El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 12 de mayo de 2008
Diez cosas que no entiendo de los hombres
Hace ya mucho que la revista Esquire -la versión original, puesto que ahora existen sucursales- figura entre mis favoritas. (No es poco mérito. ¿Cuántas otras -por ejemplo la Rolling Stone original- se me han caido del podio con estruendo?) Más allá de sus artículos, suele incluir columnas que encuentro muy graciosas, como la que se llama The Rules, o sea Las reglas. (Un ejemplo de la edición de este mes. Regla No. 538: Cuidado con la tercera cosa -secuela, porción, bebida, esposa.) Pero una de las que más me hace reír se llama Diez cosas que no sabes sobre las mujeres, escrita cada mes por una figura distinta -mujer, por supuesto. Este mes le toca el turno a la actriz Leslie Mann, cuyo item No. 5 dice: Cuando les preguntamos cómo se ve nuestro trasero dentro de un jean, deben ser brutalmente honestos y completamente positivos a la vez. Cómo lograrlo es problema de ustedes.
A modo de homenaje, y consciente de que conviene mirar la paja en el ojo propio antes que la escoba del ajeno, me tomaré la libertad de recrear la sección, puntualizando cosas de mi propio género que suelen dejarme azorado.
1. Scarlett Johansson. De verdad: ¿es para tanto?
2. El heavy metal y sus variantes, que pasan todas por música de machos. ¿Pelo largo, ropa de cuero, ojos delineados, gritos agudos? Un psicólogo aquí.
3. Los rituales de cortejo. Tanta historia, tanta cultura, pero a la hora de impresionar a una mujer seguimos siendo tan ridículos -y fatuos- como un pavo real.
4. El complejo de Edipo. El amor por la autora de nuestros días me parece natural, pero sin exagerar. Yo tiendo a coincidir con Holden Caulfield: todas las madres están ligeramente locas.
5. La forma en que salpican tablas y mingitorios. A veces no sé si orinan o revolean el bastón a lo Chaplin.
6. Las proyecciones de lo fálico. Antes que invertir energía en ganar fortunas y conducir automóviles más grandes, ¿por qué no seducir de manera creativa a la mujer deseada, y ya?
7. Norris. Stallone. Schwarzenegger. Seagal. Tristes espejos.
8. El vello corporal. Las corbatas. Seriamente: ¿a quién se le ocurre?
9. Ir a ver fútbol a un estadio. Hay cosas mejores que hacer cuando uno escapa de casa.
10. Los preservativos. Tanta ciencia, tanta tecnología, ¿y todavía no pudimos inventar algo mejor?
[Publicado el 11/4/2008 a las 11:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [7 comentarios] [Enviar a un amigo]

Miro la serie Dirt casi con cargo de conciencia. Su protagonista, Lucy Spiller (Courteney Cox), editora de la revista DirtNow, no tiene casi ningún rasgo redimible: haría cualquier cosa -de hecho, hace cualquier cosa- con tal de conseguir un escándalo que poner en tapa y así mantener su medio a flote. En algún sentido, Dirt (es decir, literalmente: mugre) me produce la misma sensación que tengo cuando leo las novelas sobre Tom Ripley que escribió Patricia Highsmith: encuentro al personaje moralmente repugnante, pero no puedo evitar desear que salga bien parado de sus peripecias.
¿Por qué será que la intimidad de los famosos nos genera un morbo semejante? Suelo despreciar los programas de cotilleo locales, pero admito estar al tanto de lo que les ocurre a las estrellas internacionales. (A veces es casi inevitable: ¿debajo de qué piedra habría que esconderse para no enterarse del último papelón de Britney Spears o de la caida de Paris Hilton?) Pero la excusa que suelo darme -lo que les pasa a las vedettes de cuarta de la Argentina no sería tan interesante como, por ejemplo, cualquier cosa que le ocurra a George Clooney- es tan endeble que no me la creo ni yo. Cambiará el elenco de acuerdo a cada persona, pero a (casi) todos nos interesan las cosas que le ocurren a los talentosos, los ricos y los poderosos más allá del campo estrictamente laboral. ¿Cuán loco está Tom Cruise en verdad? ¿Quién nos cae mejor: Carla Bruni o con la ex esposa de Sarkozy? ¿Cuánto dinero dijeron que gastó el ex de Britney en Las Vegas?
Quizás nos produzca placer enterarnos de que esta gente, a pesar de tenerlo todo en apariencia, también puede ser castigada cuando incurre en los pecados que nosotros no nos atrevemos a cometer. Una satisfacción venal que nos justificaría en lo que tenemos de timoratos.
Mientras tanto, por supuesto, seguiré viendo Dirt.
