PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 10 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

Formentor. Opertura

 

Además de contar historias, a los escritores se les ocurre a veces hablar de sí mismos. Las memorias, la autobiografía, los diarios llamados personales, y algún otro recurso narrativo se ponen al servicio de un nuevo personaje que resulta ser el mismo autor. El género memorialístico permite dar rienda suelta a lo que uno no ha podido o no ha querido decir en sus novelas. Hay muchas teorías al respecto. A veces se supone que el autor es un ser invisible y otras que no hace más que estar ahí en medio de la trama haciendo siempre de las suyas. Sea lo que sea, el caso es que a veces al autor no le basta ser el padre de sus criaturas y quiere contar las cosas que recuerda haber vivido. En pocas palabras, quiere ser él mismo una criatura literaria. El motivo por el cual un escritor se siente obligado a contar cómo le han ido las cosas en la vida es a veces un enigma. Llega un momento en que su vida es tan interesante como sus propias novelas y cuando se sienta a recordar le parece que todo va encajando de un modo en que parece inevitable preguntarse quién puede haber organizado todo eso que tan bien suena cuando se pone por escrito. La vida, ya se sabe, es un motivo de asombro. Pero la vida que uno ha vivido, si se piensa bien, es un prodigio a condición de que uno tenga memoria suficiente para registrar los detalles que la hacen asombrosa. Este asombro es uno de los motivos que descubrimos en el origen de la pulsión biográfica. Si uno recuerda con todo lujo de detalles cómo le han ido sucediendo las cosas que ha vivido no será extraño sentirse obligado a contar lo que sabe sobre sí mismo. Esto no quiere decir que el autor de las memorias se crea obligado a contarlo todo sobre sí mismo. De hecho uno de los privilegios del género es poner al libre albedrío del autor la potestad de contar lo que quiera. A diferencia de la autobiografía, sometida a una especie de rigor histórico -fechas, hechos y pruebas- la memoria es un ejercicio que discurre a merced del escritor. Como no promete contarlo todo nadie puede echarle en cara los olvidos que vaya teniendo. De hecho, el género memorialístico se parece más a la recreación de una vida que a la crónica de una vida. Aunque hayan ocurrido muchas cosas, y no todas le dejen en buen lugar, el autor elige las que más le importan y deja las demás en la intimidad o las deja caer en el olvido. El autor se considera autorizado a hacer con su memoria lo que le plazca. Por algo es suya. Puede recordar y olvidar, contar o callar, omitir o evocar a medias. También puede corregir el orden en el que sucedieron las cosas o acomodar el sentido de las cosas que dijo. También puede mentir descaradamente. Nadie lo prohíbe. Lo único que esperamos del autor es que la narración de su vida sea interesante. Ya vendrán más tarde los moralistas a desmentirle o los historiadores a enmendarle. O su desbocado ego a traicionarle. A nosotros nos parece muy bien que el autor nos entretenga contándonos historias de las que nada habríamos sabido si no tuviera la deferencia de contarlas. Damos por descontado que la realidad necesita artistas que mejoren el aspecto de los acontecimientos y vayan dando forma narrativa a las cosas que pasan. A veces porque pasan demasiado rápido y es necesario demorarse en su descripción para comprender su sentido. A veces porque suceden con una lentitud exasperante. Sin la decisión del autor no habría manera de entender nada. El conjunto del tiempo pasado parecería una maraña indescifrable de gestos, idas y venidas. Por esto decimos que no esperamos encontrar en las memorias un testimonio fiel, exacto e irrefutable de lo que el autor asegura haber vivido. No esperamos que en el prólogo haya un juramento solemne y que el autor prometa cortarse las venas si es cogido en falta. La verdad no es una preocupación muy frecuente en estos ejercicios de memoria. Lo único que importa es la veracidad con que uno lo cuenta, la sensación de realidad que transmite y las emociones que se liberan ante el lector.

Otra cosa es lo que uno espera encontrar en los diarios llamados personales.

