La acción política se funda en una ilusión de la voluntad: somos actores de un mundo en transformación. Pero ¿qué ocurre cuando no podemos corregir el curso de los acontecimientos? ¿Nos damos por vencidos?
¿Y si los hechos del mundo fueran hechos acaecidos antes de nuestro nacimiento?
Lo que llamamos actualidad quizá sea el efecto visible de una acción cometida por individuos que fallecieron.
El presente sería entonces una deuda que no podemos cobrar.
La genealogía de los culpables se remonta a épocas inaccesibles.
Nadie pretendería retroceder en el tiempo para impedir la semilla del mal. Aunque si lo hiciera: ¿en qué tierra estéril la sembraría?
Se intenta, no obstante, remediar en vano lo que ocurre.
Es probable que la desesperación proceda de un defecto de percepción.
En realidad, cuando decimos "eso está ocurriendo", deberíamos decir "eso ya ocurrió aunque sólo ahora lo comprendo".
Evitar, impedir, corregir, y similares, son verbos ilusorios. Una presunción de nuestra irreflexiva manera de estar en el mundo.
Cuando un estallido (moral, emocional, bélico) nos sacude sólo podemos asegurar una cosa: no tiene remedio.
Esto puede llegar a ser una evidencia.
Hay un axioma de Spinoza que podemos meditar: "Dada una cosa cualquiera, se da otra más potente por la que aquella puede ser destruida" (Ética, parte cuarta).
Si queremos actuar en el mundo debemos rezar al pasado: implorar a aquellas fuerzas que destruyan a sus contrarias. Antes de que sea demasiado tarde.
[Publicado el 15/1/2009 a las 21:06]
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Explosión en Rafah producida por el ataque de un avión israelí.
Oriente Medio es el tablero de un juego peligroso, sin reglas y con demasiados jugadores. La dificultad de interpretar el sentido de los acontecimientos que estallan en este escenario bíblico da pie a maniobras fallidas, coléricas o ridículas (como la de Sarkozy anunciando la semana pasada en Egipto una tregua bilateral que no tuvo lugar).
Israel asalta la franja de Gaza y muchos se preguntan: ¿por qué ahora, en este preciso momento? Una primera respuesta: para entrometerse abruptamente en la agenda política de Barack Obama.
La toma de posesión del nuevo inquilino de la Casa Blanca (¡formidable epíteto para el presidente de un imperio!) tendrá lugar mientras los edificios civiles de Gaza se desploman bajo las bombas de fuego líquido, los habitantes corren despavoridos hacia ninguna parte y las fronteras siguen cerradas a cal y canto. La fuerza de los hechos brutales cercena la elocuencia de lo que Obama podría decir sobre Palestina, la paz, la concordia, el consenso de las mutuas concesiones, etc.
Los halcones de Israel han enviado a la Casa Blanca un mensaje: que a la señora Clinton ni se le ocurra restaurar la política de su marido. De aquella famosa foto de tres hombres dándose la mano no queda nadie: Rabin murió asesinado, Arafat murió calcinado por sus achaques, y Clinton debe seguir siendo un cadáver político. El nombramiento de Obama -Hillary como secretaria de estado de asuntos exteriores- encendió las alarmas en Tel Aviv -como si se avecinara uno de aquellos cacharros volantes de Saddam Hussein.
La atrevida iniciativa impulsada por Clinton durante su segundo mandato para sentar las bases de una paz definitiva consolidó el insólito acercamiento entre sionistas intransigentes y cristianos renacidos, la trama de una guerra redentora (Iraq) y la ilusión de un supremacismo mundial definitivo. Los dos sueños -el de la paz y el del dominio absoluto- han sido efímeros.
Es motivo de expectación la destreza que tendrá Obama para manejar a sus inevitables aliados en Oriente Medio.
[Publicado el 14/1/2009 a las 18:10]
[Etiquetas: Obama, Israel, Palestina]
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Uno de los dos autobuses con publicidad que circula por Barcelona
La Asociación Humanista Británica contrató espacios publicitarios en los autobuses de Londres para renovar un antiquísimo debate filosófico: ¿existe Dios? Un grupo de librepensadores catalanes ha colocado en los autobuses de Barcelona el mismo mensaje: "Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida".
La primera reacción del Estado Vaticano no se ha hecho esperar y el cardenal Paul Poupard, presidente emérito del Consejo Pontificio de la Cultura del Vaticano, se ha apresurado a calificar la iniciativa:"una campaña estúpida". El presidente de la Conferencia Española de Religiosos, Alejandro Fernández, dice que es "ofensiva". Simultáneamente, una Iglesia evangélica de Madrid ha contratado el autobús de la línea Fuenlabrada-Leganés-Aluche ("Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo") y el presidente de la Alianza Evangélica Española, Pedro Tarquis, afirma que el mensaje de los humanistas es una contradicción pues, según dice, "negar la existencia de Dios es reconocer que existe". Por su parte, el presidente de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas, Félix Herrero, reconoce el derecho de los ateos a terciar en el asunto religioso y admite que si hay debate "seguro que sacamos algo positivo".
He aquí bien delineadas las posturas que un ciudadano puede adoptar en esta discusión: los islamitas, que dan la bienvenida al debate; los evangélicos, que imputan a los librepensadores defectos de razonamiento; y los católicos, prestos como siempre a desacreditar a sus oponentes.
Debemos celebrar que la vieja disputa filosófica entre escépticos y dogmáticos adquiera de nuevo vigor entre nosotros. Será una oportunidad excelente para ensayar la eficacia de nuestros argumentos y la capacidad de la sociedad para poner a prueba sus presunciones.
Aunque intervenir en la querella exige subrayar el comienzo del mensaje humanista: "Probablemente..." Es ésta relajada invocación a la razón la que nos permite disfrutar de la vida antes incluso de empezar a discutir.
[Publicado el 13/1/2009 a las 17:35]
[Etiquetas: Humanistas, librepensadores, creyentes]
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Las infelices ocurrencias de Aznar

Sus modos y maneras, el fingimiento del carácter, la pose de la grave personalidad elegida para sermonear a los españoles respondieron fidedignamente a lo que se espera de un funcionario de provincias pero desde que abandonó la Presidencia del país y adoptó la pose de un play boy internacional no hay quien lo entienda.
De hecho, sus declaraciones demuestran que no ha llegado a comprender muy bien la diferencia que existe entre lo público y lo privado. Esto es algo muy coherente con su ideología "ultra liberal" -privatizar lo público cuando funciona, nacionalizar lo privado cuando quiebra- pero denota una confusión que puede llegar a ser catastrófica para su carrera.
Ahora se descuelga con una frase que ningún miembro de la clase política -excepto Chavez, Gadaffi o Ahmadineyad- se atrevería a pronunciar en público: "La victoria de Obama es un exotismo histórico".
Aunque no se sepa qué diantres ha querido decir con eso (¿la victoria de un negro es exótica? ¿querrá hacer Aznar con Obama lo que Zapatero hizo con Bush?), ha sido un atrevimiento insólito y demuestra una osadía atolondrada. La victoria electoral de Barack Obama es una retribución simbólica a siglos de esclavitud y explotación de los negros americanos. Millones de ciudadanos lo han vivido como una oportunidad para cancelar sin odio una historia vergonzosa. El mismo Obama ha escrito páginas memorables sobre el deber de superar el infierno racista con una poderosa elegancia espiritual (Los sueños de mi padre). Y cuando el mundo ha comprendido el significativo acontecimiento (recuérdese al candidadto McCain haciendo callar a sus estúpidos seguidores) aparece José María Aznar aireando su ocurrencia.
Bueno, ahí lo tenemos: feliz de haberlo dicho pero ignorando por completo qué narices se le ha escapado esta vez.
[Publicado el 09/1/2009 a las 10:51]
[Etiquetas: Aznar, Obama, Partido Popular]
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El Subcomandante Marcos/El País
Dicen que es escurridizo: se ausenta de las citas previsibles y anuncia lo que no consuma. Desconcierta. Quizá Marcos sea un estratega de la comunicación. Su personaje -sea quién sea el que lo habita- es una construcción contra la trampa mediática: sabe eludir callejones sin salida. El guerrillero ha sorteado el peligro de la caricatura aunque ha visto de cerca sus fauces. No que lo agarre la corrupta policía mexicana, sino quedar fijado como una estampilla devocional. Otro póster en las aulas de la universidad europea. ¿Quién es Marcos? Un personaje, una figura teatral: su pasamontañas esconde la expresión que, en el caso de mostrarse, sería devorada. ¿Un rostro desnudo ante la mirada insaciable del mundo? Los medios son una maquinaria reiterativa hasta la saciedad: destruyen, por acumulación, el significado de las imágenes. Los hombres como signos son efímeros: lo impone la industria del entretenimiento y la expectativa de un público emocional. No hay personalidad real que resista tanta exigencia. ¿Una revolución en Chiapas? Lo justifica el estado de miseria que padecen sus habitantes, pero ¿cómo gobernar el impetuoso flujo de la información? Un acto político es interpretación: por qué hacemos lo que hacemos. Requiere propaganda, insistencia y razón. Controversia. Y no siempre es a gusto de todos. La sociedad mediática tiene sus leyes. La anécdota reiterada se impone a la crónica del conflicto. La noticia pasa de moda: pasa de largo. Nada queda.
Además, el mundo está escarmentado: ¿conduce un levantamiento de pobres y desheredados a la tiranía del caudillo? ¿Este es el único guión posible? ¿Y cómo escapar de la miseria en una democracia corrupta y violenta? ¿Cómo legitimar la insurrección contra un gobierno incapaz de garantizar los Derechos del Hombre? El caudillo encapuchado ¿no será un acto de renuncia, una decepcionante y trágica claudicación? ¿Y adónde irá un pueblo sin caudillo? ¿Detrás de una sombra?
[Publicado el 08/1/2009 a las 10:49]
[Etiquetas: Subcomendante Marcos, José Saramago, caudillos]
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Un soldado israelí reza mientras descansa en la frontera con la franja de Gaza.
[Publicado el 07/1/2009 a las 11:40]
[Etiquetas: Israel, Gaza, matanzas]
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Los transexuales según Ratzinger

Hay que prestar atención al esfuerzo intelectual desplegado por Benedicto XVI. Como antiguo responsable del tribunal heredero de las funciones de la Inquisición, Ratzinger ha podido contemplar de cerca a los inteligentes "herejes" de nuestro tiempo. Y gracias a esta relación coloquial ha aprendido a respetar su preparación y sus razones. Digo respetar, no tolerar.
Ratzinger ejecutaba expulsiones y anatemas pero comprendió que es imposible retener la incesante expansión de las ideas. Pudo condenar a los teólogos disidentes de la doctrina oficial pero con cada uno desertaban de la mansedumbre eclesiástica un número incalculable de conciencias. ¿Cómo impedir esta marea de decepciones?
La sociedad moderna desea conciliar su sensibilidad religiosa con la libertad de criterio que la madurez y la razón exigen y ya no basta apelar al Principio de Autoridad para acallar estas voces. ¿Qué hacer? Ratzinger intenta dar a la doctrina romana un armazón ideológico más sofisticado que el viejo catecismo. Y afronta, también sin complejos, la tarea de renovar la obediencia.
En la reciente recepción navideña a los miembros de la curia, Ratzinger diserta sobre los transexuales: "son autoemancipados de la obra de Dios; y se dirigen hacia la destrucción por desoír el lenguaje de la Creación".
El pecado del que les acusa el Papa será entonces un doble pecado, como en el suicidio: los transexuales se destruyen a sí mismos y también a la Creación en cuyo diseño original no estaban contemplados. Es de prever que el castigo por tan grave afrenta también será doble: una doble eternidad de penitencia.
El alegato del Papa a favor de la Naturaleza Creada implica una "ecología del hombre" y un decreto conservacionista que proteja el modelo antropológico legislado por la metafísica católica. De este modo, con artefactos narrativos que imitan el discurrir filosófico, Ratzinger quiere legitimar los feroces prejuicios morales que tan ridículos y ofensivos nos parecen.
[Publicado el 23/12/2008 a las 12:09]
[Etiquetas: Transexuales, Ratzinger, Benedicto XVI]
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El comentario que José Saramago dedica en su blog a la conferencia que dí en México me anima a publicarla antes de lo previsto.
La deseada muerte del editor
"Recordarán ustedes que hace unas semanas, con motivo de la reciente edición de la Feria del Libro de Frankfurt, el diario El País publicó una entrevista con el conocido agente literario Andrew Willie.
Además de comentar con su característica viveza aspectos de nuestra literatura contemporánea, el agente nos ofreció un impetuoso juicio sobre el mundo editorial y no quiso desaprovechar la oportunidad de ser el primero en anunciar una defunción:
"El editor no es nada, nada"
Obviamente, el diagnóstico está cargado de malas intenciones y publicita, para el que todavía no la conociera, la enemistad puesta entre los editores y este poderoso agente literario. Terrorífico entre los responsables de las editoriales de medio mundo y un verdadero ogro entre sus competidores.
Aunque la agorera sentencia de AW contra los editores no nos agrada, y de hecho la leemos con fastidio, no debemos considerarla una ofensa gratuita. A menudo la hostilidad ajena es la más eficaz ayuda que podemos esperar para enmendar nuestros errores. De ahí que nos convenga entender qué ha querido decir AW y por qué le satisface tanto sentenciar la muerte del editor.
La voluntad política que ha regido el último tercio del siglo XX hizo de la libre circulación de capitales uno de los dogmas más espectaculares de la economía de mercado. La liberalización de los activos financieros -libres sobre todo, como se ha visto, de su propio control contable- adquirió el rango, la potencia y la apariencia de los grandes principios morales de Occidente. Fue un alarde doctrinal, desde luego, pero también una oportunidad para los expertos especializados en la ingeniosa destreza de la especulación.
Hoy sabemos en qué ha acabado el feroz resurgimiento del capitalismo financiero, conocemos la envergadura del destrozo causado a la sociedad y pagamos las consecuencias de un profundo disturbio moral y político. Hoy es visible la consternación producida por el proceso de especulación permanente al que se entregaron las finanzas del primer mundo, pero mientras estuvo vigente la normativa del crecimiento incesante, todo el tejido empresarial fue sometido a un bulímico proceso de adquisiciones, absorciones y fusiones, sin que nadie pareciera estar en condiciones de negarse a participar en el gigantesco festín del capitalismo triunfante.
Las casas editoriales tradicionales -y subrayo lo que desde la Ilustración tiene una editorial de hogar para la cultura- las casas editoriales, digo, también se vieron sometidas o tentadas, invitadas u obligadas a participar en esta enloquecida carrera. Fueron arrastradas por el flujo de las leyes bancarias y obligadas a alterar el comportamiento que durante los dos últimos siglos había distinguido su función social y cultural.
El modelo de relaciones fundado por la Ilustración europea, el nacimiento del intelectual, el diálogo entre editores y autores que vimos tan bien delineado en la historia de La Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, se veía inesperadamente alterado por una traumática colisión.
El modelo de gestión empresarial nacido de la vocación editorial, el compromiso cultural que guiaba sus desvelos, la pasión creativa de esos hombres de letras que son los editores, dispuestos a invertir su esfuerzo, sus dividendos, a veces su modesta fortuna personal, para hacer posible un catálogo puesto al servicio del proceso de evolución y educación social, estaba a punto de sufrir un colapso.
El modelo de gestión de los viejos editores consistía en hacer viable su principal propósito: que la cultura de calidad sea un negocio. Este modelo de gestión debe garantizar, como es lógico, su propia subsistencia y hacerlo sabiendo que esa es precisamente su principal obligación: existir. Existir para tener abierta la casa editorial, para ofrecer sus libros a los lectores, para garantizar a los autores que a pesar de todas las incertidumbres aquella seguirá siendo su casa, y que la misión del editor -encontrar lectores para sus obras- se cumplirá sea cual sea el resultado de los primeros esfuerzos.
Las casas editoriales ofrecían a sus propietarios unos beneficios satisfactorios. La media en Europa durante las primeras décadas del siglo XX apenas fue de un 6% anual, pero eso ya bastaba en un mundo en que el éxito se podía medir por la calidad de las novedades editoriales. Un mundo en que el éxito traducía el valor estético, narrativo, intelectual o filosófico de los libros publicados. Un mundo en que el triunfo era también sinónimo del prestigio alcanzado por el editor entre los más avezados, exigentes y preparados de los lectores.
Pero el inicio de la Era Reagan marcó una frontera con el viejo mundo y si el dinero encontraba en la Bolsa las espectaculares rentabilidades que hemos conocido ¿quién querría entretener sus bienes entre pliegos, manuscritos, correcciones, pruebas de imprenta, devoluciones y exiguas liquidaciones anuales?
Las alteraciones que introdujo el capital bursátil en nuestros equilibrios sociales erosionaron el tradicional modo de hacer las cosas y poco a poco también las editoriales se vieron tentadas por el enfebrecido estilo de perseguir a toda costa los más espectaculares rendimientos.
No soy un purista que condene la lógica del capital y creo que el beneficio en su adecuada proporción es un aliciente y un estímulo en muchas de las actividades humanas. No obstante, en contra de lo que se quiere dar por supuesto, el plan de contabilidad en el que hoy se fundamenta la gestión económica es una primitiva y rudimentaria falsificación de lo real.
En los asientos contables se constata tan solo el coste y la ganancia de la cantidad. Y queda fuera de balance el verdadero beneficio del libro: el valor de la educación intelectual que sostiene la integridad cultural de la ciudadanía y la plenitud de su bienestar espiritual.
Los economistas sauvages que se apropiaron de la legislación vigente, imponiendo sus normas contables difundiendo los anhelos de enriquecimiento veloz, no supieron, ni quisieron, elaborar el plan de negocio que contabilice la calidad. Y a esto nos han condenado: a perder de vista un rasgo fundamental de la industria editorial: la noción de beneficio implícita en la calidad de sus productos.
¿Cuántos líderes académicos, políticos, empresariales, sociales, de rotunda influencia en nuestro tiempo, han visto perfeccionada su tarea gracias a la lectura de los mejores autores, al estudio de las mejores investigaciones, a la práctica metódica del pensamiento crítico que procura el ejercicio de la lectura?
Que tales producciones del espíritu y de la inteligencia no llegaran al gran público no quiere decir que no hayan sido contribuciones decisivas al bienestar social.
El éxito de un libro no debe medirse tan solo por la cantidad de ejemplares vendidos. Hay libros que a través de la alquimia de la lectura minoritaria, a través del discernimiento de los más motivados o capaces de sus lectores, regresan a la sociedad en forma de útiles invenciones, propuestas renovadoras o contribuciones decisivas.
No hace falta detenerse a repasar la biografía de los más preparados ni el desarrollo intelectual de los mejores para entender que sus logros dependen de los buenos libros que han llegado a sus manos.
Pero el modelo dominante no está preparado para asumir la envergadura y amplitud de criterio de una contabilidad que integre en su aritmética los verdaderos beneficios de la actividad editorial.
Algunas empresas editoriales se han visto obligadas a caer en la trampa de confundir la cantidad con la calidad y se han dejado seducir por las promesas de un mercado exclusivamente monetarista.
Es en esta convulsa alteración de valores (los culturales pero también los de la economía sostenible) en dónde la figura del editor parece condenada a desaparecer. La profecía de Andrew Willie no sólo expresa el deseo malévolo de su pendenciero portavoz sino una crítica a las actuales insuficiencias del editor.
Si las editoriales producen tan solo los libros cuyas ventas devuelven la mayor ganancia, si los editores abandonan los criterios de la industria intelectual y se convierten en brokers de best sellers, si prescinden del catálogo sobre el que se cimentó su oficio, si hacen pasta de papel con los ejemplares de su fondo editorial, si acuden a las subastas multimillonarias atraídos por nombres o marcas tan famosos como desconocidos... si todo esto tiene lugar en el seno de las viejas casas editoriales, entonces ¿de qué sirve un editor?
Si el autor no puede disponer del consejero íntimo en el que apoyar una lectura consecuente de su manuscrito, si el autor no puede confiar en la autoridad del sello editorial que respalda la aparición de su obra, si el autor no puede aprovechar el contagio de los grandes nombres que figuran en el catálogo del buen editor... si nada de todo eso se puede encontrar tras la puerta de la casa editorial que antes le prestó cobijo, entonces, ¿para qué tocar esa puerta?
Una vez consumada la traumática transformación de la industria editorial, la aparición de los chacales será inevitable: en realidad el oficio de un agente como Andrew Willie se reduce a saber ser hostil y obtener del ejecutivo editorial un buen anticipo y una buena promoción.
Para este tipo de agente literario, que en realidad no consigue ser más que un astuto subastador, el directivo editorial no necesita saber nada de las materias que publica: ya es bastante con que sepa firmar un talón al portador.
Las garantías las ofrece el agente a sus representados mediante un mensaje: no importa ya qué sello editorial publique tus obras. Lo único que importa es que se mantengan en el escaparate de las librerías el mayor tiempo posible. Que aparezca en los medios de comunicación el suficiente número de veces. Que sea citada por locutores y famosos. Eso es lo que importa. Y de eso me encargo yo.
El editor fue el consejero del autor en la era de la industria cultural y el agente -(¿literario?)- quiere ser el gestor del autor en la era de la industria del entretenimiento.
Esta es la mutación que padecemos. El capital salvaje -la pretensión codiciosa de una rentabilidad desmesurada- se apodera de las editoriales y al modernizarlas, las destruye. Las transforma para satisfacer esa tendencia del consumo masivo que en lugar de querer saber, quiere divertirse; en lugar de querer aprender, quiere entretenerse.
Este proceso de mutación, sin embargo y afortunadamente, se vive con incertidumbre. Aunque los hábitos dominantes parezcan inclinarse hacia la banalidad y la estupidez, la confusión de valores y la ausencia de pensamiento crítico, no todo está perdido.
Existen casas editoriales, existen editores y existen agentes literarios y todos ellos pertenecen, con el autor, a una red de equilibrios sociales, a una estructura de relaciones económicas propias de la industria cultural. Es un tejido de compromisos, efectivamente, pues la viabilidad del negocio depende precisamente de un marco de colaboración que va más allá de lo simplemente monetarista.
El compromiso con la historia, el futuro y el presente de la alta cultura europea sigue vivo entre muchos de los que mientras se dedican al oficio de los libros -autores, editores, agentes literarios, críticos, periodistas y libreros-, trabajan para renovar una tradición imprescindible.
Por eso, precisamente, algunos agentes, fascinados por la voracidad de Wall Street, enervados y tan impacientes como descarados, desean liquidar cuanto antes los baluartes de nuestro oficio y con poca disimulada ansiedad declaran que el editor no es nada, nada.
Ciudad de México, 21 noviembre 2008
[Publicado el 19/12/2008 a las 11:47]
[Etiquetas: editores, agentes literarios, Andrew Willie]
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El público levanta la cabeza y embelesado contempla la bóveda que desciende sobre sus cabezas. No es sólo un efecto óptico. Diremos que la obra de arte, en lugar de representar, convoca indescifrables sensaciones. ¿Qué violenta impresión lo conmueve?
Miquel Barceló saca del bolsillo de su camisa un papel y aprovechando el silencio de la audiencia, lee:
"Recuerdo que un día de gran calor en pleno Sahel con la vividez de los espejismos tuve la imagen del mundo goteando hacia el cielo. Arboles, dunas, asnos, gentes multicolores... Escurriéndose gota a gota. Consumiéndose también.
Todo esto puesto al revés es un mar, pero también es una cueva. La unión absoluta de contrarios. La superficie oceánica de la tierra y sus oquedades más escondidas.
En este mar agitado cabe suponer varios niveles:
El fondo de este mar y sus moradores policromos
El plano del agua
La espuma blanca de las mismas aguas revueltas en marejada
Y al final el reflejo. Lo que refleja este mar. Lo que está debajo : Nosotros".
[Publicado el 27/11/2008 a las 19:23]
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Aunque el viaje tuvo como propósito negociar el préstamo de las esculturas y empaquetarlas hacia España, durante la visita encontre más piezas de las descritas en la correspondencia que había intercambiado con el joven, callado y larguirucho director del museo de Bamako. Y en muchas de estas esculturas estaban tallados motivos y ornamentos que no recordaba haber visto en los archivos del Musée de l'Homme. En Paris se guardaban gran parte de los tres mil objetos coleccionados durante la expedición Dakar-Djibouti de 1931 y las notas que Marcel Griaule y Michel Leiris tomaron a lo largo de los tres años que duró su travesía africana. Había leído los libros de Griaule (Le Renard pâle, Dieu de l'eau), y L'Afrique fantome de Leiris, pero ahora tenía en las manos unas inesperadas versiones artísticas del mito dogón.