[Publicado el 10/4/2008 a las 10:01]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]

Nunca tuve problemas en aceptar que, en buena medida, formatos televisivos como el de la serie y la miniserie ocupan hoy el sitial que otrora se reservaba a la novela. Narrativas largas -llevo catorce años viendo E.R.-, complejas, corales, con la ambición del fresco de época. Ayer Balzac, hoy Los Soprano. Más aun, el esquema de la miniserie es prácticamente el único adecuado para la adaptación de ciertas novelas, como las de Dickens, como las de John Irving, cuyo encanto pasa en parte por la posibilidad de desarrollar empatía con una gran serie de personajes -y eso requiere tiempo.
Bleak House, que suele traducirse al español como Casa desolada, es una de mis novelas favoritas de Dickens. Además de contar como protagonista a uno de sus mejores personajes, la sufrida Esther Summerson, Bleak House es particularmente contemporánea en algunos de sus temas -la asfixiante burocracia de la maquinaria legal, la corrección política que Mrs. Jellyby dedica al Africa al tiempo que descuida a su familia- y modernísima en su escritura, que alterna las voces de Esther y de un narrador omnisciente. Ya había leido por ahí que la BBC había hecho una adaptación para la TV a la que se le prodigaban elogios, y durante mi viaje a Londres me ocupé de buscar su edición en DVD.
Con Gillian Anderson (Scully en The X Files) como Lady Dedlock y Charles Dance como el malévolo Tulkinghorn, la miniserie Bleak House está en efecto muy bien. Pero aunque sortea la zancadilla en la que suelen caer las adaptaciones de Dickens al cine -a saber, la necesidad de comprimir tanta gente y tantas peripecias en hora y media-, comete un error que termina desmereciendo el resultado final. Es fácil entender por qué tuvo tanto éxito en Inglaterra, donde compitió de igual a igual con otras series en horario central: bien llevadas, las historias de Bleak House conforman sin problemas un melodrama con todas las de la ley -lo que nosotros llamamos teleteatro, o culebrón, con su mezcla de romances, secretos, conflictos sociales e injusticias varias por resolver. Donde Bleak House la miniserie traiciona a Bleak House la novela es en su imposibilidad de narrar en un estilo tan rico, tan inagotablemente creativo -o como lo pondría Borges: tan interminablemente heroico- como el de la prosa de Dickens.
Tan sólo en el primer capítulo, llamado In Chancery, Dickens nos hace descender lentamente sobre una Londres que es a la vez modernísima y antediluviana -hay un megalosauro que hace una aparición especial-, donde el barro original y la niebla de los tiempos se van fundiendo con el humo de la industria hasta disiparse en el umbral de Chancery, la corte de Justicia en la que nunca se imparte justicia. Leyéndolo hoy, da la sensación de que Dickens estaba dando instrucciones para el uso de un steadycam y el adecuado empleo de los efectos digitales: le llevó al cine más de un siglo de desarrollo tecnológico para ponerse en condiciones de narrar Bleak House tal como Dickens la cuenta.
Ahora sería necesario un director que fuese mezcla de David Lean y de Tim Burton para filmar Bleak House con un estilo tan maravilloso como el que Dickens crea. Hace falta más que tecnología para hacerle honor a ciertos relatos; en el caso de Bleak House, no se necesitaría nada por debajo del genio.
[Publicado el 09/4/2008 a las 10:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [3 comentarios] [Enviar a un amigo]

Es una pena que Into the Wild, la última película dirigida por Sean Penn, no haya obtenido la repercusión que se merecía. A pesar de haber ganado algún Globo de Oro y alguna nominación igualmente marginal en la tómbola del Oscar, las características de su narrativa -una historia triste, desnuda de falsos consuelos- debe haber convencido a los distribuidores de sus escasos prospectos comerciales. Aquí en la Argentina ni siquiera se la estrenó, condenándonos a contemplar los paisajes del film -panoramas magníficos de los Estados Unidos, con climax en Alaska- rotos por el pixelado del televisor.
Basada en el libro de non fiction de Jon Krakauer, Into the Wild narra la historia real de Christopher McCandless, un chico que al terminar la secundaria con promedio brillante decidió apartarse del sendero más transitado -la universidad, el trabajo formal, la fundación de una nueva familia- para dedicarse a viajar por su país rumbo a Alaska, sinónimo de una tierra indómita que todavía mantenía a raya a aquello que suele llamarse civilización. McCandless rompió sus tarjetas de crédito, donó el dinero de sus estudios a Oxfam y se rebautizó a sí mismo Alexander Supertramp, decidido a convertirse en efecto en un supervagabundo -un émulo contemporáneo de Thoreau.

