El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 11 de febrero de 2012

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Ondulante socialdemocracia

Justo cuando parece culminar el declive en el sur apunta un nuevo renacimiento en el norte. Las elecciones danesas han desalojado al centroderecha del Gobierno, no tanto gracias a su ascenso como al de la izquierda en su conjunto, mientras que en Berlín, ciudad simbólica de la nueva Europa unida y puente multicultural donde los haya, su alcalde socialdemócrata Klaus Wowereit ha revalidado por tercera vez su mandato, ha engarzado la sexta derrota de la coalición de centro derecha que gobierna bajo la batuta de la Angela Merkel e incluso se ha situado en posición inmejorable para aspirar a la candidatura socialdemócrata en la contienda de 2013 para el Bundestag y la cancillería. Todavía no ha terminado el declive de la socialdemocracia en el sur de Europa, aunque la fecha del 20 de noviembre aparece como el hito más que probable en que tocará suelo, y ya apunta en el norte y en el mismo centro con un lento pero ya evidente despertar. La derrota sufrida por los liberales alemanes, que ni siquiera han podido superar la barra del 5 por ciento para entrar en el Senado regional de Berlín, hace temer incluso por su continuidad en el gobierno de Merkel y disparan las especulaciones sobre una súbita disolución o una recuperación de la fórmula de la gran coalición con el SPD muy acorde con el rumbo alemán más europeísta que reclaman los socios del sur. En ninguno de los casos puede afirmarse que se esté produciendo un radiante renacimiento de la socialdemocracia, aunque sí una fuerte erosión de las derechas, empezando por las más populistas, sobre todo en el norte de Europa, y un reforzamiento del conjunto de la izquierda, algo que casa perfectamente con las facturas electorales que pasa la crisis a quienes gobiernan, que son abrumadoramente las derechas. Ninguna de estas noticias desmiente la tendencia a la fragmentación ni la erosión que vienen sufriendo los grandes partidos. Al contrario: la confirman el ascenso de los Verdes, en pista para ocupar el espacio de los liberales como partido bisagra, y la entrada como fuerza parlamentaria del partido Pirata. Y permiten intuir que la crisis sufrida por la socialdemocracia en los últimos años también está pegando fuerte a las derechas convencionales: vamos a ver qué sucede en Francia e Italia en los próximos meses. Las elecciones presidenciales pueden colocar a un socialista en el Elíseo y la agonía de Berlusconi puede abrir las puertas de nuevo a algo parecido a la izquierda en Montecitorio. Al inquilino de La Moncloa, solitario europeo con sus raídas banderas socialdemócratas puede sucederle otro solitario con sus propias raídas banderas conservadoras. Veremos.

[Publicado el 20/9/2011 a las 01:00]

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Una luz entre las naciones

Nada de lo que exigen para sí lo admiten para el otro. Construyen enfrente a un otro absoluto, irreductible y excluyente, hasta tal punto de que cualquier deseo ajeno es automáticamente una ofensa para ellos mismos. El repertorio de sus exigencias a ese otro radicalmente distinto es infinito. Hasta su rendición. Hasta su extinción. Cualquier concesión es sentida como una herida al núcleo mismo de la identidad propia, a menos que tuviera como contrapartida la desaparición llana y simple del otro como entidad y como sujeto de derecho, porque entonces sería su victoria. Quieren negociar, claro que sí, pero solo si hay garantía de que la negociación no lleve a ninguna parte excepto a la confirmación de todas sus exigencias. Lo único que les interesa de las negociaciones es mantener al enemigo atado a la silla mientras ellos siguen modificando la realidad disputada, el objeto de su negociación. La única negociación que admiten de verdad es una que no tenga lugar porque todo esté ya previamente acordado según su exclusiva voluntad. Sentarse para firmar, no para buscar un punto a mitad de camino entre dos posiciones tan distantes. Saben que quienes siempre han vencido por la fuerza sufren el grave riesgo de salir derrotados el día en que se muestren dispuestos a renunciar a la fuerza, a hablar y realizar concesiones auténticas. Solo podrán negociar y ceder, que es como se llega a los acuerdos, el día en que hayan previamente desistido a quedarse con todo, tal como les dicta la doctrina absoluta que les gobierna. Cada una de sus nuevas condiciones o exigencias es un reflejo del pavor a convertirse en gente normal dentro de un mundo normal. ¿Renunciar a los privilegios concedidos por Dios a cambio de los acuerdos fraguados por los hombres? ¿A quién puede ocurrírsele tan mal negocio? ¿Quién renuncia a un pacto con la divinidad y a ser el elegido por sus preferencias providenciales? Todo lo que reprochan al otro podrían reprochárselo a ellos mismos, sus divisiones, su capacidad para la violencia, sus excusas teológicas, su machismo, y sin embargo siguen creyéndose distintos, perfectos, con derechos propios por encima de los derechos de los otros. Quienes así piensan y actúan pueden tener la simpatía de los poderosos de este mundo, ser incluso hegemónicos, contar con mayorías democráticas, pero no son los propietarios de la idea que dicen defender, ni siquiera de su patria, su religión o su cultura. Las secuestran en su nombre, eso sí, pero poco tienen que ver con aquellos hombres y mujeres admirables, portadores de una luz entre las naciones, los reivindicadores del otro, los cultivadores de la esperanza y de la cultura más humana de una humanidad errabunda y sin patria.

