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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 16 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

Las confesiones de Umberto Eco

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Las novelas de Umberto Eco caben en cualquiera de las listas que uno puede hacer con los libros que en algún momento le ha gustado leer y su nombre dignifica sin duda la relación de los autores que han triunfado cautivando a millones de lectores en todo el mundo. Su habilidad de semiótico, sin embargo, su destreza como constructor de artefactos narrativos, su enciclopédica maestría de profesor, no consigue excitar el entusiasmo que inspira la genealogía propiamente literaria. No recuerdo haberle oído lamentar la petulante taxonomía canónica y, a diferencia de la mayoría de los autores "más vendidos", irritados con el desdén clasista que les dedican los partidarios del canon, Umberto Eco disfruta de la vida y de la potencia intelectual de su clarividencia.

En este reciente libro editado por Lumen, Eco reúne las conferencias dictadas en la Universidad de Emory (Atlanta), dentro del ciclo de las Richard Ellmann Lectures, y las presenta como si fueran las confesiones de un joven novelista. Aunque pronto comprende el lector que no son precisamente secretos lo que va a encontrar en medio de las agudas confidencias contadas por el viejo profesor. Algo cuenta no obstante de la invención y escritura de El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino y La misteriosa llama de la reina Loana.

Como avispado analista de sí mismo, Eco levanta la bruma que envuelve al proceso creador y enumera los criterios de su método narrativo. Advierte que la inspiración "es una mala palabra que los autores tramposos utilizan para parecer intelectualmente respetables" y subraya las obsesiones que rigen su lento y meticuloso trabajo de documentación: el constructor de mundos (el novelista como demiurgo), las ideas fecundas (si son muchas no son fecundas), las restricciones (que acepta y se impone el autor) y la doble codificación que atribuye a la novela posmoderna (pero que ya estaban en El Quijote): las alusiones irónicas a otros textos famosos y las reflexiones sobre sí misma).

A lo largo de sus avaras confesiones, Eco se formula incisivos interrogantes sobre cómo la novela modela la imaginación del lector. Se pregunta por qué la gente se emociona con los personajes de ficción y cómo alguno de ellos puede subsistir fuera de las ficciones para las que fue creado (los llama personajes fluctuantes y cita una reciente encuesta entre adolescentes británicos: una quinta parte cree que Churchill, Gandhi y Dickens son seres de ficción, y que Sherlock Holmes y Eleanor Rigby son reales). Cita a Dumas cuando dijo que los historiadores evocan a simples fantasmas pero que los novelistas crean seres de carne y hueso. Y constata que grandes obras de arte pueden no provocar la respuesta emocional que sí consiguen las películas malas y las noveluchas.

La asombrada y recreativa admiración por el arte de contar historias y su penetrante influencia en el devenir del imaginario humano guía las meditaciones de Eco, que nos invita a respetar el gran pacto narrativo establecido entre el autor y el lector: hay que suspender la incredulidad y evitar en lo posible comportarse como  uno de esos Lectores Empíricos que al usar el texto como vehículo de sus propias emociones, descubren las intenciones que nunca le pasaron por la cabeza al escritor.

En la última de las conferencias Eco habla de las enumeraciones poéticas, de los gabinetes de curiosidades, de los topos de lo inefable, de la ampliación oratoria, de los panegíricos, de las encomiásticas y del vértigo: el vértigo por el grandioso espectáculo de las listas en dónde se enumeran largas y profusas relaciones de objetos, asuntos, seres, lugares y maravillas desparramadas en el mundo.

[Publicado el 29/11/2011 a las 20:01]

[Etiquetas: Umberto Eco, Confesiones de un joven novelista]

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Una elegante lamentación del tiempo presente

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El breve ensayo de John Lukacs publicado por Turner es una elegante lamentación del tiempo presente y, ya en las páginas finales del libro, una sarcástica reivindicación de sí mismo. No
está exenta de ese inconfundible murmullo humorístico que distingue a una inteligencia cínica (en la más griega de las acepciones) y por ello puede mostrarse resueltamente hostil con los colegas y editores que le han defraudado.

Esos que se han negado a citar sus numerosos y radiantes ensayos históricos, ya sea por rivalidad o temor, envidia o simple malevolencia (esa forma de ociosidad tan productiva en
la comunidad intelectual), están socavando los notables logros de la tradición cultural de occidente. O esto al menos es lo que nos da a entender.  

