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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Marcelo Figueras

Partes de batalla

Parece algo salido de la pluma de Paddy Chayefsky, el autor de Network... Los guionistas de Hollywood ya lanzaron su huelga de brazos caidos para todo lo que no sea levantar pancartas... Los estudios han tratado de apilar guiones previniéndose contra la sequía, pero si los guiones de los últimos años ya eran malos Dios nos libre de los que se habrán escrito a las apuradas... Si la huelga se extiende, terminarán haciendo lo que Gus van Sant hizo con Psicosis: filmar remakes calcadas de las viejas películas, perdiendo toda la gracia en el proceso. Total, no hay guionista más barato -y menos protestón- que el guionista muerto...

...Contagiados por el fervor de los piqueteros hollywoodenses, los utileros de Broadway lanzaron su propia huelga. Imaginen la decepción de los turistas que han sacado tickets con meses de anticipación para ver Wicked, The Lion King o cualquiera de los musicales de siempre. La pobre gente que había pagado para ver How the Grinch Stole Christmas se tuvo que conformar con un autógrafo del actor que hacía del malvado Grinch, que firmaba a troche y moche en la vereda...

...Pero no son sólo los guionistas de Hollywood los que han dado grito de guerra. También los de la TV, lo que ya ha supuesto el alto en la producción de la mayoría de las series y también en los shows diarios conducidos por Letterman, Jon Stewart, Jay Leno y compañía. El domingo la columnista del New York Times Maureen Dowd recordaba que hay mucha gente -ella se incluía en el montón- que se entera de lo que ha ocurrido en el mundo no mediante noticieros, sino mediante los espacios como los de Stewart y compañía, dedicados a la sátira política... Lo cual puede tener dos consecuencias, una terrorífica y la otra dudosa. La primera sería una nueva proliferación de los reality-shows, Dios nos guarde... La segunda sería una crisis en el gobierno de los Estados Unidos. ¿Para qué bailaría Bush con una tribu africana en los jardines de la Casa Blanca, y para qué pondría cara de payaso cuando no logra abrir la puerta, si nadie piensa decir nada al respecto en la TV? Con un poco de suerte se meterá en alguna de las casas del Big Brother, buscando la caricia de las cámaras. Lo único malo sería que no duraría mucho, porque las votaciones electrónicas lo echarían enseguida... A no ser que haga fraude, como la vez que le 'ganó' a Al Gore...

¿...se imaginan un mundo sin televisión?

[Publicado el 14/11/2007 a las 10:13]

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Dos tragedias americanas

El sábado por la noche pesqué por TV un especial del American Film Institute. A diez años de la primera encuesta para revelar las 100 mejores películas estadounidenses (qué adjetivo más feo, me duele cada vez que tengo que usarlo), la gente del AFI hizo una nueva encuesta sobre el mismo tema. La nueva lista de las 100 mejores ofreció pocas variantes y -al menos para mí- unas cuantas reafirmaciones. El simple hecho de que Lawrence de Arabia, Casablanca y Vértigo figuren entre las 10 mejores me confirma que no todo está mal en este universo. También forman parte del Top Ten Raging Bull, Singin' in the Rain y The Wizard of Oz, contra las que no tengo nada que decir. Y Gone With The Wind y Schindler's List, a las que a lo mejor habría cambiado de lugar en la lista para colar entre las 10 de oro a alguna otra. (¿Ningún John Ford entre las 10 mejores?)

Lo que certifica que Dios existe es la elección de las dos mejores. El primer lugar lo conservó la misma película que ya lo había ganado la primera vez: Citizen Kane, la obra maestra de Orson Welles. Y el segundo se lo llevó la favorita de nuestro corazón: The Godfather, una de las obras maestras -tiene varias, el muy desaforado- de Francis Ford Coppola. Más allá de sus infinitas diferencias, me alucinó pensar que comparten al menos dos cuestiones esenciales, a saber:

