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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 21 de junio de 2018

 Blog de Pablo Raphael

La crítica frente a la piedra levantada

imagen descriptiva

En el mundo del arte contemporáneo las preguntas se bifurcan en todas las direcciones posibles. A su vez, esas preguntas se convierten en nuevas y viejas dudas. El péndulo del supuesto sistema se mueve de nuevo: se cuestiona la existencia del arte, se declara la muerte de la pintura, se crean nuevas herejías y Torquemadas de cuño reciente se alzan acusando a quienes erigen capillas, templos, catedrales y castillos de naipes. Los mecenas se colocan por encima de los artistas –gran novedad–, las galerías son acusadas de fomentar circuitos de poder y el monstruo del mercado es quien marca la agenda. Se trata de un monstruo que es al mismo tiempo amigo y enemigo. Mientras tanto, la crítica de arte que se hace en español camina dando tumbos, sin producir pensamiento. O tal vez no lo ha producido nunca. Octavio Paz decía: “No es que falten buenos críticos en nuestro idioma, pero carecemos de un cuerpo de doctrina o doctrinas, es decir, de ese mundo de ideas que, al desplegarse, crea un espacio intelectual”. 

En un campo donde los artistas difícilmente se dirigen la palabra y la crítica se confunde con la reseña, concentrando sus luces en preguntas en apariencia pertinentes pero en realidad inútiles (¿existe aún el arte?) es que sucede el milagro. El escenario sucede en un mundo desmembrado. Deseable que los artistas visuales dialogaran entre sí, pero más deseable que las artes establezcan conversaciones entre ellas. A pesar de que la democratización de los medios ha producido un mundo hipercomunicado, la distancia entre la literatura y la música, o la pintura y la arquitectura o la ausencia de proyectos colaborativos entre ciencia y arte, ha producido una constelación de ombligos, donde cada cuerpo se mira (concentrado) sin saber siquiera de la existencia del otro.

Desde fuera el mundo del arte contemporáneo se ve así: en el siglo XXI no hay piezas memorables, no hay aún piezas destinadas a la lentitud que ofrece la inmensidad de la historia universal. Tal vez sean la inexistencia o la negación, como actitud vital, las almas del arte contemporáneo, pero eso merece otro análisis. Lo cierto es que el mercado es un cohete que sirve para elevar al arte, pero el tiempo es la prueba de control para sostenerlo en el territorio de la inmortalidad. 

Mientras esto le sucede al arte, los protagonistas de su inmediatez son vistos así como un cuadro de reparto: el curador, que a su vez es crítico, pelea con el galerista, que también es curador y que en los créditos se pone por encima de sus artistas. Por otra parte el crítico, que también es gerente, curador y cabildero para el mercado, hace box de sombra con los “enemigos del arte” que no aceptan el sistema. Ese sistema que, apelando a la verdad, los críticos llaman realidad.

No pasará mucho tiempo sin que este modo de ser se tope con el futuro. Para quienes creen en el sistema, la venganza del arte no consistirá en colocar al artista en el sitio que le pertenece, sino en producir pensamiento y diálogo. El sistema será rebasado por una simple razón: el arte, lo mismo que el lenguaje, no se reduce a la condición de mero sistema, sino que es un complejo e irregular tejido en permanente transformación que tanto los sistemas económico y político acarician y envidian precisamente por su carácter subjetivo. A diferencia de los sistemas existentes, los límites del arte no representan un final sino la posibilidad de iniciar algo totalmente nuevo. La continuidad en el arte no existe y su potencia radica en la flexibilidad que posee para enlazar tiempos distintos. Solo el arte es capaz de anticipar, desde los sistemas existentes, los nuevos sistemas que están por venir. El arte prefigura y se adelanta, pero no es un sistema porque no requiere de continuidad ni de métodos específicos. Si el terreno donde se funda la economía es el intercambio de valores, si la construcción de pactos representa el armazón sobre el que se construye la política y si el método científico ha hecho de la ciencia un poderoso motor de cambio, al arte le corresponden los lenguajes de la imaginación. 

