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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 16 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

El Mesías vive (y padece) en el Bronx

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A los escasos lectores españoles familiarizados con las páginas de la Biblia no les escandalizará el atrevimiento de James Frey ni lo considerarán una blasfemia pues en "El último testamento" verán aletear el mismo espíritu que inspiró a los primeros evangelistas.

La salvedad más reseñable en este episodio del Mesías finalmente aparecido es la ausencia de esperanza. Como si el escriba no quisiera dar a los hombres la oportunidad de esconderse en un nuevo engaño sagrado ni animarles a encontrar consuelo en otro refugio imaginario.

El judío de estirpe davídica nace con los signos de la gran premonición, procura llevar una vida modesta, amable y pacífica en el Bronx de Nueva York, inspira ternura a los que se topan con él, pero la violencia que el mundo descarga sobre su frágil figura de hombre paciente y bondadoso, siembra las páginas de "El último testamento" de una amarga  desolación.

Ben Sion Avrohom es el nuevo Mesías pero se limita a repetir lo que del primero no se quiso entender. Que todo se reduce a amar a tu enemigo y a poner la otra mejilla cuando la tome contigo. Las consecuencias, obviamente para nosotros, son desastrosas. La mansedumbre excita el insaciable sadismo del mundo y Ben Sion acepta soportar su martirio ante los ojos atónitos del lector.

El Mesías regresa sin proclamas, ángeles ni trompetas, aparece en unos repugnantes barrios, violentos y miserables, y son otra vez los desahuciados, los desgraciados, los apestados, los primeros en comprender el extraño poder de su mirada y la incondicional absolución de su sonrisa.

Los condenados, los delincuentes, yonquis, prostitutas, los que habitan las alcantarillas de la ciudad, son los primeros en reconocerlo. Efectivamente, una sola palabra suya basta para sanarlos. Se liberan del dolor de ser y después de atisbar en sus ojos la inconcebible plenitud de no se sabe qué fuerza, se liberan de lo más importante: de sí mismos.

El libro de Frey ofenderá a los integristas -tanto como lo hizo el texto original a los antiguos devotos- pero el autor confiesa que sólo busca respuesta a una pregunta: ¿qué ocurriría si regresara?

Frey considera que los descubrimientos de la ciencia nos han situado en el último horizonte del conocimiento, al borde mismo de un desvelamiento formidable pero en verdad muy distinto al caudal de ilusiones que hemos incubado durante milenios. No hay nadie a quién rezar, dice Ben Sion, ni cielo ni infierno. Tan sólo hay la vida efímera de unos hombres cuya única redención será amarse mientras estén vivos en esta insólita pausa que hay entre dos eternidades vacías.

Ben Sion regresa para decir esto y quizá por ello es condenado de nuevo al sacrificio. Es el Maestro de Justicia de los esenios, el Nazareno de los cristianos, el Siervo Sufriente de Isaías, el chivo expiatorio de la tragedia humana. Y nos redime aceptando un destino espantoso. No porque sea la víctima de un padre brutal, de un hermano vengativo, de la indigencia, de un accidente, de un cirujano desalmado... Lo que nos parece inconcebible, nuevamente, es que teniendo el poder de librarse de todos los males, acepta cargarlos en su espalda, sufrirlos en un incomprensible gesto de mansa aceptación. El espectáculo de violencia e impotencia en la narración de Frey es conmovedor y difícilmente soportable.

[Publicado el 03/3/2012 a las 19:37]

[Etiquetas: James Frey, El último testamento, Mondadori]

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Tàpies un instante después de morir

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El hombre se hace a sí mismo a pesar de los demás. Se recrea o disuelve en la mirada avariciosa y temible que tanto miedo nos da. El otro es un déspota como lo soy ahora con Antoni Tápies. Qué me importa lo que quiso ser; tan sólo aprovecho lo que me conviene. Saqueo su texto y prescindo de lo que no me gusta. Rehago sus pensamientos a mi imagen y semejanza. El gran genio a mis órdenes. Después de frotar la lámpara.

