El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 10 de febrero de 2012

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Vocación eremita

Noche histórica, una vez más. No la del sábado en Madrid, sino la del jueves al viernes en Bruselas. E histórica por defecto. O por defección. Es decir, no por lo que se decidió, sino por lo que no se pudo decidir y, sobre todo, por quién faltó a la cita decisiva. La Unión Europea venía sumando desde 1957, cuando la firma del Tratado de Roma. Era un tren que iba añadiendo vagones sin descarrilar y acomodándose siempre al paso del más cansino. Hasta la pasada semana, esa madrugada del 9 de diciembre que ha pasado ya a los anales. Esta vez resta. El tren se ha roto. Europa avanzará a más velocidad, pero alguien quedará fuera. Alguien de tanto peso y prestigio como Reino Unido, con su capital financiera y su vocación de cabeza de puente con Estados Unidos y con la globalidad. Lo que se quiso decidir fue una reforma de los tratados para hacer una Unión Fiscal de 27 socios, todos, una contorsión prácticamente imposible para el primer ministro conservador británico, David Cameron, euroescéptico él mismo, acosado además por el radicalismo antieuropeo del partido conservador y del conjunto de la opinión británica. Por primera vez, Alemania y Francia se presentaron con un plan B y dispuestos a no ceder en nada de lo fundamental: si no había reforma con los 27, habría tratado intergubernamental entre los que quisieran, que de momento fueron ya 23 y quizás serán 26. ¿Veto británico? No lo hubo. Veta quien impide un acuerdo. Hubo acuerdo. Y portazo: me voy, os dejo solos. Como nadie sigue a quien se va, no es veto sino voto ermitaño, soledad y abandono. Eso es lo histórico de aquella madrugada, más tangible de momento que esa Unión Fiscal de la que no sabemos si funcionará ni qué efectos tendrá de inmediato sobre la confianza en las deudas soberanas. Los europeos necesitábamos una noche histórica. Lo hubiera sido con el acuerdo de una Unión Fiscal entre 27, incluso si Cameron hubiera obtenido un arreglo aceptable para todos. Será también histórica, pero por el portazo que desune y resta; pero todavía no por la Unión Fiscal. El regocijo al otro lado del canal es indescriptible. Los que quieren cortar amarras están que no caben en sí de gozo. Piden más. Ahora un referéndum para irse. Luego negociar un estatuto especial. No han identificado todavía las sonrisas enigmáticas de Merkel y Sarkozy. La canciller alemana quería la reforma del Tratado para seguir con los 27 bajo la vigilancia del Tribunal de Luxemburgo y la moneda al mando exclusivo del Banco Central, dos entes independientes de cualquier gobierno: nada para la Comisión y apenas para el Parlamento; era su 'método de la Unión', alternativa al 'método comunitario' que considera obsoleto. Sarkozy quería una Europa intergubernamental, con la Comisión alejada de las decisiones, y un Consejo de presidentes y jefes de gobierno, soberanos en cada país y soberanos juntos, que señalaran el camino a todos, Banco Central incluido. Cameron abre la puerta a la solución de sus diferencias: impide el acuerdo entre 27 y facilita la coartada a la canciller para retirarse hacia la fórmula intergubernamental francesa, aunque ella misma se encargará luego de llenarla de contenido alemán. El error ahora de los conservadores británicos sería seguir yéndose, después de su primer retroceso en 38 años. Es lo que espera el federalismo europeo: tras la Europa fiscal, la Europa social, luego la Europa directamente política, quitarles protagonismo en política exterior, trasladar el peso de la City a París y Francfort... Cameron se va porque no se aceptaron sus exigencias para la City como condición para quedarse. Pero fuera hace mucho frío: será todavía peor. No valdrá ni siquiera la esperanza euroescéptica de que las cosas vayan muy mal en el continente, el euro se pierda y Europa se hunda. Su destino seguirá ligado al de los europeos aunque den un portazo cada día: también ellos se hundirán. No son ya un imperio. No pueden vivir solos en la globalidad. Estados Unidos mira hacia el Pacífico y no hacia las costas europeas, donde en todo caso buscan directamente a Alemania como cabeza de puente.

[Publicado el 12/12/2011 a las 11:01]

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¿Qué dosis de Europa necesitamos?

La frase orteguiana vale para todos en este mundo globalizado. Las viejas naciones son el problema, y Europa es la solución. No hay vías singulares para que los países europeos, desde el más pequeño hasta el más grande, puedan conectarse con el mundo global sin pasar por Europa. Los caminos particulares nacionales conducen al desastre o a la irrelevancia. Alemania y Francia son los que más saben de esta vieja lección de historia europea que el anciano canciller Helmut Schmidt quiso recordar en el congreso socialdemócrata de Berlín hace una semana. El problema es conocer la dosis exacta de Europa, es decir, la cantidad de soberanía que hay que transferir hacia arriba, cuestión de la que se han ocupado estos pasados días los jefes de Estado y de Gobierno de los 27. Pero no basta con saber cuánta Europa hay que echar en la retorta para dar con la fórmula que corte por lo sano esta crisis de la deuda, sino que además debemos tener en cuenta cuánta nación propia somos capaces de ceder. Ahí ya no juegan los mercados ni las agencias de rating, la opinión de los juristas ni las normalmente sabias estrategias de los banqueros centrales. Pertenece al territorio de dificilísima conducción de los sentimientos, siempre proclive a la demagogia y al populismo. Puede que los países europeos sepan cuánta Europa necesitan, pero puede también que no sean luego capaces de aceptar una dosis tan alta. Este es un problema político insalvable sin romper la unidad de los 27. Los procedimientos de ratificación de las reformas de los tratados, incluyendo en varios casos las consultas vinculantes, son tan largos y difíciles que aseguran por sí solos la avería irreversible. Los diez últimos años de fracaso de la Constitución Europea y de interminables demoras del Tratado de Lisboa están ahí para recordarlo. Luego hay que contar con las posiciones ya fijadas de los países que no están en el euro, no quieren estar en el euro y prefieren que la dosis de Europa sea siempre cuanto más pequeña mejor. Nadie encarna mejor esta posición que Reino Unido, país que necesita un euro estable, pero no quiere una Europa políticamente unida, de la que tendrá que descolgarse. El problema de la dosis desborda el marco europeo. Afecta a Estados Unidos, donde siempre ha interesado una Europa con límites, pero cuando los límites han sido excesivos se ha echado las manos a la cabeza. Ahora el temor, también brasileño o chino, es que la crisis de la deuda europea termine conduciendo a la recesión mundial. El mundo, no tan solo las viejas naciones europeas y Europa misma, necesita al euro. Pero veremos ahora si la dosis de Europa que los europeos vamos a dar al mundo es del gusto de todos: de los británicos no lo es, obviamente. Y si sirve para sacarnos de esta crisis: algo dirán de todo esto en los próximos días los famosos mercados.