Recorrí los mercados de Bamako, imitando el humor y la indolencia de sus principescos comerciantes, y salí de la capital para dirigirme a la Falaise de Bandiagara, la gran cornisa de roca que atraviesa de norte a sur, próximas al bucle del río Níger, las tierras del País Dogón.
Al llegar a la aldea de Nombori me instalé en la pequeña cabaña de adobe que mis anfitriones me ofrecieron y subí los empinados senderos que recorriendo estrechas callejuelas, entre graneros y cercados, conducen al abrigo de la gran gruta. La majestuosa pared es una muralla y una atalaya para los poblados que a lo largo de más de 200 kilómetros se agrupan a salvo de la intemperancia del desierto. Afluentes y riachuelos se despeñan como delgadas columnas de agua cristalina irrigando escuálidos y nutritivos huertos familiares. El hogón se había vestido con una blusa de cuero tintado de color rojo y me esperaba sentado en una roca junto a su mujer.
El hogón es el chamán de una religión a la que los primeros etnógrafos clasificaban como creencia animista, pero después de las revelaciones obtenidas por los expedicionarios franceses, el mundo de los expertos se rindió ante la evidencia del patrimonio transmitido por una sofisticada tradición oral. Un conjunto de elaborados artefactos narrativos expresan una mentalidad literaria poblada de motivos mitológicos y de fabulosas intuiciones metafísicas. Los dogón, recluidos en el norte de Malí a causa de las guerras perdidas ante la expansión del Islam, habían elaborado, custodiado y transmitido un conjunto de figuras elegantemente ensambladas con la cadencia de una lengua riquísima en matices e inesperados quiebros narrativos.
En la conversación, que gentilmente aceptó el hogón de Nombori treinta días antes de fallecer (como supe más tarde) mencioné todo lo que yo sabía o creía saber acerca de la cultura de los dogón mientras él matizaba, corregía o negaba mis asertos. ¡Cuánta felicidad me inspiró el relato de aquél anciano! Los gemelos, la fiesta Sigui...
Viene a cuento este ejercicio de memoria pues entonces no pude encontrarme, como me hubiera gustado, con mi viejo amigo Miguel Barceló, vagabundo voluntario en aquellas tierras.
Hoy veo la majestuosa cúpula que ha realizado para la ONU en Ginebra y sólo reconozco motivos de entusiasmo ante una obra de arte vinculada, sin duda, a los vislumbres de los dogón en sus tierras del Sahel.
Dejemos que los ignorantes vayan bramando cuando no toca, pero fijemos nuestra mirada en la metáfora de Barceló. Meditemos un rato y luego recorreremos juntos las evocaciones de la nueva cúpula de roca y cielo. Quedamos emplazados.
[Publicado el 19/11/2008 a las 16:07]
[Etiquetas: Miquel Barceló, ONU, dogón]
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Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. En 1986 fundó la revista literaria Bitzoc y la revista de arte y arquitectura Gala. Fue director editorial de Seix Barral desde dónde reanudó la convocatoria del Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria. Entre 1989 y 1996 dirigió un programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March y es vicepresidente de la Fundación Yannick y Ben Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo. Es editor de El Boomeran(g). Entre 2005 y 2008 ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. En la actualidad es director de la Fundación Santillana.
20/3/2010 10:20
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
18/3/2010 05:14
es espectacular te la comiste...
Publicado por: estefani
02/3/2010 10:05
Baltasar, le doy las gracias...
Publicado por: Poli
25/2/2010 20:44
Publicado por: lo extrañamos
09/2/2010 02:12
Publicado por: Marcelo Dolutreno
08/2/2010 23:01
Publicado por: Elizabeth
08/2/2010 13:26
Publicado por: Sofía
06/2/2010 06:35
Publicado por: Luis José García Sánchez
18/1/2010 01:06
Publicado por: jbv a 10.710 km
11/1/2010 02:39
Publicado por: NB
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