Los tres telones de la Transición

Excavación de una fosa común con restos de fusilados.
La Ley de Memoria Histórica y los autos del juez Baltasar Garzón han provocado en buena parte de la sociedad española una escandalizada beligerancia pero detrás de éstas precipitadas muestras de indignación se distingue una escalofriante mueca de pavor, una desesperada angustia, un sacramental y espantoso lamento. Como si una trompeta surgida de los oscuros lindes del tiempo tronara anunciando la resurrección de los muertos y éstos regresaran a reparar las cuentas pendientes que los vivos quisieron olvidar.
No carecen de fundamento estos temores. En realidad, la disputa jurídica y política sobre la oportunidad de las exhumaciones y el sentido de la deuda contraída con los españoles arrojados al olvido de la fosa común nos permitirá afrontar la postergada culminación de nuestra Transición democrática y conocer al fin el motivo por el que la derecha católica impide la rehabilitación moral de las víctimas asoladas por el inmundo paseíllo de los fusilamientos furtivos.
A diferencia de lo ocurrido en Bosnia, Ruanda, Guatemala o Argentina, en dónde las tumbas de los masacrados han sido abiertas para devolver los cadáveres a sus familias como el más triste y pobre de los consuelos que éstas se resignan a recibir, en España, en la europea España del siglo XXI, un poderoso tabú mantiene a nuestros muertos hundidos en el fondo de una doble sepultura. Cubiertos de tierra y musgo en las inhóspitas cunetas rurales y aplastados por la ignominia de vagar en el más extraño exilio impuesto a los vencidos.
Que el sentido común de los católicos españoles sea inmune a la piedad o a un ecuánime ideal de justicia nos obliga a interrogarnos sobre el origen de la terca consigna sostenida por la Conferencia Episcopal y a detenernos estupefactos ante el perturbador enigma: ¿por qué la Iglesia Católica se niega a dar "cristiana sepultura" a viejos cadáveres desterrados?
Para resolver la cuestión que la arrogante jerarquía eclesiástica y el estado Vaticano no quieren ni plantearse será preciso considerar el triple significado de una Transición convertida en tótem de la amnesia histórica española. Una Transición que mientras se cita en el exterior como la ejemplar lección de concordia política que España dio al mundo, en el interior se ha convertido en el relato de una coerción a la que todos deben rendir pleitesía y expiación.
Sin embargo, la Transición es un argumento de diferentes posibilidades expresivas que tiene a su disposición los rudimentos escénicos de tres géneros teatrales (el gozo de la comedia, la tristeza del drama y la horrenda tragedia) para representar el intrigante y fabuloso guión de la verdad.
La Transición como comedia es la alegre puesta en escena de un deseo alimentado por la sincera voluntad de perdón y reconciliación entre los que rechazando un pasado necio y salvaje, cancelaron su retórica fraticida y auspiciaron el esplendor democrático de una España impaciente por acudir a su cita con el mundo.
La Transición como drama es la historia de los abnegados y heroicos combatientes contra la Dictadura que librándose de la muerte vivieron lo suficiente para verse apartados del apoteósico retorno a la democracia y tratados como estorbos sacrificados por un país que no podía recordar su contribución sin poner en peligro el frágil equilibrio negociado con los vencedores de la Guerra Civil.
La Transición como tragedia, finalmente, es un escenario invisible a la conciencia crítica pero en su tablado los dioses inexpugnables claman sus titánicas exigencias cuando recuerdan lo que para ellos debe seguir siendo la Transición española: el pacto de no agresión firmado por las dos castas políticas que ganaron la Guerra Civil.
Sólo una de ellas, como es bien sabido, se apoderó del país entero, pero mientras las poderosas fuerzas anti democráticas se enfrentaban encarnizadamente en el frente, cada una en su territorio pudo perseguir a los enemigos del totalitarismo fascista y estalinista. Los falangistas en la zona nacional y los comisarios soviéticos en la zona roja liquidaron política y moralmente a los republicanos, liberales, librepensadores, masones y anarcosindicalistas cuya influencia tanto estorbaba a sus respectivas quimeras de dominio universal.
Al guión de este género trágico prefieren atenerse hoy los obcecados partidarios de una Transición consagrada como excomunión de los derrotados, como repudio de unos vencidos cuyo simple recuerdo altera la preceptiva amnesia institucional. La desafortunada pero muy reveladora metáfora empleada por Santiago Carrillo para advertir al juez Baltasar Garzón ("le puede salir el tiro por la culata") nos da una idea de los demonios familiares que alientan la perpetua inmolación de los excluidos.
La negativa a exhumar los restos mortales de las víctimas esparcidas por los campos de nuestro país, compartida como se ve por representantes de las dos Españas, es un descabellado propósito que hace más dolorosa la tragedia de los españoles prohibidos. Pues lo que vienen a decir los intérpretes oficiales de la Transición es que son aquellos muertos desterrados del cementerio el origen de la discordia nacional y que su regreso simbólico tarde o temprano desembocará en el indeseable retorno de las controversias que arruinaron nuestro destino.
