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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 26 de octubre de 2020

 Marta Rebón

Un elogio de la brevedad

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Los relatos del ruso Isaak Bábel, ejecutado por el régimen estalinista, son un ejemplo maestro de lo que la exactitud y la concisión pueden obrar en una pieza literaria


Hay escritores que, olvidándose de la extensión, se lanzan a registrar hechos ocurridos o imaginados con el afán de que no se les quede nada en el tintero. Otros aspiran a sintetizar lo más significativo, aquellos episodios que, aun siendo anecdóticos y fugaces, iluminan y dan sentido a su universo narrativo. Isaak Bábel fue un gran maestro de entre los segundos. De origen judío, nacido en la cosmopolita Odesa de finales del siglo XIX -la otra ventana a Europa del imperio ruso, con permiso de San Petersburgo-, este autor es para la literatura lo que Cartier-Bresson fue para la fotografía: ambos tenían la agudeza de reconocer ese "instante decisivo" capaz de desvelar un secreto latente. "Una historia bien inventada no tiene por qué parecerse a la vida real", leemos en uno de sus cuentos; "la vida siempre trata de parecerse a una historia bien inventada".
 
La obra de este admirador del mot juste de Maupassant y la sobriedad penetrante de Chéjov, pero también de la exuberancia carnavalesca de Gógol, quedó en cierto modo ensombrecida por el silencio que cultivó en vida. Reacio a desprenderse de sus manuscritos, los reelaboraba sin cesar, hasta el punto de que entre un primer borrador y su versión final había tanta diferencia "como entre un envoltorio grasiento y La primavera de Botticelli". Pero fue también un silencio impuesto, sobre todo a partir de los años treinta, por la hostilidad del clima político. Antes que comprometer su independencia creativa escogió la mudez y dio prioridad a algunos encargos, sobre todo de guiones cinematográficos, para evitar caer en el punto de mira. Con todo, no logró escapar a la orden de ejecución que truncó su trayectoria artística, y ya nunca sabremos cuántos proyectos y manuscritos inéditos, confiscados durante su arresto en 1939 a las afueras de Moscú, se perdieron.
 

Fuera de las letras rusas, Bábel, como observó Borges, a veces ha sido calificado injustamente de "hombre de un solo libro" por su magistral La caballería roja, ejemplo de su prosa carnal y poética en absoluto ajena a la brutalidad propia de la condición humana, un título que lo encumbró como el primer gran escritor soviético. Por eso, esta recopilación de relatos autobiográficos que nos presenta Minúscula es una buena ocasión para reivindicar su originalidad y perpetuar el cumplimiento de la profecía formulada en uno de sus pasajes: "Mis historias estaban destinadas a sobrevivir al olvido".

De este ciclo de 11 cuentos -algunos de ellos publicados en vida- se tiene noticia como mínimo desde 1931, cuando el autor lo menciona en una carta a su madre, emigrada a Bélgica: "Los temas de los relatos están extraídos de mi niñez, pero, por supuesto, mucho ha sido inventado o modificado. Cuando esté terminado el libro, se hará evidente la razón por la cual tuve que hacerlo". El uso de la primera persona, tan habitual en su narrativa, y algunas coincidencias biográficas hicieron que, durante algún tiempo, se consideraran una suerte de memorias fidedignas. Dada su abrupta muerte tras un juicio sumario, se ignora la forma final que habría adoptado este proyecto literario -el más preciado para él- que comenzó en 1915.

Historia de mi palomar y otros relatos cubre un arco temporal creativo de dos décadas. En sus páginas encontramos a un Bábel más reposado y menos impresionista que en sus testimonios de la guerra en el frente polaco de 1919, de la destrucción de la cultura judía de la Zona de Asentamiento o del mundo de los bajos fondos de Cuentos de Odesa. Aun así, igualmente consigue movilizar los cinco sentidos de los lectores al echar la vista atrás, con nostalgia y compasión, a la patria de su infancia y adolescencia, de donde el protagonista judío, con una imaginación desbocada por un exceso de lectura, desea huir para ver mundo.