Si algo deberíamos encontrar sin sombra de duda en los diarios personales es franqueza. Esa expresión certera que permite creer que el autor ha dicho lo que piensa. Se supone que en el diario se consignan las cosas que pasan y las cosas que le pasan por la cabeza. Un diario censurado por la corrección pierde parte de su interés. En la soledad del escritorio un escritor debería levantar acta de la más perturbadora de sus ocurrencias y de poco nos sirve su diario si al publicarlo las suprime. Nos consta lo difícil que resulta decir la verdad de lo que uno piensa. De hecho es algo que hacemos cada día y a veces nos agota. Hay que decir sin embargo que es muy gratificante gobernar la tentación de decir la verdad. De hecho la vida sería insoportable si todo el mundo andara por ahí confesando lo que piensa. Pero si algo esperamos de los escritores y de la literatura es que nos enseñe lo que puede llegar a pasar si decimos la verdad.

No es fácil decir la verdad de lo que uno piensa. Sobre todo si afecta a los colegas. Y no crean que los muertos están indefensos. La fama y la gloria ejercen de vigilantes y hay que sortearlos si queremos decir lo que pensamos de ellos. Pero por complicado que sea divulgar opiniones inconvenientes, la literatura a fin de cuentas necesita criterio, rigor, juicio y valor. No es posible dejar pasar de largo un libro sin pronunciarse. Y un escritor que se precia de ser eso que se llama un punto de referencia, un maitre a penser, una autoridad influyente, está obligado a jugársela más de lo que le gustaría. Los mejores lo hacen pero con gran incomodidad.

Lo contrario de la verdad, lo que se opone enérgicamente a ella, no siempre es la mentira. Muchas veces omitimos la verdad de lo que pensamos porque queremos comportarnos con educación. Las reglas de urbanidad han legislado durante mucho tiempo este delicado asunto. Un hombre honrado puede ser cortés sin pasar por ello como un vulgar embustero. En el mundo literario, sin embargo, la cosa se complica. Se supone que todo lo que leemos está sujeto a juicio y que la esencia del gran juego cultural es la sagacidad crítica que permite nombrar y sentenciar con desparpajo. Hay aquí una gran dificultad. El juicio de los hombres de letras no está exento de pasiones y no está claro que este disturbio emocional quede en suspenso cuando van a calificar lo que han leído. A menudo las pasiones se enredan con el discernimiento intelectual y cualquier apacible hombre de letras puede ponerse a gritar como un oso hambriento atado a una estaca. Los excesos son muy groseros e impertinentes pero más allá de las trifulcas que hemos visto en la república de las letras, lo que se espera es conocer las opiniones de los escritores sobre sus colegas. Muchas veces esperamos en balde. La impostura, que tanto se parece a la caballerosidad, resulta ser lo más frecuente. No sabría decir qué es peor. Si andar a guantazos todo el día o esbozar sonrisas temblorosas cuando se da una felicitación. No sé. Fijaos en el fragmento que he sacado del cuaderno de notas de Chejov. Dice: NN se las da de poeta y perora todo el día a favor y en contra de éste o de aquél. Sin embargo, apunta Chejov, ignora por completo que le asiste una absoluta falta de talento. Y luego añade, entre paréntesis: (no lo he leído).

Ahí tenemos un buen ejemplo del riesgo que uno asume cuando está a solas con su diario personal: anotar lo que no diría en público. Uno puede ser déspota, caprichoso, arbitrario y malévolo. Pero la divulgación del juicio es otra cosa: las más estrictas reglas de sanidad moral recomiendan ni pensarlo, las de urbanidad aconsejan no escribirlo, y las reglas de supervivencia, no editarlo.

Esperamos de un autor de memorias que haya vivido una vida interesante pero siempre tendremos en cuenta la agotadora tensión que sufre mientras elabora lo que debería callar y lo que se obliga a contar. De ahí procede el enorme atractivo que hace de las memorias, autobiografías y diarios personales uno de los géneros literarios que mejor revelan la personalidad del autor cuyas novelas tanto nos gustan.