Frente al pensamiento cartesiano, el pensamiento en el arte se nutre de la contradicción y la tensión entre los opuestos. La salida a la crisis imperante consiste en reconocer la ausencia de teoría y reflexión crítica soportada por un cuerpo que defina las coordenadas del pensamiento que es capaz de producir el arte: un pensamiento basado en el principio de contradicción. Mientras la falta de elaboración teórica siga siendo un hábito ajeno al mundo hispanoamericano seguiremos produciendo cráteres y desiertos donde en vez de Alonso Quijano y la loca de la casa –así solía llamar Schopenhauer a la imaginación– reinarán entre nosotros el mercader de Venecia, el preso del cubículo universitario y el sastre de la vestidura invisible.

Mientras tanto, el paisaje de la cultura contemporánea apunta a un mundo dominado por un nuevo barroco. Se trata del mundo de las fronteras desdibujadas en que todas las disciplinas se concentran y abigarran en un solo punto. En él conviven lo abstracto y lo figurativo, la captura de la memoria en todos sus formatos, el relato transmedia y la máquina de escribir convertida en objeto de culto o pieza de museo. ¿Por qué el arte contemporáneo está tan obsesionado con la tipografía, la industria digital, los archivos y los textos escritos a máquina? 

Más allá de la respuesta vaya esta aproximación: aunque el ejercicio multidisciplinario sea la principal materia de creación contemporánea y la velocidad esté convirtiendo a ciertas tecnologías en piezas de museo, el producto final y visible no es el arte sino una suerte de juego de rol, cuyas principales características son la velocidad y los egos, absortos en una carrera frenética y sin destino. 

Trabajar con distintos materiales y disciplinas para crear una obra de arte no es producir diálogo. La trascendencia de la obra no está en su valor añadido, ni en su originalidad o cualidad estética, ni en su valor de mercado, sino en la capacidad que tenga para dialogar con lo que la rodea: con el tiempo –diferido o simultáneo–, con otras obras, con el público y sus emociones, con la crítica, con las demás artes y con el pensamiento. Es aquí donde está sucediendo el milagro. A la vez que las galerías y el mercado están siendo quienes marcan la agenda del arte, empieza a vislumbrarse un modo de producción sustentado en el intercambio de experiencias y conocimiento, donde los artistas se están adueñando de un modo de hacer crítica que es capaz de producir diálogo. En tanto que los artistas comprendan que no es necesario esperar al crítico sino producir reflexión, el milagro consistirá en la desaparición paulatina de la constelación de los ombligos que arriba mencionaba.

Quiero poner en la mesa un ejemplo que ilustra muy bien estas buenas noticias. Se trata de México: ensayo de un mito (1)un libro precioso que llega ahora a mis manosSu equilibrio es perfecto por muchas razones. En primer lugar porque da idéntica importancia a la lexis y a la praxis. El libro, editado por María Virginia Jaua, es al mismo tiempo una joya del diseño gráfico concebido por Estudio Herrera (2), un ejercicio de contraste entre distintas obras y textos y, por último, una colección de escritos que desde distintas disciplinas asimilan el tema que tocan: México y las miradas propias y ajenas que transformaron su mito fundacional en un mosaico tan poderoso como el Aleph. Si aquel punto borgiano era capaz de concentrar todas las tradiciones, ideas e imágenes del mundo, el mosaico que aquí se presenta rompe la barrera del tiempo para sumar todo aquello que aparentemente es inconexo, pero que en su conjunto forma la gran panorámica de un país donde conviven distintos tiempos. Los ensayos y las imágenes del libro producen la sensación de estar viendo muchas películas proyectadas al mismo tiempo sobre una sola pantalla.

Antonin Artaud decía que había viajado a México para encontrarse con el origen primigenio de todas las cosas. Su visión de la sierra de los Tarahumara, construida desde un cierto platonismo, se sumó a los pasos de Humboldt y Trotski. Al camino abierto por Artaud se añadió Breton dos años después. Todos ellos tuvieron antecesores y seguidores. Graham Greene, los beatniks, Jackson Pollock, Malcom Lowry, Leonora Carrington, Phillip Glass, Damian Hirst. La naturaleza de México contiene una fuerza ancestral que lo vuelve un imán para propios y extraños. Quizás es hora de entender que la línea temporal en este país se destruye gracias al desorden como fuerza motora de los mitos. La naturaleza en México habita con las contradicciones, las grietas del suelo son al mismo tiempo una herida y un paisaje. En el libro que Jaua ha editado el escritor Mario Bellatin habla de la esclavitud borrosa, mientras sobre su cielo, en las azoteas de la Ciudad de México, habitan las criadas, las gatas del servicio doméstico (las esclavas escondidas), que como vigías miran desde sus torres las casas de sus dueños, los ricos de la Región más transparente, título que por cierto Carlos Fuentes eligió en diálogo con la Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes. Por la mente pasa sin querer un cuadro de José María Velasco.