Más allá de los paisajes, de la sentida actuación de Emile Hirsch y de las canciones de Eddie Vedder, Into the Wild es una tragedia americana con todas las de la ley. El relato de Sean Penn no tarda en revelar que el combustible que puso en marcha a McCandless fue su sed de alguna clase de verdad, en un mundo (y en un país, habría que decir) asfixiado por sus propios artificios. Después de descubrir que lo habían engañado toda la vida -su historia familiar no era la que le habían contado desde pequeño-, y de comprender que esa mentira no resultaba ajena a la violencia que imperaba en el hogar paterno, McCandless huyó hacia delante. Persuadido de que en la naturaleza encontraría esa verdad sin tapujos que su familia y su sociedad le retacearon siempre, la abrazó con el fervor de los conversos. Pero cometió el error de creer que sería tan piadosa como eminente. McCandless murió en algún momento de agosto de 1992, en el interior del ómnibus destartalado que había convertido en su hogar. Posiblemente envenenado por unas semillas que comió -a pesar de que había tomado el recaudo de llevar consigo una guía de vegetales comestibles, Tana'ina Plantlore-, terminó consumido. A la hora de su muerte no pesaba ni 40 kilos.
Aquellos que también buscamos algo de verdad en este mundo de apariencias y mentiras institucionales, haríamos bien en tener en cuenta que el idioma en que se expresa no es necesariamente el que dominamos: no existen guías ni manuales que decodifiquen la verdad. Su fulgor no debería ocultar el hecho de que suele ser cruel. Into the Wild es un pequeño pero conmovedor recordatorio de que la búsqueda de la verdad en nuestras vidas no ocurre jamás en ausencia de riesgo.
[Publicado el 08/4/2008 a las 10:37]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]

Ben-Hur.
Ocurrió durante muchos años, en plena Semana Santa. Era un tiempo en que no existían los videoclubes y mucho menos los DVDs, por lo que no quedaba más remedio que ver cine en el cine (o malamente por TV.) Como solía pasar, la inminencia de las Pascuas sugería a distribuidores y exhibidores la conveniencia de ponerse piadosos. En televisión programaban Rey de reyes y Marcelino pan y vino. Pero había un cine -el Gaumont sobre la avenida Rivadavia, que tenía una maravillosa pantalla de 70 mm-, que reponía siempre la misma película, esa que yo acudía a ver año tras año en mi peculiar versión de lo que debía ser una peregrinación. Se trataba de Ben Hur, dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston. La reponían porque Jesús tenía algo que ver con el asunto, pero yo iba a verla por otras razones. Las secuencias en las galeras -ah, ese mar que se curvaba eterno en la pantalla de cinemascope-, la carrera de cuadrigas en el estadio colosal, el horror que me producían el cuerpo mutilado de Messala y las llagas de las mujeres leprosas. La primera vez que la vi, mi madre aceptó taparme los ojos cada vez que aparecían Miriam y Tirzah, madre y hermana de Judah Ben Hur, enfermas de lepra por obra de la perfidia del villano. Con sucesivas visiones advertí que no había nada monstruoso en ellas. El horror estaba tan sólo en el interior de mi cabeza -y en las acciones de los hombres.
Durante mucho tiempo sentí un poco de vergüenza cada vez que confesaba que Ben Hur me encantaba. (Y me encanta todavía: no hace tanto que la he vuelto a ver, y me sigue produciendo las mismas emociones.) Para muchos no es una película seria, les suena a sinónimo de esos mamotretos de capa y espada que por entonces estaban de moda... y ahora también. Qué quieren que les diga, al lado de Gladiator, Ben Hur me sigue pareciendo una obra de arte. Nunca dejará de ser una de las películas que marcó mi vida.
Enterarme ayer de la muerte de Charlton Heston me produjo tristeza. Decir que me gustaba como actor también me dio siempre un poco de vergüenza, en especial desde que se hizo republicano y defendía el derecho a portar armas de sus compatriotas. Michael Moore puso al viejo en ridículo en Bowling for Columbine. Yo prefiero creer que el asunto no era ajeno a sus problemas con el alcohol y el diagnóstico de Alzheimer. Pero durante muchos años, Heston fue para mi el sinónimo de ‘la' estrella de cine, la clase de actor que me movía a ver películas tan sólo porque aparecía en ellas. Le debo una larga lista de films para mí inolvidables: Marabunta, La agonía y el éxtasis (siempre fui fanático de Miguel Angel), A Touch of Evil, El planeta de los simios, Soylent Green... Ahora me arrepiento de no haber comprado la nueva edición de El Cid en DVD, que codicié en París durante mi último viaje.
Para mí fue siempre sinónimo del actor más grande que la vida misma -tenía esas facciones que parecían esculpidas por el mismísimo Michelangelo-, y en condición de tal me inspiraba a vivir la vida como una Aventura con las mayúsculas de rigor. En un tiempo que insiste en tratarnos como enanos y sugiere que ya no podemos narrar ni siquiera nuestras propias vidas, aquellas viejas películas de Heston me recuerdan por qué decidí vivir la mía en 70 mm y cinemascope.
