El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 17 de mayo de 2008

Paul McCartney.
A veces uno se pone tonto y pierde grandes oportunidades. Hace algunos años viajé a Japón para entrevistar a Paul McCartney para un diario argentino. A esa altura del partido me había casi habituado a entrevistar gente famosa -de Madonna a Mick Jagger- y también a artistas cuyo talento veneraba -Martin Scorsese, Arthur Miller, Daniel Day Lewis. Cuando se concretó lo de McCartney, lo registré como una entrevista más. A pesar de que había venerado a Los Beatles desde niño (como no tenía tocadiscos, mi prima ponía el simple de I Saw Her Standing There en su casa y yo lo escuchaba... por teléfono), me lo tomé a la ligera. Mi Beatle favorito siempre había sido John, y después de su muerte nada sabía igual.
Volé veinticuatro horas y me encontré con McCartney en su camarín del estadio, un par de horas antes del show. Conversamos con la mayor de las naturalidades, como si nos conociésemos desde siempre -como si fuésemos iguales. Después de la entrevista me quedé en el estadio para presenciar el concierto. Debo haber sido el único occidental que había allí, más allá de la banda y de sus técnicos. Con el correr de los temas, entre los cuales había muchísimos del repertorio Beatle, y bajo el influjo de las imágenes de archivo que se proyectaban durante el show, empecé a caer en la cuenta de lo que había hecho. No había estado en presencia de un tipo más, de un simple artista talentoso y/o de éxito, sino de uno de los hombres que le había dado forma a mi alma. El autor de Eleanor Rigby, de Yesterday, de Penny Lane, de Hey Jude, de Let It Be. Aquel que había sido mi Beatle favorito hasta que la vida me empujó hacia la rebeldía, la acidez de John. Por pagado de mí mismo, por imbécil, me había perdido la emoción de estar en presencia de un tipo al que le debía tanto. Pero no era del todo tarde aún. Me puse a llorar como un chico mientras la música seguía sonando. Los japoneses que me vieron deben haber pensado que los occidentales nos comportamos de la manera más rara durante los conciertos.
Revisando en estos días el documental Anthology, oí a Los Beatles hablar con reverencia de un hombre que les había transformado el alma a ellos: el señor Bob Dylan. Este sábado voy a ver en vivo a Dylan por primera vez en mi vida, en el estadio Vélez Sársfield de la ciudad de Buenos Aires. Por vía de Anthology, el bueno de McCartney tuvo la delicadeza de advertirme que no cometiese otra vez el mismo error. Para determinadas experiencias, para ciertos encuentros, uno debe prepararse como quien va a misa. Voy a ver a Bob Dylan, el autor de Blowing in the Wind, de A Hard Rain's Gonna Fall, de Idiot Wind, de Masters of War, de Most of the Time, de Not Dark Yet, de Nettie Moore. El artista ante quien Los Beatles -¡nada menos!- se quitaban el sombrero.
El lunes les cuento.
[Publicado el 14/3/2008 a las 10:30]
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Al ver su tapa en el estante de mi DVD club, me abalancé sobre Youth Without Youth con la avidez de un chico. Después de todo, Youth es la primera película de Francis Ford Coppola en diez años. Y para muchos, entre los que obviamente me incluyo, Coppola es más que un director de cine: es Merlín, el capitán Ahab y Orson Welles al mismo tiempo.
La película es desconcertante. Basada en una nouvelle de Mircea Eliade que desconozco, y deudora en efecto de muchos de los conceptos que Eliade desarrolló durante su carrera como filósofo e historiador de religiones -suyo es El mito del eterno retorno, noción que viene bien al caso-, Youth Without Youth narra en esencia un viaje místico. Dominic Matei (Tim Roth) es un profesor rumano septuagenario al que la descarga de un rayo somete a una extraordinaria transformación. Su cuerpo vuelve a la condición que tenía en la flor de la edad. La pérdida de todos sus dientes es la antesala de una nueva dentición: en el sentido más estricto, Matei ha vuelto a nacer. La presencia de Bruno Ganz en este segmento, encarnando al médico que cuida de Matei durante su reestablecimiento, hace mucho por remitir Youth Without Youth a visionarios como Werner Herzog y Wim Wenders, que en los 70 empleaban el cine como un instrumento privilegiado para estudiar la condición humana.

