PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de diciembre de 2018

 Blog de Francisco Ferrer Lerín

Niña Valeria

Hay un cuadro, un óleo sobre lienzo de 208 cm de altura por 264 cm de largo, pintado por Édouard Manet en 1863, cuyo título en español fluctúa entre "Desayuno sobre la hierba" y "Almuerzo en la hierba", pasando por "Desayuno en la hierba" y "Almuerzo sobre la hierba", un lienzo que nunca ha dejado a nadie indiferente, ya entonces, y tampoco ahora cuando se contempla en París en el Museo de Orsay. Es un cuadro de carácter realista, aunque pueda anunciar los comienzos del impresionismo, en el que cuatro figuras humanas disfrutan de las delicias del campo en las cercanías de París, en concreto en las orillas del Sena y en el mismo río.

 

¿Qué figuras son esas? En segundo plano una mujer vestida con una ropa ligera, una especie de camisón, está metida en el río con el agua hasta las rodillas. ¿Qué hace, lavarse?; quizá sería mejor apuntar que se está refrescando. En primer plano dos hombres elegantemente vestidos, dos dandis, sentados sobre la hierba, podríamos decir que recostados, conversando pausadamente e ignorando a la persona que se encuentra entre ellos, también sentada sobre la hierba, una persona que es una mujer... que está (va) desnuda.

 

La situación, socialmente inaceptable, no sólo en 1863 sino en la actualidad, tiene un componente de gran interés, que es la causa por la que traigo a colación el cuadro, y es el de su condición psicológicamente imposible; no existe en esta representación una lógica social pero tampoco psicológica que permita la actitud, de normalidad, cotidianidad, desinterés de los dos hombres ante la presencia apabullante, contigua, inmediata, de un ser humano desnudo; algo chirría ahí.

 

El protagonista, el narrador de Solenoide, la novela central, para mí, de la obra de Cartarescu, conoce a una niña de nueve años, Valeria, en la escuela en que trabaja de profesor, y establece con ella una relación especial. Cartarescu es un autor volcado en las peripecias de sus héroes, en este caso, un profesor y su alumna, en una secuela del episodio de los reciclajes en la escuela, la invasión de material reciclado en las aulas hasta aproximarse a la asfixia, narrado con la misma pasión aritmética de El Ruletista, el relato en que el protagonista agota la probabilidad de seguir vivo cada vez que aprieta el gatillo y gira el tambor del revólver. 

 

En esta secuela pues, con la que disfrutamos como locos, Cartarescu desgrana párrafos, frases perfectamente elaboradas para conformar una historia autónoma con apariencia de narración maravillosa, un cuento de hadas, La Niña Valeria y su Jarrón Resplandeciente, que como otras muchas en Solenoide, está extraña pero hábilmente ligada al texto general, una historia que disfruta de una peculiar característica: carece totalmente de atmósfera sexual; un hombre adulto, tras escuchar la crónica feérica de una niña que hace equilibrios sobre las vías del tren y es poseedora de un jarrón mágico, se encierra, en el cuarto de la niña, con la niña, una noche en que casualmente sus padres están ausentes (y se supone que por ahora no van a volver), y despierta en el lector, quizá más en el lector educado en el nuevo puritanismo, en lo políticamente correcto y en el Me Too (el Yo También), algunas dudas acerca de si el hombre adulto experimentará ciertas reticencias ante el riesgo de que alguien corra a avisar a la policía. Esta secuencia, la de la reclusión en el cuarto de la niña de un profesor y su alumna, carece, como ya hemos dicho, del más mínimo ápice de sexualidad y, si tenemos en cuenta que sexualidad y suciedad han ido siempre de la mano, al menos hasta el descubrimiento de la ducha y en especial del bidé, esto crea un violento contraste, dentro del mismo libro Solenoide, entre este episodio de la Niña Valeria, que calificaré gozosamente de inverosímil, con la prolija descripción de las anomalías físicas del protagonista en el primer capítulo; descripciones sólidamente embadurnadas por un hálito pegajoso, sucio, de miseria física, que podrían encuadrarse sin ningún problema en la categoría de chismes de lavabo a la que son tan aficionadas las capas rurales y menestrales. Esta forma de sexualidad primitiva, este repaso a las partes íntimas más repugnantes de su cuerpo, o, peor aún, a las excrecencias que, quizá por suciedad, le crecen en esas partes, tiene una interesante coda tras tanto realismo: la secuencia fantástica, siniestramente humorística, en la que nuestro héroe se desprende de la mugre acumulada durante el servicio militar, despojándose de una segunda piel hecha de suciedad, como quien se quita un traje de neopreno, colgándolo luego en un perchero al modo de un abrigo.

