El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 12 de febrero de 2012

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

El estetoscopio del doctor Fukuyama

El doctor Fukuyama, de sólida formación filosófica, llegó en nuestro auxilio después de 1989 con su estetoscopio a la escucha del pecho del mundo con su polémico y mal comprendido diagnóstico sobre el fin de la historia. Habituados ya entonces a las tragaderas posmodernas en boga, hubo quien creyó que nos quedaríamos colgados de un limbo sin acontecimientos que terminaría con cualquier pasión ideológica o política. Ni era la intención de nuestro médico ni era exactamente este el diagnóstico. El diagnóstico del doctor tenía que ver, de un lado, con el fin de las ideologías que ya habían dictaminado otros pensadores muchos años antes, desde Daniel Bell hasta nuestro castizo Gonzalo Fernández de la Mora. Era su parte más reaccionaria y adaptada, atención, a la tecnocracia. La otra, la más interesante ?y socialdemócrata?, era que tras la caída del comunismo solo quedaba una forma política al alcance de los humanos y esta era la democracia liberal, idea en la que difería radicalmente de otro doctor de cabecera del mundo como fue el ya fallecido Samuel Huntington, profeta de una guerra de civilizaciones que ha venido fascinando tanto al antioccidentalismo islamista o confucianista como al supremacismo occidentalista que está en su origen. Las revueltas árabes han demostrado que el ojo clínico del doctor Fukuyama era más bueno que el del doctor Huntington, aunque en este tipo de asuntos ya sabemos de la dificultad de dar con diagnósticos definitivos con un enfermo, el mundo, especialista en girar y en ofrecer ángulos de sombra y de luz opuestos: unos verán confirmada en la Primavera Árabe la aspiración universal a organizarse a partir de la libertad y la democracia y otros el inevitable regreso al oscurantismo islamista que arrojan los resultados de las urnas. Mientras se sustancia este debate, cosa que puede llevar algunos años, nuestro médico de cabecera acaba de lanzar, en la revista 'Foreign Affairs' de enero, un nuevo diagnóstico, provocativo en el título 'El futuro de la historia', con un guiño en forma de desmentido a 'El Fin de la Historia'; y provocativo en su contenido: las clases medias occidentales se hallan en peligro y la culpa de que esto suceda es, entre otras cosas, de que la izquierda se ha quedado sin programa y sin ideas. Francis Fukuyama empieza su artículo extrañándose de que la reacción a la crisis financiera global, hija del capitalismo desregulado, no haya provocado una fuerte reacción izquierdista en Estados Unidos, sino todo lo contrario: "Cabe pensar que el movimiento Occupy Wall Sstreet ganará tracción, pero el movimiento populista más dinámico actualmente es el derechista Tea Party, cuya principal diana es el Estado regulador que intenta proteger a la gente normal de los especuladores financieros". Demuestra su artículo el evidente crecimiento de las desigualdades ya no en el mundo sino dentro de Estados Unidos, que ejemplifica con las cifras comparativas entre 1974, cuando el uno por ciento de la cúspide de la riqueza acumulaban el 7 por ciento del PIB, y 2007, antes de la crisis, cuando este uno por ciento posee un 23.5, que muy probablemente será mayor cuando termine. Además de la globalización de la fuerza de trabajo, de la liberalización del comercio mundial y de las políticas fiscales derechistas, Fukuyama considera "que el malo de la película es la tecnología": "los beneficios de las oleadas más recientes de la innovación tecnológica han aumentado desproporcionadamente para los ciudadanos con más talento y formación". Y de ahí la paradoja que lamenta el doctor. La válvula de escape populista de derechas contribuye a empeorar las desigualdades, precisamente porque "hace años que nadie en la izquierda ha sido capaz de articular, primero, un análisis coherente de lo que está ocurriendo en la estructura de las sociedades avanzadas en relación al cambio económico y, segundo, una agenda realista que tenga alguna posibilidad de proteger a la clase media". Clara la enfermedad, y más clara la medicina: es cuestión de ideas, no de personas.

[Publicado el 09/1/2012 a las 10:01]

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Seguridad cultural

Está en el catecismo del buen maoísta. Hay que buscar la verdad a partir de los hechos. ?Buscar la verdad? es Qiushi en mandarín, el nombre de la revista teórica del Partido Comunista de China, fundada naturalmente por Mao Zedong. No es fácil buscar la verdad sobre China por las escasas facilidades, no tan solo lingüísticas, que tienen los observadores exteriores. El último número del órgano intelectual comunista, por ejemplo, publica un resumen de la intervención del máximo dirigente del régimen, Hu Jintao, en el último pleno del Comité Central, que ha recibido una especial atención por parte de quienes pretenden enterarse de lo que se cuece entre los sólidos muros de Zhongnanhai, el Kremlin chino. Tiene su lógica, porque del mencionado cónclave del partido único, celebrado en octubre, apenas se destilaron noticias, y de la intervención del secretario general nada se supo hasta ahora en que nos llevamos la sorpresa: el líder máximo del mayor partido comunista del mundo dedica su artículo a la cultura. Hu Jintao está preocupado por la cultura china y escribe que ?la fuerza del conjunto de la cultura china y de su influencia internacional no se corresponde con el status internacional de China?. Cree que ?la cultura internacional de Occidente es fuerte mientras que nosotros somos débiles?, a pesar de ?la grandeza de la cultura china?, y plantea la necesidad de una escalada en la confrontación cultural con Occidente, apoyada en la idea del soft power o poder blando. ?Debemos ver claramente que las fuerzas internacionales hostiles están intensificando su estrategia para occidentalizar y dividir a China, y los campos ideológicos y culturales son las áreas centrales de esta infiltración a largo plazo?, asegura. Hu Jintao cumple 70 años este 2012, año decisivo en que cambiará la cúpula dirigente. La ventaja de la sucesión china, a diferencia del Partido Republicano americano, es que ya se sabe quién será el secretario general y quién el primer ministro, es decir, los números uno y dos del régimen. Y se sabe desde 2007, cuando Xi Jinping, 59 años y próximo secretario general, fue ascendido, junto con Li Keqiang, 57 años y próximo primer ministro, como miembros del exclusivo Politburó, donde se sientan los nueve hombres que mandan en China. Como Hu Jintao en su día, Xi Jinping saldrá elegido primer secretario general en el XVIII Congreso que se celebrará a finales de 2012; en 2013 el Congreso Nacional del Pueblo, que hace las funciones de un Parlamento, le elegirá presidente de la República, e inmediatamente después se convertirá en presidente de la Comisión Militar, auténtica almendra del poder en China. La sucesión de 2012 será la primera que completará el ciclo generacional entero sin percance alguno entre dos líderes y dos equipos seleccionados por el mismo y oscurantista sistema. La anterior sucesión, por la que Jiang Zemin pasó el testigo a Hu Jintao, fue el primer ensayo exitoso de relevo tranquilo en un partido donde lo normal eran las purgas e incluso la liquidación física. Hubo, sin embargo, unos últimos codazos entre los líderes viejo y nuevo por la silla más preciada del imperio rojo, la mencionada presidencia de la Comisión Militar. Víctima de aquella pelea fue Zhao Yan, un periodista chino que trabajaba en la oficina del The New York Times y que fue condenado a tres años de cárcel bajo la acusación de obtener y filtrar ilegalmente la información sobre el caso. A cada generación le corresponde un pensamiento propio, un eslogan que marca y orienta su época. A Deng Xiaoping, el auténtico fundador del comunismo capitalista chino, se debe la ?teoría del socialismo con características chinas?. A Jiang Zemin, ?las tres representaciones?, que sitúa la clave del éxito en juntar ?las fuerzas avanzadas de la producción, las fuerzas avanzadas de la cultura y las fuerzas de las amplias masas populares?. De Hu Jintao, a punto de preparar su legado teórico, conocemos la ?teoría del desarrollo científico? para conseguir la ?sociedad armónica? a través del ?ascenso pacífico?, a la que se añade ahora la guerra cultural que plantea en la revista Qiushi. Buscar la verdad a partir de los hechos y aprender de la experiencia. Todo está en el catecismo. En 1989 consiguieron a duras penas que no les sucediera lo mismo que a la Unión Soviética. En 2011 han conseguido que no se repitiera 1989. La persecución de los disidentes, la frenética actividad de la policía digital, la sesión del comité central dedicada a la guerra cultural y ahora la lucha contra los programas de entretenimiento se explican por la preocupación ante la primavera árabe y el potencial uso político de las redes sociales. Ahora, en 2012, quieren culminar la sucesión sin que las filtraciones perturben los consensos unánimes del partido y pasar a la ofensiva ante su competidor geoestratégico, en nombre de la ?seguridad cultural?, un concepto de alcance mayor, que incluye el proteccionismo nacionalista, la censura y una incruenta guerra cultural con Occidente.

