He llorado millones de veces en el cine, pero esta es la primera vez que lloro viendo un trailer.
La película se llama Nowhere Boy, y me detuve porque había leído cosas muy auspiciosas sobre ella. Dirigida por Sam Taylor-Wood (ojo, que es una mujer), lo que cuenta es la adolescencia de aquel que terminó convirtiéndose en un nowhere man: John Winston Lennon de nacimiento, y más tarde John Ono Lennon por amor.
En esencia el trailer hace lo que todos: presentar el conflicto de la historia en breves imágenes. Pero supongo que hay algo en esa trama (el niño abandonado por su madre y criado por una tía estricta, el padre ausente, la reaparición de la madre cuando John tenía 16, su trágica muerte, la rebeldía inevitable y la canalización de esa energía en la música más maravillosa del último siglo) que reverbera en mí con dimensiones mitológicas.
Una de las cosas inteligentes que el trailer hace –siguiendo el derrotero del film, imagino- es tornar creíble lo increíble: que un actor joven (Aaron Johnson, que también protagoniza otra peli que tengo muchas ganas de ver: Kick Ass) que no se parece en nada a Lennon vaya metamorfoseándose en el personaje a medida que corren las brevísimas escenas. Al principio del trailer uno se siente escéptico: ¿será posible que una película triunfe donde tantas otras fracasaron y nos haga creer que estamos viendo a Lennon? Sobre el final de esos casi dos minutos, al menos a mí ya no me quedaban dudas. No porque Johnson hubiese acentuado el parecido físico mediante maquillaje y utilería, sino porque en efecto empieza a transmitir esa extraña, mercurial mezcla de soberbia y fragilidad, de humor y crueldad, de talento y de pathos que hizo de Lennon quien fue.
Se los dejo aquí, para que le echen un vistazo. Si son tan fanáticos de Los Beatles como yo, estoy seguro de que lo disfrutarán. (Esto también va para vos, Andrés Neuman.)
Qué ganas de ver esa peli…
[Publicado el 24/2/2010 a las 18:52]
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Esta es una máxima de la que ninguno de nosotros se libra. Anótenla: Todo escritor es, o llegado el caso se comportaría como, groupie de (al menos) un escritor entre sus contemporáneos.
Cualquier escritor que pretenda lo contrario está mintiendo como una marrana. Por supuesto, la forma que los escritores tenemos de manifestar nuestra devoción suele ser bastante peculiar. Conozco varios que estarían más que dispuestos a prender fuego a sus ídolos y después comérselos, a la mejor manera de ciertas tribus de antaño. Pero (por fortuna para los grandes escritores) no todos tenemos instintos tan antropofágicos.
Si tuviese que confesarme, mi lista sería larga. Empezando por Ondaatje, claro. Podría ser Chabon, también. Salinger se me ha muerto hace tan poco… John Irving, claro. ¡Lorrie Moore! Dennis Lehane. …En fin: ¡muchos más!
Todo lo que antecede es preámbulo para esta pequeña historia. Digamos que la semana pasada, por obra y gracia de un amigo dilecto, tuve la fortuna de cenar aquí en Barcelona con uno de esos escritores a los que admiro profundamente. Una vez superado el pánico escénico, la velada se convirtió en una de esas noches que recordaré siempre. Porque no volteé botella de vino alguna y porque no flambeé a nadie, para empezar, pero ante todo por los méritos del escritor en cuestión. (Cuyo nombre mantendré en secreto, si me permiten, dado que se trató de una cena privada y no de un encuentro profesional.)
A los méritos artísticos que ya me constaban sobradamente, este hombre sumó el mayor de los encantos. Hizo gala de humor y de sensibilidad, demostrándome que más allá de su ideario estético, tenía –como su ficción permitía entrever- el corazón en el lado correcto del pecho. Además me trató como el igual que no soy, y sobre el final dio prueba de su generosidad, no sólo porque se hizo cargo de la cuenta (God save America), sino porque por motu proprio me instó a mantenerme en contacto. (¡El sueño dorado de todo groupie!)
Descubrir que un artista está a la altura de sus obras como ser humano, créanme, no es tan habitual como a uno le gustaría. Este gremio tiene mayor proporción de miserables que la mayoría. Por fortuna, tanto mi amigo como el escritor de marras son una (maravillosa) excepción a la regla.
[Publicado el 23/2/2010 a las 15:32]
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Después de considerar formulaciones más elegantes y apropiadas a un juicio estético temperado, voy a quedarme con mi reacción inicial al salir del cine: ¡qué bodrio que es Shutter Island!