[Publicado el 07/4/2008 a las 11:03]
[Enlace permanente] [Imprimir] [6 comentarios] [Enviar a un amigo]
Para qué ocultarlo: el martes fue un día horrible. Se cayó un proyecto en el que tenía puesta toda mi pasión y mi esperanza. Al rato me enteré de que alguien había usado los datos de mi tarjeta para comprar electrodomésticos por valor de mil euros en Alicante. (Ciudad que nunca visité en mi vida, dicho sea de paso.) La idea de la gente pobre con la heladera vacía, después de tantos días de desabastecimiento, me alteraba los nervios. Para colmo el discurso de Cristina Kirchner en la Plaza me sonó desangelado, la vi golpeada por un dolor que -era obvio- no alcanzaba a digerir. Enseguida cayó una tormenta feroz, como imagina uno que fue aquella que rajó el Templo. En ese marco, la imagen de Hebe de Bonafini quitándose el pañuelo blanco y dándoselo a la Presidenta me produjo emociones encontradas. Era un homenaje y un reconocimiento, sí. Pero algo me llevó a preguntarme si no era la única forma que Hebe encontró para decir: Nadie entiende lo que sentís mejor que yo.
Después de cenar, mientras me aturdía con la televisión, puse la mano en la panza embarazada de mi mujer como hago cien veces al día. Y entonces ocurrió. El movimiento levísimo, como si alguien deslizase una hoja verde del lado de adentro de la piel. Mi mujer ya venía sintiéndolo desde días atrás, pero yo no tenía esperanzas de registrarlo por mucho tiempo más: ¡si todavía no llega a los cinco meses de gestación!
Estas cosas pasan mucho en las películas porque (afortunadamente) pasan también en la vida real.
El martes fue un día maravilloso. Sentí moverse a nuestro hijo por primera vez, y eso me lavó de todos los sinsabores.
Es un varón. El primero para ambos.
[Publicado el 04/4/2008 a las 17:58]
[Enlace permanente] [Imprimir] [6 comentarios] [Enviar a un amigo]

Asalto a las islas Malvinas.
En poco más de treinta años, la Argentina acumuló tantas calamidades como un país en guerra constante. Una dictadura feroz que perpetró un genocidio, despojó de su identidad a centenares de niños y comenzó el proceso de devastación económica. Un Mundial de fútbol que profundizó la herida psíquica, forzando a los ciudadanos a convertirse en cómplices por el mero hecho de celebrar. Una guerra con un país de poderío infinitamente superior -ayer se cumplieron veintiséis años del asalto a Malvinas-, lanzada por la espuria necesidad de los militares de perpetuarse en el gobierno, que profundizó la herida psíquica (más complicidad con lo oscuro), produjo pilas de muertos e indujo a cientos de veteranos al suicidio. Dos atentados internacionales (la Embajada de Israel, la AMIA) que no podrían haber sido realizados sin la complicidad, por acción o por omisión, del gobierno de turno. Un proceso de frivolización desenfrenada, alentado por la fijación artificial de la paridad peso-dólar y la complicidad de los medios masivos con el mismo gobierno. (Menem.) El desenlace trágico de la destrucción económica, iniciada por el Ministro de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz (hoy procesado, por fin), y continuado casi sin alteraciones por las administraciones de Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa. La instauración del corralito y la rebelión popular. La represión desatada por el entonces Presidente de la Rúa, que produjo muertos aun sin justicia. Un país en default, al borde del caos y de la disolución institucional.
Uno cree, uno querría creer, que semejante acumulación de desgracias nos enseñó algo, por lo menos a aquellos que vivimos lo suficiente para haber sido testigos de tanto hecho desgraciado. Durante algún tiempo hubo signos -el cacerolazo original, el triunfo de los Kirchner, la aceptación de la política de este gobierno en materia de derechos humanos e inserción latinoamericana- de que la cosa aparentaba haber cambiado.
Los signos ya no son alentadores. Desde la desaparición de Jorge Julio López, pasando por el asesinato del maestro Fuentealba, con escala en el resentimiento anti-kirchnerista que empezó a brotar durante la campaña electoral y epicentro en el lock-out del campo amplificado hasta la locura por los medios (en especial la TV), lo que los signos dicen hoy es otra cosa. El desconcierto en que el caos primero y después la administración Kirchner había sumido a los poderes de siempre -los señores de la muerte, aquellos para quienes la vida o muerte ajena es tan sólo una cuestión de números- terminó. Ya están organizados otra vez, u organizándose. Hoy se refriegan las manos, a sabiendas de que vuelven a contar con el favor cada vez más ostensible -más escandaloso- del sector social que siempre fue su aliado incondicional. El hecho maldito del país argentino: nuestra clase media, a la que por cierto, por origen y posición social, yo pertenezco me guste o no.