[Publicado el 05/1/2012 a las 10:46]

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Un laboratorio radical

La temporada de primarias ya ha empezado y el Partido Republicano sigue sin aclararse. Tiene ante sí a un presidente acogotado por el desempleo, bloqueado por el Congreso republicano y con su imagen empañada por las promesas incumplidas y las decepciones cosechadas. La oportunidad de recuperar la presidencia dejando a Obama como presidente de un solo mandato, como Carter o Bush padre, parece al alcance de la mano. Pero el problema es que no ha aparecido todavía el líder que sea capaz de unir las filas conservadoras para echarle de la Casa Blanca. Los caucuses de Iowa de ayer, con los que arranca la campaña de las primarias, señalan con nitidez la división y las dudas de los republicanos a la hora de dar con el nombre de quien venza a Obama. Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts y candidato republicano batido por McCain en las primarias de  2008, ha quedado en cabeza con el 25 por ciento de los votos y a solo ocho sufragios de distancia respecto a Rick Santorum, un ex senador ultraconservador sin posibilidad alguna de vencer en una elección presidencial. En tercer lugar, a corta distancia y 21 por ciento, ha quedado Ron Paul, otro candidato testimonial. Y en cambio, el gobernador de Texas Rick Perry y el ex speaker de la Cámara Newt Gingrich, dos políticos de fuste y que albergaban posibilidades cuando se lanzaron a la carrera, han quedado hundidos con 10 y 13 por ciento. La gracia de los resultados de Iowa es que los tres candidatos que llegaron en cabeza, con muy escaso margen de diferencia, personifican cada uno de ellos una de las tres almas republicanas que pugnan por imponerse. El conservadurismo de Mitt Romney es el de los negocios y el dinero, pragmático por tanto, y componedor, algo que obligadamente deben reprocharle los extremistas de su partido. El conservadurismo de Rick Santorum es sobre todo moral: defiende los valores más tradicionales e incluso reaccionarios y es un militante contra el matrimonio homosexual y la interrupción voluntaria del embarazo. El conservadurismo de Ron Paul, finalmente, es el más equívoco, hasta el punto de que puede entusiasmar a muchos progresistas: es libertario, hiper individualista, enemigo de los impuestos y del gasto público, sin interés alguno en la participación de Estados Unidos en aventuras bélicas exteriores. Solo hay a partir de ahora dos caminos posible en la carrera republicana. O Mitt Romney se impone, a pesar del escaso entusiasmo que levanta en las filas cada vez más derechizadas del republicanismo, o sigue la alegre y alborotada marcha de los fundamentalistas morales y del estado mínimo hacia el desastre que significaría para ellos una nueva victoria de Obama. Romney está acentuando ahora sus perfiles más conservadores y trata de que sus votantes pasen por alto una trayectoria política muy convencional, que incluye una reforma sanitaria muy similar a la de Obama. Su principal baza, sin embargo, es su capacidad para retar y ganar a Obama más que la pureza conservadora de su mensaje. Basta un solo dato, reflejado ayer por las encuestas a la salida de las votaciones: seis de cada diez votantes republicanos se consideran a sí mismo cristianos renacidos. Como los salafistas con el Corán, son gente que cree que todo lo que cuenta la Biblia es una verdad histórica. No es extraño que el santurrón de Santorum haya conseguido tal éxito entre estos votantes. La derecha estadounidense está aquejada de un mal propio de los izquierdismos, capaces de renunciar al poder antes que a la radicalidad de sus ideas y valores. Es el camino más seguro para la victoria de los otros.

[Publicado el 04/1/2012 a las 12:02]