 

Formentor, 10 septiembre 2010.

 

 

[Publicado el 11/9/2010 a las 17:20]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Formentor o el arte de conversar

 

El arte de conversar que se ha practicado en Formentor a lo largo de éstas últimas décadas podrá considerarse la más etérea de las herencias que hemos recibido en propiedad, pero una mirada reflexiva debería permitirnos apreciar en la levedad de las palabras dichas la influencia que nos ha hecho ser como somos.

Por lánguida que en algunos momentos haya sido la memoria de los hablantes convocados en Formentor (y casi hace un siglo que dieron comienzo estos esparcidos y desordenados capítulos de inteligencia, atrevimiento  y sagacidad), lo que entonces fue apaciblemente conversado, a veces tímidamente susurrado y otras impacientemente proclamado, se recuerda sin titubear como el legado de una singular ordenanza literaria.

Cierto espíritu nómada, cuyo origen encontraremos en las remotas disputas de la Magna Grecia, en dónde a un hombre se le respetaba por lo que sabía expresar con claridad y elocuencia, alienta los encuentros de Formentor y protege ese clima de libertad, agudeza, curiosidad y ecuanimidad que tan raras veces encontramos en otros lugares. Ciertamente, cuando lo consiente la voluntad, es fácil dejarse mecer por una conversación que discurrirá sin más propósito que prolongar esa tradición de conocimiento hecha de palabras y buenas maneras.

A los polígrafos, escritores, poetas, ensayistas, profesores, novelistas, pensadores, polemistas, locutores, periodistas, escribientes, ágrafos, divulgadores, oradores, libelistas y predicadores que han dejado sonar sus voces en Formentor les complacerá saber que la SER emitirá de nuevo a unos habladores tan diestros en el ilustrado arte de conversar.

[Publicado el 02/9/2010 a las 18:16]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La Sábana Santa de Turín

 

No soy inmune a la atracción del enigma. Mi inclinación escéptica y mi curiosidad científica me han hecho precavido pero no indiferente al juego de los misterios. El Arca de Noé, la pirámide de Keops, el Arca de la Alianza, el Santo Grial, el tesoro cátaro, la venganza de los Templarios o el reino del Preste Juan, entre tantos otros, son parte de un género literario tejido con caprichosas fantasías, ecos de confusas ensoñaciones y retazos de un relato cuyo origen se remonta al momento en que el hombre aprendió a hablar. Aprecio en estas piezas maestras de la imaginación el poder de invención que nos ha intrigado durante milenios.

La Sábana Santa de Turín sigue la estela de los misterios alentados como sucedáneo popular de la emoción religiosa. Para conmoverse con la figura de Jesús de Nazaret basta leer los Evangelios, pero a la población analfabeta se le daban reliquias que compensaran la palabrería de los predicadores. La desconfianza tradicional, tan tercamente unida a la credulidad, agradecía el fascinante testimonio de lo que tanto costaba creer a pies juntillas.

A la Sábana Santa, proverbial objeto de culto, peregrinación y veneración, se le han practicado análisis de todo tipo y las últimas pruebas de Carbono 14 confirman que el paño debe datarse entre 1260 y 1390. Algunos investigadores se preguntan quién pudo reproducir con realismo biológico la huella en negativo de un cadáver y concluyen que sólo Leonardo da Vinci disponía por entonces de conocimiento y destreza suficiente para resolver el encargo sobre viejos tejidos.

La investigación pertenece al ámbito del misterio y por ello no deja nunca de encontrar nuevas pistas. Sin embargo, para devolver la Sábana a la factoría de reliquias religiosas basta fijarse en la posición de las manos y preguntarse por qué el fallecido las apoya pudorosamente en sus partes pudendas. ¿Acaso temían los familiares de Jesús que este se avergonzara de su desnudez en la sepultura? Lo usual ha sido cruzar las manos del muerto en su plexo solar. Obviamente, la púdica posición que vemos retratada en la Sábana era imprescindible si se quería exponer ante los fieles tan valiosa reliquia.