De los pocos hilos que enhebran la totalidad de las calamidades que mencioné en el primer párrafo, el más fuerte es el del rol facilitador que la clase media desempeñó en cada caso, otra vez por acción u omisión. Sin la aclamación de la clase media, los militares no habrían tomado el poder en 1976. Sin el consentimiento de la clase media, a veces tácito y otras explícito, los militares no se habrían atrevido a consumar el genocidio. (¿Se acuerdan del fervor con que señores y señoras se indignaban por la llamada ‘campaña antiargentina'?) Sin el espaldarazo de la clase media -y de la Sociedad Rural, dicho sea de paso-, Martínez de Hoz no habría podido instrumentar su plan económico de enajenación. Sin el apoyo en la calle de las clases medias -que se tienen a sí mismas por iluminadas hasta que les conviene dejar de serlo-, el Mundial 78 no hubiese sido la ‘fiesta' que fue. Sin el patrioterismo vocinglero de la clase media (que por lo demás proporcionó pocos de sus hijos para la masacre: como en la ocupación de Irak, los que van a la guerra son los pobres), el asalto a las Malvinas habría resultado rengo de sustento. Sin su reacción bovina ante los atentados (la gente se preguntaba qué teníamos que ver nosotros con esos asuntos; en todo caso, que lidiasen con el problema los judíos), Menem y la Justicia habrían debido proceder con un rigor que por supuesto no tuvieron.
Ante la posibilidad de la reelección de Menem, cuando yo discutía con gente de clase media y les comentaba que de proseguir la paridad uno-a-uno el país iba a implosionar, me daban la razón y acto seguido decían: "Pero yo ya saqué pasaje para Miami". Para después, llegada la hora del cuarto oscuro, regalarle su voto al infame autor de la ley de Punto Final.
Cuando se decretó el corralito salieron a la calle, porque por una vez les habían metido a ellos la mano en el bolsillo. (Cuando los que se empobrecen son los negros, prefieren quedarse en casa.) Una vez que el entuerto económico se arregló, se olvidaron de salir a la calle para reclamar por los muertos durante la represión desatada por el cacerolazo. Eso sí, volvieron a dar el paseo cuando estalló el clamor por la llamada ‘inseguridad', suscribiendo los pedidos de mano dura en apoyo al (falso ingeniero) Blumberg. (Cuando los que se mueren son los negros no se llama ‘inseguridad', la muerte de los negros se llama ‘vida cotidiana'.)
Empezaron a mostrar la hilacha el año pasado, en el fragor de la campaña. Todo lo que habían reclamado durante años funcionaba razonablemente bien (la economía, la Justicia, el grueso de las instituciones), pero ellos actuaban como si todo fuese una mierda. (La frase de batalla de cierta clase media es siempre la misma: "Así no se puede vivir". Vivían en dictadura y bajo Menem, pero los únicos que le resultan intolerables son los gobiernos de los Kirchner.) Y con el lock-out del campo se les terminó de zafar la chaveta. Ahí sí que sacaron los colmillos a relucir. Por más que uno explicase que no se trataba de una huelga de trabajadores sino de una medida ilegal impulsada por patrones y empresarios capitalistas, por más que uno arguyese que iban a ser los primeros en llorar por la inflación que sería la principal consecuencia del conflicto, no había, no hay caso. Las respuestas se parecían a aquellas del uno-a-uno. No me importa que el país se hunda, estar con el campo queda bien. Total, cuál es el problema del desabastecimiento si uno tiene el freezer lleno. ¿Cómo se llama la situación de la gente que carece de dinero para llenar sus alacenas? ‘Vida cotidiana'.
La naturalidad con la que aceptan que los piqueteros cool detengan camiones ajenos y puteen a la Presidenta denota que actúan como dueños, como propietarios -como patrones. La mayoría son gente de medio pelo, evasores profesionales de impuestos, pero andan por la vida como si el país se lo debiese todo. Oyéndolos, viéndolos actuar y hablar, padeciendo los comentarios de movileros y conductores televisivos (¿a qué no saben a qué clase social pertenecen?), me pregunto si nos queda alguna oportunidad más para cambiar. ¿Merecemos la redención, que por otro lado no reclamamos con honestidad? (Cómo hacer tal cosa, cuando todavía no pedimos perdón por el genocidio del que fuimos cómplices. Que lidien con el problema las Madres y las Abuelas.) A lo mejor lo que necesitamos es otro cataclismo, uno más terrible que todos los que mencioné juntos: que Argentina se convierta en una tierra baldía, el paisaje apocalíptico que Cormac McCarthy pinta en The Road. Puede ser que entonces, al verse reducida a condiciones elementales de existencia, alguna gente empiece a considerar la existencia del otro, a entender que nadie se salva solo, a aceptar que no hay derecho a conservar rozagante la piel del propio culo al precio de la vida y de la muerte de los otros.
[Publicado el 03/4/2008 a las 10:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [7 comentarios] [Enviar a un amigo]

Cacerolada en Argentina.
