Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Marcelo Figueras

Escucha entre el ruido

Yo sé que encontrar el programa no es fácil. Al menos en la grilla de mi servidor de cable, el canal 7 -que debería ser el más accesible de todos, en tanto es el único de los públicos con llegada de un extremo al otro del país- quedó en el desangelado número 15, esto es más allá de la secuencia de canales de aire, perdido entre una emisora de variedades y otra de deportes. Cosas de la política de medios... Pero en fin, aunque más no sea a juzgar por la primera emisión, la búsqueda vale la pena. El programa se llama Elepé -así como le decíamos a los viejos y hoy venerables discos de vinilo- y dedica cada una de sus emisiones a investigar cómo fueron concebidas las obras más memorables del rock argentino. /upload/fotos/blogs_entradas/fitopaezelamordespuesdelamordel1993delantera_med.jpgEn su debut de la semana pasada se dedicaron a El amor después del amor, que además de ser el disco más vendido de la historia del rock de estos lares marcó la consagración popular de Fito Páez y sigue siendo una de las cotas más altas de su obra. Este miércoles a las 23, si no leí mal por allí, le dedicarán la emisión al folk urbano de Pedro y Pablo, legendario dúo de Miguel Cantilo y Jorge Durietz.

Conducido por Nicolás Pauls, con producción periodística de Marcelo Fernández Bitar y guiones del escritor Eduardo Berti, Elepé es lo que suele llamarse a labour of love: un trabajo hecho por gente que no sólo conoce el paño, sino que además ama a esta música que ha sido tan determinante de nuestra cultura. Con producción general de Lisandro Ruiz y dirección de Javier Figueras (que, nobleza obliga a confesarlo, viene a ser mi hermano), el programa mostró en su debut las modalidades de su procedimiento: importa todo lo que confluye en el caldero donde se cuece una obra, desde las circunstancias históricas del momento hasta las personales -en el caso de Fito, su romance de entonces con Cecilia Roth-, pasando por las fuentes de inspiración en la composición de los temas, hasta el proceso mismo de grabación y la repercusión del disco. En la emisión original, fue particularmente didáctico ver a Tweety González mezclando pistas originales -mucha gente no tiene demasiada idea de cómo funciona una consola de grabación- y rescatando demos originales.

La gente de Elepé tiene a su disposición tantos discos maravillosos e imperecederos que se me hace agua la boca de sólo pensarlo: Charly García solista y con bandas, Spinetta solo y con bandas, Manal, los Redonditos, Alas, Arco Iris, Crucis, el debut de Baglietto, Gieco, Sumo, Soda Stéreo, Fricción, La Portuaria, Babasónicos... Va a ser todo un viaje, imagino, volver esta noche a la Argentina tan remota de la pre-dictadura, y entender hasta qué punto las canciones de Pedro y Pablo siguen hablando de cuestiones aun vigentes, a menudo por irresueltas. Como Cantilo, yo también podría cantar hoy: ‘Y sin embargo yo quiero a este pueblo / tan distanciado entre sí, tan solo'.

El arte verdadero nunca pasa de moda.

[Publicado el 14/5/2008 a las 07:00]

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Dos poetas, la misma sangre

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El poeta argentino Juan Gelman recibe de manos del Rey el premio Cervantes.

No sé nada de poesía, pero puedo reconocer a un poeta cuando lo veo.

De todo lo que se dijo -mucho, y con justicia- sobre Juan Gelman en ocasión de recibir el premio Cervantes, lo he olvidado todo salvo un verso a partir del cual se pueden construir universos. Es parte de un poema llamado Sí, y constituye una de esas frases que uno querría escribir en todas las paredes de la ciudad y hasta en la propia tumba a modo de epitafio. El verso encierra en tan sólo cuatro palabras un plan de vida, un programa revolucionario (que empieza, como cuadra a un poeta, revolucionando el lenguaje) y un mensaje para las generaciones por venir, a modo de definición de la condición humana. Dice (¿simplemente?) así:

‘El emperrado corazón amora'.

No sé ustedes, pero a mí me gustaría ganarme el derecho a sentirme expresado por ese verso.

La sorpresa fue el segundo poeta a quien descubrí entre tanto artículo celebratorio. Se llamaba -se llama- Marcelo Gelman, era -es- el hijo de Juan que fue víctima de la dictadura militar y no tiene -creo- obra édita individual, pero me basta con el corto poema que llegó a mis manos para considerarlo en la misma categoría que su padre. El texto formó parte de la extensa charla que Horacio Verbitsky sostuvo con Juan Gelman en Madrid, en un hueco entre uno y otro homenaje, y que publicó Página 12 hace algunos días. Gelman recordó allí una cena durante la cual Marcelo escribió un poema sobre un mantel de estraza. Versos que, como resulta inevitable en un padre huérfano de hijo, Juan recordó de memoria:

‘la oveja negra

pace en el campo negro

sobre la nieve negra

bajo la noche negra

junto a la ciudad negra

donde lloro vestido de rojo'.