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Con moneda, pero sin Unión

El euro ha aguantado. La prolongada crisis de las deudas soberanas no ha conseguido terminar con la moneda única, a pesar de los presagios y temores de políticos y economistas de ambas orillas del Atlántico. En varias ocasiones durante 2011 hemos estado ?al borde del abismo?, en agosto por ejemplo, cuando así lo advirtió Jacques Delors, el presidente de la Comisión Europea que trazó la hoja de ruta para la moneda única europea. También han sido varias las ocasiones en que se ha convocado de urgencia al Consejo Europeo para alcanzar la solución definitiva a esta agonía que nunca termina. Y cada vez ha sucedido lo mismo: las respuestas han quedado cortas, todo se ha hecho tarde y mal. Grandes alarmas, grandes expectativas y al final grandes decepciones. Pero el euro ha seguido aguantando. Lo que no ha aguantado ha sido la Unión Europea, que ha saltado a trozos en la última cumbre, cuando el primer ministro británico, David Cameron, ha dado el portazo a 38 años de participación del Reino Unido en la construcción europea. En muchas ocasiones en estas cuatro décadas se había resuelto con ingeniosas y a veces complicadas fórmulas de compromiso la tensión entre quienes querían una unión más estrecha de las naciones europeas y quienes preferían limitarla a un espacio comercial común. Los británicos habían conseguido avanzar junto al resto de países europeos gracias sobre todo a las derogaciones en los tratados, que les permitían prescindir de la política social o de la marcha hacia el euro. En la madrugada del 9 de diciembre pasado en Bruselas se terminaron los márgenes de maniobra. Cameron fue más lejos de lo habitual: no tan solo no quiso evitar su participación, mediante la habitual excepción, como había hecho su país en anteriores ocasiones, sino que se empeñó en que los otros tampoco avanzaran. Era la sentencia de muerte a esta unión tan difícilmente mantenida. Alemania y Francia no podían permitir que los mercados acogieran la falta de acuerdo entre los 27 con un severo ataque que podía situar a Italia e incluso a España en situación comprometida. Ante la negativa de Londres a la reforma de los tratados de la UE acordaron firmar un nuevo tratado solo entre los 17 miembros del euro y quienes quisieran añadirse, que en principio fueron otros seis países. Por más que luego se quiera corregir o mitigar la catástrofe de aquella madrugada bruselense, el resultado es el regreso a 1972, la Europa anterior a la incorporación de Reino Unido. Las críticas han llovido sobre los reunidos en Bruselas, desde todos los ángulos y posiciones: a uno por irse, a los otros por dejar que se fueran; a los dos más grandes por su poder abusivo, a los otros por dejarse arrastrar sin rechistar. Sobre Cameron, naturalmente, han llovido en abundancia por utilizar el equivalente al arma atómica que es el derecho de veto para bloquear en vez de para disuadir, como había venido sucediendo hasta ahora. También por liquidar la tradicional política de calculada ambigüedad que tantos réditos le ha venido dando a Londres en todos estos años: dentro o fuera según sus conveniencias, y en algunas cosas, como el euro, dentro para actuar como plaza financiera europea y fuera para seguir manteniendo la soberanía monetaria. No han sido menores las críticas a Nicolás Sarkozy y Angela Merkel, en sus países y en el exterior, a los dos juntos en la palabra centauro Merkozy o a cada uno por separado, respectivamente, como rencarnación del general De Gaulle que vetó por dos veces a Reino Unido y del canciller Bismarck que quiso crear una Alemania europea. Ellos dos han sido los artífices del acuerdo, que además de dejar fuera a Reino Unido, margina a la Comisión Europea, institución antaño designada exageradamente como Ejecutivo europeo, a todas luces una inadecuada denominación a estas alturas, e impone una unión del rigor y del dolor a los socios de la moneda única y a quienes quieran incorporarse en el futuro, en vez de una unión de la solidaridad que desde Berlín se lee como unión de trasferencias. Martin Wolf (Financial Times, 14 de diciembre) ha señalado que no es una unión de estabilidad y crecimiento como anunció Sarkozy, sino ?una unión de inestabilidad y estancamiento?, un lugar de donde huir por tanto, puesto que dará lugar a ?recesiones estructurales a largo plazo en los países vulnerables?. Es corta por el lado del crecimiento, pero lo es también por el lado de la credibilidad, tal como ha señalado la directora general del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, en una entrevista el pasado domingo. ?Insuficientemente detallada en los aspectos financieros y complicada en los principios fundamentales?, ha dicho esta exministra de Sarkozy que no hubiera alcanzado su actual posición sin la escandalosa y fulminante dimisión de su antecesor, Dominique Strauss-Kahn, el pasado mayo, en mitad de la crisis de la deuda soberana europea. La señora Lagarde ha reconocido los progresos realizados en la cumbre, como no podía ser de otra forma: ella misma hubiera podido cocinarlos de no haber sido por su precipitada marcha a Washington. Pero ha criticado su excesivo gradualismo y su lentitud, la ausencia de una sola voz europea y de un calendario sencillo y detallado, cosas todas ellas que amenazan con trasladar la crisis al conjunto de la economía global y dibujan un mundo como el de los años 30, de repliegue nacionalista, quiebra del multilateralismo, reflejos proteccionistas y alzamiento de barreras al comercio mundial. Lo ocurrido en la cumbre de diciembre no es un percance o accidente de recorrido, sino resultado de una larga deriva y de una profundización de viejas divergencias. La Unión Europea no esperó a este diciembre para empezar a despedazarse, ni siquiera ha sido la larga agonía del euro la única que ha conducido a la división y a la ruptura. El año 2011 empezó con muy malos presagios para un club de países que se había propuesto construir una política exterior común y de pronto se quedó sin un trozo entero de tal política, como es la mediterránea, por arte del birlibirloque revolucionario. Túnez, con el derrocamiento del dictador Ben Ali, puso en evidencia a la Francia de Sarkozy, dispuesta todavía a mandar material antidisturbios para la policía de la dictadura cuando la revolución del jazmín ya hacía tambalear al régimen. La guerra de Libia hizo lo propio con Alemania, que aprovechó su asiento rotatorio en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para abstenerse junto a Rusia, China y Brasil, en la creación de una zona de prohibición de vuelos, en abierta disonancia con Estados Unidos y con Francia y Reino Unido, los dos socios europeos miembros de la Alianza Atlántica que marcaron la pauta a la hora de cercar y terminar con Gadafi. La disidencia alemana en política exterior es el equivalente de la disidencia británica en política monetaria. No es la primera vez que la UE se desgarra por su participación en una operación bélica. Sucedió con la guerra de Irak, cuando se dividió en dos, entre la Nueva y la Vieja Europa, ante la propuesta de resolución de Estados Unidos para emprender la guerra preventiva contra Sadam Husein. Pero esta vez la propuesta de resolución venía de la misma Europa, concretamente de un Sarkozy con ganas de lavar su pecado tunecino, y no de Estados Unidos, dispuesto a acompañar e incluso a dirigir desde atrás y renunciar al liderazgo en la operación. No se trataba de una invasión, sino de una operación de apoyo aéreo fundamentada en la responsabilidad de proteger a las poblaciones civiles, principio incorporado a la carta de Naciones Unidas después de experiencias como las guerras balcánicas. Tan graves como las divergencias monetarias y en política exterior son las que erosionan directamente las cuatro libertades consagradas por el Acta Única de 1986: de circulación de mercancías, personas, capitales y servicios. Las revueltas del norte de África han conducido a restringir el tratado de Schengen, que permite el libre desplazamiento de personas. Dinamarca restableció unilateralmente sus controles fronterizos durante tres meses. Alemania impuso limitaciones a las verduras y hortalizas españolas con la llamada crisis del pepino, que luego se demostraron alarmistas e injustificadas. Cualquier excusa parece buena para alimentar los reflejos xenófobos y populistas en detrimento no tan solo del mercado único, sino sobre todo de los valores europeos, tan exhibidos en la época de las vacas gordas como olvidados en la actual de vacas flacas. El paradigma de la deriva antieuropea viene de uno de los nuevos países socios, Hungría, donde un partido derechista y nacionalista como Fidesz está utilizando la mayoría abrumadora de dos tercios del Parlamento como un rodillo legal, cuenta con una extrema derecha antisemita y totalitaria que le empuja y está sometiendo al Estado de derecho a una contorsión insostenible. La democracia es el gobierno de la mayoría, pero si no hay respeto de la minoría y sobre todo de las minorías ya no es democracia, sino una dictadura parlamentaria. El Gobierno que presidió la UE durante el primer semestre de 2011 está sometiendo a su país a un golpe de Estado a cámara lenta, según comentario ya generalizado. Hungría no pasaría ahora la prueba de los tres criterios o exigencias de Copenhague para ingresar en la UE, en cuanto a preservación del acervo de la UE, de los derechos