Admito que era una peli difícil ya desde su fuente. Como admirador del escritor Dennis Lehane, puedo decir que Shutter Island es la única floja de todas las novelas suyas que he leído. Tanto cuando se apega a los procedimientos del policial (Gone Baby Gone), como cuando adopta un esilo más lírico (Mystic River) o busca un aliento épico con fresco de época (The Given Day), Lehane es soberbio. En cambio aquí recurre a un mecanismo de género que al principio nos hace agua la boca –década del 50, policía acudiendo a una isla inexpugnable donde se encierra a los ‘criminalmente insanos’ para investigar la inexplicable desaparición de una mujer- y que sobre el final, al dar vuelta el tablero, inspira más la sensación de haber sido estafados que la de haber asistido a un inteligente juego de apariencias.
Martin Scorsese tampoco ayuda. Espolvorea aquí un poquitín de Hitchcock, adorna aquí con un reborde de crema Kubrick, pero lo que lleva finalmente a la mesa sabe a un De Palma de segunda mano. Ya llevo años acudiendo a ver sus películas esperando encontrarme con su resurgimiento, pero salgo más decepcionado cada vez. Como lo admiro mucho (durante mis tiempos de periodista, fue el único de mis entrevistados al que le pedí una foto a su lado), suelo echarle la culpa a la perversidad de Hollywood, que lo miraba de soslayo mientras filmaba sus obras maestras y terminó premiándolo con un Oscar por la más olvidable de sus películas, esa remake de otro film mejor llamada The Departed.
Shutter Island es de esas películas que lo hacen sentir incómodo a uno en los momentos más inadecuados, y por todas las razones erróneas. Vi por allí que mucha gente sugería que era ‘la The Shining de Scorsese’, apelando a igualarlas en tanto retratos de una desintegración mental. Pero al trazar el paralelo con el clásico inmarcesible de Stanley Kubrick, todo lo que logran es subrayar las enormes distancias que van de uno al otro film.
Que haya obtenido el primer lugar de recaudaciones en USA (eso dice el New York Times esta mañana), no significa nada. Shutter Island es de esas películas que cae locamente en la segunda semana de exhibición, condenada por el boca a boca de la gente que sugiere a los amigos que si quiere ir al cine saque pasaje a otra isla mejor.
[Publicado el 22/2/2010 a las 09:06]
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Resulta extraño ver anunciado a Richard Price como “el guionista de The Wire”. Para mí y para tantos otros, Price es desde hace tiempo algo más. El novelista de Clockers y Samaritan, para empezar: uno de los más exitosos rapsodas de la ciudad contemporánea concebida como personaje, un enclave sin centro y sin fin, con más ruinas que historia y sin otro futuro que una repetición interminable, y por ende kafkiana, de este presente carcelario. En cualquier caso, podría pensar también en Price como el guionista de The Color of Money y Sea of Love. Pero el ciclo que lo presentó ayer en la Caixa Forum de Barcelona apunta a pensar la narrativa en los medios más populares de hoy, y en este contexto la serie The Wire, como subrayó Rodrigo Fresán y se dijo aquí mil y una veces, es simplemente la mejor serie de la historia de la TV y en consecuencia estar asociado a ella no debería sonar a desmérito. Demonios, si hasta podría predicar algo más sin temor a exagerar: que The Wire es la mejor adaptación a un medio audiovisual de una novela que Richard Price no escribió nunca.
Ayer Price se mostró en su mejor forma. Filoso y lleno de humor, no vaciló en distanciarse del fenómeno Mad Men con fundamento (atribuyó su éxito al peso de la nostalgia que muchos experimentan respecto de un tiempo que, a su juicio, “nunca fue del todo así”), y se rió de series como Sex & the City con los mismos argumentos que emplearía en una charla de bar en el Lower East Side: “¡Eso es para chicas!”
Después de incurrir en un desliz que haría las delicias de cualquier psicoanalista (queriendo decir ‘mi hija’, dijo ‘mi novia’), se dedicó a cantar una épica oculta, la de las batallas que el productor David Simon presentó a los ejecutivos de HBO para llevar adelante el show que había soñado y que desde entonces –desde que The Wire salió al aire por vez primera- es el show con que nosotros no dejamos de soñar. Según Price, su amigo Simon es “tan reventadamente de izquierdas” que aplicó a la narrativa de The Wire el mismo tamiz democrático que aplica a todo en su vida. Lo cual derivó en la estructura coral de The Wire, que representa su gloria en materia narrativa y constituye también la explicación de los límites de su popularidad. Ese sentido de búsqueda de justicia todo terreno lo impulsó además a pagarle de su bolsillo a escritores como Price y George Pelecanos y Dennis Lehane, “hasta que avergonzó a la HBO lo suficiente” para que escribiesen nuevos cheques.
