La novela que abre mil puertas (3)
Pero María Negroni no se contenta con escribir fantásticamente (Ah, ¡ella vive en una galaxia tan distante de aquella que suelen habitar nuestros narradores…!) Lo que a mi juicio convierte a La Anunciación en una gran novela es su convencimiento de que cuestionar la propia poética (“Te preguntarás, a estas alturas, sirenita, qué estás leyendo y yo te contesto, como a cualquier lector, depende de vos”, dice en un pasaje) equivale a cuestionarse la propia vida; de que preguntarse (para) qué escribo, y en consecuencia cómo escribiré, no se diferencia de la pregunta de (para) qué vivo y cómo viviré.
La Anunciación pone a prueba la analogía de Emma, en su versión complejizada: pintar (escribir) es pensar es sentir, términos inseparables, triángulo equilátero, la Santísima Trinidad que deberíamos venerar todos los narradores. Díganme si estos consejos que Athanasius desgrana para invitar a pintar de verdad no se aplican además a la escritura, pero ante todo a la vida misma:
“Para pintar, señorita… hay que atravesar muchas puertas: la del desasimiento, la del despojo, la del apuro, la de la oposición o dualidad, la de la tentación, la de seducir, la que confunde deseo y asombro y sobre todo, la del cansancio. Sólo alguien muy cansado, como Emma, podía atravesarse a sí misma hasta quedar borrada de la realidad y así acceder a la memoria del mundo que es la sombra donde estalla, eternamente, la presencia”.
Se pinta (se escribe, se vive) no para obtener algo, sino precisamente para perderlo; el cuadro (la novela, la vida) se define no tanto por lo que está allí, como por todo lo que elegimos dejar fuera de su marco; nadie debería actuar (pintar, escribir, vivir) para llegar a un fin, ni para salvar a nadie ni salvarse a sí mismo, sino –esto es lo único sublime a que podemos aspirar- para dar cuenta de lo inefable. Dice una de las voces de La Anunciación:“Hay que avanzar sencillamente hacia lo que no tiene respuesta, y así confiar en qué, en algún momento, uno pueda decir, como quien no quiere la cosa, no sé si existe lo que veo, o bien, no sé qué quiere decir”. En este sentido, la novela nunca sería un fin en sí mismo; los mejores relatos serían, más bien, aquellos que proceden a sabiendas de que anuncian –a la manera del enviado del Cielo frente a la virgen- la existencia de aquello otro, la maravilla innombrable e invisible, en tanto sólo puede ser oída a medias en un susurro, o contemplada de reojo.
Hay en Negroni una noción de la novela como pregunta múltiple a la que “hay que lanzarse, no para contestarla (las preguntas que importan no buscan respuestas) sino más bien –como quería Barthes- para lograr que permanezca abierta”, explicita en Galería fantástica. (Recurro tanto a este libro para hablar de La Anunciación porque nunca es más transparente un artista que cuando habla de otros.) Aquellas novelas que quieren contener o duplicar el mundo, sugiere allí mismo, cometen “un crimen contra la realidad’ y se convierten en naturalezas muertas. Se trata, por el contrario, de someterse a un proceso de deliberado despojamiento. “Porque de desnudez se trata, hay que insistir, cuando el fin es transformarse en verdadero artista”, dice también en Galería fantástica. En otro pasaje sugiere que “toda carencia (es) plétora”. Y también, al mencionar al Thomas que es protagonista de la película de Antonioni Blow Up, afirma que “llega a ese momento enriquecido por lo que ha perdido”. ¿Debería resistirme a la tentación de decir que un desasimiento similar serviría a cualquiera, incluso a aquellos que no son ni pretenden ser artistas, para vivir una vida más plena?
Lejos de perseguir respuestas falsas o complacientes, se pinta (se escribe, se vive) para plantear preguntas a aquello que no admite solución. O sea: para dar testimonio de esa presencia de la que habla Athanasius, del mismo modo en que la daba el monolito negro de la película de Kubrick. (Y que Led Zeppelin puso en la tapa, precisamente, de su álbum llamado Presence.)
¡Cuánto tiempo pasó desde la última vez que una obra de arte me animó a preguntarme cosas semejantes!
Con verdadera humildad les digo: María Negroni es una gran escritora, y La Anunciación es un pequeño milagro.