Que esta superstición arraigue en el tejido institucional español y obtenga para su causa tan destacados apoyos jurídicos, setenta años después de caer abatidos al suelo los primeros asesinados, deja en evidencia nuestra angustiada penuria intelectual y las patéticas aprensiones primitivas que nos dominan. Los que absurdamente secundan la consigna episcopal -contraria a la razón democrática, al derecho y al sentido común- auspician una doctrina arcaica que aunque avergüenza al mundo civilizado, obtiene entre nosotros un desconcertante respaldo.
A causa de la rotunda victoria militar de 1939, la Iglesia católica española se arrogó el derecho a ser la única administradora del culto a los muertos y a regir su reposo mediante sus rituales de paso al más allá. Al parecer es ésta una prerrogativa que la Conferencia Episcopal reclama como irrenunciable y en el catálogo de sus privilegios, mientras convoca beatificaciones masivas de sus mártires, figura la potestad de condenar a los fusilados que durante la Guerra Civil se expulsó para siempre de los cementerios. Como si fueran reos de un pecado abominable cuya remisión les será negada a perpetuidad.
Lo que subyace a este delirante integrismo ideológico es un corpus de creencias cuyo hechizo ha subyugado a numerosos sectores de la sociedad española, conmovida todavía por los fantasmas de un miedo corrosivo, un temor que nutre la anacrónica excepcionalidad de nuestra supersticiosa mentalidad nacional.
No obstante, y por lamentable que nuestro espectacular empecinamiento, al final la razón vencerá. La exhumación de los cuerpos abandonados y la honrosa rehabilitación de los condenados tendrán lugar. A pesar de los temores excitados por los recalcitrantes apóstoles del pasado, los demonios no volverán. En contra de sus agoreras advertencias, el retorno de los muertos al cementerio será el final de una historia cuyo desenlace concitará el respeto de los ciudadanos. Para los creyentes, la localización de los cuerpos perdidos supondrá dar cobijo a las almas en pena errantes desde hace setenta años. A los escépticos, la identificación de los restos mortales desenterrados les permitirá cumplir al fin un inexcusable deber familiar. La apertura de las fosas comunes dará por concluida la Transición, sellará el pacto de la verdadera reconciliación, reforzará las instituciones con renovadas energías de racionalidad política y dará plenitud espiritual a un país que desea vivir sin miedo a sí mismo.
[Publicado el 14/11/2008 a las 13:24]
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La personalidad de Obama y la elocuencia de sus discursos van más allá de las razones políticas. Conmueven a un auditorio que a pesar de los fracasos sigue confiando en la posibilidad de un hombre. Quizá la multitud no se haga cargo de la complicación de lo real (esa insoportable frase de los expertos: "mire usted, eso es muy complicado") y también es probable que no le importe en absoluto. La intuición de los votantes que hemos visto llorar y reír en las ciudades de USA palpita de otro modo. Se dice que la crisis financiera (a la que deberíamos llamar por su nombre: estafa global) ha reforzado la candidatura de Obama. Es posible. Pero la verdadera fuerza que ha levantado el nuevo Presidente con su presencia es otra. Los crédulos (y por una vez no deseo satirizarlos) se preguntan: ¿será posible confiar de nuevo en alguien? En alguien que esté ahí arriba quieren decir. Los escépticos nos advierten acerca de los límites que la Casa Blanca impone a sus inquilinos, sobre la rudeza de un Estado maquinal y las obligaciones contraídas por el renqueante Imperio militar y democrático. Pero el fiasco de Bush ha sido de tal calibre que tan solo con restaurar lo que el tejano deshizo, Obama ya habrá cumplido con su parte del trato: cerrar Guantánamo (como nos recordaba ayer Saramago), restaurar el consenso y activar los foros internacionales (aún con las viejas deficiencias del año 2000), y capitanear el proceso para poner fin a las guerras de Iraq y Afganistán. Pero en Obama se distinguen cualidades que pasan por encima de las urgencias más tangibles. ¿Qué ven los ciudadanos del mundo en el primer Presidente negro de los Estados Unidos? En otra época las alabanzas se habrían desbordado. A pesar del entusiasmo popular que parece levantar Obama a su paso (en Berlín, por ejemplo) hay un juego dolido de deseo y temor. Es el coste de las decepciones.
[Publicado el 06/11/2008 a las 12:11]
[Etiquetas: Obama, Guantánamo, consenso internacional]
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The Last Laugh - You Tube.
Durante estas últimas semanas hemos podido leer excelentes artículos sobre el origen del colapso financiero mundial y hemos visto diestramente analizadas las maniobras especulativas que nos han llevado al borde de la quiebra total. Muchos de los textos han sido reveladoras y educativas manifestaciones de sagacidad pero los sentimientos encontrados que esta crítica suscita entre alguna de las víctimas de la especulación son una prueba sorprendente del formidable poder que a pesar de todo conservan las ideologías: no importa cuán evidente sea el robo cometido por los grandes expertos de la economía global, siempre habrá alguien que acuda en su auxilio.
Quizá por ello debemos agradecer al viejo gremio de los cómicos que mantengan imperturbable su talento y se dediquen con denodado esfuerzo a deshacer tan tercos espejismos.
- The Last Laugh - Hipotecas "subprime"
[Publicado el 21/10/2008 a las 19:24]
[Etiquetas: Finanzas, regulación]
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George W. Bush y Gordon Brown.
Algunos comentaristas de nuestro blog acogieron con enfado mi crítica al discurso de Zapatero. Unos creyeron que peco de inocencia cuando reclamo medidas contra el fiasco financiero de los especuladores. Otros lamentaron mi ignorancia en asuntos de tan elevada complejidad "económica".
La reacción de los gobiernos europeos y el reciente concordato de los 27 nos permiten recordar lo que con supuesta arrogancia yo reclamaba, y dictaba incluso, a Zapatero. Que los fondos públicos destinados a tapar el agujero abierto en la línea de flotación del sistema bancario no fueran un nuevo cheque en blanco a los mismos que han arruinado a sus accionistas y clientes, que se investigue el origen de la catástrofe, se identifique a sus responsables y se corrija de una vez el mecanismo fallido que ha puesto al mundo al borde del colapso.
La prensa recoge en amplios reportajes las sorprendentes iniciativas de los estados contra el que hasta ahora ha sido el dogma del "libre mercado". La naturaleza del fracaso es de tal calibre, y tan angustioso el susto, que ninguna autorizada fuente neocon se atreve a poner en duda la conveniencia de las medidas intervencionistas.
Bush (¡Bush!) nacionaliza parcialmente los grandes bancos de los Estados Unidos y renuncia a su anticuado y torpe plan de rescate -que consistía en eso: en dar más dinero (de los contribuyentes) a los que ya lo habían perdido todo (de sus clientes).
Gordon Brown capitanea a los líderes europeos y después de los tímidos y desorientados balbuceos emitidos las últimas semanas se proponen "reforzar la vigilancia" del Fondo Monetario Internacional, crear 30 colegios de supervisores con el encargo de controlar a las entidades financieras y diseñar un sistema de alarmas globales en base a una nueva y estricta política de regulación.
¿Saben ustedes, queridos lectores, qué significa la impetuosa reflexión de nuestros representantes institucionales? Sencillamente: que el Fondo Monetario Internacional no se enteraba de nada, que los fondos de inversión hacían lo que les venía en gana, que nadie vigilaba a los operadores globales y que los supuestos instrumentos de control estaban oxidados. En suma: la codicia de los especuladores campaba a sus anchas.
[Publicado el 16/10/2008 a las 14:08]
[Etiquetas: Caos financiero, regulación, control]
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Si Jacob es el hombre, el ángel es el tiempo

Carlos Fuentes recibe el Premio Don Quijote.
México organiza un homenaje de Estado a Carlos Fuentes y moviliza a un amplio número de intelectuales alrededor de su obra. Las Academias, como inventario y recapitulación, hacen una edición conmemorativa de La región más transparente: cincuenta años después de su publicación y al cumplir ochenta años su autor.
Héctor Aguilar Camín me pide un texto para el número especial que la revista Nexos dedica a Carlos Fuentes y se me ocurre enumerar los asuntos que a menudo aparecen en nuestras conversaciones:
La celebración de las obras maestras de la biblioteca universal;
la complicidad con el hombre libre de tapujos y servidumbres;
un admirado asombro por la lealtad;
una incondicional veneración por la belleza de las mujeres
-y la nobleza de los hombres;
una radical concepción de la ofensa;
la inclinación a batirse en duelos de honor;
un sentido sensual y trascendente de la historia, el combate y la derrota;
una conciencia del deber y una apetencia del querer;
la elocuencia de la palabra dicha;
un singular aprecio por la perecedera coincidencia de los afectos;
la trágica certeza de estar viéndolo todo por última vez;
la humanidad como encarnación olímpica de dioses errantes;
la humanidad como desdicha;
el cuerpo como templo del alma fornida;
el cuerpo como cuerpo mortal del erotismo divino;
la conversación como única oportunidad de la inteligencia fugaz;
la taberna como eucaristía de los olvidados;
la ignorancia como castigo a los estúpidos;
la necedad como destino de los miserables;
la aristocracia del espíritu;
ocultar emociones, no negarlas;
la misión del escritor obligado a desacralizar el misterio de la existencia;
conciliar el pensamiento crítico y la diplomacia;
la gran novela americana.
Si Jacob es el hombre, el ángel es el tiempo.
[Publicado el 14/10/2008 a las 14:06]
[Etiquetas: Carlos Fuentes, homenaje en México.]
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Lo que debería haber dicho Zapatero

Se encienden los focos, se conectan los micrófonos y desde su podio el Presidente anuncia las medidas que deben paliar los efectos de la crisis financiera internacional en la economía española.
Un fondo de 50.000 millones de euros para inyectar liquidez al sector y una garantía pública de 100.000 euros a los ahorros bancarios.
¿Eso es todo?
La izquierda tartamuda vuelve a hacer de las suyas.
Además de padecer su tradicional parálisis de ideas ante el espectáculo organizado por los insensatos avariciosos de Wall Street, la izquierda imita las ocurrencias del capitalismo salvaje. Acepta sin rechistar que la única salida al expolio de los grandes directivos sin escrúpulos es... reponer con el dinero de los contribuyentes lo que aquellos han perdido en su última jugada.
La codicia infatigable de los especuladores ha llevado al mundo al borde del colapso y la izquierda se limita a compartir la preocupación con gestos compungidos. La misma liturgia en todos los países.
He aquí lo que ayer estaba obligado a decir Zapatero a los ciudadanos españoles:
"Además de las medidas monetarias de urgencia que acabo de anunciar, he ordenado al Banco de España y al Ministro de Economía la realización de una amplia auditoría que nos permita conocer el diámetro del agujero al que estamos siendo arrastrados y el alcance de la crisis que afecta a nuestro país. La investigación identificará a los agentes económicos que hayan burlado las reglas del sistema financiero y provocado la situación que hoy padecemos.
Además, he convocado una comisión gubernamental que elaborará las nuevas normas de control a las que, de ahora en adelante, estarán sometidos los operadores bancarios y bursátiles, especialmente aquellos que hagan uso de los fondos públicos puestos en circulación.
La era de la impunidad ha acabado. A partir de ahora el libre mercado será un instrumento de crecimiento y prosperidad regulado, como el resto de las actividades ciudadanas, por la ley y la justicia".
Esto es lo que debería habernos contado Zapatero.
[Publicado el 08/10/2008 a las 15:59]
[Etiquetas: Zapatero, crisis financiera, crisis de la izquierda]
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El furor intransigente de los clérigos

El pensador George Steiner.
Las reflexiones del profesor y erudito George Steiner sobre la novela, el yo, la memoria, la tecnología y el imprevisible destino de nuestra cultura condensan su enciclopédica y admirada indagación crítica pero sólo uno de sus recientes comentarios ha excitado la atención de los lectores españoles. Alertados por la difusión que El País Semanal dio a las declaraciones de George Steiner, una autoridad en el estudio de la riqueza multilingüe europea, los miembros del PEN Club de Galicia se apresuraron a condenar con extremada dureza las poco condescendientes alusiones que Steiner dedica a la lengua gallega.
"¡No me compare el catalán con el gallego!", dice Steiner a su entrevistador. "El catalán -añade- es un idioma importante, con una literatura impresionante".
La reacción de los poetas, ensayistas y novelistas reunidos en el PEN Club gallego no se hizo esperar y cuatro días después de publicada la entrevista arremetieron contra el "octogenario desinformado" que tan grave afrenta tuvo la osadía de cometer. El manifiesto embiste también contra Juan Cruz, el autor de la entrevista, reprochándole no haber puesto "remedio" a las opiniones del influyente intelectual europeo.
El manifiesto urgente del PEN Club gallego incluye amonestaciones que deberán ser objeto de un detallado análisis por parte de los aludidos pero su contribución al debate contemporáneo se ciñe a un insólito eufemismo: el periodista debería haber censurado a George Steiner remediando sus respuestas.
Es probable que a estas horas los autores del manifiesto todavía estén celebrando haber reaccionado con tanta firmeza al agravio y en su alegría permanezcan totalmente ajenos a la perturbación que han introducido en la trayectoria del club al que dicen pertenecer. Por lo visto no perciben ninguna contradicción entre su airada requisitoria y los principios proclamados por una sociedad internacional de escritores que desde 1921 no ha dejado de lamentar y denunciar la censura y la persecución padecida por escritores de todo el mundo.
En vez de acomodarse al principio de tolerancia que preside la cooperación entre sus colegas, los escritores del PEN Club gallego, creyendo que ciertas opiniones no se pueden tolerar, y exigiendo que se les ponga remedio, se levantan ufanos en medio del estropicio español.
El enfado colérico de los autores del manifiesto podrá considerarse una anécdota insignificante pero la impetuosa y veladísima amenaza contra el periodista -candidato a ser nombrado persona non grata por los cenáculos nacionalistas- es un escándalo inconcebible en los países de nuestro entorno.
Los galleguistas podrían haber aprovechado las declaraciones de George Steiner para plantear una controversia que sin duda nos habría ayudado a conocer mejor los logros de la literatura gallega. Pero en lugar de asumir el riesgo de la disputa, los autores del manifiesto han preferido dictar un anatema y renovar el más español de los impulsos: el furor intransigente de los clérigos.
Téngase en cuenta que el anhelo de liquidar al contrincante tiene entre nosotros una larga tradición institucional y popular pero sólo adquiere rango de identidad nacional cuando actúa debidamente enmascarado. Lo típicamente español, lo que ayuda a mantener vigente la confusión y el caos conceptual entre las nuevas generaciones, es la habilidad con que se concilia la ferocidad intelectual y la benévola apariencia del protector de las artes y las letras. Entre nosotros no es imposible proclamar libertad y tramar censura. Ensalzar a las lenguas y maltratar a sus hablantes. Opinar lo que nos venga en gana y decirle al vecino que lo intente.
A diario descubrimos a nuestro alrededor indicios fatales de la maldición española y después de 30 años de democracia comprobamos que el ponzoñoso pensamiento reaccionario ha subsistido pese a toda ilusión y ha contaminado, quién sabe si definitivamente, la enfermiza desorientación de un país entregado a sus caprichosas emociones tribales.
Cuando nos veamos obligados a explicar a un colega europeo las actitudes aireadas con tanto orgullo como prepotencia por el PEN Club gallego le diremos: el dominio político de la mentalidad absolutista -vigorosamente reciclada por el catolicismo militante y por la izquierda autoritaria- genera estas espontáneas reacciones despóticas.
Si aturdido no nos cree, citaremos a los logócratas que Steiner identificó en uno de sus conocidos ensayos, a esos reaccionarios antiilustrados partidarios de ver en la lengua del hombre los orígenes sagrados que la colocan por encima de sus usuarios. Los herederos gallegos de los logócratas también han reconocido en su lengua patria el rango sacramental que hace sacrílega cualquier crítica que un humano de carne y hueso se atreva a insinuar.
De este modo, amedrentando a los demás con nuestras irascibles convicciones, los españoles conservamos intacto el legado religioso de nuestros fanáticos ancestros.
Artículo publicado en: El País, 16 de septiembre de 2008.
[Publicado el 16/9/2008 a las 11:04]
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Epígonos cansinos de la Inquisición

Accidente aéreo en Barajas.
Al lector avispado no le habrá pasado por alto el artículo que ayer firmaban en El País un teólogo y un filósofo. La reflexión, que lleva por título ¿Dios en Barajas?, enumera algunos interrogantes sobre los beneficios o maleficios del progreso técnico y se pregunta si la confianza en la tecnología podrá resolver el riesgo de vivir junto al insondable abismo de la nada. Los dos autores evocan la consternación padecida cuando la muerte súbita y brutal nos recuerda la ausencia de una respuesta convincente al enigma de la vida. Y a cuento de los dolores televisados después del accidente aéreo, los autores subrayan la perplejidad que imponen las grandes catástrofes y cuánto nos consolaba, en otro tiempo, la creencia en la vida eterna.
En realidad, las obviedades elaboradas en el artículo no excitarían ninguna polémica en este incipiente otoño si no fuera por la extraña tentación en la que ambos autores -el teólogo y el filósofo- han decidido caer. Su paseo matutino por las fronteras de la metafísica nos les impide formular un voraz diagnóstico de los males de nuestro tiempo:
"(Tanto) el creyente como el increyente (sic) debemos recordar que todas las promesas espléndidas que los ilustrados del siglo XVIII vincularon al progreso, han generado hoy el fatalismo pasota de nuestra posmodernidad, al no haberse cumplido".
Como si no tuviéramos bastante con los sustos que nos da la vida. Que la teología autorice semejante ejercicio de sociología urgente ya es motivo de espanto pero que para los autores del artículo los culpables de nuestra desdicha contemporánea vuelvan a ser Diderot, D'Alembert y Voltaire nos da una idea del acecho al que seguimos sometidos.
En realidad, son preferibles las acusaciones que los militantes católicos ultramontanos lanzaban contra los ilustrados. Al menos, el tacharlos de emanaciones del diablo nos eximía de entrar al trapo de una discusión estúpida. Los herederos de aquél fervor apostólico y romano, sin embargo, modernizando la apariencia de su discurso y apropiándose de algunos superficiales fragmentos de la crítica a la Razón Ilustrada, mantienen vigente el empeño de su vieja obsesión: cargar de nuevo las tintas -¡y menos mal que sólo son las tintas!- contra los ilustrados que fracturaron siglos de dominio eclesiástico en Europa.
¿Puede mantenerse tan vigoroso un juramento vengativo? ¿Puede la jerarquía teológica sostener su vieja inquina? ¿Estamos envueltos todavía en aquél combate? Esto es lo que nos parece cuando leemos un artículo que después de denostar a los ilustrados como origen de nuestra decadente tristeza se dedica, sin empacho, a reclamar "el progreso humano y la educación total".
No nos cuesta ningún esfuerzo identificar los gestos propagandísticos a los que nos acostumbraron los discípulos de Menéndez Pelayo pero ¡cuánto cansa comprobar el denuedo de su empeño!
[Publicado el 12/9/2008 a las 13:17]
[Etiquetas: José I. González Faus, Francisco Fernández Buey]
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Lamento de la oportunidad perdida

Carlos Monsiváis y Basilio Baltasar en El Escorial
A principios del mes de agosto dieron comienzo en El Escorial las jornadas que Jorge Volpi y Ana Pellicer han dedicado a la literatura hispanoamericana con el título "Pensar y escribir en América Latina". Compartí con el intelectual y escritor mexicano Carlos Monsivais la jornada de inauguración y un estimulante diálogo. En otras sesiones intervinieron Edmundo Paz Soldán, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, José María Ridao, Iván Thays y, entre otros, Jorge Volpi.
Este fue el texto que leí a los asistentes.
"Hace diecisiete años se presentó en Ciudad de México una obra de teatro que probablemente no ha sido repuesta desde el fulgurante día de su estreno. Aquella noche en el escenario del Teatro Nacional el público invitado contempló con entusiasmo una de las más increíbles representaciones montadas frente a los palcos y butacas del vetusto y glorioso edificio. Los actores temblaban de ansiedad, el director temblaba de miedo y el público, de emoción. Un murmullo místico recorría los tablones de esa gran caja de resonancia y todos contribuían con su inquietud a fomentar el portento de la anunciada resurrección.
