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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 24 de noviembre de 2017

 Blog de Francisco Ferrer Lerín

Despertó en cama extraña

No dormía con su esposa desde mil novecientos ochenta y cuatro, ni en la misma cama ni en el mismo cuarto; lo decidieron cuando las fiebres. Pero hoy al despertar ella estaba a su lado, acurrucada, aunque vuelta hacia el lado izquierdo donde, por cierto, descansaban otras personas que él creyó con vida.

[Publicado el 23/4/2017 a las 10:59]

[Etiquetas: Familia.]

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Necrologías 2

 

La misma viga para tres maridos. Cosma Blata Ballarín, la Bruja de Artal, casó por primera vez en 1941. Que su hombre se ahorcara aquella noche ventosa de final de la década no constituyó noticia. De hecho, hasta tiempos recientes, los suicidios, en días de viento, eran comunes en esos rincones pirenaicos. Incluso se hablaba de una sólida tradición afincada en determinados enclaves, como la viga de hierro atravesada sobre el hueco de la escalera, fácilmente practicable desde el rellano de la última planta de un inmueble ubicado en el casco antiguo de cierta ciudad de cierto lustre, un inmueble abandonado y con la puerta de la calle siempre abierta, que concitó tanta fama que un grupo de sorianos fletó una camioneta para trasladarse y aprovechar las ventajas de una instalación tan pulcra, accesible y carente de riesgo para los practicantes. Después, con los ayuntamientos democráticos, primero se tapió la entrada y luego se demolió el edificio. Pero el caso de Cosma Blata (Artal, 1919 – Zaragoza, 1981) tiene un interés añadido: la expectación y la fascinación que provocó en su segundo marido, y no digamos en el tercero. La expectación, el diario estado expectativo ante el curso de los acontecimientos, ante la aparición de pistas, por pequeñas que fueran, encaminadas a cerrar el círculo y, la fascinación, extrema, por el lugar del sacrificio: la cuadra vacía, primorosamente ventilada e iluminada, la viga de madera de quejigo pulida y exenta, los accesorios –soga y taburete- discreta pero acertadamente colocados en el rincón visible, al alcance de la mano. 

El juez encargado del levantamiento del segundo y tercero de los tenaces esposos pidió traslado. Aunque se dijo que no era por eso, que lo que quería era cambiar de aires atmosféricos. Obtuvo plaza. Quedó instalado en Andalucía, en una importante población de la campiña jiennense. Y allí, pasados los años, Julio Muñoz Salgado, escribió un libro. Unas memorias de su larga y prolífica vida de juez que, ciclostiladas, circularon por diversos mentideros siendo, a menudo, tachadas de mera enumeración y descripción vigorosa de levantamientos y levantados. Publicadas ahora en condiciones –Muñoz falleció en 1993- se comprueba que hacen particular hincapié en tres singulares escenarios: la cuadra de la casa de la Bruja de Artal, el bloque de viviendas ciudadano con puertas abiertas a cualquier diletante y, un tercero, de gran espectacularidad y sentimentalismo. El juez Julio Muñoz Salgado (el libro se titula Memorias sosegadas de un funcionario servidor de la ley y la justicia  y ha sido editado por la venezolana Fundación Losilla) pormenoriza, sin recrearse, el proceso de suicidio de los ‘mocicos viejos’ en el olivar de la provincia de Jaén. El ‘mocico viejo’ es el equivalente del ‘tión’ altoaragonés, el miembro de la familia campesina acomodada que malvive, soltero, a la sombra del padre y que luego envejece rápido bajo la aceptación despechada del heredero casado. Una figura poco envidiable que arroja los mayores índices de muerte voluntaria y los mayores índices de fidelidad al procedimiento. 