Gelman dice haber conservado algunos otros poemas de Marcelo, que han sido publicados en una antología de poetas desaparecidos (‘Hay más de cien', aclara: más de cien poetas muertos, otro de los tristes records de la dictadura.) Según Juan, muchos de esos poemas suenan a ‘auto profecías cumplidas'. Supongo que Gelman se referirá a intuiciones que aquellos poetas habrán tenido sobre su propio destino. Pero en esta Argentina del campo maldito, cubiertas por cenizas de un volcán y llena de gente que parece añorar la noche negra, los que lloramos vestidos de rojo somos mucho más que cien; el poema-profecía también nos nombra.

[Publicado el 13/5/2008 a las 09:43]

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Carrera contra el destino

/upload/fotos/blogs_entradas/meteoro_med.jpgA mis hijas les gustó Meteoro, pero a mí... Es verdad que soy el único de la familia que conserva el recuerdo del dibujo animado, que junto con Astroboy me introdujo en el delicioso mundo de la animación japonesa. Sin embargo mi reticencia ante Meteoro no pasa por su fidelidad o sus deslices respecto del original, sino en la clase de película que los hermanos Wachowski, como guionistas y directores, han terminado pergeñando.

Yo no alentaba deseo alguno de sentir nostalgia. Ni mucho menos esperaba que los Wachowski tratasen a su fuente con excesivo respeto: ¿cuán ‘fiel' se puede ser a las aventuras de un chico que, al volante de un auto que todavía sigue siendo insuperable -ah, el diseño del Mach 5...-, se limita a correr carreras en parajes exóticos? No estamos hablando del Ulysses, precisamente. En todo caso, los Wachowski han sido reverentes por demás con su fuente, pasando por la línea general del relato -Meteoro y su familia, el subtrama del misterioso Racer X-, los recursos narrativos y hasta en los detalles, por ejemplo en la colorida gorrita del hermano menor, que en inglés se llama Spritle y a quien el doblaje rebautizaba como Chispita. (Personaje, dicho sea de paso, que empieza gracioso y termina insoportable.)

Lo que sí esperaba, en parte porque los Wachowski se ocuparon de insinuarlo, es que Meteoro se atreviese a una mínima experimentación en el terreno de lo narrativo. Por supuesto que no me refiero a una experimentación en el sentido, digamos, godardiano que podría tener el término, sino en aquel que de tanto en tanto produce Hollywood como vanguardia tecnológica. El uso que los Wachowski hacen de la tecnología digital y de su abultadísimo presupuesto me resultó inefectivo. Cualquiera de los capítulos de la serie original era más emocionante que este mamut de dos horas y pico. Los actores se ven incómodos, y su actuación termina siendo tan equivocadamente artificial como las imágenes digitales que se recortan todo el tiempo -y de manera ostensible, para mi sorpresa- detrás de sus siluetas. El único recurso narrativo que puede parecer novedoso (la forma de articular flashbacks en imágenes que discurren a espaldas de los personajes), está tomado verbatim del dibujito original, si mi memoria no falla. ¡Un presupuesto de 150 millones y otros 100 para marketing no les bastó para conjurar la magia de un original producido por monedas!

Lo que está ausente de este Meteoro es la energía infecciosa que los Wachowski sólo encontraron en la Matrix original, cuando Neo comprende que es dueño de poderes insospechados; ese vértigo que entonces personaje y creadores compartían, el de descubrir que podían hacerlo (casi) todo. Desde entonces quedó claro que los Wachowski no saben qué hacer con sus poderes. Meteoro es igual a un videogame de gráficas espectaculares, que carece de toda gracia a la hora de jugar. En cambio Iron Man, flamante versión en celuloide de una historieta original de la Marvel -que yo conocí en su formato de primitivo dibujo animado-, está llena de gracia. Acabo de leer que triunfó en la taquilla de USA por segunda semana consecutiva, más que duplicando la recaudación de Meteoro, estrenada este viernes.

La gente no es tonta.

[Publicado el 12/5/2008 a las 09:38]

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Teoría de la (anti)derrota

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Me quedé prendido de una anécdota que contó Villoro el otro día. Dijo que desde hace muchos años, el fútbol mexicano está lleno de argentinos. Y que lo primero que los futbolistas argentinos descubren al llegar a México es que tienen labia: a comparación de los deportistas locales, a los que describió como monosilábicos, los argentinos están verbalmente dotados. Es así que -siempre según Villoro- destacan enseguida por su habilidad a la hora de analizarlo todo ante cámaras y micrófonos. Pueden desbrozar el partido, el desempeño de propios y ajenos, la labor de los jueces -y por supuesto, la suya propia.

