (A quien no conozco más que de nombre: como ven mi ignorancia es oceánica, una de las consecuencias, mucho me temo, de mi pasión por las historietas.) Para empezar, creo que no tiene sentido tomarse en serio ningún artículo que sostenga que el Arte Equis es mejor que el Zeta. Esta es una discusión tan seria como la que pretende dirimir si uno ama más a su mamá que a su papá. Yo me siento más cerca de algunas disciplinas (el cine, la literatura) que de otras, pero nunca me atrevería a decir que Saul Bellow es mejor, o más importante, que Rembrandt. Los dos son esenciales en lo suyo, aunque yo esté en condiciones de apreciar a uno más que al otro.
Cuando se entiende que parte de la crítica pasa por el hecho de que un Ministerio conceda no sólo la misma dignidad, sino además el mismo dinero al “dibujante de monigotes” que al novelista, poeta o ensayista, queda revelado que la objeción ya no es estética. Lo que hace Molina Foix es indignarse (de manera muy graciosa, insisto) porque alguien de los que juega en el otro patio se está quedando con los laureles y el dinero que debían, a su juicio, quedar en casa.
Lo que está claro es que no tiene sentido hablarle de las glorias que la historieta produjo a lo largo de su historia. Sería un ejercicio tan inútil como pretender que a un daltónico vea los colores que no puede ver por culpa de su condición. Si Molina Foix no se ha dado por enterado en todo este tiempo de que el género está lleno de obras de arte imperecederas, ya no lo verá nunca. Defender un arte que se defiende por sí solo a través de sus obras es un ejercicio tan vano como intentar convencer a alguien, a esta altura del partido, que el cine puede ser un arte y no una monigotada. Hay gente que todavía discute el Big Bang y la evolución de las especies, y antes que polemizar con ellos prefiero dedicar mi energía a otros menesteres.
Lo que termina demostrando que se trata de una humorada es la reivindicación que pretende hacer de las viñetas satíricas y la caricatura política. Puede que Cruikshank (a quien admiro, siendo como era uno de los ilustradores de mi amado Dickens) haya “reformado” al mundo, pero si uno acepta esta noción se vuelve improcedente negarle entidad a las historietas popularísimas que sin duda revolucionaron la cultura: tan evidentes, tan definitorias del paisaje mental que la imaginación humana desarrolló en su andar, que ni siquiera hace falta mencionarlas por su nombre.
Lo de Cruikshank y Daumier es, según entiendo, el punchline de la broma. Tengo la sensación de que se lo ha leido mal: lo que busca el artículo no es lanzar una polémica necesaria y mucho menos provocar indignación, sino producir una sonrisa. Pero en fin, así es como lo veo yo, que no dejo de ser un sudaca que no ha ganado premio alguno ni ha figurado jamás en las listas de best sellers.
[Publicado el 30/9/2009 a las 12:38]
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No dejen de ver District 9 de Neill Blomkamp. (Sector 9, aquí en Latinoamérica.) Hace mucho que no veo una película tan entretenida y a la vez tan inquietante.
La anécdota es simple. Blomkamp imagina que una nave extraterrestre ha quedado varada sobre el cielo de Johanesburgo, Sudáfrica, durante veinte años; y que sus tripulantes, una raza a la que los humanos llaman prawns (gambas, o camarones) porque se ven tan feos como un crustáceo, terminan hacinados en un ghetto llamado Distrito 9. El film -que se inicia como si fuese un documental- muestra la puesta en práctica de una iniciativa gubernamental para desplazar a los prawns lejos de la ciudad, a 240 kilómetros de Johanesburgo. La idea es convencerlos de que el nuevo emplazamiento es mejor que el actual. Pero está claro que el Distrito 10 no es más que un campo de refugiados, por no decir lisa y llanamente campo de concentración. El hecho de que el operativo de relocación esté a cargo de una empresa privada llamada MNU, cuya actividad más lucrativa es la fabricación de armas, no deja demasiadas dudas sobre la intención oficial.