humanos y de la economía de mercado. El juego que ha conducido a la ruptura de la unidad europea es el de los tres países más poderosos, antiguas superpotencias ahora en declive que han querido actuar como si cada uno de ellas fuera un país emergente y pudiera relacionarse con el mundo global directamente, eludiendo su compromiso con la UE. La prueba del nueve de esta actitud la proporcionan las relaciones con China, el gigante emergente con el que quieren establecer una relación especial aparte cada uno de ellos. O con Rusia en el caso del suministro de energía. Es el regreso de la llamada geoeconomía, traducción de la vieja geopolítica al mundo globalizado de hoy, en el que son el comercio y las inversiones las armas de expansión de dominio exterior. El ensueño de los falsos emergentes conduce a Londres a amarrarse a la libra esterlina con el mismo fervor que Berlín y París se amarran al euro. Cada uno pensando en sí mismo y no en Europa, aunque Merkel diga gravemente que si cae el euro, cae Europa. De hecho, los tres están de acuerdo en el desacuerdo de la madrugada del 9 de mayo en Bruselas: Cameron salva la City; Sarkozy la unión intergubernamental de naciones soberanas, y Merkel la unión del rigor y el dolor sin control de la Comisión europea. A ninguno de los tres les interesa que caiga el euro, ni siquiera a Cameron, pero no porque pueda caer Europa, sino por el daño que produciría a sus respectivas economías. La deriva más sorprendente es la de Alemania. Ya no vale el argumento de que es un país normal, que defiende sus intereses como cualquier otro socio, y como tal se comporta en sus relaciones con los otros países y con las instituciones de la UE. Todo el mundo conoce el euroescepticismo británico. Lo mismo puede decirse del soberanismo francés, derivado del gaullismo político y del estatalismo colbertista enraizado en el ADN republicano. Son dos países previsibles en sus actitudes ante Europa y ante las cesiones de soberanía. La novedad es que Alemania ha dejado de ser un país previsible. Lo ha dicho el excanciller Helmut Kohl, conservador como Merkel, de quien fue mentor político y a la que atribuye ahora gran parte de las responsabilidades. ?Ella ha roto mi Europa?, dijo en agosto. Según el anciano canciller, se han quebrado los tres pilares que anclaban la política exterior alemana: las relaciones transatlánticas, la amistad franco-alemana y la unidad de Europa. El excanciller socialdemócrata Helmut Schmidt, más crudo en su lenguaje, ha ido más lejos: Alemania actúa ?como un matón?. Nunca se había visto una Alemania tan propensa al rumbo errático y a la rectificación. En energía nuclear o en política exterior. No hay más remedio que recordar la ley de Merkel, enunciada por el exministro de Exteriores socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier: ?Cuanto más decididamente ella rechaza una medida, más probable es que termine aprobándose?. Todo lo que ha ido sucediendo este año (y el anterior) ha sido anteriormente rechazado desde Berlín: el rescate de un país socio, la reestructuración de la deuda griega, la creación de un fondo monetario europeo, su carácter permanente, su ampliación, la compra de bonos por parte del BCE, un tratado intergubernamental para el euro? De ahí que pueda deducirse una no muy lejana emisión de eurobonos o el funcionamiento al final del trayecto del BCE como 'lender of last resort' (prestamista de última instancia). Este ha sido el año de la prima de riesgo, que marca el diferencial entre el rédito de los bonos alemanes y los de los otros países, y que bien hubiera podido convertirse en el parámetro para medir el grado de divergencia europea y, en consecuencia, la creciente dificultad política para enderezar la crisis. Grecia, Portugal, Irlanda, Italia, España, e incluso Francia, han destacado por sus horquillas, en algunos casos insoportables. El riesgo de la prima también es político. Por eso los Gobiernos han caído como bolos en la bolera. En algunos casos gracias a las elecciones, casi siempre anticipadas, como en España. En otros gracias directamente a las crisis políticas, como en Italia y Grecia. La socialdemocracia ha perdido los Gobiernos que todavía mantenía en tres países afectados por la crisis de la deuda soberana, como Portugal, Grecia y España, en una Europa que ha virado totalmente al azul conservador con la sola excepción de Dinamarca, donde por primera vez una mujer y socialdemócrata, Helle Thorning-Schmidt, se hace cargo de un excepcional Gobierno de centro izquierda. La caída más ejemplar ha sido la de Silvio Berlusconi, empujado por todos, ciudadanos, mercados, socios europeos, para que abandonara el poder de una vez y dejara de enredar con planes de austeridad que nunca se concretaban en compromisos o se veían sometidos a rectificaciones de última hora que dejaban con un palmo de narices a sus socios y al propio Banco Central Europeo. ?Un país que sabe beneficiarse de la prodigalidad del banco central puede verse tentado a abusar de ella?, ha señalado Jean Pisasi-Ferry, el director del think tank bruselense Bruegel para explicar el peligro de riesgo moral (moral hazard) que contiene la compra de bonos por parte de la primera autoridad bancaria de la UE. ?Es exactamente lo que ha hecho la Italia de Silvio Berlusconi en los días que han seguido a la compra de obligaciones italianas por el BCE en agosto de 2011? (Le reveil des démons. La crise de l'euro et coment nous en sortir. Fayard). Reunirse no equivale a ponerse de acuerdo. Cabe incluso que equivalga a lo contrario: cuantas más reuniones, más oportunidades para el desacuerdo. Nunca los líderes de la UE se habían reunido tanto, con tanta frecuencia y durante tanto tiempo. Nueve cumbres en un año, cuando hasta hace bien poco bastaba con cinco o seis. Normalmente para asistir al parto de los montes. Pero también para complicar el entramado del gobierno económico del euro hasta extremos difícilmente explicables al gran público: el Pacto Europlus, el Semestre Europeo, los nuevos mecanismos y fondos de rescate, que se añaden a las autoridades de supervisión bancaria, de seguros y de mercados, y a los cargos de creación reciente por el Tratado de Lisboa (presidente del Consejo Europeo y Alta Representante para la Política Exterior principalmente) de funcionalidad y rendimiento cada vez más dudosos. La traducción práctica para los ciudadanos es sencilla: recortes en el Estado de bienestar y a la hora de elaborar los presupuestos en todos los niveles de gobierno, pérdida de soberanía que se traslada no a Bruselas sino a Berlín y Francfort.Es la victoria de la economía sobre la política, de los financieros sobre los políticos electos y de Alemania sobre Europa. Por eso este 2011 que termina ha sido un año de protesta, en la calle y en las urnas. Estamos ante una mutación europea, fruto de la mutación que está experimentando el mundo. Hay una redistribución del poder dentro de Europa, entre las instituciones, entre los Estados y dentro de las instituciones y de los mismos Estados. El derecho de iniciativa legislativa que tenía la Comisión Europea ha quedado liquidado y está ahora en manos de Sarkozy y Merkel. El protagonismo será ahora de la Cumbre del Euro. La Europa de Merkozy ya no es la de Monnet y Schuman, de Gasperi, Adenauer y De Gaulle. El Banco Central también está cambiando. Ahora hace cosas que no hacía un año antes. Comprar bonos, por ejemplo, como hizo este verano pasado para sacar a España e Italia del atolladero. Prestar a chorro a los bancos, como ha hecho este mes de diciembre tras la Cumbre. Todos los personajes de esta representación deberán aprender los nuevos papeles: dos consejeros alemanes del BCE, Axel Weber aspirante a presidir el banco, y Jürgen Stark, han dimitido este año por sus discrepancias con el nuevo guión; Sarkozy está aprendiendo a reprimir su verbalismo para que todos en el BCE entiendan el lenguaje del silencio de Merkel. El propio euro también está cambiando. Moneda triunfante y estable durante diez años, ahora es símbolo de debilidad y de crisis. Ha cambiado y va a cambiar más todavía: después de la cumbre, la incorporación a la moneda única será más difícil. Los candidatos se lo pensarán dos veces. Hasta que empezó la crisis de las deudas soberanas era un proyecto atractivo, expresión máxima de la prosperidad y la estabilidad europeas. Ahora es la promesa de un calvario político y social: gobiernos que caen y sociedades que se empobrecen y pierden sus protecciones y sistemas de bienestar. Hasta 2011 el problema era cómo gobernar el euro. Ha costado mucho pero al fin se atisba un complejo y doloroso sistema para tomar las decisiones y corregir los errores entre los 17 países que mantienen la moneda única con la participación de los que quieran todavía incorporarse a ella. Habrá que ver si todos los socios aprueban la Unión Fiscal y luego si funciona bien, pero en este año que clausuramos ya sabemos cuál es el defecto de este gobierno económico: no tiene detrás un demos, un pueblo europeo, que pueda debatir y avalar democráticamente estas decisiones. El déficit democrático tradicional de las instituciones europeas se concentra ahora en el euro y en el correlato de la unión fiscal, una unión de impuestos que necesariamente remite al lema que estuvo en el origen de la Revolución Americana: no hay impuestos sin representación. La UE ya no aguanta tal como la hemos conocido, aunque aguante el euro. ¿Aguantaremos los europeos?

