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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 16 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

El Caín de Saramago

  Querido José:

He leído la larga entrevista que te hacen en La Vanguardia de Barcelona publicada junto a una crónica de la polémica "desatada" en Portugal por tu nueva novela. El periodista, como no podría ser de otro modo, utiliza la palabra "escándalo" para contar las reacciones políticas y eclesiásticas a la publicación de Caín. Supongo que habrá lectores inclinados a lamentar esta nueva manifestación de intolerancia pero yo querría detenerme a celebrar las airadas controversias que excita tu libro. ¿Acaso no es una prueba del poder que todavía tiene la literatura? La susceptibilidad de los custodios de La Biblia -los mismos que durante siglos prohibieron su lectura- nos demuestra que jamás la han leído. Si la hubieran leído, meditado y comprendido, se habrían visto sorprendidos por una creciente y desconcertante sospecha: los redactores de la Biblia no estuvieron tan ajenos como parece al espíritu de José Saramago. Tu Caín, José, contribuye a descubrir el valor de un texto milenario: el autor bíblico que nos relata el comportamiento de la divinidad es un hombre escandalizado. Lo que cuentas de Abraham y Sodoma, por ejemplo. ¿Acaso no es la Biblia la que nos permite conocer un episodio que conmueve nuestra Humanidad y asienta el alcance moral de nuestras dudas? La Biblia es el resultado de una impresionante paradoja: testifica cómo brota, crece y se expande la conciencia del hombre ante un Dios incomprensible. Y sin embargo, esta voz del hombre consternado -intrigado, seducido, convencido y repudiado- se convierte en un libro sagrado. Un libro venerado por una iglesia tan ignorante como mojigata. De hecho, su preocupación ha sido siempre la misma: impedir que el hombre comprenda la Biblia, impedir que el hombre se comprenda a sí mismo. De ahí su enfado con tu libro.

[Publicado el 22/10/2009 a las 16:49]

[Etiquetas: José Saramago, Biblia, Iglesia]

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Exordio a lo que no se ve

Reproduzco el discurso pronunciado en Formentor con la intención de dar a los no asistentes algunas pistas sobre lo que allí sucedió, por poco visible que pareciera a los sí asistentes.

"Antes de inaugurar estas conversaciones literarias -y no podía elegirse título más modesto para una reunión como la nuestra- dediquemos un breve recuerdo a los episodios anteriores.

Primero al visionario Adan Diel, que levantó este hotel con tantos ladrillos como ideas.

Luego, al Conde de Keyserling, que presidió un cónclave para convocar a la sabiduría.

Luego, Tomeu Buadas, Carlos Barral y Camilo José Cela, responsables del encuentro celebrado en este lugar hace cincuenta años.

Y ahora, con nuestro anfitrión Simón Pedro Barceló, los aquí presentes, dando continuidad a esta historia de fragmentos, esbozos más bien, pero enlazada por un curioso cordón umbilical.

Supongo que será inevitable conmemorar estos cincuenta años con ciertos aires de nostalgia. Pero hay que decir que de este ejercicio de melancolía no siempre se sale bien parado. La confrontación con el tiempo que no vivimos o con el hombre que fuimos puede resultar una pesada carga. A veces, porque el contraste nos somete a los espejismos propios del tiempo. ¿Quién podrá compararse con los monstruos del pasado, con su majestuosa ausencia, amplificada por la envergadura de una obra sacramentada ya por sus lectores? ¿Y quién podrá siquiera compararse consigo mismo, con el que fue entonces, esa extraña invención bautizada con nuestro mismo nombre?

Celebramos los cincuenta años de aquella reunión de escritores y editores en Formentor y para hacerlo, como decíamos, sin excesos nostálgicos, hagamos una última pregunta:

¿Se creía entonces en el presente tanto como hoy se cree en el pasado?

Consideremos

La memoria cultural, que todo lo embellece.

La evocación épica, que todo lo corrige.

La ausencia de los que quisimos, que todo lo magnifica.

Las Conversaciones de Formentor serán hoy mucho más modestas de lo que fueron entonces. Y no porque hayamos perdido algo de ese atrevimiento, sino por el principio de relatividad e incertidumbre que desde la física ha impregnado todos los ámbitos de la actividad humana. ¿A quién se le ocurriría hoy usar el prestigio la Sabiduría para convocarse junto a sus colegas? ¿A quién se le ocurriría anunciar el juicio final de la literatura o su definitiva redención?

No, no podemos imitar la autoridad de nuestros antepasados.

Por lo tanto, y aceptando las tendencias que impone el paso del tiempo a la cultura, avisados de la corriente que confunde al mundo con su incertidumbre, sabedores de cómo son precisamente nuestros conocimientos los que nos impiden creer en nosotros con la misma ingenuidad de nuestros antecesores, nos conformamos. Nos conformamos con unas conversaciones literarias que no quieren ir más allá de lo que constata su propio enunciado. Hombres y mujeres hablando de lo que les interesa.

Y lo que nos interesa es la literatura.

Pero antes de iniciar una conversación que adivinamos tan prolífica como presumida, hace falta admitir que si bien carecemos de las presunciones del pasado, no por ello hemos renunciado a nuestras propias pretensiones.

Las conversaciones mantienen un tenso vínculo con las perturbaciones culturales de nuestra época.

La educación, en su doble acepción, el de la enseñanza de los jóvenes y la de los buenos modales, con su progresivo deterioro, nos tiene alarmados.

La responsabilidad moral de los intelectuales, a veces complacidos, a veces anestesiados. Eso también nos alarma.

La débil influencia del pensamiento crítico, la tradición de los librepensadores europeos, de tan difícil ubicación en el mapa geoestratégico de las doctrinas ibéricas. Eso también nos preocupa.

Por lo tanto, las conversaciones literarias de Formentor se convocan con una conciencia modesta pero no tanto. En realidad, establece un estado de la cuestión y se propone contribuir a las exigencias de la alta cultura. Divulgar la pasión de la lectura, como recurso de urgencia contra la satisfecha banalidad de nuestra época. Subrayar la responsabilidad de los intelectuales en la reflexión moral que da forma al mundo. Y ensayar estos ejercicios regionales de pensamiento crítico (que no tiene porque ser mordaz o sarcástico).

En este paisaje, en esta geografía, alterada por nuestra conciencia y por nuestra modesta ambición, tendrán lugar unas conversaciones dedicadas a moldear interrogaciones de muy diverso signo.

Los dilemas que nos hemos acostumbrado a manejar sin inclinarnos nunca por una respuesta definitiva.

La literatura como enfermedad o la literatura como medicina.

La literatura como realidad o como universal de la imaginación.

La literatura como experiencia o la literatura como invención.

La literatura como tradición o como vanguardia.

La literatura como entretenimiento o como conocimiento.

Literatura hermética o literatura didáctica.

Literatura como estética o como apresurado aliento brutal.

La literatura como derecho del espíritu, de la razón o del estómago.

Literatura de élite o literatura popular.

La literatura del autor o la literatura del redactor.

¿Serán verdaderos o falsos estos dilemas?

Ya lo veremos.

Nos reúne en Formentor una doble condición: la pretensión de atrapar el pasado que se fue, que se fue más allá de todo límite, y la voluntad de ser, de ser lo que se debe ser, en este momento y en este lugar, sin reticencia alguna.

Escritores, profesores, editores y lectores:

Sed bienvenidos a Formentor".

 

Viernes, 25 de septiembre de 2009

 

[Publicado el 01/10/2009 a las 12:01]

[Etiquetas: Formentor, Carlos Barral, Camilo José Cela, Conde de Keyserling]

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La farsa sacramental del toro de la Vega

Agarrando con fuerza el mástil de la lanza castellana, el mozo más aguerrido la clava en el costado del toro. Brota el primer chorro de sangre y mientras el animal embiste a los que tiene por delante los de atrás hincan en su cuerpo unas largas y afiladas hojas de acero. El toro busca entre la polvareda que levantan los caballos un lugar por dónde escapar, pero el cerco se ha cerrado y desangrándose agoniza ante el envalentonado griterío de los lanceros. Quien en este momento consiga darle "la más certera, valiosa y grave lanzada", aquel que vaya a ser considerado autor de la muerte del toro de la Vega podrá embadurnarse con su sangre, cortar sus testículos y enarbolarlos en la punta de su lanza, pasear por las calles de Tordesillas y ser aclamado como vencedor del torneo.

