Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 6 de septiembre de 2008

Blog de Marcelo Figueras

Después de la tormenta

Me desperté esta madrugada con una tormenta que estaba a un par de soplidos de ser un huracán. Por la mañana vi imágenes de los destrozos en la TV: árboles arrancados de cuajo, hierros doblados, carteles derrumbados sobre casas. Ahora, a media tarde, escribo bajo un cielo de un azul límpido.

Se me cruzó que el arco que iba de la tormenta a esta tarde tan bonita era un eco de lo que vivimos en este país durante los últimos cuatro años. Néstor Kirchner asumió en el año 2003 la presidencia de algo que era bastante menos que un país y bastante más que un simple incendio. Ayer cesó en su tarea dejando detrás un país en funcionamiento. Con muchísimos problemas e infinidad de tareas pendientes, pero de pie. Cuando uno se ha habituado a perderlo todo cada pocos años, algunas cosas que a otros les parecerán elementales cobran para uno la dimensión de hazaña. Que un presidente concluya su mandato, por ejemplo. Que haya beneficiado a las mayorías. Que haya respetado y hecho respetar los derechos humanos. Que no haya reprimido las protestas populares. Que haya profundizado la relación del país con América Latina.

/upload/fotos/blogs_entradas/cristina_fernndez_de_kirchner.jpgAyer asumió la presidencia Cristina Fernández de Kirchner. Ver a una mujer con la banda presidencial me produjo una emoción profundísima. Que se convirtió en lágrimas al verla ponerse de pie para rendir homenaje a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, precisamente en el día que en que se cumplían 30 años del secuestro de su fundadora, Azucena Villaflor. A ellas -esas mujeres- les atribuyó la nueva presidente toda su inspiración, un ejemplo que llevan décadas practicando para beneficio de todos los argentinos: el de la ardiente paciencia en el reclamo de justicia, haciendo de la no violencia una cuestión de principios. El resto del discurso de asunción también fue memorable. En su defensa de la justicia social y de la educación pública, en su reclamo de igualdad ante la ley (dirigido a los jueces que no quieren pagar impuestos), en su profesión de fe latinoamericanista, en su definición a favor de un mundo multilateral que no combata al terrorismo violando derechos humanos. 

Yo no soy peronista ni me definiría como kirchnerista. Pero faltaría a la verdad si no dijese que ayer fue una de esas raras, extrañísimas ocasiones en que mi país no me inspiró rabia, desconcierto ni tristeza, sino muy por el contrario, me llenó de esperanza.

[Publicado el 10/12/2007 a las 23:07]

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Perfume de Azucena

Hace treinta años atrás era sábado. Sábado 10 de diciembre. La mujer -una señora maciza, de sonrisa fácil y debilidad por el spray fijador del cabello- salió muy temprano por la mañana. Iba a hacer compras. La gente que va a hacer compras un sábado o domingo tan temprano no es cualquier gente, es gente organizada, responsable y generosa, que sacrifica su descanso del fin de semana para que a nadie le falte nada al levantarse.

Pero esa mañana algo se interpuso entre la señora Azucena y las medialunas. Un grupo de hombres armados. Que la golpearon, la cargaron en un auto y la secuestraron. Se la llevaron a la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada. Cuatro o cinco días después del secuestro la drogaron, la metieron en un avión y la arrojaron desde lo alto al Río de la Plata.

/upload/fotos/blogs_entradas/azucena_villaflor.jpgAzucena Villaflor fue una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. Dicen que era "una líder natural". Ella fue una de las catorce originales, que el 30 de abril de 1977 dieron la primera de tantas vueltas alrededor de la Pirámide en reclamo por las vidas de sus hijos.

Para acabar con esas catorce amas de casa, con esas catorce madres y las que se les fueron sumando tantas como hijos desaparecidos, la Armada argentina concibió un operativo de inteligencia. Envió a uno de los suyos, un oficial llamado Alfredo Astiz, a infiltrarse en el grupo. Una tarde de octubre de 1977 -quizás el mismísimo Día de la Madre, como sugirió ayer en Clarín el periodista Enrique Arrosagaray-, se aproximó a Azucena a la salida de la misa. Dijo llamarse Gustavo Niño (la elección del alias es casi el summum de la perversidad: ¿qué madre que ha perdido a su hijo se resistirá el clamor de un Niño?) y estar penando por el secuestro de su hermano; su madre no lo había acompañado esa tarde porque estaba -eso dijo- postrada por el dolor.

