El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de marzo de 2010

 Blog de Basilio Baltasar

In memoriam

 

Baltasar Porcel ha muerto a causa de un tumor cerebral y nadie podrá ponerse en su lugar. La voluptuosidad narrativa que alimenta su obra completa es inimitable y eso basta para sancionarlo como una pieza única en nuestra memoria literaria. Leo en La Vanguardia el amplio despliegue dedicado al autor de Solnegre, Cavalls cap a la fosca, El cor del senglar y no sin melancolía advierto cuánta unanimidad concita la muerte y cuánta generosidad convoca el deceso de los que se van para siempre. Miquel de Palol (El Mundo) cuenta en su necrológica lo que le dijo Porcel: "escribe sobre mí, aunque sea para ponerme verde". La anécdota revela el cainismo de la sociedad literaria catalana: una versión acerada de la tradición española. No por exceso de ferocidad sino por dictado demográfico: las comunidades pequeñas (la catalana y la mallorquina) elaboran con más dilecta destreza el arte de silenciar a los rivales. Contra esta beatería Porcel golpeó con saña: fue un individualista, un egotista, un provocador dotado, además, de un singular instinto de poder. Con la rara habilidad de granjearse enemistades eternas. La más notable, la de Juan Marsé, no es la única. Pero nada podía herir a este nietzscheano mallorquín cuando embestía con su pantagruélica voracidad periodística, literaria, política. Le fascinaba la figura del coloso en combate contra la naturaleza hostil. Y nunca creyó que la cultura hubiera apaciguado entre los hombres el fervoroso afán de dominar a los demás. En su biblioteca de San Cugat colgaba un único retrato: el de Bakunin. Aunque no creo que le interesara tanto la doctrina del aristócrata anarquista como la vocación aventurera del hombre único, osado y dispuesto a todo.

Ahora recupero una escena fugaz: estamos juntos en algún lugar cerca de la plaza de Sant Jaume, en Barcelona, en un centro cultural, en 1975, Baltasar cuelga el teléfono y me dice que le han dado el Premio Prudenci Bertrana por Cavalls cap a la fosca. Me lo cuenta con una leve sonrisa dibujada bajo su perfilada barba de perilla. En sus ojos brilla la satisfacción y al mismo tiempo la certeza de una tramposa banalidad: como si en aquél momento hubiera percibido un fugaz destello del destino y se descubriera condenado a conquistar el siguiente galardón literario. Ya no quedaba otra opción: o ganar indefinidamente o hundirse en el olvido. Este vértigo no lo abandonó jamás.

[Publicado el 02/7/2009 a las 12:07]

[Etiquetas: Baltasar Porcel]

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La chica que no creía en los hombres

 

Sostiene el Presidente Berlusconi que no se acuerda de Patrizia d'Addario. Hay tantas chicas en su vida que no es fácil recordar a otra rubia despampanante. Pero la prostituta da muchos detalles acerca de las fiestas privadas organizadas por el Cavalliere. Acudió a dos en el Palacio Grazioli y formó parte del grupo de veinte chicas invitadas a reír los chistes del anfitrión, cenar tallarines con setas y tarta de yogur. "No era una cena de gourmet" dice. Berlusconi se refiere a Patrizia como "la chica que no cree en los hombres" y le promete resucitar su fe perdida. Luego reparte regalos: las típicas mariposas, dice Patrizia, tortuguitas, pulseritas, collarcitos y sortijas. Bailan muy agarrados: sonaba My Way (se supone que la canta Frank Sinatra). Y luego llega el que parece ser el gran momento de la orgía berlusconiana, la proyección del potente afrodisíaco que tanto agrada al Presidente. Se apaga la luz del salón, las chicas se sientan en los sofás y se enciende la pantalla: un vídeo larguísimo en donde el Presidente aparece en sus posturas predilectas: ante la multitud que corea aclamaciones fervorosas, con los líderes internacionales, en entrevistas o en disputas parlamentarias. Mientras las chicas hacen la ola, Berlusconi, servicial, se levanta para pedir champán y pizzas.

[Publicado el 26/6/2009 a las 12:55]

[Etiquetas: Patrizia d'Addario, Silvio Berlusconi]

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La ficción del éxito

 

Lluïsa Forrellad recibió el Premio Nadal en 1953. La autora de Siempre en capilla tenía 26 años y, según confiesa hoy en La Vanguardia, no supo llevar a cuestas el peso de su éxito. La autora, que regresa al mercado editorial, recuerda aquella angustiosa sensación de agobio y denuncia haber padecido  una auténtica "persecución": ser el centro de las miradas, que te atosiguen...  tenía que atenderlos a todos...

Como si hiciera el inventario de las penalidades más espantosas que pueden tocarle en suerte a un ser humano, Forrellad lamenta haber sido víctima de lo que al principio parecía un logro. Pero en lugar de preguntarse si la efímera gloria de un premio justifica 50 años de silencio literario, la autora no se resiste a dedicarnos un suave reproche. Como si hubiéramos formado parte de aquéllas hordas de lectores entusiastas.

Obviamente, estas experiencias dependen de la peculiar sensibilidad de cada uno y es digna de admirar la rabia de esta mujer indignada por igual con los anónimos amenazantes y los cronistas de sociedad que en aquél tiempo vigilaban los detalles de su vestuario. Inmersos en el actual espectáculo mediático -en donde todos se pirran por existir a través de la imagen pública- nos parece entrañable la resistencia de aquella joven al jolgorio de la fama.

Pero detrás de tan elogiable delicadeza percibimos una desmesura igualmente reseñable: la noción de éxito que preside nuestras relaciones sociales. ¿De qué triunfo se trata? ¿Qué éxito se celebra? La verdadera perturbación no la producen los vítores ni la aclamación sino descubrir que el logro nos deja solos frente al vacío de la verdad personal. La pregunta entonces, al borde del abismo interior, será: ¿para qué sirve todo esto? Los premios literarios forman parte de un juego de notoriedad y prestigio cuyas bazas se deben manejar con una ironía elegante. De lo contrario cualquier premiado se arriesga a sufrir un mutismo existencial que irá más allá de la esterilidad literaria.

[Publicado el 10/6/2009 a las 13:59]

[Etiquetas: Lluïsa Forrellad, Premio Nadal, N. Escur]

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Una corrosiva decepción

 

Nos lamentamos por los lectores que se distancian fríamente de nuestros periódicos de papel pero no hacemos nada para corregir una de las causas de ésta desafección. El desarrollo institucional europeo ha puesto en evidencia hasta qué punto la prensa apoya incondicionalmente el calendario de gestión impuesto por la clase política. Y éste concubinato es el que esparce, difunde y consolida el doble absentismo que hoy nos desconcierta: desmovilización ciudadana ante las urnas europeas y reticencia a leer los órganos civiles de la opinión.

La prensa puede actuar como feroz opositor a sus gobiernos nacionales pero por algún motivo prefiere aplaudir las directrices adoptadas por Bruselas. Cualquier reserva ante la llamada construcción comunitaria, cualquier crítica frontal al mecanismo burocrático bruselense, se considera una señal de mal gusto político y son muy pocos los que en estas condiciones de consenso generalizado se permiten el lujo de disentir. ¿Quién desea ser confundido con los reaccionarios o los anti sistema?

La insólita identidad entre prensa e instituciones europeas -asombroso brote caciquil en el seno de la Europa de la Ilustración- ha sembrado entre los lectores una corrosiva decepción cuya creciente amenaza nadie está dispuesto a reconocer. Los ciudadanos se distancian de sus periódicos y de las urnas europeas con la misma cautela. En lugar de prestarse a entender la deriva de la opinión ciudadana (incluso la de aquellos europeístas como yo), o dar forma a los irregulares estados de ánimo que inspira la complejidad y la lejanía de las instituciones europeas, los periódicos se muestran partidarios eufóricos del proceso, contribuyen a orquestar las opiniones institucionales y asumen la responsabilidad de una pedagogía que, en realidad, no les corresponde.

Está por ver en qué desemboca esta inesperada complicidad (tan extraña al comportamiento del periodismo), pero por el momento fructifica ante nuestra impotencia la semilla de un recelo invisible.

Ahora asistimos a un nuevo capítulo de esta amarga comedia: la consagración de Tony Blair como primer presidente de la Unión Europea. Su precipitada carrera de sonoros fracasos no impide que alguien -¿Quién? ¿Cómo?- lo considere el mejor candidato al que pueden aspirar los europeos. Blair impulsó decisivamente la catastrófica Guerra de Irak, se vio obligado a abandonar su jefatura por ser el más impopular de los gobernantes británicos y se ha mostrado como un mediador perfectamente inútil en Oriente Medio. Sin embargo, este currículo no impide que alguien le recompense nuevamente con un cargo que, al parecer, le hace mucha ilusión.

[Publicado el 02/6/2009 a las 18:40]

[Etiquetas: Elecciones europeas, Tony Blair, crisis de la prensa]

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Los hombres que odian y temen a las mujeres

 

La versión cinematográfica de Millennium, la popular novela de Larsson, tiene por delante un largo recorrido entre la audiencia más proclive a dejarse entretener por las historias bien contadas. Los paisajes nórdicos y la particular gramática parda de unos cineastas deudores del omnímodo Bergman añade interés a unos personajes siempre a punto de hundirse en el oscuro abismo interior. Sus lánguidas y huidizas miradas parecen repeler la necesidad de acción que impone el argumento de una trepidante investigación periodística. Un oficio (el nuestro) rehabilitado por un antihéroe tan tenaz como, en ocasiones, ingenuo: un reportero que se la juega al denunciar los trapos sucios (más bien, pestilentes) de los delincuentes de cuello blanco que dirigen las inefables corporaciones financieras. Las pesquisas tropiezan constantemente con el tópico cinematográfico y con un arraigado hábito social: la sociedad perezosa, temerosa y cómplice mira con inquietud, hostilidad y aversión al periodista que no se deja amedrentar. ¡El mito americano regresa a Europa!

El decorado social que acoge la historia del periodista justiciero es el que dio título a la novela de Larsson ("Los hombres que no amaban a las mujeres"): la perturbada obsesión de los que, guiados por un instinto perenne, ofenden, humillan, desprecian, maltratan, golpean, torturan y asesinan a las mujeres.

No fue intención de Larsson investigar de dónde surge esta demoníaca patología de la condición humana pero al desvelar el secreto de las familias decentes ya nos da una idea del agujero al que nos asomamos. En el personaje de Lisbeth Salander -testigo y víctima de mil aberraciones- podrán reconocerse muchas de las protagonistas de este extraño calvario.

[Publicado el 01/6/2009 a las 19:20]

[Etiquetas: Millennium, Stieg Larsson, ]

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Por un nuevo código penal

 

Por eficaz que sea el trabajo de los jueces encargados de perseguir y desarmar las redes de corrupción, al final descubriremos consternados el verdadero daño cometido por los políticos corruptos. ¿Les parece intolerable el saqueo llevado a cabo por estos amiguitos sinvergüenzas? El capital sustraído con alevosía y nocturnidad a los contribuyentes, es un expolio al producto de nuestro trabajo, y una dolorosa humillación: nos ofende que nos roben en nombre de altos ideales morales. Nos fastidia, podría decirse.

Pero lo peor no es el botín que alegremente se embolsan. Lo peor es el paisaje desolador que dejan a sus espaldas. Detrás de cada operación furtiva consumada desde las instituciones hay una comunidad de empresarios, profesionales y proveedores tratados como imbéciles. Los que no quisieron plegarse a entregar las comisiones de favor se han visto obligados a resolver un duro dilema: o se incorporan a las redes de corrupción que corroen nuestro sistema social o se resignan a perder las oportunidades que necesita su negocio. Asi acaba la retórica exaltación de la libre empresa y su estimulante competencia.

Los cargos que se pueda imputar a los políticos hermanados por la moda de vestir bien cumplimentan un repertorio muy elocuente (soborno, cohecho, malversación de fondos) pero la acusación más ajustada a su delito es ésta: enseñar a los que aspiran a firmar contratos de servicios con el Estado como funcionan las cosas. Esto es lo irreparable.

[Publicado el 22/5/2009 a las 21:18]

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Las voces de Kolimá

 

El suplemento Culturas de La Vanguardia reproduce unos textos inéditos del escritor Varlam Shalámov traducidos y comentados por Ricardo San Vicente, profesor de literatura rusa de la Universidad de Barcelona. Para el que no recuerde la infernal epopeya vivida por Shalámov en los gulag soviéticos será muy recomendable la lectura de los fragmentos elegidos por el traductor e imprescindible detenerse a meditar el significado de su acusación. ¿A quién acusa el escritor condenado a trabajos forzados? ¿A sus verdugos? ¿A sus delatores? ¿A los guardias de los campos de concentración? Todos ellos aparecen maniatados en su violenta diatriba y todos acarrean el peso de su complicidad. Los prisioneros que sobrevivían perdiendo su naturaleza de hombres también reciben su dosis de desprecio. Quizá debamos incluirnos entre los destinatarios de un reproche que delata la insuficiencia de nuestra comprensión. En su relato hay destellos de inteligencia, ira y promesas de venganza eterna. Pero también reveladores testimonios: "He visto que las mujeres son más correctas, más entregadas, que los hombres; en Kolimá no se ha conocido ningún caso de un varón que acompañara a su mujer. En cambio, las esposas los acompañaban y en muchas ocasiones".

[Publicado el 21/5/2009 a las 16:45]

[Etiquetas: Varlam Shalámov, Ricardo San Vicente, Gulag]

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El debate vertebral de nuestro tiempo

 

Nada puede satisfacer más a la jerarquía católica que mostrarse ofendida por el virulento sarcasmo de los ateos. Le complace, y no siempre con modestia, verse asediada por la incredulidad y ser impetuosamente criticada por los furiosos enemigos de la piedad. Esa turba descarriada que clama contra la majestad del único y bondadoso Dios de los romanos.

De ahí el profundo fastidio de los obispos cuando descubren que los laicos no son ateos. O no lo son todavía, o no tienen por qué serlo, o lo serán en sus ratos libres... El adversario que la Iglesia necesita para conservar su lugar en la Tierra debe comportarse siempre como un blasfemo, un irreverente y pendenciero enemigo de la más alta autoridad del universo.

Sin embargo, y con gran enojo del Vaticano, el debate de la laicidad no se entabla entre creyentes y no creyentes. La discusión alude al poder de los clérigos y a los límites que la cultura democrática debe imponer a su pretensión legislativa. El polemista laico no cuestiona el derecho a elegir la creencia más razonable, o emocionalmente más convincente, o intuitivamente más entrañable. No discute los hábitos religiosos y ni se le ocurriría prohibir a los hombres la experiencia de la intimidad mística. Ni siquiera pone en cuestión la perenne tentación metafísica de la filosofía. Esa es otra discusión sobre la que existe una amplísima literatura y numerosas paradojas, muchas de ellas irresolubles. El laico habla de política y se limita a recordar que la esfera pública necesita el arbitrio social de la razón. Las agrupaciones religiosas y las sectas deben respetar la ley y cerciorarse a menudo de no estar violando los más sagrados mandamientos del sentido común.

[Publicado el 13/5/2009 a las 21:08]

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¿Qué vendrá ahora?

 

La revista mexicana Letras Libres publica las reflexiones de Geoff Mulgan sobre el día después del capitalismo mundial. Nos recuerda que hasta hace poco tal eventualidad había sido descartada por los entusiastas partidarios de un sistema económico, político y cultural tercamente satisfecho de sí mismo. Pero la quiebra del sistema financiero, saqueado por unos directivos entusiastas de la libertad con que podían administrar el dinero de los demás sin dar cuentas a nadie, nos ha obligado a reconocer que quizá no sea el capitalismo salvaje el mejor acuerdo social al que podemos llegar.

Aunque en el curriculum de Mulgan figura haber sido asesor de Tony Blair, es recomendable la lectura de un artículo que considera los mecanismos industriales y dinerarios del sistema a la luz de sus abusos y de las más desternillante de sus presunciones. (Mulgan observa que el Partido Laborista y el Partido Conservador británico viven gracias a las donaciones de los hedge funds).

Pero el estropicio causado por tres décadas de desregulación, bajo la somnolienta y avara mirada de unas autoridades (in)competentes, no necesariamente sustenta la posibilidad de una alternativa. Los críticos morales del sistema anhelan un fulminante y ejemplar castigo. Los críticos funcionales, alientan la esperanza en una nueva reforma. De nuevo los apocalípticos polemizan con los integrados; los pragmáticos con los cansados.

Mulgan concluye su reflexión invitándonos a imaginar los inesperados capítulos del futuro. En lugar de seguir el hilo de un encadenamiento lógico (a menudo la fúnebre resignación de lo razonable), confiarse al brote de lo nunca visto. El cambiante paisaje de las ciudades nos ayudará a entender la dinámica que liquida el pasado, renueva el presente y anticipa el porvenir. Primero iglesias y castillos. Luego, estaciones de ferrocarril y chimeneas. A final del siglo XX, los edificios de cristal y acero de las corporaciones financieras. ¿Qué vendrá ahora? Pregunta Mulgan.

[Publicado el 07/5/2009 a las 18:57]

[Etiquetas: Letras LIbres, Geoff Mulgan, ]

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El Mito de Babel

 

James L. Jones, asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos dice en El País que debemos abordar el mundo como es y no como era en el siglo XX. Su artículo analiza los desafíos más notables asumidos por Obama en los primeros cien días de su mandato pero no se extiende lo suficiente en considerar el  interrogante que ha formulado: ¿Cómo es el mundo de hoy?

Para hacernos una imagen aproximada del impetuoso acontecimiento que nos arrastra deberíamos visualizar tres episodios contemporáneos: la caída del Muro de Berlín (1989), la caída de las Torres Gemelas (2001) y la caída de la Bolsa (2008). El estrépito causado por estas demoliciones nos ayudará a medir la magnitud del cambio que estamos viviendo. Pero el ruido no es la respuesta.

Quizá nos haya tocado en suerte vivir una época destinada a renovar sustancialmente el legado heredado del pasado. Lo que orgullosamente erigieron las generaciones, se desplomará ante nuestro estupefacto asombro. Será inevitable recordar el Mito de Babel y preguntarnos si es ésta la imagen de la transformación cultural de nuestro tiempo.

[Publicado el 04/5/2009 a las 10:35]

[Etiquetas: James L. Jones, Barack Obama, la Torre de Babel]

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Foto autor

Biografía

Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. En 1986 fundó la revista literaria Bitzoc y la revista de arte y arquitectura Gala. Fue director editorial de Seix Barral desde dónde reanudó la convocatoria del Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria. Entre 1989 y 1996 dirigió un programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March y es vicepresidente de la Fundación Yannick y Ben Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo. Es editor de El Boomeran(g). Entre 2005 y 2008 ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. En la actualidad es director de la Fundación Santillana.

 

baltasar@fundacionsantillana.com

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