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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 10 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

Escribir como si hubieras muerto

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¿Qué son esas costumbres de las que nos sentimos tan satisfechos? La buena educación, por ejemplo, o el optimismo, o la ecuanimidad. Parecen dones para una convivencia entre seres humanos civilizados. Pero ¿y si fueran imposturas para coaccionar al prójimo? ¿Y si en lugar de ser fruto del respeto, estas virtudes no fueran más que una treta urdida para dominar a los demás? ¿Qué pensaríamos entonces de nosotros mismos?
Escribir como si hubieras muerto. Esto es lo que ha conseguido Juan Antonio Masoliver Ródenas en un ensayo enojado y resignado a una verdad sin adornos. Probablemente El ciego en la ventana (El Acantilado, 2014) sea una de las confesiones literarias más soberbias de las que se han publicado últimamente en España. Un ejercicio de brutal confrontación con el hombre que uno ha sido. "No me importa morir... sólo siento no ver cómo es mi muerte, para poder decir que he completado el ciclo de mi vida y que he sido testigo de ello".
El epílogo del libro es un epitafio. Que nadie vaya a pensar sin embargo que el autor es un diletante. Nada hay de frívolo en esta novela amarga, triste, bella y penosa. Una narración que anticipa la cita del autor con la muerte. Sólo el que haya creído oír alguna vez la sutil manifestación de su poderío -ese extraño sabor en la boca de algunos vivos- comprenderá la terrible veracidad de esta narración. "Trato de recordar momentos felices y descubro que ninguno realmente lo fue".
Hay una elocuente interrogación en cada una de sus páginas y las preguntas que se espeta el autor son por ello de una fuerza inconcebible. No hay retórica ni complacencia. Ni siquiera la búsqueda dramática de un efecto teatral. A diferencia de la ególatra invención del yo que con tanto fasto editorial sale cada cuanto a la luz, este memorándum es el de un hombre lúcido y huraño. Elabora una angustia que trasciende toda categoría literaria para llegar a ser irrefutable. "¿Me ha servido este prolongado silencio para preparar la obra que siempre he querido escribir y que no ha querido ser escrita?"
La vanagloria del triunfo social, con su pomposa liturgia de autosatisfacción, se revela en estas páginas como una farsa insoportable. La crudeza con que el autor se empeña en verse a sí mismo -dejando de lado la tentación del arrepentimiento o la hipocresía de la autocrítica- adquiere una categoría que trasciende las disyuntivas de la moral. "El ciego" que aquí escribe podría amar sin condiciones o destrozar a todo bicho viviente. Tanto da. Su memoria va más allá de toda ilusión de justicia. Se trata de descubrir en el espejo la más nítida de las imágenes: una narración exenta de orgullo y frustración. "¿Y si toda la nada está contaminada de vida y es por eso que podemos nacer?"
El autor reivindica para sí el derecho a una locura sin enajenación, sobria e inquisitiva pero bestial en su inquieta disposición de ánimo. El derecho a vivir sin medicinas la libido de una desazón. El derecho a no perdonar la estupidez ajena. El derecho a no disculparla: ni siquiera en defensa propia. "Todo lo que he escrito ya no existe".
El autor renuncia a todo consuelo: nada habrá en la biblioteca universal que pueda mitigar las ingratas certezas de su inteligencia. Cualquier bálsamo sería una ofensa. Aunque no por ello nos sustrae un aforismo de profunda sabiduría: "No ver la realidad que está oculta: esto es la magia".
De la vida literaria Juan Antonio Masoliver parece saberlo todo y nos habla como el que nunca cayó en sus trampas. El autor no tuvo necesidad de creer en el espejismo de la fama ni en el rácano elogio de los colegas. Uno tiende a pensar que el viejo Masoliver llevó desde siempre a cuestas la precaución de vivir. Y a pesar de todo conserva viva la devoción poética: "el más alto significado de la ficción".
Que estas "Monotonías" no hayan sido escritas para complacer al lector, ya es mérito suficiente pero lo que merece el estricto reconocimiento de la crítica es un logro único en nuestra literatura: Masoliver ha roto el hechizo heroico de los autores empeñados en ser intachables. A diferencia de los que desean ser admirados, Masoliver confiesa que nada encuentra en su recuerdo digno de tal cosa: "Soy, literalmente, un autor de frases lapidarias".

 

[Publicado el 22/3/2015 a las 18:29]

[Etiquetas: Juan Antonio Masoliver Ródenas, El Acantilado]

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Lección de los filósofos para un futuro perfecto

Tres han sido las impetuosas fuerzas que han trastornado a nuestra generación: la inesperada amenaza de la pobreza, el sometimiento voluntario a la opinión ajena y la amarga sensación de haber sido despojados.
Más notable y sanitaria será por ello la lectura que nos sugiere Errata Naturae y el filósofo francés Pierre Hadot: las lecciones del maestro Epicteto (55-135). Vale la pena destacar lo que esta filosofía enseña para una vida imperturbable y meditar un texto compuesto como ejercicio de austeridad tan deliberadamente elegida como inteligentemente celebrada.
El estoico griego nos sugiere algo que hoy adquiere una formidable actualidad: no hay otra senda de dignidad que la ausencia de servidumbre. ¿Qué nos esclaviza? se pregunta el filósofo. Ante todo: vivir pendiente de la opinión de los demás. ¿Qué nos humilla? Cultivar deseos que no podemos satisfacer. ¿Qué nos derrota? El afán de gobernar las fuerzas de un destino indescifrable.
La sociedad del espectáculo nos ha educado en una quimérica promesa: como si pudiéramos satisfacer los deseos y saciar la voluntad. Este alarde nos empuja hacia la más desagradable de las sensaciones: la insatisfacción perenne y la frustración incesante. ¿Nos hace falta aprender alguna otra lección?
Si te conformas con lo que de verdad es tuyo, dice Epicteto, "nadie podrá coaccionarte, nadie podrá obligarte a hacer nada, no harás más reproches, no formularás más acusaciones, no volverás a hacer nada contra tu voluntad, no tendrás más enemigos, nadie podrá perjudicarte y no sufrirás más perjuicios".
Ciertamente, hace falta una perspectiva filosófica, espiritual, para entender la magnanimidad de esta libertad de ánimo (y de ánima). La óptica materialista que han consolidado las tendencias del siglo -los epígonos de la civilización industrial- no concibe semejante soberanía individual. Para hacerla posible, es necesario restaurar el linaje de los hombres libres de pesadumbre. Esos que sólo por renunciar, adquieren ya la más alta distinción.

[Publicado el 16/3/2015 a las 14:23]

[Etiquetas: Epicteto, Pierre Hadot, Errata Naturae]

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La televisión pública y la cultura

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Con Ramón Colom y Jesús Mosterín en Millenium

Después de más de 13 años acudiendo sin desmayo a su cita semanal en la televisión catalana, el programa Millenium, concebido, dirigido y presentado por Ramón Colom, se ha trasladado a la segunda cadena de la radio televisión española. Sus debates, en los que se abordan asuntos complejos que no pueden ser liquidados con un titular, demuestran que la televisión pública -después de saciarse con fútbol, tenis, ciclismo, coches y motos, concursos de baile y diversas astracanadas- puede reservar un espacio nocturno de su programación a la cultura. Pero es el tono de la conversación, alejado de la algarabía y estridencia de las incomprensibles tertulias nacionales, el que regocija al espectador. En Millenium, gracias a la pausada orquestación de Ramón Colom, nadie grita ni se quita la palabra con esa petulante agresividad que ya es la marca de nuestra política. A diferencia de lo que es habitual en las ondas de radio y televisión, el programa Millenium recupera la cordura y nos incita a recordar lo que es una conversación: el arte de hablar sin dejar de escuchar. Y viceversa.

 

 

La ley del más fuerte
(domingo 6 de julio de 2014, a las 00.00 en La2 de TVE)

Esta semana, Millennium reflexiona sobre la ley no escrita que rige tanto los mercados como en gran medida nuestra sociedad: La ley del más fuerte. A partir de preguntas como ¿Por qué Google, Apple, Amazon.... y otras grandes corporaciones no pagan sus impuestos? El programa repasa los diferentes comportamientos en ámbitos económicos, culturales, filosóficos e incluso antropológicos ¿Por qué hay culturas predominantes? ¿Cómo ha evolucionado la demostración de poder a lo largo de los siglos? ¿Por qué el hombre tiene esa necesidad de mostrarse más fuerte?
Ramon Colom entrevista al Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Barcelona, Jesús Mosterín, investigador del CSIC y estudioso de la naturaleza humana y de la relación del hombre con los animales. Mosterín participará en el debate junto con Cristina Sánchez-Miret, Doctora en Sociología por la Universitat de Girona, especializada en desigualdades sociales; Basilio Baltasar, escritor y editor; y Enrique Luque Baena, Catedrático de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, especializado en antropología política y jurídica.


http://www.rtve.es/television/millennium/

 

[Publicado el 10/7/2014 a las 12:33]

[Etiquetas: Ramon Colom, Jesús Mosterín, Cristina Sánchez-Miret, Enrique Luque Baena]

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Los suplementos literarios de los periódicos

A los ponentes del V Seminario de Periodismo Cultural* se les invitó a comentar, acotar, impugnar, modificar o responder a las cuestiones que aquí se hilvanan:


Los suplementos que los periódicos dedican al mundo de los libros han articulado la vida literaria y editorial ante una comunidad de lectores ávida de información, discernimiento, testimonios y polémicas. La notoriedad de estos cuadernos de periodicidad semanal, que no siempre capturan la curiosidad del gran público, permite divulgar lo que escriben, piensan y cuentan los protagonistas de nuestra república intelectual. Sin embargo, los suplementos literarios, no por cumplir una tarea imprescindible se libran de ser el blanco de la controversia crítica que desean propiciar. El criterio con el que editan sus selecciones, la diplomacia con que tratan sus compromisos, la predilección que dedican a unos autores y el desinterés que ofrecen a los demás, son las clásicas figuras de una discusión que a menudo acaba en chismorreo. Si ciertas firmas adquieren el rango de predilectas, si algunos favoritos dejan de serlo, si este o aquél se consideran vetados, o condenados, o malditos. Hay una variadísima y maliciosa narrativa oral que no puede ser desmentida y nunca nos cansamos de apreciar el arte de una imaginación que inventa lo que no encuentra y descuida lo que no interesa. Al margen de estas mitografías se desarrolla el arduo trabajo de los editores de suplementos literarios, que día a día hacen frente a un abrumador caudal de novedades editoriales y a la difícil tarea de dar cuerpo y sentido a lo que debe ser la crítica literaria en los periódicos y revistas. En este sentido, las últimas décadas se han visto sometidas a conmociones dignas de un estudio abordado con las mejores herramientas académicas. El modo en que el periodismo cultural ha invadido el lugar que le correspondía a la celosa crítica de libros, obviando los juicios literarios que tan mal acomodo encuentran en la sociedad del espectáculo, ha perturbado nuestra manera de entender la literatura y, por ende, el estilo editorial de los suplementos literarios. A estas dificultades, que no siempre son ni vergonzosas ni triunfantes, cabe añadir ahora el reto de la transformación digital de los suplementos literarios. Los responsables que se han hecho cargo de esta mutación deberán dar formas nuevas a la vieja polémica y comprobar si la versión digital puede resolver los dilemas que nos parecen asfixiantes. No en balde cabrá, sobre todo, emular la capacidad de influencia que los suplementos de papel han ejercido durante mucho tiempo. La solemnidad y autoridad con que se han elogiado libros y autores ¿conseguirá en las pantallas el mismo efecto? Esta es una de las dudas que hoy planteamos con grave preocupación. ¿Podrá trasladarse a la pantalla el prestigio de las obras elegidas? ¿O la obra literaria se reducirá sólo a lo que tiene de noticia fugaz? El orden y la jerarquía de lo valioso ¿obtendrán duradera consideración en el universo "virtual"? ¿O se extinguirá a la misma velocidad con que lo novedoso se devora a sí mismo en la inminencia digital?


¿Qué modelo debemos adoptar para dar a los libros y a sus autores la presencia e influencia que requiere la vida cultural de una nación?


*Al curso, dirigido por Basilio Baltasar y organizado por la Fundación Santillana, El TEC de Monterrey y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, asistieron Angélica Tanarro, jefa de Culturas de El Norte de Castilla y coordinadora del suplemento La Sombra del Ciprés. Blanca Berasategui, directora de El Cultural de El Mundo. Berna González Harbour, editora de Babelia. Fernando R. Lafuente, secretario de redacción de Revista de Occidente y director de ABC Cultural. Ramón González Férriz, editor de Letras Libres en España. William Lyon, traductor, editor y periodista.

[Publicado el 30/6/2014 a las 17:40]

[Etiquetas: Cultura, libros, suplementos, Seminario de Periodismo Cultural]

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Acta del Jurado Formentor 2014

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De izquierda a derecha: Cristina Fernández Cubas, Aurelio Major, Eduardo Lago, Ignacio Vidal Folch y Basilio Baltasar

Reunido el jurado del Premio Formentor, constituido por Cristina Fernández Cubas, Eduardo Lago, Aurelio Major, Ignacio Vidal Folch y su Presidente Basilio Baltasar, después de ponderar y evaluar las candidaturas presentadas por los miembros del jurado, ha decidido reconocer por unanimidad los méritos de la obra del escritor Enrique Vila-Matas y concederle el Premio Formentor de las Letras 2014.


El jurado desea subrayar la elegancia literaria con que Vila-Matas ha renovado los horizontes de la novela, dándole un ímpetu creativo que la ha situado de nuevo como gran crisol de las influencias, las voces e inspiraciones de nuestra cultura.


Vila-Matas ha desmentido con su prolífica obra narrativa la supuesta decadencia de un género que sigue mostrándose como el mas eficaz relato de la conciencia contemporánea. Los procedimientos narrativos inventados por el autor catalán han supuesto una enérgica contribución al vigor de la literatura escrita en español y ha sido reconocida en Europa y Estados Unidos como una de las más significadas creaciones literarias de nuestro país.


El autor de obras tan destacadas en la reciente historia de nuestra literatura, como La asesina ilustrada, Historia abreviada de la literatura portátil, Hijos sin hijos, Bartleby y compañía, El mal de Montano, Doctor Pasavento, Dublinesca, Aire de Dylan o Kassel no invita a la lógica, ha sostenido un empeño coherente que adquirió desde sus primeras creaciones en la decada de los setenta una voz propia e inconfundible. Un estilo personal que ha seducido a lectores europeos y americanos, entusiasmados por una imaginación que difumina las fronteras entre realidad y ficción, autor y personaje, lectura y vida.


Uno de los méritos del autor que los miembros del jurado quieren destacar es el modo en que ha sabido abordar asuntos conflictivos y angustiosos de nuestro tiempo con una destreza literaria que ha hecho del ingenio, el humor y el espíritu lúdico un reconfortante punto de vista. Un estilo narrativo pero tambien una certeza filosofica que restaura la soberanía del individuo como eje moral de una existencia destinada a la plenitud, la inteligencia y el desenfado.


Enrique Vila-Matas es además uno de los pocos autores españoles adoptados por el público joven latinoamericano, que ha reconocido en su obra cosmopolita la negación de unas fronteras que parecían insuperables. La complicidad y simpatía con que ha sido recibida confirma el territorio estético y lilingüístico inaugurado por su narrativa: un relato abierto a la imaginación libre de restricciones costumbristas y fertilizado por el incesante acontecimiento artistico contemporaneo y por las tradiciones literarias que le han precedido.


La absorción de autores y obras desapercibidas en nuestra memoria cultural, la perspicaz integración de olvidadas contribuciones literarias, han hecho de la obra de Vila-Matas una polifonía que da a la figura del Autor un nuevo significado: creador de formas narrativas inesperadas pero también heraldo de lo que había sido olvidado por la perezosa amnesia de nuestro tiempo.


La lectura de la originalisima obra de Vila Matas es también la lectura de una tradición felizmente entregada a la innovación que sólo pueden llevar a cabo los grandes creadores.


Por todo ello, nos complace conceder a Enrique Vila-Matas el Premió Formentor de la letras 2014.

Formentor, 27 de abril de 2014.

[Publicado el 29/4/2014 a las 13:25]

[Etiquetas: Enrique Vila-Matas, Cristina Fernández Cubas, Aurelio Major, Ignacio Vidal Folch, Eduardo Lago]

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El más raro de los nuestros

No podrá encontrarse en el ámbito de las letras españolas un escritor
semejante a Cristóbal Serra. Algunos hay con su imaginación,
ingenio y agudeza, pero ninguno que pueda compararse con él. La
singularidad de su obra creativa lo convierte en un ejemplar único y
destinado a una soledad no por ello gratificante.
Es en este apartamiento en donde Cristóbal Serra ha hecho de la fábula, la parábola y el
aforismo la posibilidad de un género que no sabemos nombrar.

Que Serra haya permanecido recluido en el circuito de los raros
literarios se debe no tanto a la austeridad ermitaña que glosó Octavio
Paz en aquél temprano encuentro con el poeta mexicano, sino a
la dificultad que la crítica y los profesores han tenido en catalogar una
obra escurridiza. La aversión de Cristóbal por la novela, género al que con
cierta coquetería calificaba de totalitario, provenía de la secreta inquina que
le inspiraba lo mastodóntico de las obras "mayores". El entusiasmo que despierta la
narrativa popular resultó para Serra tan incómodo como el consenso con que los intelectuales sacramentan el género novelístico.

Serra, el más raro de nuestras letras, se avenía mal con las promesas de la fama.
Se encontraba a gusto en la soledad de una vida ajena a los fastos y a las intrigas y se
dedicó a escribir sin hacer escuela. Pero esta arisca disposición de ánimo
no fue tanto el fruto de su carácter como la fatalidad de una época amarga.

La rama literaria que con más entusiasmo habría acogido a Serra en su seno es la de los
antimodernos franceses, con su estimado Léon Bloy a la cabeza.
Pero ¿cómo ser antimoderno en la España de la posguerra?
Para poner en solfa a la Ilustración hace falta vivir rodeado de maestros
republicanos; para repudiar al Estado luterano de los prusianos hace falta
vivir acosado por profesores grandilocuentes y arrogantes como Hegel.
A Serra le tocó en suerte, en su aldea natal, idílica en las postales y feroz en la vida cotidiana, contemplar la siniestra fanfarria de los fusilamientos, la
gravedad indocta de los camaradas locales y la pomposidad de las procesiones. En este
ambiente, una obra de contestación que ponga en solfa los
valores del modernismo (en su triple acepción política, literaria y teológica)
no es algo que parezca urgente. De ahí la sutileza del estilo adoptado
por Serra para hacer de la fábula, de la parábola y del aforismo un género adaptado al
escapismo social, la intuición mística y el simbolismo de la tradición mistérica.
En otro tiempo, en otro lugar, Serra habría manejado con más soltura el verbo airado de
Bloy, la sátira doliente de Swift y los atrevimientos visionarios de Brentano, y sólo por ello
habría provocado polémicas formidables. A cambio, acarreó la extrañeza
que causaba su obra y es con ella que forjó su dolida y melancólica evocación literaria.
Disimulando su inteligencia y deslizándose bajo las sutilísimas elipses de su amable y despiadado sentido del humor.

[Publicado el 23/4/2014 a las 20:10]

[Etiquetas: Cristóbal Serra, Leon Bloy]

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Lo que queda de Yugoslavia


Entre el público reunido por Lola Larrumbe en su librería hay serbios residentes en España, expertos en literatura eslava y algún que otro diplomático. Siguen con atención mi comentario al libro de Tamara Djermanovich pero no traslucen en su rostro ni aprobación ni censura. Son el público que los conferenciantes temen, pues no hay manera de saber qué opinión les inspira lo que uno dice. Resignándome a la diatriba que puedan alentar tras su educada compostura, prosigo:
"El libro de Tamara Djermanovich cuenta el viaje emprendido tras las huellas que dejo siendo niña en su país ya inexistente.
La crónica de Tamara sobre lo que hoy queda de la antigua Yugoslavia no es un libro de viajes al uso sino un violento ejercicio de confrontación: dejó su país cuando empezó la guerra y regresa 18 años después para ver qué hay de todo aquello, cuántos entrañables amigos sobrevivieron a la gran matanza, cuántos fueron pasto de las llamas, de los francotiradores, de los fusilamientos, o cuántos cayeron víctimas del odio y del rencor.
El único equipaje de Tamara para este peligroso viaje son los recuerdos de una infancia feliz y lo emprende con la armadura de una sorprendente ternura.
Mientras evoca la educación sentimental de su adolescencia, Tamara observa lo que va a consternar al lector desde el primer momento: "ni remotamente podía imaginar que mi mundo cambiaría radicalmente y que algo así puede suceder cuando menos te lo esperas".
Sugiero al público que recuerde lo que hacíamos en la década de los noventa. Disfrutábamos los fastos de la Olimpiada barcelonesa, jaleábamos la caída del Muro de Berlín, nos disponíamos a celebrar el Fin de la Historia, dábamos por triunfalmente liquidada la (primera) Guerra del Golfo y no nos mostrábamos inclinados a tolerar que una guerra balcánica arruinara nuestro delirio de prosperidad.
Sin embargo, las noticias que llegaban de los remotísimos Balcanes corroían nuestra presunción. No dejábamos de alardear con nuestros flamantes logros, pero en secreto se incubaba el presentimiento de lo peor: la épica nacionalista perdía su elocuencia romántica para mostrar el feroz aspecto del discurso identitario; las tropas de la OTAN se mostraban impotentes para frenar la matanza genocida; la prosperidad fomentaba un grado insólito de hipnosis colectiva y anestesiaba a una sociedad dispuesta a ser engañada; la geografía imaginaria construida durante la Guerra Fría desplazaba a Yugoslavia lejos y mucho más allá de "nuestra" Europa...
En definitiva, digo en la Librería Alberti, con la Guerra Yugoslava comenzó el temblor de la década larga. El fin del siglo XX, encajonado entre dos tremendas demoliciones: -la caída del Muro de Berlín y la caída de las Torres Gemelas- simboliza la consternación que aún hoy nos sacude.
La memoria literaria de Tamara Djermanovich describe la normalidad de un país incapaz de temer lo que se le venía encima. Bajo la apacible rutina de las vacaciones escolares, los encuentros familiares, los discursos oficiales del Mariscal Tito, las banderitas de los desfiles, la orgullosa disciplina de un régimen tan ajeno al imperio soviético como al norteamericano, se incubaba un despiadado juramento. En nombre de la identidad nacional, religiosa, tribal, en beneficio del poder que los gerifaltes del régimen deseaban conservar, se desencadenó una infernal matanza. Eslovenos, bosnios, croatas, montenegrinos, kosovares, serbios, católicos, ortodoxos, musulmanes, hasta entonces apacentados por la disciplina autoritaria de la Gran Yugoslavia, revelaron las emociones aletargadas bajo su fraternal sonrisa. Los que unos días antes del primer estallido parecían sestear apaciblemente a la sombre del régimen protector, se levantaron para obedecer la consigna del anti-evangelio: devoraos los unos a los otros.
No todos fueron agentes activos de la locura que poseyó al país, pero la lucidez siempre perece sepultada bajo la furia. Como la de ese personaje citado por Tamara, Buric-Buro, que en su jardín de Tuzla proclamó "yo y mi familia nos independizamos de la locura nacionalista colectiva que se aproxima". Lo hizo en abril de 1991, apenas unos meses antes del primer balazo disparado en nombre de la identidad.
Cuando Tamara llega a Srbenica, escribe: "aunque uno no tenga nada que ver con éstos crímenes, sí que hay que sentirse responsable por lo que se ha hecho "en nombre de los serbios".
En la librería Alberti, el embajador de Serbia, cortésmente atento al discurso, permanece impasible, sin mostrar criterio ni juicio alguno ante la requisitoria que yo destaco con malévola intención. Como corresponde al proverbial oficio del diplomático.
Leyendo el viaje de Djermanovich a su país ya inexistente, percibiendo la tristeza infinita que se esconde bajo su benevolencia, uno comprende mejor el legado europeo que estamos obligados a custodiar: un suave escepticismo -que neutralice el fervor de las doctrinas militantes; una conciencia lúcida -sobre el vigor de la ferocidad que late bajo nuestras máscara civilizatoria; una inteligencia espiritual -que someta las recurrentes pulsiones de la condición humana.
La autora de esta recomendable y educativa obra, cita un fragmento de la carta enviada por su abuelo, reclutado en las batallas de la Segunda Guerra Mundial, a su esposa: "cuando me escribas, olvídate de todas las cosas negativas y escribe como siempre he deseado: como si fueras un ángel".
Siguiendo los consejos de su abuelo, Tamara recuerda los destellos luminosos de su infancia, la resonancia mítica de los lugares enclavados en la costa dálmata, las risas y las voces familiares, la feliz expresión de los amigos reencontrados... La evocación adquiere su fuerte tensión emocional gracias a una ternura inconcebible, una ternura más fuerte que el dolor de vivir que sufren los supervivientes.
En el centro del libro de Tamara se cuenta la leyenda de Naum, el ermitaño enterrado en el Monasterio de Ohrid: santo cuyo corazón no ha dejado de latir bajo la fría lápida que cubre su tumba desde el año 910.
Este es el latido de vida que acompaña a la niña rubia que pasea con sus pies descalzos sobre los cadáveres de un país desolado por el odio: para administrar con su inocencia la absolución, la redención.

*Viaje a mi país ya inexistente. Tamara Djermanovich. Altair, 2013

 

[Publicado el 19/4/2014 a las 14:46]

[Etiquetas: Tamara Djermanovich, Yugoslavia, Balcanes, criminales de guerra]

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El espía de sí mismo

 

 Ojalá pudiera preguntarle ahora a Guillermo cuál fue el modelo narrativo elegido para su crónica autobiográfica. Miriam Gómez, su viuda, la encontró entre sus papeles póstumos, junto a La ninfa inconstante y Cuerpos divinos, y se la entregó a Toni Munné, que la ha editado con rigor para Galaxia Gutenberg.

Es tan diferente el Mapa dibujado por un espía a lo que escribía Guillermo en aquellas fechas que uno debe leer con asombro este ejercicio de prosa sobria y exacta, en donde ninguna concesión se hace al lenguaje barroco, coloquial y musical que el malabarista Cabrera consagró con tanta pericia y acrobacia.

Quizá quiso evitar -pienso- que la imaginación literaria perturbara el recuerdo de su infausto viaje a Cuba, y por eso se ciñó a lo que su viva memoria retuvo con precisión fotográfica y pausado ritmo cinematográfico.

Cabrera Infante vuelve a la isla después de tres años de ausencia creyendo que podrá despedirse de su madre enferma. Después de los funerales se dispone a incorporarse a su destino diplomático en la Embajada de Cuba en Bruselas -en dónde lo espera Miriam Gómez y, en Barcelona, Carlos Barral para presentar la primera edición de Tres tristes tigres, novela que acaba de recibir el Premio Biblioteca Breve- pero una extraña orden del ministerio le impide subir al avión.

Desde ese momento Cabrera Infante, mientras devanea por una ciudad cuyos encantos no se parecen a nada de lo que hubo tres años antes en el mismo lugar, se siente vigilado por un ojo insomne y por la mente inquisitiva de unos amigos que podrían dejar de serlo en cualquier momento. Ignora por qué no puede salir de la isla, ni quién ha ordenado su retención o qué podría hacer mientras tanto -salvo esperar lo peor.

Cabrera alude con pudor a sus temores, y al corrosivo pánico del que en ningún caso puede defenderse. No habrá acusaciones tangibles, ni reproches directos, ni amonestaciones que puedan ser refutadas. El silencio de los jefes y la huidiza ausencia de los gerifaltes se prolongan durante semanas y meses, y generan una expectación cada vez más perturbada. Los motivos factibles y las causas imposibles, las razones desconocidas y los propósitos indescifrables se trenzan en una simulación poblada por enemigos emboscados. ¿Quién es el delator? ¿Quién habrá sido el autor de la denuncia? ¿Qué hice yo -dónde y cuándo- para merecerla?

Mientras Cabrera intenta adivinar quién está detrás de su probable desgracia, los servicios de inteligencia y espionaje van perfeccionando su pérfida herramienta: han dejado en manos del resentimiento la persecución de los disidentes. En lugar de fatigar a la policía con inciertas pesquisas, los agentes dejan que los enemistados vayan recogiendo las pruebas del delito cometido: quizá una reservada sonrisa, un comentario irónico, una opinión literaria destemplada, un desinterés desmedido por el cine soviético... Y orquestan las razones que brotan por doquier: alguna vieja rivalidad, los celos de una amante despechada, la venganza larvada de un antiguo pleito... ¡Quién sabe!

La cooperación entusiasta de compañeros, vecinos, subalternos, conductores, conyugues, peatones y camareros contribuirá a identificar a los indeseables: escritores, poetas, burgueses indolentes, proletarios indómitos, creyentes o descreídos, homosexuales o falderos, hedonistas, o cualquier otro ciudadano dispuesto a impedir que Cuba sea feliz.

Cabrera Infante, que va dibujando la topografía moral de su isla aturdida con suma tristeza, y con el inconfundible y ahora amargo sentido del humor, recuerda la profecía que pronuncia Nicolás Guillén bajo las frondosas ramas de un mango: "Castro nos enterrará a todos. ¡A todos!"

Ha muerto Nicolás Guillén, ha muerto Alejo Carpentier, Lezama Lima, Carlos Franqui, Heberto Padilla, Virgilio Piñera, ha muerto Guillermo Cabrera Infante, Miriam Acevedo, Olga Andreu, Juan Arcocha, Humberto Arenal, Frank Emilio, y gran parte de los que dentro y fuera de esta novela, intentaron sobrevivir a la epidemia de delaciones maquinalmente incitada por el régimen e infernalmente celebrada por sus agentes.

No sabemos qué quedará de la gesta cubana, del oprobio de sus derrotados y exiliados, pero mientras tanto podemos leer con deleite estético y terrible melancolía esta obra maestra de la literatura.

[Publicado el 25/11/2013 a las 23:02]

[Etiquetas: Guillermo Cabrera Infante, Mapa dibujado por un espía, Fidel Castro, Nicolás Guillén]

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Achab es Achab para siempre

 

Moby Dick, de Hermann Melville se publicó en 1851. El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, 48 años después, en 1899.

¿En qué se parecen el relato de Marlow y el de Ismael?

El neoyorquino Melville creyó haber hecho el ridículo y murió olvidado por
todos los que lo consideraron un escritor insignificante.

Sin embargo, la posteridad le rinde tributo por su obra maestra.

Para escribir Moby Dick le resultaron muy útiles a Melville sus aventuras de marinero a la deriva y su estancia con los caníbales de las Islas Marquesas, pero sobre todo le sirvió su pasión por la Biblia, y por Shakespeare.

Para los que no recuerden el argumento les diré que Ismael ("Llamadme
Ismael") llega al puerto de Nueva Bedford y de ahí viaja hasta la isla de
Nantucket, colonizada por los cuáqueros, para enrolarse en el primer barco
ballenero que lo admita entre su tripulación.


Ismael se embarca en el Pequod junto a los personajes que le acompañarán en
su desgraciada travesía. Entre los oficiales: Starbuck, el hombre recto y
honesto, Stubb, el de invulnerable despreocupación, y Flask, el indolente y
mediocre.

Entre los arponeros: Queequeq, el caníbal que se convertirá en el más fiel
amigo protector de Ismael; Tashtego, el indio avezado y sin miedo, Daggoo,
negro de gran estatura y fuerza, y Fedallah, el misterioso protegido del
capitán Achab.

Una tripulación, dice Ismael, "que parecía especialmente escogida por alguna
fatalidad infernal para auxiliar a Achab en su viaje monomaníaco".


Achab es el protagonista perfecto de Moby
Dick
. La figura que rige el drama de un viaje a ninguna parte. Los otros
personajes son comparsas de su despiadada obsesión.

Achab está al mando del navío pero en lugar de comportarse como el capitán
del Pequod se mueve en cubierta como si fuera un arconte del destino.

Según Peleg, copropietario del barco, Achab "es una especie de enfermo,
aunque no tiene aire de serlo. En verdad, no está enfermo, pero tampoco está
bien. Es un hombre raro. Es un gran hombre, no es religioso pero se parece a un
dios".

Y añade:

"Ha clavado su lanza en enemigos más poderosos y extraños que las
ballenas".

Ismael observa que el capitán lleva el nombre de un rey perverso de la
antigüedad, ese que cuando murió asesinado, ningún perro quiso lamer su sangre.


Achab, tan premonitoriamente bautizado, es el capitán del Pequod pero su
propósito no es capturar ballenas sino dar caza a la bestia que, en una antigua
incursión ballenera, le arrancó una de sus piernas y lo transformó en un
imbatible monstruo de rencor; el obcecado, vengativo, temerario, inflexible, cruel
y feroz capitán Achab.

Este drama metafísico en medio del océano no es una aventura, no es un
episodio de la lucha del hombre contra la naturaleza: es una parábola sobre el
poder del odio, sobre el modo en que los hombres acuden furiosos en busca del
destino que los destruirá.

Ismael nos desvela en su relato una de las cualidades del odio: la reacción
mimética que produce.


"En mi había un sentimiento de simpatía místico y vehemente; el odio
inextinguible de Achab parecía mío. Con oídos ávidos escuché la historia de ese
monstruo asesino contra el cual yo y los demás habíamos prestado juramento de
violencia y venganza".

El barco se hunde, todos se ahogan. Excepto Ismael, el único superviviente
de la extraña cacería, el único que regresó para contarlo. "Solo yo regresé
para contarlo", dijo Job. Ismael es el cronista del viaje emprendido por Achab
contra sí mismo.

Cuando Starbuck se enfrenta a la empecinada locura de Achab, exigiéndole
que deje de perseguir al monstruo, que acabe de una vez con la locura que será
la perdición de todos, Achab le responde con unas palabras de formidables
resonancias bíblicas pero que a nosotros inevitablemente nos recuerdan a Borges:


"Achab es Achab para siempre. Esta escena está escrita, es inmutable. Tú y
yo la hemos ensayado un millón de años antes de que se extendiera este océano."

La conciencia trágica que tiene Achab de sí mismo nos recuerda la lucidez
de los dramaturgos griegos. Achab conoce la desdicha de su odio vengativo pero su
conciencia abarca todo lo imaginable.

"¿Se me niega el último orgullo del capitán naufrago más despreciable?
¡Ahora siento que  mi mayor grandeza está
en mi mayor dolor! ¡Acudid desde los confines más remotos, olas audaces de toda
mi vida pasada! ¡Formad la ola inmensa y única de mi muerte!


Para los que leyeron la novela y vieron a muy temprana edad la versión
cinematográfica que John Huston y Ray Bradbury hicieron de Moby Dick, y
recuerdan las alegorías que se han ido haciendo sobre la ballena y Leviatán, como
si el memorioso cetáceo fuera una alegoría del Mal, coincidirán en reconocer que
el verdadero motivo de espanto a lo largo de la travesía es el rencor del capitán
Achab.

Es probable que el lector, en la medida en que hace suyo el largo monólogo
de Ismael, quiera saber todavía más y vaya descubriendo el misterio de una
antigua sospecha. 

Conrad desvela claramente en su relato lo que Melville tan
solo insinúa en el suyo: nosotros somos el origen del horror.


El único protagonista de la novela al que no se oye hablar ni una sola vez
a lo largo del relato es la ballena. Tan solo es una presencia poderosa
alentada por una fuerza indestructible.

Pero otra novela, la de Mary Shelley, la autora del mito del doctor Frankestein,
nos proporciona la voz que Melville no quiso darle a Moby Dick. El cadáver
resucitado y apañado por Frankestein dice:

"¿Por qué he de respetar yo a quién no me respeta? Haz que el hombre en vez
de odiarme, me acepte e intercambie conmigo sus bondades, y verás que en lugar
del mal puedo atraer sobre él toda clase de beneficios y bendiciones. Pero sé
muy bien que esto no puede realizarse, porque los sentimientos que animan al
hombre son un muro invencible para nuestra unión".


Para saber cómo nos han influido las obras maestras debo sumergirme en los viejos
recuerdos y reconstruir las huellas dejadas por Moby Dick en mi mente infantil
y esto es lo que encuentro.

1.      Una desconfianza sarcástica hacia la Autoridad. (Sobre todo si
la autoridad nos gobierna con sus obsesiones enfermizas). Es una mezcla de risa
y desdén la que me inspiran las órdenes dadas en el puente de mando: "por ahí
resopla, no, no, por ahí no... ¡más oro para el primero que la vea!"

2.    Una aguda intolerancia hacia los traidores de la amistad. Teniendo en
cuenta que todos nos estamos jugando la vida, la amistad vale tanto en tierra firme como  a bordo de un bote sacudido por un cetáceo.


3.     Una irritada misantropía que nace al recordar la fiel obediencia de los marineros y arponeros obcecadamente dispuestos a morir a cambio del oro que les prometen desde el puente de mando.

4.    Una duradera simpatía por los salvajes (todos los viajes que he hecho por América, Africa y Asia, los emprendí en busca de Queequeq). Recuerden lo que dice Ismael: "la verdad es que estos salvajes tienen un sentido innato de la delicadeza, dígase lo que se quiera de ellos; es maravilloso hasta qué punto son esencialmente corteses". En este apartado se incluyen los caníbales.

5.     Una secreta complicidad con los animales. Sobre todo con
los perseguidos y vejados.


6.    Un desdén mal disimulado por los cazadores. Los asocio en
mi mente infantil con los gobernantes. Gobernantes y cazadores conservan en mi
mente infantil el mismo aspecto.

7.     Una comprensión intuitiva: sólo odian los que no se soportan.

 

Bueno esto es lo que hay en mi mente infantil. En la mente del niño que leyó Moby Dick.

 

[Publicado el 11/10/2013 a las 22:36]

[Etiquetas: Melville, Conrad, ]

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¿Qué hacemos -en Formentor- con las obras maestras?

De Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare,Balzac, Dostoievski, Whitman, Borges, Camus, Bulgakov...

 Las obras maestras han contribuido durante siglos a moldear el lenguaje y criterio estético de nuestras sociedades y han sido un modelo en la educación de las generaciones que nos han precedido. La lectura, memorización y comentario de estas obras consolidan el conocimiento y sostienen una escuela de elegancia intelectual. Pero esta influencia cultural puede desaparecer el día en que los jóvenes lectores dejen de frecuentar su autoridad.

Las obras maestras inspiran el diálogo íntimo de cada escritor con los autores que conforman la historia de la literatura. En las Conversaciones de Formentor 2013 los escritores invitados comentarán las obras que han elegido como modelo de su propia imaginación literaria y compartirán con el público los hallazgos escondidos en cada una de sus predilectas obras maestras.

 

[Publicado el 03/9/2013 a las 18:39]

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Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

Obras asociadas

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