 

Ya digo, Cartarescu, además de un genio de voz exuberante, alucinada, es un genio del regate, del desconcierto, de la creación de espacios socialmente inaceptables, psicológicamente imposibles, como el del cuarto de la niña, tan próximo al lienzo de Édouard Manet.

 

 

 

 

[Publicado el 08/10/2018 a las 18:22]

[Etiquetas: Literatura, sexo, formas artísticas.]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Caligrafía


Recibo correo de un calígrafo. Se declara seguidor de mi obra y se ofrece a caligrafiar mis prosas y versos. No dice si todos. Lo hará de balde. Firma Zafiro.

Contesto que estoy encantado. Responde preguntando qué poema prefiero. Contesto que el que él quiera. Responde con una foto. Un texto del libro Fámulo caligrafiado en letra Champiñón sobre la hoja de un cuaderno bastante grueso. Parece que estaba preparado.

Pregunto si me lo envía escaneado o me envía el original. Y entonces ocurre algo maravilloso. Contesta “Lo que tú quieras”. ¿Alguien alguna vez me dijo esas palabras? La verdad es que no lo recuerdo. “Lo que tú quieras”. Y de balde.

[Publicado el 11/7/2017 a las 18:50]

[Etiquetas: Formas artísticas.]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Arte Casual

imagen descriptiva

Foto: Daniel Ubertone

En 1984 acuño el término Arte Casual (A.C.), redacto un Manifiesto, he inicio un archivo de imágenes de este nuevo “género artístico”. Pasan los años, y con la salvedad de reportajes en Cultura/s de La Vanguardia y en la revista digital Caminos de Pakistán, el Arte Casual permanece adormecido. No es hasta 2016 cuando se produce su lanzamiento: Basilio Baltasar me invita a presentar una ponencia sobre A.C. en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, Elena Ruiz Sastre inaugura una exposición de A.C., comisariada por Enrique Juncosa, en el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza que ella dirige, y la revista Granta le dedica su atención. En 2017, de la mano de los comisarios Yolanda Ochando y Luis Ordóñez, imparto un Taller de A.C. en La Térmica de Málaga y, para 2018, con el mismo equipo, se preparan varias exposiciones multimedia que recogerán mis cuatro facetas creativas; escritura, A.C., acciones performativas y Arte Sonoro. Adjunto Manifiesto y fotografía de una muestra de A.C.

 

Manifiesto

 

¿Qué es Arte Casual?

1) El que se da en objetos o grupo de ellos, materiales sin vocación artística, que por su ubicación, colocación o combinación producen en el observador un placer visual sin haberlo pretendido el responsable de la situación.

2) Todo lo que es capaz de crear una “emoción estética” partiendo de elementos no “naturales” pero no “pensados”, en su construcción y/o en su colocación, con “mentalidad artística”.

 

Características

1) Casualidad, espontaneidad, involuntariedad de la Obra.

2) Transitoriedad, temporalidad, fugacidad del Hecho Artístico.

3) Adogmático, abierto, subjetivo, infinito, impredecible, aleatorio.

4) Popular, libre, democrático, público, comunitario.

 

Reflexiones sobre el Arte Casual

1) No es sarcástico; no se burla (del arte actual).

2) No es revanchista; no venga una afrenta al arte.

3) No es crítico.

4) No es iconoclasta.

5) Sino que es deudor del arte último porque éste nos ha enseñado a ver, a apreciar la descontextualización, las series, los nuevos agrupamientos de objetos, los acotamientos del espacio, los empaquetamientos, los apilamientos, el azar como fuente de placer estético.

 

[Publicado el 06/7/2017 a las 18:20]

[Etiquetas: Formas artísticas.]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Necrologías 6

 

Siempre es bueno disponer de una red de confidentes perfectamente tejida en nosocomios y camposantos aunque pocas veces se obtengan grandes beneficios. Sin embargo, este pasado octubre, ocurrió algo especial, podría decirse que extraordinario. Llamó Ataúlfo, mi hombre en el Hospital XXX que, bajo el disfraz de celador y el alias de Juan Gómez Gallego, venía colaborando con discreción desde tiempos inmemoriales. Tenía material. De primera. Que me pasara a la tarde por la cafetería que me iba a enseñar una cosa muy interesante. Y así fue. La última epidemia había sido especialmente pródiga. Sobre la mesa de plástico, flanqueando el Cacaolat caliente y el cruasán súper grasiento, se encontraba una caja de cartón cuadrada que debió de contener, allá cuando Carracuca, un surtido Nebi o quizá dos o tres paquetes de marías Fontaneda. Él estaba excitado. Con la boca llena, clavándome los ojos saltones y moviendo la cabeza arriba y abajo me daba a entender, de modo simultáneo, que me sentara a su lado, que observara con atención el sucio recipiente y que imaginara lo muy valioso que era lo que ahora encerraba.