Mientras trata de habituarse a su nueva situación -la capacidad de absorber todo el conocimiento humano, la compañía de un doble al mejor estilo del dáimon griego-, Matei escapa del creciente poder de los nazis sin cejar nunca en su investigación en pos de los orígenes del lenguaje humano. La película asume un carácter episódico y concatena hechos con la lógica propia de los sueños -o mejor: del cine. Obsesionado desde siempre por la naturaleza del tiempo, sobre la que experimentó con éxito en Rumble Fish y torpemente en Jack, Coppola se monta sobre Eliade para escapar de las constricciones del tiempo lineal. ¿Por qué debería atenerse a ellas dentro del relato, cuando el cine le permite aquello que los humanos modernos tememos hacer con un temor casi atávico: desplazarnos en el tiempo, aun cuando sólo podamos leerlo en una sola dirección? ¿O acaso no re-experimentamos el pasado en presencia de un determinado perfume? ¿Y no sufrimos visitaciones del futuro, bajo forma de intuiciones que al concretarse llamamos destino?
En algún sentido Coppola hace lo de Matei: liberado de algunas de las constricciones de lo humano -que, dicho sea de paso, incluyen los condicionamientos de Hollywood- por obra y gracia de un rayo -esto es un haz de luz, como el que hiende la tiniebla de la sala de cine-, Coppola se lanza con avidez a hablar de lo que considera verdaderamente importante. La forma en que experimentamos el tiempo, los límites en nuestra capacidad de saber. Por supuesto, esas otras características de lo humano -la presión del mundo exterior encarnada por los nazis, la naturaleza inasible del amor- llenan su viaje de tribulaciones. En algún sentido la escena clave ocurre al comienzo, cuando Matei es abandonado por su primer amor, que le reprocha el hecho de no estar nunca del todo ‘allí'. Como la mayor parte de los artistas, como Coppola sin dudas, Matei nunca está del todo en el mismo sitio que su cuerpo. La gente puede verlo, incluso puede hablarle, pero Matei no está: su mente está visitando otro plano en simultáneo, una realidad hecha de elucubraciones, de otros tiempos, de fantasías que resultan tan elocuentes, tan atractivas, como el plano de lo real. Siempre es difícil convivir con un artista, que por definición lleva una doble vida aun cuando no salga a menudo de su casa. Youth Without Youth se convierte así en un paseo por aquellos escenarios mentales que Coppola visita cuando su cabeza está lejos de su cuerpo; en este sentido, su film merece ser releído como una (far from) home movie.
Película rara e inquietante, con momentos de enorme lucidez y otros que funcionan como callejón sin salida, Youth Without Youth es Francis Ford Coppola buscando el origen del lenguaje cinematográfico: aquel momento en que se hizo imprescindible crear el signo además de la cosa, aquel umbral que abrió a lo profano las puertas de lo sagrado.
[Publicado el 13/3/2008 a las 11:15]
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Leonard Cohen con Demian Rice en la ceremonia.
Los diarios del mundo le dieron el titular a Madonna, que sin duda se lo merece por razones muy distintas. Pero en lo que a mí respecta, los medios deberían haber encabezado de esta manera: El comité del Rock and Roll Hall of Fame se despertó al fin y nombró entre sus elegidos a Leonard Cohen. No quiero decir con esto que la inducción como miembro del Rock and Roll Hall of Fame sea importante en sí misma -Dios sabe que Leonard Cohen sólo puede ser definido tangencialmente como rock and roll-, pero dado que premios y distinciones suelen ser una farsa, es lógico que celebremos cuando de tanto en tanto disparan para el lado de la justicia.
El encargado de presentar a Cohen el lunes por la noche, durante la ceremonia en el Waldorf Astoria de New York, fue nada más y nada menos que Lou Reed, que recordó habérselo encontrado por primera vez nada más y nada menos que en el Chelsea Hotel -escenario de una de las más bellas canciones de Cohen. Sin andarse con chiquitas, Lou Reed dijo: "Tenemos suerte de estar vivos al mismo tiempo que Leonard Cohen". Amén, o mejor dicho: aleluya.
Cohen nunca será Madonna (no lo veo poniéndole una inyección de vitamina B12 en el culito de Justin Timberlake, como Madonna hizo hace poco por confesión del mismo inyectado), pero de todas maneras el viejo no deja de producir buenas noticias para nosotros, los selectos socios del Club de la Torre de la Canción. En primer lugar, Cohen está a punto de salir de gira por primera vez en 15 años: bienaventurados los mortales que tengan la oportunidad de presenciar esos conciertos, a desarrollarse -al menos por ahora- entre Canadá y Europa, España incluida. En segundo término, Cohen está trabajando en un nuevo álbum de estudio, lo cual significa que nosotros también veremos el futuro dentro de no mucho -que seguirá siendo un crimen, como corresponde.