[Publicado el 11/12/2011 a las 12:16]

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El infierno del soberanismo

El soberanismo está de luto en Europa. Se está preparando para los próximos días la mayor cesión de soberanía que hayan protagonizado las viejas naciones europeas desde los tratados de Roma y de Maastricht. Con el primero de los tratados, en 1957, se cedió la política arancelaria, sentando así las bases del mercado único. Con el segundo, en 1992, desaparecieron las monedas, símbolos nacionales hasta entonces al mismo título al menos que las banderas, y las políticas monetarias (que permiten la fijación de los tipos de interés y de cambio), sentando a su vez las bases de la actual crisis de las deudas soberanas. Con esta cumbre se quiere demandar a los viejos Estados que cedan entera su política presupuestaria, que es como decir el alma política del Estado nacional. La intervención directa del Estado en los presupuestos autonómicos españoles que temían algunos al principio de los recortes, sobre todo en Cataluña, se va a producir ahora a gran escala europea con los presupuestos de todos y cada uno de los socios que accedan a esta cesión de su poder soberano. Los gobernantes catalanes no querían perder márgenes de autonomía presupuestaria en favor del Gobierno español, por lo que la píldora será más dulce para ellos si ahora comparten la pérdida con gobiernos de nivel superior, el de Madrid incluido, y además en favor de instituciones europeas. Pero que se desengañen quienes siempre quieren sacar lecciones soberanistas de estos lances: la cesión hacia arriba convierte en obsoletos tanto a los Estados-nación como a quienes aspiren de forma más o menos explícita a hacerse con un estatus parecido. No hay salvación en el mundo global para los socios de la vieja Europa si cada uno va por su cuenta. No la hay ni siquiera para los países que juegan en la liga superior y se llevan todos los campeonatos, el Barça y el Madrid que son Alemania y Francia. No se trata tan solo de existir en el mundo, sino de sobrevivir en condiciones aceptables, que no empeoren sustancialmente el fantástico tren de vida que hemos tenido los europeos en los últimos 30 años. No están en juego tan solo los orgullos nacionales, las sillas en el G20 o en el Consejo de Seguridad, es decir, el peso, la influencia y visibilidad de los europeos en el mundo; sino cuestiones más próximas y tangibles como son lisa y llanamente nuestro bienestar y nuestras formas de vida, que solo se pueden preservar en el marco de una Unión Europea que funcione. La transferencia de soberanía dará lugar a una unión fiscal, pero esta será imperfecta, puesto que quedara en unión de estabilidad presupuestaria y de austeridad en el gasto y no será de transferencias, de solidaridad y de crecimiento. Al menos todavía. El método utilizado tampoco será el comunitario, con el protagonismo de la Comisión, el Parlamento y el Tribunal europeos, que identificamos más directamente con el federalismo y el europeísmo. Será intergubernamental y no va a incorporar a todos los 27 socios. Unos porque no quieren, como Reino Unido; otros porque no saben si quieren, como Dinamarca, y otros porque aunque quieran no han decidido todavía dar el paso, como Polonia. Las dos potencias europeas que más han pugnado entre sí, armas en mano en tres ocasiones, en su condición de ambiciosos y a veces expansivos Estados soberanos, son los que van a proceder a esta liquidación. Nadie más puede hacerlo. Es probable que solo ellos puedan hacerlo. Y lo van a hacer con el mayor protagonismo de ambos en la entera historia de la unidad europea, aunque será en detrimento de su propia soberanía. Francia y Alemania han sido el motor europeo desde la fundación de la Unión, pero ahora son mucho más que un motor; son el vehículo. Hasta el punto de que el proyecto que van a presentar en Bruselas está pensado para que funcione incluso en el caso extremo e improbable de que solo estos dos países estuvieran dispuestos a ponerlo en marcha. Esto ya no es un directorio europeo, es una Europa franco-alemana, federalismo de dos socios que invitan a añadirse a quienes lo deseen. Y si entramos en detalle, veremos que la aparente simetría esconde conceptos alemanes y retórica francesa, con el sigilo de Merkel y la pompa y circunstancia de Sarkozy. Volvemos así a un punto de partida anterior a la creación de la moneda única. El euro va a convertirse en un marco europeo, al igual que anteriormente todas las monedas europeas, incluido el franco francés, se pegaban y seguían al marco alemán en la serpiente monetaria. Y Europa va a dividirse en dos, los países del euro, junto a los que todavía no están pero quieren incorporarse algún día, y los países que ni están ni se les espera, al igual que antes de la adhesión de Reino Unido, cuando existía una potente Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) alternativa a las entonces proteccionistas Comunidades Europeas. En resumen, haremos Europa sin europeísmo o ?federalismo sin federalistas?, tal como ha señalado el director del Centro Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), Mark Leonard ('Cuatro escenarios para la reinvención de Europa'). De nuevo, con la esperanza tan europea y siempre renovada de que algún día la función termine creando el órgano, es decir, el europeísmo y el federalismo políticos que ahora se echan en falta.