[Publicado el 19/9/2011 a las 01:00]

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El islam multipolar

La libertad es azarosa. No pasamos de un orden unipolar a otro multipolar sin pagar un precio. Conocemos las facturas que nos ha pasado el efímero orden unipolar. El multipolar en el que estamos adentrándonos las pasará, y serán cuantiosas si no es orden. Es decir, si la multipolaridad no se traduce en multilateralismo, en respeto a las reglas de juego y en estabilidad. El laboratorio y a la vez escena central del cambio es Oriente Próximo. La amplia región conflictiva que se extiende desde el Magreb hasta Pakistán está sometida a una transición desde una configuración unipolar, organizada alrededor de una política de estrechas alianzas de Estados Unidos con las potencias regionales, a otra en la que la primera superpotencia ha empezado a retirarse y a aflojar los lazos que la unen a los grandes países de la zona, mientras estos emergen con renovada vocación de influencia e incluso de hegemonía en múltiples campos, el político por supuesto, también el económico y comercial y, claro está, el cultural, es decir, las ideas, los valores y los modelos de vida y de sociedad. Cinco estribos son como mínimo los que Estados Unidos tendió en la zona, todos ellos durante la guerra fría, para evitar que la entonces superpotencia rival, la Unión Soviética, le ganara la partida. Dos estribos le atan a los árabes a través de Egipto y Arabia Saudí. Dos más, con Pakistán y Turquía, lo hacen con los musulmanes. Y otro más, el estribo central, el más rígido, con Israel, la única potencia que no es árabe ni islámica de la zona. Este es el estribo que más se ha envarado con el tiempo, hasta convertir a Israel en parte de la política interior estadounidense, en contraste con las cuatro primeras alianzas, que se han ido destensando, sobre todo desde que empezó la primavera árabe. La alianza más antigua es la que Washington mantiene con la monarquía saudí, forjada en un célebre encuentro entre el presidente Roosevelt y el fundador de la dinastía y del país, Abdelaziz Ibn Saud, en 1945. El presidente americano selló su amistad con los árabes a través de quien ya era entonces el guardián de los santos lugares del islam, y se comprometió a consultas antes de cualquier decisión respecto a la emigración judía a la Palestina histórica. Las prendas aportadas por cada parte en este pacto fundacional han sido la estabilidad y la seguridad por parte americana y el suministro de petróleo por parte saudí. Paralela a esta alianza es la que une a Washington con Karachi, fruto también de la guerra fría, en la que India, el enemigo gemelo de Pakistán, jugaba en el campo contrario, el soviético. Saudíes y paquistaníes fueron decisivos en la derrota soviética en Afganistán, pero de aquel pacto contra el diablo rojo nació el diablo verde del islamismo yihadista, Osama Bin Laden y Al Qaeda. La relación con Egipto es la más reciente, pues no se materializó hasta 1978 con los acuerdos de Camp David con Israel. Israel devolvía el Sinaí y Egipto firmaba la paz con Israel, mientras que Estados Unidos pagaba el gasto, 2.000 millones de dólares anuales, fundamentalmente en cooperación militar. El vínculo con Turquía es el más complejo, porque incluye en su interior a otro vínculo mayor como es el trasatlántico, la OTAN. A veces se olvida que Turquía se halla cubierta por el artículo cinco de la Carta Atlántica, que compromete a sus firmantes a defender a cualquiera de los socios en caso de ataque de un tercero. La cuestión palestina está ahora en el centro de la primavera árabe porque tensa e interroga a la entera geometría de alianzas en la zona. Nadie como Washington ha contado con tantas palancas para resolverla. Cuando los ciudadanos de toda el área reivindican sus libertades políticas se hace difícil el mantenimiento de una zona exenta en razón de la distinta calidad de la alianza que mantienen EE UU e Israel. La irresolución de la cuestión palestina erosiona, así, el entero cuadro de alianzas árabes e islámicas. El viaje del primer ministro turco Erdogan a los tres países de la primavera árabe avanza un nuevo escenario, en el que EE UU se retrae e Israel se aísla. Los otros jugadores van a cooperar entre sí, pero también en enconada competencia por el liderazgo. Egipto debe construirse a sí mismo. Arabia Saudí tiene suficiente con mantener el orden en casa, la península arábiga y contener la amenaza de Irán, que a su vez aspira a mantener su área de influencia en Líbano, Siria e Irak. Turquía tiene su oportunidad de oro. Erdogan va a por ella.

[Publicado el 15/9/2011 a las 01:00]

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Cosas que se pueden perder en una crisis

El trabajo, los ahorros, la pensión, el subsidio, los amigos, el sentido de la orientación, los nervios, la cartera, la cabeza, la cara, la mano, la vez, los estribos, el documento nacional de identidad, los papeles, las maletas, las ganas, la vergüenza, la decencia, la dignidad, la autoestima, y muchas cosas más. Cuando hay crisis, hay mazo nuevo. Y también jugadores nuevos, porque los viejos salen expulsados con frecuencia. Pero quienes reparten las cartas no, suelen ser los mismos que repartían antes, los de siempre. Es una oportunidad, ciertamente. De donde deriva que no es mala época para quienes saben aprovechar las oportunidades, los oportunistas. Todo lo que se puede perder en una crisis se puede perder sin crisis. Pero en una crisis es más fácil perder todo esto y perderlo todo: cuestión probabilística. Lo único difícil de perder es el miedo. Cuando se pierde el mismo miedo es que se empieza a superar la crisis. El miedo a los efectos de la crisis es parte crucial de los efectos de la crisis. Los vendedores de miedo son los mejores agentes de la crisis. Ya actúan antes de la crisis como si hubiera crisis. Pero durante la crisis su actividad es más frenética porque su mercado se activa y se ensancha. En la subasta del miedo su acción se convierte en esencial, y abarca todos los ámbitos de la vida pública, para meter miedo de cara a unas elecciones o para meter miedo en la bolsa. En las crisis se vende, se compra, se contrata, se cancelan contratos, se despide, se reduce, se cierra. Como cuando no hay crisis, pero más. Y todo se hace barato, cada vez más barato. Y con frecuencia sin endeudarse, porque no hay quien preste y, sobre todo, porque no hay quien preste a quien lo debe todo. Por eso es el momento de las grandes oportunidades. Los vendedores de miedo viven en el paraíso, con su mercancía, el miedo, cotizando en máximos.

[Publicado el 14/9/2011 a las 01:00]

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Catalanes, mediterráneos, europeos

Cataluña es el país más atractivo del antiguo Mare Nostrum, el lugar desde donde se ejerce la capitalidad de la región mediterránea, según palabras del presidente de la Generalitat, Artur Mas, en su primer discurso conmemorativo del 11 de septiembre, la fiesta oficial catalana. Este argumento, a veces poco visible, no admite mucha discusión. Barcelona y su área conforman la región económica e industrial más potente de toda la cuenca mediterránea, con un enorme poder de atracción de capitales, turismo y migraciones. También es evidente la vocación para ejercer la capitalidad mediterránea, por la que pelea desde 1995, cuando celebró la cumbre europea por la que se inició el Proceso de Barcelona hasta hoy mismo cuando intenta consolidar la Unión para el Mediterráneo, la averiada institución que debería ocuparse de las relaciones con nuestros vecinos del sur y cuyo secretariado se encuentra en el palacio de Pedralbes. Numerosas instituciones públicas y privadas, think tanks, universidades y empresas apoyan y desarrollan esta vocación que continúa y recupera un viejo y glorioso protagonismo medieval. A pesar de la capitalidad indiscutible, el presidente Mas no tuvo ni siquiera una leve alusión a los acontecimientos que vienen conmocionando a la entera cuenca sur del Mediterráneo desde el pasado enero. Tres tiranos derrocados, un cuarto que sigue triturando a su pueblo durante siete meses ya, dos transiciones inicialmente pacíficas, una guerra civil con intervención internacional, cambios de gobierno, reformas constitucionales, medidas populistas para acallar las protestas y, sobre todo, una evidente desconfiguración del mapa geopolítico árabe, sin ningún diseño claro que organice esta zona crucial del planeta por sus recursos naturales, su demografía y los conflictos que alberga. Junto al desorden y a la incertidumbre que acompañan a las revoluciones, también hay indicios interesantes: estos cambios significan la incorporación de millones de personas a la nueva realidad global, primero en sus aspectos más políticos, pero ante todo en sus beneficios económicos. Algunos de estos países se hallan en excelente disposición para emerger como potencias económicas con vocación de liderazgo regional. Turquía e Israel ya lo son y lo serían más en un Oriente Próximo que consiguiera resolver satisfactoriamente la reivindicación palestina. Pero son varios los países, desde Egipto hasta Marruecos, con un enorme potencial de crecimiento si saben navegar por sus transiciones y sacan partido de sus enormes riquezas, como serían el caso de Argelia con sus reservas de gas y Libia con su petróleo. La capitalidad mediterránea hoy no es discutible. Todavía. Si el rumbo y el ritmo de las revoluciones árabes es similar al que tomaron los países del centro y del Este de Europa a partir de 1989 no es nada seguro que Cataluña pueda seguir reivindicando entonces el mayor atractivo de toda la cuenca y ni siquiera que Barcelona siga albergando las instituciones de integración regional. Por eso, atender a los cambios que se están produciendo en el sur no es solo una cuestión que afecta a la solidaridad democrática y a la estabilidad y seguridad de la región, sino también a los intereses estratégicos. Los europeos, seamos claros, hemos sido lentos de reflejos y hostiles y reticentes a los cambios, al principio, y obligadamente coadyuvantes, cuando nos hemos dado cuenta de que eran ineluctables; nuestras instituciones se han manifestado ausentes e ineficaces y solo muy lentamente han ido pensando en organizar su participación y su papel en la construcción del nuevo mundo árabe; y tampoco las sociedades se han mostrado a la altura, más preocupadas por la inmigración, las suspicacias respecto a los musulmanes, el precio de la energía y los hipotéticos problemas de suministro que por las necesidades de las transiciones políticas y del bienestar y la libertad de nuestros conciudadanos árabes. Probablemente, sería excesivo pedir que los catalanes y su Gobierno, a pesar de nuestros frecuentes tropismos narcisistas, fuéramos ahora más despiertos y mejores que el resto de los europeos y de sus instituciones.

[Publicado el 13/9/2011 a las 01:00]

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El ojo velado del terror

No hay quien borre esas imágenes. Han pasado diez años, pero pueden pasar muchos más. Entre quienes las vieron aquella mañana clara de septiembre no habrá quien las elimine de sus memorias. No hablemos ya de quienes sufrieron y sobrevivieron a aquellos ataques fulgurantes que destruyeron los símbolos más altos, físicamente incluso, del poder del dinero y de la fuerza militar. La huella devastadora en los cuerpos de miles de personas y en las mentes de millones tiene la fuerza de una guerra entera de exterminio. Y así lo entendieron Estados Unidos y el mundo. Con un ataque terrorífico a las dos metrópolis, política y económica, americanas, que es como suelen terminar las guerras, empezó la que George W. Bush declaró al terrorismo, con el propósito de restaurar su capacidad disuasiva en el mundo después de sufrir en su territorio lo que era la mayor afrenta militar de su historia, jamás osada anteriormente, ni por Japón y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, ni por supuesto por la URSS durante la guerra fría. Mucho se ha visto y se ha contado de aquellas horas de conmoción. Sabemos cómo lo vivieron los principales responsables del Gobierno de Estados Unidos. Centenares de testigos han explicado su experiencia. Todos hemos narrado en un momento u otro qué estábamos haciendo en aquellos instantes lúgubres. Centenares de libros, reportajes y películas nos han explicado minuto a minuto aquella agonía y el terror de los días que siguieron, cuando se fue ensanchando la herida en nuestras mentes y los principales responsables de la Casa Blanca temieron vivir sus últimas horas de vida antes de un ataque de mayores dimensiones. Decenas de teorías para todos los gustos han intentado explicar lo que no cabe en una mente humana, la razón para tanto dolor, los motivos para el nihilismo hipnótico que movilizó a los suicidas. Conspiraciones paranoicas, fobias racistas y religiosas, profecías y viejas inscripciones en textos sagrados aliñan muchas de esas explicaciones que nada explican. Y sin embargo, diez años después, sabemos mucho, casi todo, de Al Qaeda y de su disminuida estructura, en buen parte físicamente liquidada y políticamente derrotada, después de que consiguiera alcanzar con su zarpa todos los continentes. Pero la idea de un ataque simultáneo y a gran escala a los corazones financiero y militar del mundo será difícil que deje de golpear en la mente de quien todavía hoy intente penetrar en el significado de aquellas imágenes increíbles del horror que cambiaron la historia. El 11-S es todavía un ojo ciego que nos mira, la cuenca vacía de una calavera que nos sonríe, en la que podemos vernos a nosotros mismos, los humanos de todas las razas y religiones, con toda nuestra capacidad de fanatismo y de destrucción.

[Publicado el 12/9/2011 a las 01:00]

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Un tsunami llamado Bibi

Aseguran quienes han vivido un tsunami que poco antes de que el mar se levante se produce un extraño silencio, fruto del silencio de los pájaros que ya han huido del escenario de la catástrofe inminente. No es el caso del tsunami diplomático que va a sufrir Israel este mes de septiembre, según anunció de forma muy temprana su ministro de Defensa, Ehud Barak, hace casi medio año. Cuando quedan apenas quince días para la fecha en que se prevé el golpe de mar se multiplican los signos de su llegada, dentro de Israel, en los territorios ocupados, en sus fronteras y en la escena internacional. En las calles de las ciudades israelíes se movilizan sus indignados, ajenos al conflicto palestino pero disconformes con un Estado que dedica mucho a la ocupación de Cisjordania y la seguridad y cada vez menos al bienestar y a la solidaridad. En Cisjordania los colonos se arman y preparan con la ayuda del ejército para la eventualidad de una tercera Intifada, que sus enemigos palestinos desean pacífica pero ellos ven como el episodio central de una guerra de civilizaciones. En la frontera con Egipto crece la inseguridad y se producen atentados e incidentes armados por primera vez desde los acuerdos de paz de 1979, hasta situar las relaciones entre ambos países al borde de la retirada de embajadores. En el ancho mundo se tensan las relaciones con antiguos aliados como Turquía, que rebaja las relaciones comerciales, expulsa diplomáticos y anuncia mayor vigilancia marítima en las proximidades de la costa israelí, mientras sigue tejiéndose cada vez más espesa la coalición internacional en favor del reconocimiento de Palestina como miembro de Naciones Unidas. El tsunami anunciado por Barak llegará con la votación en Nueva York, en la Asamblea General de la ONU, en la que se prevé que como mínimo 140 estados apoyen el reconocimiento de Palestina, que marcará el punto más bajo en la historia diplomática de Israel. Es evidente que su advertencia sobre "la parálisis, la retórica y la inacción (que) profundizarán el aislamiento de Israel" ha caído en caso roto. Nada de lo que ha hecho el gobierno al que pertenece Barak y que encabeza Benjamin Netanyahu, ha servido para mejorar la posición de Israel en la escena internacional, al contrario. El estallido de la primavera árabe aportó una bocanada de aire fresco que Netanyahu no quiso aprovechar: nadie quemaba banderas israelíes en las calles árabes donde se desarrollaban las protestas, algo que está cambiando ahora a toda velocidad, con la aparición de unas opiniones públicas democráticas que se expresan con la libertad y la desenvoltura que las dictaduras constreñían. Israel no aprovechó las tres décadas transcurridas desde los acuerdos de Camp David con Egipto y las casi dos desde la Conferencia de Madrid y los posteriores Acuerdos de Oslo para resolver el conflicto con los palestinos. Tampoco ha aprovechado la llegada de Obama a la Casa Blanca y su apertura hacia el mundo árabe y musulmán. Y menos aún estos meses de revueltas árabes, en los que ha quedado claro que los ciudadanos de estos países no se conforman pasivamente a ser gobernados por unos dictadores ladrones y corruptos, aliados de Washington y de Israel, que aseguraban la estabilidad y la seguridad de la zona y utilizaban el conflicto palestino como válvula de escape. Si hasta ahora se pudo hacer la paz con los autócratas, ahora hay que hacerla con las sociedades, sus ciudadanos, algo mucho más difícil y exigente en explicaciones y capacidad de convicción. Barak advirtió sobre el peligro del tsunami porque creía que todavía podía evitarse. La fórmula no sería muy distinta de la que estuvo a punto de alumbrar con Arafat y Clinton en 2000, cuando era primer ministro. Los dos Estados, las fronteras de 1967 y Jerusalén como doble capital israelí y palestina. No lo ve así Netanyahu, que quiere seguir ganando tiempo, aun a costa de un mayor aislamiento e incluso de un nuevo y virulento conflicto, sin moverse de sus posiciones ni paralizar la construcción de colonias sobre territorio palestino. El eslogan que quiere imponer ante la votación en Naciones Unidas es que la petición de reconocimiento de Palestina es una decisión unilateral que deslegitima a Israel. La Autoridad Palestina asegura, en cambio, que es el nuevo camino para sentarse a negociar seriamente, ya de igual a igual, la fórmula de los dos Estados en paz. El tsunami va a debilitar a Obama, obligado a utilizar el derecho de veto, y a los europeos, que se dividirán ante el voto en Naciones Unidas. Antes del tsunami, Israel ya ha perdido aliados y amigos por todos lados, incluyendo el bando palestino, donde es imposible que encuentre un socio mejor que Mahmud Abbas. Lo único que puede evitarlo es regresar a la negociación. Y lo único que puede reparar sus efectos, también es el regreso a las conversaciones de paz. Pero ambas cosas son imposibles con este primer ministro al frente de Israel. Bibi Netanyahu es el nombre que tiene este tsunami.

[Publicado el 08/9/2011 a las 01:00]

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El miedo como concepción del mundo

Se ha instalado entre nosotros. Basta con ver los titulares de los periódicos entre agosto y septiembre. El miedo se ha convertido en una política y una ideología. Una concepción del mundo, una Weltanschauung, según la frase del general Hammerstein que un escritor de enorme talento ha recuperado para la posteridad. Después del miedo llega la estampida. Sálvese quien pueda. Cada uno a lo suyo, aun a costa de aplastar al vecino. Cuando el miedo se convierte en política y en ideología estamos a un paso del pánico y del caos. No se puede gobernar por el miedo. No se puede atajar la crisis por el miedo. Nada se consigue por el miedo sino más miedo. La frase de Hammerstein es de la misma época en que el presidente Roosevelt expresó su único temor: al miedo mismo. Crisis económica, ascenso de los populismos, retraimiento nacionalista, y el totalitarismo al acecho ahora, y en plena expansión entonces. Miedo al desempleo, miedo a la ruina, miedo al extraño, miedo al regreso a la miseria, miedo a la pérdida de la propia identidad: las políticas del miedo tienen un amplio y peligroso registro de teclas sobre las que pulsar, algunas bien auténticas y tangibles y otras producto del miedo mismo. Muchos son las que las pulsan con gusto y no pocos beneficios inmediatos, electorales sobre todo, y pocos quienes combaten y neutralizan a estos fúnebres concertistas que acompañan a todas las crisis. (?Hammerstein o el tesón?, de Hans Magnus Enzensberger, arranca con la frase ?el miedo no es una concepción del mundo? como lema. El general, que pudo impedir mediante un golpe de Estado el nombramiento legal de Hitler como canciller, fue uno de los pocos militares alemanes y prusianos que nada tuvo que ver con el nazismo. Con el miedo instalado en toda Europa, Hammerstein resistió con honor.)

[Publicado el 07/9/2011 a las 01:00]

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Sacrificio ritual

Cuanto mayor el dolor, mayor el valor. No es lo que se pierde con el sacrificio lo que importa, si no el efecto de esta pérdida: el dolor. Sin dolor, de nada vale el sacrificio. Quien creía que la crisis debían pagarla todos por igual ahora estará obligado a hacérsela pagar a los más menesterosos, y encima a defenderlo luego en nombre del bien común, la estabilidad presupuestaria. Quien consideraba el consenso como método supremo y clave de arco de la democracia ahora se verá obligado a romperlo. Quien se mostraba dispuesto a gobernar responsablemente y en solitario hasta el último momento se verá forzado ahora a entregar las riendas al adversario antes incluso de que este venza en las elecciones. Quien quería avanzar en la nueva generación de derechos ciudadanos estará obligado ahora a retroceder mediante el recorte de viejos derechos que se daban falsamente por adquiridos y consolidados. Quien hacía gala de la renovación de la democracia para hacerla más deliberativa y más participativa, deberá ahora tomar las decisiones sin consulta y por acuerdo casi secretos entre las cúpulas partidarias. Quien lucía de la España plural deberá prescindir ahora de todos los que expresaban esta pluralidad, en nombre del bien común que es la estabilidad presupuestaria, que exige el súbito acuerdo patriótico entre los dos grandes partidos españoles. Nada duele más que entregar algo personal e íntimo. Las propias ideas, el poder que todavía se preserva, o incluso la buena imagen que uno tiene de sí mismo. Un sacrificio en el que se entrega el ideario, el gobierno y la posteridad es lo máximo que se le puede pedir a un político. Es lo más próximo al suicidio político. Pero esto es lo que exige este Baal cruel que ahora rige el curso de la historia. Y a pesar de tanto sacrificio, de tanto dolor, ni siquiera es seguro que baste para aplacar su ira.

[Publicado el 06/9/2011 a las 01:00]

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Dictaduras irreformables

Ben Ali duró apenas un mes. Mubarak ni siquiera. Las guerrillas del Consejo Nacional de Transición han necesitado medio año para echar a Gadafi. Los tunecinos y los egipcios consiguieron liberarse de sus tiranos sin disparar un tiro. Los libios empezaron pacíficamente, pero enseguida la protesta se convirtió en una insurrección, que recibió la cobertura aérea de una coalición internacional liderada por la OTAN, gracias a una resolución del Consejo de Seguridad. Ahora le toca a Siria desembarazarse de su tirano, Bachar el Asad. La caída de Gadafi es un estímulo para los sirios y un mensaje de desánimo para los partidarios del régimen. Hay noticia de deserciones entre los militares de conscripción. Puede haberlas también dentro del régimen. El ministro iraní de Exteriores, Ali Akbar Salehi, ha pedido a Asad que atienda las demandas legítimas de su pueblo, y Hassan Nasrallah, el líder del poderoso partido chiita libanés Hezbolá, también quiere que se apresure con las reformas para aplacar las protestas. Las barbas del vecino, ya se sabe. Cada pieza de dominó tiene sus peculiaridades. Túnez no jugaba un papel estratégico, pero dio el empujón inicial. El peso geoestratégico de Egipto es enorme, y por eso su caída dio el mayor impulso a la oleada. Libia tiene petróleo, instrumento de chantaje, de corrupción y de blindaje policial y militar. Siria es doblemente estratégico, por su conexión chiita con Irán y por su guerra fría con Israel, con el radicalismo palestino de por medio. Asad está todavía más blindado que Ben Ali, Mubarak y Gadafi, puesto que su régimen ha hecho ya la sucesión familiar. Estuvo en el punto de mira de Washington en la época del eje del mal y lo superó sin las piruetas y payasadas del líder libio derrocado. Ahora, a pesar de la represión letal contra su población, ha conseguido que las sanciones internacionales lleguen lentamente y en algunos casos todavía no hayan llegado. Cuenta con una diplomacia eficaz, buenos padrinos en Moscú y tentáculos en muchos países, España sin ir más lejos. Todos estos apoyos se van debilitando. Turquía, antaño país aliado, ahora es el que más presiona entre sus vecinos. La idea de que en Damasco se produzca un vacío de poder suscita un mismo y enorme vértigo a los enemigos jurados que son Ahmadineyad y Netanyahu. Una Siria en transición induciría a la revuelta en Irán y situaría en una difícil posición a Israel en sus fintas para evitar la creación del Estado palestino. Asad finge que escucha. ¿Pedían reformas? Ha levantado el estado de emergencia, anunciado varias reformas legislativas incluyendo el reconocimiento del pluripartidismo y decretado tres amnistías. Humo de pajas todo, acompañado de una represión todavía más dura, que demuestra el valor del reformismo en este tipo de regímenes instalados en el crimen.

[Publicado el 05/9/2011 a las 01:00]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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