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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de diciembre de 2018

 Blog de Francisco Ferrer Lerín

Villancicos de ida y vuelta

Las Fiestas Navideñas son indicadas para los detalles entrañables. Mi esposa, Paloma, es dada a los christmas y a los obsequios; prepara bolsas con dulces, conservas y chucherías, para regalar a nuestras amistades. La inversión, que puede parecer excesiva para un miembro de la rama ortodoxa, como es mi caso, no lo es tanto. Ayer, concretamente, me hizo llevar, por la mañana, dos bolsas a sendas familias, los García-Espejo y los Pérez-Risueño. Pero, por la tarde, ya las habíamos recuperado. Tía Encarna, emparentada con los García-Espejo, y el matrimonio Bofill-Comadira, amigos de mis suegros y propietarios de la casita del Ampurdán donde veranean los Pérez-Risueño, nos las regalaban, cariñosos, cuando coincidíamos, como todos los días, en la puerta del colegio durante la ceremonia de la recogida de los niños. 

[Publicado el 09/12/2018 a las 12:21]

[Etiquetas: Sociedad.]

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Jicarilla

El uso de determinadas palabras caracteriza a los individuos. La palabra “jicarilla”, como diminutivo de “jícara” y no designando a los indios apaches que hoy viven en Nuevo Méjico, constituye el recuerdo más ilustre y simpático que tengo del jugador de póquer, variante denominada “chiribito", Julio Martínez Escobedo, recientemente fallecido; un sinvergüenza redomado que utilizaba la palabra "jicarilla" en algunas ocasiones, marcando así una gran diferencia, no sólo con el resto de los participantes en la timba, sino con su propia catadura moral y con su aspecto tosco, deplorable, cercano a la imagen de boxeador duramente castigado. Sin duda "jicarilla", término no común, pertenecía al acervo familiar o, mejor, a una minúscula parte del mismo, al particular y muy valorado léxico de algún pariente, probablemente femenino, desaparecido mucho tiempo atrás pero que, de algún modo, marcó la infancia de Julio, quizá impresionándole por su delicadeza.  

[Publicado el 19/11/2018 a las 18:51]

[Etiquetas: Léxico.]

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Hápax oral

Sólo he pronunciado la palabra “chorra" (con el significado de “pene") en una ocasión, y no pienso pronunciarla más. Entraba en los lujosos lavabos del Casino Principal de la ciudad de Jaca y sorprendía a Víctor Senén, padre, secándose el pene con la toalla tras haber orinado. En un flagrante acto de cobardía no dije nada, hice como si no le hubiera visto, pero comenté en voz alta, al reintegrarme a la partida de póquer, que había sorprendido a Víctor Senén, padre, secándose la chorra con la toalla. 

[Publicado el 05/11/2018 a las 19:30]

[Etiquetas: Léxico.]

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Excesos y carencias de higiene

Es sabido, en los sectores ambientalistas, que el episodio de las vacas locas tuvo una fatal consecuencia para nuestro sistema natural: el estallido de una histeria higienista que derivó en la prohibición de la práctica secular del vertido de reses muertas, bien en los muladares, bien en el monte, limitando seriamente la posibilidad de que las grandes aves necrófagas pudieran conseguir alimento, penuria que motivó un rápido descenso en sus tasas de reproducción y, además, en algunas especies, como en el buitre leonado, un cambio desesperado de actitud trófica, depredando reses debilitadas por enfermedad o parto. 

 

Abundando en este campo, en el que la exigencia extrema de limpieza litiga con cierto abandono de la misma, he de contar ahora lo que me sucedió este fin de semana cuando recibí en confesión los secretos de una educada señora de intachable trayectoria religiosa; me dijo que había dejado de comulgar tras un desgraciado episodio protagonizado por las uñas sucias de la mano del sacerdote que introdujo la Sagrada Forma en su boca; de ese modo esa carencia higiénica, conocida como uñas de luto, cercenaba de modo violento la posibilidad de que Eulalia Jumilla y Arciniegas pudiera seguir en comunión directa y provechosa con Nuestro Señor Jesucristo.

[Publicado el 30/10/2018 a las 11:56]

[Etiquetas: Ecologismo, necrofagia, ornitología, religión.]

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Niña Valeria

Hay un cuadro, un óleo sobre lienzo de 208 cm de altura por 264 cm de largo, pintado por Édouard Manet en 1863, cuyo título en español fluctúa entre "Desayuno sobre la hierba" y "Almuerzo en la hierba", pasando por "Desayuno en la hierba" y "Almuerzo sobre la hierba", un lienzo que nunca ha dejado a nadie indiferente, ya entonces, y tampoco ahora cuando se contempla en París en el Museo de Orsay. Es un cuadro de carácter realista, aunque pueda anunciar los comienzos del impresionismo, en el que cuatro figuras humanas disfrutan de las delicias del campo en las cercanías de París, en concreto en las orillas del Sena y en el mismo río.