[Publicado el 08/12/2011 a las 13:00]

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La conversación democrática

Sin conversación democrática no hay democracia. La vida política no puede reducirse al funcionamiento mecánico de unos procedimientos activados por la correlación de fuerzas, el reparto de votos y escaños. Mal asunto cuando la deliberación se convierte también en parte del procedimiento, pero sin contenido conversacional y argumental alguno. Un país adquiere textura y densidad política cuando es capaz de organizar una buena conversación democrática eficaz en la que todos se sientan partícipes. Por supuesto, las instituciones parlamentarias conforman el corazón de la deliberación democrática, y también los medios de comunicación, sus periodistas, los intelectuales, los lectores al fin. La gracia de la conversación democrática es que empieza en el rellano de la escalera de casa y ahora además en twitter, facebook o eskup en el caso de los debates que organiza EL PAIS. Cuando el tema lo exige, el país entero se sumerge en ella. Llama positivamente la atención que un entrenador de fútbol, Pep Guardiola, haya querido señalar que es la Cumbre Europea que empieza mañana y no el llamado Clásico entre Madrid y Barça el acontecimiento que importa esta semana, para solicitar al menos un poco de atención de quienes viven sumergidos en la información deportiva y prefieren que su equipo vaya en cabeza aunque el euro se hunda en la miseria. La conversación de esta semana en todo el continente gira en torno a Merkozy, la unión fiscal, el estado de nuestras deudas y déficits, la dimensión de los recortes que sufrimos y el euro. Pero en el caso de la conversación española cabe señalar que llegamos mañana a la Cumbre sin que hayamos escuchado todavía en boca de nuestros presidentes, el saliente y el silente, qué, por qué y cómo vamos a defender los intereses de los ciudadanos españoles en la reunión donde se puede producir la mayor cesión de soberanía nacional desde la firma del tratado de Roma en 1957. La conversación tiene capacidad constructiva o debiera tenerla: hacemos Europa cuanto más nos preocupamos y discutimos los europeos sobre Europa, algo que ahora podemos hacer también a través de las redes sociales. Los periodistas tenemos un papel crucial en esta conversación, por nuestra capacidad para actuar de animadores a través de nuestras informaciones, análisis y, sobre todo, preguntas. El buen periodista es el que sabe trasladar al espacio de la conversación pública las principales preguntas que preocupan a los ciudadanos. Habrá que ver pues si somos capaces estos días de acribillar a nuestros responsables políticos con las buenas preguntas para que al final consigamos entre todos obtener las buenas respuestas a la crisis europea. Yo de momento quería utilizar todo este excurso para presentar y explicar al lector de este blog mi última conversación con Javier Solana, titulada ?Primaveras, terremotos y crisis?, publicada en forma de e-book y a la que los lectores podrán acceder libremente a través de este enlace. Se trata de una ampliación del libro de conversaciones que publicamos ahora hace poco más de un año, bajo el título de ?Reivindicación de la Política. Veinte años de relaciones internacionales?. En este caso, nos reunimos el pasado verano en un par de ocasiones para realizar un nuevo repaso panorámico por los principales acontecimientos ocurridos en el transcurso de 2011 desde el cierre del libro. Los tiempos tan acelerados y trepidantes no han permitido recoger el último tramo de la crisis europea, desde finales de septiembre hasta hoy. Está escrito, antes de todo esto. Pero quiere servir también para situarse un poco ante todo lo que vamos a vivir estos próximos días.

[Publicado el 07/12/2011 a las 13:40]

