El Mesías vive (y padece) en el Bronx

A los escasos lectores españoles familiarizados con las páginas de la Biblia no les escandalizará el atrevimiento de James Frey ni lo considerarán una blasfemia pues en "El último testamento" verán aletear el mismo espíritu que inspiró a los primeros evangelistas.
La salvedad más reseñable en este episodio del Mesías finalmente aparecido es la ausencia de esperanza. Como si el escriba no quisiera dar a los hombres la oportunidad de esconderse en un nuevo engaño sagrado ni animarles a encontrar consuelo en otro refugio imaginario.
El judío de estirpe davídica nace con los signos de la gran premonición, procura llevar una vida modesta, amable y pacífica en el Bronx de Nueva York, inspira ternura a los que se topan con él, pero la violencia que el mundo descarga sobre su frágil figura de hombre paciente y bondadoso, siembra las páginas de "El último testamento" de una amarga desolación.
Ben Sion Avrohom es el nuevo Mesías pero se limita a repetir lo que del primero no se quiso entender. Que todo se reduce a amar a tu enemigo y a poner la otra mejilla cuando la tome contigo. Las consecuencias, obviamente para nosotros, son desastrosas. La mansedumbre excita el insaciable sadismo del mundo y Ben Sion acepta soportar su martirio ante los ojos atónitos del lector.
El Mesías regresa sin proclamas, ángeles ni trompetas, aparece en unos repugnantes barrios, violentos y miserables, y son otra vez los desahuciados, los desgraciados, los apestados, los primeros en comprender el extraño poder de su mirada y la incondicional absolución de su sonrisa.
Los condenados, los delincuentes, yonquis, prostitutas, los que habitan las alcantarillas de la ciudad, son los primeros en reconocerlo. Efectivamente, una sola palabra suya basta para sanarlos. Se liberan del dolor de ser y después de atisbar en sus ojos la inconcebible plenitud de no se sabe qué fuerza, se liberan de lo más importante: de sí mismos.
El libro de Frey ofenderá a los integristas -tanto como lo hizo el texto original a los antiguos devotos- pero el autor confiesa que sólo busca respuesta a una pregunta: ¿qué ocurriría si regresara?
Frey considera que los descubrimientos de la ciencia nos han situado en el último horizonte del conocimiento, al borde mismo de un desvelamiento formidable pero en verdad muy distinto al caudal de ilusiones que hemos incubado durante milenios. No hay nadie a quién rezar, dice Ben Sion, ni cielo ni infierno. Tan sólo hay la vida efímera de unos hombres cuya única redención será amarse mientras estén vivos en esta insólita pausa que hay entre dos eternidades vacías.
Ben Sion regresa para decir esto y quizá por ello es condenado de nuevo al sacrificio. Es el Maestro de Justicia de los esenios, el Nazareno de los cristianos, el Siervo Sufriente de Isaías, el chivo expiatorio de la tragedia humana. Y nos redime aceptando un destino espantoso. No porque sea la víctima de un padre brutal, de un hermano vengativo, de la indigencia, de un accidente, de un cirujano desalmado... Lo que nos parece inconcebible, nuevamente, es que teniendo el poder de librarse de todos los males, acepta cargarlos en su espalda, sufrirlos en un incomprensible gesto de mansa aceptación. El espectáculo de violencia e impotencia en la narración de Frey es conmovedor y difícilmente soportable.
[Publicado el 03/3/2012 a las 19:37]
[Etiquetas: James Frey, El último testamento, Mondadori]
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Podemos leer la carta de Fidel Castro a los cubanos como el testamento de un hombre al que siempre le resultó más fácil hablar que escribir. Nada queda en el texto divulgado por Granma de la grandiosa teatralidad de sus actuaciones públicas; muy poco subsiste de la elocuencia que conmovía a las masas hipnotizadas.
Pero la brevísima disertación autobiográfica tiene su interés y no vale la pena conformarse llamándola "carta de dimisión". Lo sustancial se esconde detrás de algunas frases y leyéndolas uno debe preguntarse ¿a quién se dirige Fidel? ¿A quién dedica las sutiles consideraciones de su mensaje?
Quizás a los fervorosos partidarios del régimen, que hace tiempo temen sufrir la soledad de los huérfanos.
A lo mejor a los más razonables de sus herederos, conscientes del declive que aguarda a un régimen hecho a imagen y semejanza de su paternal tutor.
Sin duda la carta quiere consolar el corazón entristecido de sus admiradores y, en cierto modo, paliar la furia de sus detractores. Varias veces apela a la inteligencia.
En cualquier caso, la carta se dirige al único interlocutor que importa a Fidel Castro: la posteridad. Es un tuteo que mantiene desde hace tiempo.
El dictador derrotó a sus enemigos, sedujo a sus adversarios, humilló a sus contrincantes. Se elevó por encima de los traidores, de los taimados, de los dubitativos. Fue el fuerte, el único, el gran Yo de su yo, mientras la mayoría de sus contemporáneos, incluso los que presumían de ser sus amigos, caían aniquilados por la decadencia o la confusión.
Fidel Castro no cede ante nadie. Tan sólo en un lugar existe la potestad de dar por concluida su Historia: y este lugar es la muerte. Sólo con la muerte negocia Fidel. Y esto es lo que está haciendo.
"Mi deber -dice Fidel desde la clínica y a sus años- es no aferrarme al cargo ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes". No aclara por qué le costó tanto tiempo cumplir su deber.
¿Un inesperado rasgo de humor en boca del comandante?
Un par de párrafos antes había dicho: "mi deseo es cumplir el deber hasta el último aliento".
Ningún lector debe sentirse defraudado pues a pesar de la brevedad, el género epistolar resuelve sus cábalas: Fidel renuncia pero permanece.
El último párrafo de la carta es una sorprendente promesa: "seguiré escribiendo". Y anuncia el título elegido para su libro:"Reflexiones del compañero Fidel".
Pero la "autobiografía" del comandante ya la escribió un cubano exiliado, Norberto Fuentes. El segundo tomo apareció el año pasado, en la editorial Destino, de Barcelona. Ya les contaré.
[Publicado el 20/2/2008 a las 20:05]
[Etiquetas: Fidel Castro, testamento, biografía]
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Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Entre 2005 y 2008 ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral desde dónde reanudó la convocatoria del Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria. Ha sido editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo.
Tengo una pregunta para mí
En la 2 de RTVE
¿Quién nos enseña a vivir?
Basilio Baltasar conversa sobre enseñanza y educación
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Fue en cierto modo afortunado al...
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