Por fortuna Fresán lo impulsó también a hablar de literatura. Fue una delicia oírle decir que además de preocuparse por lo que cuenta, el novelista debe buscar una música que transporte al lector. Todavía recuerdo esa tarde de Madrid, tiempo atrás, cuando acababa de comprar Lush Life (última novela de Price, que acaba de editarse aquí como La vida fácil), y mi amigo Juan Gabriel Vásquez se puso a leer en voz alta el párrafo que la abre, llenando de música esa habitación del Hotel de las Letras. El deslumbramiento que inspira The Wire no debería ocultar el hecho de que Price es simplemente uno de los mejores narradores de hoy full stop, creador de un territorio lírico que Walter Kirn delimitó bien al ubicarlo en el mapa literario en algún punto “entre Raymond Chandler y Saul Bellow”.
Fue un gusto escuchar sus palabras. Y también un honor.
[Publicado el 18/2/2010 a las 10:40]
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Lo que sigue es un fragmento del prólogo que escribí para Mijail Bulgákov y Evgeni Zamiatin: Cartas a Stalin, un libro que acaba de editar en España Veintisieteletras. Lo pongo aquí no porque el prólogo importe, sino para llamar la atención sobre el libro en sí mismo y la obra de estos autores que emprendieron una lucha quijotesca contra el poder omnímodo del Estado.
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En su introducción a la trilogía The Coast of Utopia, el dramaturgo Tom Stoppard recuerda la historia que fue semilla de esas obras. Su inspiración, dice el autor de Hapgood y The Invention of Love, nació de una anécdota sobre Vissarion Belinsky, un crítico literario que trabajó entre Moscú y San Petersburgo en la primera mitad del siglo xix.
Debido a su mala salud, las autoridades rusas concedieron a Belinsky un permiso para viajar a Alemania, desde donde se trasladó a París. Una vez allí, sus nuevos amigos y los viejos conocidos que habían optado por el exilio le pidieron que no regresase a su patria, «donde vivía una existencia precaria bajo la mirada maligna de la policía secreta del Zar». Sin embargo Belinsky no quiso ni siquiera considerar la idea. Según dijo, en San Petersburgo, aun bajo una censura punitiva, «la gente consideraba que sus verdaderos líderes eran los escritores. El título de poeta, novelista o crítico –dice Stoppard– importaba de verdad».
Cuando uno lee las desgarradoras cartas que Mijail Bulgákov y Evgueni Zamiatin dirigieron a Stalin, conviene tener claro aquello que Belinsky sabía tan bien: que incluso en la Rusia de la Revolución, la de escritor no era una profesión más.
Lejos de reclamar el derecho a publicar un best-seller, salir en las revistas y ser invitados a todas las fiestas, lo que Bulgákov y Zamiatin le solicitaban al poder era que les permitiese seguir existiendo en la comunidad de la única manera que sabían –esto es, siendo escritores.
En nuestra cultura de bajas calorías, donde la única relación entre los escritores y su comunidad suele ser mediática y regida por la conveniencia, las tribulaciones de Bulgákov y de Zamiatin corren el riesgo de ser malentendidas. El presente volumen de Cartas a Stalin puede ser, pues, sumamente útil como correctivo: porque permite evaluar lo que arriesgaron estos hombres para preservar su arte, y porque nos ayuda a reconsiderar lo que debería ser el rol del escritor, incluso –o mejor dicho: más que nunca– en estos tiempos de new media.
[Publicado el 16/2/2010 a las 15:24]
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No sé que pensarán los que viven aquí (la tendencia a ningunear al compatriota simplemente porque es del mismo vecindario no es patrimonio exclusivo de la Argentina, por cierto), pero para mí que la vi desde afuera, la ceremonia de entrega de los premios Goya al cine de España fue más que digna. Entretenida (gracias, Andreu Buenafuente: haz hecho mucho mejor papel que mi admirado Jon Stewart en los Oscar, sin ir más lejos), celebratoria en medida justa (después de todo, si hay un año en que el cine local tiene derecho a celebrar es es el 2009 que acaba de concluir) y con la dosis de humor necesario para no tragar sin agua la píldora del artista. En este sentido, el discurso del actual presidente de la Academia de Cine (y ante todo, al menos para mí, director de El día de la bestia) Alex de la Iglesia puso el tren en la vía correcta, con su llamamiento a la humildad. “El público, que es la gente para la que trabajamos, ha ido a ver nuestras películas más que nunca, y eso es un honor y un orgullo. No pensemos que somos mejores por eso. Pensemos que nos han dado una oportunidad. Hay que aprovecharla”. Me tomo esas palabras en serio, porque siento que el sayo me cabe.