La tercera noticia es más caprichosa, pero no menos significativa. Yo que uso una Macintosh, y que por ende me veo enfrentado a diario al ranking de iTunes apenas enciendo el ordenador, me sorprendí en estos días al descubrir cuál era el tema en la cima de la lista. Muy por encima de las estrellitas del momento -de Rihanna a Miley Cyrus, de Jordin Sparks a Flo Rida-, la canción en el número 1 es Hallelujah de Leonard Cohen en la versión de Jeff Buckley. Esto es, la canción de un poeta inclemente de 73 años tal como la interpreta un muerto -porque el pobre de Buckley, talentoso como era, se ahogó en un río hace ya mucho tiempo. No me pregunten cómo es que Hallelujah llegó allí. Digamos que los que creemos en la Torre de la Canción -y esta canción es majestuosa y eterna como una torre- sabemos que los designios del Señor son inescrutables. También los rankings son una farsa, pero de tanto en tanto disparan igualmente para el lado de la justicia.
Cohen tiene voz de ultratumba y su poesía puede perderse si uno no domina bien el inglés, pero aun en ese caso no lo dejen escapar. Es de la clase de artistas que resultan imprescindibles incluso en los peores momentos, porque nos recuerdan que no tiene sentido buscar cura para el amor y que nunca, ni siquiera en pleno Apocalipsis, es recomendable perder la elegancia.
[Publicado el 12/3/2008 a las 10:30]
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El delicado equilibrio de la fe

Todos creemos en algo. Hasta el más recalcitrante de los escépticos, hasta el más desmelenado de los ateos. El sólo hecho de vivir nos conmina a creer -aunque más no sea creer que estamos vivos: todos y cada uno de nosotros otorgamos el beneficio de la duda al extraño percance de la propia existencia.
Subsistir en este mundo supone creer en una serie de convenciones -o mejor: de relatos- a los que nos sometemos (casi) sin cuestionamientos. Creemos en el derecho del Estado a la existencia, y en consecuencia en su poder sobre nuestras vidas. Creemos en el dinero. (Y en consecuencia en su poder sobre nuestras vidas.) Creemos en la ley. Creemos que el verde del semáforo nos habilita a pisar el acelerador, que las declaraciones de impuestos son inevitables, que la gravedad existe. (Aunque en realidad no exista como tal: no hay fuerza alguna a la que pueda llamarse ‘gravedad', se trata de una consecuencia en la distorsión del espaciotiempo.)
Esta disposición natural de nuestra especie a creer, esta práctica de consensuar relatos -empezando por el mismo lenguaje- que facilita que nos entendamos y que funcionemos en sociedad, nos predispone a cometer ciertos errores. Creemos demasiado. Juan Cruz lo sugería ayer en su columna del diario El País, citando a su vez al psiquiatra Vicente Mira. Nuestra tendencia a creer, a depositar la fe en algo (por lo general en un discurso o noción cuyo efecto principal es el de tranquilizarnos), puede teñir toda nuestra percepción y así predisponernos al tropezón, a la caída.
En estos días, sin ir más lejos, oí al presidente de un país latinoamericano sostener que una intervención militar en un país ajeno que no lo había agredido equivalía a una defensa de la soberanía de su propio pueblo. En un eco malsano, el presidente de un país de América del Norte utilizó su poder de veto para preservar el derecho de sus agentes a practicar la tortura. Esta gente está llevando su relato demasiado lejos. Nuestra fe en el sistema democrático -el aval de las mayorías a sus representantes, la confianza depositada en los instrumentos de la ley- no puede, no debe ser utilizada para avalar lo contrario del sistema, a saber, el vale todo, el poder omnímodo del Estado por sobre los ciudadanos, la violencia sin control. El sistema se ha dado límites a sí mismo, en la certeza de que los necesita. No se enfrenta la ilegalidad con más ilegalidad. Lo que un presidente democrático decide no es necesariamente democrático por carácter transitivo. No todo lo que hace un presidente, por más popular que lo certifiquen las encuestas, es necesariamente legal. De otra manera deberíamos concluir que todo lo actuado por Adolf Hitler, en su carácter de representante electo en las urnas, debería ser justificado en tanto complimiento de un mandato certificado por los votantes alemanes.
El pueblo español entendió bien la diferencia, al acudir ayer mayoritariamente a las urnas. A la muerte no hay que responderle con más muerte, sino con votos -o sea: con la práctica de la ley.
Yo no quiero que nadie mate a nadie con la excusa de que me está defendiendo. No pienso ser cómplice de esa violencia.
Creamos, sí. Pero sin ser crédulos.
[Publicado el 10/3/2008 a las 20:30]
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En mitad de El último lector, de Ricardo Piglia, me encontré con una anécdota sobre el Che Guevara que me dejó obsesionado. Historia personal de la lectura, como modo de definir la invención de la conciencia moderna (Hamlet y el Quijote son ante todo lectores, y dan a luz en simultáneo al hombre contemporáneo), El último lector se detiene en Ernesto Guevara de la Serna concibiéndolo como Aquel Que Nunca Habría Sido el Che Guevara -de no ser por la influencia transformadora de la lectura.
Cuando el Che es detenido en Bolivia en sus horas finales lo ha perdido todo. No lleva ni zapatos en plena marcha, pero tiene anudado a la cintura un maletín con su diario de campaña... y sus libros. La negativa a desprenderse de sus volúmenes aun en la más abyecta de las derrotas es la última de las resistencias del Che Guevara, el más grande de los revolucionarios. Piglia destaca además que en plena campaña en territorio cubano, mientras impulsaba una marcha forzada que casi nadie resistía -salvo él, a pesar de estar jaqueado por el asma-, Guevara se hacía siempre un hueco a diario para leer los libros que acarreaba sin quejas por la jungla. Mientras los demás desfallecían, abandonándose a un sueño que nunca era suficiente, Guevara leía. Y no de cualquier manera: se subía a un árbol para hacerlo, como si necesitase de esa mínima distancia, la que va del suelo a las ramas, para subrayar la separación (¿el aire?) que resulta indispensable para la ceremonia de la lectura -esto es, de la alimentación de su conciencia más íntima.
Leer es un acto que requiere de soledad profunda. Kafka escribió que ni siquiera la noche era lo suficientemente nocturna como para proporcionarnos la soledad perfecta que reclama el acto de leer. Piglia sugiere que el Robinson Crusoe de Daniel Defoe es en alguna medida el lector perfecto, en tanto está solo por completo, en una isla que el árbol de Guevara representa a escala. En este mundo escandaloso al que hemos venido a dar, el hombre que quiere mantener viva su conciencia -o para ponerlo en los términos del libro de Piglia: el hombre que quiere leer- debe trabajar a brazo partido para no perder su isla, su árbol, su interioridad. Todo conspira para arrancarnos nuestra rendición. Pero allí está el ejemplo del Che Guevara: el hombre que marchaba sin quejas, el revolucionario que exigía de su físico esfuerzos sobrehumanos, sabía que toda su energía no serviría de nada si no actuaba iluminado por esa conciencia alimentada a base de libros. Acción, pero también lectura. Dos instantes irreemplazables y complementarios, como sístole y diástole, como inspiración y expiración, como la especie que necesita de dos configuraciones genitales para perpetuarse.
El gesto final del Che es revelador. La noche previa a su fusilamiento la maestra de La Higuera, Julia Cortés, le lleva un plato de guiso. Las últimas palabras de Guevara son para señalar un error en la frase escrita en el pizarrón del aula. "Le falta el acento", dice el Che. Una vez corregida, la frase expresa al fin el mensaje que Guevara quiere dejar, que deja delante de las narices de sus victimarios sin que lo adviertan, como ocurre en La carta robada de Edgar Allan Poe.
Yo sé leer, dice al fin el pizarrón.
He ahí su secreto, el mismo secreto que tantos de nosotros compartimos en secreto, comunidad casi clandestina: nosotros también podríamos llamarnos Aquellos Que No Seríamos Quienes Somos -de no ser por los libros.
[Publicado el 07/3/2008 a las 07:00]
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La venganza del Capitán Piluso

Alberto Olmedo
Ayer se cumplieron veinte años de la muerte de Alberto Olmedo. Aunque en la Argentina sigue siendo inmensamente popular, el suyo es un fenómeno que no trascendió nuestras fronteras. Olmedo era una criatura de la televisión, pura y dura. Si bien triunfó en teatro y en numerosas películas, los films que se conservan no alcanzan a mostrar la verdadera dimensión de su talento. Al igual que John Belushi en los Estados Unidos, que brilló cuando protagonizaba Saturday Night Live pero nunca dio con una película que le hiciera justicia, Olmedo sólo parecía encenderse ante las cámaras de televisión. El hecho de haber trabajado como técnico de estudio en el viejo Canal 7 debe haberle dado un dominio impar de las posibilidades del medio. Olmedo no dudaba un instante a la hora de quebrar la cuarta pared y descubrir el tinglado que había más allá de las cámaras, proponiendo al televidente una complicidad hasta entonces inédita. Si hasta la muletilla de Rucucu, uno de sus personajes más memorables, parece más apropiada para esta era de zapping endemoniado que para aquellos tiempos en que ni siquiera existía el control remoto. Rucucu miraba a cámara -nos miraba- y decía con esos ojos llenos de picardía: "¡No toca botón!" Y uno obedecía y se quedaba viéndolo, hasta que Rucucu se despedía y ya no quedaba más que ver.

Uno de los mayores orgullos que conservo de mi etapa de periodista es haberlo reivindicado en las páginas de la revista Humor, a mediados de los 80, cuando para muchos era todavía sinónimo del humor chabacano que había hecho su agosto durante la década de la dictadura. Es verdad que Olmedo había seguido trabajando durante el régimen militar, como tantas otras figuras de la TV. (No sin algunos problemas: una broma discutible, la de fingirse muerto cuando no lo estaba al inicio del programa El chupete, lo malquistó con el almirante Massera. El costado ridículo, o más bien patético, de los amos de la muerte: estuvo fuera del aire dos años, y cuando regresó con su personaje infantil del Capitán Piluso -que me había acompañado en cada merienda durante tantos años de mi infancia-, lo obligaron a quitarse el grado militar, quedando como Piluso a secas, al tiempo que prohibieron a su socio Coquito que vistiese su tradicional traje de marinero.) Pero los grises de su desempeño como ciudadano no podían, ni debían, negar su increíble talento histriónico. Alberto Olmedo intuyó la capacidad interactiva de la televisión mucho antes de que existiera la noción de interacción en los medios electrónicos: su comedia -sus miradas, sus silencios, sus bocadillos- nos incorporaba al juego. Sólo brillaba cuando estaba seguro que estábamos del otro lado, incapaces de tocar botón.
La única forma de certificar su talento es ver los viejos sketches. Por fortuna han empezado a editarse antologías. La mejor forma de homenajearlo que encuentro es poner play al DVD que reúne sketches de uno de sus mejores personajes, Rogelio Roldán (donde lo acompañaba el también talentosísimo Vicente Larrusa), que acabo de comprarme. Y merendar como antaño, mientras le agradezco en silencio tantas horas de alegría, tantas carcajadas, tanta ternura.
[Publicado el 06/3/2008 a las 11:49]
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A propósito de ‘Lost’: de la vida como sufrimiento dulce

Volvió Lost.
Debería convertir el punto y aparte previo en punto final. ¿Qué decir al respecto que no sea obvio, o redundante? Todo aquel que no viva dentro de un envase de Tupperware sabe ya -los medios se encargaron de la campaña de vacunación masiva- que esta semana arrancó la cuarta temporada de la serie en Latinoamérica, emitida por el canal AXN. La transmisión de las primeras temporadas por canales abiertos logró convertir en adictos hasta a los escépticos. Tan sólo en Buenos Aires somos cientos de miles los que vivimos dentro del Lost-universo, angustiándonos semana tras semana por la coexistencia de microuniversos virtuales, definidos por las temporadas que estamos viendo en tiempo presente. Aquellos que consumen a destajo las viejas temporadas miran como a vates u oráculos a aquellos que estamos casi al día, con los mismos ojos desencajados con que nosotros recelamos de aquellos que ya han visto parte de la cuarta temporada en los Estados Unidos, o se han bajado esos capítulos iniciales de internet.
El deseo de ver más, de saberlo todo, es en efecto un sufrimiento, pero se trata de un sufrimiento dulce. Mientras se emitía este capítulo inicial de la cuarta temporada y las preguntas empezaban a desbordar mi cabeza (¿por qué habla Hurley de ‘los Seis del vuelo de Oceanic?; ¿es que salieron tan sólo seis?; y si tres de esos seis son Hurley, Jack y Kate, ¿quiénes son los otros tres?; ¿quiénes se quedaron en la isla?; ¿quiénes murieron -porque alguien debe haber muerto, sin duda alguna?), no podía dejar de sentir asombro ante mi propia disposición al viaje. Los mismos medios que me venden el fenómeno Lost a toda hora -vendiéndolo como venden todo, tan sólo porque lo consideran llamativo, ubicuo, taquillero: la mercancía del momento- son los que tratan de convencerme semana a semana de que somos un público estructurado, saturado de casi todo, dispuesto tan sólo a reaccionar ante estímulos prefijados por estudios exhaustivos, en la medida en que sólo deseamos más de lo mismo, una papilla predigerida, concebida para tranquilizarnos: placebo electrónico. Y sin embargo, semana tras semana, Lost nos enfrenta a un discurrir que se parece mucho -¿demasiado tal vez, para temor de muchos?- a la vida misma.
Cada interrogante entraña un camino hacia su resolución que termina abriendo nuevos enigmas -como la vida misma. Es verdad que buscamos una respuesta última, definitiva, que lo contenga todo, pero el tiempo nos sugiere que tal respuesta no llegará nunca -como ocurre en la vida misma. Y aunque la intuición de que el saber totalizador, esa Consciencia Absoluta de la que hablaba ayer a cuento de Saul Bellow, no formará parte de esta existencia nuestra (o de esta temporada, cuanto menos), no dejamos de ansiar, de desear, de buscar -como ocurre en la vida misma.
Lo que amo de Lost es que -a diferencia de lo que ocurre con la inmensa mayoría de las películas, de las series, de las novelas de hoy, que nos imaginan estúpidos y nos pretenden anestesiados- nos reconcilia con la idea de que es inexorable vivir en la incertidumbre, en la inquietud permanente. Porque la vida es aquello que nos ocurre mientras estábamos haciendo otros planes, como escribió John Lennon poco antes de morir. ¿O debería decir: antes de escapar de la isla?
[Publicado el 05/3/2008 a las 11:26]
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Llegué a Saul Bellow por culpa de Martin Amis. Leyendo uno de los libros que recopila ensayos de Amis, titulado The War Against Cliché, me encontré hace algunos años con que uno de los textos empezaba de esta manera: "(El libro de Bellow) The Adventures of Augie March es la Gran Novela Americana. No busquen más. Todos los rastros se enfriaron hace cuarenta y dos años. La búsqueda (the quest) hizo aquello que las búsquedas raramente hacen: terminó".
Corrí a comprar Augie March, si no lo hubiese hecho habría sido un síntoma de senilidad prematura de mi parte. Pero Augie es un texto demandante como todas las Grandes Novelas, americanas o no. Coqueteé con sus primeros capítulos y nos separamos de común acuerdo. No era mi tiempo para Bellow. Todavía.
A comienzos de este año, pocos días antes de emprender viaje, volví a toparme con las palabras de Amis: el llamado de un gallo a la vigilia. Y ya en Londres encontré el volumen de las Collected Stories de Bellow, desde cuya tapa Amis reformulaba el desafío: "Este es el libro más grande de nuestro escritor más grande". Lo compré de inmediato, si no lo hubiese hecho habría constituido un síntoma de mi muerte prematura. La dinámica del viaje se prestó a la degustación de textos cortos. Leí una de las joyas de la colección, The Bellarosa Connection, en el trayecto del tren entre París y la ciudad de Rennes, dos horas de perfecto azoramiento -y de goce.
Por favor no asuman que este texto pretende realizar un juicio crítico sobre Bellow, ni siquiera sobre las Collected Stories. No creo estar en condiciones de hacerlo hoy, quizás no lo esté nunca. En todo caso, lo que me gustaría hacer es compartir la experiencia de descubrir a Bellow, a quien sospecho -estoy leyendo Seize the Day, ya habrá tiempo para Augie- uno de los más grandes escritores del siglo XX, y quizás de la Historia.
La sensación inicial que me produjo leer a Bellow es el encuentro con una mente prodigiosa. Hablando de la travesía existencial de Augie March, Amis dice: "Si es que tiene un destino, se trata simplemente de una parada llamada Consciencia Absoluta". En Him With the Foot in His Mouth, Bellow lo expresa a su manera: "Pero en esta belleza desierta el hombre vive todavía como un ser permeado por Dios". La Consciencia con mayúsculas que Bellow araña repetidamente en sus escritos se vuelve más Absoluta a medida que va comprendiendo sus propios límites. Amis subraya que Mr. Sammler's Planet (1970) presenta el Holocausto como un acontecimiento histórico comprensible, mientras que The Bellarosa Connection (1989) se rehúsa a explicar lo inexplicable. Las paradojas del conocimiento humano, o mejor aún: de la experiencia humana, que sólo se eleva en la medida en que se familiariza con sus límites. "(...) el amor es difícil de encontrar. El odio existe en cantidades tremendas. Y evidentemente uno pone en peligro su ser al esperar la pasión más infrecuente", dice en Cousins.
La puerta de entrada a esta Consciencia es un lenguaje que es capaz de ser barroco y preciso a la vez, siempre creativo a la manera de un torrente: Bellow es un forjador de lenguaje a la manera de Shakespeare. (Creo haber encontrado el eslabón perdido entre el autor de Hamlet y el presente: mi cadena personal no había llegado más allá de Dickens, pero ahora intuyo que puedo reformularla de esta manera, Shakespeare-Dickens-Bellow, con el americano de origen ruso-canadiense como último portador de la antorcha.) Todavía estoy sorprendido por la manera en que sus cuentos me han afectado, aun cuando van en contra de algunos de los preceptos que suelo (per)seguir, como las formas perfectas o las anécdotas prolijamente hiladas. Los textos de Bellow dictan sus propias reglas y deslumbran a pesar del extrañamiento que sugieren: son objetos tan bellos e infrecuentes como el amor mismo.
Estoy seguro que volveré a hablar de este hombre más de una vez. Los artistas que nos conmueven de verdad se comportan como fantasmas, se mudan dentro de nuestra casa, de nuestra alma. A veces nos iluminan y a menudo nos desgarran: tales son las reglas del juego, que tratamos de aceptar con gracia. Como dice en Bellarosa: "Un hombre de primera clase subsiste gracias a la materia que destruye, al igual que las estrellas".
Mi materia está más que dispuesta.
[Publicado el 04/3/2008 a las 11:26]
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Durante unos pocos, mágicos días de febrero, la ciudad de Rennes se convirtió en Buenos Aires. La culpa de tan insólita transformación la tuvo el festival de cine Travelling, que practica la manía de dedicar cada una de sus ediciones a una ciudad diferente. Este año 2008 Buenos Aires recibió el honor de ser la primera representada de Latinoamérica. Espero que las películas programadas y los invitados de allende el Océano -entre los cuales me cuento- hayan correspondido al deseo de tantos cinéfilos franceses de conocer cómo viven, cómo padecen, cómo aman y cómo sueñan los ciudadanos de un sitio tan distante -les autres, en este caso unos ‘otros' tan idiosincráticos, tan borgianos si se quiere, que parecemos destinados a seguir siendo ‘otros' hasta para nosotros mismos.
Lo primero que me sorprendió fue el esfuerzo de los organizadores por recrear esta Buenos Aires hasta en los más pequeños detalles: diarios y revistas porteños, empanadas y locro en los menúes, espectáculos musicales como los de Bárbara Luna y Juan Carlos Cáceres, que improvisó durante la proyección de Nobleza Gaucha. Pero lo que me impresionó profundamente fue la riqueza de las muestras. Organizadas de acuerdo a un criterio temático (1915/2007, Dictaduras, Del cine militante al cine comprometido, Tango, Otras visiones de la Argentina), me pareció un panorama completísimo de nuestros casi cien años de cine, y por ende de nuestra vida durante el convulsionado siglo XX. Con títulos que van desde Los tres berretines hasta La antena, con profundas incursiones en el género documental (volver a ver imágenes de HIJOS, el alma en dos de Marcelo Céspedes y Carmen Guarini fue conmovedor, en especial en presencia de una de sus protagonistas, Silvina Stirnemann), con la inclusión de filmes fundamentales de nuestros más grandes cineastas (Favio, Torre Nilsson, Aristarain), se me ocurrió que los mismos argentinos haríamos bien en ver semejante ciclo: en presencia de su caleidoscopio no podríamos menos que ser visitados por algunas ideas sobre nuestro destino.
Yo asistí a algunas charlas y conversé con el público después de las proyecciones de Kamchatka. También andaba por allí Daniel Burman mostrando sus películas. Martín Rejtman se cruzó conmigo en el lobby del hotel, llegó en el preciso instante en que yo me iba. Como me ocurre con frecuencia cada vez mayor, la riqueza de un viaje es directamente proporcional al valor de las personas con quienes me encuentro. En este caso le debo la experiencia maravillosa a Eric Gouzannet, director del festival; a Anne Le Hénaff, directora artística, y también a Mirabelle Fréville. Hélene Geniez, que habla en ‘porteño' aún mejor que yo, nos cuidó a mí mujer y a mí como si formásemos parte de su familia. Todavía insatisfecha, nos regaló en tándem con la deliciosa traductora María Agustina Pasqualini un aparejo para transportar bebés que esperamos estrenar en pocos meses más.
Conocer a Silvina Stirnemann de HIJOS París fue un honor para mí. También me encantó encontrarme con Carmen Guarini: no deja de ser gracioso esto de conocer a argentinos que valen la pena en el marco de viajes, con más frecuencia que en mi Buenos Aires natal. Bernard Kuhn, del Centre National de la Cinématographie, se me acercó casi con timidez, a pesar de que su influencia fue decisiva a la hora de que Kamchatka resultse elegida para formar parte del programa de difusión del cine en las escuelas secundarias de toda Francia. Y disfruté inmensamente del intercambio con Joaquín Manzi, profesor de literatura y de cine de América Latina en la Universidad Paris Nord, con quien conversamos en público después de una de las proyecciones. De inteligencia filosa y aspecto de primo de Daniel Day Lewis (llegó a Rennes con su bicicleta inglesa plegable, recordándome al Day Lewis motociclista de Eversmile New Jersey, la malograda película de Carlos Sorín), me impresionó como uno de esos personajes a los que no conviene perderle pisada. Joaquín no dudó en ‘secuestrar' a mi amiga Silvina Senn, que había viajado desde París para vernos, obligándola a que virtiese al francés mi parte de la conversación.
A todos ellos (y también a los que seguramente olvido en mi torpeza), mi agradecimiento más profundo. Por su hospitalidad, pero ante todo por el hecho de haberme hecho sentir menos ‘otro', a tantos kilómetros de casa.
[Publicado el 03/3/2008 a las 11:10]
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No existe forma más efectiva de ponderar nuestra existencia que la de analizar nuestra relación con la noción del cambio. Es evidente que estamos destinados a cambiar, y de manera constante. Cambia el vientre de mi mujer, semana tras semana. Y en el interior de ese vientre cambia mi futuro hijo/a a velocidad vertiginosa, pasando en tan sólo nueve meses por todas las fases de la evoluciòn de la especie: célula, pez, anfibio, mamífero berreante.
Ese mismo vértigo del cambio nos acobarda a veces. Todo se transforma de modo abrumador. Para los que vivimos en países con tendencia al melodrama, todo es posible -y casi al mismo tiempo. Revoluciones, dictaduras, contrarrevoluciones, crisis económicas terminales: los argentinos, y tantos otros latinoamericanos, por añadidura- estamos habituados a que nuestro país se autodestruya y rehaga de sus cenizas cada poco tiempo, con un ritmo que no es menos severo que el de las estaciones. Por eso no me sorprende que haya gente que vacacione cada año en el mismo lugar, haciendo exactamente las mismas cosas. Esa rutina les proporciona algo parecido a la tranquilidad. La sensación de que al menos algo, en medio de tanto caos, puede considerarse predecible. Yo mismo, que me considero amigo del cambio -basta con ver cuántas veces cambié de carrera, y también de esposa-, reconozco que en los últimos años encaro cada paso de mi carrera con parsimonia que disfrazo de paciencia, porque prefiero que los cambios se den con tal lentitud que parezcan virtualmente imperceptibles.
Uno de los rostros más reconocibles del cambio es el del viaje. Es insensato lanzarse a la ruta si uno no tiene claro que un cambio -el deseado al tomar la decisión de partir, pero también el azaroso- ocurrirá lo queramos o no. Cambiar es en esencia la medida del éxito de un viaje. Uno debe estar abierto a lo imponderable. Siempre pienso que escribir ficción se parece mucho a viajar: uno puede planear cada paso del derrotero con precisión, pero si no está abierto al disfrute de lo inesperado, de lo que ocurrirá aun cuando no lo hayamos previsto, se perderá buena parte de la gracia del asunto.
Una de las formas más seguras de someterse al cambio es poner la vida en manos de una compañía aérea. Por más que nuestro pasaje tenga fecha y hora manifiesta, sólo Dios -para ser más preciso Mercurio, patrono de los viajes- sabe cuándo y cómo volaremos de verdad. Las compañías sobrevenden pasajes a lo bobo. Hace algunos años, tratando de regresar de México, me dijeron que no tenía lugar en el avión que había pagado y reservado meses atrás. Mi hija Agustina, que por entonces tenía novio en Buenos Aires, puso en juego lo aprendido en sus clases de teatro y lloró tan amargamente que conmovió a los habitualmente imperturbables empleados de la compañía. Ahora que tiene un novio en México, cuando anoche nos dijeron que el vuelo estaba sobrevendido y que nos ofrecían un pasaje abierto por un año para viajar donde quisiésemos, saltó de alegría con tanta efusión que me arrancó sangre del dedo gordo del pie. Mi hija ha cambiado, y no sólo de novio. Me tranquiliza saber que está preparada para vivir en este mundo.
Escribo desde una ciudad que no imaginé que visitaría. Mirando el paisaje lleno de humo desde la ventana de un hotel que nunca reservé. Y con mi dedo gordo lleno de curitas.
[Publicado el 29/2/2008 a las 11:19]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
17/5/2008 04:10
Me suena a que la idea de este...
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16/5/2008 22:41
ESTA SUPER BIEN RELATADO ME...
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Y este post es para que? para...
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