El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 20 de marzo de 2010

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Una conversación con Jordi Pujol

A mitades de octubre tuve la oportunidad charlar un par de horas con Jordi Pujol, que fue presidente catalán durante 23 años, a propósito del segundo volumen de sus memorias, que acaban de aparecer en castellano con el título de 'Tiempo de construir. Memorias (1980-1993)', publicadas por las barcelonesas Destino en la traducción castellana y Proa en su versión original en catalán. No hubo suficiente con la conversación y luego tuve que mandarle un cuestionario con las preguntas que habían quedado en el tintero. Del conjunto sale el texto de la entrevista que publicará este próximo domingo El País Semanal (EPS). Con una salvedad. Una parte de la entrevista, precisamente la dedicada casi exclusivamente a política internacional, ha quedado fuera por las limitaciones conocidas que ofrece el papel. Gracias a las facilidades digitales, puedo dar aquí la parte de la conversación que no se podrá leer en la edición impresa el domingo. P: El segundo volumen de sus memorias transcurre desde 1980 hasta 1993, el año en que CiU se convierte en fuerza decisiva en el Parlamento español para la continuidad de Felipe González como presidente del Gobierno. En este período hay un año excepcional para la historia de nuestro mundo, 1989, que quizás no recibe toda la atención que requeriría en su libro ¿Qué significa para usted el año 1989? R: Pasaron dos cosas muy importantes: una fue Tiananmen y la otra la caída del muro. Yo estaba en viaje oficial a China en mitad de las movilizaciones estudiantiles, pero ya me había ido cuando se produjo la masacre. Vi dos cosas: la plaza, acordonada y ocupada por el ejército, estaba vacía; debíamos inaugurar una exposición de Tàpies y no se pudo hacer porque no pudimos pasar al estar cerca de la plaza Tiananmen. También vi algunas manifestaciones, en buena parte de muchachos en bicicleta. Coincidió en un día en que la Generalitat ofrecía un concierto de Montserrat Caballé y la gente llegó tarde, incluso algunas de las autoridades chinas invitadas. P: ¿Tuvo algún pálpito de lo que iba a pasar en la Europa del este? R.- Hay dos hechos premonitorios: en el mes de marzo yo estoy en Hungría y me entrevisto con el Jefe del Gobierno, Miklós Németh, y me explica lo que hacen y quieren hacer. Quedo un poco sorprendido y le pregunto hasta dónde quieren llegar con esta evolución y me responde que quieren que Hungría sea como Holanda, con una democracia occidental. Ese mismo día, me entrevisto con el Ministro de Asuntos Exteriores, Gyula Horn, y me dice que la semana próxima retirarán las vallas que separan Austria de Hungría. P: ¿Usted pensó que aquello iba en serio? R: Pensé que iba en serio pero no tanto. Ese verano, en agosto, a través de esta frontera, hay una huída sobre todo de alemanes que van a pasar las vacaciones en Hungría, en concreto el lago Ballaton, dentro del área comunista. Más tarde, alguien de los que huyó por esta frontera me comentó que corrieron y tuvieron mucho miedo y que un guardia húngaro les dijo que no lo tuvieran. Este es un hecho que te obliga a preguntarte: ¿qué pasa aquí?. Segundo hecho, siendo yo vicepresidente de la Asamblea de las Regiones de Europa -el presidente era un italiano llamado Carlo Bernini? éste me comenta que hay una gran ebullición en los países de Europa del Este pues ahora los dejan salir mucho más; todos tienen ganas de tener contacto con los países occidentales y que se les podría invitar a una de nuestras reuniones. En aquella reunión, en la que vino mucha gente de Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Rumania?.el presidente de Eslovenia, siendo parte de la Yugoslavia aún comunista, me comenta que quiere decirme algo que me alegrará. El sabía que yo era católico y me dijo que ?ese año, por Navidad, por primera vez en el mundo comunista, en Eslovenia se celebrará la Navidad y será festivo?. P: Fue una paradoja que de todos los gobernantes de Europa Occidental no fueran Thatcher ni Mitterrand, sino un español, Felipe González, quien apoyara la unificación alemana tal como la planteó Kohl. R: No, no fue una paradoja. Francia es una adversaria tradicional de Alemania, y procura que sea débil y muy condicionada. Y a Gran Bretaña tampoco le ha agradado nunca una Alemania con mucha fuerza en el Continente. Por otra parte, a mi entender es uno de los momentos de Felipe González en donde tuvo una actuación más brillante y además con efectos muy positivos para España. Con ello, Felipe González se puso a Kohl en el bolsillo. Luego González obtuvo gracias a Kohl aquellos fondos de cohesión europeos que han sido tan importantes para las inversiones públicas en España. P: Su posición respecto a la unificación alemana tampoco ofrece dudas. R: Creo que había que hacerlo a pesar de todos los inconvenientes, y se hizo bien. Se podría criticar tal vez a Kohl, por ejemplo por la equiparación que hizo entre el marco occidental y el oriental. Pero en una conversación que tuve con Pöhl, el entonces gobernador del Bundesbank, me dijo que técnicamente era un disparate y que así se lo había indicado al canciller hasta tres veces. Era más bien de tendencia socialista y fue el único que le planteó resistencia a la paridad entre los dos marcos, pero no porque fuera anti-Kohl. El canciller le comentó que no había más remedio que hacerlo y Pöhl llegó a una conclusión: esto no es