La negligencia de las revistas especializadas, abrumadas por la abundancia de una bibliografía
descomunal, la especialización fragmentaria de los expertos en un solo asunto, las exigencias políticas de la carrera académica y el indolente abandono de los requisitos imprescindibles a un historiador -veracidad y honestidad-, contribuyen a consumar el más grave deterioro cognitivo de nuestra civilización: la pérdida progresiva de nuestra capacidad de atención.

El prolífico y radiante historiador norteamericano (nacido en Hungría en 1924) se pregunta en este reconfortante pero demoledor ensayo qué quedará de nuestra tradición culta y libresca. Qué futuro le espera a la Historia y cuál será el destino de los historiadores. Cuánta inteligencia sobrevivirá a la desparramada confusión contemporánea.

Reconocido autor de deliciosos relatos históricos (Cinco días en Londres, Sangre, sudor y lágrimas), Lukacs es un pensador que venera la literatura. Como historiador no deja de indagar la naturaleza de los hechos que estudia pero como escritor tan sólo quiere acompañar al lector en la delicada resurrección del tiempo pasado. Lukacs identifica los sucesos verdaderamente
significativos y centra toda su energía en lo que ya es el registro vertebrador de su método: "lo que piensan y creen las personas constituye la esencia fundamental de lo que sucede en este mundo".

Lukacs acoge con escepticismo la influencia de una tecnología que propicia la dispersión, la
superficialidad, y la conformidad con unas fuentes cada vez menos sujetas a la verificación.
Le asombra la ingenuidad con que muchos de sus estudiantes, que apenas leen libros, dan por buena la información que repliegan en Internet. Y no puede dejar de preguntarse una y otra vez a dónde nos conducirá el desenlace de nuestro suspense cultural. "La larga transición de la era verbal a la gráfica nos conduce a una nueva forma de barbarie llena de nuevos peligros".

Otra de sus observaciones adquiere en estos momentos su especial lucidez: "hay que darse cuenta de que las personas no tienen ideas. Las eligen".

Por breve que sea su recusación no deja de sonar con estruendo la descripción que hace de nuestra época: "desde 1920 la publicidad gobierna la opinión y los sentimientos de la mayoría". Y más adelante, sentencia: "lo que marca el devenir histórico de las sociedades no es la acumulación de capital, es la acumulación de opiniones".

Para Lukacs el historiador es sobre todo el investigador de la mentalidad dominante en cada
época. Y la huella de estas ideas, sensaciones, impresiones y creencias ha sido brillantemente captada por los novelistas. La novela y la Historia, dice, se criaron juntas. Y un Historiador, por ejemplo, del siglo XIX debe leer La cartuja de Parma, Guerra y Paz, Historia de dos ciudades y La Educación sentimental.

Sus reflexiones sobre la novela son augurios imprescindibles y no deja de ser alentador que de este mundo nuestro en transformación Lukacs espere la llegada de un escitor que finalmente renueve el género narrativo por excelencia y sepa elaborar lo que nuestra época necesita.

Como especialista en su campo, Lukacs está libre de muchas contemplaciones y no le importa arremeter contra lo que considera un intento fallido de hacer literatura histórica. (Contra Roth por su Conjura contra América y contra Mailer por su meta ficción sobre Hitler). "Muchos de estos libros, dice, quedan viciados cuando incorporan, tuercen, deforman y atribuyen pensamientos, palabras y actos a unos hombres y mujeres que existieron de
verdad".

Creo que invitaré a Javier Cercas y a Jordi Gracia a leer este libro. Sin duda será de su agrado,
y cada uno por sus respectivos motivos, acometer alguna refutación convincente.

[Publicado el 23/11/2011 a las 01:08]

[Etiquetas: John Lukacs, Javier Cercas, Jordi Gracia, El futuro de la Historia]

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La actividad instintiva de la mente civilizada

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Una antología imprescindible

La editorial Lumen ha publicado una selecta antología de artículos y ensayos del poeta T.S. Eliot, comentados por el autor de la edición, Andreu Jaume, con un abundante aparato de notas.

El último texto del volumen, Criticar al crítico, es una reflexiva aunque liviana consideración sobre unos colegas que no pueden dejar de interrogarse una y otra vez sobre la finalidad de lo que hacen. Como la intención de Eliot es ordenar las clases de crítica literaria que hay entre nosotros, se apresura a distinguir las que pueden "incidir en el gusto del público, despertar su interés y promover la valoración de las obras que comentan".

Con una convincente pero no por ello menos sospechosa humildad, el autor de Tierra baldía rinde tributo a la crítica literaria como "actividad instintiva de la mente civilizada".