Cualquiera de los relatos aquí incluidos descubre lo que la exactitud y la concisión son capaces de obrar en una pieza literaria. Gracias en gran parte a su depurado estilo, aunque se refiera a un pasado lejano en el tiempo y el espacio, su voz aún nos habla desde un presente atemporal. Bábel era muy consciente de las trampas del lenguaje y, para desactivarlas, no conocía otro método que la revisión exhaustiva. A un colega le comentó: "Se necesita un ojo agudo, pues la lengua esconde con astucia su basura -repeticiones, sinónimos, tonterías-, como si todo el rato tratara de burlarse de nosotros". Según él, solo un genio podía permitirse añadir dos adjetivos a un nombre. Y una prueba de su constante ejercicio de síntesis la encontramos en ‘Informe', en el que convierte las doce páginas de ‘Mi primera paga' en un relato de seis, sin perder un ápice de su esencia: el primer sueldo ganado con su arte para fabular, que coincide con su iniciación sexual.

En este libro se ­reúnen en orden cronológico las epifanías que conforman el despertar a la vida de un niño que atesora la "chispa divina" del arte y a la conciencia de su identidad cultural, así como el conocimiento de las miserias de los adultos, de la violencia extrema y del antisemitismo, todo ello impregnado del amor a cuanto lo rodea y de su sentida belleza. Este meditado ejercicio sobre el gran poder de la imaginación para ensanchar la mirada se ejecuta con una concisión que nos recuerda que el grafito del lápiz, con la presión adecuada, se convierte en diamante.


Imágen: Isaak Bábel, visto por Sciammarella.

 

[Publicado el 21/10/2020 a las 09:56]

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Pensar el caos

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Cifras y promedios, estadísticas y previsiones, funciones exponenciales, comparativas por regiones y países... Líneas que representan flujos de movimiento, mapas de colores con manchas mutantes a medida que pasan los días y que dividen el mundo entre enfermedad y salud, miedo y seguridad, emergencia y normalidad. Donde me encuentro, en una Cracovia también sujeta a las medidas de distanciamiento social y de reducción de movilidad, empiezo la mañana con una nueva tentativa de penetrar en el lenguaje matemático de la pandemia. Mediante gráficos y números, se hace visible un universo microscópico al que hasta hace poco hacíamos caso omiso, como si seres humanos y murciélagos, pangolines o gorilas fueran islas inconexas entre sí, cuando, como subraya el divulgador científico David Quammen, estamos unidos por la historia evolutiva y por tener que coexistir en un pequeño planeta. El modelo imperante de crecimiento económico, devorador de ecosistemas, ha propiciado los brotes de epidemias y su expansión. En estos tiempos denominados Antropoceno, en los que ante la avalancha de desastres mirar para otro lado se convirtió en la norma, este virus debería activar nuestra conciencia global.
 
Todo aquello de lo que hoy nos alertan epidemiólogos y médicos no difiere mucho de lo que venían advirtiendo científicos de otras disciplinas: el cambio climático y sus riesgos eran ya una realidad, y el punto de no retorno se acercaba, inexorable. No hace tanto que se ridiculizaba a una activista medioambiental que dio rostro a las protestas contra el calentamiento global. La economía mundial, al parecer, no podía redefinirse, y mucho menos pisar el freno. Resulta que ahora aquellos que desoían, burlones, a la joven sueca, después de que una gran parte de la población mundial fuera confinada, tuvieron que replantearse su engreimiento ante el cierre de comercios y aeropuertos, la parálisis de la industria o la pérdida de empleos. La atmósfera por fin respiró aliviada. Despertemos y veamos lo que esta crisis sanitaria nos ha revelado: el sistema que se creía inmune a las catástrofes, tijereteado por los recortes, era un equilibrista sobre el abismo.


Los "héroes", según Platón, se definían por ser capaces de preguntar. En la actual era pandémica deberíamos mostrarnos "heroicos", en el sentido de saber formular las preguntas correctas, a salvo de ese otro virus que emponzoña nuestra vida pública. Me refiero al de la polarización y el enfrentamiento que, si por un breve instante pareció eclipsarse, no tardó en aflorar de nuevo. El nombre "héroe", añadía el filósofo griego, no se aleja demasiado del de "amor" (eros). Semidioses, los héroes nacieron del amor entre un dios o diosa por un o una mortal. A médicos, enfermeras, limpiadores y demás servicios públicos los hemos elogiado llamándolos héroes por su predisposición a "amar" mediante el cuidado. Y ellos, aun agradeciendo aquellos aplausos, nos recordaron que también son mortales y que trabajaban sin el equipamiento necesario para hacer de dioses.

El descrédito de las humanidades discurrió en paralelo a la merma de recursos para la ciencia. Son los dos saberes que guían la buena toma de decisiones. Tanto el primero como el segundo coinciden en subrayar la importancia de lo concreto. Y así lo expresaron médicos escritores como William Carlos Williams -"no hay ideas sino en las cosas"-, Mijaíl Bulgákov -"un hecho es la cosa más obstinada del mundo"- o Antón Chéjov, que exhortaba a los lectores a "no generalizar, a prestar atención a los detalles, a centrarse en lo particular". Hoy, lo concreto son las mascarillas y los respiradores -estos últimos en manos de un oligopolio-, pero también las buenas preguntas.

Debemos pensar.

 

[Publicado el 05/10/2020 a las 09:04]

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Nuestra enfermedad

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Las enfermedades atacan las células del cuerpo. También las del lenguaje, las palabras. Destruyen la sintaxis. La dificultad de describir el dolor de forma coherente conlleva una soledad particular. En la consulta médica, las frases dubitativas del paciente salen entrecortadas. ¿Qué es prioritario comentar? ¿Y cómo? Cuando se necesita más lucidez, esta parece un privilegio inalcanzable. Son finalmente la jerga médica y el lenguaje técnico de pruebas y análisis, desprovistos de emoción, los que van al auxilio de la mudez del enfermo. La traición del cuerpo desconcierta, pues hace explotar esa burbuja de pensamiento mágico que se resume en el trillado «mañana será otro día». Una de las fantasías más generalizadas entre los adultos es creer que siempre hay segundas oportunidades, escribió John Berger en Un hombre afortunado sobre un médico rural al que acompaña en la práctica de su oficio. Al enfermar, todo es relativo. No hay otro futuro que el presente de la dolencia, que tiene sentido (si lo tiene) solo para quien la sufre. Para el resto, enseguida se vuelve una historia repetitiva y banal.

En 1925, Virginia Woolf publicó un ensayo sobre la pobreza de la lengua ante la enfermedad. Poco antes había perdido el conocimiento durante una fiesta. Pasó algunos meses convaleciente «en esa extraña vida anfibia del dolor de cabeza». La exaltación por sus proyectos literarios le ocultó que «avanzaba con una rueda pinchada», hasta que su organismo se rebeló. En Estar enfermo, Woolf reflexionó sobre esta paradoja: siendo tan común la enfermedad, en la literatura su importancia como tema era residual. La vida del pensamiento siempre se elevaba sobre su armazón, el cuerpo. Las pasiones también nos hacen balbucear, argumentó, pero el adolescente que descubre el primer amor tiene a mano, para guiarlo, a un Keats o a un Shakespeare. ¿A qué se debía, pues, la resistencia a adentrarse, pluma en mano, en los «páramos y desiertos del alma que desvela un leve acceso de gripe»? La madre de Woolf, Julia Stephen, reunió consejos y reflexiones sobre su experiencia en salas de curas. La imaginación del enfermo, dijo en sus notas, no tiene límites. Sin embargo, esa imaginación desbocada choca con la debilidad física, la intermitencia de la atención, las ansias de huir de ese estado. Se suele poner como ejemplo de esta impotencia al escritor Alphonse Daudet. Sus obras completas ascienden a miles de páginas, pero el proyecto inspirado en su propia desintegración física, acariciado a lo largo de los doce años en que lo consumió la sífilis, apenas suman cincuenta. En la tierra del dolor se publicó póstumamente. «¿Son útiles las palabras para describir cómo se siente realmente el dolor? -se preguntaba-. Las palabras llegan cuando todo ha concluido y se ha calmado. Hablan de recuerdos, impotentes o falsos». Aunque observar el dolor cuesta tanto como mirar directamente al sol, casi un siglo después de la queja -o reto- que lanzó Woolf, los testimonios literarios sobre enfermedades hoy no son ninguna rareza.

Una metáfora es la primera expresión de consuelo que produce la mente. Iván Turguéniev describió a sus amigos franceses -entre ellos, Daudet- la sensación que experimentó cuando la hoja del bisturí se abrió paso por su carne para extirparle un neuroma: «Como un cuchillo rebanando un plátano». Describir un tormento físico pide metáforas, pero a estas las carga el diablo. En 1978, Susan Sontag desmontó en La enfermedad como metáfora las mitopoéticas y romantizaciones que distorsionan patologías como la tuberculosis o el cáncer y, sobre todo, los juicios de valor que hay detrás de las metáforas usadas. Con todo, su ensayo empieza con un símil: «La enfermedad es el lado oscuro de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos». Y añadió: «Nada hay más punitivo que dar un significado a una enfermedad». Cuando apareció la biografía de Benjamin Moser sobre la intelectual estadounidense, Sontag, me deslicé primero por los capítulos relacionados con la enfermedad, que tanto la marcaron intelectualmente. Fue incapaz de reconciliarse con la noción de morir, sinónimo para ella de extinción. Sufrió tres cánceres agresivos. El tercero, una leucemia en 2004, fue el definitivo. Moser subraya que su ensayo sobre la enfermedad ayudó a otros a no sentir sus dolencias como un juicio moral.

Un año después de la muerte de Sontag, su hijo David Rieff publicó en The New York Times una larga reflexión sobre sus últimos días, que luego amplió en Un mar de muerte. El reportero de guerra y crítico cultural contó que, si bien a su madre la consoló en parte seguir el mejor tratamiento al alcance, antes tuvo que desembolsar trescientos mil dólares, suma reservada a unos pocos privilegiados. «No puedo decir honestamente que hubiera algo justo en ello», confesó. Rieff habló con numerosos médicos sobre el sistema sanitario estadounidense. «Solo los ricos podrán elegir tratamiento», le comentó una especialista en medicina paliativa si la tendencia seguía como hasta entonces. Quince años después, según el índice de progreso social, en el país que se debate en si reelegir a Trump hay estadísticas de sanidad similares a las de Albania o Jordania, pese a ser puntero en investigación médica. Esta contradicción le sirve al historiador Timothy Snyder para trazar la relación entre salud pública y salud democrática en Our Malady. No es un libro de teoría política. Justo antes de la pandemia, Snyder se pasó diecisiete horas esperando en una sala de urgencias antes de que le trataran una septicemia derivada de una intervención mal practicada en el mismo hospital. A los errores humanos se habían sumado la sobrecarga de trabajo de médicos y enfermeros, los fallos de comunicación entre paciente y médico, y un sistema guiado por el lucro de las aseguradoras privadas. Aquel tránsito por el filo de la muerte le desveló la dimensión del problema. En una cultura que propugna por encima de todo la libertad individual, esta es imposible cuando estamos «demasiado enfermos para concebir la felicidad y demasiado débiles para perseguirla», razona Snyder. Solo con un sistema sanitario público robusto y universal es más fácil reconocer a un conciudadano como a un igual. Sin esa cobertura, el miedo a no estar cubierto en el dolor y en la enfermedad crea una sociedad débil, manipulable, desigual, injusta. También racista. «Un virus no es humano, pero es una medida de la humanidad», añade.

El sistema sanitario público español llegó extenuado a la pandemia, con las costuras tensas. Los rebrotes -cuya responsabilidad es tanto individual como política- no han dado tiempo a su personal a recuperarse física y anímicamente. En manos de políticos, la salud parece un tema más para el enconado debate con el que sacar los colores al oponente, sin medir la importancia que tiene como pilar sobre el cual se construye el sistema democrático, algo que debería estar por encima del gobierno estatal y autonómico de turno. Olvidar la relevancia de la clase cuidadora, y no cambiar nada al respecto, sería una secuela inaceptable de esta pandemia. El clamor de sus profesionales muestra que se está degradando el vínculo social que construye una atención digna, cuando la soledad del dolor se calma con la solidaridad.

 

Ilustración: Eulogia Merle.

 

[Publicado el 26/9/2020 a las 18:56]

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La necesidad de traducir(nos)


En España debería practicarse la estima, sin excepción, por todas las lenguas
 

Leo en un artículo de La Repubblica que, según un estudio de Oxford, el 45% de los ingleses cree que el coronavirus es un arma biológica elaborada en China para destruir Occidente. En periodos de crisis -no es novedad- suelen surgir ideas conspirativas basadas en el repudio a lo extranjero.