Ese hombre, cuya educación y cuyo sueldo habían pagado durante años todos los argentinos para que protegiese sus mares, hizo lo indecible para ganarse el afecto de Azucena, esa mujer manca de hijo. Arrosagaray dice que hay testigos que lo recuerdan tomándola del brazo en alguna caminata. Una vez que obtuvo la información que consideraba necesaria, se convirtió en partícipe necesario de su secuestro, tortura y muerte.

Hoy se cumplen treinta años de aquella traición, a la que Judas mismo no se habría atrevido. Treinta años del comienzo del fin de Azucena Villaflor, aquella señora gordita y tozuda que quería recuperar a su hijo Néstor.

Tan tozuda era Azucena, que no se detuvo ni siquiera muerta. Sus restos terminaron encallando en la costa. Fueron enterrados como NN, pero ni siquiera expuestos a la desintegración natural se dieron por vencidos. Cuando se los exhumó, le dieron a la gente del Equipo Argentino de Antropología Forense la información suficiente para que pudiesen identificarla. Reducida a huesos, a jirones, a casi nada, Azucena Villaflor se alzó igual de entre los muertos para decirle a Astiz, a la dictadura, a la sociedad argentina: yo acuso. 

[Publicado el 10/12/2007 a las 10:52]

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Ser o no ser (contemporáneo)

Anoche me quedé viendo una peli que se me había escapado: la adaptación de Hamlet a tiempos modernos que hizo Michael Almereyda en el año 2000, con Ethan Hawke, Bill Murray, Liev Schreiber y Kyle McLachlan. Por lo general el desafío de traer a Shakespeare (o a cualquier otro clásico) a esta época me resulta atractivo, en tanto imagino que responde al deseo no sólo de abaratar decorados y vestuario, sino de aggiornar el sentido profundo de la pieza en cuestión. A veces la retroalimentación que se produce es interesante, como en el Romeo & Julieta de Baz Luhrmann que puso al frente la adolescencia de los personajes -cruzando Shakespeare con The O.C. o cualquier culebrón teen que se precie- o en el Richard III de Richard Loncraine, que superponía monarquía y fascismo al estilo siglo XX.

Pero otros experimentos -como Titus, como este Hamlet- no resultan nada satisfactorios. Me dan la sensación de que el esfuerzo de la adaptación se agota en ver cómo se resuelven ciertos nudos de la drama o escenas claves, de tal modo que encajen en contextos actuales. Así, decidir que ‘Denmark' no sea el país original del príncipe sino una corporación y que la Ofelia de Julia Stiles no se ahogue en un río sino en una fuente equivaldría a resolver los problemas de la puesta. Pero lamentablemente -y parafraseando al dulce príncipe, de paso-, esa no es nunca la cuestión.

Hamlet ofrece flancos muy tentadores al presente. Después de todo el príncipe es un joven ensimismado, culto, rico y con demasiado tiempo libre, como tantos chicos de hoy. El Hamlet de Hawke, enganchado todo el tiempo a sus películas y sus videos y sus camaritas, se presta con facilidad a la duda, la inseguridad, los soliloquios; a diferencia del siglo XVII, el presente es un tiempo en que las vidas transcurren ante todo en el interior de nuestras cabezas. El Neo de Matrix, enfrentado al dilema de la existencia real versus la virtual, podría articular en todo su derecho el célebre to be or not to be.

Pero en el Hamlet de Almereyda nada de lo que se dice resuena. Y esto es grave, porque el guionista del caso no es el mismo de American Pie sino un tal William Shakespeare, que sabía muy bien de qué hablaba.