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Voces europeas

De las palabras a los hechos. De los discursos de la pasada semana a los hechos de la semana que hoy empieza. En los últimos siete días hemos escuchado varias voces destacadas: el viernes, las de la canciller Angela Merkel en una sesión de explicación sobre la próxima Cumbre Europea en el Bundestag y del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en su primera comparecencia ante el plenario del Parlamento Europeo; el jueves la de Nicolas Sarkozy en un mitin ante 5.000 militantes y simpatizantes en Toulon; y el lunes la de Radoslaw Sikorski en una conferencia organizada por el diario Die Welt y el think tank Deutschen Gesellschaft für Auswärtige Politik (DGAP) con motivo del final de la presidencia polaca de la UE. A partir de hoy, además de las voces, empezaremos a encontrarnos ya con las propuestas, que culminarán, esperemos, en la Cumbre de los días 8 y 9. Merkel explicó las líneas generales y objetivos de la propuesta que discutirá hoy con Sarkozy en París y llevará luego a la Cumbre. Se trata de reformar los tratados europeos para avanzar en la unión fiscal dentro del marco institucional de la UE, es decir, bajo control de la Comisión y jurisdicción del Tribunal de Luxemburgo. La dureza de su mensaje es bien clara: primero, las normas están para cumplirse; segundo, el cumplimiento debe ser controlado estrechamente; y tercero, quien no cumpla debe ser sancionado. Merkel descarta totalmente los eurobonos que casi todos los otros socios defienden y lo hace por varias razones: cree que más deuda no va a solucionar un problema de endeudamiento; que tampoco resuelve el problema de falta de competitividad de las economías meridionales; y que manda una pésima señal a los malgastadores de que alguien se hará cargo del gasto. Destaca el énfasis de Merkel en la independencia de los tribunales y del Banco Central Europeo, algo que va más allá de la crítica al manoseo que suelen sufrir este tipo de instituciones en boca de muchos políticos. Aseguró en su discurso que nada dirá ni censurará de estas instituciones y mucho menos sobre qué tienen que hacer, porque está en juego no tan solo su credibilidad sino también el funcionamiento entero del sistema. La UE es una unión de derecho y si el actual funcionamiento de las instituciones es imperfecto lo que hay que hacer es cambiarlo y mejorarlo pero no criticarlo desde los gobiernos. Hay un problema en la actitud de Merkel ante esta larga crisis, que ya ha producido enormes desperfectos con Grecia: su lentitud de reacción, su incapacidad para combinar la actuación urgente a corto plazo con las reformas a largo plazo de la UE. Sikorski casi dio con todos los argumentos en dirección contraria. Alemania es el primer beneficiario del euro tal como funciona ahora y no es ?una víctima inocente del despilfarro de los otros?: también rompió el pacto de estabilidad y sus bancos se cargaron de bonos de riesgo, mientras que ahora sus inversores pueden endeudarse a bajo coste después de vender los bonos de los países más expuestos. Advirtió del riesgo de una implosión de las economías vecinas que también afectaría a Alemania y señaló, con gran tino, que ?a pesar de su comprensible aversión hacia la inflación, el peligro de colapso es ahora una amenaza mucho mayor?. Apeló, finalmente, a la responsabilidad alemana, que considera ?especial?, pues están en juego, literalmente, ?la paz y de la democracia del continente?. Los discursos de la pasada semana se hallan en resonancia entre sí. Draghi manifestó su confianza en que ?el nuevo marco de vigilancia (presupuestaria y financiera) restaurará la confianza con el tiempo?, pero a la vez pidió ?una señal creíble?, que ?servirá para dar una seguridad definitiva en el corto plazo?. Merkel, en cambio, rechazó la posibilidad de que cupiera esperar un Big Bang, porque se trata de un proceso largo, comparable a correr una maratón, en la que alcanzar una gran velocidad al principio no garantiza que se llegue a la meta. Sikorski defendió dos valores complementarios como la responsabilidad y la solidaridad: ?Nuestra responsabilidad en las decisiones y procesos, y nuestra solidaridad a la hora de compartir las cargas?, frase de la que se hizo eco cinco días después la señora Merkel: ?No hay solidaridad europea sin responsabilidad nacional?. También resuenan, aunque de forma especial, las voces de Sarkozy y Merkel. La primera, en eco ampuloso de la segunda. Después de refundar el capitalismo ahora vamos a por la refundación de Europa. Da toda al impresión de que el presidente francés está preparando a sus electores para que encajen lo que será finalmente una aceptación casi íntegra del proyecto alemán. Algo que le va a doler por dos flancos sensibles: por un lado, el del Estado colbertista francés, acostumbrado a los déficits perpetuos, de tan buen rendimiento electoral; por el otro, el del soberanismo de matriz gaullista, que necesariamente debe resistirse a una entrega de poder fiscal a Bruselas y a sus instituciones y preferiría compartirlas ?a dos? con Alemania en un directorio europeo. Merkel destacó por su vestido negro y su sobriedad expresiva de Señora No: no a los eurobonos, no a un BCE que sea prestador de último recurso, no a la compra masiva de deuda soberana. Draghi, por su elegante rechazo de la propiedad conmutativa en la salida de la crisis; el orden de los factores sí altera en este caso el producto: primero el Pacto o Unión Fiscal y luego ya llegará la actuación del BCE. Sarkozy destacó por lo que destaca siempre: no puede salirse del papel que la vida política le ha asignado en este guión. No habló de Europa, sino de sí mismo, el presidente que dice siempre la verdad, que todo lo sabía y que siempre acierta. Y no propuso un plan para salir de esta (eso quien lo hace es Merkel) sino un plan para ganar la elección presidencial toreando el lío europeo en el que está metido. Sikorski fue entre todos los gobernantes el más agudo y certero de la semana, porque les dijo a los alemanes lo que nunca habían oído de boca de un polaco: que la principal amenaza para Polonia ya no eran ellos sino un colapso de la eurozona y que un polaco como él empezaba a temer ?menos el poder de Alemania que la inacción de Alemania?. ?Ustedes son la nación europea indispensable?, aseguró en su conferencia berlinesa. Estas cuatro voces contrastan con el silencio oficial español, del gobierno que se va y del gobierno que va a entrar, del presidente saliente y del presidente silente. En mitad de la niebla que ha caído con el traspaso de poderes la única voz que se oye, ayer domingo en EL PAIS, es la de Javier Solana, imagen todavía de la UE a ojos de mucho aunque no tenga cargo alguno, y su advertencia a Rajoy para que se ponga ?las pilas a la velocidad de la luz?. Una vez pasadas las elecciones, derrotado el PSOE y con Zapatero de despedida, ya se puede decir con claridad, como hace Solana, que a diferencia de la crisis anterior ?muchos de nuestros problemas están en Europa? y que por ello es indispensable ?encontrar los consensos nacionales? y ?volver a tener iniciativa en Europa?, algo para lo que se necesitan ?contactos y amigos?, contar con ?una buena red?, y sobre todo que ?España no puede limitarse a quedarse como observador?. Que no le tomen mal los nuevos, pero ahí está la clave del asunto. Con tan espeso silencio, la sospecha es que nadie ha hecho los deberes en cuanto a contactos, conversaciones y mensajes. Nada más que decir: que los hagan esta semana aunque sea a toda prisa y que los hagan bien. Por ejemplo, como los amigos polacos, los más lúcidos europeístas en esta época de ofuscación antieuropea. (Una voz aparte, sabia y escuchada, es la de Helmut Schmidt, el Viejo Canciller, que también habló ayer domingo, desde su silla de ruedas, ante el congreso federal del SPD, el partido socialdemócrata alemán, para exaltar la razón europea pero a la vez reclamar a los alemanes una corazón europeo y compasivo hacia los socios y vecinos. Pocos personajes han analizado con mayor precisión y coraje la actual situación de Europa, continente que envejece, se encoge e incluso se empobrece a ojos vistas, sin que a la vez sepa reaccionar de la única forma posible para evitar el declive: mediante una unión cada vez más estrecha. Schmidt criticó la nueva arrogancia de un cierto tipo de discursos alemanes que amenazan con terminar con Europa. Su discurso se titulaba "Alemania en, con y para Europa?, la diana fue ?el matón alemán? y el lugar donde se pronunció, atención al detalle, Berlín, la ciudad donde más discursos sobre Europa se han pronunciado esta semana). Enlaces: con los discursos de Sikorski, Sarkozy, Draghi, Merkel y Schmidt, y con la entrevista a Solana.

[Publicado el 05/12/2011 a las 11:11]

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Un plato todavía sin nombre

El nombre, al final, será el que hará la cosa. Ahora sabemos qué es, pero no cómo se llama. Es un muro para proteger el corazón del euro. Que permita algún día al Banco Central Europeo ejercer como prestamista de último recurso. Que ponga a disposición de los países de la moneda única europea el cañón listo para disparar contra quien ose tocar la moto de la deuda soberana a partir de ahora. Encontrar el nombre no debe ser fácil, puesto que llevamos tanto tiempo sin dar con él. Hay una parte en la declinación de esos sustantivos que suena bien: Tesoro europeo, alto representante para el euro, eurobonos, oficina presupuestaria europea, impuesto bancario sobre las transacciones financieras? Y otra que hiere muchos oídos: euro de dos velocidades, directorio europeo, Europa alemana, déficit cero, recortes drásticos del Estado de bienestar, escalada de impuestos al consumo y a las rentas. Podemos imaginar, vistos los antecedentes, la fórmula que se está cocinando en la Cancillería berlinesa con elementos de los dos anaqueles: habrá una entrega masiva, inédita y muy dolorosa de soberanía presupuestaria y fiscal por parte de todos los países del euro actuales y futuros a cambio de que a su vez la deuda de todos los socios quede de una forma u otra garantizada. No sabemos cuál será el radio de este compromiso trascendental e histórico. Parte de la pelea está ahí: Italia va a estar, a la vista de lo bien que se ha movido Monti y de cómo se coló en la cumbre bilateral entre Merkel y Sarkozy en Estrasburgo el pasado 24 de noviembre; España debe estar, a pesar de su nebuloso perfil con un presidente que ya se ha ido y otro que no ha llegado todavía. Grecia y Portugal tienen muchos números para caerse del cartel o quedar en una situación comprometida. Tampoco sabemos si funcionará. Todo lo que se ha hecho hasta ahora ha sido insuficiente. Por poco y por tarde. Esto que ahora se prepara, a cocción lenta, debe tener tamaño y fuerza suficientes para encarrilar de una vez esta crisis intratable. Hay que creer que el secretismo de estos cocineros forma parte de la fórmula de éxito. De una parte conviene para la negociación: hay propuestas que son más bazas negociadoras que objetivos realmente deseados. De la otra es imprescindible para la sorpresa: el nombre y la cosa deben empezar a saberse en el momento adecuado, quizá un viernes por la noche con los mercados cerrados, para despertar el lunes con un nuevo mapa del euro y de sus instituciones. Puede que todas estas conjeturas no sean más que piadosa expresión europeísta y ansias de supervivencia. Hay que estar en todo: unos en cómo sacar partido de la muerte del euro y otros en imaginar al menos que al fin conseguimos evitar el naufragio.

[Publicado el 04/12/2011 a las 13:00]

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Aterrizajes de emergencia

Los aviones van aterrizando, pero lo hacen como y donde pueden. Nadie ha pensado en construir una pista, apenas unas balizas improvisadas. Todo sucede con gran sacrificio y una ilusión desbordante en el pasaje y la tripulación, y justo al lado de casa, sin que nadie nos haya pedido nuestra opinión. Con toda la razón. La improvisación y la falta de previsión son nuestras y tendrán consecuencias para todos. Pero la decisión de aterrizar no nos pertenece. Es una imagen potente, que utiliza Javier Solana en sus charlas sobre nuestro planeta en transformación, y se refiere a la comparación entre las revoluciones de 1989 en Europa central y oriental y las de 2011 en el mundo árabe. La UE puso entonces la pista de aterrizaje para que los países que se habían sacado de encima el yugo soviético pudieran integrarse en la nueva Europa unificada, mientras que Estados Unidos puso la seguridad de la OTAN. Ahora, en cambio, no sucede ni lo uno ni lo otro. No hay pista europea para este aterrizaje. Y tampoco hay seguridad. Al contrario, tanto Bruselas como Washington olvidaron con dolosa desmemoria el tendido de pistas para que los países árabes alcanzaran la democracia. La entera primavera árabe ha pillado a la UE y a EE UU en la peor posición posible, en un momento de profunda somnolencia política y de desordenada reacción ante esas turbulencias financieras que luego fueron crisis de las deudas soberana y ahora ya es del euro y del entero proyecto europeo. Los socios de la UE apoyaron a los regímenes dictatoriales hasta el último minuto y en algunos casos más allá incluso. Mandaron a los países de mayoría islámica el claro mensaje de que Europa es un club cristiano, cuestión que los conservadores de casi todos los países intentaron inscribir en la finalmente nonata Constitución europea. Rechazaron con aplazamientos y obstáculos artificiosos la candidatura de Turquía. Se encastillaron en el proteccionismo agrícola y comercial y, al llegar la recesión económica, impusieron barreras a la circulación de personas y a la inmigración, además de enervar los reflejos populistas más xenófobos e islamófobos. Esas fueron las pistas que tendimos a esos países sometidos a largos años de dictadura: aterriza como puedas. No hablemos ya de las pistas tendidas por Washington: muy pensadas para la estabilidad y la seguridad de Israel y poco para los ciudadanos de estos países. Y sin contar las pistas falsas de Irak y Afganistán, que han conducido al desastre. Por eso el despertar será doloroso. Cuando salgamos de nuestra crisis y despertemos, tomaremos plena conciencia de que las pistas improvisadas son verdes, de un restallante verde islámico, y que lo único que se dilucida estos días es qué tonalidad tendrán. Los primeros datos de las elecciones egipcias no albergan dudas sobre las gamas a escoger. No quisimos el verde moderado turco y podemos tener dos tazas de verde intenso ahora. Se disputan la hegemonía en la zona el verde democrático turco, el rigorista saudí y el autoritario y clerical de los persas. Podemos consolarnos con la idea de que el verde explosivo de Al Qaeda está fuera de juego y que la pista turca sigue teniendo muy buen tirón. Hay que ser claro respecto a los disgustos que procurará este nuevo mapa. Los habrá. En libertades y derechos humanos, estatuto de la mujer, laicidad, y minorías religiosas, como los coptos egipcios, cada vez más vulnerables y desprotegidos. También en la arena de la política internacional, que no se organizará bajo el prisma occidental. Estos países tendrán una actitud distinta y más activa ante el conflicto israelo-palestino; Hamás no será una organización terrorista para ellos; la relación con Teherán no será de enemistad, y mucho menos de incomunicación, sino de rivalidad y competencia por la hegemonía y el liderazgo regionales. Nada de todo esto puede gustar en Washington y tampoco en Bruselas. Pero que no guste no significa que se siga con las mismas políticas que nos han conducido hasta aquí: sin pistas, sin visión estratégica, sin política en definitiva; solo intereses económicos y comerciales y miope oportunismo geopolítico. Los expertos británicos Anthony Dworkin y Susi Dennison, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, han advertido en el informe titulado 'Europa y las revoluciones árabes: una nueva visión para la democracia y los derechos humanos' que los revolucionarios árabes no contemplan a los países europeos como modelo para sus sociedades y para las democracias que están construyendo. ?Mientras el poder global se desplaza hacia Asia y América Latina, sería un anacronismo que la UE se presentara a sí misma como el guardián privilegiado de los valores universales?, señalan. Y advierten que ?si la UE adopta una actitud meramente defensiva, preocupada por los riesgos de la inmigración o la competencia a su sector agrario, quedará muy limitado el impacto que puede conseguir en la región?. Los errores pasados no son garantía de aciertos futuros. Al contrario, son el antecedente. Pero debiéramos evitarlos.  

[Publicado el 01/12/2011 a las 13:00]

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¿Qué piensan los árabes?

La encuesta de la universidad de Maryland, sobre la que ya empecé a escribir ayer, ofrece una visión muy amplia de los cambios y estado la opinión en cinco países árabes, a los que pertenecen los 3.000 ciudadanos preguntados sobre temas que van desde el liderazgo mundial hasta la propia identidad. Los resultados, como se verá, están llenos de datos alentadores y de indicios inquietantes, propios todos ellos de sociedades en ebullición, en las que compiten ideologías y actitudes muy conservadoras y a la vez posiciones muy abiertas y modernas, sin que puedan deducirse todavía tendencias muy definidas. Una de las más claras, en todo caso, es la fuerza del islamismo moderado turco como modelo y la dificultad de Estados Unidos para mantener a toda esta región bajo su influencia. La Primavera Arabe parece haber roto el pesimismo tradicional de las sociedades árabes: un 55 por ciento ve con optimismo el futuro del mundo árabe después de las revueltas, frente a un 23 por ciento que ve las cosas igual que antes y 16 por ciento con mayor pesimismo. La interpretación que suscitan las revueltas es muy significativa. Un 57 por ciento piensa que se trata de movimientos de la gente normal por la dignidad, la libertad y una mejora en sus vidas. Un 16 por ciento considera que corresponde a un intento de sectas o partidos por alcanzar el Gobierno. Y un 19, de poderes extranjeros por controlar sus países. El país que mejor ha reaccionado y ha jugado un papel más positivo ante la Primavera Arabe ha sido Turquía, según un 50 por ciento de los encuestados. El segundo lugar lo ocupa Francia, con un 30 por ciento de opiniones, el tercero Estados Unidos con 24 y el cuarto China con 20. La intervención en Libia suscita opiniones muy divididas, con mayoría, un 46 por ciento, que considera incorrecta la actuación internacional, frente a un 35 por ciento que considera lo contrario. Los rebeldes sirios suscitan una abrumadora simpatía entre los encuestados: 86 frente a 9 por ciento que simpatiza con el Gobierno. Mayor todavía es la simpatía que suscitan los rebeldes yemeníes: 89 a 5. No sucede lo mismo, en cambio, respecto a Bahrein, donde la fractura entre chiitas y sunitas se superpone a las simpatías revolucionarias: solo un 64 por ciento simpatiza con ellos, mientras que un 24 por ciento simpatiza con el Gobierno. La actitud de las opiniones públicas árabes sobre Estados Unidos se halla bajo mínimos, con el único consuelo de que ha mejorado muy levemente en los últimos años. Solo un 4 por ciento tienen una actitud muy favorable, porcentaje idéntico al de 2009. Ha disminuido en cambio el número de quienes tienen una actitud muy desfavorable, del 48 al 38 en dos años. La imagen de Obama ha caído sensiblemente en estos dos años, desde un 39 hasta un 34 por ciento a favor, mientras que las opiniones negativas han crecido de un 24 a un 43 por ciento. Es interesante observar las dos medidas más destacadas que debería tomar Estados Unidos para mejorar su imagen ante los encuestados. La primera, con un 55 por ciento, es obtener la paz entre Israel y Palestina y la segunda frenar la ayuda a Israel con un 42. Más lejos con un 29 está la retirada militar de la Península Arábiga y con un 26 de Irak. Estas dos medidas eran las que figuraban en cabeza hace dos años y ahora han sido relegadas por la centralidad del conflicto israelo-palestino. La visión árabe sobre el conflicto es profundamente pesimista. Un 53 por ciento no cree que se consiga nunca la paz, cuatro puntos por encima de la opinión de 2009. Entonces un 41 por ciento creía que era inevitable pero tomaría tiempo, porcentaje que baja ahora a un 29. Solo un 20, que era del 40 hace dos años, cree que las negociaciones sean el método para alcanzar la paz, frente a quienes creen en distintas proporciones que solo la ven posible por su imposición por Estados Unidos (15), por Naciones Unidas (24) o por la guerra (20). La actitud de los árabes ante Irán es de recelo: una mayoría de un 35 por ciento considera negativa la adquisición de armas nucleares por parte de Teherán, aunque un 25 por ciento es indiferente y otro 25 lo considera positivo. Pero son muchos más los que consideran que hay dos amenazas mucho mayores, como Israel (71) y Estados Unidos (59), con la única salvedad de que es una actitud decreciente: 88 por ciento y 76 por ciento eran los que consideraban un peligro a Israel y Estados Unidos en 2009. Una pregunta altamente significativa se interesa por la superpotencia mundial preferida, algo que permite observar un nuevo cambio brusco de opinión entre los encuestados. El ranking de 2009 era por este orden y en porcentaje: Alemania con el 25, Francia con 23, China con 14 y Estados Unidos con 8; mientras que ahora aparece China en cabeza con 23, seguida de Alemania con 15, Rusia con12 y Francia con 10. Los liderazgos mundiales son también muy significativos. Hugo Chávez encabeza la lista en 2009 con un 26 por ciento de preferencia, seguido por Jacques Chirac con el 10; y ahora en cambio la encabeza Erdogan, con el 22, seguido por Nasrallah y Ahmadinejad con el 13. Obama tenía el 2 por entonces entonces y ahora tiene el 4 por ciento de opiniones favorables. Una cosa son las ideas y otra la vida diaria. La gente quiere vivir allí donde mejor se puede vivir. Los países extranjeros donde los árabes prefieren vivir son por este orden Francia (28), Alemania (22) y Reino Unido (15), con China (11) solo en cuarto lugar. La preferencia por Estados Unidos, del 10 por ciento, se ha duplicado en los dos últimos años. También es significativa la preferencia por EAU (30 por ciento) entre los países árabes y la ausencia en cabeza de país alguno más allá del canal de Suez: Arabia Saudí (14), Catar (12) , Líbano (10) y Kuwait (7). La parte de la encuesta dedicada a la identidad también proporciona datos dignos de reflexión. Es abrumadora la mayoría, un 58 por ciento, que considera los intereses nacionales como el elemento determinante de las decisiones que tomen los gobiernos. Mientras que solo un 16 cree que debe hacerse según los intereses de los musulmanes, un 14 de los árabes y un 10 por ciento del conjunto del planeta. La identidad individual, en cambio, se distribuye de otra forma y se halla en plena transformación. Un 33 por ciento se consideran ante todo ciudadanos de sus países, cinco puntos menos que hace dos años. Un 31 por ciento se consideran musulmanes como primera identidad, en aumento de cuatro puntos. Un 26, árabes, en disminución de siete puntos. Y un 8 por ciento ciudadanos del mundo, la mayor variación puesto que en el 2009 solo un 1 por ciento se veía de esta forma.

[Publicado el 30/11/2011 a las 14:00]

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¿Qué quieren los egipcios?

Sin opinión pública no hay democracia, y sin buenas estadísticas y buenas encuestas no hay opinión pública. Aunque a veces en los países donde todo está ya muy asentado nos hartemos del gobierno de las encuestas, conocer y cuantificar las opiniones y actitudes de las poblaciones de países en transición es fundamental, incluso para el éxito de la transición. Hay que tener en cuenta, además, y esto es lo que les da mayor interés, que son opiniones y actitudes en transición, cambiantes y amoldables a los acontecimientos y a las reacciones que suscitan. En el caso de los países árabes el interés viene ribeteado por el mentís de los tópicos que encontramos en la evolución de sus opiniones públicas. Durante casi 60 años los árabes han vivido bajo regímenes anquilosados, donde no se movía ni una hoja sin permiso del sultán de turno. De ahí surge una idea occidental que convierte en inmutables y eternos los rasgos más negativos de los mundos árabe e islámico, como si no estuvieran sometidos a las dinámicas de cambios ideológicos y de comportamiento. Pues bien, una amplia encuesta publicada la pasada semana, realizada por un equipo de la Universidad de Maryland entre 3.000 ciudadanos de Egipto, Jordania, Líbano, Marruecos y Emiratos Arabes Reunidos nos demuestra que la primavera árabe y los grandes cambios geopolíticos que está experimentando el mundo en el los últimos años han introducido una dinámica insólita en las opiniones de, al menos, estos cinco países. Hoy voy a resumir lo que dice la encuesta sobre los egipcios, que han recibido un tratamiento específico en la muestra en razón de sus elecciones y de los pactos con Israel. Mañana seguiré con el resumen del resto de este estudio, en el que se reflejan las variaciones de opinión entre 2009 y 2011. Invito además a los lectores a entrar directamente en los resultados de la encuesta a través de este enlace con la cátedra Anwar el Sadat de Maryland que la ha realizado para que cada uno pueda hacer su propia interpretación. Veamos. Un 43 por ciento de los egipcios creen que los militares actualmente en el poder quieren frenar a o revertir la marcha de la revolución y solo un 21 por ciento piensa lo contrario. Un 38 por ciento de los egipcios quisieran que su próximo presidente fuera como Erdogan, un 11 por ciento tienen como modelo a Ahmadinejad, un 9 a Mandela y un 8 al rey saudí Abdulá. Solo un 5 por ciento cita a Obama como ejemplo, detrás de Sarkozy, Chávez y el jeque de Hezbola, el libanés Nasrallah. Muy similar es la distribución de países que se identifican como modelos de futuro para Egipto. Turquía se lleva largamente la palma, con el 44 por ciento, seguido de Francia con el 10 y luego ya con el 8 por ciento ex aequo China, Arabia Saudí y Alemania. Estados Unidos queda atrás, modélico solo para el 5 por ciento. Los candidatos presidenciales más populares son dos ex funcionarios internacionales como el ex secretario de la Liga Arabe y ex ministro de Exteriores de Mubarak, Amr Musa, y el ex director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Mohamed el Baradei, así como el último primer ministro de Mubarak, el ex piloto militar Ahmed Chafik. La distribución de la preferencia de voto según tendencias sitúa a los islamistas en primer lugar, con un 32 por ciento de opiniones favorables, a muy escasa distancia de los partidos progresistas (liberales dice la encuesta, realizada según parámetros americanos) con el 30 por ciento. Un 11 por ciento es para formaciones panarabistas y un 10 para las nacionalistas. Los egipcios están muy divididos respecto al tratado de paz con Israel, con una leve mayoría del 37 por ciento a favor de mantenerlo, frente a un 35 por ciento que quiere anularlo. Esta proporción sube a un 41 por ciento a favor y baja a un 31 por ciento en contra si se crea el Estado palestino en Gaza y Cisjordania. Un 19 por ciento de los egipcios, nueve por ciento menos que en 2009, continuaría combatiendo a Israel incluso en el caso de la paz y la creación del Estado palestino. Mañana, más.

[Publicado el 29/11/2011 a las 14:45]

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La búsqueda del vacío

La crisis ha pasado factura. Pero no toda la factura electoral se debe a la crisis. La paga quien tiene ahora el poder y, si dura, los siguientes también sufrirán sus efectos devastadores. Esta es una primera y buena explicación de la derrota socialista del 20-N. Está empíricamente demostrado que todos los Gobiernos europeos han ido cayendo desde que empezó el vendaval. De lo que se deduciría que si la gran recesión persiste, los vencedores de hoy pueden ser los derrotados de mañana y viceversa. Esta es una tesis débil, en todo caso insuficientemente fundamentada, porque falta terminar el experimento: para verificarla deberán perder el gobierno partidos que lo alcanzaron por la crisis, y además deberán ser formaciones conservadoras, porque la realidad es que han sido mayormente las socialdemócratas las que se han pegado el batacazo. Que sea la crisis la responsable, la única que no puede presentar la dimisión en tal caso, según malintencionada chanza de Rodríguez Ibarra, no quiere decir que baste la crisis para explicar la derrota. Ahí está esa nueva responsable llamada ?la gestión de la crisis?. A ella pertenece un capítulo menor como es el de la comunicación: a pesar de la importancia que le dan quienes se ocupan profesionalmente de ella, roza el ridículo la justificación de los fracasos por los fallos en la transmisión de los argumentos al público. Quien no sabe explicar sus ideas debe revisar urgentemente tanto sus ideas como su capacidad para generar ideas nuevas. La gestión de la crisis va más allá de la comunicación y empieza a rozar el hueso de esta amarga aceituna. Quizás la crisis es ingestionable y está destinada a estallar en las manos que la conduzcan. Quizás es ingestionable desde la izquierda. Recordemos el mantra inicial, cuando esa Gran Recesión solo empezaba a asomar el morro. Había que gestionarla de forma que no fueran los más desfavorecidos quienes la pagaran, evitar que fuera aprovechada por los pocos de siempre para obtener sus pingües beneficios, garantizar la equidad y el Estado de bienestar. Los resultados hablan por sí solos y no admiten ni mejora de comunicación ni matices en la gestión: nadie es capaz de encontrar explicación al contraste entre las ayudas a los bancos y cajas, con sus directivos ricamente indemnizados, y la pérdida de derechos de los trabajadores, o al de las rebajas de impuestos y el recorte de prestaciones. La gestión de la crisis desgasta en todo caso a los partidos cuyo programa e ideología están en contradicción con los remedios que la crisis exige. Los partidos de programa más impreciso y descomprometido, acogidos a una nebulosa gestión pragmática y conservadora de las cosas, tienen mucho ganado, porque sus márgenes de acción son inmensos. Los socialdemócratas lo tienen muy difícil, porque son formaciones de mayor definición y se han visto obligadas a realizar una cosa y la contraria; en definitiva, a desmentirse y descalificarse a ellos mismos. Este oxímoron político, que impide hacer campaña defendiendo el balance del Gobierno, tiene un nombre: Rubalcaba. Si no es la crisis, si no es su gestión, no bastará entonces con salir del atolladero, sino que se exigirá una revisión a fondo de las responsabilidades y un análisis sin piedad de las causas de la derrota. No bastará con criticar la campaña. Habrá que remontarse más atrás, a cómo se han hecho las cosas, los relevos por ejemplo; pero también dar vueltas a las ideas más elementales, ver qué queda del proyecto y de las ideas socialdemócratas, cuáles tienen vigencia y utilidad, y cuáles merecen pasar a mejor vida. Los partidos, como la naturaleza, tienen horror al vacío. Nadie puede esperar razonablemente que se hurgue hasta las últimas consecuencias en las causas de la derrota. Para evitarlo, ahí está la esperanza probablemente engañosa de las elecciones andaluzas. Esta derrota de ahora la gestionarán los mismos o parecidos equipos con idénticas o similares ideas. Después de perder Cataluña, Barcelona y España, es muy posible que haya que esperar al cuarto peldaño andaluz, que toca al corazón del corazón del socialismo, para que llegue al fin el momento de la verdad. A veces es preciso alcanzar el vacío para abrirse a un nuevo comienzo.

[Publicado el 28/11/2011 a las 11:26]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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