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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 10 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

Edipo nuevamente rehabilitado

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El profesor y erudito Carlos García Gual comenta en su nuevo libro la influencia de Sófocles en nuestra cultura y nos anima a recapitular la fascinación que ha ejercido la historia de Edipo en nuestra imaginación. Su ensayo es una elocuente, reflexiva y pausada guía de las inquietudes que ha inspirado este viejo rey maldito y castigado por el furioso capricho de los dioses y una invitación a comprender la premonición de un drama todavía perturbador.
La tragedia de Sófocles que a modo de preámbulo traduce el propio García Gual permite al lector actualizar sus recuerdos, constatar la pericia con que el venerable autor modeló nuestra historia teatral y el doloroso destino impuesto por los hados al valeroso salvador de la ciudad de Tebas.
Carlos García Gual se demora generosamente en las obras y autores que han abordado, evocado o replicado con agudeza el mito y la tragedia de Edipo. La lectura que hace de Séneca, Corneille, Voltaire, von Hofmannsthal, Cocteau o Dürrenmatt nos contagia el habitual deleite con que sabe penetrar los textos clásicos y actualizar el significado y valor "de la vivaz tradición literaria suscitada por el texto de Sófocles".
Aunque la desdicha de Edipo parezca una invitación a practicar la temerosa veneración que reclaman unos dioses tiránicos, es muy probable que la puesta en escena de la obra de Sófocles, en la Atenas del siglo quinto antes de Cristo, haya contribuido a dar forma a la incipiente conciencia del hombre ofendido. Ese ciudadano prudente ante el temible poder de los dioses que dibujan a su antojo el desconocido rumbo del destino pero dispuesto ya a sospechar que no a la fuerza debe uno consentirlo.
De hecho, en la última obra de Sófocles, Edipo en Colono, que tan certeramente comenta García Gual, el viejo dramaturgo rehabilita a Edipo y le rinde el homenaje que, como chivo expiatorio de sus antepasados, ya está en condiciones de recibir. Pocas veces un mismo autor registra en su obra un desplazamiento tan claro de la conciencia cultural de su época: lo que al principio es inevitable se convierte luego en insoportable. El héroe caído en desgracia a causa de los crímenes de sus antepasados (Edipo Rey) no puede ser condenado al oprobio eterno (Edipo en Colono).
Las reflexiones de García Gual restauran la vigencia dramática de un personaje conmovedor incluso en sus defectos. El airado temple de Edipo mientras alardea en el confuso umbral de su desgraciada ignorancia, el autoritario desdén con que trata a Tiresias (justamente el oráculo ciego que lo sabe todo), hace más magnánima la ternura con que le vemos precipitarse hacia el abismo de su desdicha.
Resulta inevitable imputar a Sófocles intenciones que quizá ni le pasaron por la cabeza. ¿Puede el espectador extraer alguna enseñanza de esta tragedia? Si los hijos deben pagar -y vengar- las transgresiones de los padres ¿cómo prepararse para ello? Si a los héroes triunfantes también les llega la hora del castigo ¿cómo interpretar un destino favorable? Por más que uno indague el origen de la desdicha que se abate sobre Edipo, la causa no llega a ser muy convincente. Más bien parece que todos la han tomado con él (un padre asustadizo, una madre frívola, los amigos ultraterrenos de la Esfinge, el capricho del destino, los dioses ociosos...) ¿Qué hice yo para merecer esto? Se preguntaría el pobre y ciego Edipo en su exilio. También nosotros, espectadores de la desconcertante tragedia. ¿Acaso hizo algo malo este hombre?
Si Edipo salva a Tebas de la peste que diezma a sus sufridos habitantes y lo hace enfrentándose a la cruel esfinge, Perra Cantora, no con el brazo hercúleo del soberbio Aquiles, sino con la osada astucia de Ulises, y la espanta y ahuyenta, mediante la solución a un acertijo melifluo, podemos concluir que Edipo se ve arrastrado hacia su apoteósico final no por ser el hombre que mató a su padre y se acostó con su madre. Su desconcertante fatum parece más bien el castigo al heroico atrevimiento que tuvo con la voraz Esfinge, victoria por la cual queda más tarde a merced de las vengativas potencias del infierno...
Sorprende que en este magnificente escenario, Sófocles no considerara necesario encontrar un acertijo más pertinente. Que la desventura de Edipo comience con la derrota de la Esfinge, liberando a la ciudad de Tebas y convirtiéndose en su Rey Salvador, habría exigido un enigma a la altura de este soberbio cometido. Un acertijo que guardara una relación más solemne con la ferocidad de la Esfinge que masacraba a los tebanos y con el misterioso destino del héroe. La adivinanza que finalmente eligió Sófocles es más propia del Reader´s Digest que de la tradición literaria a la que pertenece la tragedia. ¿Qué animal camina al principio a cuatro patas, con dos a la edad adulta y con tres al envejecer?
El ensayo de García Gual, su reflexión sobre "el catastrófico descubrimiento de la verdad", es otro de los excelentes textos a los que nos tiene acostumbrados y sirve en esta ocasión para rehabilitar a Edipo, a Sófocles, a sus devotos admiradores y a una tradición literaria cuyo vigor debemos conservar entre nosotros. El meticuloso estudio de García Gual nos devuelve el gozo de la lucidez y el sentido que todavía tiene aquél temprano logro de la sabiduría trágica.


Posdata y conjetura.
Un juego de mitología especulativa.

El libro de Carlos García Gual podría haberse subtitulado mito, tragedia y complejo, pero ya nos advierte el profesor que la apropiación de Freud sólo se debe al agudo ingenio literario del médico vienés. Como todo el mundo sabe, Edipo no desea a su madre y nunca cree, hasta el momento de arrancarse los ojos, que se esté acostando con la mujer que le dio a luz. Es probable que la puesta en escena del trágico incesto haya excitado la imaginación erótica que se prohibían los espectadores, pero ni el mito referido por Homero ni la excelsa tragedia escrita por Sófocles amparan la invención de este famoso complejo.
Sí hubiera podido hablarse, en todo caso, del complejo de Yocasta, pues sigue siendo raro que ésta aristócrata mujer nunca se fijara en los pies de su amado esposo. Si hemos de creer lo que se nos cuenta en la tragedia, Yocasta yació en el lecho conyugal con Edipo sin ver en sus pies llagados la marca de su antigua herida. ¿Nunca se fijó en la cicatriz? ¿Jamás lamió los pies a su esposo? ¿No le calzó las sandalias ni anduvo tras él por el monte o en la playa?
Que Sófocles no haya querido resolver con verosimilitud este equívoco nos permite conjeturar que a lo mejor quiso insinuar algo más acuciante: quizá Yocasta lo supiera todo desde el principio y su suicidio se deba no a la verdad súbitamente revelada sino a su prolongada complicidad con el engaño finalmente descubierto. No en vano comete un desliz y a punto está de delatarse cuando, al intentar sosegar los primeros remordimientos de Edipo, dice algo en verdad extraño: "son muchos los mortales que en sus sueños se han acostado con su madre".
Estas levísimas incongruencias (que la cicatriz pase desapercibida a la amantísima esposa, que sea ella la primera en justificar el sueño erótico de un deseo incestuoso) nos permiten creer que subsisten en la tragedia de Sófocles los difusos restos de una versión más antigua del mito de Edipo.
Sería ésta supuesta historia un mito cuya comprensión fue cayendo en el olvido. Una historia ejemplar en donde se expresaban más claramente los terrores del patriarca y se manifestaba sin ambages el pánico a ser destronado por el hijo. No el hijo impaciente por tomar su herencia sino el hijo incitado a la usurpación por una madre vengativa. La revuelta de los hijos varones, instigada por una esposa harta de vejaciones, debió ser un temor muy habitual entre los reyezuelos de aquél tiempo. Quizá fuera Yocasta la que se soñaba yaciendo con su hijo después de concebirlo como instrumento de su venganza: derribar al esposo y colocar al hijo en su lugar. En el trono y en el lecho.
Lo que hay de incomprensible, e inadmisible, en el castigo desplomado sobre el inocente Edipo resulta desde esta perspectiva algo más aceptable. La causa de su desdicha en el mito de Yocasta no sería el despotismo divino ni la injusta retribución que debe pagar por el crimen de sus antepasados. Aquí la condena de Edipo se debe a que no tiene ni idea de lo que ha hecho: matar a su padre y cometer incesto con su madre. Su condena es el escarmiento que la ciudad anuncia a los que se dejen seducir, cegar, por una madre maquinadora. Por mucho que el asesino alegara ante el tribunal su inocencia (ya se sabe: "ella me hechizo con sus malas artes..."), sobre el parricidio y el incesto caía todo el peso de la ley y es probable que el castigo reservado a los enemigos de la autoridad patriarcal fuera el mismo que Edipo se infligió a sí mismo: le serían arrancados los ojos y condenado a vagar por el exilio como un mendigo.
En este inexistente mito, la Esfinge, la Perra Cantadora, la feroz devoradora de cadáveres, la despótica guardiana de enigmas, la portadora de la peste, el aliento fétido de la muerte, no sería más que la imagen de esa madre terrible y perversa que empuja al hijo hacia la perdición: la tejedora de la desgracia.

[Publicado el 20/3/2013 a las 13:12]

[Etiquetas: Carlos García Gual, Jean Cocteau, Voltaire]

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DFW ha muerto y vive no lejos de aquí

Cuando llega la hora, el suicidio resuelve el enigma del destino. Si leemos el obituario de un autor después de que éste padezca una "larga y penosa enfermedad" nos sentimos inclinados a lamentar la pérdida, pero cuando David Foster Wallace se ahorcó sus obras dejaron de ser brillantes y su talento ya no pudo ser admirable.
En su corta y elocuente vida intuimos la sombra de las pesadillas amargas. Cuando un novelista decide largarse con viento fresco colgado de una soga, sus lectores se quedan en una posición muy incómoda. ¿Por qué me gustan tanto sus obras? ¿Tanto gozo me causa leerlo?
La ácida sagacidad de DFW resultó ser una mirada verdadera. No hubo impostura. No fue una pose. Resulta que el humor de ese tío adornaba al extraño y desolado miedo de su país. Es probable que muchos de sus lectores, en lugar de liberarse, sientan el contagio de este miedo cerval. Pues lo que hay de histérico en el dolor de vivir no es una broma.

[Publicado el 05/2/2013 a las 19:26]

[Etiquetas: David Foster Wallace, El rey pálido]

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Filósofos de antaño

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Uno de los singulares logros de Savater es haber dado a su pensamiento las cualidades que escasean en el solar ibérico: transparencia, humor y gozo. Es un estilo (pocas veces un hombre ha sido tan coincidente) y también una prosa, pero, sobre todo, un manual de vida: un hedonismo que da guerra, un ingenio generoso, un sarcasmo cada vez más embridado.

Quizá sea éste el signo de los hombres destinados a librarse de la decrepitud: la virtuosa ironía (que magistralmente elogió Kierkegaard).

Parece que después de haber sido muy temido por su habilidad polémica, Savater, después de dar la vuelta completa al ruedo con las dos orejas y el rabo, ha optado por interlocutores más sublimes.

De ahí que resulte tan ejemplar la apropiación que hace de Arthur Schopenhauer. Un ejercicio de ventriloquia del que no conseguimos sacar nada concluyente: ¿Nos habla el venerable filósofo alemán a través de su médium Savater? ¿O es Fernando el que gesticula metido en la piel del viejo maestro?

La obra de teatro se escribió hace más de veinte años por encargo de Pilar Miró y ha sido para esta edición completamente reescrita. Como no vi en su día la puesta en escena de la obra ni he leído el manuscrito original, no puedo contar al lector cuáles son los cambios llevados a cabo por el autor, aunque sí parece conservarse el asunto al que alude el título de la obra:

"es como si al entrar en la vida -dice Schopenhauer en Savater- hubiésemos dado un paso en falso, un traspié..."

La escena de este entremés transcurre en casa de Schopenhauer, en Frankfurt, mientras la joven escultora Elisabet Ney finaliza con unas últimas cinceladas el busto del maestro. No exenta de coquetería, la charla transcurre junto a la efigie silente de un Buda, entre el vigoroso anciano, resignado a contemplar la belleza de la joven, y el sagaz desparpajo con que esta sabe sonsacarle sus puñeteras sentencias.

El repaso que entre los dos hacen al traspié que todos dimos es bastante completo: el amor, la muerte y el matrimonio, la verdad, la filosofía y los celos, los farsantes, los charlatanes y la fama, la posteridad, la armonía y la melodía, los bandidos, la política y los toros... También hay espacio para una parodia de los tipos insoportables: el amigo pesado, el ocioso cotilla, el petimetre que se pavonea... La gracia del diálogo responde fielmente a la pícara mirada con que el Filósofo aparece en alguno de sus retratos.

No sin orgullo por el elogio tardío que empieza a recibir su magna obra, con cierta sorna y una infatigable curiosidad, el filósofo alemán se lo pasa la mar de bien con su vivaracha compañera. La cosa promete más todavía cuando aparece en escena un caballero español, Don Rodrigo de Zúñiga, que acaba dirigiendo un conjuro espiritista para convocar al alma de Mariano José de Larra. Schopenhauer, que fallecería un año después de esta escena imaginaria, quiere saber qué hay detrás de eso que llamamos muerte. "¡Es preciso saberlo!".

Pero esta estimulante resurrección del filósofo, comparable a la que puso en escena hace unos años Flotats con Descartes y Pascal, ya va concluyendo. Es una pena que Savater no se prodigue en un género que maneja con tanta soltura, pues el resultado es excelente y regocija a los que desean saber cómo sienten, hablan y sonríen los graves filósofos de antaño.

[Publicado el 03/2/2013 a las 13:21]

[Etiquetas: Fernando Savater, Arthur Schopenhauer, Kierkegaard]

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Teoría de los simulacros

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Ciertas obras literarias pasan de una a otra generación sin que en sus manos se agote el sentido ni el sesgo con que su autor supo escribirlas. Nunca insistiremos lo bastante en la conveniencia de leer a los clásicos y siempre lamentaremos que sea necesario hacerlo con tanta insistencia. Su estilo nos regocija. Su dicción, nos consuela. La elegancia de sus formas, nos asombra. Su inteligencia nos sume en el estupor.
La enseñanza del sonriente Demócrito y la gracia del jardinero Epicuro que Lucrecio evocó en su Rerum Natura ilustran el origen remoto de esa extraña ciencia sin científicos que nació en la vieja Grecia. Fidelísimos copistas monacales y audaces pioneros supieron entender a lo largo de los siglos la descomunal visión que les conduciría desde la intuición poética hasta las desconcertantes certezas de nuestra época.
En Lucrecio aún pueden leerse algunos hallazgos que, sin embargo, permanecerán recluidos todavía durante un tiempo en los anales de la poesía. Recuerda Lucrecio en el preámbulo de su libro cuarto que su amarga doctrina no gusta a todo el mundo. Luego procede a exponer su teoría de los simulacros y describe el modo en que las películas desprendidas de la corteza exterior de las cosas, vuelan de aquí para allá. Dice que las cosas emiten efigies de sí mismas y que despiden emanaciones. Lucrecio analiza la mecánica de los sentidos, la información que proporcionan a la mente, y subraya la sutil sustancia de los simulacros. Considera que sobre las cosas aletea una impalpable imagen y reflexiona sobre ese lugar en donde nuestros ojos empiezan a no poder percibir. Concluye advirtiendo que una multitud de simulacros vagan de muchas maneras, incapaces de excitar los sentidos del hombre.

[Publicado el 30/1/2013 a las 12:58]

[Etiquetas: Lucrecio, Demócrito, Epicuro, El Acantilado]

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La cara del miedo

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Si para algo debería servirnos el pasado es para conjurarlo con un nunca más. Pero el
espanto no basta. Es necesario comprender cómo surgen, se cultivan, abonan y
propician los conflictos para poder sustraerse al reclamo de la violencia. Es precisamente el fracaso político, moral y estético de nuestra cultura el que siempre está en juego y aunque nos confunda la tentación del optimismo más nos vale temer lo peor. Se dice en el Deuteronomio que del miedo nace la sabiduría y algo de esta enseñanza debería subsistir en nuestra inteligencia política. La noción de escarmiento puede ser de una extrema utilidad y sin duda contribuye a sujetar con más tiento nuestro conocido potencial de destrucción. Esa insaciable y despiadada ferocidad con que algunos se entregan a la refriega de la rivalidad política.

La antropología resignada de los escépticos -ese lamento por la irreparable
condición humana- nos parece una renuncia a las promesas de la razón
política. Y este dilema nos desconcierta, nos confunde. Como si no supiéramos
conciliar el derecho y la ecuanimidad y expulsar del foro ciudadano la turbulencia de las pasiones tribales.

¿Cuál es la naturaleza de las fuerzas que se muestran alegremente dispuestas a la
confrontación? ¿Realmente nos conviene excitarlas? Por lo general, una pregunta
como ésta suele hacerse cuando un edificio institucional deficiente se
resquebraja y no puede evitar que lo indeseable, fatalmente, se produzca. En
nuestro caso, todavía estamos a tiempo de admitir que somos incorregibles.

La facilidad con que este país consiente, o celebra, la violencia retórica es
sorprendente. Inmune a las consecuencias de la hostilidad, ajenos al efecto
incendiario de las soflamas y a la frustración social que liberan, los políticos, tertulianos y columnistas airados contribuyen a desbaratar la frágil compostura social.

Suele elogiarse la cultura de la Transición como si hubiera sido un logro exclusivo de la Razón o, por lo menos, de lo razonable. Lo fue en cierto modo. Pero se omite la crucial influencia que tuvieron los dos episodios previos a la muerte de Franco en 1975: el golpe de Estado de Pinochet en Chile (1973) y la Revolución portuguesa (1974). A las dos Españas le sobraron entonces motivos para recelar de sus propias convicciones y para temer lo peor de sus adversarios. Esta inesperada ayuda del destino resultó ejemplar. Y el miedo que inspiró, providencial.

Se introdujo en nuestra cultura política, por primera vez en mucho tiempo, una
idea incómoda: más nos vale conformarnos con lo probable que combatir por lo posible. Si hubiera que fechar el momento en que este equilibrio, hecho a base de renuncia, concesión, pragmatismo, inteligencia emocional y astucia mundana, se quebró no nos pondríamos de acuerdo. Pero lo cierto es que sólo temiendo lo peor que hay en nosotros pudimos librarnos de nosotros mismos.

La fotografía que reprodujo hace unos días el diario El País evoca los tiempos aciagos a los que hago referencia. La escena parece una caricatura del militarismo decimonónico, una escena costumbrista, un gesto de camaradería de dos compañeros de armas en la barra de un bar.  Pero una mirada más detallada nos permite fijarnos en los personajes que acompañan a Franco y a Millán Astray en el acto fundacional de la Legión. A la derecha de la imagen, un civil abre la boca y ríe a mandíbula batiente. Se ve que acompaña a los protagonistas principales en la celebración de la guasa. A la izquierda, sin embargo, asoma su cabeza encogida otro civil: la angustiada expresión con que observa la risotada de los generales no preludia nada bueno. ¿Será ésta la cara del miedo que retorna?

[Publicado el 16/1/2013 a las 19:44]

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"Lo que cuenta es la ilusión"

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De Ignacio Vidal-Folch uno recuerda el rostro duro e impenetrable que se ha labrado a lo largo de los años. Una máscara que se corresponde bien con el estilo apremiante de su escritura y con su severo pensamiento existencial. Una personalidad, en suma, como de inmediato comprende el lector de su dietario.

Los años que viví en Barcelona no tuve mucho trato con él, salvo el que se desprendía de unos fugaces encuentros en la librería Central de la calle Mallorca. Como probablemente compartimos la misma prudencia, nos limitábamos a intercambiar nuestra escueta sonrisa. Él, con la mustia cortesía del caballero a la antigua usanza. Si casualmente lo vi alguna vez caminando de noche calle arriba, pensé que regresaba a su casa y a una libérrima soledad.

Vidal-Folch retrata en su dietario este inexpugnable estado de ánimo, la dureza de un juicio estético muchas veces inapelable y, en ciertas ocasiones, la muesca sentimental que le han ido dejando algunas heridas. La mayoría de los fragmentos transmiten la certeza de haber sido notas escritas mientras la acción va transcurriendo, ya sea en las calles de su ciudad o en el laberinto de sus pensamientos.

Estas notas son las impresiones, reflexiones y meditaciones de un hombre que no se ha visto obligado a elegir entre vida y literatura. Su camino no se ha bifurcado y su prosa es de una tangible veracidad. Uno finaliza la lectura del dietario pensando: he aquí un hombre que sabe lo que escribe.

A Vidal-Folch se le ve distante y ajeno a los fastos de nuestra época, reacio a compartir la simpatía con que unos y otros ponen en circulación sus mercancías morales, literarias y políticas. En su rostro se adivinan ciertas muecas de repugnancia cuando la prepotencia y el matonismo social, tan distinguido y displicente, suben a escena.

Algunos fragmentos del dietario son ejercicios narrativos: la agonía de un  hombre que se extingue, la penuria con que otro comprende de repente su fracaso, una violenta y patética pelea callejera, la estúpida presunción de una mujer protegida por el azar de la fortuna. Cada uno de estos personajes de carne y hueso elaboran con su pobre vida, a su manera y sin saberlo, la elocuente metáfora de nuestros males. A veces, tan poco comprendidos.

Los libros leídos y las citas de los libros rescatados, las conversaciones sostenidas a lo largo del tiempo, las exposiciones de arte, los bares y los conciertos, las librerías y las antigüedades que vamos descubriendo en sus páginas conforman el itinerario de una Barcelona remisa. En su callejero viven unos tipos hechos a sí mismos a base de golpes, indiferentes a la retórica de los publicistas y al extraño alarde de los triunfadores. Un educado desorden de personajes perturbadores en su trágica determinación de ser. Una estirpe que recuerda a la que glosa Josep Pla en la Vida de Manolo contada por él mismo. Una Barcelona algo sucia, un poco canalla y digna, que nos conmueve y sorprende. La Barcelona folchiana es la que algunos hemos amado.

Escéptico, a veces burlón, irritable, reservándose siempre la que sería su última palabra, Folch se inmiscuye en la vida de amigos, conocidos y desconocidos  (la hilarante y peligrosa peripecia de la joven esposa que por las calles de Barcelona huye de los clanes tribales de su India natal es un ejemplo de lo que parece ser la tendencia del autor a meterse en líos). Observándose con esa máscara de dureza aprendida, mientras cartografía una ciudad que no está en los mapas, forastera de sí misma y cansada del optimismo contemporáneo. Una ciudad hecha con las frases de un amigo aturdido, la muerte siempre inesperada, la perplejidad en medio del caos sentimental de una ruptura, la chanza de un borracho insoportable, los reproches que uno lleva a rastras, y el espíritu crítico, ese dichoso espíritu crítico que el autor ha afilado "hasta el paroxismo".

Una literatura, en suma, que nace de aquella voluntad original sin la que nada de valor habríamos leído. No una literatura para hacer más libros y llenar más bibliotecas, no una literatura exhausta o ensimismada. Se trata más bien de una literatura hecha con aquello que el autor no puede comentar ni escribir, una literatura hecha con lo indecible. Y que procede de aquél que "sólo puede sentirse ofendido y humillado o sentirse como un impostor".

Ignacio Vidal-Folch
Lo que cuenta es la ilusión

Editorial Destino 324 páginas.

[Publicado el 15/11/2012 a las 10:44]

[Etiquetas: Ignacio Vidal-Folch]

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El intelectual rampante

Ante el despiadado dominio de la ignorancia y la epidemia emocional de la credulidad, el intelectual da nitidez al pensamiento, deshace simulacros, revela imposturas y hace virtuosa la elegancia del discernimiento.



El intelectual es el fruto maduro de una rivalidad. Su prestigio se funda en la envidia y su triunfo, en el rencor. Pocos pueden soportar el honor de ser arrogante y  persuasivo, imbatible y amargo. El intelectual posee una fértil erudición pero prefiere dejarse llevar por su genio, por su mal genio. Su irritabilidad es legendaria. Es una esfinge parlante que no admite discusión. Maltrata a los que saben discurrir y se aburre con todos los demás. Es el actor del drama que educa a la nación.

Si un intelectual se precia de serlo, asusta. No es un profesor dispuesto a darnos la razón. Ni
siquiera nos daría las gracias. Si alguna vez lo hace, es para quitarnos de en medio. Un gesto displicente. Lo que importa en un intelectual es esta codicia de sí mismo. La de un orador brillante, osado, envidiable. Es el ardiente polemista al que nadie ha llamado. El impetuoso entrometido. Su constitución física importa menos que su furia. Le urge la disputa con el poder. Con el poder de la ignorancia, opaca, terca, maliciosa. La tendencia de los hombres a creer que saben: este es el demonio que se ha propuesto derrotar.

El intelectual no concede más tregua que la de su propio capricho. Cuando deshace la impostura de un embuste, nadie puede con él. En todo caso, abandonará por dejadez. Por desprecio. Visto de cerca es intratable. Pues así trata a sus enemigos, que son legión. Sólo un hombre ofendido por la ignorancia de su época posee fuerzas para dejarla en ridículo.

¡Por dónde empezar! Ni se lo pregunta. Aunque, por otro lado, vale la pena decirlo, ¿qué más da? Son tantos los motivos. Nuestra retórica, por ejemplo. Se funda en lo que no puede cumplir, anuncia lo que no puede dar. Es poderosa, omnímoda, reside en cada cabeza. Pero es susceptible. Exige respeto. Ante ella el intelectual es un Sísifo y un Prometeo. Es el cuento de nunca acabar. Pero se zafa y todo redunda en su favor. Es ahí donde hay que dar. En esa membrana transparente. Algunos lamentan la crítica a nuestro modo hablar pero son ellos justamente los que no entienden. Es su propio remordimiento el que gesticula. En realidad, desconocen lo esencial. Al intelectual no le incumbe la reforma de la verdad, tan solo revelar la insuficiencia de nuestra comprensión. Los reformadores son otra cosa. Son ingenuos, cualidad que un hombre tan irritable como el nuestro no puede permitirse. Él se dedica a decir lo que nadie sabe pensar. El intelectual es siempre un motivo de asombro.

¿Qué sociedad anhela hombres como éstos, los acoge, los elogia y los soporta con grave resignación? La que ahuyenta al fantasma de la guerra civil (ese instinto de la incompetencia miedosa); la que ha comprendido cómo estalla el sacro arrebato de la destrucción. Una sociedad culta como ésta espera de los mejores que no se dejen encantar. Quiere que sean escépticos, petulantes, áridos incluso. Al fin y al cabo, gracias a ellos se puede resistir el influjo de lo real. El magnetismo de lo evidente. La hipnosis del mundo, la confusión del ser. El despiadado dominio de la ignorancia. Esta tarea les ha sido asignada: que la inteligencia sea impertinente.

El magisterio del intelectual es formidable. Nos libra de una epidemia emocional: la credulidad. Al invitarnos a desvelar las categorías ocultas del acontecer, al obligarnos a usar los conceptos que deseamos evitar, disuelve el espejismo que nos complace. Es entonces cuando ya no queda otro remedio: discernir. Dar nitidez al pensamiento. Encontrar la más exacta correspondencia entre la mente y el mundo.

De todos los males que afligen a nuestro tiempo este es el que más debemos temer: la dificultad de nombrar las cosas. Y en esto consiste la destreza intelectual. Una mirada penetrante, un alarde de conocimiento, pero también una osadía: sentenciar el nombre de las cosas. Nos guste, convenga o estorbe, cada acontecimiento espera ser nombrado según la naturaleza de su origen, el aspecto de su apariencia, el alcance de su gravedad. En esto consiste el carácter del intelectual: una pasión lexicográfica.

¿Quién nos soborna? ¿Qué nos impide pensar con claridad? ¿Qué fuerza nos invita a creer que sabemos? Este es el enigma que ofende al intelectual airado. Su preocupación es incesante pues la ilusión se impone por doquier. Ya sea ante el espontáneo flujo del interés, económico y político, que a todas horas da que hablar, o sus prolíficas formas jurídicas, filosóficas, literarias y sentimentales, la puntualización es una labor titánica. Ya lo hemos dicho: el intelectual debe hacer pública cualquier desavenencia. Entre los hechos y las cosas, los objetos y las palabras, entre el pensamiento y el rumor de la existencia. Entre las instituciones y las leyes, entre la ética y las costumbres. Entre las creencias y las certezas. Él quiere ser un motivo de inquietud: quiere que nos demos por ofendidos.

Bajo su máscara de arrogancia -esa petulancia que lo hace insoportable- palpita una huidiza clemencia. Le conmueve nuestra indigencia intelectual. No la soporta pero le inspira ternura que la condición humana padezca el infortunio de un misterioso destino. La maldición del mundo, sin embargo, le afecta de un modo muy personal: si diera su brazo a torcer, si por un acaso consintiera ser un hombre sentimental, perecería sin recibir nada a cambio. Ardería inútilmente en una pira descabellada.

Este intelectual bondadoso, arruinado, será entonces un clérigo y nada puede ya traicionar. Custodia libros que nadie lee, protege el aura del lenguaje, se hace elogiar. Y no siempre lo consigue. Es un fiasco. Ha sucumbido a las tentaciones del mundo. Ha domeñado a su inteligencia. Ojalá fuera sólo por cansancio.

Así acaba la genealogía de los intelectuales que le han precedido. Ha renunciado a ser miembro de una comunidad cognitiva: la de todos aquellos que con él desvelan el significado de la realidad y que con él recorren el laberinto del mundo. Pero si resiste, y no abdica, renueva una vieja escuela de profetas, poetas y filósofos. El intelectual de nuestro tiempo reconoce a los oráculos de la antigüedad y desde la Ilustración asume la tarea a ellos encomendada. La visión de los profetas, la inspiración de los poetas, el rigor de los filósofos. Es su heredero irónico: sabe demasiado.

Sólo en la medida en que los imita, cumple su tarea. El intelectual asume ante cada generación el mismo cometido. Encarna la inteligencia agitada por la urgencia de lo inminente. No hay tiempo que perder. Pasan los siglos pero no hay tiempo que perder. Su imitación no es una copia, es una sustitución. Habla allí en donde aquellos dijeron, actúa allá en dónde ellos hicieron. Hay un modelo perenne que no puede soslayar: está obligado a descifrar el mundo. Con más eficacia, elocuencia y penetración. Ampliando su campo de acción, da la razón a un universo en expansión.

El intelectual  envidia a los muertos ilustres y de ésta mímesis depende su influencia. Los lee, los escucha y de esta lección procede la fuerza de su pensamiento: hay que ser tan decisivo como ellos. Sólo así resistirá el impulso que siempre lo amenaza: renunciar a la tarea que se ha impuesto. Aceptar la derrota. Reconocer: no he sido capaz. Me derrumbo. No puedo más. El intelectual consentido se acomoda a lo que hay. ¿Quién podría reprochárselo? Al fin y al cabo, está solo en el mundo. A nadie quiere a su lado y nadie se preocupa de él.

En este país nuestro, tan aficionado a las corridas de sol, sangre y arena, se le debería llevar a hombros por la calle. Al fin y al cabo, el intelectual también dice "dejadme solo". Y así se queda, en efecto. Es el nuestro un país de dos o tres corporaciones sectarias, todas ellas de la misma obediencia, pues ésta ha sido finalmente la influencia que da forma a nuestro artefacto institucional: cualquiera que sea la familia política de la que podamos hablar, su ordenamiento es tribal y su obediencia, leninista. Es el triunfo de los mandamases eslavos, la admiración por el mando único y supremo, lo que al final hemos adoptado como manera de ser.

Se ha dicho que el intelectual de partido ha pasado de moda. En realidad, nunca hubo tal cosa. Cuando un intelectual ingresa en una orden, deja de serlo. No sólo por celebrar ocurrencias ajenas o por consentir esa aberrante disposición de ánimo que aconseja obedecer o por proclamar la fantasía de encontrarse en la mejor compañía. El intelectual hereda el deber de pensar con tal ambición que difícilmente  se le puede encauzar. Se debe al oficio de discurrir y permanece ajeno a las consecuencias de su sagacidad. Ninguna otra cosa debe importarle. Su obligación es hacer comprensible la realidad. Y hacer crítico el embrollo en el que nos hemos metido. ¿Cómo podría formar parte de él?

Las conveniencias contribuyen a la doma del intelectual. Se le pide buena educación cuando sólo se espera que sea dócil. No son raros los casos en que creyendo ser un hombre correcto en sus modos, el intelectual sea tomado por uno más. De ahí su gran consternación. Siempre está ojo avizor. No puede desfallecer. A pesar de su indiferencia arrogante, la que hemos glosado, no deja de mirar de reojo. ¿Quién le entenderá?

Este interrogante es corrosivo. Una especie de sarna moral. En muchos casos darse a entender significa dejar de explicarse. Se da a menudo esta confusión entre no comprender una cosa y no aceptarla. Cuando alguien del auditorio se levanta molesto y dice que no entiende, por ejemplo. En realidad lo único que hace es declarar su fastidio por lo que ha entendido demasiado bien. Es la tiranía del público que tan pronto aplaude como abuchea. En estos treinta años hemos visto muchas veces abrirse y cerrarse el ciclo de entusiasmo y repudio, aplauso y censura, afecto y odio. El respetable siempre se da a conocer.

La ejemplaridad no es un asunto que concierna al intelectual. A él le corresponde ser un pensador inquisitivo que deshace simulacros y revela imposturas. No está obligado a ofrecer consuelo. No es un divulgador que publique manuales de auto ayuda. Es un psicólogo sagaz, un sociólogo impenitente, un gramático audaz, un polemista sarcástico, un historiador solvente, un políglota de las costumbres ajenas, un cínico de la vieja escuela del tonel. Pero no debe incurrir en la ilusión del buen ejemplo. Su tarea es dar autonomía plena al discernimiento, hacer virtuosa la elegancia de un argumento, ser tan impecable en sus palabras como irrefutable en sus pensamientos.

El intelectual no pretende abrumar a un público fiel. Su más íntima ambición no es la fama. Es una especie de inmortalidad, de arrogante perpetuidad. Dar a sus textos, y al recuerdo de sus palabras, la inteligencia que otros hombres van a necesitar. Así prolonga la estirpe de los pensadores que han pleiteado con su tiempo.

La idolatría que a veces concita confirma la urgencia de su misión: despertar a una sociedad crédula, complacida o sobornada por doctrinas bastardas de aspecto moral, y hacerlo con una disquisición erudita, incisiva, sabia. Este es su poder: vislumbrar la lucidez de la reflexión y hacer envidiable esta libertad.

Escolio

Se dice que la envidia es el pecado nacional de los españoles. Este es otro de los juicios improvisados en el lugar común de la pereza. En realidad lo que aquí se practica es el desprecio. Algo tan estéril como el oprobio es lo que explica muchas de nuestras carencias intelectuales. La vida cultural de una nación se articula mediante el reconocimiento mutuo. Y en donde éste se produce, nace la envidia. Esa secreta admiración que se siente por los que uno quiere imitar. De ahí surge la manifiesta o disimulada rivalidad, la emulación, la fértil influencia de la envidia en la vida de una nación.


                 (Publicado en la revista Claves, nº 225. En homenaje a Javier Pradera)

[Publicado el 13/11/2012 a las 14:18]

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La prudencia posmoderna de la crítica

Las críticas adversas que en su día recibieron las obras literarias hoy consagradas, ¿de qué nos van a servir? A veces para recordar lo que ciertos libros ponen en evidencia. Que el gusto estético de cada época hace incomprensible lo que tiempo después resulta admirable.

Una nueva lectura de aquellas piezas nos ayuda a entender cómo mutan con el paso del tiempo nuestras preferencias. Lo que fue rechazado, regresa envuelto en un aura de buena reputación. Lo que fue ilegible, revela lo que no supimos ver. Es un escarmiento el que ha educado nuestra moderna precaución.

Las severas críticas lanzadas entonces contra estas ateridas obras maestras fueron juicios sin apelación. Hoy nos sorprende que sus autores no fueran más cautos. Que no sospecharan la envergadura del error. ¿A qué viene tanto atrevimiento? ¿Acaso eran entonces los críticos más osados? ¿No dudaban a la hora de desdeñar los buenos oficios del autor?

Imputamos a la crítica contemporánea un exceso de amistad con los autores que reseña, una promiscua familiaridad con sus editores o una complacencia perezosa con la corriente comercial que inunda las librerías. Pero quizá los críticos sean el inevitable fruto de la posmodernidad que tantas veces ha meditado su propia historia. Quizá los críticos hayan aprendido a relativizar su propia mirada, sus modelos de referencia, sus gustos personales. Quizá teman el juicio de la posteridad. Pasar a la historia como aquél que no supo ver la verdad que tenía en las manos. Quién sabe.

[Publicado el 24/10/2012 a las 16:42]

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Preferiría no saberlo

¿A qué hora debe morir un hombre? Por grande que sea la curiosidad que nos lleva a hurgar en el destino, la mayoría de nosotros preferiría no saberlo. Felizmente consolados por esta santa ignorancia, que tanto nos ofende, vivimos como si tal cosa o nos comportamos como si esto fuera a durar siempre.

Pero hay hombres para los que la muerte no es una contrariedad que valga la pena tener en cuenta. Aunque supieran cuándo y cómo, dónde y a qué hora, su estilo confundiría a la mortalidad que acecha a la vuelta de la esquina y su desbordada vitalidad seguiría siendo muy temeraria.

Yo no podía imaginar a Carlos Fuentes sentado como un viejito en su mecedora y muchas veces me pregunté si algún día, cortésmente, dejaría pasar de largo la ocasión de hacer lo que no había hecho o decir lo que no había dicho todavía. Durante su larga y prolífica existencia Carlos ha sido un personaje infatigable al que la más breve de las pausas le resultaba insoportable. Por descorazonador que sea decirle adiós a un amigo por última vez, lo cierto es que uno debe agradecer a ese opaco e impredecible destino que Carlos se haya ido de repente, sin desfallecer, y en pleno uso de sus facultades físicas, sus dominios intelectuales y con la inolvidable complicidad de su humor.

Por más que fueran pasando los años, Carlos Fuentes conservaba erguido su porte, viva su descomunal memoria, lúcido su pensamiento, elocuente su verbo e inaplazable su cita diaria con la escritura. Sin dejar de ocuparse en su gran novela, la que empezó a publicar en la década de los cincuenta, Carlos Fuentes dictaba lecciones, escribía artículos, pronunciaba conferencias, acudía a foros y congresos y no dejaba de polemizar con el rumbo torcido de la Humanidad.

Todavía es pronto para calibrar el vacío que dejará su ausencia, pero ya se adivina la soledad en la que ha dejado a algunas de las ilustres tribunas iberoamericanas. Carlos Fuentes ha sido un intelectual de acción del siglo XX, dotado con un raro don de gentes, una habilidad insólita para cultivar centenares de conversaciones simultáneas, una exquisita destreza diplomática y un savoir faire que le hacía destacar en cualquiera de los juegos mundanos de nuestro tiempo. Su rotundo discurso político conciliaba la gran tradición cultural europea con el arte de afrontar dilemas sociales y no dejaba de alentar a los líderes gubernamentales que se deslizan hacia la abrumada impotencia contemporánea.

Carlos ha sido un hombre de buena voluntad pero sobre todo ha sido un hombre de voluntad, de genio y fortaleza. Querer es poder -pensaba- y nada celebró con más alegría que el azar de encontrarse con hombres imbuidos por la misma certeza. Los temerosos le inspiraban una agria prevención, pues sin duda el miedo, en la vida y en la vida literaria, preludia decepcionantes traiciones. No obstante, nada le impedía actuar con una generosidad espléndida y ofrecer su ayuda a todo cuanto joven escritor se cruzara en su camino. Si reconocía la verdadera condición literaria no dudaba en brindarles su amistad y todos los editores que hemos tratado con él sabemos lo que eso significa: un elogio sin tacañería. Debe recordarse que esta singular cualidad de Carlos no fue el fruto de su posición como autor maduro y reconocido. Lo testimonia José Donoso cuando cuenta como un joven Carlos Fuentes gestionó la publicación de su obra en Estados Unidos.

Como protagonista de la insurgencia estética que supuso el boom narrativo latinoamericano, Carlos Fuentes fue también un agitador, un activísimo enlace entre España y América, un promotor de encuentros y debates que generaban conocimiento y desencadenaban las poderosas influencias que tan fértiles han resultado en las más recientes generaciones literarias. También en este territorio de invención y de imaginación se notará la ausencia del más optimista de los escritores.

Estos méritos pueden parecer rasgos de un inventario biográfico, pero sólo adquieren su sentido en una personalidad consagrada a la amistad. Si algo veneraba Carlos, además de a la periodista Silvia Lemus, su esposa y compañera, es la complicidad de la inteligencia y la fraternidad de los cómplices. El rescate de una obra literaria perdida, sacar a un escritor de la cárcel o postularlo para un merecido premio, es algo que vale la pena sólo cuando la confabulación es una noble alianza. Téngase en cuenta que esto sucedía en un hombre sobrio, pulcro, que no se consentía el más mínimo sentimentalismo.

El más reciente empeño que compartimos con Carlos fue rescatar de las cenizas del pasado al legendario Premio Formentor. Nos costó algunos años de apacibles conversaciones, pero lo que Carlos no supo hasta el último momento es que, a sus espaldas, el empresario Simón Pedro Barceló, la familia Buadas y yo lo preparamos todo para que fuera precisamente Carlos Fuentes el primer galardonado por un premio consagrado a la literatura, a la ensoñación que inspiran las grandes obras literarias.

[Publicado el 21/5/2012 a las 11:33]

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Un arte que agoniza

imagen descriptiva

Anatomía de la influencia es un tratado sobre los autores eminentes que pueblan el olimpo de la literatura occidental. Aunque en esta ocasión Harold Bloom es elegíaco y celebra sus 80 años con un testamento: "Ya no lucharé contra los Resentidos. Nos uniremos todos en nuestro polvo común".

Bloom reitera en esta larga meditación su teoría sobre la ansiedad que corroe a los grandes escritores, nos contagia el fervor religioso por la lectura, nos introduce en la sutileza de su discurso hermético y nos remite al origen de su veneración: al inolvidable asombro que producen las grandes obras cuando se leen por primera vez.

Lo excepcionalmente notorio en Bloom es la persuasión de su estilo y cómo elude el tedioso razonamiento académico. Pero no es fácil seguirle: su celebración de la literatura exige una solvente familiaridad con los libros supremos y saberlos de memoria tras una lectura tan extensa como profunda.

La ansiedad y la influencia son el secreto de la imaginación literaria y sin esta energía el escritor deambulará sin nada que hacer. Bloom es un déspota muy ilustrado y sus razones se sancionan a sí mismas como profecías. Traza el mapa de los senderos que unen a cada escritor eminente con todos los demás y menciona la influencia que algunos han llegado a tener sobre sus antepasados. Una conjetura que perturba la buena fe de sus lectores. 

Bloom es elocuente, reiterativo, insistente, pues considera que nada ha sido cabalmente entendido. Las obras maestras, advierte, están por encima de nuestra comprensión. Salvo que nos propongamos leerlas una y otra vez durante toda la vida.

El viejo crítico Bloom dedica un último desdén a los resentidos -los melifluos, torturados y hostiles resentidos- y con alegría adolescente vivifica el entusiasmo de la primera lectura. Bloom expande este espíritu insolente, lo incrementa, lo santifica.

Los grandes escritores han sido conmovidos por una envidia sagrada, dice, pero nadie escoge al maestro de su veneración. Cada autor eminente ha sido elegido por su precursor literario. O aceptamos esta violenta premisa o la rechazamos. No es objeto de discusión. La influencia produce ansiedad y ésta obliga a evocar, imitar, saquear y suplantar al autor predilecto. Pero sin la complicidad del antepasado ilustre, la obra literaria sólo será un simulacro.

Bloom, que se considera un laico de inclinaciones gnósticas, un esteta literario que idolatra a Shakespeare, un hereje judío, un lector esotérico, un crítico longiano que celebra lo sublime como la suprema virtud estética, afirma que la gran literatura existe y que es posible apreciar "el brío de una energía sobrenatural en su vigor lingüístico". Bloom ha resultado ser un arconte de esa Religión Americana cuyo único dogma es la Seguridad en Uno Mismo. Una especie de entereza o unión de cada hombre con el sí mismo desconocido.

Si alguno necesitara abreviar los libros de Bloom en un único párrafo, quizá podría conformarse con lo siguiente: "Shakespeare, que no profesa ninguna creencia y que es sabio sin énfasis ni agresividad, posee su propio método de conocimiento y es el precursor de todo el mundo: Walt Whitman, James Joyce, Herman Melville, William Blake, Emily Dickinson, Sigmund Freud, Marcel Proust, Samuel Becket, Franz Kafka, Pessoa, Borges...".

¿Por quién se siente elegido Bloom? A ratos por Ralph Waldo Emerson y en otras ocasiones por Samuel Johnson. Aunque esto debería decirlo él, y no yo. Cuando Bloom recuerda al que ha sido considerado el primer filósofo americano da la sensación de estar hablando de sí mismo: "Leer a Emerson resulta a veces desconcertante, en parte porque es un aforista que piensa en frases aisladas. Sus párrafos resultan a menudo espasmódicos, y su mente incansable está siempre en alguna encrucijada".

Bloom es una figura señera de nuestro tiempo que acude en socorro del lector agobiado por la trivialidad contemporánea y le anima a frecuentar sin complejos los grandes monumentos literarios. Bloom afirma que leer, releer, evaluar y apreciar es el verdadero arte de la crítica literaria en un mundo en el que los libros malos desplazan a los buenos y leer es un arte que agoniza.

¿Cuál es la influencia de Bloom en España? Anagrama, Taurus, Páginas de Espuma y otros editores lo mantienen en sus catálogos pues ha conseguido una considerable atención entre los lectores que aceptan su gran epigrama: sólo por las grandes obras literarias llegaremos a saber quién somos -y la sentencia inversa sigue siendo cierta.

¿Cómo modifica Bloom la conciencia que la literatura tiene de sí misma? Su credo irónico, y ciertamente melancólico, consagra la rivalidad entre los dos grandes impacientes de nuestro tiempo: el escritor que quiere ser el Yo de sus lectores y el autor que quiere ser el Yo de sí mismo. No sólo dos modos de entender la literatura sino dos maneras de estar en el mundo, dos estilos de vida. El escritor que se ha propuesto contar historias sale al encuentro de los hombres; el autor que las concibe, los espera con recelo. Mientras aquél escribe para un público vehemente; éste lo hace para una mentalidad. Mientras uno intuye con habilidad el gusto de la multitud; el otro cultiva lo que no ha sido degustado. Uno celebra la fama; el otro sólo teme al destino. El escritor se deleita con su éxito; el autor se pondera con perplejidad. Uno es narcisista; el otro, solipsista. Uno es el fruto de la admiración popular; el otro lamenta la suerte de no serlo.

Dos estirpes, podría decirse, condenadas a una perpetua porfía, forjan cada una a su manera, con destreza narrativa y ensimismamiento sapiencial, el arte de la ficción que hoy nos entretiene o nos desvela.

[Publicado el 16/3/2012 a las 12:49]

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Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

Obras asociadas

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