Guardé silencio estos días sobre las turbulencias de la Argentina porque, para ser sincero, no podía creer lo que estaba pasando. Todavía no lo creo del todo. Quizás cometí el error de pensar que habíamos salido del infierno de manera definitiva. Ahora siento que el infierno nos reservaba (cuanto menos) un zarpazo más, que el pasado asoma con la intención de cobrarse deudas impagas. Qué quieren que les diga: estoy preocupado.
En lo que hace al conflicto puntual... Supongamos por un momento que la oposición tiene razón y que el gobierno de Cristina Kirchner se equivocó en todo: en el establecimiento de retenciones a la renta extraordinaria del campo, en el tono de sus discursos, en la negativa a dar marcha atrás con el impuesto. Aun en ese caso, ¿podríamos considerar que la protesta es adecuada a la medida oficial? La respuesta es clara e inequívoca: no, no, no. Tal como se la lleva adelante, la protesta del campo es salvaje, desproporcionada y potencialmente criminal. Aunque al hombre que murió en la ambulancia que los piquetes frenaron ya no le quede potencia alguna, más que la de fertilizar la misma tierra que constituyó excusa para su homicidio.
Hablamos de un sector productivo que en buena medida -en especial los peces gordos- no discute otra cosa que su margen de ganancia. Existirán productores menores que quizás estén debatiendo su supervivencia en el rubro, pero estos casos, por numerosos y urgentes que pudiesen ser, tampoco justificarían la modalidad de la protesta. Esta gente está tratando de paralizar la circulación de un país entero, impidiendo la distribución de alimentos, promoviendo una inflación suicida (lo poco que hay en los supermercados sale más caro que antes del paro) y disponiendo de propiedad privada ajena, en la medida en que se apoderan de facto de los camiones que quedan bloqueados en las rutas. Las agrupaciones del campo, que acusan a la política oficial de confiscatoria, responden confiscando camiones y mercaderías que no les pertenecen. La leche vertida en los caminos, las verduras y frutas podridas, los pollitos ahogados en tanques de agua por falta de grano para alimentarlos, constituyen un ultraje para el mundo en general y también para este país, donde más allá de la abundancia natural -y es aquí, precisamente, donde entra a cuento la cuestión de la redistribución de ingresos sobre la que machaca la Presidenta- el hambre sigue siendo una realidad imperdonable. La imagen de los mismos que impiden a la población el consumo de carne comiéndose un asado a la vera del camino es una bofetada en el rostro de los que sólo ven carne por TV.
Todo ciudadano tiene derecho a manifestarse públicamente, siempre y cuando no incurra en delito o vulnere los derechos de otros en el proceso. Según este principio inalienable, la protesta del campo ha incurrido e incurre en prácticas ilegales. Y sin embargo el gobierno no los reprime ni los mete presos. A veces pienso que lo mejor sería que hiciese cumplir la ley, pero de inmediato me viene a la cabeza la historia violenta de este país y agradezco que el gobierno decline usar la fuerza que su autoridad le confiere. Que todavía no haya habido más muertos que el pobre hombre de la ambulancia (no puedo dejar de preguntármelo: ¿hubiese debilitado la protesta cederle el paso?) está apenas por debajo de la noción del milagro.
Lo que me preocupa no es la protesta puntual sino lo que está por debajo. El odio perceptible en los cacerolazos de los barrios pudientes. Los reclamos de Videla volvé. Los ciudadanos que se quedan atascados en las rutas y no le echan la culpa a los que las cortan, sino al gobierno. La ligereza con que se permite que un personaje que la va de dirigente agrario diga en cámara que "la rajó a puteadas" a la Presidenta, sin que nadie reclame respeto a la investidura ni lo critique a posteriori. La cobertura de la televisión, que privilegia el melodrama y los conceptos facilistas al análisis y la información. Acabo de oír al presentador de un importante canal de noticias de Buenos Aires equiparando el corte de las calles que produjo el acto oficialista de ayer con el corte de las rutas. Como si perturbar el tránsito por tres horas y cortar las rutas del país durante veintiún días fuese la misma cosa. Espero que hoy no le achaquen el desabastecimiento a que hubo camiones que no pudieron pasar por la Plaza de Mayo.
Me siento asqueado. Por la sinrazón, por la facilidad con que tanta gente se deja manipular, por el resentimiento social, la compulsión de tantos a preferir que el barco se hunda antes que ‘los negros' se crean que son gente como uno.
No sé por qué me vino a la mente la clásica frase de John William Cooke, que hace tantos años definió al peronismo como "el hecho maldito del país burgués". Me tomaría el atrevimiento de parafrasearla para expresar otra idea. A veces creo que el hecho maldito de este país no es el peronismo, sino la clase media argentina -especialmente la de Buenos Aires.
Mañana la sigo. Porque esto sigue.