Villoro dice que el problema es que, a medida que desarrollan esta habilidad de explicarse, cada vez juegan peor. Se tornan capaces de hilar infinitas teorías que explican su propia derrota, a la vez que se vuelven inoperantes en el campo de juego.

No sé si Villoro articuló esta tesis en el momento o si aprovechó para deslizar una crítica sutil a nuestra idiosincracia; lo cierto es que cuando alguien le preguntó si esta condición de ‘teoristas de la derrota' podía aplicarse al resto de los argentinos y a sus otras circunstancias, Villoro declinó semejante responsabilidad. Pero al menos a mí me dejó pensando. Me recordó al Ortega que, viendo a nuestros antepasados tan inflamados por sus propios discursos y nociones de grandeza, los llamó a la cordura diciendo: ‘Argentinos, a las cosas'.

Supongo que a esto se refería Pedro días atrás, en el comentario que colgó al post donde yo comparaba a la Argentina con Elizabeth Fritzl, la hija del ‘monstruo de Austria'. Creo que entendió que yo optaba por el camino más fácil, en el mismo sentido de los ‘teoristas de la derrota': en este caso, achacarle la culpa a ‘los chacales de siempre', que operarían como predadores sobre ‘el inocente pueblo argentino'. Según Pedro, esta presunta interpretación mía es un ‘reflejo inmaduro'. Es obvio que Pedro no leyó, por ejemplo, los textos que le dediqué aquí mismo a buena parte de la clase media de este país, en especial la de Buenos Aires, bajo el título de El hecho maldito. Estoy lejos de creer que el pueblo argentino es inocente. La sociedad que miró para otro lado mientras los chacales del 76 consumaban su masacre no puede ser inocente, nunca. Precisamente por eso, si nuestra sociedad actual se niega a identificar a los chacales de hoy -que existen, y son criollos-, estaría repitiendo el error de antaño. Lo inmaduro sería no verlos, Pedro. Lo inmaduro sería -es- hacerles el juego.

Yo no me considero del todo inocente. Tenía alrededor de 12 años cuando empezaron en este país los secuestros, asesinatos y desapariciones sistemáticos, y aun así conservo la sensación de que podría haber hecho algo, por mínimo que fuese, para que las cosas resultasen de otra manera. Y como parte de aquella sociedad, sigo pensando que hasta que no hagamos algún tipo de mea culpa colectivo no tendremos perdón de Dios. (No me pregunten qué habría que hacer, escapa a mis posibilidades. Lo mínimo, en todo caso, es apoyar la búsqueda de justicia formal que llevan adelante organizaciones de derechos humanos y familiares desde hace treinta años.) Pero tampoco soy un chacal, Pedro: no soy de la clase de gente que persigue su propio bienestar con tanta ferocidad, que no le importa que el país se incendie en el proceso. Y tampoco formo parte de los medios que disfrazan sus intereses privados como si fuesen bien común. Ni pertenezco al coro que apoya a los chacales, confundiéndolos con salvadores de la Patria. (¿Le han prestado atención al ceremonial que rodea cada anuncio de las cuatro entidades del campo -los Cuatro Jinetes? Se presentan a sí mismos como una suerte de gobierno paralelo en la resistencia. ¡Como si la Sociedad Rural no hubiese apoyado a todos y cada uno de los golpes de Estado!)

No voy a dejar de acusar a los que considero responsables del presente estado de cosas, aceptando la socialización de la culpa y la dilución del juicio que conlleva. Ni elaboro teorías sobre la derrota, porque no me considero derrotado. Estoy aquí y digo lo que digo, en todo caso, porque esta es una de las formas en que presento batalla.

[Publicado el 09/5/2008 a las 11:58]

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Conversar a mi manera

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Manuel Vicent y Juan Cruz, durante su participación en la Feria del Libro de Buenos Aires.

La charla entre Juan Cruz y Manuel Vicent en la Feria del Libro fue -más literalmente que nunca- deliciosa. La excusa era que presentasen sus nuevos libros: Ojalá octubre en el caso de Juan Cruz, Comer y beber a mi manera en el caso de Vicent. Lo cierto es que la conversación cobró vida propia y fue por donde quiso, cuanto más caprichoso el derrotero, mejor.