Me da la sensación de que Almereyda nunca se preguntó de qué habla Hamlet, cuáles son sus temas y de qué manera puede interpelarnos aún hoy. Y así se perdió una oportunidad gorda. Hamlet cuenta la historia de un joven iluminado que se ve en el dilema de hacerse cargo de la herencia de violencia que le legó su padre (el fantasma no le reclama justicia, sino venganza), y que desgarrado entre lo que considera su obligación y la posibilidad de entregarse al arte que tan feliz lo hace, termina eligiendo mal -y pierde, matando y muriendo por la vía de las armas. Hasta donde puedo ver, se trata de un asunto más que contemporáneo: urgente, que bien podría ser ubicado en Washington, Bagdad o Jerusalén.

Mientras tanto, la mejor adaptación de las últimas décadas seguirá siendo El Padrino. Michael Corleone es Hamlet. El joven talentoso a quien lo esperaba una vida mejor hasta que el imperio familiar fundado en la sangre lo llamó a encargarse del legado. Aquella célebre frase de El Padrino II: ‘Justo cuando estaba a punto de salir me empujan otra vez adentro", funcionaría en boca del Hamlet que a su regreso a Dinamarca se ve enfrentado a pelear con Laertes.

Algunas cosas no han cambiado nada.

[Publicado el 07/12/2007 a las 11:29]

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El banquete de los héroes

¡Navidades por adelantado! Recibí mi ejemplar de The League of Extraordinary Gentlemen: Black Dossier, una historieta escrita por el genial Alan Moore y dibujada por Kevin O'Neill. Para aquellos que no están avisados: The League es una saga en la que Moore reúne a ciertos personajes clásicos de la novelística de aventuras y los pone a salvar el mundo. En los primeros libros se trata de Allan Quatermain (aquel de Las minas del rey Salomón, claro antecesor de Indiana Jones), Mina Murray (la ex mujer del desdichado Jonathan Harker de Drácula), el Capitán Nemo y su Nautilus (aparecido por primera vez en Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne), el Hombre Invisible de H.G. Wells y el doctor Jekyll de Robert Louis Stevenson -por supuesto con su contraparte, el nunca más monstruoso Mr. Hyde. En los primeros tramos se enfrentaban a Moriarty, la némesis de Sherlock Holmes, un verdadero genio criminal. Como es costumbre en Moore, la narración estaba plagada de guiños destinados a expertos en la época y su literatura popular: desde una versión adulta del Artful Dodger dickensiano hasta las aventuras marcianas de Edgar Rice Burroughs.

Este Black Dossier salta varias décadas hacia el futuro, ubicándose en la Inglaterra de los años 50. Los únicos que siguen formando parte del team original son un Quatermain rejuvenecido y la eterna Mina Murray. Y el villano al que se enfrentan es un agente secreto psicopático y violador, de nombre James y número de serio 007... A esta altura, Moore utiliza la serie del mismo modo en que Dante utilizó su Infierno en la Divina Comedia: para saldar cuentas con personajes de ficción que le parecen nefastos -como Bond- y rescatar a otros, como Quatermain, que cuelgan hoy del abismo que se abre sobre el olvido.        

Para ser honesto (me cuesta mucho, como fanático de Moore), Black Dossier no es lo mejor de la serie, y por supuesto es un pésimo lugar para empezar a leerla. Lo que resulta indudable es que el muy endemoniado ha llevado adelante un verdadero tour de force. Para narrar lo que ha sido de la Liga en las décadas transcurridas entre la época original y los años 50, Moore recurre a una enorme variedad de registros: desde la picaresca -la ligera Fanny Hill se sumó al grupo en su momento-, pasando por el humor costumbrista de Wooster & Jeeves, la novela negra... y hasta el teatro shakespiriano. ¡El muy salvaje se da el lujo de imaginar el Primer Acto de una obra perdida de Shakespeare, Faerie's Fortunes Founded! Y para rematarla, el final del capítulo está reproducido en 3-D. El libro viene con un pintoresco par de anteojitos... (Entre Beowulf, este Dossier y el proyecto de rodar The Hobbit de esta manera, resulta indudable que el futuro viene en tres dimensiones.)        

Lo que sigue siendo impagable es el recurso. Todos los que amamos la ficción y los géneros asumimos que los universos en los que transcurren las aventuras de nuestros personajes favoritos son paralelos y, por ende, nunca se tocan. Moore ha quitado las absurdas mamparas que los separaban y los ha puesto a jugar de manera magistral, que es lo que deberían haber hecho desde hace mucho tiempo. ¿O acaso no conviven todos juntos, en el planeta de nuestra mente?

[Publicado el 05/12/2007 a las 10:16]

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Y llegó La Policía

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Sting y Andy Summer, de la banda The Police.

Cuando The Police sacó su primer disco, los que nos creíamos listos estábamos en otra: escuchando jazz rock a lo pavo, memorizando solos de Chick Corea y John McLaughlin, oyendo cantar a Keith Jarrett en el fondo de la mezcla, babeándonos con los arreglos de Weather Report y el sonido de bajo de Jaco Pastorius. Todavía recuerdo la alegría que me produjeron aquellas primeras canciones que llegaron a mi oído. The Police conectaba con una dimensión mía de la que todos aquellos monstruos del jazz no podían hacerse cargo: la felicidad infecciosa que me producía el fin de la dictadura, el deseo de bailar ‘hasta que se vaya la noche', como cantaba Fito Páez. Desde su primera visita a la Argentina, durante la cual Andy Summers se atrevió a patear desde el escenario a un policía que le estaba pegando a un pibe (y eso que estábamos en pleno gobierno militar), The Police se metió mi alma de la mejor manera.

Volver a escucharlos en vivo después de tantos años fue puro disfrute. Estuvieron tocando en Buenos Aires durante el fin de semana. Me gustó que hayan salido de gira tan sólo los tres (Summers, Sting y Stewart Copeland) en lugar de haber recurrido a los ardides tradicionales para inflar un sonido: caños, teclados, coristas... The Police no necesita a nadie más, ellos suenan de maravilla como trío aun en canciones que conocimos a través de grabaciones complejas. Como Spirits in the Material World y Wrapped Around Your Finger, recreadas en vivo en versiones maravillosas. Algunos de los arreglos nuevos perjudicaron a los originales -al menos a mí, Don't Stand So Close To Me me sonó demasiado blanda-, pero en su mayoría le hicieron justicia al material: la versión de Walking In Your Footsteps fue incluso mejor que la del disco.

La sucesión de canciones -Roxanne, Message In A Bottle, Invisible Sun, King of Pain- hizo inevitable apreciar la dimensión de la obra que estos tres construyeron en apenas cinco discos. Mezcla interesantísima de reggae, la propulsión del punk y la elegancia casi jazzera de sus músicos, con la voz inconfundible de Sting bien al frente (si algo probó este fin de semana es que sigue siendo uno de los mejores cantantes del mundo), The Police fue un claro producto de su época y no le costó nada devenir universal. Más allá de algunas rimas predecibles, las letras de Sting también colaboraron con su perdurabilidad. Aquellos que sentimos debilidad por lo literario disfrutamos en su momento con las alusiones a Paul Bowles que formaban parte de Tea in the Sahara y con ese relato expresamente nabokoviano que es Don't Stand So Close to Me.

Si pasan por sus ciudades durante la gira, les recomiendo que no se los pierdan. Al menos en mi país son la única clase de policías que me ha dado gusto ver.

[Publicado el 04/12/2007 a las 10:23]

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Del artista como pavo real

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Tommy Lee y Kid Rock.

Me divirtió mucho un fragmento del reportaje a Andrés Calamaro que le realizó Oscar Jalil para la última Rolling Stone. Hablando del programa de Peter Capusotto -un disparatado VJ que interpreta en TV el comediante Diego Capusotto-, Calamaro dice: "Reírse de los músicos no es difícil, porque nos morimos ahogados en nuestro propio vómito, nos deprimimos incluso siendo ricos y famosos, nos creemos más importantes de lo que somos... o menos importantes". 

Se me ocurrió que harían falta variantes de Peter Capusotto para reírse asimismo de los actores, directores y escritores, toda gente a la que le (nos) vendría bien un baño de humildad. Por lo general estamos convencidos de haber salido del cerebro de Zeus junto con Venus. Y aunque a alguno le pueda parecer que los escritores conservamos la dignidad mejor que los rockeros (después de todo no solemos salir a la calle con calzas ni noviamos con Britney Spears), es tan sólo porque no nos da el cuero para solventar ciertos excesos. Si hubiera más dinero en danza en el mundo de los escritores -lo cual equivale a más difusión masiva, y por ende a mayor glamour- no tardaríamos en caernos por las fiestas con los ojos delineados, collares de oro y starlets colgadas de los brazos.

Ah, si se pudiese medir el grado de egolatría y de envidia que existe en el gremio... Créanme, más de una vez he sentido que dos escritores estaban a punto de agarrarse de los pelos en público como Kid Rock y Tommy Lee, y por razones mucho menos valederas que Pamela Anderson.

Andamos por la vida dándonos más humos que Botnia, aun cuando ninguno ha escrito Moby Dick o cosa que se le compare. ¡No me digan que no haríamos un magnífico personaje cómico, digno de Dickens o de Rostand! (Ya me estoy poniendo pretencioso otra vez: creo que con suerte daríamos para personaje de Adam Sandler.) 

Pretendemos ser juzgados por parámetros distintos, que muchas veces pasan por intenciones nunca concretadas o por obras ‘incomprendidas'. Pero a fin de cuentas merecemos ser juzgados por la misma vara que mide al resto de la humanidad. Ya lo dijo el evangelista: Por sus frutos los conoceréis. 

No hay nada más agotador que la vanidad.

[Publicado el 03/12/2007 a las 10:39]

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Salven a las neuronas

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La cuestión me preocupa. ¿Por qué será que las nuevas generaciones -algunas tan nuevas como para haber pisado apenas la adolescencia- sienten esa compulsión de intoxicarse cuando salen a (lo que se supone es) divertirse? Ojo que no hablo desde el prejuicio. No tengo nada contra el alcohol ni tampoco contra el uso recreacional de algunas sustancias, aunque desconfío de las pastillas que encapsulan algo que no sé qué es y que proceden de un laboratorio al que no puedo demandar porque no existe, al menos legalmente. Lo que me desvela es la forma en que eligen intoxicarse. Una cosa es beber durante una juerga, y otra muy distinta beber antes (lo que en la Argentina se denomina hoy: ‘la previa') tanto como para llegar totalmente emplastados y descompuestos al inicio de la cita. A la mañana siguiente muchos pibes no recuerdan nada de lo que hicieron. (¿Cuál es la gracia de divertirse si después no lo recuerdo?) Otros tantos ni siquiera saben cómo fue que regresaron a casa. 

No me desgarro las vestiduras. Imagino que la mayoría sobrevivirá a los excesos y pondrá proa al norte más temprano que tarde, como los representantes de tantas otras generaciones. Pero corríjanme si me equivoco. Yo percibo otra ansiedad en la raíz de estos descontroles. Algo más parecido a la angustia, al vértigo ante un abismo, que a la simple energía desbordada que es propia de la juventud. 

En la Argentina, durante la adolescencia que me tocó en suerte, mi generación estaba demasiado preocupada por la supervivencia -hablo de los tiempos de la dictadura- como para permitirse el desmadre. La necesidad de controlarnos a nosotros mismos hasta la exasperación (una palabra a destiempo, una reacción destemplada, y podía ser el fin) terminó pasándonos factura mucho después. Nos condenó a una adolescencia a destiempo. Estallamos mal, porque para ese entonces estábamos en condiciones de hacer más daño (a los hijos que ya existían, por ejemplo), pero estallamos al fin -por suerte, dadas las circunstancias. 

Lo que me pregunto es si nos equivocamos al creer que los que venían después nuestro lo tendrían todo, por el simple hecho de circular en libertad, de vestirse como quieren, de poder expresar la opinión que les venga en gana sin padecer al Palito de Abollar Ideologías. (Mafalda dixit.) Está visto que la democracia, en la que nosotros depositábamos todas nuestras esperanzas, no significa para ellos garantía alguna de felicidad. Porque ni les asegura que podrán vivir bien (esto pasa tanto en Latinoamérica como en la España de los mileuristas), ni les ofrece una causa por la que valga la pena luchar, entregándose de lleno y cargando sus días de sentido.  

¿Les hemos fallado tanto? ¿Hemos sido cómplices, aunque más no sea por omisión, en esta reducción de la existencia a un trámite burocrático que el sistema ha operado con tanta astucia? ¿Los convencimos, queriéndolo o no, de que viven en un mundo donde nada puede cambiar para mejor?

Pregunto porque me duele. Porque quiero hacer algo. Porque no deseo saber de más muertos por sobredosis y mixes explosivos. Y porque me gustaría que tantos chicos dejasen de incendiar sus neuronas a lo bonzo.  

Las necesitaremos todas para salir de este pozo.

[Publicado el 30/11/2007 a las 11:20]

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Sonamos pese a todo

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A esta altura de la soirée, en este mundo que insiste con la cantinela de que todo lo bueno es mensurable o no es bueno (medible en cifras de dinero, en exposición mediática, en años), creo que se impone pedirle a los científicos que midan algo verdaderamente importante: verbigracia, la vida que agrega a nuestra vida el disfrute de ciertos artistas.   

El otro día vi por Canal 13 el concierto con que Les Luthiers celebraron sus 40 años de trayectoria. Fue una versión abreviada, por no decir Tupac Amarizada (en ningún sitio se miden más las cosas que en la TV), pero de todos modos disfruté como loco. Mi memoria es una bestia caprichosísima, y aun así recuerdo como si fuese ayer la primera vez que los vi. (También por TV. También por Canal 13.) Yo estaba en edad escolar. Había visto las promociones del programa, entendiendo que se trataba de un ensamble de música culta. Fui a dar las buenas noches a mis padres a eso de las diez, coincidiendo con el comienzo del programa. (Que era el tape de una de sus presentaciones teatrales.) Y entre besos y despedidas empecé a reír. Fue la primera vez que escuché La Bossa Nostra. Fue la primera vez que canté ese himno a la derrota llamado Ya el sol asomaba en el poniente, que con aires marciales profetizaba la experiencia argentina de las décadas por venir: ‘Perdimos, perdimos, perdimos... otra vez'. 

Desde entonces vi cada uno de sus espectáculos y, como tantos miles de personas, erigí en mi alma un altar al por demás impresentable Mastropiero. Todavía recuerdo de memoria todas esas canciones, todas esas letras. De tanto en tanto las reuniones familiares se convierten en un concierto informal. Mis hermanos y yo podemos cantar de pe a pa la Cantata de don Rodrigo Díaz de Carrera, que es casi tan larga como cualquier acto de La Traviata. Nunca nos olvidamos de aquella noche en San Bernardo, cuando al cantar el Arrullo Puneño de dicha Cantata sobresaltamos tanto a la abuela Julia que terminó soltando la pila de platos y produciendo un verdadero desastre. 

Lo que quiero decir es que tengo con esta gente (Mundstock, Rabinovich, Núñez Cortés, López Puccio, Maronna y los hoy ausentes -por motivos harto diferentes- Ernesto Acher y Gerardo Masana) una deuda de gratitud que jamás podría saldar en dinero aunque tuviese la fortuna del padre de Paris Hilton. Si los científicos hubiesen pergeñado el aparatito que les reclamo, yo podría decir hoy que Les Luthiers alargaron mi vida en... (Diez días, seis meses, tres años, lo que la tecnología diga.) En la imposibilidad de ser preciso, me veo compelido a afirmar tan sólo que las risas y el placer que Les Luthiers me prodigaron durante tantos años han hecho mi vida no sólo más larga -porque la felicidad es la fórmula natural del Viagra- sino también mejor. 

Gracias, muchachos. De todo corazón. 

[Publicado el 29/11/2007 a las 10:52]

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De policía a convicto

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Luis Abelardo Patti.

No quiero dejar de manifestar mi satisfacción por la detención de Luis Abelardo Patti, ex subcomisario de funesto desempeño durante la dictadura, a quien se acusa por secuestros, desapariciones y asesinatos entre 1976 y 1977. La impunidad de que gozaba hasta ahora le permitió sumarse al juego democrático, siendo electo intendente de Escobar y después legislador. Una acción oportuna en el Congreso impidió en su momento que asumiese su cargo. No obstante, hasta el día de su arresto efectivo siguió reclamando inmunidad que consideraba debida a ‘sus fueros', presuntamente derivados del cargo electo que nunca pudo asumir. Espero que los políticos presentes y futuros se hayan curado de espanto. Cuando no está fundada en la Justicia, la democracia corre serio riesgo de dispararse en sus propios pies.  

Los abogados de las familias Goncalves y Muniz Barreto, dos de las damnificadas por el accionar de Patti, solicitaron al juzgado que entiende en la causa que reclame al Canal 13 unos tapes en los que el acusado habría dicho: "He cometido tres o cuatro homicidios", y después: "A mí me podrán acusar de torturar, pero nunca de corrupción". A confesión de partes... 

/upload/fotos/blogs_entradas/juliolopez_med.jpgMe parece bien además que lo hayan encerrado en una cárcel común, en este caso el penal de Marcos Paz. Pero no puedo evitar sentir inquietud ante la tenebrosa compañía que allí le espera. En Marcos Paz están detenidos otros condenados por crímenes durante la dictadura, entre ellos el ex comisario Etchecolatz. En otro contexto hasta me causaría gracia que estos jerarcas de probada vocación nazi se viesen condenados a rememorar viejas glorias en una cárcel para delincuentes comunes. Pero hechos como la desaparición de Jorge Julio López en plena democracia me llevan a desconfiar de la sabiduría de reunir conspiradores bajo un mismo techo. Podrán parecer gente acabada, pero el hecho de que López siga desaparecido prueba que todavía están en condiciones de infligir daño.

[Publicado el 28/11/2007 a las 10:23]

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Muerte en Sicilia

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En algún sentido El gatopardo de Luchino Visconti no es una película, sino dos. Y no lo digo a modo de burla respecto de su duración, sino en atención a la forma en que el relato se quiebra en los 45 minutos finales -convirtiéndose en otra cosa por completo. 

Durante dos horas El gatopardo sigue las peripecias de la novela original de Lampedusa. A través del prisma del príncipe Fabrizio Corbera (Burt Lancaster), asistimos a la conquista del Reino de las Dos Sicilias a manos de Garibaldi, que completa de esta manera la unificación de Italia. El príncipe comprende que una era está llegando a su fin pero a pesar de ello se mueve con decisión. Apoya a su sobrino Tancredi (Alain Delon) cuando toma la decisión de meterse en el ejército garibaldino. (En el film es Tancredi quien primero pronuncia la frase célebre: "Hay que cambiar algo para que nadie cambie" de la que después su tío se hará eco.) Después alienta el casamiento de Tancredi con Angelica (Claudia Cardinale), plebeya pero heredera de una fortuna. Y por último recomienda a Calogero Sedara (Paolo Stoppa), el padre de Angelica -un burgués tan rico como corrupto, que no dudó en fraguar las elecciones de su pueblo- para un puesto en el flamante Senado de Italia. El príncipe se ha movido como un ajedrecista, la permanencia de su familia en una posición de privilegio está asegurada.

Entonces, coincidiendo con el baile que funciona como presentación de Angelica en sociedad, algo cambia. En medio de valses y mazurcas el príncipe siente la inminencia de la muerte. La narración de la noche del baile dura esos 45 minutos finales de los que hablo. Son 45 minutos en los que el príncipe empieza a percibirse cada vez más lejos de todos y de todo. Algunas de las cosas de las que se despide le producen asco, como las niñas malcriadas o el coronel que se jacta de haber humillado a su viejo líder, el mismísimo Garibaldi. Pero otras lo sumen en una nostalgia elegíaca, como la juventud de Angelica y su último vals, o la contemplación de un cuadro que pinta una agonía. Delante del cuadro, el príncipe comenta que le parece demasiado estilizado: la muerte es un asunto más engorroso, más sucio. Sus palabras vaticinan el fin de Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, tumbado en una silla mientras la tintura negra de su pelo chorrea por su rostro.  

En este sentido, el final de El gatopardo anticipa Muerte en Venecia, que Visconti filmaría ocho años después. Ambos relatos funcionan como réquiem, un largo adiós a un mundo que se extingue -y a la vida misma.

[Publicado el 27/11/2007 a las 10:32]

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Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

Obras asociadas

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