El relato se centra en la peripecia de Wikus van der Merwe (deslumbrante Sharlto Copley), el empleado al que MNU pone al frente del operativo. Wikus desprecia a los prawns tanto como los demás. Le parecen desagradables, tontos e indignos de ser considerados en el mismo nivel de un humano. Pero un hecho fortuito (que no revelaré aquí, por cierto) lo obligará a cruzar la divisoria de aguas y a experimentar lo que los prawns experimentan. Lo cual, por cierto, no tiene nada de agradable. Una cosa es pertenecer al bando de los explotadores, y otra muy distinta encontrarte en el extremo inconveniente del látigo.
Los apuntes de Blomkamp sobre el racismo que los humanos (¡sin distinción de color!) practican sobre los prawns son punzantes. Resultan verosímiles dentro del universo alternativo del film (a cuyo realismo contribuyen los efectos del film, irreprochables), y al mismo tiempo son un espejo apenas deformante de las variantes de la segregación que los humanos practicamos con los otros humanos -aquellos que a tantos se les antojan tan feos, sucios y malos como los prawns.
Todos tenemos prawns viviendo cerca de casa. District 9 nos lo recuerda con las mejores armas de la ficción especulativa.
[Publicado el 29/9/2009 a las 01:39]
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Perdonen por el cuelgue de estos días. Pero estoy trabajando contra reloj para cumplir con un deadline: Mario Cuenca Sandoval me pidió un relato para una antología de cuentos ligados a Los Beatles, y sudo la gota gorda en pos de una buena versión de lo que bauticé Two Virgins.
Mientras tanto, si no se ofenden me gustaría compartir un texto que publiqué el domingo pasado en el suplemento Radar de Página 12, celebrando la salida de la nueva edición de la discografía Beatle.
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La palabra singularidad está de moda. Penrose y Hawking la utilizan para explicar un fenómeno que representa una excepción al campo gravitacional. Vernor Vinge llama ‘Singularidad’ al momento del futuro que sobrevendrá una vez que desarrollemos una máquina superinteligente. Robin Hanson sostiene que a lo largo de la Historia la humanidad protagonizó muchas ‘singularidades’ que entrañaron saltos cualitativos y cuantitativos –la Revolución Industrial, sin ir más lejos.
La remasterización de la música de Los Beatles constituye una mini-singularidad: las cifras indican que, por sí sola y en escasos días, le concedió a la moribunda industria discográfica un salto cuantitativo, metiendo cinco álbumes en el Top Ten y vendiendo casi un millón de ejemplares. En sí mismos, ni los Box-Sets ni los discos individuales necesitan más justificación que la que exhiben: cualquier excusa para volver a escuchar esa música es buena en sí misma. (Por cara que nos cueste.) Pero lo que la tecnología y la remezcla conceden al oyente no es una gracia menor.
Al resetear la vieja música, dotándola de la sonoridad que nos habituamos a registrar desde la invención de la tecnología digital, Los Beatles quedaron en pie de igualdad con el resto de los artistas que grabaron desde los ’70 hasta hoy. Y una vez puestos en la misma línea de largada, lo primero que salta al oído es hasta qué punto siguen estando a años luz de todo lo demás, dicho esto con cariño y respeto por otros artistas. No deberían ni siquiera tomarse el trabajo de sentir ofensa: con una Singularidad es imposible competir –y eso es lo que fueron Los Beatles, y lo que siguen siendo: un salto cualitativo tan inesperado, y tan irrepetible, que la ciencia sólo puede explicarlo una vez consumado. (La que suele explicar este tipo de cosas con más naturalidad es, por cierto, la religión.)
La escucha cronológica de los álbumes, de Please Please Me a Abbey Road con el intercalado de Past Masters, equivale a la posibilidad de observar la evolución desde el homo sapiens hasta Bill Gates en el lapso de unas pocas horas: no existe forma de contemplar el principio y conjeturar lo que habrá de ocurrir, lo insólito del camino que se tomará y las alturas que conquistará en su vuelo. En la retrospectiva, parece fácil oír algunas de las canciones primitivas y concluir que tanto Lennon como McCartney todavía estaban en vías de convertirse en buenos compositores. Pero no hay forma de escuchar Little Child y conjeturar que en el futuro de esos artistas –un futuro que ya existía, si hay que creer en la noción del tiempo difundida por el bueno de Einstein- ocurriría algo como Strawberry Fields Forever.
Lo que va de un punto a otro es inefable. Podemos, sí, desmenuzar cada elemento de lo preexistente: en qué track y en qué dosis hay elementos de rhythm & blues, del cancionero de music hall, de bolero, de flamenco, de folk y de raga, dónde hay armonías eólicas y arreglos de jazz, donde melodías que hubiesen conminado a Mozart a devorarse la peluca. Lo que no se puede anticipar ni siquiera hoy es la modalidad de la combinatoria, la progresión a que daría lugar, y en consecuencia la creación de algo completamente nuevo –tanto, que para llegar a fruición tuvo que generar a pasos agigantados una tecnología que por entonces no existía.
En esa alquimia ladina entre lo viejo –la vastísima tradición que estos muchachos se cargaron sobre los hombros, incluyendo la que ellos mismos desarrollaron a velocidad lumínica durante aquella década- y lo que todavía estaba por venir sin que nadie lo viese venir, hay una experiencia del tiempo que pone a prueba los límites de lo humano. Pero esto es algo que deberían estudiar los científicos. Ya llegará aquel que probará la existencia de universos múltiples con A Day In The Life por todo teorema. Por el momento, el común de los mortales nos contentamos con experimentar esta música que, a la manera del perseguidor cortazariano, mañana estará todavía mejor compuesta e interpretada que hoy; una belleza que ya está grabada de manera indeleble en nuestro cuerpo, y aun así sigue conmoviéndonos porque todavía hoy es, de la manera más inexplicable, inesperada.
Algún día la tecnología evolucionará al punto de que una cámara nos enseñará el Big Bang, o sea la Primera Singularidad, en vivo y en directo. (Todavía podemos ver sus resabios, cada vez que nuestros televisores se quedan sin imagen y nos muestran una lluvia gris.) Pero por el momento, no tenemos posibilidad de experimentar nada análogo a esa maravilla –salvo atendiendo a Shakespeare, contemplando la pintura One: Number 31, 1950 de Jackson Pollock o rindiéndonos a la música de Los Beatles.
[Publicado el 25/9/2009 a las 17:47]
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Pocos días atrás, un hasta entonces ignoto senador llamado Joe Wilson interrumpió un discurso de Obama al grito de: “¡Usted miente!” Poco después, para sacar chapa entre sus amigos de derechas (a quienes, dicho sea de paso, no les gusta que se diga que son de derechas: Aznar entre ellos), el intendente de Buenos Aires, Mauricio Macri, dijo que el actual gobierno de la Argentina era “el más fascista en años”.
Semejantes exabruptos produjeron miles de comentarios en ambos extremos de América. En su edición del martes, sin ir más lejos, el diario Página 12 publicó un texto contundente de la legisladora porteña Gabriela Cerruti, que funciona como un verdadero listado de los coqueteos del mismo Macri con el fascismo y los fascistas locales: desde militares de la dictadura como Cacciatore, a quien le agradeció haberlo inspirado “con su ejemplo”, hasta íconos civiles del mismo régimen –empezando por José Alfredo Martínez de Hoz, el padre de la debacle económica de la Argentina.
Lo que llamó la atención fue que, al menos entre los comentarios que yo registré, faltase tan sólo la reacción que me parecía más natural. Joe Wilson le dijo a Obama que mentía justo cuando el Presidente mencionaba un punto del plan de salud que hacía referencia a los inmigrantes indocumentados. Más allá de la ruptura del protocolo, de las disculpas y los castigos formales, lo primero que habría que haber dicho sobre Wilson es, creo, que nadie mintió en ese instante que no fuese él mismo. Basta con consultar las fuentes para certificar que Obama no dijo otra cosa que lo que figura en los considerandos del plan. Si lo que mentó en el Congreso y lo que propone su administración por escrito es lo mismo, ¿dónde está la mentira?
Del mismo modo, creo que mencionar el pasado cuestionable de Macri viene a colación, pero lo fundamental es decir lo siguiente: Macri miente. No porque este gobierno carezca de aspectos reprochables –tiene una larga lista, que la prensa, los políticos opositores y mucha otra gente desgranan a diario-, sino porque a tan pocos años de una dictadura militar como la que padecimos, decir que este gobierno es fascista es simplemente una falacia.
Fascista fue el gobierno que llegó al poder por las armas y una vez allí secuestró, torturó y mató. Fascista fue la dictadura que no le permitía a nadie decir en público que la dictadura era fascista. (Muchos medios poderosos no dijeron sobre la dictadura ni la millonésima parte de lo que dicen contra la actual administración.)
Fascista es el gobierno de Micheletti en Honduras, por su origen espurio y su práctica represora. Fascista fue en el final el gobierno de De la Rúa, que se despidió con toque de queda y asesinato de gente en la Plaza de Mayo. (No así Menem, que fungió de adalid del laissez faire y dejó hacer, lo que por supuesto benefició a los más pueden hacer, esto es los ricos y poderosos –Macri entre ellos.)
Los exabruptos de Wilson y Macri deberían costarles caros. Si tienen cara para mentir respecto de cuestiones que son tan fáciles de refutar (cualquier alumno de primaria podría hacerlo, con sólo consultar internet), ¿cuánto más descaradamente mentirán sobre temas cuya verdad pueden mantener en secreto? Y sin embargo hablan y nadie –o más bien pocos- canta su bluff.
En el capítulo de la serie Lie to Me que Fox emitió el lunes, Cal Lightman (Tim Roth) dijo algo parecido a lo siguiente (cito de memoria): “En este mundo todo está en crisis, menos la industria de la mentira”.
Hablaba de Wilson, de Macri y de quienes los celebran, sin saberlo.
[Publicado el 23/9/2009 a las 00:29]
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Esto puede pescar mal parados a ciertos espectadores, en especial a aquellos que como yo le agradecen a diario a HBO, AMC y a algún otro canal por hacer nuestra vida más interesante ahora que Hollywood ha muerto y el resto del cine está en coma. ¿Cómo es posible que en plena Edad de Oro de la TV, la era de Mad Men y de Breaking Bad, de True Blood y de Weeds, alguien nos diga que estos días están contados?
Si la TV que ya no existirá fuese la Argentina que conocemos, yo saldría a la calle a celebrar. Salvo contadísimas excepciones (¡Dios preserve a Capusotto por muchos años!), la TV argentina está viviendo su Edad de Plomo (Rediviva): en los cuarenta y pico de años que llevo viéndola, nunca ha estado peor.
Pero lo que está amenazado no es el estercolero nacional, sino el formato todo, de aire y de cable, y en el mundo entero. Lo que está en cuestión son los Prime Suspect, los The Sopranos del futuro.
Si los mejores momentos de la entrega del Emmy sirven como indicación, la suerte está echada. El musical de apertura a cargo de Neil Patrick Harris fue una humorada en la que prácticamente se le rogaba a los espectadores que no apagasen la TV. Y el sketch tomado del programa que Joss Whedon (Buffy the Vampire Slayer, Firefly, Dollhouse) concibió para internet bajo el título de Dr. Horrible’s Sing-Along Blog (protagonizado nuevamente por Neil Patrick Harris, con Nathan Fillion como Captain Hammer), confirmó precisamente lo que todos temen: que en un futuro tan cercano que ya ha comenzado, los programas de TV no serán vistos en la TV, sino en esta misma pantalla donde ahora me están leyendo –o incluso en las más diminutas de sus teléfonos favoritos.
Temblar o lamentarse por anticipado no tiene sentido, como no lo tuvo cuando la TV irrumpió y Hollywood se rasgó las vestiduras. (Más le valdría rasgárselas ahora, que está hundiendo al cine por sus propios desméritos.) La TV sobrevivirá, aunque transformada, del mismo modo en que el cine se transformó bajo su influjo. La verdad incuestionable es que internet está modificando nuestra vida a velocidad ultrasónica. Ya está alterando en los hechos la forma en que recibimos la narrativa audiovisual, a pesar de que todavía la calidad del material es más que cuestionable: ¡cuánto más lo hará cuando obtengamos un standard de calidad aceptable! De aquí en más, la forma en que se concibe y se produce un relato audiovisual se amoldará cada vez más a las demandas y excelencias de este medio al que todos, para qué negarlo, nos hemos hecho adictos.
La frase el futuro está al alcance de nuestras manos nunca pudo ser interpretada de manera más literal que hoy.
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[Publicado el 21/9/2009 a las 20:09]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.
Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.
Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
Aquarium (2009). Ediciones Alfaguara
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Las viudas de los jueves (2009)
Fecha de estreno: 10 septiembre 2009
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro, basado en la novela de Claudia Piñeiro
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro según la novela homónima de Ricardo Piglia.
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