El contraste textual y gráfico que se recoge en México: ensayo de un mito contiene dos formas de pensamiento, una abstracta y otra racional. Esta se acomoda de una manera accidental en apariencia, porque racionalmente dirigida, con la intención de generar la sensación de que se está viendo un mosaico que, a su vez, presenta un paisaje. Los dioses en las piedras, los nombres de los artistas de casa que miran a México una y otra vez y que el lector podrá apreciar a partir de los textos ‘presentados’ sin su autor. El diálogo que se produce con las piezas obliga a quedarse con una lectura que se sitúa por encima de cualquier persona. Se trata de una justa valoración de las ideas y, al mismo tiempo, de una declaración de principios que apuesta por producir reflexión crítica. El ejercicio de su editora no solo es hábil, también es generoso. De alguna manera, este libro plantea una suerte de canon textual, que bien puede servir como brújula para los debates que se requieren, es decir, para dar contexto a la discusión que la editora se ha empeñado a producir en ciertos foros y encuentros. Si no hay un plan preconcebido, ojalá trace su ruta. Con toda seguridad, esta es una buena brújula.

La editora del libro es una escritora que ha decidido invadir el mundo del arte contemporáneo. También es una crítica de arte que ha decidido tender puentes con el pensamiento y con la literatura. Su técnica es la de la guerra de guerrillas. Ubicua, fantasma de al menos tres países, atinada en su análisis, instigadora del pensamiento y la crítica, ella decide en este hermoso libro engendrar un gemelo textual del mosaico de imágenes que conformaron la exposición. Volcanes, niños y dioses de ambas orillas del Atlántico, autos incendiados y demás incordios de Carlos Reygadas, miniaturas, fotos que parecen de Teresa Margolles pero que son de Gabriel Orozco, el mito vuelto verdad del siglo XXI, recientemente ratificado en el fabuloso ensayo Contra el tiempo de Luciano Concheiro, tapices de la nao de China, piezas arqueológicas, reales de Ocho, el Chapo y otras “ch”, como canción de Café Tacuva, fotogramas de Luis Buñuel que ya pertenecen al imaginario colectivo, el retrato más conocido de Tina Modotti sosteniendo su rostro, fotogramas de La malquerida del Indio Fernández, un still de Julien Devaux de una pieza de video llamada Noche buena y una portada que parece un cuadro de Mathias Goeritz, todo esto se pasea en esta edición y nos produce la sensación de estar descubriendo una mirada terriblemente nueva y, al mismo tiempo, endemoniadamente conocida, pues en realidad se trata de un espejo. Somos nosotros mismos.

Si otra desgracia como la que sucedió  en los terremotos de México fuese letal para el país y acabara con toda nuestra civilización, y dentro de dos mil novecientos años un grupo de arqueólogos se topase con este libro entre los escombros de la antigua ciudad enterrada, es muy probable que de sus páginas surgiese una certeza: el mito mexicano es hijo del caos y solo lo salva el arte.

 

(1)  El libro formó parte y fue concebido como pieza para la exposición Variaciones sobre tema mexicano curada por Guillermo Paneque para la Fundación Iberdrola en Bilbao.

(2) Estudio Herrera: Maricris Herrera y Santiago Martínez.

El libro fue galardonado con el premio de diseño de Aiga 50 Books / 50 Covers 2016. Hasta hoy domingo 22 de octubre forma parte de la muestra "Sin ríos ni callejones  | Diseño editorial mexicano 2000-2017" organizada por Centro diseño cine televisión en el Palacio Postal de la ciudad de México.