una decisión técnica, ni tan siquiera una decisión política; es una decisión histórica. Y ante una decisión histórica, el gobernador del Bundesbank asumió que la responsabilidad era del Canciller y punto. El ya había dicho lo que tenía que decir. P: El otro problema era la velocidad de la unificación. R: Mire, yo tenía y tengo una muy buena relación con la Fundación Bertelsmann, la cual organizaba entonces tres o cuatro reuniones anuales en Gütersloh básicamente de gente alemana y algún suizo, y a mí me invitaban. Siempre habíamos enfocado Cataluña con una proyección exterior mitad política y mitad cultural. Pues bien, me invitaban. Había gente importante, como el asesor de Kohl, Teltschik, en cuestiones de política exterior, con quien tuve una buena relación. Éste tenía una relación conflictiva con Genscher, porque Genscher, ministro de Asuntos Exteriores, no veía con buen ojo que Kohl tuviera un asesor de política exterior y no coincidían en un punto. Genscher no estaba en contra de la reunificación, pero iba con pies de plomo, tenía reservas. Kohl marcaba el paso hacia delante. Se elaboraron entonces los famosos 10 puntos, que en buena parte fueron de Telschik, sobre cómo hacer la unificación. Teltschik me comentó que esto no tenía solución; o había una reunificación rápida o habría una invasión de la Alemania Occidental por parte de los alemanes orientales. P: ¿Y qué significa el año 1989 no para usted, sino para Cataluña? R: Para Cataluña y de una manera inmediata no tuvo un especial significado. Tuvo significado para Europa. P: Pero empezó la fiebre de las independencias y de recuperación de soberanías. R: Yo dije por aquella época algo que creo que debería ser fácil de entender, si quieren, para gente relacionada con la política, el pensamiento o la prensa; que Cataluña es como Lituania, pero España no es como la Unión Soviética. O bien, que Cataluña es como Eslovenia, pero España no es como Yugoslavia. Las independencias son el resultado de una voluntad. Hay un sentimiento, una fidelidad, la defensa de una identidad, pero lo decisivo fue la explosión de los imperios. P: ¿Y no juega la exclusión? ¿No se produce también cuando un país se ve excluido de un proyecto más amplio? R: Sí, puede ser. Sería la desafección de la que ahora hablamos en Cataluña y en España. Pero la explosión es lo determinante. Tomemos el ejemplo de Turquía, otro imperio que también explotó en otro momento histórico. P: Entonces usted está diciendo, para quien lo quiera entender y a pesar de lo que pensaban muchos nacionalistas catalanes, que aquel no era el momento de Cataluña. R: Simplemente digo lo que hay. Las pequeñas naciones se independizan porque lo desean, pero sobre todo cuando explotan los imperios. Hay la explosión de Rusia en el año 1917 y 1918; los finlandeses hacen una guerra civil entre ellos, más que contra Rusia durante estos años. Y la de los Países Bálticos, incluso la de Polonia. Hay la explosión de Turquía que por poco provoca la independencia del Kurdistán. No hay una explosión en Alemania, pero no se consolida ningún nuevo Estado a expensas de Alemania; excepto Polonia, naturalmente. Ucrania se independiza durante estos años. Armenia y Georgia son independientes hasta que la Unión Soviética se recupera. En 1989 nadie de los países bálticos pensaba que serían independientes. Una vez, durante un encuentro en Davos, coincidí con un ministro lituano que me explicó su historia. Me dijo haber nacido en Kaunas, que estudió ingeniería en Kaunas, y que más tarde amplió los estudios en Moscú y entró en el partido comunista. Porque, dijo, había tres cosas que no se podía imaginar en 1974: que el comunismo se acabaría, que la Unión Soviética se desharía y que Lituania sería independiente. ¿Y la independencia de Ucrania? Históricamente Rusia nace en Ucrania. Yo comparo la independencia de Ucrania como si de España se independizaran Asturias y León. Reconozco que es una comparación un poco forzada. P: Pues mucha gente aquí creyó que era el momento. R: Desde el punto de vista catalán, si Rusia en vez de desmembrarse hubiera previsto un sistema flexible interno de autonomías, si Yugoslavia no se hubiera desmembrado ni Checoslovaquia, entonces Europa en relación con las autonomías y minorías nacionales habría tenido una actitud distinta. El tema hubiera ocupado un lugar central. Ahora no. P: ¿En el fondo ha perjudicado a la idea nacionalista? R: Yo no digo esto. En realidad lo sucedido demuestra la fuerza y legitimidad de las identidades. A mí me parece positiva la recuperación de la libertad de todos estos países. Pero por otro lado produce una consolidación de los Estados, de unos Estados nuevos. Y éstos son especialmente celosos de la soberanía que acaban de recuperar. Nuevos Estados como Estonia están escarmentados con los Imperios; por eso la Unión Europea les produce prevención. En Finlandia, la independencia ya la tenían desde 1917, pero el tema europeo se ha planteado desde una perspectiva nacionalista. Todos son nacionalistas; eso de que solo los catalanes somos nacionalistas es un invento de la doctrina estatal, y no sólo en España. Todo somos nacionalistas. Los finlandeses lo son y mucho. Hubo oposición nacionalista para entrar en la Unión Europea, pues se habían independizado de Rusia y no se querían comprometer de nuevo, ni que fuese con la UE. Y en nombre también del nacionalismo había los que decían que el problema siempre era Rusia. Y que todo lo que les protegiera de Rusia era