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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de diciembre de 2018

 Blog de Basilio Baltasar

Dietario de un cinico 5

Martes

Habrá que hacer a los líderes políticos otra concesión: nunca ocultan lo que piensan, siempre dicen la verdad. Nos conviene sostener la quimera de un gobernante incapaz de tergiversar su pensamiento. Por ejemplo: cuando les veamos negar con vehemencia lo que han hecho o prometer solemnemente lo que nunca harán, debemos eximirles de cualquier sospecha e imputar su distorsión moral al dogma de los nuevos tiempos. En la sociedad de la información la lógica de lo incierto sustituye al sentido común. Heisenberg finalmente triunfante sobre Aristóteles. A causa de la velocidad cibernética, los desmentidos preceden al error y los asuntos pierden su encanto en medio de una revuelta cognitiva: los acontecimientos podrán ser y no ser al mismo tiempo. En este enloquecido paradigma sólo un ciudadano obsoleto, voluntariamente recluido en la nostalgia, pedirá certeza allí en donde apenas habrá una retorcida ambigüedad.

[Publicado el 20/3/2016 a las 13:42]

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Dietario de un cínico 4

Viernes

Hace años, en Irlanda, en un bed and breakfast, al pedir el desayuno, me sirvieron unos granos de café flotando en agua caliente. Debajo de la jarra, en una baldosa, estaba escrita esta leyenda: “No te rías de los que no saben hacer café. Algún día también tú serás viejo”. Por extraño que parezca, eso fue lo que ocurrió. Lo recuerdo ahora leyendo el Diario del anciano averiado, de Salvador Paniker. Tomo nota de lo que dice: “Tengo setenta y cuatro años y me da vueltas la cabeza, pero todavía voy a las fiestas y todavía copulo con mi hembrita”. (He tenido que leer varias veces la cita para comprender el pánico con que el autor va hablando del  “problema de la ancianidad”).

[Publicado el 18/3/2016 a las 18:28]

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Dietario de un cínico / 3

Miércoles.

A comienzos de la era cristiana el individuo de la sociedad mediterránea medraba en una trama jerárquica de patrocinio y clientela. A cambio de dar o recibir protección, rendía tributo al de arriba y cobraba al de abajo. Este intenso tráfico de dádivas amenizaba el comercio social y dejaba fuera de juego a los que no tenían a nadie a quién exigir obediencia: las mujeres y los niños. Eran el nimio estamento de una pirámide sin escrúpulos. Esos a los que se podía zurrar sin riesgo de que te devolvieran el golpe. Cerca de ellos, en los márgenes del sistema, merodeaban los leprosos, muy parecidos a nuestros bohemios, mendigos que preferían no deber nada a nadie y que con su mal genio pedigüeño atosigaban a los vecinos. Los pordioseros eran los únicos que recibían sin dar nada a cambio. Fue entonces cuando la caridad se reveló como un sarcasmo subversivo.

[Publicado el 10/3/2016 a las 18:36]

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Dietario de un cínico / 2

 

Algunos se preguntarán por qué se celebra en Mallorca el juicio del siglo...

En los siglos XVI y XVII los bandoleros mallorquines campaban a sus anchas como mercenarios al servicio del clero y de la nobleza. Sus miembros se contaban por centenares. Los enfrentamientos eran brutales y las masacres, el pan nuestro de cada día. Pueblos y posesiones rurales se amurallaban no para defenderse del moro, como suele decirse, sino para protegerse de los belicosos y feroces vecinos. Asesinatos por encargo, venganzas, saqueos, sabotajes, secuestros, violaciones y amputaciones agitaban a una sociedad amedrentada por la rabia y la furia. Para evitar la persecución de la Justicia impartida en nombre del Rey, los bandoleros buscaban refugio en la Catedral. Allí se instalaban con sus pertenencias hasta que conseguían un navío en el que huir de la isla. En el tejado del templo, en sus bóvedas y en el campanario alquilaban o compraban habitaciones para estar a salvo de los alguaciles o de los sanguinarios adversarios.

Leyendo el estudio del historiador mallorquín Jaume Serra uno comprende mejor a los secuaces que han saqueado las arcas públicas de la isla. Desde su singular perspectiva histórica, sus delitos son en realidad un homenaje a la tradición, a lo que hoy se considera "la sagrada identidad de los pueblos". Por todo ello, mientras en los juzgados se enumeran sus fechorías, en los exquisitos cenáculos mallorquines se dictan otro tipo de sentencias. Los próceres hablan de los políticos procesados como si fueran las víctimas de un exceso de celo y reprochan a jueces, fiscales y guardia civiles su injerencia en los asuntos internos de la sociedad isleña. En este gabinete de alta alcurnia se fraguan subterráneas corrientes de opinión y se actualiza la vieja convicción de la nobleza mallorquina: "tenemos derecho a comandar nuestras propias bandas de forajidos".

[Publicado el 08/3/2016 a las 18:40]

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Dietario de un cínico / 1

 

Lunes.

En la conversación que mantuvo con Gina Lollobrigida, en Nueva York, en 1963, Robert Graves reconoce sentirse consternado por las estudiantes que acuden a oír sus conferencias. “Ver a todas esas bellísimas jóvenes, inteligentes, amables, tan bien cuidadas, con sus medias brillantes, junto a unos acompañantes sucios y desaliñados, que hablan únicamente de béisbol. ¡Y cuando pienso que todas esas muchachas tan lindas tienen que escoger entre esa gente a sus maridos!”.  

Redactaré la proclama de una campaña feminista: Mujeres del mundo entero, por favor, no seáis hombres. En lugar de imitar sus hábitos, descartadlos. En vez de adoptar sus poses, ridiculizadlas. A cambio de compartir sus logros mundanos, despreciadlos. Sólo de este modo os librareis de ellos.

No estaría mal un spot o un video clip en el que la misma Gina, alentada por el viejo poeta inglés, recitara con elocuencia dramática, y gran pasión escénica, esta declaración. Aunque me temo que mi ocurrencia haya llegado tarde. Las cuotas femeninas que se negocian en las altas instancias financieras y gubernamentales demuestran que el modelo de macho alfa les ha contagiado su inconfundible estilo de primate irritado.

[Publicado el 05/3/2016 a las 18:05]

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Un café con Antonio Socias

A mediados de los años setenta nos impresionaba la solemnidad con que las bellas artes hablaban de sí mismas pero gracias a algún don misteriosamente recibido supimos esbozar a tiempo una irónica sonrisa de desconfianza. No es que despreciáramos el mérito de los viejos maestros pero en su retórica –y en sus entusiastas imitadores- reconocíamos una sospechosa impostura. No pasó mucho tiempo antes de verles tratar con enojo nuestra precoz filiación cínica. Por más que nos correspondiera el turno de ponerlos en cuestión, no les pasaba por la cabeza la idea de consentir nuestra insolente manera de ver el mundo. Un desmesurado afán de respetabilidad les llevaba a imaginarse como el recambio de los viejos carcamales del siglo y fue esta pretensión la que alentó nuestra sardónica displicencia. Ahora, con la lección del tiempo aprendida, comprendo la dificultad que entraña enseñar a unos discípulos tan alegres como descreídos. Qué le vamos a hacer. La credulidad no fue una de nuestras cualidades. El misterioso don, lo supimos luego, se remonta a una de las corrientes filosóficas más subversivas que han atravesado la historia de la cultura. Fuimos escépticos con irritante intensidad y este espíritu nos procuró una excelente educación sentimental. Nuestra negativa a compartir la ingenuidad contemporánea nos hizo inmunes a las doctrinas que por entonces se expendían en el mercado de las creencias. Ya fueran estéticas, políticas, religiosas o musicales, la elocuencia de estas ideas fue acogida con una afilada suspicacia. Esta ironía nos salvó de la ingenua complacencia con que muchos transigían.

Es en el recuerdo de aquellos años de esplendor, en la iniciación compartida durante una adolescencia hecha de aprendizaje y fraternidad, en donde se encuentran algunas reveladoras claves de la trayectoria recorrida por Antonio Socias.

Su destreza como pintor, escultor y fotógrafo, el dominio adquirido en cualquier de las disciplinas que ha elegido para sus insólitas exploraciones del mundo, la libertad con que ha sabido deshacer sus logros artísticos, lo han convertido en uno de los artistas españoles más brutalmente implicado en la incesante destrucción de su propia obra.

El talento proteico, virtuoso, voraz, sarcástico y cruel enérgicamente desplegado tras las mutaciones del lenguaje emergente en cada época, le ha permitido manosearlo, elaborarlo y abandonarlo con la urgencia que exige su genio intransigente.

Desde sus primeros trabajos le he visto consumar una y otra vez el mismo ciclo.  Cuando se aposenta en un dominio artístico, cuando forja la inconfundible personalidad de sus estilos y ve reconocida su marca, se apresura a abandonar el estorbo de lo logrado.

Hay que entender el valor implícito en esta actitud de constante renovación. Es un desafío que muy pocos están en condiciones de aceptar. Renunciar a la singularidad de una obra hecha, dejar atrás lo laboriosamente conquistado y dirigirse de nuevo hacia el deshabitado horizonte, supone ejercer un supremo despojamiento.

Vivir abierto al reclamo de lo desconocido, a lo que uno debe dar otra vez de sí mismo en circunstancias inesperadas, sentirse atraído por lo que no existe, comprometerse con lo que llegará a ser, significa cumplir una de las más radicales exigencias del Arte.

El paso del tiempo ha dado a ésta búsqueda su exacta magnitud heroica. Antonio Socias se ha librado de la servidumbre impuesta por las expectativas de los demás y ha seguido el rastro de su poderosa intuición, de su despótico instinto de depredador de sí mismo. Quién sabe hasta dónde querrá llegar.

Después de contemplar su nuevo trabajo me apresuro a escribirle, con el asombro de siempre:

Con esta serie, Toni, inauguras una nueva mirada. Se nota de nuevo esa deliberada “confusión de las mentes” con que sacudes las certezas ajenas. Te deslizas una vez más por esa frontera en donde lo absurdo y lo doméstico se encuentran, se agreden y lesionan. Tu viaje a África maneja con maestría la potencia teatral, narrativa y metafísica de las imágenes pero provoca una perturbadora y sutil decepción. ¿Qué será?

Tu punto de vista en África es un ejercicio de estilo que destruye la distancia entre el fotógrafo y el mundo. Las visiones africanas que nos ofrece la industria cultural sustentan una narrativa retorcida por la cautela, los prejuicios y las ilusiones del viajero. Por un lado, ya se sabe, admira lo exótico y le encanta ser fascinado. Por otro, temeroso de lo que ve, recela y retrocede. Quiere atrapar lo que mira, pero no quiere tocarlo. Persigue una simulación aceptable de lo real, pero sabe que su presencia estropea la integridad de esa imagen exótica, primitiva, virginal. ¿Cómo sortear esta tensión?

Tu viaje es una parodia del género: la ilusión de ese fotógrafo invisible ha sido cancelada, ridiculizada. Tu obra es una confesión: estoy aquí. ¿Podría ser de otro modo? Las “personas” me sonríen o me repudian. No hay modo de impedirlo. Lo confieso. Debo tocar todo lo que veo. Este es el acuerdo entre mi ojo y el mundo. Lo que no pueda tocar, no existirá. No basta con ver, no es suficiente mirar. Hay que tocar. Aceptar el riesgo supremo de ser rechazado.

La indulgencia de los sujetos con los que te encuentras es sorprendente. También será perturbadora. ¿Cómo lo has conseguido? Nadie sabrá interpretarla. ¿Es un signo de tu poder personal? ¿Prepotencia, abuso, injerencia…? ¿O una sorprendente fraternidad entre desconocidos, en la plaza del mercado?

La construcción cultural de África llevada a cabo por Occidente, la elaboración de ese exotismo oriental que tan severamente desveló Edward Said, las emociones salvajes que ha pulido la literatura y el cine, ese vértigo ortopédico con que el viajero se paseaba por el otro mundo (la aventura impostada por la agencia de viajes), entra ahora en su fase de declive y con tu mirada levantas acta de un cambio sustancial. Los otros exóticos han entrado en nuestra vida y son ellos los que apoyan su mentón en tu mano. Es la gran migración que los trae a casa pero también la insurgencia de una voz propia, modulada por su memoria personal (no la especie, ni la tribu, ni el país, ni la religión, ni las costumbres, ni el folklore); y en ese recuerdo íntimo en cada uno de ellos reverbera insólitamente la experiencia de la fatuidad con que nos hemos hartado de nosotros mismos.

 A partir de ahora no habrá nadie a quién admirar. Ellos son lo que somos. Decepcionantes imágenes de lo poco que hemos llegado a ser. Hasta ahora nos han servido de consuelo, posibilidad remota de otra vida. Nos bastaba asomarnos a su  mundo de vez en cuando para obtener un consuelo necesario. Y sin embargo ahora son hombres en lugar de imágenes, se han hecho prójimos, semejantes, iguales. No van a servirnos como refugio mitológico de nuestras almas cansadas. Podemos darles la mano, conversar, aburrirnos con ellos. No serán la imagen idílica de la Humanidad ancestral, la inocencia custodiada en el primer origen del mundo. Ese caudal de estampas útiles a nuestro fracaso cultural se ha agotado.

Tu viaje a África, Toni, es la crónica de una transformación cultural pero no evoca lo que ocurre allí, entre ellos. Sino lo que sucede aquí, entre nosotros. La nueva mirada, a la que das forma precisa y elocuente, acoge a personajes inesperadamente semejantes a nosotros mismos. Ese yo tiznado de negro que sonríe en el espejo, en el reverso del mundo, lo ha dicho todo. Nunca antes había sido visto de este modo.

[Publicado el 08/2/2016 a las 12:04]

[Etiquetas: Antonio Socias, Africa]

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Un filósofo clama en los tribunales

A ver: ¿quién ha ordenado suprimir la filosofía del bachillerato? Venga. Díganlo. ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Por qué se esconde? ¡Cuánto me gustaría hablar contigo! Tengo algo que contarte y debo hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Para empezar: te has equivocado si crees que la filosofía inocula en los chavales la sutileza de pensar con precisión, la destreza de hablar con elocuencia, la certeza del imperativo ético y la devoción por la sabiduría. ¡Qué va, hombre! Nunca habías estado tan equivocado. Presta atención: aunque la virtud del discernimiento sea un estorbo en los planes de estudio que te han encargado reformar, estoy seguro de que tú, estratega, la utilizas de vez en cuando. Escúchame y saca de ello el mejor provecho.

Esta es la historia de un joven doctor en filosofía que aspira a una plaza de profesor en la Universitat de les Illes Balears. Pierde el concurso, pide explicaciones y pone un recurso contencioso en los tribunales. Lo gana. Pero la Comisión de Contratación de la Universidad (de las Islas Baleares) no ejecuta la sentencia (¡por dos veces y con gran asombro del juez!). Entonces, los profesores del departamento de Filosofía se conjuran para dar un escarmiento al aspirante. Irritados por la insolencia del filósofo que los pone en cuestión, le arrojan tres demandas civiles por injurias.

La gracia del asunto reside en la razón esgrimida por los profesores para acusar a Miguel Comas. ¿Qué grave perjuicio ha causado el joven doctor a su mancillado honor? En defensa de sus reclamaciones tuvo la osadía de citar el dictamen emitido por la Sindic de Greuges de la propia Universitat de las Illes Balears. Joana María Petrus reclama la reforma del sistema de contratación del profesorado, para “impedir arbitrariedades, limitar la subjetividad y prescribir la desviación de poder”. La Sindic denuncia que ni siquiera se redactan los criterios para valorar los méritos de los candidatos, lo cual “limita la igualdad de oportunidades, no garantiza la necesaria objetividad de los actos administrativos y otorga un poder desmesurado a las comisiones de contratación”. (A ver qué hacen los jueces con el acertijo: ¿por qué los profesores de la UIB no demandan directamente a la Síndic de Greuges de la UIB?)

Camilo José Cela Conde, que fue profesor del joven doctor, y lo considera con méritos académicos sobradamente probados, lamenta en una carta el “descabellado” argumento utilizado por el departamento para justificar su nepotismo. A Miguel Comas se le ha rechazado como candidato experto en “Corrientes críticas del pensamiento contemporáneo” por afirmar que Jürgen Habermas pertenece a la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt.

Los profesores del departamento de Filosofía de la UIB dicen que no, que Habermas no pertenece a la Escuela de Frankfurt. Su juicio suena atronador, inapelable. Pero el Director del Instituto de Investigación Social de la Johann Wolfang Goethe Universität de Frankfurt, Dr. Axel Honneth, expresa en una larga carta su “más profunda perplejidad” y el “estado de shock” que le produce tal afirmación. Cita el parecer de “los eruditos serios de todo el mundo” y se extiende confirmando y respaldando el criterio del joven doctor Miguel Comas.

¿Te das cuenta de lo que quiero decirte, estratega que eliminas la filosofía de los planes de estudio? Tú te habrás creído muy listo y con razones para temer a la filosofía, pero ya ves: hete aquí a todo un departamento –los custodios de Platón, Spinoza, Kant y Hegel- demostrándote lo contrario. No hay nada que temer. Al contrario: lo que debes hacer es promocionar a los profesores de filosofía que se querellan contra los filósofos.

(Publicado en El País, Catalunya, 24 enero 2016) 

[Publicado el 24/1/2016 a las 13:40]

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Todos los escritores son ciegos (según Piglia)

Cuando Piglia habla de Borges, Lowry o Kafka entendemos que los tres han escrito para un tipo particular de lector: el visionario. El lector que sabe leer lo que no está escrito, lo que se omite con vigorosa habilidad artística. Este visionario es el cómplice supremo. El compinche que el escritor está esperando.
El lector común, que desconoce la noción y el sentido de la dificultad, tropieza con un obstáculo insalvable. Desiste y descarta lo que no entiende. Lo repudia. Se jacta de ello. Para confirmar hasta qué punto yerra debería considerar lo que dice violentamente Piglia sobre la impenetrable paradoja de los libros: «Todos los escritores son ciegos. No pueden ver sus manuscritos. No hay forma de leer los propios textos si no es bajo los ojos de otro».

[Publicado el 18/11/2015 a las 17:05]

[Etiquetas: Ricardo Piglia, Borges, Lowry, Kafka]

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La más literaria de las maldades

Nos cuenta Dante que en el más profundo foso del Infierno gime el calumniador.

En cierto modo, es el agente secreto de la más literaria de las maldades.

El asesino posee frialdad o cólera; el ladrón, una cierta intrepidez; los glotones, avaros y adúlteros calman su apetito con relativa modestia; pero el difamador necesita una gran imaginación narrativa. Es elocuente, facundo y florido y conduce la credulidad ajena con una
retórica persuasiva. Como una de las elaboradas encarnaciones del Mal, el calumniador no supera a los grandes criminales de la Humanidad, pero la corrosión que produce es más
perfecta: incesante, despiadada, impune. Ningún tribunal puede pararle los pies.
La injuria que destila concede poder al impotente, placer al malvado, consuelo
al vengativo, e innumerables ocasiones al cobarde. Sus ficciones se representan
en la vida cotidiana con sarcasmo, sollozos, respetabilidad o airada indignación.

En el teatro del mundo las dotes escénicas del difamador son muy influyentes.
Quizás algún día padecerá los tormentos del infierno, pero mientras tanto ¡cómo
goza su lengua viperina!

 

[Publicado el 16/11/2015 a las 18:00]

[Etiquetas: Dante]

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La Alquimia según Harpur: el retorno de Mercurio

imagen descriptiva

Dice Jacob Böhme en su Aurora (1612) que la Divinidad "tiene en su más interior nacimiento una acritud terrible, por cuanto la cualidad salada es una contracción dura, oscura y fría, tanto que del agua resulta hielo, y además por completo insoportable".
Basilio Valentín, pseudónimo de un monje benedictino (1413), afirma en "Las doce llaves de la filosofía" que basta "una pequeña cantidad del espíritu del dragón" para "disolver y hacer volátiles el oro y la plata" y así "se elevan en el alambique".
Ireneo Filaleteo, un inglés del XVII, subraya que "nuestro Mercurio es espiritual, femenino, vivo y vivificante".
Nicolás Flamel, en su Libro de las figuras jeroglíficas advierte que "si tras haber puesto las confecciones en el huevo Filosófico no ves la cabeza del Cuervo negro de un negro muy negro, tendrás que volver a empezar".
Para Fulcanelli (1924), la serpiente "indica la naturaleza incisiva y disolvente del Mercurio, que absorbe ávidamente el azufre metálico y lo retiene con fuerza".


He aquí algunos vestigios de la tradición alquímica que los expertos remontan a las tabletas de la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, en el siglo VII a. C. Según recientes estudios, la escuela de pensamiento alquímico se vio galvanizada en la Alejandría helenística gracias a la influencia griega, persa, judía, egipcia y gnóstica. Como si estos estilos hubieran confluído en un tratado de utilidad universal y libre de las fórmulas doctrinales que elaboran los credos nacionales.


Esta voluntad transcultural y transhistórica es uno de los rasgos más sorprendentes de la tradición alquímica aunque debo advertir que por esmerada que sea la disposición del lector contemporáneo, tarde o temprano desistirá con cierta desesperación, incapaz de penetrar la hermética apariencia de su lenguaje. Si el lector es indulgente, renunciará a descifrar la compleja simbología de un relato incomprensible; si fuera colérico, blasfemará y contribuirá con su desdén a divulgar la fama de charlatanes que arrastran los alquimistas. Inevitablemente se preguntarán los dos tipos con irritada impaciencia ¿de qué están hablando? ¿Hay alguien que lo entienda?


El azufre y el mercurio, con sus respectivas cualidades (fijas, cálidas y secas o volátiles, frías y húmedas) operan sobre los metales mediante la calcinación, congelación, coagulación, disolución, digestión, destilación, sublimación, reparación, multiplicación y proyección. Un proceso en el que actúa un fascinante bestiario (Dragón, León, Pelícano, Pavo Real, Cuervo, Serpiente...), bajo la influencia del calendario astral, hasta consumar la Gran Obra, el Opus que permite al adepto de esta "antigua ciencia" y "noble arte" obtener la Piedra Filosofal y el Elixir de la Inmortalidad.


Ciertamente, no se conoce a nadie capaz de traducir a nuestro lenguaje lógico este galimatías "hermético" y resulta por ello sorprendente que a lo largo de los siglos haya subsistido una escuela de pensamiento que no se entiende. Son miles los volúmenes conservados en las bibliotecas europeas que comentan con erudición las operaciones de la Gran Obra; son innumerables los manuscritos bellamente ilustrados con emblemas y alegorías que nadie sabe interpretar.


Aunque podamos admirar los seductores símbolos de la Alquimia y dejarnos perturbar por la evocación poética que inspiran, no hay modo de integrarlos en nuestra moderna visión del mundo. La severidad materialista nos cierra el acceso a una interpretación del Cosmos que se remonta a episodios nada cartesianos y nuestra impetuosa tecnología industrial cercena de cuajo la idea de una Naturaleza preñada por el Espíritu. Podemos conceder que la creencia sea aceptada como una benévola inquietud religiosa, pero nos parece imposible admitir que tal cosa sea un "arte" que se considera a sí mismo la más solvente de las "ciencias".


Sin embargo el código simbólico de la Alquimia anuncia la liberación del espíritu prisionero en la materia. Bajo el patronazgo del legendario Hermes, el ciclo narrativo de la Alquimia acoge la fertilidad de los viejos mitos clásicos y cristianos y otorga a sus figuras excelsas un papel decisivo en el proceso de insurgencia del alma y de transformación de la materia: Apolo, Leda, Saturno, Cristo, La Virgen... aparecen con su vigor ancestral en el teatro de la condición humana dispuestos a representar el último acto y brindarnos la ocasión de vencer al destino, la extinción y la muerte. ¿Quién podría resistirse a la llamada de esta epopeya? ¿Quién se negaría a poner en práctica las instrucciones de un manual como éste?


La promesa de la Piedra Filosofal y del Elixir de Larga Vida nos hace lamentar que algo tan formidable sea enunciado con tan inextricables fórmulas. Aunque uno, a fin de cuentas, entiende que el mistérico desafío a las leyes naturales (la fabricación del oro y la prolongación de la eterna juventud) esté reservado a una aristocracia espiritual reacia a divulgar el gran secreto (y sin embargo empeñada en dar una y otra vez testimonio de su inminencia).


C.G. Jung, Mircea Eliade y Gaston Bachelard han ayudado a comprender lo que hay aquí de psicología y de historia cultural, proponiendo reveladoras aproximaciones al denso vocabulario icónico de los alquimistas. Pero no son muchos más los autores que hayan tratado con respeto el abrumador testimonio de esta fulgurante tradición. De ahí que debamos celebrar el nuevo libro de Patrick Harpur que publica Atalanta como el más inquisitivo, sensato y lúcido de los recientemente dedicados a la ciencia hermética.


Mercurius o el Matrimonio de Cielo y Tierra, que apareció originalmente en 1990 y ahora, entre nosotros, en 2015, es una novela y un ensayo. La vida de los protagonistas transcurre por cauces temporales distintos, pero tanto el capellán Smith como la joven Eileen comparten un inteligente interés por la Alquimia (la joven antropóloga aplica el método estructuralista de Lévi-Strauss al opaco entramado conceptual). Sus peripecias sentimentales ayudan a entender que nada sucede fuera de la perturbada vida de los humanos: ni siquiera el estudio de la ciencia hermética cuyos arcanos abordan los dos personajes con deslumbrante precisión. Podemos asegurar que Harpur ha escrito uno de los estudios más elocuentes y sagaces sobre el arte de estos grandes brujos blancos que han sido los herederos de la Alquimia.


Es probable que el ejercicio sincrético de Harpur conceda a la tradición alejandrina una inesperada actualidad. Gracias a los vínculos que sugiere entre la física cuántica, la cosmografía de la materia oscura y los estudios de la consciencia, no será paradójico que la ciencia contemporánea encuentre en las intuiciones de aquellos viejos alquimistas unas visiones que, después de todo, no serán tan descabelladas.

 

[Publicado el 28/3/2015 a las 01:22]

[Etiquetas: Patrick Harpur, Mercurius o el Matrimonio de Cielo y Tierra. Atalanta]

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Biografía

 

Basilio Baltasar es escritor, editor y periodista. Autor de la novela "Pastoral iraquí" (Alfaguara, 2013). Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral, editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober y dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

     Basilio Baltasar, editor

Obras asociadas

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