El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 17 de mayo de 2008

Terminé Bullet Park, nomás. Extraño libro. Supongo que es el mejor de los elogios que puedo concebir hoy para una novela; algo como Bullet Park sería sencillamente impublicable en estos días, por lo menos en Hispanoamérica. Demasiado impredecible. La de John Cheever es una prosa impecable, aplicada a narrar una creciente sensación de extrañamiento. En algún sentido Bullet Park es como sus protagonistas, Hammer y Nailles: a primera vista parecen convencionales, pero su urbanidad disimula apenas una espiral de descomposición que tan sólo ha empezado a desatarse.
La novela de Cheever está hendida en dos. El primer tramo se dedica a Nailles, cuyo nombre suena igual a ‘clavos' aunque se escriba diferente. Nailles es un buen hombre, o en todo caso alguien que lucha denodadamente por ser un buen hombre, hasta que su vida empieza a girar fuera de control. El primer detonador es la depresión de su único hijo, Tony, que ni siquiera puede levantarse de la cama. El segundo es la muerte de un hombre del vecindario, con quien compartía a diario el tren en dirección a la oficina. El hombre desaparece en las vías, dejando tan sólo un zapato en el andén. El episodio deja a Nailles atenazado por ataques de pánico, que sólo puede conjurar mediante píldoras -que primero consigue legalmente, y después de manera clandestina.
Así como Nailles parece el típico hombre suburbano, sitiado por ‘la honestidad de la desesperación', Hammer -o sea, ‘martillo'- es más bien el típico excéntrico de la literatura norteamericana. Hijo de padre ausente, que en su juventud posó para un escultor llamado Fledspar, Hammer ve a su padre como una de las cariátides masculinas de los grandes edificios que ve a su paso: en Frankfurt, en Berlín, en New York, demasiado ocupado sosteniendo al mundo como para sostenerlo a él.
Hammer va por la vida como bola sin manija hasta que se instala en el mismo suburbio de Nailles y sucumbe a la locura. Orbitas dispares que confluyen, los destinos de Hammer y Nailles se superponen en la medida en que ambos hombres, cada uno a su manera, van advirtiendo que la realidad es ‘una construcción agradable, bendita y útil' a la que pertenecen -pero cada vez menos, desde que descubrieron que se trata de un artificio.
Un libro perfecto pero inquietante. Me clavó el anzuelo. Voy a ver si me consigo el libro de relatos cortos y su primera novela, The Wapshot Chronicle.
[Publicado el 31/1/2008 a las 10:30]
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El teléfono integrado de LG incluye una cámara, un reproductor de MP3, y la posibilidad de recibir una emisión de televisión.
Lo que resulta extremadamente cambiante no es la mujer, como pretendía Verdi en Rigoletto, sino la tecnología. ¡No hay forma de seguirle el ritmo! Yo que todavía estoy buscando púa para volver a escuchar mis viejos discos de vinilo, yo que todavía veo algunas de mis películas en sistema laser (por ejemplo Fargo, de la que hablé recientemente), nunca dejo de temer el surgimiento de los nuevos sistemas que tornan obsoleto todo lo que hasta hoy tenía por corriente. ¿Cuánto falta para que den de baja definitivamente el formato del CD y el del DVD? Mis hijas, que todavía no han pasado del MP3 y me hostigan en nombre del iPod, empezarán a reclamar dentro de poco un MP5 -las cosas van tan rápido que terminarán salteándose el actual MP4.
La satisfacción de haberse comprado la última tecnología dura menos que un suspiro. Teléfonos, pantallas de TV, autos, todo es viejo al instante de haber pasado a ser nuestro, y a veces mucho antes de que hayamos terminado de pagar las cuotas. Cada vez que enciendo mi iMac -que ya es obsoleta, puesto que existen modelos más nuevos- la pantalla me tortura con la publicidad de la notebook Air, que no tiene más de 4 mm de grosor. ¡Así no se puede vivir!
Más allá de la broma, la cuestión de la tecnología entraña un peligro. Nadie cuestiona el avance ni el progreso, pero sí la compulsión por lo nuevo. Se nos bombardea a diario con la idea de que lo que tenemos nada vale, que lo verdaderamente bueno -lo cool, lo práctico, lo útil, lo glamoroso- es en todo caso lo que acaba de salir a la venta.
