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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de agosto de 2017

 Blog de Francisco Ferrer Lerín

Necrologías 5

 

No son frecuentes los casos de doble muerte y menos aún los de doble nacimiento. Por eso produce una rara sensación la confluencia de ambos casos en un mismo círculo familiar o productivo. Leemos en la prensa que ha fallecido John Updike y, al tratarse de una noticia de agencia, su exposición no difiere demasiado aunque acudamos a medios muy alejados geográficamente o incluso de opuesta ideología y dispar tirada. Esta podría ser una muestra tipo del artículo en cuestión:

"El novelista estadounidense John Updike –Reading, Pennsylvania, 1932-, cronista del desencanto vital de la América de clase media, ha fallecido a los 76 años, tras una larga lucha contra el cáncer de pulmón, según ha informado su editorial, Alfred A. Knopf, en The New York Times."

Una crónica, un encabezamiento de una crónica que no revela nada especial para un lector no atento. En cambio, para los fanáticos de la información y para los seguidores de lo más granado de la literatura del siglo XX, este obituario sí tiene un particular interés. En el año 1966 se escribe un informe titulado “Otelo” que, al cabo de un tiempo, aparece publicado en el volumen misceláneo La hora oval; Barcelona; Llibres de Sinera; colección Ocnos; 1971. Dice así:

 

La huida en el coche festivo y cálido junto a la mujer que amo.

Así es el comienzo de la historia que yo debiera relatar. Después contratiempos de toda índole ensombrecen el propósito y la historia se diluye.

En marzo con los bolsillos llenos de dinero fresco adquiero la casa y ella dirigiendo un ejército de obreros meticulosos dispone el marco de nuestra aventura. Desde el principio se establece un clima de amor y tranquilidad que ninguno conoce hasta ahora: permanecemos abrazados con los ojos indagando en la blancura del techo favorito; las tardes aún frías en la terraza que da al mar; y la noche embrionaria y olorosa que nos convierte en animales recién nacidos.

 La sospecha aparece con los últimos días de primavera: allí donde se oye cantar al hombre una necesidad de acudir y la intolerancia propia de estas ocasiones que él me robe la hembra yo no puedo tolerarlo y decido acabar con el intruso. Luego se dijo que no iba a eso pero no hay pruebas de nada que lo confirme —aunque tampoco que confirme lo contrario— y obro conforme a lo que se espera y despeño al odioso.

 La locura convierte en falsas las apreciaciones más íntimas y así me aseguran que cayó un muñeco ayer mañana desde el balcón del dormitorio al arenal que bordea la roca. Falso pues yo mismo asesiné a John Updike ya en trance de cohabitar con la débil Lucía. Pero si deciden no creerme les mostraré el cadáver. En este país hay indulto para este tipo de crímenes.

 Bajamos cogidos fuertemente. Las escaleras de pino enano se arquean flexibles bajo nuestro peso y sus brazos me rodean. Hay un tallo húmedo recorriendo mi espalda cuando su lengua traspone el umbral y su vientre de pez espada me roza. Ahora se separa un poco y recoge un montón de algo que se desparrama aún por mi cerebro. La víctima creo. Y nuestro automóvil se aleja de la mansión de mis sueños.

 

El autor de este documento, que adelanta 43 años el perecimiento del escritor norteamericano, firma con seudónimo y, navegando en la red gracias a la incomparable herramienta conocida como Google, descubrimos cuál es su filiación verdadera: se trata del agrimensor Carlos Sanders Variosaires fallecido en Cúcuta, Colombia, en 1973, cuyos biógrafos no parecen ponerse de acuerdo en una cuestión tan principal como es el señalamiento exacto de su lugar de nacimiento, hasta el punto de que uno de ellos cita una entrevista realizada para un diario andino en la que Sanders proclama, con la mayor naturalidad, que “yo nací en Iquique... después de nacer en Washington nací en Iquique, en el Tarapacá chileno”.     

 

 

[Publicado el 30/1/2017 a las 18:35]

[Etiquetas: Esquelas, sexo, literatura, arquitectura, crimen.]