Aunque en realidad no podía decirse que fuera, en sentido estricto, un auténtico estreno teatral, la reposición adquiría una categoría insólita pues la obra de teatro regresaba por primera vez al escenario 500 años después.
La obra fue escrita por los franciscanos en los primeros años de la Conquista y por lo que sabemos se convirtió en poco tiempo en el más eficaz instrumento de evangelización que pudieron haber ideado aquellos pioneros. Los indígenas asistían asombrados a las representaciones ambulantes que recorrían el golfo de México y contemplaban con indiscernibles sentimientos las piruetas y los vehementes discursos de los predicadores convertidos en personajes de un drama formidable.
Tampoco entonces podría haberse dicho que la obra fuera un verdadero estreno pues los franciscanos llevaban a escena una historia escrita muchos siglos antes. Consternados por la liturgia caníbal de los dioses aztecas y el impetuoso sacrificio de las víctimas propiciatorias, los franciscanos comprendieron la inesperada utilidad de un descuidado capítulo bíblico.
La historia de Abraham e Isaac les servía para divulgar la piedad de los nuevos dioses y transmitir a la sociedad indígena los rasgos de la cultura recién llegada: al supremo creador del universo, el padre del cosmos, no le complacen los sacrificios humanos.
Los franciscanos anunciaron la buena nueva a los aztecas: los sacrificios humanos fueron abolidos mucho tiempo atrás, el día en que Abraham levantó por última vez el cuchillo sobre el tierno cuello de su hijo Isaac.
Como los franciscanos evangelizaban en el México recién descubierto sin la ayuda del ángel del Señor -el que un par de milenios antes sujetó el brazo de Abraham- sacaron al género teatral todo su provecho. Adaptaron la vieja historia bíblica a los usos y costumbres del Nuevo Mundo y dieron a sus viejos protagonistas un renovado ímpetu. Nada contribuiría a desautorizar más fulminantemente a los sacerdotes del culto antropófago que la prueba evidente de la voluntad del Dios pacificador.
En el Teatro Nacional de Ciudad de México, en 1991, los espectadores ofrecían su colaboración al director de la obra y con su ansiedad y curiosidad encarnaban la expectación de sus lejanos antepasados. Aquél día parecía inevitable sentirse como los antiguos fieles de la ancestral religión antropófaga pero pocos se detuvieron a meditar el verdadero sentido del estreno.
Con la obra franciscana se representaba el parto de un doloroso nacimiento: en el corazón de los pueblos indígenas iba a nacer una poderosa e inédita fuerza histórica: la culpa del pecado original. Al rescatar los capítulos del Génesis y montar con ellos una obra de teatro, los franciscanos metían en el relato mesopotámico de la Creación a los salvajes americanos recién descubiertos. Levantaban entre ellos las extrañas figuras del imaginario oriental, los integraban en una peculiar modalidad histórica -en una nueva medida del tiempo- y precipitaban su inmersión en la insurgente mentalidad dominante.
Este era el verdadero estreno que anunciaba la obra de teatro: ante los ojos asombrados de los aztecas nacía la conciencia de un pecado perturbador y brotaba un sentimiento de culpa inimaginable.
Los indígenas "descubrían" que la tradicional y sancionada participación en los misterios religiosos de su tiempo -el ágape de la carne y la sangre- era una abominable y pecaminosa violación de "los mandatos de Dios".
El público que asiste al estreno de la obra en el México de 1991 contribuye a la veracidad del espectáculo: como la obra se representa en el idioma original en el que fue escrita, el nahuatl, los espectadores deben aplaudir sin entender nada de lo que se esta diciendo en el escenario.
No podemos comparar la culpa por devorar cadáveres de hombres sacrificados con la culpa por no entender el idioma del viejo imperio azteca, pero como contribución a la dramaturgia del estreno no estaba nada mal: en lugar de limitarse a gozar el espectáculo, el invitado asistía con avergonzada impaciencia al inacabable y realmente misterioso auto sacramental.
Los aplausos al finalizar la obra reconocían el mérito de una doble escenificación: una obra prohibida por la Inquisición y una lengua prohibida por la Inquisición (los dominicos supremacistas sustituyeron a los franciscanos multiculturales); los aplausos, digo, fueron ruidosos y entusiastas y el público puesto en pie quiso recompensar la destreza de unos actores que habían aprendido a pronunciar con soltura y brío dramático en una lengua endiabladamente complicada las vehementes intervenciones del viejo Abraham, el joven Isaac y el longevo Jehová.
Mientras me disponía a abandonar el teatro, comprendí el vínculo histórico revelado en aquella inolvidable velada: los franciscanos misioneros en México en el siglo XVI habían reproducido la misma estrategia narrativa de los redactores del Génesis.
Ni a los franciscanos españoles se les aparecía el ángel de musculatura poderosa ni a los escritores bíblicos el iracundo y sólo a veces piadoso Yahvé. Toda la creencia universal se funda en este equívoco: el simulacro religioso es un artificio literario.