Originalmente publicado en Campo de Relámpagos:

 http://campoderelampagos.org/critica-y-reviews/21/10/2017

 

[Publicado el 04/6/2018 a las 17:38]

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Universo y cuerpo de la lengua

Somos lenguaje, aunque primero fuimos células. Luego nacimos como animales hasta que nos convertimos en humanos atrapados en una red de significados vueltos memoria. Si hurgamos en nuestros primeros recuerdos comprobaremos que están íntimamente relacionados con el tiempo en que aprendimos a esgrimir la lengua, a nombrar el mundo y sus cosas. El habla es el núcleo de la memoria.

Clarice Lispector inicia La hora de la estrella diciendo que “todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria estaba la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. No sé cómo, pero sé que el universo jamás comenzó”. Del mismo modo, es imposible recorrer la línea completa que nos lleva al origen del lenguaje y su universo atemporal de signos. Algo que asumimos como si siempre hubiera estado ahí.

La relación entre los recuerdos y el lenguaje define no sólo a la identidad sino también la posibilidad de explicarla. Así, además de ser universo el lenguaje también nos crea como sujetos. Estamos hechos de palabras y la escritura es el ADN que le otorga raíz a nuestro cuerpo textual, ese espejo mutable de lo físico y su oralidad también mutable. No por nada la lengua se llama lengua: músculo con que articulamos texto y cuerpo. Un signo dijo sí a otro y nacieron los idiomas. En este sentido, intentar transformar intencionalmente la potencia del cosmos idiomático resulta banal. Cuando se pone de manifiesto la angustia ante el futuro de la lengua; cuando se arrojan amenazas sobre la estabilidad de la gramática y el miedo a la revolución digital acusa la simplificación del idioma; cuando los defensores de la pureza se asustan ante la invasión que otros idiomas hacen de la lengua española o cuando las campañas de lo políticamente correcto apuestan por defender derechos de género en el terreno del lenguaje, vale la pena preguntarnos: ¿existe el derecho a hablar como hablamos? En palabras de Leopoldo Valiñas, la respuesta está en decir que más que pertenecerle a la lengua, el léxico pertenece a los hablantes. Ahí radica su potencia incontrolable.

Al igual que todos los idiomas, el español es el resultado de la prostitución de las lenguas con que se anuda su tejido. La moneda de intercambio que representa un idioma pasa de voz en voz hasta convertirlo en otra cosa, ya sea lengua culta, slang o un nuevo idioma. El peso fundacional del latín transformado en lenguas romances fue producto de un intercambio lento con los dialectos locales. Del mismo modo la relación del español con el árabe o el náhuatl, el catalán o el inglés, tuvo su sino en el idioma que, siendo el mismo, es tan distinto en los más de 22 países donde se habla español. Lo local enriquece a lo global del mismo modo que la cultura popular global se esparce en cada rincón del planeta. La revolución digital no será la excepción: como sucedió con el tren de la revolución industrial, nadie podrá detenerla, incluidos los vagones del lenguaje. En este sentido, tengamos claro que el devenir del habla y la escritura no es una dialéctica sino una transformación en continua expansión y contracción simultáneas: como un vientre pariendo, por eso se llama lengua materna. El miedo a la perdida de la pureza se cura revisando la historia de los idiomas; la gramática (que pertenece al ADN de la escritura) tiene su propia epigénetica, es decir, factores externos que modifican la información que nunca es fija porque el lenguaje escrito y hablado son materiales volátiles que siempre se transforman.

Cuando lo políticamente correcto cruza el espejo del lenguaje, suele aparecer del otro lado convertido en algo parecido a una guerrilla conservadora.  El derecho a hablar como hablamos entiende al lenguaje de género como una imposición de diseño cuya verdadera batalla está en otro lado, afuera del espejo, en el terreno de las cruzadas que garanticen la igualdad en la diferencia. Tanto se equivocan quienes acusan al feminismo de enemigo de la literatura, como quienes pretenden modificar genéticamente un cuerpo en movimiento perpetuo como lo es el idioma. Los defensores del discurso los-las quizá obtengan un triunfo en el discurso político, pero no en la cotidianeidad. Su pretensión de ganar batallas fáciles por encima del enorme reto de construir la igualdad, en realidad se traduce en la vía más cómoda para abstenerse de producir el cambio social trazado por el propio feminismo, cuya revolución fue la más poderosa del siglo XX. En este tema quizá sería bueno hacerse un par de preguntas para el futuro: ¿Subrayar la diferencia anula la diferencia? ¿Alargar las frases en aras del reconocimiento de lo femenino y lo masculino es un gesto de igualdad o en realidad es una reivindicación que no tiene muy claro en qué palabras poner su acento? En cualquier caso, el idioma no es el enemigo.

Pensemos en un ejemplo que viene del inglés. Para cambiar la Historia habría que lograr que también se dijera Herstoria, para terminar con la cultura patriarcal no hay que fabricarle un doble en femenino sino edificar espacios sociales cargados de la habilidad femenina y la potencia y el ambiente que es capaz de producir ¿Debemos censurar el derecho a hablar como queramos? La libertad nunca es una forma de control. De las tres misiones de la RAE (limpia, pule, da esplendor) la última es la más flexible y la que más genes de futuro tiene. En este sentido, recordemos que, como sucede en la armonía del universo, lo que es flexible no se rompe. Así sucede también con el lenguaje y el idioma. El nuestro es un universo de universos que se sostiene en la punta de cada lengua que lo habla.

[Publicado el 24/5/2018 a las 12:13]

[Etiquetas: lenguaje, idioma español, revolución digital, poíticamente correcto, feminismo, ]

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Elogio de la contradicción

Si la palabra texto viene de tejido, la escritura literaria podría asemejarse a una urdimbre en tensión. Imaginemos un arpa reticulada, es decir, un instrumento de la imaginación que entrelazara cuerdas de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba, aunque también de forma diagonal. A diferencia de la lógica cartesiana, el pensamiento literario tiene particularidades que lo distinguen de otras formas de conocimiento como la filosofía, la sociología o la ciencia porque su fortaleza está en la ambigüedad, el encuentro de los opuestos y la verdad que se produce sin buscarla premeditadamente. En este sentido, es posible pensar que la columna vertebral del pensamiento literario se encuentra en la contradicción. Es en el encuentro de los opuestos, es decir, en la posibilidad de afirmar y negar algo al mismo tiempo, donde radica el poder de la literatura frente a otras disciplinas y su capacidad única para ponerlas en diálogo. Enfrentar a los personajes en el caso de la novela o los deslumbramientos que pueden provocar figuras poéticas como el oxímoron, ayudan a construir realidades y pensamientos que, sin ser raciocinios, producen una idea de comprensión.

Invisible, luz fría, decía Octavio Paz para provocar la sorpresa de la verdad a partir de un choque de palabras que terminan por develar algo. La luz es invisible y visible a un tiempo, pero también puede ser fría sin que sepamos explicar por qué, aunque lo entendamos.

Taylor Kressman escribió en 1938 el mítico Paradero desconocido. En ese relato, aturdidos por el devenir de la historia, dos antiguos socios y amigos se ven enfrentados a partir del dilema que les produce el avance del nazismo. Vuelta enfrentamiento y guerra personal, la realidad tensa la relación entre Max Eisenstein, un judío que es marchante de arte en San Francisco y su antiguo socio, Martin Schulse, que ha regresado a Alemania para sumarse a la militancia hitleriana, a la que admira y teme. Cuando el judío escribe a su amigo con el fin de que le ayude a sacar a su hermana de Alemania, en respuesta va recibiendo evasivas, negativas y silencio, hasta que ya no es posible rescatar a nadie. Es entonces cuando la idea de venganza se instala en la punta de un opuesto. Desde ese momento el defensor del arte y lo sublime se convierte en un depredador que caza a su presa, usando precisamente el discurso del arte y la belleza como flecha y arco. A partir de una relación epistolar, los antagonistas aprovechan el silencio o la palabra para destruirse mutuamente. En el telón de fondo, la realidad se impone como sucede con la verdad: a fragmentos. El ejemplo es nítido: Es aquí donde, valiéndose de la contradicción, el pensamiento literario encuentra en la escritura fragmentaria y en la elipsis (ese silencio que activa la capacidad de suponer) dos instrumentos adicionales que le otorgan a la literatura el poder de habitar simultáneamente en planos muy distintos: la guerra íntima de las emociones personales, la reflexión sobre el papel del arte en la política y el gran mundo de los temas macro como escenario en el que se mueve el terror, en este caso el nazismo. La multiplicidad de ese tejido y sus cuerdas tensadas engendran la ilusión de contemplar la intimidad y el mundo como una misma cosa. Mientras escribo me viene a la cabeza el cuadro de Gustave Courbet, El origen del mundo. En esas sábanas, el arte de mentir nos deja ver (además) un arpa y una esfera. Si miramos de cerca el tejido, resulta sorprendente advertir como la contradicción, el silencio y el fragmento producen un resultado opuesto que, a modo de negativo, se traduce en un texto capaz de erigirse en voz, en denuncia involuntaria y en comprensión de la complejidad. Nada más alentador que vernos reflejados en lo que somos: seres contradictorios, incapaces de separar emoción y razón, como la literatura.  