[Publicado el 02/4/2008 a las 10:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [8 comentarios] [Enviar a un amigo]
Pensando en voz alta sobre el policial (3)

Escribir hoy un policial hispanoamericano no debería ser difícil. Al mejor estilo de la narrativa negra americana, el crimen en cuestión debería revelar cuán profunda es la corrupción no sólo del criminal, sino de la sociedad que lo ha criado y formado, dado que este criminal, tal como ya hemos dicho, no es la excepción al sistema sino su medida, su norma. (Esta es una de las explicaciones de la popularidad de las historias de asesinos seriales en USA: el asesino serial, considerado un psicótico, un enajenado, es la única clase de criminal que permite conservar la ilusión de que el sistema está bien y de que lo único reprobable es su excepción, la manzana podrida.) Sólo que en el caso del policial hispanoamericano debería estar garantizado el unhappy ending, un final que no podría sino ser infeliz al menos en lo social, en lo institucional, aunque pudiese reservarse alguna satisfacción personal para el (los) protagonista(s). Entre nosotros el crimen paga, eso está claro. La única garantía de que conservaremos la dignidad no pasa lamentablemente por la obtención de justicia objetiva -juicio, condena y esas cosas-, sino por nuestra negativa a ser cómplices de lo ocurrido, a participar de la cadena de pagos con que el sistema premia a los que contribuyen a su perpetuación.
En cualquiera de nuestros países abundan los casos reales que podrían servir de excusa a un relato así. Financistas que se ‘ahorcan' y traficantes de armas que se ‘suicidan', magnicidios, secuestros, abuso infantil a manos de sacerdotes, adulteración de medicinas al mejor estilo de El tercer hombre, niñitas que desaparecen en medio de un frenesí mediático, atentados atribuidos a organizaciones equivocadas, sobornos en el Senado... Lo más difícil, el desafío más grande, pasa por la invención de un personaje recurrente, el protagonista de una serie al estilo Holmes, Wallander o Montalbano. Dado que un investigador a la usanza convencional es prácticamente inviable, ¿qué clase de personaje podría atravesar todos estos fuegos sin quemarse? Se me ocurren dos pistas al respecto.
La primera pasa por la serie de Ripley creada por Patricia Highsmith. Lejos de ser un detective, Ripley es un estafador y un asesino. Highsmith invierte el esquema, adecuándolo a la sociedad que le tocó en suerte: la norma no está representada por el hombre que valora y preserva la ley, sino por aquel que la vulnera. Lo que nos seduce no es la búsqueda de la verdad, sino los esfuerzos de Ripley por no ser atrapado. Tom Ripley es un espejo oscuro, en la medida en que hace aquello que todos nosotros soñamos hacer alguna vez sin terminar de atrevernos: mentir, llegar a extremos con tal de guardar secretos, quitarnos de encima a aquellos que nos perjudican, enriquecernos sin trabajar en el sentido convencional, huir permanentemente de la necesidad de autocriticarnos, de asumir quiénes somos en realidad. Highsmith invirtió por completo el esquema habitual del policial, colocando al villano en el sitial narrativo que suele dedicarse al héroe, al detective. Al hacerlo, le devolvió al género su capacidad de hablar sobre el mundo que nos tocó en suerte -y por ende, renovó su capacidad de transformarlo.
La otra pista remite a los orígenes del género. El Auguste Dupin de Edgar Allan Poe no era un investigador en el sentido convencional, porque por entonces no existía nada parecido. (Ahora tampoco, aunque por motivos que hemos sobrevolado en los últimos días.) En esencia era un intelectual, lo que Ricardo Piglia define como un lector. Sin experiencia policial ni técnica alguna, lo que Dupin entendía era la esencia del asunto: que un crimen irresuelto es igual a una historia incompleta, y que aquel que se dispone a cerrarla debe enfrentarse a un texto abigarrado y confuso (sobreescrito en algunos párrafos, lleno de blancos en algunas páginas) para separar paja de trigo y quedarse con la versión del relato que contenga más puntos de contacto con la verdad objetiva -es decir, aquel relato que contenga la realidad.
Para decirlo de otro modo: aquel que se propone arribar a la verdad debe ser un experto en narrativa, para no dejarse engañar por las versiones inconducentes de la misma historia (los testimonios, lo que las pistas parecen probar) y llegar en cambio a su expresión más simple e inapelable. En este sentido las historias estilo C.S.I. representan un retroceso, en tanto apuestan a que la ciencia llenará los vacíos que el criterio humano se niega hoy a llenar: una suerte de positivismo a destiempo, dado que las pruebas científicas deben ser evaluadas por un juez y un jurado que siguen siendo pasibles de ser engañados, o en el peor caso corrompidos. Lo que marcaría la diferencia, en todo caso, sería la voluntad de un hombre de contar la historia adecuada, a pesar de vivir en un mundo en que nadie quiere escucharlo -porque no le conviene.
Umm. Intuyo un policial en mi futuro...