bueno, y por consiguiente era bueno integrarse en la UE. P: La Unión Europea se ve, pues, debilitada por este proceso de retorno al Estado nacional. R: Últimamente, sí. Los Estados tenían la sensación de que se les escapaban demasiadas cosas. Perdieron la moneda, los tipos de interés, las fronteras, en cierto modo hasta el Ejército. Por otro lado, hubo un movimiento regionalista potente que en parte encabezamos nosotros, y que inquietaba a los Estados. P: Usted es un nacionalista muy realista. Las independencias de los países del Este no le ?quitaron el sueño?. Pero tuvo en cambio un papel en la independencia de Eslovenia? R: No tuve ningún papel; es más, dije a Kucan que no sabía qué debían hacer. La crisis de Yugoslavia viene por varios motivos. Uno de ellos porque los serbios querían que en Yugoslavia hubiese una fuerte hegemonía serbia, en todo. Una idea que en España se veía bien, pero que en la antigua Yugoslavia provoca un gran oposición. Le dije a Kucan que no le podía aconsejar, pero que tenía que tomar una decisión rápida. Que lo que tuviera que hacer que no lo dejara para dentro de seis meses. P: Y así fue. Se declararon independientes en seguida. R: Sí. Pero mire en cambio el caso de Eslovaquia. A ellos los echan fuera. En Eslovaquia había un movimiento nacionalista fuerte. Recuerdo haber mantenido una conversación con un primer ministro eslovaco, cuando aún existía Checoslovaquia. Pero no le vi como para proclamar la independencia al día siguiente. Pero de repente los echan. Los checos siempre consideraron que los eslovacos eran unos desgraciados. Primero, porque eran católicos, segundo, porque eran rurales, y, tercero, porque eran menos desarrollados. Tuvieron la sensación de que molestaban. De que les frenaban. Almunia tiene una cuñada checa; el día en que se separaron, ésta estaba exultante pues decía que ya se habían sacado de encima a esos inútiles de los eslovacos; Almunia estaba atónito. P: Pero le insisto en que el mundo nacionalista catalán, con todas sus variantes, creyó que esta vez quizás ?tocaba?? R: Yo no la alimenté. Y no era esta mi opinión. P: Volviendo a su nacionalismo realista; en relación con las selecciones deportivas lo que usted dice es de un realismo absoluto: considera que no las habrá. R: Pero hay que compaginar el realismo con la ilusión. P: Y esto es difícil? R: Ahora estamos en un momento difícil? En más de un aspecto. P: Usted ha viajado mucho, pero no ha visitado África. Y hay un personaje trascendental en este momento del siglo XX que no aparece en su libro, donde desfilan casi todos? R: Mandela, claro. Pero le conozco. En una cena, en la cual éramos unas seis o siete personas, coincidí con él. Estaba también el cardenal Martini y Oscar Arias. Disfrutamos de una larga sobremesa y nos dejó la muy buena impresión que deja a todos. Pero no hay que cenar con él para llevarte una buena impresión. Alguien que ha estado encarcelado durante 27 años y que cuando sale dice que con los que le han encarcelado hay que estar en paz? pues simplemente ¡chapeau! La situación en Suráfrica era insostenible. Hay un hombre que también tiene mérito, De Klerk. Los norteamericanos y británicos seguro que recibieron un mensaje de que estuvieran tranquilos; que Mandela no iba a crear la ?República Soviética de Sudáfrica?. P: ¿Y por qué usted no se interesó por África? R:. Por África me interesé en términos personales. Tuve contactos con los cooperantes y misioneros catalanes. También tuvimos una actuación esporádica en Mozambique. Pero en términos políticos y económicos creí que no podía hacer nada. Teníamos tantas responsabilidades encima que no podíamos atender y me desentendí. En cambio, he tenido al Magreb muy en cuenta, al igual que Suramérica, incluso Asia. Tampoco fui a los países del Golfo, pero sí fui a Jordania. Respecto a África tenía tanta sensación de impotencia? Pero hice mal. Tuve una cierta relación con gente de Guinea Ecuatorial; Convergència ayuda a guineanos exiliados. El caso es que ahora quiero visitar África aunque sólo sea para reparar este olvido. P: Me ha sorprendido lo que dice sobre Israel, pero en especial lo que no dice pero se sobreentiende, cosas importantes y poco conocidas. Usted habla de los asentamientos de forma crítica. Explíquenos su posición? R: Sí, hice un discurso en Israel hará aproximadamente un año y medio o dos. Yo he sido, desde siempre, amigo y simpatizante del pueblo judío. Y lo soy. Defiendo el sionismo y la existencia del Estado de Israel. A partir de esto creo tener el derecho y el deber de hablar con claridad de lo que creo que no se hace bien. Lo mismo a los judíos y los israelíes que a los árabes y los palestinos. No se puede hacer nada que ponga en peligro el Estado de Israel, pero hay que hacer justicia a los palestinos. Yo soy partidario de la doctrina de los dos Estados. La conferencia de Oslo se basó en un principio muy sencillo: paz contra territorios. A partir del momento en que los israelíes se comen territorio, se comen la posibilidad de la paz arrinconando a los palestinos hacia la desesperación. Lo dije en el Parlamento de Jerusalén, ante mucha gente. La Presidenta del Parlamento se fue con una salutación muy seca sin darme las gracias y el antiguo presidente de Israel, Isaac Navon, gran conocedor de la cultura española y sefardí, y conocido mío me dio las gracias en público, pero añadió que mi discurso no agradó a todos los allí presentes. Lo dijo con gran cordialidad. (La continuación, el domingo)