El olivo, tótem indiscutible del paisaje, sufre, signo de los tiempos, un cambio en su fisonomía; se arrancan los ejemplares de gran porte, los cargados de años pero de baja productividad, reemplazándolos por ejemplares jóvenes, las llamadas ‘estaquillas’, que no tardan en convertirse en maduros productores aunque no ofrezcan garantías a la hora de colgarse de sus ramas. El juez escribe: “A menudo, los infortunados, mueren no por ahorcamiento sino por destrucción craneal al tener que saltar numerosas veces y golpearse contra el suelo por la poca altura de la rama elegida y, dada la bisoñez de la misma, su gran flexibilidad. Bajo el maravilloso cielo azul de estos campos no me ha resultado extraño levantar, diría mejor, caritativamente, recoger, en un mismo día, más de un magro cuerpo con la cabeza ensangrentada y achichonada”.

[Publicado el 09/1/2017 a las 11:39]

[Etiquetas: Familia, esquelas, suicidio.]

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Grimm

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Unas circunstancias en extremo azarosas hicieron que, en Múnich, pasara por delante del portal en el que fue apuñalado el escritor Pedro Gálvez Ruiz (Málaga,1940). Sabía poco de Gálvez, quizá que era buen autor de novelas históricas y que había tenido una convulsa biografía, pero las personas que me llevaban con prisas a una representación teatral y que se equivocaron de calle, quisieron compensar el agobio contándome que Pedro Gálvez Ruiz era nieto de Pedro Luis de Gálvez, información que no se amplió en ese momento y que parecía destinada al olvido más absoluto. Pero anoche, rebuscando en las cajas donde almaceno los libros que ya no caben en las estanterías, me encontré con la edición de los Cuentos de los hermanos Grimm, la de Alianza de 1976, la que lleva los preciosos dibujos de Otto Ubbelohde y, al repasar los créditos, descubrí que la selección de textos y la traducción de los mismos era obra de Pedro Gálvez, que deduje era el autor de novelas históricas apuñalado sin resultado de muerte en Múnich en 2009 y, de golpe, recordé el dato que se me ofreció como muy valioso: ¡es el nieto de Pedro Luis de Gálvez!

Wikipedia es recomendable para la búsqueda no exigente de la biografía de escritores fallecidos, los aún vivos pueden ser objeto de interesadas interpretaciones. La “enciclopedia libre” inicia el artículo diciendo que Pedro Luis de Gálvez (Málaga, 1882 – Madrid, 1940) fue un “poeta de la bohemia española” y lo que se describe después serviría para la redacción de los más gruesos folletines y manuales; de hecho Rafael Cansinos Assens y Pío Baroja, y también Javier Barreiro y Juan Manuel de Prada se han ocupado de él. 

Pedro Luis de Gálvez fue hijo de un general carlista de gran temperamento que ingresó a su hijo en un seminario, del que no tardó en fugarse, para ser recluido, a continuación, en un correccional donde, “hostigado por la crueldad de la disciplina empezó a escribir poesía y se volvió anarquista”. Intentó luego la carrera de actor “pero su padre subió al escenario y le sacudió una paliza con su bastón”. En Pueblonuevo del Terrible (Córdoba) es detenido por la Guardia Civil por “peligroso revolucionario” y es juzgado y encerrado en Ocaña donde escribe el librito de narraciones En la cárcel que le dará cierta fama, suficiente para que el diario El liberal le ofrezca trabajo en Madrid, ciudad en la que, fruto de sus amores con una joven llamada Carmen, tiene un hijo que nace muerto y que pasea por calles y bares, metido en una caja de cartón, pidiendo dinero para poder enterrarlo. Condenado en 1939, en un Consejo de Guerra, por “conspiración marxista y otros cargos más” es fusilado al año siguiente. Su libro más famoso fue Buitres, publicado en Barcelona en 1923.    

 

[Publicado el 14/7/2016 a las 18:34]

[Etiquetas: Familia, edición.]

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Maniobras

He contado en público repetidas veces la historia de uno de mis bisabuelos que apareció con las uñas clavadas en la tapa del ataúd cuando los enterradores se disponían a trocear embalaje y embalado para hacerle sitio a un nuevo ocupante del nicho. Pero ahora me llega noticia de que unos funcionarios, en la misma faena de esponjamiento, hallaron a un tipo que dejó escrito a lápiz un mensaje en el interior de su caja.

 

[Publicado el 19/6/2016 a las 12:55]

[Etiquetas: Familia, cementerios.]

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Experiencias cutáneas

 

 

Pertenezco a una familia de leprosos. Sí, pertenezco a una familia de leprosos, o al menos así lo consideré durante toda la infancia. Mis primas Las Cacharritas podían bañarse en la piscina pero no su hermano que, al reblandecerse, dejaba buena parte de la epidermis, y quizá de la dermis, flotando sobre unas intensamente cloradas aguas. Hablo de la década de los cuarenta, de la piscina de la casa de veraneo de mis tíos Higinio y Consuelo (hermana de mi padre), del pueblo barcelonés llamado entonces Caldetas y de mi primo político, hijo de un hermano de mi tío Higinio . En cualquier caso, el niño, del que no recuerdo su verdadero nombre (a nivel interno era conocido por El Leproso), pertenecía de modo indiscutible al sector menos influyente de la familia. También, en aquellos años, volví a ver despojos flotando, gracias a una excursión al santuario de Lourdes organizada por el colegio de San Ignacio donde cursaba Preparatorio: sumergían a los enfermos en unas sombrías piletas que, quizá por eso, por el color mate de la superficie, permitían ver las pústulas y otras excrecencias arrebatadas de aquellas pieles amarillentas. Finalmente, el balneario de La Puda de Montserrat, ahora en ruinas, fue el tercero y definitivo escenario en el que se me permitió ver tamaño espectáculo: mi abuela materna Carmen tomaba las aguas y, en una visita dominical realizada con mi padres, aproveché el sopor en que los adultos se sumían tras la copiosa y renombrada comida para escaparme del férreo control y recorrer a la carrera el laberíntico edificio hasta llegar extenuado a una especie de galería que, como los anfiteatros de los quirófanos, permitía observar la zona de baños en la cual, en ese momento de lógica ausencia de bañistas, unas empleadas, que por su atuendo me parecieron monjas, pasaban sobre el agua inmóvil unos artilugios con los que recogían como cáscaras de fruta que iban echando dentro de pequeñas palanganas.    

 

 

[Publicado el 28/5/2016 a las 10:30]

[Etiquetas: Familia.]

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Fichero

  

Una limpieza a fondo del trastero de un apartamento hasta ahora vacío, y que va a ser arrendado para mitigar los estragos de la crisis, depara la siguiente sorpresa: caja de cartón conteniendo fichas de pacientes del consultorio de mi padre, ginecólogo dentista, en la calle Aribau, 191-193, 2º, 1ª, de Barcelona. Se trata de las historias clínicas de varios individuos de raza gitana, por lo que parece pacientes habituales, y cuyo elemento común, de gran poder sugerente para un observador no avezado, es la particular coloración de las encías que oscila entre un “negro azabache” y un “violento tornasolado”. Doy aquí algunos nombres con sus notas correspondientes, que, lógicamente, no incluyen domicilio dada la condición errática de esta clientela. Omito dolencias y fechas.     

 

Tomás, Conde de Egipto el Chico. Fechicero. Llega, la primera vez, arropado por una comitiva de caldereros. Vienen en camello. En visitas posteriores, y ante nuestro ruego, reduce el número de familiares y simplifica el transporte. Paga entregando tazas de plata (cuatro), sedas y cabellos.

 

Conde Martín del Pequeño Egipto. Bohemiano. Preguntarle por el doliente episodio en el que le robaron dos perros en el pueblo de Alagón; le complace mi interés y rebaja el nivel de angustia ante el material de cirugía. Entrega, a cuenta, una cabalgadura.

 

Juan de León, momiano. Dócil. Abona lustrando útiles.

 

Pinto de Egipto, hijo del difunto Conde Andrés de Egipto y de su mujer Bellute de Egipto. Egipciano. Habla en algarabía y va en hábito de gitano. Paga en besamanos.

 

Bartolomé Micle, dice que aunque está exento de peajes va a pagar y paga 32 reales que lleva envueltos en el pañuelo de narices oculto en la faldriquera. 