[Publicado el 31/12/2011 a las 10:00]

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Interrogante 2012

Será difícil superar a 2011, pero 2012 va a intentarlo. Están tendidos los rieles para los grandes acontecimientos, pero sabemos que el máximo asombro no surge de los guiones. Estaba en el guion de este año la larga agonía europea y lo va a estar en el próximo. Lo mismo sucedía con las negociaciones de paz en Oriente Próximo, inexistentes este año y sin previsible reanudación en el próximo. Pero no estaban, en cambio, Fukushima, los tiranos árabes caídos, Bin Laden, Dominique Strauss-Kahn, el asesino noruego Breivik Anders Behring o Berlusconi y su sucesor, Mario Monti. Lo que se sale del guion es lo que da el tono. Las previsiones para el próximo año bastan para las sensaciones trepidantes. Empezando por lo más próximo, nos acecha la recesión, la recaída, cuyo alcance incluso mundial inquieta en todo el planeta. Esa Europa que elude el protagonismo puede ser un dolor de cabeza del mundo por el efecto arrastre de la crisis de deuda y su indecisión en resolverla. No sabemos si funcionará esa Unión Fiscal forzada por Merkel y Sarkozy, primero ante los omnipotentes mercados; y luego ante los Parlamentos y opiniones públicas de los países que deberán ratificarla. En la agenda está anotada la fecha de marzo y ahí tendremos la primera referencia sobre el cumplimiento de los buenos propósitos. Está en juego el euro, que algunos quieren dar por muerto justo cuando cumple 10 años. No menos trepidantes son las sensaciones que pueden producir los acontecimientos en el norte de África. Vamos a saber qué es el islamismo político en el Gobierno, al menos, de cuatro países: Marruecos, Túnez, Libia y Egipto. Sus dirigentes deberán enfrentarse a problemas que hasta ahora desconocían, empezando por los arcanos de la economía. Pero donde se les observará con atención será en las reformas políticas y constitucionales que afectan a los derechos individuales y a la igualdad entre los ciudadanos, sobre todo en cuestiones como las libertades de expresión y de conciencia. Habrá que ver el rumbo que siguen las revoluciones árabes, así como sus consecuencias geoestratégicas. En el año entrante cabe la caída de Bachar el Asad y el establecimiento de un régimen de la mayoría suní en Siria. Si esto sucede, todo se moverá en la zona, empezando por Líbano, donde el extremismo chií de Hezbolá perderá su contrafuerte en Damasco. En Irak gira en sentido contrario, en favor del chiismo: los suníes se hallan en la puerta de salida de la fórmula de gobierno tutelada por Washington, que apenas cuenta con palancas políticas una vez abandonadas las militares. Irán mueve los hilos en la región para sacar provecho de los movimientos, pero la incógnita es el programa nuclear, es decir, saber si será interrumpido por un bombardeo de Israel con apoyo o autorización de Estados Unidos. Ninguna monarquía árabe ha salido tocada de la oleada de 2011. Las fórmulas son variadas: moverse a tiempo como el soberano marroquí, pedir auxilio a la superpotencia vecina como el de Bahréin, palo y zanahoria en grandes cantidades como el saudí o una imaginativa diplomacia exterior como el de Catar. Veremos cómo les va. Hasta ahora solo han caído presidentes de repúblicas con vocación dinástica; la noticia sería que en 2012 cayera alguno de los monarcas. También lo sería una 'primavera eslava'. Vladímir Putin aparece como una función fija: debe ser presidente de nuevo e instalarse en el Kremlin hasta 2018, después del enroque organizado con Medvédev, que le ha calentado el trono durante un mandato. Pero alrededor del Kremlin viven millones de jóvenes rusos, suficientemente preparados para exigir algo más que unas elecciones trucadas y un relevo organizado desde la vertical del poder. Quieren dar la batalla y seguro que su ejemplo cundirá en los países vecinos donde perdura todavía el esquema autocrático: en Ucrania o Bielorrusia, por no hablar de las repúblicas centroasiáticas. Ahí se parará. En China todo está previsto: llega la quinta generación al poder y será en otoño, nada de primaveras. La campaña electoral en Estados Unidos ocupará casi todo el año. En Iowa empieza la carrera de sacos entre los candidatos republicanos. Si siguen así, el Obama de la gran decepción puede ganar de calle las presidenciales en noviembre. En Francia, Sarkozy irá a la reelección en mayo colgado más que pendiente del euro y vigilado por ambos flancos, el populismo antieuropeo y xenófobo de Marine le Pen, a la derecha, y el socialismo gris de François Hollande, a la izquierda. Las cifras del nuevo año empiezan y terminan con el guarismo del número dos, que es el que más se acerca al signo de interrogación. Las previsiones de la agenda nos señalan las sensaciones fuertes que nos  depara. Fuera de guion y de nuestra  imaginación llegarán sorpresas que nadie es capaz de atisbar aunque se estén cociendo a fuego lento, como sucedió ahora hace un año con las revoluciones árabes.

[Publicado el 29/12/2011 a las 10:00]