[Publicado el 11/12/2009 a las 15:00]
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La novela que abre mil puertas (2)
Otra pista sobre la construcción de su novela nos la brinda Negroni en el ensayo de Galería fantástica sobre Vicente Huidobro. Allí, al hablar del relato Cagliostro que Huidobro concibió como “su diatriba contra el ‘realismo’ en la ficción”, Negroni lo define como “una novela imposible. Quiero decir una novela escrita por un poeta”. “La provocación –continúa- es el rasgo más claro de este tipo de obras”. (“Qué ganas de hacer algo insolente”, dice alguien en algún tramo de La Anunciación.) Y culmina enumerando características de Cagliostro que bien pueden ser predicadas de su propio libro: “Su desinterés por la anécdota y la interioridad psicológica de los personajes, su apuro por desenmascarar las convenciones literarias, su anacronismo militante, no desprovisto de humor, hacen de él un libro ‘raro’”. No menos que La Anunciación, en todo caso.
Y sin embargo no se trata de una lectura abstrusa, difícil, expulsiva. Por el contrario, es de una seducción exquisita. Uno se va dejando leer por la novela del mismo modo en que las copias de La Anunciación se van dejando pintar (todos los lectores somos iguales en cierto sentido, aunque algunos vestimos mejores azules que otros), porque la estrategia que adopta la escritura es precisamente la de la analogía “Pintar es pensar” que Emma dice en algún momento a la manera del oráculo: pintar es pensar tanto como escribir es pensar y La Anunciación se lee así, como quien piensa en voz alta y lo va mezclando todo, pasado y presente, lo sublime y lo chabacano, lo alto y lo bajo. (“¡Qué delicia escribir trivialidades!”, se dice por allí.)
Es por eso que uno no puede leer La Anunciación como lee la mayoría de las novelas: en diagonal, adelantándose a los acontecimientos, porque basta con que uno salte por encima del cerco de una línea para que se pierda una formulación deliciosa. Yo, por ejemplo, me quedé un rato colgado de la frase que sugiere que la novela es “un cementerio de palabras”. Porque más allá de los sentidos inmediatos –todas esas palabras precisas están enterradas allí en efecto, cada libro es un Pere Lachaise de calles concéntricas-, también están los sentidos ocultos o paradójicos. (“La duplicidad del sentido es, quizá, nuestro paraíso más alto”, dice Athanasius, cuyo nombre viene de athanatos, inmortal –o sea, no muerto.) Porque así como los cadáveres se desmenuzan en la tierra para proporcionarle nutrientes, las palabras enterradas en una novela se amalgaman en uno de esos barros de los que crecen cosas. No hay mucha diferencia entre abrir un libro y levantar una piedra o una lápida, ahí debajo suele haber cosas húmedas e insectos que inspiran escalofríos, uno siente asco al tiempo que recibe una revelación (¿una anunciación?): ¿dónde más se puede asistir en primera fila al espectáculo de la vida insospechada, de esa porfía que nos precedió y nos sucederá?
¿Ven? Esto es lo que La Anunciación hace con el lector.
Lo pone a sonar. Lo tañe.
(Continuará.)
[Publicado el 10/12/2009 a las 13:35]
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La novela que abre mil puertas

Pocos días atrás terminé lo que para mí es una de las mejores novelas en español que he leído en mucho tiempo. Se llama La Anunciación, fue editada en 2007 y su autora es la también poeta María Negroni.
Había oído hablar de Negroni aquí y allá. Le debo su descubrimiento a Elsa Drucaroff, que la convocó al ciclo La voz propia del Malba que brinda a los escritores la oportunidad de interpretar sus textos. Allí oí el comienzo de La Anunciación de sus labios y quedé prendado.
¿Qué cuenta La Anunciación? Algo difícil de definir. (De hecho la novela misma arranca asumiendo la dificultad de la tarea por acometer: “No sé cómo se cuenta una muerte, Humboldt. Y, menos, una muerte como la mía, que terminó volviéndose vida”.)
Se podría decir que La Anunciación habla de la experiencia de los años 70 en la Argentina. Pero nunca que se trata de una novela sobre los años 70. En todo caso, se refiere a aquellas experiencias traumáticas del mismo modo en que Oliver Twist habla sobre la Inglaterra del industrialismo desatado o Lorrie Moore habla del 11 de septiembre en A Gate at the Stairs: como la particular circunstancia a trascender, la horca caudina de la Historia bajo la que hay que pasar para arribar a la hache minúscula –a la historia propia, de la que uno desearía adueñarse aunque más no sea por un rato para después perderla a conciencia.
En cualquier caso diré que es una novela donde una voz femenina evoca al fantasma de Humboldt (¡otra hache mayúscula!), el amado muerto, ido, desaparecido. Pero también es una novela donde de tanto en tanto asoma Athanasius, el monje del siglo diecisiete a quien se le atribuye la creación de un Museo “que contiene o duplica el mundo” y que dialoga con la narradora y con el poeta Vicente Huidobro. (Aquel que pretendía que el verso fuese “como una llave que abra mil puertas”.) Donde una mujer llamada Emma pinta infinitas copias de La Anunciación de Filippo Lippi, en busca del Santo Grial de un color azul que se insinúa irrepetible. Y donde asimismo las palabras (por ejemplo, casa) debaten el proceso revolucionario y por supuesto, el sentido de todo.
Quizás habría que preguntarse, mejor: ¿cómo cuenta La Anunciación? Pero la respuesta sería igualmente esquiva. La Anunciación cuenta como puede, al igual que todas las novelas, pero ante todo: como quiere. En un ensayo recogido en el libro Galería fantástica, Negroni dice lo siguiente de La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik: “Ninguna humillación de narrar. Ninguna sumisión a ‘las partes serviles del relato’. Sólo el recuento obsesivo de algunas ceremonias para someter el acto de escribir a un escrutinio brutal”. La misma preceptiva que Negroni adoptó para La Anunciación. Aquí no hay trama, no hay búsqueda del verosímil, no hay construcción de una temporalidad –esas servidumbres que la mayoría de los narradores solemos aceptar, con tal de que se nos permita entrar en el templo de la novela.
(Continuará.)
[Publicado el 09/12/2009 a las 14:14]
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¿No ves que ya no somos chiquitos?
Fui uno de los (muy) afortunados que el viernes por la noche asistió al concierto en que Luis Alberto Spinetta repasó varias décadas de creación musical. Sugestivamente, Spinetta adoptó una línea narrativa que desandaba el tiempo. Eligió partir de su presente –de su banda actual- y encaminarse a la música de las bandas de su pasado, concluyendo con las tres que dejaron una marca mayor en el rock en español: Invisible, Pescado Rabioso y Almendra –así, en un orden perfectamente inverso al de la Historia.
Durante poco más de cinco horas (si no es un récord digno del Guinness, le pegó en el poste) y mediante cincuenta canciones, Spinetta intentó dejar testimonio de las cotas de belleza que esta música –la suya, pero también la de los músicos que versionó- alcanzó en casi medio siglo de búsquedas estéticas. Por algo empezó dando cuenta de una lista de músicos a los que también querría haber versionado y no llegó, por (obvias) limitaciones de tiempo. (Entre ellos estaban, por ejemplo, Andrés Calamaro y el Indio Solari.) Por eso también tocó canciones de sus colaboraciones con Charly García y Fito Páez, que subieron para ello al escenario, y otras de autores que considera insoslayables, como Tanguito, Pappo y Miguel Abuelo –muertos hace tiempo- y también Gustavo Ceratti.
En este sentido, aun cuando se promocionó el concierto como una cabalgata por la carrera de Spinetta, quedó de manifiesto que el artista quiso decir también que, en primer lugar, no sentía que estuviese contando tan sólo su historia; y en segundo término, que estaba defendiendo esa cualidad que podría definirse como interdisciplinaria que es, o tal vez fue, inherente al rock: su capacidad de asumir como propias todas las búsquedas y las influencias, entablando un diálogo intercultural fructífero fuera de cuyo marco y de cuya esencia no sería ni siquiera comprensible. Por eso no extrañó que dijese que sin Mariposas de madera de Miguel Abuelo no habría existido Muchacha ojos de papel. Ya desde su fundación, el rock sostuvo siempre esta doble vía de procesar influencias: por un lado estaba su forma de interpelar la(s) tradición(es), y por la otra su deseo de encontrar pares coetáneos con los que dialogar para superarse(se), a la mejor manera de la sana competencia que sostuvieron en su momento Lennon y McCartney.