Eliot menciona en primer lugar al Super Reseñista, que normalmente es el crítico oficial de alguna revista o periódico y "no necesariamente un novelista fallido".

Luego está el crítico del gusto. Un educado esteta que se ofrece como abogado de autores olvidados o injustamente menospreciados pero que quizá por ello ayudan a descubrir "nuevas vetas de goce en la literatura".

Entre los críticos de origen académico y los autorizados eruditos Eliot incluye al crítico filosófico y al moralista.  Finalmente, alude al crítico que también es poeta y precisa que entre ellos "tímidamente me incluiría a mí mismo".

Estas cautelas, tan notorias en la alta esfera literaria, inspiran una entrañable ternura. No hay que olvidar que Eliot escribe este texto cuando ya era Premio Nobel y cuando, con 73 años, le faltaban tres para fallecer. Aun así se siente impelido a sosegar a sus adversarios con una empecinada modestia.

Hay algo en sus palabras que suena a remordimiento. Eliot aprovecha la ocasión para aludir a su larga trayectoria de crítico literario y confesar lo que pudo haber en su vida de ofensa a los demás. Recuerda al joven e impetuoso lector que fue y lamenta "la ocasional nota de arrogancia, la exagerada vehemencia, la bravuconería que el hombre normalmente pacifico lanza bien pertrechado tras su máquina de escribir".

¿Hay que hacerse viejo para comprender con lucidez nuestro encarnizado combate por la subsistencia (literaria)?

[Publicado el 10/11/2011 a las 00:53]

[Etiquetas: T.S. Eliot, crítica literara, Lumen]

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Novela: instrucciones de uso

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Las Conferencias Norton de Orhan Pamuk

 

La falta de acuerdo respecto a lo que es una novela literaria y la reticencia a definir sin rodeos los rasgos de la literatura industrial hacen cada día más atractiva la idea de componer un manual que ayude a desenvolverse con soltura entre las novelas que vale la pena leer. Podría titularse así: "Novela: instrucciones de uso". Si los electrodomésticos llevan sus estúpidas indicaciones, ¿por qué no van a venderse
con un artefacto tan endiabladamente complejo?

El Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk fue invitado en 2009 a impartir algunas lecciones sobre el arte de la novela, en el reputado ciclo de las Conferencias Norton de la Universidad de Harvard, y tal como las publica ahora Random House podrían formar parte de este manual.

Orhan Pamuk quiere que sus conferencias sean un ensayo o una meditación sobre el arte de la novela y encuentra muy acertado considerar cómo clasifica Schiller a los poetas para entender no sólo a los autores sino también a sus lectores.

Schiller, nos recuerda Pamuk, distingue a los poetas ingenuos de los sentimentales. Los ingenuos son calmados, crueles y sabios. Escriben sin pensar en las consecuencias de lo que dicen y les trae sin cuidado lo que piensan los demás. Los sentimentales, por su parte, son racionales, gramáticos y desconfiados. No creen en la inspiración y son metódicos cuando cuestionan la sugestión de sus sentidos.

El arquetipo demuestra ser de utilidad para comprender el punto de vista de los lectores. Los ingenuos, dice Pamuk, no dejan de ver rastros autobiográficos en las ficciones del novelista. Los sentimentales, siempre tan huraños, consideran la ficción como una arbitrariedad imaginativa.

Pamuk considera que el gran logro del novelista es existir en la mente del lector y describe las operaciones que permiten retener en nuestra cabeza las impresiones de una buena novela.

No dejamos de respirar la atmósfera creada por la narración, transformamos incesantemente las palabras en imágenes, no dejamos de discernir qué puede ser cierto o fruto de la fantasía, no dejamos de buscar similitudes y correspondencias con nuestra propia vida, nos enredan los problemas y placeres del estilo, rehuimos el juicio moral -que es el lodazal inevitable de la novela, ("A la novela no le toca juzgar, sino entender"); surge intimidad, confianza y complicidad con el autor -aunque a veces molesten sus apariciones personales; se retienen con vivacidad los detalles de la narración pues en la novela bien construida todo está en relación con todo y, finalmente, comprendemos que nuestra ocupación principal es buscar, y encontrar, el centro secreto de la novela. La intención no obvia que rige, atraviesa y sostiene el conjunto de la trama y la personalidad de sus personajes.

Las reflexiones de Pamuk sobre la novela son originales aunque prefiere aludir a sus propios hábitos más que alardear de ruidosas teorías. Una de mis opiniones más contundentes, dice, es que las novelas son en esencia ficciones literarias visuales. "Una novela ejerce su influencia sobre el lector apelando a su inteligencia visual".

Pamuk subraya la importancia de las palabras que movilizan nuestra imaginación visual y se interroga sobre las cualidades de una prosa que consigue describir los esplendores del mundo visual imaginario.

El breve ensayo de Pamuk nos recuerda además cómo deben ser los lectores que necesita un novelista: perspicaces, tolerantes y diligentes.

[Publicado el 07/11/2011 a las 13:55]

[Etiquetas: Orhan Pamuk, El novelista ingenuo y el sentimental, ]

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Negra y amarga leyenda

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Debemos agradecer al historiador, profesor y crítico literario Jordi Gracia que nos haya puesto en solfa con su irritado y virulento panfleto. Y aunque su violencia nos desconcierte, habrá que desear la mejor de las polémicas a la desaforada crueldad, la impaciente ferocidad y el descarnado espíritu de venganza con que el autor rehabilita al viejo y olvidado derecho natural a la furia.

En su orgullosa diatriba, Gracia zarandea sin piedad al intelectual melancólico que nos oprime con su juicio depresivo y esgrime alegremente las razones que lo dejan hecho unos zorros.  Como no le importa el crédito social de su pesimismo y le traen al pairo sus credenciales,  Gracia denuncia con arrogante destemplanza su resentimiento y su malvada resistencia a reconocer las virtuosas conquistas de nuestro tiempo.

Niega el autor de este libelo que no sepamos gozar los logros de la alta cultura y niega que el vulgar analfabetismo se haya instalado en la cultura popular. Niega que la enseñanza se deteriore sin remedio y que en la  universidad se doctoren los ignorantes. Niega que se hayan extinguido los grandes novelistas y que los jóvenes usuarios de las redes sociales sólo digan tonterías. Niega, que la nuestra sea una época decadente.

En realidad, afirma, nunca fue tan cómodo y masivo el acceso a libros inteligentes, documentadas bibliotecas, registros sonoros, archivos cinematográficos, maestros, profesores y catedráticos solventes, orquestas, teatros y museos y documentales televisivos que divulgan conocimientos extraordinarios entre el gran público.

La réplica de Gracia a los lugares comunes del intelectual rencoroso, al lamento que tanto respeto concita, no consiste tanto en demostrar el dinamismo de una sociedad que se alimenta de múltiples saberes, apetencias y habilidades, como en denunciar la farsa de una ególatra decepción.

Obcecado por el horizonte de grandeza que imaginaba para sí mismo, el intelectual ridículo al que Gracia sacude con implacable sadismo, es el que ya ha descubierto cómo se frustró el delirio de su ambición. En vez de aceptar el lugar que le asignan los demás, el intelectual resentido se engorila en su retórica catastrofista e imputa a la sociedad el fracaso que no quiere ver en sí mismo. Como clérigo rematadamente traicionado, tan sólo le queda sostener el tremendismo de su enfado.

El discurso del panfleto es el de un profesor liberado de su compostura docente y dispuesto a dar rienda suelta a la indignación que le inspira la injusticia cometida por los que deberían festejar las conquistas culturales de los últimos treinta años. Resulta obvio que al autor le molesta el celo con que los aludidos (y nunca mencionados) protegen la notoriedad de su patrocinio intelectual, pero sobre todo le duele sospechar que haya entre ellos alguna especie de odioso engreimiento clasista. Como si la crítica a los males de nuestro tiempo encubriera el desprecio por la exuberante creatividad con que la multitud se incorpora a los nuevos modos de consumo y creación cultural.

El panfleto de Jordi Gracia podrá leerse como un nuevo episodio de la clásica controversia entre los libros antiguos y modernos, como una contribución a la disputa entre apocalípticos e integrados o como una renovación del género insolente que tantos disturbios literarios suele ocasionar. Es probable que cause una gran incomodidad y quizá sea inevitable el amargo sabor de boca que deja su lectura, pero la enérgica provocación del panfleto hará que sea más ecuánime a partir de ahora el juicio que dedicamos al estado de nuestra cuestión cultural.

Hay aspectos de su impetuoso razonamiento que suscitan cierto resquemor. Nos queda la duda sobre cuál será el verdadero origen del resentimiento intelectual, cómo se gesta, enquista y prestigia. No sabremos decir si el optimismo sobornará nuestro indomable espíritu crítico. Si acaso la insatisfacción no es la trampa que nos tendemos a nosotros mismos para librarnos de los seductores espejismos de la actualidad. Si nuestra terca resistencia a celebrar la propaganda de un país que, a fin de cuentas, no estaba tan mal, encuentra hoy, en la catástrofe contemporánea, su plena justificación. Si el encanto del sentimiento melancólico, la dulce tristeza de la nostalgia, merecía ser asociado, aunque sólo sea como estrategia narrativa, al ruin resentimiento.

El intelectual melancólico de Jordi Gracia es insultante y ofensivo pero hay que comprender cómo nos concierne la recusación de su panfleto. Pues quizá sea cierto que preferimos ser los partisanos de una causa antes que ser los responsables de una cultura. El deber cotidiano carece de las estimulantes emociones épicas, pero probablemente convenga más a un país necesitado de una razonable dosis de confianza en sí mismo.

Publicado en El País. 30 octubre 2011

[Publicado el 02/11/2011 a las 10:07]

[Etiquetas: Jordi Gracia, panfleto, libelo, resentimiento, intelectual melancólico]

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La inconcebible violencia verbal de la extrema derecha española

 

José María Izquierdo es un periodista de aspecto apacible, bonachón y cariñoso que ha trabajado en El País y en Cuatro hasta su reciente jubilación. Justo cuando todos esperábamos verle sentarse a disfrutar el gozo supremo de no hacer nada y dejar pasar sobre su perenne sonrisa el lánguido flujo de un tiempo feliz, se embarca en una de las tareas más duras y peligrosas que uno puede imaginar. La publicación de su nuevo libro, Las mil frases más feroces de la derecha de la caverna (Aguilar), da fe de la osadía con que concibe el arriesgado oficio de su tremenda vocación.

El libro es una antología espeluznante que nos transmite la furia de los voraces publicistas de un insólito proyecto político. El brutal descrédito del adversario, la difamación sistemática, el insulto y la grosería, la exultante mala baba y la inquina más soez son ya en estos momentos las señas de identidad de una corriente política definitivamente arraigada, gracias a la agitación mediática, en el espectacular concierto español.

Su infatigable presencia en periódicos, radios y televisiones ha conseguido en estos últimos siete años crear un espacio que no existía con semejante nitidez, fuerza, influencia y desparpajo. El grupo de periodistas, comentaristas, columnistas y escritores confabulados para la resurrección de la extrema derecha ha conseguido liberarse de todos los complejos que la estorbaban.

Efectivamente, nada les cohíbe. Pueden arremeter contra los gays, las mujeres, los sindicatos, los socialistas, los nacionalistas y todo cuanto progre o adversario de cualquier clase les pase por delante, alardeando de unos inconcebibles tópicos machistas, racistas o impudorosamente fascistas, con una virulenta hostilidad, sin importarles lo más mínimo las indeseables consecuencias sociales de su violencia verbal.

Para los que no vivan en España, la antología seleccionada por Izquierdo les servirá de guía y orientación sobre el modo en que la extrema derecha española acomete la sistemática destrucción de la cultura política y la bárbara difamación de todos los que piensan de otro modo. O, simplemente, de todos los que piensan en términos de buena educación, tolerancia, civismo y sosiego.

Que José María Izquierdo se haya dedicado a leer todos los periódicos, escuchar todas las radios y ver todas las televisiones, tomando nota de lo que en ellas se dice (y se brama), zamparse día a día esa vocinglera y chulesca amenaza, nos demuestra que, efectivamente, para algunos el periodismo seguirá siendo uno de los oficios más peligrosos del mundo.

[Publicado el 26/10/2011 a las 14:21]

[Etiquetas: José María Izquierdo, extrema derecha, agitación mediática]

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El valor del combate literario

El escritor adquiere una gran autoridad cuando habla de sí mismo. Es irrefutable y nadie puede desmentirlo. Lo mejor es creer en él a pies juntillas. Sólo así conoceremos su inabordable punto de vista. 

Ciertos autores, que no nos atrevemos a citar, maltratan esta curiosidad y se recrean en una petulante fantasía autobiográfica. Se citan con la misma contundencia, se aluden con forzada modestia. Pero algo en su tono de voz los traiciona. No siempre lo percibimos. No siempre nos ofende.

Otros, sin embargo, son más parcos y por ello merecen nuestro agradecimiento.
John Banville declara en El País su arrogante desprecio por Franzen pero se
deleita en una singular confesión: escribir literatura supone saber que serás
derrotado.

¡Cuánta energía reverbera en esta frase! ¡Cuánto arrojo!

[Publicado el 24/10/2011 a las 01:44]

[Etiquetas: John Banville]

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Síntomas de confusión moral

 

La primera plana de los periódicos nos obsequia hoy con dos manifiestos estropicios morales. En el primero de ellos se celebra la muerte de Gadafi sin aclarar cómo se le ha linchado después de ser detenido vivo. Las crónicas no lamentan el espectáculo de un hombre cazado, arrastrado y asesinado por sus sonrientes perseguidores. Esta extravagante omisión difunde además una vieja y tenebrosa sospecha: hasta qué punto puede seducirnos la venganza cuando se comete con visos de impunidad.

El segundo chirrido moral nos lo proporciona el anuncio del fin de ETA. La lectura del comunicado difundido por la banda de pistoleros vascos suscita múltiples interrogantes pero el más notable, y quizá al que menos atención se presta, es cómo podemos ser los interlocutores de unos encapuchados. En principio, la parafernalia de estos imitadores del Ku Klux Klan debería hacernos desconfiar de una paz promocionada con tanto fervor como misterio. Realmente, resulta difícil entender que Kofi Annan o Jimmy Carter se conviertan en valedores de la banda furtiva que ha amedrentado, acosado, cercado y asesinado a tantos ciudadanos indefensos. A esta cacería inmisericorde de más de cuarenta años, los mitógrafos de la banda la llaman "confrontación armada". Algo que parece creer a pies juntillas el grupo de notables amparados por ese prestigio que en España tiene todo lo que habla inglés. Pero lo más chirriante de lo publicado es precisamente lo que no se publica: que no se traduzca al español, ni por supuesto al inglés, la consigna con la que se despiden los tres enmascarados de ETA: Jo Ta Ke..., dicen al final de su soflama. Que vendría a ser algo parecido a decir golpea, da fuerte, una y otra vez, hasta ganar.

[Publicado el 21/10/2011 a las 14:48]

[Etiquetas: Gadafi, ETA, Kofi Annan, Jimy Carter]

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Conversaciones en Formentor

Aquí estamos, en Formentor, con Jorge Edwards, Fernando Aramburu, Ricardo Menéndez Salmón, Jorge Volpi, Aurelio Major, Mathias Enard, Kenizé Mourad, Vicente Valero, Jordi Gracia, entre tantos otros; y con las editoras Valeria Ciompi, Pilar Álvarez, Elena Ramírez, Valerie Miles...

Hablando del futuro de la novela y de la polémica viva todavía en los suplementos literarios, en los artículos de opinión, en las tertulias. La discusión sobre lo que puede haber de crónica periodística en la ficción novelesca o lo que habrá de imaginación literaria en la memoria histórica.

Para algunos de los que participan en la disputa nacional, digo yo en la inauguración de esta cuarta edición de las Conversaciones literarias de Formentor, la tensión entre crónica y ficción es un falso dilema. El escritor, dicen, es dueño de sus atributos y puede novelar lo que le venga en gana. Nada le perturba. Todo le sirve. Puede inventar sucesos históricos nunca acaecidos, poner nombres reales a personajes imaginarios, dar la voz a los mudos y hacer callar a los deslenguados, desvirtuar lo que dijeron los vivos o atribuir a los muertos lo que nunca llevaron a cabo, puede conmovernos con una historia ficticia y o hacernos desconfiar de un relato real.

El novelista puede hacer
lo que le plazca y puede hacerlo a su antojo, porque su privilegio es la
impunidad.

La novela ha sido un género mestizo, nacido de la fusión de todos los géneros literarios precedentes, y nada debe interponerse en su voracidad.

Ni la moral ni la política deben estorbar. Los que tienen vocación de
legisladores deben sacar sus sucias manos de la novela y dejarla a los únicos
que tienen derecho sobre ella: sus autores.

Otros, consideran rigurosamente respetable el debate sobre los límites que la imaginación debe imponerse a sí misma y el rigor con que la memoria debe hacerse valer. También conceden  al novelista el derecho de hacer lo que quiera, hacer sublime la imagen de una belleza imposible, elevar a la más sagrada condición a un pordiosero, exterminar la bondad de la superficie
de la tierra, o contar el mundo sin importarle cómo es en realidad.

Lo único que no puede
hacer el novelista, dicen éstos, es engañar al lector. Que bastante sufre el
pobre.

El novelista puede seducirnos
y alterar la imagen que nos hacemos de la realidad y por ello no podemos dejarle
ensuciar el mundo real. Sólo faltaría, que añadan más caos a este mundo
caótico.