Tanto Vicent como el responsable de Alfaguara Argentina, Augusto Di Marco, bromearon con la hiperkinesia de Juan Cruz, que suele traducirse en una extraña sensación de ubicuidad: el hombre tiene una energía tan grande, que parece estar en muchas partes a la vez. Además de lo que le debemos como escritor, creo que Juan Cruz merecería un monumento a uno de los más grandes ‘facilitadores' de nuestra cultura. Infatigable, no cesa de producir conexiones entre gente que de otra forma habría tardado años en juntarse, o quizás no lo hubiese hecho nunca por las suyas. Yo le debo el hecho de haber conocido a Rafael Azcona, cosa que hoy, a tan poco tiempo de su muerte, valoro más que nunca. Siempre cuento esta anécdota que el patriarca de los guionistas en español me contó aquella vez, en una de las mesas al aire libre -cuándo no- del Café Gijón. Azcona contaba que al principio sus guiones incluían precisiones sobre los personajes: la protagonista femenina, por ejemplo, podía ser morena, alta y dueña de pestañas como abanicos. Pero con el tiempo, confesó, se limitó a ponerle nombre al personaje y señalar no más que su sexo. ‘Total", dijo Azcona, ‘¿para qué decir que la heroína era de esta manera o de la otra, cuando de todos modos iba a terminar siendo interpretada por la amante del productor?'

Vicent fue un show aparte. Habló de su opción por la cocina de antaño, aquella que redimía la escasez por la vía de la imaginación (esto es, lograrlo todo con casi nada), en oposición a la ‘cocina de autor' actual, que más bien tiende a tomarlo todo convirtiéndolo en casi nada. Mencionó las características místicas de ese acto en apariencia tan simple que es comer, una de las pocas formas en que los seres humanos todavía comulgamos con (todo aquello que sale de) la tierra. Contó una anécdota hilarante sobre la oportunidad en que, en plena Guerra Civil, una esquirla de obús acabó con el puchero de su abuela. (‘En medio de una familia de devotos al régimen, mi abuela era la única opositora -pero no por cuestiones políticas: tan sólo porque le habían jodido el potaje'.) Y me dejó pensando con su descripción de los tres cerebros que se superponen en el humano. Según Vicent, el cerebro más viejo es el reptil, aquel donde se concentran nuestros deseos más atávicos: por ejemplo el sexo, o la territorialidad. Me iluminó sinceramente cuando dijo -no grabé la ocasión, lo reproduzco con la mayor fidelidad que puedo- que ‘cada vez que somos patriotas, lo somos en tanto serpientes'. Y me conmovió con su defensa del segundo cerebro, el límbico, aquel que concentra lo emocional -empezando por la memoria del tarro de mermelada de la abuela.

A veces olvido este arte que muchos españoles practican tan bien, aunque brille menos que su comida, su literatura o su música. ¡Qué maravillosos conversadores son! Y entre ellos, de manera destacadísima, Manuel Vicent y Juan Cruz.

Si en algún lado me quedará grabada la charla del martes, será sin dudas en mi cerebro límbico.

[Publicado el 08/5/2008 a las 09:54]

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El inevitable

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Juan Villoro.

/upload/fotos/blogs_entradas/los_culpables_med.jpgFue un placer escuchar a Juan Villoro en la Feria del Libro de Buenos Aires. Con la excusa de presentar su libro de cuentos Los culpables, que aquí publica Interzona, el mexicano habló de todo un poco: de su padre profesor de filosofía y de su madre psicóloga, de la abuela yucateca a quien le atribuye el don de la imaginación, de su admiración por el relator futbolístico Angel Fernández -dueño, según Villoro, de capacidades narrativas que adjetivó como "homéricas"- y de su visión de la crónica periodística como una forma del relato tan válida como la mejor ficción. Para Villoro (yo disiento aquí, pero no viene al caso), el mejor García Márquez no es el de sus novelas, sino el de Relato de un náufrago.

Cuando se le preguntó cuál de sus propias crónicas lo había marcado más, Villoro recordó una excursión a terreno zapatista en 1994. Como los locales seguían venerando los espejos como si se tratase de materiales preciosos (según Villoro, viajar a ciertas partes de México equivale a viajar en el tiempo hacia el Neolítico), los zapatistas los habían prohibido. Al cuarto día de aventura, angustiado por la imposibilidad de ver en qué se había convertido su rostro, Villoro corrió hasta un vehículo que había llegado a la región y se buscó en el espejito retrovisor, donde la leyenda convencional cobró nuevas resonancias: Los objetos están más cerca de lo que se ve. Por allí pasa la diferencia entre la crónica y la ficción, dijo Villoro. Un escritor de ficción puede ser en esencia un niño caprichoso. Un escritor de crónicas está obligado a salir al mundo, y a entender que todas las cosas están más cerca nuestro de lo que creemos.

Hablando de sus inicios en el periodismo, Villoro recordó que las redacciones mexicanas estaban por entonces llenas de argentinos ‘todo terreno', que podían escribir tanto policiales como artículos sobre la política de hidrocarburos. A esos argentinos les decían ‘los inevitables'. Varias décadas después, con novelas como El disparo de argón y El testigo y libros de relatos como el flamante Los culpables, Villoro se ha convertido en uno de los referentes más notables de las letras de Hispanoamérica, sobre las que hoy pesa, sin duda alguna, como el verdadero inevitable.

[Publicado el 07/5/2008 a las 07:00]

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Elizabeth Fritzl / Argentina

Entonces: ¿qué ocurrió en mi país mientras yo estaba de viaje, y también después, durante mi -demasiado larga, ya lo sé- estadía en Piglialandia? (Dicho sea de paso, esperaba un eco mayor. Más allá del feedback de Rolando Gabrielli, de los comentarios alentadores -Alba, Morajú, Unamuno, Xtian, Roxie Deluxe- y de la promesa de Serpiente Suya de tomárselo en serio próximamente, imaginé que alguien más recogería el guante. ¿Seré el único a quien lo desvela que nuestros narradores no nos narren, ni nos produzcan alucinación alguna mediante su enfermiza imaginación?)

Volví a Argentina en medio de un mar de humo, que convertía a Buenos Aires y aledaños en una remake de un film de John Carpenter. Mi mujer, con casi seis meses de embarazo, sufría broncoespasmos. De repente, todo el mundo a mi alrededor padecía algún tipo de enfermedad. Mi padre operándose de cataratas. La mujer de mi padre yendo al quirófano a cuenta de un bulto en el pecho. Uno de los mejores amigos de la familia, el Turco Silva, perdiendo parte de un riñón a causa de un tumor. Me pregunté insistentemente qué estaba ocurriendo, si no había regresado a mi país sino a una pesadilla organizada como caja china.

/upload/fotos/blogs_entradas/un_hombre_reposta_gasolina_med.jpgUn día se acabó la nafta. (Que es como le decimos aquí a la gasolina, sabrá Dios por qué.) Los surtidores estaban vacíos, o vendían de a módicos cupos: veinte pesos por auto privado, que equivalen a poco más de dos horas de viaje. Busqué con ansias una explicación racional, pero no la encontré por ninguna parte. Tan sólo hallé excusas, y la terrible sensación de que alguien está dificultando el suministro -como antes el de la carne, la leche, las verduras- para impulsar un aumento de los precios. (Que una vez concretado, por cierto, impulsará a su vez otro aumento en carnes, en leche, en verduras...) La situación daba lugar a escenas que me produjeron la inquietud del deja vu -largas filas de conductores atiborrando sus autos de nafta para no sufrir carencia inmediata, y contribuyendo con su ansiedad a acelerar el desabastecimento-, pero también a pequeños diálogos surrealistas, del siguiente tenor.

PADRE: ‘¿Me podrás llevar el lunes al oftalmólogo?'

YO: ‘Encantado. Siempre y cuando pueda cargar el tanque del auto'.

Mientras tanto los medios alientan la sensación de espada de Damocles en espera de que hoy, martes 6, las cuatro agrupaciones que dicen representar al campo -cada vez más parecidas a los Cuatro del Apocalipsis- digan si aceptan las propuestas del Gobierno o si patean el tablero y vuelven a cortar rutas. Y a desabastecer de carne, de leche y de verduras al pueblo del que aseguran formar parte.

Lo que ocurre es simple. El colapso de las políticas neoliberales en toda Latinoamérica produjo cambios que en algún sitio fueron relativamente incruentos (Chile, Brasil) y que en otros -por ejemplo Argentina, con su corralito, con los muertos con los que se despidió De la Rúa, con su crisis institucional de seis Presidentes en pocos días- fueron muy traumáticos. Tan grave fue el asunto aquí, que los chacales de siempre sintieron que no tenían otra salida que moderar su rapiña durante algún tiempo.
Ese tiempo acabó. Hoy los chacales han vuelto a la carga, con su hambre de años acumulada, con los modales destemplados de quien ha debido contenerse hasta casi estallar. Lo quieren todo -porque a eso estaban habituados: a tenerlo todo sin dar cuenta ni explicaciones-, y lo quieren ya.

La Argentina de hoy se parece mucho a Elizabeth Fritzl, la pobre chica a quien su padre encerró y de la que abusó durante 24 años. Hoy, mientras todo el mundo se rasga las vestiduras ante el horror, sus vecinos juran que nunca advirtieron nada. ¡Todos inocentes: sordos, ciegos, mudos! Durante algún tiempo, seguramente breve, la tratarán con piedad, a ella y a sus hijos-hermanos de sangre condenada. Pero apenas puedan intentarán devorársela: primero los medios que acosarán en busca del detalle morboso, después la sociedad que empezará a cuestionarse la responsabilidad de Elizabeth en el asunto. Dirán: algo habrá hecho para permanecer en ese hueco sin haber fugado nunca. Y aunque se pretenda distinta del monstruo que torturó a Elizabeth, la sociedad terminará haciendo con ella lo mismo que su padre, que es lo mismo que los poderosos y parte de la clase media hacen hoy con la Argentina: usarla para satisfacer sus necesidades más bajas, con la más perfecta desaprensión respecto de su destino último.

Y mientras tanto, buena parte de los escritores de mi país sólo acude a los diarios para saber cuándo firmará ejemplares en la Feria del Libro.