La extensión del concierto no habló tan sólo de una carrera larga, sino ante todo dio cuenta de la riqueza de las músicas que Spinetta y sus ocasinales compañeros de ruta crearon a lo largo de estos años. Allí sonaron canciones pop, aires y arreglos de jazz y efluvios de música contemporánea, rhythm & blues, heavy rock y otra media docena de subgéneros, todo tamizado, por supuesto, por la sensibilidad sublime del Spinetta de quien tanto se habla como poeta –que lo es, nadie lo duda- pero del que nunca se dice lo suficiente como músico. Sin ir más lejos: hace muchos pero muchos años que no escucho una banda tan precisa e inspirada al mismo tiempo como la versión de Invisible que interpretó Perdonado (Niño condenado).
La misma decisión de ir de adelante para atrás reclama una interpretación que va más allá de la apelación a la nostalgia. Es verdad que la mayoría de los que allí estábamos no debe haber oído nunca en vivo a Almendra, ni siquiera en su reencarnación de la época de El valle interior. Pero el demoledor tres-dos-uno que propinaron las actuaciones sucesivas de Invisible, Pescado Rabioso y Almendra me dejaron en un estado del alma que trascendió el éxtasis para llegar a la inquietud. No voy a pretender que esto fue algo deliberadamente buscado por Spinetta, aunque no lo descarto. Lo cierto es que, después de ese breve contacto con la versión sonora de la Arcadia que supuso la resurrección de esas tres bandas, me quedé dando vueltas como un trompo. Preguntándome por qué la mayoría de las músicas que hoy suenan tienen algo del Rock Según los Teletubbies, en franco contraste con la riqueza, la ambición, el delirio y el lirismo del Rock Según Spinetta & Co. Fue como si Spinetta nos hubiese conducido cual flautista de Hamelin hasta el filo del abismo para despertarnos antes de caer y decir: este fue el vórtice del que escapamos hace cuarenta años mediante el arte, y este otro es el vórtice ante el que estamos hoy. ¿Qué harán ustedes para sortear el vacío, para construir puentes donde no hay nada –para lograr que mañana sea (¡otra vez!) un momento mejor?
[Publicado el 06/12/2009 a las 23:48]
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Las Cenicientas de la creación
He aquí una pregunta que me (per)sigue desde que comencé a trabajar en este rubro: por qué –por qué, ¡POR QUE!- esa obstinación de parte de tanta gente (productores, directores, actores) en negarnos entidad a los guionistas.
Pocos días atrás fui a cenar a la casa de Guillermo Martínez, uno de los mejores escritores argentinos de hoy, para homenajear a nuestra editoria holandesa, Nelleke Geel, que estaba de visita en la Argentina. Allí me crucé con otra gran escritora, Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves. (Novela que adapté al cine con Marcelo Piñeyro.) No sé cómo salió el tema, pero Claudia me habló de una nota que recientemente había salido en el semanario cultural Eñe del diario Clarín. La firmó Sergio Vainman, autor de muchos éxitos televisivos y actual presidente del Consejo Profesional de Televisión de Argentores. Y lo que la inspiró fue otro artículo periodístico en el cual, mientras se celebraba la excelencia de una obra (en este caso, el programa de TV Trátame bien), se ignoraba por completo la participación de los autores en ese proceso.
Pocos días después me la envió por mail. Tenía razón, el artículo vale la pena.
Vainman arranca con maravillosa ironía, recordando que la idea de la autogénesis o generación espontánea ha sido desterrada del pensamiento científico hace mucho tiempo. Ya el viejo Lear sabía claramente que nada sale de la nada. “Todos acuerdan con que de la nada no surgen microbios, pero algunos sí parecen aceptar que de la nada… o de nadie, para ser más preciso, puede surgir una obra audiovisual digna de análisis sociológicos, generadora de pensamientos y adhesiones masivas”, dice Vainman.
Después de dar detalles sobre el artículo que motivó su indignación (según dice, los actores hablaban largamente, en paralelo a sociólogos, psicoanalistas y científicos de toda laya que opinaban sobre el programa y sus personajes), Vainman se pregunta: “¿Este espectáculo nació de la nada? ¿Un día, un grupo de actores se reunió y como producto de una improvisación genial dio a luz estos personajes? ¿Fueron creados, acaso, en un laboratorio sociológico? ¿Son, tal vez, ejemplos de algún Manual de Psicología de la Conducta?”
“A pesar de que el extenso artículo no lo diga –prosigue Vainman, refiriéndose a los personajes de Trátame bien-, esta familia representativa quizás de los argentinos de hoy; estos personajes contradictorios y polémicos, tan analizados por todos; estas situaciones de alta conflictividad que impresionan a sociólogos e identifican a los espectadores, no son reales (aunque sean realistas); nacieron de las cabezas, de los espíritus, de la sensibilidad y la experiencia personal de un grupo de personas: LOS AUTORES… Autor, según el diccionario, es el responsable de un hecho, el que lo origina, el comienzo. Y si para la ley, autor de un delito es aquella persona penalmente responsable y merece un castigo, lo mismo debería ocurrir con un programa de televisión por el cual puede un autor ser condenado por plagio, pero no merece – al menos eso se desprende del contenido de este artículo – no digamos ser entrevistado o requerida su opinión, sino siquiera ser nombrado”.
“Los devenires del mundo del espectáculo en la Argentina –concluye Vainman- van marcando una tendencia en donde la pérdida de la identidad de las obras se manifiesta en la dilución cada vez mayor del creador. Esto, curiosamente, no se debe a un colectivismo socialista que desplace a la propiedad privada de las obras intelectuales, sino al objetivo por parte de otros integrantes del proceso artístico de apropiarse y de concentrar los méritos y las retribuciones sociales, artísticas y económicas correspondientes al autor. Y no sólo en televisión: el teatro y el cine muestran palmarios ejemplos de la misma apropiación”. El artículo termina reparando la injusticia al nombrar a los autores del programa: Susana Cardozo y Pablo Lago, “que se tomaron el trabajo de pensar, en el tiempo que les tocó, cuál era la mejor forma de dejar testimonio de la sociedad en la que vivieron y murieron, a través de la voz de sus personajes”.
Una cosa es que los guionistas / autores estemos acostumbrados a tolerar este tipo de apropiaciones, y otra muy distinta es que las toleremos, o las consideramos justas.
Esa noche en lo de Guillermo Martínez terminó con otro golpe a mi autoestima, cuando un productor famoso (que no pienso nombrar, así que no insistan) me contó como si fuere una gracia que a menudo se olvidaba de invitar a los guionistas al estreno de las películas que escribían…
Qué se le va a hacer: somos las Cenicientas del arte.
Por ahora.
[Publicado el 04/12/2009 a las 18:14]
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La novela por la que ganó se llama Oscura monótona sangre, a partir de unos versos de Salvatore Quasimodo ("No sabre nada de mi vida / oscura monótona sangre"), y según propia confesión surgió como reacción a un sentimiento que no me cuesta nada entender: "Me molesta el modo en que los medios de comunicación tratan superficialmente el tema de la inseguridad". Dice Sergio que la novela es de algún modo la inversión de un clásico argentino, el cuento Cabecita negra de Germán Rozenmacher: "Ya no son los cabecitas negras que acechan las casas de los burgueses para conseguir lo que no tienen, sino las clases medias que se meten en la villa para conseguir lo que no tienen". O sea, en este caso: sexo.
Policial a la manera de su idolatrado Simenon, Oscura monótona sangre transcurre entre Barrio Norte y la Villa 21, extremos del espectro social en la ciudad de Buenos Aires. El premio se lo concedió un jurado compuesto por Juan Marsé, Almudena Grandes, Jorge Edwards, Elmer Mendoza y Beatriz Moura.
Qué ganas de leerla tengo...
[Publicado el 02/12/2009 a las 15:59]
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Era previsible que Uruguay estuviese en los titulares del mundo entero luego del triunfo de José Pepe Mujica en las presidenciales. Que el país haya renovado su confianza en el Frente Amplio después de la administración de Tabaré Vásquez es un signo auspicioso, en un panorama latinoamericano enrarecido por el fraude hondureño y las bases estadounidenses en Colombia. Lo que no esperaba es encontrarme hoy a otro uruguayo, para mí desconocido hasta ahora, en los titulares de Variety.
Un ‘pánico’ pulsa los botones de Hollywood: el director uruguayo Alvarez logra un contrato grande gracias a un corto, se titula el artículo de Michael Fleming. Según parece, un cineasta de 30 años, Fede Alvarez, conocido hasta hoy como realizador de comerciales, produjo un corto llamado Ataque de pánico que llegó a internet. Una vez que el material adquirió difusión (el multipremiado músico Kanye West, sin ir más lejos, puso el link del material en su propio blog), las agencias y estudios de Hollywood empezaron a batallar para contratar a este hombre que había logrado contar una invasión extraterrestre en menos de cinco minutos… y por menos de 500 dólares.
Cualquiera puede ver el corto en YouTube. (Busquen Ataque de pánico!, así, con signo de admiración sólo al final.) Está muy pero muy bien hecho. En el fondo no hay narrativa alguna, más allá de ver la destrucción de Montevideo a manos de unos robots gigantes. (En este sentido se parece a los juegos que tanto jugamos cuando niños, levantando castillos o lo que sea por el sólo placer de destruirlos al final.) Pero lo que resulta indiscutible es que Fede Alvarez sabe hacer mucho con muy poco. Y esa es una habilidad muy buscada en el mundo entero, hoy más que nunca.
La decencia (como la de Pepe Mujica) y el ingenio (como el de Fede Alvarez) solían ser características naturales y muy extendidas, en países pobres como los nuestros. Aunque ya no podamos predicar lo mismo de estos tiempos, reconforta saber que de todos modos no han muerto del todo.
[Publicado el 30/11/2009 a las 20:06]
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Pocas cosas más características de Misiones que su tierra roja. Pero en el corazón del monte (tal como allí le dicen a lo que nosotros llamaríamos selva), uno pisa un suelo de un rojo de esos que sólo se ven en los sueños.
Los niños y niñas de la etnia Mbya llegan a la escuela bilingüe No. 1113 sin uniforme ni útiles de ninguna clase. Todo lo que necesitan los espera allí, empezando por sus maestras y de los auxiliares aborígenes que constituyen el nexo entre la institución blanca y su propia comunidad, y terminando con el suculento almuerzo. Hasta no hace tanto los Mbya vivían de la riqueza que proporciona el monte y trabajaban ocasionalmente en alguna cosecha. Hoy en día, cuando el blanco ha devastado un porcentaje tremendo del monte misionero, los Mbya subsisten gracias a las artesanías y las ayudas que reciben de las fuentes más diversas.
En los dos días que permanecimos allí, la alegría que percibimos fue constante. Para todos aquellos que sabemos cómo son hoy las aulas de cualquier escuela de la gran ciudad, el grado de concentración y de entrega de estos pequeños nos resultó sorprendente. No hay forma de que entiendan, todavía, hasta qué punto el adueñarse de la palabra escrita les ayudará no sólo a expresar sus propias vivencias, sino además a hacer valer sus derechos. Tal como nos dijo su cacique, Hilario Acosta, el hombre blanco los está dejando sin monte, y la posibilidad de comunicarse en la lengua española les resulta fundamental a la hora de reclamar justicia. La posibilidad de ser educados formalmente a partir de su lengua materna les permitirá a estos niños no sólo aspirar a desarrollarse plenamente, sino también a hacerlo sin perder su identidad.
Gracias pues a la Fundación La Nación y a la Fundación Arte Vivo, por el premio a la escuela Takuapí y por hacer posible el documental. A Margarita Gómez, Laura Bua y Carlos Abbate. A Luis Andrade, Agustina Figueras, Camilo Segatta y Lucía Iglesias. Pero sobre todo gracias a ellos: a los niños, a Hilario, a Laura Karajallo y Alicia Novosat y al pastor Darío Dorsch, no sólo por el afecto y la apertura de corazón, sino ante todo por su decisión de no resignarse y la creatividad que tuvieron a la hora de resolver el problema común. Uno siempre busca ejemplos que ofrecer a aquellos -mayoría absoluta- que pretenden que no se puede. Les ofrezco el ejemplo de la escuelita de Takuapí, porque sé que les servirá como a mí a la hora de tapar la boca de los que quieren que todo siga igual.
Ojalá pueda colgar aquí el documental un día de estos. Sé que se enamorarán de esa gente y de ese lugar como me enamoré yo.
[Publicado el 27/11/2009 a las 19:05]
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Nunca pensé que iba a terminar dirigiendo un documental. Pero hace un par de meses llamó la productora Margarita Gómez para ofrecerme un proyecto que encontré irresistible. Se trataba de dirigir uno de cuatro documentales que ilustrarían los proyectos ganadores del premio Comunidad a la Educación, que organiza todos los años la Fundación La Nación. (Cuántas palabras agudas, diría mi maestra. ¡Pero aquí resultan insoslayables!)
Parafraseando a la Renée Zellweger de Jerry Maguire: Margarita contaba conmigo desde que dijo hola, dado que siempre he hecho y haré lo que esté a mi alcance por la causa general de la educación, y por la particular de la educación pública. Soy uno de los tantos que creen que la educación formal fue una de las víctimas más trágicas de la crisis argentina. Hoy en día, cuando la institución parece averiada hasta el punto del naufragio, las escuelas son más necesarias que nunca no sólo por su función específica, sino también por todas las demás que ha ido cargando sobre sus espaldas para cubrir los fracasos de nuestras sociedad. En nuestras escuelas, además de enseñar, se alimenta a millones de chicos que dependen de esa comida para conservar algo parecido a la salud. Y además allí se contiene a infinidad de criaturas violentadas por la desintegración familiar, la marginalidad y la ausencia de un proyecto de vida -consecuencias directas de la pobreza.
Pero (tengo que admitirlo) lo que terminó de seducirme fue el proyecto. Se trataba de contar la historia de una escuelita de la provincia de Misiones, esa pequeña lengua en el extremo noreste de la Argentina que es famosa a causa de una atracción turística: las Cataratas del Iguazú.
Ubicada a 120 kilómetros de la capital provincial, la escuela de Takuapí está enclavada en mitad de la reserva de los Mbya, una de las tantas etnias aborígenes que existen en nuestro país. Como la lengua de los Mbya es oral, las maestras con diploma habilitante se las veían en figurillas para enseñar a los pequeños los conceptos más elementales. Fue una de ellas, precisamente: Laura Karajallo, la que concibió la idea de armar una serie de cuadernillos que adaptase la lengua Mbya guaraní (que por cierto, no es igual al guaraní que suele hablarse, por ejemplo, en Paraguay) a la grafía del español. Si además de hablar el idioma materno, los chicos aprendían a escribir en Mbya, la adopción de la española como segunda lengua y su relación con el resto de la sociedad misionera podían dejar de ser asuntos traumáticos.
La consigna, pues, era tratar de reflejar del mejor modo posible el trabajo que las maestras, en conjunto con la comunidad Mbya y con la ayuda de los auxiliares aborígenes, están realizando para que estos niños aprendan a leer y escribir en su propia lengua antes que en ninguna otra, del mismo modo en que en su momento lo hicimos ustedes y yo. Un salto exponencial (digno de una elipsis como la de Kubrick al comienzo de 2001) como aquel que la especie humana dio por primera vez hace siglos, cuando entendió que esa serie de signos le permitiría narrar su propia historia, y legar su experiencia de vida, de forma que colaborase con las generaciones futuras.
Y así fue que nos subimos a un avión.
(Continuará.)
[Publicado el 26/11/2009 a las 20:36]
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Escribir es, pues, tramar. No sólo en el sentido de construir una trama argumental, sino más bien en el de urdir un tejido que una lo que ha sido disgregado por la historia, o bien por nuestra manera pedestre, estrecha de interpretar la experiencia. El acto de escribir y el acto de la lectura re-generan: vuelven a generar una unidad que se había perdido, mediante una práctica milenaria que, más allá de la mecánica de su producción (escribir es una técnica como cualquier otra), puede tener mucho de esotérico porque aspira a una forma del conocimiento que no depende de la criba de la lógica humana.
Lejos de limitarse a un ejercicio nostálgico, el de la memoria es en los relatos de Goyen un acto tan creativo como la escritura misma. Se trata, tal como citábamos, de permitir que la mente se libere para ir hacia atrás con el objetivo de rescatar un pasado que necesita recomposición.
Desde su presente romano, el protagonista de Memoria de mayo recuerda que en aquel momento de su infancia "lloró con amargura en honor de algo que iba mucho más allá de lo que entonces comprendía". Sin saberlo, el niño que en aquel desfile interpretaba al rey de las flores recibió un anticipo de la vida por venir: entendió que todos los oropeles son de cartón y no duran mucho, entendió que los padres nunca pueden hacerlo todo bien, entendió que existir significa sentir una "trágica incompletud" que jamás puede aventarse del todo.
Goyen hace uso de una noción einsteniana del tiempo como unidad: no hay separación entre pasado, presente y futuro, el tiempo es uno y ocurre todo a la vez. Por eso el llanto amargo, que existió en la niñez para que el adulto pudiese finalmente entender, en la fría tarde romana, aquel "despertar" de la infancia. En lugar de que el pasado determine el presente, como se interpreta del modo convencional, es el presente quien relee, quien re-genera el pasado. Desde el cuarto ajeno de pisos antiguos de su alojamiento romano, el protagonista pondera "las primeras revelaciones que tenemos en la vida y... cómo esas revelaciones van cambiando con el tiempo". En su acepción más obvia el pasado es inalterable; y sin embargo lo modificamos desde nuestro presente cada vez que lo revisamos, propiciando que sus sentidos más profundos decanten.
Además de tejido conectivo, de lugar de reunión, de matrimonio entre el dolor y la curación, la literatura es para Goyen el sitio en que el tiempo deja de estar disgregado y se unifica. Los más grandes escritores de la historia han plasmado esta verdad de manera inapelable: la literatura representa la naturaleza del tiempo mejor que un reloj, o que el calendario más exhaustivo.
Pero este tiempo único no es determinista, no está cerrado ni condena a sus criaturas a un destino prefijado. Recibir revelaciones habilita a los personajes para elevarse por encima de la incompletud trágica. Una vez que el narrador entiende el sentido de aquella intuición temprana, puede aceptar que, a pesar de la vergüenza sufrida durante el desfile, su pequeña hermana se haya convertido en la más serena de las bailarinas, "una criatura aérea" que produce un momento de belleza ultraterrena.
En el tiempo (re)unificado, el narrador y/o protagonista no son víctimas de sus destinos: más bien salen al encuentro de sus destinos, que se les han manifestado cuando jóvenes o niños y que asumirán plenamente, ¡por fin!, en el presente del cuento, (re)generándose -esto es, despertando a la vida de manera definitiva.
El narrador de Sobre el pueblo representa esta iluminación con elocuencia. Al recordar aquella figura anecdótica de su infancia, el Ermitaño, que durante cuarenta días con sus noches ("El mismo tiempo que duró el diluvio") se sentó en silencio sobre un mástil que lo elevaba por encima del lugar, el narrador entiende que su destino le fue revelado entonces. Comprende, al escribir el cuento, que está llamado a contar historias; que el Ermitaño le comunicó sin palabras cuál era la ética del narrador ("...no tenía nada que vender, no quería hacer fortuna, no quería gastar bromas ni hacer trucos... sólo quería que lo dejasen hacer lo suyo tranquilo"); que la vocación entraña riesgos (asumirse diferente y por lo tanto exponerse a la intolerancia de los otros); y que para hacerlo bien, no basta con encontrar un sitio desde el que poder observar todo con una perspectiva privilegiada. El Ermitaño no se sube al mástil para mirar desde las alturas. Tal como se revela en El camino de Rhody, donde su figura también aparece, se ha trepado allí para purgar sus pecados. (Los cuarenta días y noches definen además el tiempo que Jesús ayunó en el desierto.) Uno no escribe tan sólo para dar cuenta de lo que ve: escribe, ante todo, para entender lo misterioso -y para obtener aquello que sobreviene una vez que se lo ha entendido con profundidad: la salvación.
Lo que queda una vez que las corrientes del tiempo barrieron con la hojarasca es, de manera inevitable, lo permanente: aquello que en el despertar pareció pura intuición, que al crecer se manifestó como revelación y que ahora, cuando el protagonista y el narrador han vuelto a ser uno, puede ser definido como "el fondo frío y duro de la verdad inalterable".
William Goyen escribió como quien busca sin cesar ese fondo de verdad; antes que un narrador profesional fue un hombre que perseguía la esencia de las cosas a la manera de los gnósticos, alejándose de la sabiduría de este mundo para confiar de manera preferente en "las pequeñas señales", ya fuesen epifanías, experiencias místicas o -presten atención a esa palabra, que es Goyen y no yo quien la dejó caer- revelaciones.
Jacob no le demandó al Angel lo que le habrían demandado todos: fortuna, victoria, reconocimiento, vida eterna. Le pidió algo más simple y más sabio: que lo bendijese, que lo iluminase. En su propia lid con la literatura, no cabe duda de que Goyen le retorció el brazo hasta que obtuvo una bendición semejante.
Porque amaba vivir y escribir con parecida intensidad, entendió que la mejor literatura es la que ocurre cuando uno está pensando en algo más importante.
[Publicado el 23/11/2009 a las 15:22]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.
Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.
Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
Aquarium (2009). Ediciones Alfaguara
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Las viudas de los jueves (2009)
Fecha de estreno: 10 septiembre 2009
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro, basado en la novela de Claudia Piñeiro
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro según la novela homónima de Ricardo Piglia.
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Si la idea es vieja, queda poca...
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