 

Andrés Mixó y Pute, hijo de Pinto de Egipto. Xitano reconocido. Niega, en cambio, ser de nación navarra y hablar esa lengua. Muestra documento de no bellaquería y, desde luego, se comporta con galanura tanto con el equipo médico como con el servicio. Entrega un carnero fruto de legal trueque.  

 

Nuriya Pestiñó y Canalda, gitana catalana casada con Tomás Cleriquet y Fort. Habla jerigonza del gremio de usurpadores. Al ir a pagar le cae al suelo un papel, la sentencia que la condena a ser azotada 20 veces en lugar habitual de la ciudad de Huesca por andar de vagamunda criminosa y lucir artes de antinatura. Lleva oro. 

 

[Publicado el 26/4/2016 a las 11:26]

[Etiquetas: Familia, listas, cirugía, gitanos.]

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La casa

Regresé a los treinta años de mi muerte. La casa, vieja, sin aquella mano de pintura que nunca pudimos dar; los libros sepultados por el polvo; los muebles, devorados por la carcoma. Ni rastro de los míos. Mi mujer, enterrada lejos, en el sur seco y amarillo. Mis dos hijos, a los que tanto quise, irremisiblemente borrados, sin pistas para saber qué habrá sido de ellos. Subo y bajo escaleras, cojo el ascensor, recorro el inmenso garaje, paseo por la acera, pero no conozco a nadie, no queda nadie de aquel tiempo. Y no puedo preguntar a esa gente extraña, porque no me oyen y, quizá, ni me ven. No debí volver.

[Publicado el 22/3/2016 a las 10:27]

[Etiquetas: Familia, visitas.]

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Mariety y la armónica

 

Muchas veces el excesivo autoritarismo de los padres produce efectos nocivos en sus vástagos. Es el caso de Mariety que, en un diario hasta ahora secreto, escribe: “Cuando hice la primera comunión mi padre me regaló una armónica en miniatura, marca Hohner, de plata, con una cadenita. Por lo que sea, un día se soltó de su cadenita, me la llevé a la boca y me la tragué sin querer. No me atreví a decirlo y tampoco nadie me preguntó. Unos meses después mis padres me llevaron al médico porque tenía fiebre y me dolía mucho la garganta. Resultó que tenían que extirparme las amígdalas. Yo no sabía nada de amígdalas y simplemente me explicaron que tenían que quitarme de la garganta algo que no debía estar allí porque era lo que me producía el dolor. Estaba segura de que se trataba de la armónica. Me aterraba que descubrieran que me la había comido y que no había dicho nada.” El diario termina aquí. Mariety fallecería antes de ser operada sin que los médicos aclararan los motivos. Y la historia también terminaría aquí si no fuera por Julián Mamarras, el enterrador del cementerio donde se inhumó el cuerpecito de Mariety. Mamarras era dado a la astronomía y muchas veces al oscurecer, con el buen tiempo, se tumbaba sobre una losa, elegida al azar, y escudriñaba el firmamento. Una noche, sería a principios de agosto, oyó un sonido muy agradable que parecía surgir del interior de la tumba. Sobresaltado, leyó, a la luz de la luna, la inscripción sobre la que había reposado su espalda. Se trataba de una niña. Muerta hacía poco. Permaneció un rato immóvil, atento. Y aunque el sonido aún se percibía, se iba atenuando, hasta desaparecer al avanzar la noche. Volvió Mamarras al día siguiente. Y el fenómeno se repitió. Y así en las jornadas sucesivas. Una musiquilla que en el crepúsculo sonaba con cierta potencia y que al pasar las horas desaparecía, como si el frescor nocturno no le conviniera. Julián avisó al forense y, en presencia de los autoritarios padres, se exhumó el cadáver, ya descompuesto. Descomposición que producía gases, virulentos a las horas de calor y que, acumulados, se expandían al atardecer, dando vida al instrumento.  

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30 niñas. Leteradura. 2014. 

 

[Publicado el 09/3/2016 a las 11:40]

[Etiquetas: Familia, música, cementerios.]