Conscientes del poder de
la palabra, y de la credulidad de una Humanidad confiada, prefieren evitar la duda
del que se pregunta, después de leer una novela, ¿será verdad, será mentira?

En cualquier caso, no
hace falta decirlo, pero lo digo, en Formentor no nos hemos propuesto sacar
conclusiones. Tan sólo escuchar el curso de la conversación.

Pero la disputa sobre
crónica y ficción, como decía, saca a flote asuntos que trascienden el capricho
del novelista.

Si ahora tuviera que elegir
una buena pieza de crítica literaria, citaría el estudio que Mario Vargas Llosa
dedicó a Cien años de soledad.

En este conocido alarde
de penetración podemos ver muy bien manejadas las herramientas de un género que
quiere ser insobornable y despiadado. Información, ecuanimidad, conocimiento y
perspicacia sustentan un juicio que a veces parece seductor y otras, simplemente,
infalible.

El libro de Mario Vargas
es un ejemplo de lo que debe ser la crítica literaria inteligente y elegante.
Entre otras cosas, porque sin este modo de leer, sin este esclarecimiento, la
lectura de la novela, es imposible. Y a la larga, esto es lo que hará imposible
la supervivencia de la misma novela.

La crítica literaria, contrariamente
a lo que suele creerse, no nos dice lo que debemos leer. Ni siquiera pretende
dictar un juicio sobre lo malo y lo bueno. La crítica nos enseña a leer; esto
es: nos hace descubrir lo que no supimos ver en las novelas que hemos leído.

La crítica literaria nos permite
entender nuestra tradición narrativa y cómo aborda los disturbios de la condición
humana, el misterio del conflicto en el que vivimos atrapados, la opacidad de
nuestros deseos, la indescifrable voluntad en los demás, y ese largo rosario de
enigmas que forman parte de la existencia.

Pero el texto de Mario
Vargas atribuye a la vigorosa estirpe de los grandes novelistas un empeño
sacrílego. El estudio de Vargas dedicado a Gabriel García Márquez, lo
recordarán ustedes, se titula Historia de
un deicidio,
y en el extenso y pormenorizado análisis de la obra maestra del
Gabo nos dice que el novelista quiere sustituir a Dios y convertirse él mismo
en un creador de mundos, en el taumaturgo de las historias y los personajes que
poblarán el imaginario humano con la misma fuerza que el llamado mundo real.

Al presentarnos al
escritor como un deicida, como un celoso competidor de Dios, como un envidioso
imitador del Creador, Vargas da a nuestra tradición narrativa un lugar central
en la cultura y nos advierte de que tras las grandes novelas del siglo está el
genio disidente, arrogante, destemplado y terriblemente inteligente que ha
querido torcer la Historia del Mundo.

Esto es lo que decía
Vargas en 1971.

Más de treinta años
después, el mismo autor reunió sus críticas literarias más destacadas y las
agrupó bajo este rótulo: La verdad de las
mentiras
. En este nuevo y espléndido ejercicio de sagacidad y comprensión,
Vargas nos dice, sin embargo, que un novelista elabora mentiras, convincentes,
atractivas, entretenidas, pero mentiras al fin y al cabo.

Vargas,
inexplicablemente, da por cancelada la terrible ambición de los escritores y
reduce su titánica revuelta prometeica a un simple ejercicio de imaginación
literaria. Olvida el combate trágico de la revuelta que glosó en su libro y nos
consuela con ese ingenioso  y esmerado
oficio que hace las delicias de los  lectores.

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué le
ha ocurrido a nuestra generación, durante el último tercio del siglo XX, para
que la soberbia epopeya de los escritores haya quedado reducida a un artificio
de cuentistas? ¿Cómo hemos podido perder en el curso de este súbito viaje la
más excelsa de nuestras conquistas culturales?

¿Cómo se convirtió el deicida en un mentiroso?

Quizá podamos encontrar
en esta mutación la causa de lo que tanto lamentamos. Me refiero a la confusión,
la confusión que nuestra cultura de la notoriedad difunde cada vez con mayor insensatez:
la confusión entre la novela literaria y la novela de kiosko, entre la
inteligencia y la locuacidad, entre el genio y el ingenio, entre el logro del
estilo y el pensamiento y la redacción de historias entretenidas, entre el
hallazgo y la ocurrencia, la fama y el prestigio, la palabra y la
charlatanería.

Podría decirse de otro
modo. Podríamos decir que una educación deficiente ha deteriorado la capacidad
cognitiva de una población incapaz de seguir el hilo narrativo de un discurso
complejo. Que los medios audiovisuales han infantilizado al adulto hasta
convertirlo en alguien resueltamente incapaz de comprender las estrategias
literarias. Que la lógica del aburrimiento ha sobornado a las mejores cabezas
haciéndolas cómplices de la industria del entretenimiento. Que la obsesión por
la audiencia masiva ha destruido la interlocución cultural. Que la crítica
literaria contribuye con su falsa ecuanimidad a mezclar y confundir las obras
de arte con los productos industriales.

Ya veremos en qué acaba
todo esto. Por el momento, en Formentor, ya seamos deicidas o mentirosos, lo
cierto es que todos somos amantes de la literatura y eso es lo que nos permite,
una vez más, charlar y compartir nuestras ideas, hallazgos, criterios, juicios
y opiniones. Incluso, a veces, con buen humor.

Gracias a todos y
bienvenidos a Formentor.

[Publicado el 16/9/2011 a las 23:47]

[Etiquetas: Formentor, novela, crónica, ficción, Gabo, Vargas Llosa]

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Si es probable, no es imposible

 

Nos sorprende cómo la realidad adopta los modos narrativos de la ficción novelesca y cómo a veces titubea hasta encontrar el género más conveniente. Lo hemos comprobado estos días con Dominique Strauss-Kahn y el zarandeo al que ha sido sometido su personaje. Las primeras crónicas trataban su peripecia como si fuera el último capítulo de un folletín. Después de cometer sus numerosas tropelías donjuanescas, el poderoso político francés se encontraba al fin con la horma de su zapato. Una camarera negra, pobre e inmigrante, a la que creyó poder usar a su antojo, le daba su merecido. El villano esposado y humillado por la vergüenza comparecía ante los tribunales de New York y arrastraba sus pesados pies hacia la prisión. Y así acaba su carrera. Punto final.

A la lectura de este episodio de felonía machista contribuyó sin duda el entusiasmo de sus numerosos enemigos y esa especie de creencia arraigada en la supersticiosa opinión mundial. Gran parte de los analistas encargados de comentar el caso DSK hicieron suyo el poderoso instinto de la sospecha popular: si es probable, no es imposible. Dados sus conocidos hábitos de hombre mujeriego, nada impide suponer que haya hecho otra de las suyas.

Así se razonaba en aquél momento. La tranquilidad con que DSK abandonó su habitación en el Sofitel y la indolencia con que reclamó su olvidado teléfono móvil tan sólo confirmaban su delirante prepotencia. El director general del Fondo Monetario Internacional había perdido, en el más reciente de sus estallidos de testosterona, no sólo cualquier noción de culpa o pecado, sino el más razonable  sentido de la conveniencia personal, y andaba por New York como un barón feudal por sus tierras de pernada. La denuncia, detención y encarcelamiento del prócer caído en desgracia perfeccionaron la moraleja: dimisión como dirigente del organismo internacional y fulminante destrucción de su carrera política hacia el Elíseo. Sus adversarios, en las filas de Sarkozy y entre sus colegas del Partido Socialista francés, sonrieron aliviados.

Sin embargo, lo que parecía ser el último capítulo de un folletín se transformó en el primer episodio de un thriller. El fiscal de Nueva York, cuya exitosa carrera, según los requisitos del género, necesita la captura periódica de algún pez gordo, se rindió ante las evidencias recogidas por la policía. La camarera pobre, negra e inmigrante, tiene amigos delincuentes y mantuvo con uno de éstos facinerosos alguna conversación comprometedora. Su credibilidad como víctima y único testigo de la violación padecida en la habitación del hotel Sofitel incurrió inmediatamente en un irreparable descrédito. Se levantó la orden de confinamiento y se permitió a DSK salir a cenar con su esposa y amigos. Un testigo declaró a los periodistas haberle visto en un restaurante de Manhattan comiendo de buen humor y mejor apetito.

La prensa francesa, siempre tan atenta a los vestigios literarios, identificó inmediatamente los pensamientos que bullían bajo ese rostro orondo y sonriente y se apresuró a reconocer en DSK al mismo Conde Montecristo. DSK se liberará, venían a decir los periódicos, y regresará a Francia con una sola idea entre ceja y ceja: vengarse de los traidores que montaron el compló.

[Publicado el 06/7/2011 a las 17:23]

[Etiquetas: Dominique Straus-Kahn, Fondo Monetario Internacional, Conde de Montecristo]

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Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

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