[Publicado el 11/5/2018 a las 14:59]

[Etiquetas: Principio de contradicción literatura lenguaje fabrica pensamiento literario]

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El pensamiento literario y su poder

No existe algo tan cierto como el poder de la escritura. Los textos fundan naciones, producen guerras, desnudan y denuncian; hacen memoria; sirven para hacer declaratorias de guerra e igual destruyen individuos. También fundan al amor. Pero el poder de la escritura no es lo mismo que el poder de la literatura, aunque a veces se confundan y en ocasiones se nutran. El pensamiento literario posee características únicas que se organizan en el texto y toman distancia de la funcionalidad práctica del lenguaje que edifica normas y leyes, pensamiento y ciencia. A diferencia de la filosofía el valor central de la literatura está en la contradicción. A diferencia de la política que miente para trastocar la realidad, la literatura miente para inventarla. Del mismo modo, la literatura usa a la historia para ponerla al servicio de sus propios intereses. Mientras que la historia reconoce en la memoria a su instrumento de trabajo, la literatura la utiliza (a veces abusivamente) para edificar aparatos textuales que no necesariamente tienen que ver con la verdad y que, sin embargo, son capaces de emularla, incluso de comprenderla mejor. Guerra y Paz de Tolstoi ayuda a vislumbrar el espíritu ruso durante las guerras napoleónicas mucho mejor que cualquier tratado histórico o sociológico. Mientras que el poder de la política está en su ejercicio, el poder de la historia se encuentra en el dominio de los datos. Del mismo modo, mientras que el poder del pensamiento se encuentra en la comprensión, el poder de la literatura (particularmente el de la novela) se localiza en su capacidad de influencia a partir de los tejidos (textos) que muestran las contradicciones, los matices y las tensiones de una forma que ninguna otra escritura puede logar.

            Si nos preguntamos cuál es el verdadero poder de la literatura, la respuesta final no está en cambiar al mundo, ni en promover la lectura o ayudar al beneficio de alguna causa particular.   Cuando la literatura se vuelve militante produce panfletos, cuando se propone aconsejar, amanece convertida en cartilla moral. El valor literario tiene un núcleo que le permite flotar por encima del devenir. Los universos literarios no son los libros sino la relación que se teje entre ellos, cosa que va mucho más allá de la idea del libro como objeto inanimado. Así, el poder de la literatura tiene una garantía que se nutre de su origen oral y se reafirma en su condición única de mundus imaginalis que, al final, siempre es capaz de sobrevivir a quienes, ingenuamente, amenazan de su destrucción.

            Vivimos tiempos que aparentan un cambio de paradigma. El transfuguismo y la política ambidiestra que ha perdido los lugares de la sala; la desconexión entre sociedades y partidos; la anulación discursiva de lo alto y lo bajo, el regreso a los nacionalismos, el miedo a contiendas tan importantes como el feminismo, la revolución digital, la inserción global democrática o la defensa del medio ambiente y, finalmente, el tremendo cambio en las formas de relación que el ciudadano (espectador, lector, consumidor) mantiene con el espacio público y sus estamentos, han producido una suerte de caída en el presente. El Estado no sabe qué hacer ni cómo conectarse con quienes firmó el pacto social.

