El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 10 de mayo de 2008

La imagen se reproduce en El País a toda página con la recomendación del editor: "mire bien esta fotografía". La hizo el soldado Ronald S. Haeberle el 16 de marzo de 1968 un instante antes de la matanza, en la aldea de My Lai, Vietnam, mientras el pelotón de marines obedece la orden de su jefe, el teniente William L. Calley, y dispara contra un centenar de civiles.
En el centro de la fotografía una anciana tiene su rostro contraído por el pánico y con una mueca patética implora piedad. Una muchacha se agarra a su cintura y asustada agacha la cabeza. Detrás, una mujer levanta el brazo para proteger a una niña aterrada. A la izquierda de la imagen otra mujer, más joven, sostiene en brazos al que quizá sea su hijo. El niño mira con curiosidad a los soldados que, detrás de la cámara, les apuntan con sus armas. Mientras el griterío de los marines y el llanto de los prisioneros inflama la atmósfera del poblado, la mujer con el niño en brazos intenta abrocharse el último botón de la camisa.
Este gesto de pudor quizá se deba a su incredulidad o a una falta de imaginación para anticipar el desenlace que el resto del grupo adivina como inminente. También podría revelar la existencia de un sentimiento más fuerte que el miedo. Una extraña certeza acerca del valor que en las puertas de la muerte adquiere la tranquilidad.
¿Cómo podríamos entender la inquietante indiferencia de esta mujer?
[Publicado el 04/5/2008 a las 12:43]
[Etiquetas: My Lai, Vietnam, masacre, fotografía]
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Hasta hace poco la sociedad horrorizada se llevaba las manos a la cabeza cuando casos semejantes llegaban a su conocimiento. Entonces se pronunciaban durísimos juicios contra los torturadores y se esperaba con ansiedad la condena que los aislaría del cuerpo social.
Pero los interrogantes tradicionales han perdido sentido -¿cómo es posible que existan seres de tan terrible crueldad?- y la reflexión se orienta hacia otras incógnitas: ¿cómo alimentaba y vestía a la hija que tuvo secuestrada durante 24 años? ¿Cómo parió esta niña a sus siete hijos? ¿En qué farmacia compraba los enseres necesarios? ¿Cómo pudo mantener oculta a su segunda familia, enterrada en el zulo, sin que su esposa, familiares, vecinos o policías sospecharan jamás nada anómalo en su comportamiento?
El espanto que suscita el personaje que secuestra a su hija y la convierte en esclava sexual sólo es comparable a un temor más difuso pero implacable: ¿acaso no tendrá Fritzl a su alrededor una tupida red de cómplices?
El caso nos lleva a recordar la última y casi póstuma novela de Norman Mailer. Falleció el 10 de noviembre de 2007 cuando estaba rodando por las librerías "El castillo en el bosque". Una novela que a pesar de su caudaloso índice bibliográfico fue recibida como una obra de imaginación literaria.
A la legión de demonios desplegada por el diablo sobre la tierra para torcer el destino de sus criaturas se le asignan distintos cometidos y a uno de ellos, el narrador construido por Mailer, le corresponde el encargo de manipular el árbol genealógico que finalmente dará a luz al más anhelado de los hombres perversos: Adolf Hitler.
El demonio relata la misión que le han encomendado con la precisión de un funcionario fiel y cuenta a los lectores los motivos que le llevan a escoger Austria como el laboratorio más adecuado a sus fines. Entre la población campesina austriaca es una costumbre de ancestral arraigo la práctica del incesto. Al parecer, la turbulenta atmósfera moral que imponen los padres en familias sometidas a la violación permanente de los niños es la más adecuada para propiciar encarnaciones demoníacas.
Si los investigadores de la policía criminal quieren conocer la genealogía moral y el laberinto mental de Josef Fritzl deben leer "El castillo en el bosque", de Norman Mailer.