1. La asunción de que vivimos en un sistema que impulsa al delito. Ya sea claramente dentro del hampa -como en El Padrino- o haciendo uso de sus medios mientras se guardan las apariencias -como en Citizen Kane, cuyo protagonista se lanza a la política repartiendo dinero a troche y moche para ser derrotado por alguien más corrupto que él-, lo que ambas películas demuestran es que vivimos en sociedades que potencian la peor parte del ser humano. Sin ser mafiosos como los Corleone o millonarios como Kane, todos nosotros sabemos que nos iría mejor de lo que nos va si mintiésemos más, sonriésemos más, coimeásemos más, sedujésemos más y emboscásemos más a nuestros ocasionales competidores, haciendo lo necesario -y también lo innecesario- para granjearnos la simpatía de aquellos que detentan el poder en nuestro microuniverso.

2. Haríamos lo que fuese -¡lo que fuese!- por amor. Vito Corleone es la excepción, en tanto ha amado con pasión y ha recibido amor a manos llenas: en todo caso optó por el delito porque el sistema no le dejaba muchas opciones a la hora de proteger a su familia. Don Corleone nunca buscó el poder por el poder mismo, o al menos eso nos hace creer The Godfather. En cambio Michael Corleone y Charles Foster Kane nacieron con poder al alcance de sus manos. Este poder dado, real en el sentido de la realeza, es lo que los minimiza como hombres. Michael Corleone hace lo que hace porque no sabe hacer otra cosa y además porque no conoce otra manera de expresar afecto. Charles Foster Kane hace lo que hace porque quiere que lo quieran y no sabe cómo inspirar amor, no habiéndolo recibido nunca. Estos hombres enormes son pequeños pequeños, en tanto entregarían su reino ya no por un caballo sino por la experiencia de una caricia, a manos de alguien que los ame no por lo que tienen sino por lo que son.

Que los votantes del AFI hayan consagrado estas dos películas como las mejores expresa, más allá de los incuestionables valores artísticos, el mayor de los dilemas de los estadounidenses (qué sustantivo más feo) de hoy: cuando se nace en cuna de oro sin poseer los valores que contribuyeron a la grandeza de ese reino, la tragedia aguarda entre bambalinas.

[Publicado el 13/11/2007 a las 10:30]

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Un entrenamiento mortal

Ayer leí un buen perfil de Daniel Day Lewis en el dominical del New York Times. Day Lewis es uno de mis actores favoritos. Dueño de una intensidad que perfora la pantalla, se parece cada vez más a un anacronismo dado que el cine no deja de achicarse en torno suyo: ya no se hacen películas capaces de contenerlo. (Gangs of New York es un perfecto ejemplo de filme demasiado pequeño para contener a Bill the Butcher/Daniel Day Lewis: una vez que termina, no recordamos otra cosa que las escenas en las que su personaje está presente.) Por suerte parece que ahora encontró un vehículo que está a su altura en There Will Be Blood, la nueva película de Paul Thomas Anderson, un cineasta que venía coqueteando con la grandeza en filmes como Boogie Nights y Magnolia. Hay gente que ya habla de un nuevo Citizen Kane, lo cual supone poner el listón a alturas demenciales. Lo indiscutible es que tanto Anderson como Day Lewis son de esa gente que lejos de temerle a sus propias ambiciones (de hecho el filme cuenta la historia de un hombre que se consagra a la construcción de un imperio petrolífero), las persigue hasta el final -aunque eso los conduzca al corazón de las tinieblas.

Hablando de una de las películas que hizo con Jim Sheridan, llamada The Boxer, Day Lewis cuenta que empezó a practicar boxeo mientras consideraba la idea de aceptar el papel. Necesitaba entender si podía relacionarse con ese deporte, si su práctica le abriría una puerta al corazón de su personaje... o si lo dejaría afuera. Como es más que obvio, le tomó el gustito. Day Lewis dice: "Es una disciplina cuyo simple entrenamiento te mata. Esto es, aun antes de que te peguen el primer golpe".

Me quedé colgado de esa idea. Por supuesto, todos tenemos maneras distintas de hacer las cosas. Empezando por los actores, ya que estamos con Day Lewis: están los que tratan de 'ser' su personaje a todas horas, están los que se conectan con el grito de acción y se desconectan apenas suena el corte, están los que se contentan con parecer naturales y gracias. Del mismo modo, hay miles de maneras de ser maestro, economista, deportista -o escritor, sin ir más lejos.

Me siento plenamente identificado con el Método Day Lewis. Llevo meses viajando, estudiando y leyendo para construir mejor mi novela. Acostándome con ella en la cabeza, dedicándole sueños y desvelos, levantándome con sus frases en mis labios. Un entrenamiento mortal, en efecto, que lo convierte a uno en una obsesión que late y respira. Y todo para jugarse la vida en los segundos que dura un round, en los minutos que dura una escena o en el tiempo diario que se dedica a escribir. Uno se prepara al límite de sus resistencias porque sabe que llegado el momento, sólo tendrá un tiempo acotado para hacer las cosas bien, o fracasar en el intento.

No hay métodos mejores que otros, eso está claro. Hay gente a la que le funciona relacionarse con lo que hace con la ligereza de quien juega una partida de canasta. Otros, mal que nos pese, no sabemos hacerlo sino a la manera de un deporte extremo -como si nos fuese la vida en ello.

[Publicado el 12/11/2007 a las 10:30]

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Próximamente en esta sala

Con ánimo positivo, la gente de The Onion ofreció una lista de buenos libros que merecerían una (buena) adaptación al cine. Algunas de las elecciones eran cantadas, como The Hobbitt, de J. R. R. Tolkien, cuya traslación depende de que Peter Jackson resuelva el juicio que tiene pendiente con New Line por dinero adeudado de la época de The Lord of the Rings. Otros ya están en camino de ser adaptados. Por ejemplo dos que me gustaron mucho: The Road de Cormac McCarthy y The Time Traveler's Wife, de Audrey Niffenegger. (¡Ojalá no los arruinen!) También incluyeron dos novelas de las que todo el mundo habló bien en su momento pero que yo no pude terminar: Jonathan Strange and Mr. Norrell, de Susanna Clarke -una historia de magos con trasfondo de época, que siempre rinde en la pantalla- y Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

La lista incluye algunos clásicos que se vienen salvando, como Ubik, de Philip K. Dick, y A Conspiracy of Dunces, de John Kennedy Toole. También libros recientes que están en el limbo de desarrollo hollywoodense, como A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers. Lo poco de Stephen King que se viene salvando: The Long Walk, una de las historias que firmó con el alias de Richard Bachman. Un tiro de largo alcance como Cloud Atlas, que según los muchachos de The Onion sólo podría ser adaptada en dos partes. Y un montón de libros más de los que, lo admito, nunca había oído hablar.

¿Qué libros les han gustado mucho y nunca han llegado al cine, por lo menos hasta hoy? Un título obvio es El Eternauta, la historieta de Oesterheld y Solano López. Otro que se me ocurre es Nostromo, de Joseph Conrad, que David Lean quiso filmar y nunca pudo. Un Moby Dick que sobrepase al de John Huston, cuya ballena se ve hoy un tanto plástica. (Ya sé, Moby Dick tendría que haber figurado en la lista de ayer, pero en fin... Con el mismo criterio, aunque existe una vieja película con Kirk Douglas yo no le haría ascos a una versión moderna de La Odisea.)

Watchmen, la historieta de Alan Moore y Dave Gibbons, ya está en camino por obra y gracia de Zach Snyder, el director de 300. Y aunque existen versiones animadas del Corto Maltés que se defienden, me encantaría ver una buena adaptación con actores de carne y hueso. (Tengo una sugerencia para el intérprete del Corto y todo: Romain Duris, uno de los buenos actores franceses del momento.)

Uno de mis sueños más delirantes es llegar a filmar una versión con actores reales -y CGI, por supuesto, dado que los personajes se transforman en animales- de The Sword in the Stone, que sólo se hizo como largometraje de Disney.

Tampoco se han adaptado hasta hoy ninguna de las novelas de Murakami. Ni American Pastoral, de Philip Roth.

En fin, ¿qué dicen ustedes? Soy todo oídos...

[Publicado el 08/11/2007 a las 10:45]

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Crímenes en nombre del arte

Vi que la gente del sitio de The Onion, había colgado uno de esos artículos tan ricos como pie para conversación: en este caso, se trataba de una lista de buenos libros que habían sufrido malas adaptaciones al cine. Pensé de inmediato en comentar aquí el asunto, aunque me parecía un tanto obvio. Después de todo, lo que sobran en este mundo son pésimas películas inspiradas en maravillosos libros. Es como pescar en un barril, dirían los ingleses. Pero enseguida me enganché.

En la lista había algunas elecciones obvias, como The Bonfire of the Vanities (Brian De Palma masacrando a Tom Wolfe), Bicentennial Man (Robin Williams masacrando a Isaac Asimov), The Scarlet Letter (Demi Moore masacrando a Hawthorne) y The League of Extraordinary Gentleman (Sean Connery masacrando la historieta de Alan Moore, con tanta saña que merecería haber ido a la cárcel por criminal). Pero también había algunas elecciones arriesgadas, y por ende más interesantes. Por ejemplo The Hours, de Michael Cunningham, cuya adaptación al cine fue ensalzada hasta la locura en su momento. Digan lo que digan, la gente del AVClub insiste en que The Hours la película es una porquería. ¿Ustedes qué piensan? ¿Les gustó la peli con Nicole Kidman y una nariz de goma interpretando a Virginia Woolf?

También me sorprendió que metiesen Breakfast at Tiffany's, pero la argumentación es buena. La película de Blake Edwards tiene encantos innegables (léase: Audrey Hepburn como Holly Golightly), pero también es cierto que se desvía del texto de Capote en algunos pasajes de manera imperdonable -por ejemplo en el final.

Lo que resultaba inevitable era que me pusiese a pensar en qué otros libros que no figuraban en la lista me habían hecho sufrir como perro en el cine. Debería decir: todas las adaptaciones de John Irving, empezando por El Mundo según Garp. Muchas de las adaptaciones de Dickens, empezando por el reciente Oliver Twist de Polanski. (Hablaron maravillas en su momento, pero a mí me pareció desangelada.) Todos los Robin Hoods a excepción del de Erroll Flynn, y todos los Reyes Arturo -incluido el Excalibur de Boorman, que tiene momentos fascinantes pero se suicida con el casting elegido para Arturo-Guenever-Lancelot. Todas las adaptaciones de James Ellroy salvo L.A. Confidential. Todas las adaptaciones de García Márquez. Casi todas las adaptaciones borgianas...

En fin, ya se me ocurrirán muchos títulos más. ¿Y a ustedes, qué adaptaciones los hicieron rechinar los dientes?

Mañana voy a meterme con otra lista del AVClub, esta vez en positivo: libros maravillosos que aún no han sido adaptados al cine y merecen serlo (bien). Vayan pensando...

[Publicado el 07/11/2007 a las 11:23]

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Del piquete como bien exportable

"¿Viste la tapa del New York Times?"

Era Marcelo Piñeyro, por teléfono. Le dije que sí, le había echado un vistazo bien temprano: había una foto que mostraba a un señor con un chaleco que decía 'writer', entregando panfletos a la gente que pasaba. Pero Piñeyro me convenció de que la fotografía principal había cambiado, aun cuando el tema que ilustraba era el mismo. En efecto, la foto de entonces mostraba a un montón de guionistas esgrimiendo carteles que decían: 'On Strike!' Es así, señoras y señores, los guionistas de cine y TV de los Estados Unidos están en huelga. Y no protestan de cualquier manera. Protestan a la argentina.

"¡Ahora exportamos la técnica de los piqueteros!"

Piñeyro tiene razón. La semana pasada yo recordaba aquí otra invención argentina de la que algunos norteamericanos hacen uso intensivo en sitios como Guantánamo: la picana eléctrica, obra del ingenio de Leopoldo Lugones (h). Por suerte el invento de los piqueteros es positivo, y le permite a uno decirse que no todo lo que exportamos es terrible. Además de picanas y de jóvenes que no hacen nada en el metro mientras le pegan a una chica indefensa, también exportamos formatos de protesta popular.

Si uno miraba los informativos podía ver por ejemplo a Damon Lindelof y Carlton Cuse, escritores y productores de Lost. Y a Amy Sherman-Palladino, la creadora de Gilmore Girls. Y a Tina Fey, guionista y actriz de 30 Rock. Todos sumados a la huelga que comenzó ayer, y que reclama que a los guionistas no los dejen afuera de las ganancias que el sistema ya está produciendo -y producirá por billones, de aquí en más- en materia de explotación electrónica de los productos que idean y escriben. Como se imaginarán, mi corazón está con ellos. Me gustaría haber concebido yo la escena de los guionistas-piqueteros protestando en el Skate Rink del Rockefeller Center, pero en fin, me ganaron de mano como tantas otras veces. Ojalá triunfen.

"¡Te di tema para el blog!," dijo Piñeyro antes de cortar.

Tenía razón. Gracias, Piñeyro.

[Publicado el 06/11/2007 a las 10:58]

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Esperando nacer

'Acabo de poner punto final a mi cuarta novela'. Esa fue la primera frase que escribí en este sitio, hace dos noviembres. Ayer domingo puse un punto final provisorio -lo que terminé en este caso es una primera versión- a la quinta. Todavía falta mucho para que pueda permitirme la alegría de entonces, vaya a saber cuántas reescrituras me esperan antes de convencerme de que la suerte de esta novela está echada. Pero todos aquellos que hayan escrito ficción alguna vez, y en especial, por su largo aliento, una novela, coincidirán conmigo que ninguna instancia del proceso se parece más al de clavar pica en la cima que el de añadir el último punto al capítulo definitorio.

No sé cómo lo viven ustedes, pero para mí lo que hoy comienza es la parte más disfrutable del asunto. La historia ya está contada, la estructura tendida, los personajes planteados. ¡Lo peor ya quedó atrás! (Ah, la de sabotajes que me hago en los tramos finales, cuando me resisto a terminar...)

Para ponerlo en términos miguelangelescos, lo que he hecho es elegir el bloque de mármol -esto es, la historia- y bocetado una forma algo brutal. Lo primero que uno comprueba es la idoneidad del bloque: si se ha equivocado en la elección, percibirá enseguida rajaduras internas, o dejará la forma por la mitad al descubrir que ha equivocado proporciones. Por el contrario, si el bloque es el correcto y uno lo esculpe con tosquedad pero hasta el final, lo que resulta es una primera versión que lo impulsa a uno a ir mucho más allá. Es la hora de retroceder unos pasos, quitarse el polvillo de los hombros y echarle una mirada panorámica. Si todo ha sucedido como debe, esa forma brutal parecerá estar luchando contra su materia para definirse del todo, como si bregase para salir del bloque. Será la imagen de algo lleno de poder -una forma que lucha por nacer.

Esa tarea empieza hoy. Ojalá pueda hacerle justicia a la historia.

Quería compartir con ustedes esta emoción, que no se parece a ninguna otra.

[Publicado el 05/11/2007 a las 11:06]

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Por amor al arte

Acabo de hacer algo imperdonable. Le reclamé un amigo un libro que le había prestado, antes de que pudiese leerlo. Por supuesto que tengo una buena excusa para ello, pero todos los criminales tenemos una. En plena escritura de una novela, sentí la necesidad de releer Divisadero de Michael Ondaatje en la esperanza -ingenua, lo admito- de que algo de esa inspiración se me pegue aunque más no sea al mancharme los dedos pasando páginas.

En el comienzo me reencontré con una frase que Ondaatje atribuye a Nietzsche: "El arte existe para que la verdad no nos destruya". Lanzado a romper tabúes como estaba, me permití descreer del viejo Friedrich. A fin de cuentas la verdad no es para tanto. Nacemos y morimos, a menudo sin hacer demasiado entre una y otra formulación verbal. Somos un destello de luz -y no hay luz que no genere sombras- en el universo infinito. En todo caso la verdad que puede llegar a destruirnos es la de nuestra insignificancia. Allí sí que el arte cobra sentido. ¿Qué sería de nuestras vidas si no hubiesen sido iluminadas por tantos libros, por tantos filmes, por tantas pinturas, por tanta música? Aunque más no sea durante un instante, traten de imaginar el trajín de una vida sin Mozart, sin Beatles, sin Miguel Angel, sin Picasso (cada uno de ustedes puede armar su propia lista de ausencias intolerables), y peor aún: sin instrumentos, pinceles y cinceles con que emularlos. ¡Cuán intolerable sería una existencia sin Coppola ni Brando, sin Dickens ni Shakespeare!

El arte existe para que avizoremos las alturas a que podremos llegar el día que seamos más fuertes que nuestros peores instintos.

Prometo volver a prestar el libro en breve, apenas se me vayan los pájaros de la cabeza. Esa es otra de las maravillas del arte, una característica que lo convierte en uno de nuestros bienes más preciados: que además de iluminarnos la vida nos llena de ganas de compartir la experiencia con cuanto Cristo se nos cruce delante.

Que tengan un bonito fin de semana. (Lleno de arte, quiero decir.)

[Publicado el 02/11/2007 a las 10:21]

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Una familia en busca de la Gran Novela Argentina

La historia de la que habla el documental Familia Lugones, dirigido por Paula Hernández, es verdaderamente apasionante. En parte por lo que sugiere el subtítulo del filme: 'Un viaje a la historia argentina del siglo XX'. En efecto, la antisaga de los Lugones -desde el fundador de la dinastía, el poeta Leopoldo, hasta su bisnieto Alejandro que como él se suicidó en el Tigre- es muy útil para revisar el derrotero del país a lo largo de ese siglo que, gracias al cielo, ha terminado ya de una vez. Pero aunque usar a los Lugones como prisma para ver otra cosa pueda ser útil, está lejos de ser concluyente. Hay algo en la dinámica interna de esa familia que no puede atribuirse tan sólo a las circunstancias políticas, sociales o culturales de un país.

Durante el documental alguien desliza el adjetivo 'maldita'. Resulta tentador usarlo para definir a la familia, si no fuese porque le hace escaso favor a la individualidad de cada uno de sus destinos, que en algún caso -como el de Pirí, nieta del poeta- se diferenció casi en un todo de las elecciones de sus antecesores. En todo caso, una cosa es clara: la riqueza de la experiencia que protagonizaron reclama, más que un libro de historia o un documental, la clase de investigación que sólo puede permitirse la creación literaria o cualquier otra de las variantes de la ficción.

Leopoldo padre fue izquierdista en su juventud y terminó siendo fascista. Apodado el Poeta de la Patria, produjo muchos libros que en buena medida resultan hoy ilegibles y jugó su prestigio al apoyo de las dictaduras militares. Que se suicidase en una casona del Tigre coincidiendo con la decadencia de una de tales autocracias no sorprendió a nadie. Su hijo, también llamado Leopoldo, se unió a la policía. Era alto oficial de ese cuerpo cuando obtuvo su triste fama, al poner en práctica la peregrina idea de usar los aparatos con que se daba corriente eléctrica al ganado en los interrogatorios policiales -y crear, así, la picana eléctrica: ¡otra de las grandes contribuciones argentinas a la Historia del Mundo!

Su hija Pirí, que fue una periodista brillante, se presentaba así: "Buenas tardes, yo soy la hija del torturador". En vida Pirí hizo lo indecible por apartarse de la sombra terrible de su padre y de su abuelo. Militó en la izquierda peronista, llegando a enamorarse de Rodolfo Walsh. Su hijo Alejandro, que había nacido con un defecto en la mano izquierda, tenía todo el aura de un poeta romántico. Eso era lo que apuntaba a ser -fue uno de los personajes ubicuos en la escena del incipiente rock nacional- hasta que decidió ahorcarse en el Tigre... lo cual le supuso hacer un nudo con su mano sana, tomándose el doble del trabajo de lo que entrañaría para una persona sin problemas físicos. Es fácil suponer que todo esto fue demasiada muerte para Pirí, que terminó secuestrada por la dictadura de los años 70. Según el testimonio de Horacio Verbitsky, gente que sobrevivió al campo de exterminio La Cacha, donde la recluyeron, dice que la escuchaba burlarse de sus captores durante la tortura, diciendo: "¡Ese aparato lo inventó mi papá!"

El documental incluye además testimonios de Horacio González, Noé Jitrik, Julia Costenla, Felipe Pigna y Osvaldo Bayer, entre otros. Y tiene un entramado ficcional que quizás sea innecesario, por más que ver a los dos actores que lo protagonizan -Nahuel Pérez Biscayart y Martín Piroyansky- siempre es un placer.

Eché de menos saber algo sobre los Lugones que sobrevivieron a los Lugones. Debe haber alguno que lleve adelante una vida plena y feliz, permitiéndonos espantar la leyenda de la maldición que tanto seduce a los argentinos, cuando sospechamos que nunca dejaremos atrás un destino de tragedia.

[Publicado el 31/10/2007 a las 11:15]

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Un cuento de Oz

Me quedé enganchado con algo que le dijo Amos Oz a Rosa Montero, en la última edición del dominical de El País. Oz contaba algo que le había referido el novelista israelí Shami Mijail. Según Mijail, había cogido un taxi entre Haifa y Be'er Sheva, lo cual supone recorrer medio país. (Es un trayecto que conozco bien.) En un momento del viaje el taxista le dice: "Hay que matar a todos los árabes". En vez de enojarse -cosa que yo hubiese hecho en su lugar, dada la inquietud que me sacude en estos días-, Mijail optó por preguntarle: "Pero, ¿quién debería matar a los árabes?" El taxista respondió: "Nosotros". Mijail lo presionó: "Sea más específico, por favor. ¿El ejército, la policía, los bomberos, los médicos? ¿Quiénes matarían a los árabes?" El taxista dijo entonces: "Cada uno de nosotros debe matar algunos". "Entonces usted que vive en Haifa -siguió Mijail, implacable- va a un edificio de apartamentos, llama al timbre, perdone, señor, señora, ¿es usted árabe? Pum, pum, les mata. Y así mata a todos y cuando termina se va para su casa. Pero cuando está abandonando el edificio escucha llorar a un niño pequeño en uno de los pisos superiores. Dígame, ¿dejaría al niño con vida? ¿Regresaría para matar al niño o no?" Según Oz, todo lo que el taxista atinó al fin a decirle a Mijail fue: "Es usted un hombre muy cruel".

La anécdota me refregó en la cara algo que por supuesto sabía pero me cuesta poner en práctica: que la dialéctica suele ser más efectiva, mejor pedagogía que la pura indignación, que el enojo frontal.

También me quedé pensando en una de las características propias de nuestra sociedad de masas, tan orgullosa de su organización fragmentada en especializaciones. El hecho de que un hombre ya no deba hacerse cargo de la totalidad de su existencia -produciendo sus propios alimentos, levantando su propia casa, protegiendo a los suyos- tiene sus ventajas pero a la vez entraña un pacto fáustico. Como de hecho existen gremios que harán las tareas que no hacemos, lo cual incluye las más desagradables, esa delegación nos anima -¡nos tienta!- a tolerar cosas que nunca nos animaríamos a encarar por mano propia.

Quiero decir: el hecho de que existan ejércitos, policías y cierto tipo de organizaciones políticas nos insta a usarlos para que nos quiten de encima molestias y presuntos peligros -grupos sociales, razas, núcleos políticos- con los que de otra forma no tendríamos más remedio que aprender a convivir. Como el arma está, la tentación de usarla existe. Total, como no vemos el daño con nuestros propios ojos ni matamos con nuestra propia mano podemos darnos el lujo de burlar la culpa... o por lo menos de presumir que la burlaremos.

Lo último que me impactó fue el comentario final del taxista. "Es usted un hombre muy cruel", le dijo a Mijail, después de haber propuesto la solución final para los árabes. Todo lo que hizo Mijail fue poner un espejo delante del taxista. La crueldad que veía, y en la que no quería reconocerse, era la suya propia.

[Publicado el 30/10/2007 a las 10:42]

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Foto autor

Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

Obras asociadas

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