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Malas sábanas

 

Nos dieron dos juegos de sábanas usadas para que duraran lo que la estancia en la finca. Pero no fue así. La ínfima calidad y la poca limpieza pasaron factura. A los dos días Víctor despertó con la espalda comida por los ácaros. A la semana hubo que amputársela. Sin espalda mal le fueron las cosas. Le puse algodón, empapado en mercromina, sujeto al pecho con esparadrapo. El remedio no sirvió, supuraba y lo echaron del trabajo. Aburrido, ocupaba las horas persiguiendo a las chinches; se convirtió, eso sí, en un hábil cazador, las envolvía en los jirones de las sábanas que se amontonaban en el suelo. Pensamos en una venta directa. Gustaban las chinches (y las liendres) en ese pueblo. Montamos un tenderete en la plaza pero descubrieron la mala calidad de los jirones de las sábanas y fracasamos. Ahora, de vuelta a casa, Víctor sin trabajo y sin espalda, no hago más que pensar en lo tonta que fui, que por ahorrarme unos pesos he traído la desgracia.   

 

[Publicado el 04/3/2016 a las 17:50]

[Etiquetas: Familia, zoología.]

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Convento del Carmen Calzado de Gerona

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Gustavo Puerta Leisse me pregunta en 2008, en una entrevista publicada en el nº 167 de Educación y Biblioteca, por qué y desde cuándo me apasionan los diccionarios, a lo que respondo: “Porque en ellos está todo lo que un hombre curioso puede aspirar a conocer en esta vida y, además, la sabiduría aparece perfectamente ordenada. Mi primer libro fue la Quarta Edicion del Diccionario de la Lengua Castellana compuesto por la Real Academia Española (MDCCCIII). Aún lo conservo con señales de mordeduras de dientes de leche. En la portada se lee, escrito a tinta, ‘Soi del Carmen Calzado de Gerona’, que era abuela de mi abuela materna, o sea una de mis tatarabuelas, hija de un militar que casaría en esa provincia con un miembro de una de las ramas más  genuinamente catalanas de mi familia; esa boda sería hoy impensable, constituiría un acto contra natura.”   

 Me extrañaba que la anotación empleara esa vulgar construcción gramatical que antepone el artículo al nombre de persona, y que el apellido de mi antepasada, Calzada, fuera masculinizado pero, lo definitivo, ha sido entrar en https://es.wikipedia.org/wiki/Convento_del_Carmen_Calzado_(Madrid) y descubrir que Carmen Calzado de Gerona se refiere al Convento del Carmen Calzado de Gerona, uno de los conventos de la Orden del Monte Carmelo que surgieron en España a partir del siglo XVI. No encuentro en internet referencias al convento de Gerona pero sí sobre otros, en especial al de Madrid que, como puede leerse en Wikipedia, posee una interesante historia.

 

[Publicado el 04/2/2016 a las 18:31]

[Etiquetas: Bibliofilia, familia, conventos.]

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Foto autor

Biografía

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, filólogo y ornitólogo. Traductor, al español, de Flaubert (Trois contes), Claudel (L'Annonce faite à Marie),  Tzara (L´Homme approximatif), Monod (Le Hasard et la Nécessité), Montale (Ossi di sepia). Ha publicado los siguientes libros de poesía: De las condiciones humanas (Trimer, 1964), La hora oval (Ocnos, 1971), Cónsul (Península, 1987), Ciudad propia (Artemisa, 2006), Fámulo (Tusquets, 2009) y Hiela sangre (Tusquets, 2013). Es autor de una novela, Níquel (Mira, 2005), reeditada y ampliada en 2011 por Tusquets bajo el título Familias como la mía, de El Bestiario de Ferrer Lerín (Galaxia Gutenberg, 2007), de un libro de bibliofilias, facsímiles y artículos titulado Papur (Eclipsados, 2008), así como de la antología de relatos breves Gingival (Menoscuarto, 2011). En 2014 Jekyll & Jill ha publicado la selección de materiales oníricos, Mansa chatarra, y Leteradura el libro de retratos literarios, 30 niñas.

Hoy vive en Jaca dedicado a la literatura.

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