[Publicado el 06/5/2008 a las 11:00]

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La hoguera de las vanidades

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El escritor Tom Wolfe.

Lo primero que pensé cuando me llegó la invitación de la Embajada de los Estados Unidos, fue: alguien se equivocó. ¿Qué tenía que hacer yo en un cóctel de homenaje a Tom Wolfe, uno de los padres del Nuevo Periodismo, el autor de The Right Stuff -su mejor libro, coincido con Rodrigo Fresán- y de La hoguera de las vanidades? Hasta donde sé, no soy ni lo suficientemente notable ni brindo especial lustre a ninguna velada social. (Ni siquiera a mis propios cumpleaños, que deberían tenerme como protagonista.) Lo segundo que me pregunté, una vez que decidí participar -la curiosidad era demasiado fuerte-, fue: ¿qué demonios haré allí? ¿Con qué figurones me veré obligado a intentar conversación, para que nadie descubra que estoy allí en condición de infiltrado, o mejor aun: de polizón?

Llegué cuarenta minutos tarde. Para mi sorpresa, el embajador americano Earl Wayne y Wolfe & Señora seguían en lo alto de la escalera del palacio, recibiendo a los invitados -debo haber sido el último.

Me imaginaba a Wolfe más alto. Pero estuvo a la altura de su leyenda en materia de vestuario. Quizás para mantener el equilibrio, por esas cuestiones de yin/yang, Sheila Wolfe vestía de negro -la sobriedad personificada. Le pregunté a Wolfe cómo lo estaban tratando. ‘Como si fuese de la realeza', respondió. Le dije que a esa altura de su carrera debía estar acostumbrado. Tanto él como Sheila parecían sinceramente atentos, y ciento por ciento interesados en la conversación, a pesar de que ya llevaban mucho de un besamanos que fastidiaría a cualquier mortal. A pesar de su disposición, en ese preciso instante advertí que mi capacidad para la conversación menor se había agotado, murmuré mi agradecimiento por la invitación y les di la espalda, dirigiéndome al salón.

Sí, ya lo sé. Soy un animal.

/upload/fotos/blogs_entradas/el_pornografo_med.jpgAl primero que encontré adentro fue a Juan Terranova, uno de los escritores más talentosos de la nueva generación. (Si quieren comprobarlo lean El pornógrafo, o la crónica que tituló La Virgen del Cerro. Por lo demás, nadie que sea fanático de la historieta Nippur de Lagash puede ser un mal escritor.) Al instante se nos sumó Maximiliano Tomás, con quien me había cruzado en las escaleras al llegar. Tomás armó una de las compilaciones que sirvió de cabeza de playa para los narradores de esta generación, llamada La joven guardia, y tiene bajo el ala un primer libro de relatos llamado Amores comunes.

Fue maravilloso eso de ir a un cóctel de la Embajada americana para conversar con gente como ellos, llenos de picardía y de una energía contagiosa que invita a conquistar el mundo. Cuando yo tenía su edad, el común de los escritores que eran mis contemporáneos parecía sufrir de una severa constipación. (Que todavía les dura, dicho sea de paso. Más que un estreñimiento, lo que están incubando debe ser un alien al mejor estilo de Giger.) Al rato se acercó Carlos Gamerro, otro de mis escritores argentinos favoritos. Le dije que su artículo sobre el documental Federación, que apareció hace dos semanas en Página 12, me había encantado. Respondió que en realidad no había contado con mucho tiempo para hacerlo. Pensé que Gamerro era de los míos, esa gente que no tolera un elogio y que necesita producir al instante un comentario de autodeprecación. Quizás sea una cuestión generacional. Gamerro debe tener mi edad, aunque no le cuadre la acusación de estreñimiento -la excepción que justifica la regla.

Por allí andaba también Ana María Shua, cuyo libro La sueñera atesoro desde hace décadas. Por un momento creí que la lista de escritores invitados por la Embajada había sido muy sagaz, con la salvedad de quien esto escribe. (Otra excepción que confirma reglas.) También estaba el Embajador argentino en los Estados Unidos, Héctor Timerman, cuyo padre, el célebre periodista Jacobo, me acusó en mis comienzos de sufrir de incontinencia tipográfica. Y Ernesto Martelli, director de la edición local de la Rolling Stone, que hace mucho que es mejor que su nave madre americana. Y el hoy animador televisivo Roberto Pettinato, sacándose fotos con Tom Wolfe en un virtual campeonato de vestidores atildados. (Aunque Petti, como apuntó alguien -creo que Terranova- le deba más a David Letterman que a Wolfe.) Todo entre bandejas rebosantes de copas, hors d'oeuvres y servilletitas de papel con el sello de la Embajada, que le producían a uno sensaciones contradictorias al llevárselas a la boca.

A la hora señalada llegaron los discursos. Wolfe estuvo encantador. Recordó su primera visita a la Argentina en el año 2005, dijo que había estado tomando clases de tango con su mujer y que había considerado hacer una demostración en esa oportunidad, hasta que el buen tino le sugirió que Buenos Aires no era el sitio más indicado para semejante debut. Entonces le escuché decir: ‘Un distinguido escritor argentino me preguntó recién cómo me estaban tratando. Le respondí que me sentía parte de la realeza...'

Me cagué de risa. Una vez en mi vida que alguien me trata de ‘distinguido escritor' -Tom Wolfe, nada menos-, tengo que oírlo de labios de alguien que no leyó una sola línea de lo que escribo. En fin, debería estar agradecido. Si Wolfe leyese mis libros seguramente se habría ahorrado el adjetivo.

Pequeñas delicias de la vida del escritor del Tercer Mundo.

[Publicado el 05/5/2008 a las 10:36]

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El último espectador (finis)

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Ricardo Piglia.

¿A qué me llama Piglia, desde este plan revolucionario de operaciones que creo leer en la entrelínea de sus textos, pero ante todo en la praxis de sus películas? En primer lugar, a jugar. Piglia quiso escribir cine desde siempre. La literatura se le convirtió en el lugar del deber, pero el cine sigue siendo el lugar del deseo. ¿Por qué será que existe tanta gente en el mundillo de la cultura -que por cierto dista del mundo de los que pican piedras- tan dispuesta a renegar de sus deseos infantiles? Para Piglia niño el cine era el horizonte de lo imposible (escribir en un cuaderno escribe cualquiera, crear esos universos de la pantalla gigante tan sólo lo hacen algunos elegidos), sus incursiones en este arte pertenecen al dominio de lo lúdico.

En segundo lugar me impulsa a narrar sin complejos. Ni la tradición ni las fórmulas ni la presión editorial nos despojarán del derecho a contar las historias que deberían expresarnos, del modo que estimemos más apropiado: ningún recurso será demasiado vanguardista o demasiado anacrónico.

En tercer lugar me llama a crear alternativas a las ficciones oficiales: aquellas concebidas desde el poder -político y el económico, con los medios como voceros-, pero también a aquellas que el mundo académico blande como mecanismos de control. ¿Cuántos artistas fueron rescatados del ostracismo, del vacío que los medios generaron en derredor suyo, por un público que recomienda lo que le conmueve de boca en boca? Parafraseando a Válery: necesitamos fuerzas ficticias que oponer a las otras fuerzas ficticias. ¿No es evidente que los sueños de unos pocos -sueños mezquinos, de poder irrestricto- se están imponiendo a nuestros sueños?

En cuarto lugar me insta a romper con la pureza del artista de laboratorio e intervenir en el mundo. Siguiendo a Brecht, y al Arlt que invita a pensar la creación en términos de robo, de estafa, de violencia retaliatoria, Piglia subraya la justicia poética de lograr que los banqueros del cine le paguen para hacer lo que le da la gana. ¿No será más delito producir una película que escribirla? Por lo demás, el narrador de hoy no debe tener preferencias en lo que hace a los soportes narrativos. ¿Qué la televisión desempeña hoy el rol de la novela en tiempos dickensianos? Pues vayamos al asalto de la televisión.

Y en quinto y último lugar, siento que nos llama a dialogar en pie de igualdad con los grandes narradores de hoy y de siempre, en lugar de agotarnos en polémicas provincianas o en tareas más propias de un bibliotecario o de un archivista que de un imaginador. ¿Dónde figura que hoy es imposible escribir tan bien como Cervantes o como Joyce? ¿Por qué aceptamos como verdad revelada la idea de que nadie puede competir en poder imaginativo con Shakespeare o con Dante? ¿Por qué no discutimos este sitial de inferioridad donde nos encajaron por decreto?

Despreciar los elementos que la vida en Latinoamérica nos proporciona en materia de historias, de culturas, de variaciones de la lengua, sería tan criminal como derramar leche en el suelo de un país con hambre; y si aun así lo hacemos, seremos juzgados en consecuencia. Además del precio que ya pagamos en lo económico y en lo político, además de las violencias a que se nos somete a diario, ¿debemos tolerar sumisamente la violencia extra de que se nos prohiba escribir a lo grande, y leer a lo grande, por el hecho de haber nacido tarde en la Historia -y en el lugar presuntamente equivocado?

A fin de cuentas, ¿qué es más conservador, más seguro en el mundo de hoy? ¿Escribir ‘raro' y asegurarse la publicación internacional, los premios, las exégesis de los suplementos culturales, o reclamar nuestro derecho a reinventar los grandes relatos? ‘Nada de transacciones, la única verdad no es la realidad', dice Piglia en Crítica y ficción.