Si algo he entendido al estudiar idiomas es que las identidades y los conceptos no son monolíticos, sino mutables. Lo que en una lengua parece una verdad indiscutible en otra requiere matizaciones. Al cambiar de código lingüístico nos bañamos en las aguas de otro río. Y eso inocula un sano escepticismo consustancial a la razón plurilingüe. Exponerse a un idioma distinto al propio -antídoto contra la banalidad de la simplificación- es un recordatorio de que el tuyo no es sino uno más entre muchos. El miope "yo" monolingüe ensancha así sus miras hacia un "nosotros" más complejo. Paul Auster admitió, sobre una antología de poesía francesa que editó en 1984, que traducir supuso para él "el primer paso para liberarme de los grilletes de mí mismo, de doblegar mi ignorancia". En el esfuerzo por comprender otra cultura, se obra un cambio interior que representa un acto de resistencia contra el pensamiento único. Es una quimera concebir una lengua autosuficiente, capaz de plasmar por sí sola todos los matices de una realidad en perpetuo cambio. Lo mismo sucede con cualquier postura intelectual o política. Dice el pensador camerunés Achille Mbembe que es esencial formular un contraimaginario que se oponga a esa demente fantasía de una sociedad sin extranjeros. El elemento "foráneo" no debería quedar reducido a una nota exótica, sino ser visto como un medidor de salud democrática. Basta recordar que, en diferentes momentos de la historia, las mayores explosiones artísticas han coincidido con olas de emigrados que promovieron ricos intercambios en ciudades como París, Berlín o Nueva York. Que fue mano de obra extranjera la que ayudó a levantarlas y convertirlas en capitales del mundo.

Las épocas lúgubres coinciden con la censura de obras extranjeras. En busca del tiempo perdido se tradujo al chino íntegramente por primera vez hace tres décadas con un título de eco fluvial. "Perdido" se transformó en "como agua", lo cual creó nuevas evocaciones: la definición confuciana del "tiempo" como "agua" o la asociación taoísta entre "agua" y "virtud". El progreso de la literatura no se entiende sin esta lógica de vasos comunicantes. Fijémonos en la lengua literaria rusa: maduró con traducciones del francés y el alemán. Luego el ruso devolvió el favor cuando se pasaron a otras lenguas obras de Tolstói, Dostoievski o Chéjov. Gracias a ellos, los modernistas británicos descubrieron una nueva forma de plasmar la psique. Virginia Woolf se animó a aprender ruso y a firmar traducciones junto con un emigrado ucraniano. En época soviética, cuando Hemingway o Faulkner se tradujeron a la lengua de Pushkin, revolucionaron la generación de escritores de los años sesenta, etcétera. Viajes de ida y vuelta en el tiempo y el espacio que expanden los horizontes mentales de los territorios.

La lengua de Europa es la traducción, decía Eco. Una manera concisa de expresar que hay multitud de idiomas y que, cuando se traducen entre sí, se crea un diálogo enriquecedor basado en la hospitalidad. En un mundo cada vez más distraído, traducir exige una escucha atenta. O, por lo menos, intentarlo. Hoy, cuando es normal silenciar la opinión contraria con un clic, dar espacio para incorporar la alteridad significa ir a contracorriente.

Las lenguas se tutean con menos complejos que sus respectivos hablantes. Es la naturaleza viva de los idiomas: desoír imposiciones, cruzar fronteras, contaminarse. Y la traducción, como privilegiado puente de enlace, es una lección de convivencia. "Dos culturas, dos lenguas, dos países se traducen -se integran, discrepan, se mezclan- en esa traducción ideal permanente, que constituye la realidad de su relación", afirma Claudio Magris. Hace poco la consellera de Cultura de la Generalitat declaró que en el Parlament se habla demasiado castellano. El diablo está en los detalles, y ese "demasiado" suyo me sorprendió, a 2.300 kilómetros de distancia, leyendo un pasaje de Leo Spitzer. Filólogo como la consellera, en 1933 tuvo que emigrar de Colonia, donde perdió su plaza de profesor universitario. Exiliado en Estambul, escribió sobre la desterritorialización de las lenguas: "Cualquier idioma es humano antes que nacional: las lenguas turca, francesa y alemana pertenecen primero a la humanidad y, luego, a los turcos, a los franceses y a los alemanes". Demostrar estima por todas las lenguas sin excepción es algo que se espera primero de un filólogo y luego de un alto cargo de cultura. Se debería practicar siempre, también en el resto de España.


[Publicado el 23/9/2020 a las 12:44]

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Biografía


Marta Rebón
(Barcelona, 1976) es escritora, traductora y crítica literaria española. Estudió Humanidades y Filología Eslava en Barcelona, donde también realizó un posgrado en traducción literaria y un máster en Cultura contemporánea. Amplió sus estudios en universidades de Cagliari, Varsovia, San Petersburgo y Bruselas. Ha traducido en torno a cuarenta libros, entre los que se cuentan novelas, ensayos, memorias y obras de teatro. Es colaboradora de El País. En 2007 se publicó su ensayo En la ciudad líquida (Caballo de Troya).
 

Copyright: Outumuro


Bibliografía

En la ciudad líquida (2017)

 

 

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