La tecnología consumible -esto es, la aplicación tecnológica que podemos llegar a adquirir, sumándola a nuestros objetos suntuarios- puede convertirse en una esclavitud como cualquier otra.
[Publicado el 30/1/2008 a las 10:45]
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La guerra pendiente de Charlie Wilson

Me divirtió Charlie Wilson's War, que aquí en la Argentina rebautizaron Juego de poder, de manera anodina pero acertada: si algo demuestra la película de Mike Nichols escrita por Aaron Sorkin es que el poder no está para nada reñido con lo lúdico. Como dice Gust Avrakotos, el desopilante agente de la CIA interpretado por Philip Seymour Hoffman: "Lo menos que podemos hacer es divertirnos mientras trabajamos'.
Se filmaron muchas películas sobre las guerras en que los Estados Unidos se involucraron durante estas décadas. (Aunque habrá menos de aquí en más, dado que les ha ido muy mal de taquilla -incluso a las que eran buenas.) Quizás por el hecho de ser la única basada en una historia real Charlie Wilson's War también es la única divertida, una comedia brillante a lo Capra aplicada a un tema que nada tiene de gracioso: la ayuda clandestina que el diputado texano Charlie Wilson hizo llegar a los afganos a partir de los años 80, para que enfrentasen al invasor ruso y acelerasen el fin del mundo bipolar. Wilson (un Tom Hanks que disfruta como loco del papel a contrapelo de su imagen) es más un libertino que un liberal: amante de las mujeres, el alcohol y las drogas, no ha hecho gran cosa en Washington más allá de preservarse a sí mismo y conseguir reelección tras reelección por el simple expediente de conceder favores a diestra y siniestra mientras opera a favor de aquellos que lo han convertido en diputado -no los votantes, como se ocupa de aclarar, sino el lobby israelita que subvenciona sus campañas.
Sucumbiendo a la presión de otra lobbista, la millonaria -y ocasional amante- Joanne Herring (Julia Roberts), Wilson accede a visitar Afganistán. Al ver con sus propios ojos la triste condición en que viven los rebeldes afganos, Wilson acepta hacer algo para dotarlos de un armamento que les permita combatir en pie de igualdad, dado que hasta ese momento no les han dado nada más moderno que rifles Enfield de la Primera Guerra. Actuando en equipo con Herring (que ‘ama a Jesús y los martinis', como la describió un periodista) y con el igualmente idiosincrático Avrakotos -este Hoffman se está acostumbrando a robarse cada película en la que aparece-, Wilson convence al Congreso de gastar centenares de millones de dólares y finalmente logra su objetivo. Pero una vez rechazado el invasor ruso, ya no logrará persuadir a sus pares de gastar un solo dólar más en los pobres afganos. Nichols y Sorkin subrayan este abandono, pero evitan decir que una de las consecuencias del mismo es la conversión de Afganistán en santuario para los terroristas -entre ellos el mismísimo Osama. Fieles a la constante de su política exterior del último siglo, cada vez que los americanos ‘arreglan' algo, desarreglan en simultáneo cinco cosas más. Al final del film Nicholson y Sorkin incluyen una frase del Wilson real, que apunta en la misma dirección: el diputado texano, hoy retirado, dice que su país siempre ‘la caga en el partido final'. Más que diagnóstico, la frase suena a profecía.
La conversión de Wilson ocurre cuando se ve impactado por la miseria en que los afganos viven y la violencia insensata que reciben por tratar de conservar su territorio. Mientras contemplaba esas secuencias del film pensé en Gaza, que no luce hoy muy distinta de aquella Afganistán. Pero ningún político de los Estados Unidos tiene hoy el coraje de visitar Gaza. No sea cosa de que se conmueva y se vea obligado a hacer algo.
[Publicado el 29/1/2008 a las 10:45]
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En estos días estivales, tan proclives a la frivolidad, la noticia que la gente comenta más aquí en Buenos Aires es el crimen de una mujer joven, asesinada de cuatro balazos en la puerta de su casa. Madre de hijos pequeños, esta chica -Rosana Galliano, 29 años- salió a la puerta al recibir una llamada por el móvil, dado que la señal nunca llegaba bien al interior de la casa. Allí la esperaba alguien que la baleó a quemarropa con una pistola calibre 45. Como la chica estaba separada y en problemas legales con su ex marido (un hombre que le llevaba 30 años y al que había denunciado por malos tratos), y como en la escena se encontró un abrigo de este hombre apellidado Arce, las sospechas se dispararon de inmediato en su dirección.
Ni lerdo ni perezoso, Arce, con aspecto de abuelo más que de marido de la víctima (un tema al que soy particularmente sensible, yo también le llevo mis buenos años a mi mujer), salió a desparramar sospechas en todas direcciones: que los amantes de Rosanna -uno de los cuales sería jardinero, lo cual le da al asunto un toque de Desperate Housewives-; que la hermana de la víctima, con que según Arce sostenía con Rosana una relación lésbica; que el hermano menor de la víctima; que un novio de la adolescencia que trabaja de heladero... Sólo falta que le eche la culpa a sus propios hijos con tal de distraer la atención de su persona y complicar cada vez más el trabajo del fiscal.
Por esas casualidades de la vida volví a ver Fargo, aquella maravillosa película de los hermanos Coen. Y la puesta en escena del asunto -la decisión del tan estúpido como ambicioso Jerry Lundegaard (William H. Macy) de secuestrar a su mujer para conseguir dinero de su suegro, contratando para ello a dos criminales tanto más estúpidos y ambiciosos que él- me hizo pensar otra vez en este crimen tan discutido. Suelo pensar que las historias de médicos y hospitales funcionan siempre -por algo sigo la serie E.R. desde hace catorce años- porque la cuestión de vida o muerte que se dirime allí ayuda a echar luz sobre aspectos esenciales de la condición humana. Creo que con los crímenes, y muy especialmente con los pasionales, ocurre algo similar. Lo que los provoca (celos, codicia -el señor Arce se enfrentaba a la perspectiva de un divorcio oneroso), la forma en que ocurren (la llamada fatal motivada por la aparente falta de señal -no hay nada más fácil de fingir que una llamada entrecortada) y lo que hacen después los sobrevivientes (actuar delante de las cámaras llorando sin lágrimas, culparse los unos a los otros) pertenecen a esa clase de reacciones que, más allá de que se pretenda lo contrario, los seres humanos somos bastante más estúpidos de lo que creemos.
Karl Kraus decía que la estupidez es una fuerza elemental, comparada con la cual un terremoto equivale a nada. No pasa semana en que no renueve mi coincidencia con el señor Kraus.
[Publicado el 28/1/2008 a las 04:39]
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Estaba leyendo Bullet Park, de John Cheever (Rodrigo Fresán me regaló la novela hace años, nunca la había leido) cuando me enteré de la muerte del actor Heath Ledger. Probablemente no tenga nada que ver con las circunstancias de su deceso: mientras escribo esto las noticias dicen que la primera autopsia no arrojó resultados concluyentes, lo cual pone en dudas las versiones instantáneas sobre depresión y sobredosis, pero la superposición de las dos circunstancias -la noticia de la muerte de un hombre joven, mi lectura del capítulo IV del relato de Cheever- hicieron inevitable que las ligase en mi mente.
Al comienzo del capítulo IV hay un párrafo de antología en que se revela que el personaje Nailles siempre pensó "que la pena y el dolor eran un Principado, que existía en algún lugar más allá de las fronteras legítimas de la Europa Oriental". Estadounidense prototípico de los años de la Guerra Fría, Nailles desterró el dolor a un paraje exótico que no tiene intenciones de visitar nunca; en estos días, nosotros tendemos a ubicar el mismo Principado en algún lugar de Africa, de esos en que los niños ofician de soldados y se procura un genocidio diario. Nailles admite recibir postales desde el Principado de tanto en tanto, y sufrir pesadillas en las que entrevé sus montañas terribles desde la ventana de un tren, pero está decidido a no viajar jamás a esa tierra "donde el palacio ha sido convertido en hospital y los ríos de sangre producen espuma bajo el arco de los puentes".