[Publicado el 20/11/2009 a las 08:07]

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Obama con sordina

A quienes dudan sobre el valor de la palabra, y sobre todo acerca de su acción transformadora de la realidad, hay que trasladarles a situaciones y sociedades donde la palabra está restringida y controlada, allí donde hay una autoridad competente que no la soporta y la teme como el gato al agua caliente. Los impacientes y airados demoledores de la política parlamentaria, los apóstoles de la acción y denigradores de los discursos, deberían observar con atención la alta consideración que merece la palabra a los mandarines de las sociedades controladas por un poder totalitario. Allí, se evita con exquisito cuidado cualquier ocasión en la que la palabra pueda salirse del estricto control jerárquico. Todo se organiza para evitar que una súbita explosión de la libertad verbal prenda en esos ciudadanos sometidos y domesticados. De ahí que se cuide con especial esmero las visitas de los más ilustres invitados extranjeros, personajes famosos sobre los que su población puede proyectar sus frustraciones y de cuya boca pueden salir palabras como proyectiles.   Eso lo saben muy bien los actuales jerarcas del régimen comunista y capitalista chino, y no lo sabían tanto en cambio, hace veinte años, sus predecesores en Zhongnanhai (el ?compound? donde vive la nomenclatura del régimen junto a la Ciudad Prohibida) y menos todavía el régimen comunista de la República Democrática Alemana, felizmente desaparecido hace también dos décadas. En aquel entonces, la palabra transformadora salía de la boca de Mijail Gorbachev, el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética que decidió reformar el sistema comunista e introducir la transparencia en la sociedad más opaca hasta entonces del mundo. Gorby estuvo en Pequín en mayo, en el momento en que la revuelta de Tian Anmen se hallaba en su punto álgido. Fue aclamado con entusiasmo por los manifestantes y su paso por las calles de Pequín era acogido con entusiasmo, de forma que su presencia se convirtió en un nuevo revulsivo contra el régimen. Lo mismo sucedió en Berlín, en octubre de 1989, cuando fue aclamado por las propias juventudes del régimen que desfilaban en una marcha nocturna para celebrar el 50 aniversario de la creación de la RDA, en una clara premonoción de la inminente caída del Muro.  La cúpula china actual ha aprendido las lecciones de 1989. Cualquier paso que pudiera dirigirse hacia la liberalización del régimen es reprimido y cualquier evento en el que la palabra pudiera desbordarse es cuidadosamente evitado y en el peor de los casos orquestado bajo su poderosa sordina. A pesar de todo, los mandarines chinos no han podido impedir que Obama dijera en su viaje a Shanghai y Pekín lo que piensa sobre los derechos humanos, la libertad de expresión o el Tibet, ni que sus palabras se colaran en los medios oficiales y llegaran al gran público. Nada que ver, sin embargo, con los grandes discursos que Obama viene pronunciando sobre los temas más candentes del mundo actual. Un régimen totalitario no admite que nadie le dé lecciones. Pero tampoco lo admite una superpotencia. En el diálogo con Pekín, la voz del elocuente presidente norteamericano suena con sordina.

[Publicado el 18/11/2009 a las 09:37]

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El tamaño no importa

No se sabe por qué extraña regla de tres se está imponiendo la idea en Europa de que la única persona que puede representarla dignamente y dialogar en su nombre con los más poderosos de este mundo debe ser un político que haya alcanzado la fama por su actividad en la escena nacional de uno de los grandes socios, esos países que antaño fueron superpotencias y continúan acaparando los focos de la actualidad mundial. Es una idea absurda y sectaria, que sólo puede explicarse por la desaforada campaña lanzada por Tony Blair para convertirse en el primer presidente de Europa. En primer lugar, porque la persona que sea designada el jueves para presidir el Consejo Europeo durante dos años y medio sólo debe representarse a sí misma, no a su país de procedencia, y debe actuar al servicio del conjunto de la Unión y no de su país. Cabría aventurar incluso el argumento contrario: un político recientemente salido de la política nacional de uno de los grandes estará fuertemente tentado por los tropismos que han ocupado su vida mientras estaba al servicio de una política nacional con fuerte presencia exterior; mientras que si se trata de un ex proveniente de un país pequeño, sin papel alguno en la escena internacional, su tendencia natural será ponerse al servicio de los intereses europeos. No es la única razón para defender que el presidente salga de un país pequeño. Hay dos ?grandes?, Francia e Italia, que ya tienen una presencia destacada en la escena internacional gracias a su silla permanente y su derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Darles la oportunidad de contar con otra personalidad con silla privilegiada en las fórmulas de cumbres más restringidas no es lo más razonable. Tampoco es lo más europeo, pues refuerza la idea de que los grandes son los que deben dirigir la UE, si no por los tratados al menos por la vía de los hechos. Todavía tiene menos sentido que utilicen este argumento los partidarios más fervientes de las sucesivas ampliaciones que han convertido la UE en un club de 27. Si se trata además de partidarios de la Nueva Europa, lo menos que se puede decir es que tienen una actitud incongruente, pues lo que debería seguirse de sus actitudes y de su apología de lo nuevo frente a lo viejo es que el presidente debe salir de uno de los nuevos socios incorporados desde la caída del Muro de Berlín. Cuestión aparte es la fama. Está vinculada al tamaño del país de origen, pues es evidente que ya no van a salir nuevos líderes aureolados de los países ex comunistas. Los políticos conocidos internacionalmente son británicos, franceses y alemanes, un poco italianos y españoles, y para de contar. La crueldad del mundo globalizado ha convertido a los otrora fulgurantes holandeses en grises desconocidos, y no digamos ya a los belgas, los portugueses o los luxemburgueses. Y en el Este ya no hay Walesas ni Havels, sino Kacinskins y Klaus. Pero esto no debiera descalificar a nadie, al contrario. La UE es lo que es. Si los Estados Unidos pueden ir a buscar un presidente a Arkansas, como hicieron los demócratas con Clinton, o a Alaska, como están barruntando los republicanos con Sarah Palin, ¿por qué los europeos no podemos tener un presidente esloveno, estonio o maltés, si tiene la talla personal y posee los conocimientos y las habilidades? Europa quiere exigir de su futuro presidente mucho más de lo exige a nadie y sobre todo a sí misma a la hora de tener poder, protagonismo y visibilidad en el mundo. Lo que toca ahora, sin duda, es un presidente de un país que sobre todo no debe ser uno de los grandes.

[Publicado el 17/11/2009 a las 07:12]

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Comunistas del siglo XXI

José Luis Centella, el nuevo secretario general del Partido Comunista de España, se ve a sí mismo como ?comunista del siglo XXI? y se considera ?heredero de la revolución bolchevique?. Curiosas afirmaciones que reducen todo el comunismo del XIX y parte del XX al fenómeno que monopolizó la entera ideología comunista y la convirtió en el fundamento de una aberración totalitaria e imperialista. Todo lo que hubo antes y en oposición a Lenin dentro del movimiento obrero, queda excluido de la tradición de la que se considera heredero el señor Centella. Todo lo que hubo después en disidencia con el bolchevismo en la izquierda comunista queda también excluido. Entregar el entero comunismo al totalitarismo leninista y estalinista y al nacionalismo imperial ruso que lo encarnó en la Unión Soviética sólo sirve para echar una palada más de tierra sobre este cadáver ya sepultado. Basta con recordar la figura y las ideas de una comunista de izquierda, por supuesto antileninista, como Rosa Luxemburgo con su frase célebre y siempre insuficientemente citada para ver hasta qué punto es poco de fiar el señor Centella. Ningún bolchevique piensa que ?la libertad es la libertad de los que piensan distinto?. Tampoco lo piensan, por cierto, los auténticos comunistas del siglo XXI, los dirigentes de los únicos regímenes que reivindican esa ideología, ya sea desde el estricto purismo comunista, como en Corea de Norte y Cuba, ya sea desde el mix de lo peor de ambos sistemas, como en China: economía capitalista manchesteriana y régimen político totalitario de partido único con ausencia absoluta de libertades individuales. (Enlaces: con la entrevista a Centella, con la página de la fundación Rosa Luxembug en la que se cita y glosa la frase).

[Publicado el 16/11/2009 a las 07:55]

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Elecciones soviéticas

Llevan razón esos europeos de los estados bálticos, de Polonia o de Chequia, que califican de soviética la elección de los altos cargos de la Unión Europea. La cumbre de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE, que se celebrará dentro de una semana para elegir al presidente y al alto representante de la Política exterior, será una ceremonia que tiene muchas similitudes con los procedimientos que se utilizan en Moscú, en las profundidades del Kremlin, o en Pekín, en los pavellones y jardines cerrados de Zhongnanhai, y poco o nada que ver con la democracia. De los cuatro grandes imperios que hay actualmente en el mundo, sólo uno elige a su presidente por un procedimiento abierto, transparente y democrático. Se trata de los Estados Unidos de América, donde cada cuatro años una auténtica ristra de pretendientes compite en dos rondas electorales, la primera para despejar el candidato de cada uno de los dos grandes partidos y luego para elegir al presidente. Otra de las superpotencias, la Federación Rusa, efectúa un remedo de elección teóricamente democrática y abierta, con candidatos, partidos y campaña electoral; pero en la práctica todo pasteleado desde el centro mismo del poder, que es donde se cocina la sucesión en conciliábulos oscuros e inextricables de reproducción de la elite gobernante. La tercera superpotencia, China, cuenta con un sistema todavía más opaco y oscurantista, en el que se obvian por inútiles las formalidades teatrales que tanto gustan a los ex soviéticos cuando quieren declararse émulos de los norteamericanos. Los candidatos y los cargos electos surgen por lenta y misteriosa destilación dentro de los silenciosos órganos del partido y se despliegan con toda su aura de triunfo impostado y de futuros luminosos con precisión matemática de congreso en congreso y de sucesión en sucesión. Si los dos primeros convocan a los ciudadanos a las urnas e incluso dan explicaciones, los chinos no se toman esta molestia tan engorrosa. Pero el resultado final merece algunas matizaciones: sabemos todo de las elecciones norteamericanas, cada uno de sus entresijos, el coste de las campañas, las rivalidades dentro de cada equipo; sabemos muy poco de las rusas, aunque no falta la verborrea y siempre se cuelan buenos análisis de los especialistas; y es prácticamente imposible saber nada de las chinas, donde hay que interpretar cada uno de los gestos, fotos, decorados y palabras para conseguir hacerse una idea elemental de lo que está pasando. El caso europeo es especial. La democracia queda para cada uno de los países socios. Pero el sistema común es propiamente feudal: se trata del colegio electoral más pequeño del mundo para los personajes proporcionalmente más poderosos. Son 27 los electores, no se sabe quiénes son los candidatos y apenas quiénes pueden serlo, no hay ni puede haber campaña ni debate alguno, y todo se resolverá en una zaragata de reunión a puerta cerrada de la que con suerte se filtrarán algunos detalles a la prensa. Y por cierto, tampoco se sabe exactamente cuáles son las competencias de los puestos que hay que ocupar. El caso europeo es el de un misterioso mecanismo en el que los representantes de las naciones probablemente más libres y justas del planeta consiguen tomar las decisiones más arbitrarias y secretas. ¿Alguien puede dudar a estas alturas de que en los cuatro puntos cardinales del planeta las únicas elecciones presidenciales que entusiasmen y susciten simpatía sean las norteamericanas?

[Publicado el 13/11/2009 a las 08:31]

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El peligro alemán

Margaret Thatcher y François Mitterrand se llevan la palma, a los 20 años del memorable acontecimiento. Se supo entonces, pero se ha confirmado todavía más ahora. Pero no estaban solos. Al contrario. Fueron muchos los que acogieron la caída del Muro con serios reparos, que fueron creciendo a medida que el horizonte hasta entonces lejano de la unificación alemana iba acercándose a toda velocidad. En España hubiera habido mayoría en contra si se hubiera puesto a votación entre los dirigentes políticos a derecha e izquierda. Helmut Kohl ha evocado con agradecimiento el caso excepcional de Felipe González. La mayoría de los políticos españoles del momento hacían suya la frase del escritor François Mauriac, que no de Mitterrand como se ha dicho: estaban tan enamorados de Alemania que preferían que hubiera dos. Una Alemania unificada, nos decían, volvería a las andadas. Toda Europa marcaría el paso de la oca al compás de sus tambores. Regresarían el nacionalismo y el militarismo, incluso el antisemitismo. Quizás un nuevo Hitler surgiría de las sentinas de la sociedad alemana. Todo eso no era más que una enorme demostración de conservadurismo político, estrechez moral y miseria intelectual. Y también de un curioso prurito historicista, profundamente perezoso, que sólo sabe ver el futuro como repetición de un pasado convertido en mito inmutable. Aunque los hechos han desmentido todos y cada uno de los temores, vale la pena hacer un rápido balance de lo que ha sucedido en estos 20 años respecto a los miedos europeos ante el regreso de Alemania. Para empezar, no tenemos una Europa alemana, sino una Alemania europea, tal como quería Kohl. La unificación alemana ha traído también la unificación europea, que arrancó inmediatamente con el ingreso de los países que habían sido neutrales en la guerra fría, Austria entre ellos. Ante este movimiento, también hubo quien se echó las manos a la cabeza: otra vez la Anschluss o anexión de Austria, como en 1938. No ha sido así, al contrario. Austria es un socio europeo más, que comparte la moneda con Alemania, pero desarrolla su vida política propia con total independencia de Berlín. El euro es la moneda de 13 países y no una nueva denominación del marco alemán. El miedo a una continuación de la llamada zona marco, en la que la moneda más fuerte actuaba de cabeza de la serpiente monetaria europea, ha quedado desmentido por los hechos. El Banco Central Europeo no es el Bundesbank y el euro no es un disfraz del marco. La renuncia de Alemania a su soberanía monetaria es el precio contante y sonante con el que Berlín ha pagado por el apoyo a la unificación. La extrema derecha nacionalista tampoco ha renacido ni lo ha hecho el racismo xenófobo y antisemita, como los agoreros más truculentos se empeñaban en profetizar. Hubo en los primeros años algunos incidentes, a veces trágicos y con víctimas mortales, con trabajadores extranjeros, pero no en mayor medida, quizás incluso menos, de lo que se registran en otros países. Tampoco ha habido resurgimiento alguno del militarismo como fruto de la unificación y de la salida de las tropas soviéticas. El Ejército alemán ha participado por primera vez en misiones en el extranjero, fruto de una decisión tomada por un Gobierno rojo y verde, con un ministro de Exteriores como Joschka Fischer al frente, primero en los Balcanes y ahora en Afganistán. Y no ha pasado nada. Los sucesivos Gobiernos alemanes se han entregado con toda franqueza a la construcción europea y no han sido ellos, sino sus vecinos holandeses, franceses, irlandeses, polacos y por supuesto británicos, quienes han aprovechado las sucesivas reformas para poner obstáculos y barrer hacia casa. Se ha notado, es cierto, un repliegue nacionalista en toda Europa, pero no ha sido obra de los alemanes, sino de los socios de siempre. Alemania ha sido un jugador leal y europeísta en un momento de depresión y desaceleración en la construcción europea. La ampliación, con la que los británicos buscaban diluir la UE, ha sido muy interesante para Alemania, pero por razones sobre todo económicas. La lengua alemana y la influencia cultural han menguado en todo el centro de Europa, pero no las inversiones ni el comercio. Una razón adicional para desmentir los temores de quienes blandían los espantajos del hegemonismo y del expansionismo. La capitalidad de Berlín, que también fue esgrimida en algún momento como alguna forma de inconveniente, ha enriquecido a toda Europa, que cuenta con un nuevo centro cultural y político de enorme dinamismo y extiende así la influencia europea hacia el profundo Este europeo. En la urbe prusiana repite mandato Angela Merkel, hija directa de la unificación y la primera mujer que preside un Gobierno alemán. Todo contribuye a que los 20 años de la Alemania unida sean un motivo de alegría y de esperanza para todos los europeos.

[Publicado el 12/11/2009 a las 10:59]

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Hipócrates

Ante todo no hacer daño. La sentencia hipocrática, elemental para la medicina, debiera convertirse en lema para la política, el periodismo o la justicia. Seguro que si políticos, periodistas y jueces tuvieran presente que su función es arreglar y mejorar y no estropear o incluso destruir, de otra forma andarían las cosas. Y sin embargo, lo habitual es que suceda exactamente lo contrario de lo que exigía Hipócrates de los médicos. Estamos ya acostumbrados a que una decisión política sirva para liarla o en todo caso para obtener el resultado contrario al proclamado. Tampoco es extraño que la publicación de una información periodística sirva para oscurecer algo más las cosas y obstaculizar el conocimiento de la realidad. Y tenemos bien presentes decisiones de la justicia que no sirven para dar a cada uno lo que es suyo o restablecer el orden vulnerado sino para crear más problemas y dificultades para todos. Basta con pensar en el caso del Alakrana. Cuando la ley, los gobiernos y la información no están al servicio de los ciudadanos, de las personas, se cae toda la arquitectura de la sociedad y pierden cualquier sentido las invocaciones al estado de derecho, a la justicia y a la libertad de expresión. ¿Para qué queremos unas leyes que en vez de estar al servicio de los ciudadanos sirvan para someternos a su rígida arbitrariedad? ¿Para qué unos gobiernos dedicados a complicar las cosas en vez de resolverlas? ¿Y para qué unos medios de información dedicados a suscitar peleas entre políticos y jueces y a obstaculizar la resolución de los problemas gracias a su esmerada vocación castatrofista? No puede olvidarse ahí, por supuesto, a los armadores que mandan sus barcos de pesca a zonas de alto riesgo, a sabiendas de que pueden caer en manos de los secuestradores somalíes. Los pesqueros que faenan en la zona protegida militarmente por el dispositivo de seguridad internacional, y concretamenre por la operación europea Atalanta, apenas están sufriendo ni siquiera el acoso de los piratas. El secuestro del Alakrana, en todo caso, en un buen revelador del estado de las instituciones en un país como España. Aquí, unos y otros invierten la sentencia hipocrática: ante todo, buscar el propio beneficio aun a costa de producir el máximo daño.

[Publicado el 11/11/2009 a las 08:01]

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La paradoja de la felicidad

Extraordinaria encuesta la del norteamericano Pew Reserch Center acerca de los cambios de actitudes en los países del desaparecido bloque comunista. Con motivo del aniversario de la caída del Muro, el instituto se ha interesado por el prestigio de la democracia y del capitalismo, la reunificación alemana, los sentimientos nacionales o la satisfacción con la propia vida comparativamente con los tiempos del comunismo. Lo que más choca de toda la encuesta es el contraste entre los juicios sobre el cambio político y el funcionamiento de sus países, de una parte, y de la otra, los sentimientos sobre la propia vida. Este contraste es lo que yo denominaría como la paradoja de la felicidad. Mientras quedan mitigados los juicios favorables a los cambios obtenidos en estos veinte años, aparece con gran intensidad una mayor satisfacción por la propia vida. Hay que subrayar que la aprobación de la democracia y del capitalismo alcanza niveles mayoritarios en casi todos los países: desde el 52 por ciento de Bulgaria hasta el 85 por ciento de Alemania del este, con la excepción del 30 por ciento de Ucrania, en relación al cambio democrático; y desde el 50 por ciento de Rusia y Lituania hasta el 82 por ciento de Alemania del este, con las excepciones de Ucrania con el 36 por ciento y Hungría con el 46, en relación al cambio capitalista. Pero en todos ellos desciende la opinión favorable en relación a idénticas apreciaciones en 1991, momento en que ambos conceptos antitéticos con el comunismo tenían mayor prestigio. La satisfacción por la propia vida, en cambio, experimenta un salto espectacular en casi todos los países, con el incremento máximo de 30 puntos porcentuales en Polonia y el mínimo de siete en Hungría. Lo mismo cabe decir respecto a la visión optimista sobre el futuro, que supera en todos los países encuestados a la visión pesimista, desde el máximo de un 44 por ciento de los rusos, hasta el mínimo del 28 por ciento de los alemanes del este. Las apreciaciones positivas ante la propia vida y ante el futuro son más intensas entre los más jóvenes, la población urbana y la que tienen mejor educación, por lo que cabe aventurar que justo ahora está empezando a producirse el auténtico cambio de mentalidades. La paradoja radica, todavía, en la disonancia entre unos juicios políticos condicionados por la memoria del pasado y la realidad de cómo transcurren las vidas de cada uno de los encuestados. Y aunque no tengo datos en mano sobre apreciaciones equivalentes en el resto de Europa, me atrevo aventurar que esta paradoja de la felicidad acerca a los ciudadanos europeos del este a los de la Europa que siempre ha sido capitalista. (Enlaces. Hay muchas más cosas de gran interés en la encuesta. Por ejemplo sobre las actitudes xenófobas en dichos países respecto a sus minorías. El lector podrá ampliar la información en El País o consultando directamente el documento del PRC).

[Publicado el 10/11/2009 a las 07:33]

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Noches de Berlín

Una noche, la del 12 de agosto de 1961, el telón de acero que había caído sobre Europa en 1945 cerró su último portillo. Cortó Berlín en dos, como si la hubiera pasado por una cizalla. Primero se extendió en forma de cadena de policías y blindados, alambres y obstáculos, y en pocos días con un muro que fue creciendo y fortificándose. La antigua capital alemana venía sufriendo la presión soviética desde junio de 1948, cuando las autoridades de Moscú la mantuvieron durante varios meses bloqueada y sin suministros ni comunicaciones terrestres. Era el punto de fuga por donde millares de alemanes huían de la zona de ocupación soviética y a la vez zona de fricción donde las dos superpotencias enfrentadas en la guerra fría llegaron a situar a sus tanques apuntándose unos a otros. Los momentos más delicados de aquella confrontación, cuando Moscú y Washington estuvieron más cerca de pulsar el botón nuclear, se sitúan entre la construcción del muro berlinés, aquella noche de agosto de 1961 y noviembre de 1962, cuando la Unión Soviética retiró de Cuba los misiles que apuntaban en dirección a Estados Unidos. Al cabo de 28 años, otra noche, la del 9 de noviembre de 1989, el mismo muro se agrietó, empujado por el vendaval de libertad que se había levantado en todo el bloque comunista, al impulso de la perestroika de Mijaíl Gorbachov. Por aquella brecha se desbordó velozmente el caudal embalsado durante la guerra fría, de forma que en cuestión de meses se unificaron las dos Alemanias, cayeron todos los regímenes comunistas europeos, desapareció la cárcel de pueblos y de ciudadanos en que se había convertido la Unión Soviética y el mundo entero se encontró, de pronto, ante el reto, hoy todavía sin colmar, de construir una arquitectura política internacional totalmente nueva sobre las ruinas de la que acababa de hundirse. Pocos creían en 1961 que el régimen comunista se atreviera a partir en dos la vieja capital alemana y a dejar encerrados a los berlineses occidentales en una isla comunicada por tres corredores aéreos y el mismo número de autopistas con el resto del mundo occidental. Eran también pocos en el otoño de 1989 quienes imaginaban que la división de Berlín y de Alemania, de Europa y del mundo, tenía las horas contadas. Tanto la construcción del muro como su destrucción aparecieron en sus respectivos inicios como tareas irreales; al igual que, muy poco después, todo el mundo consideraba que habían sido inevitables, y se extrañaban, en 1961, de que no se hubiera erigido antes y, después de 1989, de que la farsa de aquellos regímenes hubiera durado tanto tiempo. Todo comenzó, pues, en la última noche berlinesa. Allí el mundo empezó a salir de la pesadilla de un Apocalipsis provocado por la propia mano del hombre. Allí se clausuró el campo de batalla europeo que había ocupado el centro del mundo durante todo el siglo XX y inició el desplazamiento del eje del poder y de las tensiones hacia el Sur y hacia Oriente. Fue una noche transformadora, que generó un mundo nuevo, primero unipolar, con una única superpotencia, y más tarde, ahora, multipolar. La carrera de armamentos y el equilibrio del terror, sobre los que se había asentado la paz en Europa durante toda la guerra fría, terminaron de pronto. Si hasta entonces todo permanecía congelado en un mapa cuadriculado de fronteras y bloques, a partir de aquel momento surgió un movimiento en dirección contraria, que dio paso a la integración regional, la globalización económica e incluso a la revolución digital, en dos décadas que significaron la desaparición de numerosas fronteras y el desplazamiento de otras. La primera de todas en esfumarse fue la frontera interalemana, de forma que los alemanes pudieron alcanzar por primera vez en su historia la unidad nacional en libertad. La Unión Europea, concebida inicialmente para evitar el retorno de la guerra en Europa, se convirtió en la máquina de paz, prosperidad y estabilidad con que se fabricó el destino de los países surgidos del comunismo. A excepción de los Balcanes, donde momentáneamente regresó la limpieza étnica y la ideología del nacionalismo dominador. Pero creció a velocidad de vértigo en el resto del continente, primero absorbiendo los países neutrales de la guerra fría: Austria, Finlandia y Suecia. Luego, en dos tacadas, a diez antiguos países comunistas, que situaron las fronteras de la UE en Bielorrusia, Ucrania y Rusia. La frontera polaca sobre los ríos Oder y Neise, reconocida tras la Segunda Guerra Mundial y aborrecida por los alemanes, quedó definitivamente consolidada, cerrando de una vez por todas el irredentismo germánico sobre los antiguos territorios de Pomerania, Prusia Oriental, Alta Silesia y, en paralelo, también de los Sudetes checos. Como resultado de todo ello, Moscú perdió todo el viejo glacis soviético, de forma que la Alianza Atlántica absorbió a la gran mayoría de los antiguos socios del Pacto de Varsovia, a la vez que estallaba el imperio y se desprendía dolorosamente de su propia cuna nacional que es Ucrania. La huella bélica del siglo XX es profunda y no se borra de un plumazo, sobre todo de las mentes. La guerra fría ha modelado las actuales instituciones europeas y ha dejado además una herencia inquietante. Por una parte, un fabuloso arsenal de armas, capaz de destruir varias veces el planeta entero. Por la otra, unos reflejos geopolíticos, sobre todo en las dos antiguas superpotencias que se habían mantenido en tensión durante 45 años. Con mayor lentitud de la deseada ha ido descendiendo el número de cabezas nucleares almacenadas, desde las 50.000 que se calcula había en 1989 hasta las 25.000 que puede haber en la actualidad en los arsenales de los nueve países de los que se sabe que las poseen. En las dos últimas décadas han sido muchos los gestos reflejos dictados por la pesadilla de la autodestrucción que atormentó a la humanidad durante la entera guerra fría. Los ha habido, naturalmente, en Moscú, donde cuesta enterrar los instintos imperiales y resurge una y otra vez el viejo despotismo zarista, que anula a los individuos en nombre de la patria sagrada y busca constantemente medirse con Estados Unidos para calibrar la propia grandeza. Están muy vivos en los países que estuvieron bajo la bota soviética y temen un súbito resurgimiento del imperialismo ruso. También los ha habido en Washington, aunque sólo los neocons intentaron, con la presidencia de Bush, la reproducción de un mundo bipolar y el enfrentamiento contra las fuerzas del mal en los campos de batalla de una guerra caliente y convencional, en una especie de revancha -fracasada- por no haber podido librarla contra la Unión Soviética. Pero a la postre, pocos guerreros fríos han quedado en ejercicio. La mayoría se ha ido convirtiendo en lo contrario, en apóstoles del desarme. En 1999, el 'Financial Times' publicó unas declaraciones del mayor halcón de la guerra fría, Paul Nitze, entonces ya con 92 años, en las que se mostraba partidario de la eliminación absoluta de todo el arsenal nuclear del planeta. Ocho años más tarde, un grupo de figuras políticas también ya retiradas, encabezado por los ex secretarios de Estado republicanos, George Shultz y Henry Kissinger, publicó en 'The Wall Street Journal' su propio alegato a favor de la desaparición de todo el arsenal nuclear. Entre la noche oscura de 1961 y la noche luminosa de 1989 transcurre la historia alucinante de un muro que dividió Berlín, Europa y el mundo, y cuya desaparición ahora celebramos como agua felizmente pasada. La eliminación del arma nuclear está en el programa presidencial de Obama, y la canciller Merkel cuenta en su contrato de Gobierno con el desmantelamiento de las últimas 20 bombas nucleares americanas que quedan todavía en territorio alemán. El día que se cumplan estos propósitos quedará definitivamente borrado el rastro de aquella ignominia.

[Publicado el 09/11/2009 a las 07:10]

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Sobre la pena de telediario

Sin gloria de telediario no hay pena de telediario. Esta pena no la sufren los seres oscuros y desconocidos. Alguien podría construir una ecuación: cuanta mayor ha sido la exposición de alguien en los telediarios, mayor es la pena que sufre esta persona cuando aparece esposada y transportada por la policía en el telediario. ¿Totalitaria la pena de telediario? En ningún otro país como en Estados Unidos tiene tanta vigencia la pena de telediario. Estrellas cinematográficas, cantantes, deportistas y políticos, desde gobernadores hasta congresistas, aparecen de vez en cuando esposados ante el juez, deslumbrados por los flashes y apretujados por los periodistas. La justicia totalitaria es secreta y opaca. Se detiene, juzga y ejecuta en silencio. Se solicita a las cámaras sólo para lo imprescindible. Pero el grueso del procedimiento penal se produce en los sótanos, en habitaciones aisladas y de paredes espesas, para que arriba no se oigan los gritos de horror de los condenados. Hay casos especiales, es verdad, en los que se combina el arcaico ejercicio de ejemplaridad pública con la fría actuación de la maquinaria totalitaria. Por ejemplo, las ejecuciones en los estadios chinos o iraníes, por tiro en la nuca o por la grúa convertida en horca. Pero ahí no hay pena de telediario. Los reos llegan al cadalso después de que ya se les ha extraído cualquier asomo de dignidad y de vergüenza. Estamos ante la pura amenaza colectiva. También hay el delito de telediario: ocuparlo hasta convertirse en su propietario. De todos los telediarios. Quien lo comete es quien más puede temer que algún día le llegue la pena de telediario. No sucederá: pero por si acaso, el mayor delincuente de telediario, Berlusconi, de vez en cuando regala a los periodistas con el gesto sarcástico de mostrarse como si estuviera esposado ante ellos. Activa así la imaginación y recuerda que ésta es la mayor pena que se le podría infligir. Pero también actúa como una carcajada y un exorcismo para que no suceda.

[Publicado el 06/11/2009 a las 10:43]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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