[Publicado el 25/7/2010 a las 18:37]

[Etiquetas: Leonardo da Vinci, Sindone]

[Enlace permanente] [6 comentarios]

Compartir:

La España de hoy

 

A principios de los años ochenta, cuando el gobierno de UCD afrontaba los mil conflictos de la Transición, yo era uno de los jóvenes periodistas que recorrían España tomando nota de lo que pasaba. La tarea me obligaba a ser cliente habitual de la compañía que por entonces monopolizaba las líneas aéreas del país. Recuerdo que en cierta ocasión se convocó una huelga de controladores y, acto seguido, otra de pilotos. El forcejeo de los sindicatos con las autoridades del ramo era intenso y daba pie a situaciones rocambolescas. Los pasajeros acudían al aeropuerto con los peores presagios y cuando se encontraban retenidos en tierra sin previo aviso montaban en cólera. Recuerdo haber asistido a verdaderas batallas campales entre los clientes y una consternada Guardia Civil. Eran los directivos de maletín y corbata los que perdían la compostura con más facilidad y no era raro ver cómo se liaban a bofetadas con el personal de (lo que hoy llamamos) AENA. La irritación del pasaje estallaba cuando el servicio no se cumplía y entre gritos, pitadas, sentadas y zarandeos podíamos pasar jornadas de gran agitación. Las escenas no siempre eran agradables: gente vociferante dispuesta a dar empujones, aullidos histéricos y manifiestos abusos de poder. Pero entonces el usuario era enormemente susceptible con sus derechos y no consentía fácilmente verlos pisoteados. La mayoría esperaba recibir el servicio que había pagado y no concebía que las cosas pudieran ser de otro modo. Pensaba en todo ello la semana pasada, cuando una huelga no declarada de controladores aéreos canceló nuestro vuelo durante varias horas. Los pasajeros, que hacían cola ante el portal de embarque, se mantuvieron impertérritos mirando el asiento vacío de la azafata desaparecida. En la pantalla no se anunciaba la cancelación, ni el retraso ni, por supuesto, las causas de lo que, por otro lado, no se declaraba. Los pasajeros permanecían en silencio pues no deseaban conversar con los desconocidos que compartían la tediosa espera. Ninguno levantó la voz, ni agitó los brazos con fastidio, ni tan siquiera increpó a los empleados que deambulaban sin nada que hacer. Todos pensaban que los responsables de informar no sabían nada y que cualquier exigencia sería inútil. El adocenamiento del pasaje fue un espectáculo de mansedumbre impresionante. Ni siquiera abandonaron su sitio en la cola, aún teniendo todos ellos su billete con el asiento numerado.

[Publicado el 20/7/2010 a las 19:38]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Sepelio de Monsiváis

 

Cuando la muerte de un escritor se lamenta como si fuera un acontecimiento nacional se comprende el poder, el carisma y la influencia de su figura. Al extinguirse, al desaparecer, el hombre se revela. He aquí una expresión inesperada del mito cristiano de la resurrección. ¿Acaso no nos parece más vivo Monsiváis ahora que cuando estaba vivo? ¿No se ha revelado más intenso y elocuente el conjunto de su obra?

Los biógrafos de Monsiváis han rastreado la transformación del que en vida, mientras iba siendo escritor, periodista, cronista, crítico, se pronunciaba ya como un taumaturgo elegido para increpar a México.

Lo dijo José Emilio Pacheco: Monsiváis ha sido valiente, lúcido, implacable.

En estas tres posturas del alma reconozco yo una potencia que en Carlos se destilaba como ironía, como inteligencia en su más activa penetración.

En su día me complació descubrir la complicidad que podía cultivar con Monsiváis: nuestra común desafección por la tauromaquia. Ver en la fiesta nacional el horror que es la fiesta nacional y contemplar, no sin humor, el hechizo en el que viven sus partidarios, resalta la importancia de las afinidades elegidas, las adquiridas mediante el deliberado uso de la preferencia. Prefiero esto y no aquello -sea cual sea la tendencia dominante, el gusto compartido, la opinión unánimemente aplaudida.

Dijo Monsiváis de Alfonso Reyes que fue alguien que creyó en el conocimiento. Y pienso que lo mismo puede decirse de Monsiváis: ¿no es ésta acaso la más radical y menos complaciente de las creencias, la menos ingenua, la más exigente, la agotadora e incansable búsqueda que distingue a los hombres incrédulos?

Su prolífica producción ensayística, su ejercicio del periodismo mordaz, la crónica incesante de un presente que sin él no habría existido, testifican esta pasión por el conocimiento y, al mismo tiempo, la ligereza de espíritu que distingue a los ironistas. Pues lo demasiado pesado los aplastaría.

Siendo nosotros tan españoles, tan canónicos en las formas del cabreo nacional, en la majestuosidad de nuestras pretensiones, en nuestro sacramental engolamiento, debe resultarnos forzosamente extraño el espíritu jovial, malicioso del ironista que fue Monsiváis.

La sátira sin embargo es otra cosa: es una suspensión temporal de la ironía. La sátira es la más liviana de las violencias que uno puede consentirse. La más benévola de las indignaciones. La impostura cultural podría escandalizarnos pero todo queda en ese ejercicio de punzante sarcasmo. ¿Acaso no es lo peor que se nos puede reprochar?

Su obra, afortunadamente editada, evocará la huella de un hombre forjado por el humor, la inteligencia, la tenacidad, la conmoción por la condición humana, la simpatía por la condición animal y el esmero por la lengua que hace irrefutable al pensamiento.

 

[Publicado el 15/7/2010 a las 12:20]

[Etiquetas: Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Alfonso Reyes]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Las últimas ficciones del mundo

Las primeras críticas a Autobiografía sin vida reflejan una preocupación que a mi juicio es superflua. Obviamente, y no sabes hasta qué punto, el libro se escabulle más allá de géneros y estilos, pero no debes creer que el portazo sea un asunto literario. La destreza narrativa de Félix de Azúa consolida el logro estético de su singular autobiografía, pero si nos detenemos a examinar las cuestiones formales perderemos de vista la conmovedora y brutal saciedad del autor.

Leyendo Autobiografía sin vida uno debe sucumbir a la taumaturgia del hombre que nos habla con severidad y concisión. Haber encontrado en unos selectos episodios de la Historia del Arte la huella del sí mismo, lo hace similar al Adán en cuyas entrañas podían verse las marcas del mundo. Reconocer en las pinturas rupestres del Paleolítico las temblorosas intuiciones de nuestra infancia, descubrir en la guillotina revolucionaria nuestro verbo adolescente, o en los decadentes episodios del posmodernismo la huella de una mente abocada a proclamar su angustia, dibuja una asombrosa simetría: como si cada uno de nosotros fuera la ocasión en la que todo sucede de nuevo.

Dado que el autor maneja una estrategia narrativa de autoocultamiento sería absurdo que yo intentara adivinar las claves de una biografía a cuya extinción se aplica con tanta diligencia.

Lo que importa del libro de Azúa es el empeño puesto no tanto en decir como en mostrar la inminencia de una revelación nada complaciente. Sus lúcidas decepciones, sangrante recusación de nuestra bobalicona esperanza, se ofrecen a un lector prisionero de ficciones cuyo origen se remonta al instante mismo de la Creación. La reflexión que sigue el rastro de este legendario equívoco cultural es afilada y podría decirse que Azúa filosofa con un cuchillo. En lugar de golpear, penetra, cercena. Su autobiografía, y a eso debemos prestar atención, es una violenta meditación sobre la ilusión que nos domina: ese yo mendicante que va por la vida recibiendo limosnas de emancipación.

Es tan elegante el hartazgo que da forma al libro que bien podríamos caer en la tentación artística de considerarlo una obra esmaltada y pulida para deleitarnos. Quien así lo crea pasará por alto el reproche metafísico que su autor espeta en el borde del abismo. ¿Tanto costará entender la magnitud de este acontecimiento?

La ironía trágica del autor, con la aguzada determinación de su prosa, gobierna hasta la más huidiza de las emociones. El hercúleo esfuerzo puesto por Azúa en impedir que salgan a la luz es algo que siempre debe agradecerse, aunque en este caso se haya consentido un desliz revelador. Creo recordar que solo en dos ocasiones aflora la ternura y en las dos afecta a esos seres que habitan en nuestra misma existencia, pero encadenados al calabozo de la condición animal.

Si alguno quiere gozar con la admiración de Azúa por la poesía, con su juicio a la astenia de las artes, con su ácido maltrato al género novelesco, con su cínico descrédito de las doctrinas, con su profético aviso sobre los demonios que ya pululan en libertad, encontrará motivos de sobra en estas páginas.

Pero lo esencial del libro es el autor que al comprender la naturaleza del mundo se dispone a borrar las huellas que ha dejado en él.

La muerte de Dios y la muerte del Arte en fúnebre procesión hacia la gran sepultura a la que el autor quiere tirarse de cabeza confesando con una sonrisa que a nada más debe aspirar un hombre honrado.

Que la revelación de la verdad no sea fruto de la desesperación concede a este libro una categoría muy similar a la que alcanzaron algunos gnósticos cuando descubrieron en la historia del mundo el escenario de una matanza de la que no podemos escapar.

Decía William James que el cerebro la transmite pero que la conciencia se origina en otra parte. No le parecía convincente, como a algunos neurobiólogos de hoy, que un amasijo de sesos pueda producir esa inconcebible función del entendimiento que nos permite pensar y saber al mismo tiempo como lo estamos haciendo.

El libro de Azúa pertenece a estos perturbadores interrogantes. ¿Qué significa todo esto? El autor se lo pregunta cuando, en cierta ocasión, acompañado por su perro, contempla la penumbra que invade lentamente el paisaje al anochecer.

Perdido en el constante flujo de las generaciones que se suceden en perpetuo saludo de cortesía, consciente del penoso esfuerzo puesto en atrapar la evanescente entidad del sentido, Azúa ha sabido liquidar la ficción memorialística y reducir la vida a esos tres o cuatro destellos en los que solo por un instante nos ha sido dado atisbar un no se sabe qué.

Autobiografía sin vida preludia la certeza que galopa hacia nuestros ojos incrédulos y es, al mismo tiempo, la más extraña aparición imaginable en una época que no sabe a dónde va. La visión trágica, irónica y compasiva de Azúa desdice las ficciones del mundo con tal radical nihilismo que no será raro el lector reconciliado con la devastación oculta en su propio espíritu.

[Publicado el 17/6/2010 a las 11:22]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Augurio del tiempo presente

 

La bronca del Partido Popular en el Senado y las dubitativas rectificaciones del Gobierno -y cito tan sólo los más recientes de nuestros disparates- contribuyen a consolidar el tradicional prejuicio popular contra la clase política española. La sensación de estar siendo gobernados por una corporación que no está a la altura de las circunstancias consolida el asombro de una ciudadanía consternada. La presunción de los políticos -ajenos al bochorno que inspira su comportamiento- sostiene la apariencia institucional y da visos de normalidad a su extravagancia. Pero su impertinencia es una corrosiva influencia sobre el más débil de los soportes: la confianza social en el sistema.

Los que ojean el paisaje político creerán que las convulsiones refuerzan las estrategias electorales y que no está de más agitar las emociones que nos arrastran hacia el sufragio. De este modo, desdeñan la importancia del furioso escepticismo que modula la conciencia colectiva de nuestro país. Tres décadas de retórica institucional para movilizar la participación responsable de la ciudadanía ante las urnas pueden ser liquidadas en uno de los momentos más convulsos de nuestra historia reciente. Algo que a los dirigentes no parece importarles demasiado. ¿Reflejarán sus informes el irreparable descrédito que fermenta en el imaginario público?

La numerosa clase política española (en el gobierno, en la oposición, en el parlamento, en el senado, en los parlamentos autonómicos, en las diputaciones, en los ayuntamientos...) debería anticiparse a los impulsos de renovación y encauzar la imaginación heroica que en encrucijadas históricas como la actual debe brotar con gran fuerza. Pero el aparato del partido, el aparto de cada partido, está en manos de un único dirigente y es a él a quién se debe ese espeluznante silencio de tan malos augurios.

[Publicado el 27/5/2010 a las 13:56]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Arránca (te) el ojo que te escandaliza

 

 

Cuidado con tu amigo optimista. A veces se le confunde con un ciego y a su lado parecerás un lazarillo. Le asombra cualquier cosa. Dile lo mal que va el mundo y se encogerá de hombros: ¿tú crees que esto es una mierda? Y tiene razón. Salvo que estés en el suelo a punto de ser aplastado por un camión oruga...

¿Por qué tu amigo no ve lo que nos escandaliza?

Sin la deslumbrante mímica de las expresiones faciales, ¿cómo entenderá un ciego las palabras del mundo? ¿Cómo percibe la contradicción entre lo que decimos con la lengua y negamos con las manos? ¿Sonará en la voz la música que nos desmiente?

 Al optimista, una especie de ciego feliz, inclinado a esperar sin enojo tiempos mejores, le ha sido negado sufrir el engaño. Padece sus consecuencias pero respira siempre con alivio. Nada le ofende. Su sentido del humor le salva de esa ominosa presencia. Los malvados no pueden fastidiarle el día.

[Publicado el 19/5/2010 a las 15:13]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Aprender a silbar

 

Sea cual sea el culpable oculto detrás de la crisis económica, sea cual sea el exceso que ahora vamos a pagar, lo cierto es que debemos ir apretándonos el cinturón. Y cumplir la máxima de nuestros abuelos: no gastarás más de lo que ganas.

¿Sabremos hacerlo?

Al parecer hay una modestísima confianza en los beneficios de las medidas restrictivas anunciadas (ya sabes: recortar las pensiones, etc.) Pero nadie se atreve a explicar cómo volverá a crecer la economía basada en el consumo general masivo.

Si ahorramos, si reducimos la cuenta del gasto corriente de las familias exiguas, ¿de qué vivirá el mercado?

Si nadie compra más de lo que puede (pagar), si el ciudadano se limita a resolver sus necesidades inapelables ¿cómo se sostendrá la sociedad de consumo?

Regresar a la economía de subsistencia -ese paisaje de posguerra- y aprender a gozar de los sencillos placeres de la vida -pasearse con las manos en los bolsillos- no será una solución urgente, sino la resignación inteligente.

[Publicado el 18/5/2010 a las 19:18]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Crítica de la razón judicial

 

No comprendo muy bien la coletilla que usan los políticos para comentar las decisiones judiciales. "Con todo respeto" dicen. Como si la crítica al juez de turno fuera una ofensa inadmisible. La fórmula se ha hecho popular y no hay secretario de organización que no haga tres o cuatro genuflexiones verbales antes de evitar su evanescente respuesta. ¿A qué viene tanta veneración? Se ha ido imponiendo la costumbre de acatar las decisiones judiciales, como si lo contrario no fuera posible. Las apelaciones a instancias superiores forman parte del proceso y suponen un claro desacuerdo con la sentencia. ¿Por qué no declarar esta desavenencia? Si criticamos al poder gubernativo (¡y de qué manera!) y al parlamentario (no te digo), ¿qué nos impide desbrozar la razón judicial? La cultura política española, tan salvaje en ciertos aspectos, está viciada por unos miramientos incomprensibles.

[Publicado el 17/5/2010 a las 19:09]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

Obras asociadas

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2018 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres