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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

lunes, 7 de julio de 2008

Blog de Marcelo Figueras

La segunda juventud de Francis Ford Coppola

Hasta no hace mucho la perspectiva de ver la nueva película de Francis Ford Coppola en años, Youth Without Youth, me daba un poco de temor. Nadie quiere admitir que uno de sus cineastas favoritos de toda la vida ya no es lo que era, y una película pequeña basada en un libro de Mircea Eliade no suena a competencia justa con la dimensión mítica de los Padrinos, de Apocalypse Now y hasta de las joyas menores de la corona, como Rumble Fish y The Conversation. Pero ahora, lo admito, tengo muchas ganas de ver la película -y mucha emoción contenida.

Mientras leía la entrevista que Rocío Ayuso publicó ayer en El País remozado, pensaba que en buena medida la mejor ficción de Coppola siempre ha admitido una lectura autobiográfica: aquella que no hunde los relatos de manera autorreferencial, sino que los ilumina al proporcionarle ecos que van más allá de lo lineal. En algún sentido El Padrino cuenta cómo un joven por quien nadie apostaba una ficha terminó quedándose al mando de un imperio, del mismo modo en que el joven Coppola se convirtió en realeza de Hollywood a partir del éxito de su película. Apocalypse es la historia de un hombre a quien se le ha concedido un poder omnímodo que acaba enloqueciéndolo. (Algo que puede predicarse tanto del Kurtz de Marlon Brando como del mismo director.) The Conversation habla de un hombre cuya vida pasa por espiar vidas ajenas, cosa que puede predicarse casi de cualquier narrador. Y Tucker: A Man and His Dream, una de sus películas que pasaron más desapercibidas, cuenta la derrota final de un hombre osado y creativo -¡como Coppola!- a manos de un sistema que prefiere la obediencia a la excelencia.

Esta Youth Without Youth suena cargada con el mismo tipo de munición. Habla de un viejo profesor de linguística, Dominic Mattei (Tim Roth), al que un rayo providencial le devuelve la juventud física al tiempo que le permite conservar la sabidiría adquirida en tantos años. ¿Puede concebirse una imagen más transparente de lo que a Coppola le gustaría tener, energía juvenil para contar las historias que ha ido madurando en simultáneo con sus vinos?

A propósito de la película, Javier Porta Fouz recordaba el sábado en adn, la revista de cultura del diario La Nación, lo que decía un personaje clave en Peggy Sue Got Married, una de sus películas más olvidadas: "Si hubiese sabido entonces lo que ahora sé, habría hecho las cosas de manera diferente".

Ojalá Coppola haya entendido que todavía está a tiempo, con rayo o sin él. El cielo sabe que el cine de hoy necesita algo de lo que perdió desde que este hombre se llamó a silencio.

[Publicado el 22/10/2007 a las 10:52]

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Orson (nuevamente) en venta

Me entristeció la noticia de que Sotheby's subastará el Oscar que Orson Welles recibió por el guión de Citizen Kane. Ya sé que es probable que vaya a dar a manos de algún coleccionista que valora a Welles seriamente. (De hecho, si me sobrase un millón de dólares juro que participaría de la subasta.) Pero tiendo a creer que ese Oscar es de la clase de tesoros que debería estar en poder de alguien que, además de admirarlo, lo haya querido mucho.

La trayectoria de Welles es lo más parecido a la leyenda de Icaro que Hollywood haya conocido nunca. El fenomenal éxito que obtuvo aquella transmisión radial de La Guerra de los Mundos convirtió a Welles en el hombre mimado por la prensa, una suerte de moderno Da Vinci que todo lo hacía bien: actuar, escribir, dirigir. Ese minuto de gloria le valió un contrato con RKO que le otorgaba un poder hasta entonces impensado. Welles no sólo podía elegir sus propios proyectos como director, sino que además tenía corte final. En aquellos años no existía lo que hoy se conoce como 'Teoría del Autor'. El director era apenas un empleado bien pago de los estudios, sujeto a las órdenes estrictas de sus productores y sin poder para evitar cortes o modificaciones a su propia película. De algún modo Welles terminó inspirando a André Bazin aquella teoría que los franceses divulgarían y llevarían a la práctica. Pero pagó por ello muy caro precio.

Citizen Kane era y es una maravilla, pero además de irritar al establishment de su país -se inspiraba libremente en la vida del magnate William Randolph Hearst, que empleó todo su poder para hundir la película y también a Welles- cometió el único pecado que Hollywood no perdona: fracasó en la taquilla. De allí en más Welles no pudo nunca completar una película tal como la quería y soñaba. Vivió malgastando su talento como actor para financiar los filmes que quería dirigir. Algunos los terminó en condiciones precarias: su Macbeth, por ejemplo. Otros no terminaron de despegar nunca -su malograda versión del Quijote.

Hace muy poco Walter Murch reeditó A Touch of Evil, que Welles había dirigido y protagonizado para que el estudio la alterase por completo a su antojo. ¡Su legendario plano secuencia del comienzo resultó ensuciado por los títulos de presentación! Por fortuna hace algunos años Rick Schmidlin obtuvo permiso para reeditar el film de acuerdo a la visión original de Welles. Esta visión sobrevivió en un memo de 58 páginas que Welles elevó al estudio cuando vio lo que habían hecho con su película. Las indicaciones eran tan precisas -y tan atinadas- que Murch leyó las 58 páginas delante de Schmidlin y se comprometió a reeditar A Touch of Evil de inmediato. (Esta versión nueva se consigue en DVD.)

Mientras lo hacían se enteraron de que existía otra carta de 12 páginas en la que Welles daba precisiones sobre lo que quería en materia de sonido. Schmidlin dice que el momento en que el estudio les faxeó las páginas a la granja-taller de Murch lo conmovió de verdad: "Fue extraño... ¡Era como si Orson mismo nos estuviese enviando las notas!"

Ojalá aquel que se quede con el Oscar sepa el valor -no digo el precio, sino el valor- de lo que tiene entre manos.

[Publicado el 19/10/2007 a las 11:09]

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Un Gen polémico

El lunes concluyó El Gen Argentino, el programa de Telefé conducido por Mario Pergolini que buscaba al más grande entre los grandes de este país. Más de dos millones de personas enviaron sus votos, consagrando por escaso margen -cincuenta y pico por ciento contra cuarenta y pico- a José de San Martín por sobre el neurocirujano René Favaloro. El resultado me alivió, aunque la módica diferencia entre uno y otro dejó un regusto amargo en mi boca.

Es verdad que soy fanático de San Martín, a quien aquí se suele llamar El Libertador, desde que era muy pequeño. Era lo más parecido a un héroe que pude encontrar en aquella etapa de la vida tan ávida de ejemplos. Si bien la vida me enseñaría pronto a desconfiar de los militares, San Martín era un paradigma de forma inequívoca: austero, ético, consagrado a la causa latinoamericana -aunque eclipsado, en el panorama general, por Simón Bolívar-, rechazó honores, prebendas y la tentación del poder supremo. Se negó sistemáticamente a intervenir en las luchas intestinas de este país, y aunque criticaba la política interna de Juan Manuel de Rosas, le obsequió su sable en reconocimiento a la defensa que el Restaurador hizo de la Argentina contra el invasor europeo.

La defensa que Rodolfo Terragno hizo de su figura en el transcurso del programa fue tan apasionada como elocuente. Por eso me sorprendió que San Martín se impusiese por tan poco. Sin duda alguna es el hombre que más y mejor influyó en la historia de este país, y también de algunos países vecinos. Vaya a saber qué seríamos hoy -qué serían Chile y Perú, también- si San Martín no hubiese existido. Y quién sabe qué será de nosotros de aquí en adelante si su visión y su ejemplo no se vuelven más presentes, más actuantes en este país. Claro, ninguno de nosotros puede decir que lo conoció, como sí ocurre con Favaloro. A diferencia del neurocirujano, no estamos acostumbrados a ver a San Martín por la televisión, haciendo declaraciones a los periodistas o almorzando con Mirtha Legrand. ¿Me equivoco al pensar que mucha gente valora más la proximidad y la telegenia que la sensatez?

Puede que Favaloro sea en efecto un ejemplo como médico y como filántropo, no estoy en condiciones de discutirlo. Lo que sí es inquietante es que tanta gente haya elegido como el argentino más grande a un hombre que se mató de un tiro.

[Publicado el 18/10/2007 a las 10:51]

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Clayton no, Clooney sí

La verdad es que la película Michael Clayton me decepcionó un poco. Son cosas que ocurren, en especial cuando uno ha leído críticas exultantes que al final juegan en contra: resulta difícil que la obra celebrada esté a la altura de las expectativas generadas por tanto adjetivo. Escrita y dirigida por Tony Gilroy, Michael Clayton está bien -una historia de abogados lidiando con empresas de esas que ganan billones a la vez que quebrantan huesos, a medio camino entre el thriller y la denuncia-, pero tampoco es, tal como leí varias veces por ahí, un filme a la altura del mejor cine norteamericano de los años 70.

Yo le encontré un error de guión que me sacó del relato. En un momento un par de asesinos profesionales, contratados por la empresa quebrantahuesos, toman una y mil precauciones para que el homicidio que están perpetrando parezca un suicidio. Les sale bien. Poco después, tratando de acabar con otro cabo suelto del juicio pendiente, los mismos asesinos deciden matar a otro hombre mediante el discretísimo expediente de... una bomba en su auto. ¿No era que todo debía parecer natural, para que la policía no se involucrase en investigación alguna? En ese punto del relato Michael Clayton deja de ser esa película 'al estilo de los años 70' de la que hablan por ahí para convertirse en puro Hollywood, permitiéndole al guionista-director la satisfacción del final feliz, con moño y todo.

Si algo tenían las películas de los 70 era una mirada implacable y sin concesiones al gusto medio. Cuando el personaje solitario la emprendía contra el sistema, la mayor parte de las veces terminaba mal como suele ocurrir en la vida real. (En ese sentido Michael Clayton está más cerca de otra peli titulada como su protagonista, Erin Brockovich, que de Los tres días del condor, por mencionar un filme dirigido por uno de los actores de Clayton: Sidney Pollack.) Pero ese corrimiento hacia expresiones más auténticas de la realidad también se reflejaba en el modo de narrar. La mayor parte de las pelis inolvidables de ese entonces no pueden ser definidas por un género estricto. ¿A qué género pertenece Taxi Driver? ¿Es un thriller o un drama social? ¿Qué clase de película es The King of Comedy? ¿A qué género pertenece El Padrino? ¿Cómo describir La conversación?

Todas ellas producían la extraña sensación de no parecerse exactamente a nada que hubiésemos visto antes. En cambio a Michael Clayton ya la vimos mil veces.

De todos modos seguimos apoyando a George Clooney ciento por ciento. El tipo tiene carisma, trompea a los directores que abusan de la gente, pone límite a los paparazzis, es inteligente, piensa bien y hace posibles películas que de otro modo no llegarían a filmarse, como Syriana y Good Night, and Good Luck. ¡El amigo George es lo mejor que le pasó a Hollywood en los últimos diez años!

[Publicado el 17/10/2007 a las 11:00]

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Vaya Trip

Qué delicia de música. El disco se llama Trip, lo estoy escuchando por enésima vez mientras escribo. La voz cantante en todos los temas es la de Isabel de Sebastián. La composición y el piano son obra de Bob Telson. Pareja en la vida real, argentina ella, norteamericano él. Isabel fue una de las figuras del rock post dictadura al timón del grupo Metrópoli, hasta que decidió irse del país y produjo un vacío que nadie ocupó desde entonces. Bob dejó de ser un secreto bien guardado por culpa de la canción central de Bagdad Café, aquella encantadora película de Percy Adlon. La canción se llama Calling You, sigue siendo perfecta y en Trip Isabel y Bob la entonan a dos voces -como vienen haciendo con la vida misma.

Se conocieron en New York pero viven en Buenos Aires desde hace algunos años. Verlos el jueves pasado en el escenario de La Trastienda fue un verdadero lujo. Mientras era testigo del espectáculo pensé que se trataba de algo digno de los mejores teatros y clubes del mundo. Algo bueno debe tener este país para que esta gente esté sonando aquí en vez de en otra parte.

Las canciones de Bob en la voz de Isabel hacen la cosa más difícil del mundo: hablar de los sentimientos más bellos -y también de algunos de más terribles- de la manera más simple y elegante. Cada una de ellas es un pequeño acto de magia, en tanto hace aparecer de la nada aparente algo que parecía imposible el segundo previo: pura belleza, una emoción que llega al alma tan pronto suena. Se trata de una emoción sin tiempo, ya que son canciones nacidas para perdurar. (Love Unconquerable viene del fondo de la Historia, por cuanto musicaliza versos de Sófocles.) Y también de una emoción que al no atarse a ningún lugar los refleja todos, atravesándolos en un viaje -en un trip- que constituye un fin en sí mismo. Barefoot nos lleva a Alaska, Calling You al desierto del Mohave, Each Time She Takes One arranca en la noche del alma y se tuerce a mitad de camino para empezar a sonar afrocubana.

La letra de Telson y Lee Breuer dice que la Muerte muere un poco con cada persona que se lleva. Yo diría que también retrocede cada vez que suenan canciones como estas.

Ojalá pronto Isabel vuelva a escribir, o a co-escribir, sus propios temas.

[Publicado el 16/10/2007 a las 10:30]

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Hechos y palabras

La condena a cadena perpetua del sacerdote Christian von Wernich, culpable de haber cometido delitos de lesa humanidad durante la dictadura, es un acontecimiento histórico. La reacción de la cúpula de su Iglesia ante la condena representa, en cambio, la pérdida de una oportunidad histórica. En lugar de aprovechar el hecho para practicar una autocrítica respecto de su actuación durante aquellos años (a diferencia de las jerarquías de los demás países que conocieron dictaduras en aquel tiempo, la argentina fue la única que colaboró activamente con la represión), los obispos cerraron la boca -o la abrieron tan sólo para pronunciar palabras lamentables.

Que el superior de von Wernich se haya negado a sancionarlo apenas conocida la sentencia me parece abominable. Es verdad que el obispo Martín de Elizalde se acogió a las leyes canónicas, que le conceden un margen de tiempo para dictaminar si se castiga o no a von Wernich. El hecho es que mientras tanto von Wernich puede seguir ejerciendo su ministerio. Leyes o no leyes, la simple imagen del cura consagrando la hostia y repartiendo la comunión (¿le dará la comunión a su compañero de celda Etchecolatz, el genocida contra quien Jorge Julio López testificó antes de 'desaparecer'?), debería revolverle las tripas, a no ser que considere que ese sacramento dejó de ser, cuanto menos literalmente, sagrado. Una cosa es un cura falible como todos, y otra muy distinta es un cura que fue partícipe de secuestros, torturas y homicidios, según fue largamente probado ante una corte judicial.

He ahí un quid de la cuestión. ¿Qué es lo que ocurre en la cabeza de un hombre que consagró su vida a un Dios que es ante todo Amor (allí están los Evangelios diciéndolo con todas las letras: amarás a tu prójimo, pondrás la otra mejilla, todo lo que le hagas al último de tus hermanos me lo haces a Mí, etcétera etcétera), para que llegado el momento considere lícita, válida, justificable la violencia, hasta el punto de avalar que se despoje a alguien del valor sacrosanto de la vida?

Supongo que existen muchas respuestas -me encantaría oír las de ustedes, dicho sea de paso-, pero en este momento se me ocurre tan sólo una: la distancia que va de la palabra al hecho. Todos hemos sido sensibles en algún momento de nuestra vida a un ideal: religioso, político, social, estético, y está bien que así sea. El problema arranca cuando empezamos a ver de cerca lo que han hecho con esos ideales aquellos hombres y mujeres que nos anteceden. Si aquellos que encarnan el ideal sobre esta tierra (nuestros superiores en el escalafón que sea) nos prueban en la práctica que es posible hablar de amor y fomentar el odio con los hechos, o predicar democracia y practicar la ilegalidad y la injusticia, ¿qué les cabe a los que recién comienzan?

Por supuesto, siempre es posible rebelarse. Pero la rebelión es un acto creativo que lanza a quien lo prueba a un mar proceloso y desconocido. Resignarse e imitar, en cambio, es fácil y engendra seguridad. No hay acto menos creativo que el error, que el pecado; cuando incurrimos en una falta lo hacemos a sabiendas de que alguien ha fallado de la misma manera antes que nosotros.

Deberíamos rescatar las buenas palabras de las bocas llenas de mugre. Nos va la vida en ello.

[Publicado el 15/10/2007 a las 10:30]

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Las remakes: ¿arte o saqueo? (II)

Nunca existió un tiempo menos apropiado que el presente para los purismos. La multiplicación de los medios y la tecnología nos facilitan la mezcla, el cut up, el remix, la apropiación parcial, la recontextualización. (Hablando de Network alguien me recomendó aquí mismo leer The Nightly News, de Jonathan Hickman, que es una historieta que recurre a elementos del diseño y materiales gráficos que no son dibujos, en pos de un efecto narrativo.) El paisaje sonoro que habitamos a diario en materia de música es en algún sentido una gran remake. ¿Cuál sería el problema de tomar elementos clásicos y darlos vuelta como un guante, deconstruyéndolos o reconstruyéndolos para el paladar de otras culturas o de nuevas generaciones? ¿Acaso no es esta la dinámica propia del arte de todos los tiempos? ¿Por qué el cine debería ser intocable por encima del teatro, de la novela, de la plástica?

Cuando una obra es verdaderamente grande, su riqueza resulta tan inagotable que cada una de las generaciones que la suceden puede hallar en ella un ángulo nuevo, una interpretación valedera. Lo que los coetáneos de Citizen Kane leyeron en ese filme no es necesariamente lo que leo yo hoy en él; en consecuencia, cualquiera que adaptase Kane en tiempos contemporáneos tendería –lógicamente, deseablemente- a subrayar los aspectos del original que más nos interpelan en estos tiempos. El mismo proceso, dicho sea de paso, que el hombre viene realizando desde que empezó a contar historias: la enorme mayoría de las narraciones son variaciones más o menos transparentes de materiales de la Biblia, de la épica de Gilgamesh, de Sófocles, de Homero, de tantos otros.

El cine ofrece además una ventaja adicional respecto del teatro: nadie está hablando de destruir los filmes originales, que seguirían allí intactos para ser consultados por estudiosos o simples curiosos. No se trata, pues, de pintar encima de un cuadro terminado, se trata de pintar otro cuadro, utilizando al original como modelo. Aunque a Coco no le gusten, a mí las variaciones de Picasso sobre Las Meninas me resultan interesantes.

Todo guionista (las películas que se mencionaron en estos días fueron escritas por alguien que no era el director: Network, Vértigo, hasta Kane si hay que creerle a Pauline Kael) acepta que un director interprete el guión de su autoría a su manera. ¿Cuál sería el problema de cederle ese mismo libreto a otro director, para que lo adapte a su propio estilo?

Una remake no tiene por qué ser un saqueo. La re-creación es un proceso lícito en todas las artes. Claro que, con la de piratas que abunda…

[Publicado el 11/10/2007 a las 10:30]

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Las remakes: ¿arte o saqueo?

Ayer se me ocurrió proponer, por puro animus jocandi, que alguien filmase una remake de la película Network. No lo hice porque pensase que la película de 1976 es imperfecta –más bien tiendo a creer lo contrario-, sino porque estoy seguro de que la gente tiende a escapar de las películas ‘viejas’. ¿Cuántos jóvenes de hoy han visto Network? Como presumo que es difícil que lo hagan en masa, y como me gustaría que el mensaje de la película –más trascendente hoy que entonces- no se perdiese, se me cruzó que la manera más expeditiva de acercar el guión de Paddy Chayefsky a las nuevas generaciones sería hacer Network otra vez, aun corriendo el riesgo de que la nueva versión no llegue a la altura del original.

Esta propuesta mía, por cierto irrealizable (no teman, que no tengo línea directa con ningún estudio de Hollywood), suscitó un muy interesante y por cierto apasionado comentario de Coco. A Coco la noción de las remakes le pone los pelos de punta. De hecho llega a decir que una remake es en esencia un saqueo. Sus razones son atendibles. Cito de manera textual, para que no tengan que ponerse a hurgar entre los comentarios: “Según mi punto de vista (nunca mejor dicho) la obra cinematográfica es, básicamente, el retrato fiel de lo que ocurrió en aquel momento preciso. Una película es lo más alejado de la obra teatral que se puede encontrar. O de la novela… En ese sentido, el material filmado se parecería más a un cuadro… Es un instante congelado, intocable… Filmar sobre filmado me parece que está más cercano a pintar sobre el cuadro original”.

Admito que la mayor parte de las remakes son malas y se hacen por motivos espurios, siendo el principal la ausencia de buenas ideas originales. Pero a mí me parece lícito que exista la posibilidad de recrear –y conste que no digo refritar, sino recrear- buenas historias originales. Para empezar, esto ha ocurrido siempre. Shakespeare adaptaba materiales históricos o legendarios convirtiéndolos en drama teatral. (Las anécdotas originales de Hamlet y El Rey Lear pueden ser rastreadas en Saxo Grammaticus y Geoffrey de Monmouth, sin ir más lejos.) A su tiempo el cine adaptó a Shakespeare a su lenguaje y a sus necesidades, del mismo modo en que adapta novelas de toda calaña. ¿Por qué, en todo caso, sería aceptable versionar a Shakespeare en el cine –y que conste que se le han aplicado mil y un vueltas de tuerca a sus historias, algunas hasta ofensivas- y no a Orson Welles, que dicho sea de paso era un shakespiriano de ley?

Otra vez me fui de boca. Tengo una semana de incontinencia tipográfica, como me decía Jacobo Timerman. La sigo mañana.

[Publicado el 10/10/2007 a las 11:19]

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Estoy furioso y no pienso tolerarlo más (II)

Yo no creo que Network sea una película sobre la televisión. En todo caso utiliza la televisión para hablar de las condiciones en que la vida humana se verifica en sociedades como las presentes. Oyendo los discursos de Howard Beale después de tantos años, me impresionó advertir hasta qué punto habían dejado huella sobre mi manera de ver las cosas. (El guionista Paddy Chayefsky, que además de brillante debió ser vivísimo, se escudó en la figura del psicótico Beale para vomitar ante el mundo lo que pensaba realmente; a fin de cuentas, ¿no se supone que los locos y los niños dicen siempre la verdad?)

Es verdad que la gente lee y poco y nada y que cada vez se informa menos, a no ser que sea mediante la TV. ('La mayor parte de las cosas que ustedes saben las aprendieron delante del televisor', dice Beale. Ahora habría que agregar: 'Y delante del ordenador'.) Es verdad que la mayor parte de la gente lo entregaría todo, empezando por su voz y siguiendo por su vida, con tal de que la dejen sobrevivir en la intimidad de sus hogares: siempre y cuando la heladera esté llena y las pantallas en uso la provean de distracción, la gente parece dispuesta a soportar cualquier privación, cualquier otro sistema político y/o social. ('Estamos en el negocio de matar el aburrimiento', dice Beale.) Cuánto más cierto es esto hoy, ahora que existe la internet que Chayefsky no llegó nunca a ver y el delivery que nos lo alcanza todo hasta el umbral. (Pizza, muebles, películas, sexo: agreguen sus propios consumos en la línea de puntos.)