Brando fue emisor de gritos. Empezó como aullador en la azotea de la casa familiar del barrio de Sans y acabó dominando con sabiduría todos los resortes de la profesión. Nacido en 1930, tuvo la suerte de conocer durante la infancia a lo más florido del elenco zarzuelero que por aquellos años proliferaba en fiestas populares y saraos diversos. De voz potente, se hizo famoso por cantar las horas desde un rincón del bar La Pansa y, al llegar la televisión, por aparecer en un concurso de hombres orquesta. El Microcassete-Corder de la marca Sony que compré por cuarenta euros al corrupto funcionario recogía una muestra de su repertorio y, al final, un breve apunte biográfico. A la manera de Cela en las Series –Coleo, Orquis, Testis, Pis, Carajo- de su famoso Diccionario Secreto, Brando encasillaba sus gritos en familias sintagmáticas, casi léxicas: serie Caaabri, serie Tuliii, serie Papariiina, serie Jooog, y así una larga lista de capítulos musicales. Fallecido en la madrugada del veinte de octubre pasado, víctima de la influenza, dejó en el frío y húmedo aire de la ciudad de Barcelona un último y quebrado aullido –de la serie Orriii- emitido, en pijama y bata, dos horas antes de enmudecer para siempre, desde la terraza de la quinta planta del centro hospitalario.

De la oferta sólo me quedé con dos grabadoras. La Corder de Brando y una estilográfica registradora de voz, de factura más moderna. Otros cuarenta euros y Ataúlfo se evaporó más contento que Chupilla. ¿Qué había en ese artilugio sonoescribidor que mereciera tal dispendio? Sexo y poesía. La reina de la rapsodia, la poetisa excelsa, esa voz irresistible, aterciopelada, que cautivaba a todos los públicos con las interpretaciones cadenciosas de sus propios poemas, había dejado en ese tubo, para la historia de la literatura, un compendio de sus mejores versos en versión original, recitados con esa embriagadora fonética insular en la que no era difícil reconocer el repiqueteo del calafate, el rumor del arado entre algarrobos y el susurro del amasamiento de la harina. Fue en casa, cómodamente instalado en mi sillón favorito, cuando descubrí que había algo más. Como en las películas de espías rebobiné varias veces para lograr identificar unos ruidos complementarios que no podían ser azarosos. Pero no era el viento soplando en la arboleda, ni el tren alejándose entre la niebla intercalados entre poema y poema para mejorar si cabe la magia extrema de la palabra poética. Se trataba de vagidos, gemidos de naturaleza humana que sólo podían ser fruto de la práctica amorosa. Clara Isabel de Mantua grababa la emisión vocal de sus lances onanistas. Se ignora si fueron puestos ahí para complementar las fases de lectura o precisamente en esos espacios silenciosos resurgían de un fondo primitivo. También la gripe acabó con Clara. Con cincuenta y pocos años. Dos días después que Brando. De hecho, en la parte final del registro, mezclado a una barahúnda de sofocaciones, es posible distinguir un alarido, la aleya de serie Orriii que el aullador regalara.

 

[Publicado el 11/2/2017 a las 18:40]

[Etiquetas: Esquelas, formas artísticas, poesía, música, sexo.]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Ruido

imagen descriptiva

 

Truc Balán Mamarretí tiene, durante la infancia, un ruido en la cabeza. A los siete años, a raíz de una crisis de fe, el ruido muta a sacrílega cantinela, se mantiene así durante tres semanas y de golpe desaparece. Mas, pasados los años, en plena guerra chipriota, navegando por el Mediterráneo en un buque de carga y pasaje, al echarse a dormir sobre unas lonas que cree amontonadas, aunque de hecho estén dispuestas para proteger algo, el ruido regresa: la vibración de la sala de máquinas se amplifica en el espacio vacío de cada una de las ocultas latas que en vez de tomate –como consta en la elegante litografía de G. de Andreis- contienen munición. En alta mar enloquece. La fábrica G. de Andreis en Badalona, de ladrillo rojo, azulejos y evocación vienesa, cierra a finales de los setenta y es convertida en escuela de sordomudos. Por esas cosas de la vida Truc, ahora ya poeta, es contratado como maestro.      