La Biblia entera es el esfuerzo descomunal llevado a cabo para imponer la regulación jurídica y psicológica del comportamiento civilizado. A veces usando la superstición, otras, la excitación del instinto culpable, a veces la fantasía visionaria o el alarde de la imaginación. Cualquier género o recurso literario -poético o profético- servía al mismo fin: perfeccionar el relato concebido para seducir, y sosegar, a los hombres.
Los franciscanos hablaron a los caníbales aztecas como los escritores de la Biblia a los antropógafos de Mesopotamia: construyendo una autoridad cuyo aspecto mereciera credibilidad -o miedo.
Ahora bien, sometidos los instintos asesinos del hombre, o encauzados sus impulsos criminales, ¿como sustraerse a la fascinación religiosa tan hábilmente urdida por los escritores de la Biblia? ¿Cómo deshacer el hechizo de tan soberbia narración? ¿Cómo deconstruir la figura divina inventada para someter a los hombres salvajes? ¿Cómo extirpar su influencia tenaz e inesperadamente arraigada en la mente de los hombres?
Digamos que los hombres razonables inventaron un dios didáctico al que no supieron destronar.
La obra de los franciscanos representada en Ciudad de México -en el 1500 y en 1991- nos permite admirar el gran juego de la literatura y buscar respuesta a la pregunta formulada en estas jornadas: ¿para quién se piensa y escribe en nuestros países?
Un esfuerzo de síntesis nos hace falta para centrar el paradigma hispanoamericano al que debemos enfrentarnos: la Ilustración y la Modernidad restauran el legado clásico pre-cristiano, perfecciona el pensamiento crítico, deshacen el hechizo religioso, impugnan la autoridad inventada y estrenan un capítulo decisivo de la Historia: aquél en que el hombre se presta, como nos dijo Kant, a pensar por cuenta propia.
Todos los géneros literarios contemporáneos, todos los modos del ser escritor, se fundan en el discernimiento de la revolución ilustrada. Cervantes, Montaigne, Shakespeare, Spinoza...
Es preciso hacer un notable esfuerzo para renovar la cuestión que se ha querido presentar como caduca:
1. ¿Cómo pensar y escribir en una sociedad, la hispanoamericana, en la que ha fracasado la Ilustración y la Modernidad?
2. ¿Cómo concebir la escritura en un mundo que, después de perder la oportunidad ilustrada, se desliza sonámbulo por la confusa posmodernidad?
Hay que entender la relación de nuestro mundo hispano católico con la Biblia para ponderar el desafío al que debe hacer frente el escritor: por un lado la militancia católica que sin haber leído la Biblia defiende a capa y espada la sacralidad del libro divino; por otro lado, la militancia izquierdista que sin haber leído la Biblia la repudia como el tótem sacramental de la casta enemiga.
En estas condiciones, al carecer nuestras sociedades de los episodios esenciales a la evolución intelectual de los tiempos modernos, ¿cómo se puede pensar y escribir?
La fundamental obra de Spinoza, la maestría de su crítica bíblica (filológica, histórica, psicológica), el Tractatus teológico político, fue traducido al español dos siglos después de ser escrito y desde entonces ha sido constantemente omitido de la enseñanza y sometido a todo género de desprecios. Los españoles no leían sus libros pero la Inquisición mantenía un cerco de espías en aquél círculo de Ámsterdam en dónde sefarditas españoles debatían y discutían las cruciales cuestiones que revolucionarían la mentalidad del mundo moderno.
La pregunta es deliberadamente hiriente por lo que tiene de confusa: ¿cómo pensar y escribir cuando los lectores lo ignoran todo del mundo en el que creen vivir?
Quiero definir a la tradición hispano católica por la más flagrante de sus carencias y por la más ridícula de sus apariencias: la incapacidad para el pensamiento crítico y el adocenado estropicio de su pensamiento devoto.
El humus que hace fermentar el fervor nacionalista, ideológico, político, religioso o estético del territorio hispano católico es la ciénaga en dónde se hunden y pudren todas las imágenes producidas por la credulidad y la desidia de nuestras sociedades.
Véase, como ligerísimo ejemplo, la supuestamente gloriosa epopeya de Bolívar y la estela heroica que su figura deja en el imaginario colectivo americano. Todos los retratos que se cuelgan en los despachos de los próceres americanos lo ensalzan como un referente político, moral, patriótico. Pero ¿cómo jalear a un líder que en el lecho de muerte confiesa su fracaso histórico?
"La única cosa que se puede hacer en América latina es emigrar" -dijo Bolívar.
¿Quién iría detrás de semejante hombre? ¿Quién lo encumbraría a los altares del patriotismo?
"Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para pasar después a tiranuelos de todos los colores y razas".
¿Es éste uno de los padres fundadores? ¿Quién puede prestarse a glorificarlo como el caudillo de la gran causa nacional de la independencia?
La envergadura del dislate revela la raíz de nuestro carácter y deja en evidencia las penosas carencias de nuestras violentas contradicciones: el anticlericalismo popular no es incompatible con la participación en las procesiones, el sarcasmo blasfemo no es incompatible con la adquisición de los sacramentos, la universidad contribuye a divulgar creencias y supersticiones y el nacionalismo patriótico ensalza a sus fracasados. Y todo sin arrugar el ceño.
Hay que tener presente la farsa bolivariana para comprender el confuso vínculo que une a los autores con sus lectores.
Si la cultura hispano católica ha impuesto la doctrina de la sospecha y el arte de la simulación como comportamiento institucionalmente sancionado ¿qué relación puede existir entre la obra y el lector? ¿Qué descorazonadas servidumbres se darán entre ellos? ¿Qué tercas y sutilísimas desconfianzas y qué inconmensurables e invisibles reproches serán lanzados contra el autor por la airada multitud de lectores huérfanos y ofendidos?
Si se ha impedido a la sociedad hispano católica americana leer la Biblia, creerla primero y desbrozarla después, leerla y entenderla después de someterla al implacable escrutinio; sin haberse entrenado en la destreza del discernimiento crítico ¿cómo se podrá leer El Quijote o Hamlet? ¿Con qué cabeza quiero decir, se podrá resolver el jeroglífico de inteligencia inscrito en las grandes obras de la modernidad? ¿Cómo inmiscuirse con Joyce o temblar con Dostoievsky? ¡Cómo entender a Freud!
El lector hispano católico americano no puede parecerse al lector nacido con la novela moderna: la lectura es un acto de complicidad crítica en el que uno se sumerge no con la devota credulidad de los creyentes -ni con la arisca desconfianza de los escarmentados- sino con la certeza de compartir el conocimiento precedente.
Sin haber deshecho el hechizo religioso -que nada tiene que ver con la furia de los ateos o el fervor de los anticlericales-, sin desactivar el relato impuesto por la tradición del analfabetismo, será difícil discernir la estrategia narrativa de los escritores y el lector se sentirá incapaz de entender los grandes logros de la literatura universal y su verdadero vínculo con los enigmas de la condición humana.
El Escorial, 4 de agosto de 2008
[Publicado el 03/9/2008 a las 13:31]
[Etiquetas: Monsivais, Volpi, Biblia, Bolívar, literatura hispanoamericana]
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Sátira literaria del amargo espectáculo

El escritor Juan Goytisolo.
Leo la nueva novela de Juan Goytisolo (El exiliado de aquí y de allá, Galaxia Gutenberg) y anoto en los márgenes:
Con la elocuencia de su afilada prosa, Juan Goytisolo hace transitar al protagonista de su novela por la delgada línea que separa (y une) al Sistema del Antisistema y procede a desbrozar sin piedad la credulidad que nos confunde.
Con una ironía concebida para inspirar amargura, Juan Goytisolo zarandea el árbol de cuyas ramas sólo caen frutos podridos: la ilusión de los sentidos (en su doble aspecto de engaño y entusiasmo), la farsa de los ideales y el negocio mediático del Terror (que hace rentable el estado de pánico permanente).
Los capítulos de El exiliado de aquí y de allá emulan la naturaleza fragmentaria del relato contemporáneo y ridiculizan -con sarcasmo trágico- el síncope de la cultura: esa "pérdida brusca y repentina de conciencia" que precede a los ataques cerebrales.
Como preludio del colapso que se nos viene encima, la novela de Juan Goytisolo es la sátira literaria de lo que ya está aquí: la simbiosis creativa entre los servicios de espionaje, los grupos terroristas, el espectáculo de los medios y la credulidad de los ciudadanos.
Juan Goytisolo nos cuenta la verdad evidente tras la verdad oculta: el requeté etarroleninista, el yihadista y la brigada de espías mercenarios yacen en promiscua comandita y hacen de su cadena de atentados nuestra cadena perpetua.
Sabiendo que la emoción auspicia a la madre de todas las batallas (esta tercera guerra mundial), JG somete su propia emoción con una prosa cuyo sarcasmo es demoledor. No quiere alimentar la bulímica credulidad del hombre y renuncia a toda prédica: los ideales y las creencias son las trampas de nuestro tiempo.
La elegancia expresiva de la novela permite al autor mencionar mucho más de lo que llega a decir pero todo en ella sentencia al insólito siglo XXI: la envergadura de un engaño global cuya magnitud ha sido, hasta hace poco, inconcebible.
[Publicado el 30/7/2008 a las 17:59]
[Etiquetas: Juan Goytisolo, El Exiliado de aquí y de allá.]
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Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. En 1986 fundó la revista literaria Bitzoc y la revista de arte y arquitectura Gala. Fue director editorial de Seix Barral desde dónde reanudó la convocatoria del Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria. Entre 1989 y 1996 dirigió un programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March y es vicepresidente de la Fundación Yannick y Ben Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo. Es editor de El Boomeran(g). Entre 2005 y 2008 ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. En la actualidad es director de la Fundación Santillana.
20/3/2010 10:20
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
18/3/2010 05:14
es espectacular te la comiste...
Publicado por: estefani
02/3/2010 10:05
Baltasar, le doy las gracias...
Publicado por: Poli
25/2/2010 20:44
Publicado por: lo extrañamos
09/2/2010 02:12
Publicado por: Marcelo Dolutreno
08/2/2010 23:01
Publicado por: Elizabeth
08/2/2010 13:26
Publicado por: Sofía
06/2/2010 06:35
Publicado por: Luis José García Sánchez
18/1/2010 01:06
Publicado por: jbv a 10.710 km
11/1/2010 02:39
Publicado por: NB
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