Entre el honor y la brutalidad, los lanceros llevan a cuestas el insufrible rubor que los oprime

Los que ven en este festejo un espectáculo denigrante reclaman al Estado que prohíba de una vez la ofensiva brutalidad popular. Por su parte, las autoridades municipales y autonómicas, respaldadas por el fervor vecinal, protegen una costumbre que refleja su manera de ser, define su identidad y establece los lindes de su soberanía.

La disputa confronta argumentos no del todo desconocidos: los partidarios de la tradición remontan su legitimidad hasta los ancestros fundadores del primer sacrificio y se amparan en su prestigio para imitar la ceremonia original; los adversarios, sin más respaldo que su discernimiento moral, reclaman el derecho del sentido común a cancelar una herencia indeseable. Unos y otros se tratan con franca hostilidad: para los vecinos, los adversarios de la fiesta son foráneos entrometidos; para los ecologistas, los lanceros son unos indígenas despiadados.

Los defensores de los derechos de los animales perciben con agudeza el sufrimiento del toro y una resuelta ternura cultural les lleva a rechazar la humillación a la que es sometido. Cada año se preguntan con la misma perplejidad cómo se puede carecer del más elemental sentido de la compasión y perseguir al toro profiriendo espeluznantes aullidos de ferocidad.

Sin embargo, cuando consideren detenidamente el fenómeno de Tordesillas les sorprenderá descubrir que, en realidad, a estas cofradías taurófagas les resulta insoportable cargar con el peso de la tradición. El indecible gozo de martirizar al toro les procura un placer duradero, pero al mismo tiempo la matanza les produce un inquietante resquemor.

El reglamento de las cofradías expresa, con una nitidez asombrosa, la repugnancia que sienten sus miembros al ejecutar el sacrificio del toro y el gran empeño puesto en desvirtuar el verdadero sentido de los ritos que practican. La normativa de la "sabia y heroica" Orden del Toro de la Vega, después de solemnes preámbulos, exige "que se trate al toro con dignidad y honor y que nadie ose tratarlo mal, ni vivo ni muerto, ni de palabra ni de obra".

La ordenanza declara que el respeto de los lanceros por el toro pertenece al modo caballeresco del ser castellano, que el torneo examina el estado anímico y físico de los vecinos, que el rito resume el modo de pensar de un pueblo y que es de "grandísima" utilidad a todos y cada uno; y advierte que nadie debe osar acudir al torneo en mal estado de ánima, que el torneante se mostrará muy cortés, evitando las malas formas y comportándose con humildad.

He aquí el testimonio de una extraña ceremonia de expiación. Pues tan intensa negación de la vívida verdad de los hechos cometidos supone forzosamente tener una clara conciencia de su significado. Nadie trata con dignidad al toro que está martirizando. La contradicción es insalvable. Para perseguirlo, asustarlo, acosarlo, alancearlo, desangrarlo y darle la última puñalada hace falta un furor inconciliable con la humildad.

Pero las ordenanzas de la Orden del Toro de la Vega no pretenden embellecer un festejo incompatible con las virtudes morales ni encubrir con una retórica medievalizante el sudor de las camisetas manchadas de sangre. Las ordenanzas no son un embuste escrito para enmascarar la verdad sino, justamente, el medio elegido para confesarla. Al enumerar los principios que nadie puede cumplir, al prohibir la vejación del toro, la Orden admite lo que no puede poner por escrito: lo que fatalmente ocurrirá.

El texto desvela una rara especie de farsa sacramental: conscientes de la violencia que los posee, las gentes de Tordesillas hacen de su modesta hecatombe una bufonada sangrienta. El ampuloso respeto al toro, pregonado antes de iniciar la persecución, les sirve de catarsis cómica. ¿Cabe imaginar una negación de sí mismo más risible?

Sin embargo, los feroces cazadores de toros no son tanto los prisioneros del perturbado imaginario de la violencia como las víctimas de una íntima y secreta vergüenza. Incapaces de abolir la tradición que les impone la violencia, sometidos al torturado dilema entre honor y brutalidad, los lanceros de Tordesillas llevan a cuestas el insufrible rubor que los oprime.

 

[Publicado el 28/9/2009 a las 13:15]

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Preámbulo a Formentor

 

Una dolida ingenuidad, de larga tradición entre nosotros, se muestra siempre dispuesta a dar por buenos los dilemas del pensamiento útil. Así, cuando se quiere afrontar el estado de la literatura se golpea con fuerza el yunque de las proposiciones disyuntivas. La literatura como enfermedad o la literatura como medicina. La literatura como realidad o como universal antropológico de la imaginación. La literatura como experiencia o la literatura como invención. La literatura como tradición o como vanguardia. La literatura como entretenimiento o como conocimiento. La literatura hermética o la literatura didáctica. La literatura como ensoñación estética o como aliento brutal. La literatura como voz del espíritu, de la razón o del estómago. Literatura de la élite o literatura popular. Literatura de autor o literatura de redactor.

¿Qué habrá de cierto en estos dilemas?

Prosigamos, sin fatiga. ¿Esto o aquello? O, quizá y justamente, todo al mismo tiempo.

La novela de la novela: pantagruélica digestión de todos los mundos que hay en éste.

 

[Publicado el 22/9/2009 a las 19:16]

[Etiquetas: Literatura, Formentor]

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Como si nada hubiera pasado

Leyendo los recuerdos que hilvanaba Barral a cuento de los días pasados en Formentor es difícil no verse envuelto por la melancolía en la que siempre supo ser un consumado maestro. Pues ya no importaba, cuando escribía Años sin excusa, si había pasado mucho o poco tiempo por encima de los amigos que la edad dispersaba o perdía de vista, sino la perecedera naturaleza de aquel memorable episodio literario.

Las cosas, entonces, se cometían: conspiraciones literarias, rivalidades larvadas en el regazo de la amistad, amoríos impertinentes. Desde las vehementes y geniales declamaciones pronunciadas a favor o en contra de una obra literaria decisiva, hasta la trágica humillación infligida por funcionarios policiales, las risas y los llantos que todavía hoy contagian a un lector conmovido, germinaban y se agostaban en una única jornada de esplendor. Como si los actores de nuestra literatura convocados en Formentor se conformaran ensayando una obra de teatro a cuyo estreno no podrían asistir.

Nunca más tendría lugar un encuentro como el iniciado por los poetas y escritores españoles en 1959 y fisgando las fotos en blanco y negro hechas en aquellos días de primavera, vemos en los rostros la grave atención que se prestaban los unos a los otros o el gesto de alegría ante unos cuerpos sazonados en la orilla del mar, cuando lo usual sería verlos en sus respectivas armaduras de rango, posición y prestigio, pero también se distingue en las miradas el brillo de una sutilísima impaciencia, una intranquilidad que ayudaba a consumar lo que no podía durar demasiado.

¿Qué puede significar la memoria de Formentor cincuenta años después? Conmemoramos la forja de una disidencia literaria, la ruptura estética y moral con la mediocridad de un Régimen agotado (por mucho que luego fuera a languidecer). Pero sobre todo nos hemos propuesto recuperar la cita de Formentor y prolongar la conversación de aquellos editores, escritores y poetas como si nada hubiera pasado: ni siquiera el tiempo.

(A finales de septiembre nos veremos en Formentor con José Saramago, Juan Goytisolo, Félix de Azúa, Josep Ramoneda, Javier Fernández de Castro  y numerosos amigos impacientes...)

[Publicado el 07/9/2009 a las 17:44]

[Etiquetas: Formentor, José Saramago, Juan Goytisolo, Félix de Azúa]

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La urgencia de lo Real

 

Sin más demora debo pedir disculpas a los lectores amables o displicentes de este blog por haber postergado la cita a la que me había comprometido. Tareas que a veces me parecen descomunales me han tenido alejado de este espacio de reflexión al que sin dudar dedicaría el grueso de mis energías. No conozco otro lugar mejor para forjar la conciencia del presente. La inmediatez del blog -el golpe de una comprensión súbita, inmediatamente leída y replicada- conforma este inconmensurable éter de discursos y relatos contemporáneos colgados en la red. Cuando elijo al azar alguno de los textos almacenados en nuestro archivo y compruebo la imposibilidad de recordar en qué estado de ánimo fueron escritos, confirmo lo que en verdad queda de este ejercicio de confrontación: el juicio sobre lo que cada día se hace más urgente. Hay que evitar la reverencia impuesta por siglos de autoridad -y la inevitable impertinencia que esta excita entre los que se consideran ofendidos- para instalarse en la exigente fluidez de la conversación universal estrenada por el blog: ideas y argumentos circulan para perfeccionar las estructuras y relaciones del pensamiento libre. Algunos cacarean desde su blog lo evidente, dando placer a los ociosos que se complacen recibiendo elogios encubiertos (ese lector llamado "fiel" que sólo atiende al escritor que confirma sus lugares comunes y consuela sus heridas comunes); otros, imitan desde su blog la grandilocuencia de una cultura que ya no existe; muchísimos procuran entretenimiento o información útil a los mil menesteres de la existencia. Lo mejor de la blogosfera, sin embargo, son aquellos que pensando, como suele decirse, en voz alta disciernen y enseñan a formular la gran pregunta: y esto ¿qué significa? Todavía no podemos calibrar la envergadura histórica de una construcción en absoluto virtual: al contrario, una incalculable legión de pensadores ejerce a diario un deber tangible: comprender el significado de lo Real.

[Publicado el 29/7/2009 a las 01:39]

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Contra el espejismo

 

Apunte urgente para un nuevo tratado de historia y antropología: en lugar de considerar el presente como la conclusión del pasado, modificar la perspectiva lineal que domina el relato historiográfico y concebir un modelo de desarrollo en espiral.

Los acontecimientos no se extinguen para dar paso a sus consecuencias ni los efectos son la eclosión renovadora del pasado, tan solo reproducen un formato institucional fundado al principio de los tiempos.

Definir el caso español y obtener las pruebas que confirman la continuidad de los episodios institucionales de la nación: reinados godos, taifas musulmanas, reinos feudales y autonomías. La fuerza de esta pregnancia histórica, que ata al país a una espiral ciega, no puede ser impugnada por la fuerza de la voluntad.

En España no puede existir la Política, tan solo la identidad.

Deshacer con estas notas el espejismo que entusiasma a los ciudadanos y a su clase política

[Publicado el 20/7/2009 a las 14:29]

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El misterio bufo

 

En los jardines de Sabatini el actor italiano parece uno de aquellos bufones contratados por la Corte para matar el aburrimiento de los cortesanos. Es un prodigio de locuacidad desbordada y no deja de zaherir a los mandatarios de nuestro tiempo. Unos gerifaltes que, curiosamente, no soportan  el atrevimiento de los cómicos.

Cuando vemos a Berlusconi arrugar el ceño y blasfemar contra los actores que ridiculizan sus modos de galán napolitano, nos extraña la mutación que los ha hecho tan susceptibles. A diferencia del monarca dueño de tierras y hombres, que se rodeaba de cáusticos y burlones personajes, los actuales poderosos de la tierra exigen respeto. ¡Ese protocolo! No dejan de hacer el payaso, por otro lado, pero reclaman ser tratados con veneración.

Roberto Benigni dedica la primera parte de su espectáculo a las orgías sexuales que consuma Berlusconi y hace reír a un auditorio que no siempre capta los giros de la sutil lengua italiana. Cuando interrumpe la festiva e insidiosa difamación -un consuelo espiritual para los escandalizados- su número teatral cambia de registro y del sarcasmo denigrante pasa al admirable legado de la alta cultura italiana, acentuando con su voz temblorosa la grave y monumental grandeza del gran Dante. El contraste sentencia la verdadera intención de la obra: la actualidad manoseada por mediocres individuos se arruga ante el sublime don de la palabra.

El patetismo veraz del actor es una intensa evocación emocional, consternada por la belleza y majestuosa profundidad de unos versos escritos y recitados como visiones creadoras de hombres y revelaciones sobre la geografía del alma. El entusiasmo de Benigni por el Dante es un homenaje conmovedor. Sus comentarios escénicos al Canto V del Infierno -amor, sexo y lujuria- edifican una interpretación tan profunda como la de Auerbach y nos llevan hacia la verdad del misterio bufo.

[Publicado el 07/7/2009 a las 19:27]

[Etiquetas: Roberto Benigni, Dante, Erich Auerbach]

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Siempre nos quedará Toulouse

 

Grandes lienzos decoran la primera planta del palacio municipal con escenas históricas y costumbristas entumecidas por el paso del tiempo. Las escaleras que un día ascendieron mandatarios presuntuosos, hoy las suben algunos curiosos despistados. Contemplan el antiguo salón de baile como si fuera el decorado de una vieja película y se miran de reojo en los descomunales espejos temiendo dejar en ellos una huella demasiado clara de su figura. Sin muebles ni boato, los altos techos y las volutas ornamentales que se rizan sobre nuestra cabeza resaltan la nimiedad del visitante, como si fuera un intruso consentido por el repentino desfallecimiento de la Historia. Aún así, le pregunta a la amable muchacha encargada de vigilar el Capitol: ¿dónde está Jean Jaurés? Ahí mismo, responde sin dejar de sonreír, en el Paseo de los Soñadores, el que lleva gabardina y canotier. El visitante retrocede para abarcar de un lado a otro el gran mural: en la orilla del Garona se levanta la fachada neoclásica de la Escuela de Bellas Artes, el poderoso contrafuerte que previene las crecidas del río y la frondosa arboleda. A este lado, junto al apacible discurrir de las aguas, pasean concentrados en sus pensamientos algunos ciudadanos ilustres de la ciudad, librepensadores ensimismados, alimentando con el susurro de una conversación siempre inquisitiva la fortaleza de su discurso político. Entre ellos, Jean Jaurés, el socialista que injertó en la República Francesa el nervio de su modernidad: la ley de laicidad que separó definitivamente a la Iglesia del Estado y convirtió al país vecino en esa república de maestros que tanto hemos admirado.

Las extrañas simetrías que impone el tiempo han querido que la misma orilla del río sea desde el pasado sábado el Quai de l'exil republicain espagnol. En la evocadora resonancia mucho tienen que ver los concejales socialistas de Toulousse, algunos de ellos hijos de los republicanos españoles que con su alcalde Pierre Cohen a la cabeza recuerdan lo que el descuido podría condenar a una penoso olvido: 1. la hospitalidad de la villa tolosana convirtió en ciudadanos a los perseguidos españoles (¡casi un 10% de su población); 2. Los republicanos vivieron el largo exilio como un refugio temporal, no como una derrota.

Se lo digo a Domingo García Cañedo, director del Instituto Cervantes, mientras almorzamos en casa de nuestros comunes amigos tolosanos, Catherine y Jöel, a la derrotada España sí le convendría examinar la dignidad moral con que puede sostenerse un legado existencial durante 70 años para calibrar la magnitud de lo perdido en el interior del país. Es cierto, que el sistema parlamentario restaurado en la España de los 70 supone una cierta retribución a la generación de nuestros padres y abuelos, pero la adocenada y destartalada cultura política de una ciudadanía entregada al jolgorio del consumo... ¿qué tiene eso que ver con la tradición de la enseñanza pública republicana?

En la fiesta que se celebra en el Quai de l'exile republicain espagnol, después de los vibrantes discursos (Alfonso Guerra recuerda a los anarquistas, socialistas y comunistas españoles que encontraron cobijo en Toulouse pero que ganaron su ciudadanía a pulso como miembros activísimos de la Resistencia) tengo ocasión de escuchar por primera vez en directo a Vicente Pradal, compositor y cantante, a su hijo Rafael, pianista virtuoso que recuerda con su ejecución las evocadoras digresiones musicales de Keith Jarret y de Chano Domínguez, y la conmovedora voz de su hija Paloma. Un prodigio sinfónico que surge de la reinvención del flamenco exento al fin de esa desgarradora queja implorante del drama español.

Podrá rastrearse la estela de los artistas españoles criados en Francia en la elegante bailora Fany Fuster, elaborada síntesis (como me dice la madre de Vicente Pradal, Claire, la viuda del pintor Carlos Pradal) de técnica tradicional, humor y creatividad.

Más tarde recordaré que al elegir Toulouse, las columnas de los perseguidos españoles seguían el rastro de un ilustre predecesor: Francisco Sánchez (1551-1623) judío español, médico y filósofo que, huyendo de la insaciable Inquisición española, desarrolló en su elocuente obra una de las más certeras y subversivas corrientes del pensamiento filosófico, el escepticismo que constituiría uno de los pilares reflexivos de la Modernidad. Francisco Sánchez enseñó en la misma Universidad de Medicina de Toulouse donde poco antes estuvo otro español, Miguel Servet.

Siempre nos quedará Toulouse.

[Publicado el 05/7/2009 a las 13:05]

[Etiquetas: Vicente Pradal, Francisco Sánchez, Miguel Servet, Toulouse]

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In memoriam

 

Baltasar Porcel ha muerto a causa de un tumor cerebral y nadie podrá ponerse en su lugar. La voluptuosidad narrativa que alimenta su obra completa es inimitable y eso basta para sancionarlo como una pieza única en nuestra memoria literaria. Leo en La Vanguardia el amplio despliegue dedicado al autor de Solnegre, Cavalls cap a la fosca, El cor del senglar y no sin melancolía advierto cuánta unanimidad concita la muerte y cuánta generosidad convoca el deceso de los que se van para siempre. Miquel de Palol (El Mundo) cuenta en su necrológica lo que le dijo Porcel: "escribe sobre mí, aunque sea para ponerme verde". La anécdota revela el cainismo de la sociedad literaria catalana: una versión acerada de la tradición española. No por exceso de ferocidad sino por dictado demográfico: las comunidades pequeñas (la catalana y la mallorquina) elaboran con más dilecta destreza el arte de silenciar a los rivales. Contra esta beatería Porcel golpeó con saña: fue un individualista, un egotista, un provocador dotado, además, de un singular instinto de poder. Con la rara habilidad de granjearse enemistades eternas. La más notable, la de Juan Marsé, no es la única. Pero nada podía herir a este nietzscheano mallorquín cuando embestía con su pantagruélica voracidad periodística, literaria, política. Le fascinaba la figura del coloso en combate contra la naturaleza hostil. Y nunca creyó que la cultura hubiera apaciguado entre los hombres el fervoroso afán de dominar a los demás. En su biblioteca de San Cugat colgaba un único retrato: el de Bakunin. Aunque no creo que le interesara tanto la doctrina del aristócrata anarquista como la vocación aventurera del hombre único, osado y dispuesto a todo.

Ahora recupero una escena fugaz: estamos juntos en algún lugar cerca de la plaza de Sant Jaume, en Barcelona, en un centro cultural, en 1975, Baltasar cuelga el teléfono y me dice que le han dado el Premio Prudenci Bertrana por Cavalls cap a la fosca. Me lo cuenta con una leve sonrisa dibujada bajo su perfilada barba de perilla. En sus ojos brilla la satisfacción y al mismo tiempo la certeza de una tramposa banalidad: como si en aquél momento hubiera percibido un fugaz destello del destino y se descubriera condenado a conquistar el siguiente galardón literario. Ya no quedaba otra opción: o ganar indefinidamente o hundirse en el olvido. Este vértigo no lo abandonó jamás.

[Publicado el 02/7/2009 a las 12:07]

[Etiquetas: Baltasar Porcel]

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Foto autor

Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

Obras asociadas

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