 

¿Qué figuras son esas? En segundo plano una mujer vestida con una ropa ligera, una especie de camisón, está metida en el río con el agua hasta las rodillas. ¿Qué hace, lavarse?; quizá sería mejor apuntar que se está refrescando. En primer plano dos hombres elegantemente vestidos, dos dandis, sentados sobre la hierba, podríamos decir que recostados, conversando pausadamente e ignorando a la persona que se encuentra entre ellos, también sentada sobre la hierba, una persona que es una mujer... que está (va) desnuda.

 

La situación, socialmente inaceptable, no sólo en 1863 sino en la actualidad, tiene un componente de gran interés, que es la causa por la que traigo a colación el cuadro, y es el de su condición psicológicamente imposible; no existe en esta representación una lógica social pero tampoco psicológica que permita la actitud, de normalidad, cotidianidad, desinterés de los dos hombres ante la presencia apabullante, contigua, inmediata, de un ser humano desnudo; algo chirría ahí.

 

El protagonista, el narrador de Solenoide, la novela central, para mí, de la obra de Cartarescu, conoce a una niña de nueve años, Valeria, en la escuela en que trabaja de profesor, y establece con ella una relación especial. Cartarescu es un autor volcado en las peripecias de sus héroes, en este caso, un profesor y su alumna, en una secuela del episodio de los reciclajes en la escuela, la invasión de material reciclado en las aulas hasta aproximarse a la asfixia, narrado con la misma pasión aritmética de El Ruletista, el relato en que el protagonista agota la probabilidad de seguir vivo cada vez que aprieta el gatillo y gira el tambor del revólver. 

 

En esta secuela pues, con la que disfrutamos como locos, Cartarescu desgrana párrafos, frases perfectamente elaboradas para conformar una historia autónoma con apariencia de narración maravillosa, un cuento de hadas, La Niña Valeria y su Jarrón Resplandeciente, que como otras muchas en Solenoide, está extraña pero hábilmente ligada al texto general, una historia que disfruta de una peculiar característica: carece totalmente de atmósfera sexual; un hombre adulto, tras escuchar la crónica feérica de una niña que hace equilibrios sobre las vías del tren y es poseedora de un jarrón mágico, se encierra, en el cuarto de la niña, con la niña, una noche en que casualmente sus padres están ausentes (y se supone que por ahora no van a volver), y despierta en el lector, quizá más en el lector educado en el nuevo puritanismo, en lo políticamente correcto y en el Me Too (el Yo También), algunas dudas acerca de si el hombre adulto experimentará ciertas reticencias ante el riesgo de que alguien corra a avisar a la policía. Esta secuencia, la de la reclusión en el cuarto de la niña de un profesor y su alumna, carece, como ya hemos dicho, del más mínimo ápice de sexualidad y, si tenemos en cuenta que sexualidad y suciedad han ido siempre de la mano, al menos hasta el descubrimiento de la ducha y en especial del bidé, esto crea un violento contraste, dentro del mismo libro Solenoide, entre este episodio de la Niña Valeria, que calificaré gozosamente de inverosímil, con la prolija descripción de las anomalías físicas del protagonista en el primer capítulo; descripciones sólidamente embadurnadas por un hálito pegajoso, sucio, de miseria física, que podrían encuadrarse sin ningún problema en la categoría de chismes de lavabo a la que son tan aficionadas las capas rurales y menestrales. Esta forma de sexualidad primitiva, este repaso a las partes íntimas más repugnantes de su cuerpo, o, peor aún, a las excrecencias que, quizá por suciedad, le crecen en esas partes, tiene una interesante coda tras tanto realismo: la secuencia fantástica, siniestramente humorística, en la que nuestro héroe se desprende de la mugre acumulada durante el servicio militar, despojándose de una segunda piel hecha de suciedad, como quien se quita un traje de neopreno, colgándolo luego en un perchero al modo de un abrigo.

 

Ya digo, Cartarescu, además de un genio de voz exuberante, alucinada, es un genio del regate, del desconcierto, de la creación de espacios socialmente inaceptables, psicológicamente imposibles, como el del cuarto de la niña, tan próximo al lienzo de Édouard Manet.

 

 

 

 

[Publicado el 08/10/2018 a las 18:22]

[Etiquetas: Literatura, sexo, formas artísticas.]