No nos prohiban la noción del argumento, porque todavía necesitamos contarnos a nosotros mismos. No proscriban la intriga, porque todavía necesitamos preguntarnos cómo terminará nuestra película. Déjennos escribir mal en el sentido en que Feiling usa la expresión, esto es, escribir a contrapelo de la versión dominante. No desalienten la creación de personajes fuertes, porque necesitamos no sentirnos solos cuando los libros vuelven a la biblioteca: ¿quién nos acompañará, con quién nos compararemos, quién nos instará a vivir, si los narradores no nos proporcionan criaturas inolvidables?

¿Qué la tarea es tan intrincada, tan inabordable como un nudo gordiano? Siempre está la posibilidad de cortarlo. Eso ha sido el cine para Piglia: el tajo con que se liberó de los lazos que lo ahogaban.

No sé ustedes, no sé que pasa con los demás escritores, guionistas, directores. Pero yo no quiero quedarme en casa muerto de miedo, ni someterme en silencio a lo que me sugieren que haga para obtener reconocimiento.

Yo quiero despertar de la pesadilla de una vez por todas.

[Publicado el 01/5/2008 a las 07:00]

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El último espectador (11)

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Admitámoslo de una vez: la literatura hispanoamericana se metió en un sendero sin salida, víctima de su propia venalidad, que también está empezando a causar estragos en el cine. Esto no debería ser grave, la historia del arte está hecha de marchas y contramarchas. Si así no fuese habría que abonar la teoría de la progresión lineal del conocimiento, como si siempre supiésemos más y mejor. No es la primera vez que avanzamos en una dirección errónea. Le pasó a tantos científicos, le pasó a Wittgenstein. La imagen del laberinto sigue siendo útil: marchamos por caminos, algunos carecen de salida, se impone retroceder para volver a salir. No hay indignidad en este proceso, tan sólo sabiduría.

Es natural que la situación nos fastidie. Hemos sido, somos todavía funcionales a un sistema que preferiría borrar la literatura, y también el cine que vale la pena, del horizonte de nuestros deseos. Dice Piglia: "Para la sociedad capitalista, una práctica tan privada como la literatura, tan improductiva desde el punto de vista social, debería ser eliminada". Lo imperdonable sería que la hundiese con la complicidad de los escritores.

La que se beneficia más con este estado de cosas es la maquinaria de producir control. Si en algo este incansable dispositivo se superó a sí mismo fue en la campaña con que redujo la literatura a su expresión más intrascendente, a su encarnación menos inquietante y menos inspiradora desde la invención de la imprenta. Entre las editoriales que contratan textos convencionales y los críticos que llaman a los escritores a incendiarse a lo bonzo, aquellos que tenemos la vocación de contar historias y la gente que tiene la necesidad de leerlas nos hemos quedado solos. En cantidad millonaria, pero solos. Ensordecidos por los relatos que los medios amplifican para impedirnos pensar, para dificultar el encuentro.

¿Por qué nadie habla del rol que puede desempeñar la gente en este entuerto? Paradójico: todo el mundo se llena la boca con la democracia, pero nadie confía en los ciudadanos. Tanto que se ensalza a internet, a los sitios como YouTube, ¿y nadie advierte que estos sistemas todavía no brillan por sus contenidos, sino por el poder que confieren a sus usuarios? La maquinaria tuvo algunos éxitos en su intento de prescindir del autor, pero nunca podrá prescindir del público. El lector, el espectador, son nuestra última esperanza. Pero cuidado, que ya no contaremos con el público pasivo de antaño, deslumbrado por el esplendor del lugar que ocupamos. Todo lo que encontraremos -que es todo lo que necesitamos, dicho sea de paso- es un público desconfiado e inquieto. Que perdió la fe en nuestras credenciales, que no tolera que los narradores hagan hermenéutica con sus ficciones, que nos desafía a que volvamos a ganar su confianza y que ya no acepta más excusas: lo que quiere son historias en las que creer.

La moda de los relatos del Yo, esta escritura de la intimidad que nos venden como novedosa -tan nueva, en todo caso, como la técnica del anacronismo deliberado con que Menard disfraza su infertilidad-, es una de las consecuencias de la forma en que muchos artistas viven. ¿De qué puedo hablar que no sea mi Yo, cuando estoy enclaustrado en mi casa? ¿De qué escribiré que no sea mi Yo, cuando tengo miedo de utilizar la imaginación? Muchos no soportan que el foco se haya desplazado de sus personas. Pero aunque les pese, la pelota está en el campo de la gente. De aquellos que buscan la narración donde está -esto es, en otro lugar. De aquellos que quieren dejar de ser espectadores, que ya no toleran pasivamente que se les diga qué hacer, cómo leer, qué consumir. Ellos ya encontraron los nuevos domicilios de la narración. Ahora es nuestro turno de salir a buscarla. 

                                                      (Continuará.)  

[Publicado el 30/4/2008 a las 07:00]

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Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

Obras asociadas

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