Nada más humano que el deseo de imaginar que la pena y el dolor son una realidad distante. El problema de ser demasiado exitosos en esa fantasía es lo que suele ocurrir cuando pena y dolor golpean finalmente a la puerta -un destino que suele sernos inescapable. La experiencia traumática puede sugerir que nos hemos mudado por la fuerza al Principado, y que todo lo que nos rodea son estatuas grotescas y ríos de sangre. Y la vida no es ni una cosa ni la otra: acaso un tour con fecha de vencimiento, que nos lleva y nos trae de ambos territorios. La sensación de que el tren descarriló dejándonos varados en el Principado puede ser desesperante, lo entiendo. Pero nunca hay que olvidar que, incluso en el peor de los casos, la visita es transitoria. Porque el país del dolor es el mismo país de la alegría profunda. La cuestión es saber esperar que el tren coja la curva.
Ojalá el Principado no haya sido el paisaje que Ledger visitó en sus últimos tiempos, aun cuando los demás lo creían viviendo en una tierra de bonanza. Ojalá no sea el paisaje que ustedes visitan hoy.
Ningún río sigue siendo rojo cuando llega al mar.
[Publicado el 24/1/2008 a las 23:13]
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Heath Ledger como The Joker en "The Dark Knight".
Me apenó la muerte de Heath Ledger. Porque era joven, porque estaba criando a una hija de apenas 2 años, porque parecía tener todo el futuro por delante. No hace mucho hablé maravillas aquí mismo de los minutos iniciales de The Dark Knight, la última película que completó en el icónico papel de The Joker, némesis excluyente de Batman -porque en comparación, todos sus otros adversarios palidecen. Por lo que se veía en ese aperitivo, su interpretación se alejaba de la vena payasesca del personaje (que define la actuación de César Romero en la serie de TV, y consume la de Jack Nicholson en el Batman de Tim Burton) para aproximarse a la idea que muchos tenemos de lo que el Joker es en verdad: un asesino ocurrente pero siempre despiadado, cuyo sentido del humor nunca deja de ser macabro. En esencia el Joker es un emisario de la muerte. El maquillaje es tan sólo su manera de hacernos saber que la gracia del asunto -eso de que estemos tan mal preparados para recibirla, por ejemplo- no se le escapa.
Ya me había impresionado en su momento uno de los afiches de la película que se estrenará a mediados de año. Mostraba una imagen del Joker interpretado por Ledger, con esa cara que parece haberse lavado con un cóctel de ácido y sangre, y el slogan: Why so serious? ¿Por qué tan serio? Imagino que la corrección política hará que retiren esos afiches de circulación, cuando en realidad deberían imprimir más y pegarlos por todas partes. El tono ominoso del afiche sólo aumentaría a sabiendas del destino de su actor. Creo que la intención del director Christopher Nolan era la de crear un personaje inquietante, ante el cual uno no sabe qué es más adecuado, si reír o temblar. Consciente o no de ello, Ledger acaba de ayudarlo a conseguir su objetivo. Nada de lo que diga en el film se salvará de ser sometido a dobles lecturas. ‘Lo que no nos mata nos hace más extraños', dice el Joker allí parafraseando a Nietzsche.
Lo que mató a Ledger nos hizo más extraños, en efecto.
[Publicado el 23/1/2008 a las 21:30]
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Y salieron las nominaciones para los premios Oscar, nomás... Predecibles como suelen serlo, dicho sea de paso. Nadie dudaba de que las películas de los Coen (No Country for Old Men, basada en la novela de Cormac McCarthy), Joe Wright (Atonement, basada en la novela de Ian McEwan) y Paul Thomas Anderson (There Will Be Blood, basada en el relato de Upton Sinclair llamado Oil) iban a estar entre las más nominadas, debido a la buena prensa que deriva de su prestigioso origen literario, sus aclamadas interpretaciones -de Javier Bardem a Daniel Day Lewis- y su aliento épico, que suele ablandar las rodillas de los votantes de Hollywood.
Siempre hay lugar para algunas sorpresas: la performance de Juno, por ejemplo, que además de las esperables nominaciones para su actriz -Ellen Page- y su guionista debutante -Diablo Cody- arrancó un reconocimiento para su director, el muy joven Jason Reitman, hijo a su vez del conocido director de comedias Ivan Reitman. Esto no es malo de por sí, dado que está bien que alguna vez nominen al director de una comedia -Juno lo es- en vez de privilegiar, como suelen hacer, a los directores de dramones como los antes mencionados. El asunto es que nominar a Reitman significó no sólo desbancar a Joe Wright -que dirigió una de las candidatas a mejor película, Atonement, a pesar de lo cual se quedó sin diploma: se ve que esta ‘best picture candidate' se dirigió sola-, sino también que se ningunease a directores que sin duda alguna se merecían figurar en el quinteto seleccionado. Por ejemplo David Fincher, por Zodiac. O Sean Penn, cuya Into the Wild resultó groseramente ignorada: ni siquiera seleccionaron al actor Emile Hirsh, cuya actuación -según dicen: tal como protesté días atrás, en Hispanoamérica seguimos sin ver la mayor parte de los títulos en danza- figuraba en todas las listas de favoritas.
Otro asunto notable es el retroceso del cine mundial en la consideración de Hollywood. Hasta el año pasado venía viéndose un módico reconocimiento: películas chinas, mexicanas, japonesas se veían distinguidas en categorías que iban más allá de la obvia de Mejor Película Extranjera -llegando, en algunos casos, a disputar Mejor Película a secas. Este año se ve un contraataque de la producción americana. Yo no sé si Juno merece estar en el podio de las mejores películas, pero sí me consta que Michael Clayton no debería estar allí, así como tampoco debería estar su director y guionista, Tony Gilroy, y ni siquiera su protagonista George Clooney -con todo lo bien que me cae. Me huele que películas como Sweeney Todd o The Diving Bell and the Butterfly, ¡e incluso la misma Zodiac!, harían allí un mejor papel. Muchos críticos -los del New York Times- sostienen que la rumana 4 Months, 3 Weeks and 2 Days debería ser candidata a Mejor Película, pero no figuró por ninguna parte. The Diving Bell obtuvo algunas candidaturas a pesar de que está hablada en francés, pero su director, Julian Schnabel, es norteamericano -¡y resultó seleccionado como posible Mejor Director! Y las nominaciones a Bardem y Marion Cotillard por La Vie en Rose tampoco cuentan: en Hollywood suelen nominar actores extranjeros, lo que les cuesta es nominar películas, directores, guionistas que no tengan pasaporte americano, o en su defecto inglés.
Discutir el Oscar es un deporte de práctica anual. En caso de que la ceremonia no se realice a causa de la huelga de guionistas, mi simpatía anticipada para los ganadores: debe ser feo llegar a ganarse un Oscar para recibirlo no ante los ojos del mundo, sino por correo.
[Publicado el 22/1/2008 a las 20:41]
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Los camiones de combustible entran en Gaza.
Ayer Serpiente Suya me recordó con su gentileza habitual la situación por la que atraviesa la gente de Gaza. Una lengua de territorio tan diminuta como superpoblada, en la que sobrevivir es un desafío cotidiano dado el aislamiento a que el gobierno israelí la somete hoy por tierra y por mar.
Imposibilitados de trabajar y por ende de mantener a sus familias, hay cientos de miles de palestinos cuya alimentación depende de programas de ayuda extranjera: 860.000 viven gracias a las vituallas que le proporciona la United Nations Relief and Works Agency, otros 270.000 cuentan con el World Food Program. Los responsables de estas operaciones ya han anunciado que, de seguir el actual bloqueo deberán suspender la distribución de alimentos el jueves o viernes a más tardar, porque el gobierno israelí cortó el suministro de gasolina y eso impide a los camiones hacer sus rondas habituales.
También han limitado el suministro de electricidad, dejando al pueblo entero en penumbras y produciendo una crisis humanitaria sin precedentes: los pocos alimentos que aún tienen no pueden ser conservados y los hospitales ya no pueden prestar servicio. El funcionario del Ministerio de Salud local Moaiya Hassanain está en las vísperas de verse obligado a tomar una decisión digna de La elección de Sophie. Según declaró ayer al corresponsal del New York Times, deberá escoger entre cortar la energía que les queda al ala de maternidad, o cortársla a los pacientes coronarios que se enfrentan a una intervención quirúrgica -o bien a los quirófanos mismos.
El hecho mismo del sitio militar evoca situaciones tan salvajes como milenarias. Las palabras con que Moisés le recuerda al pueblo judío lo que le ocurrirá si no respeta las leyes de Dios ("...y cuando hayas sido encerrado en los pueblos de la tierra que Dios te asignó, comerás de tu misma carne, la carne de los hijos y de las hijas que Dios te ha concedido, a causa de la desesperación a que tu enemigo te reducirá") están sin duda alguna inspiradas en la terrible experiencia del sitio a que los babilonios sometieron a Jerusalén en el año 587 antes de Cristo. Una experiencia que el pueblo judío volvería a sufrir con variantes, en el encierro y la hambruna y el ulterior genocidio producido en los campos de concentración del Holocausto. Ahora que los funcionarios y soldados israelíes se encuentran del otro lado del muro, sitiadores en vez de sitiados, deberían preguntarse si la justificación de sus actos no se parece peligrosamente al deseo de conquista de los babilonios o a las excusas de autodefensa contra la rapiña que en su momento arguyeron los nazis.
Poner a cualquier ser humano en la situación de tener que elegir entre la vida de un bebé o la vida de un enfermo es sencillamente repugnante, un acto que debería avergonzar a la especie toda.
[Publicado el 21/1/2008 a las 22:35]
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Cabaret (1972).
Me compré Goodbye to Berlin hace una pila de años y no lo leí nunca. Los libros son así: criaturas de paciencia preternatural, siempre esperan el momento adecuado para asomar su cabeza. Su hora le llegó al fin, cabalgando sobre el entusiasmo que me despertó la puesta teatral de Cabaret en Buenos Aires. Ansioso como soy, no lo leí en orden sino que fui de narices al relato Sally Bowles, protagonizado por el personaje que inmortalizó Liza Minnelli. Según parece, el autor Christopher Isherwood se inspiró en una mujer real llamada Jean Ross, a quien conoció en Berlín en 1931. En todo caso, Sally Bowles es un extraño caso de creación colectiva. Si bien el personaje de Isherwood exhibe la idiosincracia con que todavía hoy lo identificamos -la divina decadencia, la frivolidad como bandera que apenas disimula una tremenda fragilidad- y alguna de sus características físicas -las uñas pintadas de verde esmeralda, por ejemplo-, lo cierto es que Sally, ‘nuestra' Sally, también es obra del libretista Joe Masteroff, de Fred Ebb y John Kander, que sintetizaron su ethos en la canción Cabaret, y del carisma y la voz de Liza Minnelli.
Ahora que leí el texto original, se me ocurre que sin Sally Bowles no habría habido Breakfast at Tiffany's, por lo menos tal como hoy conocemos el relato de Truman Capote. El biógrafo de Capote Gerald Clarke pretende que la inspiración para el personaje de Holly Golightly fue Doris Lilly, pero Capote conocía a W. H. Auden -tenían un amigo común, George Davis- y Auden fue íntimo de Isherwood toda la vida: la relación entre Holly y el narrador a quien llama Fred, también él escritor, está llena de ecos de la relación entre Sally y el narrador Chris, velado alter ego del mismo Isherwood.
En cualquier caso, Sally Bowles sigue siendo una lectura encantadora. Las versiones teatrales que se nutren del relato -la original llamada I Am A Camera, el musical Cabaret- dejan el destino de Sally en una nube incierta. El relato de Isherwood no es mucho más específico, pero cierra con una nota deliciosa. Después de haberse despedido de Sally para ya no volver a verla, el narrador recibe una postal de París que tan sólo dice: ‘Llegué anoche. Escribiré adecuadamente mañana. Montones de amor'. Espero recordarla, para sugerírsela a mis hijas cuando me pregunten qué epitafio quiero que se grabe en mi lápida.
[Publicado el 21/1/2008 a las 02:05]
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Sally Bowles está bien y vive en Buenos Aires
Hace ya mucho, pero mucho tiempo que una experiencia artística no me conmovía tanto como la versión teatral de Cabaret que vi hace pocas horas aquí, en Buenos Aires. Basada en el libreto original de Joe Masteroff, que se inspiró en el libro de Christopher Isherwood Goodbye to Berlin, y con la propulsión de las inolvidables canciones de John Kander y Fred Ebb, esta puesta de Cabaret sigue en términos generales las marcaciones con que Sam Mendes reinventó el musical en los 90, dos décadas después del inolvidable film de Bob Fosse. En un Teatro Astral reconfigurado como un cabaret verdadero, con mesas, camareros y vías abiertas para el contacto entre intérpretes y público -la dirección de escenografía de Jorge Ferrari es simplemente sublime-, Buenos Aires se transformó en Berlín circa 1930, heredera directa de su divina decadencia y también de su karma.
Sentí todo el tiempo la presencia de mi madre, que me crió escuchando la banda sonora del film cada mañana. Hubiese sido feliz esa noche, viendo lo que yo veía y escuchando lo que yo escuchaba; en algún sentido lo presenció todo conmigo. Pero no puedo atribuirle el impacto tan sólo a su influjo: sería injusto con el talento original -Masteroff, Kander & Ebb, Fosse, Liza Minnelli, Mendes- y con el talento local, que tanto hace para insuflarle al musical una vida, un salvajismo nuevo.
En términos generales la narrativa es la misma que popularizó el film, con mínimas variantes: el escritor Clifford Bradshaw (alter ego de Isherwood, interpretado por Marcelo Trepat) llega a Berlín en busca de inspiración. La encuentra a manos llenas, en la fauna que rodea la pensión de Fraulein Schneider y las noches del Kit Kat Klub -el emcee interpretado por Alejandro Paker es tan inquietante como es de esperarse- y en el surgimiento del nazismo que empieza a permearlo todo. La bohemia de Sally Bowles (Karina K), la chica de uñas verde esmeralda y adicción al trago nauseabundo llamado Prairie Oyster, y el romance entre Frau Schneider y el frutero Schultz, se convierten pronto en víctimas de la locura inspirada por Hitler, y la obra no les ahorra su parte de responsabilidad en la Historia.
El final de esta versión de Cabaret es escalofriante. Cada uno de los personajes repite las frases con que se ha justificado en su momento, resonando ahora como epitafios. Sally dice que todo se reduce a política, y que la política no tiene nada que ver con uno. Frau Schneider dice que hará lo que deba hacer para sobrevivir. Schultz dice que la cordura prevalecerá. Frau Kost verbaliza la excusa de tantos alemanes: ¿o acaso los judíos no estaban quedándose con todo el dinero? Entonces todos los artistas del cabaret se transmutan en prisioneros de un campo de concentración, y el espejo que baja sobre el escenario convierte al público por entero en espectador pasivo -la palabra clave aquí es inequívoca: pasivo- de la tragedia. Cabaret no ofrece respiro ni siquiera a la hora de los aplausos. Cuando Alejandro Paker sale a saludar ya no lo hace vestido como emcee, sino con uniforme gris y estrella amarilla en el pecho con la leyenda Jude. Ni falta que hacía. Los nazis lo hubiesen liquidado por el simple hecho de parecer homosexual.
Terminé devastado. Y feliz por haber sido testigo de un hecho artístico que producía belleza a partir de tanto dolor. Lloré como un perro, ¡lloro todavía!, pensando en tantas vidas perdidas, en tanta locura, en el pasado que le pisa la cola al presente, en el nazismo y en su sobrina la dictadura, en nuestra habilidad para desoír las historias de la Historia, en el Holocausto y en los palestinos, en este Bush que dice democracia y la pronuncia imperio, en la prontitud con que tanta gente salta a reclamar violencia con tal de protegerse, en la intolerancia que sigue siendo la más contagiosa de nuestras enfermedades, en Buenos Aires, Washington y Berlín, entonces, ahora y mañana.
Dios nos libre, solían decir las viejas. El arte nos libre, digo yo, porque es de los pocos que todavía procura defendernos.
No se pierdan Cabaret.
[Publicado el 17/1/2008 a las 19:39]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
17/5/2008 04:10
Me suena a que la idea de este...
Publicado por: Jacinta
16/5/2008 23:45
Publicado por: Javier
16/5/2008 22:41
ESTA SUPER BIEN RELATADO ME...
Publicado por: julieth cano bermudez
16/5/2008 12:00
Publicado por: Lulu
16/5/2008 00:26
Publicado por: chuchu
15/5/2008 18:58
Y este post es para que? para...
Publicado por: Mayte
15/5/2008 07:35
quiero saber de mi idolo si...
Publicado por: pilar acevedo de carrión
15/5/2008 07:32
pensaba q abia muerto..... x q...
Publicado por: pilar
14/5/2008 06:31
Publicado por: lolichka
13/5/2008 20:43
Hoy, trece de mayo,a las 22:30,...
Publicado por: kdh
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