"Una vez saturado el gusto de una época por un estilo determinado; una vez gastados los mecanismos para emocionar; una vez descubierta su trampa, se le hace imprescindible al artista hallar otras fórmulas que hagan eficaz su obra". (1955)

"Yo os invito a pensar". (1967)

"Un día traté de llegar directamente al silencio con más resignación, rindiéndome a la fatalidad que gobierna la lucha profunda. Los millones de furiosos zarpazos se convirtieron en millones de granos de polvo..."  (1969)

"A menudo nos hacen aquéllas fatídicas preguntas: ¿qué representa esto? ¿Qué ha querido decir con estas manchas? ¿Cree que con estas rayas la gente comprende sus ideas? (1970)

¿Qué es lo que pasa, pues? ¿Es que los antiguos favorecidos por las musas no pintan ya cosas celestiales? Ellos que siempre habían tratado las grandes solemnidades, ¿no glorifican ya a sus señores, a los dioses, ni a nadie que crea estar en su gracia? Resulta que no. Los artistas, que se consideran los seres más refinados, los más sensibles, hace ya años que no creen en todo esto. Ni dioses ni amos. Nadie es bastante importante para ellos y quisieran que la sociedad creyera lo mismo. En cambio se enamoran de la paja. (1970)

"Entiendo por vulgar el seguimiento de estilos, costumbres tradicionales o creencias célebres...  La vulgaridad, según los antiguos confucianos, debe considerarse una tara moral e intelectual equivalente a la falta de honestidad." (1984)

"A veces son artistas que incluso parecen revestidos de una suerte de espíritu medio iniciático medio profético, a los que tampoco falta el sentido de la ironía y del humor" (1989)

(Citas extraídas de la antología de textos publicada por Galaxia Gutenberg en 2008: En blanco y negro)

[Publicado el 09/2/2012 a las 19:54]

[Etiquetas: Antoni Tàpies, En blanco y negro, Galaxia Gutenberg]

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Cosas de nosotros mismos que habíamos olvidado

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Es el más europeo de los escritores norteamericanos. No en balde fue traductor de poesía francesa. Paul Auster, que vive en el acogedor barrio de Brooklyn, posee una extravagante imaginación literaria. Es el creador de un mundo narrativo en el que quieren vivir sus numerosos lectores. Esto no es algo que pueda decirse de cualquiera.

Sus obras son elogiadas por una tribu cada vez más adicta. En España se le celebra y festeja. Tiene algo de ídolo y sus lectores se comportan como idólatras. Se le quiere más que en Estados Unidos. Pero Auster es un escritor prisionero. Sus seguidores tan sólo esperan leer una nueva versión de su anterior novela. Son insaciables.

Su editorial española, Anagrama, publica ahora el primer esbozo de su autobiografía. Por lo visto Auster tiene miedo de hacerse viejo ("Has entrado en el invierno de tu vida") y se ha propuesto recordar algunas cosas. Su Diario de invierno es un autorretrato. Mal acogido por los críticos -y no lo entiendo. Al fin y al cabo ¿para qué escribe un hombre su autobiografía? Para comprenderse mejor y para darse a conocer. Una especie de inventario: ¿realmente existo tal y como me parece? Decídmelo, por favor. El ejercicio es una pausa en la fábrica narrativa. Es una confesión. Hay que hacer caso a los escritores que tienen necesidad de verse en el espejo del recuerdo. ¿No hay aquí algo de ternura, de compasión? Compartirla no puede ser tan malo. Aunque a veces los pensamientos carezcan de grandeza y se limiten a reproducir lo que de otra manera no podría decirse. Si amas a tu mujer y te gusta abrazar a tus hijos y has vencido cualquier pulsión equívoca al respecto, ¿qué otra cosa puedes decir? Salvo el temor a la muerte y a la pérdida de los tuyos, claro.

Auster relata historias de sí mismo, imágenes sueltas en las que se ve haciendo y diciendo cosas que había olvidado. ¿Subsiste este hombre en mí mismo? No importa que me sienta orgulloso o avergonzado de él. ¿Qué puede quedar de él? Auster nos cuenta algún hallazgo imprescindible, quizá tardío: "ignorar lo que dice la gente es beneficioso para la salud mental de un escritor". No hay elipsis ni estrategia: son hechos. Exentos, espero, de imaginación artística. No hay ficción en el hombre que se retrata sin engaño. Podrá haber mala memoria y a veces, algo de pudor. Pero el resto debe ser cierto. Eso espero al menos.

Auster hurga en su memoria para saber algo más de sí mismo y para darse a conocer. ¿Qué puede sacar de todo esto? ¿Qué le impele a ponerse en cuestión de este modo?

"Cuando trabajabas como miembro de la tripulación del buque Esso Florence, amenazaste con golpear e incluso matar a uno de tus camaradas de a bordo por acosarte con insultos antisemitas. Lo agarraste de la camisa, lo incrustaste en la pared y le pusiste el puño en la cara, diciéndole que dejara de insultarte o se atuviera a las consecuencias. Martínez se retractó inmediatamente, pidió disculpas, y no tardasteis mucho en haceros buenos amigos".

Recuerda las sucesivas penurias de su prolongada juventud:

"Aun cuando os advirtió que la casa no estaba en condiciones primorosas, ninguno de los dos imaginó que os esperaba una chabola en ruinas".