[Publicado el 02/5/2008 a las 17:27]
[Etiquetas: Fritzl, Mailer, Austria]
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Es una presunción del imaginario nacionalista creer que existe una casta propietaria del país. En realidad, todo el universo identitario gira alrededor de esta idea: un abolengo legítimo se remonta a un tiempo envuelto en brumas tan espesas como incuestionables. Es el fundamento mágico de un discurso hilvanado para un orador, no para la discusión política de la ciudadanía. Al parecer hubo un ancestro que, al llegar el primero, acuñó la denominación de origen. Sus descendientes son naturales del país; el resto, hijos de emigrantes.
El sencillo reproche del ex presidente Jordi Pujol contra el actual presidente de la Generalitat catalana José Montilla despliega toda una parafernalia de autoridad y enfado. Al reclamar a Montilla un mayor "grado de integración" en Cataluña, Pujol se presenta como miembro del tribunal que certifica o deniega la categoría de los habitantes de Cataluña.
No se sabe qué requisitos regulan los diferentes grados de "integración" pero la convicción censora de Jordi Pujol permite intuir la existencia de un manual cuyo contenido sólo conocen los más puros integrantes de la casta propietaria. Los únicos que pueden conceder el definitivo certificado de autenticidad nacional.
La anécdota es insignificante pero reveladora y pertenece a la crónica todavía no escrita de la conmoción sufrida por la burguesía catalana ante el insólito resultado del sufragio universal: un charnego en el sillón presidencial de la Cataluña original.
[Publicado el 15/4/2008 a las 18:59]
[Etiquetas: Montilla, Pujol, integración]
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El nuevo ministro de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho.
Es previsible que los dilemas de la emigración se vayan enredando gracias a un exceso de fervor. Pero lo que en verdad está en juego no es la política impuesta por el poderoso flujo migratorio -la impetuosa oleada de necesitados tocando las puertas de Europa- sino el discurso elegido para entender un acontecimiento social.
La benevolente sonrisa de Caldera se sustituye por la fama de hombre duro que Corbacho aporta al gobierno de Zapatero. ¿Han cambiado los tiempos? Sabíamos que el Ministerio de Trabajo subvencionaba el retorno de los emigrantes fracasados sin hacer ostentación de una medida que podía parecer desconsiderada. ¿Con quién? Al fin y al cabo, ofrecer ayuda siempre es un gesto. Pero el riesgo de ser tomada como una expulsión encubierta contradecía demasiado el climax retórico dominante en la anterior legislatura.
Una legislación adecuada garantiza el control de fronteras, la contratación laboral, penaliza las irregularidades, persigue el tráfico de esclavos, detiene a los mafiosos... ¿Hace falta presumir de ello? ¿Hay que informar al ciudadano o hacerle además partícipe de un alarde bronco?
El problema reside en la responsabilidad que asume o rechaza el gobernante: o neutraliza con sus iniciativas y reflexivas consideraciones la inquietud de una sociedad preocupada o lidera con su puño las fobias de una multitud miedosa.
Este es el saldo de la reciente batalla electoral: cada uno identifica la mercancía que su adversario ha colocado en el mercado. Y se apropia de ella. Rajoy quiere tener talante. Y Zapatero, una enérgica respuesta a los problemas de nuestro tiempo.
[Publicado el 14/4/2008 a las 19:21]
[Etiquetas: Corbacho, Caldera, política de emigración]
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El escueto diagnóstico de Paolo Flores d'Arcais -"si Berlusconi gana asistiremos a la putinización de Italia"- tiene un tono melancólico muy parecido al de las elegías crepusculares de las épocas decadentes.
El filósofo no se deja seducir por la simpatía populista del empresario y desvela sus secretas ambiciones: garantizarse la impunidad controlando la magistratura y los servicios secretos.
Como la declaración de Flores d'Arcais es una aterradora profecía, lo que nos sorprende es el ejercicio de sagacidad que el pensador ofrece a sus conciudadanos: ¿acaso es posible conocer semejantes planes sin que el individuo conspirador sea inmediatamente detenido?
La fragilidad del estado democrático, la facilidad con que puede ser asaltado y dominado por los más atrevidos, es la espeluznante conclusión de nuestra impotencia: lo sabemos todo y no podemos evitar nada.
[Publicado el 10/4/2008 a las 19:00]
[Etiquetas: Berlusconi, Paolo Flores d'Arcais]
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El activismo de los monjes tibetanos

Monjes budistas de El Tíbet reclaman libertad.
En el interior de los monasterios tibetanos, en la penumbra y después de acallar el ruido que suena en sus cabezas, el único empeño de los monjes es sentarse en el suelo de una tierra invisible y transparente, y contemplar una realidad tan huidiza como el aliento de un moribundo; una tierra sutil, surcada por vientos levísimos, innombrable y en verdad incomprensible. Es una experiencia inaprensible, pero ellos perseveran en dar consistencia razonable, gramatical, a las intuiciones que cultivan con los ojos cerrados desde hace milenios.
La ocupación militar de su país por las tropas chinas los sacó de su ensimismamiento medieval y los empujó al exilio. Dispersos por el mundo exterior, padeciendo las trágicas soledades de su Éxodo, aprendieron los modos de un siglo ajeno y extraño. Pero adoptaron inmediatamente las instituciones extranjeras: fundaron su parlamento, convocaron elecciones entre los exiliados y eligieron a sus representantes. Como una especie de ensayo general de lo que harán el día en que puedan regresen al Tíbet. De este modo no sólo legitiman su presencia en el mundo de hoy sino que resuelven lo que por su cuenta no habían descubierto: una versión política del budismo. Libertad, igualdad y tolerancia.
Aún así, su activismo pacifista no ha sido debidamente ponderado por Occidente -aunque se le concediera el Premio Nobel de la Paz al Dalai Lama- ni sagazmente temido por China hasta hoy: cuando un atleta con la antorcha en la mano corre el riesgo de tropezar y caer al suelo ante las cámaras de todo el mundo.
Las autoridades chinas van descubriendo el poder de la cultura mediática global desde el día en que reclamaron para Pekín la sede de los Juegos Olímpicos: la imagen de monjes golpeados y detenidos no solo revela el origen y destino del régimen chino sino la incongruencia de un espectáculo deportivo organizado para ensalzar la competencia pacífica de los ciudadanos.
[Publicado el 31/3/2008 a las 20:20]
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Cada vez será más difícil pedirle a la ciudadanía que contribuya con su indolencia a torcer el principio de igualdad consignado por la Constitución.
Costará un gran esfuerzo justificar la actual aritmética parlamentaria y será casi imposible razonar las incomprensibles prerrogativas concedidas por la vigente ley electoral.
¿Por qué trescientos mil votos (303.246 ciudadanos) permiten al PNV ocupar 6 escaños en el Congreso de los Diputados y los trescientos mil votos (303.535 ciudadanos) obtenidos por el UPD de Rosa Díez sólo generan un único asiento en el hemiciclo?
¿Por qué Gaspar Llamazares debe sentirse derrotado después de obtener la confianza de 963.040 ciudadanos (¡2 escaños!) y Durán i Lleida, con 774.317 votos, puede pasearse como un triunfador (¡11 escaños!)?
Si deseamos una sociedad informada y comprometida con los procesos de participación política convendrá reformar la ley que consagra ofensivos privilegios aristocráticos.
Las revoluciones democráticas nos permitieron impugnar categorías de superioridad (presunciones absurdas que sostenían la supremacía de una casta racial, religiosa o económica) pero el paso del tiempo ha impuesto entre nosotros la subsistencia de ofensivos restos arcaicos. Como si la pertenencia a un territorio permitiera (en base a no se sabe qué fantasía teológica) multiplicar por seis el valor del voto individual.
La solidez y la confianza de la sociedad española en sí misma depende de la restauración del principio que alentó la conspiración democrática contra la tiranía de la desigualdad: un hombre, un voto.
[Publicado el 11/3/2008 a las 19:12]
[Etiquetas: Reforma de la ley electoral]
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Imre Kertész y Péter Esterházy relatan su accidental encuentro con una popular figura literaria. Hoy parece inevitable que la alusión nos remita al modelo que sólo Kafka supo llevar a su más alta perfección teológica e ineludible que leyendo a los escritores húngaros nos resulte fácil imaginar al autoritario y sombrío funcionario. Cuando los autores reconstruyen el miedo que impone el aduanero, nos impresiona la vigencia de esta maquinaria de humillación espiritual. (Una historia: dos relatos. Galaxia Gutenberg).
Antes de su desagradable tropiezo con el revisor, sentado en el vagón del tren que lo conduce a Viena, Kertész lee el Diario de un genio y medita el vínculo que Salvador Dalí dice haber descubierto entre el oro y las heces. Kertész sigue con dificultad el razonamiento del artista ampurdanés pero cree intuir el alcance de su hallazgo. Y es justo en el preciso momento en que el autor menciona a Dalí cuando siento un desagradable malestar, como si el nombre del pintor removiera antiguas aprensiones.
Y es en verdad muy extraño pues siempre he sentido simpatía por la avezada familia de los surrealistas. ¿A qué debo atribuir un rechazo que va en aumento hasta aflorar como declarada hostilidad? Lo cierto es que la inesperada reacción de mi organismo me produce al mismo tiempo un placentero alivio. Como si me hubiera quitado de encima un estorbo insufrible.
Molesto por haber ignorado durante quién sabe cuánto tiempo mi secreta aversión por Dalí, no me queda más remedio que averiguar de dónde procede tan furiosa manía. Aunque hace años organicé una exposición con grabados y pinturas de Dalí, no recuerdo haberlo hecho a regañadientes. ¿Tan hábil puede llegar a ser nuestra diligencia profesional?
Siguiendo la pista de mi animosidad me remonto, ¡nada menos!, a mis lejanos tiempos de estudiante en la universidad de Barcelona, cuando además de empeñarme en mil tareas me ganaba unas pesetas dando clases a obreros en paro. No necesariamente debía entusiasmarles escuchar mis disertaciones pero era un requisito de obligado cumplimiento que asistieran pues de otro modo no cobraban el exiguo subsidio que el Ministerio de turno les proporcionaba.
Entre los aburridos alumnos, todos ellos emigrantes procedentes de Andalucía, camareros y albañiles sometidos al capricho de la contratación temporal, había un catalán malcarado con gafas de aumento y cristales oscuros, un tipo alto de mejillas rosadas, un pagés del Pirineo.
Aquellos hombres curtidos, ridículamente sentados en pupitres de escuela primaria, me contemplaban con una sonrisa sardónica mientras yo me devanaba los sesos haciendo interesantes unas estúpidas lecciones de alfabetización obligatoria.
Yo firmaba las cartillas que cada semana los alumnos entregaban en la oficina de empleo, por irregular que hubiera sido su asistencia o escaso su interés por la cultura general. Pero mi buena disposición a engañar a los burócratas del Sindicato Vertical -causa de mi posterior despido- no fomentaba la complicidad que un joven lector de Gorki consideraba inherente a la condición humana. En realidad, a los contratados eventuales les parecía muy bien que yo cumpliera mi verdadera obligación. Algo que no merecía ningún comentario.
El único que demostró tener suficiente sentido del humor para detectar mi desconcierto fue el corpulento campesino pirenaico. Mientras tomamos una cerveza en el bar de la esquina, me contó afablemente su vida y los enrevesados episodios de un lamentable drama familiar. Revivió con lánguida resignación la pérdida de sus tierras de labranza y la apenada subsistencia que desde entonces llevaban él y su hermano gemelo. Iban tirando mientras se ganaban los garbanzos trabajando en la industria hotelera de la costa catalana.
En cierta ocasión, durante una de sus frecuentes temporadas sin empleo, se encontraron junto a la casa de Dalí en Figueras y decidieron probar suerte y entrar a pedir limosna. Tocaron la puerta y le explicaron al mayordomo su intención. Dalí les hizo pasar al salón y escuchó la desdichada historia de los gemelos haciendo divertidos comentarios sobre la precisión geométrica de sus rostros. Expresaba su admiración con entusiasmo y le maravillaba la sincronía cósmica que creía reconocer en la accidental aparición de los dos mendigos, a los que consideró como la encarnación de los extraviados Cástor y Pólux. Con fruición les explicó el significado del origen onírico del dinero que imploraban y la razón por la que no merecían recibir pura mierda. Esto es lo que dijo Dalí mientras los sacaba a la calle sin darles un duro.
El encuentro había tenido lugar un par de días antes. Los gemelos hacían auto stop por las carreteras de la comarca catalana cuando un coche atropelló por despiste al hermano y lo mató.
[Publicado el 09/3/2008 a las 12:45]
[Etiquetas: Kertész. Esterházy. Dalí.]
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A Isaías, que en el 2009 no cumplirá los 43 años

El pistolero vasco que campa ejecutando las órdenes recibidas vive bajo la protección de una autoridad ancestral.
El pistolero no teme por su piel y no le afecta la incertidumbre del futuro. Por duras que sean las condenas recibidas en el caso de ser detenido y juzgado, y por larga que parezca la pena de reclusión, las tiene todas consigo: es miembro de una comunidad solidaria que le ofrece calor humano y reconocimiento social.
Al pistolero vasco no sólo se le garantiza el salario de subsistencia que lo exime de preocupaciones mundanas, sino que recibe algo muchísimo más importante: la absolución. Una absolución religiosa y civil.
Al caer en acto de servicio, la comunidad patriótica sacraliza al pistolero en el panteón de los héroes nacionales.
De ahí procede la osadía criminal del pistolero, pues para la comunidad patriótica religiosamente unida por el yugo sacramental del más antiguo de los mandamientos, matar no es pecado.
[Publicado el 07/3/2008 a las 17:04]
[Etiquetas: ETA, Isaías Carrasco, nacionalismo]
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Hillary Clinton, en campaña.
La nueva jefa de campaña de Hillary Clinton ha sustituido a la anterior, recientemente despedida, con una fulgurante puesta en escena: rechaza que las insidias lanzadas contra Obama sean parte de la guerra sucia. Para Maggie Williams las aparentemente malévolas insinuaciones no pretenden manchar la reputación de su adversario sino aportar a los votantes "nuevos elementos de decisión".
El jefe de campaña de Mariano Rajoy podría decir algo parecido: si el líder del Partido Popular insulta a Zapatero y denigra su imagen pública, si reitera sus zafias y groseras imputaciones, si insiste recitando sus desagradables ofensas, y divulga sin cesar su hosca difamación contra el Presidente del gobierno, es para informar al ciudadano y ayudarle a entender mejor el plan de Rajoy: conquistar el poder sin respetar las normas de la decencia.
[Publicado el 07/3/2008 a las 12:13]
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09/5/2008 17:16
Publicado por: Enea
08/5/2008 17:15
Publicado por: me
08/5/2008 16:30
Publicado por: vice
07/5/2008 23:55
i tan sols se m'acut dir ara que...
Publicado por: desguàs marí
07/5/2008 23:32
Siguiendo el hilo: tal vez la...
Publicado por: ...fugint...
07/5/2008 23:09
Publicado por: color de gos quan fuig
07/5/2008 19:33
Publicado por: me
07/5/2008 18:46
Publicado por: Enrique
07/5/2008 18:02
Bien interesante su comentario,...
Publicado por: me
07/5/2008 17:48
Publicado por: me
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