[Publicado el 01/4/2008 a las 11:15]
[Enlace permanente] [Imprimir] [6 comentarios] [Enviar a un amigo]
Pensando en voz alta sobre el policial (2)
Quizás el truco pase por olvidarse de la cuestión del detective, para concentrarse en aquello que busca: esto es, inexorablemente, la verdad. Tanto en la Inglaterra de Holmes como en los Estados Unidos de Marlowe como en cualquiera de nuestros países hoy, la verdad sigue siendo un valor en sí mismo. La diferencia pasa por las consecuencias de este dar con la verdad que es el objetivo de cualquier investigador, oficial, privado o amateur. En el mundo "civilizado", revelar una verdad fundada en pruebas produce consecuencias: políticas, legales, personales. Miren lo que le pasó al tonto del gobernador Spitzer, que cultivaba en privado los vicios que perseguía en público.
Pero en nuestro mundo salvaje, es más que probable que la verdad no produzca eco alguno. Todo testigo puede ser muerto, toda prueba destruida, todo juez sobornado, todo investigador comprado, todo medio silenciado. La vida (en especial la de aquellos que no tienen dinero y por ende carecen de poder) no vale nada entre nosotros. Esta es la realidad con que cualquier policial latino debe lidiar: la de asumir que aunque el relato dé con la verdad, lo más probable es que nada cambie. Nadie irá preso, o por lo menos nadie que sea efectivamente culpable. Nadie pagará las consecuencias de sus hechos, y las víctimas deberán seguir adelante sin obtener justicia. En nuestras ciudades ni siquiera las víctimas son sacrosantas. ¿O acaso no hemos sabido de gente que retira sus demandas porque aceptó callar a cambio de un soborno, trocando las vidas de los suyos por una cuenta en el banco?
Esto que parece crítico representa sin embargo una oportunidad. Porque aunque la verdad pierda gran parte de su valor social, puede redimensionarse como la esencia de un nuevo pacto entre el escritor (de policiales, en este caso) y su lector. La verdad es lo que el autor -a través de su personaje-instrumento, el investigador de profesión u ocasional- perseguirá hasta el final y compartirá con sus lectores, aunque nada cambie en el universo físico donde ocurre el relato. El mundo puede despreciarla, pero el escritor y el lector acuerdan lo contrario. Ambos entienden que la verdad no nos hace ricos y ni siquiera populares. Por el contrario, nos expone a peligros ciertos en un universo erigido sobre ficciones, sobre relatos que sin duda alguna son funcionales pero que han renunciado a cualquier relación cierta con la verdad: los relatos de ‘lo real', de la ley, de lo político, de lo religioso, de las instituciones.
Por supuesto, habrá quien cuestione lo absoluto de una Verdad con mayúsculas. Vuelvo a Piglia, citando en este caso a Lenin: ‘La verdad, ¿para quién?' Debe haber tantas verdades como seres humanos, incluso más. (No hay que olvidar a los esquizofrénicos, que cuentan como mínimo por dos.) Pero la disolución de lo real que es signo de estos tiempos -a todos nos consta que lo más recomendable, lo que puede determinar nuestra supervivencia o nuestro fin, es desconfiar de todos y de todo, empezando por lo ‘real'-, nos lleva a valorar más que nunca las verdades, aun cuando se trate de verdades pequeñas. Ante la disyuntiva, yo preferiría saber que X es un asesino aun cuando no pueda meterlo preso, porque eso me ayudará a mantenerme a distancia de su persona. Ante la disyuntiva, yo preferiría saber que W es un estafador aunque no pueda probarlo, porque eso me ayudará a no caer en sus redes. En este sentido, una nueva narrativa policial hispanoamericana debería hacerse cargo de este estado de cosas, que para algunos olerá a retroceso y para otros a sinceramiento de la especie: el sistema es criminal y la sociedad es una jungla, las verdades a que aspiramos (por pequeñas que sean siguen siendo indispensables, porque el follaje de este jungla está compuesto de mentiras) son vitales para no perecer en una selva rica en predadores.
Mañana la termino. Lo prometo. (Prometo intentarlo, al menos.)
[Publicado el 31/3/2008 a las 11:15]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
11/5/2008 18:59
Publicado por: Alba
11/5/2008 01:04
Publicado por: vanyelly
10/5/2008 18:09
Los futbolistas argentinos que...
Publicado por: rolando gabrielli
10/5/2008 18:05
de pino solanas ( acusenlo de...
Publicado por: jpz
09/5/2008 15:04
Marcelo, creo que es el camino...
Publicado por: Pedro
08/5/2008 23:23
Lo del cerebro de reptil no es...
Publicado por: Xtian
08/5/2008 21:40
Lindo articulo de Juan Cruz en...
Publicado por: valeria
08/5/2008 18:45
Publicado por: Serpiente Suya
08/5/2008 16:26
Publicado por: Mayté
08/5/2008 13:03
el origen del lenguaje, imagino,...
Publicado por: Alba
© 2005 La Oficina del Autor (Grupo PRISA) | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS
Página desarrollada por Tres Tristes Tigres