Se sorprende al descubrir episodios de una ingenuidad que probablemente todavía se estén incubando en la misma cáscara:

"Entonces fue cuando hiciste la pregunta, pronunciando las desatinadas palabras que demostraban tu absoluta necedad y el hecho de que seguías sin entender nada del pequeño mundo en que por casualidad estabas viviendo. "¿Habéis llamado a la policía?" John sonrió. "Por supuesto que no", contestó. "Los chicos lo han molido a palos, le han roto las piernas con bates de beisbol y lo han metido en un taxi. Jamás se le ocurrirá volver al barrio; si es que quiere seguir respirando". Así fueron tus primeros tiempos en Brookyn."

Paul Auster habla con su difunto padre en sueños:

"Lleva ya muchos años visitándote en una habitación a oscuras al otro lado de la conciencia, sentándose para mantener largas conversaciones contigo, sin prisas, tranquilo y circunspecto, tratándote siempre con amabilidad y buena voluntad, siempre escuchando con atención lo que tienes que decirle, pero en cuanto se acaba el sueño y te despiertas, no recuerdas una sola palabra de lo que cada uno de vosotros ha dicho".

Y así subsiste la vida de un hombre en su memoria.

[Publicado el 02/2/2012 a las 17:51]

[Etiquetas: Paul Auster, Diario de invierno, Anagrama]

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La profecía de Alexis de Tocqueville

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Ahora que la izquierda ha sido desalojada del poder central, autonómico y municipal por una sociedad inquieta, deprimida y asustada, quizá sea el momento de llevar su batacazo electoral más allá de las retóricas lamentaciones. Si la debacle le anima a emprender la enérgica crítica de sus hábitos, la izquierda podrá descubrir la causa de su fracaso y quizá enmendar el rumbo de su errática deriva. Pero como es probable que no tenga la costumbre de ponerse en cuestión y carezca de valor para sacudirse a sí misma, le resultará muy útil leer el libro del lingüista italiano Raffaele Simone.

Se titula El Monstruo amable: Perché l'Occidente non va a sinistra y es la más despiadada reflexión que puede hacer un intelectual de izquierdas en contra de sus compañeros de partido, movimiento o corriente de opinión.

Sostiene Simone que la izquierda europea lleva tres décadas sin comprender los cambios que han alterado la faz del mundo y que esta ignorancia está en el origen de su terco fracaso. Una grave carencia intelectual y una empecinada miopía política ha lesionado gravemente su influencia y desprestigiado la autoridad de su proyecto histórico.

Las causas de este extravío son innumerables y las cita Simone con destemplado fastidio: la izquierda no se ha querido purgar moralmente por su complicidad con los regímenes mediocres, criminales y despóticos de los "Países del Este", ha fomentado indolentemente la perversión burocrática de sus partidos y sindicatos, se ha despellejado a sí misma en feroces rivalidades sectarias, se ha puesto en evidencia con la extravagante ambición de sus líderes, se ha enredado en las luchas intestinas de las camarillas nepotistas, los grupúsculos de poder y las repugnantes nomenclaturas, ha distorsionado con su demagogia oportunista el lenguaje corriente que le servía para comunicarse con la sociedad, la insuperable cortedad intelectual de sus grupos dirigentes ha impedido formular ideas coherentes sobre los terribles cambios que se avecinaban y que finalmente han tenido lugar, se ha conformado administrando tejemanejes, nombramientos, poltronas y licitaciones...

En suma, se ha negado a sí misma y ha consentido que sus ambiciones históricas fueran desmanteladas, arrinconadas o edulcoradas. Mientras tanto, un poderoso movimiento cultural y económico, ubicuo, amigable, inaprensible, moderno y afable, al que Simone llama la Neoderecha, ha impuesto al mundo los valores que hechizan, seducen y conquistan el corazón de una multitud disgregada, excitada y egoísta. Es la Neoderecha del Archicapitalismo la que ha transformado a la sociedad en una masa de público y clientes exentos de vergüenza y compasión y dispuestos a consumir, desear, endeudarse, divertirse y entusiasmarse en un mercado concebido para satisfacer el más mínimo de sus impulsos.

Con impecable argumentación y ritmo trepidante, el breve ensayo de Simone deja estupefacto al lector y mientras ridiculiza la arrogancia de una izquierda ajena a la envergadura de su catástrofe, dibuja el más desolador panorama que podemos imaginar para el inminente futuro de nuestro mundo.

Cita a Ortega, Passolini, Guy Debord, Hanna Arendt y Spinoza y descubre en el deslumbrante informe publicado en 1840 por Alexis de Tocqueville (La democracia en América) unos reveladores y preocupantes fragmentos proféticos.