El discurso de Alex de la Iglesia constituyó un llamado a la ubicación que excede los límites de la disciplina cinematográfica. “No somos tan importantes. Importante es salvar vidas en un hospital. Eso sí que debería tener trascendencia mediática… Creemos que somos artistas, genios alternativos, creadores. Antes de todo eso, somos trabajadores. Nos pagan por hacer un trabajo, y hay que hacerlo bien”. Ojalá haya también escritores, y artistas plásticos, e historietistas, y dramaturgos que se reconozcan en estas palabras.
También fue sensato en su evaluación del sentido de la entrega de premios. “Estamos aquí –reconoció- para que esta gala sea divertida, promocionar las películas, y que la gente vaya al cine”. Si ese es el rasero, conmigo cumplieron con su cometido: las imágenes que se repitieron durante la noche me dieron ganas de salir a ver Celda 211, Agora (todavía estoy a tiempo en algún lugar, creo), Gordos, Tres días con la familia y unas cuantas más.
Y por supuesto, el hecho de ver celebrada a gente que conozco y quiero también ayudó. Los Goyas recibidos por El secreto de sus ojos, la candidatura de Cristina Zumárraga como directora de producción de la película de Soderbergh sobre el Che y Juan Gordon de Morenafilms recibiendo el premio mayor concedido a Celda 211 me hicieron sentir que, aunque más no sea de tanto en tanto, los buenos también reciben reconocimiento.
Más allá de los detalles, estoy convencido de que el cine español ha hecho un esfuerzo meritorio en este último tiempo por hallar el balance entre las historias mínimas que merecen ser contadas y la inserción en el ágora planetaria del relato audiovisual, imprescindible para que las industrias cinematográficas puedan sobrevivir. Desde aquí, mis más profundos –y humildes, ya que no puede ser de otro modo- respetos.
[Publicado el 15/2/2010 a las 15:01]
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¿Qué es lo que me enamoró tanto de la literatura de Irving? Que encapsulaba de un modo profundamente personal alguna de las cosas que más me gustan de la literatura. (Y por ende que más persigo en mis novelas, salvando las enormes distancias que me separan de aquellos a quienes considero maestros.) Empezando por el largo aliento: aquellos relatos que se prolongan durante décadas y le conceden al lector la sensación de haber pasado una vida entera junto a esos personajes. Los personajes entrañables: fallidos siempre como seres humanos, pero dignos de la redención que tanto buscan. El sentido del humor. (“Escriba lo que escriba, por más gris u oscuro que sea el tema, siempre me va a salir una novela cómica”, declaró alguna vez.) El empleo de la literatura como una variante del exorcismo. (“Escribo una y otra vez –contra mi voluntad- sobre las cosas que más temo”) Y la dedicación a las cuestiones esenciales de la vida: los afectos, la identidad, la posibilidad de hacer el bien aunque esto implique incurrir en un anacronismo. En un tiempo donde las únicas cosas que parecen importantes en la literatura son las que atañen a la literatura misma y sus minucias, Irving es de los que creen que los mejores libros son los que hablan, más bien, de otras cosas. Leyendo a William Goyen hace poco tiempo tuve (como la tengo cada vez que leo a Salinger) la misma sensación: de que la mejor literarura se produce cuando uno no está pensando en cuestiones librescas, sino más bien en los misterios de la vida.
Gracias, Fresán. Nuevamente.
Cuando termine el libro espero estarle agradecido a Irving otra vez, como lo estuve con Garp, The Cider House Rules y A Prayer for Owen Meany.
[Publicado el 12/2/2010 a las 17:14]
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BB (Bruno en Barcelona: un diario)
Estas son algunas de las cosas que Bruno F sintió, experimentó y descubrió a partir de la decisión de sus padres de viajar lejos de casa.
(Continuará.)