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La reinvención del mundo

Las cifras de 2011 serán famosas. Los años son como los seres humanos: hay muchos anodinos y grises y solo unos pocos consiguen permanecer en las memorias al menos para una larga época. Este que ahora termina ha hecho todos los méritos para merecer el recuerdo, con tanto o incluso mayor mérito que el que le precedió en envergadura, que fue 1989, el año de la caída del muro de Berlín y punto final al mundo bipolar y a la guerra fría. Las imágenes emblemáticas de este año son las de los tiranos caídos, entre las que destacan la de Mubarak enjaulado y Gadafi detenido, linchado y sumariamente ejecutado. Los álbumes de fotos de los derrocados no pueden ser más sorprendentes, porque tuvieron las mejores compañías y amistades del universo y en un parpadeo se han visto arrastrados al exilio, la cárcel o la muerte. Nada simboliza más plásticamente el tumbo que ha hecho este año: celebrados como parte de un paisaje inmutable todavía hace doce meses y ahora ya no están. Pero ninguna de estas imágenes de desposesión y deshonra consigue captar por sí sola el tamaño del cambio que alcanza a todo el planeta. Algo más se aproximan las escenas del fin del mundo que nos proporcionó el tsunami de Japón, en el que centenares de cámaras nos ofrecieron un despliegue icónico nunca visto de humanos, casas, enseres y coches arrastrados y tragados como hormigas por las olas gigantes. El símbolo mayor y más abstracto de esa crisálida naciente es que Standard & Poors, una de las denostadas agencias de rating, haya quitado la máxima clasificación triple A a la deuda de Estados Unidos. Así es como este 2011 emula y supera a 1989 por todos los lados. Una oleada revolucionaria ha quebrado los cimientos del poder y de las alianzas en toda la geografía árabe. El renacimiento nuclear que se esperaba ha quedado ahogado por el tsunami y la catástrofe de Fukushima. Las generaciones conformistas habituadas a los años de abundancia se han convertido en agitadores indignados que han ocupado calles y plazas desde España hasta Estados Unidos como no se había visto desde 1968. Europa ha reaccionado al fin a su crisis fiscal pero a costa de dejar atrás a los británicos en una ruptura de consecuencias históricas, la mayor en las tormentosas relaciones entre Reino Unido y el continente europeo desde su integración en 1973. Y más. Estados Unidos ha ido dando una y otra vez con los límites de su fuerza, aun con la presidencia menos arrogante de su reciente historia: interiormente, en un bloqueo institucional que impide recortar su déficit astronómico e impulsar la creación de puestos de trabajo; exteriormente, en una obligada autolimitación de su poder, que abre huecos estratégicos y conduce en Libia a la primera guerra librada por la OTAN pero sin su liderazgo. Dirigir desde atrás: así ha quedado rotulada esta nueva conformación a una potencia más acotada. Más acotada no quiere decir impotente. Osama Bin Laden, el jefe terrorista que lanzó su desafío hace diez años, cayó abatido por los soldados enemigos desembarcados en su escondite paquistaní, en una acción que refleja la derrota del yihadismo, descabezado de sus jefes y desbordado por la acción pacífica del islamismo político triunfante en las urnas: Washington se impone límites, pero sigue teniendo dientes y vaya sí sigue enseñándolos cuando conviene. Por una extraña inversión entre norte y sur, en el mismo momento en que mengua el terrorismo de la media luna que había atemorizado a las poblaciones europeas y americanas durante una entera década, resurge un terrorismo blanco y europeo, fruto de la siembra populista y xenófoba: jóvenes socialdemócratas fueron las víctimas de la matanza de Utoya en Noruega, y trabajadores inmigrantes, turcos sobre todo, los asesinados por una red de criminales neonazis alemanes; objetivos ambos privilegiados del odio y la denigración verbal por parte de la extrema derecha convencional europea. La idea de cambio queda corta para expresar lo sucedido este año en que todo cambia. Y en que todo sucede a la velocidad de la luz, como si un acelerador hasta ahora desconocido estuviera impulsando cada una de las acciones que pretenden modificar la realidad. En doce meses se han acumulado tantos acontecimientos como en doce años. Conocíamos estos acelerones de la historia, pero no podíamos sospechar hasta ahora que la aceleración pudiera tener explicaciones tecnológicas. Es lo que sostienen muchos expertos, apoyados en el papel que han jugado los teléfonos móviles y las tecnologías digitales en estos terremotos políticos. Las redes sociales, Twitter y Facebook sobre todo, han estallado en 2011 en número de usuarios y en relevancia en todos los ámbitos, pero han destacado como instrumentos de organización y comunicación vírica en los movimientos de los indignados o en las revueltas árabes. También ha sido el año de la transparencia, algo que puede tener relación con la celeridad de los acontecimientos. Aunque la publicación de los papeles del departamento de Estado por Wikileaks y sus cinco socios periodísticos, EL PAIS entre ellos, se inició el año anterior, el 29 de noviembre, sus efectos y secuelas, incluidos los que ha tenido sobre la Primavera Árabe, pertenecen a 2011.Como sucede con los Papeles de Palestina, la filtración protagonizada por la cadena de televisión qatarí Al Yazira que dinamitó lo poco que quedaba del proceso de paz entre israelíes y palestinos. Un mayor acceso a las informaciones y un incremento de la conectividad, debidos ambos a la tecnología, no pueden pasar sin consecuencias. El mundo de 2011 es especialmente reacio a la intermediación en cualquier actividad, política, económica o cultural. Los efectos eléctricos sobre las opiniones públicas y principalmente las nuevas generaciones, los nativos digitales ante todo, son fulminantes. Nunca ha sido neutra la tecnología. Puede servir para hacer revoluciones y para sofocarlas, para mejorar la democracia o para liquidarla. Una guerra silenciosa y subrepticia, que puede suceder y vencerse sin que nadie lo perciba, se ha ido situando este año en el centro de la actividad militar. Los aviones teledirigidos y sin tripulación, los famosos drones o zánganos, se han convertido en los protagonistas en Afganistán, Yemen, Somalia, Gaza o Irán. Sirven para vigilar las instalaciones nucleares iraníes o para liquidar a un dirigente de Al Qaeda en los desiertos de la Península Arábiga. Estados Unidos, mientras completa su retirada de tropas de Irak y prepara la salida de Afganistán, incrementa su actividad sigilosa en la región, incluida una guerra secreta contra Irán para obstaculizar su ascenso armamentístico y sus ambiciones atómicas. El despliegue tecnológico y el repliegue geoestratégico son la cara y la cruz de la superpotencia americana, desgastada por el decenio de guerra global contra el terror y carcomida por el peso de la deuda y del déficit públicos, en buena medido fabricados por la fracasada ambición neocon de cambiar el mundo por la fuerza de los ejércitos. Este es el año en que se ha concretado la debilidad de Estados Unidos en Oriente Medio después de la pasada década de intensa presencia militar. Su geometría de alianzas ha quedado debilitada, ya sea por desaparición del socio, como en Egipto, ya sea por enfriamiento de la amistad, como Arabia Saudí. Por no hablar de la quiebra con apariencia definitiva de sus difíciles relaciones con Pakistán, el único país musulmán que cuenta ya con el arma atómica. Los jeques saudíes del petróleo no pueden estar más insatisfechos con el viejo amigo y aliado americano, al que reprochan todos los males que se les vienen encima: por un lado, las ambiciones de hegemonía del chiismo persa, que cuenta con capacidad de influencia en toda la región del Golfo; por el otro, las revueltas árabes, que ponen en peligro sus coronas y emiratos. No les falta razón: con la guerra de Irak que Washington organizó se abrió el mapa de Oriente Próximo a la irradiación chiita; y con la oleada revolucionaria, que Washington no impidió, las poblaciones de todo el Golfo reciben el mensaje inequívoco de que las tiranías caen y Estados Unidos no está siempre detrás dando su apoyo a los regímenes en plaza. Así, después del reproche por su altiva hegemonía, llegan ahora los reproches por su humilde deferencia. Todos los árabes, no tan solo los saudíes, reprochan a Barack Obama que no haya sido capaz de traducir en hechos las buenas palabras de sus discursos a los iraníes, los turcos y los árabes, con las que tendió la mano para el diálogo y ofreció la paz y los dos Estados conviviendo en el respeto mutuo y en fronteras seguras para israelíes y palestinos. Nada queda del proceso de paz, salvo el resentimiento de las partes. Israel se halla enclaustrada en un aislamiento menos espléndido de lo que fingen sus dirigentes. Y la Autoridad Palestina se encuentra en un callejón sin salida después de su infructuosa petición de reconocimiento internacional en Naciones Unidas. Benjamin Netanyahu, habílisimo jugador de dos tableros, el Congreso estadounidense de un lado y la Knesset del otro, ha desconcertado a todos los adversarios con su canje histórico negociado con Hamas, la maldita organización terrorista que reina en Gaza: un hombre solo, el soldado Gilad Shalit, por mil prisioneros palestinos. Clausurado el proceso de Oslo, las posiciones cambian a ambos lados de la disputa. Unos ahora creen solo en el fortín cercado y en la guerra permanente. Otros en la creación de un solo Estado laico y sin identidad étnica alguna, pero democrático y para todos. Cada vez menos son los que todavía tienen fe en la fórmula de los dos Estados. El cambio de época es tangible en este proceso enquistado y todo se traduce en incertidumbre sobre el mañana en la tierra más disputada del mundo entre el Jordán y el Mediterráneo. Es un momento de redefinición. Muchos conceptos útiles hasta 2011 no sirven a partir de ahora. De ahí que sea un año lleno de quiebros, súbitos cambios de políticas, sorpresas geoestratégicas, inversiones de alianzas, bruscas mutaciones en los mapas. En los colores, sobre todo: Europa teñida toda entera de azul conservador; el mundo árabe virando del gris policial al verde islámico. También cambios en los mapas: en mitad del año y de África, de la costilla de Sudán, país musulmán que era hasta ahora el de mayor extensión territorial de toda Africa y de toda la geografía árabe, ha nacido otro país, Sudán del Sur, mayoritariamente cristiano, situado entre los más pobres de la tierra solo ver el mundo y de dudosa viabilidad futura. La mayor paradoja es que se trata del único cambio de fronteras que se ha producido durante el año de las revoluciones árabes aunque nada tenga que ver con una Primavera Árabe que ni siquiera han rozado a los sudaneses. Ya no es tiempo de emergencias: se han producido en los años recientes; es tiempo de emergidos. África entera crece porque China invierte. Hay que contar con los emergentes para cualquier cosa. Las potencias de antaño puede que sean todavía necesarias, pero es bien claro que son insuficientes. Crujen las cuadernas de la vieja arquitectura internacional, pésimamente adaptadas a los cambios que este año han tomado forma a la vista de todos, gracias a la nula capacidad de adaptación de quienes construyeron sus edificios. Nada expresa mejor las contradicciones de la deficitaria gobernanza mundial que el funcionamiento tanto de Naciones Unidas como del G20, el grupo ampliado de los países más ricos y decisivos del planeta, que ha venido a sustituir al G8 desde que la Gran Recesión empezó a instalarse entre nosotros en otoño de 2008. El Consejo de Seguridad, viejo escenario de todos los vetos y bloqueos a cargo de las superpotencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial, consiguió este año, ante los desmanes de Gadafi acosado por su población, la insólita gesta de avalar por primera vez una acción militar en aplicación de la responsabilidad de proteger, incorporada desde 2006 en la Carta de Naciones Unidas. Puede que sea el canto del cisne del nuevo derecho internacional humanitario, como podría demostrar la incapacidad internacional para frenar a continuación la represión del régimen de Bachar el Assad contra los manifestantes que quieren echarle del poder. Pero constituye en todo caso un antecedente que puede valer en el futuro. Basta con observar el pésimo sendero de las negociaciones sobre el protocolo de Kioto sobre cambio climático para tener la medida de las dificultades del multilateralismo. El carbón está de nuevo en alza, los países emergidos quieren seguir emergiendo y por eso avanzan sin miramientos, y la mayoría parlamentaria republicana que reina en Washington jamás ha estado para estas cosas. La conferencia de Copenhague en diciembre de 2009, en la que China se entendió con Estados Unidos a espaldas de Europa, fue la primera señal tajante de este nuevo mundo de difícil gobierno; y la de Durban, ahora dos años después, confirma que solo hay consenso cuando lo que se decide es aplazar la toma de resoluciones. No es solo el gobierno del mundo lo que no funciona, ese G20 casi siempre sin capacidad resolutiva en sus cumbres, sino los gobiernos a secas que antes funcionaban. Funciona China, donde sus ciudadanos apenas tienen noticias del Gobierno, ni buenas ni malas. Funciona Rusia, a pesar de la incipiente desafección electoral contra Putin captada en unos comicios sin garantías. Pero no funciona la Unión Europea, ni funcionan los Estados Unidos de América, donde el veto y el bloqueo, la polarización y el radicalismo, conducen a la inacción y al fatalismo. La crisis galopa a caballo de las transacciones especulativas fulgurantes y la política anda cansina a paso de hormiga. El Tea Party, organizado para frenar los ímpetus reformadores de Obama, se ha convertido en el paradigma de un rampante populismo anarcoide de derechas que prolifera en todas partes. Primero sugirió que no habría nuevo mandato de Obama en 2012, pero ahora ya sugiere que no habrá tampoco candidato republicano útil capaz de vencer a un Obama desgastado y sin pulso, pero todavía vivo. En Europa, en cambio, ha bastado la ruptura de la UE de 27 socios para que los 23 que lo desean empiecen a construir el gobierno posible del euro: el Reino Unido euroescéptico, con la prensa ultraconservadora del australiano Rupert Murdoch como cheerleader, era nuestro Tea Party antes de que se inventara el Tea Party. Todo indica que ha terminado mucho más que una época. Quizás una edad o un eón geológico. El tiempo que se está yendo pedía a gritos nuevas ideas, nuevas esperanzas, formas distintas de hacer las cosas. Sarkozy, el más gallardo de todos, quería refundar el capitalismo. Nada como un buen consenso para no hacer nada o para decidir la fecha en que decidiremos algo. Llegó 2011 y los deberes estaban por hacer. Y así fue como el mundo empezó a reinventarse a sí mismo. Sin avisar, que es como suceden estas cosas.