Tocqueville "traza hasta el detalle los rasgos de un despotismo del futuro", vislumbra una figura dotada de un poder que nunca se había visto en siglos pasados, un poder capaz de "descender al lado de cada individuo para dirigirlo y guiarlo", un despotismo benigno que "degradará a los hombres sin atormentarlos", un tipo de opresión que no se asemejará a nada de lo que la ha precedido en el mundo.

La cosa es nueva, dice Tocqueville, y por tanto es necesario hacer un esfuerzo para definirla, dado que no consigo denominarla: "veo una multitud innumerable de hombres similares e iguales que dan vuelta sin tregua sobre sí mismos para procurarse pequeños placeres vulgares con los que dan satisfacción a su alma"; sobre ellos "se eleva un poder inmenso y tutelar, absoluto, minucioso, regular, previsor y amable que busca fijar a los hombres en la infancia; que quiere que los ciudadanos lo pasen bien, siempre y cuando no piensen en otra cosa que pasarlo bien.

Este poder no quiebra sus voluntades, las ablanda..."

[Publicado el 27/1/2012 a las 00:13]

[Etiquetas: Raffaele Simone, el monstruo amable, Alexis de Tocqueville]

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El rapto de Europa

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Es probable que la idea de Europa siga siendo todavía durante algún tiempo esa poderosa ilusión alentada por los mejores de nuestros utopistas y ese escarmiento forjado en el recuerdo de las grandes matanzas. Pero el ente burocrático fundado para administrar la idea europeísta ha llegado a ser un conglomerado de organismos sin control y, por lo tanto, una monstruosa maquinaria cuya deriva es hoy impredecible.

Como nadie que esté en su sano juicio puede saber en qué consisten las directivas, disposiciones transitorias o normas legales recogidas en la colección de 1.400.000 documentos aprobados, emitidos y aplicados por la CAA, el ECOFIN, la JAI, DGC, ENVI, EXC, TTE, PAC, JI, WBF, BJKS, GAC, FAC, CAE, EAC, RTD, ENTR, TAXUD, MOVE, ECFIN, ECHO, ENER, ELARG, BUDG, SANCO, JUST, DGT, HOME, INFSO, CLIMA, AGRI, SCIC, HACER, CEDEFOP, CDT, CEPOL, ACCP, EACEA, AESC, AESA, AECI, ECDC, ECHA, AED, AEMA, ERC, EFSA, IEIG, IET, EMCDDA, EMEA, AESM, ENISA, TJUE, TEDH, CSBE, ABE, AEVM, JERS, AESPJ, etc., etc., necesariamente debe concluirse que nadie controla lo que se está haciendo en esta laberíntica red paragubernamental.

El que una institución tentacular de semejante calibre  haya podido desplegarse ante el atónito y perplejo titubeo de la ciudadanía europea, es lo que nos cuenta con enervada y mal disimulada paciencia Hans Magnus Enzensberger.

Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo y Frankfurt cobijan centenares de organismos, presidencias, agencias, comisarios, jefes de gabinete, secretarios y funcionarios cuya incesante actividad tiene como misión regular toda cuanta iniciativa surja en el ámbito territorial europeo. Obviamente, la potestad que se han atribuido los organismos de la Unión permite reglamentar el tamaño de los pepinos, la coloración de los puerros y el formato de las bombillas que debemos utilizar, pero es desvergonzadamente impotente a la hora de impedir la devastadora impunidad del capital financiero o el inmune estatuto de los paraísos fiscales.

El espíritu elitista que inspiró el fabuloso e inexplicado origen de la Unión Europea ha regido desde entonces su exquisito y difuso secretismo y la evidente fobia con que se prescinde de los referéndums. Un elitismo que mientras alardea de sus credenciales institucionales va corroyendo los fundamentos de la política democrática: prescinde de la división de unos poderes encargados de vigilarse, omite a la ciudadanía como sustento de la soberanía y anatemiza a los disidentes que cuestionan el rumbo retorcido del proyecto común. Así, subraya  Enzensberger, cualquier crítica a los organismos que toman decisiones sin consultar ni tan siquiera al parlamento europeo, es considerada una indeseable expresión de anti europeísmo.

De este modo se socava el prestigio político de la Ilustración y se fomenta la indolencia absentista de los ciudadanos ante unos organismos cuya opacidad inevitablemente recuerda a la que imaginó Kafka en algunas de sus ficciones.