[Publicado el 10/2/2010 a las 13:36]
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La primera llamada que recibí a mi llegada a Barcelona quedó atrapada en el contestador. Era Rodrigo Fresán, dándome dos buenas noticias. La inicial concernía a su bienvenida: nos deseaba lo mejor en esta ciudad a mí, a mi mujer y al pequeño Bruno. La segunda era todavía mejor: "Te llamo desde la entrega del premio Seix Barral, que acaba de ganar Guillermo Saccomanno".
Conozco el nombre Saccomanno desde que era pequeño y leía las historietas que Guillermo guionaba, en las revistas de la hoy legendaria Editorial Columba. Cuando crecí, Guillermo se me impuso también como escritor: uno de esos pocos que valen la pena y que siempre se recomiendan, para contrarrestar la literatura chirle y lavada que suelen recomendar los suplementos literarios. Cada uno de sus libros es totalmente distinto del anterior (si hay que creerle al jurado del Seix Barrral y a la prensa, El oficinista no se parece en nada a, por ejemplo, Roberto y Eva), pero siempre ofrecen la misma garantía: una escritura visceral e iconoclasta, coherente con el deseo de dejar huella en la historia -la de la literatura, pero también la que suele escribirse con mayúsculas- que sólo encuentra cauce en los conceptos arltianos de la prepotencia de trabajo y de la búsqueda de un relato con potencia de cross a la mandíbula.
Dias atrás, en plena celebración de mi cumpleaños, el guionista de televisión Marcelo Camaño (uno de los mejores, sino el mejor, de todo el medio argentino), quiso demostrar que la encuesta de un diario sobre los mejores narradores de la primera década del siglo era una farsa, y para ello presentó esta prueba irrefutable: "¡Apenas sólo una persona votó La lengua del malón!"
Que, por si no lo sospecharon todavía, es una de las novelas esenciales de Guillermo Saccomanno.
La noticia de su triunfo hizo todavía más dulce la llegada a esta ciudad bella y ensopada por las lluvias.
[Publicado el 09/2/2010 a las 16:40]
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La vida tiene estas cosas deslumbrantes. Hace un par de días mi padre me trajo copias en papel de viejas fotos en blanco y negro (lo admito: ¡yo soy de la época en la que todavía había tranvías y no existía el control remoto!), en las que tengo unos pocos días de vida y mamá me sostiene en brazos. Pero además me trajo un par de hojitas garabateadas con una letra conocida. “Esto lo escribió tu madre”, dijo. El papel no tenía encabezamiento ni fecha alguna. Lo cual lo tornó todavía más inquietante. No ocurre todos los días que uno reciba carta de la madre que murió hace veinte años.
Lo que me asombró fue que el texto arrancase con una disquisición sobre la forma en que evolucionamos biológicamente que parecía un eco de ciertos párrafos de Kamchatka. (Que escribí, por cierto, después de la muerte de mi madre, y casi a modo de despedida.) Después viene una frase que suena a testamento, a la expresión de aquello que deseaba legarnos. (Otra vez: ¿cuándo escribiste esto, madre mía? ¿Estabas ya enferma y consciente de ello?) “…el deseo de ayudar al prójimo en la medida de nuestras posibilidades, el afán de perfeccionarse en todos los niveles, la humildad de comprender y aceptar nuestras limitaciones”, puso con esa letra suya redonda, elegante, inconfundible.
Pero lo que me habló más directamente fue un adagio oriental que citó así: “Cuando tú naciste, todos sonreían, sólo tú llorabas. Haz que cuando mueras todos por ti lloren, y sólo tú sonrías”.
En eso estoy, madre. En eso estoy.
[Publicado el 05/2/2010 a las 13:01]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.
Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.
Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
Aquarium (2009). Ediciones Alfaguara
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Las viudas de los jueves (2009)
Fecha de estreno: 10 septiembre 2009
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro, basado en la novela de Claudia Piñeiro
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro según la novela homónima de Ricardo Piglia.
20/3/2010 12:03
Publicado por: Michael
20/3/2010 10:04
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
19/3/2010 23:33
hola chicos me llamo m-juana...
Publicado por: maria juana
19/3/2010 18:42
Publicado por: Irena
18/3/2010 23:13
Publicado por: after dark de Nicolás
18/3/2010 22:30
Publicado por: Santiago
18/3/2010 20:02
Si la idea es vieja, queda poca...
Publicado por: Idóneo
17/3/2010 18:53
Publicado por: figueras
17/3/2010 16:31
No me imagino a un Fellini para...
Publicado por: dani
17/3/2010 06:36
Publicado por: Mayté
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