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Necrologías 4

 

Conocí a Ricardo García Munarriz en la Universidad de Barcelona durante el curso 1962-1963. Vivaracho, casi nervioso, era ese tipo de persona que mantiene en ascuas a la concurrencia por la agudeza de sus consideraciones y lo chocante del modo de expresarlas. Capaz de dar un giro a la conversación sin perder un ápice de intensidad volvía de súbito a lo que antes se estaba tratando para así dejar descolocados a sus fatuos epígonos. Daba igual que fuera literatura, arte o ciencias de la naturaleza; Ricardo sabía de todo, disponía de una inteligencia natural que lo convertía en el ser plástico por excelencia: adaptaba los razonamientos, el léxico, los gestos, diría que el porte y las líneas de su rostro, a las características de sus interlocutores. Pienso ahora, desde la distancia, que Ricardo García era, ante todo, un farsante, alguien que con vastas y reconocidas lagunas en numerosos campos del saber lograba, mediante su encanto personal y unos elementales y misceláneos conocimientos, convertirse en el centro de atención y, me consta y me duele, en el mentor de condiscípulas no siempre poco agraciadas.      

Perdí su rastro en 1968. Yo había acabado Derecho e ignoro si él acabó Filosofía. Corrió entonces el rumor, quizá el bulo, de que había ingresado, como ornitólogo becario, en un centro pirenaico de investigación. Poco a poco su recuerdo se fue borrando y, nadie, que yo sepa, volvió a hablar de él en las tertulias y otros foros, al tiempo que se rompían los sólidos vínculos que había establecido con la prensa escrita donde, en aquellos años, su presencia, mediante artículos suyos o dedicados a su persona, era constante y abrumadora. Por eso hoy, nueve de febrero de 2009, al recibir un paquete remitido por Ricardo García Munarriz mi corazón ha dado un vuelco. Un pequeño y delgado paquete rectangular que me llega por correo postal ordinario y en el que con caligrafía vacilante, a bolígrafo de bajo precio, se escribe en el anverso mi nombre y dirección con algunos errores y, en el reverso, dentro de un círculo trazado en el ángulo superior derecho, los datos del remitente: R. García Munarriz / Farmacia, 3, 3º, dcha. / 28004 Madrid.    

“Querido Pedro”, dice la breve misiva en un papel suelto cuadriculado, “aquí tienes mi legado. Creo que eres merecedor de poseerlo porque fuiste la persona con quien sostuve más abundantes y extensas conversaciones sobre arte y literatura. Verás que junto a esta carta va un sobre. En su interior encontrarás anotadas las frases, las palabras que me han emocionado a lo largo de mi vida. Son pocas y forman tres bloques. Recibe un abrazo de tu amigo Ricardo que ya habrá muerto cuando me estés leyendo. En Madrid a las 11 horas del jueves 5 de febrero de 2009.” Llamé a mi abogado por si la comunicación de ese posible suicidio pudiera comprometerme y luego, ya con la policía avisada, el piso inspeccionado y el juez movilizado para levantar el cadáver, me dispuse a disfrutar con el ramillete de citas que iluminaron, sin duda, toda una existencia.    

  

De la prensa diaria:

 “Los preparativos para la Fiesta Provincial del Fiambre Casero.”

“Fueron compañeros de la sección de lengüetas.”

“Recorrió junto a Smith el circuito de garitos de mala muerte.”

“Donde la ciudad acaba, donde las ciudades son como islas, cortadas, de     límites definidos.”

“A su madre el suceso no le quitó el apetito de hacer música.”

“Discos eclécticos, repletos de dobles sentidos y simpáticos exotismos.”

“Una de las femmes fatales más intensas que ha dado el género.”

“El Baile de las Monjas de Roberto el Diablo, la Danza de las Monjas     Espectrales en el interior de la Catedral de Palermo. “    

“Vagaba por las calles de Baltimore con ropas que no eran las suyas.”

“En Formentera se cazaban las pardelas a mordiscos.”

“Millares de animales simples forman un cerebro colectivo que toma decisiones.”

“Nunca buscó simetría (estética) sino eficacia.”

“Una mujer paralizada de cintura para abajo y que se negaba a ir en silla de ruedas.”

  

En libros y revistas:

“Fue una picadura de escorpión que dejó una mancha en forma de escorpión donde picó el escorpión.” Sara. Frank Ferris.

Señora Píbodi. (Común)

Señora Bíguelou. (Común)

“Era una mujer de cara mutable, con un amplio repertorio de apariencias que iban desde la fealdad hasta un particular modo de belleza.” Ella. Jean de Erin.

 “Uno de mis defectos es que no he podido acostumbrarme a la fealdad humana.” El filo de la navaja. William Somerset Maugham.

“Las largas peregrinaciones hacen a los hombres discretos.” El licenciado Vidriera. Cervantes.

“Ningún artista tiene inclinaciones éticas. En un artista, una inclinación ética es un amaneramiento estilístico imperdonable.” Óscar Wilde.

“La filosofía es el manejo de lo obvio (o del sentido común, que es lo mismo) mediante el uso de herramientas sofisticadas.” Revista Pensar.

“Viajar es esa actividad en la que uno paga por sufrir todo tipo de incomodidades.” Selecciones del Reader’s  Digest.

“Le gustan las mujeres húmedas de sobacos.” Libro de Buen Amor.

“Un cazador con pinta de idiota.” John Berger.

 

En la calle: 

“Tenía oído de tísica.”

“La compré las mamaderas.”

“Era hijo de un sastre ambulante.”

“He llegado a casa y me he lavado la boquita.”

 

[Publicado el 23/1/2017 a las 12:20]

[Etiquetas: Esquelas, suicidio, ornitología, literatura.]

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Necrologías 3

 

Murió Albino. Gigante, indeciso, gafas oscuras perpetuas, se le vio durante años pasear, detenerse agotado, apoyarse en las puertas como si fuera a entrar en las casas, vivaquear por ese lugar difuso que es la plaza España, Las Arenas y la avenida Gran Vía ya saliendo hacia el aeropuerto. Muchos debieron de hablar con él porque quedan testimonios de su pensamiento recogidos en la prensa y en varios libros de carácter ligero y misceláneo. ¿Vivía en...? Puede que en la calle Tarragona, en esa tupida red viaria que la flanquea en sentido descendente, en esas casuchas adosadas a los corrales del antiguo matadero, quizá no en una casa sino en un corral, en el corral que albergara a la ternera Celia, la que produjo las mejores carnes de 1956, las que permitieron que el chef Bartrés ganara el premio al mejor fricandó. Pero ahora ¿aún existen esas cuadras? Puede, pero nadie lo sabe con certeza. Quizá, en la base del más elevado de los rascacielos, dejaron un espacio, una burbuja hormigonada, para mantener en pie un minúsculo habitáculo de ladrillo ¿y adobe?: el cubil de Albino. “¡Qué rancho, devoraba ratas!” sentenciaba un malévolo, también los guardias, acicalados, le acusaban de ladrón: restos no sólo cárnicos, también algún pescado y la extraña fruta con sabor a heces. Hubo dos viajes, sarnosos, una turbamulta de pordioseros, enfermeros, clérigos, hermanas de la caridad. Primero a la Meca blanca, en Roma, en busca de la bendición. Segundo al África negra, a socorrer refugiados. Albino destacaba. Su porte. Su palidez. Su fuerte hedor. Peregrinos entre la guardia pretoriana vaticana. Sanitarios entre ventrudas criaturas y madres multíparas. El periodista juvenil y perplejo define a Albino como protoinventor. Cuenta en su columna del diario gratuito que “les regalaron bolígrafos bicolores y Albino supuso que con el rojo escribiría en español y con el azul en italiano (...) se trata de un genio en ciernes, esa maldición bíblica y real de las lenguas queda solventada con un ligero artilugio que nuestro hombre quiere desarrollar a partir de un souvenir de atrio de iglesia”. África no propició un invento de menor importancia. Albino anticipó a Lovelock y Sartori y comprendió que la solución no estaba en curar negritos sino en evitar que nacieran tantos. Enseñó a la corresponsal del Post una cacerola oxidada de la que colgaban cables al tiempo que le advertía que el dolor en esos países era insoportable y que con esta máquina, con el Detector-Medidor de Sufrimiento, iba a convencer de una vez por todas a las autoridades mundiales para que iniciaran una campaña seria y definitiva de control de la natalidad. “El problema hay que cortarlo de raíz”, repetía, “nada de parches, Albino no quiere ver más mujeres y niños sufriendo”. El fotógrafo Pablo J. Pérez obtuvo, estas Navidades, su última instantánea y sus últimas palabras. Acurrucado en el portal de la Casa de la Papallona, Albino se disponía a afrontar su última noche de vida, abrazado a una bolsa de plástico. “¿Qué llevas ahí?”, le preguntó J. Pérez, a lo que Albino respondió: “llevo un alijo de polvorones”. 

 

[Publicado el 16/1/2017 a las 11:45]

[Etiquetas: Viajes, arquitectura, esquelas, gastronomía, muerte, ecologismo.]

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Necrologías 2

 

La misma viga para tres maridos. Cosma Blata Ballarín, la Bruja de Artal, casó por primera vez en 1941. Que su hombre se ahorcara aquella noche ventosa de final de la década no constituyó noticia. De hecho, hasta tiempos recientes, los suicidios, en días de viento, eran comunes en esos rincones pirenaicos. Incluso se hablaba de una sólida tradición afincada en determinados enclaves, como la viga de hierro atravesada sobre el hueco de la escalera, fácilmente practicable desde el rellano de la última planta de un inmueble ubicado en el casco antiguo de cierta ciudad de cierto lustre, un inmueble abandonado y con la puerta de la calle siempre abierta, que concitó tanta fama que un grupo de sorianos fletó una camioneta para trasladarse y aprovechar las ventajas de una instalación tan pulcra, accesible y carente de riesgo para los practicantes. Después, con los ayuntamientos democráticos, primero se tapió la entrada y luego se demolió el edificio. Pero el caso de Cosma Blata (Artal, 1919 – Zaragoza, 1981) tiene un interés añadido: la expectación y la fascinación que provocó en su segundo marido, y no digamos en el tercero. La expectación, el diario estado expectativo ante el curso de los acontecimientos, ante la aparición de pistas, por pequeñas que fueran, encaminadas a cerrar el círculo y, la fascinación, extrema, por el lugar del sacrificio: la cuadra vacía, primorosamente ventilada e iluminada, la viga de madera de quejigo pulida y exenta, los accesorios –soga y taburete- discreta pero acertadamente colocados en el rincón visible, al alcance de la mano. 

El juez encargado del levantamiento del segundo y tercero de los tenaces esposos pidió traslado. Aunque se dijo que no era por eso, que lo que quería era cambiar de aires atmosféricos. Obtuvo plaza. Quedó instalado en Andalucía, en una importante población de la campiña jiennense. Y allí, pasados los años, Julio Muñoz Salgado, escribió un libro. Unas memorias de su larga y prolífica vida de juez que, ciclostiladas, circularon por diversos mentideros siendo, a menudo, tachadas de mera enumeración y descripción vigorosa de levantamientos y levantados. Publicadas ahora en condiciones –Muñoz falleció en 1993- se comprueba que hacen particular hincapié en tres singulares escenarios: la cuadra de la casa de la Bruja de Artal, el bloque de viviendas ciudadano con puertas abiertas a cualquier diletante y, un tercero, de gran espectacularidad y sentimentalismo. El juez Julio Muñoz Salgado (el libro se titula Memorias sosegadas de un funcionario servidor de la ley y la justicia  y ha sido editado por la venezolana Fundación Losilla) pormenoriza, sin recrearse, el proceso de suicidio de los ‘mocicos viejos’ en el olivar de la provincia de Jaén. El ‘mocico viejo’ es el equivalente del ‘tión’ altoaragonés, el miembro de la familia campesina acomodada que malvive, soltero, a la sombra del padre y que luego envejece rápido bajo la aceptación despechada del heredero casado. Una figura poco envidiable que arroja los mayores índices de muerte voluntaria y los mayores índices de fidelidad al procedimiento. 

El olivo, tótem indiscutible del paisaje, sufre, signo de los tiempos, un cambio en su fisonomía; se arrancan los ejemplares de gran porte, los cargados de años pero de baja productividad, reemplazándolos por ejemplares jóvenes, las llamadas ‘estaquillas’, que no tardan en convertirse en maduros productores aunque no ofrezcan garantías a la hora de colgarse de sus ramas. El juez escribe: “A menudo, los infortunados, mueren no por ahorcamiento sino por destrucción craneal al tener que saltar numerosas veces y golpearse contra el suelo por la poca altura de la rama elegida y, dada la bisoñez de la misma, su gran flexibilidad. Bajo el maravilloso cielo azul de estos campos no me ha resultado extraño levantar, diría mejor, caritativamente, recoger, en un mismo día, más de un magro cuerpo con la cabeza ensangrentada y achichonada”.

[Publicado el 09/1/2017 a las 11:39]

[Etiquetas: Familia, esquelas, suicidio.]

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Necrologías 1

 

El novelista Bruce “Snake” Tenser falleció el pasado 27 de diciembre en el St. John’s Health Center de Santa Mónica, California, a los 83 años de edad víctima de una inflamación intestinal conocida como colitis isquémica. Tenser, noveno hijo de una familia de inmigrantes judíos lituanos, se abrió camino en el incierto mundo de los cantantes adolescentes de su localidad natal -Júpiter, Florida- gracias a la brutalidad de sus baladas. En 1940, recién cumplidos tres lustros, acepta escribir mensualmente, en un diario local, una columna de carácter escatológico. En 1944 crea el detective Farmer McDevlin, personaje que ayudado por el conserje corrupto de un viejo hotel resuelve de modo impecable los frecuentes crímenes de la ficticia ciudad de Atenetia. La década de los cincuenta supone el espaldarazo definitivo a su obra literaria: inicia la publicación, en pulps y fanzines, de historietas protagonizadas por un infrahombre, el pétreo coronel Lawrence, que movido por un intenso odio a la raza humana no deja, prácticamente, títere con cabeza. “Lawrence es un soldado”, sintetiza la propaganda, “que no responde a ningún precepto, su furia aniquiladora se ceba siempre en los más débiles ya que considera, acertadamente, que apenas tienen capacidad de respuesta”. Tenser, gana, en 1964, el premio que concede una asociación de lectores de novelas policiacas vinculada a los rosacruces y que según su agente literario, John Carlino, “aquilata a la perfección la estima que la obra de Bruce despierta en el pueblo americano”. Con The Gin Game (1972) consolida el primer puesto en la lista de autores de novela breve. “Una narración”, se apunta en la contraportada, “de ritmo trepidante, de estilo seco y descarnado, en la que una mujer negra y sorda, Tammy Klinger, de profesión cocinera, recorre Estados Unidos practicando certeras hemorroidectomías a novicias y monjas atrincheradas en monasterios y conventos”. La experta viaja en un Chevrolet blanco y azul del 54 a cuyos mandos, y para cualquier tipo de necesidades, se halla Bruce Tenser apodado “Snake” por la longitud y sinuosidad de su miembro. El éxito de la obra anima al autor, y a su agente, a utilizar de nuevo a los dos héroes en la siguiente entrega: Gunsmoke Miracle (1974). De hecho, en los treinta títulos que vendrán después, se mantiene la misma estructura narrativa al tiempo que, la cocinera Klinger y el agente Carlino, van equiparando sus personalidades hasta resultar, en bañador, indistinguibles.

[Publicado el 03/1/2017 a las 11:56]

[Etiquetas: Viajes, esquelas, muerte, sexo, literatura.]

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Comodines

Chatarras, Pumbo y La Monja Enana fueron los más grandes jugadores de chiribito que hollaron los tapetes del Casino Principal de Jaca; el chiribito, esa variedad de póquer, agresiva, espectacular y calibrada que otra gloriosa personalidad, que atendía por Loquilla, trajo a estos venerables salones en exclusiva para todo el gremio del naipe de la ciudad pirenaica. Sería 1980. Loquilla sufría importantes pérdidas en la sesión semanal de bacarrá oficiada en aquel insólito lugar cercano a Huesca y necesitaba resarcirse con toda urgencia. Propuso en Jaca cambiar de modalidad de juego, implantar algo que él dominaba, y con lo que creyó poder desplumar a sus compañeros de mesa. Pero minusvaloró a los poqueristas jacetanos (y zaragozanos visitantes), en especial a los nombrados al comienzo de esta historia, que pronto aprendieron, superaron al maestro y le obligaron a buscar en otros frentes el modo de sufragar la deuda. Loquilla murió pronto, y quizá en paz. En cualquier caso, el chiribito, también llamado póquer sintético, quedó instalado, no como homenaje a su introductor sino como incomparable método de mover dinero, en las hexagonales mesas del número trece de la calle Echegaray, en tiempos conocida como calle de las Damas. 

Pues bien, anotar un detalle; ni Chatarras, ni Pumbo, ni La Monja Enana, ni la inmensa mayoría de puntos autóctonos y alóctonos, caballeros todos, quisieron saber nunca nada del empleo de comodines en esa maravilla de la inteligencia y la emoción que es el póquer sintético, como tampoco antes lo quisieron en el ejercicio del póquer convencional, el póquer tapado, el de las cinco cartas. Sí, había una tradición, una costumbre, casi una corriente de pensamiento que postulaba la inclusión en el mazo de uno o dos comodines, pero era una tendencia que surgía entre clases pasivas, entre jugadores no creativos, entre quienes restaban a las cartas su propio valor para reducirlas a la vulgaridad y convertirlas en vehículo de la anodina pasión por el azar. ¡Los comodines!, y aquí es adonde quería conducir el discurso, al empleo exacerbado de comodines, pero no de los que tienen en el jóker a su emblema, sino otros, otros comodines, intangibles pero nefastos, invasivos veloces que se instalan en todos los sistemas de voz; me estoy refiriendo a los comodines gramaticales, a uno en especial, a ese verbo “hacer” que anula, arrasa a otros muchos verbos convirtiendo el empleo de la palabra en un desierto en el que la creación expositiva, la riqueza de los matices, se devalúan hasta transformarse en una insoportable muestra de inanidad y aburrimiento.     

Expresiones como “hacer el aperitivo”, “hacer un infarto” o “hacer pole” son de uso frecuente en los medios audiovisuales y, cada vez más, entre personas bastante bien educadas. Sustituir por el comodín “hacer” certeros verbos como –en estos tres casos- “tomar”, “sufrir” o “conseguir” es el signo de los tiempos, una moda, una señal aceptada del empobrecimiento del idioma y una pírrica victoria para los que propugnan igualar a las gentes por abajo. Sin embargo, en todos los terrenos, incluso en los más deleznables, es posible establecer algún récord, alcanzar un nivel impensable de estulticia y aborregamiento colectivo. Lugar: gasolinera El Cid en la autovía Zaragoza Huesca. Protagonistas: dos matrimonios de mediana edad y condición social que llegan a bordo de un coche matrícula de Tarragona. Diálogo (traducido): “Mientras haces gasolina iremos a hacer un café”; “No tengáis prisa que voy a ver si también me hacen el parabrisas y seguro que si les doy propina también me harán las ruedas”. Nunca Chatarras transigió ante los patrocinadores del descalabro: siempre buscó la mejor jugada, siempre buscó esgrimir con sagacidad sus altos poderes; daba gusto verle articular los naipes como si fueran sintagmas; ¡qué artista de la dicción!; abofeteó, dice la leyenda, a un agrimensor que quiso convencerle de la bondad del cambalache, de que hay quien sirve para todo, del usar y tirar, del qué más da cómo se hacen las cosas.          

 

[Publicado el 22/12/2016 a las 12:28]

[Etiquetas: Póquer, léxico, filología]

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Aparición / desaparición de un capitán Mascaraque

El seis de mayo recibí otro mensaje: 

Dejaré este nombre y apareceré algún día en su vida con el mío, y por supuesto nunca habré oído hablar de Beldad Aria. Pero será muy diferente,  jugaré a ser alguien razonable, me esforzaré en "explicarme", aunque en ello pierda mi propio lenguaje, que desde luego no son las palabras. Seguro que será un encuentro muy breve.

No fue el último mensaje. Documentados, incisivos, no dejaban lugar a la elección. Desconcertado, eché mano del detective Carlos. Mas tampoco él dio con quien se hallaba detrás de Aria. Me aconsejó viajar. Pero sólo supe hacerlo en círculo. Y volví a estar a merced de ¿ella? Decidí morir. De modo que ahora no puedo recordar el total de su última misiva. Sí, en cambio, su comienzo:

Sólo disponemos de una línea de tiempo, pero esas palabras tenían una temperatura indefinida.

 

[Publicado el 09/12/2016 a las 19:19]

[Etiquetas: Muerte.]

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Pueblos del mundo y 7

SACERDOTISAS DE LA ISLA FORMOSA. En la isla Formosa las mujeres son las que ejercen esta importante dignidad; ellas son las que anuncian la voluntad de Dios; ellas susurran extraños discursos, hacen particulares contorsiones, lanzan horribles aullidos y cuando están enardecidas se echan por tierra, suben a los techos de las pagodas, se descubren de cintura hacia arriba, se azotan hasta acardenalarse, al tiempo que orinan cuanto pueden sobre la multitud devota y, concluida esta operación, se desnudan enteramente y se lavan en presencia de los fieles. Celebran misa con una hostia negra y practican con sabiduría la megalantropogonesia: enseñan a las mujeres a concebir los hijos con la forma deseada; en esa isla son muy apreciados los carneros de gruesa lana y las criaturas humanas con barba blanca a imagen de Moisés.

 

[Publicado el 05/12/2016 a las 11:32]

[Etiquetas: Sociedad.]

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Pueblos del mundo 6

HERMAFRODITAS. Bajo el pontificado de Inocencio III surgió una secta de innovadores que sostenía que Adán al nacer era a la vez varón y hembra. Plinio aseguraba que en África, más allá del desierto del Sahara, existía un pueblo de Andróginos que se reproducía por sí mismo. Las leyes romanas incluían a los Hermafroditas en la lista de los monstruos y los condenaban a muerte: Tito Livio y Eutropio refieren que cerca de Roma, bajo el consulado de Claudio Nerón, nació un niño que reunía los dos sexos y que el senado, asustado por este prodigio, decretó que era necesario ahogarlo; encerróse al niño en un cofre de madera de olmo, se llevó a alta mar y se arrojó a las aguas. Los Hermafroditas, en la Antigüedad, tenían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas; los dioses, dice Platón, habían creado un hombre redondo, sumando dos cuerpos; estos dos hombres en uno poseían una fuerza tan extraordinaria que decidieron enfrentarse a Júpiter y este, irritado, los partió en dos para debilitarlos. Aristóteles habla de un pueblo que tenía el ojo derecho de hombre y el izquierdo de mujer.

[Publicado el 30/11/2016 a las 10:51]

[Etiquetas: Sociedad.]

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Pueblos del mundo 5

CATALANES. Cuando los catalanes se enteraron de que el eremita Romualdo quería regresar a su lugar de nacimiento resolvieron impedírselo y el único medio que se les ocurrió fue matarle, para aprovechar al menos sus reliquias, pero tanta devoción no plugo al santo, usó de algún ardid y escapó. Fallecido Romualdo, de muerte natural, años más tarde, en Val-di-Castro, los catalanes decidieron ir en expedición para hacerse con las reliquias, pero fueron tantas las disputas entre ellos para ver quién iba y quién no iba y quién sería el que las transportara a la vuelta, que cuando llegaron al monasterio no encontraron resistencia de los monjes, porque las polillas se las habían comido.

[Publicado el 28/11/2016 a las 11:19]

[Etiquetas: Sociedad.]

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Foto autor

Biografía

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, filólogo y ornitólogo. Traductor, al español, de Flaubert (Trois contes), Claudel (L'Annonce faite à Marie),  Tzara (L´Homme approximatif), Monod (Le Hasard et la Nécessité), Montale (Ossi di sepia). Ha publicado los siguientes libros de poesía: De las condiciones humanas (Trimer, 1964), La hora oval (Ocnos, 1971), Cónsul (Península, 1987), Ciudad propia (Artemisa, 2006), Fámulo (Tusquets, 2009) y Hiela sangre (Tusquets, 2013). Es autor de una novela, Níquel (Mira, 2005), reeditada y ampliada en 2011 por Tusquets bajo el título Familias como la mía, de El Bestiario de Ferrer Lerín (Galaxia Gutenberg, 2007), de un libro de bibliofilias, facsímiles y artículos titulado Papur (Eclipsados, 2008), así como de la antología de relatos breves Gingival (Menoscuarto, 2011). En 2014 Jekyll & Jill ha publicado la selección de materiales oníricos, Mansa chatarra, y Leteradura el libro de retratos literarios, 30 niñas.

Hoy vive en Jaca dedicado a la literatura.

Obras asociadas

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