Estos son tiempos pasmados y por eso la reacción de los excluidos por la globalización construye narrativas tan apocalípticas (el fin del futuro) o estadios de nostalgia absoluta por un pasado heroico y palpable en sus objetos, hechos y símbolos. El futuro ha dejado de ser, el pasado es presente continuo. Ya en 1934 Paul Valéry escribía en La conquista de la ubicuidad: "Al igual que el agua, el gas o la corriente eléctrica llegan desde lejos a nuestras casas para satisfacer nuestras necesidades con el mínimo esfuerzo, llegaremos a ser alimentados con imágenes y sonidos que surgirán y desaparecerán al mínimo gesto, con una simple señal".

            Así como la literatura se anticipa a la historia, influye en el mundo y recrea la verdad, el pensamiento literario es el vaso comunicante que la conecta con la condición humana, es decir, con nuestra imaginación y nuestra percepción. Asumiendo el pasmo y la caída en el presente, parte del pensamiento literario que se hace en español (la crítica en concreto) enfrenta una doble tarea: la de construir aparatos reflexivos que vayan más allá del reseñismo y, en esa vía, aprovechar la crisis del paradigma presente (el derrumbe del neoliberalismo y el proteccionismo de la era Trump) para también reflexionar sobre los muebles que nos hemos construido para hablar de la literatura y sus categorías ¿Qué relación hay entre el poder y la literatura? Cuando la Tierra cambia es hora de redibujar todos los mapas. Frente a un mundo donde ya no tiene sentido hablar de literaturas nacionales o literaturas femeninas o masculinas, porque la literatura es literatura antes que el sexo o la nacionalidad de sus autores; pero también frente a una sociedad que puede interpelar cada vez con mayor facilidad al emisor literario, resulta interesante escribir y dialogar fragmentariamente sobre estas ideas, ir construyendo un corpus de espejos, que (egoístamente) se encamine a ejercer el principal poder literario: la comprensión de uno mismo y los modos en que narro mi relación con las circunstancias. Si el milagro sucede, el poder de la literatura estará en convertir eso en un asunto que también pertenezca al resto. Diálogo que enfrente, corrija o subraye. Como decía Octavio Paz, los actos míos son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de ser otro.

Es con estas líneas que delineo las razones de este blog. 

[Publicado el 04/4/2018 a las 17:02]

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Biografía

Nació en la ciudad de México el 29 de enero de 1970. Narrador y ensayista. Estudió el doctorado en Humanidades en la Unversitat Pompeu Fabra; graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en los diarios El País, El Universal y El Faro; en los suplementos culturales Laberinto de Milenio Diario y Confabulario de El Universal; en las revistas Revuelta, Gatopardo, Casa del Tiempo, Quimera y Granta en español. Dio clases de literatura del siglo XX en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Director y fundador del Centro Cultural El Octavo Día (1996-1999). Editor y cofundador con Guadalupe Nettel de Número 0. Revista periférica de literatura. Ha sido becario en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores y también del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Premio de cuento Viceversa (1996), Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2003, por su libro de cuentos Agenda del suicido. Finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2011 por La fábrica del lenguaje, S.A. Textos suyos figuran en diversas antologías, entre estas destacan Los mejores cuentos mexicanos (Planeta, 1999); Novísimos Cuentos de la República Mexicana (FONCA, 2005); Grandes hits, nueva generación de narradores mexicanos (Almadía, 2008); así como la selección Marie Ange Brillaud hiciera para la revista francesa Brèves. En 2012 participó en la primera expedición interdisciplinaria del Proyecto Clipperton, viaje que le sirvió para poner punto final a su más reciente novela Clipperton (Random House. 2015). Ha sido conferenciante en distintos foros sobre el futuro del idioma español, como el seminario "Amigos del español" en la sede de Naciones Unidas de Viena; el Seminario Pensamiento y Ciencia Contemporáneos de Madrid o el Foro Internacional del Español. Entre 2013 y 2018 fue consejero cultural de la Embajada de México y director del Instituto Cultural de México en España. Actualmente se desempeña como consejero cultural de la embajada de México en Portugal.  

Bibliografía

Clipperton (Literatura Random House, 2015) 

 

 

La Fábrica del Lenguaje, S.A. (Anagrama, 2011) 

 

 

Agenda del suicidio (Tumbona, 2003) 

Obras asociadas

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