En este mundo que nos presentan como crecientemente peligroso -a la vez que más confortable en la intimidad de nuestros hogares-, tendemos cada vez más a vivir de manera vicaria. No experimentamos verdaderas emociones, salvo a través de las vidas de los otros. Esos 'otros' suelen ser personajes de ficción: sufrimos con ellos sin recibir ninguno de los golpes y las cortaduras que reciben durante su aventura; es igual a la diferencia entre volar de verdad y vivir dentro de un simulador. En consecuencia, lo que aprendemos viendo a otros es tan virtual como el medio que reprodujo la historia: no nos arriesgamos de verdad, no nos equivocamos de verdad, ergo no aprendemos de verdad -tan sólo 'aprendemos'.

Cuando nos colgamos de las experiencias de personas 'reales' (las personas que abundan en las noticias: tanto las que han sufrido desgracias como las que las han producido, porque nos permiten experimentar el morbo, preguntarnos aunque más no sea fugazmente cómo será ser de esa manera), lo único que sabemos sobre ellas de manera fehaciente es lo que nos cuentan los medios -lo cual los convierte también en ficcionales, sólo que a la manera de otro género. Beale dice a su audiencia en un momento que la ecuación se está invirtiendo: al conferirle verdadera vida a seres imaginarios, los televidentes mismos están dejando de ser reales. Y yo le creo. (A Chayefsky, quiero decir.) Sentir más intimidad con un personaje de la TV que con alguien verdadero es un signo de que algo está muy mal. ¿Cuántos de ustedes conocen gente para la cual el animador Equis o Zeta les es más familiar que sus familiares de verdad?

Más allá de mínimos detalles que han quedado obsoletos, Network sigue siendo tan perfecta como vigente. A esta altura de la historia del cine, creo que ha llegado el momento de relacionarse con ciertas películas del mismo modo que antes se reservaba a las obras teatrales: así como cada temporada presenta una nueva puesta del Hamlet de William Shakespeare, dentro de poco será lógico que un director de cine presente 'su' versión de Network de Paddy Chayefsky, o de Citizen Kane, o de Vértigo. Tengo claro que las remakes ya existen, pero todavía se las mira con desconfianza, como si fuese una práctica espuria. Por supuesto que en muchos casos lo es, pero eso no invalida la legitimidad del procedimiento. Con las obras de arte imperecederas, recrearlas para los nuevos tiempos no es un despropósito sino un imperativo. Y como muy poca gente verá hoy Network en su estado actual, la mejor forma para que su discurso llegue de nuevo al gran público es recrearla, hacerla una vez más con actores de primera línea: George Clooney en el papel de William Holden, Nicole Kidman en el de Faye Dunaway, Ian McKellen en el de Peter Finch, que también era inglés aunque hacía de americano. (Agreguen su cast sugerido en la línea de puntos.)

Mientras esto no suceda, déjenme emular la escena central de la película, aquella en la que Beale le dice a la gente que se aparte de la TV y asome por la ventana para gritar: "¡Estoy furioso y no pienso tolerarlo más!" ('I'm mad as hell, and I'm not going to take it anymore!') Lo que más modestamente quiero pedirles es que se aparten de esta pantalla que reproduce mi texto y hagan lo que sea necesario para ver Network lo antes posible: vayan a su DVD club, resérvenla, cómprenla, véanla en la TV -róbenla, si es preciso.

Y después hablamos.

[Publicado el 09/10/2007 a las 10:30]

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Estoy furioso y no pienso tolerarlo más

Lo primero que me sorprendió cuando volví a ver Network fue que el nombre de su guionista figurase a continuación del título principal: Network, by Paddy Chayefsky. Esta práctica está lejos de ser la habitual, en tanto el sistema tiende a subrayar el protagonismo del director -como- autor. Pero Chayefsky no era un guionista convencional, como la revisión de este filme atestigua todavía hoy, a más de treinta años de su estreno. En los documentales que incluye la última edición en DVD, Faye Dunaway recuerda la sorpresa que le produjo encontrarse con parlamentos que en el guión se extendían a lo largo de cuatro páginas. El actor Ned Beatty da en la tecla cuando define la impresión que esos textos le causaron con el adjetivo 'shakespiriano'. Y la prueba final: el hecho de que el director Sidney Lumet, responsable de películas imperecederas como Dog Day Afternoon y Serpico, haya cedido a Chayefsky el centro de la escena, resulta elocuente respecto del respeto que sentía por este autor enorme.

Lo segundo que me sorprendió fue que aquello que en los años 70 pasó por una sátira hoy es realismo puro. La enorme mayoría de los vaticinios que Chayefsky incluyó en Network son verdad cotidiana de este siglo. Empezando por los reality shows, pasando por la conversión de los noticieros televisivos en puro espectáculo y terminando por la descripción de este planeta como un sitio en que naciones, razas y sistemas políticos importan mucho menos que las siglas que definen a las empresas más poderosas.

En algún sentido Network es la historia de Howard Beale (inolvidable Peter Finch), un conductor de noticiero que en vísperas de su jubilación anticipada decide hacer algo insólito delante de las cámaras de TV: decir la verdad. Como el público responde a su exabrupto y levanta el rating hasta entonces decadente del programa, la estación para la cual trabaja decide revocarle el despido y crea un show a la medida de su delirio profético. Es fácil entender que Chayefsky estaba poniendo el foco en un momento clave de la historia de la TV americana: aquel en que se abandonaron por completo las pretensiones culturales, educativas e informativas del medio (no es casual que el personaje de Beale diga haber trabajado cuando joven con Edward Murrow, el periodista televisivo ensalzado por el filme de George Clooney Good Night, and Good Luck; esos fueron los buenos, viejos tiempos) para asumirlo como lo que es, una empresa capitalista que no reconoce otra razón de ser que la creación de ganancias.

Lo que en los 70 todavía era una tendencia hoy es historia: las grandes cadenas de TV pertenecen a conglomerados multinacionales que a su vez pertenecen vaya a saber uno quiénes, más allá de los nombres que aparecen en los documentos oficiales. Y esos conglomerados (la ficción del filme identifica a uno de ellos con capitales árabes, pero en estos días deberíamos hablar también de chinos y japoneses, además de los obvios norteamericanos y europeos) no responden a otra dialéctica que la de la riqueza (propia). Como decía ayer Maureen Dowd en el New York Times, burlándose del infame Clarence Thomas: "A nosotros no nos interesa la verdad. Nos interesa ganar". (A esta última frase también habría que agregarle una palabra clave: en este caso, 'dinero'.)

En aquellos tiempos, que la ejecutiva del canal UBS Diane Christensen (Faye Dunaway) pretendiese lanzar lo que hoy sería un reality show protagonizado por un grupo terrorista, movía a risa por lo disparatado. En estos días sabemos lo único que les impide concretarlo es la sensibilidad post 11/9. Si los grupos terroristas golpeasen tan sólo a otros países, o se limitasen a secuestrar ricas herederas y asaltar bancos como en la época de Patty Hearst, lo tendríamos allí, emitido en prime time. ¿Y por qué suena terrorífico en lugar de disparatado? Porque ahora es vox populi aquello que entonces era secreto a voces. La misma Christensen lo dice con todas las letras cuando alguien le pregunta si piensa poner al aire el discurso de un grupo de extrema izquierda. La respuesta es simple: "Fuck politics!" Mientras el programa deje ganancias a la empresa, ¿qué importa que lean al aire párrafos de El Capital? En estos días que la figura del Che Guevara se ha vuelto omnipresente en los medios, no he podido dejar de sentir esa inquietud que la visión de Network convirtió ayer en ardor. Nunca pensé que viviría para ver el día en que Guevara figuraría en la tapa de ciertos diarios, tratado con guantes de seda. Se ve que Guevara vende, por lo tanto ahora somos todos guevaristas -en la ruta hacia el banco.

Esto se me ha ido largo, pero está lejos de terminar aquí. La seguimos mañana.

[Publicado el 08/10/2007 a las 10:26]

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Foto autor

Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

Obras asociadas

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