[Publicado el 25/12/2011 a las 13:00]

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El terremoto que se prepara

Las placas tectónicas se desplazan lentamente, hasta el momento en que chocan y se produce el temblor de tierra que rompe la corteza terrestre. En 2011 se han producido varios temblores, que han derribado Gobiernos y dictadores, cambiado regímenes y sembrado la alarma en muchos países. Pero las placas tectónicas siguen desplazándose, y lo hacen además en una sola dirección, de forma que la tensión se concentra ahora en un punto donde crece la amenaza de un terremoto mayor que los anteriores. Este punto se halla en la región del golfo Pérsico, donde confluyen numerosas líneas de conflicto. Ahí está Siria, donde la población está movilizada contra la dictadura de Bachar el Asad y al borde de la guerra civil, con 5.000 ciudadanos que han perdido la vida en las revueltas. También Irak, donde regresan los atentados apenas unas horas después de que se fuera el último soldado de Estados Unidos y el primer ministro chiita, Nuri al Maliki, empieza la persecución sectaria de los suníes que participaban en el Gobierno apuntalado por la ocupación. La guerra de Irak rompió los equilibrios de poder en la zona en favor de una de las tres potencias regionales, nada menos que Irán. El régimen de los ayatolás persas cuenta ahora con un área de influencia que se extiende hasta el Mediterráneo, con Irak en manos de la mayoría chiita, Siria de la dictadura amiga alauí y Líbano donde el partido chiita Hezbolá es una fuerza fáctica y de gobierno ineludible. Los enemigos de Teherán ven la larga mano iraní en las revueltas de Bahrein y los conatos de protesta en las regiones orientales de Arabia Saudí, donde hay población chiita. De ahí la actuación 'soviética' de los saudíes, junto a tropas de Emiratos Árabes Unidos y de Pakistán, en la invasión de Bahrein para salvar a la monarquía amiga y vasalla de los Al Jalifa ante el impulso de la revuelta.Pero la palanca iraní más amenazante y temida por los vecinos es el programa nuclear, que desafía a dos poderes nucleares larvados: el de Israel, con sus armas no declaradas, y el de Pakistán, estrecho aliado de Arabia Saudí y único poseedor de la bomba nuclear islámica. A Teherán no le interesa que caiga Asad, por temor a una república suní patrocinada por Arabia Saudí. Esta, a su vez, apoya las revueltas sirias, pero las teme en su casa y le preocupa que un Bagdad exclusivamente chiita viré hacia Teherán. No se puede descartar para ambos países un destino de división que sea malo para todos. Irak, cuarteado entre kurdos, chiitas y suníes, es una pesadilla para Turquía. También lo sería una división sectaria y étnica de Siria, donde de nuevo los kurdos suscitan los peores temores de Ankara. Al fondo de esta partida, Israel observa, cada vez más aislada y con preocupada contención, un desplazamiento de poder lleno de incógnitas que cuestionan su propio futuro. Todos temen al Big One que se cierne sobre Oriente Próximo.

[Publicado el 24/12/2011 a las 11:00]

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Ciudadanas

Ellas son el cambio. Ellas son la revolución. Las hemos visto en primera fila en las manifestaciones, también a la hora de recibir los golpes. Con velo y con la cabeza descubierta, islamistas o laicas, jóvenes o maduras, las mujeres árabes han sido protagonistas como los hombres, al lado de los hombres, de la oleada revolucionaria que ha cruzado este 2011 el mundo árabe desde el Atlántico hasta el golfo Pérsico. Ahí estaban, a veces incluso en papeles destacados en las revueltas. Por ejemplo, como blogueras, que quiere decir animadoras destacadas de este movimiento sin líderes. Tres nombres bastan: la yemení Tawakul Kerman, detenida varias veces y ya premio Nobel de la Paz; la tunecina Lina Ben Mehnni, autora de 'La revolución de la dignidad', donde recoge los textos de su blog en los días del derrocamiento de Ben Ali, y ahora la egipcia Mona Eltahawy, detenida y agredida sexualmente por los soldados del mariscal Tantaui. No es la primera vez. Todas las historias de las revoluciones y los movimientos de liberación árabes nos cuentan lo mismo. Nunca han faltado a la cita. Ahí estaban, desmintiendo el tópico de unas mujeres retraídas y desinteresadas por la vida política. Luego desaparecen y regresan a la invisibilidad de siempre. Así ha sucedido siempre en el pasado. Este era y es un mundo de hombres, regido por los hombres, amoldado por y para los hombres. Cuando entra en crisis, las mujeres salen por todas partes, incluso en las sociedades que más las ocultan y velan, como en Arabia Saudí, donde este año han reivindicado un derecho tan sencillo como conducir sus automóviles y han obtenido el derecho activo y pasivo de sufragio para las próximas elecciones. Luego, cuando la polvareda de las revueltas se esfuma, el mundo masculino y machista las elimina de nuevo de la escena pública y todo se llena de hombres, barbudos en buena parte. Las presidencias de las Repúblicas, los Gobiernos interinos, los nuevos Parlamentos, las comisiones encargadas de redactar las nuevas Constituciones, todo se llena de hombres. Aunque el Túnez revolucionario impone listas paritarias en sus primeras elecciones, las mujeres no encabezan las listas y al final solo una cuarta parte de los escaños quedan para ellas. La egipcia es una sociedad muy joven: 24 años de edad promedio frente a 40 años en España. Simplificando, una tercera parte de la población tiene menos de 15 años; otro tercio, entre 15 y 25, y el tercio restante, más de 25. La mitad de esta plétora de jóvenes, deseosos de vivir con dignidad y libertad, son mujeres. Solo por estas simples razones estadísticas no podían faltar las jóvenes a las citas revolucionarias. Hay además un cambio generacional y cultural, al hilo de la globalización y de la tecnología de las comunicaciones, que clama por espacios de mayor libertad para las egipcias y tunecinas, las más liberadas, o incluso las saudíes o yemeníes, las más sojuzgadas. Su presencia y protagonismo en las protestas es la revolución misma, y por eso es insoportable para los contrarrevolucionarios. Las violaciones y malos tratos a las mujeres que protestan y se manifiestan se convierten así en instrumentos represivos. Y cuando la revolución sostiene su envite frente al poder militar que se resiste, como ha sucedido en Egipto, son las mujeres las que sufren la represión con especial crueldad. Lo prueba la foto, convertida en símbolo, de una mujer apaleada y despojada de su velo por los soldados en la plaza de Tahrir. O las llamadas pruebas de virginidad a las que los militares sometieron al menos a 17 mujeres con la excusa vergonzosa de que trataban de comprobar si eran prostitutas puesto que se manifestaban y quedaban a dormir en la plaza junto a los hombres. El poder dictatorial, prolongado por los militares, como el de los partidos islámicos, es de los hombres. Los hombres poderosos no quieren que las mujeres se alcen en pie de igualdad, ciudadanas exactamente iguales que los otros ciudadanos. Si no pueden limitar los derechos de los hombres, al menos intentan limitar los de las mujeres. Las ideologías islámicas y el salafismo en especial, ahora en ascenso, siguen expulsando y relegando a la mujer, que es una menor de edad según la legislación coránica, al menos en sus interpretaciones más conservadoras. Las leyes civiles en casi todo el mundo árabe, incluido el Túnez más liberal, discriminan gravemente a las mujeres. Basta con observar el derecho sucesorio, que atribuye a los hijos varones el doble de herencia que a sus hermanas. Habrá que ver qué sucede con la condición femenina en las nuevas Constituciones y en las legislaciones que se deriven de ellas. La foto de la mujer maltratada por los soldados en Tahrir no es una anécdota. Es la imagen misma de lo que está en juego. La condición de la mujer será la prueba del cambio. Los hombres árabes no serán libres si las mujeres no son libres, ciudadanas con los mismos deberes y derechos que los otros ciudadanos. El destino de las mujeres es el de las revoluciones.

[Publicado el 22/12/2011 a las 11:02]

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Con silenciador

Ya no se hacen guerras así. Ahora son silenciosas. Con agentes secretos en tierra, camuflados entre la población, y luego el zumbido nocturno de los drones. Asesinatos selectivos ni siquiera reconocidos como tales: un tipo que desaparece de la puerta de su casa en Teherán, otro que fallece de un ataque cardiaco en un balneario de lujo. Accidentes aéreos o de automóvil, incendios de factorías, virus informáticos que paralizan la producción entera de una planta nuclear. Así son las escaramuzas, las batallas o las armas desplegadas de las guerras sigilosas de las que no tenemos información, que nadie declara ni reconoce y que, finalmente, ni siquiera cuentan con vencedores y derrotados reconocidos y reconocibles. Esta nueva contienda con silenciador, vaga reminiscencia de la guerra fría, no barre de la escena la acción asimétrica de la guerra terrorista. Al contrario, viene exigida y retroalimenta la acción letal de los suicidas: ¿cuál es la respuesta a un ataque aéreo teledirigido? Es un grado más e incluso una corrección en la asimetría. L a ecuación de intercambio entre Hamás e Israel es elocuente sobre esta deriva. Cuando un soldado israelí vale 1.000 combatientes palestinos estamos a un paso de la abolición del riesgo humano en el combate: hay que hacer la guerra desde el ordenador, cómodamente instalado en la base. No hablemos del riesgo político: la guerra asimétrica declara vencedor a quien más muertos pone en la pelea y perdedor a quien aparentemente consigue sus objetivos bélicos apenas sin bajas. Todo se juega en quién mantiene más alta la amenaza y obtiene más valor propagandístico; es decir, en la capacidad de disuasión. De ahí que la mejor guerra huye de la retórica, se libra en silencio, se vence sin victoria y es solo eficacia con inmediatos resultados políticos. La última guerra como las de antes echa ahora el telón. Empezó hace nueve años con los bombardeos y el avance fulgurante sobre Bagdad. Terminó con el régimen de Sadam Husein en 21 días. El presidente que la declaró se proclamó vencedor en una escena de la que luego se ha arrepentido: descendió en un caza pilotado por él mismo sobre el portaaviones USS Abraham Lincoln, frente a las costas de San Diego en California, a miles de kilómetros de las aguas del Golfo, y allí pronunció un discurso bajo una pancarta donde decía ?Misión cumplida?, la frase que tuvo que tragarse. Lo peor todavía no había empezado en Irak. Con ataques similares a los que lanzó Al Qaeda contra las Torres Gemelas y el Pentágono el 11-S terminaban las guerras del pasado: eran el asalto final al corazón de la potencia enemiga. El siglo XXI recién inaugurado subvertía así la misma sintaxis de la guerra, de la que ahora, con el mutis final en Irak, tenemos el último y discreto episodio. Los soldados se van en silencio en el momento en que el silencio se apodera de la guerra.

[Publicado el 18/12/2011 a las 10:30]

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El año del jazmín

Mohamed Bouazizi debía andar rumiando un día como hoy la decisión terrible que terminó con su vida. Tenía 27 años, sin otro trabajo más que la venta ambulante de fruta por las calles de Sidi Bouzid, ciudad de 40.000 habitantes en el centro de Túnez. El 17 de diciembre de 2010, el sábado se cumple un año, le sucedió lo que ya le había sucedido otras veces. Dos policías municipales le confiscaron la fruta y adornaron su abuso de poder con la humillante bofetada que le propinó una agente, una mujer. Después de que Mohamed fuera a reclamar al gobernador de la provincia, donde nadie le atendió, compró una lata de gasolina en una estación de servicio y se prendió fuego ante la puerta del edificio provincial. Todo empezó entonces, justo hace un año, y es como si hubiera pasado una vida entera. Ya no hay dictador en Túnez, que tiene un gobierno surgido de las urnas y un presidente elegido por los parlamentarios constituyentes. Han caído los dictadores de Egipto, Libia y Yemen. El de Siria se ha enrocado en la represión, que contabiliza 5.000 víctimas mortales y amenaza con una guerra civil. No hay país árabe donde los gobernantes no hayan movido pieza. Cambios de gobierno y de primer ministro, reformas constitucionales o riego por aspersión de dinero y alimentos para acallar el malestar, los gobernantes han hecho todo cuanto han podido para acallar las protestas. También han encarcelado y torturado, como ha sido todavía el caso en Egipto bajo la junta militar. Bahrein fue invadido por tropas extranjeras, de Arabia Saudí, Emiratos y Pakistán, para sofocar la revuelta. La OTAN ha dirigido una operación aérea en Libia, con participación árabe, de Qatar concretamente, en cumplimiento por primera vez de una resolución de Naciones Unidas en aplicación de la responsabilidad de proteger a la población civil. Este año 2011 que termina ha sido el de las revoluciones árabes, que solo acaban de empezar y no se sabe muy bien cómo y cuándo culminarán. Ciertamente, quienes derribaron a los dictadores no parecen los mismos que se están haciendo ahora con el poder. El islamismo político, desde el inquietante salafismo hasta la escasamente comprobada moderación de los Hermanos Musulmanes, será la fuerza hegemónica con la que habrá que hablar y entenderse. Este tipo de organizaciones apenas han tenido hasta ahora la oportunidad y obligación de gobernar, algo que transforma más a quien lo hace que viceversa. Nos equivocaríamos de nuevo si, después de apoyar a los dictadores, nos mostráramos reticentes desde Europa y Estados Unidos y no nos volcáramos con los gobiernos salidos de las urnas de la democracia. Este cambio basta para llenar un año, pero es evidente a estas horas que el incendio que prendió en Sidi Bouzid ha superado el perímetro de los árabes. Jóvenes armados con teléfonos móviles y dispuestos a expresar su protesta ante un orden injusto han salido a las calles de todo el mundo sin distinción de niveles de renta, educación o ni siquiera de regímenes políticos, incluidos los democráticos. Entre estos manifestantes de países y sistemas tan distintos solo hay dos leves trazos en común. Uno muy material: el teléfono móvil, instrumento de acción pero también acelerador del desplazamiento de poder en el interior de las sociedades y que dota a los individuos de una insólita fuerza organizativa y modificadora de la realidad frente a instituciones, gobiernos o empresas. El otro más inaprensible: este ciudadano se siente despreciado y reivindica su dignidad ante un poder económico o político que no le tiene en cuenta. El incendio llega ahora Rusia, donde son sobre todo los jóvenes profesionales urbanos los que se sienten engañados por el fraude electoral y por el enroque de Putin con Medvedev para perpetuarse en el poder. Nada tienen que ver con los árabes. Putin no es Mubarak. Tampoco Tahrir era la puerta del Sol. Pero ahí están estos dos trazos en común que dibujan una nueva ciudadanía globalizada y tecnológica que reivindica la dignidad. Ai Weiwei, el artista chino que ha entrevistado José Reinoso en Pekín, identifica la tecnología como el amplificador imprescindible para sus críticas: "Antes no estaba implicado en Internet, no sabía cómo comunicar, ahora con Internet puedes expresar tus ideas de forma eficiente". También lo entienden así las autoridades chinas, que durante 2011 han puesto bajo vigilancia al jazmín, emblema de la revolución tunecina, en las comunicaciones de Internet e incluso como adorno público. Weiwei cuenta a Reinoso que la policía detuvo al conserje de su estudio y le preguntó: ¿Conoces el jazmín?

[Publicado el 15/12/2011 a las 11:00]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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