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Lubricán

Aquel tiempo de crepúsculo en que se va mezclando la luz con las tinieblas; y nuestra vista se desliza en no poder ver perfectamente lo que se nos pone delante en alguna distancia, y assí se dixo de lubricus, lubrica, lubricum. Algunos quieren que se aya dicho quasi lubrican, interpuesta la R, porque en aquel tiempo el pastor no acierta a divisar si el animal que vee es su perro o es el lobo. 

Sebastián de Covarrubias. Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Apud El Bestiario de Ferrer Lerín.

 

 

[Publicado el 20/9/2018 a las 18:40]

[Etiquetas: Zoología, espectros.]

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Carlos Tóper

Mi amistad con Carlos Tóper Valdivieso viene de 1964, de cuando yo acababa de publicar De las condiciones humanas y él acababa de conseguir el premio Acanto por sus investigaciones en el campo de la ortopedia neonatal. Nuestro primer encuentro fue en una cena con amigos comunes; nos caímos bien y pronto se sinceró conmigo: tenía una molestia intermitente en la escápula derecha que le impedía conducir el Pegaso Z-103 y jugar al fléndit. Cuando volvimos a vernos, en la sauna Miraflores, me mostró la gran mancha de su escápula derecha y, unas semanas después, en la boda de Marta Loverdos de Altimira, desnudó su torso para mostrar, a todos los invitados, la depresión profunda en que se estaba convirtiendo la lesión escapular, una depresión que, de suyo, era más bien una oquedad, por no decir un monumental agujero. Quizá el gesto en la boda no fue bien interpretado y alguien, poco piadoso, acuñó el término "El orificio Tóper", que a poco se convirtió en "Tóper, El Orificio". Ahora, en la caja mortuoria, he tenido curiosidad por saber, con exactitud, en qué se había convertido el amigo Carlos Tóper y, efectivamente, como apuntó el capellán en el prolijo responso, sólo quedaba un aro, una franja de carne en forma de anillo; el orificio se había enseñoreado de su persona, que era algo así como el neumático de una rueda de bicicleta.

[Publicado el 06/9/2018 a las 10:28]

[Etiquetas: Dolencias.]

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Tempus

Aconsejado por mi higienista urogenital, leo, el pasado martes, la novela Sale el espectro, del escritor norteamericano de origen judío Philip Roth. No me sorprende, ya que estaba advertido, el alto número de coincidencias entre la peripecia del protagonista y la mía propia, sin embargo, hay algo, que sí constituye una sorpresa: no recordaba la historia de Rip Van Winkle, utilizada metafóricamente por Roth, y que no deja de ser un remedo de otra mucho más sustanciosa y mucho más próxima. 

 

Leemos en Wikipedia: 

Rip van Winkle es un cuento corto de Washington Irving, y también el nombre del protagonista. Fue parte de una colección de cuentos titulada The Sketch Book of Geoffrey CrayonEl cuento, escrito mientras Irving vivía con su hermana Sarah y su cuñado Henry van Wart en Birmingham, Inglaterra, sucede en los días antes de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Un aldeano de ascendencia holandesa, harto de que su esposa le regañe, huye y se interna en el bosque. Después de varias aventuras, se sienta bajo la sombra de un árbol y se queda dormido. Se despierta 20 años después y regresa a su aldea. De inmediato se mete en problemas cuando alaba al rey Jorge III, sin saber que había tenido lugar la Revolución estadounidense y que ya no era un súbdito de los británicos. 

 

Leemos en Ciudad propia. Poesía autorizada. 

Virila fue, a finales del siglo IX, monje del monasterio de San Salvador de Leyre, Navarra, del que llegó a ser abad y su figura histórica está perfectamente documentada en el Libro gótico de San Juan de la Peña (fol. 71). Mantenía el bueno del abad tremendas dudas sobre cómo sería el gozo de la eternidad. Es así que un día de plenitud primaveral se interna en el bosque cercano, sumido en estas meditaciones y auxiliado por un libro. En la espesura del bosque aparece un ruiseñor, que con sus trinos distrae su atención de la lectura escatológica, conduciéndole hasta una fuente. Allí queda prendado del canto del pájaro, hasta que se adormece. Cuando despierta, la naturaleza ha cobrado nueva vida y no encuentra el camino de regreso. Al final lo halla y camina hasta el monasterio, que ahora es más grande, con iglesia monumental y nuevas dependencias. En la portería ha de identificarse porque nadie le conoce. Buscando en el archivo del cenobio encuentran un abad Virila “… perdido en el bosque…”, pero hace trescientos años. Entonces, en el  monasterio, se produce una explosión de alegría por el milagro acaecido, y en pleno Te Deum de acción de gracias se abre la bóveda de la iglesia y se oye la voz de Dios “… Virila, tu has estado trescientos años oyendo el canto de un ruiseñor y te ha parecido un instante. Los goces de la eternidad son mucho más perfectos …”. Un ruiseñor entra entonces por la puerta de la iglesia con un anillo abacial en el pico, y lo coloca en el dedo del abad, que lo fue hasta que Dios lo llamó a comprobar la gloria eterna.

[Publicado el 22/8/2018 a las 17:19]

[Etiquetas: Relatos.]

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De secano

Nos remojamos poco. Estos días de calor sajariano aún se ve a algún individuo acercarse a una fuente, abrir el grifo y humedecerse los pulsos, pero tímidamente, como si este fuera un acto delictivo, un abuso sexual consumado a cielo abierto. Recuerdo a unas hermanas aragonesas, de librea teresiana, tratadas por mí hace mucho en Barcelona, que, casi como secreto de confesión, nos hablaban de su infancia, de los veranos en un vetusto caserón familiar, perdido en la estepa monegrina, donde había tan poca agua que aprovechaban la que quedaba en los vasos, tras las comidas, para regar un geranio, el único detalle vegetal, la única frivolidad consentida en un clan siempre vestido de negro, cuyas propiedades, por cierto, eran administradas por Ramón José Sender Garcés, que acudía los domingos, montado en una polvorienta bicicleta, con una cartera colgando del manillar, para devorar un contramuslo de pollo al chilindrón y repasar las cuentas.       

[Publicado el 07/8/2018 a las 11:02]

[Etiquetas: Sociedad.]

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Fontanero Man

La primera vez que oí hablar de Fontanero Man fue en Sevilla. Sería a finales de 2015 y yo estaba degustando un maravilloso jamón en la barra de Las Teresas en compañía de dos amigos del alma que, cada uno en la empresa de su propiedad, pasaban por un mal momento económico. Una tercera persona, para mí desconocida, se acercó a nosotros pronunciando la frase: “Ya sabéis lo que se dice: preguntad a mucha gente, que alguien será Fontanero Man o tendrá relación con él, y si tu problema le interesa se pondrá en contacto contigo.” 

 

En mayo de 2017 tras pronunciar una conferencia en Alhóndiga Bilbao me llevaron a comer, los organizadores del acto, al excelente pero minúsculo Bar La Viña, tan minúsculo que no pude evitar escuchar la conversación de la mesa de al lado (el local sólo tiene cuatro mesas) en la que un muy enterado bilbaíno pontificaba: “Fontanero Man no cobra por sus trabajos; mejor dicho, no pide dinero por ellos, pero si el trabajo llega a término, quedas en deuda con él.” 

 

Finalmente hoy, un vetusto y sordo caballero que entraba en la pastelería Echeto de la plaza de la catedral de Jaca, tras haber asistido a misa de doce, interrogaba a gritos a un familiar algo más joven: “¿Fontanero Man es una persona o es un colectivo?, ¿el cliente de Fontanero Man llega a conocerle personalmente?” 

 

Estoy en casa y compruebo, por internet, los movimientos de mi cuenta bancaria en el BBVA, no la personal sino la de mi sociedad de capital riesgo. Mal está la cosa, alguien, imagino quién, anda difamándome, con el fin de dificultar, a mí y a mis socios, las maniobras de toma de participaciones. Mañana he de viajar a Zaragoza y aprovecharé para hacer correr la voz: "Tengo un grave problema, necesito neutralizar a quien está arruinando el futuro de mis hijos, busco ayuda urgente, ¿ha oído hablar de Fontanero Man?”    

[Publicado el 01/8/2018 a las 12:06]

[Etiquetas: Sociedad.]

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Foto autor

Biografía

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, filólogo y ornitólogo. Traductor, al español, de Flaubert (Trois contes), Claudel (L'Annonce faite à Marie),  Tzara (L´Homme approximatif), Monod (Le Hasard et la Nécessité), Montale (Ossi di sepia). Ha publicado los siguientes libros de poesía: De las condiciones humanas (Trimer, 1964), La hora oval (Ocnos, 1971), Cónsul (Península, 1987), Ciudad propia (Artemisa, 2006), Fámulo (Tusquets, 2009) y Hiela sangre (Tusquets, 2013). Es autor de una novela, Níquel (Mira, 2005), reeditada y ampliada en 2011 por Tusquets bajo el título Familias como la mía, de El Bestiario de Ferrer Lerín (Galaxia Gutenberg, 2007), de un libro de bibliofilias, facsímiles y artículos titulado Papur (Eclipsados, 2008), así como de la antología de relatos breves Gingival (Menoscuarto, 2011). En 2014 Jekyll & Jill ha publicado la selección de materiales oníricos, Mansa chatarra, y Leteradura el libro de retratos literarios, 30 niñas.

Hoy vive en Jaca dedicado a la literatura.

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