El opúsculo de Enzensberger concluye con una escena soberbia. El autor se entrevista con un alto funcionario de la Unión cuyo nombre deja en el anonimato. Se le ve arrogante, seguro de sí mismo, displicente y con un cierto aire paternalista. Le divierte la preocupación de Enzensberger pero ni la razón ni el argumento del intelectual alemán hacen mella en su esotérica convicción: "Fue Jean Monnet, uno de nuestros fundadores, quién ya muy pronto vio venir el marchitar de la democracia clásica".

 

[Publicado el 18/1/2012 a las 18:03]

[Etiquetas: Hans Magnus Enzensberger, El gentil monstruo de Bruselas, Anagrama, Jean Monnet]

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La endiablada complejidad del pensamiento

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Si al viajero le ha complacido alguna vez recorrer los lugares de su predilección con un ejemplar manoseado de la guía baedeker bajo el brazo, vislumbrando con su mirada asombrada la ciudad que creía conocer, viendo por primera vez en la ornamentada fachada la sombra del genio que por allí habitó, o la marca de un encuentro providencial en la encrucijada de unos callejones, y así hasta sentirse abrumado por un mundo que había perdido de vista. Del mismo modo, el lector de Radicales libres se complacerá discurriendo lo que los hombres han pensado y escrito durante su infatigable peregrinación.

El que se haya acostumbrado a leer a José María Ridao en las páginas de El País entenderá por qué el escritor se desprende momentáneamente de un periodismo que a la postre sólo sabe hablar de sí mismo. Pues ya no son las noticias con que este género sostiene la ilusión de la novedad (a menudo trufada de una insoportable trivialidad), sino unas reveladoras noticias perdidas las que concitan su implacable ejercicio de sagacidad.

Como un viajero alentado por la certeza de estar descubriendo una geografía falsificada hasta entonces por la indolencia, el lector de Radicales libres discurre el significado de unas obras que sin esta nueva mirada se habrían extraviado. El inquisitivo retorno a Flaubert, Lampedusa, Strindberg, Swift, Starobinski, Ibsen, San Agustín, Freud, Todorov, Antelme, Ignatief, Gide, Gunter Grass, Imre Kertész, junto a centenares de nombres y a las innumerables cuestiones que la lectura inteligente de sus obras suscita, anécdotas que alumbran las reflexiones que hoy nos conciernen, momentos históricos decisivos que necesitan ser recordados, o acontecimientos cuyo significado debe ser rescatado, en una sucesión de fragmentos que el autor hilvana con espíritu enciclopédico y con una prosa tan elocuente como elegante.

Al lector de Ridao le complacerá comprobar que entre tanto simulacro posmoderno lo radical es el punto de vista de la insatisfacción intelectual, el argumento de una razón dispuesta a desmontar el artefacto de la realidad y a pensarlo todo nítidamente otra vez.

Es probable que los Radicales libres provoquen algún desconcierto en esta sociedad adocenada por el confort que prestan las ideas no pensadas. Esa poderosa tiranía de lo políticamente incuestionable, que se consagra dogmáticamente como irrefutable, ya se sabe, aborrece con mal disimulado enojo la arborescente complejidad del pensamiento libre.

Pero las alusiones con que Ridao habla de vez en cuando de sí mismo nos recuerdan que los episodios de Radicales libres pertenecen  al largo itinerario de su aventura intelectual. Ya sea la contemplación de una pintura de Camille Pisarro en Londres, la llegada como joven diplomático a Luanda o el encuentro con cualquiera de las obras maestras que desbroza con tanto respeto como agudeza, son la autobiografía intelectual del autor: en ella se desvela el hercúleo (o jacobita)  combate entablado desde el principio contra la complacencia de una cultura empeñada en propiciar su propia decadencia.

[Publicado el 03/1/2012 a las 19:00]

[Etiquetas: José María Ridao, Radicales Libres, Galaxia Gutenberg]

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La Folie Baudelaire

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El crítico literario que fue indulgente y escrupuloso con tantos mediocres, pero nervioso y huidizo cuando sospechaba alguna excelencia entre sus contemporáneos; el que fue maestro en la reticencia y muy diestro en el arte de masacrar elogiando, no podrá librarse de su maléfica inteligencia y aunque desee permanecer a resguardo en su reposo eterno, se verá perseguido por una posteridad irritada e implacable.

La Folie Baudelaire es un homenaje al estremecido genio, decadente, moderno, morboso y retorcido del gran poeta francés y al mismo tiempo la venganza que Roberto Calasso ejecuta con galante parsimonia contra Sainte Beuve.

No es necesario que el desagravio se extienda a lo largo de las cuatrocientas páginas de su tratado pues basta rescatar en su colofón la remota y olvidada nota secreta que Sainte Beuve dirigió a Napoleón III advirtiéndole del modo en que muchas obras literarias "contribuyen a la disolución de los poderes públicos" y proponiéndole subvencionar "la dirección moral para las obras del ingenio". Como si ya insatisfecho en la tribuna que ocupaba con displicencia, quisiera hacerse acompañar por la milicia y la alta magistratura.

Aun así, la refutación póstuma del gran comisario de las letras francesas la perfecciona Calasso al comparar las avariciosas omisiones de Sainte Beuve con el "descubrimiento" de Laforgue: "Baudelaire fue el primero en contarse a sí mismo sin adoptar un aire inspirado, el primero que no es triunfal sino que se acusa, que muestra sus llagas, su pereza, su inutilidad aburrida en el corazón de este siglo trabajoso y servil, el primero en decirse: la poesía será cosa de iniciados, el primero en hacer comparaciones extraordinarias..."

Baudelaire, el más arcaico de los modernos, el  verbo más poderoso que haya resonado en labios humanos (Proust), la prosa cargada de fluidos eléctricos (Renard), el solitario, impávido defensor del derecho a contradecirse y del derecho a irse, el que admiraba a Chateaubriand por ser el gran aristócrata de la decadencia, el que entró en la zona más oscura y peligrosa de aquello que se puede pensar, se despidió dictando un breve testamento:

"Toda la chusma moderna me horroriza. La virtud, horror. El vicio, horror. El estilo fluido, horror..."

[Publicado el 30/12/2011 a las 22:57]

[Etiquetas: Roberto Calasso, Sainte Beuve, La Folie Baudelaire, Anagrama]

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Tres filósofos judíos

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El hombre que piensa y vive como un filósofo, libre de culpa, irreprochable y amante de la sabiduría, percibe en este mundo irresuelto una presencia y es esta fuerza, con mil nombres y ninguno verdadero, la que mientras hace más difícil su existencia, la va cargando de sentido. Un sentido revelado y oculto que nos interpela, requiere, exige, instiga y concita. Pero que no espera ser explicado. Pues tan sólo desea, ciertamente con impaciencia, ser actualizado.

El conocido e influyente filósofo naturalista Hilary Putnam ha escrito esta guía para ayudar al lector a bregar con la obra de tres filósofos judíos y con brevedad espiga lo que le parece más atractivo de Franz Rosenzweig (1886-1929), Martin Buber (1878-1965) y Emmanuel Levinas (1906-1995).

Los tres filósofos judíos hilvanaron en el convulso siglo XX un nuevo pensamiento cuya radical interrogación acerca de la condición humana ha resultado ser una corrosiva impugnación de las cansinas omisiones de nuestra cultura.

La singularidad humana, lo que hace excepcional al hombre, y lo único que a fin de cuentas se espera que comprenda en la encrucijada cósmica que habita, es su disposición a comportarse como un hombre disponible. Una determinación cuya confianza debe ser absoluta pues nada enturbia al hombre que sabe decir "aquí estoy".

Todo hombre siente la obligación (y la ansiedad) de estar abierto a la necesidad, al sufrimiento y a la vulnerabilidad del otro. Y si en algún momento se pregunta ¿por qué debería yo ponerme a su disposición?, delata la carencia vital que le impide consumarse como ser humano.

Este otro es una fisura, un rostro o una huella: sólo puede intuirse, presentirse. Y tan sólo su efímero y huidizo aspecto, mientras uno se dispone a sustituirlo allí en dónde esté sufriendo, permite atisbar la plenitud del sentido.

Un fragmento de Levinas citado por Putnam nos ayuda a comprender la dialéctica de este nuevo pensamiento hablado, que según los autores, sólo cuando salga de las páginas de los libros, será una forma de vida, una experiencia:

"Lo numínico o lo sagrado envuelve y transporta al hombre más allá de sus poderes y de sus voluntades. Pero estos excesos resultan ofensivos para una verdadera libertad... Esta potencia sacramental de lo divino es para el judaísmo una ofensa a la libertad humana y contraria a la educación del hombre. No porque la libertad sea una finalidad en sí misma sino porque sigue siendo la condición de todo valor que el hombre puede alcanzar. Lo sagrado que me envuelve y me transporta es violencia".

[Publicado el 20/12/2011 a las 17:29]

[Etiquetas: Hilary Putnam, Franz Rosenzweig, Martin Buber, Emmanuel Levinas]

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Nuestro poder vivificador

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 Anatomía de la influencia es de nuevo un tratado sobre los autores y personajes eminentes que pueblan la literatura universal. Pero en esta ocasión el tono de Harold Bloom es elegíaco y celebra sus ochenta años con un testamento: "Ya no lucharé contra los Resentidos. Nos uniremos todos en nuestro polvo común".

Bloom reitera en esta larga meditación su teoría sobre la ansiedad que corroe a los grandes escritores pero renuncia a cualquier pretensión doctrinal. Se eleva recreando la retórica de un discurso interminable.

Elogia la pasión de la lectura y nos remite al origen de su veneración: renueva el entusiasmo de la primera vez y el asombro que inspiran las grandes obras. Pero una charla con Bloom requiere gran familiaridad con los libros supremos y saberlos de memoria después de una lectura tan extensa como profunda.


Lo excepcional notorio en Bloom es su método de seducción y cómo rehúye los tediosos razonamientos del argumento académico. Si no se respira el aliento de la inspiración poética que ilumina al autor, da a entender, el lector no tiene nada que hacer.  

Su visión de la ansiedad y la influencia, el mapa de los senderos que unen a cada escritor eminente con todos los demás, es absoluta. Sus razones son sentencias y se sancionan a sí mismas como profecías. Omite la secuencia temporal que rige el orden del mundo y desvela la influencia que algunos escritores tuvieron en sus antepasados.


La retórica de Bloom es reiterativa, insistente, poética, pues cree que nada ha sido cabalmente entendido. Las obras maestras están por encima de nuestra comprensión y si salimos derrotados de este desafío caeremos en la Edad del Resentimiento. Salvo que nos propongamos leerlas una y otra vez, durante toda la vida, dice Bloom.


El crítico trata con desdén a los melifluos, torturados y hostiles guardianes de la ortodoxia y los repudia con la insolente alegría adolescente que vivifica el entusiasmo de la primera lectura: Bloom expande este espíritu devoto, lo incrementa, lo santifica.

A los grandes escritores les inspira una envidia sagrada, dice, pero nadie elige al maestro de su veneración; el autor será elegido por su antepasado literario. O aceptamos esta violenta premisa o la rechazamos. Pero no es objeto de discusión. La influencia produce ansiedad y ésta consiste en imitar, evocar, saquear la obra y suplantar al autor, pero sin la complicidad del muerto ilustre, todo será una patética patraña plagiaria.

Bloom se considera un laico de inclinaciones gnósticas, un esteta literario que idolatra a Shakespeare, un supuesto hereje gnóstico judío, un lector esotérico, un crítico longiano que celebra lo sublime como la suprema virtud estética, afirma que la gran literatura existe y que es posible apreciar el brío de una energía sobrenatural en su vigor lingüístico. Al final Bloom será un miembro destacado de esa Religión Americana que enunció Emerson y cuyo único dogma en la Seguridad en Uno Mismo. Una especie de entereza o unión de cada hombre con el sí mismo desconocido.

Si alguien, urgido por alguna torpe premura, tuviera necesidad de reducir todos los libros de Bloom a un único párrafo, quizá podría conformarse con lo siguiente:
 

Shakespeare, que no profesa ninguna creencia y que, según R.W. Emerson, es sabio sin énfasis ni agresividad, poseía su propio método de conocimiento -que nunca podremos descifrar del todo como no sea mediante infinitas y profundas lecturas- y es el precursor de todo el mundo: Walt Whitman, James Joyce, Melville, William Blake, Emily Dickinson, Freud, Proust, Becket, Kafka, Leopardi, Pessoa, Borges...

¿Por quién se siente elegido Bloom? A ratos por Ralph Waldo Emerson. Y en otras ocasiones por Samuel Johnson. Aunque esto debería decirlo él, y no yo. Cuando Bloom recuerda al elocuente retórico da la sensación de estar hablando de sí mismo: "leer a Emerson resulta a veces desconcertante, en parte porque es un aforista que piensa en frases aisladas. Sus párrafos resultan a menudo espasmódicos, y su mente incansable está siempre en alguna encrucijada".

Bloom es una figura señera de nuestro tiempo y se ha encargado a sí mismo la misión de decir lo qué debemos hacer con las obras maestras de la literatura, cómo leerlas, recordarlas y comentarlas. Sus libros acuden en socorro del lector que sin pereza ni ignorancia se enfrenta a los monumentales legados del pasado. Dice que leer, releer, describir, evaluar y apreciar es el verdadero arte de la crítica literaria en un mundo en el que el cinismo abunda, la realidad se vuelve virtual, los libros malos desplazan a los buenos, y leer es un arte que agoniza.



 

Esta breve recensión del reciente libro de Bloom debería concluir preguntándose cuál es la influencia de Bloom en España. Anagrama y Taurus lo mantienen en sus catálogos y parece que ha conseguido una considerable atención entre los lectores que aceptan lo esencial: que sólo pueden comprender una obra literaria a través de sí mismos -y la sentencia inversa sigue siendo cierta.

Pero ¿cómo modifica Bloom la conciencia que la literatura española tiene de sí misma? Leyéndole uno aprecia mejor un rasgo irreconciliable: el autor español quiere ser el Yo de sus lectores; el autor americano aspira a ser el Yo de sí mismo. Hay algo indolente y cansino en el hábito de la lectura nacional cuyo origen desconocemos y que nos obliga a indagarnos con una urgencia que no podemos descuidar.

Por este motivo la recensión que hacemos de Anatomía de la influencia concluye por el momento con la cita de Hamlet que Bloom hace en algún lugar de su libro:

 "hemos sido engendrados y creados/por nuestra
propia esencia y en virtud/de nuestro poder vivificador".

[Publicado el 11/12/2011 a las 01:49]

[Etiquetas: Harold Bloom, Anatomía de la influencia, Shakespeare, Ralph W. Emerson]

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Desgracia y muerte de Pilar Donoso

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El único diario personal que vale la pena creer es el que ha sido escrito para no ser publicado. Los dietarios, las memorias, las confesiones que vemos anunciadas como la obra de un autor decidido a compartir su intimidad pueden ser excelentes piezas literarias pero por lo general tan sólo prolongan el simulacro narrativo de una invención. En lugar de elaborar ficciones con argumentos imaginarios, el dietarista deja por un momento de escribir novelas y se encubre bajo una máscara que siempre tiene algo de noble y elegante. Es la moderna ficción del yo que tantas identidades ha salvado en este mundo voraz y descreído.

El dietario verdaderamente personal, íntimo, discreto, es el que escribe un autor para saber de sí mismo, para explorar los confines de una personalidad desconocida. No hay afán artístico en un ejercicio de escritura concebido como cirugía, como inquisitiva búsqueda de lo más extraño que hay en uno mismo.

Un texto elaborado en estas condiciones de ocultamiento nunca se envía al editor y no tiene por qué ser virtuoso ni loable. Al contrario. Siendo el lugar de la confrontación de un hombre con sus miedos, miserias y fantasmas, odios y avaricias, el dietario suele mostrarnos el lado oscuro y tenebroso del autor. Esta confesión suele ser compatible con sus logros sociales, el atractivo de su figura y la reputación de su nombre, pero precisamente por eso es perturbadora.

José Donoso escribió durante décadas uno de estos dietarios verdaderos, sin censurarse los sentimientos que brotaban de su mente convulsa, desconfiada, recalcitrante y hostil. La más ruda sinceridad rige esta conversación y nada parece deslizarse para consolar o mejorar la idea que Donoso tiene de sí mismo. Los juicios que profiere no son agradables y son muchos los personajes citados (empezando por su esposa y su hija Pilar) que se descubrirán con decepción en la memoria del que trataron como familiar, amigo o colega.

Un par de años antes de abandonar para siempre la redacción de estos voluminosos cuadernos de bitácora -que relatan el viaje de un espíritu al fondo de los infiernos-, Donoso imagina el argumento para una novela que nunca escribió: un escritor lega sus diarios a la universidad y fallece, la hija los recupera, los lee, e incapaz de soportar lo que su padre pensaba de ella, se suicida.

Pilar Donoso, la hija adoptiva de José Donoso, leyó, efectivamente, los diarios de su padre y redactó un libro para exorcizar los demonios de odio y rencor que la torturaban. Creyó que sólo podría liberarse de la descarnada brutalidad del padre, de sus escalofriantes confidencias, si compartía con el mundo su turbación.

Dijo Pilar Donoso en el prólogo a "Correr el tupido velo" (podría haberlo titulado "Descorrer el tupido velo") que no se había cumplido la profecía de su padre: "al parecer he logrado zafarme del fatal destino que él me asignó en su diario del 23 de abril de 1993. Aunque nadie sabe si uno es realmente un personaje y ese designio es insalvable".

A Pilar Donoso la encontraron muerta en su apartamento de Santiago de Chile hace dos semanas. Tenía cuarenta y cuatro años. Después de haber publicado el libro, Pilar se separó de su marido y sus tres hijas. La prensa dice que fue una de ellas la que encontró el cadáver de la madre. Pero el diario La Segunda cuenta que fue su tía Luz Larraín, "hermana de Lucha, su suegra", la que entró en la casa, pues era la única que tenía las llaves. "Estuve por lo menos una hora y media sola, sentada en el apartamento", le dice Luz Larraín al periodista.

[Publicado el 05/12/2011 a las 19:29]

[Etiquetas: José Donoso, Pilar Donoso, Correr el tupido velo]

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Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

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