----

El arquitecto Joan Amigó Barriga (1875-1958) construye en varias fases, entre 1906 y 1922, la fábrica de Badalona de la sociedad G. de Andreis. El edificio, conocido por “La Llauna” (“La Lata”), de aspecto claramente publicitario, se adorna con llamativos detalles gráficos en su fachada. La empresa se dedica, fundamentalmente, a la fabricación de envases decorados de hojalata para galletas y conservas vegetales. No obstante, el objeto más famoso producido por G. de Andreis, el tole litho de Dubonnet, procede de la factoría marsellesa EGDA –Etablissements Giacomo De Andreis- fundada por el genovés Giacomo de Andreis en 1922.   

 

[Publicado el 25/10/2016 a las 12:23]

[Etiquetas: Infancia, dolencias, viajes, formas artísticas, arquitectura.]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Programa Visitors

Programa Visitors nos acerca a una nueva "forma artística" (con posibilidad de convertirse en mercantil) que combina dos ceremoniales en parte hoy perdidos: 'ir de visita' y 'enseñar la casa'.    

Se trata de concertar una visita con los ocupantes de una vivienda -de un piso, fundamentalmente-. Es decir, los visitantes, los Visitors, llaman a la puerta y visitan, recorren las dependencias, mientras sus ocupantes desarrollan sus ocupaciones habituales. La visita, y aquí radica el éxito, no ha de interferir la actividad de los habitantes excepto en los breves intercambios de saludos que fosilizarán unos segundos la actividad doméstica. Se recorre la vivienda, habitación por habitación, sin incurrir desde luego en situaciones indecorosas en baños y dormitorios, y así se podrá contemplar el escenario y el tipo de tareas y ocupaciones que se producen en ese espacio y en ese momento: los niños jugando o estudiando en su cuarto, los abuelos delante del televisor, el ama de casa en la cocina, etc.  

El programa permite visitar un domicilio varias ocasiones cambiando horarios y fechas para tener una visión completa del mismo y, obviamente, ofrece un amplio muestrario de viviendas, de tipos sociales y culturales: familias pobres, clase media baja, profesionales, rentistas, menestrales, parejas de lesbianas, familias numerosas, hogar catalán, comunistas, gente del arte, etc. 

Detalles como la retribución a los propietarios y/o arrendatarios son irrelevantes y pueden gestionarse sin problemas por la agencia (¿franquicia?) que lleve el negocio en cada localidad: está claro que la mayoría querrá cobrar pero habrá espíritus nobles que se sentirán pagados por ser objeto de la visita. Se ofrecerán packs que variarán en función de si se trata de visitas individuales o en grupo (pequeño, claro), de si es posible fotografiar/grabar, de si se puede avanzar algo más en la impregnación llegando, por ejemplo, a compartir mesa; pero lo fundamental es ofrecer un producto auténtico, que el visitante conozca un material no alterado por su presencia (por el desarrollo del programa). 

Clientes: turistas en general (extranjeros, nacionales de otras regiones), antropólogos, etnólogos, publicistas, diseñadores, poetas, artistas plásticos, cineastas, gente curiosa.     

  

[Publicado el 24/11/2015 a las 17:05]

[Etiquetas: Programa, formas artísticas, visitas.]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, filólogo y ornitólogo. Traductor, al español, de Flaubert (Trois contes), Claudel (L'Annonce faite à Marie),  Tzara (L´Homme approximatif), Monod (Le Hasard et la Nécessité), Montale (Ossi di sepia). Ha publicado los siguientes libros de poesía: De las condiciones humanas (Trimer, 1964), La hora oval (Ocnos, 1971), Cónsul (Península, 1987), Ciudad propia (Artemisa, 2006), Fámulo (Tusquets, 2009) y Hiela sangre (Tusquets, 2013). Es autor de una novela, Níquel (Mira, 2005), reeditada y ampliada en 2011 por Tusquets bajo el título Familias como la mía, de El Bestiario de Ferrer Lerín (Galaxia Gutenberg, 2007), de un libro de bibliofilias, facsímiles y artículos titulado Papur (Eclipsados, 2008), así como de la antología de relatos breves Gingival (Menoscuarto, 2011). En 2014 Jekyll & Jill ha publicado la selección de materiales oníricos, Mansa chatarra, y Leteradura el libro de retratos literarios, 30 niñas.

Hoy vive en Jaca dedicado a la literatura.

Obras asociadas

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2018 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres